Issuu on Google+

Violencia familiar en Cuba Estudios, realidades y desafíos sociales Mareelén Díaz Tenorio Yohanka Valdés Jiménez Alberta Durán Gondar P a t r i c i a Gazmuri Núñez S i l v i a Padrón Durán Ernesto Chávez Negrín Colaboradoras: Aleida García Córdova Ana María Chao Hernández

m ACUARIO

Publicaciones Acuario E d i t o r i a l CENESEX La Habana, 2011


Cuidado de la edición: Lisel Bidart Cisneros Diseño de cubierta: Raúl Martínez Hernández Diagramación y realización: Carlos F. Melián López © Mareelén Díaz Tenorio, 2011 © Autoras/es de los textos incluidos Sobre la presente edición © Publicaciones Acuario, 2011 ISBN: 978-959-7071-73-0 © Editorial CENESEX, 2011 ISBN: 978-959-7187-51-6 La edición de este libro ha sido posible gracias al apoyo de OXFAM Cañada y la Agencia suiza para el desarrollo y la cooperación (COSUDE). Todos los derechos reservados. Las opiniones expresadas por estos no son necesariamente compartidas por el Centro Fclix Varela, Centro Nacional de Educación Sexual, OXFAM o COSUDE. Se autoriza el uso y la reproducción de este material con fines no comerciales, siempre y cuando se cite la fuente.

Editorial CENESEX Centro Nacional de Educación Sexual, Calle 10 No. 460 entre 19 y 21, Vedado municipio Plaza de la Revolución, C. P. 10400, Ciudad de La Habana, Cuba. Centro Félix Varela. Publicaciones Acuario Calle 5a # 720, esq. a 10, El Vedado, municipio Plaza de la Revolución, C. P. 10400, Ciudad de La 1 labana, Cuba. Teléfono: (53-7) 836 7731; fax: (53-7) 833 3328 Correo electrónico: acuario@cfv.org.cu Sitio web: http://www.cfv.org.cu

C gC ,E

h / ™

AL

ACUARIO


Alberta Durán Gondar

Violencia en l a s r e l a c i o n e s de p a r e j a

Estudiar las relaciones de pareja como unidad responde a la necesidad de valorar cómo se producen las interacciones de esta diada fundamental de la familia, para muchos, su célula originaria. Las experiencias de pareja pueden ser múltiples o singulares para cada persona, heterosexuales u homosexuales, duraderas o efímeras, entre otros rasgos para caracterizarlas. En el cuestionario aplicado en la investigación de referencia (Díaz, M. et al 2006)' se indagaron peculiaridades de las dinámicas comunicativas y relaciónales, buscando indicadores de violencia familiar, al margen de los tipos o estabilidad de estos vínculos. En este artículo se focalizarán los intercambios en la pareja2 considerando que las concepciones que pueden fundamentar 1

Ver el Cuestionario en el artículo «Caminos y atajos metodológicos en la investigación sobre la violencia en los grupos familiares». Desde el testimonio de los/as sujetos encucstados/as: 564 personas, de ellas 366 mujeres y 198 hombres (que integran la muestra general) residentes en Ciudad de la Habana, Santiago de Cuba, Matanzas, Holguín y Villa Clara. Para el análisis de los datos se trabajó también con dos submuestras: la de personas con hijos menores de 15 años (181 sujetos: 122 mujeres y 59 hombres) y la integrada por personas que reportaron golpes con su pareja (50 sujetos: 39 mujeres y 11 hombres). El análisis de esta última submuestra reviste especial importancia para este artículo, como se verá más adelante. Los resultados


Violencia en las relaciones de pareja las conductas o formas relaciónales entre sus miembros, ya se abordaron en un artículo específico.3 Para analizar la continuidad o ruptura de estilos relaciónales violentos, se considerará lo relatado acerca de las relaciones anteriores de pareja.4 Se precisarán las diferencias según las variables estudiadas (sexo, edad, color de la piel y nivel de instrucción) siempre que ello brinde elementos a la reflexión. La caracterización de la frecuencia, formas y motivos de las discusiones centra el análisis acerca de estilos de comunicación, los caminos utilizados para solucionar los conflictos y la dinámica de esas interacciones. Aunque el instrumento plantea límites para un verdadero estudio de la complejidad relacional, resulta aportador para precisar el uso de formas violentas de intercambio. Algo que permite prosperar en las características interactivas, es la valoración del grado de intimidad y confianza logrado con la pareja a través de lo que afirman, o callan los sujetos, cuando califican rasgos como el respeto, la comunicación o la propia relación. El lugar que ocupa el otro como confidente es también un elemento importante. Se dedicará una buena parte del artículo, al análisis de las características fundamentales de los que reconocen golpearse con su pareja en la actualidad. Encontrar peculiaridades distintivas de los que afirman vivir una realidad maltratadora desde lo físico - y por tanto inevitable desde lo psicológico-, puede ser útil para estudiar las realidades violentas en nuestras parejas y familias, algo poco abordado en las investigaciones del tema.

Comunicación en l a p a r e j a Si se analizan las respuestas dadas por los sujetos encucstados acerca de la comunicación en la pareja, se observa el predominio de discu-

3 4

de la submuestra de los que tienen hijos menores se precisarán cuando aporten diferencias de la muestra general. Ver «Concepciones que legitiman y ocultan la violencia familiar» en este texto. Solo se indagó en la frecuencia de discusiones y golpes que pudieron existir en el pasado, como paso previo para comprender las relaciones de pareja actuales. Ello concentra la historia relacional solamente en la presencia - p o r reconocimiento de los sujetos- de acciones de violencia verbal o física, e impide análisis más abarcadorcs.

230


Alberto Durán Gondar siones como práctica comunicativa habitual: tres cuartas partes de los encuestados reconoce un nivel de discusión con su anterior pareja, más de la mitad de los sujetos con frecuencias numerosas. Con la pareja actual hay una ligera disminución de la frecuencia y de los hechos, pero siete de cada diez afirman discutir, en alguna medida. Los hombres reconocen discutir un poco más que las mujeres. El análisis de la escolaridad permite afirmar que se recuerdan más discusiones con la pareja anterior en la medida en que aumenta el nivel de instrucción; ocho de cada diez universitarios afirman haber discutido antes. En la actualidad disminuyen las discusiones en todos los niveles de instrucción pero siguen siendo los/as universitarios los que más discuten hoy. La edad marca diferencias interesantes: la frecuencia de discusiones recordadas en parejas anteriores disminuye en la medida en que somos más viejos.5 La memoria puede distorsionar los hechos que en muchos casos debieron -pudieron- ser conductas cotidianas, habituales, pero el paso de los años debe cambiar la dinámica relacional de la pareja, aunque ello haya sido poco estudiado para afirmar cómo se cultivan y generan estos cambios. En la actualidad, sin embargo, no se afirma un descenso notable de las discusiones con la pareja vigente, en los diferentes grupos etarios estudiados. Un análisis general, en primera instancia, apunta entonces a una transferencia positiva del aprendizaje: parece que hoy se discute algo menos. También pueden actuar en esta disminución, los cambios de la percepción del pasado y del presente; desde la subjetividad, uno u otro pueden distorsionarse por múltiples causas (poca reflexión crítica respecto a la relación actual, necesidad de proteger la imagen del vínculo existente, entre otras). Lo medular, entonces, es que discutir sigue siendo una conducta habitual para la mayoría, y ello puede ser un elemento importante y positivo para la relación de pareja: permite ventilar discrepancias, conocer lo que piensa el otro, etc. También puede ser una conducta 5

El 85 % de los jóvenes y el 79 % de los que tienen entre 30 y 44 años discutió. Solo el 70 % de los que tienen entre 45 y 59 años y el 46 % de los adultos mayores confiesa haber discutido con la pareja anterior, aunque muchos de los mayores de 60 años se reconocen viudos/as y sin pareja actual.

231


Violencia en las relaciones de pareja muy dañina para los implicados y para la relación, si las discusiones apelan a formas violentas de intercambio que ridiculizan, insultan, humillan o simplemente desestiman lo que piensa y siente el otro. Hay que avanzar en el análisis para comprender mejor su significado. Cuando se indagó en el Cuestionario las formas utilizadas para «discutir»,6 casi la mitad de los encuestados afirma conversar con su pareja o no gritarse, para solucionar los problemas. Sin embargo, es diferente conversar amigablemente -que alcanza pocas elecciones- que conversar hasta encontrar la solución, seleccionada por casi la cuarta parte de los sujetos. Se pueden intercambiar ideas desde la igualdad o se pueden imponer desde el poder simbólico, pero en ambos casos «se conversa» y «se llega a la solución». Tampoco «no gritar» implica, de facto, un diálogo constructivo y respetuoso. Pero con un enfoque positivo y optimista, se aceptan todas estas posibilidades como formas adecuadas de discutir. Las conductas violentas o de abandono parecen tener poco peso por su fragmentación, pero engloban casi tres de cada diez respuestas. Uno de cada diez afirma se grita con su pareja con abundancia recíproca, y una cifra similar apela a dejar plantado al otro. Los que se asignan receptores de gritos -víctimas de violencia verbal- casi duplican a los que se reconocen emisores.7 Entre los que seleccionan «Otra respuesta» y la precisan, la casi totalidad de las frases expresan: «a veces gritamos», «nos incomodamos a veces y uno de los dos alza la voz», «mi pareja habla primero y yo después, cuando ya se cansó», «él no sabe escuchar», «mi pareja es autosuficiente y siempre cree que tiene la razón», «yo me callo y 6

7

Existían dos posibilidades de respuesta que concentraban las formas positivas: «conversamos...», y una de negación, al menos, de las formas violentas: «ninguno grita». En la primera parte de este estudio (Durán, A. et al., 2003) de 520 niños/as estudiados/as, el 27 % de las niñas y el 31 % de los niños referían la presencia de actos de violencia verbal entre los padres y afirmaban discusiones violentas con insultos, ofensas y malas palabras. Las cifras obtenidas en ambos momentos, desde diferentes figuras, son equivalentes; ello serviría como elemento de consistencia para ratificar la presencia de violencia verbal en la comunicación de la pareja.

232


Alberto Durán Gondar él sigue hablando», «a veces trata de agredirme, me insulta», «él no le presta atención a nada de lo que se le plantea», «se grita mucho», «no se le puede hablar», y muchas más en este tono. Ello permite asegurar que, muchos de los sujetos que seleccionaron «Otra respuesta», lo hicieron pensando en formas violentas de discutir; ello aumentaría las cifras que caracterizan los intercambios como acciones de violencia verbal. Mujeres y hombres no se diferencian sustancialmente. Ellos parecen priorizar formas positivas, pero parece más típico de ellos el abandono («yo me voy y dejamos de discutir») como forma de violencia, conducta que se adjudican casi cinco veces más que las mujeres que lo hacen. En ellas predominan, según afirman, formas más agresivas de discutir; al menos, reconocen gritar más. Con la instrucción, las formas positivas de discutir duplican - n u méricamente- su presencia, y las negativas se reducen considerablemente. Casi la tercera parte de los que tienen educación primaria se gritan mutuamente, pero esa proporción en preuniversitario o entre los universitarios, se concentra en dialogar. Centrarse en la edad de los encuestados trac aparejados cambios de «lógica» en casi todas las formas de discutir. Para no agobiar con estadísticas puntuales, se podría resumir de lo encontrado en cada grupo de edad, contra algunas expectativas, que: •

Los jóvenes se gritan menos, conversan algo más y recurren menos al abandono de la discusión. • Los que tienen entre 30 y 44 se gritan más uno al otro, y, aunque son capaces de conversar algo más, también reciben más gritos. • Los que están entre los 45 y 59 años conversan menos, también aguantan más los gritos y son los que más recurren al abandono. • Los adultos mayores que responden —casi la mitad no selecciona las variantes del Cuestionario- tienen un comportamiento diferente del resto y concentran sus respuestas en el intercambio recíproco de gritos y en «ninguno grita». (Son además el grupo que más escoge esta última opción). La caracterización del hoy, desde la edad, puede brindar algunas pistas para el análisis: los más jóvenes conversan más y no gritan ni 233


Violencia en las relaciones de pareja abandonan en igual medida que los mayores. Después, aunque se sigue conversando, se aprende a valerse de los gritos y a aguantarlos; se hace de ellos una forma de interacción con la pareja. Más tarde, se conversa menos, se soportan los gritos, y se instaura el abandono del campo de contienda como estrategia de solución de las discusiones. Se termina sin «medias tintas» con la pareja y, o se vive a gritos, o no se grita nunca. 8 Las causas de las discusiones resultan importantes para com prender las prioridades en la relación de pareja y los orígenes de las discrepancias o de los conflictos.9 Se discute por celos,10 por las conductas de cada uno,11 por las relaciones con otros miembros de la familia y por dificultades económicas, fundamentalmente. Los que tienen hijos discuten más, y suman a estos conflictos, la educación de los niños/as; entonces los miembros de la pareja, como individualidades, pasan a un segundo plano, discuten menos por ellos mismos. Ninguno de estos problemas parece propiciar intercambios serenos, y al menos los celos se pueden asegurar generadores de violencia psicológica. Más de la mitad afirma sentirse satisfecho con la comunicación y opina que con su pareja puede hablar de todo. Justo la mitad asegura sentirse considerado y respetado por ella, pero sólo la tercera parte del total le consulta prioritariamente sus problemas; es cuestionable que la pareja sea el confidente verdadero y esperado para estos sujetos; no abunda la confianza. 8

A u n q u e no se pueden asegurar estos comportamientos como la evolución de la comunicación en las relaciones de pareja a lo largo de la vida, constituyen elementos interesantes para futuros estudios longitudinales de estas relaciones. 9 Cualquier motivo de discusión puede generar violencia, porque ella está en el qué, pero fundamentalmente en el cómo, en la dinámica de las relaciones al solucionar los desacuerdos. 10 Los celos constituyen un indicador indirecto de violencia relacional; si no se confía en el otro, difícilmente puede haber respeto y a r m o n í a en la relación. Las dudas continuas traen aparejadas grandes dosis de violencia psicológica. Todos los estudiosos de la violencia le asignan, además, un valor clave en las relaciones maltratadoras. " Si las disputas las originan las conductas de u n o o del otro, es también muy difícil no sospechar violencia; si no se acepta a la pareja como es, si el comportamiento de uno genera malestar en el otro, los reclamos, las críticas, seguramente son comunes y cotidianos.

234


Alberto Durán Gondar Sin embargo, es alentador que alrededor de la mitad de los sujetos encuestados se reconozca en una comunicación dialogante y que con la instrucción las posibilidades de discutir constructivamente, aumenten. Si los jóvenes de hoy discuten menos y la educación puede enseñarlos a establecer verdaderos diálogos con sus parejas, el futuro puede ser prometedor.

Violencia f í s i c a en l a p a r e j a El análisis de los «problemas que han llegado a los golpes con las manos o con algún objeto», tal y como se redactó en el Cuestionario, se dirigía a indagar sobre la violencia física en la pareja, y se enfocó de esa forma para reducir las resistencias. La mayoría de los encuestados afirma no haber «llegado» a los golpes con su pareja anterior y menos de la quinta parte reconoce una experiencia de este tipo; doce personas con un nivel alto de frecuencia en los hechos. Si observamos los cambios por la edad, los que confiesan más encuentros de este tipo son los que tienen entre 30 y 44 años, o sea, los que están en su madurez temprana. Solo el 12 % de los/as adultos mayores admite haberse golpeado anteriormente, pero son los que en mayor medida no contestan a la pregunta o se adscriben a la opción «Otra respuesta». La instrucción no marca diferencias con el patrón general, exceptuando al grupo de los universitarios que reconocen menos haber llegado a los golpes en las experiencias anteriores de pareja. Los que tienen hijos sí registran diferencias que resultan importantes para la reflexión: aumentan hasta el 27 % los que admiten golpes con su pareja anterior. Esto indica un nivel de concentración de estas experiencias en los sujetos con hijos pequeños o adolescentes. Los golpes son, por definición, una forma de violencia física. No se pueden precisar acá los motivos, las reacciones, los medios utilizados ni las consecuencias. Una quinta parte de los encuestados tuvo alguna experiencia de este tipo - y eso no es una cifra para desestimar- y se aglutinan algo más entre los que tienen hijos/as. Ello acrecienta los peligros de generar ambientes desfavorables para 235


Violencia en las relaciones de pareja la socialización infantil, si se mantienen estas formas relaciónales en el presente. Cuando se indagó en estas realidades en las relaciones actuales de pareja, casi el 15 % de la muestra rehusó responder. Al abordar un problema tan sensible, las no respuestas tienen también una importancia en la exploración. Del total, solo un 9 % reconoce violencia física, pero esta proporción casi se duplica entre los que tienen hijos: 16 % en el presente.12 La equivalencia relativa que hombres y mujeres tenían con su pareja anterior, se pierde en la actualidad. Hay un predominio femenino en el reconocimiento de su presencia. Nada hace pensar que los hombres han aprendido más a evitar los golpes como forma de solucionar los conflictos de pareja; parecería mejor, como hipótesis, que evitan su reconocimiento desde los ideales sociales de lo masculino.13 El análisis, según los grupos de edad, comprueba que en todas las edades existen estas conductas, pero las experiencias de este tipo tienen un ligero predominio en los que tienen entre 30 y 44 años, que fueron los que más reconocieron golpes en el pasado. No fueron 12

13

E n la primera parte de este estudio (Ob. cit.), el 12 % de las niñas y de los niños referían observar golpes entre los padres. Estas cifras variaban según el lugar de residencia de los sujetos y su sexo. Los reportes más bajos fueron del 8 % en niñas del municipio Playa, en Ciudad de La Habana, y los más altos del 25,5 % entre las niñas de los municipios santiagueros estudiados Las cifras obtenidas ahora, desde los adultos, evidencian un menor reconocimiento, pero no plantean diferencias notables con el promedio expresado desde los menores. La resistencia a reconocer los hechos de violencia física desde los adultos implicados es una regularidad en todos los estudios de violencia y lleva al subregistro de estas conductas. E n la profundización de estos casos de golpes en la pareja se observa que las mujeres son, en gran parte víctimas, pero predominan los golpes recíprocos. Dos hombres se adjudican también el papel de víctimas y solo uno admite el de victimario. Todos los estudiosos del tema señalan la resistencia que encuentran en la admisión de estas conductas, sobre todo desde la figura maltratadora, pero nuestras representaciones del rol masculino, poco estudiadas, apunta diferencias en los referentes de masculinidad. Desde el «deber ser» masculino se pueden hipotetizar dos motivos para negar la realidad relacional violenta desde lo físico. U n o sería evitar admitir que no son los hombres «a los que aspira nuestra sociedad» que reconocen iguales derechos a mujeres y hombres. O t r o sería, desde la cultura machista más ortodoxa, reconocer que a ellos su mujer puede pegarles también, en alguna medida.

236


Alberto Durán Gondar «errores juveniles»; parecería más una habituación de su uso como forma de relación. La instrucción, sobre todo cuando se alcanza la universitaria, sigue siendo un elemento favorecedor de un nivel de calidad en las relaciones, aunque no es universal para todos, estos sujetos recurren menos a los golpes. En resumen, una quinta parte reconoce en su historia personal haber(se) golpeado en la pareja y un 9 % lo sigue haciendo en la actualidad. La violencia física es mayor siempre entre los que tienen hijos; el peligro como ejemplo negativo (de las relaciones de género y de las relaciones entre padre y madre) para niños y niñas es evidente. Las resistencias encontradas al responder las preguntas que indagaban en ello, hace presumir realidades de violencia que se ocultan; seguramente solo se está frente a la punta del iceberg. Los cincuenta sujetos que admiten violencia física en su pareja evidencian también otras formas de violencia desde las relaciones familiares que establecen. Sus historias, las peculiaridades relaciónales en sus familias, el ejercicio de los roles que asumen y sus aspiraciones para el futuro, podrá ayudar a lograr un acercamiento mayor a la comprensión de los hechos violentos en la familia.14 Un primer plano necesario de análisis es describir diferenciadamente a los cincuenta sujetos implicados según las variables de control establecidas en el estudio. Es ineludible ver el grado de representatividad de estos sujetos que se golpean, en relación con los que han participado en este estudio. También parece importante detenerse en las características del lugar que ocupan estos sujetos en la relación violenta: víctimas o victimarios, según lo afirmado en sus respuestas. Un segundo plano de reflexión será el análisis casuístico. Ante la imposibilidad de analizar cada sujeto individualmente, se ha considerado provechoso agrupar los casos según la frecuencia de los golpes que ellos mismos han declarado. Esta asociación responde 14

Las limitaciones del instrumento aplicado - C u e s t i o n a r i o - no permite la profundización necesaria para todos estos elementos, pero el análisis de los casos facilita un nivel de comprensión útil para la caracterización de la violencia en la familia.

237


Violencia en las relaciones de pareja solo a un criterio funcional de estudio y no a un requerimiento conceptual al abordar este fenómeno, pero puede ser útil para buscar similitudes y diferencias entre los que perciben estar involucrados mucho, algo o poco en estas realidades. La percepción de continuidad, como factor de riesgo, definirá los grupos de sujetos a estudiar, y no la frecuencia de los hechos. En el grupo de los que se golpean muchas veces hay siete mujeres; en el de algunas veces otras doce; en el de raras veces, once hombres y veinte mujeres. Se estudiarán como grupos independientes, aunque entre aquellos que perciben menor frecuencia - y que agrupan a hombres y mujeres- se contrastarán los criterios desde el género para buscar nuevas aristas de análisis. El primer dato general importante es que la mujeres que reconocen golpes en su pareja triplican o más a los hombres: ellas serían casi el 11 % de las encuestadas y ellos, menos del 6 % de los que respondieron. El mayor reconocimiento de estos hechos desde las mujeres es un fenómeno universal. Si se considera la edad, forman parte de este grupo el 12 % de los encuestados entre 30 y 44 años, un 9 % de los que tienen entre 18 y 29 años, casi el 6 % de los sujetos entre 45 y 59 años, y el 3 % de los adultos mayores encuestados. La mayor proporción de participantes en estas relaciones, según el color de la piel, son los/as mestizos (un 12 % de los encuestados). Los/as blancos/as, igual que los/as negros/as, son el 8 % de los que participan en el estudio. La prevalencia según la escolaridad está entre los de primaria, representados aquí por casi la cuarta parte de los participantes, y por los de nivel medio que llegan al 13 % de la totalidad. Los implicados de preuniversitario o tecnológico sólo son el 8 % de los encuestados de ese nivel, y los universitarios, el 7 % de su total. Un dato medular es cómo se produce la acción de golpear en esta relación: quién recibe o da los golpes para establecer quién agrede -victimario- y quién recibe los golpes, resulta agredido y por tanto ocupa el lugar de víctima. Al no caracterizar una acción aislada, específica, de violencia física, las respuestas indicarían la percepción general de acciones de esta naturaleza. 238


Alberto Durán Gondar El 60 % de los que afirman «llegar a los golpes», los plantean recíprocos, o sea, en las acciones violentas ambos miembros de la pareja intercambian golpes. También se puede hipotetizar, desde la circularidad de la violencia familiar, que en algunas acciones uno de ellos sea el agresor y en otras la víctima. Lo distintivo -comparado con otras realidades internacionales- es que la mayoría de las mujeres que participan -casi las dos terceras partes- no son receptoras pasivas de los golpes; ellas responden - o son las que agreden-. Solo un hombre admite el papel de victimario y dos se asignan únicamente el de víctimas. Las mujeres que afirman golpes muchas veces, caracterizan sus realidades personales y familiares, de forma general, como: •

La casi totalidad, menos una, tienen experiencias anteriores de violencia en pareja -verbal y física-, algunas con episodios frecuentes y reiterados con diferentes sujetos: «no he sido comprendida y no han respetado mis gustos...en dos relaciones me ha sucedido y he terminado la relación», «la primera pareja, el padre del hijo, me dio muchos golpes, el segundo me ofendía y la tercera, actual, está preso...me partió un brazo hace un mes». • En todos los casos hay frecuentes y fuertes discusiones, y por tanto hay violencia verbal; más de la mitad con gritos recíprocos, de contenido no precisable, pero justificados por problemas económicos, celos, conductas de la pareja, conductas propias y «problemas en las relaciones con otros miembros de la familia» -solo presentes en las que viven en familias extensas-. La comunicación se reconoce rota en diferentes niveles. Para casi todas «no vale la pena hablar» o «es mejor no hablar nada», pero una reconoce su miedo y supeditación al afirmar que habla «cuando sé que no se va a molestar». • La violencia física es recíproca en cuatro casos,15 y tres se califican exclusivamente de víctimas. No todas aclaran lo medios 15

Una afirma: «Cuando no me considera ni me da valor de esposa me pongo agresiva porque me molesta que no me considere como esposa».

239


Violencia en las relaciones de pareja empleados. Dos afirman «con las manos» y otra precisa: «me cortó con un vaso que me tiró por la cabeza y para protegerme me puse la mano y fue lo que me cortó [tendones]; también tuve fractura. Lo denuncié y está detenido». • Ninguna afirma «llevarse bien» con la pareja. La mayoría no evalúa esta relación entre las figuras familiares que caracteriza. Dos dicen «no llevarse ni bien ni mal», y la casi totalidad confía en otras figuras: familiares no convivientes o amigos/as, para consultar sus problemas.16 • Solo una mujer plantea buenas relaciones con su familia de origen antes y ahora, aunque no convive con ella actualmente, y otra no la evalúa «porque están fallecidos»; el resto mantiene conflictos históricos con sus padres y más de la mitad reconoce discusiones abundantes con gritos recíprocos. Las que afirman vivir con los suegros discuten «por todo», «muchas veces» y a gritos. En general, todas las que viven en familia extensas explicitan malas relaciones con los convivientes. De esa forma, se reconoce el aislamiento sentido por estas mujeres; dos de ellas afirman contar solo «consigo misma» cuando tienen un problema. • En las relaciones con los hijos/as, 1 ' todas apelan al castigo y/o al regaño como reacción. Salvo la que tiene la hija adolescente, todas reconocen pegarle a los hijos/as - u n a tiene una niña de 1 año y 9 meses- y solamente dos incorporan «hablar» con ellos; una además agrega la amenaza «con todo lo que me dé en ese momento». Todos los niños/as han presenciado peleas familiares muchas veces y han respondido, en la casi totalidad de los casos -según las madres- con dos reacciones: asustándose, con miedo, o poniéndose triste, llorando. Varios tratan de parar la 16

Una universitaria y educadora, cree aún que su esposo «siempre la respeta y la considera» y que «puede hablar cualquier cosa con él». Del resto, solo dos afirman que su pareja no las respeta ni las considera, mientras las restantes afirman algún nivel de respeto y consideración. ' 7 Todos lo casos tienen uno o varios hijos, pero dos sujetos los tienen mayores de 15 años y no se precisaron sus relaciones con ellos. De los cinco casos que se estudiaron, hay una bebita, un preescolar, dos escolares y una adolescente.

240


Alberto Durán Gondar discusión. Una niña de 9 años además, «se altera; no sabe que hacer»; un niño de 4 se va del lugar, y la bebita «llora a gritos y nos mira con miedo». Así, se puede asegurar que todas estas mujeres reflejan la cadena de victimización familiar: son víctimas o copartícipes de la violencia de pareja, tienen múltiples problemas relaciónales con los otros miembros de familia —cuyo alcance es imposible precisar en los marcos de este estudio- y todas victimizan directamente a sus hijos con castigos, regaños y golpes, e indirectamente, obligándolos/as a ser testigos de las peleas familiares. La «circularidad» de la violencia familiar es evidente. En relación con la muestra general, concentran más concepciones dependientes y autoritarias, valoraciones negativas de sí y de los otros, falta de autocrítica y de reflexión en su realidad. Tienen una historia de victimización de sus padres y en las relaciones de pareja. Se sienten, en gran medida deprimidas y carecen de metas claras que movilicen su conducta o les permitan salir de la situación de violencia. Las mujeres que se golpean algunas veces se pueden caracterizar por: • Todas reconocen experiencias de violencia verbal y física en las relaciones de pareja anteriores, salvo dos que afirman no existencia de estas prácticas en sus historias de pareja. Las que afirman que su pareja es «la de siempre», atestiguan una historia continua de victimización verbal y física. • En la relación actual de pareja, todas reconocen abundantes discusiones, y más de la mitad dice que ambos gritan mucho.18 Solo una opina que con la pareja «se puede hablar de cualquier cosa»; 18

Las que viven en familias extensas enfatizan como causa de las discusiones, las conductas de la pareja - a l g u n a especifica su alcoholismo y la infidelidad- y los celos; también aparecen los problemas económicos de la familia, las amistades, la educación de los niños y el uso del tiempo libre como generadoras de disputas verbales. Los que viven en familias nucleares enfatizan esta última causa y agregan la distribución del trabajo doméstico - n o presente en las extensas- y las relaciones con otros miembros, aunque también de forma aislada

241


Violencia en las relaciones de pareja

el resto afirma que «no vale la pena hablar», que hay que hacerlo de cosas específicas, que «solo habla con él cuando sabe que no se va a molestar», o que no pueden hablar de casi nada. La mayoría se ha dado golpes recíprocamente (una precisa que «con cinto y manguera») y cinco plantean ser receptoras solamente de los golpes. Una de estas últimas, una médica, afirma: la última hace veintiún días, me agredió con una cuchilla, me hizo algunas heridas; está detenido todavía». Es el único caso que señala separación de su pareja. Evalúan sus relaciones con la pareja de formas disímiles, pero, de alguna forma, independientemente de la calidad de las relaciones, para la mitad, la pareja sigue siendo alguien al que hay que acudir ante los problemas. El otro se constituye así en una figura que regula la conducta e impide la independencia de estas mujeres. A pesar de los problemas en la comunicación de la pareja y de las realidades relaciónales, la mitad cree ser respetada a veces, en determinadas cosas, y solo la cuarta parte afirma que su pareja no la respeta ni considera, mientras el resto se mueve entre algún nivel de respeto y consideración, pero siempre bajo. Solo cuatro encuentran confidentes, apoyo, en alguna figura con la que conviven, pero sin considerar a los hijos, se excluye con abundancia a los convivientes cercanos. Se apela, sin embargo a individuos sin parentesco o filiación: «madrina», personal profesional, compañeras, amigos/as y a familiares no convivientes como padres/s y hermanos/a/s para encontrar en quién confiar los problemas. Todas fueron educadas con métodos autoritarios que solo un tercio cree injustos, otra tercera parte justos y el último tercio «no sabe» o no se atreve a evaluarlos. Todas reconocen haber recibido golpes de uno o ambos progenitores y solamente tres no incluyen «pegarme» como castigo más frecuente recibido en su infancia. En las realidades actuales, dos mujeres no evalúan la relación con señalan los celos, los problemas económicos, las amistades y las conductas de su pareja como causales.

242


Alberto Durán Gondar sus padres porque están fallecidos, y una asegura no discutir con ninguno. Las restantes plantean diferentes niveles y causas de los conflictos con estas figuras. • Entre las que tienen hijos,19 las formas de reaccionar son variadas y victimizan a los hijos en diferentes niveles y por distintos procedimientos: castigos, golpes y/o regaños. Solo tres incluyen conversar con el hijo/a como reacción y solamente una de ellas no incluye pegar o castigar como procedimiento habitual. Unicamente una mujer afirma que su hijo no ha presenciado peleas familiares; las dos terceras partes reconocen que esto ha sucedido alguna o muchas veces. La reacción mayoritaria de los niños es asustarse, pero también tratan de detener la discusión, de consolar o se ponen tristes, lloran. En resumen, es común a la mayoría y similar a las mujeres que perciben mayor frecuencia en los golpes, una educación autoritaria y violenta de los padres, concepciones sexistas y patriarcales que reproducen en sus hijos (que algunas legitiman como adecuadas), y la convivencia en un clima de violencia familiar que reproducen en sus hijos/as, cerrando el «círculo» de la cadena de victimización. La mayoría tiene baja autoestima y alguna llega a sentirse culpable de los problemas familiares y de pareja. En este grupo se refleja la coexistencia de diferentes criterios y valoraciones de sus relaciones de pareja; unos más ligados a la dependencia, a la falta de análisis crítico de su relación o con baja autoestima y depresión. Otras mujeres matizan algunas de estas características: dudan, enjuician figuras y se atreven a criticar a sus parejas. Aquí parecerían estar las potencialidades para el cambio en algunas de estas mujeres. Con ayuda profesional quizás varias puedan rehacer sus vidas. En el grupo que se golpea raras veces es donde únicamente se ubican los hombres que reconocen estas acciones y donde en mayor frecuencia se sitúan las mujeres. Ello plantea un elemento subjetivo " Dos no tienen hijos y una tiene dos pero mayores de 15 años. Solo se analizan nueve casos: dos sin sexo o edades precisadas, una preescolar, cuatro escolares, y dos adolescentes.

243


Violencia en las relaciones de pareja a analizar: la correspondencia de las percepciones expresadas con las realidades, y apunta dudas lógicas con estas ubicaciones: ¿son realmente experiencias aisladas o prima la intención de minimizar los hechos?, ¿o de reflejar, aunque se reconozca la violencia física, lo que creen «políticamente correcto»? Desde la investigación cualitativa que nos sirve de base, y con las posibilidades que brinda el instrumento -Cuestionario- es imposible obtener respuestas, pero la tendencia a no reconocer estos hechos, presente en otras investigaciones, hipotetiza que la «invisibilidad» de la violencia familiar actúa en estas valoraciones, restando importancia subjetiva a los hechos. Con estas dudas, se puede afirmar, al caracterizar a estas veinte mujeres, que afirman golpearse raras veces, que: •

La mitad de las encuestadas reconoce experiencias de violencia física con la pareja anterior 20 y tres las sitúan en «algunas veces» -frecuencia superior a la vivenciada con la pareja actual- En la relación de ahora, dos mujeres no especifican su lugar en el intercambio de golpes, pero para la mayoría - d o c e - son recíprocos; el resto los reciben solamente. De esta forma, se puede asegurar que la mitad - o más- tiene una historia reiterada de violencia física en sus relaciones de pareja y una buena parte resulta víctima de estas acciones. • La mitad afirma discutir «a veces» con su pareja y cuatro reconocen hacerlo con abundancia. Las causas son variadas, pero jerárquicamente, se discute por celos, por conductas de la pareja - u n a precisa el alcoholismo-, por las relaciones con otros miembros, por problemas económicos y por la educación de los hijos/as. • Algunas aseguran conversar para solucionar los conflictos, pero más de la mitad apela a los gritos, en algunos casos la gritería es recíproca y en otros más «él grita y yo me callo» o «hablo bajo». Las parejas restantes los resuelven por abandono. Las respuestas en la comunicación en la pareja reflejan sentidos contradictorios 20

Tres refieren no haber tenido otras parejas. Del resto, solo una asegura no haber tenido discusiones ni golpes en las relaciones anteriores. Seis más afirman haber discutido pero nunca haber llegado a los golpes en el vínculo anterior.

244


Alberto Durán Gondar

• 21

en algunas mujeres. Casi la tercera parte reconoce que con la pareja «solo se puede hablar de algunas cosas específicas y de otras no»; pero la mitad cree que con ella «se puede hablar de cualquier cosa». Siete mujeres no evalúan la relación, en actitudes seguramente evasivas. De las restantes, ninguna afirma «llevarse mal» con su pareja; por el contrario, casi la mitad califica de buenas las relaciones, en una evidente falta de autocrítica de su realidad. Más de la mitad acude a su pareja ante los problemas y solamente ocho no la incluyen como confidente. De las tres universitarias, una profesora y una abogada que se declaran solo víctimas de los golpes, acuden a la pareja cuando tienen problemas. En su educación en la infancia la mitad afirma que pocas veces la madre o el padre las regañaron; solo la cuarta parte cree que los regaños fueron abundantes y vinieron de las madres. La mayoría considera justos los regaños. Una quinta parte señala abandono paterno desde la infancia. Por otra parte, al 75 % le pegaron, aunque es minoría las que lo incluyen como castigo más frecuente. Ello no impide que algunas refieran otros castigos humillantes: encerrarlas, pararlas frente a la pared -el más abundante- o no hablarles. Sólo la mitad evalúa como justos los castigos. Una ligera mayoría legitima la validez de la educación autoritaria recibida, pero varias la enjuician negativamente: «me produjeron dolor y tristeza», «no me ayudaron del todo», «no sirvieron de nada» o «me resultaron odiosos». En sus relaciones actuales con sus padres, la mitad dice discutir raras veces y la otra mitad «nunca». Solo una mujer reconoce gritarle a ellos; la mayoría afirma que «ninguno grita». El «respeto» a los padres no siempre es por motivos «ideales»; algunas argumentan: «no vivo con ella [madre] por eso no hay discusiones» o «no me importa, doy la espalda». En la educación de sus hijos/as,21 todas utilizan los regaños y más de la mitad asegura conversar o hablar con ellos como reacción. Algo más de la mitad - o n c e - tienen hijos: cuatro varones y cinco niñas. Dos no precisan sexo. Seis son adolescentes entre 12 y 15 años, y cinco están en edad escolar - e n t r e 6 y 10 años.

245


Violencia en las relaciones de pareja Solo una reconoce pegarle al hijo de 10 años,22 pero cinco más utilizan el castigo como solución: «en un lugar sin moverse hasta que se me olvida lo que hizo» o «a no jugar». Tres dicen que les gritan o pelean. Regañar o castigar le produce tristeza a la mitad; al resto: molestia, satisfacción por el deber cumplido o tranquilidad. • Solo cuatro afirman que sus hijos no han presenciado peleas familiares; el resto ha sido testigo de ellas en alguna medida. La respuesta mayoritaria es tratar de parar la discusión, aunque hay casos que se asustan o se ponen nerviosos. La madre de la niña más pequeña - 6 años- es la única que afirma que la menor ha presenciado peleas muchas veces y que su reacción es «tratar de consolar a alguno de los que discuten». Es evidente el sentido paradójico de las opiniones de la mayoría de las mujeres: muchas aseguran que se llevan bien con sus parejas y que ellos las respetan en general, y/o que son sus confidentes, a pesar de los golpes y de las discusiones abundantes y a gritos. Así, una mayoría evidencia falta de reflexión personal en su realidad, superficialidad al caracterizar la presencia o no de respeto y de confianza como valor de la relación, y sobre todo, incoherencia ante las realidades relaciónales y el hecho de aceptarlos como confidentes. Una buena parte, sin embargo defiende teóricamente concepciones no sexistas en la relación, y al valorar a la mujer y a lo masculino. La mayoría critica «el machismo» cuando explica sus opiniones del «hombre» o de las relaciones de pareja. Las que tienen hijos, legitiman en alguna medida la reproducción del castigo y de los regaños - a veces, a gritos- desde sus concepciones autoritarias de educación, pero contadas se valen de los golpes. A algunas, estas formas de relacionarse con los hijos le producen sentimientos negativos o les recuerdan sus experiencias infantiles «injustas» de educación. Varias, sin embargo, no reproducen totalmente las formas autoritarias y apelan a la comunicación en alguna medida. 22

Aunque solo una afirma pegar, nueve señalan sus vivencias cuando aplican esta forma de castigo, así que se puede inferir que la practican en alguna dimensión.

246


Alberto Durán Gondar Las contradicciones entre concepciones y realidades relaciónales, entre las vivencias infantiles negativas y las de igual signo de lo que hacen como madres, son fortalezas para el cambio en estas mujeres. Varias parecen debatirse entre seguir o parar la relación maltratadora; otras se muestran confundidas en qué hacer o pensar de su realidad. La solución de las contradicciones sentidas y hasta de las latentes, no concientizadas, determinará el futuro de estas mujeres. En la caracterización de estos hombres que dicen apelar a los golpes raras veces, se puede afirmar que: • Todos, salvo uno, tienen experiencias históricas de violencia física en la pareja, aunque afirman que fueron «raras veces» en su casi totalidad. Las discusiones sí se producen siempre, pero solo dos las reconocen abundantes. • Seis creen que pueden hablar con las parejas de «cualquier cosa», el resto de casi nada o de algunas cosas específicas. Uno, que se afirma víctima, cree que «no vale la pena hablar» o que le habla cuando sabe «que no se va a molestar». Dos se sienten siempre respetados o considerados, pero seis solo se sienten así «a veces, para determinadas cosas». Uno se siente respetado y considerado poco, y otro -la otra «víctima»-, nada. • La frecuencia de discusiones con la pareja es variada y dispersa, pero la mayoría reconoce discutir; solo uno afirma que «nunca» discuten. Se argumentan diferentes causas que las provocan: mayoritariamente los celos, aunque también las conductas propias, las amistades o el uso del tiempo libre pueden generar desencuentros. Con menor peso también se señalan el trabajo doméstico, las relaciones con otros miembros de la familia, la educación de los niños y las conductas de la pareja. Casos aislados refieren el trabajo fuera, las ideas políticas y «la falta de comunicación e inseguridad» como motivos para discutir con la pareja. • La reacción más frecuente para «solucionar» la discusión es el abandono de alguno de los dos, fundamentalmente del hombre, que la detiene y/o pospone. Tres reconocen que ambos gritan mucho, en dos casos ellos asumen «la gritería» y en otro se la 247


Violencia en las relaciones de pareja

• •

23

24

25

adjudican a la mujer. Solo uno dice que «conversan hasta encontrar la solución». La mitad dice llevarse bien con su pareja, pero dan opiniones estereotipadas, formales o ideales, negando su realidad de golpes recíprocos y de discusiones abundantes y/o a gritos de ambos. La mitad considera confidente a la pareja, pero para consultar los problemas surge con fuerza la figura del amigo que se valora como alguien a quien acudir. Solo un joven reconoce dar él los golpes. Siete plantean que estos son recíprocos y dos, que son ellos los que lo reciben. 23 Más de la mitad afirma que el padre nunca le pegó y casi la tercera parte, que nunca los regañó. 24 Solo tres hombres parecen concentrar altos niveles de victimización, desde la figura paterna, fundamentalmente. 2 5 Las madres siempre utilizaron el regaño en alguna medida pero solo dos se sienten muy regañados por ella. La mayoría de las madres pegaron, pero cuatro nunca lo hicieron, y menos de la mitad incluye «pegarles» como castigo frecuente. La mayoría cree que los regaños y lo castigos fueron «justos» y que los «enseñaron a ser mejor», pero el resto apunta consecuencias negativas: «traumas», rebeldía y tristeza. La mitad evoca en la actualidad, imágenes positivas de sus padres, aunque varios rememoran aspectos negativos: «no se aman», «debieron comunicarse más» o «quisiera que no vivieran conmigo» en Los casos que dicen ser víctimas de los golpes son diferentes entre sí. Uno es el hombre de mayor edad y de más baja escolaridad del grupo; vive con la madre, su ex pareja y dos hijos, pero se considera «soltero». El otro caso es un hombre entre 30 y 44 años que vive solo, profesional. Para el estudio en detalle de estos casos se puede consultar el informe de investigación «Violencia intrafamiliar en Cuba. Aproximaciones a su caracterización y recomendaciones a la política social» (Díaz, M . et al 2006) El único hombre que afirma ser el que ha dado los golpes, «nunca» fue golpeado o regañado por el padre y pocas veces por la madre; le parecieron justos los regaños y le fueron «indiferentes» los castigos, aunque apunta que «le crearon pequeños traumas». Dos de ellos muestran un rechazo evidente a los métodos paternos pero legitiman la educación autoritaria en sus concepciones educativas al aceptar que los hijos deben obedecer a su padres en todo todos, en la necesidad de gritarle a los niños, etcétera.

248


Alberto Durán Gondar franca actitud crítica o de rechazo. La mitad niega la presencia de discusiones con los padres y afirma, en su mayoría, que «ninguno grita». Las causas que provocan los desencuentros son: uso del tiempo libre, el trabajo doméstico, las amistades, problemas económicos de la familia, ideas políticas, relaciones con otros miembros, y por conductas del sujeto. • Los orígenes de las «malas conductas» en los/as hijos/as26 se adjudican a que «todos lo niños son así» o a que están consentidos; solo uno cree que «hay problemas en la casa». Dos dicen reaccionar conversando; cuatro regañan y dos castigan también - u n o «hasta que se me olvida». Ninguno afirma pegarles, pero todos responden las vivencias asociadas a esta forma de castigo. En una mirada general, llama la atención que la tercera parte de los hombres estudiados en este grupo no parece vinculado a una actividad laboral, casi la mitad no ha logrado independizarse de las figuras paternas y algunos más no se reconocen con pareja en su estado civil, aunque la tienen.27 Evidentemente prima en varios, una actitud de evadir, o al menos de no enfrentar, responsabilidades sociales. Varios muestran actitudes inmaduras hacia las relaciones en general, egocentrismo y pobre capacidad de autorreflexión; el único que se reconoce agresor, es el máximo exponentc de estas peculiaridades. En casi todos se pueden hipotetizar conflictos con su masculinidad expresados, fundamentalmente, entre la imagen ideal de hombre fuerte, «duro», que quieren proyectar y sus realidades de inseguridad o debilidad. Una buena parte no se educó con formas coercitivas o violentas, sobre todo desde las figuras paternas, pero algunos fueron muy victimizados con golpes y castigos humillantes por sus padres y vivencian esas experiencias como injustas y odiosas.28 26

27

28

Cinco tienen hijos pero tres no precisan sexo y dos no la edad. Hay un bebito de 7 meses y dos niñas de 6 y 11 años. No se asume por muchos su compromiso de pareja y algunos parecen restarle valor a la unión proyectando una imagen de relación eventual. Puede ser que realmente la relación tenga este carácter fortuito. Mientras más maltratados fueron en su niñez, más aceptan como válidos los mitos educativos y de la violencia familiar.

249


Violencia en las relaciones de pareja Sus historias de relación de pareja reiteran la presencia de violencia física y verbal que mantienen hasta la actualidad. Tratan de disminuir la importancia -frecuencia- de esas acciones en el «hoy», como un seguro intento de dar una imagen positiva de sí mismos. El nivel de victimización que reconocen ejercer en sus hijos es menor que el de los hombres encuestados en general. Ninguno acepta utilizar golpes. Por los pocos casos que tienen hijos es difícil asegurar únicamente violencia física en las relaciones con la pareja. A modo de cierre del análisis de las parejas que se golpean, parece necesario destacar, en las mujeres y en los hombres que reconocen violencia física en/con su pareja: •

Es general en ellas, e independiente de la frecuencia percibida en los actos de violencia, la aceptación de relaciones desiguales de poder de género, y de prohibiciones de la figura masculina que niegan derechos elementales y universales. Hombres y mujeres han interiorizado concepciones sexistas de sí y del otro que les impiden valorar sentidos de igualdad de poder en sus relaciones como pareja. Se producen desde ambas figuras acciones que victimizan psicológicamente al otro al impedirle - o limitarle- derechos fundamentales. • También es común a los implicados la interiorización de sentidos erróneos de lo que es educar - y de los caminos para lograrlo- y la aceptación de estereotipos sobre las cualidades que deben poseer las familias y las parejas. De alguna forma estos contenidos regulan la conducta hacia una aceptación de sus realidades como inamovibles y/o inevitables.29

29

Ver artículo «Concepciones que legitiman y ocultan la violencia familiar» en este texto. La aceptación de los mitos de la violencia en este grupo es superior a la media obtenida en la muestra general. Hay, además, diferencias de género: mas de la mitad de los hombres defiende un 20 % más que las mujeres, que las víctimas son responsables de los maltratos, que la violencia emocional es menos grave y que la mayoría de estos actos son cometidos por extraños. Las mujeres creen un 30 % más que ellos que «los hombres son violentos por naturaleza». Cada uno legitima más, desde las concepciones de género tradicionales, el/los mito/s que le permite/n racionalizar su realidad y su responsabilidad en los actos violentos».

250


Alberto Durán Gondar •

Las causas que se esgrimen como generadoras de los conflictos con la pareja o con otros miembros de la familia, son similares a los de hombres y mujeres que no llegan a los golpes. No son los celos, los problemas familiares o económicos, los desacuerdos en la educación de los hijos, etc. los que provocan la violencia, es la forma de enfrentarlos. Se puede afirmar en estas mujeres una falta de recursos personales, una débil reflexión crítica en sus realidades y la carencia de madurez personológica para enfrentar estas situaciones. Sus historias personales se inician con una educación patriarcal familiar basada -hasta donde se puede asegurar en este estudio- en regaños, castigos y golpes, y en varios casos, abandono paterno. De ahí se toman los referentes para legitimar concepciones y conductas violentas en los otros, en sí mismos y de la relación; a muchas las hace muy vulnerables, pero algunas comienzan a examinar estas concepciones y a considerar otros referentes. Coexisten - e n el grupo estudiado- diferentes formas de violencia: física, psicológica, verbal o en la comunicación. También están presentes formas de abandono en la solución de los conflictos. No todos los espacios o manifestaciones fueron indagados, pero de las realidades familiares observadas se pueden inferir otras formas de violencia y afectaciones en todas las áreas personales. Las mujeres más victimizadas reflejan una dependencia casi total de su pareja, baja autoestima y sentimientos de culpabilización que las llevan a una actitud paralizante, de miedo. En la medida en que se establece cierto nivel de independencia de pensamiento y un distanciamiento de la situación, se van matizando las contradicciones y se evidencian actitudes críticas y hasta de protesta ante el maltrato. Las mujeres que aceptan los golpes, o sea, que quedan en el rol de víctimas, no se diferencian del resto en su nivel de instrucción, concepciones, aceptación de estereotipos, relaciones familiares, formas de abordar la educación infantil, etc. Aunque a primera vista parecerían más inseguras, con mayor dependencia de la pareja o con actitudes pasivas ante la realidad, ello no constituye una regularidad común a todas, ni puede asegurarse en los 251


Violencia en las relaciones de pareja límites de este estudio. Los hombres que se asumen como «víctimas» solamente, tienen en común con ellas la baja autoestima, los sentimientos depresivos y la falta de aspiraciones movilizadoras para cambiar su rol dependiente. • La reciprocidad de la violencia física dentro de la pareja puede tener una evolución y características que no se pueden precisar en este estudio. A primera vista, - y descartando que ellas sean las agresoras que siempre inicien el intercambio— puede ser «positivo» que las mujeres dejen de ser receptoras solamente, que respondan cuando son agredidas. Ello, sin embargo, no resulta tranquilizador y menos alentador. La vida en pareja, en familia, no puede convertirse en arena de contienda y crear climas dañinos para todos, sobre todo para los niños y niñas. El modelo social que se requiere de familia, se aparta bastante de estas realidades, y la equidad de la mujer no se mide por ser también agresiva.

A modo de conclusiones Aunque hay deconstrucción de los roles sexistas y patriarcales en algunos sujetos estudiados, parece primar, en las concepciones y conductas de la mayoría de los encuestados, las visiones distintivas de género con roles específicos para lo masculino y lo femenino. Las relaciones de pareja se rigen abundantemente por miradas muy desiguales y estereotipadas de lo masculino y lo femenino al determinar derechos y deberes en los contextos familiares. Desde lo verbal hay un discurso más «progresista» y respetuoso desde lo genérico de lo que se observa en las reacciones de hombres y mujeres. Es evidente que faltan habilidades para lograr formas adecuadas de comunicación interpersonal, y abundan los mensajes contradictorios en diferentes espacios y/o momentos de la vida familiar. Se invisibilizan formas de violencia verbal por la habituación en el uso de mensajes rechazantes o hirientes. Se requiere mucha educación individual y familiar para evitar barreras comunicativas entre los convivientes, para lograr que el hogar sea un espacio de diálogo interpersonal productivo, para evitar la reproducción intergeneracional de formas inadecuadas y violentas de intercambio. 252


Alberto Durán Gondar Se observan relaciones características de diferentes formas de violencia entre los miembros de una buena cantidad de parejas y en sus familias. La física, aunque menor cuantitativamente, es suficiente para destapar alarmas, sobre todo por la reiteración de estas conductas en las historias personales. Las más victimizadas en las parejas son las mujeres, pero la circularidad de estas acciones permite su reproducción en los/as hijos/as, dañar a diferentes figuras, y reproducirse en la historia familiar al ser legitimado como estilo relacional inherente a la vida del hogar. La instrucción disminuye la prevalencia de concepciones erróneas y de conductas violentas, pero no asegura su eliminación ni su disminución drástica. Evidentemente se requiere una educación específica para la convivencia familiar y para aprender a construir relaciones sólidas de pareja. En los límites de este análisis es imposible asegurar que la violencia en las relaciones de pareja únicamente alcanza al 9 % que reconoce golpearse o al 29 % que se grita en esta relación. Desde el testimonio de los sujetos encuestados, hay muchas mas evidencias de problemas relaciónales entre la pareja y con los diferentes miembros de la familia: conflictos habituales - y hasta históricos- y evidentemente no resueltos, resentimientos, insatisfacciones o frustraciones entre figuras. Seguramente aquí solo ha asomado una porción del problema, pero hasta una cifra inferior de reconocimiento sería suficiente para seguir su estudio, su prevención y el tratamiento de todos los afectados. Nuestra sociedad no está ajena a la violencia en la pareja y en la familia, y queda mucho por hacer para cambiar la realidad.

Bibliografía citada Díaz, M, et al (2006): Violencia intrafamiliar en Cuba. Aproximaciones a su caracterización y recomendaciones a la política social Centro de Investigaciones Psicológicas y Sociológicas, La Habana. Durán, A, et al. (2003): Convivir enfamilias sin violencia. Una metodología para la intervención y prevención de la violencia intrafamiliar. Informe de Investigación. Centro de Investigaciones Psicológicas y Sociológicas, La Habana. 253


Violencia de género en las relaciones de pareja