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© 2016 Isabel Keats. Todos los derechos reservados. PUNTO, SET Y PARTIDO Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción total o parcial. Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.

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—¡María! —¡Eva! Las dos se fundieron en un estrecho abrazo frente al arco de piedra de la entrada de la casona. —¡Por fin! No puedo creer que estés aquí. —Se separaron a regañadientes. María se secó las lágrimas con la manga de su camisa mientras Eva utilizaba un kleenex para sonarse—. Ven, te enseñaré tu cuarto y el resto de la casa. Subieron por la imponente escalinata de piedra y María le fue explicando a su amiga la historia del lugar. —La casona data del siglo XVIII. Cuando mi primo vino a verla por primera vez, una teja estuvo a punto de abrirle la cabeza; estaba hecha una auténtica ruina, pero Jaime no se lo tomó como un mal presagio. Tardó más de cinco años en rehabilitarla y aún quedan muchas cosas por hacer. Claro que también ha tenido que ocuparse de las tierras y de la bodega. Al lado de ésto, los trabajos de Hércules eran de media jornada. Eva miró maravillada el recargado artesonado de madera. —A mi me parece que está fantástica, no le falta detalle.


María abrió una de las puertas que se asomaban a un patio cubierto en forma de rectángulo. La habitación era amplia y muy acogedora, con tapicerías estampadas en tonos suaves y una inmensa cama con dosel. —Es preciosa. Mil gracias, María. —Un nuevo surtido de lágrimas anegó los grandes ojos castaños, sin que Eva pudiera evitarlo—. Perdóname, últimamente hasta escuchar Paquito el chocolatero me hace llorar. —Llora lo que te de la gana, aquí tienes barra libre. —Su amiga le acarició el suave cabello rubio—. Acabas de recuperarte de una lesión y una neumonía, tu carrera de tenista está en la cuerda floja y tu novio te ha dejado. ¡Joder!, si tú no puedes llorar que venga Dios y lo vea... Eva soltó una carcajada. Desde luego, María era única para quitarle dramatismo a una situación. Riendo aún —aunque de vez en cuando se le escapaba también algún que otro sollozo—, la abrazó una vez más. —Vamos, vamos, no nos pongamos sentimentales. —María se apartó, la sujetó por los hombros y la examinó con sus vivos ojos azules—. Estás en los huesos, pero tienes suerte; mi primo tiene una cocinera estupenda, así que te cebaremos como a un cochino. —Reconozco que he perdido por completo el apetito. —Como si el solo hecho de estar de pie la agotara, Eva se dejó caer sobre el colchón. Su amiga no había exagerado al decir que se había quedado en los huesos; estaba pálida y ojerosa y parecía tan frágil que daba la impresión de que un simple soplido la derribaría.


—Ya veremos qué dice tu apetito cuando lo enfrentes con uno de los guisos de Teresa. Ahora será mejor que te refresques un poco y deshagas el equipaje. Baja cuando estés lista. Pocos minutos después, Eva descendía por la escalera buscando el salón. El fuego que chisporroteaba en la inmensa chimenea de piedra parecía llamarla invitador, por lo que se acercó y extendió las manos heladas hacia él. El otoño acababa de comenzar, pero el día era fresco y el calor de las llamas la reconfortó. —Buenas tardes. —Una profunda voz masculina la sacó de su abstracción y se volvió sobresaltada. Parado junto a la puerta un hombre moreno, alto y de anchas espaldas, vestido con pantalones de pana, camisa de franela y botas de campo, la observaba con atención. Eva se obligó a sonreír y se acercó a saludarlo con la mano tendida. —Buenas tardes, tú debes ser Jaime, el primo de María. Quiero agradecerte que me hayas dejado quedarme un tiempo en tu casa a pesar de que no me conoces de nada. Me parece... —Estás equivocada —la interrumpió examinándola con sus perezosos ojos, casi negros—, ya nos conocíamos de antes. —¿Estás seguro? No me suenas de nada. —Desconcertada, Eva negó con la cabeza y los rizos rubios, que lucían un gracioso corte, acompañaron el movimiento. —Fue en una fiesta que dio María en casa de sus padres hace, por lo


menos, nueve años. Las pupilas de Eva se dilataron con incredulidad. ¡Dios Santo, claro que se acordaba! Acababa de cumplir dieciocho y estaba emocionada; era la primera fiesta a la que la invitaban. Su padre, que también era su preparador físico, le había prohibido asistir alegando que al día siguiente tenía entrenamiento. —¿Y cuándo no tengo entrenamiento? —había replicado enfurecida—. ¡Ya tengo dieciocho años y ni siquiera me han besado! A estas alturas, todas las chicas de mi edad han asistido a un par de orgías como mínimo. Como de costumbre, su padre no prestó la menor atención a sus protestas. Nunca antes lo había desafiado, pero en cuanto se fue a acostar, ella escapó por la ventana. Cuando llegó a casa de los padres de María, la fiesta ya estaba muy animada. Alguien colocó una bebida en su mano y Eva, que tenía terminantemente prohibido beber alcohol, le dio un buen trago. Los chicos la rodeaban atraídos por su belleza delicada y se reían de sus comentarios. Eva estaba encantada; por una vez en su vida, no era el bicho raro que se quedaba siempre al margen. No supo cuántas copas bebió, pero para ella, que no estaba acostumbrada, fueron demasiadas. Sin saber cómo, se encontró en el jardín apoyada contra el tronco de un árbol mientras un muchacho del que no recordaba ni el nombre la besaba. Al principio, le devolvió el beso con torpeza, pero cuando las manos masculinas trataron de bajarle el tirante del vestido, se resistió. El joven


no hizo caso de sus protestas, y Eva comenzaba a asustarse cuando una mano poderosa agarró al tipo del cuello de la chaqueta y lo apartó con brusquedad. —Desaparece. —Al ver el tamaño de su oponente, el chico obedeció en el acto y se largó a toda prisa. —Gracias —balbuceó Eva con voz pastosa; se sentía terriblemente mareada—. No sé qué habría pasado si tú no hubieras aparecido. —Es lo que tiene combinar el alcohol y el sexo; a veces se nos va de las manos —comentó su salvador con sarcasmo. Pero Eva ya no lo escuchaba. Se encontraba tan mal que, sin fuerzas para sostenerse, cayó de rodillas sobre el césped y empezó a vomitar todo el contenido de su estómago. A partir de ese momento, sus recuerdos se volvían bastante turbios. Tenía la impresión de que unas manos cálidas le sujetaron la frente mientras devolvía y, más tarde, alguien la había llevado en brazos hasta una habitación. Al día siguiente, amaneció con un espantoso dolor de cabeza y descubrió que tan sólo llevaba puesta la ropa interior bajo las sábanas. Su vestido manchado estaba tirado en el suelo de cualquier manera. Horrorizada, se dio cuenta de que el desconocido debía haberla desnudado. Entre eso y la reacción de su padre al descubrir que no había dormido en casa esa noche, prefirió embutir la historia en un rincón oscuro de su cerebro y allí había permanecido olvidada... hasta ese momento.


Al ver sus mejillas sonrojadas, él sonrió divertido. —Veo que vas recordando. —Los pasos de María resonaron en el vestíbulo. Al instante, Jaime posó el dedo índice sobre los labios de Eva y susurró—: Shh, será nuestro secreto.

Los días en la finca transcurrían con una agradable morosidad. A Eva le fascinaba el paisaje de extensos viñedos que justo entonces iniciaban el cambio de color. La recogida de la uva había terminado, pero en las vides aún quedaba algún que otro racimo y le encantaba pasear saboreando su jugo, demasiado dulce ya. Jaime y su prima estaban muy atareados, él con la dirección de la explotación agrícola y la bodega, que empezaba a hacerse un nombre, y María ayudándolo con las cuentas y el personal. Eva sentía remordimientos por no hacer nada y protestaba diciendo que no quería convertirse en una huésped inútil a la que todo el mundo estaba deseando perder de vista; pero tanto su amiga como su primo insistían en que lo importante era que descansara y recuperase cuanto antes la salud. Así que empleaba su tiempo en pasear, comer los sabrosos guisos de Teresa y, sobre todo, dormir. A todas horas tenía sueño; como si su cuerpo intentara resarcirse de una vida espartana, dedicada por completo al deporte.


Jaime caminaba por el olivar buscando algún rastro de la mosca de la aceituna —con la que había entablado una batalla a vida o muerte— cuando descubrió a Eva, profundamente dormida, tumbada sobre su chaqueta debajo de un olivo centenario. Sin hacer ruido, se acercó y contempló en silencio el bonito rostro femenino, cuyas mejillas estaban algo más llenas que cuando había llegado hacía unas semanas. De repente, le vino a la memoria el aspecto que tenía la joven vestida tan sólo con su ingenua ropa interior de algodón blanco la noche de la fiesta y, sorprendido, notó una fuerte sacudida de deseo. En aquella época, acababa de llegar de Montpellier donde estudiaba enología tras haberse licenciado en Madrid como Ingeniero Agrónomo. En cuanto se enteró de que estaba en España, su prima lo invitó a su fiesta de cumpleaños y él, harto de tanto estudiar, aceptó encantado a pesar de que no conocía a nadie. Esa noche se fijó en Eva nada más verla entrar; le hicieron gracia los grandes ojos castaños que lo miraban todo con la misma expresión soñadora de un niño que pega la nariz al cristal de un escaparate lleno de pasteles. Aunque no se acercó a ella —le pareció que era demasiado joven y pensó que ya tenía suficientes admiradores—, la estuvo observando divertido por su inocente coqueteo, hasta que la vio salir al jardín con uno de los chicos y decidió seguirla.


Después ocurrió lo que ocurrió. Recordaba muy bien que tras desnudarla, la había tapado con las sábanas hasta la barbilla para que no se enfriara y, antes de abandonar la habitación, sintió el impulso de besarla. Sin poder resistirse, se inclinó sobre ella una vez más y besó esos labios sensuales e inocentes que, incluso en sueños, parecieron devolverle la caricia. Más adelante su prima María le puso al corriente de la historia Eva. Le contó que su padre la había sacado del colegio a los nueve años para meterla en un centro de alto rendimiento, lo poco que se habían visto desde entonces a pesar de que nunca habían perdido el contacto y de cómo, al fin, su amiga empezaba a recoger los frutos de tantos esfuerzos. Jaime regresó a Francia una semana más tarde y siguió con sus estudios, convencido de que una estrella del tenis y un agricultor no podían tener nada en común; pero si se enteraba de que Eva jugaba algún campeonato, siempre sacaba tiempo para ver los partidos. Y ahora, esa pequeña mujer, que de alguna manera llevaba años presente en su vida, yacía dormida a sus pies y él no podía negar que, lo que fuera que hubiera sentido antes por ella, seguía ahí, intacto. —Eva. —Se agachó junto a la chica y la sacudió con ligereza. Muy despacio, Eva abrió los párpados y le costó un rato recordar dónde estaba. —Me preocupaba que pudieras coger frío, bella durmiente —comentó burlón.


Ella se incorporó y empezó a sacudir las briznas de hierba que se habían adherido a sus pantalones. —No sé qué me ocurre últimamente, creo que sufro ataques de narcolepsia —bromeó—. Debe ser esta vida tan dura que llevo a base de paseos y tartas de manzana; la verdad es que resulta agotadora. —Después de la operación de rodilla y de la neumonía con la que se complicó tu convalecencia, no es extraño que tu cuerpo necesite recuperar energías. —Jaime se sentó a su lado sobre la tierra clara. —Pero es desesperante, ¿no crees? Intento pensar qué es lo que voy a hacer con mi vida y en cuanto pasan más de dos minutos, mi cerebro se pone en standby y, hala, a dormir. Llevo tres semanas aquí y todavía no he sido capaz de tomar una decisión —movió la cabeza de lado a lado con su gesto habitual, y a Jaime le dieron ganas de enterrar los dedos en ese sedoso cabello que parecía expresar sus estados de ánimo tan bien como sus palabras. —¿Qué prisa tienes? Después de ganar todos los torneos del Grand Slam y con los jugosos contratos publicitarios de los últimos años, imagino que pasará mucho tiempo antes de que te veas obligada a trabajar para mantenerte. —Pero ¿qué voy a hacer, Jaime? Tengo veintisiete años, no me veo viviendo de las rentas el resto de mi vida. No tengo estudios superiores ni ninguna habilidad fuera de jugar al tenis... Jaime le pasó un brazo por los hombros, tratando de tranquilizarla.


—¡Alto, no nos pongamos nerviosos! Pensemos. Hum... ¿Qué te gustaría hacer? ¿Cocinar, aprender punto de cruz, estudiar alguna carrera en la universidad, hacer un cursillo de carpintería, tirarte en parapente desde el Montblanc? Eva negaba con la cabeza a cada sugerencia. —¿Alistarte en el ejército? ¿Casarte y tener hijos? —Jaime se detuvo en seco al ver su expresión de desconsuelo. —En realidad, eso era lo que más quería. Me imagino que en pleno siglo XXI sonará patético pero, después de la vida que he llevado, soñaba con tener un hogar estable en el que mis hijos, al menos tres, crecieran felices, fueran a un colegio cercano y pasáramos las mañanas de los domingos horneando galletas en una amplia cocina llena de luz natural. — Sus ojos se clavaban en el horizonte soñadores. —¿Sabes hornear galletas? —Jaime enarcó una ceja con escepticismo. —La verdad es que no tengo ni idea, pero cuando pienso en mi familia ideal, siempre estamos en la cocina horneando galletas; casi puedo oler el aroma de la masa —dijo sonriente, aunque al instante recuperó la seriedad.— Claro que, después de lo de Pietro, lo veo un poco difícil. A Jaime —que seguía con interés los cotilleos sobre la famosa tenista en las revistas del corazón que caían en sus manos— no le sorprendió escuchar aquel nombre. —Que un hombre te deje, no quiere decir que no vayas a encontrar a


otro. Además, mejor darse cuenta antes que después de que el tipo que tienes al lado es un capullo integral. —Ya, claro, eso es muy fácil de decir, pero no puedes imaginarte lo enamorada que estaba de él. —De nuevo movió la cabeza, desolada—. Sabía que era el hazmerreír del circuito profesional, cargando sobre mi cabeza todo el peso de unos cuernos con más puntas que un medalla de oro, pero me daba igual. Por primera vez en mi vida, pensé que alguien me quería por mí misma, sin que le importara a cuántos kilómetros por hora era capaz sacar; que no me juzgaba en función de mi drive o mi revés, pero ya ves lo equivocada que estaba. En cuanto se habló de que quizá me vería obligada a dejar el tenis... Arrivederci, bambina! A pesar de su tono festivo, no consiguió engañarlo ni por un segundo. No había que tener un coeficiente intelectual de quinientos veinte para darse cuenta de que, en realidad, estaba hecha polvo. Ya era bastante duro que te dejase un novio infiel, para que, encima, la prensa internacional aireara los trapos sucios en una sonada humillación pública. La atrajo contra su pecho, hundió la cara en los fragantes rizos y se quedaron un rato así, abrazados en silencio. Por fin, ella alzó el rostro ligeramente ruborizado y le sonrió con calidez y Jaime tuvo que hacer un enorme esfuerzo para no lanzarse en picado sobre esos labios tentadores. —Muchas gracias, Jaime, parece que al final eres tú el que siempre me saca de apuros. Jaime se puso rodilla en tierra, se llevó una mano al corazón y


proclamó solemne: —Jaime Aguinaga, caballero andante, a su servicio. Luego se incorporó, ayudó a Eva a levantarse y regresaron juntos a la casa. •

—¿Eva, estás bien? —Preocupado, Jaime observó las gruesas lágrimas que resbalaban lentamente por sus mejillas mientras ella miraba el fuego, abstraída. No obtuvo respuesta, así que se acercó más y se dio cuenta de que apretaba con fuerza un papel en el puño. Se inclinó sobre ella y con suavidad fue abriendo los dedos rígidos, uno a uno, hasta que logró liberar un arrugado recorte de prensa; lo alisó con la mano y vio que era una foto del tenista Pietro Lombardi muy acaramelado con la también tenista Svetlana Nóvikova. —Y lo peor es —dijo Eva siguiendo con una conversación que sólo estaba en su cabeza— que siempre se reía de Svetlana llamándola la machorra come truños, en italiano, claro, que suena todo mucho mejor. Angustiada, lloró con más fuerza. —Eva, Evita, no puedes seguir así. —Jaime se sentó en el sillón, la colocó sobre su regazo con un suave movimiento y la obligó a apoyar la cabeza sobre su pecho—. No puedes seguir llorando por un tipejo semejante, míralo, con esos ricitos de angelito de Murillo kitsch y encima


está liado con una marimacho. Son como Justin Bieber y la madre del increíble Hulk, si bien con mejor color; una combinación de pesadilla, créeme. —Además, es un manta. Nunca ha pasado del puesto 180 de la ATP —afirmó Eva con despecho. Sin embargo, enseguida hizo un puchero y añadió—: Pero es que, ahora que también me he peleado con mi padre, me siento tan... tan... sola... Los sollozos arreciaron. —Venga, no digas eso. Está María y, por supuesto, me tienes a mí — Jaime le alzó la barbilla con dos dedos y clavó sus pupilas oscuras en los ojos encharcados—. ¿Sabes? Nunca he podido soportar el llanto de una mujer; en cuanto veo a una chica llorar, sea de la edad que sea, siento la necesidad imperiosa de consolarla. Bajó la cabeza y posó su boca sobre los temblorosos labios femeninos con delicadeza. Sorprendida, Eva se quedó muy quieta siguiendo con la mente el recorrido de ese chispazo que había empezado en su boca, bajaba por el cuello, erizaba sus pezones y seguía bajando... Sin saber muy bien lo que hacía, cerró los párpados y entreabrió la boca, invitando a la lengua masculina a explorar nuevos territorios. Él enredó los dedos en los esponjosos rizos rubios como había deseado tantas veces, y al oír el gemido ahogado que brotó de la garganta de Eva, pensó que estallaría de deseo. —Ejem, ejem. —De mala gana, Jaime rompió el contacto, sintiéndose


como un electrodoméstico al que le hubieran cortado la corriente. Eva se levantó de sus muslos con tanta rapidez, que a punto estuvo de caerse al suelo. —María..., hola, esto... —Empezó a tartamudear con las mejillas tan rojas que los capilares parecían a punto de reventar. Jaime no pudo evitar sonreír al ver su turbación y pensó, por enésima vez, que Eva Laredo era una chica preciosa. —Qué bien os lo pasáis, pillines —se burló María. —De verdad, no es lo que parece. —Eva lanzó una muda petición de auxilio al primo de su amiga pero, el muy majadero, en vez de ayudarla a salir del aprieto, escuchaba sus explicaciones con los brazos cruzados sobre el pecho y expresión divertida—. Verás yo estaba llorando por la foto y Jaime trataba de consolarme. ¿Verdad? Jaime, ¿dónde está la foto? Enséñasela. Jaime cogió el recorte de periódico que estaba encima del sofá hecho un gurruño, lo alisó una vez más con las manos y lo alzó en el aire muy serio, como un fiscal que enseña la prueba del crimen al jurado. —¡No me digas que tu ex está ahora con esa vacaburra! —exclamó su amiga incrédula. —¿Ves como tenía motivos para buscar consuelo? —Lo veo, lo veo. —Le guiñó un ojo a su primo con disimulo—. En fin, os dejo. Voy a hablar con Teresa a ver cómo va la cena. Sin perder la sonrisa, María salió de la habitación a toda prisa y cerró


la puerta a su espalda. —¿De verdad consuelas así a todas las mujeres? —Eva trató de sonar sarcástica, pero lo único que consiguió fue ponerse más roja aún. —A todas sin excepción —afirmó su interlocutor, tajante, antes de fruncir el ceño con enojo fingido y señalarla con el dedo índice—: Y te lo advierto, si vuelvo a pillarte llorando por ese idiota, me veré obligado a consolarte de nuevo, ¿entendido? Eva asintió en silencio, al tiempo que le lanzaba una mirada calculadora por debajo de las largas pestañas.

Unos días después, mientras regresaban en el todoterreno de Jaime de supervisar la siembra de los guisantes en la zona oeste de la finca, Eva tarareaba una canción sin apartar la vista del hermoso paisaje. —Estás muy contenta, Eva. Sorprendida, se volvió hacia él y contempló el atractivo perfil masculino, de rasgos fuertes y varoniles. —Tienes razón, ¡es increíble! Hace apenas unas semanas quería morirme y, mírame, aquí estoy desafinando como una campeona. —Me alegro por ti, aunque, por otro lado, me da pena pensar que nunca más necesitarás mi consuelo. —La chispa maliciosa que detectó en los ojos oscuros hizo que Eva bajara los suyos, turbada.


—Bueno, ya sabes cómo funcionan estas cosas. A pesar de lo enamorada que estoy también tengo mis momentos; aunque imagino que cuanto más tiempo pase, estos instantes de alegría serán cada vez más frecuentes. Jaime detuvo el coche a un lado del camino y se volvió hacia ella con decisión, pasando un brazo por encima del respaldo. —Creo que ha llegado el momento de que aceptes un aspecto de la situación que resultará extremadamente positivo para tu completa recuperación. Desconcertada por aquel enigmático comentario, Eva se acomodó mejor sobre su asiento y lo observó con interés. Un par de botones desabrochados de la camisa de cuadros dejaban ver una pequeña porción de pecho bronceado, y con el pelo oscuro revuelto por el viento y los ojos refulgiendo como magnetitas le pareció uno de los hombres más seductores que había visto jamás. —Me tienes en ascuas. Jaime le puso las manos sobre los hombros y clavó la mirada en sus pupilas. —Tienes que aceptar, de una vez para siempre, que nunca has estado enamorada de Pietro Lombardi. —¿Ah, no? —Fue lo único que logró articular, concentrada en el calor de esas manos de dedos elegantes que traspasaba la tela de su blusa. —No.


Su lacónica respuesta la arrancó de su arrobo en el acto. —¿Y cómo puedes saberlo tú? —preguntó indignada—. ¿Acaso eres psicólogo? ¿Médium? ¿O será, tal vez, que tienes superpoderes? —Admítelo, Eva, te sentías muy sola. Demasiados años viajando de torneo en torneo, de habitación de hotel en habitación de hotel, sin amigos de verdad en el circuito porque todos, en un momento dado, podían convertirse en rivales, rodeada de envidias y zancadillas... Y, de repente, aparece el tipo este, con sus ricitos... —¿Puede saberse qué tienes contra los rizos? —Lo interrumpió Eva llevándose una mano a sus cortos cabellos. —Contra los tuyos nada, es más, me encantan —Como si quisiera subrayar sus palabras, tiró con suavidad de uno de ellos—. A ver, ¿por dónde iba...? Ah, sí, aparece este tipo con sus ricitos, te dice cuatro tonterías y tú, que no has tenido tiempo ni ocasión para coquetear un poco con ningún muchacho, caes rendida ante sus zapatillas de deporte. En resumen: nunca has estado enamorada de él, simplemente, estabas enamorada de la idea de enamorarte. Las palabras de Jaime penetraron en sus oídos como bombas de racimo y sembraron el caos en muchas de las certezas que Eva abrigaba desde hacía tiempo. Sorprendida, se dio cuenta de que Jaime tenía razón; si hubiera amado de verdad a Pietro, habría luchado por ese amor y no habría salido huyendo ante la primera dificultad. En el fondo, hasta había disfrutado sintiendo lástima de sí misma; por una vez, ella era la


protagonista de una apasionada historia de amor, aunque no hubiera tenido un final feliz. ¡Menuda idiota había sido! Después de varios minutos de silencio, consiguió decir en un susurro dolido: —Estarás contento. Acabas de hacerme comprender que durante más de año y medio lo único que he hecho ha sido perder el tiempo con un tipo que no lo merecía y del que ni siquiera estaba enamorada. Pues bien, ¿sabes lo que te digo...? —Los grandes ojos castaños relucían de nuevo con el brillo de las lágrimas—. Que lo has conseguido; ahora vuelvo a estar triste otra vez. —Entonces —Jaime, muy serio, colocó el dedo índice debajo de su barbilla y la obligó a mirarlo—, me imagino que eres consciente de que no me queda más remedio que tratar de consolarte. Eva asintió en silencio y alzando aún más la barbilla, cerró los ojos y entreabrió los labios. —Bien, haré lo que pueda. —dijo Jaime con voz ronca. Rodeó su cintura con uno de sus brazos y colocó la otra mano en su nuca atrayéndola hacia sí. Con suavidad, se inclinó hacia adelante y respiró el cálido aliento femenino durante unos segundos antes de atrapar la suave boca de Eva con la suya. En el instante en que sus labios se rozaron supo, sin asomo de duda, lo que hacía años sospechaba: que esa era la mujer destinada


para él y que él era el hombre que ella había estado esperando sin saberlo. Durante mucho, mucho tiempo, las bocas de ambos tan sólo hablaron a través de sus caricias. Finalmente, Jaime apoyó la frente sobre la frente de Eva y, sin aflojar su abrazo ni una milésima, musitó muy cerca de sus labios: —Quiero que sepas que hago unas galletas riquísimas... —¿De veras? —Eva se sentía viva como nunca antes—. Me alegra saberlo; le he echado el ojo a un delantal de cocinero que te sentará de maravilla. Y sus bocas se unieron voraces una vez más.

FIN

Punto, set y partido  

Relato corto romántico que forma parte de la antología solidaria "Veinte pétalos"

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