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El despertar de Mei


Iris Blanco

El despertar de Mei


Solo soy un humilde cuentacuentos, narro viejas historias que conozco por el viento. Hoy se me ha encomendado una especial tarea, llevar de viaje con una buena ficción a la joven infanta y a su corte. En la estancia bien decorada me esperaban sus ojos fijos, mirándome desinteresados pero deseosos de diversiones. -Estimado público, hoy tengo el placer de disfrutar de su compañía para narrarles una exótica leyenda muy antigua, perteneciente a países que nos son extraños y lejanos, con otros reyes y otras magias. ¿Quieren viajar conmigo al lado de la valiente princesa Mei? ¿Me acompañan? (Se oyen tímidas afirmaciones, la infanta calla) Damos comienzo a nuestra historia:

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Rodeado entre montañas y cerca del lugar del nacimiento del Sol, se encontraba el reino del viejo Tzi Zu. Pero una nube gris de tristeza cubría el reino, todos los habitantes del lugar sentían un gran pesar debido a la reciente convalecencia de la joven hija del Rey. La princesa Mei acababa de cumplir 16 años y, como es tradición para los futuros monarcas, emprendió un viaje que la llevó a descubrir todo el territorio del reino. En su viaje fue espectadora de las desgracias que sufre el pueblo, (esperemos que este comentario no caiga en saco roto) y aquellas dolorosas impresiones fueron la causa de que a su regreso cayese gravemente enferma y ni los mejores médicos encontraban manera de ayudarla. El viejo rey desconsolado pasaba las noches en vela intentando encontrar una manera de ayudar a su hija, cuando de pronto se acordó de una antigua leyenda sobre un gran mago y alquimista llamado Leen que tenía más de trescientos años y que con su magia era capaz de restaurarle la vida a un árbol o hacer aparecer agua donde nunca antes la hubo. Mandó a los caballos más rápidos del reino en busca del sabio Leen y éste accedió a venir con ellos y ayudar a la joven princesa. Después de conocer el caso dedicó cinco días a la elaboración de la medicina que la sanaría. Mei casi no podía ni levantarse, pasaba las horas durmiendo, notaba cómo se le iba la vida siendo aún tan joven. Las flores aquel día no se abrieron ante el sol, sino que escondidas lloraron la desgracia de la joven princesa.

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Aquella noche con la medicina ya acabada, el sabio Leen se la ofreció a Mei, que la bebió de un sorbo y, justo antes de sumirse en un profundo sueño, el sabio le susurró unas palabras: “Para ayudarte a ti mismo ayuda a los demás para curarte a ti mismo cura a los demás”


A media noche, cuando aun hacía pocas horas que había tomado la medicina, ésta hizo efecto, y notó cómo se despertaba de su sueño y se salía de su cuerpo dormido; estaba de pie encima de su cama viéndose a sí misma dormida y no sentía ningún dolor. Vio también una escalera suspendida en el techo y sin dudarlo subió por ella, lo que la condujo a un extraño bosque ¿Cómo podía haber un bosque encima de su habitación? Pues como en un sueño Mei aceptaba la realidad tal como le llegaba. Era un bosque frondoso, lleno de flores a punto de florecer o cerradas por la oscuridad. Delante de ella había un gran río por la cual vio cómo a lo lejos se acercaba un barco. Paró justo al lado de Mei y ante el asombro de ella, escuchó una voz desde el barco que decía: “¡Oh! ¡Querida, por fin apareces!”. Mei creyó que la estarían confundiendo, pero del barco se bajó un extraño hombre, con la cara blanca y roja muy lujosamente vestido, que se acercaba muy sonriente y diciéndole: “¡Oh! ¡Eres preciosa! ¿Cómo es tu nombre?” Mei, aunque no se sentía agradada con la excesiva cercanía del trato del desconocido, le resultaba muy atrayente y sin darse cuenta le respondió: - Me llamo Mei, no sé dónde estoy, acabo de llegar aquí desde mi habitación. ¿Quién es usted? Entonces él le respondió:

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-¡Oh, Mei, qué nombre tan bonito! Yo soy Li-Chao, soy el rey de un extenso reino que va desde el mar a la montaña, por fin vuelvo a él ¿Te gustaría acompañarme? Me complacería tener una compañera en este viaje. Mei accedió ignorante de las oscuras intenciones de su anfitrión. Navegaron durante días en los que Li-chao se mostró extremadamente galante y amable, ganándose pronto la confianza de la joven Mei. Al fin de su viaje llegaron al exuberante reino de Li-Chao, y Mei se quedó asombrada con la exquisita belleza de las sinuosas formas del palacio.


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. Li-Chao comenzó a decir: -Como ves, poseo numerosos bienes y riquezas, pero me encuentro muy solo, ya que no tengo con quién compartirlo. Hace un tiempo, desgraciadamente, me quedé viudo y desde entonces navego en busca de una digna mujer... Mei dejó de prestarle atención cuando le pareció escuchar unas voces, unos agudos susurros que pedían ayuda. Parecía que nadie más las escuchaba, ya que nadie se inmutó ante aquel oscuro sonido, que pronto cesó. Después de enseñarle todo el palacio, Li-chao obsequió a Mei con un colgante con piedras preciosas mientras le decía: - Esta joya luce hermosísima en tu largo cuello. Me hace tan feliz tener por fin a una dama en palacio, tu compañía es... Mei comenzó de nuevo a oír las voces que la llamaban; quería entender lo que decían y entonces se concentró completamente en aquel sonido aguantando incluso la respiración. Logró entender que las voces pedían ayuda pero su escucha fue interrumpida por un gato al afilar sus uñas contra la puerta, y la consiguiente reprimenda del rey Li-Chao al atrevido animal. Uno de los niños se rió con el comentario, otros sonrieron contagiados, la infanta seguía bien atenta el transcurrir de la historia. Yo ya sabía que el de hoy no era un público fácil pero no debía pensar demasiado en ello. Continúo . En aquel momento Mei dejó de oír las voces, pero siguió pensando en ellas inquietada.


Aquella noche en su cuarto, en el silencio de la noche, volvió a escuchar los extraños sonidos y decidió seguirlos, lo que la llevó hasta una habitación en la parte baja del castillo. Allí las voces eran casi gritos, aunque Mei no podía abrir la puerta porque estaba cerrada con llave, pero pudo mirar por la cerradura y vio cómo en el interior se encontraban varias mujeres atrapadas en urnas de cristal, implorando su ayuda. Empezó a imaginar un plan para poder abrir aquella puerta y después de mucho discurrir de repente vino a su memoria el recuerdo del gato arañando la puerta, así que fue rápido a pedirle su ayuda. El gato acudió encantado y después de examinar la madera determinó que era mucho trabajo para él solo, así que fue en busca de refuerzos. (El niño de antes volvió a reírse, al mencionar a los gatos) Volvió enseguida con otros gatos y juntos rápidamente hicieron un gran agujero en la puerta. Aunque acabaron casi sin uñas los pobres (El niño se rió acompañado por los otros, quizás debería meter más gatos a lo largo de la historia, la infanta sigue seria pero muy atenta.) Allí dentro se encontraban en unas ornamentadas urnas de cristal cerca de una docena de mujeres encerradas, mujeres que en otros tiempos habían sido esposas del rey Li-Chao. Mei rompió las urnas y liberó así a las damas que según se hacía libres se convertían en imponentes pájaros gigantes. Las damas aladas se dedicaron a perseguir y picotear a Li-chao, impidiendo que embaucara a ninguna otra muchacha, no sin antes agradecerle a Mei su ayuda. Una de ellas llevó sobre su espalda a Mei hasta un reino próximo.

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Mei llegó a un humilde territorio con casitas de piedra; no sabía qué hacía allí, le habría gustado que la dama le hubiera dejado en el lugar del que salió para poder volver a su casa, pero no se atrevió a pedírselo. Se adentró en el pueblo a ver si se encontraba con alguien que le pudiese ayudar. Al pasear por el pueblo, que estaba bastante descuidado, no vio a nadie por la calle, pero notó cómo la observaban desde las casas sigilosamente. Extrañada, caminó hasta lo que parecía ser el castillo del rey del lugar. Cuando estaba cerca notó cómo se movían violentamente los árboles de al lado del castillo, lo que la hizo frenar justo a tiempo para ver cómo de entre los árboles aparecía rápidamente una gigantesca serpiente. (caras de espanto entre mis espectadoras y también en la infanta) Mei se echó a correr seguida lentamente por la serpiente y por la curiosa mirada de los aldeanos escondidos. La serpiente al verla correr atemorizada volvió a meterse entre los árboles y desapareció. Al momento, mientras Mei aún se recuperaba del gran impacto, desde una ventana se escuchó a una señora gritar. -¡Estás loca! Y desde otra ventana añadieron: -¡Esta niña tonta quería ponernos en peligro! Y así siguieron metiéndose con Mei un buen rato, hasta que incapaz de hacerse oír por los campesinos, se retiró hacia el bosque para no seguir escuchando aquellos insultos.

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En el bosque, aunque estaba agotada, no podía descansar, pues tenía miedo de que le pudiera atacar la horrible serpiente y además estaba furiosa por la descortesía que había recibido en el pueblo. “¿Cómo pueden tratarme así? Si supieran que soy un princesa se portarían de otra manera, yo que acabo de ayudar a otro reino y se comportan así conmigo. ¡Qué injusto!”. En ese momento vio cómo se acercaba un joven muy sonriente. -¡Hola, mi nombre es Neuyaumé! Soy un explorador, acabo de llegar a estas tierras. Entonces Mei le respondió: -Yo también soy nueva en este lugar, me llamo Mei. En el pueblo no encontré mucha cortesía. Están acechados por una serpiente gigante que casi me devora nada más llegar y después los vecinos del pueblo aún me recriminaron el haberla provocado. Neuyaumé le respondió: - ¡Que injustos! Pues tienen bien merecida esa serpiente que les atemoriza. Voy a seguir mi camino entonces, este no es mi lugar. Un placer conocerte. Mei se despidió. Bajo ningún motivo quería volver a ese lugar. Pronto empezó a oscurecer, comenzaba a ver no más que sombras pero sin embargo escuchaba muchos ruidos que la asustaban. Cuando ya era noche cerrada la única luz que brillaba era la de la luna, convirtiendo el precioso bosque en un oscuro paisaje


En aquella oscuridad, Mei no dejaba de pensar en la presencia de la serpiente, estaba aterrorizada, imaginaba cómo se le acercaba. Entonces, un mosquito se posó con su molesto ruido en su hombro y Mei sin pensar lo sacudió con brusquedad haciendo que éste se estrellara contra el tronco del árbol y quedase mal herido en el suelo. Mei, al oírlo quejándose se dio cuenta de lo que había hecho y sintió un profundo dolor en su estómago. -Lo siento, ¿te he hecho mucho daño?-le preguntó Mei angustiada y el mosquito le respondió: - ¡Creo que me he roto una pata! Venía a ayudarte y ¡Cómo me lo pagas! Mei le respondió: - Me gustaría ayudarte, ¿puedo hacer algo por ti? ¿Cómo es que venías a ayudarme?t De nuevo lo siento mucho. El mosquito le dijo que podía ayudar guiándola hasta un lugar donde estarían a salvo. Durante el trayecto, mientras seguía las indicaciones del mosquito, se dio cuenta de que había actuado incorrectamente con el bicho al igual que la gente del pueblo con ella, pues había le herido igual que las palabras la habían herido a ella. Y todo había sido causado por el miedo, pues el miedo la dominaba cuando hirió al bicho igual que dominaba a los habitantes del pueblo. Llegaron al hogar de las luciérnagas un precioso lugar donde dormían plácidamente algunos serecillos del bosque iluminados con la suave luz de las luciérnagas y escuchando la leve melodía de los grillos.

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Allí Mei puedo dormir tranquilamente, sin miedo, y al día siguiente, con la luz del sol se levantó decidida a volver al pueblo y ayudar a aquella gente a superar su miedo y derrotar a la terrible serpiente. La gente seguía sin prestarle atención pero Mei, uno por uno, les explicó a través de la puerta que la serpiente no podía hacerles nada si todos juntos se enfrentaban a ella. Poco a poco fue convenciéndolos y animándolos hasta que consiguió que los más valientes salieran de sus casas para preparar la ofensiva contra la serpiente. Así como salían unos otros iban sumándose hasta que los más estaban fuera ilusionados por lograr alcanzar la libertad. Cuando estuvieron listos Mei volvió hasta el castillo y al acercarse volvió a ver cómo entre los árboles aparecía la temida serpiente. Mei otra vez echó a correr en dirección al pueblo y la serpiente gigante la siguió emitiendo aullidos y gritos para atemorizarla. Pero esta vez la serpiente se encontró con gran parte del pueblo de frente, y esto fue encogiéndola al no poder alimentarse de su miedo. Mei le plantó cara y junto al pueblo avanzaron contra la serpiente que ante la proximidad disminuía gradualmente de tamaño. Intentó realizar feroces maniobras para instaurar de nuevo el miedo en los ciudadanos pero fue en vano y finalmente la serpiente se convirtió en el rey de aquel lugar que al ser dominado por la ira se había convertido en un terrible monarca. El rey, agradecido, le ofreció a Mei que se quedara con ellos en el pueblo, pero Mei sabía que tenía que seguir avanzando, así que en rey le facilitó un caballo para que continuara su viaje. Mei, antes de partir, se despidió de sus amigos los insectos y en especial del mosquito que la había ayudado.

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Viajaron durante días y llegaron a un bosque oscuro y enmarañado por el que apenas lograban avanzar a caballo, así que decidió seguir a pie. Comenzó a escuchar gritos a lo lejos y vio cómo alguien venía corriendo en su dirección. Al acercarse comprobó que era Neuyaumé y al verla le dijo -¡Mei, volvemos a encontrarnos! Esto es muy peligroso, estamos en medio de una guerra entre dos reinos y vienen hacia aquí- dijo Neuyaumé, y siguió corriendo por entre el bosque. Mei, antes de seguirlo, se despidió de su caballo y este volvió a su hogar mientras que ella se perdía en aquel oscuro bosque. Una vez a salvo Neiyaumé le explicó que se encontraban en medio de una guerra entre dos reinas caprichosas, pues ambas codiciaban una preciosa flor que había nacido en la frontera entre ambas y esto sumió a los dos reinos en una cruel guerra que se sucedía entre las malezas de su envidia. -¡Pues habrá que hacer algo!- exclamó Mei. -Yo no me voy a poner a solucionar sus problemas, es peligroso estar aquí. Yo me marcho y tú deberías hacer lo mismo. Neuyaumé se fue mientras que ella prefirió quedarse a intentar ayudar. Mei comenzó por ir a ver la deseada flor. Para llegar hasta ella contó con la ayuda de una ardilla que estaba deseosa de que cesase la guerra para dejar de engancharse su peluda colita en aquellos bosques tan mal cuidados.

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La flor era realmente preciosa, se encontraba justamente en el medio del muro que separaba ambos reinos y estaba custodiada en ambos lados por un soldado de cada reino. En este momento la batalla se desarrollaba lejos de allí pero se escuchaban sus ruidos. Mei habló con los soldados y les preguntó por qué su reina deseaba tanto aquella flor, y ambos respondieron que porque la otra deseaba arrebatársela. Decidió ir a hablar con las reinas, ya que su guerra estaba originada por una simple confusión. Mei llegó primero al reino de Niugret. La reina, después de algún tiempo de guerra, se sintió algo alegre de recibir alguna visita, y cuando se encontraron juntas,

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Mei le contó que era extranjera, que se había perdido y que había escuchado lo ocurrido y que la guerra no era más que el fruto de una confusión. Pero la reina portaba en su interior la terrible semilla de la envidia y no accedía a razonamientos, simplemente quería ser superior a su vecina, la reina Loni. En ese momento se le ocurrió a Mei un astuto plan y le dijo a la reina: - Pues ¿sabe usted, Majestad? Me he enterado de que la reina Loni tiene intención de abandonar la lucha porque quiere usar a los soldados para arreglar su bosque y plantar grandes y bellas flores en su jardín. La reina furiosa dijo: -¡Ah! Se cree muy lista esta Loni ¿verdad? Pues muchas gracias por decirme esto porque si ella se cree que va tener un jardín y un bosque más bonito que el mío va lista. Ahora mismo voy a empezar a hacer el mío, ¡ya verá! Mei, satisfecha con su astuto plan, pidió a la reina permiso para abandonar su castillo y volver a su viaje y entonces fue rápidamente a contarle lo mismo a la otra reina, la cual reaccionó del mismo modo. Mei pudo así acabar con la guerra, y con aquellos espantosos bosques, aunque no con la gran envidia que gobernaba en las reinas. Cuando estaba teniendo esta reflexión se encontró con una ráfaga de aire tan fuerte que la llevó volando hasta lo alto de una montaña, al lado de cuyo pico se encontraba el siguiente reino que Mei iba a conocer.

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El reino poseía una muralla muy alta de piedra que apenas dejaba ver el interior. A la entrada se encontraba durmiendo un mendigo vestido con harapos. A su llegada el mendigo se despertó y la miró con cautela. -¿Qué viene a hacer aquí, señorita?-preguntó alarmado. -Me gustaría visitar este lugar, ¿por dónde se puede entrar?- preguntó Mei. El mendigo se alzó al momento y fue hacia Mei gritando: -¡Aquí no se puede entrar! Y será mejor que te vayas. Mei sabía que si había llegado hasta aquel reino sería porque algo en él le esperaba así que no se dio por vencida y siguió insistiendo. - Pues si usted no me ayuda tendré que encontrar yo sola la manera de entrar y conocer el lugar, o me puede usted contar qué sucede aquí. Entonces él le respondió: -Está bien... soy Lualinum, el reino me pertenece, es solo mío y solo yo puedo entrar. Mei, sorprendida, no podía creer que aquel mendigo pudiese ser el rey de aquel lugar. - ¡Cómo puede ser usted el rey y vivir aquí fuera como un mendigo! No me lo puedo creer, creo que me está engañando A lo que Lualinum respondió: -Todos mis bienes los tengo tras esos muros, todo lo que poseo está a buen recaudo, aunque... Hizo una pausa a la que Mei añadió: -Aunque ¿qué? - Aunque esas tierras que estás pisando también me pertenecen, todo lo que ves, las piedras, los árboles y hasta ese pico de la montaña me pertenecen, y me tortura pensar que me pueda faltar alguna de mis pertenencias.

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Mei, que aún seguía sorprendida al conocer a aquel curioso monarca, comenzó a reír y juguetona cogió una piedra. -Así que esta piedra es suya, y ¿qué pasa si la pongo en este otro lugar? Él, nervioso, contestó -Deja ahí la piedra ¡déjala! - ¿Y si la tirase lejos? -¡No! ¡Dame la piedra! ¡Dame mi piedra! Entonces Mei la soltó para tranquilizarlo, la colocó en su sitio original y le preguntó: -¿Y cómo puede vivir con la de piedras que puede perder, la de hojas que se lleva el viento o mismamente el uso que dan los animales de sus pertenencias? -Esos pensamientos me torturan diariamente- respondió él -y me llevan a recorrer numerosas veces mi territorio con el fin de encontrar todo correctamente. A Mei se le hacía muy difícil comprender su forma de pensar, por eso no podía parar de hacerle preguntas. -Pues sí que se pega usted grandes paseos, ¿y sube hasta la cima de montaña también? - No suelo, pero tienes razón debería ir, pueden pasar muchas cosas que yo no podría observar desde aquí. Y Mei añadió: -Sí, mismamente con el viento y la lluvia la cima poco a poco se va desgastando inevitablemente. Lualinum afirmó aterrorizado, y comenzó a pensar cómo debía hacer para solucionar aquel grave problema; entonces decidió traerse el pico de la montaña para su reino y guardarlo allí para que no pudiese ser estropeado entre sus fuertes muros.

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Así que se puso manos a la obra y comenzó a picar en una ladera de la montaña. Mei le ayudaba por compasión y porque no se le ocurría nada mejor que hacer. Pasados unos días y con gran parte del pico de la montaña ya roto, una noche comenzó una fuerte tormenta, sopló mucho aire y llovió en cantidad, lo que provocó que el pico comenzara a desplazarse, tanto que llegó a separarse por completo. Mei y Lualinum observaban estupefactos los acontecimientos mientras la cima de la montaña caía a gran velocidad hacia ellos, pero con la fortuna de que antes se encontró por delante con la fuerte muralla y con todo lo contenido, dejando el reino hecho ruinas. Lualinum se quedó desolado, pero al estar sus pertenencias hechas ruinas por fin se adentró en ellas y volvió a usarlas, ya no tenía nada que guardar, solo le quedaba alimentar el recuerdo de lo que fue. Mei sintió que se tenía que ir, ya poco le quedaba allí por hacer, le deseó lo mejor y se decidió a partir, aunque no sabía hacia dónde, hasta que observó un momento el bosque y vio cómo los árboles le mostraban con sus ramas una dirección, así que caminó guiada por ellos.

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Mei se guió a través de los árboles, a pesar de que poco a poco iban disminuyendo en número, hasta que llegó a una zona bastante desértica y allí se encontró de frente con gente que huía. Mei les preguntó a unas personas por qué huían y le respondieron que a su soberano, el rey Cun Leina, se le había agotado la comida y quería empezar a comerse a la gente del pueblo (Entre mi público hubo una mezcla de horror y risas). Cuando ya no quedaba nadie en el lugar, Mei prudentemente fue hasta el opulento palacio, y desde una ventana observó una sala lujosamente decorada e iluminada llena de platos y copas vacías a la cual estaban sentados los altos cargos del reino junto con los monarcas. El rey comenzó diciendo: -Mis bien estimados invitados, bien recibidos hoy a nuestra mesa, siento no poder ofrecerles nada pero acabados los recursos y huido el pueblo solo quedamos nosotros. Sé que los miembros de mi corte bajo ningún concepto querrían que su monarca pasase carencias ¿Verdad?- afirmaron temerosos- Muy bien, pues me gustaría saber quién de ustedes será el más leal a su rey y se ofrecerá hoy voluntario para convertirse en la cena. Todos se alarmaron y miraron a su alrededor, pronto las miraras se fijaron en un rollizo caballero. Mei sintió espanto ante aquella siniestra escena de canibalismo. El rey dijo: -Oh, mi querido servidor, tu labor como cobrador de impuestos fue excelente pero ahora ha llegado tu última tarea real, debes amablemente prestarte para ser la cena

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Entonces el susodicho, negándose, se levantó provocando que los otros invitados se levantaron intentando alcanzar al rebelde. Ante la mórbida gordura de todos, la carrera se tornaba lenta y sus cuerpos deformados en vano se agotaban ante la mínima actividad física. Mei no podía evitar reírse ante semejante espectáculo y decidió irse de allí ya que nada más podía hacer, su excesiva gula los llevó a aquella insostenible situación y de ahí tendrían que salir ellos solos. Mei empezaba a sentir que llevaba mucho tiempo fuera de casa ¿Adónde iría ahora? Avanzó un poco por el árido desierto siguiendo la leve trayectoria de unos pájaros en el cielo.

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El vagar por el desierto se le hizo interminable y deprimente, pero cuando creía que ya no podría seguir caminando más vio a lo lejos lo que debía ser el siguiente reino. Estaba rodeado de pocos árboles, y sus casas se encontraban bastante en ruinas, cosa que le recordó al reino del pobre Lualinum. En el pueblo miró a través de los muros rotos a los habitantes y observó cómo todos cargaban a su espalda una pesada piedra, lo cual les hacía estar inertes, como muertos. Intentó preguntarles qué ocurría, por qué portaban esa carga, pero nadie se molestaba en ofrecerle una respuesta. Fue a visitar al rey y recibió el mismo trato. El rey vivía sumido en una inmensa pereza y las numerosas preguntas de Mei por las pesadas losas que portaban le causaban un intenso agotamiento, así que terminó echándola de palacio por molestar su descanso. Allí vivían pasivos en una profunda inactividad dejando pasar el tiempo. Mei les animaba a que cambiasen aquella penosa situación pero no recibía respuestas de ellos; incluso intentó liberar de su piedra a una persona, pero era imposible agarrar aquellas piedras, eran como aire pero para los habitantes resultaban una carga inaguantable.


Frustrada, Mei se fue al bosque a meditar cómo podía ayudarles. Se encontraba cansada ya de tanto viajar y no le apetecía esforzarse en ayudar a unas personas tan perezosas. A lo lejos reconoció una silueta familiar, era Neuyaumé; ambos se alegraron mucho de encontrarse de nuevo, y él le contó que estaba allí de paso de regreso a su hogar y la invitó a viajar con él, pero Mei le dijo que debía ayudar a la gente de aquel lugar. Neuyaumé le dijo que si llegaba a su hogar, el gran reino amarillo, estaría encantado de volver a verla. Mei volvió junto al rey, esta vez con una única y clara pregunta y él optó por escucharla. -¿Acaso no se cansa de estar cansado? El rey, pensativo, no supo qué contestar y admitió que sí, que a veces se cansaba mucho de estar siempre cansado. Mei vio en la sala un viejo tablero de ajedrez y le sugirió jugar para dejar de cansarse del cansancio. Al recobrar una mínima actividad su pesada carga se hizo levemente más ligera, lo que lo animó a salir más de su apatía. Mei se encargó de ir ayudando al resto del pueblo, primero con pequeñas diversiones luego al sentirse ligeramente más vivos animó a algunos a realizar ciertas tareas convirtiéndolas en juegos y así fueron consiguiendo poco a poco que se aligerara la pesada carga que portaban. Cuando ya las piedras estaban en su gran mayoría desapareciendo se dispuso a seguir su viaje, con la esperanza de volver a su hogar o encontrar el reino de Neuyaumé.

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Caminó durante días por caminos llenos de barro que ensuciaron su ropa, pero finalmente llegó a un precioso reino lleno de espejos, superficies brillantes y tejados amarillos. Sin duda este debía de ser el hogar de Neuyaumé, y Mei quiso encontrarlo, así que preguntó a una mujer del lugar si lo conocía, pero ella comenzó muy amablemente a narrarle sus sucesos del día, su juventud, todas sus vivencias y las de sus conocidos y sobre todos sus logros, todo esto ante el asombro de Mei ante tal monólogo. Finalmente admitió que en aquel lugar no debía existir nadie con ese nombre porque ella no lo conocía, y comenzó a mirarse en uno de los muchos espejos que poseía el pueblo. Mei preguntó a otros lugareños y de todos recibió un amable trato mientras le narraban cada vivencia, cada proeza y cada desgracia de sus vidas; el conflicto se producía al preguntar a varios a la vez, ya que la conversación se convertía en una lucha de narraciones por ser la principal, de las que finalmente Mei concluía que no conocían a Neuyaumé. Acabó encontrando a Neuyaumé en un jardín en el que en un pedestal narraba sus viajes mientras la multitud, sin escucharle, hablaba sin ser escuchada, generando un gran ruido y, cuando cansados de hablar callaban, aprovechaban para reafirmar en los espejos su imagen reflejada.

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Tristemente, Mei comprobó cómo Neuyaumé se comportaba igual que los demás, envanecido y soberbio a penas la escuchaba, así que con el paso de los días de soledad en medio de las numerosas personas comenzó a hablar sola como los demás incluso cuando no estaba con ellos comenzó también a conversar en voz alta con ella misma. Con el paso del tiempo comenzó a olvidarse de su verdadero ser y a vivir plenamente escuchándose a si misma entre sus reflejos. Una tarde frente a uno de los espejos, mientras en silencio contemplaba su rostro, pasó un gato a su lado y pensó que aquella podía ser una buena solución para encontrar con quien hablar. Mei quiso hablar con él y lo siguió hasta el bosque hablándole y pidiéndole que la escuchara, pero el gato indiferente le respondía con leves maullidos. Mei entonces se preguntó cómo aquel gato no le hablaba, y preguntó a una ardilla si el gato tenía algún problema pero la ardilla le respondió con silencio; consultó con una golondrina de la cual recibió unos entonados sonidos pero ninguna palabra. Triste por no poder de escuchar a los animales se sentó en el suelo, y allí, sin ni siquiera su reflejo ni el ruido de las conversaciones, se sintió mucho más sola, más sola que nunca y se puso a llorar. En aquel momento escuchó una suave voz, se secó los ojos pero siguió sin encontrar a nadie por allí.


Entonces la voz insistió y Mei alcanzó a observar a un pequeño gusano que la consolaba. El gusano le contó que él también se sentía muy solo a veces porque nadie le escuchaba, pero que disfrutaba solamente con poder hacer agujeros en la tierra o salir a la superficie a bañarse con la lluvia. Mei reconfortada recordó su hogar y decidió irse, y comprendió que aquel orgulloso reino que le había resultado tan amigable fue el que más daño le había hecho. Se despidió del gusano y comenzó a caminar de nuevo sin saber a dónde iba, pero esta vez era diferente porque según avanzaba aquel bosque le producía una sensación familiar.v

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Al rato se encontró con un gran río semejante al que había cruzado con el rey Li-chao; también se encontró con los mismos árboles, y las mismas flores pero ahora ya florecidas. Encontró entonces el agujero con la escalera y llena de emoción miró por última vez aquel mundo y volvió bajando hasta su cama. Ya estaba amaneciendo, por lo que volvió a su cuerpo, ya sano, y al momento despertó. No había escalera ya, pero en su interior vivo se encontraba el recuerdo, en su corazón guardó lo aprendido y se convirtió en una gran reina. Fin Estaba agotado después de tanta narración pero finalmente la infanta sonrió satisfecha.

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El despertar de Mei