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CONSEJO EDITORIAL EQUIPO WEB EQUIPO DIGITAL COLABORADORES

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Daniel Valdez Puertos Julio César Durán Praxedis Razo Diseño Mariana Martínez Balvanera Webmaster Iván Novelo Programación Fernando Malvaez Diseño editorial Iranyela López Andrea Grain Faviola Llamas Gaby Amione Gilles Lipovetsky y Jean Serroy Isabel Ocadiz Jazmín Bonilla Jorge Ayala Blanco Luis Navarro Miriam Matus Nahevy Estrada Natalia V. Luna Omar Villaseñor Zayas Opiano Marciano Materllo Sergio Valdez Veronica Ramirez


A nuestros lectores

S

omos una revista electrónica enfocada en el universo cinematográfico, que posee un ímpetu joven e irreverente (al margen del sistema), adicta al celuloide, pero también mantiene ojo crítico ante el mismo y su lenguaje. Nos interesa el cine como un fenómeno lúdico, cultural, histórico y social. Queremos abordar al cine no sólo desde la reseña y la nota informativa, sino desde su crítica, su investigación y teorización. No creemos en toda película realizada y exhibida, creemos en el arte cinematográfico, nos interesa el cine de verdad y de calidad. A través de una labor crítica, lúdica y creativa, la revista pretende alejarse de datos en bruto que sólo crean confusión y esterilidad en el acercamiento del público hacia el mundo fílmico. Difundimos de forma fresca, juguetona y poética, el enfrentamiento con un lenguaje inevitable y poderoso como es hoy en día el cine y todo tipo de discurso audiovisual.

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La vida en porno Editorial Octubrina

Si cualquier emplazamiento de cámara

era una cuestión moral para los integrantes de la nouvelle vague, para la pornografía tan sólo una posición, una disposición, de los cuerpos ya lo es. El asunto. El verdadero reto era presentar a la pornografía en todo su esplendor cinematográfico sin ensuciarnos demasiado (aunque quisiéramos). Sin darle al lector un motivo para que nos dejara de leer: “Claro”, decía nuestro hipotético lector, “era de esperar que estos nacos usaran el arte gráfico de los cuerpos” (el porno en el estrecho concepto de buen gusto, manierismo puro), “para darse valor y evidenciarse”, hipotéticamente querría evidenciar algo brillante y morboso, valga la redundancia. Pues no. Todo lo cuidamos. Nosotros partimos de una premisa importante para exponer sobre el porno. Queremos ver en la pornografía una maquinaria de comunicación audiovisual salvaje (hermanada con el periodismo, la publicidad, el graffiti, la poesía slam y su innegable preponderancia en todo el internet), quizá la más extrema, la más antigua seguramente. Es que el porno contiene y es el mensaje. Representa y es al mismo tiempo. Para darnos una idea de su complejidad, ninguna de las palabras que se han usado hasta aquí, ni es ni puede ser lo que representa, por ejemplo (sólo

el ideograma chino se acerca a esta simbiosis, mas al pronunciarse se esfuma la posibilidad), mientras que cualquier fragmento de cualquier recoveco clasificado de su predilecto sitio de internet que contenga su locura libidinosa más secreta es lo que pone en escena. Esa calidad, esa claridad, es el unívoco poderío del mensaje pornográfico. Es la cosa simulada vuelta paradigma visual, convertida en un traficante de estímulos cuantiosos, pues es en el porno donde nos vemos a nosotros mismos en esa escena del origen de la vida humana. Ahora, cuando esa grafía es usada para algo más... algo más ramplón como contar una historia o trocar, de plano, el mensaje mismo, es un asunto digno de analizar, de abordarse como acostumbramos. Para F.I.L.M.E. que el porno le tienda sus brazos al cine es digno de llamar nuestra atención. He ahí nuestro dilema resuelto, y esperamos que a usted, inteligente y perverso lector (valga esta otra redundancia), le agrade. Siga la huella de los fragmentos de cuerpos desnudos que será la constante de este mes con la que identificarán el tema y diviértanse pensando en lo que ve el que escribe, en lo que usted ve en el que escribe. Sustancias, habrá. Ruidos rijosos, también. Ideas, siempre. Pase y siéntese. Váyanse acariciando tiernamente. Como sabe. *

Lovelace

MR. FILME

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Russ Meyer

El espectador sabe que no habrá nadie en su casa. Llega hasta su habitación, cierra la puerta; le pone seguro. Cierra las cortinas, prende la televisión para ponerla en mute. Prende la videocasetera, mete un VHS, se acomoda en su sillón, toma el control remoto y le pone play. En la tele se ve la imagen de las barras de colores, le sube un poco al volumen. Termina el tuuuh eterno de las barras, el volumen sigue al mínimo. En la pantalla se leen los créditos de la película, sube un poco más el volumen, pues la música es bastante divertida. En la primera escena se ve a un fontanero explicándole a su ayudante las virtudes del matrimonio. En la escena siguiente vemos a la esposa del fontanero experimentar varias posiciones sexuales con el mejor amigo de este. El espectador se acomoda mejor en el sillón, afloja sus ropas y empieza a ver como el fontanero hace un recorrido sexual por sus clientas. Se trata de una de las primeras experiencias sexuales de algún adolescente con El fontanero, su mujer y otras cosas de meter (Carlos Aured, 1981).

Para los que nacimos en los 80 la pornografía filmada o grabada empezó a ser más accesible. En la película Booggie nights (Thomas Anderson, 1997) ambientada a finales de los 70, principios de los 80, se habla del futuro de los videos y no de las películas (35mm, 16 mm y subsiguientes formatos), se hablaba de la posibilidad de hacer pornografía para llevar a casa, por un costo menor. Con la llegada del VHS se reinventa la idea del voyeurismo pornográfico, pues se presentó la posibilidad de poner tu ojo sobre la mirilla de la puerta para presenciar un acto sexual desde la comodidad del hogar, solo o acompañado y cuando quisieras. Sin tener que esperar la función de las 6 en algún cine lejano con un montón de extraños, que dicho sea de paso, seguro tenía su encanto. El boom de la pornografía en el cine llegó con el video, pues influye la liberación sexual de los 60 y 70. Con este éxito los productores cada vez buscaban vender más carne hasta llegar casi a la exageración, en tamaño (de penes, senos y glúteos), porque en el cine porno el tamaño sí importa.

“pocos” los que pagan por ella. Los actuales directores le apuestan a la imagen erótica, a la narrativa y a sus actores. Se realizan más cortos, pero con una mejor calidad, tenemos el caso de Grays provocatior, (http://graysprovocation. com/ ) en que nos da un flash de su trabajo, generando las ganas de mirar más y así comprar sus producciones. También está la directora del porno Erika Lust, que se califa a sí misma como directora de cine X y feminista, ya que en sus películas la mujer no es objeto, sino el eje temático de su universo. Lust ha emprendido un proyecto llamado Xconfessions (http:// xconfessions.com/), una especie de caja de Pandora a la que le caben todas las fantasías del usuario. Ella las revisa meticulosamente, y la que más le gusten son llevadas a cabo. Lo cierto es que la pornografía es algo muy íntimo, algo que juega con la mente y tus perversiones. Hay tanto porno con sus respectivas categorías, como gustos y fetiches tenemos. Cada uno tiene su ritual para sentarse a verla y disfrutarla. ¿A usted, cómo le gusta? *

Crítico de críticos, entre los críticos, para ellos y en contra de ellos, publica ahora todos los lunes y desde 1989 en El Financiero una crítica siamesa sobre el estado de las cosas en el mundo de los estrenos cinematográficos. Autor de tesoros bibliográficos (actualmente incluso electrónicos) a propósito de esto, profesor a ultranza del CUEC y de donde haya un metro cercano, le gusta definirse en los términos en que lo hacía un colega suyo para lidiar con él: “un pez difícil de asir”.

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Faviola Llamas

X de sexo por Lipovetsky y Serroy

La pantalla global. Cultura mediática y cine en la era hipermoderna. Lipovetsky, Gilles y Serroy. Anagrama, Barcelona, 2009

“Nothing is obscene providing it is done in bad taste”

El juego de roles, los gestos exagerados, los sonidos de gemidos constantes y el abuso de zooms son una constante en estos filmes, que pueden o no gustarte, pero lo que es un hecho es que forman parte de las cosas más íntimas que se comparten con millones de espectadores más. El sueño del director de cine de Boogie nigths es determinante de esa belle époque del porno gringo. Dice: “No quiero hacer una película, donde se sienten, se masturben, se levante y se vayan antes de que termine la historia (…). Quiero hacer una película que los cautive y cuando chorreen ese jugo de placer, tengan que estar sentados, por no poder moverse hasta enterarse de cómo termina. Quiero hacer una película así”, le comenta, para convencerlo, al fenómeno de actor que trata de contagiar de su gusto… (busque la película y véala ya). Hoy es otro el dilema. Actualmente la industria se enfrenta a un gran cambio. ¿Quién compra porno teniendo internet? A pesar de ser una de las cosas más buscadas en línea son

Jorge Ayala Blanco

Lovelace 8-9

La vida en porno 6-7

La invitación

La leyenda bifronte recrea a cabalidad solidaria, aunque con nostalgia, afán revisionista y rencor al pasado, la gran época del porno fílmico estadounidense, vista como el surgimiento de un cine alternativo, ultramercenario y riesgoso en varios sentidos puritanos al revés: una relectura de la pornoindustria como forma extensiva de la violencia doméstica. Y la leyenda bifronte lleva hasta sus últimas consecuencias el vocablo único elegido por la exsuperstar arrepentida, y ya mejor casada, para intitular sus memorias dictadas bajo polígrafo detector de mentiras, publicadas y recitadas profilácticamente en todas las escuelas estadounidenses posibles: el término ordeal, que significa ordalía medieval, juicio de Dios, prueba penosa y calvario, esta vez referidos a una víctima perfectamente victimable, acaso nacida para víctima, por sentimiento de culpa, por fanatismo hereditario y por gringa hueca dejada, a quien la presencia de la infraestrellita prefabricada Seyfried, entre la fragilidad y la desinhibición, apenas alcanza a conceder una dimensión medianamente humana. *

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Intimidad del porno

En Lovelace: garganta profunda (EU, 2013), original aunque morigeradamente provocadora segunda cinta ficcional (luego de Aullido, 2010) de la pareja de exrealizadores de cinensayos de relectura heterodoxa (gay, militante, anticonsorcios, histórica) formada por los ya cincuentones judioamericanos Rob Epstein y Jeffrey Friedman (Los tiempos de Harvey Milk, 1984, El clóset de celuloide, 1995, Artículo, 1975 2000), con guión de Andy Bellin, la simplona chica promedio de pueblaco ya madre clandestina de un bebé de inmediato dado en adopción Linda Boreman (Amanda Seyfried, la exfresita musical de Los miserables, Hooper, 2012) desafía a sus tiesos padres religiosos (Robert Patrick y lo que queda de Sharon Stone) para participar en 1970 con una amiga lanzada (Juno Temple) en cierto show de patinaje donde será ligada por el cínico pillo seductor Chuck Traynor (Peter Sarsgaard, el exenredachavitas de Enseñanza de vida, Scherfig, 2009) que, tras conquistar a los progenitores y desposarla, la propulsará al superestrellato del cineporno naciente como Lovelace, gracias a sus mundialmente admiradas y millonariamente redituables dotes para la felación sin respirar de su Garganta profunda (Damiano, 1972, o la cómica historia de la chava que tenía el clítoris en la gaznate), concitando los regocijados zoochistes en apariencia salvajes de celebridades del espectáculo (Bob Hope, John Carson) y los promocionales encuentros glorificadores supuestamente casuales con Sammy Davis Jr. y, ante todo, con el dueño del emporio Playboy, Hugh Hefner (James Franco), que la invitará a consagratorias fiestas sexyglamourosas (¿Qué tal si te cambio dos rubias por una morena?), pero seis años después Linda abandonará a su marido y lo denunciará públicamente como abusivo, golpeador y padrote, de quien jamás obtuvo ni un centavo. La leyenda bifronte frecuenta y fatiga el biopic tradicional desde avanzadas posturas distanciadas e involucradas a la vez, dándose el lujo de acometer juegos actorales medio perversos medio contextuales a lo Harmony Korine (aquellas feroces exchicas Disney de Spring Breakers: viviendo al límite, 2013), para ampliar el dominio de una trivial y vulgar aunque sordidona e incipientemente tragicómica vida íntima y reivindicable, merced a una estructura en dos tiempos/bloques que abarcan el anverso y el reverso de la leyenda, el mito idealizador y la desmitificadora verdad desidealizada, la dolce vita y la pince vita, el éxito mediático opulento y la miseria moral que esconde.

En su más reciente libro en colaboración, La pantalla global (L’ écran global, Du Seuil, 2007), Gilles Lipovetsky y Jean Serroy abordan por su puesto el tema de la pornografía desde su perspectiva del discurso del hipercine. Y aunque sólo lo describen, vamos viendo (en este extracto, al que se le tuvo que enmendar la plana, descortesía de Anagrama) cómo se toma nuestro tema del mes desde la sociología aplicada a los medios masivos de comunicación a través de la mirada de la postmodernidad más desesperantemente espantada de lo que ve.

La violencia y el sexo en el cine siguen el mismo destino de lo extremo. Si la primera se despliega de forma hiperbólica, el segundo se muestra en una espiral de exceso orgiástico. Ya estamos lejos de la liberación sexual de los años setenta, lejos de la sensualidad ligth con pretensiones chic de Emmanuelle (Jaeckin, 1974), lejos del porno con pretensiones electrochocantes de Exhibition (Davy, 1975). Estamos en los tiempos de la democratización, la legitimación, la proliferación del sexo duro. No hablamos del cine “sucio” a la antigua, avergonzado, furtivo y destinado a una minoría, sino de un género nuevo, con actores profesionales conocidos y reconocidos (los “sementales” y las “cachondas”) y dirigido a un público de masas: la industria del porno estadounidense produce unas 10 mil películas al año con un beneficio mayor que la producción hollywoodense. Y no ya las X, sino las XXX hiperrealistas e hipertróficas que presentan las prácticas más extremas, como los gangbangs y otras multipenetraciones en primer plano. Después de “la parte maldita”, cara a Bataille, la parte del teleobjetivo libidinal. No ya la transgresión, sino la exacerbación pura e ilimitada de los órganos y de las combinaciones eróticas. Exclusión radical del sentido, de la afectividad, de lo racional: sólo queda lo híper. A este respecto el porno se presenta como una representación de la época del hipercine que se abandona al maximalismo, al enseñarlo y verlo todo, como corresponde a la escalada posmoralista de la supereficacia y el sexo en abundancia. […] En esta época que inauguramos aparece incluso en los más puros productos hollywoodenses, durante mucho tiempo gobernados por leyes rigurosas y puritanas que medían el alcance de los escotes y prohibían cualquier asomo de vello íntimo. Pero ahora, Sharon Stone separa las piernas en Bajos instintos (Verhoeven, 1992) y todo el planeta se inflama. La lujuria triunfa por

doquier… Lo que estaba reservado al dominio X se ha transformado poco a poco en moneda corriente. Ahora se hacen intercambios de pareja, sodomizaciones, copulaciones, masturbaciones, felaciones e incluso autofelaciones en directo. Virgine Despentes y Coralie Trinh Thi anuncian (con el comienzo del nuevo siglo su producción fílmica que a más de uno le hizo levantar la ceja), Baise-moi (2000). La directora Catherine Breillat, vinculando feminidad y conquista del placer, recluta a Rocco Siffredi en Romance X (1999) para que satisfaga como es debido a la protagonista. En Ken Park (2003), de Larry Clark y Ed Lachman, aparecen adolescentes haciendo el amor en pareja y en trío y al final eyaculan sobre la pantalla. En las sombras nocturnas de un club neoyorquino donde el sexo refleja el deseo desenfrenado de vivir después del 11 de septiembre, vemos en Shortbus (Cameron Mitchell, 2006) a heterosexuales, gays y bisexuales –actores voluntarios– amándose de todas maneras y en todas las posturas posibles. La época en que los actores simulaban ha cedido el puesto a un cine nuevo en el que ya no basta con representar y donde hay relaciones sexuales auténticas delante de la cámara. Hipersexo, hipercine: en la era del híper, la comedia de Eros ya no es totalmente comedia. Las antiguas fronteras que separaban la simulación y lo real se han salvado en beneficio de una hiperrealidad videolibidinal. […]

En 2007, productores sensibles al espíritu de los tiempos lanzan Destricted (vv.aa., 2010), una película con la que quieren dinamitar las fronteras entre cine y pornografía y que consiste en siete cortos de diferentes directores que, derribando las barreras, muestran que incluso el arte más exigente expresa el sexo por sí mismo y sin rodeos. Amor, siempre; pero sexo, cada vez más, símbolo del placer extremo, metáfora del éxtasis de ser otro, sueño de la liberación de los grilletes de la vida cotidiana. Crash (1996) dice el título emblemático de la película de Cronenberg en la que se dan cita la velocidad, la violencia y el placer. No se puede explicar este auge del sexo hiperbólico apelando sólo a la lógica comercial. La realidad es más compleja. Hunde sus raíces en la revolución cultural de los años sesenta, en la transformación de las costumbres, la desaparición de los tabúes, la amoralización del referente sexual. Con esta diferencia más o menos radical, allí donde la modernidad se basaba en la reivindicación emancipadora, la hipermodernidad se basa en la normalización consumidora. […] El exceso ya no se siente realmente como exceso. Se ha asimilado y normalizado, al mismo tiempo que se ve arrastrado a una huida hacia adelante: tras la liberación de los cuerpos, viene la liberación de las imágenes y de las palabras que hablan de erotismo, de lubricidad, de Sodoma y Gomorra. La disolución del “no” transgresor ha abierto las puertas a las exageraciones de lo híper. *

MR. FILME

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Intimidad del porno 10-11

Hacia una fenomenologia del porno Toda manifestación tiene su sentido último. Y todo sentido, su intérprete que deja traslucir o solapar la sustancia primordial del efecto originario. El porno y lo que detrás de éste viene es materia dispuesta para los que se quieran acercar de manera cierta y seria a él desde sus pantallas. Hoy presentamos estas notas dispersas aunque exactas de lo que puede llegar a sentirse además a partir de lo que nos reúne este mes en F.I.L.M.E.

El encuentro de un transparente día en la vida salvaje de un hombre cuyo declarado derecho es confesar que ama la pornografía... compulso, maníaco, íntimo y loco.

por vez primera, era un triángulo invertido de espuma negra que se asomaba de entre las piernas de una señora. Yo entonces era apenas un párvulo de siete u ocho años. Su imagen vino a mí impresa en un ejemplar de Playboy propiedad de mi abuelo. La vagina era de María Conchita Alonso. Antes de este episodio ignoraba el aspecto de la vagina. Mi abuela, tías y madre, con las que compartía el modesto hogar, siempre mantuvieron en alto el digno sentido del escrúpulo al no mostrarse jamás descubiertas de esa zona. Con los senos no había tanto recato. Y aunque la educación familiar que se me indujo siempre estuvo fuera de la gazmoñería católica, ahora que lo pienso, la ausencia de una moral que fungiera por lo menos de contención, aunada al recato y la cautela procurada, ha sido el corto circuito de mi existencia, pues bien, un fatal error. Fue después de ese primer encuentro, distante, estático y vulgar, que una obsesión comenzó a fraguarse en mí. El cuerpo de la mujer habíase trocado en un enigma existencial. Los resquicios incógnitos de lo corpóreo femenino

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X de sexo 12-13

Confesiones de un consumidor de porno

La vagina, tal y como la conocí

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1 El juego de la pornografía es una apertura, una disponibilidad alejada de las experiencias cotidianas en las que el individuo mantiene ciertas barreras que lo mantienen aislado, protegido. Dicha apertura generaría una sensación de incertidumbre, peligro, vulnerabilidad al ser experimentada, pero el planteamiento de este tipo de representaciones sexuales convierte esas reacciones en una dimensión alterna en la que no existen los peligros. Sólo el placer, no hay consecuencias más allá de él.

acaparaban la totalidad de mis reflexiones infantiles. Tenía que ir más allá. Me di a la tarea de rastrear entre el montón de la colección prohibida, única herencia del abuelo, más revistas así. Para mi asombro, encontré una que escapaba a la usual ligereza de las demás. Se trataba de la publicación mexicana La Maestra, que mostraba como modelos a mujeres comunes y corrientes en habitaciones paupérrimas. Entre las páginas de dicho número, había una foto en brutal close-up de una vagina lampiña como nunca la había visto. Pliegues cavernosos, tonalidades oscuras y rosáceos en dermis escamosa. Debo confesar que al verla un sentimiento de repulsión al mismo tiempo que de fascinación anidó en mí. Me volví loco. Me era difícil coordinar la confusión entre tan fuertes y contrarias sensaciones. Reparé que nunca en mi corta existencia una imagen me había provocado eso, hasta el grado de activar reacciones físicas palpables. Estaba de cara a la erección. Espantado, arrojé aquél folletín detrás de un mueble. Los días posteriores estuve enfermo de fiebre de angustiosos delirios sobre la mujerzuela desgarbada de esa vagina amada mía. (Continua pAg. 16)

2 Es en el fenómeno de la pornografía que tenemos la posibilidad de trasgresión, un escape a la libertad que siempre ha sido anhelada, reclamar el soberano derecho de ser un disoluto. Entrar en el juego es levantar la cortina de las prohibiciones sin eliminarla, saber que se entra temporalmente en un terreno sin normas por seguir, con la posibilidad de volver. Los seres se encuentran, se conectan, se rozan, chocan violentamente, dejan de estar recogidos en su individualidad, destruyen el abismo que existe entre unos y otros para unirse por un mismo objetivo fruitivo. Colisión con una manifestación hiperrealista del sexo. Videos con imágenes superlativas de las potencialidades del cuerpo. La escena, como un espacio que separa al espectador del actor, desaparece y sin percibirlo se está participando de la acción, del tacto, del sonido generado por la fricción, los fluidos, los gemidos. El sujeto se transforma en carne y sus sentidos se hallan tan cercanos, que pasa a formar parte de la composición (efecto exacerbado en la pornografía gonzo en la que incluso el camarógrafo participa en el acto sexual, lo cual permite al observador encontrarse con planos subjetivos y una sensación de observación participativa). La fusión del ser corpóreo y sensitivo con el imaginario presentado conecta la animalidad con lo

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racional, la atracción sentida por la actividad sexual más allá del instinto reproductivo. La delgada línea entre lo “real” y aquello que va más allá de eso, está determinada por el filtro de las apariencias, que guardan un secreto. El momento en el que se revela lo oculto resulta violento para los observadores, pero es una violencia generadora de placer. La obscenidad vive cuando las apariencias mueren.

3 La pornografía es un eterno retorno, un incansable repetir situaciones, repetir el mismo acto, reiterándolo a través de distintas representaciones. Cambian el escenario, las tomas, los actores, por lo que es posible creer que se está ante fenómenos completamente diferenciados, pero el trasfondo sigue siendo el mismo en todas las presentaciones que pueda existir. La pornografía es producto del instinto primario de la búsqueda del placer, un retrato crudo de la realidad aumentada. Una exacerbación del acto sexual como es experimentado particularmente por el espectador. Lanza un reto a realizar los deseos más profundos, liberando al sujeto de ataduras convencionales y empujándolo hacia un abismo incierto de sensaciones. La construcción plástica ayuda al acercamiento. Lo vuelve tangible, posible, próximo. Es sencillo imaginar que los escenarios vistos en la pantalla sean en los que se desarrolla la acción cotidiana: la casa propia, el trabajo, la fiesta del fin de semana, la habitación en la que se duerme, el auto que se conduce. La excitación proviene en gran medida de las posibilidades de repetir lo observado en la vida diaria. 4 El juego termina dejando atrás las permisiones. Vuelve la individualidad, el repliegue. Sólo queda alejarse de una dimensión posible e intentar cerrar los ojos manteniendo vivas las sensaciones que se han instalado en la mente. El placer momentáneo se esfuma. Los músculos aún están tensos. Las imágenes terminan, pero la prolongación de la experiencia radica en la reincidencia o en la práctica si logramos traspasar el límite de lo gráfico para volverlo una realidad corpórea. *

Natalia V. Luna

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Confesiones de un consumidor de porno 14-17

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Hacia una fenomenologia del porno 18-19

Postpornografia Apareció una colegiala en el horario nocturno del Golden Choice, que por desobediente se había quedado hasta tarde en el salón de clases mientras uno de sus maestros le acariciaba suavemente la entrepierna por debajo del pupitre. No cambié de canal, y me convertí en testigo voluntario de lo que sucedió aquella tarde entre el avejentado docente y la descarrilada Lolita. El siguiente martes, a la misma hora, volví a atrancarme en el cuarto, con la esperanza de que el Golden me ofreciera una historia similar. Afortunadamente sucedió, y fue entonces que presencié lo que pasaba en las otras aulas, pero no sólo eso, luego también sucedieron cosas en la sala de masajes, con la niñera, con la vecina, con la doctora, con la secretaria, con la sirvienta y... bueno, un sinfín de situaciones (chafísimas) que hacían del martes un día cáustico cada vez que mi familia se quedaba dormida temprano y yo veía la oportunidad de encerrarme en el cuarto de la tele, muteando el volumen cuando el placer se propagaba a través de las bocinas. Jamás se dieron cuenta (espero que no leas esto, mamá), me ahorré la vergüenza y seguí viendo porno ya en mi propia casa, con mi novio, en el hotel, sola, con alguien más… sin tener que encerrarme tras la puerta, ni estar al pendiente de los insomnes. Lo que pasó después no sé exactamente de dónde vino, pero a veces sucede que lo que tanto te gusta comienza a incomodarte para mal, y así me pasó con todos estos vídeos, al grado que decidí bajarme del tren. No sé en qué momento precisamente, seguro fue cuando todas esas imágenes que en un principio parecían tan lascivas –dignas de la clandestinidad– comenzaron a desdibujarse, a quitarse la manta de lo obsceno y develar historias más bien parcas, protagonizadas por un monótono vaivén inguinal que me hacía dudar si estaba viendo Youporn o incipientes escenas de apareamiento en Animal Planet. Una literalidad tal, que en ocasiones sentía que podía estar ante una clase de anatomía. En fin, lo que más me costaba trabajo era no reírme ante la inverosímilitud de las mujeres-pop-neumático que sobreactuaban un orgasmo mientras el semen se colisionaba contra su cara y contra sus enormes tetas; o el falso placer de la estudiante, la doctora, la masajista, la niñera y de todas las demás al hacer cualquier cosa que el acompañante masculino deseara. No me estaba convirtiendo en moralista, simplemente estaba frente a una fantasía que ya no me correspondía y que siempre se planteaba

bajo una misma estructura narrativa: penetración-destino, eyaculación-final. Como resultado, mis bragas comenzaban a secarse. Tenía que haber otras opciones que dibujaran un deseo que sí me interpelara, ¡por favor!, la sexualidad no podía estar tan acotada. Afortunadamente encontré a la Postpornografía: una declaración de guerra no sólo en contra del metarrelato del porno tradicional, sino contra la representación tradicional de la sexualidad humana. El objetivo: trastocar la forma en la que pensamos nuestro propio cuerpo, nuestro propio género, deseo y libido, a partir de imaginarios sexuales subversivos, que fracturan y tratan de resignificar la manera en la que cogemos (subjetiva y objetivamente). Nada simple, y tal vez utópico, pero mientras tanto, el postporno camina, y con el paso es que va generando experimentos audiovisuales que sí manifestan diversos deseos, algunas veces discretos y llenos de ternura, y algunas otras inquietantes y abyectos, dignos del ojo de Sade o de Bataille. Un ejemplo: Ellin Marguson hace un ensayo audiovisual postpornográfico con dos cuerpos totalmente cubiertos por una tela casi blanca; son siluetas sin rostro que juegan las veces de una pantalla vacía, en la que es posible proyectarnos y tener un rol en este diálogo del tacto, el mismo tacto infame que transgrede los límites de este vestido claustrofóbico y convoca al deseo a través de una latente promesa de desnudez, mientras se perpetúa en la memoria de la tela el recuerdo líquido del faje. El porno tradicional (ese que descubrí la primera vez en Golden Choice) es la imagen de una fantasía sobre la masculinidad mítica, que existe y tiene todo el derecho de ser representada. Este texto jamás estaría inclinado hacia su censura, sin embargo, como texto, sí trata de recalcar la necesidad de difundir otras representaciones de la sexualidad humana un tanto más imaginativas y pervertidas, que propongan distintas formas de coger y de hacer el amor, de tocar, de penetrar y también de terminar. ¿Dónde más podemos besarnos?: detrás de la oreja, en el párpado, en la cintura, justo en el glande, o en la entrepierna, resbalando los labios, para después acariciar el clítoris con la punta del pene, o con la punta de la nariz. ¿Por qué no? Después de todo, como bien dijo la Kruguer, tu cuerpo es un campo de batalla. *

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Postpornografía 20-21

Precoces notas de pornografIA

Si quieren ver más formas de hacer Postpornografía y explorar(se), acá algunos links:

Y ya en las antípodas del mes pornográfico, presentamos, del ronco pecho de una crítica y realizadora de cine, unas pinceladas abstractas en torno a lo que para ella significa haber sido una espectadora cultural de esa manera de hacer cine también. Escogimos ilustrar esta nota con un cuadro sacado de “El último tango en París” (Bertolucci, 1972), pues sentimos esa pieza fílmica muy cercana a lo que busca expresar el texto aquí contenido.

Página oficial de Erika Lust, directora de cine erótico: http://vimeo.com/erikalust

Mi sexualidad es una creación artística, documental: http://vimeo.com/18938067#at=0

Annie Sprinkle, página oficial: http://anniesprinkle.org/

Dirty Diaries, película de cortos Postpornográficos: http://www.miaengberg.com/dd/

Corto de Skin: http://vdownload.eu/watch/9840316-skin-by-elinmagnusson-from-dirty-diaries.html

Miriam Matus

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Modelo de reapropiación de las

imágenes que se convierten en parte de memorias infringidas por el estereotipo de una caricatura viral. Reacción, mancuerna, tornillos, ingeniería fáctica, erótica, sexual e infame. Uniendo el punto A con el punto B, haciendo una metamorfosis hasta llegar al clímax, descolorida textura de piel de sirena. Multifacético vaivén por el continuo inerte, maquinaria corpórea. Estimulando… La cantidad grandiosa de carne, el espacio oscuro de la cerradura para mirar, regresamos a la inquietud infantil para acceder al juego virtual. Nada pide. Todo lo ofrece. Lo suficiente para llegar al destino, excitación y desenlace. Donde la ansiedad recupera la fuerza, convirtiéndose en reina sin corona. Estás a un solo un clic de reanudar la experiencia. Piernas que abrazan un cuerpo, que ha dejado de ser singular, ahora pertenece a los fluidos. Estándar predeterminado por la moralidad de lo correctamente sexual.

Nadie escapa de la postura en picada, que recibe gozosa la saliva compartida, de diferentes bocas, de diferentes sexos, porque de vaginas y penes están llenas las estanterías de los poetas. La danza sexual coreografiada por orgasmos y eyaculaciones programadas, la falsedad de un cuento es en su encanto: el sexo. Un espectáculo final, bañado por un guión, rodaje, y repetición, la playlist generosa. Pero también existe otra pornografía, esa que nunca será censurada en redes sociales, la cual no transgrede a simple vista, pero que cala más. Lo aparente no es fondo. La pornografía sentimental, bajo la misma mecánica del estímulo-respuesta también satisface los sentidos, perpetuando los sonidos cadenciosos de la palabra “romance”. Esta idea es vendida al género femenino (en su mayoría), presente desde la infancia bajo las historias de princesas, hasta

las chick-flicks o comedias románticas. Historias rosas y tramposas, que perpetúan un símbolo ideal. Al final nos exponen la misma playlist generosa, que se termina justo cuando la reproducción ha contado su relato. Es inevitable hacer una comparación entre las diferentes pornografías, ambas parten de la ficción, de este juego de la representación en parte construye el rol del yo. Detonando en figuras de hombres y mujeres desnudos, caminando sobre el asfalto de las expectativas que chocan entre sí, por falta de ser intencionalmente opuestos y expuestos. La pornografía sentimental es más perversa. Las fantasías acarician la trascripción táctil, a medida que la pornografía se vuelve más próxima, más accesible, pierde ese rasgo transgresivo y es aquí donde quizás podríamos indagar, sólo para abrir boca sobre lo no aparente, orgasmo auditivo, orgasmo visual, interior. *

Veronica Ramirez

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Precoces notas de pornografia 22-23


Porno silente mexicano en la Filmoteca de la UNAM Entrevista a Rafael Aviña

Desde la década de los sesenta, la misión de la Filmoteca de la UNAM ha sido rescatar, restaurar y preservar el patrimonio fílmico y así propiciar el enriquecimiento de la cultura cinematográfica entre la comunidad. Por ello, hoy es considerada el archivo fílmico más importante de América Latina. En 2010, el crítico de cine Rafael Aviña destacó en la publicación Filmoteca UNAM. 50 años un apartado que interesó por su contenido y por la información de fuente primaria que brindó, en el cual aseguró que la institución resguarda cerca de 30 cortos hardcore de aparente producción nacional, cuyos relatos breves y directos no tienen otra premisa que el acceso inmediato a los placeres de la cama. El cine porno es tan antiguo como el cine documental o los primeros trabajos de ficción —afirma en una entrevista realizada vía correo electrónico el también consejero de la Filmoteca—, era cuestión de tiempo nada más para que en México se realizaran trabajos audiovisuales de este tipo. Más que pioneros, los realizadores mexicanos, eran buenos negociantes que vieron un eficaz filón para obtener más ganancias económicas.

En estos cortos el erotismo está muy ligado al humor, algo que en esencia no ha cambiado en la industria del cine porno mundial. Según Aviña, el material pornográfico llegó, por un lado, en un lote de películas de nitrato en mal estado adquirido en el Mercado de la Lagunilla, por otro, a través de una donación anónima de una familia acaudalada; por cierto, este último lote se donó con un aparato de proyección de la marca Pathé de 9.5 mm con perforación al centro. Ocultos bajo burdos y vulgares seudónimos, realizadas entre 1926 y 1950 se concentraban principalmente en los desnudos femeninos y en la explotación de las fantasías masculinas: escenas lésbicas, la actitud sumisa de la mujer, imágenes homosexuales y la burla-crítica de la moral exacerbada, afirma el investigador. Debido a las condiciones de iluminación requeridas en aquella época, la mayoría de estos cortos están filmados al aire libre o en habitaciones iluminadas presumiblemente con luz exterior. La técnica es muy simple: tomas fijas, algunos medios planos, rara vez un primer plano o close up.

La explicités de 9 songs Fue durante un Festival Internacional de Cine de Morelia, que esta treintena de cortos se exhibieron por primera y única vez hace algunos años, con el anuncio de que se trataba de un ciclo de cine erótico de la Filmoteca de la UNAM. Lo curioso, afirma Rafael, es que cualquier investigador que defina un proyecto de trabajo con sus respectivas cartas de la institución, fundación o editorial puede tener acceso a estos materiales. En lo personal, creo que la Filmoteca debería de mover más este material con sus respectivas limitaciones de acuerdo al género hardcore. No obstante permea la idea de que existen materiales aún más interesantes y notables y creo que Filmoteca no desea que se le ligue únicamente a estos cortos porno, de ahí su exhibición restringida, manifiesta el crítico de cine. Actualmente no hay ningún proyecto por parte de la UNAM que involucre a dichos cortos, sin embargo, ya se hizo una tesis de maestría a cargo de Juan Solís, está en proceso una tesis de licenciatura, varias entrevistas y documentos alrededor de este tema. En breve, Rafael Aviña editará un libro sobre el cine erótico y sensual en nuestro país y con él se sumará más información al respecto. Todos estos documentos pueden consultarse a su vez en el Centro de Documentación de la Filmoteca, a cargo de Antonia Rojas. En cuanto a las referencias técnicas e históricas sobre el material audiovisual que aparece en los créditos son escasas y no aparece información sobre el director ni el equipo de rodaje. Sólo en los

cortometrajes se pueden observar ciertos regionalismos en los títulos, distintivos dibujos y un singular vestuario: sombreros mexicanos, trenzas. Acerca del apartado en el libro conmemorativo de los 50 años de la Filmoteca de la UNAM, Aviña pondera que era de suma importancia destacar esa doble moral típica y que tan bien representa el cine porno. Asimismo, las películas hablaban de la represión sexual y de la negación del placer típica de las religiones judeo-cristianas predominantes en aquellos años en el país. El cine, en general, es una representación importantísima de la cultura; el cine porno como un género fílmico es parte de la cultura popular. Rafael Aviña concluye que el cine es una ventana al mundo, al pasado y al futuro: Las imágenes, nuestras imágenes, hablan de quiénes somos, quiénes fuimos, a dónde vamos, cuáles han sido nuestros alcances. Al ver estos materiales no podía dejar de pensar en ese México de entonces con su moralidad intachable y buenas costumbres. Todo ello está a su vez en el cine de la época de oro pero sin sexo explícito, exhibe. Los 30 cortometrajes se suman a los más de 40 mil títulos que resguarda actualmente la Filmoteca, aunados a las numerosas colecciones, entre las cuales destaca la de fragmentos documentales como los de la Revolución Mexicana y otros que van desde la llegada del cine a nuestro país, a finales del siglo XIX, hasta finales de los años setenta del siglo XX. *

Hay películas que, siendo flojas, recurren a la utilización de escenas obscenas para salvar la falta de interés de su nudo argumental u otros aspectos fallidos. Así, en vez de volverse un fracaso en taquilla, la gente comenta sobre las escenas explícitas que en ella aparecen y acaban Si usted ha estado enamorado teniendo más recaudación que la que hubiesen tenido sólo es porque ha compartido con la coherencia de todos los elementos de la obra. Estas películas se vuelven entonces “pornográficas”, canciones íntimas con porque finalmente es por sus escenas de sexo que la alguien, conciertos gente va a verlas, es la relación que se crea entre el masivos que le han dado experiencias multitudinarias espectador y la obra fílmica. Sin embargo existen películas como 9 songs e íntimas a la vez, cama (Michael Winterbottom, 2004) que, a pesar de estar y sus consecuencias. “9 construida por escenas explícitas (que si se viesen de songs” de Winterbottom – manera aislada serían consideradas pornográficas), nos en México, “9 orgasmos” es imposible concebirla como porno, pues en su conjunto (aunque sólo se cuentan 7.5 llevan toda la importancia del nudo argumental. Creo auténticos)– resultó ser un que en el momento en el que el espectador establece desenmascaramiento del otro tipo de relación con la película, más allá de una amor intercontinental entre dos individuos perdidos en el simple excitación, da a pie a cuestionarnos el porqué siglo que comenzaba en 2004 de aquellas escenas, qué importancia tienen y cómo cambian el discurso expuesto. En 9 songs es a partir de para ellos. estas escenas que conocemos a los personajes, como individuos y como pareja. Las relaciones sexuales son una parte muy importante de las relaciones amorosas y muchas veces, en su desarrollo, reflejan otros aspectos de la relación. 9 songs narra la historia de amor entre dos personajes con base en dos momentos que van repitiéndose a lo largo de la película. Por una parte están los conciertos de rock y por otra el sexo. Las representaciones del coito están tratadas en paralelismo con imágenes de la Antártida, en las que el protagonista explica, apenas empezada la película, las similitudes que existe entre una cama y el desértico terreno antártico, donde al mismo tiempo se contagia la claustrofobia y la agorafobia.

El filme de Winterbottom muestra la relación entre un británico y una americana que está viviendo en Inglaterra durante una temporada. La historia de amor a pesar de ser ficticia (pues los actores no se conocían, ni mucho menos tenían una relación amorosa), se comienza a vivir como una realidad, pues los actos sexuales que aparecen en pantalla no son fingidos sino verdaderos. Hay una gran originalidad en haber escogido “el acto sexual” como un punto base y clave en el desarrollo de una relación. Las escenas sexuales ayudan al espectador a entender la relación que se crea entre ambos personajes y su evolución hasta el rompimiento. Una vida sexual que fuera del acto en sí es mucho más compleja de lo que parece, en la que se ven envueltos los sentimientos de ambos (cosa que queda excluida del porno). En

la vida real, los actos románticos suceden mucho más veces en la cama de lo que generalmente nos muestran como representaciones del amor en las películas: correr por la playa, compartir una comida, ver el horizonte y demás clichés. Winterbottom tiene al romantisicmo como sentimiento e irracionalidad, subjetividad y libertad del artista frente a toda regla. Así, contando la historia a manera “porno”, transgrede la convencionalidad a la que hemos llegado en las representaciones del amor en el cine (dado que en la literatura hacía mucho tiempo que esto ya había sucedido). Las escenas del acto amoroso están tantas veces repetidas que deja de ser obsceno, porque las imágenes crean una nueva relación con nosotros como espectadores, con su realidad, dan pie a que la historia de amor sea real también. (Continua pAg. 28)

Jazmín Bonilla

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Porno silente mexicano en la Filmoteca de la UNAM 24-25 Una comedia porno terror i f ica

Lo que Shame también monta these vagabond shoes They are longing to stray Right through the very heart of it New York, New York Russ Meyer

Elbow, Primal Scream se suceden en picada, como el noviazgo, vertiginoso. A partir del sexto concierto se previene un desenlace, hay un cambio de tono, pues Super Furry Animals, un rock complejo, psicodélico, de experimentación electrónica, una música que en sí misma tiene constantes cambios de ritmo. Llegando hacia el final, el penúltimo concierto es de Michael Nyman, que no tiene nada que ver con los demás, pues Nadia, es una canción a piano, completamente nostálgica, nos prepara para lo que viene, para lo que va a dejar de ser. Y termina con una canción de Black Revel Motorcycle Club que dice repetidamente “Now she´s gone, love burns inside me…”, que emarca el sentimiento final de nuestro personaje masculino. Contar una relación amorosa a partir de su sexualidad es real, te involucra totalmente, participas de la acción. Me dolió cuando ella se fue, me pareció desgarrador cuando él vuelve a casa y está frente a su ordenador solo, en ese espacio en que antes habíamos visto tanto sexo, tanto amor, tanta experiencia. Nostalgia: es eso lo que logra transmitir la película con el conjunto de las imágenes tan distintas de conciertos, escenas de sexo y la antártica. Lo que hubo y no volverá a ser jamás.

Los terrores del sexo persiguen

a todos hasta en sus fantasías más secretas. Las inseguridades están presentes tanto en hombres como en mujeres. Nacen desde el instinto animal que arde en el interior de los humanos. Este animal muchas veces parece que toma conciencia propia y posee a las personas como demonio y su único exorcismo es ser plenamente complacido. Frank Henenlotter representa a este demonio en Bad Biology (2008), personificado por dos aberraciones a la naturaleza, como cualquier monstruo en las películas de terror, deformes y sobrehumanos: Jennifer (Charlie Danielson) y Batz (Anthony Sneed), mujer y hombre unidos en el esperpento de sus órganos sexuales. La mujer tiene siete clítoris, es ninfómana e insaciable, y suele matar a sus víctimas luego de practicar sexo salvaje con ellas. También, al tener un aparato reproductor ultra-acelerado, da a luz a fetos deformes tan sólo dos horas después de concebirlos y los deja morir sin culpa alguna. Ella ha llegado a la conclusión de que ha sido creada genéticamente superior porque Dios mismo quiere coger con ella, y esa es la razón de su existencia. Y por el lado masculino, Batz, es un chico con un pene bestialmente enorme que tiene conciencia propia. Su vida diaria consiste en

Gaby Amione

luchar contra su verga por mantenerla bajo control, ya que ésta sólo busca sexo, en todo momento, sin importar nada. No está satisfecho ni con ver videos porno todo el día ni con una gigantesca máquina (parecida a un cinematógrafo) que usa para masturbarla. Esto hace a Batz tener que recluirse en su casa y buscar drogas desesperadamente para sedar a su compañero y tenerlo quieto. Lo único que desea es dejar de ser un esclavo de su pene. Jennifer y Batz son seres solitarios que se han excluido se la sociedad por ser diferentes. Viven sus vidas con un enfoque puramente sexual ya que su situación no les permite ser de otra forma. Son la personificación del sexo llevada al extremo. El caos se desata cuando estos dos curiosos individuos se encuentran. Jennifer ve en Batz su oportunidad de coger con Dios, no obstante el pene escapa y recorre la ciudad violando a chicas toda la noche, transformando este filme en uno que el mismísimo Hitchcock habría hecho en su pubertad libidinosa, con malos actores porno y bajo presupuesto. En esta historia sobresale un toque de parodia, con muchas referencias a películas de terror y varios clichés del sexo. Así es como Henenlotter expone una visión radical, terrorífica y cómica del sexo. *

Gore Vidal dijo en una ocasión que el único peligro de ver pornografía es que podía hacerte desear ver mas pornografía: podía hacerte desear no hacer nada más que ver pornografía Martin Amis

En el debate de cuánto podría afectar la adicción al porno la vida cotidiana de un hombre, encontramos a la producción de McQueen como la punta del iceberg. Se trata, esta nota, de abordar el tema de la mente y el alma perdidas de la civilización de las pantallas que a un click encuentran su satisfacción momentánea.

Un tópico bastante sonado en los últimos años acerca

de la popularización del porno llevada a un acelere, la accesibilidad (casi) ilimitada de la pornografía en cualquier lugar y en cualquier momento, es que existe el riesgo de crear una adicción a ella por diversos factores, entre los que se encuentran (pero no están limitados a) el condicionamiento y la insensibilización que exigiría niveles mayores de estimulación sexual. Como consumidores de porno, podríamos decir que lo que buscamos es obtener esa deliciosa descarga de endorfinas de manera inmediata. Gracias al abaratamiento y a su accesibilidad de materiales explícitos, la posibilidad de dicha dosis de placer se pone en la mesa con un simple pestañeo. Dicen los expertos1, de manera un tanto ingenua me parece, que la compulsión por la pornografía se asemeja mucho a la del cocainómano, porque ésta estimula por plazos cortos la segregación de dopamina, lo cual hace que el usuario se “enganche” y cada vez exija más y más recompensas y dosis más fuertes. Sin embargo, me parecería pobre limitar la condición de Brandon Sullivan, el protagonista de Shame (2011), la segunda película de Steve McQueen, a un simple condicionamiento neuroquímico. Sin duda el personaje interpretado magistralmente por Michael Fassbender en este largometraje del otrora videoasta McQueen, se encuentra atrapado en una serie de conductas provocadas por su adicción a la pornografía, sin embargo creo que el desequilibrio de su vida no se encuentra en función de dichos materiales, sino que más bien su relación con ellos es una consecuencia obvia en un siglo XXI, donde la moneda de cambio son las autodestructivas relaciones afectivas (llámese familiares, amistosas, amorosas, laborales, etcétera).

Nos dice el novelista Martin Amis, en su artículo Un negocio duro2: Hay actualmente dos tipos de pornografía en Estados Unidos: Features y Gonzo. Features consiste en películas de sexo con algún tipo de deuda con la narrativa ordinaria: caracterización, trama. “No mostramos solamente a gente cogiendo”, dijo un ejecutivo de Features, “mostramos por qué están cogiendo.” Estas películas supuestamente están dirigidas al “mercado de parejas”. Las parejas, se afirma, quieren saber por qué está cogiendo la gente. El paso que ha dado Brandon, como representante de un mundo fuera de balance, me refiero a la sociedad occidental, es justamente el de perder ya no digamos el interés por conocer dichas razones por las que la gente coge, sino que ha perdido u olvidado la razón de su propia vida sexual. Las miradas furtivas, los (des) encuentros físicos con prostitutas, el coito con desconocidas, las tres o cuatro “chaquetas” al día, la constante búsqueda de pornografía por internet son paliativos para una poco sana soledad que se ha vuelto normal en la gris vida de Brandon. El porno no sólo se ha vuelto el

aliado fiel de este inmigrante –que por cierto aparece como solvente y exitoso– en la metrópolis por excelencia (Nueva York), es también el único punto de fuga para un hombre que no puede o no quiere mantener ninguna relación, al menos no una que vaya más allá de lo pragmático. El antihéroe de Shame le teme a, y no puede lidiar con, la intimidad. Precisamente cuando su inoportuna hermana, Sissy, llega a alojarse con él, la acostumbrada soledad se destroza y él se ve contra la pared al tener que mantener un contacto estrecho, emocional y sentimental, con otra persona, en este caso un miembro de su familia con el que parece tiene algo pendiente. Para él es sencillo interactuar con una voluptuosa chica de webcam (gracias porno-reality/ amateur), por ejemplo, situación en la que se siente cómodo y puede ser él mismo. Pero ¿qué pasa cuando una compañera de trabajo quiere ir más allá? Tienen una cita, charlan, se interrogan sobre su vida y sus pretensiones: nuestro personaje no puede con ello, se nota incómodo y por supuesto dicha interacción se va al caño.

1 La adiccón a la pornografía, Naomi Wolf. Publicado en Publico.es el 1 de julio de 2011. 2 Traducción publicada en el sitio web de Letras Libres en abril de 2002.

Entiendo las metáforas que se plantean y que hablan sobre el amor y lo efímero de su naturaleza (con el iceberg). La comparación que existe entre un espacio físicamente abierto y el estar sentimentalmente expuesto a cualquier cosa. Sin embargo, las imágenes de la Antártida, a pesar de estar incluidas como una manera de poetizar el amor, representar lo sentimentalmente expuesto que está el hombre y ser realmente bellas, carecen realmente de algún sentido dentro de la trama narrativa. Creo que si hubiese tenido más presencia en la historia de los personajes, quizás no quedaría tan fuera como lo hace ahora. Por otra parte, los conciertos que aparecen en la película tienen directamente que ver con el tiempo en el que se realizó, así como con el autor, con los personajes a los que retrata y además va de la mano con la historia que están viviendo. Las bandas que aparecen son algunas inglesas y otras estadounidenses (las nacionalidades tanto de los personajes como del cineasta) constituidas desde principios de los ochenta hasta principios de los dosmiles. Los primeros conciertos son de rock alternativo y le dan a la relación una sensación de vivacidad: The Dandy Warhols, Franz Ferdinand,

(Continua pAg. 32)

Andrea Grain

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Una comedia porno terrorífica 29

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Lo que Shame también monta 31-33 Repasadita por una

historia intransigente

en nuestra sociedad, es sólo el medio por el cual recibimos satisfacciones. Uno de los reyes del porno por internet mencionaba en la miniserie Pornography: A Secret History of Civilisation (1999), que las personas se excitaban gracias anuncios, no por mirar cuerpos o por olores o sensaciones corporales, era gracias a un conjunto de colores y texto en pantalla. Estamos exigiendo, como cultura, estímulos sin más, no significados. Lo explícito de los materiales audiovisuales y multimedia es el patrón en el que Brandon se puede dejar ir de manera natural en un mundo totalmente “enchufado” a distintos tipos de dispositivos y redes. La intimidad es posible sin necesidad de establecer vínculos con otros, sin tener que compartir o escuchar las neurosis propias y ajenas, respectivamente, si lo único que se desea es un placer aquí y ahora. Los hermanos protagonistas son producto del mundo contemporáneo que exige todo rápido y todo furioso. A la chingada con la familia y a la chingada las charlas. Bienvenidos sean los placeres fortuitos. No importa quién sea, ni en qué formato, Brandon no necesita el calor de otro, ni siquiera precisa los objetos mismos, le basta con la imagen de éstos para pervivir. *

Porno charro

Una de mis autoconsignas, que en ocasiones llega

a ser flagelante, es analizar al cine nacional. Y en cuanto F.I.L.M.E. puso manos a la obra en torno al porno, en un principio pensé en morderme el reboso y revisar cintas que en sus secuencias ofrecieran escenas que pudieran considerarse como porno blando. Películas como La mujer del pueblo (Rotberg, 2000), Asesino en serio (Urrutia, 2002), El búfalo de la noche (Hernández Aldana, 2007) o incluso Daniel y Ana (Franco, 2009), pero luego vinieron a mi mente obras con cierta carga erótica: Como agua para chocolate (Arau, 1992), El callejón de los milagros (Fons, 1995) o hasta Sexo, pudor y lágrimas (Serrano, 1999); finalmente, y por último, recordé las denominadas sexycomedias de la época dorada del cine de ficheras. Pero no. De un día a otro me encontré buscando películas pornográficas mexicanas de buena o mediana calidad entre cines para adultos, tiendas eróticas y puestos de piratas. Repasando en la mirada senos y falos descomunales tan falsos como las representaciones sexuales que se exhiben en los minutos de video que guardan. Leyendo títulos tan patéticos como Moteles y Chicas universitarias. Así me vi, y es que en mi natal Puebla, una de las ciudades más mochas del país (89.2% de población de creencia católica), me resultó difícil encontrar una cinta nacional de este estilo. Ni el Pardavé, ni el Colonial, ni el Teresa mostraban en sus carteleras, llenas de producciones gringas y europeas XXX, algún material resueltamente mexicano. (Continua pAg. 34)

Julio César Durán

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Porno Charro 33-35

Filmes como Traficantes del sexo (Rodríguez Vázquez, 1994), Sexo para dos (…) y Los males de Micaela (…) continuaron casi silenciosamente pero sin éxito. La misma autoridad fue un impedimento para su desarrollo, pues cuando se autorizó la exhibición de filmes de este tipo no se dijo cómo ni con qué restricciones podían ser proyectados. Se corrigió en el camino. Al respecto, Lucio López Laux, entonces (misma década del 90) jefe del Departamento de Supervisión de la Dirección Cinematográfica, concedió una entrevista para el periódico Esto, y explicó cómo trataron de resolverlo: “Tuvimos problemas. No sabíamos qué hacer con una película porno. Afortunadamente existían las cartas que otorgaban los sindicatos para avalar que una producción hubiese sido filmada con personal sindicalizado. Entonces les decíamos: me demuestras que tu película es legal, hecha en México, por mexicanos y en ese momento te la autorizo. No eran bloqueos realmente, era darnos un tiempo para pensar”. En parte, esto desalentó a que otros productores salieran de la ocultación y pidieran autorización para que sus obras fueran difundidas.

La ilegalidad, otra razón para ocultarse Para Federico Dávalos, especialista en Sociología del Cine, las razones que se dan sobre las razones para no dejar salir a la luz esos filmes, tiene que ver con las relaciones de ilegalidad de

algunos ámbitos: “El cine pornográfico en México no ha logrado mantenerse como una industria rentable debido a que algunas películas están relacionadas con delitos como la trata de personas y la prostitución infantil”, explica. Dávalos declaró que “no todo el cine sexual de nuestro país es así, pero una porción sí, entonces mancha gradualmente a la otra parte”. También consideró que, desafortunadamente, nuestro país es calificado por algunos extranjeros como una especie de prostíbulo infantil, lo que pone a ese cine a la vera de esos prejuicios.

Lo que se tiene a la mano Y si no hay producción en nuestro país, ¿qué se consume? Para responder, basta caminar por algún puesto de películas piratas, o escribir en google “videos porno” para que veamos la variada y frondosa oferta norteamericana y europea para la ávida audiencia. La excesiva importación de productos también tiene responsabilidad en esta incipiente historia. Consumidores hay, ¿qué falta entonces para una verdadera “erección” de este tipo de cine? La pregunta tiene múltiples respuestas: moralismo, piratería, competencia desigual con la industria internacional, malinchismo, entre otras. Y sin embargo, aún intenta dar algunas estocadas para no quedarse en un cine impotente. * Nota bene. Las entrevistas aquí presentadas fueron realizadas por el autor de este texto c omo un raro intento por titularse con un reportaje-tesis de este tema placentero.

Luis Navarro

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De México y su pornografía, realmente poco sabemos: de la situación del cine porno mexicano, de su industria y sus altas y bajas políticas. Hoy presentamos esta reducida historia de esas producciones en nuestro país, para estar atentos a lo que pueda llegar a suceder en su derredor sin menoscabo que valga.

He aquí un valiente llamado de atención desde la Ciudad de los Ángeles por el porno de calidad en nuestro país. Una inusitada arenga a los creadores fílmicos industriales que sólo se atreven medianamente a asomarse desde una ventanita soslayada a este mundo prohibido.

entregados a uno de los placeres del ser humano, se encuentran frente a una cámara para plasmar un acto sexual. Escenas en las cuales dos o más cuerpos exploran inimaginables territorios que sólo el orgasmo puede tener son representadas en las películas pornográficas, y las de México no pueden ser la excepción. Sin embargo, a pesar de que el sexo vende, nuestro país no ha destacado como productor o distribuidor de cine pornográfico (un contraste con nuestros vecinos, los Estados Unidos de Norteamérica). Por ejemplo, sólo una empresa de producción pornográfica se encuentra registrada ante el Instituto Mexicano de Cinematografía: MECOS FILM. Sus filmes son exclusivamente homosexuales.

El otro nuevo cine mexicano A finales del siglo XX la situación general del cine mexicano era poco alentadora, los filmes de cine de ficheras y aquellas donde los hermanos Almada asesinaban a diestra y siniestra eran el referente de nuestra industria. La visión cambió y jóvenes directores se preocuparon por empezar a reflejar en la pantalla la situación contemporánea del mexicano, de sus dolores y aventuras, conflictos y emociones. En consecuencia, llegó el “nuevo cine mexicano”, título ambiguo que busca agrupar a estos nuevos productos comerciales. A la par, y con sigilo, la industria pornográfica recibió una apertura para su comercialización, proyección y producción. En la década de los 90, en el sexenio de Carlos Salinas de Gortari, la entonces encargada de la Industria Cinematográfica y Videograma (Canacine), Patricia Millet Fuentes, autorizó, luego de varios sexenios de oscurantismo al respecto, la exhibición de películas pornográficas en México.

Esa disposición parecía augurar una especie de boom dentro del incipiente mundo pornográfico de México. Salir de lo clandestino (si ahí estaba) para exhibirse en salas, cumpliendo normas, era una gran oportunidad. No fue aprovechada.

Vestigios inciertos Para Gerardo Salcedo Romero, profesor de cine de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM y especialista en el tema, no existe un antecedente exacto sobre la aparición en México de la filmografía con sexo explícito. “Sin embargo, gracias a Juan Felipe Leal, quien en su libro Anales del cine mexicano (Juan Pablos Editores, 2003), logramos, para fines prácticos, señalar el nacimiento del cine porno mexicano con pequeños cortos de parejas amateur teniendo sexo en hoteles de paso”. El profesor Salcedo, quien ha sido subdirector de programación de la Cineteca Nacional, señala a la película El sueño de Fray Vergazo (anónimo ca. 1920) como la gran precursora del porno en nuestro país: “Esta película fue innovadora en muchos aspectos; primero porque en ella aparece la homosexualidad, y en aquella década, un tema así no muchos lo toleraban. Además, también fue la primera en contar una historia no

enfocada únicamente al sexo. El plus de esta película es la muestra de cuerpos naturales, sin operaciones ni exageraciones. Además, de la ausencia de sonido”, comenta. Efectivamente, dicho sueño de tan ilustre fraile –que para quien desee consultarla está dentro del catálogo de la Filmoteca de la UNAM–, carece de sonido. No hay pujidos, gemidos, ni exclamaciones, ni falta que le hacen.

La ínfima “erección” Para Ernesto Román, investigador filmográfico, la industria mexicana desaprovechó la apertura de contenidos del gobierno salinista. “Es cierto que el 26 de agosto de 1993 la compañía cinematográfica Veracruz pidió autorización para exhibir el largometraje de 35 milímetros Profesoras del amor (Vázquez Bulman), permiso concedido un mes después. Sin embargo, después de eso pocas producciones siguieron su camino”. Y así fue. Después de la película producida por Gabriel Vázquez obtuvo la autorización y fue presentada en seis cines bajo el lema “La primera película filmada en este género. No se muestran fotos debido a las escenas tan fuertes de la película”, sólo unas cuantas siguieron sus pasos. (Continua pAg. 38)

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Hacia una fenomenologia del porno 36-37 El Placer, pegamento nuestro de cada dia

La luna de miel, según P olanski Cuando uno piensa en el “hasta que la muerte los separe” no se espera que la sentencia se cumpla durante las “primeras” vacaciones del matrimonio, y menos en condiciones ideales, como puede ser el viaje de año nuevo en un crucero. A Polanski, que le requetencanta llevar a sus límites últimos la moralidad, no iba dejar pasar la oportunidad de transgredir otra sagrada institución frente a la que se halla resentido. Hoy, desde F.I.L.M.E. hablamos de ésta con el pretexto del tratamiento de erótico extremo que le da Román a su inquietante Luna amarga.

En mi opinión, Luna amarga (1992) es la obra cumbre de Roman Polanski. Esta película se conforma por una serie de inigualables relatos acerca del amor, donde se detallan las perversiones más exactas dentro de una relación erótica, llevada hasta los límites de la posesión. La obra describe fragmentos literarios que se relacionan directamente con el sexo, una pareja que experimenta las sensaciones más tortuosas sobre la libertad y el deseo, creando una atmosfera cruda. El personaje que interpreta Hugh Grant, encuentra en el crucero a un sujeto inmiscuido con un símbolo exótico: el personaje de Emmanuelle Seigner, quien cumplirá el rol de antagonista, quizá una de las villanas más famosas, pues con su sexualidad hace más sutil la maldad. Ella causará que el guión de Polanski cumpla con sus aciertos, consiguiendo que el espectador se olvide de los errores dentro del argumento plagado de majestuoso contenido literario, distante de la poesía y perseguidor de fantasías sexuales.

Gemido primero, grito después. Dos cuerpos,

Con las memorias del sujeto (invaluable Peter Coyote) que mantiene amoríos con la antagonista, entendemos que el narrador principal en segunda persona es Grant, fiel y provocado receptor de sus códigos de erotismo sádico. Grant es el principal vehículo de Polanski. Estructura apegada a la dramaturgia, es Luna amarga muestra de un formato de revelaciones como el de las obras teatrales, manejadas antes del desenlace. En esta ocasión, la revelación se dispara desde el primer encuentro entre los cuatro pilares de la historia, constantemente notamos que Polanski ha quebrantado las reglas del dramaturgo, construyendo a partir de la misma cinta un sinnúmero de relatos breves que cuentan con una estructura teatral (quizá modificada), apegado al cuento en su precisión y a una obra teatral hasta su revelación. En efecto, el uso de la memoria en los filmes, resulta una ficción convertida en la más amplia gama de colores literarios, aunada a golpes dramáticos que dan pie al inicio de otro relato breve como en esta película

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La luna de miel, según Polanski 39-41

Garganta profunda (1972) fue una cinta eróticamente explícita dirigida por Gerard Damiano, protagonizada por Linda Lovelace y Harry Reems, y se convirtió en el material pornográfico más influyente de todos los tiempos.

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La historia trata de una dama que no concibe el orgasmo de manera natural. Al consultar al sexólogo, Dr. Young, este le revela que su clítoris se encuentra en su garganta, dándole pie al nombre de la cinta. A pesar de contar con una trama bastante sencilla, es a partir de este momento donde comienzan a gestarse los clichés sexuales: pelo chino, cadenas de oro al lado de bigotes corrientes, cigarros haciendo mancuerna con cocaína, todo kitsch, que resultó ser el reflejo de un emblemático periodo dentro de la cultura norteamericana en baja calidad de imagen. Considerando todos estos pequeños elementos del lenguaje cinematográfico, surge la pregunta que todo el mundo se cuestiona al momento de enfrentarse con cintas pornográficas por primera vez: ¿cuál es la verdadera posición de la mujer con respecto a la sexualidad?, pero en concreto, de su sexualidad. Esta cuestión se contesta prácticamente sola al inicio de la cinta cuando Linda Lovelace le externa su preocupación a su amiga Dolly Sharp: “¿Porqué las mujeres continúan preocupándose por casarse? ¿Qué representa esta ceremonia hoy en día? ¿Qué beneficios nos otorga a largo plazo?” A lo largo de la cinta, Linda toma una serie de decisiones que la conducen a su felicidad, ya sea buena para unos o mala para otros. Y lo disfruta, ya sea dando o recibiendo placer, ¿porqué no darse placer desde una perspectiva propia?, siendo nosotros nuestros mejores jueces. Más allá de ser una cinta pornográfica,

lo más relevante aquí es la manera en que la temática de la sexualidad se aborda, dándole mucho más valor al discurso que a la fuerza de las imágenes. Este y el legado que dejó la dupla, Linda y Harry Reems (el actor pornográfico más cómico y simpático hasta ahora jamás filmado) son el verdadero tesoro de Garganta profunda. El sexo siempre debe acompañarse con un buen soundtrack. Y aquí es necesario puntualizar el diseño sonoro, ya que en esta película se realzó el sonido como canal de comunicación más de la imagen. Los sonidos vocales pasan de ser simples pujidos para convertirse en sonidos guturales y ser parte de la banda sonora omnipresente. Esta película es una oda a la experiencia del orgasmo, de manera literal o un poco sugestiva pero siempre con el mismo mensaje: ser adorado (sí, acabo de citar a Ian Brown), y al momento de volver a escuchar “Bubbles”, pieza de la película, me remontó al canto “Im Forever Blowing Bubbles” de la película Hoolingans (Alexander, 2005) protagonizada por Elijah Wood, que bien podría ser una conexión importante entre esos dos mundos: “I’m forever blowing bubbles, pretty bubbles in the air. They fly so high, nearly reach the sky and like my dreams. They fade and die, fortunes always hiding, I looked everywhere, Im forever blowing bubbles, pretty bubbles in the air.” *

I’m Forever Blowing Bubbles Cockney Rejects

Sin ninguna moralina, podemos decir que en la representación pornográfica las personas se cosifican, las incipientes relaciones se vuelven objetos. Precisamente el punto de Shame es “el uso”. No hay más emoción, el chiste es el utilitarismo; el porno, como objeto, sirve a un usuario. El porno es un objeto que se usa como satisfactor de una necesidad inmediata, claro está, el placer. En el siglo XXI la idea es no involucrarse. Lo que le da el porno a Brandon Sullivan es la oportunidad de no involucrarse como persona, no incluir ninguna clase de sentimiento ni empatía, se usa y ya. Esta actitud, con costumbre tal vez, la lleva hasta las calles, hasta sus coitos. El porno no parece haberlo condicionado, pero sí parece haber llenado un hueco que Brandon necesitaba cubrir. En las mil y un publicaciones impresas o páginas de internet que conocemos, con sus respectivas mil y un categorías y temáticas, el protagonista de Shame encuentra un ritmo de vida, encuentra una rutina así como un escape para un mundo que no tiene mucho que ofrecerle a menos que sea sexo rápido, sin limitantes ni mediaciones. Brandon exige estímulos, nada más y es a partir de ellos que él responde. La pornografía aparentemente carece de contenidos más elaborados o significados

Nahevy Estrada

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El Placer, pegamento nuestro de cada dia 42-43


La vida en porno Editorial Octubrina

Si cualquier emplazamiento de cámara

era una cuestión moral para los integrantes de la nouvelle vague, para la pornografía tan sólo una posición, una disposición, de los cuerpos ya lo es. El asunto. El verdadero reto era presentar a la pornografía en todo su esplendor cinematográfico sin ensuciarnos demasiado (aunque quisiéramos). Sin darle al lector un motivo para que nos dejara de leer: “Claro”, decía nuestro hipotético lector, “era de esperar que estos nacos usaran el arte gráfico de los cuerpos” (el porno en el estrecho concepto de buen gusto, manierismo puro), “para darse valor y evidenciarse”, hipotéticamente querría evidenciar algo brillante y morboso, valga la redundancia. Pues no. Todo lo cuidamos. Nosotros partimos de una premisa importante para exponer sobre el porno. Queremos ver en la pornografía una maquinaria de comunicación audiovisual salvaje (hermanada con el periodismo, la publicidad, el graffiti, la poesía slam y su innegable preponderancia en todo el internet), quizá la más extrema, la más antigua seguramente. Es que el porno contiene y es el mensaje. Representa y es al mismo tiempo. Para darnos una idea de su complejidad, ninguna de las palabras que se han usado hasta aquí, ni es ni puede ser lo que representa, por ejemplo (sólo

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el ideograma chino se acerca a esta simbiosis, mas al pronunciarse se esfuma la posibilidad), mientras que cualquier fragmento de cualquier recoveco clasificado de su predilecto sitio de internet que contenga su locura libidinosa más secreta es lo que pone en escena. Esa calidad, esa claridad, es el unívoco poderío del mensaje pornográfico. Es la cosa simulada vuelta paradigma visual, convertida en un traficante de estímulos cuantiosos, pues es en el porno donde nos vemos a nosotros mismos en esa escena del origen de la vida humana. Ahora, cuando esa grafía es usada para algo más... algo más ramplón como contar una historia o trocar, de plano, el mensaje mismo, es un asunto digno de analizar, de abordarse como acostumbramos. Para F.I.L.M.E. que el porno le tienda sus brazos al cine es digno de llamar nuestra atención. He ahí nuestro dilema resuelto, y esperamos que a usted, inteligente y perverso lector (valga esta otra redundancia), le agrade. Siga la huella de los fragmentos de cuerpos desnudos que será la constante de este mes con la que identificarán el tema y diviértanse pensando en lo que ve el que escribe, en lo que usted ve en el que escribe. Sustancias, habrá. Ruidos rijosos, también. Ideas, siempre. Pase y siéntese. Váyanse acariciando tiernamente. Como sabe. *

MR. FILME


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En Lovelace: garganta profunda (EU, 2013), original

Lovelace

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aunque morigeradamente provocadora segunda cinta ficcional (luego de Aullido, 2010) de la pareja de exrealizadores de cinensayos de relectura heterodoxa (gay, militante, anticonsorcios, histórica) formada por los ya cincuentones judioamericanos Rob Epstein y Jeffrey Friedman (Los tiempos de Harvey Milk, 1984, El clóset de celuloide, 1995, Artículo, 1975 2000), con guión de Andy Bellin, la simplona chica promedio de pueblaco ya madre clandestina de un bebé de inmediato dado en adopción Linda Boreman (Amanda Seyfried, la exfresita musical de Los miserables, Hooper, 2012) desafía a sus tiesos padres religiosos (Robert Patrick y lo que queda de Sharon Stone) para participar en 1970 con una amiga lanzada (Juno Temple) en cierto show de patinaje donde será ligada por el cínico pillo seductor Chuck Traynor (Peter Sarsgaard, el exenredachavitas de Enseñanza de vida, Scherfig, 2009) que, tras conquistar a los progenitores y desposarla, la propulsará al superestrellato del cineporno naciente como Lovelace, gracias a sus mundialmente admiradas y millonariamente redituables dotes para la felación sin respirar de su Garganta profunda (Damiano, 1972, o la cómica historia de la chava que tenía el clítoris en la gaznate), concitando los regocijados zoochistes en apariencia salvajes de celebridades del espectáculo (Bob Hope, John Carson) y los promocionales encuentros glorificadores supuestamente casuales con Sammy Davis Jr. y, ante todo, con el dueño del emporio Playboy, Hugh Hefner (James Franco), que la invitará a consagratorias fiestas sexyglamourosas (¿Qué tal si te cambio dos rubias por una morena?), pero seis años después Linda abandonará a su marido y lo denunciará públicamente como abusivo, golpeador y padrote, de quien jamás obtuvo ni un centavo. La leyenda bifronte frecuenta y fatiga el biopic tradicional desde avanzadas posturas distanciadas e involucradas a la vez, dándose el lujo de acometer juegos actorales medio perversos medio contextuales a lo Harmony Korine (aquellas feroces exchicas Disney de Spring Breakers: viviendo al límite, 2013), para ampliar el dominio de una trivial y vulgar aunque sordidona e incipientemente tragicómica vida íntima y reivindicable, merced a una estructura en dos tiempos/bloques que abarcan el anverso y el reverso de la leyenda, el mito idealizador y la desmitificadora verdad desidealizada, la dolce vita y la pince vita, el éxito mediático opulento y la miseria moral que esconde.


La leyenda bifronte recrea a cabalidad solidaria, aunque con nostalgia, afán revisionista y rencor al pasado, la gran época del porno fílmico estadounidense, vista como el surgimiento de un cine alternativo, ultramercenario y riesgoso en varios sentidos puritanos al revés: una relectura de la pornoindustria como forma extensiva de la violencia doméstica. Y la leyenda bifronte lleva hasta sus últimas consecuencias el vocablo único elegido por la exsuperstar arrepentida, y ya mejor casada, para intitular sus memorias dictadas bajo polígrafo detector de mentiras, publicadas y recitadas profilácticamente en todas las escuelas estadounidenses posibles: el término ordeal, que significa ordalía medieval, juicio de Dios, prueba penosa y calvario, esta vez referidos a una víctima perfectamente victimable, acaso nacida para víctima, por sentimiento de culpa, por fanatismo hereditario y por gringa hueca dejada, a quien la presencia de la infraestrellita prefabricada Seyfried, entre la fragilidad y la desinhibición, apenas alcanza a conceder una dimensión medianamente humana. *

Jorge Ayala Blanco Crítico de críticos, entre los críticos, para ellos y en contra de ellos, publica ahora todos los lunes y desde 1989 en El Financiero una crítica siamesa sobre el estado de las cosas en el mundo de los estrenos cinematográficos. Autor de tesoros bibliográficos (actualmente incluso electrónicos) a propósito de esto, profesor a ultranza del CUEC y de donde haya un metro cercano, le gusta definirse en los términos en que lo hacía un colega suyo para lidiar con él: “un pez difícil de asir”.

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Intimidad del porno La invitación

“Nothing is obscene providing it is done in bad taste” Russ Meyer

El espectador sabe que no habrá nadie en su casa. Llega hasta su habitación, cierra la puerta; le pone seguro. Cierra las cortinas, prende la televisión para ponerla en mute. Prende la videocasetera, mete un VHS, se acomoda en su sillón, toma el control remoto y le pone play. En la tele se ve la imagen de las barras de colores, le sube un poco al volumen. Termina el tuuuh eterno de las barras, el volumen sigue al mínimo. En la pantalla se leen los créditos de la película, sube un poco más el volumen, pues la música es bastante divertida. En la primera escena se ve a un fontanero explicándole a su ayudante las virtudes del matrimonio. En la escena siguiente vemos a la esposa del fontanero experimentar varias posiciones sexuales con el mejor amigo de este. El espectador se acomoda mejor en el sillón, afloja sus ropas y empieza a ver como el fontanero hace un recorrido sexual por sus clientas. Se trata de una de las primeras experiencias sexuales de algún adolescente con El fontanero, su mujer y otras cosas de meter (Carlos Aured, 1981).

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Para los que nacimos en los 80 la pornografía filmada o grabada empezó a ser más accesible. En la película Booggie nights (Thomas Anderson, 1997) ambientada a finales de los 70, principios de los 80, se habla del futuro de los videos y no de las películas (35mm, 16 mm y subsiguientes formatos), se hablaba de la posibilidad de hacer pornografía para llevar a casa, por un costo menor. Con la llegada del VHS se reinventa la idea del voyeurismo pornográfico, pues se presentó la posibilidad de poner tu ojo sobre la mirilla de la puerta para presenciar un acto sexual desde la comodidad del hogar, solo o acompañado y cuando quisieras. Sin tener que esperar la función de las 6 en algún cine lejano con un montón de extraños, que dicho sea de paso, seguro tenía su encanto. El boom de la pornografía en el cine llegó con el video, pues influye la liberación sexual de los 60 y 70. Con este éxito los productores cada vez buscaban vender más carne hasta llegar casi a la exageración, en tamaño (de penes, senos y glúteos), porque en el cine porno el tamaño sí importa.


El juego de roles, los gestos exagerados, los sonidos de gemidos constantes y el abuso de zooms son una constante en estos filmes, que pueden o no gustarte, pero lo que es un hecho es que forman parte de las cosas más íntimas que se comparten con millones de espectadores más. El sueño del director de cine de Boogie nigths es determinante de esa belle époque del porno gringo. Dice: “No quiero hacer una película, donde se sienten, se masturben, se levante y se vayan antes de que termine la historia (…). Quiero hacer una película que los cautive y cuando chorreen ese jugo de placer, tengan que estar sentados, por no poder moverse hasta enterarse de cómo termina. Quiero hacer una película así”, le comenta, para convencerlo, al fenómeno de actor que trata de contagiar de su gusto… (busque la película y véala ya). Hoy es otro el dilema. Actualmente la industria se enfrenta a un gran cambio. ¿Quién compra porno teniendo internet? A pesar de ser una de las cosas más buscadas en línea son

“pocos” los que pagan por ella. Los actuales directores le apuestan a la imagen erótica, a la narrativa y a sus actores. Se realizan más cortos, pero con una mejor calidad, tenemos el caso de Grays provocatior, (http://graysprovocation. com/ ) en que nos da un flash de su trabajo, generando las ganas de mirar más y así comprar sus producciones. También está la directora del porno Erika Lust, que se califa a sí misma como directora de cine X y feminista, ya que en sus películas la mujer no es objeto, sino el eje temático de su universo. Lust ha emprendido un proyecto llamado Xconfessions (http:// xconfessions.com/), una especie de caja de Pandora a la que le caben todas las fantasías del usuario. Ella las revisa meticulosamente, y la que más le gusten son llevadas a cabo. Lo cierto es que la pornografía es algo muy íntimo, algo que juega con la mente y tus perversiones. Hay tanto porno con sus respectivas categorías, como gustos y fetiches tenemos. Cada uno tiene su ritual para sentarse a verla y disfrutarla. ¿A usted, cómo le gusta? *

Faviola Llamas

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X de sexo

La pantalla global. Cultura mediática y cine en la era hipermoderna. Lipovetsky, Gilles y Serroy. Anagrama, Barcelona, 2009

por Lipovetsky y Serroy

En su más reciente libro en colaboración, La pantalla global (L’ écran global, Du Seuil, 2007), Gilles Lipovetsky y Jean Serroy abordan por su puesto el tema de la pornografía desde su perspectiva del discurso del hipercine. Y aunque sólo lo describen, vamos viendo (en este extracto, al que se le tuvo que enmendar la plana, descortesía de Anagrama) cómo se toma nuestro tema del mes desde la sociología aplicada a los medios masivos de comunicación a través de la mirada de la postmodernidad más desesperantemente espantada de lo que ve.

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La violencia y el sexo en el cine siguen el mismo destino de lo extremo. Si la primera se despliega de forma hiperbólica, el segundo se muestra en una espiral de exceso orgiástico. Ya estamos lejos de la liberación sexual de los años setenta, lejos de la sensualidad ligth con pretensiones chic de Emmanuelle (Jaeckin, 1974), lejos del porno con pretensiones electrochocantes de Exhibition (Davy, 1975). Estamos en los tiempos de la democratización, la legitimación, la proliferación del sexo duro. No hablamos del cine “sucio” a la antigua, avergonzado, furtivo y destinado a una minoría, sino de un género nuevo, con actores profesionales conocidos y reconocidos (los “sementales” y las “cachondas”) y dirigido a un público de masas: la industria del porno estadounidense produce unas 10 mil películas al año con un beneficio mayor que la producción hollywoodense. Y no ya las X, sino las XXX hiperrealistas e hipertróficas que presentan las prácticas más extremas, como los gangbangs y otras multipenetraciones en primer plano. Después de “la parte maldita”, cara a Bataille, la parte del teleobjetivo libidinal. No ya la transgresión, sino la exacerbación pura e ilimitada de los órganos y de las combinaciones eróticas. Exclusión radical del sentido, de la afectividad, de lo racional: sólo queda lo híper. A este respecto el porno se presenta como una representación de la época del hipercine que se abandona al maximalismo, al enseñarlo y verlo todo, como corresponde a la escalada posmoralista de la supereficacia y el sexo en abundancia. […] En esta época que inauguramos aparece incluso en los más puros productos hollywoodenses, durante mucho tiempo gobernados por leyes rigurosas y puritanas que medían el alcance de los escotes y prohibían cualquier asomo de vello íntimo. Pero ahora, Sharon Stone separa las piernas en Bajos instintos (Verhoeven, 1992) y todo el planeta se inflama. La lujuria triunfa por


doquier… Lo que estaba reservado al dominio X se ha transformado poco a poco en moneda corriente. Ahora se hacen intercambios de pareja, sodomizaciones, copulaciones, masturbaciones, felaciones e incluso autofelaciones en directo. Virgine Despentes y Coralie Trinh Thi anuncian (con el comienzo del nuevo siglo su producción fílmica que a más de uno le hizo levantar la ceja), Baise-moi (2000). La directora Catherine Breillat, vinculando feminidad y conquista del placer, recluta a Rocco Siffredi en Romance X (1999) para que satisfaga como es debido a la protagonista. En Ken Park (2003), de Larry Clark y Ed Lachman, aparecen adolescentes haciendo el amor en pareja y en trío y al final eyaculan sobre la pantalla. En las sombras nocturnas de un club neoyorquino donde el sexo refleja el deseo desenfrenado de vivir después del 11 de septiembre, vemos en Shortbus (Cameron Mitchell, 2006) a heterosexuales, gays y bisexuales –actores voluntarios– amándose de todas maneras y en todas las posturas posibles. La época en que los actores simulaban ha cedido el puesto a un cine nuevo en el que ya no basta con representar y donde hay relaciones sexuales auténticas delante de la cámara. Hipersexo, hipercine: en la era del híper, la comedia de Eros ya no es totalmente comedia. Las antiguas fronteras que separaban la simulación y lo real se han salvado en beneficio de una hiperrealidad videolibidinal. […]

En 2007, productores sensibles al espíritu de los tiempos lanzan Destricted (vv.aa., 2010), una película con la que quieren dinamitar las fronteras entre cine y pornografía y que consiste en siete cortos de diferentes directores que, derribando las barreras, muestran que incluso el arte más exigente expresa el sexo por sí mismo y sin rodeos. Amor, siempre; pero sexo, cada vez más, símbolo del placer extremo, metáfora del éxtasis de ser otro, sueño de la liberación de los grilletes de la vida cotidiana. Crash (1996) dice el título emblemático de la película de Cronenberg en la que se dan cita la velocidad, la violencia y el placer. No se puede explicar este auge del sexo hiperbólico apelando sólo a la lógica comercial. La realidad es más compleja. Hunde sus raíces en la revolución cultural de los años sesenta, en la transformación de las costumbres, la desaparición de los tabúes, la amoralización del referente sexual. Con esta diferencia más o menos radical, allí donde la modernidad se basaba en la reivindicación emancipadora, la hipermodernidad se basa en la normalización consumidora. […] El exceso ya no se siente realmente como exceso. Se ha asimilado y normalizado, al mismo tiempo que se ve arrastrado a una huida hacia adelante: tras la liberación de los cuerpos, viene la liberación de las imágenes y de las palabras que hablan de erotismo, de lubricidad, de Sodoma y Gomorra. La disolución del “no” transgresor ha abierto las puertas a las exageraciones de lo híper. *

MR. FILME

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Confesiones de un consumidor de porno

El encuentro de un transparente día en la vida salvaje de un hombre cuyo declarado derecho es confesar que ama la pornografía... compulso, maníaco, íntimo y loco.

La vagina, tal y como la conocí

por vez primera, era un triángulo invertido de espuma negra que se asomaba de entre las piernas de una señora. Yo entonces era apenas un párvulo de siete u ocho años. Su imagen vino a mí impresa en un ejemplar de Playboy propiedad de mi abuelo. La vagina era de María Conchita Alonso. Antes de este episodio ignoraba el aspecto de la vagina. Mi abuela, tías y madre, con las que compartía el modesto hogar, siempre mantuvieron en alto el digno sentido del escrúpulo al no mostrarse jamás descubiertas de esa zona. Con los senos no había tanto recato. Y aunque la educación familiar que se me indujo siempre estuvo fuera de la gazmoñería católica, ahora que lo pienso, la ausencia de una moral que fungiera por lo menos de contención, aunada al recato y la cautela procurada, ha sido el corto circuito de mi existencia, pues bien, un fatal error. Fue después de ese primer encuentro, distante, estático y vulgar, que una obsesión comenzó a fraguarse en mí. El cuerpo de la mujer habíase trocado en un enigma existencial. Los resquicios incógnitos de lo corpóreo femenino

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acaparaban la totalidad de mis reflexiones infantiles. Tenía que ir más allá. Me di a la tarea de rastrear entre el montón de la colección prohibida, única herencia del abuelo, más revistas así. Para mi asombro, encontré una que escapaba a la usual ligereza de las demás. Se trataba de la publicación mexicana La Maestra, que mostraba como modelos a mujeres comunes y corrientes en habitaciones paupérrimas. Entre las páginas de dicho número, había una foto en brutal close-up de una vagina lampiña como nunca la había visto. Pliegues cavernosos, tonalidades oscuras y rosáceos en dermis escamosa. Debo confesar que al verla un sentimiento de repulsión al mismo tiempo que de fascinación anidó en mí. Me volví loco. Me era difícil coordinar la confusión entre tan fuertes y contrarias sensaciones. Reparé que nunca en mi corta existencia una imagen me había provocado eso, hasta el grado de activar reacciones físicas palpables. Estaba de cara a la erección. Espantado, arrojé aquél folletín detrás de un mueble. Los días posteriores estuve enfermo de fiebre de angustiosos delirios sobre la mujerzuela desgarbada de esa vagina amada mía. (Continua pAg. 16)


Iranyela


Es en plena pubertad, después de numerosas revistas pornográficas, que mi búsqueda hacia una teleología erótica se afirmó como sino. Mi alma no descansaba, pues quería sacar a ese objeto de deseo de la inercia. Verla actuar, palpitar gozosa de vida. Intenté espiar a mis tías y a mi madre en la ducha, pero fui aprehendido (a mi abuela no, de verdad que no). Fue así que con mis penosos ahorros me decidí en conseguir una película VHS de las que vendían afuera del metro Zapata. Escogí la que a mi parecer mostraba en la portada a una linda joven con un portentoso miembro masculino llenando toda su boca. Esperé con paciencia la oportunidad en la que pudiera disponer de tranquila soledad en casa. Llegó por fin ese día. Uno de los más emocionantes y definitorios, pues justo coincidía con que aquella noche fui convidado a una fiesta estudiantil. Me dispuse entonces a ver esa película yo y mi líbido más expandido. Absorto como antes, pero ahora entregado a los efectos de la embriaguez vertiginosa de las imágenes en movimiento es que pude ver en ese filme las formas más extravagantes de copulación que hay entre hombres y mujeres. Hubo un episodio en particular que captó mi atención. Se trataba de una altiva mujer de cabello negro y tez blanquecina que era penetrada por un hombre mientras que ella le propinaba una felación a otro. Creo haberme masturbado más de doce veces al hilo. Es bella la juventud, su vigor y arrojo, pues después, gracias a algo que en mí indicó el limite de la faena concupiscente, me dirigí hacia a la citada fiesta de los compañeritos del colegio, sin más. No iba motivado con ninguna intención más que la de la curiosidad. Al llegar me encontré con un amigo que, igual de precoz que yo, pero en otras artes, había contrabandeado una botella de ron, la cual iba repartiendo con discreción entre el grupo a costa de que no se percatara la gente mayor de la casa. Ya pasadas algunas horas, una chica de cabello negro, facciones afiladas, tez blanca, se acercó y me espetó con etílica decisión. -¿Quieres ser mi novio de hoy?- me preguntó. Este gesto me perturbó de varias maneras, pues jamás una chica me había abordado así y con semejante propuesta. Respondí que sí, casi tartamudeando. Nos besamos con todo y lengua. Fue mi primer beso y me enamoré. Transcurrida la noche nos dimos otros besos más y al final compartimos teléfonos. Para mi lamento, ella me dio un número falso. Nunca pude encontrarle el rastro o alguien que me diera pista de cómo dar con ella. Se llamaba Ruth. Tras ese excitante día y por el conjuro de los hechos es que caigo en cuenta de un algo que operó en mí psique y me determinó para siempre. A Afrodita me encomendo. Ese día mi percepción hacia el cuerpo de la mujer, la excitación física de la pornografía, el sexo en su mayúsculo fenómeno; la calidez, sorpresa y ternura de un primer beso de romántica excepción cristalizó en un cosmos estético del que nunca podré desprenderme. Pero será el gesto de haber sido utilizado en un fugaz instante por un ser insospechadamente amado el que selló ese crisol. A partir de entonces veo porno con vehemencia en espera de enamorarme en algún momento. Ahora soy un obcecado internauta del porno, como muchos.

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Visito todas las categorías del Pornhub, YouPorn, Redtube y de sitios de pornamateur para practicar una exégesis de los genitales femeninos. He de decir que me atraen especialemte las mujeres de cabello negro y piel clara. Estoy atento a los nuevos videos de Olivia Olovely, Rebeca Linares y Madisson Parker; y sigo fantaseando con Maria Conchita Alonso y la mujer anónima, asquerosamente preciosa de aquella edición de La maestra. He derrochado una cantidad incalculable de semen frente a la pantalla, pero también he tenido las experiencias sexuales más desquiciantes que cualquier otro fantasea incumplidamente en su arrinconado e ilusorio eterno matrimonio. Desde el threesome, hasta el gangbang, pasando por el foot worship slavery, la clismafilia, el facesitting, el copro ( con vidrio, sí, aún soy un poco mojigato), el boundage, el homo, la electrocución con cadenas y más. Vivo en esta pornotopía de la que el sistema timorato del amor eterno me ha expulsado. Lo celebro, no obstante. El cine de mayor estésis, de mayor incidencia física, es la pornografía, al que he de agradecer y culpar la gran ausencia emotiva para llevar a buen término mis relaciones amorosas. A menos que vea en un filme a una jovencita de cabello negro, esbelta, de tez blanquita, enfiestando y dándose unos besos con algún desconocido. Es ahí cuando también se me para y pierdo, de nuevo, la cordura. *

Opiano Marciano Materllo

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Hacia una fenomenologia del porno Toda manifestación tiene su sentido último. Y todo sentido, su intérprete que deja traslucir o solapar la sustancia primordial del efecto originario. El porno y lo que detrás de éste viene es materia dispuesta para los que se quieran acercar de manera cierta y seria a él desde sus pantallas. Hoy presentamos estas notas dispersas aunque exactas de lo que puede llegar a sentirse además a partir de lo que nos reúne este mes en F.I.L.M.E.

1 El juego de la pornografía es una apertura, una disponibilidad alejada de las experiencias cotidianas en las que el individuo mantiene ciertas barreras que lo mantienen aislado, protegido. Dicha apertura generaría una sensación de incertidumbre, peligro, vulnerabilidad al ser experimentada, pero el planteamiento de este tipo de representaciones sexuales convierte esas reacciones en una dimensión alterna en la que no existen los peligros. Sólo el placer, no hay consecuencias más allá de él. 2 Es en el fenómeno de la pornografía que tenemos la posibilidad de trasgresión, un escape a la libertad que siempre ha sido anhelada, reclamar el soberano derecho de ser un disoluto. Entrar en el juego es levantar la cortina de las prohibiciones sin eliminarla, saber que se entra temporalmente en un terreno sin normas por seguir, con la posibilidad de volver. Los seres se encuentran, se conectan, se rozan, chocan violentamente, dejan de estar recogidos en su individualidad, destruyen el abismo que existe entre unos y otros para unirse por un mismo objetivo fruitivo. Colisión con una manifestación hiperrealista del sexo. Videos con imágenes superlativas de las potencialidades del cuerpo. La escena, como un espacio que separa al espectador del actor, desaparece y sin percibirlo se está participando de la acción, del tacto, del sonido generado por la fricción, los fluidos, los gemidos. El sujeto se transforma en carne y sus sentidos se hallan tan cercanos, que pasa a formar parte de la composición (efecto exacerbado en la pornografía gonzo en la que incluso el camarógrafo participa en el acto sexual, lo cual permite al observador encontrarse con planos subjetivos y una sensación de observación participativa). La fusión del ser corpóreo y sensitivo con el imaginario presentado conecta la animalidad con lo

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racional, la atracción sentida por la actividad sexual más allá del instinto reproductivo. La delgada línea entre lo “real” y aquello que va más allá de eso, está determinada por el filtro de las apariencias, que guardan un secreto. El momento en el que se revela lo oculto resulta violento para los observadores, pero es una violencia generadora de placer. La obscenidad vive cuando las apariencias mueren.

3 La pornografía es un eterno retorno, un incansable repetir situaciones, repetir el mismo acto, reiterándolo a través de distintas representaciones. Cambian el escenario, las tomas, los actores, por lo que es posible creer que se está ante fenómenos completamente diferenciados, pero el trasfondo sigue siendo el mismo en todas las presentaciones que pueda existir. La pornografía es producto del instinto primario de la búsqueda del placer, un retrato crudo de la realidad aumentada. Una exacerbación del acto sexual como es experimentado particularmente por el espectador. Lanza un reto a realizar los deseos más profundos, liberando al sujeto de ataduras convencionales y empujándolo hacia un abismo incierto de sensaciones. La construcción plástica ayuda al acercamiento. Lo vuelve tangible, posible, próximo. Es sencillo imaginar que los escenarios vistos en la pantalla sean en los que se desarrolla la acción cotidiana: la casa propia, el trabajo, la fiesta del fin de semana, la habitación en la que se duerme, el auto que se conduce. La excitación proviene en gran medida de las posibilidades de repetir lo observado en la vida diaria. 4 El juego termina dejando atrás las permisiones. Vuelve la individualidad, el repliegue. Sólo queda alejarse de una dimensión posible e intentar cerrar los ojos manteniendo vivas las sensaciones que se han instalado en la mente. El placer momentáneo se esfuma. Los músculos aún están tensos. Las imágenes terminan, pero la prolongación de la experiencia radica en la reincidencia o en la práctica si logramos traspasar el límite de lo gráfico para volverlo una realidad corpórea. *

Natalia V. Luna

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Postpornografia Apareció una colegiala en el horario nocturno del

Golden Choice, que por desobediente se había quedado hasta tarde en el salón de clases mientras uno de sus maestros le acariciaba suavemente la entrepierna por debajo del pupitre. No cambié de canal, y me convertí en testigo voluntario de lo que sucedió aquella tarde entre el avejentado docente y la descarrilada Lolita. El siguiente martes, a la misma hora, volví a atrancarme en el cuarto, con la esperanza de que el Golden me ofreciera una historia similar. Afortunadamente sucedió, y fue entonces que presencié lo que pasaba en las otras aulas, pero no sólo eso, luego también sucedieron cosas en la sala de masajes, con la niñera, con la vecina, con la doctora, con la secretaria, con la sirvienta y... bueno, un sinfín de situaciones (chafísimas) que hacían del martes un día cáustico cada vez que mi familia se quedaba dormida temprano y yo veía la oportunidad de encerrarme en el cuarto de la tele, muteando el volumen cuando el placer se propagaba a través de las bocinas. Jamás se dieron cuenta (espero que no leas esto, mamá), me ahorré la vergüenza y seguí viendo porno ya en mi propia casa, con mi novio, en el hotel, sola, con alguien más… sin tener que encerrarme tras la puerta, ni estar al pendiente de los insomnes. Lo que pasó después no sé exactamente de dónde vino, pero a veces sucede que lo que tanto te gusta comienza a incomodarte para mal, y así me pasó con todos estos vídeos, al grado que decidí bajarme del tren. No sé en qué momento precisamente, seguro fue cuando todas esas imágenes que en un principio parecían tan lascivas –dignas de la clandestinidad– comenzaron a desdibujarse, a quitarse la manta de lo obsceno y develar historias más bien parcas, protagonizadas por un monótono vaivén inguinal que me hacía dudar si estaba viendo Youporn o incipientes escenas de apareamiento en Animal Planet. Una literalidad tal, que en ocasiones sentía que podía estar ante una clase de anatomía. En fin, lo que más me costaba trabajo era no reírme ante la inverosímilitud de las mujeres-pop-neumático que sobreactuaban un orgasmo mientras el semen se colisionaba contra su cara y contra sus enormes tetas; o el falso placer de la estudiante, la doctora, la masajista, la niñera y de todas las demás al hacer cualquier cosa que el acompañante masculino deseara. No me estaba convirtiendo en moralista, simplemente estaba frente a una fantasía que ya no me correspondía y que siempre se planteaba

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bajo una misma estructura narrativa: penetración-destino, eyaculación-final. Como resultado, mis bragas comenzaban a secarse. Tenía que haber otras opciones que dibujaran un deseo que sí me interpelara, ¡por favor!, la sexualidad no podía estar tan acotada. ​Afortunadamente encontré a la Postpornografía: una declaración de guerra no sólo en contra del metarrelato del porno tradicional, sino contra la representación tradicional de la sexualidad humana. El objetivo: trastocar la forma en la que pensamos nuestro propio cuerpo, nuestro propio género, deseo y libido, a partir de imaginarios sexuales subversivos, que fracturan y tratan de resignificar la manera en la que cogemos (subjetiva y objetivamente). Nada simple, y tal vez utópico, pero mientras tanto, el postporno camina, y con el paso es que va generando experimentos audiovisuales que sí manifestan diversos deseos, algunas veces discretos y llenos de ternura, y algunas otras inquietantes y abyectos, dignos del ojo de Sade o de Bataille. Un ejemplo: Ellin Marguson hace un ensayo audiovisual postpornográfico con dos cuerpos totalmente cubiertos por una tela casi blanca; son siluetas sin rostro que juegan las veces de una pantalla vacía, en la que es posible proyectarnos y tener un rol en este diálogo del tacto, el mismo tacto infame que transgrede los límites de este vestido claustrofóbico y convoca al deseo a través de una latente promesa de desnudez, mientras se perpetúa en la memoria de la tela el recuerdo líquido del faje. El porno tradicional (ese que descubrí la primera vez en Golden Choice) es la imagen de una fantasía sobre la masculinidad mítica, que existe y tiene todo el derecho de ser representada. Este texto jamás estaría inclinado hacia su censura, sin embargo, como texto, sí trata de recalcar la necesidad de difundir otras representaciones de la sexualidad humana un tanto más imaginativas y pervertidas, que propongan distintas formas de coger y de hacer el amor, de tocar, de penetrar y también de terminar. ¿Dónde más podemos besarnos?: detrás de la oreja, en el párpado, en la cintura, justo en el glande, o en la entrepierna, resbalando los labios, para después acariciar el clítoris con la punta del pene, o con la punta de la nariz. ¿Por qué no? Después de todo, como bien dijo la Kruguer, tu cuerpo es un campo de batalla. *

Si quieren ver más formas de hacer Postpornografía y explorar(se), acá algunos links: Página oficial de Erika Lust, directora de cine erótico: http://vimeo.com/erikalust

Mi sexualidad es una creación artística, documental: http://vimeo.com/18938067#at=0

Annie Sprinkle, página oficial: http://anniesprinkle.org/

Dirty Diaries, película de cortos Postpornográficos: http://www.miaengberg.com/dd/

Corto de Skin: http://vdownload.eu/watch/9840316-skin-by-elinmagnusson-from-dirty-diaries.html

Miriam Matus

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Precoces notas de pornografIA

Y ya en las antípodas del mes pornográfico, presentamos, del ronco pecho de una crítica y realizadora de cine, unas pinceladas abstractas en torno a lo que para ella significa haber sido una espectadora cultural de esa manera de hacer cine también. Escogimos ilustrar esta nota con un cuadro sacado de “El último tango en París” (Bertolucci, 1972), pues sentimos esa pieza fílmica muy cercana a lo que busca expresar el texto aquí contenido.

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Modelo de reapropiación de las

imágenes que se convierten en parte de memorias infringidas por el estereotipo de una caricatura viral. Reacción, mancuerna, tornillos, ingeniería fáctica, erótica, sexual e infame. Uniendo el punto A con el punto B, haciendo una metamorfosis hasta llegar al clímax, descolorida textura de piel de sirena. Multifacético vaivén por el continuo inerte, maquinaria corpórea. Estimulando… La cantidad grandiosa de carne, el espacio oscuro de la cerradura para mirar, regresamos a la inquietud infantil para acceder al juego virtual. Nada pide. Todo lo ofrece. Lo suficiente para llegar al destino, excitación y desenlace. Donde la ansiedad recupera la fuerza, convirtiéndose en reina sin corona. Estás a un solo un clic de reanudar la experiencia. Piernas que abrazan un cuerpo, que ha dejado de ser singular, ahora pertenece a los fluidos. Estándar predeterminado por la moralidad de lo correctamente sexual.


Nadie escapa de la postura en picada, que recibe gozosa la saliva compartida, de diferentes bocas, de diferentes sexos, porque de vaginas y penes están llenas las estanterías de los poetas. La danza sexual coreografiada por orgasmos y eyaculaciones programadas, la falsedad de un cuento es en su encanto: el sexo. Un espectáculo final, bañado por un guión, rodaje, y repetición, la playlist generosa. Pero también existe otra pornografía, esa que nunca será censurada en redes sociales, la cual no transgrede a simple vista, pero que cala más. Lo aparente no es fondo. La pornografía sentimental, bajo la misma mecánica del estímulo-respuesta también satisface los sentidos, perpetuando los sonidos cadenciosos de la palabra “romance”. Esta idea es vendida al género femenino (en su mayoría), presente desde la infancia bajo las historias de princesas, hasta

las chick-flicks o comedias románticas. Historias rosas y tramposas, que perpetúan un símbolo ideal. Al final nos exponen la misma playlist generosa, que se termina justo cuando la reproducción ha contado su relato. Es inevitable hacer una comparación entre las diferentes pornografías, ambas parten de la ficción, de este juego de la representación en parte construye el rol del yo. Detonando en figuras de hombres y mujeres desnudos, caminando sobre el asfalto de las expectativas que chocan entre sí, por falta de ser intencionalmente opuestos y expuestos. La pornografía sentimental es más perversa. Las fantasías acarician la trascripción táctil, a medida que la pornografía se vuelve más próxima, más accesible, pierde ese rasgo transgresivo y es aquí donde quizás podríamos indagar, sólo para abrir boca sobre lo no aparente, orgasmo auditivo, orgasmo visual, interior. *

Veronica Ramirez

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Porno silente mexicano en la Filmoteca de la UNAM Entrevista a Rafael Aviña

Desde la década de los sesenta, la

misión de la Filmoteca de la UNAM ha sido rescatar, restaurar y preservar el patrimonio fílmico y así propiciar el enriquecimiento de la cultura cinematográfica entre la comunidad. Por ello, hoy es considerada el archivo fílmico más importante de América Latina. En 2010, el crítico de cine Rafael Aviña destacó en la publicación Filmoteca UNAM. 50 años un apartado que interesó por su contenido y por la información de fuente primaria que brindó, en el cual aseguró que la institución resguarda cerca de 30 cortos hardcore de aparente producción nacional, cuyos relatos breves y directos no tienen otra premisa que el acceso inmediato a los placeres de la cama. El cine porno es tan antiguo como el cine documental o los primeros trabajos de ficción —afirma en una entrevista realizada vía correo electrónico el también consejero de la Filmoteca—, era cuestión de tiempo nada más para que en México se realizaran trabajos audiovisuales de este tipo. Más que pioneros, los realizadores mexicanos, eran buenos negociantes que vieron un eficaz filón para obtener más ganancias económicas.

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En estos cortos el erotismo está muy ligado al humor, algo que en esencia no ha cambiado en la industria del cine porno mundial. Según Aviña, el material pornográfico llegó, por un lado, en un lote de películas de nitrato en mal estado adquirido en el Mercado de la Lagunilla, por otro, a través de una donación anónima de una familia acaudalada; por cierto, este último lote se donó con un aparato de proyección de la marca Pathé de 9.5 mm con perforación al centro. Ocultos bajo burdos y vulgares seudónimos, realizadas entre 1926 y 1950 se concentraban principalmente en los desnudos femeninos y en la explotación de las fantasías masculinas: escenas lésbicas, la actitud sumisa de la mujer, imágenes homosexuales y la burla-crítica de la moral exacerbada, afirma el investigador. Debido a las condiciones de iluminación requeridas en aquella época, la mayoría de estos cortos están filmados al aire libre o en habitaciones iluminadas presumiblemente con luz exterior. La técnica es muy simple: tomas fijas, algunos medios planos, rara vez un primer plano o close up.


Fue durante un Festival Internacional de Cine de Morelia, que esta treintena de cortos se exhibieron por primera y única vez hace algunos años, con el anuncio de que se trataba de un ciclo de cine erótico de la Filmoteca de la UNAM. Lo curioso, afirma Rafael, es que cualquier investigador que defina un proyecto de trabajo con sus respectivas cartas de la institución, fundación o editorial puede tener acceso a estos materiales. En lo personal, creo que la Filmoteca debería de mover más este material con sus respectivas limitaciones de acuerdo al género hardcore. No obstante permea la idea de que existen materiales aún más interesantes y notables y creo que Filmoteca no desea que se le ligue únicamente a estos cortos porno, de ahí su exhibición restringida, manifiesta el crítico de cine. Actualmente no hay ningún proyecto por parte de la UNAM que involucre a dichos cortos, sin embargo, ya se hizo una tesis de maestría a cargo de Juan Solís, está en proceso una tesis de licenciatura, varias entrevistas y documentos alrededor de este tema. En breve, Rafael Aviña editará un libro sobre el cine erótico y sensual en nuestro país y con él se sumará más información al respecto. Todos estos documentos pueden consultarse a su vez en el Centro de Documentación de la Filmoteca, a cargo de Antonia Rojas. En cuanto a las referencias técnicas e históricas sobre el material audiovisual que aparece en los créditos son escasas y no aparece información sobre el director ni el equipo de rodaje. Sólo en los

cortometrajes se pueden observar ciertos regionalismos en los títulos, distintivos dibujos y un singular vestuario: sombreros mexicanos, trenzas. Acerca del apartado en el libro conmemorativo de los 50 años de la Filmoteca de la UNAM, Aviña pondera que era de suma importancia destacar esa doble moral típica y que tan bien representa el cine porno. Asimismo, las películas hablaban de la represión sexual y de la negación del placer típica de las religiones judeo-cristianas predominantes en aquellos años en el país. El cine, en general, es una representación importantísima de la cultura; el cine porno como un género fílmico es parte de la cultura popular. Rafael Aviña concluye que el cine es una ventana al mundo, al pasado y al futuro: Las imágenes, nuestras imágenes, hablan de quiénes somos, quiénes fuimos, a dónde vamos, cuáles han sido nuestros alcances. Al ver estos materiales no podía dejar de pensar en ese México de entonces con su moralidad intachable y buenas costumbres. Todo ello está a su vez en el cine de la época de oro pero sin sexo explícito, exhibe. Los 30 cortometrajes se suman a los más de 40 mil títulos que resguarda actualmente la Filmoteca, aunados a las numerosas colecciones, entre las cuales destaca la de fragmentos documentales como los de la Revolución Mexicana y otros que van desde la llegada del cine a nuestro país, a finales del siglo XIX, hasta finales de los años setenta del siglo XX. *

Jazmín Bonilla

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La explicités de 9 songs

Hay películas que, siendo flojas, recurren a la utilización

de escenas obscenas para salvar la falta de interés de su nudo argumental u otros aspectos fallidos. Así, en vez de volverse un fracaso en taquilla, la gente comenta sobre las escenas explícitas que en ella aparecen y acaban Si usted ha estado enamorado teniendo más recaudación que la que hubiesen tenido sólo es porque ha compartido con la coherencia de todos los elementos de la obra. canciones íntimas con Estas películas se vuelven entonces “pornográficas”, alguien, conciertos porque finalmente es por sus escenas de sexo que la masivos que le han dado gente va a verlas, es la relación que se crea entre el experiencias multitudinarias espectador y la obra fílmica. e íntimas a la vez, cama Sin embargo existen películas como 9 songs y sus consecuencias. “9 (Michael Winterbottom, 2004) que, a pesar de estar songs” de Winterbottom – construida por escenas explícitas (que si se viesen de en México, “9 orgasmos” manera aislada serían consideradas pornográficas), nos (aunque sólo se cuentan 7.5 es imposible concebirla como porno, pues en su conjunto auténticos)– resultó ser un llevan toda la importancia del nudo argumental. Creo desenmascaramiento del que en el momento en el que el espectador establece amor intercontinental entre otro tipo de relación con la película, más allá de una dos individuos perdidos en el simple excitación, da a pie a cuestionarnos el porqué siglo que comenzaba en 2004 de aquellas escenas, qué importancia tienen y cómo para ellos. cambian el discurso expuesto. En 9 songs es a partir de estas escenas que conocemos a los personajes, como individuos y como pareja. Las relaciones sexuales son una parte muy importante de las relaciones amorosas y muchas veces, en su desarrollo, reflejan otros aspectos de la relación. 9 songs narra la historia de amor entre dos personajes con base en dos momentos que van repitiéndose a lo largo de la película. Por una parte están los conciertos de rock y por otra el sexo. Las representaciones del coito están tratadas en paralelismo con imágenes de la Antártida, en las que el protagonista explica, apenas empezada la película, las similitudes que existe entre una cama y el desértico terreno antártico, donde al mismo tiempo se contagia la claustrofobia y la agorafobia.

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El filme de Winterbottom muestra la relación entre un británico y una americana que está viviendo en Inglaterra durante una temporada. La historia de amor a pesar de ser ficticia (pues los actores no se conocían, ni mucho menos tenían una relación amorosa), se comienza a vivir como una realidad, pues los actos sexuales que aparecen en pantalla no son fingidos sino verdaderos. Hay una gran originalidad en haber escogido “el acto sexual” como un punto base y clave en el desarrollo de una relación. Las escenas sexuales ayudan al espectador a entender la relación que se crea entre ambos personajes y su evolución hasta el rompimiento. Una vida sexual que fuera del acto en sí es mucho más compleja de lo que parece, en la que se ven envueltos los sentimientos de ambos (cosa que queda excluida del porno). En

la vida real, los actos románticos suceden mucho más veces en la cama de lo que generalmente nos muestran como representaciones del amor en las películas: correr por la playa, compartir una comida, ver el horizonte y demás clichés. Winterbottom tiene al romantisicmo como sentimiento e irracionalidad, subjetividad y libertad del artista frente a toda regla. Así, contando la historia a manera “porno”, transgrede la convencionalidad a la que hemos llegado en las representaciones del amor en el cine (dado que en la literatura hacía mucho tiempo que esto ya había sucedido). Las escenas del acto amoroso están tantas veces repetidas que deja de ser obsceno, porque las imágenes crean una nueva relación con nosotros como espectadores, con su realidad, dan pie a que la historia de amor sea real también. (Continua pAg. 28)

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Entiendo las metáforas que se plantean y que hablan sobre el amor y lo efímero de su naturaleza (con el iceberg). La comparación que existe entre un espacio físicamente abierto y el estar sentimentalmente expuesto a cualquier cosa. Sin embargo, las imágenes de la Antártida, a pesar de estar incluidas como una manera de poetizar el amor, representar lo sentimentalmente expuesto que está el hombre y ser realmente bellas, carecen realmente de algún sentido dentro de la trama narrativa. Creo que si hubiese tenido más presencia en la historia de los personajes, quizás no quedaría tan fuera como lo hace ahora. Por otra parte, los conciertos que aparecen en la película tienen directamente que ver con el tiempo en el que se realizó, así como con el autor, con los personajes a los que retrata y además va de la mano con la historia que están viviendo. Las bandas que aparecen son algunas inglesas y otras estadounidenses (las nacionalidades tanto de los personajes como del cineasta) constituidas desde principios de los ochenta hasta principios de los dosmiles. Los primeros conciertos son de rock alternativo y le dan a la relación una sensación de vivacidad: The Dandy Warhols, Franz Ferdinand,

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Elbow, Primal Scream se suceden en picada, como el noviazgo, vertiginoso. A partir del sexto concierto se previene un desenlace, hay un cambio de tono, pues Super Furry Animals, un rock complejo, psicodélico, de experimentación electrónica, una música que en sí misma tiene constantes cambios de ritmo. Llegando hacia el final, el penúltimo concierto es de Michael Nyman, que no tiene nada que ver con los demás, pues Nadia, es una canción a piano, completamente nostálgica, nos prepara para lo que viene, para lo que va a dejar de ser. Y termina con una canción de Black Revel Motorcycle Club que dice repetidamente “Now she´s gone, love burns inside me…”, que emarca el sentimiento final de nuestro personaje masculino. Contar una relación amorosa a partir de su sexualidad es real, te involucra totalmente, participas de la acción. Me dolió cuando ella se fue, me pareció desgarrador cuando él vuelve a casa y está frente a su ordenador solo, en ese espacio en que antes habíamos visto tanto sexo, tanto amor, tanta experiencia. Nostalgia: es eso lo que logra transmitir la película con el conjunto de las imágenes tan distintas de conciertos, escenas de sexo y la antártica. Lo que hubo y no volverá a ser jamás. *

Gaby Amione


Una comedia porno terror i f ica

Los terrores del sexo persiguen

a todos hasta en sus fantasías más secretas. Las inseguridades están presentes tanto en hombres como en mujeres. Nacen desde el instinto animal que arde en el interior de los humanos. Este animal muchas veces parece que toma conciencia propia y posee a las personas como demonio y su único exorcismo es ser plenamente complacido. Frank Henenlotter representa a este demonio en Bad Biology (2008), personificado por dos aberraciones a la naturaleza, como cualquier monstruo en las películas de terror, deformes y sobrehumanos: Jennifer (Charlie Danielson) y Batz (Anthony Sneed), mujer y hombre unidos en el esperpento de sus órganos sexuales. La mujer tiene siete clítoris, es ninfómana e insaciable, y suele matar a sus víctimas luego de practicar sexo salvaje con ellas. También, al tener un aparato reproductor ultra-acelerado, da a luz a fetos deformes tan sólo dos horas después de concebirlos y los deja morir sin culpa alguna. Ella ha llegado a la conclusión de que ha sido creada genéticamente superior porque Dios mismo quiere coger con ella, y esa es la razón de su existencia. Y por el lado masculino, Batz, es un chico con un pene bestialmente enorme que tiene conciencia propia. Su vida diaria consiste en

luchar contra su verga por mantenerla bajo control, ya que ésta sólo busca sexo, en todo momento, sin importar nada. No está satisfecho ni con ver videos porno todo el día ni con una gigantesca máquina (parecida a un cinematógrafo) que usa para masturbarla. Esto hace a Batz tener que recluirse en su casa y buscar drogas desesperadamente para sedar a su compañero y tenerlo quieto. Lo único que desea es dejar de ser un esclavo de su pene. Jennifer y Batz son seres solitarios que se han excluido se la sociedad por ser diferentes. Viven sus vidas con un enfoque puramente sexual ya que su situación no les permite ser de otra forma. Son la personificación del sexo llevada al extremo. El caos se desata cuando estos dos curiosos individuos se encuentran. Jennifer ve en Batz su oportunidad de coger con Dios, no obstante el pene escapa y recorre la ciudad violando a chicas toda la noche, transformando este filme en uno que el mismísimo Hitchcock habría hecho en su pubertad libidinosa, con malos actores porno y bajo presupuesto. En esta historia sobresale un toque de parodia, con muchas referencias a películas de terror y varios clichés del sexo. Así es como Henenlotter expone una visión radical, terrorífica y cómica del sexo. *

Andrea Grain

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Lo que Shame también monta these vagabond shoes They are longing to stray Right through the very heart of it New York, New York Russ Meyer

Gore Vidal dijo en una ocasión que el único peligro de ver pornografía es que podía hacerte desear ver mas pornografía: podía hacerte desear no hacer nada más que ver pornografía Martin Amis

En el debate de cuánto podría afectar la adicción al porno la vida cotidiana de un hombre, encontramos a la producción de McQueen como la punta del iceberg. Se trata, esta nota, de abordar el tema de la mente y el alma perdidas de la civilización de las pantallas que a un click encuentran su satisfacción momentánea.

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Un tópico bastante sonado en los últimos años acerca

de la popularización del porno llevada a un acelere, la accesibilidad (casi) ilimitada de la pornografía en cualquier lugar y en cualquier momento, es que existe el riesgo de crear una adicción a ella por diversos factores, entre los que se encuentran (pero no están limitados a) el condicionamiento y la insensibilización que exigiría niveles mayores de estimulación sexual. Como consumidores de porno, podríamos decir que lo que buscamos es obtener esa deliciosa descarga de endorfinas de manera inmediata. Gracias al abaratamiento y a su accesibilidad de materiales explícitos, la posibilidad de dicha dosis de placer se pone en la mesa con un simple pestañeo. Dicen los expertos1, de manera un tanto ingenua me parece, que la compulsión por la pornografía se asemeja mucho a la del cocainómano, porque ésta estimula por plazos cortos la segregación de dopamina, lo cual hace que el usuario se “enganche” y cada vez exija más y más recompensas y dosis más fuertes. Sin embargo, me parecería pobre limitar la condición de Brandon Sullivan, el protagonista de Shame (2011), la segunda película de Steve McQueen, a un simple condicionamiento neuroquímico. Sin duda el personaje interpretado magistralmente por Michael Fassbender en este largometraje del otrora videoasta McQueen, se encuentra atrapado en una serie de conductas provocadas por su adicción a la pornografía, sin embargo creo que el desequilibrio de su vida no se encuentra en función de dichos materiales, sino que más bien su relación con ellos es una consecuencia obvia en un siglo XXI, donde la moneda de cambio son las autodestructivas relaciones afectivas (llámese familiares, amistosas, amorosas, laborales, etcétera).


aliado fiel de este inmigrante –que por cierto aparece como solvente y exitoso– en la metrópolis por excelencia (Nueva York), es también el único punto de fuga para un hombre que no puede o no quiere mantener ninguna relación, al menos no una que vaya más allá de lo pragmático. El antihéroe de Shame le teme a, y no puede lidiar con, la intimidad. Precisamente cuando su inoportuna hermana, Sissy, llega a alojarse con él, la acostumbrada soledad se destroza y él se ve contra la pared al tener que mantener un contacto estrecho, emocional y sentimental, con otra persona, en este caso un miembro de su familia con el que parece tiene algo pendiente. Para él es sencillo interactuar con una voluptuosa chica de webcam (gracias porno-reality/ amateur), por ejemplo, situación en la que se siente cómodo y puede ser él mismo. Pero ¿qué pasa cuando una compañera de trabajo quiere ir más allá? Tienen una cita, charlan, se interrogan sobre su vida y sus pretensiones: nuestro personaje no puede con ello, se nota incómodo y por supuesto dicha interacción se va al caño.

1 La adiccón a la pornografía, Naomi Wolf. Publicado en Publico.es el 1 de julio de 2011. 2 Traducción publicada en el sitio web de Letras Libres en abril de 2002.

Nos dice el novelista Martin Amis, en su artículo Un negocio duro2: Hay actualmente dos tipos de pornografía en Estados Unidos: Features y Gonzo. Features consiste en películas de sexo con algún tipo de deuda con la narrativa ordinaria: caracterización, trama. “No mostramos solamente a gente cogiendo”, dijo un ejecutivo de Features, “mostramos por qué están cogiendo.” Estas películas supuestamente están dirigidas al “mercado de parejas”. Las parejas, se afirma, quieren saber por qué está cogiendo la gente. El paso que ha dado Brandon, como representante de un mundo fuera de balance, me refiero a la sociedad occidental, es justamente el de perder ya no digamos el interés por conocer dichas razones por las que la gente coge, sino que ha perdido u olvidado la razón de su propia vida sexual. Las miradas furtivas, los (des) encuentros físicos con prostitutas, el coito con desconocidas, las tres o cuatro “chaquetas” al día, la constante búsqueda de pornografía por internet son paliativos para una poco sana soledad que se ha vuelto normal en la gris vida de Brandon. El porno no sólo se ha vuelto el

(Continua pAg. 32)

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Sin ninguna moralina, podemos decir que en la representación pornográfica las personas se cosifican, las incipientes relaciones se vuelven objetos. Precisamente el punto de Shame es “el uso”. No hay más emoción, el chiste es el utilitarismo; el porno, como objeto, sirve a un usuario. El porno es un objeto que se usa como satisfactor de una necesidad inmediata, claro está, el placer. En el siglo XXI la idea es no involucrarse. Lo que le da el porno a Brandon Sullivan es la oportunidad de no involucrarse como persona, no incluir ninguna clase de sentimiento ni empatía, se usa y ya. Esta actitud, con costumbre tal vez, la lleva hasta las calles, hasta sus coitos. El porno no parece haberlo condicionado, pero sí parece haber llenado un hueco que Brandon necesitaba cubrir. En las mil y un publicaciones impresas o páginas de internet que conocemos, con sus respectivas mil y un categorías y temáticas, el protagonista de Shame encuentra un ritmo de vida, encuentra una rutina así como un escape para un mundo que no tiene mucho que ofrecerle a menos que sea sexo rápido, sin limitantes ni mediaciones. Brandon exige estímulos, nada más y es a partir de ellos que él responde. La pornografía aparentemente carece de contenidos más elaborados o significados

en nuestra sociedad, es sólo

el medio por el cual recibimos satisfacciones. Uno de los reyes del porno por internet mencionaba en la miniserie Pornography: A Secret History of Civilisation (1999), que las personas se excitaban gracias anuncios, no por mirar cuerpos o por olores o sensaciones corporales, era gracias a un conjunto de colores y texto en pantalla. Estamos exigiendo, como cultura, estímulos sin más, no significados. Lo explícito de los materiales audiovisuales y multimedia es el patrón en el que Brandon se puede dejar ir de manera natural en un mundo totalmente “enchufado” a distintos tipos de dispositivos y redes. La intimidad es posible sin necesidad de establecer vínculos con otros, sin tener que compartir o escuchar las neurosis propias y ajenas, respectivamente, si lo único que se desea es un placer aquí y ahora. Los hermanos protagonistas son producto del mundo contemporáneo que exige todo rápido y todo furioso. A la chingada con la familia y a la chingada las charlas. Bienvenidos sean los placeres fortuitos. No importa quién sea, ni en qué formato, Brandon no necesita el calor de otro, ni siquiera precisa los objetos mismos, le basta con la imagen de éstos para pervivir. *

Julio César Durán

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Porno charro He aquí un valiente llamado de atención desde la Ciudad de los Ángeles por el porno de calidad en nuestro país. Una inusitada arenga a los creadores fílmicos industriales que sólo se atreven medianamente a asomarse desde una ventanita soslayada a este mundo prohibido.

Una de mis autoconsignas, que en ocasiones llega a

ser flagelante, es analizar al cine nacional. Y en cuanto F.I.L.M.E. puso manos a la obra en torno al porno, en un principio pensé en morderme el reboso y revisar cintas que en sus secuencias ofrecieran escenas que pudieran considerarse como porno blando. Películas como La mujer del pueblo (Rotberg, 2000), Asesino en serio (Urrutia, 2002), El búfalo de la noche (Hernández Aldana, 2007) o incluso Daniel y Ana (Franco, 2009), pero luego vinieron a mi mente obras con cierta carga erótica: Como agua para chocolate (Arau, 1992), El callejón de los milagros (Fons, 1995) o hasta Sexo, pudor y lágrimas (Serrano, 1999); finalmente, y por último, recordé las denominadas sexycomedias de la época dorada del cine de ficheras. Pero no. De un día a otro me encontré buscando películas pornográficas mexicanas de buena o mediana calidad entre cines para adultos, tiendas eróticas y puestos de piratas. Repasando en la mirada senos y falos descomunales tan falsos como las representaciones sexuales que se exhiben en los minutos de video que guardan. Leyendo títulos tan patéticos como Moteles y Chicas universitarias. Así me vi, y es que en mi natal Puebla, una de las ciudades más mochas del país (89.2% de población de creencia católica), me resultó difícil encontrar una cinta nacional de este estilo. Ni el Pardavé, ni el Colonial, ni el Teresa mostraban en sus carteleras, llenas de producciones gringas y europeas XXX, algún material resueltamente mexicano. (Continua pAg. 34)

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Una de mis autoconsignas, que en ocasiones llega a ser flagelante, es analizar al cine nacional. Y en cuanto F.I.L.M.E. puso manos a la obra en torno al porno, en un principio pensé en morderme el reboso y revisar cintas que en sus secuencias ofrecieran escenas que pudieran considerarse como porno blando. Películas como La mujer del pueblo (Rotberg, 2000), Asesino en serio (Urrutia, 2002), El búfalo de la noche (Hernández Aldana, 2007) o incluso Daniel y Ana (Franco, 2009), pero luego vinieron a mi mente obras con cierta carga erótica: Como agua para chocolate (Arau, 1992), El callejón de los milagros (Fons, 1995) o hasta Sexo, pudor y lágrimas (Serrano, 1999); finalmente, y por último, recordé las denominadas sexycomedias de la época dorada del cine de ficheras. Pero no. De un día a otro me encontré buscando películas pornográficas mexicanas de buena o mediana calidad entre cines para adultos, tiendas eróticas y puestos de piratas. Repasando en la mirada senos y falos descomunales tan falsos como las representaciones sexuales que se exhiben en los minutos de video que guardan. Leyendo títulos tan patéticos como Moteles y Chicas universitarias. Así me vi, y es que en mi natal Puebla, una de las ciudades más mochas del país (89.2% de población de creencia católica), me resultó difícil encontrar una cinta nacional de este estilo. Ni el Pardavé, ni el Colonial, ni el Teresa mostraban en sus carteleras, llenas de producciones gringas y europeas XXX, algún material resueltamente mexicano. Ni siquiera en La Fayuca, ni la Cuchilla (mercados de piratería) pudieron dar respuesta a mi búsqueda y mucho menos las llamadas sexshops de la ciudad lo lograron. Por lo que no me quedó más opción que recurrir a la red, al internet. Pero ¡oh, sorpresa!, me encontré con una nueva barrera, los buscadores sólo me arrojaron resultados de sitios que ofrecen únicamente videos porno, sin historia, sin argumento, sin guión, sin una estructura fílmica o, por otra parte, videos caseros, todos subidos alevosamente sin consentimiento de la fémina videograbada, generalmente.

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¿Pero es que acaso uno ya no puede disfrutar de un buen producto pornográfico mexicano? ¿Alguna vez esto fue posible? Al parecer no. A pesar de que la Filmoteca de la Universidad Nacional Autónoma de México guarda en sus anaqueles títulos tan añejos como El sueño de Fray Vergazo, que data de los años 20, (que narra un encuentro sexual con un sacerdote como protagonista, a todas luces desconcertante para la época, aunque por eso carezca de firma) no se tiene gran avance en este lado de la industria. Mientras que la pornografía asiática (principalmente Japón, Corea y China) y claramente la estadounidense (donde en 2008 se filmó la cinta porno más cara de la historia, Pirates II Stagnetti's Revenge, Joone) encuentran grandes ganancias económicas, la mexicana se encuentra lejos de compararse con ellas, en todos los sentidos. Por poner un ejemplo del impacto que tiene esta industria en el país vecino del norte, actualmente se está debatiendo, legalmente, la obligación del uso de condón por parte de sus estrellas, ante el descubrimiento de actores infectados por alguna enfermedad de transmisión sexual. Pero yendo al punto que nos concierne, sí, sí pude encontrar una película porno mexicana, al menos uno de los legendarios videohomes: Liliana y Lorena (Sosa, 1994). Esta barrabasada de 84 extensos minutos mezcla una pésima dirección con una nula interpretación, además por supuesto de nefastas fotografía, música, edición, etcétera. La historia, que va de lo risible a lo grotesco, toca temas como el adulterio, la violencia femenina y el narcotráfico, rematando con un melodrama familiar, género nacional por excelencia. Todo esto entremezclado con escenas propiamente pornográficas de la misma calidad, que ofrecen, bajo planos detalles de los genitales, el viejo mete y saca –por cierto con gemidos pregrabados–. ¿Es necesaria una industria pornográfica nacional? No lo sé. Lo que me queda claro es que hay un público que la exige. Aquél que no deja morir los cinemas xxx. Aquél que acude a sitios web con estas temáticas. El mismo que lo vuelve decadente al buscar solamente una satisfacción inmediata sobre su necesidad de placer sexual básico, inocuo. *

Omar Villaseñor Zayas

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Repasadita por una

historia intransigente

De México y su pornografía, realmente poco sabemos: de la situación del cine porno mexicano, de su industria y sus altas y bajas políticas. Hoy presentamos esta reducida historia de esas producciones en nuestro país, para estar atentos a lo que pueda llegar a suceder en su derredor sin menoscabo que valga.

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Gemido primero, grito después. Dos cuerpos,

entregados a uno de los placeres del ser humano, se encuentran frente a una cámara para plasmar un acto sexual. Escenas en las cuales dos o más cuerpos exploran inimaginables territorios que sólo el orgasmo puede tener son representadas en las películas pornográficas, y las de México no pueden ser la excepción. Sin embargo, a pesar de que el sexo vende, nuestro país no ha destacado como productor o distribuidor de cine pornográfico (un contraste con nuestros vecinos, los Estados Unidos de Norteamérica). Por ejemplo, sólo una empresa de producción pornográfica se encuentra registrada ante el Instituto Mexicano de Cinematografía: MECOS FILM. Sus filmes son exclusivamente homosexuales.

El otro nuevo cine mexicano A finales del siglo XX la situación general del cine mexicano era poco alentadora, los filmes de cine de ficheras y aquellas donde los hermanos Almada asesinaban a diestra y siniestra eran el referente de nuestra industria. La visión cambió y jóvenes directores se preocuparon por empezar a reflejar en la pantalla la situación contemporánea del mexicano, de sus dolores y aventuras, conflictos y emociones. En consecuencia, llegó el “nuevo cine mexicano”, título ambiguo que busca agrupar a estos nuevos productos comerciales. A la par, y con sigilo, la industria pornográfica recibió una apertura para su comercialización, proyección y producción. En la década de los 90, en el sexenio de Carlos Salinas de Gortari, la entonces encargada de la Industria Cinematográfica y Videograma (Canacine), Patricia Millet Fuentes, autorizó, luego de varios sexenios de oscurantismo al respecto, la exhibición de películas pornográficas en México.


Esa disposición parecía augurar una especie de boom dentro del incipiente mundo pornográfico de México. Salir de lo clandestino (si ahí estaba) para exhibirse en salas, cumpliendo normas, era una gran oportunidad. No fue aprovechada.

Vestigios inciertos Para Gerardo Salcedo Romero, profesor de cine de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM y especialista en el tema, no existe un antecedente exacto sobre la aparición en México de la filmografía con sexo explícito. “Sin embargo, gracias a Juan Felipe Leal, quien en su libro Anales del cine mexicano (Juan Pablos Editores, 2003), logramos, para fines prácticos, señalar el nacimiento del cine porno mexicano con pequeños cortos de parejas amateur teniendo sexo en hoteles de paso”. El profesor Salcedo, quien ha sido subdirector de programación de la Cineteca Nacional, señala a la película El sueño de Fray Vergazo (anónimo ca. 1920) como la gran precursora del porno en nuestro país: “Esta película fue innovadora en muchos aspectos; primero porque en ella aparece la homosexualidad, y en aquella década, un tema así no muchos lo toleraban. Además, también fue la primera en contar una historia no

enfocada únicamente al sexo. El plus de esta película es la muestra de cuerpos naturales, sin operaciones ni exageraciones. Además, de la ausencia de sonido”, comenta. Efectivamente, dicho sueño de tan ilustre fraile –que para quien desee consultarla está dentro del catálogo de la Filmoteca de la UNAM–, carece de sonido. No hay pujidos, gemidos, ni exclamaciones, ni falta que le hacen.

La ínfima “erección” Para Ernesto Román, investigador filmográfico, la industria mexicana desaprovechó la apertura de contenidos del gobierno salinista. “Es cierto que el 26 de agosto de 1993 la compañía cinematográfica Veracruz pidió autorización para exhibir el largometraje de 35 milímetros Profesoras del amor (Vázquez Bulman), permiso concedido un mes después. Sin embargo, después de eso pocas producciones siguieron su camino”. Y así fue. Después de la película producida por Gabriel Vázquez obtuvo la autorización y fue presentada en seis cines bajo el lema “La primera película filmada en este género. No se muestran fotos debido a las escenas tan fuertes de la película”, sólo unas cuantas siguieron sus pasos. (Continua pAg. 38)

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Filmes como Traficantes del sexo (Rodríguez Vázquez, 1994), Sexo para dos (…) y Los males de Micaela (…) continuaron casi silenciosamente pero sin éxito. La misma autoridad fue un impedimento para su desarrollo, pues cuando se autorizó la exhibición de filmes de este tipo no se dijo cómo ni con qué restricciones podían ser proyectados. Se corrigió en el camino. Al respecto, Lucio López Laux, entonces (misma década del 90) jefe del Departamento de Supervisión de la Dirección Cinematográfica, concedió una entrevista para el periódico Esto, y explicó cómo trataron de resolverlo: “Tuvimos problemas. No sabíamos qué hacer con una película porno. Afortunadamente existían las cartas que otorgaban los sindicatos para avalar que una producción hubiese sido filmada con personal sindicalizado. Entonces les decíamos: me demuestras que tu película es legal, hecha en México, por mexicanos y en ese momento te la autorizo. No eran bloqueos realmente, era darnos un tiempo para pensar”. En parte, esto desalentó a que otros productores salieran de la ocultación y pidieran autorización para que sus obras fueran difundidas.

La ilegalidad, otra razón para ocultarse Para Federico Dávalos, especialista en Sociología del Cine, las razones que se dan sobre las razones para no dejar salir a la luz esos filmes, tiene que ver con las relaciones de ilegalidad de

algunos ámbitos: “El cine pornográfico en México no ha logrado mantenerse como una industria rentable debido a que algunas películas están relacionadas con delitos como la trata de personas y la prostitución infantil”, explica. Dávalos declaró que “no todo el cine sexual de nuestro país es así, pero una porción sí, entonces mancha gradualmente a la otra parte”. También consideró que, desafortunadamente, nuestro país es calificado por algunos extranjeros como una especie de prostíbulo infantil, lo que pone a ese cine a la vera de esos prejuicios.

Lo que se tiene a la mano Y si no hay producción en nuestro país, ¿qué se consume? Para responder, basta caminar por algún puesto de películas piratas, o escribir en google “videos porno” para que veamos la variada y frondosa oferta norteamericana y europea para la ávida audiencia. La excesiva importación de productos también tiene responsabilidad en esta incipiente historia. Consumidores hay, ¿qué falta entonces para una verdadera “erección” de este tipo de cine? La pregunta tiene múltiples respuestas: moralismo, piratería, competencia desigual con la industria internacional, malinchismo, entre otras. Y sin embargo, aún intenta dar algunas estocadas para no quedarse en un cine impotente. * Nota bene. Las entrevistas aquí presentadas fueron realizadas por el autor de este texto c omo un raro intento por titularse con un reportaje-tesis de este tema placentero.

Luis Navarro

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La luna de miel, según P olanski Cuando uno piensa en el “hasta que la muerte los separe” no se espera que la sentencia se cumpla durante las “primeras” vacaciones del matrimonio, y menos en condiciones ideales, como puede ser el viaje de año nuevo en un crucero. A Polanski, que le requetencanta llevar a sus límites últimos la moralidad, no iba dejar pasar la oportunidad de transgredir otra sagrada institución frente a la que se halla resentido. Hoy, desde F.I.L.M.E. hablamos de ésta con el pretexto del tratamiento de erótico extremo que le da Román a su inquietante Luna amarga.

En mi opinión, Luna amarga

(1992) es la obra cumbre de Roman Polanski. Esta película se conforma por una serie de inigualables relatos acerca del amor, donde se detallan las perversiones más exactas dentro de una relación erótica, llevada hasta los límites de la posesión. La obra describe fragmentos literarios que se relacionan directamente con el sexo, una pareja que experimenta las sensaciones más tortuosas sobre la libertad y el deseo, creando una atmosfera cruda. El personaje que interpreta Hugh Grant, encuentra en el crucero a un sujeto inmiscuido con un símbolo exótico: el personaje de Emmanuelle Seigner, quien cumplirá el rol de antagonista, quizá una de las villanas más famosas, pues con su sexualidad hace más sutil la maldad. Ella causará que el guión de Polanski cumpla con sus aciertos, consiguiendo que el espectador se olvide de los errores dentro del argumento plagado de majestuoso contenido literario, distante de la poesía y perseguidor de fantasías sexuales.

Con las memorias del sujeto (invaluable Peter Coyote) que mantiene amoríos con la antagonista, entendemos que el narrador principal en segunda persona es Grant, fiel y provocado receptor de sus códigos de erotismo sádico. Grant es el principal vehículo de Polanski. Estructura apegada a la dramaturgia, es Luna amarga muestra de un formato de revelaciones como el de las obras teatrales, manejadas antes del desenlace. En esta ocasión, la revelación se dispara desde el primer encuentro entre los cuatro pilares de la historia, constantemente notamos que Polanski ha quebrantado las reglas del dramaturgo, construyendo a partir de la misma cinta un sinnúmero de relatos breves que cuentan con una estructura teatral (quizá modificada), apegado al cuento en su precisión y a una obra teatral hasta su revelación. En efecto, el uso de la memoria en los filmes, resulta una ficción convertida en la más amplia gama de colores literarios, aunada a golpes dramáticos que dan pie al inicio de otro relato breve como en esta película

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El motivo del erotismo abre las puertas del suspenso, donde recaen los deseos más soñados y sucios del inconsciente, las imágenes mnémicas, según Freud, son el resultado de aquella hambre sexual que se tiene hacia el otro ser. No importa bajo qué condiciones estés, la única fórmula que puede asesinar a la libido es el razonamiento. Por ello, en cada punto final dentro de los breves relatos de Polanski aparece una visión razonable por parte del narrador, pero ¿qué es todo aquello?, ¿qué nos ha querido decir durante tantos años, Polanski? La respuesta está en varias secuencias de Luna amarga y su especial motivador pornográfico estético: la premisa es un anuncio norteamericano de lácteos, donde varias modelos o figuras del espectáculo aparecen con un bigote de leche en los labios. Luego de verlo, Emmanuelle derrama leche sobre sus senos, parecería lujurioso, grotesco, sin embargo nos regala la mágica verdad de las demandas primarias y el significado antiguo de la mujer como ente mamario. En otro momento, encontramos a Emmanuelle rasurando a Coyote; ventajosa, corta su cara con la navaja y chupa la sangre del sujeto, en esta imagen encontramos a la mujer en su visión fantástica, pues el encuadre en su rostro con esa sexualidad inminente y la sangre del protagonista en sus labios, nos hace recordar vampiros y seres irreales, que nos lleva a dudar si es Emanuelle un ser imaginario. No del todo, pero aseguramos que su personaje lleva un rol etéreo, pues es una

mujer moldeable a la imaginación de quien la conoce, inclusive del mismo espectador. el hecho de no mostrarse abiertamente, nos da ese especial misterio y censura; una idea realista convirtiéndose en una imagen fantástica. La película contiene una fotografía única que hace ver una sexualidad elegante. Pero sin llegar al extremo límpido de Playboy, más bien poniéndola en la picota, porque Luna amarga tiene aquello que les falta al cine porno a secas. Analizando un poco de la historia, el conflicto se resuelve muy rápido: primera desventaja dentro de la obra maestra de Polanski, comúnmente esperamos que el antagonista muera, pensamos en suicidio o asesinato (justicia divina) mientras corre un largometraje en el cine, algo que vemos en cualquier sala, una historia corriente, pero de Polanski deseábamos más, lo cual nos puede invitar a imaginar la atmósfera del escritor como algo terrorífico. Luna amarga estaba tan adentrada al eros de los personajes que no existió mejor fórmula que matar a la mitad del elenco principal, pues no existía una salida como tal, quizá grandes escritores que relatan verdaderas historias de amor, lo hubieran hecho igual. El éxito de Polanski es polifacético, pero se basa en ir a los límites posibles de algo o alguien, ese “tocar fondo”, ese indestructible mundo del deseo por vivir, cambiar, permanecer o liberarse, uno de los más grandes cineastas que ha conseguido tocar las fibras más sensibles de la caída libre. *

Isabel Ocadiz

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El Placer, pegamento nuestro de cada dia

Garganta profunda (1972) fue una cinta eróticamente explícita dirigida por Gerard Damiano, protagonizada por Linda Lovelace y Harry Reems, y se convirtió en el material pornográfico más influyente de todos los tiempos.

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La historia trata de una dama que no concibe el

orgasmo de manera natural. Al consultar al sexólogo, Dr. Young, este le revela que su clítoris se encuentra en su garganta, dándole pie al nombre de la cinta. A pesar de contar con una trama bastante sencilla, es a partir de este momento donde comienzan a gestarse los clichés sexuales: pelo chino, cadenas de oro al lado de bigotes corrientes, cigarros haciendo mancuerna con cocaína, todo kitsch, que resultó ser el reflejo de un emblemático periodo dentro de la cultura norteamericana en baja calidad de imagen. Considerando todos estos pequeños elementos del lenguaje cinematográfico, surge la pregunta que todo el mundo se cuestiona al momento de enfrentarse con cintas pornográficas por primera vez: ¿cuál es la verdadera posición de la mujer con respecto a la sexualidad?, pero en concreto, de su sexualidad. Esta cuestión se contesta prácticamente sola al inicio de la cinta cuando Linda Lovelace le externa su preocupación a su amiga Dolly Sharp: “¿Porqué las mujeres continúan preocupándose por casarse? ¿Qué representa esta ceremonia hoy en día? ¿Qué beneficios nos otorga a largo plazo?” A lo largo de la cinta, Linda toma una serie de decisiones que la conducen a su felicidad, ya sea buena para unos o mala para otros. Y lo disfruta, ya sea dando o recibiendo placer, ¿porqué no darse placer desde una perspectiva propia?, siendo nosotros nuestros mejores jueces. Más allá de ser una cinta pornográfica,


I’m Forever Blowing Bubbles Cockney Rejects

lo más relevante aquí es la manera en que la temática de la sexualidad se aborda, dándole mucho más valor al discurso que a la fuerza de las imágenes. Este y el legado que dejó la dupla, Linda y Harry Reems (el actor pornográfico más cómico y simpático hasta ahora jamás filmado) son el verdadero tesoro de Garganta profunda. El sexo siempre debe acompañarse con un buen soundtrack. Y aquí es necesario puntualizar el diseño sonoro, ya que en esta película se realzó el sonido como canal de comunicación más de la imagen. Los sonidos vocales pasan de ser simples pujidos para convertirse en sonidos guturales y ser parte de la banda sonora omnipresente. Esta película es una oda a la experiencia del orgasmo, de manera literal o un poco sugestiva pero siempre con el mismo mensaje: ser adorado (sí, acabo de citar a Ian Brown), y al momento de volver a escuchar “Bubbles”, pieza de la película, me remontó al canto “Im Forever Blowing Bubbles” de la película Hoolingans (Alexander, 2005) protagonizada por Elijah Wood, que bien podría ser una conexión importante entre esos dos mundos: “I’m forever blowing bubbles, pretty bubbles in the air. They fly so high, nearly reach the sky and like my dreams. They fade and die, fortunes always hiding, I looked everywhere, Im forever blowing bubbles, pretty bubbles in the air.” *

Nahevy Estrada

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Más, más, más. Dale ¡Aarrggh! “D ios” y “m io”

Para cerrar este preciado volumen, incluimos una sorpresa dedicada a todos los lectores y lectoras. He aquí el bonus track (o pista oculta) de nuestra vida en porno

Mayor placer que ver: escuchar. Es

en el sonido de los cuerpos crocantes (y lo de que su boca emana) que la imaginación se desenvuelve a sus anchas, sin límites. Aunado a ello, para la construcción pornográfica de la experiencia voyeur es necesario el discurso, el discurso, indispensables comentarios que le ponen el picor al asunto, los mensajes que van, ritmados o asincrónicos, a hacer estallar la mente de cualquiera, y la musicalización, una colección de música “hot” ambiental que conducen, como si de un barco se tratara, al espectador a la locura -por llamarle de algún modo metafórico a la eyaculación. Aquí, nuestro ingeniero y artista sonoro, el siempre mal intencionado

Sergio Valdez, presenta en todo su

esplendor la práctica del porno desde adentro de una película, y nos expone el fin de la misma: el aparato receptor de lo que se escucha, el muchachito feroz dándose con todo. *

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F.I.L.M.E. | PORNCTUBRE