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ADIÓS, MI AMADO Llegué a Japón llamado por la Universidad de Tokio para dar un concierto de beneficencia recordando a las víctimas de las bombas atómicas. A decir verdad, es muy raro que yo acepte este tipo de trabajos, sin embargo esa vez acepté porque había tenido una racha un poco aburrida…aunque no lo crean viajar de un lugar a otro a veces resulta aburrido, sobre todo cuando sólo llegas, das tu concierto y al día siguiente ya vas volando a otra ciudad. Creo haber estado en Tokio en una ocasión, pero nunca había regresado; hasta esa ocasión. Mi traductor del inglés al japonés resultó ser un jovencito de cabello largo y negro, a veces me era complicado entenderle y no dudo que yo también fui una carga, sin embargo logramos congeniar para hacer un buen trabajo. El problema del concierto de beneficencia y por lo cual no los aceptaba (puesto que no soy tan tacaño) es por que generalmente te dicen que temas tocar… naturalmente tienen que ir de acuerdo a la causa. Cuando vi las melodías de lo que quería que tocara, ninguna pieza era en lo mínimo complicada para mí, el único problema era que todas ellas llevaban acompañamiento de violín… no porque un solo de piano sonara mal, simplemente porque así lo querían los japoneses… fin de la discusión. Realmente intenté persuadir a los organizadores de semejante tontería, yo no solía… no suelo trabajar con nadie… soy concertista de piano y me molesta que otro esté a mi lado tocando cualquier otro instrumento con la posibilidad de equivocarse… no porque yo nunca lo haga, pero un error en acompañamiento se nota más fácilmente que un error propio que con la experiencia he logrado cubrir hábilmente. Volviendo al punto, necesitaba un violinista y lo necesitaba ya. Como siempre ocurre con esto, el problema del otro músico estaba relativamente resuelto, sólo tenía que escoger de los diez alumnos más destacados del Conservatorio de Música, al que me pareciera más capaz. Al día siguiente, fuimos temprano a las dichosas audiciones. A decir verdad quedé pasmado al ver que los mejores alumnos eran chicos de quince a veinte años… pensé que era una broma, yo necesitaba un violinista profesional!! Un violinista que tuviera más o menos la misma trayectoria que yo. Me rehusé a tocar con un niño, pero no sé en que etapa de mi vida estaba que finalmente, ante tantos ruegos de los nipones acepté escuchar a los estudiantes, con la condición de que si ninguno me agradaba buscarían al profesional. Me crucé de brazos para prepararme a mi suplicio, sí, soy un músico engreído. Todos me parecieron iguales, cosa que hice saber a mi traductor que sólo me sonrió, seguro no tenía nada más que agregar. Creo que fue el penúltimo o antepenúltimo que él se paró en medio del escenario, dijeron su nombre pero en ese momento no lo recordé, y de una forma bastante mal educada de mi parte, dejé escapar un bostezo profundo. El chico pareció ponerse nervioso, pues tardó un poco en acomodarse el violín sobre su hombro, me miró por primera vez con una pupilas verdes profundas que captaron mi atención, noté como


suspiró, tomando el aire suficiente para relajarse y poder proseguir con su interpretación, cerró sus ojos y en segundos que a mí me parecieron minutos todo quedó en silencio. Cuando iba a protestar por la lentitud del aspirante, un fino sonido salió de las cuerdas del instrumento, incluso ahora que lo recuerdo, la palabra fino se queda corta, delicado, exquisito sonido, ahora incluso exagero. La idea es que la música que escapaba del violín, la elegancia del jovencito moviendo el arco con su brazo tenso pero al mismo tiempo suave y flácido, sus dedos acariciando las cuerdas, todo con los ojos cerrados, trasmitiendo así lo que quería decir esa partitura. Si no me equivoco tocó la Sonata de Otoño de Vivaldi, porque podía sentirme en el bosque con las hojas amarillas, ocres, rojas cayendo sobre mí, mientras la brisa otoñal golpeaba mi rostro y al mismo tiempo hacía que las hojas bailaran a mí alrededor, el riachuelo siguiendo su cauce, salpicando entre las piedritas del fondo, pero dentro de esa delicada melodía, dentro de mis pensamientos, también se podía sentir una tristeza inexplicable del músico. La sonata es un allegro y eso se transmitía, pero también había ahí otro sentimiento, extraño diría yo, e indescriptible. Ni una sola nota quedó a contra tiempo, todas vibraban por igual y cuando la última nota salió del violín, todo quedó en silencio: el chico abrió los ojos. Todos los oyentes quedamos expectantes, como si sintiéramos que faltaba más, creamos una necesidad a esa música; mi traductor (Shiryu creo que se llamaba) comenzó a aplaudir, los demás le siguieron pero yo seguía en mi bosque bañado por las hojas de tonos cálidos, sólo él y yo. No supe a que hora el jovencito había desaparecido del escenario porque repentinamente volví a la realidad cuando otro chico comenzó a tocar no sé qué. Debo admitir que quedé sorprendido, no puedo negar que todos esos jóvenes tocaran bien, pero ese joven era excelso para su corta edad, así que mandé al cuerno la idea de tocar con un profesional, lo cual sería complicado de igual forma, y conformarme, por así decirlo, con el chico de ojos esmeraldas. La segunda vez que lo vi fue en nuestro primer ensayo. El jovencito llegó acompañado de lo que supuse sería su amigo, un chico rubio de ojos celestes, después supe que era de descendencia rusa y que era la pareja formal de él. Shun Kido se volvió a presentar con una reverencia que yo imité malamente; llamé a mi traductor para que me ayudara a decirle que esto no era un juego, que por muy gratuito que fuera el evento a mí me gustaba trabajar al cien por ciento, mientras le decía esto en inglés al traductor y antes de que él pudiera decir algo en japonés; el señor Kido comenzaba a contestarme que él tampoco estaba jugando. No pude evitar sonreír, el nerviosismo que había presentado en el escenario el día anterior había desaparecido y ahora me encontraba ante un chico totalmente desenvuelto. Comenzamos con la primera partitura que logramos sincronizar fácilmente, sólo algunos fallos por la mala adaptación del acompañamiento, pero con eso corregido todo quedó listo. Así, con algunos por menores por lo antes mencionado o por equivocaciones mías o


del chico llegamos a la última interpretación, Paganini. Qué hacía un músico tan maravilloso dentro de ese concierto?? No lo sé, el punto es que debía ser interpretado y ya. Comenzamos y lo que salió del violín fueron notas sueltas, arrastradas, parecidas a los chillidos de los ratones. Revisé la partitura del chico; todo estaba bien (quién se atrevería a corregir algo de Paganini??). Lo alenté para volver a intentarlo, pero dio el mismo resultado. Por la expresión del chico comprendí que se sentía frustrado, el concierto era en dos días y él tenía que lograr tocar esa partitura, o simplemente dejarme el solo de piano, que fue una idea que le sugerí pero se negó a aceptar. Comprendí que ese chico era igual o peor de obstinado que yo. Terminamos con el ensayo con esa interpretación frustrada, quizá también era el cansancio de ambos, pues en cuanto llegué al cuarto del hotel caí rendido. Al día siguiente me enfadé mucho con él, no sólo no había logrado tocar la pieza, sino que había llegado dos horas tarde. Le recordé que no era un juego y él sumisamente me pedía perdón en su estilo japonés, inclinando todo su torso frente a mí. Suspiré resignado a que ese sería un día largo. Interpretamos todas las partituras rápidamente, pues el chico ya se había acostumbrado al acompañamiento, igual que yo. Al escucharlo mi enojo se desvaneció; aún era capaz de trasmitir ese sentimiento en cada nota, en cada melodía, siempre con ese dejo de tristeza oculto entre los pentagramas, incluso ese día me pareció más claro y fuerte ese sentimiento. Esa tristeza no me molestaba en absoluto, incluso creo que me la trasmitió. Cuando terminamos e intentamos cerca de veinte veces con Paganini, todo se vino abajo. Sus dedos ágiles no lo eran lo suficiente para esa pieza, el roce del arco en las cuerdas, algo era que no lograba tocarlo. Leyó en voz alta la partitura, marcando el compás, las notas, silencios, corcheas, todo con su voz que también era encantadora, lo consiguió, sin duda lo logró con su voz, pero yo necesitaba el violín. Opté por dejarlo ir a descansar y nos veríamos al día siguiente para intentarlo otra vez, sin embargo le hice saber que si el día del concierto era incapaz de tocarlo, yo haría un solo y fin de la historia. El joven me pidió quedarnos más tiempo, intentaría hasta lograr tocar esa melodía, pero yo ya estaba exhausto, así que no accedí y regresé al hotel. Acababa de salir de tomar un baño fresco para relajarme para dormir bien, ya que aún tenía el cambio de horario sobre mí. Acababa de ponerme mi pantalón cuando llamaron desesperadamente la puerta, me disgustó el hecho de que afuera de mi recámara había dejado eso de “no molestar”. Abrí la puerta muy enfadado y me encontré frente a Shun, con su estuche de violín en las manos. -Qué haces?? – pregunté tratando de ser amable y paciente, ninguna de las dos son cualidades mías. -Escúcheme, por favor – dijo inclinándose cortésmente. -Mañana lo haremos, regresa a casa y déjame dormir – ordené. -Escúcheme, por favor – insistió aún inclinado. -Mañana.


Intenté cerrar la puerta, pero parecía que toda la amabilidad del chico había desaparecido pues metió su cuerpo entre la puerta y el marco impidiéndome cerrar. No olvidaré su mirada desafiante, una mirada que nunca nadie me había dedicado, quizá fue por eso que acepté dejarlo entrar finalmente, no sólo el día había sido largo, también la noche lo sería. Me acomodé en un sillón cómodo de la suite y pedí una botella de coñac. El chico volvió a interpretar todas las melodías del concierto, ahora que no tenía el piano detrás de él, pude notar más esa tristeza mezclada con todo lo demás, además del excelente trabajo que hacía, cualquiera que lo escuchara pensaría que el mismo Vivaldi, Mozart o Beethoven estaban tocando en mi habitación, pero demasiado pronto para mi gusto volvió a caer en la pieza de Paganini; por un momento pensé que lo iba a hacer bien, pues los primeros diez compases sonaron bien, pero después el sonido volvió a vacilar. No dije nada, sólo escuché el gruñido del jovencito que intentó nuevamente, unas cinco veces más sin poder pasar de los primeros diez compases. Dejó caer sus brazos a los lados de su delgado cuerpo, sin soltar el violín en su mano izquierda y el arco en la derecha; agachó la cabeza y de no ser por los sollozos entre cortados que salieron de su boca no hubiera adivinado que el chico en serio estaba mal. Me acerqué y en un impulso que salió de mí, de muy dentro de mí, lo abracé cariñosamente, y pude oler su suave aroma y sus cálidas lágrimas mojando mi camisa. -No te preocupes – dije con una voz que ni yo mismo reconocí que era mía – yo puedo hacer el solo… no me enfado contigo. -No es eso… - respondió entre sollozos – es que… estoy decepcionándome a mí mismo. Lo solté y lo invité a sentarse en el otro sillón, le ofrecí un poco de coñac, que era lo único que tenía a la mano, pero lo rechazó y limpiándose la cara con un pañuelo blanco me explicó parte de su situación. Al enterarse del concierto y ser parte de uno de los diez aspirantes se puso a practicar todas las partituras, sólo en la última, la más complicada, no puso el mismo empeño que en las demás, prefería tocar todas bien y dejar al final a Paganini que estaba seguro sería capaz de interpretar en cuando escuchara el piano, pero todo falló, sus planes no salieron como él hubiera querido; y eso era lo que lo frustraba. Por más que pensé no se me ocurrió ninguna palabra de aliento, sólo lo tomé por el hombro y le di un par de palmaditas, tratando de animarlo, después de todo no poder interpretar una de veinte piezas complicadas y transmitir en todas un sentimiento excelso, no era nada. Levantó la cara, que había mantenido agachada viendo sus rodillas, y sus ojos brillaban como verdaderas esmeraldas y por donde habían caído sus lágrimas también brillaba por el reflejo de luz amarillenta del candelabro. Parecía un ángel. -Con práctica lo lograrás algún día. No creas que te estoy presionando, para este concierto… al contrario, te estoy diciendo que esa


pieza la puedo hacer yo solo… tampoco es cosa que te frustres así – expliqué pasando mi mano por su mejilla, fue un gesto que no pude evitar, algo como para darme cuenta que no era un ente de mi imaginación y que ese jovencito frente a mi era real. El chico sonrió tímidamente y se echó el cabello que caía sobre su cara hacía atrás antes de levantarse para guardar su instrumento. Y no sé que locura se atravesó en mi mente que me arrodillé a su lado y tomé su cara entre mis manos para obligarlo a verme, para poder ver otra vez esos preciosos ojos que me miraban cariñosamente. Me acerqué a él, quizá bruscamente, quizá lentamente porque no lo recuerdo, y lo besé, por un momento pensé que me rechazaría pero fue él quien comenzó a hacer espacio para poder meter su suave lengua en mi boca. A decir verdad no supe como llegamos a la cama donde comencé a besar su cuello al sentirlo sometido bajo mi cuerpo, Shun respondía a mis caricias con la misma ansia que yo lo hacía. Comprendí que desde el momento que lo vi parado en el escenario lo desee, quise que fuera mío y por eso, horas antes, no lo había sacado de mi habitación; por eso me era tan difícil poder enfadarme con él cuando no podía interpretar la última melodía. Besé todo su cuerpo y él besó el mío. Su aroma me atraía demasiado, su suave piel rozando la mía fue la sensación más placentera que jamás tuve en la vida. Nuestros cuerpos de adaptaron perfectamente, como si hubieran sido hechos el uno para el otro; nunca nadie se había adaptado a mí tan rápidamente siguiendo, como una melodía, el mismo compás de mi respiración entrecortada, mis jadeos casi al unísono con los de él…no podía dejar de besarlo, de acariciarlo, quería metérmelo en el cuerpo a base de abrazos fuertes, devorarlo ahí mismo; y él, sumisamente, aceptaba todas mis caricias y alguno que otro arranque violento ante la desesperación de no poder poseerlo completamente, ante esa desesperación de que él seguía siendo él y yo era yo… por más intentos que hice no logré que fuéramos uno en cuerpo, incluso cuando me sentí dentro de él…no logré nunca esa unión que necesitaba desesperadamente. Ninguna persona en el mundo me había provocado esa ansia de tenerlo sólo para mí. Lo desperté dándole un beso en la frente después de quitarle algunos cabellos de su rostro y ver todo su cuerpo desnudo tendido en mi cama. La noche anterior no había podido fijarme en la blancura de su piel. Él abrió sus ojos esmeraldas para mirarme con una sonrisa antes de volver a acurrucarse en mi pecho. Ese día era el del concierto. Quedamos de vernos dos horas antes. Shun llegó acompañado de su amigo rubio que lo despidió con un beso en los labios, desearle suerte y salir a ocupar su lugar. No pude evitar sentir celos pero mi carácter no me permite demostrar ningún tipo de sentimiento a menos que sea a través de la música. -Quieres escucharme?? – preguntó mirándome fijamente. -No. Haré el solo de piano al final, está decidido – le informé…era una decisión que acababa de tomar, como una venganza por presentarse ante mí con su novio. Se encogió de hombros después de lanzarme una


mirada triste, se fue a su camerino y yo me quedé en el mío repasando mentalmente las partituras. Cuando salimos al escenario, Shun pasó a mi lado y rozó mi mano antes de sonreírme y desearme suerte. Se veía encantador en su tuxedo negro. Jamás tuve un concierto tan emotivo, tan lleno de sentimientos que trasmitía el público, la música, él y yo, a veces me imaginaba que no había nadie, sólo nosotros dos en medio de ninguna parte. Admito que en ese concierto no sentía las teclas del piano bajo mis dedos, se movían por inercia al escuchar el violín acompañándome, las notas salían de una por una, hilándose delicadamente en el aire junto con el sonido del violín, como si nuestros instrumentos también quisieran formar parte de nuestro secreto… entendiendo que era por ellos, que era por estas melodías que estábamos en este concierto, tocando juntos para miles de personas. Aunque las melodías eran tristes recordando a soldados caídos y víctimas de un holocausto, para mí eran las notas más enigmáticamente alegres que salían de mis dedos. Los aplausos después de cada interpretación eran opacados en mi cerebro por la voz que había escuchado largamente la noche anterior, siempre volvía a mi mente el susurro de mi nombre en mi oído. Cuando levantaba la vista para verlo, él seguía en su posición recta, sosteniendo el violín con la misma elegancia que lo hiciera el primer día que lo vi. Finalmente, tocó la melodía final, lo miré antes de tomar el micrófono para agradecer su participación en el concierto, pero él seguía en posición, sus ojos me lanzaban una mirada desafiante…no pude evitar enfadarme, pero tampoco podía hacer un escándalo en el escenario, si quería quedar en ridículo frente a todos tocando su horrible interpretación de Paganini, lo haríamos. Volví a poner mis dedos sobre las teclas blancas y él comenzó con el violín… conté los diez compases… y al undécimo compás, la melodía continuó perfecta… el piano ya debía de haber entrado desde el séptimo compás pero estaba paralizado… dejándome llevar por la música del violín tocado con tanta excelencia… seguía esa tristeza que llenó mis ojos de lágrimas y que gracias a las luces logré disimular. Cuando terminó la melodía, el público estalló en aplausos, incluso yo me levanté para aplaudirle. Él lo había logrado, de una de las formas más magnificas. Él me volteó a ver con su rostro iluminado de alegría, de satisfacción consigo mismo, y todo se detuvo… una mueca de dolor apareció en su rostro, y cayó al suelo apretando su mano sobre su pecho. Ahí terminó todo, Shun fue llevado a un hospital y gracias a su pareja me enteré que necesitaba un transplante de corazón pero el donador no llegó nunca. Shun estuvo tres días encerrado en la maldita sala de terapia intensiva donde sólo lo podía ver a través de un cristal. Hyoga (así se llamaba el ruso-japonés) me confesó que Shun siempre me había admirado y que había ensayado hasta el cansancio todas las piezas para ser digno de tocar a mi lado. Yo nunca le dije nada de lo que pasó aquella noche…esa noche que marcó mi vida.


Las personas nunca nos damos cuenta de que amamos algo hasta que lo vemos perdido, cuando lo tenemos en nuestras manos lo disfrutamos y somos felices, pero no tan felices como deberíamos de serlo. Miles de personas maravillosas dejan de existir y sólo sus conocidos los recuerdan con cariños, pero al mismo tiempo tratan de olvidarlos y seguir con su vida, yo no pude hacer eso. Salió de mi vida para siempre y junto con él salí yo… dónde quedó mi vida?? Es sencillo: en ese escenario. Lo que quedan de mi son despojos… una pseudovida que insisto en vivir, pero ya lo dijeron por ahí, existir no es nada, vivir es el reto, y es lo que él me enseño, sin embargo, con lo obstinado que soy, fue algo que nunca aprendí, y ahora ya es tarde para retomar la lección. Shun, en las pocas conversaciones que tuvimos, nunca mencionó su enfermedad… aquél día que llegó tarde fue porque tuvo un ataque y nunca me lo dijo. Según el rubio, Shun nunca decía nada para no causar lástima y tener un trato especial, si yo hubiera sabido de su enfermedad nunca le hubiera pedido tanto. Regresé a Grecia y volví con mi vida normal, conciertos por aquí y por allá; pero eso sí, nunca más he aceptado dar un concierto acompañado. Pienso que ahora mi música tiene un nuevo sentimiento, más profundo, con esa tristeza que Shun transmitía en su música con su violín. He escuchado más violinistas pero nadie es él, porque nadie tiene el sentimiento que él tenía, incluso creo que he empezado a odiar el sonido de esas cuerdas. Lo único que me queda de él, es el eco de sus palabras, cada vez que cierro mis ojos al dormir o cuando termino un concierto, las escucho tan claras como si Shun estuviera a mi lado, repitiendo una y otra vez las únicas palabras que dijo con mi nombre: “Saga Savivsky, eres maravilloso”. CHIBI-STAR**

ADIOS A MI AMADO  

Fic de ShunxSaga

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