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qwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwerty uiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasd fghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzx cvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmq Isabel wertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyui opasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfg La reina del cuento hjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxc 12/12/2011 vbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmq wertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyu María Luisa Benedicto Gil opasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfg

hjklzxcv bnmqw ertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuio pasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfgh jklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcv


Estaba molestó por tener que salir a esas horas de la noche dejando a sus niños solos, bueno solos no, se quedaban con la tata Ana, su referencia de figura materna desde hacía algún tiempo; que agradecido estaba a la mujer, sin su ayuda, difícilmente podía haber salido de aquel pozo en que se convirtió su vida sin ser responsable de ello. Apagó las luces, todo en su hogar permanecía en calma, respiro hondo, la luz intermitente que llegaba desde el cielo iluminaba el salón, un escalofrió recorrió su ser, no sabía el porqué de aquello, quizá, todo se debía a la noche inclemente que estaba mancillando el descanso nocturno de la ciudad.


Fuera, la tormenta descargaba grandes cantidades de agua, mientras, el amplio cielo se iluminaba con tanta precisión, que casi podía decirse que era de día. El ruido ensordecedor de los truenos tampoco invitaba a alegrar el trayecto desde su casa hasta la comisaría; ¡Dios! por nada del mundo hubiera dejado la calidez de su hogar, el día había sido muy complicado, tampoco, nada fuera de lo habitual, un ir de aquí para allá entre delincuentes y personajes de poco fiar, eran la rutina, la insoportable rutina que tenía contraída con un trabajo que ya no le seducía.

Desde siempre había tenido la ilusión de ser policía, mejor aún, un buen policía, ahora, todo le daba igual, asumía una responsabilidad que se le antojaba inútil, no porque no fuese necesaria, sino porqué, transitar entre instintos bajos, traiciones, rivalidades y un sinfín de aderezos humanos, ya no significaban para él un reto por un mundo mejor, aquel trabajo solo era eso, trabajo, quizá por ello, la llamada de su compañero no significaba para Eduardo más que un molestó viaje para encontrarse con personajes de baja condición, escorias humanas ávidas de


todo; se resigno ya que fuera lo que fuere, debía salir hacia la comisaría, así que se tomó el tema con tranquilidad y asumió que estaba en esas porque así lo había decidido; posiblemente, dentro de poco sé tomaría un respiro, dejaría su placa, a sus compañeros, para comenzar una nueva vida con otro empleo más tranquilo, pero ahora, le pareciera bien o mal, lo que tocaba era acudir a la llamada y así lo hizo. Por suerte los niños ya estaban en la cama y él, como cada noche, y siempre hasta altas horas de la madrugada, se había encerrado poco antes en su habitación a contemplar aquellas imágenes en la pantalla del televisor, sin más sonido que el de los latidos de su corazón.

Siempre eran las mismas, nada las cambiaba, sin embargo, seguían turbando su mente machaconamente repasándolas una y otra vez, no había marcha atrás, ni tregua en su mirada, era, la dictadura del tiempo, un tiempo implacable que le dominaba hasta hacerle rehén de aquella pantalla. Muchas noches había pensado no encender el aparato, fijaba sus ojos desafiantes en él manteniendo un pulso que de antemano sabía perdido, no podía sustraerse a volver a verla, por eso, no tardaba ni dos minutos en apretar el botón del mando a distancia, en la pantalla de nuevo los instantes más felices de su vida, vivencias que por desgracia ya no volverían a


repetirse, momentos dichosos en los que nada importaba, saberse amado por alguien como Isabel, era más que suficiente para relegar cualquier otro estimulo, deseo o ambición, solo ella, su mujer, la más bella que había sobre la faz de la tierra, su muerte en vida, la dueña de todos sus pensamientos por mucho que estos dolieran, esta noche y a causa de esa dichosa llamada, ese cotidiano y nocturno repaso por los tentáculos de su alma había terminado antes, casi lo agradeció, podía pensar incluso que era una pequeña victoria sobre su proceso vital, ese que le ahogaba hasta hacerle desear lo inevitable.

Esta noche tenía libre, Raúl y Carlos, sus hombres, eran quienes junto a un par de jóvenes policías estaban de guardia, por eso, se sorprendió cuando el primero le llamó para que acudiera sin dilación a la comisaría situada en el centro de la ciudad. Les tenia dicho que no le llamaran si no era absolutamente necesario, también, era cierto que Ricardo no, pero Carlos, era un tipo blando de carácter, no un cobarde, eso no, al pobre las adversidades se le atragantaban y solo la presencia de Eduardo, el joven comisario, le tranquilizaba. Cuando preguntó el motivo de aquella salida, Raúl le contestó a través del auricular que había ocurrido un desagradable incidente en la parte alta, un


asunto de drogas pensó de inmediato, últimamente las cosas estaban fuera de madre en la “zona oscura” que era como denominaban al distrito norte

.

Hacía un tiempo que el inspector Robles, su

superior, le había dado la noticia que pronto se abriría una nueva comisaría en aquella zona, algo que aliviaría la tensión y el trabajo de los hombres de Eduardo; mientras eso ocurría, eran ellos quienes, con muy pocos efectivos y muchos menos recursos, tenían que hacer frente a innumerables conflictos que iban desde reyertas, robos, asesinatos y lo que se estaba convirtiendo en una autentica plaga en los últimos meses, las peleas entre peligrosas bandas rivales por la supremacía de los barrios más conflictivos. Recorrió las calles céntricas acompañado de los relámpagos y las luces de neón, mientras lo hacía, iba elucubrando sobre el motivo de aquella llamada, llegó a la conclusión que tendría que ser algo muy importante, eso es al menos lo que esperaba, aquella salida nocturna no le estaba resultando agradable, se sentía malhumorado y las condiciones meteorológicas tampoco ayudaban a aliviar su estado de ánimo. Mientras transitaba las calles, se percató que prácticamente viajaba solo en contra de lo que solía ocurrir las noches sin lluvia, no habían coches, ni personas deambulando de aquí para allá, el agua inclemente no daba tregua,


lo que ratificó que era una locura salir con aquella carga liquida caída del cielo que no respetaba a nada, ni a nadie. También, resultaba descorazonador pensar en que antros se cobijarían aquellas mujeres que, apostadas a las farolas, esperaban noche tras noche a los clientes ligeras de ropa a pesar de las bajas temperaturas de diciembre

-Pobres – pensó en voz alta, como corrían despavoridas cada noche cuando el coche patrulla hacía su aparición por las calles atestadas de hombres pasados de alcohol y sedientos de caricias, enfrascados en un trueque de regateos crematísticos, mientras, los proxenetas, cobardes y envalentonados solo con ellas, las vigilaban pertrechados en bares de mal vivir, controlando sin ambages cada uno de sus movimientos, esperando ansiosos la recaudación de los abrazos pagados. Conectó la radio, mientras el cielo se abría y cerraba en un sinfín de truenos que sin orden mancillaban el sonido del aparato receptor, en el dial sonaba la voz del locutor que solía acompañarle en sus noches de recorrido oficial.


Era gratificante escucharle hablar de mundos extraños, experiencias paranormales y toda una amalgama de relatos que le trasportaban a realidades que no estaban en su vida cotidiana; aquellas noticias no eran de este mundo, su buen hacer profesional, según todos, no era efectivo cuando se hablaba de guijas, entes y voces del más allá, aquello le atrapaba en esos “otros mundos” donde no servía ser hombre de la ley, ni letrado, ni delincuente, aquella dimensión estaba muy lejos de lo racional, quizá, en eso radicaba su atractivo.

Recordó una vez más a Isabel, amante como nadie del mundo oscuro y amante también de otras cosas más terrenales, tales como el buen vivir, la ropa cara, las joyas y un tipo duro que la enamoró haciéndole, sin mucho esfuerzo, que abandonara, no solo a él, si no a los pequeños gemelos de poco más de dos años, que quedaron sin el abrazo materno porque simple y llanamente, su hermosa mamá les cambió por el dinero y la buena vida.


Aquel recuerdo dolía tanto que apagó la radio con rabia, como deseó que alguno de aquellos seres que según Rojas el periodista de “Al otro lado”, pululaban por el mundo siniestro del mal, le dieran lo que merecía, si alguien era justo, deberían darle un escarmiento, ella, no había pensado más que en sí misma, desde aquella noche en el que se marchó dejándole solo con los críos todo se desmoronó, su vida se volvió vacía, yerma, solo sus pequeños y su trabajo le devolvían un poco de serenidad, una pizca de cordura para no avocarse a la desesperación de hombre abandonado, solo sentía frustración, el centro de su existencia era Isabel, el vinculo con la ilusión, solo tenía un nombre, sin ella se sentía derrotado, por eso, cuantas noches después de hacer las rutinarias redadas contra aquellas mujeres semidesnudas de todo, en el fondo de su ser sentía una infinita tristeza por ellas, convencido, que en su mayoría eran mucho mejores que aquella a la que convirtió, sin merecerlo, en la princesa de su cuento; cuando entre sollozos le relataban sus tristes vidas y el miedo por sus pequeños que las esperaban en horribles condiciones, “lo hacemos por ellos, por darles de comer señor comisario, tenga piedad de nuestros hijitos”, esa cantinela le acongojaba, era consciente que muchas mentían, pero no todas, aquellas que no lo hacían le hablaban con el corazón, ese que a él se le moría pensando que a pesar de lo duro de sus vidas, aquellas “mujeres de todos” jamás abandonarían a sus criaturas, de eso estaba seguro.


Eduardo, ya no salía de casa a pesar de las buenas intenciones que solía poner en práctica Raúl, sargento de policía, compañero y amigo desde la infancia, para que de una vez por todas dejase esa vida solitaria y regresara a una vida social que seguía esperándole, todo era inútil, nada cambiaba su actitud, su alejamiento del mundo era notorio, incluso, lo tachaban de huraño, algo que preocupaba a su colega que contemplaba el deterioro anímico de su gran amigo sin poder hacer nada; ambos, habían compartido muchas cosas, centro de trabajo, amigos, deportes, cartas, todo, bueno no todo, algo no estaba en su sitio, Raúl Aroca, estaba felizmente casado con Dora, la pareja seguía viviendo tan feliz que a veces rebosaban la cursilería, él, ya no encajaba en aquella reunión.

Otros amigos estaban solteros o divorciados, todos seguían invitándole a todo tipo de eventos, pero él, esgrimía la excusa de los niños para no tener que mostrar sus cartas, la de un hombre al borde del abismo; en más de una ocasión, pensó quitarse de en medio, no era difícil hacerlo y menos para un policía acostumbrado a tratar con armas, luego pensaba en los críos y se culpaba por aquellos horribles pensamientos, además, su Dios no le perdonaría y aunque no practicaba, seguía siendo católico.


Aparcó el coche y salió muy rápido para no mojarse, cuando llegó a la puerta Carlos le esperaba, el agua era tan intensa que apenas podía verle.

-¿Que ha pasado cabo?, sabe que no me gusta salir cuando libro. Su subordinado no le contestó, solo le hizo un gesto conminándole a pasar. Dentro, Raúl le aguardaba, su rostro serio transmitía una honda preocupación, eso lo notan los policías, a veces no hace falta hablar para decir muchas cosas. -¿Que ha ocurrido? -Pasa. Eduardo le miró, no podía adivinar que sucedía, lo que si supo de inmediato es que fuese lo que fuese le atañaba directamente a él, nada encajaba o ¿quizá si?

Junto al sargento, se adentró por el pasillo para dirigirse a la habitación destinada a dejar los cuerpos a la espera que fueran visitados


por el forense a la mañana siguiente, era la costumbre, pese a ello, odiaba que aquel cuarto se encontrara allí, le sobrecogía pensar en tantos y tantos desgraciados que acababan desnudos encima de aquella camilla hasta que eran trasladados a la morgue del palacio de Justicia, eso era algo que tenía que reivindicar a su superior, no era de recibo que aquel lugar, antigua celda, ahora se dedicara a esos menesteres, mucho menos le gustaba la idea de ver los cadáveres de toda clase y condición, en su mayoría desnudos y con un trozo de papel con un nombre o simplemente arropados por un numero colocado en uno de sus dedos del pie, esa imagen le estremecía, algo poco entendible pues ya era, pese a su juventud, un experto en esas cuestiones. Mientras se dirigía hasta el lugar señalado por la mirada de su compañero, su corazón comenzó a latir con inusitada virulencia, un sudor frió se adueño de su ser, incluso, percibió eso que dicen de la vida cuando pasa muy rápido ante los ojos, al instante y pese al trance en el que estaba inmerso, se percató que eran de su vida junto a ella, junto a Isabel la protagonista de las imágenes que veía cada noche en su habitación, en aquella isla paradisíaca donde pasaron la luna de miel, en la maternidad junto a los pequeños nada más nacer o en los cumples de las criaturas. Apenas sentía sus pasos que eran como a cámara lenta, algo así como si sus pies se negaran a llegar al final del trayecto, no avanzaba, incluso, escuchaba a sus compañeros que continuaban hablándole, aunque sus


palabras resonaban en sus oídos como un eco muerto que no deseaba escuchar, además, para que nada faltase en aquella tétrica secuencia, el reflejo de los relámpagos que a través de las ventanas parecían sumarse a ese misterio que no tardaría en revelarse. Cuando por fin llegó al lugar señalado como un tren entrando a una vía muerta, se dio cuenta que la puerta de aquel horrible cuarto estaba abierta, algo usual cuando está ocupado por alguien que ha sido llevado después de abandonar la vida de los vivos.

Finalmente, penetró en él, y no porqué quisiera, en un ligero himpas pensó en no hacerlo, quizá con ello negaría la evidencia y su alma descansaría al menos por esa noche, pero no, fingió una firmeza que no era real, tampoco le quedaba de otra, se detuvo justo en el borde del antes y el después, cogió aire en sus pulmones por si mas tarde olvidaba hacerlo, apretó fuertemente sus manos como queriendo agarrar el tiempo que ya nunca detendría y miró el centro de la habitación clavando sus pupilas en la camilla, la suerte estaba echada, ya no había marcha atrás.


En un último y desesperado intento por aferrase a la negación de su inevitable fracaso, pensó que podría hacer un trueque con el reloj de pared situado frente a la puerta de aquella maldita habitación, no pasaba nada por intentarlo, si lograba detenerlo, si conseguía que todos aquellos minutos transcurridos desde la llamada de su subordinado hasta ese momento se volatilizarán, él, se cambiaría por ella, ya le ayudarían en su viaje Rojas y los seres que le acompañaban por esos mundos tan oscuros como los pensamientos que en ese instante dominaban su mente. Por desgracia, solo fue un último amarre a la esperanza, un mediocre instante que murió sin él, porque allí, en aquella funesta y blanca habitación, alicatada hasta el techo, le esperaba la imagen de la más hermosa bella durmiente para recibir el beso del príncipe que le ayudara a despertar de un horrible sueño, aquella visión, terminaba con el deseo ahogado de Eduardo de que aquello no fuera real.


En efecto, Isabel, su diosa, su ángel, también, porque no decirlo, su demonio, yacía con un corte profundo en la garganta que casi rasgaba de cuajo su hermoso cuello, el color de su rostro era grisáceo, frió, sus labios, que habían supuesto el roce más hermoso para los suyos, aquellos que tan sutilmente le seducían porque sabía que tras cada uno de sus besos se escondía el preludio de su viaje por un universo de sensaciones sin fin, ahora estaban blancos, horriblemente blancos, con un perfil odiosamente morado a su alrededor que poco a poco se iba adueñando de mas porción de aquella hermosa piel, tan fina y suave, que aun siendo ultrajada por el color de la muerte, seguía manteniendo aquella tersura que lo enamoraba; los ojos, verde aguamarina que tanto le fascinaban, permanecían abiertos, petrificados en el tiempo, rotos en miles de cristales opacos clavados en un punto inconcreto del techo, que desazón, las veces que pensaba, mientras solo, en el silencio de la noche miraba la pantalla del televisor volver a verlos, y ahora que los tenía delante no le miraban a él, que infinita tristeza, ya no volverían a rivalizar con las profundidades del mar, en ese instante, aquella mirada envidiada por tantos, solo era un leve recuerdo que dolía y de qué manera, un terrible pellizco al alma para quien


solo deseaba verlos cada nuevo amanecer haciéndole con ello el hombre más feliz del universo. Una sábana blanca cubría su cuerpo desnudo, no quiso levantarla para comprobar si alguna parte más de su bella anatomía había sido mancillada por los golpes o cortes del cuchillo asesino del malvado rey de oros, aquél ser maligno que la cubrió de joyas, envenenándola con su halo de hombre todopoderoso, repleto de oro acumulado por quien sabe que oscuras actividades, Isabel muerta, su princesa inerte, su vida quebrada para siempre.

Había visto decenas de muertos, jóvenes, viejos, mujeres, incluso pequeños, todos como en una macabra danza colocados en aquella camilla silenciosa, obligada a recibir a seres que ya nunca sentirían, amarían, llorarían, sufrirían; cada vez era uno su invitado ocasional, ahora en ella, descansaba el cuerpo vacio de su diosa, paradojas de la vida y de la muerte, esa noche le había tocado de lleno. La escena ante los muertos era siempre igual, solo se diferenciaban por los golpes o cortes recibidos en su último soplo de vida en la tierra de los vivos, lo demás se asemejaba, el rictus de maquiavélica despedida era


similar, quizás, porque en ese instante ya pertenecían al mundo oscuro del que hablaba Rojas, el locutor del programa de las noches.

Eduardo, se apoyó en la silla metálica que servía para que los familiares encargados de identificar a sus seres queridos dejaran caer sus cuerpos abatidos tras el duro trance, él, no era una excepción, el ser el jefe de todo aquello no le eximia de sufrir en sus entrañas el amargo abrazo de la despedida, no era de hierro, era mortal, un hombre humillado ante el destino, ni siquiera pensó en sus enemigos, ni en cómo se reirían al saberlo destrozado, no, tampoco en sus niños, en ese instante no sentía nada, ni brazos, ni piernas, estaba seguro que solo su corazón y sus ojos se aferraban a una realidad que pese a tenerla frente a sí, quería negar, por eso se agarró fuerte del frio respaldo de la vieja silla, de no hacerlo hubiera sido un digno candidato a besar el suelo de aquella fría y blanca habitación, alicatada hasta el techo. Carlos, le ofreció un vaso de agua que rechazó... -Ha sido el tío ese, la ha matado y después la ha tirado a la cuneta de la carretera, el desgraciado ha huido, por suerte unos tipos lo han visto todo, la policía de Julbena esta alertada, pronto le cazarán.


Raúl, su compañero y amigo trataba de consolarle, él, no le escuchaba, no podía hacerlo. No pasaron un par de minutos cuando sus compañeros le dejaron solo, no se había percatado que durante ese maldito tiempo, ellos, habían permanecido en la puerta de la habitación por si acaso, sus compañeros mejor que nadie sabían del estado de ánimo de su jefe y también, eran ellos el mejor apoyo en esos duros momentos; cerraron la puerta al salir, no sin antes apretarle fuertemente el hombro derecho que era el que estaba más alejado de la camilla, un gesto de consuelo para que supiera que no estaba solo. Eduardo se acercó a su niña, su amor perpetuo, renegó por a ver pedido que las fuerzas del mal la castigaran mientras escuchaba el programa de radio, a su mente afloraron miles de sensaciones, que cosas, como pueden manifestarse tantas en tan poco espacio de tiempo.

Allí, frente a él, el cuerpo inerte y frió de la protagonista de su cuento, la mujer, que durante los ocho años que duró su relación, recibió cada mañana el beso de su príncipe embriagado por su mirada.


Eduardo, se aproximo al rostro de Isabel y esperando, esperando sí, que como en el cuento su deseo se hiciera realidad, besó aquellos labios con tanto amor que incluso percibió un soplo de calidez en los suyos, fue un instante, un estremecimiento se aferró a los poros de su piel de manera implacable, ¿y si fuera cierto? pensó, como un golpe seco que atravesó su mente se dio de bruces con la realidad tangible, aquello era solo un deseo inútil, se cercioró que tan solo se trataba de una estéril y dolorosa quimera. Se apartó lentamente, como si al hacerlo cerrara una última posibilidad de reencuentro con un halo de vida, pero no, los ojos verdes aguamarina, continuaban clavados en el techo, inmóviles, desgajados en cortes vidriosos que ahuyentaban a quien deseaba regresarlos a su mirada, los labios, eternamente bellos, no abandonaron su blanca palidez y aquel horrible perfil amoratado que seguía avanzando sin piedad para adueñarse sin pudor alguno de su contorno. Eduardo cerró los ojos, se maldijo una y mil veces por haber creído en los cuentos con final feliz, eran una farsa, solo un cumulo de mentiras aderezadas con deseos imposibles de cumplir, ya no se dejaría llevar por la ilusión de una segunda oportunidad, cerró los ojos, respiro muy hondo, sacó su revólver, tampoco podía dejarla sola en un viaje así, en el fondo, su princesa no era nada sin él y por una vez y sin que sirva de precedente, se sorprendió con ese pensamiento, siendo esto lo último que haría en vida,


eso de sin precedente quedaba exento de toda aplicación futura, por lo tanto ya no le servía, así que, tomo la decisión, la miró a las ojos por última vez. Sonrió en el ínfimo tiempo que fue consciente de su despedida, al fin había vencido al mando a distancia, ella estaba allí, mirando a un punto inconcreto del techo sí, pero junto a él, cerró los ojos mientras su cuerpo caía lentamente sobre la fría camilla, se durmió pensando que poco después llegarían a ese “mundo oscuro” del que hablaba Rojas, con seres de otra dimensión y unidos por siempre por el manto protector de la eternidad...

Fin

Isabel, La reina del cuento  

Una triste historia de amor