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SojouRner Truth


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© Villa Aprendizaje Ediciones © Estrella Dorantes Cuéllar ISBN: En trámite Ediciones Villa Aprendizaje Xalapa, Veracruz, México. 2012

Coordinación Académica Estrella X. Dorantes Coordinación Técnica Jose Enrique Díaz Camacho Texto Alexandro Arana Ontiveros Ilustración Iridiana Guevara Andrade Dirección de Arte y Diseño Perla Ibarra Cortés Carmén Limón Iridiana Guevara Isaac Salas

Copyright © 2012 por Fundación Villa Aprendizaje S.A. de C.V.


SojouRner Truth


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n Estados Unidos, a principios del siglo XIX, se mantenía un sistema económico, social y político basado en la esclavitud de la raza negra; para crecer como país, los norteamericanos, a través de los ingleses y los portugueses, trajeron a la fuerza gente de África para volverla esclava. Así, los negros harían los trabajos pesados, dejando para los blancos las tareas intelectuales, como la impartición de justicia, la dirección de los trabajos difíciles y los distintos roles comerciales. La gente traída con fuerza desde el continente africano, junto con sus descendientes, no tenían derechos humanos y eran tratados peor que animales. Las tareas que regularmente desempeñaban iban desde la construcción (carga de materiales pesados), hasta el trabajo en el campo (recolección del algodón, la cual resultaba muy peligrosa debido a la gran cantidad de esporas en el aire). Como era de esperarse, muchas personas trataron de acabar con esta situación; tanto negros, quienes no veían justicia en la decisión egoísta tomada por el pueblo norteamericano, como blancos, aquellos que poseían la suficiente consciencia para saber que ningún ser humano merece un trato tan injusto sólo por tener un desarrollo menor en su país. Fue entonces que comenzaron los enfrentamientos entre inconformes y esclavizadores; asimismo, a los dueños de esclavos no les convenía perderlos, pues ellos tendrían que realizar las tareas más pesadas, aquellas en las que se arriesgaba la salud, o hasta la vida. Hubo guerras, enfrentamientos, y muchísimas muertes. A aquellos que peleaban a favor de la liberación de los negros, se les llamó “abolicionistas”, pues querían abolir la esclavitud en Norteamérica. Una de las más destacadas mujeres en el movimiento abolicionista, fue Sojourner Truth, quien de niña era esclava y más tarde se emancipó por decisión propia al lograr escapar de sus esclavizadores. Sojourner Truth, luego de escapar, trabajó como sirvienta durante varios años en una ciudad diferente a donde era esclava. Pero en cuanto vio una posibilidad, sin pensarlo dos veces, dejó este trabajo para apoyar la causa de abolición de la esclavitud, dando comida y buscando fondos para la gente que luchaba para ello.Fue así como Sojourner se convirtió en una destacada oradora. Ella expuso en un discurso breve, pero muy agudo, titulado “¿No soy mujer?”, las bases de los derechos de las mujeres que hoy en día se aplican internacionalmente. Con todas estas acciones, unos años más tarde, muchísimos de sus hermanos africanos y estadounidenses, serían liberados para siempre.

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a maestra guardó silencio unos momentos, quería que las palabras del libro, dichas a consciencia y lentamente, terminaran de calar, lo más hondo posible, en los alumnos de su clase.

Algunos estaban serios; otros, con una sonrisa amplia en sus rostros; unos pocos, incluso, trataban con dificultad de enjugar las lágrimas que querían escapar de sus ojos. La profesora les había leído el discurso que en 1851, ante el Congreso de la Mujer en Akron (Ohio), Sojourner Truth había regalado a la humanidad. Es un discurso realmente hermoso y emotivo, cargado de sabiduría ancestral y esperanzas para las mujeres que sufren algún tipo de injusticia en nuestro mundo. Es un texto que te recomendamos ampliamente, búscalo en internet o en una biblioteca, vale la pena leerlo. Pero, sobre todo, entenderlo y practicarlo. —Sojourner Truth —empezó diciendo la profesora— ayudó a muchísimas mujeres, niños y ancianos, a tener una vida llena de esperanza, consiguiendo fondos con una tarjeta que repartía en esos días entre la población entera. La maestra prosiguió: —Imagínense todos los problemas con los que ella tuvo que lidiar… primero, era mujer, en esos tiempos, los derechos de las mujeres eran muy pocos; aparte, era negra, las personas procedentes de África o descendientes de africanos, era una comunidad muy menospreciado en la sociedad norteamericana pero, encima de todo esto, Sojourner había sido esclava, por lo que no gozaba de derecho alguno. Todas estas características la convertían, ante los ojos de aquellos norteamericanos, en algo peor que un animal, un despojo de la naturaleza. El salón de clases estaba completamente en silencio. El sonido de las palabras retumbaba en los muros y pesaba en las mentes de todos. La maestra esperó unos segundos, midiendo el efecto de la lectura en su audiencia; entonces prosiguió: —Pero aún así, no se detuvo: logró mejorar las condiciones, a futuro, de muchas personas, sobre todo de las mujeres. No en balde escogió un nombre para sí misma: ella, originalmente se llamaba Isabella Bomefree, pero lo cambió por Sojourner Truth, que significa “residente permanente de la verdad”. Estas últimas palabras emocionaron a todos los presentes.

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Al finalizar las clases, se comentaba, con asombro, lo aprendido durante ese día. Pero lo más extraordinario sucedió en la noche, luego de que, en distintos momentos de la tarde, y en las más diversas situaciones, todos tuvieron que escribir una opinión sobre la vida de esta increíble mujer abolicionista. Los alumnos imaginaron con tanto entusiasmo la vida de Sojourner, que sus sueños nocturnos se juntaron en uno solo. Fue así que pudieron viajar al año 1845, en algún lugar de los Estados Unidos de Norteamérica… La noche estaba cerrada, la oscuridad no permitía ver más que estrellas inundando el cielo; las constelaciones y los sabios ancestros miraban con cautela bajo la luna llena. A mitad de aquel desierto de casas mal construidas, dentro de una cabaña amplia de maderas viejas y roídas, un grupo de esclavos negros se reunía como cada sábado por la noche, buscando descansar de los abusos sufridos durante la semana; divertirse como en tiempos antiguos, cuando podían correr por las estepas africanas, bailando semidesnudos, llenos de libertad y alegría, buscando vivir con armonía junto a la Madre Tierra. En aquel recinto a media luz, suavemente iluminado por los quinqués de petróleo, había mujeres, hombres, ancianos, viejas y muchos niños. Se platicaba con dulzura y se reía en voz baja, pues el miedo de que los hombres blancos los escucharan y vinieran a callarlos, anidaba en lo más profundo de sus corazones. Entonces, de pronto, la puerta se abrió y todos voltearon… fueron sólo unos segundos de temor, el cual se desvaneció cuando una vieja amable, con una amplia y pesada falda, entró arrastrando los pies. Era Sojourner Truth, portando la más hermosa sonrisa que todos podían haber imaginado. Saludó con amabilidad y se sentó en medio de la reunión. Todos los allí presentes la miraban sonriendo.


Poco a poco, fueron entrando los demás compañeros; Amanda saludó con respeto en voz baja; Susana trató de no llamar la atención y lo hizo en silencio, saludando sólo con inclinaciones de cabeza; Manuel, hizo su aparición con su acostumbrada sonrisa abierta y saludando efusivamente a unos cuantos presentes; fue hasta que llegó Miguel que los presentes tuvieron a bien decirle que bajara la voz ante la estruendosa entrada que hizo. Como es costumbre con él, ayudó a que todos rieran abiertamente y se relajaran respecto a los recién llegados. Tras unas breves palabras de bienvenida, Sojourner comenzó la plática: —Los hombres blancos nos tratan como animales porque en su avaricia y soberbia, no alcanzan a ver que todos, al final, somos seres humanos. Cualquiera de nosotros tiene derecho a la vida, a la libertad y al respeto, por el simple hecho de haber nacido y estar vivos. Todos los seres humanos, seamos del color y género que seamos, debemos ser tratados de igual manera: con respeto ante todo.


Entonces, un hombre corpulento con rostro afable, de esos cuya figura atemoriza a cualquiera, pero con unos ojos que nos hacen saber que no le harían daño a nadie, interrumpió con angustia en sus palabras: —¿Pero cómo puede ser eso posible? ¡Ellos tienen mejores cosas y más poder que nosotros! Una mujer con las manos ajadas de tanto trabajo rudo, le contestó con firmeza: —Pues sí, pero eso no los hace mejores que nosotros… ¡quizá sólo con mejor suerte! ¿Y… y… y no podría ser que… que… que son más inteligentes? —agregó un joven negro tartamudo. Esto hizo que un viejo, lleno de energía y buen humor, le espetara de manera jovial: —¡¿Más inteligentes?!… Déjame ser el patrón y hazlos esclavos a ellos, ¡y te mostraré quiénes son más inteligentes! El grupo estalló en fuertes carcajadas.

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Una vez que la emoción ante el comentario hubo pasado, Sojourner retomó sus palabras: —Ni la inteligencia ni las posesiones materiales nos hacen mejores o peores, quizá sólo distintos. Y el respeto hacia los demás es una virtud que debe existir hasta en los más inteligentes o ricos. Nuestros cuatro jóvenes compañeros escuchaban la plática muy ensimismados, disfrutando de cada momento. Fue entonces cuando Sojourner recordó su presencia y les preguntó: —¿Y ustedes jóvenes? ¿Qué piensan de todo esto? ¿Somos todos iguales? Amanda Viviani fue la primera en responder, tras levantar la mano con amabilidad (esto lo hizo para evitar interrumpir a alguien más, no tanto por pedir permiso para hablar); Sojourner dio pie a sus palabras: —¿Amanda? —Yo pienso que sí, que somos iguales, simplemente porque todos somos humanos —dijo Amanda con voz segura y de pie. Una vez terminada su respuesta, volvió a sentarse, orgullosa de sí misma por haberlo dicho. Susana se le quedó viendo y remedó su actitud de niña inteligente. Esto fue motivo de festejo y risas por parte de Miguel. Sojourner captó lo que sucedía, y dispuesta a evitar las burlas entre ellos, agregó: —Miguel, ¿quieres decirnos los que tú piensas? Éste se puso de mil colores: primero rojo de vergüenza, luego morado, debido a las caras que Manuel le hacía y, finalmente, amarillo cuando se dio cuenta de que tenía que responder. —Pues yo siento que, jeje, pues bueno, no podemos ser todos iguales porque hay gente más inteligente que otra, ¿no?… Bueno, ¡eso digo yo! Los congregados rieron en voz baja. Susana, harta de todo lo que se estaba diciendo, se levantó y dijo, con la manera menos dura que su egoísmo de niña rica le permitía: —¡Assh! ¡Of course, que no todos podemos ser iguales porque no todos “tenemos” lo mismo! —Y dejó muy clara su idea al hacer énfasis en la palabra “tenemos”, mientras levantaba su costoso celular a la vista de todos los ahí presentes.


La cabaña se llenó de caras sorprendidas, el grupo callaba a la expectativa de la reacción de Sojourner. Unos, incluso, empezaban a llenarse de rabia ante la insolencia de la joven presuntuosa. Ella permaneció impávida, mientras decía con toda amabilidad: —Aunque algunas opiniones no sean de nuestro agrado, también tenemos que respetarlas. En eso se basan los derechos humanos. Sojourner esperó a que los ánimos se calmaran; entonces agregó con alegría: —Muy bien Susana, agradezco tus palabras —ante el asombro de todos los presentes. Con estas palabras, logró que el ambiente se suavizara por completo, y Susana reflexionara un poco acerca de lo que había dicho. Ella se sintió muy incómoda consigo misma. Finalmente, Manuel no quiso quedarse sin decir su opinión: él pensaba igual que el joven tartamudo, que a veces la vida simplemente nos permite tener mejor suerte respecto a nuestros destinos. Y así lo dijo: —Pero también algunos tienen más suerte que otros, ¿no? ¡Tal como lo dijo nuestro buen compañero! Esta última frase hizo que todos volvieran a reír y el joven, que se encontraba a un lado de él, lo abrazara afectuosamente, correspondiendo a Manuel. Sojourner reía también con las ocurrencias de los cuatro jóvenes y de esta manera siguieron charlando animadamente unos minutos más. Sin que nadie recordara cómo, fueron regresando poco a poco a sus casas, pues el sueño se desvaneció entre ronquidos y almohadas, hasta despertar al otro día con una sensación de tranquilidad y descanso bien ganados. Creo que es el momento de que ustedes, lectoras y lectores, decidan cuál es la respuesta que más les convence de todas las que expresaron nuestros amigos Amanda, Susana, Miguel y Manuel. Decídanlo una vez que hayan reflexionado acerca de las preguntas que se les presentan debajo de cada solución. Yo, su amiga Sojourner Truth, los invito cordialmente a que lo hagan y se los agradezco de antemano.

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多Somos todos iguales?

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1. Sí, porque todos somos humanos.

¿Existen los hombres “inhumanos”? ¿Un indígena es igual a un empresario? ¿Un niño es igual a un adulto? ¿Nacemos siendo humanos o aprendemos a serlo mientras crecemos?

2. No, porque no todos “tenemos” lo mismo.

¿Deben los ricos compartir con los pobres para que todos tengan lo mismo? ¿Podemos desear no ser ricos? ¿Podemos todos tener todo lo que queramos? ¿Los que más tienen, es porque se lo merecen?

3. No, porque algunos son menos inteligentes que otros. ¿Naces siendo inteligente? ¿Todo el mundo es inteligente de la misma forma? ¿Las personas inteligentes siempre dominan a las demás? ¿Pueden los demás ser inteligentes por nosotros?

4. Algunos solamente tienen más suerte que otros.

¿Cultivamos nuestra suerte o la recibimos? ¿Podemos tener suerte y ser desdichados? ¿La envidia te hace decir que los demás tienen suerte? ¿Es realmente la suerte, o mejor dicho el esfuerzo, el trabajo, el talento…?

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