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Antes de que hubiera terminado de desenvolver el regalo de cumpleaños, sonó dentro del paquete un timbre. Los regalos que su tío, el señor Vaivén, le hacía siempre eran raros. Baltasar, que así se llamaba el chico vivía solo y huérfano en una casita abandonada de las afueras de Dover, y su tío en Londres. Quitó la última cinta y la tapa, y dentro había... una extraña piedra negra con destellos azulados y que emitía vibraciones parecidas a timbrazos. La piedra se movió, salió disparada y se pegó a su pecho. Baltasar gritó de puro terror pero se calmó al ver que la piedra no causaba dolor, y sin más, el chico sintió como si la piedra fuera un volcán desbordando su lava en su interior y gritó, pero ahora, en una agonía de

profundos dolores y cayó el suelo exhalando su último aliento. En ese momento entró el señor Vaivén diciendo: “Por fin he eliminado el último obstáculo entre la herencia de tus padres y yo”. Y se fue. La casa quedó en silencio, y de pronto el cadáver abrió un ojo. Alexander Grandal Otero 1ºA ESO

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