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LA EMERGENCIA EDUCATIVA

a) En qué sentido nos encontramos en una emergencia: DISCURSO DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI A LOS OBISPOS, SACERDOTES Y FIELES LAICOS PARTICIPANTES EN LA IV ASAMBLEA ECLESIAL NACIONAL ITALIANA Feria de Verona Jueves 19 de octubre de 2006

Queridos hermanos y hermanas: Me alegra estar con vosotros hoy, en esta ciudad de Verona, tan hermosa e histórica, para participar activamente en la IV Asamblea nacional de la Iglesia en Italia. Saludo cordialmente en el Señor a todos y cada uno. Agradezco al cardenal Camillo Ruini, presidente de la Conferencia episcopal, y a la doctora Giovanna Ghirlanda, representante de la diócesis de Verona, las amables palabras de acogida que me han dirigido en nombre de todos vosotros y la información que me han dado sobre el desarrollo de la Asamblea. Doy las gracias al cardenal Dionigi Tettamanzi, presidente del comité preparatorio, y a los que han trabajado en su realización. Os doy las gracias de corazón a cada uno de vosotros, que representáis aquí, en feliz armonía, a los diversos componentes de la Iglesia en Italia: al obispo de Verona, mons. Flavio Roberto Carraro, que nos acoge; a los obispos aquí reunidos, a los sacerdotes y diáconos, a los religiosos y religiosas, y a vosotros, fieles laicos, hombres y mujeres, que representáis a las múltiples realidades del laicado católico en Italia. Esta IV Asamblea nacional es una nueva etapa del camino de aplicación del Vaticano II, que la Iglesia italiana emprendió desde los años inmediatamente sucesivos al gran Concilio: un camino de comunión


ante todo con Dios Padre y con su Hijo Jesucristo en el Espíritu Santo y, por consiguiente, de comunión entre nosotros, en la unidad del único Cuerpo de Cristo (cf. 1 Jn 1, 3; 1 Co 12, 12-13); un camino orientado a la evangelización, para mantener viva y firme la fe en el pueblo italiano; por tanto, un testimonio constante de amor a Italia y de solicitud activa por el bien de sus hijos. La Iglesia que está en Italia ha recorrido este camino en estrecha y constante unión con el Sucesor de Pedro. Me complace recordar con vosotros a los siervos de Dios Pablo VI, que impulsó la primera Asamblea en el ya lejano año 1976, y Juan Pablo II, con sus intervenciones fundamentales ―las recordamos todos― en las Asambleas de Loreto y Palermo, que fortalecieron en la Iglesia italiana la confianza en que podía actuar para que la fe en Jesucristo siga ofreciendo, también a los hombres y mujeres de nuestro tiempo, el sentido y la orientación de la existencia y desempeñe así "un papel-guía y una eficacia desbordante" en el camino de la nación hacia su futuro (cf. Discurso a la Asamblea de Loreto, 11 de abril de 1985, n. 7: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 28 de abril de 1985, p. 11). El Señor resucitado y su Iglesia Con el mismo espíritu he venido hoy a Verona, para orar al Señor juntamente con vosotros, compartir, aunque sea brevemente, vuestro trabajo de estas jornadas y proponeros una reflexión mía acerca de lo que parece realmente importante para la presencia cristiana en Italia. Habéis realizado una opción muy acertada al poner a Jesucristo resucitado en el centro de la atención de la Asamblea y de toda la vida y el testimonio de la Iglesia en Italia. La resurrección de Cristo es un hecho acontecido en la historia, de la que los Apóstoles fueron testigos y ciertamente no creadores. Al mismo tiempo, no se trata de un simple regreso a nuestra vida terrena; al contrario, es la mayor "mutación" acontecida en la historia, el "salto" decisivo hacia una dimensión de vida profundamente nueva, el ingreso en un orden totalmente diverso, que atañe ante todo a Jesús de Nazaret, pero con él también a nosotros, a toda la familia humana, a la historia y al universo entero. Por eso la


resurrección de Cristo es el centro de la predicación y del testimonio cristiano, desde el inicio y hasta el fin de los tiempos. Se trata, ciertamente, de un gran misterio, el misterio de nuestra salvación, que encuentra en la resurrección del Verbo encarnado su coronación y a la vez la anticipación y la prenda de nuestra esperanza. Pero la clave de este misterio es el amor y sólo en la lógica del amor se puede acceder a él y comprenderlo de algún modo: Jesucristo resucita de entre los muertos porque todo su ser es perfecta e íntima unión con Dios, que es el amor realmente más fuerte que la muerte. Él era uno con la Vida indestructible y, por tanto, podía dar su vida dejándose matar, pero no podía sucumbir definitivamente a la muerte: en concreto, en la última Cena anticipó y aceptó por amor su propia muerte en la cruz, transformándola de este modo en entrega de sí, en el don que nos da la vida, nos libera y nos salva. Así pues, su resurrección fue como una explosión de luz, una explosión de amor que rompió las cadenas del pecado y de la muerte. Su resurrección inauguró una nueva dimensión de la vida y de la realidad, de la que brota un mundo nuevo, que penetra continuamente en nuestro mundo, lo transforma y lo atrae a sí. Todo esto acontece en concreto a través de la vida y el testimonio de la Iglesia. Más aún, la Iglesia misma constituye la primicia de esa transformación, que es obra de Dios y no nuestra. Llega a nosotros mediante la fe y el sacramento del bautismo, que es realmente muerte y resurrección, un nuevo nacimiento, transformación en una vida nueva. Es lo que dice san Pablo en la carta a los Gálatas: "Ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí" (Ga 2, 20). Así, a través del bautismo, ha cambiado mi identidad esencial y yo sigo existiendo sólo en este cambio. Mi yo desaparece y se inserta en un nuevo sujeto más grande, en el que mi yo está presente de nuevo, pero transformado, purificado, "abierto" mediante la inserción en el otro, en el que adquiere su nuevo espacio de existencia. De este modo llegamos a ser uno en Cristo" (Ga 3, 28), un único sujeto nuevo, y nuestro yo es liberado de su aislamiento. "Yo, pero ya no yo": esta es la fórmula de la existencia cristiana fundada en el


bautismo, la fórmula de la resurrección dentro del tiempo, la fórmula de la "novedad" cristiana llamada a transformar el mundo. Aquí radica nuestra alegría pascual. Nuestra vocación y nuestra misión de cristianos consisten en cooperar para que se realice efectivamente, en la realidad diaria de nuestra vida, lo que el Espíritu Santo ha emprendido en nosotros con el bautismo: estamos llamados a ser hombres y mujeres nuevos, para poder ser auténticos testigos del Resucitado y de este modo portadores de la alegría y de la esperanza cristiana en el mundo, concretamente en la comunidad de hombres y mujeres en la que vivimos. Así, de este mensaje fundamental de la resurrección, presente en nosotros y en nuestra vida diaria, paso al tema del servicio de la Iglesia en Italia a la nación, a Europa y al mundo. El servicio de la Iglesia en Italia a la nación a Europa y al mundo Italia se nos presenta hoy como un terreno muy necesitado y a la vez muy favorable a este testimonio. Muy necesitado, porque participa de la cultura que predomina en Occidente y que quisiera proponerse como universal y autosuficiente, generando un nuevo estilo de vida. De ahí deriva una nueva oleada de ilustración y de laicismo, por la que sólo sería racionalmente válido lo que se puede experimentar y calcular, mientras que en la práctica la libertad individual se erige como valor fundamental al que todos los demás deberían someterse. Así Dios queda excluido de la cultura y de la vida pública, y la fe en él resulta más difícil, entre otras razones porque vivimos en un mundo que se presenta casi siempre como obra nuestra, en el cual, por decirlo así, Dios no aparece ya directamente, da la impresión de que ya es superfluo, más aún, extraño. En íntima relación con todo esto, tiene lugar una radical reducción del hombre, considerado un simple producto de la naturaleza, como tal no realmente libre y al que de por sí se puede tratar como a cualquier otro animal. Así se produce un auténtico vuelco del punto de partida de esta cultura, que era una reivindicación de la centralidad del hombre y de su libertad. En la misma línea, la ética se sitúa dentro de los confines del


relativismo y el utilitarismo, excluyendo cualquier principio moral que sea válido y vinculante por sí mismo. No es difícil ver cómo este tipo de cultura representa un corte radical y profundo no sólo con el cristianismo, sino, más en general, con las tradiciones religiosas y morales de la humanidad. De este modo, no es capaz de entablar un verdadero diálogo con las demás culturas, en las que la dimensión religiosa está fuertemente presente; y no puede responder a los interrogantes fundamentales sobre el sentido y sobre la dirección de nuestra vida. Por eso, esta cultura está marcada por una profunda carencia, pero también por una gran necesidad ―inútilmente escondida― de esperanza. Con todo, Italia, como dije antes, constituye al mismo tiempo un terreno muy favorable para el testimonio cristiano, pues la Iglesia aquí es una realidad muy viva ―como vemos―, que conserva una presencia capilar en medio de la gente de todas las edades y condiciones. Las tradiciones cristianas con frecuencia están arraigadas y siguen produciendo frutos, mientras que se está llevando a cabo un gran esfuerzo de evangelización y catequesis, dirigido en particular a las nuevas generaciones, pero también cada vez más a las familias. Además, se siente cada vez con mayor claridad la insuficiencia de una racionalidad encerrada en sí misma y de una ética demasiado individualista: en concreto, se percibe la gravedad del peligro de separarse de las raíces cristianas de nuestra civilización. Esta sensación, que está muy difundida en el pueblo italiano, la formulan expresamente y con fuerza muchos e importantes hombres de cultura, incluso entre los que no comparten o al menos no practican nuestra fe. Así pues, la Iglesia y los católicos italianos están llamados a aprovechar esta gran oportunidad y, ante todo, a ser conscientes de ella. Nuestra actitud, por tanto, nunca deberá ser un encerramiento en nosotros mismos, renunciando a la acción. Al contrario, es preciso mantener vivo y, si es posible, incrementar nuestro dinamismo; es necesario abrirse con confianza a nuevas relaciones, sin desperdiciar ninguna de las energías que pueden contribuir al crecimiento cultural y moral de Italia.


En efecto, a nosotros nos corresponde ―no con nuestros pobres recursos, sino con la fuerza que viene del Espíritu Santo― dar respuestas positivas y convincentes a las expectativas y a los interrogantes de nuestra gente: si sabemos hacerlo, la Iglesia en Italia prestará un gran servicio no sólo a esta nación, sino también a Europa y al mundo, porque por doquier se halla presente la insidia del secularismo y es también universal la necesidad de una fe vivida en relación con los desafíos de nuestro tiempo. Hacer visible el gran "sí" de la fe Queridos hermanos y hermanas, debemos preguntarnos ahora cómo y sobre qué bases cumplir esa tarea. En esta Asamblea habéis considerado, con razón, que es indispensable dar al testimonio cristiano contenidos concretos y practicables, examinando cómo puede llevarse a cabo y desarrollarse en cada uno de los grandes ámbitos en los que se articula la experiencia humana. Eso ayudará a no perder de vista en nuestra acción pastoral la relación entre la fe y la vida diaria, entre la propuesta del Evangelio y las preocupaciones y aspiraciones más íntimas de la gente. Por eso, en estos días habéis reflexionado sobre la vida afectiva y la familia, sobre el trabajo y la fiesta, sobre la educación y la cultura, sobre las situaciones de pobreza y de enfermedad, sobre los deberes y las responsabilidades de la vida social y política. Por mi parte, quisiera poner de relieve cómo, a través de este testimonio multiforme, debe brotar sobre todo el gran "sí" que en Jesucristo Dios dijo al hombre y a su vida, al amor humano, a nuestra libertad y a nuestra inteligencia; y, por tanto, cómo la fe en el Dios que tiene rostro humano trae la alegría al mundo. En efecto, el cristianismo está abierto a todo lo que hay de justo, verdadero y puro en las culturas y en las civilizaciones; a lo que alegra, consuela y fortalece nuestra existencia. San Pablo, en la carta a los Filipenses, escribió: "Todo cuanto hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de honorable, todo cuanto sea virtud y cosa digna de elogio, todo eso tenedlo en cuenta" (Flp 4, 8). Por tanto, los discípulos de Cristo reconocen y acogen de buen grado los auténticos valores de la cultura de nuestro tiempo, como el


conocimiento científico y el desarrollo tecnológico, los derechos del hombre, la libertad religiosa y la democracia. Sin embargo, no ignoran y no subestiman la peligrosa fragilidad de la naturaleza humana, que es una amenaza para el camino del hombre en todo contexto histórico. En particular, no descuidan las tensiones interiores y las contradicciones de nuestra época. Por eso, la obra de evangelización nunca consiste sólo en adaptarse a las culturas, sino que siempre es también una purificación, un corte valiente, que se transforma en maduración y saneamiento, una apertura que permite nacer a la "nueva criatura" (2 Co 5, 17; Ga 6, 15) que es el fruto del Espíritu Santo. Como escribí en la encíclica Deus caritas est, no se comienza a ser cristiano ―y, por tanto, el creyente no da testimonio― por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con la Persona de Jesucristo, "que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva" (n. 1). La fecundidad de este encuentro se manifiesta también, de modo peculiar y creativo, en el actual contexto humano y cultural, ante todo en relación con la razón que ha dado origen a las ciencias modernas y a las relativas tecnologías. En efecto, una característica fundamental de estas últimas es el empleo sistemático de los instrumentos de la matemática para poder actuar con la naturaleza y poner a nuestro servicio sus inmensas energías. La matemática como tal es una creación de nuestra inteligencia: la correspondencia entre sus estructuras y las estructuras reales del universo ―que es el presupuesto de todos los modernos desarrollos científicos y tecnológicos, ya expresamente formulado por Galileo Galilei con la célebre afirmación de que el libro de la naturaleza está escrito en lenguaje matemático― suscita nuestra admiración y plantea un gran interrogante. En efecto, implica que el universo mismo está estructurado de manera inteligente, de modo que existe una correspondencia profunda entre nuestra razón subjetiva y la razón objetiva de la naturaleza. Así resulta inevitable preguntarse si no debe existir una única inteligencia originaria, que sea la fuente común de una y de otra. De este modo, precisamente la reflexión sobre el desarrollo de las ciencias nos remite al Logos creador. Cambia radicalmente la tendencia a dar primacía a lo


irracional, a la casualidad y a la necesidad, a reconducir a lo irracional también nuestra inteligencia y nuestra libertad. Sobre estas bases resulta de nuevo posible ensanchar los espacios de nuestra racionalidad, volver a abrirla a las grandes cuestiones de la verdad y del bien, conjugar entre sí la teología, la filosofía y las ciencias, respetando plenamente sus métodos propios y su recíproca autonomía, pero siendo también conscientes de su unidad intrínseca. Se trata de una tarea que tenemos por delante, una aventura fascinante en la que vale la pena embarcarse, para dar nuevo impulso a la cultura de nuestro tiempo y para hacer que en ella la fe cristiana tenga de nuevo plena ciudadanía. Con ese fin, el "proyecto cultural" de la Iglesia en Italia es, sin duda, una intuición feliz y una contribución muy importante. La persona humana. Razón, inteligencia y amor Por otra parte, la persona humana no es sólo razón e inteligencia, aunque ciertamente son sus elementos constitutivos. Lleva en su interior, inscrita en lo más profundo de su ser, la necesidad de amor, de ser amada y de amar a su vez. Por eso se interroga y a menudo se extravía ante las asperezas de la vida, ante el mal que existe en el mundo y que parece tan fuerte y, al mismo tiempo, radicalmente carente de sentido. Especialmente en nuestra época, a pesar de todos los progresos logrados, el mal no ha quedado en absoluto vencido; más aún, su poder parece fortalecerse y resultan inútiles todos los intentos de ocultarlo, como lo demuestran tanto la experiencia diaria como las grandes vicisitudes históricas. Así pues, vuelve insistentemente la pregunta sobre si en nuestra vida puede hallar espacio seguro el amor auténtico y, en definitiva, si el mundo es realmente obra de la sabiduría de Dios. Aquí, mucho más que cualquier razonamiento humano, nos ayuda la novedad conmovedora de la revelación bíblica: el Creador del cielo y de la tierra, el único Dios que es la fuente de todo ser, este único Logos creador, esta Razón creadora, ama personalmente al hombre, más aún, lo ama apasionadamente y quiere a su vez ser amado. Por eso, esta Razón creadora, que es al mismo tiempo amor, da vida a una historia de


amor con Israel, su pueblo, y en esta historia, ante las traiciones del pueblo, su amor se manifiesta lleno de inagotable fidelidad y misericordia; es un amor que perdona más allá de todo límite. En Jesucristo esa actitud alcanza su forma extrema, inaudita y dramática, pues en él Dios se hace uno de nosotros, nuestro hermano, e incluso sacrifica su vida por nosotros. Así, en la muerte en la cruz, aparentemente el mayor mal de la historia, "se realiza ese ponerse Dios contra sí mismo, al entregarse para dar nueva vida al hombre y salvarlo: esto es amor en su forma más radical, en el cual se manifiesta lo que significa que "Dios es amor" (1 Jn 4, 8) y se comprende también cómo se debe definir el amor auténtico" (cf. Deus caritas est, 9-10 y 12). Precisamente porque nos ama de verdad, Dios respeta y salva nuestra libertad. Al poder del mal y del pecado no opone un poder más grande, sino que ―como nos dijo nuestro amado Papa Juan Pablo II en la encíclica Dives in misericordia y por último en el libro Memoria e Identidad, su verdadero testamento espiritual― prefiere poner el límite de su paciencia y de su misericordia, el límite que es en concreto el sufrimiento del Hijo de Dios. Así también nuestro sufrimiento se transforma desde dentro, se introduce en la dimensión del amor y encierra una promesa de salvación. Queridos hermanos y hermanas, todo esto Juan Pablo II no sólo lo pensó y no sólo lo creyó con una fe abstracta: lo comprendió y lo vivió con una fe madurada en el sufrimiento. Por este camino, como Iglesia, estamos llamados a seguirlo del modo y en la medida en que Dios dispone para cada uno de nosotros. Con razón la cruz nos da miedo, como provocó miedo y angustia en Jesucristo (cf. Mc 14, 33-36); sin embargo, no es negación de la vida, por lo cual no es necesario desembarazarse de ella para ser felices. Al contrario, es el "sí" extremo de Dios al hombre, la expresión suprema de su amor y el manantial de la vida plena y perfecta. Por consiguiente, contiene la invitación más convincente a seguir a Cristo por la senda de la entrega de sí mismo. Aquí mi pensamiento se dirige con especial afecto a los miembros del Cuerpo del Señor que sufren. En Italia, como en todo el mundo, completan en su carne lo que falta a los padecimientos de Cristo (cf. Col


1, 24) y así contribuyen del modo más eficaz a la salvación común. Son los testigos más convincentes de la alegría que viene de Dios y que da la fuerza para aceptar la cruz con amor y perseverancia. Sabemos bien que esta opción de la fe y del seguimiento de Cristo nunca es fácil; al contrario, siempre es contestada y controvertida. Por tanto, también en nuestro tiempo, la Iglesia sigue siendo "signo de contradicción", a ejemplo de su Maestro (cf. Lc 2, 34). Pero no por eso nos desalentamos. Al contrario, debemos estar siempre dispuestos a dar respuesta (apo-logía) a quien nos pida razón (logos) de nuestra esperanza, como nos invita a hacer la primera carta de san Pedro (1 P 3, 15), que muy oportunamente habéis escogido como guía bíblica para el camino de esta Asamblea. Debemos responder "con dulzura y respeto, con recta conciencia" (1 P 3, 16), con la suave fuerza que brota de la unión con Cristo. Debemos hacerlo en todas partes, en el ámbito del pensamiento y en el de la acción, en el de los comportamientos personales y en el del testimonio público. La fuerte unidad que se realizó en la Iglesia de los primeros siglos entre una fe amiga de la inteligencia y una praxis de vida caracterizada por el amor mutuo y por la atención solícita a los pobres y a los que sufrían, hizo posible la primera gran expansión misionera del cristianismo en el mundo helenístico-romano. Así sucedió también posteriormente, en diversos contextos culturales y situaciones históricas. Este sigue siendo el camino real para la evangelización. Que el Señor nos guíe a vivir esta unidad entre la verdad y el amor en las condiciones propias de nuestro tiempo, para la evangelización de Italia y del mundo actual. Así paso a un punto importante y fundamental: la educación. La educación En concreto, para que la experiencia de la fe y del amor cristiano sea acogida y vivida y se transmita de una generación a otra, es fundamental y decisiva la cuestión de la educación de la persona. Es preciso preocuparse por la formación de su inteligencia, sin descuidar la de su libertad y capacidad de amar. Por esto es necesario recurrir


también a la ayuda de la gracia. Sólo de este modo se podrá afrontar con eficacia el peligro que corre el destino de la familia humana constituido por el desequilibrio entre el crecimiento tan rápido de nuestro poder técnico y el crecimiento mucho más lento de nuestros recursos morales. Una educación verdadera debe suscitar la valentía de las decisiones definitivas, que hoy se consideran un vínculo que limita nuestra libertad, pero que en realidad son indispensables para crecer y alcanzar algo grande en la vida, especialmente para que madure el amor en toda su belleza; por consiguiente, para dar consistencia y significado a nuestra libertad. De esta solicitud por la persona humana y su formación brotan nuestros "no" a formas débiles y desviadas de amor y a las falsificaciones de la libertad, así como a la reducción de la razón sólo a lo que se puede calcular y manipular. En realidad, estos "no" son más bien "sí" al amor auténtico, a la realidad del hombre tal como ha sido creado por Dios. Quiero expresar aquí todo mi aprecio por el gran trabajo formativo y educativo que cada una de las Iglesias realizan incansablemente en Italia, por su atención pastoral a las nuevas generaciones y a las familias. Gracias por esta atención. Entre las múltiples formas de este compromiso no puedo por menos de recordar, en particular, la escuela católica, porque con respecto a ella siguen existiendo, en cierta medida, antiguos prejuicios, que ocasionan retrasos dañosos, y ya injustificables, en el reconocimiento de su función y en permitir en concreto su actividad. El testimonio de caridad Jesús nos dijo que todo lo que hagamos a sus hermanos más pequeños se lo hacemos a él (cf. Mt 25, 40). Por tanto, la autenticidad de nuestra adhesión a Cristo se certifica especialmente con el amor y la solicitud concreta por los más débiles y pobres, por los que se encuentran en mayor peligro y en dificultades más graves. La Iglesia en Italia tiene una gran tradición de cercanía, ayuda y solidaridad con los necesitados, los enfermos, los marginados, que se


manifiesta sobre todo en una serie admirable de "santos de la caridad". Esta tradición continúa también hoy y afronta las numerosas formas nuevas de pobreza, moral y material, a través de Cáritas, del voluntariado social, de la labor a menudo oculta de tantas parroquias, comunidades religiosas, asociaciones y grupos, así como de personas impulsadas por el amor a Cristo y a los hermanos. Además, la Iglesia en Italia demuestra una extraordinaria solidaridad con las inmensas muchedumbres de pobres de la tierra. Por eso, es muy importante que todos estos testimonios de caridad conserven siempre elevado y luminoso su perfil específico, alimentándose de humildad y confianza en el Señor, evitando sugestiones ideológicas y simpatías de partido, y sobre todo mirándolo todo con la mirada de Cristo. Por consiguiente, es importante la acción práctica, pero cuenta mucho más nuestra participación personal en las necesidades y sufrimientos del prójimo. Así, queridos hermanos y hermanas, la caridad de la Iglesia hace visible el amor de Dios en el mundo. Así hace más convincente nuestra fe en el Dios encarnado, crucificado y resucitado. Responsabilidades civiles y políticas de los católicos Vuestra Asamblea ha hecho bien en afrontar también el tema de la ciudadanía, es decir, las cuestiones de las responsabilidades civiles y políticas de los católicos. En efecto, Cristo vino para salvar al hombre real y concreto, que vive en la historia y en la comunidad; por eso, el cristianismo y la Iglesia, desde el inicio, han tenido una dimensión y un alcance públicos. Como escribí en la encíclica Deus caritas est (cf. nn. 28-29), sobre las relaciones entre la religión y la política Jesucristo aportó una novedad sustancial, que abrió el camino hacia un mundo más humano y libre, a través de la distinción y la autonomía recíproca entre el Estado y la Iglesia, entre lo que es del César y lo que es de Dios (cf. Mt 22, 21). La misma libertad religiosa, que percibimos como un valor universal, particularmente necesario en el mundo actual, tiene aquí su raíz histórica. Por tanto, la Iglesia no es y no quiere ser un agente político. Al mismo tiempo tiene un profundo interés por el bien de la comunidad política, cuya alma es la justicia, y le ofrece en dos niveles su


contribución específica. En efecto, la fe cristiana purifica la razón y le ayuda a ser lo que debe ser. Por consiguiente, con su doctrina social, argumentada a partir de lo que está de acuerdo con la naturaleza de todo ser humano, la Iglesia contribuye a hacer que se pueda reconocer eficazmente, y luego también realizar, lo que es justo. Con este fin resultan claramente indispensables las energías morales y espirituales que permitan anteponer las exigencias de la justicia a los intereses personales, de una clase social o incluso de un Estado. Aquí de nuevo la Iglesia tiene un espacio muy amplio para arraigar estas energías en las conciencias, alimentarlas y fortalecerlas. Por consiguiente, la tarea inmediata de actuar en el ámbito político para construir un orden justo en la sociedad no corresponde a la Iglesia como tal, sino a los fieles laicos, que actúan como ciudadanos bajo su propia responsabilidad. Se trata de una tarea de suma importancia, a la que los cristianos laicos italianos están llamados a dedicarse con generosidad y valentía, iluminados por la fe y por el magisterio de la Iglesia, y animados por la caridad de Cristo. Hoy requieren una atención especial y un compromiso extraordinario los grandes desafíos en los que amplios sectores de la familia humana corren mayor peligro: las guerras y el terrorismo, el hambre y la sed, y algunas epidemias terribles. Pero también es preciso afrontar, con la misma determinación y claridad de propósitos, el peligro de opciones políticas y legislativas que contradicen valores fundamentales y principios antropológicos y éticos arraigados en la naturaleza del ser humano, en particular con respecto a la defensa de la vida humana en todas sus etapas, desde la concepción hasta la muerte natural, y a la promoción de la familia fundada en el matrimonio, evitando introducir en el ordenamiento público otras formas de unión que contribuirían a desestabilizarla, oscureciendo su carácter peculiar y su insustituible función social. El testimonio abierto y valiente que la Iglesia y los católicos italianos han dado y están dando a este respecto son un valioso servicio a Italia, útil y estimulante también para muchas otras naciones. Ciertamente, este compromiso y este testimonio forman parte del gran "sí" que como creyentes en Cristo decimos al hombre amado por Dios.


Estar unidos a Cristo Queridos hermanos y hermanas, ciertamente son grandes y múltiples las tareas y las responsabilidades que esta Asamblea eclesial pone de relieve. Por eso, debemos tener siempre presente que no estamos solos a la hora de llevar su peso, pues nos sostenemos unos a otros, y sobre todo el Señor mismo guía y sostiene la frágil barca de la Iglesia. Así volvemos al punto de donde partimos: lo fundamental es estar unidos a él y luego entre nosotros, estar con él para poder ir en su nombre (cf. Mc 3, 13-15). Por consiguiente, nuestra verdadera fuerza la recibimos alimentándonos de su palabra y de su cuerpo, uniéndonos a su ofrenda por nosotros, como haremos en la celebración de esta tarde, y adorándolo presente en la Eucaristía. En efecto, antes de cualquier actividad y de cualquier programa nuestro debe estar la adoración, que nos hace realmente libres y nos da los criterios para nuestra acción. En la unión con Cristo nos precede y nos guía la Virgen María, tan amada y venerada en todos los lugares de Italia. En ella encontramos, pura e inalterada, la verdadera esencia de la Iglesia y así, a través de ella, aprendemos a conocer y amar el misterio de la Iglesia que vive en la historia, nos sentimos parte de ella hasta las últimas consecuencias, nos convertimos por nuestra parte en "almas eclesiales" y aprendemos a resistir a la "secularización interna" que amenaza a la Iglesia en nuestro tiempo a consecuencia de los procesos de secularización que han marcado profundamente la civilización europea. Queridos hermanos y hermanas, elevemos juntos al Señor nuestra oración, humilde pero llena de confianza, para que la comunidad católica italiana, insertada en la comunión viva de la Iglesia de todos los lugares y de todos los tiempos, y estrechamente unida en torno a sus obispos, lleve con renovado impulso a esta amada nación, y a todos los rincones de la tierra, el gozoso testimonio de Jesús resucitado, esperanza de Italia y del mundo.


DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI A LA 61ª ASAMBLEA GENERAL DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL ITALIANA Aula del Sínodo Jueves 27 de mayo de 2010

Venerados y queridos hermanos: En el Evangelio proclamado el domingo pasado, solemnidad de Pentecostés, Jesús nos prometió: «El Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho» (Jn 14, 26). El Espíritu Santo guía a la Iglesia en el mundo y en la historia. Gracias a este don del Resucitado, el Señor está presente en el curso de los acontecimientos; en el Espíritu podemos reconocer en Cristo el sentido de las vicisitudes humanas. El Espíritu Santo nos hace Iglesia, comunión y comunidad incesantemente convocada, renovada y relanzada hacia el cumplimiento del reino de Dios. En la comunión eclesial se encuentra la raíz y la razón fundamental de vuestra reunión y de mi presencia una vez más entre vosotros, con alegría, con ocasión de esta cita anual; es la perspectiva con la cual os exhorto a afrontar los temas de vuestro trabajo, en el cual estáis llamados a reflexionar sobre la vida y la renovación de la acción pastoral de la Iglesia en Italia. Agradezco al cardenal Angelo Bagnasco las amables e intensas palabras que me ha dirigido, haciéndose intérprete de vuestros sentimientos: el Papa sabe que puede contar siempre con los obispos italianos. A través de vosotros saludo a las comunidades diocesanas encomendadas a vuestra solicitud, a la vez que extiendo mi saludo y mi cercanía espiritual a todo el pueblo italiano. Corroborados por el Espíritu, en continuidad con el camino indicado por el concilio Vaticano II, y en particular con las orientaciones pastorales del decenio que acaba de concluir, habéis decidido escoger la educación como tema fundamental para los próximos diez años. Ese horizonte temporal es proporcional a la radicalidad y a la amplitud de la demanda educativa. Y me parece necesario ir a las raíces profundas de esta emergencia para encontrar también las respuestas adecuadas a este


desafío. Yo veo sobre todo dos. Una raíz esencial consiste, a mi parecer, en un falso concepto de autonomía del hombre: el hombre debería desarrollarse sólo por sí mismo, sin imposiciones de otros, los cuales podrían asistir a su autodesarrollo, pero no entrar en este desarrollo. En realidad, para la persona humana es esencial el hecho de que llega a ser ella misma sólo a partir del otro, el «yo» llega a ser él mismo sólo a partir del «tú» y del «vosotros»; está creado para el diálogo, para la comunión sincrónica y diacrónica. Y sólo el encuentro con el «tú» y con el «nosotros» abre el «yo» a sí mismo. Por eso, la denominada educación anti-autoritaria no es educación, sino renuncia a la educación: así no se da lo que deberíamos dar a los demás, es decir, este «tú» y «nosotros» en el cual el «yo» se abre a sí mismo. Por tanto, me parece que un primer punto es superar esta falsa idea de autonomía del hombre, como un «yo» completo en sí mismo, mientras que llega a ser «yo» en el encuentro colectivo con el «tú» y con el «nosotros». La segunda raíz de la emergencia educativa yo la veo en el escepticismo y en el relativismo o, con palabras más sencillas y claras, en la exclusión de las dos fuentes que orientan el camino humano. La primera fuente debería ser la naturaleza; la segunda, la Revelación. Pero la naturaleza se considera hoy como una realidad puramente mecánica y, por tanto, que no contiene en sí ningún imperativo moral, ninguna orientación de valores: es algo puramente mecánico y, por consiguiente, el ser en sí mismo no da ninguna orientación. La Revelación se considera o como un momento del desarrollo histórico y, en consecuencia, relativo como todo el desarrollo histórico y cultural; o —se dice― quizá existe Revelación, pero no incluye contenidos, sino sólo motivaciones. Y si callan estas dos fuentes, la naturaleza y la Revelación, también la tercera fuente, la historia, deja de hablar, porque también la historia se convierte sólo en un aglomerado de decisiones culturales, ocasionales, arbitrarias, que no valen para el presente y para el futuro. Por esto es fundamental encontrar un concepto verdadero de la naturaleza como creación de Dios que nos habla a nosotros; el Creador, mediante el libro de la creación, nos habla y nos muestra los valores verdaderos. Así recuperar también la Revelación: reconocer que el libro de la creación, en el cual Dios nos da las orientaciones fundamentales, es descifrado en la Revelación; se aplica y hace propio en la historia cultural y religiosa, no sin errores, pero de una manera sustancialmente válida, que siempre hay que volver a desarrollar y purificar. Por tanto, en este «concierto»


—por decirlo así— entre creación descifrada en la Revelación, concretada en la historia cultural que va siempre hacia adelante y en la cual hallamos cada vez más el lenguaje de Dios, se abren también las indicaciones para una educación que no es imposición, sino realmente apertura del «yo» al «tú», al «nosotros» y al «Tú» de Dios. Por tanto, son grandes las dificultades: redescubrir las fuentes, el lenguaje de las fuentes; pero, aun conscientes del peso de estas dificultades, no podemos caer en la desconfianza y la resignación. Educar nunca ha sido fácil, pero no debemos rendirnos: faltaríamos al mandato que el Señor mismo nos ha confiado al llamarnos a apacentar con amor su rebaño. Más bien, despertemos en nuestras comunidades el celo por la educación, que es un celo del «yo» por el «tú», por el «nosotros», por Dios, y que no se limita a una didáctica, a un conjunto de técnicas y tampoco a la trasmisión de principios áridos. Educar es formar a las nuevas generaciones para que sepan entrar en relación con el mundo, apoyadas en una memoria significativa que no es sólo ocasional, sino que se incrementa con el lenguaje de Dios que encontramos en la naturaleza y en la Revelación, con un patrimonio interior compartido, con la verdadera sabiduría que, a la vez que reconoce el fin trascendente de la vida, orienta el pensamiento, los afectos y el juicio. Los jóvenes albergan una sed en su corazón, y esta sed es una búsqueda de significado y de relaciones humanas auténticas, que ayuden a no sentirse solos ante los desafíos de la vida. Es deseo de un futuro menos incierto gracias a una compañía segura y fiable, que se acerca a cada persona con delicadeza y respeto, proponiendo valores sólidos a partir de los cuales crecer hacia metas altas, pero alcanzables. Nuestra respuesta es el anuncio del Dios amigo del hombre, que en Jesús se hizo prójimo de cada uno de nosotros. La transmisión de la fe es parte irrenunciable de la formación integral de la persona, porque en Jesucristo se cumple el proyecto de una vida realizada: como enseña el concilio Vaticano ii, «el que sigue a Cristo, hombre perfecto, también se hace él mismo más hombre» (Gaudium et spes, 41). El encuentro personal con Jesús es la clave para intuir la relevancia de Dios en la existencia cotidiana, el secreto para vivirla en la caridad fraterna, la condición para levantarse siempre después de las caídas y moverse a constante conversión.


La tarea educativa, que habéis asumido como prioritaria, valoriza signos y tradiciones, de los cuales Italia es tan rica. Necesita lugares creíbles: ante todo, la familia, con su papel peculiar e irrenunciable; la escuela, horizonte común más allá de las opciones ideológicas; la parroquia, «fuente de la aldea», lugar y experiencia que introduce en la fe dentro del tejido de las relaciones cotidianas. En cada uno de estos ámbitos es decisiva la calidad del testimonio, camino privilegiado de la misión eclesial. En efecto, la acogida de la propuesta cristiana pasa a través de relaciones de cercanía, lealtad y confianza. En un tiempo en el que la gran tradición del pasado corre el riesgo de quedarse en letra muerta, debemos estar al lado de cada persona con disponibilidad siempre nueva, acompañándola en el camino de descubrimiento y asimilación personal de la verdad. Y al hacer esto también nosotros podemos redescubrir de modo nuevo las realidades fundamentales. La voluntad de promover un nuevo tiempo de evangelización no esconde las heridas que han marcado a la comunidad eclesial, por la debilidad y el pecado de algunos de sus miembros. Pero esta humilde y dolorosa admisión no debe hacer olvidar el servicio gratuito y apasionado de tantos creyentes, comenzando por los sacerdotes. El año especial dedicado a ellos ha querido constituir una oportunidad para promover la renovación interior como condición para un compromiso evangélico y ministerial más incisivo. Al mismo tiempo, también nos ayuda reconocer el testimonio de santidad de cuantos —siguiendo el ejemplo del cura de Ars— se entregan sin reservas para educar en la esperanza, en la fe y en la caridad. A esta luz, lo que es motivo de escándalo, debe traducirse para nosotros en llamada a una «profunda necesidad de volver a aprender la penitencia, de aceptar la purificación, de aprender, por una parte, el perdón, pero también la necesidad de la justicia» (Benedicto XVI, Encuentro con la prensa durante el vuelo a Portugal, 11 de mayo de 2010: L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 16 de mayo de 2010, p. 14). Queridos hermanos, os aliento a recorrer sin vacilaciones el camino del compromiso educativo. Que el Espíritu Santo os ayude a no perder nunca la confianza en los jóvenes, os impulse a salir a su encuentro y os lleve a frecuentar sus ambientes de vida, incluido el que constituyen las nuevas tecnologías de comunicación, que actualmente impregnan la cultura en todas sus expresiones. No se trata de adecuar el Evangelio al


mundo, sino de sacar del Evangelio la perenne novedad que permite encontrar en cada tiempo las formas adecuadas para anunciar la Palabra que no pasa, fecundando y sirviendo a la existencia humana. Volvamos, pues, a proponer a los jóvenes la medida alta y trascendente de la vida, entendida como vocación: que llamados a la vida consagrada, al sacerdocio, al matrimonio, sepan responder con generosidad a la llamada del Señor, porque sólo así podrán captar lo que es esencial para cada uno. La frontera educativa constituye el lugar para una amplia convergencia de objetivos: en efecto, la formación de las nuevas generaciones no puede menos de interesar a todos los hombres de buena voluntad, interpelando la capacidad de toda la sociedad de asegurar referencias fiables para el desarrollo armónico de las personas. También en Italia el tiempo actual está marcado por una incertidumbre sobre los valores, evidente en la dificultad de numerosos adultos a la hora de cumplir los compromisos asumidos: esto es índice de una crisis cultural y espiritual tan grave como la económica. Sería ilusorio —esto quiero subrayarlo— pensar en contrastar una ignorando la otra. Por esta razón, a la vez que renuevo la llamada a los responsables del sector público y a los empresarios a hacer todo lo que esté dentro de sus posibilidades para mitigar los efectos de la crisis de empleo, exhorto a todos a reflexionar sobre los presupuestos de una vida buena y significativa, que fundan la única autoridad que educa y regresa a las verdaderas fuentes de los valores. De hecho, la Iglesia se preocupa por el bien común, que nos compromete a compartir recursos económicos e intelectuales, morales y espirituales, aprendiendo a afrontar juntos, en un contexto de reciprocidad, los problemas y los desafíos del país. Esta perspectiva, ampliamente desarrollada en vuestro reciente documento sobre Iglesia y sur de Italia, encontrará mayor profundización en la próxima Semana social de los católicos italianos, prevista para octubre en Reggio Calabria, donde, junto a las mejores fuerzas del laicado católico, os comprometeréis a declinar una agenda de esperanza para Italia, para que «las exigencias de la justicia sean comprensibles y políticamente realizables» (Deus caritas est, 28). Vuestro ministerio, queridos hermanos, y la vitalidad de las comunidades diocesanas bajo vuestra dirección, son la mayor garantía de que la Iglesia seguirá dando con responsabilidad su contribución al crecimiento social y moral de Italia.


Llamado por gracia a ser Pastor de la Iglesia universal y de la espléndida ciudad de Roma, llevo constantemente en mi corazón vuestras preocupaciones y vuestros anhelos, que en los días pasados puse — junto con los de toda la humanidad— a los pies de la Virgen de Fátima. A ella se eleva nuestra oración: «Virgen Madre de Dios y querida Madre nuestra, que tu presencia haga reverdecer el desierto de nuestras soledades y brillar el sol en nuestras tinieblas, y haga que vuelva la calma después de la tempestad, para que todo hombre vea la salvación del Señor, que tiene el nombre y el rostro de Jesús, reflejado en nuestros corazones, unidos para siempre al tuyo. Así sea» (Fátima, 12 de mayo de 2010: L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 16 de mayo de 2010, p. 15). Os doy las gracias de corazón y os bendigo. La educación un desafío urgente - Cardenal Carlo Caffarra La educación constituye un desafío de doble significado. La cultura prevaleciente en la actualidad, después de convertir la educación en algo imposible, por haber hecho en primer lugar de la misma algo impensable , plantea a los grandes sujetos educacionales el «desafío» de demostrar, por así decir, si todavía pueden educar; pero también los grandes sujetos educacionales, desafían a esa cultura, proponiéndose como entidades todavía capaces de educar a la persona humana. Con este enfoque del problema de la educación, procuraremos, en primer lugar, comprender por qué la cultura prevaleciente en la actualidad ha convertido la actividad educativa en algo imposible por haber hecho de la misma algo impensable. Podríamos llamar esto el diagnóstico de la situación. Luego intentaremos comprender por qué hoy es posible, es decir, razonable y practicable, una verdadera propuesta educacional. Podríamos llamar ello la terapia de la situación. Diagnóstico

de

la

situación

Quisiera partir por una constatación sobre la cual creo que todos estamos de acuerdo. «El ambiente, entendido como clima mental y modo de vida, nunca ha tenido como hoy a su disposición instrumentos de invasión tan despótica de las conciencias. Hoy, más que nunca, el educador o el deseducador soberano es el ambiente, con todas sus


formas de expresión» . Pienso que, entendido así, el ambiente está haciendo impracticable el acto educativo por cuanto lo ha convertido en algo impensable . Antes de pasar a demostrar esta afirmación, me veo obligado a anteponer una definición, por así decir, del «acto educativo», brevemente por cuanto el segundo y el tercer punto versarán precisamente sobre dicho acto. Educar significa «introducir a una persona en la realidad» . No se introduce a una persona en la realidad sin introducirla en el significado de la realidad. Aquí significado denota la respuesta a las dos preguntas fundamentales que nacen en la persona del mero «contacto» con la realidad ( apprehensio entis : Santo Tomás): ¿ qué es lo que es? (pregunta sobre la verdad de la realidad); ¿ qué valor tiene lo que es? (pregunta sobre la bondad de la realidad). Una persona es introducida en la realidad cuando conoce la verdad y el valor de la realidad misma: cuando por este motivo sabe dar una interpretación sensata. Cuando ha encontrado su propia «casa en el mundo interpretado». (R.M. Rilke) Si es éste el acto educativo, ¿en qué condiciones es concebible el mismo? ¿Cuándo es razonable concebir la educación como introducción de la persona a la realidad? Únicamente si se piensa que puede existir una relación del hombre con la realidad: una relación establecida por nuestra inteligencia y nuestro deseo razonable. Es una relación que llega a ser posible tanto a partir de la constitutiva apertura de la persona a la realidad como de la originaria inteligibilidad y bondad de la realidad. Únicamente si es ésta la relación originaria entre persona y realidad, es concebible y por consiguiente practicable una acción educativa entendida como «introducción a la realidad». Ahora bien, la cultura actual (la llamada postmodernidad) está dominada por la negación de esa relación originaria: no existe una realidad para interpretar. Sólo existen interpretaciones de la realidad, sobre las cuales es imposible pronunciar un juicio de verdad, desde el momento en que éstas no se refieren a significado objetivo alguno. Estamos encerrados en las redes de nuestras interpretaciones de lo real,


sin camino alguno de salida hacia lo real mismo. Precisamente en este punto recae sobre nosotros el verdadero desafío educativo. Así, ninguna obra realmente educativa es posible hoy en día si no enfrenta este desafío y no lo plantea como alternativa radical y total frente a esa posición. Me refiero a la posición que niega la existencia de una relación originaria de la persona con la realidad. Quisiera mostrar ahora las consecuencias de esa posición. Así será más fácil ver descrito en forma inmediata el retrato espiritual de tantos estudiantes y jóvenes con los cuales nos encontramos. Primera consecuencia . Por cuanto «no hay hechos, sino puramente interpretaciones» (F. Nietzsche), resulta imposible emitir un juicio de verdad sobre las mismas. Toda interpretación y su contrario son igualmente válidos. La realidad es simplemente este conjunto, este juego de interpretaciones. Así, sencillamente carece de sentido plantearse la pregunta sobre la verdad. Pensemos qué implica todo esto en relación con la definición misma de la institución del matrimonio, por dar sólo un ejemplo. Si el ser hombre / ser-mujer carece de sentido objetivo y sólo tiene el sentido que cada uno le atribuye, no se ve por qué deba llamarse matrimonio solamente a la unión entre el hombre y la mujer. En resumidas cuentas, la sexualidad tiene el significado que cada uno decida atribuirle. Esta disolución de lo real en el juego sin fin de las interpretaciones ha tenido un efecto devastador en el espíritu: ha debilitado la pasión por el uso de la razón. ¿Qué significa ser personas razonables y hacer uso de la propia razón si no es buscar lo verdadero? ¿Si no es distinguir lo verdadero de lo falso? ¿Si no es desear saber «cómo están las cosas»? La lectura del capítulo XL de la autobiografía de Teresa de Ávila es bastante iluminadora al respecto. ¿Sigue teniendo sentido, sigue valiendo la pena someterse a la fatiga de razonar si cualquier conclusión tiene el mismo valor que su contrario? La dificultad enfrentada en la actualidad por todo educador al «hacer razonar» a los jóvenes tiene raíces bastante profundas: es una enfermedad mortal del espíritu. Segunda consecuencia : la pérdida del sentido de la libertad. priva de su dramática y grandiosa consistencia, puesto que se misma reduciéndola a mero arbitrio (no es mi intención dar término un significado

Se nos vive la a este ético).


Arbitrio significa libertad que se agota enteramente en la elección entre infinitas posibilidades, todas las cuales tienen el mismo valor, desde el momento en que están desprovistas de cualquier forma de arraigo en un sentido objetivo. Por cuanto el ser es neutral ante todo impacto de la libertad, cada opción es tan válida como cualquier otra. Es ésta ciertamente una libertad «libre de los afanes de la realidad, pero libre también de sus alegrías, libre de su bendición» . Esta disolución de la libertad en la mera elección genera en nuestros estudiantes y jóvenes un sentido de «cansancio» espiritual. Los padres del desierto lo llaman la tristeza del corazón. Y cada educador la ve estampada hoy día en el rostro de muchos jóvenes. Tercera consecuencia . Se debilita el sentido de la propia vida como una historia: se corrompe el sentido del tiempo. El transcurso del tiempo ya no se vive como ocasión (el Nuevo Testamento lo llama kairós ) para madurar, crecer en el ser hacia la propia beatificante plenitud, en la fidelidad a una elección que por su valor ha sido definitiva. Que ha definido el rostro, la existencia. «Ahora – por siempre»: los dos polos de nuestra situación histórica. El segundo se elimina y así también el primero ha perdido toda seriedad. La frecuente preferencia sin motivos serios por la convivencia y no por el matrimonio es una señal de esta condición espiritual. ¿Es posible educar en este contexto? Es éste el desafío que hoy se nos arroja. ¿Es posible volver a dar la pasión por la verdad, el gusto por la libertad, la alegría del carácter definitivo del don? En realidad, lo ha propuesto un proyecto educacional alternativo en relación con la definición de educación antes señalada. Se retoma a partir de la afirmación de Gianni Vattimo: «ver si logramos vivir sin neurosis en un mundo en el cual ‘Dios ha muerto'» . La alternativa no podía expresarse de mejor manera. Procuremos captar la síntesis de sus contenidos. Es una educación que no introduce a la realidad, sino al juego sin fin de las interpretaciones contradictorias de la realidad: de los diversos significados decididos libremente por cada


uno. Es una educación que debe introducir a la persona en una existencia humana vivida como respuesta a dos exigencias de hecho inconciliables. Por una parte , es una existencia humana vivida por una persona que encontrándose desprovista de todo apoyo en lo real, desea ser libre en el sentido «abstracto» del término. Se prefiere rechazar lo más posible las decisiones más serias; se ridiculiza todo carácter definitivo de las decisiones. Se considera vano lo real de la existencia y por consiguiente de la libertad. Ser libres es ahora sinónimo de ausencia de compromiso: «soy libre» quiere decir también ahora en el lenguaje común «no tengo compromisos». Es significativa al respecto la forma en que se ha abordado el problema de la educación sexual: informar de tal manera que uno pueda hacer lo que desee con su propia sexualidad, sin tener daños físicos (SIDA, por ejemplo). Por otra parte , semejante subjetividad, afirmada por tanto mediante la deslegitimación de todo significado normativo basado en la realidad, debe plantearse, sin embargo, el problema de la conciliación con los demás. ¿Es posible educar a una verdadera comunidad humana a partir de esa experiencia de la libertad? Una vez más, solamente a una comunidad «liviana», carente de verdadera consistencia. Me explico. Con la hipótesis educacional de la cual estamos hablando, es impensable una comunidad humana consistente o en coparticipación en los mismos valores o en «comunión de las personas» (v.gr. comunidad conyugal). Es inconcebible la existencia de un universo real de valores; es inconcebible el don definitivo de uno mismo al otro. ¿Y entonces qué significa educar para la vida en sociedad? Educar en la tolerancia. Reflexionemos atentamente en este código social fundamental. ¿Qué significa? ¿Qué tipo de relación connota? Que la alteridad, la diversidad es neutral: el hecho de existir los demás no tiene en sí mismo ni por sí mismo significado alguno. El nihilismo trágico lo consideraba un hecho absolutamente negativo: «los demás son el infierno» (Sartre). La Sagrada Escritura considera eminentemente positivo el hecho, ya que «no está bien que el hombre se encuentre solo». El alegre nihilismo contemporáneo estima este hecho simplemente carente de todo significado. El otro es, y por tanto debe ser aceptado en su facticidad: cada uno


«tolera» a cada uno. No tiene sentido preguntarme y preguntarte si lo que piensas es verdadero o falso: cada opinión y lo contrario de cada opinión tienen el mismo valor. Reside en nosotros una pasión por la verdad que nos consume. ¡Deben respetarse todas las opiniones! Sencillamente, es más útil que cada uno tolere a cada uno, basándose en el principio según el cual mi libertad no debe chocar con la ajena. El encuentro con el otro no es una alianza originaria, sino algo libremente acordado cada vez. No es concebible una relación distinta de aquella establecida contractualmente. He hablado de «sociedad-comunidad liviana». Ahora –espero– está claro el sentido: «liviana» significa exclusiva y totalmente hecha y deshecha por el libre juego de las libertades. Está excluido el hecho de apuntar a una alianza originaria. Respuesta

al

desafío

El carácter necesariamente esquemático de la exposición ciertamente no hará plena justicia a un fenómeno cultural bastante complejo; pero en todo caso me parece haber delineado correctamente su esencia. En semejante estado de cosas, el educador se encuentra hoy ante la alternativa de dos propuestas educacionales contrarias. De hecho, es un desafío al cual no puede substraerse. En resumidas cuentas, para el educador es inevitable preguntarse si es posible educar sin introducir en la realidad o –mejor dicho– si es razonable educar sin introducir en la realidad. En este segundo punto, procuraré responder esta pregunta. La idea central de mi respuesta es la siguiente: la única propuesta educacional razonable es aquella consistente en introducir a la persona humana en la realidad. Antes de demostrar la verdad de esta tesis, debo explicar qué entiendo por «razonable». De manera muy sencilla, lo entiendo como correspondiente, conveniente para la totalidad de la experiencia humana, sin excluir nada. Así, por decir lo mismo en forma negativa, una propuesta educacional diferente no corresponde, no conviene para la experiencia vivida por la persona. La persona educada de este modo se empobrece desmesuradamente. Procuraré ahora mostrar esto


brevemente. Aristóteles ya advertía que toda vida humana espiritual nace del asombro, de la maravilla. Y San Gregorio de Nisa, uno de los más grandes padres de la Iglesia, escribe: «los conceptos crean los ídolos, sólo el asombro conoce» 5 . ¿Asombro de qué? ¿Maravilla de qué? De la realidad; por la realidad: de que exista «algo» y no «nada». Del hecho que yo sea. ¿Por qué suscita asombro, maravilla lo real de lo cual tengo experiencia? ¿Por qué mi propio ser suscita asombro, maravilla? Porque en mí mismo no hay motivo alguno por el cual deba ser: ninguno es necesario. Una página de Pascal expresa estupendamente este asombro y esta maravilla que se convierten casi en miedo: «Cuando considero la breve duración de mi vida, absorbida en la eternidad que antecede y sigue al pequeño espacio que ocupo y veo abismado en la infinita inmensidad de los espacios que desconozco y me desconocen, me espanto y me asombro al verme más bien aquí que allá, porque no hay razón para que esté más bien aquí que allá, más bien ahora que entonces. ¿Quién me ha puesto aquí? ¿Por orden y obra de quiénes se me ha destinado este lugar y este tiempo? Memoria hospitis unius diei praetereuntis » . ¿Es posible anular esta pregunta radical que reside en el corazón del hombre? ¿Es justo para el hombre extenuarla y censurarla? ¿O no debemos más bien asumirla e iniciar un camino de respuesta? Esta pregunta nutre lo que podríamos llamar el deseo fundamental de nuestra vida: ese deseo que nos define (los hombres son deseo, decía Agustín). Podríamos llamarlo deseo de la realidad, deseo de ser. La gran tradición clásica y cristiana lo indicaban con una palabra casi desaparecida de nuestro vocabulario: deseo de beatitud ( término actualmente casi del todo eliminado por un equívoco concepto de «felicidad»). Beatitud es plenitud del ser.¿Pero por qué esa pregunta nutre el deseo de ser? Porque al mismo tiempo afirma la limitación de mi ser y el carácter ilimitado del Ser. Cada uno de nosotros existe como un ser limitado en un mundo limitado, pero su razón está abierta a lo ilimitado, a todo el ser. Prueba de esto es el conocimiento de nuestra finitud y limitación: yo soy, pero también podría no ser. Cada uno de nosotros goza de bienes limitados, pero su voluntad está


dirigida hacia el bien ilimitado, hacia todo el bien. Lo comprueba la sensación de insatisfacción que experimentamos continuamente. Por consiguiente, la «posición» de la persona humana es paradojal: situada en una condición ontológica «frágil» (contingente), gusta, por así decir, todo el bien del ser, ese ser del cual no está en posesión. De aquí su deseo de realidad, de beatitud. Introducir a una persona en la realidad (educarla) significa guiarla hacia la beatitud. La contrapropuesta educativa de la cual hablé en el punto anterior precisamente considera insensato este deseo (de realidad), bloqueando la búsqueda de una realidad adecuada y correspondiente con la persona; apaga todo deseo dirigido a un «más allá», toda búsqueda nacida de la nostalgia de plenitud. Lo que en este desafío está en cuestión es en definitiva lo que pensamos del hombre: la medida de la estimación con la cual lo valoramos. b) Educación: introducción a la realidad completa: Luigi Giussani, Educar es un riesgo, Ediciones Encuentro, Madrid 1991 2ed (original italiano 1977) (pág. 61-99) c) La dinámica de la razón en su impacto con la realidad:

CÓMO SE DESPIERTAN LAS PREGUNTAS ÚLTIMAS. ITINERARIO DEL SENTIDO RELIGIOSO

Nos espera una nueva reflexión sobre el problema. Puesto que las preguntas últimas son lo que constituye la trama, el tejido de la conciencia humana, de la razón del hombre: ¿cómo se produce su despertar? Responder a esa pregunta nos va a obligar a detectar la estructura de la reacción que tiene el hombre ante la realidad. Porque, si es observándose a sí mismo en acción como el hombre se da cuenta de los factores que lo constituyen, para responder a esa pregunta será necesario observar la dinámica humana al chocarse con la realidad, pues ese impacto es el que pondrá en marcha el


mecanismo que revela esos factores. Un individuo que haya tenido en su vida un impacto débil con la realidad, porque, por ejemplo, haya tenido que esforzarse muy poco, tendrá un sentido escaso de su propia conciencia, percibirá menos la energía y la vibración de su razón. En la descripción que vamos a iniciar ahora, los factores que señalaremos en ese mecanismo se siguen unos a otros, en cierto sentido, como si se produjeran cronológicamente. 1. El estupor debido a la «presencia» Ante todo, para hacerme entender, recurriré a una imagen. Suponed que nacéis, que salís del seno de vuestra madre, con la edad que tenéis en este momento, con el desarrollo y con la conciencia que tenéis ahora. ¿Cuál sería el primer sentimiento que tendríais, el primero en absoluto, es decir, el primer factor de vuestra reacción ante la realidad? Si yo abriera de par en par los ojos por primera vez en este instante, al salir del seno de mi madre, me vería dominado por el asombro y el estupor que provocarían en mí las cosas debido a su simple «presencia». Me invadiría por entero un sobresalto de estupefacción por esa presencia que expresamos en el vocabulario corriente con la palabra «cosa». ¡Las cosas! ¡Qué «cosa»! Lo que es una versión concreta y, si queréis, banal, de la palabra «ser». El ser, no como entidad abstracta, sino como algo presente, como una presencia que no hago yo, que me encuentro ahí, una presencia que se me impone. El que no cree en Dios no tiene excusa, dice san Pablo en la Carta a los Romanos, porque debe negar este fenómeno original, esta experiencia original de lo «otro»1. El niño la vive sin darse cuenta, porque todavía no es consciente del todo; pero el adulto que no la vive o que no la percibe, como hombre consciente es menos que un niño, está como atrofiado. El asombro, la maravilla que produce esta realidad que se me impone, esta presencia con la que me topo, está en el origen del despertar de la conciencia humana. El estupor absoluto es para la inteligencia de la realidad de Dios lo que la claridad y la distinción son para la comprensión de las ideas


matemáticas. Cuando estamos privados de maravillarnos, resultamos sordos a lo sublime.

la

capacidad

de

Por eso el primerísimo sentimiento que tiene el hombre es el de estar frente a una realidad que no es suya, que existe independientemente de él y de la cual depende. Traducido esto en términos empíricos, se trata de la percepción original de un dato, de algo dado. Un uso plenamente humano de la palabra «dato», en el sentido de aplicarle todo lo que implica para nuestra persona, todos los factores de nuestra personalidad, la convierte en algo vivo: «dado», participio pasado, implica que haya algo que «dé». La palabra que traduce en términos plenamente humanos el vocablo «dato» y, por tanto, el primer contenido de nuestro impacto con la realidad, es la palabra don. Pero, sin detenernos por ahora en esta consecuencia, la misma palabra «dado» refleja una actividad delante de la cual yo soy sujeto pasivo; ahora bien, se trata de una pasividad que constituye mi actividad original, que es precisamente recibir, constatar, reconocer. Una vez, cuando enseñaba en el primer año de bachillerato, pregunté: «Entonces, según vosotros, ¿qué es la evidencia? ¿Podría definírmela alguno de vosotros?». Un chico que estaba sentado a la derecha de mi mesa, después de un largo rato de silencio embarazoso de toda la clase, dijo: «¡La evidencia es una presencia inexorable!». ¡El darse cuenta de una presencia inexorable! Abrir los ojos a esta realidad que se me impone, que no depende de mí, sino al contrario, de la que yo dependo: es el gran condicionamiento de mi existencia o, dicho de otra manera, lo dado. Este estupor es lo que despierta la pregunta última en nuestro interior: no es una comprobación fría, sino un asombro lleno de atractivo, una especie de pasividad que en el mismísimo instante en que se produce engendra en su seno la atracción. No hay postura más retrógrada que la que tiene cierta postura pretendidamente científica ante la religión y ante lo humano en general.


En efecto, es bastante superficial repetir que la religión ha nacido del miedo. El miedo no es el primer sentimiento que experimenta el hombre. El primero es el atractivo; el miedo aparece en un segundo momento, como reflejo del peligro que se percibe de que la atracción no permanezca. Lo primero de todo es la adhesión al ser, a la vida, el estupor frente a lo evidente; con posterioridad a ello, es posible que se tema que esa evidencia desaparezca, que ese ser de las cosas deje de ser tuyo, que no ejerza ya atracción en ti. Tú no tienes miedo de que desaparezcan cosas que no te interesan, tienes miedo de que desaparezcan las cosas que te interesan. La religiosidad es, ante todo, la afirmación y el desarrollo del atractivo que tienen las cosas. Hay un asombro primero ante la evidencia que caracteriza muy bien la actitud del verdadero investigador: la maravilla de algo presente me atrae, y como consecuencia se dispara en mí la búsqueda. El miedo es una sombra que cae como segunda reacción. Temes perder algo sólo cuando lo has tenido al menos un momento. Otra gran palabra que debemos tener en cuenta para aclarar más todavía el significado del -(lato-, de lo «dado», es la palabra «otro», la «altcridad». Por volver a tomar una imagen que ya hemos usado anteriormente: si yo naciera con la conciencia que tengo ahora, a mis años, y abriera los ojos de par en par, la presencia de la realidad se me manifestaría como presencia de «otra cosa» distinta de mí. El estupor religioso es algo diferente de la admiración de la cual nace la filosofía, según Platón y Aristóteles. Cuando la Alteridad emerge en el mundo y dentro de él, el hombre no se siente inclinado a problematizar, sino a venerar, a impetrar, a invocar, a contemplar. Esto es seguro: que ella es precisamente lo distinto [de uno mismo] y que es meta [= más allá de lo] natural»3. La dependencia original del hombre está bien expresada en la Biblia, en el dramático diálogo («duelo») que se establece entre Dios y Job, después que éste se hubiera entregado a una lamentación llena de rebeldía. Durante dos capítulos Dios le acosa con sus preguntas radicales, y parece como si se viera a Job empequeñecer físicamente, como si quisiera desaparecer ante la imposibilidad de dar una respuesta:


Yahveh respondió a Job desde el seno de la tempestad: ¿Quién es éste que empaña el consejo con razones sin sentido? Ciñe tus lomos como un bravo: voy a interrogarte, y tú me instruirás. ¿Dónde estabas tú cuando fundaba yo la tierra? Indícalo, si sabes la verdad. ¿Quién fijó sus medidas? ¿Lo sabrías? ¿Quién tiró el cordel sobre ella? ¿Sobre qué se afirmaron sus bases? ¿Quién asentó su piedra angular entre el clamor a coro de las estrellas del alba? [...] ¿El censor de Dios va a replicar aún?» 4. No existe nada más adecuado, nada más unido a la naturaleza del hombre que el vivir poseídos por una dependencia origi nal, pues la naturaleza del hombre consiste justamente en que es un ser creado. En este primer factor que he señalado hay tres pasos: El primer paso es que la realidad se percibe genéricamente como algo «dado», como «alteridad». Sólo en un momento posterior distinguimos en esta realidad rostros y cosas. Y después, en un tercer momento, me doy cuenta de mí mismo. Las distinciones vienen siempre después, y la última es la que descubre al yo como algo diferente de las demás cosas. La trayectoria psicológica del hombre confirma esto, porque la percepción de uno mismo como algo «distinto de» llega en un determinado momento de la evolución de nuestra conciencia. Sólo llegamos a nosotros mismos en cuanto «dato», en cuanto «hecho», al dar el último paso en la percepción de la realidad como «cosa» y como «cosas». Por tanto, la intuición primera es el asombro ante lo dado y ante el yo como parte de este dato, de lo dado, de lo existente. Primero te


impresionas y luego te das cuenta de que te has impresionado. Este es el origen del concepto de la vida como don, en ausencia del cual no podemos usar las cosas sin volverles estériles. 2. El cosmos El hombre, una vez que se ha dado cuenta de este «ser» real, de esta inexorable presencia con su variedad y sus diferencias, y de su propio yo como parte de esta presencia, cae en la cuenta también de que dentro de esta realidad hay un orden; que esta realidad es cósmica (de la palabra griega «cosmos», que precisamente significa «orden»). Kant confesó que el momento en que sentía suscitarse en él una objeción total a su Crítica de la razón pura, donde se niega que a partir de la realidad podamos remontarnos a otra presencia, era cuando salía de casa y, al levantar la cabeza, contemplaba el cielo estrellado, Si, atolondrados por naturaleza, todos los hombres en quienes había ignorancia de Dios no fueron capaces de conocer por las cosas buenas que se ven a Aquél que es, ni atendiendo a las obras, reconocieron al Artífice, sino que al fuego, al viento, al aire ligero, a la bóveda strellada, al agua impetuosa o a las lumbreras del ciclo los consideraron como dioses, señores del mundo. Pues si, cautivados por su belleza, los tomaron por dioses, sepan cuánto les aventaja el Señor de éstos, pues fue el Autor mismo de la belleza quien los creó. Y si fue su poder y eficiencia lo que les dejó sobrecogidos, deduzcan de ahí cuánto más poderoso es Aquel que los hizo, pues de la grandeza y hermosura de las criaturas se llega, por analogía, a contemplar a su Autor» 6. Por tanto, el asombro, el estupor original, implica un sentido de la belleza, el atractivo que ejerce la belleza armónica. Después concretaremos mejor el valor de la palabra «analogía», citada en el pasaje bíblico.

3- Realidad 'providencial»


No sólo se da cuenta el hombre de que esta presencia inexorable es bella, atrae y tiene un orden armónico; constata además que se mueve conforme a un designio que le puede ser favorable. Esta realidad tiene establecidos el día y la noche, la mañana y la tarde, el otoño, el invierno, el verano, la primavera; tiene establecidos los ciclos en los que el hombre puede rejuvenecerse, refrescarse y mantenerse, reproducirse. El contenido de las religiones más antiguas coincide con esta experiencia de las posibilidades que brinda la realidad «providencial». El nexo con lo divino tenía de hecho como contenido (en torno al que se desarrollaban las doctrinas y ritos) el misterio de la fecundidad de la tierra y de la mujer. Es esto, en primer lugar, lo que indica Dios en la Biblia después del diluvio. «Al aspirar Yahveh el calmante aroma, dijo en su corazón: 'Nunca más volveré a maldecir el suelo por causa del hombre, porque las trazas del corazón humano tienden al mal desde la adolescencia, ni volveré a herir a todo ser viviente como lo he hecho. Mientras dure la tierra, sementera y retoño, frío y calor, verano e invierno, día y noche no cesarán'»7. Y es esto lo que indica san Pablo en su discurso de Listra, en Asia Menor, cuando, tras haber realizado un milagro, todos, incluidos los sacerdotes del templo de Zeus, habían ido en busca de él y de Bernabé, tomándole a él por Hermes (el dios más pequeño) y a Bernabé (más alto y fuerte) por Zeus. Habían ido con turíbulos e incienso, como si en efecto fueran dioses llegados a la ciudad. «Amigos, ¿por qué hacéis esto? Nosotros somos también hombres, de igual condición que vosotros, que os predicamos que abandonéis estas cosas vanas y os volváis al Dios vivo que hizo el cielo, la tierra, el mar y cuanto en ellos hay, y que en las generaciones pasadas permitió que todas las naciones siguieran sus propios caminos; si bien no dejó de dar testimonio de sí mismo, derramando bienes, enviándonos desde el cielo lluvias y estaciones fructíferas, llenando vuestros corazones de sustento y alegría»8. Éste es el rasgo característico que tiene el planteamiento original de cualquier religión antigua: el sentido de lo divino como providencia.


4. El yo dependiente En este punto, cuando se ha despertado ya su ser por la presencia de las cosas, por la atracción que ejercen y el estupor que provocan, y se ha llenado de gratitud y alegría porque esa pre sencia puede ser benéfica y providencial, el hombre toma conciencia de sí en cuanto «yo» y recupera su asombro original con una profundidad que establece el alcance y la estatura de su identidad. En este momento yo, si estoy atento, es decir si soy una persona madura, no puedo negar que la evidencia mayor y más profunda que percibo es que yo no me hago a mí mismo, que no me estoy haciendo ahora a mí mismo. Yo no me doy el ser, no me doy la realidad que soy, soy algo «dado». Es el instante adulto en que descubro que yo dependo de otra cosa distinta. Cuanto más profundizo en mí mismo, si quiero llegar hasta el fondo de mi ser, ¿de dónde broto? No de mí, sino de otra cosa. Es la percepción de mí mismo como un chorro que nace de una fuente. Hay otra cosa que es más que yo, y que me hace. Si el chorro de una fuente pudiera pensar, percibiría en el fondo de su fresco brotar un origen que no sabe qué es, que es otra cosa distinta de él. Se trata de la intuición, que en todo momento de la historia han tenido siempre los espíritus humanos más agudos, de esa misteriosa presencia que es la que permite que el instante —el yo— tenga consistencia. Yo soy «tú-que-me-haces». Sólo que este «tú» es algo absolutamente sin rostro; uso la palabra «tú» porque es la menos inadecuada en mi experiencia humana para indicar esa presencia desconocida que es, sin comparación, mayor que mi realidad de hombre. Pues, si no, ¿qué otra palabra podría usar? Cuando pongo mi mirada sobre mí y advierto que yo no estoy haciéndome a mí mismo, entonces yo, yo, con la vibración consciente y plena de afecto que acucia en esta palabra, no puedo dirigirme hacia la Cosa que me hace, hacia la fuente de la que provengo en cada instante, más que usando la palabra «tú». «Tú que me haces- es, por tanto, lo que la tradición religiosa llama Dios; es aquello que es más que yo, que es más yo que yo mismo, aquello por lo que yo soy. Por esto la Biblia dice de Dios «tam pater nenio-9, que nadie es tan padre, porque el padre que conocemos en nuestra experiencia es alguien que da el empujón inicial a una vida, la cual, desde la primera


fracción de segundo en que recibe su ser, se separa y marcha por su cuenta. Yo era aún un sacerdote muy joven, cuando una mujer empe zó a venir regularmente a confesarse conmigo. Por algún tiempo dejé de verla y, cuando volvió, me dijo: «He tenido una niña, la segunda». Y, sin que yo le dijera nada, añadió: «¡Si supiera que impresión! Apenas caí en la cuenta de que había nacido ni siquiera pensé si era niño o niña, si estaba bien o mal; la primera Idea que me vino a la cabeza fué ésta: ¡ya comienza a alejarse!». En cambio Dios, Padre en todo instante, me está concibiendo ahora. Nadie es padre de este modo, engendrando constantemente a sus hijos. La conciencia de uno mismo, cuando ahonda, percibe en el fondo de sí a Otro. Esto es la oración: la conciencia de uno mismo en su profundidad hasta el punto de encontrarse con Otro. Por eso la oración es el único gesto humano en el que la estatura del hombre se expresa totalmente. El yo, el hombre, es un determinado nivel de la naturaleza en el que ésta se da cuenta de que no se hace por sí sola. Así que el cosmos entero es como una gran periferia de mi cuerpo, sin solución de continuidad. Se puede también decir de este modo: el hombre es aquel nivel de la naturaleza en el que ésta llega a tener experiencia de su propio carácter contingente. El hombre experimenta que es contingente: subsiste por otra cosa, ya que no se hace a sí mismo. Estoy de pie porque me apoyo en otro. Soy porque se me hace. Como mi voz, que es eco de una vibración mía: si freno la vibración, la voz deja de existir. Como el manantial, que deriva todo él de la fuente. Como la flor, que depende totalmente de la fuerza de la raíz. Así, pues, ya no diré «yo soy» conscientemente, de total acuerdo con mi estatura humana, sino identificándolo con «yo soy hecho». De lo dicho depende el equilibrio último de la vida. Pues ya que la verdad natural del hombre, como hemos visto, es su carácter de criatura, el hombre es un ser que existe porque continuamente es poseído. Por eso sólo respira abiertamente, solamente se siente en forma y está alegre, cuando reconoce que Otro le posee. La conciencia verdadera de uno mismo está muy bien representada por el niño cuando está entre los brazos de su padre y de su madre: entonces puede meterse en cualquier situación exis-tencial con una tranquilidad profunda, con la posibilidad de estar alegre. No hay sistema


curativo que pueda lograr esto, a no ser mutilando al hombre. Pues ahora, con frecuencia, para quitar el dolor de ciertas heridas, se censura al hombre precisamente su humanidad. Por eso podemos decir que todos los movimientos de los hombres, en cuanto que tienden a la paz y al gozo, se hacen en búsqueda de Dios, de Aquello en lo que radica la consistencia definitiva de su vida.

5. La ley en el corazón Pero, llegados a este punto, hay un último significado vital en el interior mismo de este «yo» que hemos sorprendido como «hecho de», como «apoyado en», como «contingente». Se trata del hecho de que dentro del yo brama algo como una voz que me dice «bien» o «mal». La conciencia del yo lleva consigo la percepción del bien y del mal. Es lo que la Biblia y san Pablo definían como «la ley escrita en los corazones»10. La fuente de nuestro ser introduce dentro de nosotros la vibración del bien y también la indicación, el rem< >i dimiento del mal. Hay una voz dentro de nosotros. Me gustan.i recitar esta poesía: «Hay una voz en mi vida que advierto en el punto en que muere; voz cansada, voz perdida, que tiembla con el latir del corazón. Voz de mujer anhelante, que a sus pobres labios se aferra, para decir muchas y muchas cosas, pero su boca está llena de tierra»11. La «voz» de Pascoli, que es la voz de su madre, realmente • una descripción de cómo tratamos a esta Voz del yo: la s< il'oi imos con la tierra de nuestra distracción y de nuestras preocupaciones. La experiencia del yo trae consigo la conciencia del bien y del mal, la nuestra aprobación o acusación. Cualquiera que sea la manera en que se entiendan y se apliquen estas categorías del bien y del mal, por el hecho de que hay bien y hay mal, no se pueden suprimir. Porque responden al destino último, responden a nuestro nexo con el destino. Son algo inextirpable, que se me impone, que me obliga a juzgar las cosas y a reconocerlas como buenas o malas. Son los rieles por medio de los cuales Aquello que nos crea conduce hacia sí toda nuestra exis-


tencia. Son los rieles de lo bueno, de lo justo, de aquello a lo i [ue está ligado el sentido mismo de la vida, de nuestra existen-cia, de la realidad; que es bueno y justo porque es así, que no está a merced de nada, pues su valor es infinito. Que una madre quiera a su hijo es algo que está bien porque está bien; que alguien ayude a un extraño con sacrificio de sí mismo está bien I M irque está bien. Decía san Pablo en la Carta a los Romanos: «Cuando los gentiles, que no tienen ley, cumplen naturalmen-te las prescripciones de la ley sin tener ley, para sí mismos son ley; como quienes muestran tener la realidad de esa ley escrita en su corazón, atestiguándolo su conciencia, y los juicios contra-l mestos de condenación o alabanza»12. rambién un «gentil», como el gran poeta Sófocles, habla en [rttígona de los «sagrados límites de las leyes no escritas e inmutables..^. Conclusión Es la fórmula para recorrer el itinerario que conduce l i i' I . I el significado último de la realidad? Vivir lo real. La experiencia de esa implicación oculta, de esa presencia arcana, misteriosa, que hay en la mirada que se abre atónita ante las cosas, en la atracción que las cosas ejercen, en la belle za, en el asombro lleno de gratitud, de consuelo, de esperanza, porque las cosas se mueven de tal modo que me sirven, que me resultan útiles —y estas cosas me incluyen también a mí, a mí mismo, donde eso recóndito, eso oculto se vuelve cercano, porque es ahora cuando me está haciendo, y me habla del bien y del mal—, ¿cómo se puede vivir? ¿Cómo llegar a vivir esa experiencia, compleja y no obstante sencilla, esa experiencia riquísima de la que está constituido el corazón del hombre, que confl tituye ella misma el corazón del hombre y, por tanto, el corazón de la naturaleza, el corazón del cosmos? ¿Cómo podrá adquirir fuerza esa experiencia? Mediante el impacto con la realidad. La única condición para ser siempre y verdaderamente religiosos es vivir intensamente lo real. La íor muía del itinerario que conduce hacia el significado de la realidad es vivir lo real sin cerrazón, es decir, sin renegar de nada ni olvidar nada. Pues, en efecto, no es humano, o sea, no es razonable, considerar la experiencia limitándose a


su superficie, a la cresta de la ola, sin descender a lo profundo de su movimiento. El positivismo que domina la mentalidad del hombre moderno excluye la solicitud para buscar el significado que nos viene de nuestra relación original con las cosas. Ésta nos invita a buscar su consistencia, es decir, justamente su significado: nos hace presentir esa presencia de la consistencia que no reside en las cosas mismas. Tan cierto es esto que yo (y es aquí donde se define la cuestión), yo mismo no la tengo; y precisamente yo soy el nivel en que las estrellas y la tierra toman conciencia de su propia inconsistencia. El positivismo excluye la invitación a descubrir el significado que nos dirige precisamente el impacto original e inmediato con las cosas. Pretende imponer al hombre que se quede sólo en lo aparente. Y esto es sofocante. Cuanto más viva uno con este nivel de conciencia que hemos descrito su relación con las cosas, más intensamente vivirá su impacto con la realidad y más pronto comenzará a conocer algo del misterio. Repetimos: lo que bloquea el desarrollo de la dimensión religiosa auténtica, del auténtico hecho religioso, es una falta de seriedad con lo real, cuyo ejemplo más claro es el prejuicio. El ansia de búsqueda a través del compromiso con la realidad de su existencia es señal de espíritus grandes y de hombres vivos. lie aquí, pues, la conclusión: el mundo, esta realidad con la «[ue nos topamos, es como si en el impacto liberase una palabra, una invitación, como si nos hiciese presentir un significado. El mundo es como una palabra, un «logos», que requiere, que remit e a otra cosa diferente, que está más allá de sí mismo, más arriba. En griego «arriba» se dice «ana». Este es el valor que tiene la analogía: la estructura del impacto humano con la realidad despierta en el hombre una voz que lo atrae hacia un significado que está más allá, más arriba, «ana». Analogía. Esta palabra sintetiza la estructura dinámica del impacto que se produce en el hombre ante la realidad.


Contenido de la Unidad 3  

Contenido de la Unidad 3 para Formacion de sacerdotes Jovenes

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