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Odgers, Ingrid (1955 -

)

De tu sangre cautiva [texto impreso] – 1ª edición – Santiago, Chile: MANTRA Editorial, 2008. 13 x 20 cm. – (Colección nuevas narrativas) RPI ISBN 1.

INGRID ODGERS TOLOZA

en trámite en trámite

Novela chilena

2. Ingrid Odgers

De tu sangre cautiva


Dedicatoria: A mi madre

© MANTRA Editorial José Ramón Gutiérrez 275, depto 13. Barrio Lastarria, Santiago centro. Chile Fono (56-2) 6644251 E-mail: hernandezmontecinos@gmail.com © 2008, Ingrid Odgers © 2008, MANTRA editorial Registro de propiedad intelectual Nº: Primera edición: octubre de 2008 Colección nuevas narrativas ISBN Impreso en Chile :: Printed in Chile


HERALDOS

"Escribir pese a todo, pese a la desesperación". Marguerite Duras “El auténtico amigo es el que lo sabe todo sobre ti y sigue siendo tu amigo”. Kurt D. Cobain

¿Han sabido de alguien que no padezca con la efervescencia del mundo actual? Sé que la respuesta es no. Lo entiendo. Pedro anduvo por mi casa en estos días. No recuerdo exactamente si fue el miércoles o el viernes, para el caso da lo mismo. No es algo excepcional, acostumbra a visitarme, quizás para no perder la rutina, quizás para tomar unas cuantas tazas de café y fumar una decena de cigarros mientras hablamos del último libro de Bolaño o del último evento literario en Concepción: la charla de Quezada en el Instituto Norteamericano, quizás. Alto y de pelo hirsuto, flaco y desgarbado, con varias carpetas de apuntes bajo el brazo y ese dejo de macho hastiado de la vida con la mirada cargada de nubarrones y una mueca irónica que traspasa sus labios gruesos y roza sus dientes perfectos manchados de nicotina. El rostro de Pedro me recuerda el poema Los heraldos negros de Vallejo, texto que analicé junto a un grupo de aspirantes a escritores en una escuela de verano en la Universidad de Concepción. Él parece decir a su paso: el mundo es un mierdal. ¿Cómo no? Sufre. Conjuga el verbo común desde que su madre cayó enferma. Al menos, eso creo yo. Una fibrosis y otras dolencias la internaron en el hospital aquí en Concepción. Además, Pedro es poeta. ¿Y eso qué? Dirán ustedes, yo responderé categórica: como poeta carga la miseria del paisaje universal sobre sus hombros. Es diferente ahora, suma la enfermedad del ser que le dio la vida. Es su madre y está grave. Pedro sufre el doble o el triple hoy, el sentimiento de desventura es mayor. Es mi amigo, el amigo de toda una vida. ¿Y quién soy yo? Difícil pregunta. Tengo la costumbre de


ser quien lo escucha con paciencia o paciencia aparente y guardo sus quejas en las sombrías arcas de mi sala de estudio, en los pliegues amarillos de las cortinas y en las pálidas paredes que nos refugian de tarde en tarde, noches o madrugadas. Un cigarro tras otro y así me entero del cementerio de recuerdos y de las ilusiones frustradas de mi abatido amigo. Está solo, aparte de unas horas de clases realiza trabajos esporádicos, suele llevar maletas de quimeras almidonadas por el paso del tiempo, resecas de lágrimas constreñidas por el pañuelo de la honda y ácida existencia. ¿Qué nos une? Nuestros años en Concepción, quieta y fértil ciudad de pasajes celestes y calzadas aceradas, madre generosa que acunó en su vientre profundo y tibio nuestros sueños, ilusiones que vieron crecer el parque Ecuador y el mirador del Cerro Caracol en pacíficos senderos de tierra y piedras claras rodeados de magnífica vegetación. Un día de lluvia en la cima del Caracol con ojos brillantes prometimos amistad eterna. Hoy el amor por las letras nos encadena con una intensa furia reprimida ante un pasado que no volverá y la escéptica mirada del orbe que Pedro contagió en largos debates por el acontecer de nuestro país que se mueve en espirales faranduleras y bazofia política en una globalización que olvida las necesidades del individuo dando alimento a un consumismo exacerbado. Los cambios hacen pagar a las personas un alto precio, vivimos tiempos de rigor y ansiedad. No hay arreglo, pensamos. Todo tiende a destruir los valores. La gente se encuentra zambullida en un ambiente saturado de estímulos materiales. Pedro insiste furibundo: deteriora los vínculos familiares y sociales que hacen la vida aceptable, los principios de nuestros padres caen acelerados a un despeñadero y el gruñido del humo acompaña el rictus amargo de su frente. Después de intercambiar opiniones, elucubrar como si fuéramos visionarios filósofos, nos miramos a los ojos, movemos la cabeza, suspiramos profundo y repetimos no hay arreglo. No lo hay.

CANARIOS

Yo no sé, la verdad, de pronto dudo hasta de nuestra angustia existencial. Él no. Él se sume en la hiedra devoradora de mañanas y sorprende cuando llega vestido de nuevos proyectos que duran el chasquido de una puerta al cerrarse. Escribo de Pedro. Debe ser producto de esas largas tertulias dilatadas por infinitas interrogantes, las respuestas diversas nos sumergen en acaloradas discusiones. Terminan en nada. Seguimos inmersos en un charco de incertidumbre. Lo importante no es eso. Lo que importa es Pedro y su singular vida. Me seduce escribir sobre él. ¿Cómo lo conocí? Podría empezar: corría el año X y etc. etc. En cambio, sólo diré que conocí a Pedro en el colegio, un niño asustado, inseguro, aparentemente mimado, típico hijo de papá. Tenía entonces, ocho años y yo, nueve. En nuestro primer día de clases, recién habían tocado la campana y observé a unos metros varado al lado de una silla vacía, agitada por el brusco paso de otros niños, a un chico esmirriado con un medio puchero nublándole el rostro, su frágil estructura y la expresión de su cara, me conmovieron, la ternura acudió, llevó mi mano a tomarlo de un brazo y a mis labios consultarle ¿Vamos al patio? Luego de este gesto y estas palabras, me sentí sorprendida por mi audacia infantil. Me mordí las uñas a la espera de una respuesta. En sus ojos miel vislumbré un cierto alivio. No estaba solo. Una niña había aparecido desde un tropel de inconscientes juguetones, que como energúmenos corrían hacia la puerta a desatar su energía. Como decía era una niña de ojos verdes rasgados y tez muy blanca. Eres un ángel, pareció decir con su mirada. Nuestro primer encuentro. A lo largo de los años la


escena se repetiría. En peleas de mozalbetes, pelotas y arcos de basketball disputados, canicas cambiadas o usurpadas o en situaciones impensadas, como cuando tenía quince años y chocó la moto de su hermano mayor y se quebró un brazo. Yo iba a su casa a prestarle los cuadernos o pasarle en limpio las materias, cómo olvidar el queque con aroma a limón que horneaba la tía Luz, la madre de mi amigo, los panqueques con manjar que comíamos ávidos y el té con leche que paladeábamos alborozados. Sentados en la cama, con un montón de libros y desparramadas en la alfombra un centenar de revistas, peleábamos por leer u hojear primero la última adquisición. Revistas arrugadas y rayadas, algunas estropeadas por sucesivos canjes, con crucigramas rellenos, otros incompletos. Pero los libros, los libros ¡eran nuestra pasión!, leíamos furtivos los de la biblioteca de su padre y el mío, descubriendo mundos ignorados, conocíamos de infidelidades y pasiones a hurtadillas, hechos que jamás osamos comentar. Isabel con ambas manos toma su cabeza. El presente libra su batalla con visiones y fantasmas y los dulces recuerdos sangran torrenciales: los largos paseos en bicicleta por el barrio universitario, los espectáculos infantiles en la casa del deporte, las andanzas alrededor de la laguna Los Patos en la universidad y la plaza, si, esa plaza entrañable de la infancia con multicolores peces en su gran pila adornada con cuatro sirenas en su base, coronada por la diosa Ceres, sus exuberantes acacios donde refleja en noches espléndidas de primavera el resplandor lánguido y mimoso de la luna. El recorrido por la plaza Independencia nos seducía en las mañanas domingueras después de la misa de doce en la majestuosa, imponente Catedral. Isabel suspira. La mano de su madre acaricia sus cabellos mientras los helados de bocado bañados en chocolate del Astoria embetunan las cortas chaquetas de almidonados cuellos. El histórico Astoria, una confitería –pastelería era la estación inevitable de infantes y jóvenes en los años sesenta y setenta. En la retina de Isabel se posa la falda escocesa que lucía con orgullo, los pantalones cortos de Pedro y su graciosa boina con insignias de banderitas

que tanto le atraía. Los recuerdos se fusionan con el solemne sonido de la banda correctamente alineada con platillos y trompetas ligados a impecables uniformes y el aroma de los árboles enormes, frondosos y enhiestos se clava en su nariz dejando un remolino atrapado en el pecho. Abre los ojos con una sensación placentera que recorre su piel y la cubre de gozo, agita su mano y danzan sus dedos sobre el teclado. Sonríe. Pedro y yo o solo él, es lo que cuenta en este relato. Isabel afirma su espalda en el sillón giratorio y deja su mente divagar por la fragmentada garganta del pasado. Nuestra niñez tuvo el encanto de los ciervos en la libertad de su hábitat, recorrimos esa estación efímera sin importar el tiempo y el peligro, sucediera lo que sucediera, jugábamos incansables, no temíamos escondernos en un bosque lleno de peligros en el campo de mis abuelos cerca de Chaimávida o ir en bicicleta al espeso y largo callejón cercano a la casa de mi pequeño amigo. Sabíamos transitaba en la espesura nocturna una pareja de fantasmas en busca de los anillos de compromiso extraviados horas antes de un accidente fatal ¡Entelequia! Mitos traspasados de generación en generación en el barrio Pedro de Valdivia. Ambos extrajimos hasta la última moneda lustrosa de savia y destello del familiar y amigable ambiente que nos envolvía. Lo disfrutamos. Desde que nos conocimos fuimos plenos, todo era objeto de nuestra curiosidad y juguetones moramos en la realidad y en la fantasía: fuimos piratas, guerreros y duques, correteamos por el patio y las calles, trepamos árboles aceptando los acontecimientos con naturalidad, siempre apoyados por el amor de la familia. ¡Inocencia!, sin ella no existe el aura de magia de un membrillo hurtado y el secreto de un pájaro atrapado en el nido. Detengo la escritura y cavilo ensimismada en el lápiz arrebujado por un vaso de tequila de cristal azul que conservo de un viaje al Sur. Sonrío. No sé que me lleva a escribir. Es una súbita obsesión que se adueña de mí. No lo sé, creo que existen impulsos irrefrenables cuyos oídos no atienden razones, menos al sentir este instante como una dádiva de dios, divinidad oculta en las ondas turbulentas y sedientas del recogimiento. Miro por la ventana y la luna redonda de un color blanco virginal alumbra


la vereda inerte, se produce una sensación de vacío en mi estómago, todas las ventanas de los edificios del frente están con luces apagadas y por la calzada dos ciclistas uno al lado de otro, con franjas color naranja en su espalda, surcan la calzada hacia la cancha de Lorenzo Arenas, después de un breve lapso de tiempo observo un taxi sin letrero, pasa flemático hacia la línea del tren rumbo a Laguna Redonda, excepto eso la escasa iluminación expele volutas lánguidas y atiborra la calle de un tinte de desamparo. La obsesión que desata la escritura escolta mi cabeza mientras voy por un vaso de agua con hielo que refresque y ordene mis pensamientos. De pronto, suena el teléfono y traspaso la puerta de la cocina al estudio. Tengo la certeza de que nada podrá entorpecer este proceso que avanza tortuoso en el transcurrir viscoso de la madrugada. Es la cita imperdible para una Isabel siempre noctámbula. Y es que ella flota por la silueta de la luna, trepa por la cadera del amanecer y enciende sueños, locas quimeras que derraman las nubes sobre los largos y rancios durmientes de su infatigable y desconocida búsqueda. El silencio y la soledad apremian las alucinaciones. Y los duendes irrumpen.

COTO

Esta vez no eran duendes. Era Sandra, por esas casualidades, si es que existen las casualidades dirán algunos, la verdad, yo no lo dudo, como decía, resultó ser Sandra, la ex esposa de Pedro. Ella acostumbra a llamar sin importar la hora, para realizar algunas preguntas, algo indiscretas a mi modo de ver, respecto a su flaco y detestable marido. Porque ni dudar que lo detesta. Suelo decir que a él le va fantástico, que ha emprendido un nuevo plan literario y ha sido invitado a grandes e importantes encuentros de escritores. Es lo que se espera de los amigos. Generalmente aumento los éxitos de mi conocido y trágico poeta para la infelicidad de su ex mujer. No creo que a ella le importe el padecimiento de Pedro. Es dinero, siempre es el dinero el que la motiva a llamarlo, a buscarlo, a saber en qué lugar se encuentra. En cuanto a mi, digamos que no considero comentar los fracasos y múltiples dolores de mi amigo Pedro. No sé si dije que él es poeta. En otras palabras, al decir de muchos en nuestra sociedad: un varón que vive el límite haciendo de su vida una burda payasada. ¿Para qué sirve la poesía? Se preguntan demasiados en este país despoblado de lectores. La inutilidad de esta rama de las artes es conocida en todo los niveles de la pirámide cultural en el mundo. La poesía no vende, dicen libreros y editores, nadie o pocos, apuestan por ella. Es la pariente pobre: la olvidada y vilipendiada poesía. Todos creen que los poetas pertenecen a un coto de caza privado y que su finalidad es producir objetos bellos, tan bellos como inútiles, un coto privado de razón de ser y de medios adecuados para sobrevivir. Esto último es bastante


evidente. ¿Quién puede vivir de ella? Nadie. En lo íntimo, se que Pedro arde y se oxigena con los versos, es una especie de anestesia que no tiene efectos secundarios. Claro, nadie comprende a los poetas. Mal puede la ex de mi amigo percibir el limbo indisoluble en que se bate y regocija su otrora amante marido. Creo que Pedro vive por la poesía, dosifica los abatimientos y retoña para volver a descender al hondo pozo. Me guardo bien de comentar a la cursi y banal Sandra que su ex sufre precisamente, por la mísera existencia que le otorga la poesía en el laberinto de la provincia. Extrañamente, la escritura es su razón de ser. Sangre que justifica su paso por el lúgubre globo terráqueo, desalmado en la extensión de los gemidos que provoca el crepitar de los cuervos en el planeta, contaminado de egoísmo y amenazado por el brutal calentamiento global. Volvamos a Pedro, antes tomaré Bilz y fumaré un Kent. Apresuro el cigarrillo y el vaso de líquido con hielo, el relato no me deja descansar, el tono me busca o lo busco y el cíclope frente a mi, atrapa con su pupila siempre inquisidora como un inspector de policía en el cuarto de los interrogatorios, implacable y voraz amedrenta este espacio íntimo, sujeto al culto del dinamismo de los dedos apuntando a cada instante el cursor a su pupila expectante entre sus pestañas doradas por la luz artificial de la lámpara que instala imponente sus caderas encima del escritorio a las dos treinta y uno A.M. de un lunes que abre sus alas como pájaro en busca de nuevos y rojizos nidales.

GRADUADO

Ya sé, ya sé Pedro, nunca seremos más que amigos. Eso fue lo que manifesté al verlo compungido una tarde de invierno en nuestra ciudad, Concepción. Ese día lo sorprendí con una compañera de liceo en el departamento de calle Paicaví, el de su hermano mayor. Casualmente fui a pedirle unos discos prestados que se encontraban en la propiedad de su hermano. Era la época de los setenta. Había dicho que iría a estudiar para la prueba de aptitud a casa de su hermano. Estoy más tranquilo allá, alejado de toda distracción explicó algo confuso, Alejandro no está en todo el día. Le creí. Un sobrecogido joven de diecisiete años entreabrió la puerta. Vestía unos calzoncillos negros y calcetines rojos. Lo encontré divertido, se parecía a Jerry Lewis en el Profesor chiflado. Sus flacas piernas blancas relucían aún más con el negro y el rojo, me reí a carcajadas. El, en voz baja suplicaba que guardara silencio y cubría con alborotadas manos la fachada de la prenda de color negro. Me puse seria, con quién estás, susurró con visibles signos de terror, con Verónica. Tranquilízate, nosotros somos amigos, nunca seremos más que eso. Respiró aliviado, una Verónica semidesnuda asomó por un instante su blonda cabeza por el pasillo del living. Me cubrí la cara y me despedí con una seña. Había visto suficiente. Salí cerrando la puerta tras de mi. Recuerdo que apoyé por unos minutos la espalda en la pared y revolví mi pelo, no me convencía lo que había visto. Miren el chico introvertido como tenía su propio film de iniciación. Con El graduado de Pedro, obvio, olvidé los discos. Nunca más hablamos del episodio. Vino la prueba de aptitud académica, qué horror de nombre, el ingreso a las


aulas, el distanciamiento. La vida nos deparaba otras instancias. ¿Quién lo iba a sospechar?

ANESTESIA

Un día cualquiera supe que Pedro había abandonado sus estudios de español en la universidad de Concepción. Nada más. El horario ajustado de las jornadas impedía una comunicación fluida con los ex compañeros del colegio. Yo me sumí en mis estudios de economía, olvidada de mi gran y viejo amigo como si me hubieran atontado las curvas de la demanda y la oferta. ¿Quién iba a salir de las cuatro paredes? Estudio, estudio, estudio, ya nadie iba al Astoria a tomar helados ni paseaba por la avenida O´Higgins frente a la Plaza de Armas ni íbamos a charlar en el salón de té. La hormiguita, algo muy de esa época en nuestra ciudad natal. Pasé años incrustada en los libros, sentía que me habían arrancado la vida, no como la Catalina Guzmán de Ángeles Mastretta, pero la vida se redujo a la mínima expresión. Isabel se detiene dudosa. Deja que sus dedos tracen en la pantalla: presiento algo más en el sufrimiento que lo sustenta, espero averiguarlo. Sus ojos cansados examinan las palabras. No sabe cómo concluirá su relato, pero continúa como una sonámbula que camina por un pasadizo lóbrego e imprevisible. Una sola cosa la mantiene despierta, descubrir el génesis de esa singularidad, la del amigo, que la inflama de curiosidad. Como un buscador de oro, sin brújula, sin mapa vaga por un sendero desconocido hacia un misterio que la seduce como si fuera un poderoso imán. Su racionalidad la lleva a creer que todo tiene explicación, como si fuera una simple regla de tres, ignora que la lógica jamás funciona en los caminos del arte y él, Pedro, es un creador. Tal vez se equivoque piensa Isabel. En fin, después de todo, no serán integrales para calcular el futuro económico


de la nación las que trataré de resolver. Esta es una curva de consumo creciente que mientras más medito más relevancia adquiere. Y está el cíclope, el cíclope electrónico que insaciable no permite descanso.

CONJUGACIÓN

Enciendo la lámpara de escritorio. Escucho el llanto de la noche, el gimotear rítmico del aire tras los cristales, el viento como una navaja acerada rasgando la estratosfera resuena en la madrugada. Esta noche llueve intensamente sobre Lorenzo Arenas. No hay granizo. Viento, bastante viento y el agua impregna sin ningún pudor los techos y las calzadas de Concepción. Hoy, que ha empezado el verano es el azar el que toma las riendas de esta noche y enlaza pensamientos a Pedro. Encuentro que es una persona bastante singular. Sufre. Escribe. Vive en las nubes. Muchas veces no tiene dinero ni para comer. Entonces ustedes preguntarán ¿Qué puedo admirarle? Yo responderé en tal caso: su perseverancia, la repulsión total a lo material. La capacidad de crear y el desenfado que le permiten el intelecto y el espíritu con que fue dotado. Como una película añeja: amor por las letras: talento y hambre. Vaya conexión. Es el vínculo de los artistas, los creadores. Y no hablo de El perro andaluz de Buñuel. Esto es menos surrealista. El siglo veintiuno ha traído nuevos atropellos para los artistas y es a veces más estremecedor que observar en un film seccionar el ojo de una mujer con una navaja barbera o mirar como salen hormigas de un agujero putrefacto de la mano de un hombre. Nada se convierte en erizo de mar. Es falta de valoración y exacerbado materialismo. El mundo interior es el que se ve obstaculizado en el monótono acontecer cultural de la nación. No sé si me explico, hay muchas miradas al interior que son frustradas por el mercado: ojos de poetas, pies de bailarines, visión de cineastas y narradores. En este punto, Isabel se percata que se


ha desviado del camino y retorna a Pedro para reflejar sin cejar su inquisición obsesiva. Tras una pausa reanuda su relato: hace tres días que no como. Isabel lo mira y calienta un tazón de sopa, tuesta unas rebanadas de molde y las unta con mantequilla. Prepara un café bien cargado y saca de la alacena un paquete de galletas. Tritón. A él le gustan. Ella lo sabe. De pie al lado del ventanal del living fuma distraída, el humo del cigarrillo se desvanece como babosa fragmentada hacia el blanco techo que la circunda. Observa con precaria atención a Pedro engullir los alimentos. Habla al tiempo que apaga el cigarro ¿Qué escribes? Él con la boca llena consulta ¿Cómo va tu narrativa? Esta escena es otra que se repite con frecuencia. Isabel es ingeniera y novelista. Conjugación atípica. Inexplicable para los afilados colmillos de los literatos. Si, novelista. Una principianta comparada con Pedro, me parece escuchar el corrosivo comentario en la república de las letras. Se cree novelista. Pues como tal, la invitaron a Rancagua a un encuentro literario. Desde que arribó al Gran Hotel, donde alojarían varios escritores, escuchó hablar del Toti, el Toti es el presidente del grupo de Talca, el Toti ganó la beca de creación, el Toti repartió libros en Santiago luego del recital en Simpson, al Toti, lo quiero mucho. Con tanto Toti por aquí y por allá me dije debe ser muy interesante conocerlo, ¡Qué gran tipo que es!, al decir de varios de los congregados. Era noche de viernes, los convocados estábamos en la cena en el restaurant La Pancha, financiada por la municipalidad, claro, y los comentarios sobre el Toti arreciaban. El no llegaba. Una dijo, llegará mañana temprano para estar con nosotros en la primera charla. Esa noche me acosté pensando al fin conoceré al famoso Toti. ¿Quién diablos será ese tipo? En mis años de literatura era la primera vez que lo escuchaba nombrar. A las nueve treinta estábamos todos en mitad del desayuno y un remolino de hombres y mujeres se amontonó en la entrada del comedor. Es el Toti, murmuró uno, yo estiré el cuello para mirar al menos a lo lejos un ápice del famoso Toti, que a estas alturas me resultaba imprescindible conocer, pero en ese momento el grupo se dispersó y atónita, no encuentro otra

palabra, excúsenme, observé la alta y delgada figura de mi ex compañero escolar. Pedro, de blue jeans y casaca de cuero negra, melena rozando el borde de la camisa que alguna vez fue azul y barba descuidada, se movía a paso lento con su mochila a cuestas hacia una mesa donde tres mujeres le sonrían como si fuera Michael Douglas. Digo yo, Douglas es el único varón famoso que me resulta interesante, por no decir que es el único hombre que considero atractivo. No sólo por su película Atracción fatal y su desparpajo sexual. En Pedro me llamaron la atención su paso cansino y rictus amargo. Isabel escribe: todos hemos sufrido el embate del tiempo, la vida laboral de Pedro no ha sido precisamente estable, tampoco su vida sentimental puede hablar de éxitos. Ni hablar de sus procesos creativos, lo dejan francamente hecho polvo, según sus propias palabras. Supongo que no me reconoció. Y no me reconoció hasta que alguien, no recuerdo quien, me presentó. Isabel, él es Toti. Toti: ella es Isabel, es de Concepción igual que tú. Un brillo ardió en sus ojos. Ese fue el reencuentro. La lluvia arrecia y el sueño cierra mis párpados. Debo dormir: subsistencia obliga. Apaga el computador envía a la cama al inspector acucioso con el mensaje se cierra la sesión, y se dirige al dormitorio, arroja la ropa en un sillón del living y piensa: mañana no sé que traerán a este recinto de encuentro los recuerdos y la añoranza. Se mira al espejo, la figura desnuda de una mujer que masajea un cuello adolorido esboza unas buenas noches adormilada y perezosa mientras la navaja hostil de un viento que no cesa golpea los vidrios. En la calzada el aguacero persiste prepotente y agresivo como la furia de Dios o el odio al decir de Vallejo.


SAETA

Alcanzamos a cruzar breves palabras. La sorpresa evidente la reveló el marcado nerviosismo de nuestras manos y el precipitado encendedor que él acercó hasta mis labios. No era raro que se me antojara fumar antes de abordar el bus que nos habían asignado, soy una fumadora empedernida. Muchos del grupo lo hacían y como la viciosa que soy, no me atemorizan las leyendas mortíferas de las cajetillas actuales. La ansiedad ambiciona la nicotina tanto como una bolsa de papas fritas o el pan con mantequilla. El vicio tiene signos incurables. Nos sentamos separados. Una escritora, mujer alta y rubia, a la que le era imposible disimular su interés por Toti, lo acaparó sin mayor esfuerzo. ¡Vaya como se las traía mi ex compañero de infancia! Otro escritor, un destacado narrador, maduro y conquistador se hizo cargo de mí al subir los escalones del vehículo. Estábamos empatados. Ese día en el curso de la actividad literaria, aparte de algunas miradas y unos gestos de camaradería en el hall del liceo, lugar de la charla y recital, nada parecía aproximarnos. Por lo menos, hasta ese momento. Isabel está abrumada, encontrarse con Pedro la ha alterado y pese a sus esfuerzos no logra disimular su indescriptible desazón ante el galante escritor que la rodea. Jaime pregunta atento y cordial por su estado de salud y ella responde acelerada y un tanto avergonzada que se encuentra perfectamente. Inusitado, ella miente, algo que no está dentro de sus cánones, (y eso que no cree en San Agustín, que decía que nunca se puede permitir mentir),cualquiera que la conozca se daría cuenta que su estado emocional ha sido trastocado pero no quiere reconocerlo, menos a ojos ajenos como los de

este desconocido. Isabel trastabilla al conversar con su ocasional partner, insiste en su saludable estado y en forma estrafalaria la mentira la delata, resbala con estrépito al subir la escalera del colegio. ¡Estúpida de mí!, me resbalé en una minúscula escalera y sujeta del brazo de Jaime. ¿Qué irá a pensar? tonta y absurda Isabel me dije mientras sonreía al considerado escritor de pelo cano, comentando que no había sido nada, un tropezón cualquiera da, sonreí con expresión bobalicona, me pareció estar repitiendo la letra de un tango. Luego del evento y de desaparecer raudos, arrancamos de los muchachos que nos atosigaron con preguntas, el bus nos llevó al restaurante. La Pancha nos esperaba con pisco sour, empanadas, asado y ensalada a la chilena, todo bien mojado con vino tinto. Un conjunto, tres músicos, guitarras y órgano completaban el paisaje, los visos de celebración flotaban por la puerta y ventanales llamando la atención de los transeúntes. Desde la otra esquina de la extensa mesa Pedro miraba a Isabel. Yo miraba a Pedro tratando de adivinar sus pensamientos. Lo que no se imaginaba era que Pedro, el Toti, la miraba pensando en lo incomprensible de la situación, conociéndose de niños eran incapaces de romper el invisible muro que los años habían levantado entre ambos. Paradójico. Dos escritores evitándose, torpemente mudos. Y él, sin poder zafarse de la rubia, claro, la mujer era bonita pero él estaba demasiado ocupado en dilucidar su particular enigma interior. Los sentimientos que le unían a Isabel. Despejar la ecuación le era trabajoso, habían transcurrido años, Isabel era simpática y había sido su mejor amiga en los años queridos, los que resonaron en su mente como la melodía que le proporciona el mayor goce. Contestaba en forma mecánica las preguntas insípidas de la rubia. Hacía caso omiso de las tallas de sus camaradas, bebía y comía con parsimonia inusitada. Su mente trabaja vertiginosa con el piano agasajando sus oídos. Isabel repetía para sí y el ángel, imaginó ella, de nuevo hizo su aparición ante el niño inerme de la sala de clases. Mantenía la expresión calma y desamparada que ella recordaba. Pedro no cambió mucho. Aparentemente, porque a Pedro, no dejaba de martillarle el cerebro la frase “de nuevo juntos” que venía


como una saeta a empañar su aparente concordia. Permanecimos inmóviles y atentos, desconcertados por esta casualidad que nos enfrenta a un pasado común y a un largo trecho de vicisitudes que ambos desconocíamos. Pedro e Isabel, querían exasperadamente desentrañar. ¿Cómo? Ninguno de los dos tenía la respuesta. En forma abrupta Isabel se levantó de la mesa y se acercó invitándolo a bailar, el guitarrista entonaba una balada o un bolero. Él casi dijo que no, no le gusta bailar, pero la mirada de ella lo convenció, quería acercarse, como antes. Pedro pensó que era la oportunidad de aproximarse a su vieja amiga. Isabel lo tomó con seguridad y él la oprimió contra su cuerpo sin evitar sentir un temblor en su columna. Pedro repasaba mentalmente la apariencia de su amiga, llevaba un jeans azul, una polera negra, una cadena de plata con una piedra azul en el centro y zapatillas azules. La encontró atractiva. Estaba meditando en la agradable apariencia física de Isabel cuando su voz lo sobresaltó. No sabía que eras poeta, señaló Isabel, con la cabeza que no alcanzaba a rozar la barbilla de Pedro. El la alejó un poco, se inclinó para mirarla. Ni yo que fueras escritora, agregó, nos hemos encontrado después de tanto tiempo Isabel. ¡Treinta años Pedro! Exclamó y la emoción quebró su voz. Unas lágrimas asomaron en los ojos de Isabel, se deslizaron por su rostro, rápidamente él sacó un pañuelo y se lo pasó. Soy una tonta pensé ¡mira que ponerme a llorar! Gracias a las lágrimas de su antigua amiga, recobró la soltura que le caracterizaba, esa libertad que lograba en décadas añejas y siempre vigentes en la memoria, no por nada era la época de los años sesenta. Por favor Isabel, no llores, exclamó conmovido. Perdona, es tonto, expresó ella. No, es sanador, respondí en tono consolador y continué, han pasado múltiples acontecimientos desde aquellos tiempos. Todos hemos padecido, temor, muerte. Y todos hemos errado alguna vez. Vivimos como si lo sombrío hubiese concluido y las heridas no cicatrizan. Tal vez nunca Isabel. Ella no quiso detener su pensamiento en recuerdos infaustos. Vivía el momento. La música movía nuestros pies como si toda la vida hubiésemos bailado juntos. Sin interrupciones. La tensión de Pedro se

aflojó. Yo parecía flotar. Isabel cierra los ojos para evocar aquel instante. Me apoyé en su pecho, sentí latir su corazón bajo la camisa azul. La interrupción de la música nos transportó al jardín del lugar. Entre rosas, violetas y alelíes nos sentamos a charlar en un banco de concreto, al lado del sendero que atravesaba el jardín posterior, el muro de ladrillo rojo quedaba prácticamente oculto con flores y arbustos. La tarde olía a pasto recién regado. Un Pedro a ratos locuaz, se instaló frente a mí, traspuso con sus largas piernas el banco de madera de color rojo furioso, lo miré atenta e indagadora. Estaba en Talca desde la universidad, se tituló de profesor, se casó y vive solo. Su mujer e hijos viven en el norte. Me habló de su madre, de la enfermedad, ella vive con mi hermana explicó contrito y preguntó enseguida ¿Recuerdas a Pilar? Asentí y para cambiar un tema que parecía afectarle demasiado, le hablé de mis hijos, los nietos y de la extrema soledad que me arrojó al papel en busca de terapia menos costosa y más gratificante. Escuchó atento. De pronto, se levantó sin decir palabras, salió disparado hacia el salón. Volvió con la mochila colgando de un hombro, se diría por su andar que retozaba como niño. Pedro se mostraba como antes, como en nuestras íntimas y largas charlas de infancia y juventud. El regocijo galopaba en mi interior. El furtivo ardor de mis lágrimas logró derretir el témpano que nos separó unas horas. Prometo que mis lágrimas fueron un recurso espontáneo, súbito. Arrancaron de raíz las horas de tensión tediosa e inconfortable de temprano, es lo que percibí. Buceó al interior de la mochila café de cuero ajada y raída. Alargó unos libros. Sostuve en mis manos tres de sus libros, uno prologado por Roque Esteban Scarpa, uno por Uribe, el otro, no recuerdo. Leí un poema y me embargó la emoción. Comprendí que esta había sido la forma en que Pedro había arrojado al precipicio, su timidez, inseguridad y sufrimientos. Encontró la forma de exteriorizar la sensibilidad que le caracterizaba. Su poética era atrevida y denotaba un compromiso social profundo. A lo largo de su extensa carrera de escritor había obtenido numerosos premios y era muy bueno en el trabajo con la palabra, esta afirmación proviene de los comentarios oídos de pasada. Valioso, amigo, muy valioso,


repetí feliz, lo que tú tienes no se compra en los mall agregué mirándolo embelesada. ¿Y tú?, ¿Andas con algún libro? inquirió no exento de ansiedad. Aquí no, pero yo soy una neófita, aduje con cierta timidez, y como de verdad me producía vergüenza mi primer libro publicado dije rápida, yo no estoy a tu nivel. No digas, si lees mucho y escribes lo suficiente puedes lograr un nacional. Pedro reía alegremente. No aspiro a tanto, empecé tarde, la literatura no me da fortuna pero me salva, respondí dejando establecido que competir en literatura no me quitaba el sueño. Lo necesito, tan simple como eso. Necesidad, recalcó Isabel. Entonces somos dos náufragos, estamos en la orilla del mar, afirmó él. Así es, acotó ella, el Toti con ojos penetrantes y voz tenue expresó: tenemos los pies desnudos en arenas movedizas. Isabel pensó que ella siempre había andado por ese terreno. Esos libros, son tuyos, déjatelos dijo repentino y seco. Su actitud me desconcertó. Supongo que no quiso revelarme la impotencia, la carga que implica ser poeta, en un país en que la obra del escritor recorre caminos marginales, claro, se dice de poetas, pero carece de lectores que asuman como ejercicio cotidiano. Eso lo descubriría más adelante. Hasta ese día conocía el retiro voluntario de los narradores, distraídos y ajenos al estruendo social, pese a que la mayoría poseía un trabajo estable y remunerado que les permitía vivir. Nunca tuve un amigo poeta. Es más, la poesía no era de mi agrado. Pedro la tomó de los hombros y la invitó a pasear por el jardín. La aridez y la hiel se habían esfumado. Su rostro había pasado de la seriedad total a una alegría inusitada. Isabel no se percató que la súbita alegría de Pedro se debía a su encuentro. Ella me convierte en jovenzuelo, la farsa en que se desliza mi vida no la conoce, depresiones y derrotas es todo lo que carga un artista provinciano. ¡Pobre Isabel! no sabe que su amigo de antaño no existe, reflexionaba y la inquietud roía su alma mientras forzaba en su rostro una sonrisa. Pedro pasó esos instantes en un trapecio etéreo sacudido por la alegría y la contradicción. La voz de los organizadores los llamó a otro lugar. Él aferró su brazo. Las arenas movedizas parecían succionar a Isabel.

REGALO

El océano manso y sinuoso se extiende ante mí. Ha pasado lo execrable, la tétrica travesía por el canal del bamboleo. Pasajeros vomitando, corren hacia el baño con cara amarillenta, toallas improvisadas y muecas nauseabundas. Muchos pasan con ceños arrugados sujetando sus panzas cerveceras. El paso fue brutal. Menos mal que traje esas benditas pastillas para el mareo. Estoy en la cubierta y fumo sumida en la gran parka azul con rojo y la cabeza cubierta por un gorro chilote. Son las dos de la mañana y Pedro pasea por el borde del barco resucitando del cruce infernal. Despejaré la cabeza dijo. Seguro estará trazando un nuevo poema en el papiro grisáceo que despliegan los dioses sobre nuestras cabezas. La inmensidad sobrecoge. Puedo sentir el sonoro paso del silencio. Su rumor gruñe en mis nervios y siento que el infinito recoge mi cuerpo como una minúscula partícula planetaria. Pedro sube hasta quedar apostado al lado de la bandera. Su rostro reconcentrado permanece estoico. ¿A quién se le ocurrió este viaje? No sé por qué extraña razón, un día cualquiera, estando en mi casa y luego de un intenso debate sobre la razón de la existencia del hombre y el propósito divino. El pesimismo de Vallejo y el existencialismo de Miller con la onda beat de Kerouc y su libro “En el camino” nos habían dejado callados, con la reserva interrumpida por el chasquido de los encendedores y uno que otro vehículo pasando por la calle veintiuno de mayo. Debates. Nada singular entre ambos. Un suceso cotidiano en la valija intensa de los días. Él levantó una revista de viajes del cesto del living y señaló la publicidad de un viaje aventura en la Patagonia


Norte, la laguna San Rafael ubicada en la región de Aysén, Cohaique. En el parque se encuentra la cumbre más alta de los montes australes, el San Valentín. ¿Sabes? Manifestó animado: la laguna, es el lugar donde el ventisquero San Rafael, lengua del Campo de Hielo de San Valentín y el mar se tocan. ¡Existe hace veinte mil años!, levanta las manos y añade: es muy interesante, según todo lo que he leído, me gustaría ir, un gesto repentino alteró su rostro. No creo que pueda, jamás la conoceré, su tono era lastimoso. ¿Por qué no? mis labios emitían impulsivos: vamos, te invito. ¿Estás segura? Como que soy Isabel Miranda. Mira a Pedro con dulzura. Desde el día en que reencontraron no han dejado de verse. Su amistad es única, superior, mucho mejor que en tiempos pasados. La edad, la experiencia y pasión por las letras los han unido entrañablemente. Pedro se pierde algunos días y vuelve sin aviso, sin llamadas. Sabe a la hora que ella llega y a la hora que sale. No hay preguntas, no hay exigencias ni reclamos. Isabel agradece la fiel compañía que prodiga y la motivó al viaje. Un regalo. Sabe que es difícil que él realice uno. Pedro se alimenta de sueños, del aire. Ella puede, no se mueve en la fatal incertidumbre que agobia a Pedro y quiso darle en el gusto. No estás en tus cabales, dijo su hermana Irene ¡Cómo se te ocurre pagarle un viaje! ¡A un hombre! Ese hombre es mi amigo, respondió calma. Ese hombre, es un fresco. Uno que te está utilizando igual que tu marido. Isabel encogió los hombros. Me acompaña. Irene movió la cabeza con el rostro enrojecido de rabia. Eres una tonta. Como pienses. Da lo mismo, iré con él a ese viaje. Allá tú, parece que te agrada ser utilizada. Gastón levantó la cabeza del diario que leía en el sofá, para decirle a Irene que no se metiera en la vida de su hermana. Cállate tú, Irene no podía ocultar su enojo. Mejor me marcho dije. Isabel levantó su chaqueta de la percha y tomó la cartera. Nos vemos. Gastón dijo: que te vaya bien. No escuchó a su hermana despedirse. Caminó rauda a su casa. Al asomarse al conjunto de edificios donde vivía, el nochero la saludó amable y un vecino que caminaba el sendero del estacionamiento cercado de árboles hacia el edificio adyacente, exclamó, tiempo que no la veía. Mucho trabajo, respondió ella esbozando una sonrisa.

Subió la escalera pensando que un té sin pan era mejor en las cuatro paredes de su pequeño departamento que un té con torta de nuez en la lujosa casa de Irene. Y eso que soy loca por la torta de nuez. No pude contener la risa al abrir la puerta de mi minúsculo refugio. Pedro la alcanza con sus largos pasos y se apega a ella. Isabel lo abraza. Gracias por regalarme esta belleza querida amiga. Ella encogió los hombros. Estás congelada. No importa. El paisaje bien lo merece. Se dieron calor mutuamente sin dejar de observar el amanecer que emergía diluyendo las sombras del firmamento y descubriendo a sus ojos el milenario glaciar. Isabel no recordó a Irene. No recordó a nadie. Estaba completa. Unas gotas de agua mojaron tenuemente su parka. Entremos, dijo Pedro. Espera un poco. Como quieras. Dos cigarrillos después Isabel decidió bajar a tomar una taza de leche caliente. Estaba congelada. Pedro no lo hacía nada de mal. Bajaremos después del desayuno, en bote recordó Isabel. A tomar whisky con hielo del glaciar, dijo Pedro y sus ojos rieron. Isabel lanzó una carcajada. A las once los llamaron para bajar por las escaleras metálicas al casco del barco, a lo que denominan obra muerta, una especie de subterráneo donde se ubican las puertas que permiten salir al océano, subir a los botes. Allí se vistieron con ropa de agua y en grupos de diez, en botes a motor rodearon el glaciar. Pedro se sentó a su lado y la tomó de los hombros. El jolgorio y las chanzas iban y venían. A la distancia observo los blancos montículos algunos tan blancos que tienen tonalidades celestes y verdes deslumbrantes vuelvo a sobrecogerme ante el tesoro natural que atribuyo a la grandeza de un divino hacedor y la emoción me embarga ante el milagro de encontrarnos juntos disfrutando esta maravilla de paisaje. Pedro ríe y conversa con su vecino. Vuelve a ser el niño que conocí. Es tan alto y desgarbado, quedo admirándolo. Surge un canasto con una botella de whisky, vasos largos de vidrio en su interior, felices usurpamos hielos de la laguna. Compartimos turbados y alborozados el trago fuerte reconfortante elevando los vasos hacia el cielo. Nuestras ropas se han empapado con la llovizna sorpresiva, pero un regocijo indescriptible inunda el alma. Experimentamos una comunión que se tradujo en cosquilleo


gozoso en el vientre, era una extraña embriaguez espiritual. Nos miramos sonrientes unidos por esa sensación de complicidad y gozo ante este algodón de hielo que no podía congelarnos. Era una empresa imposible. Por un instante pensé que nada ni nadie podrían paralizarnos. Pero el pensamiento es veloz, raudo, efímero y lo bello aún más. El bote a motor da varias vueltas por segmentos de la laguna, se aproxima al ventisquero y vemos que en algunas fracciones el glaciar esplendoroso tiene cuevas, una selva espesa rica en helechos y musgo abundante. Creíamos que todo era nieve y estaba deshabitado, pero no, hay aves marinas y terrestres, como albatros y patos. Quedamos extasiados. No podíamos salir de nuestro asombro. Si mal no recuerdo hubo un instante en que los ojos de Pedro fulguraron. Unas lágrimas gruesas arrollaron sus mejillas. Era un hombre sensible, que manifestara esa cualidad escasa en las personas era mi recompensa. Sólo por ello valió la pena el esfuerzo del viaje y soportar la impertinencia de mi egoísta hermana. Una locura. Lo sé. El campo de hielo da origen a diecinueve ventisqueros y por el que lleva su nombre, el parque se ha hecho famoso, escuché decir a un improvisado guía. Ha sido un viaje sensacional, exclamé, fue impresionante ver como enormes bloques de hielo se desprenden del ventisquero y caen con estrépito al agua de la laguna. Hemos vivido y aprendido algo más, descendemos mojados del bote pero con una amplia sonrisa alborotada en nuestros rostros. Bajamos apresurados de la embarcación para cambiarnos ropa, zapatillas y calcetas. Ducharnos e ir al casino a almorzar era nuestra próxima tarea. Teníamos apetito, pero la comida fue escasa, el frío, el agua, la conmoción, nos habían abierto el hambre con alevosía. El casino no vende sandwich a esta hora dijo un garzón de mal talante. Bebimos café. Soportamos a duras penas los bichos del hambre hasta las cinco de la tarde. Abrimos la caja de chocolates obsequio de Pedro y devoramos los bombones. Hasta la hora de los barros jarpa y lomitos con palta jugamos canasta con otros turistas fumando como si fuéramos prisioneros, apostamos empanadas de queso y unos tragos largos. Después nos instalamos a leer bebiendo unas botellas

de whisky en miniaturas, que acaparamos literalmente desde el bar. Claro, previo pago. La lluvia trazó un cordón grisáceo sobre la tarde. A las siete nos fuimos a la disco, es la hora de la transformación del casino, la del baile. En ese lugar perdí mis pulseras de plata. Perdí es un decir porque fue un robo. Me las sacaron desde el bolsillo interior de la parka. Eres demasiado confiada, reprochó Pedro. Por unos instantes lamenté la pérdida. Con un par de bailes me repuse. Las mujeres ojeaban a mi amigo preguntando si era mi pareja. Es sólo un amigo, la mirada pícara que devolvían tenía signos de incredulidad. No le di importancia. Una flaca morena de chasquilla, vestida como árbol de navidad, me pidió permiso para bailar con Pedro. Es todo tuyo, dije. Excúsame no deseo bailar, escuché decirle. Anda, no seas malo rogué. ¿Viste que no hay varones disponibles? digo afectuosa. Obediente y con cara de suplicio siguió a la mujer a la pista de baile. Me arrebujé en mi parka y salí a cubierta. El mar estaba oscuro y millones de olas, como criaturas blancas se dejaban ver con dificultad, se zarandeaban en forma grácil. La lluvia había cesado. Un tipo alto y gordo de lentes gruesos se acercó a mí. ¿Andas sola? Su mirada libidinosa no me gustó. Estoy con un amigo, respondí. ¿Qué haces? Huyo del ruido y de toda la gente, recalcé el toda para que se evaporara. Eres rara. Quiero estar sola. Entiendo la indirecta. Directa diría yo. El gesto poco amable lo alejó hacia un grupo de jóvenes que reían estacionados a algunos metros con unas botellas y vasos en las manos. Menos mal. No quiero estar con cerdos lascivos. Abundan. Los detesto. Tal vez es la razón que me une a Pedro. Jamás una insinuación. Jamás un comentario burdo. Es único Lo dije. Al día siguiente retornaríamos a tierra. Me entusiasmaba la idea de comer mariscos en Angelmó. Es lo máximo comento a Pedro, bueno, nunca como San Rafael, acoto, pero está muy bien. Nunca he estado ahí, dice serio. Pero conoces otras cosas otros lugares. Sí, algunos no quisiera haberlos conocido jamás. Emite una exclamación imperceptible. Estás triste. No, es una forma de expresarlo. Nada más. No pregunto. Sé que lo agradece. Hay enormes charcas que desconozco de él. Prefiero que sea así. La impertinente Irene lo inundaría a preguntas. Insufrible. No lo


he llevado a casa de mi familia. No quiero exponerlo al bochorno que le causaría el desatino filial que suele acongojarme. Basta conmigo. No he relatado que Pedro se cambió de ciudad, surgió la posibilidad laboral en Concepción y se trasladó. Tiene algunas horas de clases en unos colegios. Escribe mucho y lee como trastornado. Socio de cuanta biblioteca existe, comprador compulsivo de libros usados, posee más libros que ropa. Tiene un departamento chico, una pieza con una cama en el suelo y libros por doquier. Una habitación con una mesa, dos sillas, dos jarros, una cocinilla a gas y un calentador de agua componen sus bienes, se agrega un televisor obsoleto que no enciende jamás, una ventana carcomida por el tiempo y un balcón donde pasea un gato enorme plomo y con cara de Pete el negro. Mafioso a más no poder. A Pedro puede faltarle la comida, a su gato nunca. Extravagancias de poeta en guerra con el orbe y tal vez consigo mismo. Aparte de los libros su otro gran capital es la computadora portátil. Si me buscas Isabel me encontrarás en el lugar de siempre, sentado con el notebook sobre las piernas o en la mesa y una caja de CD esperando su turno. Es de esta forma que lo encuentro invariablemente. No miente. Una cualidad admirable es su transparencia y lealtad. Atípico. La ciudad se avista y arreglamos nuestras mochilas de excursionistas para el aterrizaje. Dos días para regresar a tierra desde el ventisquero dejando atrás los témpanos de visos multicolores. Unos turistas piden unas fotos con nosotros. No podemos negarnos. Uno da su dirección. Yo entrego la mía. Formalidades. Sabemos que no volveremos a vernos. Nos reunió una aventura. Nada más.

DUDAS

El hotel del Mar recibe a Pedro e Isabel con cierta suspicacia. Es evidente que no son marido y mujer. Han pedido una habitación doble. Es más económica, dijo Pedro antes de entrar. Isabel asintió. La recepcionista revisa los datos registrados en el libro. Queda observándolos con el recelo pintado en su mirada. Gira, toma las llaves y las entrega a Pedro. Isabel consulta si hay ascensor, a la vuelta, la respuesta es cortante. Ambos toman sus mochilas y se dirigen a la pieza trescientos cinco Estoy demasiado agotada, el viaje ha sido extenuante exclama y él asiente. Una ducha es lo mejor. Desempacamos. ¿Quién primero? Tú. No, tú insisto, yo fumaré un cigarro. Pedro entra a la ducha. Fumo cansada, golpeada por el traqueteo del barco, el paisaje y la experiencia inolvidable. Apago el cigarro a la mitad, me acurruco y quedo dormida. Despierto tarde con una frazada encima de las piernas. Está oscuro y Pedro no está. Salió a comer o a comprar. No me equivoco. Llega una hora después con pan amasado, queso fresco y el termo lleno de café. Comemos ávidos. Ordenamos la mesita de noche que sirvió de comedor. Pedro toma un libro y dice te espero abajo. Me voy a la ducha. Luego de vestirme, con el pelo húmedo salgo hacia la recepción. Él está instalado en el sillón enfrascado en el libro de Whitman. Entrego la llave a la mujer desconfiada y salimos a recorrer Puerto Montt nocturno. El mar está alborotado, la noche está encogida de frío y humedece el rostro una lluvia insípida. Caminamos de cara al viento helado por la costanera. Pedro tiene su mano posada sobre mis hombros. Contemplamos la ciudad desde la orilla del mar. Atravesamos


la calzada hacia la vereda del frente ¿Te apetece un trago?, yo invito, la cara de Pedro es iluminada por un letrero de neón que nos alcanza en la franja oscura de la noche. Estamos solos sobre el concreto y nuestros rostros están salpicados de agua. Nos encontramos entumidos de frío. Acepto la invitación. No nos hará mal un roncola para calentar el cuerpo. Entramos al primer pub que encontramos abierto. Poca gente. Parece caro, susurro. No importa dice, contigo me siento millonario. Reímos. Observamos con detención el ambiente y la concurrencia. El lugar es amplio y sobrio, piso de cerámicas grises con ribetes negros, tiene una pequeña pista de baile circular, al fondo una imponente chimenea con protector de bronce, una veintena de mesas redondas lo completan, bailan un par de parejas, un hombre con dos mujeres y un grupo de jóvenes beben cerveza, conversan y comen de unas jícaras, maní salado. Ambiente en penumbras y suave música pop. Cuéntame Isabel ¿Terminaste tu novela? Falta mucho indica ella. Por no decirle que hace unas semanas que no escribe. Tiempo desértico. Al instante se confiesa, en realidad he escrito poco. Hace semanas que no tomo el archivo de mis escritos. ¿Algún motivo especial? Trabajo. Cifras. Las cifras me condenan suspira ella, resignada. Entiendo. Así es Pedro, difícil combinación los números y las letras, en mi caso es imprescindible. Admiro eso en ti, dice Pedro. Supongo que la palabra me da lo que necesito para darle sentido a mi vida, responde Isabel. Pero tú haces tantas cosas, proyectos, negocios ¿cómo fue que te dedicaste a escribir? habla atropellado y continúa, tienes mucho trabajo, tus jornadas son extensas. Sí, así es Pedro pero la palabra me da la libertad y las cifras la razón. Esa libertad la hago mía en la noche, escribo hasta las dos o tres de la mañana. A las ocho estoy lista para ir a la oficina, olvidar la escritura y aferrar los números. Me mantengo, me alimento por las cifras. Necesito escribir como el aire. La palabra me ha otorgado el sentido por el cual estoy parada en el planeta. El trabajo todo número y lógica me permite vivir. Sí, lo sé soy una rara especie de números y letras. Extraña vida mía. Sería ideal no tener que trabajar o haber estudiado humanidades. Pero fue mi elección. No puedo

escapar a eso. No hay vuelta atrás. Estoy vieja acoto, para cuestionar un destino que no elegí. Ambos hemos recorrido un largo camino para llegar hasta aquí dice Pedro. Un difícil camino responde Isabel. Si no hubiera sido de esa manera no estaríamos juntos, musita Pedro con la mirada indescifrable hundida en la mía, agrega, como amigos. Acaricia el dorso de mi mano y apura un trago. Yo impertérrita enciendo un cigarrillo al tiempo que clavo una aceituna con un palillo de madera menudo y deforme. El hombre y las dos mujeres bailan. Flirtean sin parar. ¿Qué te parece? susurra Pedro al oído de Isabel. Parece raro, digo risueña. ¿Alguna vez estuviste con dos mujeres? Consulto mientras hago rotar el cenicero atiborrado de colillas sobre la mesa. No, cómo se te ocurre, no soy grupal contesta rápido. Yo tampoco. Recién me doy cuenta que nunca hemos tocado el tema de nuestras relaciones amorosas. Superficialmente esa vez en el evento. Desde el reencuentro ha sido una puerta sellada. Ninguno ha querido golpear menos abrir. Refuerzo esta idea cambiando el tema. Iremos a la caleta mañana. Usted ordena, responde con gesto cómico. Paga el consumo, abandonamos el pub y al trío que llamó nuestra atención. El hielo nocturno magulla el silencio. Nos dirigimos al hotel. Con una bebida subimos a nuestra habitación. Al apagar la luz miré a Pedro acostado en la cama adyacente. Dormía plácida y profundamente. Me di vuelta miré hacia la pared. Pedro seguía pareciendo excepcional. O yo no era su tipo de mujer. ¿Quién lo creería? Hemos pasado días inseparables y nada, ninguna insinuación. ¿Y si pasara, cómo reaccionaría? Me enojaría. ¿O me entregaría? No, Pedro es un amigo. Nada más. Elucubré situaciones para terminar diciéndome: eres tonta Isabel. Luego de unas vueltas bajo la oscuridad entorpecida por la luz que llegaba desde la vereda, el sueño rindió el huracán de dudas que atropellaban sus sienes.


CONEJOS Y DRAGONES

Ese sábado permanecemos juntos hasta avanzada la madrugada. El grupo simplemente no existió para ninguno de los dos. Las tallas cesaron. Esther, León y Eugenia, algunos de los escritores convertidos en viejos conocidos bailaban al ritmo de la música de Cecilia, el jolgorio alcanzaba su máximo apogeo a las tres de la mañana. Pedro no dejaba de contarme su paso por distintas universidades, primero como estudiante, después como profesor, algunas anécdotas con alumnas y situaciones bastante jocosas encendían su rostro como nunca. No es este el hombre que llegó al hotel, los surcos amargos se desvanecieron al calor de la conversación y la reverdecida confianza era un globo rutilante e invisible de gigantescas luciérnagas en el entorno salpicado de inusitado brío. Los vasos de piscolas tañían al unísono y el despliegue de luces multicolores acentuaban el grato y confortable ambiente que nos acogía. Supongo que en mucho tiempo él y yo no nos habíamos sentido felices y libres. El Toti encontró a su pareja gritó uno desde un rincón. Quise levantarme y explicar. Déjalo, está ebrio, dijo Pedro con aire divertido. ¿No te importa? Para nada y con un brazo me devolvía a la silla. Los garzones disfrutaban viendo el desorden festivo y más de alguno tomó unos sorbos de vino tinto amparados en un poste de madera añosa, escondiéndose de la dueña. Retornamos al restaurante después de finalizado el evento, una tertulia en el salón de honor de la municipalidad donde compartimos unos café y galletas. Un entristecido Jaime me miraba desde lejos. Ninguna mujer le proporciona su atención. La rubia de nombre Soraya, supe más tarde, ya había encontrado consuelo

en brazos menos esquivos que los de Pedro. Todos se dieron cuenta de nuestra relación. Que nos conocíamos desde niños. Dato curioso dijo uno y venir a encontrarse aquí precisamente. Ambos escritores. Claro que debí aclarar que yo no me sentía totalmente escritora, mi trabajo eran las cifras, los cálculos. No era una literata como ellos. Tampoco pretendía vivir de las letras. La mayoría profesores de castellano, español etc. Nos miraron por un momento como bichos raros. Pero ya en la plaza de armas nos dejaron en paz. El retorno a la cena restituyó el reinicio de las tallas. Hasta ahora. Nos alejamos para respirar la atmósfera noctámbula. Un gato negro aulló saltando el muro de ladrillo color guinda seca. Yo tengo uno dijo Pedro. ¿Un gato?, nunca me enteré que te gustaran. Esa es otra historia y me miró misterioso. Nuestra infancia fue maravillosa Isabel dijo repentinamente. Lo mejor que hemos tenido. Pude comprobar que como Rilke mi amigo Pedro, gracias a la ternura con que recuerda la niñez, se ha librado de la monstruosidad que significa ser adulto, palabras que alguna vez mencionó Mistral refiriéndose al poeta alemán. Hoy se manifiesta en la expresión de mi querido amigo, quien me encadena a sus recuerdos íntimos, los más bellos, a los sueños de colibrí. Me arrastra al vehículo inmortal de la nostalgia. Una sucesión de vivencias se desliza vertiginosa por mi mente, como un horda de conejos retozan a mi alrededor, pícaros, juguetones y dulcemente tiernos. Regresemos Isabel, está haciendo frío. La dirigió al interior del local mientras ella exclamaba Qué de recuerdos amigo y la imagen de la tía Luz blandiendo, en medio del living, el dulce recién horneado arrebató la memoria de Isabel transportada al cálido y antiguo hogar de su amigo. Volviendo a la historia del gato, le confesó que era uno plomo que heredó de una mujer. ¿Tú esposa? No, no, repitió, otra chica. El amor o el matrimonio no es necesariamente fiel dijo, menos en los poetas, agregó. Isabel comprendió. El gato perteneció a Lucía, aclaró él, ella lo miró con atención. Recuperaron sus antiguos asientos al costado del comedor. Ella sacaba conclusiones. Claro, su amigo no le fue fiel a su mujer. Y ella que aborrecía (y a la vez temía), esa pantera denominada infidelidad que desgarraba los lazos de la


ternura y la pasión. Se acordó de Max. La paz que sentía hasta ese instante se vaporizó. Se revolvió inquieta sacó un cigarro y lo encendió de prisa. ¿Te pasa algo? preguntó Pedro preocupado. Nada, prosigue. En un santiamén desaparecieron los conejos, las luciérnagas y la ternura emprendió la retirada. Inocencia de mujer. Estás en otra época, ¿cómo puede extrañarte el ser infiel? Isabel, despierta Isabel, se repetía mentalmente. Hasta calmarse. Hasta aplastar los dragones de la ira. El rugido letal de la herida. Su herida. La que cargó por años. Isabel abandona el computador y se aleja, vuelve a experimentar el nudo en la garganta, respira profundo, va por un incienso y enciende un cigarrillo, se sienta frente a la pantalla, ante el único ojo que la observa y continúa escribiendo: Pedro sigue su relato, te explico querida amiga, el animalito, era un felino de escasos meses que tenía Lucía, una chica que amé mucho y tenía cáncer, la cuidé hasta el día en que murió. Me enamoré de ella y desconocía que estaba enferma. Era mi alumna en español y vivía sola con su madre. Quiso huir de mí. No la dejé. La cuidé hasta el final, sí, la cuidé como a nadie, repitió como autómata. Una vida joven con mucho por vivir y entregar. La voz de Pedro se escuchó temblorosa. Isabel lo miró preocupada, ya no le pareció odioso el animal ni la mujer. Estaba muerta. Su egoísmo la hizo palidecer. Murió hace dos meses, continuó él. La reciente partida de la chica de Pedro la menguó aún más en el asiento. Sintió vergüenza de su contrariedad. El es mi compañía, la herencia que Lucía me dejó. Bebió un trago de un nuevo vaso alojado sobre el mantel blanco de diseños rojos. Empezaba a comprender entonces el marcado rictus amargo de su amigo, su espalda encorvada, el total desinterés por su apariencia. Sus labios esbozaron: lo siento mucho, pero no fue sincera, una daga se incrustaba en su interior. Quiso agregar algo más. No es necesario dijo Pedro, adivinándola le puso los dedos sobre la boca. Pasó, como todo en este mundo: existimos, amamos y nos dilapidamos lo que dura una vela encendida a la intemperie. A veces Isabel, crees encontrar al amor de tu vida y el destino reserva amargas sorpresas. Es un castigo, puntualiza. No digas. Si, un castigo a lo mal que me porté con

Sandra. La hice sufrir, lo sabemos, viene de vuelta lo que siembras. Eso es verdad, pensó ella, el karma. La felicidad es efímera Isabel. Suspiró. Nacemos para sufrir, no hay esperanza. Si, la hay, mientras estemos vivos, la hay, afirmó ella, la esperanza es real, mostrándose renuente al pesimismo de su amigo. Pedro rebatió con dureza, es utopía, sólo utopía. Un Pedro envejecido, aplastado por el peso de un pasado indeseable estaba en frente. El desamparo que lucían sus ojos desgarró en hilos el espíritu de Isabel. La felicidad se la llevó un mesero impregnada en los vasos que ambos utilizaron. Alguien hizo sonar un juego de servicios contra una botella, despedía en voz alta el encuentro anunciando que el desayuno en el hotel era de ocho a nueve treinta, que después irían a Sewell, cuna de la gran minería del cobre, asentamiento fundado a dos mil ciento treinta metros de altura y ubicado a sesenta km de Rancagua, declarado patrimonio de la humanidad por la Unesco, esto último lo destacó con un tono de orgullo indiscutible, para seguir, almorzarían en ese lugar y rogaba a todos que dejaran sus maletas listas para abandonar el hotel a las once de la mañana. El encuentro terminaría con ese paseo. Uno que otro levantó la voz agradeciendo la invitación, luego de los improvisados discursos los anfitriones los dejaron en libertad para hacer lo que apetecieran. Isabel miró a Pedro quien acababa de apagar otro cigarro. Vamos, necesitamos descansar, ha sido un día intenso y mañana al parecer lo será más. Vamos, asintió él. La fiesta había concluido. No como ambos lo desearon. El ambiente era un escenario plagado de cactus que se desplazaban a su alrededor con la fuerza de un viento atronador que los arrullaba en arena áspera, reseca. Era resultado del gato de Lucía o de ambos. El alcohol es responsable, se consoló internamente Isabel. Un Pedro resignado, el color negro de su casaca era espejo de su cara, abandonó el asiento y la asió del brazo. Esther y León los invitaron a seguir la fiesta. Tenemos una botella de Chivas en la habitación, vamos chicos, exhortaron entre carcajadas insulsas. Isabel respondió por ambos, gracias, vamos a dormir. Allá ustedes gritaron eufóricos, ustedes se lo pierden. Isabel escuchó a Pedro, decir autómata: no hay esperanza. Vio su


mirada postrada en las baldosas color mostaza, que cubrían la vereda carcomidas por el tiempo. La pequeña silueta de Isabel encauzó sus pasos al hotel colgada del brazo de su viejo amigo. Ella movió la cabeza y caminó a su lado mientras las tenues sombras del amanecer rozaban sus figuras. Isabel repetía para sí, hay esperanza, tiene que existir. Declinó en insistirle a su amigo. Era inútil.

EFECTO MARIPOSA

La caleta se encontraba ese día atestada de gente, el sol alumbraba de forma extraordinaria. Las embarcaciones se bamboleaban al compás del océano bañadas por intensos rayos del sol. Un arco iris mostraba sus curvas sobre el mar ostentando un cascabel de colores. El mercado, una gran casa, construida sobre pilotes en el agua y los restaurantes estaban atiborrados de turistas. No había donde instalarse a comer o tomar una bebida. Los salmones ahumados envasados, estaban a la venta en todos los puestos, junto a botellas de erizos gigantes, pescados y mariscos monumentales, todos traídos desde el mar interior del archipiélago de Chiloé y del Pacífico. En la feria artesanal ofrecían tejidos en lana, cesterías, baúles de alerce, joyas de plata, la efervescencia era total. Al terminar de recorrer el lugar, acalorados con nuestros blue jeans y parkas tal vez un poco hastiados de buscar algo que nos acomodara, encontramos cabida en un artesanal puesto de comida con mesas cubiertas de cuadrillé rojo, alcuzas rústicas de color café oscuro al lado de una concha marina y bandejas de alerce talladas que contenían pan amasado y ají rojo. Pedimos unas bebidas y un vino, que trajeron enseguida, la comida vendrá pronto dijo la mesera. Nos servimos las bebidas y quedamos absortos, con las miradas cautivadas por el tráfago veraniego y variopinto que asaltaba la caleta, el mercado y los estrechos corredores. Pedro alzó la voz: el mar tiene el poder de escribir versos atropelladamente en mi cabeza. No cabe duda, me pasa lo mismo, claro que en forma diferente respondí, de cada figura, pareja o pasaje puede escribirse un cuento, un relato y arreglé mi pelo alborotado por el viento de


la tarde. Te pasa que estas con alguien y pequeños detalles esgrimen una frase que jamás pensaste, dice Pedro. El inconsciente con el gesto de una hoja con una piedra amorfa en la tierra o una caracola sobre la arena, despierta un torbellino de frases o versos que somos incapaces de perpetuar sin un lápiz y una hoja. Eres un creador, digo fascinada ¡Creador! Cómo si sirviera de algo refunfuñó. Isabel remarcó por supuesto que sirve, para seguir seria: la creación es un acto de paz, de libertad, la expresión del espíritu que ayuda a fomentar una sociedad más igualitaria y colabora al desarrollo de una mejor calidad humana. Existe una tremenda necesidad de encontrar sentido a la vida. Supongo que esa necesidad es la que nos impele a leer como verdaderos animales en celo husmeando el placer oculto de los libros, agregó entusiasmada. Se ha descubierto con el paso del tiempo que uno puede leer para cambiar el mundo, claro no soy ambiciosa me conformaré si logro cambiar un poco mi esencia negativa, Isabel se detiene para tomar un poco de bebida y prosigue locuaz, recuerda yo pasé años leyendo libros técnicos. Leer nos cambia, tú lo sabes bien, asevero, la lectura nos descubre realidades que transforman nuestra forma de imaginar, de amar, de pensar. Esto me hace recordar aquello que conocemos como “el efecto mariposa”. Lo leí hace poco, su nombre proviene del antiguo proverbio chino: “el aleteo de las alas de una mariposa se puede sentir al otro lado del mundo”. Ya sabes, la interpretación es que la realidad no es mecánica y no es lineal, o dicho de otra forma, que el hombre y la ciencia son incapaces de predecir y controlar la realidad, y que existe un orden en los acontecimientos aparentemente aleatorios. Sin darnos cuenta ocurren cambios. El cambio provoca cambios. Creo que un pequeño cambio en un lector se puede propagar y terminar por transformar, cambiar de aires el mundo, añade, no soy la única. Pedro la seguía escuchando pasmado, tu mente matemática se ha transformado, amiga mía, se nota que has leído bastante. Por ello sigo animándole: no creas que tu labor es insignificante, lo aliento y digo, algo estás dejando quieras o no. No es un capricho ser escritor. Es un acto de amor primero con uno mismo y después hacia el prójimo. Tu análisis

optimista no deja de asombrarme, no lo había visto de esa forma. Pedro remata el cigarro y mira inquieto a la mujer que prometió traernos enseguida el pedido. No hay señales de ella. Si es así entonces tú también eres una creadora. Lo soy a mi manera, reconozco que falta demasiado camino por recorrer. Te confieso, mi primer libro no me dejó conforme, quiero lograr más. Perfeccionarme, sé que tengo que estudiar, recuperar el tiempo perdido en cálculos y sistemas. Tengo nuevas materias que aprender, puedes creerlo o no pero los días se hacen cortos para mi hambre. ¡Y el hambre se agiganta! exclama Isabel, cambiando brusca la seriedad levanta los brazos con gesto alborozado al ver llegar los carapachos y el congrio frito a la mesa. La mujer pide disculpas por el retraso y ambos restan importancia. Comen con avidez los platos bien servidos. Un vaso de vino blanco adereza la lindeza gastronómica expuesta con generosidad. Los gritos de una niña de unos cuatro años llorando por su madre rompe la tranquilidad del ambiente, los clientes apuntan sus ojos al sitio de los alaridos y la dueña se ve exasperada no tanto con la niña como con la madre que ha ido al baño dejándola sola sentada a la mesa. Sobran locas en este mundo, grita destemplada metiendo con violencia las manos en los grandes bolsillos de su delantal blanco con verde mientras envía a una de sus asistentes a calmar a la pequeña. Los comensales la miran sin hacer comentarios. Es típico de los chilenos. El mundo se puede caer a pedazos y ellos permanecen sin hacer nada. Isabel aprovecha la ocasión para comentarle a Pedro que una vez un ladrón, lanza a chorro, le robó su medalla a plena luz del día en la Diagonal camino a la universidad. El ladrón salió corriendo y nadie hizo nada. Un jarro de agua cayó en mi cabeza, fue una sensación extraña y la primera que experimenté en la vida. Lo más impresionante fue la nula reacción de la gente. La solidaridad deja harto que desear. Ni me lo digas responde él, la solidaridad no existe a menos que sea la teletón, su voz suena irónica. Con todo el despliegue de propaganda y farandulandia incluida, la mayoría en esa fecha se acuerda que es humano. O ayudan por miedo a que les pase algo semejante. Tiendo a creer eso Isabel, Pedro agrega esta


vez burlón ¿Y tú aún crees que hay esperanza? Los ojos de Isabel lo miran con reprobación. No hay antídoto para su incredulidad. Después de este pensamiento posa su mirada en los carapachos como si fueran lo único atrayente del paisaje.

FATALIDAD

Pedro durmió en una habitación ubicada al final del pasillo del hotel. A la mañana siguiente, golpeó su puerta temprano. ¿Qué hora es? consultó Isabel. Las nueve, el desayuno empezó, gritó. Me levanto enseguida. Te esperaré en el living, indicó Pedro. Con dificultad, bajó de la cama a la ducha. Un buen chorro de agua tibia la renovaría de la trasnochada. Pedro la había desvelado anoche. Con su falta de fe, su disgusto irrebatible. Le dio la impresión que él pasaba por una depresión. Si es que ésta no era endógena. Quisiera ayudarlo, no podía adivinar los rapaces pájaros que atormentaban a su amigo. Solamente él lo sabía. Se vistió con velocidad. El desayuno era imperdible para ella. No podía funcionar sin él. Los pequeños grupos estaban saboreando el café humeante, los panecillos dulces y salados eran distribuidos en grandes bandejas por una joven risueña y bella. Los literatos fijaban sus ojos inquisidores en la atrayente cola y lánguidas piernas de la mesera. Un manso Pedro esperaba taciturno y solitario mi llegada. Te ves bien, dijo, no se nota el trasnoche. Una ducha siempre refresca y levanta ánimo respondió animosa Isabel. Dormí poco, como siempre, manifestó Pedro. Estas convertido en vampiro con esto de las letras y la lectura. ¿Viste que aportas al país? No te burles niña, responde y una magnánima ojeada arroja sobre mí. Niña, que más quisiera. Las organizadoras apuraron el desayuno. Después de dejar los bolsos en la recepción salieron disparados al autobús. El encuentro de escritores llegaría a su fin al retornar de Sewell. No podía adivinar que pasaría con Pedro y conmigo después de ese reencuentro, que nos sumía en el


pasado y colmaba de interrogantes el mañana. ¿Seguiríamos viendo? Era un misterio. Conversamos animados de los premios obtenidos por mi amigo. Nada le era suficiente. Seguía considerándose un novato y marginal poeta. Yo no lo hacía nada de mal. ¿Qué tiene que ver la ingeniería con la literatura? ¿Cuál es el punto de unión? Habían preguntado varios de los colegas asistentes. Mi actitud es comprensible, la de Pedro no, llevaba treinta años en este medio. Creo que cargamos el peso de la provincia, no hay posibilidades de mayor desarrollo, editar libros sale caro y el impuesto es un problema nacional. Se agrega el desprecio de las editoriales importantes por los principiantes, es la mochila que cargamos, no somos de la gran metrópoli, estamos alejados del ritmo frecuente de eventos, homenajes y actividades artísticas. Isabel resopla, tú lo debes saber mejor que yo, existe una ausencia de críticos, suma la escasa ayuda del estado. Los fondos concursables son inalcanzables para la gran mayoría. ¿Qué pasa con los discernimientos? ¿Qué te parecen? Ella prosigue resuelta: me pasó cuando postulé a la beca de creación categoría escritores emergentes para mi novela número dos. No tiene experiencia. El año anterior la envié a los noveles, la respuesta fue: no corresponde a esta categoría. ¿A dónde pertenezco? En qué lugar estoy conforme al criterio. ¿Y el criterio de quiénes? ¿Quién entiende el razonamiento de evaluadores y jurado? Nadie. Hace años que ingresé al mundillo literario, y se permiten decir en la hoja de evaluación: Isabel Miranda sólo ha realizado algunas actividades relacionadas con lo artístico, continúa con amargura, te parecerá añejo lo que te digo pero la literatura navega de manera muy injusta, el gran rector es el mercado y hay pocos espacios culturales donde se fomente, depende de modas, tendencias. Hay una percepción parcial de lo que es la literatura. Creo que existe una multiplicidad de escritores no representada. ¿Habías escuchado de mí antes?, seguro que no, Isabel no dejó que Pedro respondiera, sabía demás la respuesta. Pero si ella a su vez ignoraba que Pedro era poeta. Recordó sus época de gestión artística, qué desgaste y qué

tiempo mal invertido. Era una de las actividades de las que se arrepentía. Y lanzó, años de gestión cultural no tienen valor en este país, estamos en el hoyo, inmersos en la lobreguez de la provincia a la espera que alguien tenga el valor y la decencia de rescatarnos. ¿Rescatarnos?, ¿Decencia? De qué hablas por favor Isabel. Él se muestra molesto. Hablas como si estuviéramos pidiendo socorro, remedó con odiosidad: les ruego, por favor hermanos acuérdense de nosotros. Tenemos dignidad, por favor, amiga. ¿Y acaso alguien nos la respeta? Ella queda en silencio para agregar pensativa: es que no apuestan por lo nuevo, quizás la palabra apropiada sea coraje o consideración. Insiste, rebate Isabel, alguna de esas palabras debe o es el epíteto, o ambas, el embate literario es cruel, nuestro espíritu debe ser más fuerte, termina diciendo. ¿Estás pidiendo contemplación? Contemplación, repite, sardónico e incrédulo susurra: la única contemplación que tienen los capitalinos y los grupos de poder es mirarse el om-bli-go deletrea Pedro, resopla y signos de irritación estallan en su amplia frente. La lucha cansa Isabel, musita Pedro de nuevo alicaído. Terminarás por convencerme, en todo caso pretendo seguir en esto, dice convencida, pero no participaré en ningún concurso más, lo prometo. Haces bien Isabel, yo hace rato hago lo mismo, apunta con severidad ¡Todo es un mierdal! Me tomaré las cosas con calma, dice Isabel meditabunda. Los árboles verdes y floridos me abstraen, el ascenso es lento y yo permanezco callada un tanto convencida que el mundo es lo que afirma mi furibundo amigo. Si el mundo fuera menos egoísta, si fuéramos más solidarios. Si y si y Mmmmm……podría seguir enunciando y precipitar conjeturas o teorías diversas a la ciénaga tórrida de los cuestionamientos. Pero lo dejo hasta ahí. Veo a Pedro con los ojos cerrados. Ha cedido la excitación anterior. Su rostro duro no termina de sorprender. La hiel se agita en las comisuras de sus labios gruesos. Su pelo descuidado cae rebelde en el cuello de su camisa. Si no lo conociera juraría que no se baña nunca. Impresión de otros. Certeza mía. Pedro se ducha a diario. Es su espíritu el que necesita un remojo en aguas cristalinas. Tiene un alma. Y qué alma. Bella y herida. Observo el paraje. ¡Cuánto


territorio desconocido existe! Permanezco extasiada por los largos y colmados brazos verdes que extienden los árboles a orillas del camino. La nieve cae copiosamente al llegar arriba. Algunos permanecemos un rato en el bus, esperamos que aplaque al menos un poco para descender. Los más arriesgados bajan a jugar con bolas de nieve que disparan a todos lados. Hace frío. Pedro duerme o simula dormir. Cierro los párpados. Después de un rato, bajamos hacia el enorme edificio donde aún funciona un casino, una panadería, abastece a los guardias y sus familias que permanecen en el lugar. Un té bien dulce nos reconforta. Mi querido Pedro casi gime por un café. No hay. Consuélate amigo. Hay agua caliente. Las carcajadas del grupo no tardan en brotar. Algunos están empapados pero no les importa, están dichosos como si fueran a esquiar o tirarse en trineo por la amplia falda de Sewell. Me gusta divisar a Jaime acompañado de una chica joven morena y graciosa. No es bueno estar solo para nadie. La nieve si bien es helada es un verdadero encanto tocarla y verla y sentir como se trastorna fundiéndose entre los dedos, en las manos. Unas cuantas horas, un breve paseo a la capilla del lugar, admiramos la vista de los antiguos edificios que alguna vez habitaron catorce mil personas ¡Toda una ciudad! Exclamamos sorprendidos. Existen viejas construcciones selladas. Regresamos al autobús sorteando el agua que cae con fina llovizna y las ondas de intenso frío hasta el autobús. Nos arrebujamos e instalados en el vehículo comemos chocolates. Pedro retoma nuestra charla anterior como si el tiempo no hubiera transcurrido. La literatura es difícil practicarla. No deja de serlo la angustia, la depresión, la euforia y la ansiedad que sufre el proceso de creación, es lo que me ha tocado vivir Isabel, ¿Lo has experimentado tú? Pregunta interesado. No, para mi la literatura es como un desahogo. No lo he vivido como un proceso neurótico plagado de arañas destilando angustia o jauría de animales arrojando el lodo de la depresión y embistiendo mis huesos o vísceras. Necesito escribir y punto. Necesitas, recalca. La sonrisa se apropia de su rostro: el virus de la escritura te ha alcanzado querida, se te ha metido en la sangre me toma con cariño y me siento minúscula ante su

experiencia y talento. El arte de la palabra es fugaz se capta sólo por abstracción, es un viaje continuo Isabel, inusitado, solitario y sombrío a un destino llamado belleza. Por algo tu ingenieril mentalidad te permite escribir, acaricia mi pelo. Su sabiduría deslumbra, la admiración que he visto en los otros hacia él inflama el orgullo que siento por sus logros pero de ninguna manera puedo entender su permanente zozobra. Ese andar por la delgada línea de la marginalidad. Como un acróbata evitando el abismo. Esa derrota que descubren sus hombros, su cara, esa falta de esperanza con la que dialoga y plisa el corazón como niño sin techo, carente de abrigo, de pan. Insiste en considerarse un poeta marginal, un poeta sin valor. Y esa melancolía indescifrable. En mi mente matemática no cabe el pesar. Bueno, sí, pero nunca con desmedida fatalidad. Por supuesto que como mujer escritora muchas veces me siento con los pies en una ciénaga. Claro, no como él. Tiene el poder de desconcertarme. Mi cerebro reniega dejarse subyugar por el sino trágico que sobrevuela por la cabeza, rectifico, sería más certero subrayar que emana de la figura de Pedro como lava de volcán.


MARGINAL

¿Qué tan marginal es Pedro?, escribo ante este ojo apabullante, que no deja de sorprender en la reflexión. Quizás se considera marginal porque sus textos no son conocidos como él quisiera. No sé, yo observé en Rancagua, que todos lo asediaron pidiéndole libros, un autógrafo. Hablaron de sus extraordinarios recitales en Santiago, Talca, La Serena, Viña, Concepción, etc. Si lo pienso, no es tan marginal. La marginal sería yo, que no me conoce casi nadie, después de más de una década dedicada a la escritura y con sólo un texto autoeditado. Tiendo a creer que Pedro se autodenomina marginal por esa insatisfacción profunda que lo acompaña, por esa crítica social que impregna sus libros. Tal vez, considerados excesos, provocaciones, por algunos mal llamados críticos, que no comprenden su creatividad, la innovación que muestran sus textos. Esa irreverencia con compromiso o indignación e intolerancia a una sensibilidad anestesiada que delata con frecuencia. Tal vez, se cree marginal, porque no pertenece a un grupo de elite. Que yo sepa, no es un poeta maldito como Rimbaud o Baudelaire y tiene el sexo bien definido. No lo veo excomulgado del imperio de las letras, claro, que su estado no alcanza el status de vaca sagrada en el país, por no decir, Santiago de Chile. Creo que ha sido invitado a varias charlas en universidades y que lleva varios encuentros importantes en su flaca estructura. No es extraño encontrar críticas positivas a su obra en la red cibernética, según ha comentado. Sus libros se venden, claro, no vamos a decir que puede vivir de ellos, pero no es desconocido a nivel nacional. Entonces ¿Por qué esa actitud de oveja apaleada?, si él fuera mujer y escritora, ¿cómo

se sentiría entonces, en este país en que sólo tres mujeres han logrado un premio nacional? Predominio masculino sin duda. Aún cuando las cosas han ido cambiando paulatinamente, antes se decía que la pluma era para usarla, por parte de las mujeres, en los sombreros femeninos, no en la escritura. Las mujeres hemos ingresado en la galería de la literatura chilena. Cierto, falta mucho, en especial si uno vive en la provincia. Nosotras sí que vivimos en la marginalidad. Si prácticamente no existimos ¿Quién nos va a conocer? Si no hay medios para publicar, ni apoyo para ser difundidas. Hay que agregar los reducidos espacios culturales que existen y los medios de comunicación. ¡Cómo levantan a algunos escritores! y ¡Cómo olvidan a las escritoras! La reflexión respecto a la marginalidad de las mujeres, se inicia y termina con la palabra machismo. Así es que Pedro, agradece que seas hombre, que algún diario te pida una entrevista y un programa cultural, de esos exiguos en la podrida televisión chilena, te invite a un panel de destacados artistas nacionales. Si yo tuviera tu idoneidad no andaría amargada por la vida, con la desesperanza saliendo por los poros. Tienes lo mejor: la literatura incrustada en tus sesos, en tu vida. Un escritor, sea reconocido o no, siempre persistirá en elaborar su obra. Nadie tiene el poder de detenerlo. Excepto, claro, la muerte.


SATURADA

Hablo de un hombre como si fuera un héroe. No lo es, obvio. No puedo puntualizar en forma exacta lo que significa encontrármelo después de treinta años. Treinta años no es poco. Toda una vida. Isabel rememora su pasado, los recuerdos de años de matrimonio frustrado endurecen la expresión afable que la caracteriza. Sanar el olvido de sus hijos ha sido casi imposible. Las navidades son de angustia y desolación. Ni hablar de los años nuevos, la semana más larga es la última y fatídica de diciembre. Una extraña mezcla de dolor, frustración e impotencia ejecutan un cortocircuito, como su cumpleaños con la casa vacía y el incienso con las velas aromáticas coreando lánguidos el veloz e indeseable paso de los años. Camino por la orilla de la playa y recojo una que otra concha rezagada por los visitantes, aspiro hasta saciarme el aire, intento capturar la energía que emana del pacífico. Un hombre camina por la orilla de la playa con la cabeza gacha y los brazos extendidos hacia la arena, lleva un bulto en su espalda que no alcanzo a distinguir. Las algas han arrancado del mar y el paraje huele a mujer insatisfecha abandonada por su amante. Todos se han retirado a vivir la noche con quienes desean y es que la fecha es propicia para experimentar momentos de unión. El gentío alborotado con los preparativos de fin año ha abandonado temprano la bahía y subsisten cerca unos perros chabacanos, correteando en la arena. Son las nueve de la noche. El rumor alado del silencio se acentúa con la llegada del ocaso de este treinta y uno de diciembre. Quietud y nostalgia. Me siento en la arena. Alejo al dúo de canes de pelos negruzcos y pintas café con una piedra húmeda y

plomiza. El aroma del mar me alcanza envolviéndome en los pliegues de su sal volatilizada. Pedro no está. Viajó a pasar las fiestas con sus hijos y tal vez con Sandra. Mis hijos no llamaron y mi futuro próximo será ir a la cama con un buen libro, el de Donoso o Bolaño, después de comer unas papas mayo con un trozo de carne. Cualquier otra acción dependerá del ánimo o nuevamente del azar. Como todo en mi vida. Arrojo la colilla y me levanto protegiéndome con el cuello de la casaca y tomo el bolso para regresar a mi cueva. Se acerca un nuevo año y el yermo se acrecienta. La falta de familia sumada a la ausencia del fiel Pedro es un arpón que me lleva por los cabos de una fluctuación que no quiere sucumbir. No he podido concluir mi relato que espero a estas alturas, ver convertido en novela. Repentinamente, la trama se ha desarticulado en estos días y los detalles se han convertido en una maraña espinosa. La literatura como un picaflor fastidiado de revolotear por mi metro cuadrado se eleva lejos de mi balcón. El ritmo febril del compromiso remunerado al cierre del año ha chapoteado una devoción a la que no quiero renunciar. La importancia de vaciar al ojo ávido y de borronear. La cámara de la auto conservación. Detengo un bus Ruta las playas y emprendo el viaje a casa. Las calles están habitadas por múltiples luces y uno que otro auto, las ventanas de los departamentos, la mayoría con guirnaldas iluminadas avistando la calzada desde sus ventanas. Son las once pasadas al encender la luz de mi refugio. El silencio es total. A las doce, el estallido de los juegos artificiales rompió la velada somnolienta y desaborida. Recordé a Pedro. Encendí un cigarrillo y busqué una cerveza en el refrigerador. Feliz año nuevo Isabel, dije en voz inusualmente mordaz y un nudo desatado por la ironía (tal vez contagiada por Pedro), chorreó angustia por las paredes y en la luz que descendía sobre mi figura estática, devastada. Unas lágrimas lucharon por no agrietar el semblante. Las contuve. Estaban demás. Tengo que ser enérgica, no puedo derrumbarme y bebí el resto del líquido para arrancar el sable incisivo de la congoja, en medio de la masa amorfa en que se convirtió la noche del año nuevo. La noche penquista puso su


manto sobre los hombros de Isabel. De improviso sintió el amparo de la ciudad. Respiró profundo. Isabel escribe tenaz sin importar horario ni comida, está poseída por la obsesión, lo sabe y no piensa ni desea alejarla de su nuca, de su sangre, de sus vértebras. Hasta aquí, incomunicada de su familia, lejos de sus hijos, el consuelo para Isabel ha sido tener la convicción que será la escritura la que le permitirá salir de años inmersa en el círculo de la resignación (de vivir como oveja, según sus propias palabras), para establecer la irreverencia comprometida de una mujer ante la sensibilidad adormecida que la arrebató por años de la plenitud. Como toda convicción, conserva su vigencia en el tiempo y en ella ha sido estimulada por su encuentro con Pedro, quien ha sido un buen compañero de charla y discusión. Enriquecedor, de todas maneras, prosigue Isabel y sonríe al ver el guiño del cíclope ante el giro del cursor.

BÁRBAROS

Dije que Pedro se hizo inseparable después del encuentro y su retorno a Concepción. Según él, volvió por su madre. Pero sigue viviendo solo. Te impresionarías, dijo. Pasaron varios días, por no decir meses desde nuestro viaje aventura, para contarme detalles del estado de su madre. No quiere llevarme a verla. Tendré que ir algún día. Irás cuando la vea un poco mejor. Esta conectada a una máquina y la casa de mi hermana parece hospital. Tres paramédicos la cuidan. Supieras como sufría Pilar, era la más cercana, la que tuvo que estar todos los días de la mañana a la noche en el hospital. Yo también padecía pero no es lo mismo estar cada día al lado de tu madre enferma que estar lejos. Mi trabajo aunque esporádico no me permitía moverme. Yo venía los fines de semana a estar con ella. Hubo que llevarla al hospital. Un sábado me di cuenta que estaba muy mal. Conversando con ella, que apenas hablaba y sólo pedía morir a gritos le consulté si le daban los remedios me respondió: sólo antibióticos. Todos los demás se los habían quitado. Le habían vedado el tratamiento, la estaban dejando morir. Isabel lo miró incrédula. El sistema de salud es una verdadera empresa comercial. Los viejos no valen nada. ¡Cuantas personas de escasos recursos dejaran morir! Este es el país moderno y pujante que habitamos, alzó la voz para decir ¿jaguar de América del Sur?, su tono es irónico, descarnado. En todo caso mamá ha mejorado bastante agregó más calmado y con resignación. De hecho se salvó. La dieron de alta con la frase que cuesta aceptar morirá en cualquier momento posiblemente de un paro respiratorio. Imagínate. Al menos


por un tiempo la tendremos junto a nosotros. Pero todo dice que no hay remedio. Mantenerla. Mantenerla bien cuidada. Han pasado siete meses. Pero qué tristeza verla disminuida cada día que pasa, sin fuerzas, sin poder valerse por sí misma. Es atroz Isabel. Y está lúcida. Ella lo miraba, veía a tía Luz hiperkinética siempre atendiendo a la gente: cariñosa, amable, sonriente y se le hacía difícil imaginarla al escuchar a Pedro. Una amarga sonrisa cruzó el rostro de él. Tienes que tener esperanza. Su tono irónico dolido consultó ¿esperanza déjate de bobadas. La política o el gobierno, los demonios qué se yo están matando al país. Su gente. Su calidad de vida. No hay certeza de nada. Nada es confiable. Nada es lo que parece. La vida en Chile vale menos que un mojón. Ni el dinero puede salvarte. Claro, excepto contadas excepciones. Luego de escuchar la odisea vivida por Pedro con la tía Luz no fue capaz de rebatirle ni siquiera mentalmente. Por primera vez Isabel le encontró toda la razón. Él tenía demasiados motivos para andar descreído por las calles del planeta. Por no decir en nuestro nebuloso Chile.

PUNTO

Las manos de Pedro rozaron inquietas las mías encima de la mesa. Lo miré asombrada. Una mujer de edad media acompañada de unos muchachos, nos miraba curiosa. Yo me sentí nerviosa. Él bajó mi mano y la puso sobre su rodilla izquierda. Deslizó sus dedos por la palma de mi mano. Era tierno. Sentí un cosquilleo. Hice como que leía el apunte que rumbeaba frente a mis lentes. El continuó palpando mi palma hasta la muñeca. Luego bajaba suavemente sus dedos sobre mi piel. Un aleteo vibró en mi dermis. Sonreí. El bajó sus ojos y siguió acariciándome. Lo miré y bajé rápidamente mis ojos al texto invisible. La perturbación me agitó el juego prosiguió unos momentos. Sentí sus ojos posados en mí. Lo miré. Me levanté precipitada lo tomé de una mano y lo conduje casi corriendo hacia el fondo detrás de unos enormes estantes. Lo afirmé contra uno de ellos. Nos besamos. El tocó con sus labios mi cuello. Sus manos palpaban mis hombros. Volvimos a besarnos. El sacó su polera y la arrojó lejos. Repetí su gesto. Besó mis pezones. Desabroché su pantalón y mis manos rozaron ávidas los vellos que flotaban en su espalda. Lo tomé firme. Abrí el cierre hasta abajo y me incliné a besarlo. Gimió. Me excité aún más. El acariciaba mi cabeza, mi pelo, de pronto dijo: ven aquí, me levantó. Retiró mis prendas interiores y sin dejar de besarnos, me penetró. Acarició mi cola con sus dedos firmes y suaves. Dedos de escritor. Me imaginé que estaba escribiendo versos en mi piel. Sonreí. Nos movíamos lentamente. Succionó mi lengua, mi frente, mis orejas. El brío creció mientras trazaba en mi cuerpo el ardor. Un golpe seco se dejó oír. Por un instante nos detuvimos mirando asustados a


ambos lados de la sala espaciosa. Estábamos solos. Volvimos a besarnos con dulzura. Te amo Isabel, lo escuché decir, mientras rozaba mi pubis. La pasión erizaba mi nuca. El placer se deslizaba de mi cuello a los pezones de mis pezones a la entrepierna. Acabamos sudorosos y tiritando al descubrir el hambre subterránea que yacía en el arca de la amistad y crecía enloquecida en los pliegues de nuestras nostalgias. La mañana árida irrumpió en la pieza de Isabel. Bajo el balcón el escape abierto de unas motos ensordecía con estruendo la calzada dejando caer a borbotones el remolino agudo de sus tuberías en el vecindario. La despertaron bruscamente. Su pijama húmedo el pelo alborotado y el sueño que acababa de tener con Pedro la condujeron corriendo a la cocina a tomar un vaso de agua helada. Mecía sus cabellos con nerviosismo. No puede ser, no puede ser, Isabel repetía estas palabras horrorizada de acongojar una amistad que consideraba ideal con babas eróticas. Lo consideraba loco. Patético. Fatal. Luego se sentó en la mesa de la cocina y permaneció afirmada en ella. Tomándose la cabeza con las dos manos. Su pesadilla revelaba los dragones que la atacaron al enterarse de la existencia de Lucía y su horripilante gato. Pero el felino no tenía ninguna importancia. El sueño con Pedro la trastocó. Se acordó de Catalina la protagonista de Arráncame la vida, cuando fue a ver a una gitana para que le enseñara a sentir, cuando Catalina hizo su petición, la gitana se desnudó puso la mano en su vagina y le dijo que para sentir sólo tenía que concentrar todo su ser en ese punto y olvidarse del mundo entero, entonces sentiría, por la noche Catalina puso a prueba lo que le había dicho la gitana y se dio cuenta que no le había mentido, por primera vez Catalina sintió. Claro, la diferencia es que ella no había ido a ninguna gitana, nadie había tenido que enseñarle, ni siquiera se había tocado, pero ¡Cómo había sentido con Pedro en esa fantasía inconsciente! ¡Cómo se había olvidado del mundo entero! Estaba horrorizada, tenía el estómago apretado. Las náuseas quemaron su garganta. El hecho que fuera solamente un sueño no lograba aquietarla.

HETEROGÉNEOS

Preciosa, dijo Pedro, su presente. Yo lo miré con desconcierto. Sorprende, tiene el hábito de hacerlo. Es frecuente. Te hizo bien el viaje al norte. Me hizo bien estar lejos de ti dijo riendo. Encontré este libro y me pasó La tregua de Benedetti. Querías tenerlo, es tuyo. No pude dejar de agradecerle el obsequio. ¿Qué escritor no salta de contento al tener un nuevo libro? Más si llega sin pedirlo. Tan sólo deseándolo con las tripas, con el corazón. Conocí a alguien en el viaje, lo escuché decir. Supe por la forma en que miró el cielo que otra Lucía se cruzó en su camino. Es joven. No tienes remedio, acoté. ¿Y tu falta de esperanza la olvidaste? No, dijo, tú la inyectaste en mis venas. Has sido benigna con este desastre de hombre. Paradoja ¿no crees?, dije seria, siento que tu descrédito me ha cegado, de hecho, me tiene inmovilizada, no he logrado escribir una línea. No digas, manifiesta perplejo. Lo que oyes. Si es así, lo lamento, no ha sido mi intención. Él dice: tu amistad me ha cambiado, he reflexionado bastante. Isabel se dio cuenta que su rostro evidenciaba una expresión desconocida, una irradiación que había pasado inadvertida. Estoy resignado Isabel y compartir contigo ayuda a comprender que no puedo cambiar el pasado, ni un ápice, pero sí el presente y voy a intentarlo. El pasmo impidió a Isabel decir palabra. Pedro cambió el tema e interrogó sin disimular su interés ¿Qué escribías? Sobre la amistad de un hombre y una mujer. Sus conflictos. No le dije que era sobre él. Quedó meditabundo para decir luego, interesante tema Isabel ¿Tú realmente crees en la amistad de dos seres heterogéneos complejos y disímiles? ¿Por qué no? respondió hipócrita.


Isabel pensó que hasta ayer lo creía y dudaba después de los sueños que tuvo precisamente con él. También pensó que la novela se había ido a la mierda. Que no escribiría más. Se cuidó muy bien de no decirlo en voz alta. Lo escuchó decir quisiera ver tus escritos. Cuando termine Pedro, cuando termine. Estúpidamente el rubor inundó mi cara. ¿Tú crees que es posible esa amistad? Volvió a consultar inquisitivo. ¿Quieres un café? pregunté nerviosa para salir del paso. Por supuesto dijo Pedro y él se levantó a prepararlo todo. Conocía cada rincón de mi refugio. Ella no se atrevió a responder. Menos a emitir un comentario. Hizo lo imposible por evadir las aguas que él quería desbordar. Pedro inconscientemente había dado en el clavo de la parálisis escritural de su amiga. ¿Cómo ella iba a escribir sobre un tema que se le estaba escapando? Nicolás, uno de mis hijos me llamó ayer, mintió para cambiar la conversación de plano. No me digas y qué cuenta. Va a seguir estudiando, añadió, un postgrado. Los chicos están bien, en general la familia bien. Isabel se acordó que no había preguntado a Pedro cómo estaban sus hijos y le preguntó cortés. Todo estable, él siguió, pero la chica es espectacular, su voz sonaba entusiasmada Isabel se alejó de la mesa hacia la ventana. No hizo preguntas. Pensaba que giro podía darle a su novela. Bebió a pequeños sorbos el café. Escuchó a su amigo decir: voy al computador, ¿me lo prestas? Quiero ver si ella está en el messenger. Por supuesto, respondió distante. Él caminó hacia el estudio. Mientras miraba la gente transitar por la vereda se preguntaba qué tan singular era Pedro. ¿Lo era realmente? ¿O era un capricho de su imaginación? ¿O un producto de su inocencia? No supo responderse. Giró hacia el living y se derrumbó en el sofá. El libro de Benedetti descansaba sobre la mesa. Isabel se sumió en un sillón, quedó plegada en la masa verde limón de su amparo temporal, con expresión meditabunda pensaba cómo seguir con la historia que se había enmarañado con la pesadilla que tuvo con Pedro. Ese sueño tenía un poder oculto. Podía conseguir dar un violento vuelco a la narración. Se sobresaltó. Observó a su alrededor. Le gustaba su casa, la soledad, la decoración artesanal que envolvía su interior con grandes lazos de libertad

y paz. En ella disfrutaba como nunca antes, la presencia de su amigo la ceñía en interesantes conversaciones o inusuales disputas. Hasta aquí todo era perfecto. Suspiró. Esperaba que la súbita quimera, que produjo en su alma hondas turbaciones como oleaje desbocado, escapara de su inconsciente y se diluyera en las fauces de un abismo inexpugnable. No quería cambiar el relato. Cerró los párpados. Todo tenía que volver al cauce normal. Es preciso, musitó para sí. Recordó el obsequio de Pedro, La tregua, él la había recordado, una honda satisfacción la embargó. Pensó en su novela, no quería cambiar la historia. Uno de los finales diseñados tenía que calzar. No permitiría la dislocación de la estructura definida. Movió la cabeza, abrió los párpados. Su vida no iba a cambiar. Menos ahora, eso no.


DISCO

La rueda o circulo del amor es un fiel y cruel elemento que nos persigue y enfrenta con la misma fuerza con que lanzamos una piedra a uno, dos o muchos seres humanos. En el baile de la disco, no puede estar ausente, aún, cuando sea, en ocasiones, un juego peligroso. Mucho o poco. La evaluación queda al libre albedrío de ustedes. El círculo del amor, es habitual que lo formen enajenados bailarines. La mayoría de las veces, desconocidos entre si, se mueven al ritmo de la electro música comandada por un DJ dislocado y frenético. Es la combinación de CD, equipos de audio y la imaginación del DJ, puesta a prueba en la combinación de sonidos. De vez en cuando, una nariz oculta, casi siempre por largos mechones y barba freak, aspira un polvillo. ¡En onda viejo! diría un avezado participante de las noches eléctricas. La famosa capilla o La Pink hot disk, constaba de mil mesas y una pista de baile gigante, que se transformaba en escenario improvisado todos los días martes. En él, los martes eran días sólo para mujeres y desfilaban los mejores vedettos de Santiago, al menos eso decían la propaganda o los rumores. El lunes la disco no abría sus puertas. Era descanso. El resto de los días, las pantallas gigantes con videos que nadie veía, vibraban junto al DJ de turno y el baile de los clientes. Grupos mixtos, otros de mujeres y hombres solos, se mecían al ritmo del ingenio musical del esperpéntico DJ. Las mujeres, algunas de curvas y siluetas perfectas, se abrazaban en ondas sensuales, donde uno que otro varón se acercaba a moverles el trasero, el insolente pubis o los hombros de piel sudada, cubiertos de poleras cortas y negras. Lo mismo sucedía en los

grupos de varones, claro que ninguno merece ser destacado, no eran nada de interesantes ni buenos mozos. El círculo formado por los varones era interrumpido por mujeres, quienes danzaban sensuales en el eje de la gran rueda. El ambiente era brumoso y la vigilancia junto al sistema de seguridad, intensa. Al llegar a la portería, cuatro hombres musculosos, nos interceptaron solicitando nuestra identificación junto con el timbre de pago en las entradas. Me atemoricé. Como ya se imaginan Pedro y yo, aterrizamos por casualidad en la disco. No únicamente nosotros, sino también: Juan Miguel, Teresa y René. Unos amigos de Pedro, capitalinos, ex - linarenses. Bastante estrambóticos y destartalados, esa fue mi impresión ¿Qué podía esperar? Eran otros poetas autodenominados marginales. Melenudos y barbones que andan con la botella, los pitos, y algo de polvo entre los libros, en la profundidad de sus mochilas o bolsillos del pantalón. Vinieron a la ciudad a relajarse, eso dijeron eufóricos. Pueden creerlo, todos académicos y pertenecientes a familias burguesas. ¿Cuál era la casa de estudios? Prefiero obviar el nombre del Alma Mater de los amigos de Pedro. Cuesta derribar la formalidad que me ensambla en la categoría de rara o perna. Teresa me contaba que un día se vino con Pedro y René caminando por los durmientes de Chillán y Talca. ¡Que loco! Según propia expresión: se cagaron de calor, fue increíble, agregó. Increíble pareces tú, ente de sesos destapados, pensé con mi mente un tanto retrógrada. Suspiré. La libertad alcanza para todo. Menos para mí, nunca dejaré de ser la perna para estos extravagantes artistas. Si, artistas reconocidos, cada uno lucía premios notables, uno era director de una agrupación. Oíste de la Luna azul dijo Juan Miguel, agregó, es el colectivo literario mas top de la capital, mirándome con cara de que vas a saber tu provincianita de mierda, escritorcita de tercera. Nosotros pertenecemos a ese grupo selecto, afirmó con la vanidad inflándole el pecho. Y René para no ser menos ¿Sabias tú que yo escribí dos novelas en un verano en la hacienda de mi suegro, tomando vino tinto como condenado? ¡Escribí noches y días! exclamó con cara de orgullo. En tanto y para no ser menos, Teresa expresó: para crear yo ocupo unas líneas de mi


cosita, señaló una caja rectangular que extrajo del bolsillo trasero de su jeans desteñido, es lo mejor, agregó, mirándome con cierta simpatía, debieras intentarlo, te ayudaría, dando por hecho que sin su cosita yo escribía muy, pero muy mal. Provincianita de mierda repitió Juan Miguel y sus ojos miraban no se que espectros detrás de mi espalda. Menos mal, no sacaron sus diplomas para enarbolarlos ante mí. ¡Vaya! Cómo hicieron emerger mis complejos sureños (tenemos con nosotros a Isabel Miranda, escritorcita de mierda, directamente de Concepción, la octava región del BíoBío) estos tres mosqueteros de la gran metropoli, autoproclamados genios de la literatura nacional. Por supuesto, los tres tenían libros publicados en las más top editoriales del Gran Ego, múltiples encuentros de escritores en el cuerpo, charlas y conferencias en universidades diversas, viajes al extranjero y un currículo envidiable. Lo único. Y yo creía que podía encontrar algo más en estos literatos ilustrados, alma, espíritu, respeto, cortesía, una guía, alguna lección interesante, algo valioso, casi me conformaría con una pizca de ternura y un punto de generosidad, no sé, algo que yo pudiera aprehender y aplicar en futuros relatos. Inocente de mí. Ellos sólo querían divertirse. Nada más. Bailaban con macilentas mochilas en la espalda y fumaban: uno, su pitillo volador, Juan Miguel, quien luego de cada pitada preguntaba a voz en cuello ¿donde hay una mina para follar? Para después reír a carcajadas, de inmediato se concentraba en los centímetros de la corta, observándola con cara estúpida. Una sensación de asco subió por mi esófago. ¡Vaya que delicado literato resulto ser este esperpento nauseabundo! Los otros, abandonados del mundo, aspiraban sus polvos mágicos y con la cabeza hacia atrás se meneaban como ratas enjauladas, usurpándose el cuerpo de vez en cuando en caricias insinuantes y ademanes osados groseros y caricaturescos, bueno, ustedes entenderán. Pedro bebía pisco con la vista extraviada, yo tomaba una bebida cola para desteñir aún más en el antro de porcinos que contoneados como títeres por la música, no provocaban ningún latido atrayente entre seso y muslo. Pedro e Isabel, quedaron en una esquina observando el círculo del amor como lo llamaban los

habitúes y que caracterizaba a este tipo de bohemia penquista, impregnada de personajes desiguales. Claro que de amor nada poseen estos meneos de traseros y genitales impúdicos. No era factible relacionarlos con la palabra amor. La visión terminó fastidiando a Isabel y dejó la bebida en una mesa. ¿Te sientes mal? preguntó Pedro. No, para nada, mintió piadosa. Al final, el trío de locos eran sus amigos. La rueda giraba y giraba y giraba, se extendía por todo el lugar transportada por un ritmo vertiginoso y de sensualidad axiomática. El humo y la música ensordecedora mezclado con el calor, tomaban mi cuello con instinto feroz, me dio un mareo repentino, corrí al baño, humedecí frente y nuca. Yo creí que iríamos a otro lugar, que tendríamos una interesante charla respecto a la palabra y la creación. ¡Y aquí estamos con este ruido descomunal! Ilusa Isabel, dije al espejo redondo, trizado, que cubría el rosado del baño de mujeres. Era sórdido hasta la repugnancia, un hilo de agua corría de las llaves del lavamanos, tenía rayas y dudosas manchas en las paredes. Una higiene soberbia, me dije: Está como para recomendar el lugar. Limpié mis manos con la colonia y un pañuelo desechable que traía en el bolso. Unas mujeres se arreglaban el sostén sin pudor, conversando de hombres y otras yerbas, otras se acomodaban los calzones mostrando el vientre y los huesos con los pantalones abajo. Una se cepillaba los dientes. Otra arrojó los papeles arrugados al suelo de cerámicas decoloradas por el uso. Linda manera de comportarse. Salí arrancando del afable baño de mujeres. Pedro estaba esperándome. ¿Te pasa algo? Nada, a ti como que te sucede algo, repitió; nada, nada insistí obstinada. ¿Y tus amigos? Ahí, señaló al fondo con una inclinación de su cabeza desordenada. Si quieres nos vamos. No, respondí estática. Y miré fijamente como la rueda del amor formada por el trío de literatos se estrechaba cada vez más. La gente se arremolinó alrededor, olvidando las restantes parejas, atraídos por sus atrevidas contorsiones y esporádicas expresiones chillonas. Habían llamado la atención hasta convertirse en una bomba de tiempo. El círculo había lanzado la piedra. Los guardias se acercaron a ellos. Los instaron a retirarse. La discusión terminó con los cinco en la calle. ¡Se han extralimitado!,


exclamó el dueño furibundo, un hombre maduro alto y macizo, con la camisa escocesa, abierta hasta la mitad del pecho dejaba ver sus vellos ensortijados, a sus espaldas cuatro guardias miraban amenazadores como perros bóxer apunto de mordernos. Lo siento Isabel, dijo un Pedro molesto y sobrio. Tomamos un taxi y los dejamos en el hotel, bueno, era una hostal, para el caso, es lo mismo. Te llevo a casa, dijo. Te lo agradezco, respondí cansada. La piedra del círculo me golpeó fuerte y hondo. Los mosqueteros de la palabra me habían decepcionado. Llamaron la atención sus métodos. ¿Y esto permitía crear? Me quedé dormida meditando sobre las proscritas y putas entidades que comprimían a algunos poetas. Al menos Pedro se comportó. Eso creo. Lo que ignoraba Isabel que después de dejarla pasó a buscar unas chicas liberales y carreteras y se había ido a reunir con el grupo y luego de pasárselas como una silla cualquiera a sus amigos, durmió con ellas. Si, la José y la Vanesa. A la que le gusta que se lo hagan por atrás, le sopló Rene sobreexcitado y tambaleante. Colócale un hielo a la Cote o una bolsa mejor aconsejó, con voz aguardentosa y sarcástica, antes de caer a un sofá sin que nadie lo llevara a una cama ¡Cómo era de fogosa la Cote!, Razón tenía este negro con lo del hielo y la bolsa. ¡Como grita! Pensó, mientras la poseía sin pasión. No se rendía, la muy suelta reclamaba mas y chillando le tiraba los vellos, lo golpeaba y rasguñaba en la espalda. Los pitos le hicieron mal a esta yegua, pensaba Pedro. Quería acabar rápido. La Vanesa reclamaba su turno. El se repartía con su facha de adán esquelético, diseminando besos y caricias entre las dos mujeres. Espera, que ya termino con esta, decía tenso, al verse apremiado. Se veía como animal jadeante arriba de la joven blanca y delgada. Después de un largo rato consiguió calmar a la Cote. Siguió con la otra. Resultó ser menos exigente. Quedó extenuado. Agitado fue a ducharse, miró el espejo y el cuadrado reluciente con marco de aluminio devolvió la imagen de un toro sangrante y vapuleado. Se encontraba azotado. Esos arañazos, en la espalda y en el trasero, los sentía como un castigo bajo el chorro de agua caliente. La fiesta terminó a las siete de la mañana. Justo la hora en que dejó los restos desquiciados de la

Cote y la Vanesa a Juan Miguel para que retozara sin seducción, algo que le fascinaba al Juanjo. Ese sí que era un animal sexual. La Cote y él eran tal para cual. Pedro se consideró siempre un minino comparando su potencia genital con la de su amigo y se fue a la cama con Teresa, que andaba perdida en la estratosfera, luego de estar con Rene, quien la poseyó por inercia, sin ninguna excitación ni preámbulo, obedeciendo al rugido dominador de la Cote que lo urgió a introducir su miembro en la partes pudendas de su volada amiga ocasional. Al menos Teresa lo dejó dormir tranquilo. A las dos de la tarde, Pedro desencajado abandonaba a sus amigos enredados unos, en la gran cama, otros, en el suelo y recorría las cocinerías en el mercado central. Buscó una oferta de caldillo de mariscos y bebió vino dispuesto a no aparecerse por esos lados de bocas y uñas temibles coronadas de pingorotudas licencias. ¿Cómo estaría Isabel? La recordó pequeña y sensible Tenazmente estudiosa. Sonrió descolgando amargura. Isabel no conocía a los poetas, hasta hoy, estaba convencido de ello. Ignoraba que el círculo del amor, la rueda del sexo fugaz los atrapa constantemente. Aún cuando habían muchas excepciones, para la mayoría era su sino. Pedro arrollado en su cama, ceñido a su gato plomo y descomunal se encontraba de nuevo hastiado. Los alacranes se movían en su vientre, las visiones de agujeros fuliginosos, profundos, atestados de tentáculos pilosos, lo acosaron. Intentaban seducirlo con una mujer alada, de cara blanca, grandes senos y orejas puntiagudas de color escarlata, moviendo cazadora las piernas de champaña. Una mujer incrustada en el interior que en la piel, justo al centro del pecho, tenía la inscripción: poesía. El sortilegio oprimía sus pupilas. El aire del atardecer mancha de acíbar el techo, su estructura de concreto rancio y se esparce debajo del cobertor, paralizando los huesos, seca la garganta. Bebió mineral, el agua no borró la sensación que lo perturbaba. Después del desenfreno, semejante a una película pornográfica, que curiosamente consideraba detestables, volvía la angustia, el vacío y el pavor que le provoca la coexistencia con aquello que lo tortura, la infamia del cosmos: no saber a qué lugar lo conduce la poesía. Poesía es igual a


incertidumbre, pensó y se dispuso a dormir. Permaneció largo rato en actitud inerte. Esa noche, pese a los esfuerzos, no pudo conciliar el sueño.

ADICCION y ANGUSTIA

Pedro ha vuelto. ¿Cómo va esa novela? pregunta como si no hubieran pasado dos meses desde la última vez que se vieron. Va respondió lacónica. Lo mira para decirle que tome asiento. Frente a frente pregunta: ¿Y tus poemas? Ahí están. Decididamente ninguno quería reconocer ante el otro que comparten una adicción más fuerte que cualquier otra. Eso cree ella. Isabel recuerda vagamente que un escritor argentino Andáhazi dijo algo como: por lo placentero escribir es comparable con el sexo. Isabel no estaba de acuerdo. Todo lo contrario, el sexo todos pueden disfrutarlo pero pocos disfrutan la escritura. Dos asuntos diferentes. Ambos adictivos. El punto de unión. El apego a Pedro se justifica a sus ojos con esta reflexión. La escritura es una alianza entre dos más fuerte que cualquier compromiso establecido ante el registro civil. Otro punto de unión es la admiración. ¿Acaso alguien busca la amistad de otro si no siente por él un atisbo de admiración? Mientras Isabel reflexiona, él guarda silencio. Su aspecto atormentado no hace reaccionar a su amiga. Es como si de pronto hubiese perdido el interés. La novela flaquea en este punto. Ella ha estado escribiendo cierto, pero ya no de él. Si no de ella. La escritorcita de mierda de Juan Miguel, el mosquetero, ha detenido sus dedos para deshilacharse como un trapo viejo descubriendo sus mohosas contradicciones. La savia que la sustenta. Sirve un café en el jarro de Pedro. Claro, él ha pasado a poseer su jarro en casa de Isabel. Tiene su nombre, es invisible a ojos ajenos. Evidente para ella. Él cruza las piernas al dar el primer sorbo de café bien cargado, casi negro, como le fascina y alza la voz de improviso, recorriéndola


con la mirada: ¿Me has extrañado? La pregunta la toma por sorpresa. ¿De menos? ¿Echarte de menos? Tú si que estás loco viejo, dice con sorna, esto no se trata de añorarse como dos viejos mirando el mar y recordando tristes sus amores de antaño, no, esto es una amistad libre, sin ataduras. Ha sido de esta forma desde que nos encontrarnos, remacha enérgica. Tu vienes si lo deseas y si no, bien ¿Crees que me paso algún rollo contigo? Estás loco, repite y ríe desmadejada, olvidada del sueño que tuvo con él y que la perturbó hasta el punto de confiárselo a Paulina. Él se sonroja y se remueve incómodo en la silla. Estuve en Linares, cuenta, evadiendo la respuesta como viejo lobo. Supongo que todo marcha bien, dice Isabel, dudosa, añade: hace mucho no recibo llamadas de Sandra, sin ahondar más en el tema. Claro, bien, si consideras que de nuevo me está pidiendo más dinero, que sigue con su neurótica manía de controlar mis actos y la desagradable actitud de molestar, con impertinencias por teléfono, a casa de mi madre. Excepto eso, todo bien, finaliza un contrariado Pedro. ¿Cómo está tía Luz? Consulta inquieta. Mejor, ya sabes, grandes expectativas no tenemos. Vamos viviendo día a día la enfermedad, mejor dicho Pilar, a ella le toca lo peor. El mal genio de la enferma, los disgustos, peleas con las enfermeras, los regaños por la comida. Suspira desalentado. Y los gastos, agrega él, alzando las cejas con una mueca dibujada en la boca. ¡Mortalmente onerosos! Isabel exclama ¡No he podido ir a verla! Lo siento. El trabajo ya sabes. Entiendo, corta tajante Pedro. ¡Vaya! El otrora manso poeta muestra también su genio para quedar al instante con la angustia desbordando el rostro. Al verlo alicaído se preguntó: ¿Que sería de la chica que le iba a cambiar la vida, tiempo atrás? pero se cuidó muy bien de plantearlo en voz alta. Como si hubiera adivinado el pensamiento, Pedro lanza: ella anda con otro. ¿Quién? Consultó, fingiendo no comprender. La chica. ¿Qué chica? Su tono era indiferente. Pues la chica con que había empezado a salir, lanzó un Pedro iracundo, levantándose y dejando caer el jarro. Lo siento, dijo y se agachó para recoger los pedazos blancos con líneas azules. Junto a Isabel y una pala limpiaron la alfombra de los restos y sacaron ambos, las manchas de café.

Terminaron sentados en la cocina. Isabel lo interrogó muda. Él dice perdona es que parece increíble, en unos días, te olvides de mi vida dijo él instalado en la cresta del egoísmo. ¿Unos días? Irónica, alzaba la voz, en tono cada vez más mordaz, seguía interrogando ¿Unos días? Disculpa Isabel, no doy más y rompió a llorar. Un llanto silencioso. Un llanto del alma. Lo queda mirando. Va al estante y saca un vaso, lo llena de agua, coloca hielo y lo alarga hacia él con suavidad. Él seca las lágrimas, bebe un sorbo, luego otro, aprieta los labios. Resopla y afirma el puño sobre sus labios. Ella se sienta y extrae un cigarro de la cajetilla. ¡Maldito encendedor! se acabó el gas, exclama. Pedro se levanta y prende el cigarro observándola, las lágrimas silenciosas no cesan. Vuelve a su lugar y permanece mudo. Ella termina de fumar y enciende un incienso y una vela. Lo ve encorvado. Isabel ve entre tinieblas a Max, su ex, quien llora porque ha sido infiel, pide perdón, suplica perdón, exclama ¡Nunca mas, nunca más! Lo escucha repetir con cara de pájaro aturdido. Ella duda para después terminar creyéndole. Vuelve la paz. Continúa la rutina normal, por el enorme caserón verde que tanto amó, pese a todo lo pasado. Hasta las plantas se marchitaron en ese hogar, si es que se puede denominar de tal forma el espacio hostigado por sabandijas depresivas y las indomables hostilidades colgando de las vigas a la vista. Creer. Se la pasó creyendo por años, enclaustrada detrás de los enormes ventanales. ¡Qué falta de amor propio y qué falta de dignidad! Está disgustada con ella y no le gusta ver llorar a los hombres. Reacciona airada y grita destemplada ¡Si vas a seguir gimiendo es preferible que te marches! No soporto a los hombres que lloran. Un sumiso y agrio Pedro se levanta, arreglándose los cabellos con manos precipitadas, abandona la casa con paso perezoso. Parece haber envejecido. Isabel no se inmuta. Inclinada con los ojos fijos sobre la mesa hace círculos en el mantel con los dedos de su diestra cual si fuera un androide. Ni un ápice de compasión la envuelve. Una roca se introdujo en sus vértebras y la posee y la convierte en estatua implacable. Por primera vez le ha propinado un puntapié a su ex. No le importa que haya sido su amigo, el admirado protagonista de su novela el afectado por la


tardía e impropia cólera. La novela espera. Max se mueve en el centro de la habitación, agita los brazos, grita ¿Y mis camisas? Y ella, educada a la antigua, corre a plancharlas, olvidada de si. Agotada por la jornada extensa del trabajo en la oficina, a las doce de la noche, escucha a Max repetir: necesito la azul para mañana, la azul ¿Entendiste? Enciende la TV y come cabizbajo y rabioso el plato de tallarines con salsa, recién servido por la dócil Isabel, trémula e irresoluta, sintiéndose una inepta corre porque ha llegado el hombre de la casa. El macho eyaculador, el infiel copulante de aventurillas baratas. Y escucha el llanto de su hijo asustado por los gritos del padre noctámbulo. Lo calma enmarañada en su pijama pintado de nervios, frustración, pestilente de sueños fracturados. Mañana tengo que comprar el pan, disponer el almuerzo y volar al colegio, para ir después a trabajar como una centella sin cabeza. Y volver y ordenar el despojo que deja el ventilador cotidiano, en la gran barca que está a punto de naufragar. El llanto de Max y los años idos. Ha sido el calvario cotidiano de Isabel y Pedro, ha puesto su estaca justo, sí, justo, al centro del corazón. Ha dado vuelta la página. Él y su llanto cambiaron la ficción e Isabel como loca pega puñetazos al teclado. Entro sin soñarlo ni desearlo en la órbita de la angustia patentada por la adicción. El panorama se presentó nítido, transparente, supongo que un mazazo no lo habría hecho mejor. La cascada cristalina inundó su masa encefálica Ella creía que combatía la angustia a través de la escritura y que a través de la escritura ejercía su libertad. La que la familia siempre le negó. Creía y sentía que la salvaba. Pero no, es como alguna vez dijo una escritora escapaba del vacío y hurgaba en los sentimientos para compartirlos y la angustia se ensanchaba o algo por el estilo. Ahora, escribía como alucinada como si hubiera perdido la conciencia. No hay duda, Isabel concluye a su pesar, que la adicción y la angustia la unen indefectiblemente a Pedro. Tenía que hablar con él, tenía que enterarse que ella estaba en el caos, el que desató su encuentro, su llanto, pero más que nada, él. Su amigo, el poeta. El admirado y autodenominado marginal Toti.

PESCADOR SIN ANZUELO

No voy a escribir a esta hora, son las tres treinta y cinco de la mañana y tengo que levantarme temprano. El calvario de la oficina la consumía. Isabel se levanta, apaga el computador, la luz del escritorio, cierra la puerta. Hubiera querido relatar su ida a casa de Pedro. La inquietud la embarga y vuelve sobre sus pasos, enciende el PC, busca el archivo y escribe: Empujé la puerta que él mantiene entreabierta, su departamento es el último que se alcanza luego de subir una estrecha escalera de caracol con paredes profanadas por el paso del tiempo. El peludo gato me saludó con cara de pocos amigos. Pedro se encontraba sentado en la cama escribiendo en el notebook. Hola dice Isabel esbozando una tibia sonrisa. Hola responde el poeta, quien deja a un lado el maletín electrónico y se echa cuan largo sobre la cama con las manos cruzadas bajo la nuca. Ella se sienta a los pies de la cama y queda mirándolo. Necesitaba verte. Él la mira interrogante y plácido. Qué bueno, responde lacónico, se arregla el cabello y pasa una mano por su nariz. Quiero que me disculpes. Estas disculpada. Pedro no parecía guardarle rencor por lo del otro día. ¿Te acuerdas de aquella oportunidad, en que dijiste, el veneno de la escritura se te ha metido en la sangre? Él asiente. No lo entendí hasta hoy. Yo escribía por necesidad. Eso creí. Pero he comprendido que es por angustia y que es algo circular, te explico: angustia, escribir, más angustia. Conclusión: dolor. Pedro la mira sin comprender. ¿Cómo no vas entenderlo? La escritura no acaba la angustia, la acrecienta. Es simple hoy, decir que estoy unida a ti por esa angustia, no lo quería ver. No de esa forma, mueve la cabeza,


me parecía duro, ajeno. Mi mente estaba ciega, me imagino que por tantos números y análisis financieros, la nebulosa que desconoces, sonrió. Un callado Pedro acaricia al gato que se ha posado en su vientre. Ella prosigue, la novela que escribo trata de ti. Pedro la mira sin ocultar su sorpresa. Es decir trataba de ti, de nuestro encuentro. ¿Cómo te explico? empezó así, sin más. Tú, el poeta. Nuestra amistad. Ese tormento tuyo que no comprendía. Isabel mira al gato y dice: pensar que yo tenía celos de este felino plomo. ¿Celos? Si, es la herencia de Lucía y tú la amabas. Eso es absurdo, ella no regresará jamás, exclama él. Sigue asombrado, nunca imaginé que escribías una novela que hablara de mí, estoy admirado y una luz encendía sus ojos. Me siento honrado Isabel, en serio. ¿Qué puede ser atractivo en mí? Sólo soy un poeta, un poeta sin éxito. Acota, un marginal. Ya vienes con eso de nuevo Pedro, por Dios. No creo en Dios, dice serio. Tendrás que respetar mis creencias, ¿No somos amigos? Por supuesto que sí, te respeto. Déjame seguir ¿Cómo no ves que admiro tu poesía? Pero no creas que escribo sobre tu poesía. Escribo sobre el poeta. ¿Quieres una bebida, una coca? Tengo una lata ahí, indica un mueble. Isabel va por ella y vuelve a su lugar. Bebe un poco y la alarga a su amigo. Estoy unida a ti por la escritura y la angustia. Cuando mi escritura desvió el curso de acción, empecé a hablar de mí. Me negaba a reconocerlo o no lo veía de esa forma. En realidad, no quería, termina la bebida en silencio. Pedro alza la voz para decir: estamos unidos por demasiadas cosas querida mía y su tono rebosa amor, ayer, los mejores días y hoy, la escritura, se levanta de un salto, se inclina hacia ella, te amo Isabel, expresa quedo y toma su rostro con ambas manos para besarla largamente, se miran, se abrazan y vuelven a unir sus labios. Ella dice, sin entender lo que sale de su boca, eras mucho, pero mucho mejor en mi sueño. Se levanta y sale a toda prisa, él la sigue por las escaleras, al llegar al último peldaño la alcanza y vuelve a sostenerla entre sus brazos. Ella se abandona a esas manos sedientas que la colman de amor. Se desprende para exclamar ¡No tienes anzuelo para mi Pedro!, no como hombre, no como una posible pareja. No podemos convertir nuestra amistad en romance. No puede ser. No debe ser. El no

entiende. Insiste, ruega. Ella se mantiene firme. No resultaría, sería un fracaso agrega y lo acaricia, toca su frente y rostro, lo besa dulce. Es soledad Pedro, carencia y no basta para sostener una relación, menos tú y yo, saldríamos heridos. Más todavía. Suspira. Míralo así, con tu dolor y el mío adónde iríamos, contaminaríamos esta relación, sería un desastre concluye. Ella encamina sus pasos hacia la salida y atraviesa la puerta del edificio sin mirar atrás. El se sintió perdido y subió los escalones con la cabeza enganchada al piso. Se arrojó al sillón con las manos apretadas en las sienes. La torpeza y la confusión eran una bola de nieve creciente.


PÁJAROS SOLITARIOS

Nunca como hoy había andado Isabel por páginas borrosas semejantes a un nido de pánico. En las pesadas sombras que la anegan, los árboles desnudos la acogen. Y todo por un niño inerme que alborotó su infancia, los años púberes. Un niño convertido en hombre. Poeta. Un hombre que la desestabiliza. Vaya encrucijada la de esta mujer, sola por opción, abandonada de hijos, abandonada de amores, herida por el texto que la descubre. El hombre nunca puede saber qué debe querer, dijo Kundera, porque vive sólo una vida y no tiene modo de compararla con sus vidas precedentes ni de enmendarla en sus vidas posteriores. ¿Es mejor estar con Pedro o quedarse sola? Disyuntiva de difícil resolución. Sentada en el sillón tiene los ojos fijos en el techo. La composición literaria estaba para ella, apenas esbozada. Todo de nuevo, se decía y permanecía estática como un pájaro solitario que urde palabras en el cosmos, el polvo y la sal de sus alas exterminan la sangre, la sangre de las calles del orbe. El nombre de Pedro camina sobre el oleaje de su cuerpo y cientos de francotiradores han tirado perdigones en su espíritu. ¡He sido yo! exclama Isabel, de pronto, se levanta del sillón y camina hacia el escritorio, al teclado, y son rayos los que salen de sus manos hurtando palabras a su inconciencia. La novela continúa con o sin él. Está decidido. El arma había querido disparar sobre Pedro. Terminar con su vida para que el relato no siguiera. El propio Pedro la sostenía entre sus manos, la sustenta en ese deseo de convertir su amistad en algo más, pero iba aún más allá, quería arrasar con Isabel la culpable de su protagonismo, la creadora de ese texto estrafalario que

pretendía retratarlo ¡Cómo si lo mereciera! Dijo él, exhausto por la batalla. Isabel mantuvo la ceremonia ante el monitor, con los ojos fijos en la pantalla de múltiples píxeles grises y no puede enhebrar las palabras. Una higuera seca se refleja en el cíclope y la frustración la envuelve. Piensa que no es una gran escritora y cuestiona lo que su mente elabora. Hay unos libros encima del escritorio, los coge y empieza a leer algunos fragmentos, al descuido. Revisa a Kundera, Montero, Donoso, busca auxilio. Un breve cabo de hilo, algo que haga estallar las palabras, que se confunden y escapan. Ella tomó una decisión, pero el protagonista sigue eludiendo ser mencionado, no logró eliminarse, pero corre, corre como un ladrón sorprendido en el acecho de su presa. Isabel comprende que no puede liberarse del te amo de Pedro. Que la angustia se ha paralizado. Está encarcelada por un sentimiento que rechaza. No sólo porque cree que el amor entre dos personas que aman la escritura, es complicado y destructivo sino que la amistad y sólo la amistad, se desentiende de las cuestiones de propiedad: mientras que en el amor siempre está presente la problemática de la posesión, la amistad pareciera sellada por la desposesión. Frente a los amores que se tornan exclusivos y requieren exclusividad del otro, la amistad hace posibles los múltiples amores. Rilke indicó la relación entre el amor y la desidentificación, mostrando cómo los amantes pierden todo forma de la conservación de sí: a veces el uno se anonada sólo para que el otro prevalezca, la reflexión sobre este conocimiento (adquirido en sus lecturas), la hace creer sólidamente que ella y Pedro son como pájaros solitarios que se unen temporalmente, es decir: Lo que los aproxima es a la vez, lo que los mantiene alejados: apartados de toda asimilación apropiadora del otro, de toda determinación de igualdad que nivela para dominar. Isabel se detiene un instante. Tal vez esto explica mi relación con Pedro: somos como las naves que en medio del mar del devenir celebran juntas una fiesta, para después aprontarse a la partida. Y eso es para mí lo cautivante, lo que colma mi espíritu, completa la paz. Nadie es dueño del otro. Nos mantenemos libres para crear y reunir esporádicamente nuestras existencias posados en la longitud,


anchura y profundidad del amor por la palabra. Isabel comprende que debe detenerse para dejar a Pedro encontrar el verdadero refugio, el puente que lo conduce al real amor. Escribe con la pasión que le caracteriza y ve a Pedro sentado en su cama del viejo departamento, con el notebook en las rodillas, el gato plomo lamiendo sus patas, quizás ronronea a su lado, y él, el poeta, en el clímax de la resurrección creadora. La misma resurrección que origina la única fuerza que puede mantenerlos juntos por largo tiempo. El presente ha superado el pasado.

ÁRBOL

Como si fuera una anticipación a lo que acontecería entre ambos, Pedro le obsequió La tregua a Isabel. Un detalle que caló hondo en ella. Poco acostumbrada a la gentil atención de un hombre, más a dar con generosidad que a recibir, Isabel recuerda ese día en forma especial. Está empecinada en finalizar el relato, teclea sin fijarse en los punteros del reloj que marcan las tres veinticinco de la mañana de un viernes de enero, el movimiento de sus dedos refleja en la pantalla que los detalles, esas pinceladas que provocan la belleza, en los momentos de mayor dicha o de mayor dolor se convierten en el cemento que une los ladrillos de esa construcción que llamamos relación. La flor se marchitará, las palabras quizá se las llevará el viento, pero el recuerdo de ambas permanecerá durante mucho tiempo en la mente y el corazón de quien las recibió. Es en este preciso momento que ella lleva sus manos al centro de sus senos, indaga, palpa, consulta ¿Dónde se ubica el corazón?, escribe las letras que llaman a Pedro y se detiene esta vez no para encender un cigarro ni para beber unos sorbos de agua, sino para acariciar su piel y pensar en él. En su amigo y el libro que le obsequió, roza el nacimiento de su seno izquierdo, se pregunta dónde exactamente está ubicado el motor de la vida y en qué lugar dejó su sello el libro que su amigo le regalara, atropellada escribe ¿Dejó este objeto una marca? Termina por preguntarse ¿Habrá cabida en este órgano vital para un nuevo dolor? Claro, el amor para Isabel es sinónimo de padecimiento (no olvida los atropellos de Max, el silencio brutal, el abandono), continúa punzante, masoquista, ha sido llagada tantas veces en


forma mortífera que a veces duda si es humana o un robot. Isabel cavila ante el ojo, el único ojo, inmenso y rectangular de arco color gris (extrañamente su color se parece al gato de Pedro) proyecta una nueva interrogante en la pupila blanca ¿Podrá esta pequeña masa de carne sangrante resistir los embates de nuevas desilusiones? Más aún ¿Será posible amar a Pedro?, por causa solamente de ese detalle: un libro de edición barata y tapas color verde botella. Es el único regalo que ha recibido en mucho tiempo. Es más punzante ver en el cíclope reflejado la siguiente pregunta ¿Será realmente amor? Pedro la saca del contexto, vuelve a ella, a confundirla, a desafiarla, esta vez, Isabel no camina tras él, es ella la que huye, porque sabe que está corriendo un riesgo al mirar La tregua y buscar bajo su blusa el lugar exacto del motor y la huella. Pero la huella como sentimiento permanece en el alma y el impacto no es factible de medición, sólo el músculo puede rugir y debilitarse producto del desgaste de la máquina, señalado por el dolor y la batalla cotidiana. La clave está ahora en el libro. Se remueve en la silla nerviosa. Isabel piensa que aquel día confundida por el sueño con su amigo, quizás no lo valoró como debía, es decir, no le tomó el peso correspondiente. Como una conquistadora tardía se da cuenta que puede amarlo por ese detalle desapercibido en el origen. Alcanza el libro, pasa sus manos por las tapas. Pedro, musita con la nostalgia bañándole las pupilas, Pedro, repite, aprieta el texto contra su pecho. La tregua lleva un tiempo largo entre tú y yo, escribe, pero la novela sigue su marcha. No se detiene en la espera concedida. Abandona su mano y la deja tocar sutilmente el computador como un piano al que quiere arrancar la melodía exacta. En este punto recuerda a La pianista de Jelinek, claro, con la diferencia que no tiene el pasatiempo de hacerse cortes y no necesita que le abran los sesos para extirpar el miedo. No tiene miedo. El adorno de las reinas está en su cabeza y no precisamente en la entrepierna, es la razón por la que dice: Creo que no serán Los Puentes de Madison los que nos separen, querido amigo, y no precisamente por no ser tú Redford ni yo, la estrella inglesa de la película. Sucede que estoy sola, sin marido y mi mente te ve cerca de mí como el

amigo entrañable. No serás el de antaño, no serás el de este presente inocuo, conversando con el jarro de café negro en mi cocina, en el comedor o entrando al escritorio, adueñándote por breves momentos de Internet. Serás mejor. Las interrogantes desaparecen al encender la lámpara del escritorio. Por algunos intervalos, un incipiente árbol ha impedido ver el horizonte y nos ha despedazado como si hubiéramos ido en un convertible sin dirección y carente de frenos como la amada mujer del protagonista del Gran Gatsby. Tal vez, y en esta parte, Isabel suspira, estás traspasando el puente para encontrar lo que nos fusiona y convierte en símbolos de amor. Del amor que se prodiga en libertad. En el camino no olvidaste las pinceladas, prosigue Isabel, si las hubieses obviado, su ausencia arrasaría las nubes, el cielo de los días y la noche de nuestra ciudad no sería la misma, no estaría invadida de luceros, de esa mágica luminosidad que observo ahora tras la ventana, no habrían arcas abiertas con sutil ademán, cajas como de muñecas rusas que asombran con belleza sublime. Con todo, nos damos cuenta que al considerar la pequeña matrioska, la última del desfile descendente, ella, Isabel, ha estado a punto de caer en la trampa. Si las dudas no se hubieran apoderado de nuestras cabezas, quizás la novela no hubiera seguido su curso. A las ocho quince A.M. Isabel se restriega los ojos, se levanta de la silla y exclama llegaré tarde a la oficina. Corre a la ducha. Reflexiona en las matrioskas, la obsesión y la búsqueda la ha tenido alejada del mundo, tengo que revertir este proceso, no puede ser que viva como una loba solitaria esperando anhelante mis charlas con Pedro, indagando en su personalidad y su forma de ser, me he convertido en su esclava. No puede ser, se dice. Tengo que salir de esta cápsula, huir del cíclope y despejar la cabeza, pensar un poco en mí, necesito distracción. Me lo merezco. Al aterrizar en su oficina tiene claridad respecto al paso siguiente, llamará a un amigo, ¿Cuál? No importa, si está disponible, ella lo estará para él, basta de excusas torpes. Esta noche, tiene que ser esta noche repite, cavila, bueno, si no es esta noche será mañana, pero que tiene que ser y pasar algo pronto, eso será. Busca su agenda y


ubica el número de teléfono. Pero la cazadora que la habita no deja de creer que quizás el amigo, cualquiera sea, menos el singular Toti aporte algo para escapar de su obsesiva narración.

RECREO

¿Dónde está el huevón? interrogó Isabel a la sala vacía. Aquí estoy, Arturo asomó la cabeza, sonriente, por la puerta del baño. ¡Ah! Ahí estás, aún no te has vestido, dice Isabel algo molesta con unos diarios en la mano. Ella, como un mago extrayendo conejos ante un público invisible aparece en escena con Arturo, un cliente de la empresa donde trabaja, de quien se ha hecho amiga y han salido algunas veces. La cena de anoche se alargó demasiado, piensa ella, tanto, que terminó con él en su cama. Una locura más que provocaron mis faldas estampadas y el nuevo peto negro de generoso escote. Me hizo sentir atractiva y ya saben: la cápsula, la esclavitud en la que me tenía Pedro me trasladaron directamente a su casa. Vive solo, separado y es domingo. Como hoy las cosas son al revés, no por un asunto de imaginación sino de absoluto pragmatismo, salí a comprar el pan y los diarios a las ocho de la mañana. Locuras de escritora, dirán algunos. En fin, aquí estoy perfilando uno de mis personajes favoritos, por su tremendo humor y su desparpajo total, mezcla de Ignacio y Antonio, dos amigos que ya no están, pero un poco más joven. Gusto de vieja verde, se repite Isabel. El café con pan caliente la tienta y no espera a su amigo. El se atenderá después, piensa ella. Bebe espaciosamente el líquido, come el pan con parsimonia y rememora la noche anterior. Una cena de esas siúticas que detesta y un congrio a la margarita que la fascina. Arturo no la dejó en toda la noche hasta que la convenció de ir a su casa. No lo pasó mal, de todas maneras se queda con el congrio. La salsa y los langostinos estaban exquisitos. Arturo se demora más de la cuenta. El cíclope tiembla bajo la lámpara


del escritorio. A las una ocho minutos estaba ella con una botella de Chivas, unas rebanadas de un salchichón espectacular, oriundo de algún lugar recóndito del sur atravesado en la boca y un Arturo sentado en el sillón del imponente living, coronado con Guayasamín y Modigliani, completamente desnudo. Ella bebió whisky y él recitó a Neruda. Terminó cantándole el día que me quieras, con voz aguardentosa y meneando las caderas. Se rió. Ella también estaba desnuda bajo la bata de Arturo. Tenía claro lo que vendría después de Neruda y los boleros añejos. Bailarían tango en el box spring de Arturo, bajo el cobertor blanco y naranja. Obvio, que la relación con su simpático amigo no tenía futuro. Para ella y para él, una aventura. Isabel pretendió salir del caos en que la tenía envuelta la escritura. Él, matar la soledad de su gigantesco caserón de calle Maipú que ostentaba en una esquina del living una armadura de tamaño natural, auténticamente española, remató él como otras veces al ver que ella la observaba acuciosamente. Arturo tenía dinero, venía de una familia española, una familia antigua de Concepción. Su ex mujer, vivía en Santiago con sus hijos, todos sus hermanos con su familia en Madrid. Un día te llevaré a España, dijo una vez. Isabel rió. Te llevaré, como si fuera un objeto quedó pensando Isabel, no tuvo la delicadeza de siquiera consultar si ella lo deseaba o no. Ir a España, claro. Pero ¿Qué podía esperar de los hombres? Alguna vez le dijo, podrías ir a casa de mi hermano y realizar un curso de literatura, yo te pago los pasajes. Suspiró, ella estaba atada a Max. Arturo apareció con pantalón claro y camisa negra de manga corta, con el cabello húmedo y la cara recién rasurada. Era alto y nada de mal parecido. Era diferente a Pedro, no pudo evitar la comparación. Era alegre, vestía con buen gusto y olía a Rabanne. Isabel no usa perfume. Recordó que el último Carolina Herrera se lo regaló Max cuando cumplió treinta y ocho años. Desde ahí, nunca más. Después, su otro regalo, fue el libro de Pedro. La nostalgia la invadió. Hojeó los diarios distraída, apenas escuchó lo que su compañero de anoche le hablaba. Le sonrío estúpidamente. ¿Te gustó lo de anoche?, pregunto él interesado y feliz. ¿Qué?, dijo ella ¿El congrio? Me

tomas el pelo muchacha, dice Arturo, moviendo la cabeza y sirviéndose el café sin azúcar. ¿No me digas que no estuve bien? No lo dije, afirma Isabel, pasable, diría yo, pensando que no estuvo mal el sexo oral que le hizo anoche. ¡Vaya que eres exigente! Respondió un irritado Arturo. Detesto los hombres que necesitan que una tenga que decirles lo bien que hacen el sexo. El amor, Isabel, el amor, repitió Arturo sonriente. ¡Amor! Exclama Isabel, eso no es amor, es sexo, insiste terca. No tienes remedio, siempre despiertas de malhumor, alega Arturo algo confuso, tal vez molesto por no satisfacer Isabel, al semental que se cree, con halagos, con las típicas palabras pueriles que a los machos les gustan demasiado para desagrado de las mujeres dotadas de fértiles neuronas y con labios exentos de zalamerías innecesarias. No, malhumor no, responde, exceso de franqueza que no toleras, como la mayoría de la gente, eres igual al resto, puntualiza. El resto, ¿qué resto? ¿El resto de la humanidad? No sabía que dormías con todo el globo terráqueo, ¿O el resto del universo? Ya me parecía haber encontrado un marciano dentro de tu bolso, responde burlón Arturo y agrega semiserio, claro que considerando tus aventuras bisexuales, no me parecería nada de raro, engulle un pedazo de pan y pone los ojos blancos. ¡Idiota!, exclama ella y le tira los diarios en el rostro para salir rauda de la cocina al dormitorio. La persiguen las carcajadas excesivas de Arturo. El juego con Arturo la cansa, la agota. Isabel respira agitada, las palabras parecen estar atragantadas, atrapadas justo en el centro de El jardín de al lado de Donoso. ¿Quién es mejor, la rubia con esa cola graciosa o Bijoux, con su brazo pecoso? Es como si deseara consultar ¿Quién es mejor, Arturo con su sentido del humor que la saca de las casillas o Pedro, con su ser introvertido, sensible y ese tormento interior que la atrae, inquietándola? Claro, parecido, algo similar en la duda, escribe Isabel evaporada del caserón de Arturo, abrumada, otra vez, por el recuerdo de Pedro extraviado en no sé qué calle, en medio de los árboles, desnudos como su cuerpo etéreo, con trazos de hastío perpetuo derramando sangre y desesperanza por los rincones ocultos de la costanera o sobre el viejo puente del BíoBío. Pedro y su extrema sensibilidad. Al llegar a este


punto se retracta, Arturo no es su personaje favorito. No fue buena idea llamarlo, ha sido como un boomerang.

NUDO

El cuadro no cambia. Pedro quiso darle unos pincelazos con su paleta predilecta. No tuvo resultado. Isabel está en el escritorio y persiste empecinada en dar un vuelco a la historia. Él esperaba que Isabel se arrojara en sus brazos. Ella se lanzó a los brazos de Arturo y concluyó por extraviarse en el teclado, impregnada de silencio, para empezar a escuchar la melodía, el tono, respiraciones que reclaman la atención con las huellas de la ausencia. La ausencia de Pedro. Ha preferido sumergir su voz para fundirse en él, en su espíritu, sin prejuicios y encontrar la resurrección creadora, intentar que él, llegue a vislumbrar el horizonte. Creación. Una exasperada Isabel escribe ¿Cuándo entenderás que la palabra y el amor son los verdaderos vehículos de nuestra relación? Como lo dijo Ferdinand Ebner: La palabra viva es aquella que crea encuentros. Isabel ruega en la penumbra de la habitación insomne, únete a mí por la palabra, Pedro, querido, no te alejes. Allí, el espíritu late con ritmo libre y grande, cielos, prados, mares transformándose como el rostro de una virgen, y de lunas y soles y nieblas y lluvias turbias. Pedro no responde. No ha cruzado el puente. Su oído es sordo. No va a casa de Isabel. No la llama. Isabel sigue su vida rutinaria marcada por el sonido del despertador a las siete de la mañana, su retorno a casa luego de doce horas fuera, con un trabajo que se le hace abominable pues la separa de su amigo, del relato. Eso no le impide escribir, aniquilada la sequía, después del recreo, no hay tiempo para nada ni nadie más. La palabra todo lo colma. Sus libros la acarician, cantan y bailan para ella: Bolaño, Neruda, Donoso, Kundera. La Tregua de Benedetti,


permanece estática en el estante que cuelga de la pared recordándole que vive entre ella y Pedro. Recibe un sorpresivo llamado de Sandra que la hace escribir: El llamado de tu ex me recuerda, poeta, que no eres libre, que tu soledad no es tal porque estás ligado a una mujer, aún cuando no te plazca, debes correr a su llamado, hay un nudo que te ata a la tierra, un nudo que te saca del aire para caer al mar frío de un compromiso que detestas, que te hunde en el remolino de la duda. Concluye, la confusión y tu egoísmo paralizan la angustia y no te permiten abrir el notebook . La pantalla se apaga, Isabel ha cerrado la sesión. Una Isabel desarmada, agotada, abandona la caja cuadriforme cuya pupila negra parece oprimirle una vez más el corazón, el motor que lleva la huella de la última matrioska, símbolo de la búsqueda, el detalle que Pedro retiró de una caja. Es él y sólo él, quien engruesa el nudo. Escribir, llamarlo, rebatirle. ¿Tendría algún sentido? Pedro, hiciera lo que hiciera seguiría pensando que el mundo no tiene salvación. Que todo y todos nos iríamos a la mierda. Lo peor es que la estaba convenciendo precisamente con su actitud. El punto de unión se disuelve con la misma rapidez de un relámpago. Esta vez Isabel ahogada en lágrimas, con los dedos entumecidos, apaga la luz y se dirige inconsolable al dormitorio.

EQUILIBRIO

Tengo que encontrar el punto de equilibrio, lo absurdo, lo patético de esta historia. No quiero una historia pesada pero tampoco una liviana. Entonces recordé la época en que asistí a un taller literario. Aquiles Bellota era el director. Pareciera que con eso dije todo, pero no, en el taller leíamos algunos, poemas, otros leían cuentos o relatos, el director criticaba. Bellota encontraba fantásticos a los chicos veinteañeros que pertenecían al taller. Odiaba a las mujeres, pero las conquistaba para sacarle dinero. Cuando las mujeres leíamos un texto, nos pulverizaba, esto, claro, siempre y cuando fuéramos mujeres con faldas. Otro chico leía, y pedía que criticáramos, al obedecerle, nos criticaba a nosotros, el debate era salvaje. El método servía para dos cosas: nadie podía ser amigo de nadie y al salir del taller éramos manzanas podridas por la labia del profesor. El rencor al denominado instructor ¿o director?, crecía subrepticiamente en el ahora desalmado corazón de los postulantes a escritores ridiculizados y atropellados, una vez a la semana por cinco lucas en el Einstein, Bellota martillaba de pie al frente del grupo ¿Ustedes quieren ser escritores?, nos miraba con fijeza aniquiladora ¿Ustedes quieren ser escritoras? Tienen que estudiar mucho para eso, como yo y seguía, yo he leído por años a Paz, Cernuda, los grandes XX e YY, y etc. y etc. ¿Entienden? Ese lujo no se lo da cualquiera insistía egotista: no creo que le dediquen tiempo, yo soy poeta las veinticuatro horas del día decía ufano y burlón, mientras todos pensaban que cualquiera quiere y puede serlo con un padre que lo financiara. El seguía montado en el caballete de la egolatría con el látigo de la


preeminencia y mencionando en las clases, premios ganados a costa de artimañas varias, claro, que de eso, nos enteraríamos más tarde. Y seguía, digo, exaltando la ignorancia de los humildes y avergonzados alumnos que acudieron al taller justamente para aprender literatura, precisamente, concientes de su falta de conocimientos. Todos, los buenos, los malos y los feos, terminaron escuchando la vida de este Clint Eastwood de las letras (esto con el perdón de Eastwood), los éxitos de su extremo talento y como nadie le llegaba a los talones en la literatura regional. Definitivo, era un papagayo insoportable, repetía clase a clase, para llegar a dónde yo estoy tendrían que haber pasado por la universidad, por la escuela de literatura y tener talento y yo no les veo ninguno, excepto claro a Paco y Luis, los chicos de silueta fina y tez blanca a quienes miraba coquetón. Particularmente yo pensaba al escucharlo, que si hubiera estudiado literatura en la universidad no habría ido a un taller, menos al de este espécimen con ínfulas de rey parido por la vanidad. Piensen bien si quieren seguir aquí, yo no tengo a cualquier alumno, insistía, no cualquiera puede pertenecer a mi taller, el que yo fundé, el que yo creé con esfuerzo e hinchaba el pecho con exacerbada grandilocuencia al emitir el yo instalado en la sima del ego. Una mueca irónica zumbaba en su rostro de poeta convertido por sus propias palabras en un genio, superhéroe nacional. A propósito de patético, me acordé de él. Del taller por supuesto que recuerdo lo único que enseñaba en todo el año: los niveles de la lengua y las definiciones de Saussare. Ese pedestal donde el fatuo Bellota se instalaba, siempre me pareció absurdo y excesivamente funesto. Menos mal no se me ocurrió explicarle lo que era un rispetto, como García Madero en Los detectives salvajes, a su maestro insoportable. No me olvido que un rispetto es un tipo de poesía lírica, amorosa que tiene seis u ocho endecasílabos con peculiares características, esas sí que las dejé en el subterráneo del olvido. Si lo hubiera dicho me guillotina con su lengua de loca desatada. Sólo una loca, ciega e ignorante puede tratar de imbécil a una mujer, claro, ignorante en las letras, pero, licenciada en ciencias de la ingeniería que suponía, como buena diseñadora de sistemas y planes de trabajo, que

los objetivos de un taller literario eran por decir lo menos: desarrollar la mirada creativa y la capacidad de imaginar, estimular la lectura de las obras universales, de lector ingenuo a lector crítico, ejercitar en el conocimiento técnico y provocar una actitud crítica en el trabajo de corrección, como comprenderán, para suponer más o menos el contenido de un taller no necesitaba ser una gran literata. En fin, lo absurdo es que estoy como autómata buscando el final y sin Pedro. El equilibrio lo pondrá su tránsito por el puente. Como una directora de taller, que gracias a Dios, no lo soy (sería absolutamente estresante, preparar clases, responder un montón de preguntas de alumnos ávidos, siempre insatisfechos). Está más que claro, que sería diferente al susodicho, (a esta altura insignificante profesor), como decía, pensando como literata evitar repeticiones o dar un buen final a un relato, se me plantea una duda. La gran duda: sin Pedro ¿Cómo termino la novela? Suena el teléfono. A regañadientes abandono el escritorio para correr a atenderlo. Transcurren unos minutos y vuelve al redil literario que la subyuga, su cara es de completa desilusión. Levantó el auricular y la llamada se cortó o la cortaron. ¿Quién sería? Encoge los hombros y con la vista en la pupila dormida exclama ¡Cómo me hace falta! El zoom de un narrador expectante capta a una Isabel agobiada.


OBSESION

Pedro vuelve repetidamente. No me deja descansar. No puedo siquiera ir al baño sin tener sus ojos miel encima, su presencia devora mi cabeza, la nuca, las sienes, los ojos, mis labios. Me persigue en el silencio, en el fracaso, en esta derrota lacerante frente al cíclope, alojado en el marco rectangular, que mira con códigos interrogantes. Pedro, con osadía toma mi cuerpo y mis sentimientos y me arrastra hacia su vida. Yo observo como un eslabón de hierro enorme nos liga y los lugares, la cosas, dialogan de manera diferente con nosotros, el cuarto, la cama, el teclado, el papel, comportan diferentes formas de sufrir. Y la necesidad, la angustia, el dolor, plasmados en este eslabón es más fuerte que la pasión. Entonces me atrevo a escribir desinhibida y confiada: Pedro volverá y yo estaré esperándolo. No diré palabra alguna. Puedo decir, sí, y mucho, por ejemplo, que el amor verdadero es el que se ofrece sin esperar nada más que amor, que estaremos acariciando libros, no como un mero hecho táctil, sensual, curioso, excitante, como un roce de los dedos contra las tapas finas de los libros empastados que atraían nuestros dedos infantiles a la zona más prohibida de la biblioteca de nuestros padres ¿Te acuerdas?, era una oportunidad de acariciarlos y en la caricia los preparábamos para torturas inocentes: unas caricaturas de formas imprecisas, una casa, un gato o signos estrambóticos, difíciles de descifrar. Sin embargo, en esos instantes operaba un destello hipnótico, la necesidad de contacto con los libros, el anuncio de una pasión más brutal y más legítima que iba a devorar parte de nuestra infancia y adolescencia: la lectura. Sí, Pedro, puedo decirte tantas cosas,

he comprendido que la literatura es vivir, crecer y conocerse a sí mismo, que luego del reencuentro estaremos juntos para cumplir ese objetivo, realizar las metas, una a una, sin prisa, hasta el final de un proyecto que nunca nos dimos tiempo de delinear. Isabel se detiene, la agitación la posee, queda quieta, suspira, gira el cuello para aliviar la tensión. El fantasma de Pedro da sus últimos estertores y la inunda con su sangre, la poderosa angustia que la embarga frena su energía arrolladora, la vertiente de los negros presagios, el pavor de lo desconocido ha descendido y cruzado la puerta. El aire fresco invade la casa. Su cabeza ha sido mojada por los tiempos de antaño y la agitación que la paralizaba se volatiliza. Va en busca de un vaso de dasani citrus, enciende un cigarro, aspira el humo y escribe, todo ha sido producto del azar.


GENES

El teléfono vuelve a sonar. Isabel corre a atenderlo. Es Pilar, la madre de Pedro está grave, dice con voz entrecortada, está en el hospital, yo vine a buscar ropa. Pedro está allá, me pidió que te avisara. Pilar susurra, no puedo explicarte nada, estoy mal, muy mal, mi madre se nos va y corta. Isabel convertida en un atado de nervios, va en busca de una casaca, toma el bolso, cierra el archivo, apaga el computador y se dirige al hospital. Atraviesa la avenida hacia el paradero, toma un bus hacia Janequeo la calle del hospital. ¿Cómo estará Pedro? Recuerda el rostro sonriente y amable de tía Luz, se siente culpable de no haber ido a verla. Sino fuera por el trabajo, la novela. ¿Podrá alguien comprender que el tiempo se le hace corto? Y el sábado y el domingo, dirán algunos. La novela, responderá ella, la novela que no logro concluir. La mirarán sin entender, está loca, para qué escribirá la Isabel, pensarán ellos, los otros, la gente común, la que vive entre la TV y el mall, aquella que jamás comprenderá la importancia que tiene la palabra, lo que significa para su vida y la de Pedro. Otros preguntarán ¿Cuándo piensas publicarla?, con la ignorancia, emperatriz característica que rige la rutina de sus días, ella se quedará callada, pensando que tal vez nunca, porque es tan difícil publicar para una escritora en este país, tal vez lo único que responda se reduzca a un alzamiento de cejas y una apertura de ojos, tal vez, se encoja de hombros. Va quieta en el primer asiento detrás del chofer, mira el paisaje, la avenida se le hace eterna, piensa que es largo el camino y que tardará bastante. Intenta tranquilizarse. Ruega a Dios por lo mejor. No el deseo de Pedro, no el deseo de Pilar,

no el deseo de ella como amiga del hijo de la tía Luz, sino lo mejor. Cierra los ojos. Ingresa al edificio, encuentra a Pedro en la sala fuera de la UCI. Se acerca a ella con su paso cansino característico, flaco y pálido. Las manos en los bolsillos. Su cara es de angustia y resignación. ¿Cómo está? Mal, nada que hacer. Lo abraza, él permanece callado. Al rato pregunta ¿Quieres fumar? Isabel asiente. Ambos salimos a la entrada del recinto y paseamos por la vereda. Nos sentamos en un banco de madera de color blanco y rojo. Se agravó en la mañana dice él. Isabel interroga con los ojos. Crisis respiratoria, calla para continuar, insuficiencia cardiaca. Aspira. Con los brazos reposando en las rodillas, cabizbajo, mueve la cabeza. Sufro con solo decirlo en voz alta, duele mucho más, lo escucho decir desalentado. Siempre admiré a mamá. Creo que mi sensibilidad la heredé de ella. Es genético ¿sabes?, ríe amargo. Mi madre, es lo más real y verdadero que tengo, me atrevo a decir que lo único real. ¿Y tus hijos? Consulta Isabel. Mis hijos son eso, mis hijos, mi madre es el gran amor. No sé si puedes entenderlo. Resulta repetido, puedo tener muchos hijos, muchos hermanos, pero madre hay una sola. Tú sabes, Isabel, los hijos no nos pertenecen. La madre se va y el nido donde naciste, el lugar tibio donde emergieron los primeros pasos, las caídas, los sueños, muere para siempre, agrega, es definitivo ¿Entiendes? No hay salvación Isabel, estamos perdidos, exclama ahogando un grito con los puños apretados. Las sombras de la tarde se alojan en su rostro, el sol se ha extraviado en su ceño fruncido. Tienes a tus hermanos, tus amigos. Intento consolar, sé que es inútil. Tomo su mano, acaricio su nuca. Gracias Isabel. Por qué, pregunta extrañada, somos o no amigos. Asiente resignado, sí, somos amigos. Igual agradezco que hayas venido enseguida. Tontito, dice ella, con la sonrisa a medias y el corazón contraído. Retornan a la sala de espera. A ver si ahora me dicen algo que me aclare el panorama, dice Pedro. Hasta aquí puras imprecisiones, regaña. Su molestia es evidente. No se puede ver a la enferma, esta con riesgo vital. Llegan apresurados, Alejandro, Pilar y Sandra. Al fin nos conocemos en persona, dice Sandra con semblante alegre. Así es, respondo escueta. No entiendo la expresión


alegre de su cara, me parece inadecuado en estas circunstancias. Alejandro y Pilar me saludan afables. Pedro les entrega las últimas noticias. Después de colocarse de acuerdo sobre quien de ellos hablará al día siguiente temprano con los médicos, nos retiramos conversando sobre la mala atención y la pésima información del establecimiento. Concluimos que no hay respeto por los pacientes. Menos con los de la tercera edad. Alejandro nos lleva en su Toyota blanco del año dos mil. Sandra no para de trasmitir, está de feliz de estar en Conce y nos cuenta que una vez fue al cerro La Virgen y se desmayó con el gentío, me asfixia, nunca más volví, añade con gesto despreciativo para seguir relatando que pasó unas peripecias increíbles con un animal del zoológico y que comió unas empanadas de queso exquisitas en el valle Nonguén. Papagayo, pienso, lindo florero la ex de Pedro. El resto permanece silencioso. El pronóstico es fatal. Mañana, será otro día. Un día más, un día menos. Qué contradicción. Pasamos a un café en el centro, frente a la Plaza de Armas, es agradable. Conversamos de los tiempos pasados. Hace mucho tiempo que no tenía a Pedro y sus hermanos frente a mí. Hablaron de sus trabajos, de sus familias, algunos amigos en común. Sandra habló del excesivo y apestoso calor que hay en Linares. Es un clima tan seco, el verano es atroz agrega y arruga la nariz, para concluir, lo único bueno que tiene son las termas y las arroceras. Se come arroz como chinos, agrega. Suelta una carcajada. Nadie está con ánimo de risa. Hoy conocí a la ex de Pedro, en un día terrible. Sandra acostumbra a llamar a Isabel cuando no ubica su ex en casa de su hermana. Pedro no tiene teléfono, detesta la modernidad prefiere el aislamiento. Así nadie lo molesta dice convencido, me aseguro de eso agrega divertido no me veo con un celular incrustado en la oreja. Eso ha sucedido en otras ocasiones. Ahora no hay espacio para risas ni para humor negro. Es diferente, hemos sido convocados a una ocasión íntima, especial, corrosiva. El café semi desierto grafica la situación, el momento es desolador. Me da pena Pedro piensa Isabel. Recuerdo el niño indefenso, tal vez decir que evoco es un error. Está frente a mí, pálido, acongojado como niño desvalido, inerme al que la naturaleza inclemente, devastadora

en el temporal, arrebata su casa. Escucho atenta. Alejandro, Pilar y Pedro retoman el tema de la salud. De lo mal que está en el país el control de las políticas de salud. Mientras uno alega: pero si este hospital está obsoleto, Pilar dice: debieran controlarlo mejor. Todavía no se respetan los derechos de los pacientes, demoraron dos horas en pasarla a la UCI. La impotencia invade la mesa, el café. Tensa el ambiente. Los hermanos están furiosos. Yo me uno a su furia. Nos sentimos estafados. Literalmente engañados e impotentes ante un sistema indigno plagado de funcionarios indiferentes. La atención hospitalaria exaspera. Sandra trata de calmar los ánimos. Al menos dio señas de poseer algo de sentido común. Nosotros estamos demasiado ofuscados. Vencidos por la realidad, abandonamos el café para retirarnos a nuestras casas. ¿Qué a dónde alojará Sandra? No lo sé. Puedo asegurar al ver el rostro de Pedro, que no será precisamente en su casa. Respiro aliviada, sin saber exactamente por qué razón.


MEMORIA

La novela me quita el aliento. No puedo abandonarla pese a ver a Pedro devastado por la salud de la tía Luz. Hundo mis pasos en las olas de una puesta de sol marchita por el lúgubre paso del tren. Sufro. Un cúmulo de recuerdos me embarga, recorren el paisaje de mi sala, tiznan los libros, el escritorio, la lámpara apagada. Saturan mis cortinas de visos indefinibles. Demás está decir que algunos amigos no creen esta esclavitud en la que me sumergen las palabras. Creo haber perdido a unos cuantos. No recibo invitaciones hace meses, ni al cine ni al te o café cortado, tan típico de la vida social penquista, ni a un mísero espectáculo que se presente en el desventurado mall. Isabel se ha dado cuenta que sin pretenderlo se ha ido aislando del mundo exterior para quedarse como una ermitaña que permite en su vida como un hecho extraordinario la presencia de Pedro, quien ha transformado su vida en una indagación permanente en su interior como una garra perdida en el pozo del pasado, en las vicisitudes del monstruo que anhelamos descuartizar, la incongruencia del presente y a veces como una daga filosa, erizada, punzante, en el centro del corazón. Otras, en el invisible espíritu que ha conmovido su amigo, con tormento y admiración. La infancia hunde sus dedos en la cabellera de Isabel, es el territorio que compartió con la madre de Pedro. Un torbellino de imágenes la ciñe. Los paseos de curso, las actividades extra-escolares, la obra que representaron en el Teatro Concepción para celebrar el mes de la patria, los partidos de fútbol en su barrio, las conversaciones que sostenían tía Luz y su madre cuando iba a buscarla. La

complicidad que había entre las dos. Las reuniones donde ella y Pedro asistían acompañando a sus madres, para jugar en los pasillos o en el patio o hacer avioncitos de papel y dibujar con lápices de cera. La campana del colegio, los lunes en el patio entonando la canción nacional, niños de cursos superiores izaban la bandera. Ella siempre quiso ejecutar ese acto. Lástima, nunca la nombraron para tal ejercicio. Eres demasiado baja, dijo, la profesora jefe, en una oportunidad, Recordó los bingos-kermesse, en que participaron ambos para recaudar fondos para fin de año. En un juego, ella sacó un premio, una cámara fotográfica que utilizaron con su padre por años. Sonrió. Pedro hizo lo imposible por obtenerla, estaba dispuesto a canjeársela por un libro, el Corazón, dijo, te doy el Corazón de Amicis y unas revistas del Llanero solitario que tanto te gustan, a cambio de la cámara. Ella se negó. Tenía razón su amigo, fueron años inolvidables. Sonrió. Pedro el solitario había calado hondo en su corazón. Absurdos de ficción y realidad combinados en las rancias evocaciones que invaden sucesivamente su mente aprisionándola al teclado. La memoria la arrastra irremediablemente. Todos alguna vez incorporamos nuestros recuerdos y deseos a la existencia. ¿Y acaso la literatura no es memoria transformada por el tiempo, el dolor y la magia? No responde esta interrogante que la sobrecogió en forma repentina. Isabel duda. La duda la estremece.


AMANECER

Con ella se ha ido la infancia, la adolescencia, las expectativas juveniles. El núcleo de subsistencia. La fuerza para seguir adelante. Las palabras de Pedro me llegan lejanas a los oídos. Todo ha concluido. Hace unos días la tía Luz se marchó. En ese lapso de tiempo, entre el hospital y la partida, breve como una campanada, Isabel detuvo su escritura. Dejó descansar el teclado, detuvo el relato para estar al lado de su amigo y hermanos. Tía Luz dejó las sombrías ondas de la tierra de madrugada, conciliando su eterno júbilo con el amanecer. Quizás, de esta forma quiso mostrar a su incrédulo hijo que la esperanza pervive hasta el fin de los días. Tendremos sol, nuevos mañanas coreados por pájaros chispeantes como vertiente de agua fresca, pulcra, inmaculada. La novela retoma su curso. ¿No es acaso la cercanía de la muerte la posibilidad de enmendar errores? ¿No es ella, la compañera que esperamos desde el momento de nacer, la posibilidad de encontrar la razón de toda la existencia? ¿No es el descanso a todas las fatigas, el término definitivo al dolor? Isabel contempla a Pedro, repite: resignación. La muerte no es el final de todo como Goethe y Manrique escribieron, es un nuevo amanecer en otra dimensión. Ha sido lo mejor señala convencida. Pedro mueve la cabeza, fuma despiadada, fiera y brutalmente como un animal, da vueltas por la habitación, mece sus cabellos. Termina arrojándose rendido a un sillón. Los maderos del techo parecen haber irrumpido, violentos e inclementes en su desordenada cabeza. Golpea con exasperados puños sus rodillas para al fin exclamar, ¡Tienes razón! Pese a todo lo que

pienso y creo y elucubro en mi vida tienes razón y concluye: ha sido lo mejor. Lo mejor para ella. Una media sonrisa de alivio curva sus labios no logra ocultar la amargura. Me acerco a él y lo abrazo. Su cabeza queda acurrucada entre mis senos. El cíclope mira acusador, consulta ¿A dónde vas Isabel? Ella no sabe responder. Las fluctuaciones se agolpan como cientos de sables a punto de cortar su cabeza. Sus dedos son llamas en el teclado. Los libros la observan desde el estante. Hay una espera, una expectación como de lámpara encendida en la oscuridad de su inconsciente. La duda retrocede. No debe existir. No puede. La muerte, le expone el monitor, ya sea tratándola de poderosa como Neruda, de respetable como León Felipe o de puta como Goroztiza en su poema Muerte sin fin, o como ingrediente cotidiano como lo hace Shakespeare, ella, la vieja negra arcaica y detestable, no puede cambiar el rumbo de los que quedan. Debemos seguir el vértigo señalado por nuestras creencias, nuestras opciones. La muerte es ausencia de vida. La vida continúa para nosotros, se oye decir a Isabel. Pedro como un niño doblegado, se limita a asentir. Tu oxígeno es la literatura, Pedro, a ella debes abocarte como lo has realizado durante toda tu vida. Es nuestro refugio, musita sobre la nuca de Pedro, lo besa. Él la abraza con fuerza, piensa ella: me abraza como un náufrago ¡Cómo si yo no lo fuera!, cavila Isabel hundiendo su cabeza en el pecho de su amigo. Permanecen largo rato unidos. Sin atreverse a desenredarse. Sintiendo cada uno la respiración del otro. Es prodigioso, piensa Pedro. Ignora que Isabel tiene el mismo pensamiento.


VOLCÁN

La vida continúa, claro, lo pude constatar al llegar a la oficina, a las nueve de la mañana y encontrarme al siempre alegre Arturo, agitando su llavero de fino cuero café en su índice derecho, daba rienda suelta a sus tonterías, sugería pasos de baile en la sala, abarcando con su sentido del humor la amplia oficina que tiene en la puerta el rótulo de asesora financiera. Esa era yo. Un descollante y radiante Arturo me atrapó en sus brazos. ¡Nunca sabrá el bien que me hizo! Este rimbombante imitador de Neruda, en la monotonía de su voz, claro, su saludo matinal consistió en decirme: muslos de mujer, blancas colinas y darme un sonoro beso en el cuello. Ante este improvisado payaso de terno y corbata, no pude más que reír a carcajadas y aseverar: hace tiempo que no te veía con ropa. Pedí un café a mi secretaria y encendí un cigarrillo, el segundo del día. Me gustó el abrazo de Arturo, lo necesitaba, piensa ella. Después de los preliminares acostumbrados, qué cómo has estado, qué cuentas, ¿Cómo va tu vida? Consulto intrigada por su temprana aparición en mi despacho ¿A qué se debe tu visita? Vengo a aumentar las arquillas de esta empresa, agregó, con tono misterioso, y vengo a solicitarte un compromiso, quedó mirándola risueño. Isabel quedó perpleja y curiosa dijo: ¿De qué se trata? aclaro, si es un nuevo negocio, te advierto no soy la indicada para atenderte. Al ver el conjunto de carpetas voluminosas que la esperan encima del escritorio dice: menos cháchara que debo hacer demasiadas cosas. En cuanto a lo segundo ¿A qué te refieres? Isabel realiza la pregunta con repentina molestia. No está para tonterías, tiene demasiado trabajo que entregar, además, el difícil término de su narración, la tiene en ascuas, si agrega la tormenta que ha

tenido que padecer con la muerte de la madre de su amigo, es factible comprender. Arturo ignora los hechos. Continúa con su misterio y picardía, hasta que al fin, se da cuenta que esta vez, su amiga de ocasionales aventuras, no está para bromas. Pensaba comprometerte para que me acompañes a Pucón. Voy a ver un asunto de negocios y creí que te agradaría acompañarme. Tú sabes, hay un casino maravilloso y un hotel espectacular para pasarlo bien, además el volcán Villarrica debe estar espléndido para un paseo, agrega rápido, sin contar que el lago está especial para recorrerlo en yate ¿Te gustaría? Ella medita mientras bebe el café y saca un cigarrillo. Isabel sabía que su mano, la mano de Pedro en la de ella, era el dolor reciente de uno refugiándose en el sufrimiento pasado de la otra. ¿Cómo estará Pedro?, y escucha a lo lejos ¿Qué te parece después de unos whiskys cerrar la noche contemplando la luna naranja que alumbra las quietas aguas del lago? Enciende el cigarro. En el volcán, durante la subida, se puede apreciar la frondosa vegetación, así como filtraciones de agua en las paredes y cuevas volcánicas ¿Las has visto? Arturo continúa, sin percatarse que su amiga apenas lo escucha. No te parece fantástico, ver el nevado volcán exhalando vapores por la fosa. ¡Si es increíble! asegura, con aspecto soñador. Isabel exhala el humo por las narices recostada en su cómodo sillón. No es la voz ansiosa de Arturo la que la saca de su abstracción, sino el bullicio que sube desde la calzada de calle O´Higgins, a esta hora, atiborrada de vehículos, autobuses. Mira fijamente a su amigo, dice: no, gracias, no puedo. Mañana es viernes, podemos irnos en la tarde. No, Arturo, no, afirma categórica. No está para juegos, su espíritu ha sido lacerado por esta convicción que irrumpe de súbito como nubes plagadas de alfileres o pequeñas fierecillas que duendes torturadores arrojan a su mente. El dolor atrapa a Isabel. No puede romper los barrotes de la prisión a la cual la han llevado las manos de Pedro, su rostro, su voz, su tormento interior. Se escucha decir: no quiero verte más, Arturo, no, más no. Rotunda. Él la mira sin poder disimular el asombro. Ella piensa que debe ir hacia el cíclope interrogante, para finalizar la novela. En un gesto instintivo palpa su pecho izquierdo. La sangre mana hasta


dejarla sin habla, en el circuito de su propio descubrimiento, es el resultado de la indagación del camino del poeta, su viejo amigo, el que reencontró convertido en el famoso Toti. La secretaria entra, la llaman de gerencia dice para salir luego a paso lento del estudio. Arturo se levanta, abandona el sofá de cuero negro, veo que no estás bien Isabel, mueve la cabeza con gesto serio, nada bien, repite, antes de retirarse le dice te llamaré de vuelta. Isabel lo ignora y apaga el cigarro con furia contenida. ¿Qué está escribiendo la escritorcita de mierda? Los ojos desquiciados de Juan Miguel la miran amenazadores. Isabel recuerda a Duras, piensa: debo detener la exorbitación de la razón que huye, detener el corazón, tranquilizarlo, nunca se tranquilizará por sí solo, hay que ayudarlo. Como la protagonista de El dolor, Isabel sale, no soporta la oficina, las carpetas, el teléfono, los números, el bullicio extremo. La rutina obligada. Escapa como si millones de ojos la persiguieran y millones de labios la acribillaran. Unos le dicen: te hemos visto en la duda, te vimos pesquisando lo insondable, las otras, bocas destempladas: tu estás empapada del dolor que negabas tener acumulado. Gritan las voces trastornadas: estás perdida Isabel, eres igual a Pedro. No lo soy, repite, no lo soy. Isabel corre rodeada de cuerpos amorfos que extienden sus tentáculos voraces, con una baba espesa putrefacta que intenta envolverla. Arranca, tropieza, cae, grita, un hombre le pregunta qué le pasa lo mira con ojos despavoridos, dos mujeres se acercan, intentan hablarle, se levanta ignorándolas, su corazón es una campana agitada con la furia de un gigante, se desplaza rauda por el paseo peatonal, da la vuelta hacia calle Castellón, debe llegar a su casa. Su casa la espera. Mientras la gente que circula por el paseo se da vuelta y la mira estupefacta sin comprender su loca carrera, ella, sin zapatos, sin cartera, sintiéndose desnuda y sola corre. Isabel piensa que llegando a la casa se dormirá, acallará y olvidará: esas voces, esos seres horripilantes, esos ojos y a Pedro. Sabe que ha llegado el límite.

CONFESIÓN

Pete el negro, el gato de Pedro, me recibe de mejor talante. Lo siento casi amigo. El notebook de Pedro permanece inerte. Bebemos cerveza mezclada con una bebida de fantasía. Inventos viejos, tradición inmortal: El champaña del pobre. Ella sabe que de alguna manera tiene que aclarar la actitud que tuvo con su amigo, luego de la muerte de tía Luz. Él tiene que sacar de su cabeza, los besos, los abrazos, la pasión que lo conduce hacia ella. Nunca te he contado mis devaneos amorosos. Pedro alza las cejas. ¿Tú, los has tenido? En esta parte, él se muestra sorprendido. Isabel sigue escribiendo. Un incendio forestal ha ocurrido en el día y el olor pesado del humo llega hasta su ventana entreabierta, se levanta a cerrarla. Escucha las sirenas dislocadas de los carros de bomberos. Debe ser cerca, piensa, dirigiéndose a la cocina a prepararse una taza de café. Claro que sí, muchos, responde. Es parte de la búsqueda. La búsqueda del amor, aclara, al ver a su amigo alzar una ceja. El amor es un fósforo encendido en un barril de pólvora, explota en segundos y la llama te inflama. No lo experimentado de esa forma desde aquella primera vez, con Max, confiesa Isabel. Luego, destellos de felicidad, jamás el paraíso, la conjunción perfecta de cuerpo y alma. ¿Sabes? Lo he buscado por todos lados sin importar edad ni sexo. No resulta, no, ya no más. Los ojos asombrados y los oídos atentos de Pedro la escuchan en silencio. Pedro, no sé si podré encontrar el paraíso en brazos de alguien. Lo ha dicho, finalmente se ha desnudado ante su amigo. Piensa cabizbajo, no sólo por la literatura me niega la entrada a su vida, sino por su temor al género masculino por las heridas que Max le


infligiera, levanta la mirada y la contempla, deja escapar un bufido y dice: me vuelves a rechazar, alegas dos razones ¿Estás segura? ¿Es cierto?, pregunta confuso. Estoy segura y es cierto. No hay más. El resto es navegar en el desierto. El resto se volatiliza como el pasado y la debilidad al llegar al límite: al dolor. Ella detiene la escritura, mira como el gato se desplaza hasta el pocillo con leche que está en un rincón de la habitación, el gato bebe sediento, pasa la lengua por sus bigotes y retorna, para quedar hecho un ovillo a los pies de Pedro. Isabel se ha liberado.

VENECIA

Si Pedro va a Venecia yo ¿lo extrañaría?, Isabel se interroga. Esta vez no deja que el ojo rectangular ceñido de color plomo emita la pregunta. Está de nuevo en sus cuatro paredes. Ha dejado a Pedro en su casa hace un par de horas y éste le ha comunicado que está invitado a Italia, a un congreso, me entregaran un premio, dice sin cambiar el tono de tedio que suele acompañar su voz. Me gustaría alcanzar a Venecia, andar en góndola, le escuchó decir con actitud de ensoñación. Anda, instó afectuosa, te hará bien, enriquecerá tu escritura. Será un encuentro con la antigüedad puedes hacer un contrapunto con el arte actual, añadió impetuosa. Cuando regreses nos juntaremos a charlar sobre ese viejo continente y tus andanzas de huaso chileno. Lo encuentro espectacular Pedro, estoy feliz por ti. Vas a tener éxito, vas a lograr trascender, tanto como lo deseabas. Ella temblaba de emoción. La noticia la había conmocionado, entregarán un premio en euros a Pedro en Italia, le comunicó Pilar momentos antes, además le publicarán un libro, será una edición de lujo. Él no había hecho mención del premio ni de la edición, marginal en la vanidad, su amigo. Isabel decía acelerada: Pasarás a ser un poeta internacional. ¡Con todo lo que significa! ¿Te das cuenta? Había que tener esperanza. Yo siempre la tuve. Te lo dije. Siempre creí en ti. El la mira, quiere besarla, lo ve en la miel de sus ojos. Retrocede. ¿Qué encontrara Pedro allí? ¿El lugar de sus sueños? Se pregunta Isabel. La máxima expresión de la belleza, ha escuchado, se encuentra en Venecia. La asalta un repentino combate de celos. Pedro se acerca aún más, tiende sus manos, dice: vamos juntos. Ella se sobresalta. Isabel de


nuevo ha comenzado a pensar en la vida de Pedro, en cómo le gustaría compartirla con él, realizar juntos los anhelos de Pedro, la seducen los sentimientos que manifiesta hacia ella. Vacila. El arma, en las manos de él, la tiene en la mira. Desea disparar al centro de su corazón, doblegar su voluntad. Trastocar su razón. Coartar la libertad que le costó obtener diez mil novecientos cincuenta días, trece horas y veinticinco minutos. Rememora: tuve que traspasar el viento ácido de las bofetadas de Max, la tierra negra de la desolación, el desprecio de la familia. Sí, ella a punta de lanza tuvo que doblar los grilletes de la tradición, romper los afilados paradigmas, huir de la rutina apestosa que pisa y tortura como mierda de perros vagos, que se pega a los zapatos y persigue con fetidez insoportable, ella, después de múltiples batallas cercenó los tentáculos que solían mermar a las mujeres en Chile, las reglas superiores del macho, esas que desquician y evaporan la armonía del ser íntimo. Isabel piensa: No fue fácil escapar de la perturbadora oscuridad que significa la carencia disipada por la soledad, esa tenebrosidad que me tuvo al borde del abismo y la enajenación. Sabe que tiene que arrancar de Pedro, va al dormitorio, busca la maleta, saca la ropa de los cajones y descompuesta, la arroja en forma desordenada y en total desequilibrio desconecta el teléfono. Arroja el celular al estanque del baño. No quiere oírlo, en su caos interior ha olvidado que Pedro no utiliza celulares, repite, no deseo escucharlo, tampoco verlo. Busca el llavero y abre el cajón del escritorio, toma sus ahorros y unos cheques por cobrar, vacía el joyero en su bolso, el contenido es herencia de su madre, no se desasirá de él. Comerá o beberá algo en algún lugar, quizás el terminal de buses, quizás el aeropuerto, dónde sea, como sea, se marchará lejos. Donde Pedro no la encuentre jamás. Él no puede pretender abortar sus ilusiones, no, no ahora que ella ha comprendido que debe vivir para la escritura, dejar el tedio de la oficina, las estúpidas relaciones que no la satisfacían. Recuerda que tiene que finalizar la novela, se detiene un instante y decide que lo hará en la rústica cabaña de la familia, frente al lago, podrá concluirla, enérgica, toma el maletín del notebook, lo desconecta y cierra. La terminaré y volaré a

Buenos Aires, está decidido, su texto emprenderá vuelo en la capital de los libros, en las avenidas del obelisco, obtendrá un buen convenio de edición. Comprende que hasta aquí, Pedro ha sido el principal obstáculo para su escritura. Es fuerte, poderoso, sin duda, ha dejado de ser el niño inerme, se ha transformado en un manipulador, en un obcecado cazador, depredador de sus sueños, no puede confiar en él, no más. No, ella tiene que vivir sus propios planes, cumplir su meta, su novela. Es definitivo. No vivirá la vida ni las fantasías de Pedro. Ella no va a ser la domada protagonista de textos literarios, la madre, la compañera, la novia perfecta, la mujer centro de los amores del macho. Isabel va a ser la mujer de carne y hueso que emplea sesos y manos para crear sus propios relatos. No estará en los lugares comunes, los lugares a los cuales la sociedad ha relegado por siglos a la mujer, fiduciaria de un silencio abnegado, ella, y esto es definitivo, no será esposa otra vez, la mujer muda y temerosa. No más. Pedro ha disparado y las balas se alojaron en el techo. No ha conseguido su objetivo. Venecia no ha vencido a la mujer que ama. Es así, todo el tiempo, él la amó. Isabel lo sabe. En su ceguera, Pedro no percibió que el amor vence a Isabel, la enclaustra en un rol que se niega a cumplir. Es el amor o ella. Ante esta verdad, Isabel arranca. Por primera vez, en meses, ha expatriado el cíclope. La tregua ha concluido, la obsesión se ha disipado por las cuerdas del límite: el sufrimiento Le ha confesado a su amigo el secreto y ha acotado sus dudas, las dudas de Isabel Miranda. La matrioska no logró convencerla, su anhelo de libertad es más grande. Ha renacido al tomar la decisión correcta. La que se acomoda a sus sueños. Las alas a las que ella ha dado al fin la prioridad que corresponde. Nada puede detenerla. En el trayecto piensa en el final de su relato, Pedro debe desaparecer. Ya verá cómo lo registrará en el cíclope plagado de píxeles, el investigador policíaco que la ha tenido en sus redes por meses, atosigándola a preguntas, idiotizándola al hundirla en la confusión, en la anarquía. El ojo acusador que ha terminado descubriéndola en la más íntima soledad.


ESCAPE

Se han arrancado las horas abarrotadas de gusanos putrefactos y de nuevo el intento de escribir, relatar el final. Me quedo contemplando la playa chica de este lago de color azul profundo y aguas cristalinas. Nunca terminaré de conocer Chile. Si hasta la Patagonia parece infinita para recorrerla en un viaje. Sí, infinita, eterna, como la distancia que he puesto entre Pedro y yo. El papel estático y el ojo penetrante me observan y esperan con lánguidos punteros que marcan el tiempo y no precisamente como si fueran marionetas manipuladas por las manos suaves de Pedro. La tarde se arrastra por el lago y la casa y yo me hundo en un sopor indescriptible, luego despierto al mundo terrenal, me levanto de la silla para hacer mis necesidades físicas, voy a la cocina y bebo agua enfebrecida. Tal vez si mi madre me viera diría que sigo siendo como un camello ¡No tome tanta agua mijita! Parece escucharla. Sonríe, encoge los hombros. Ella vuelve a instalarse casi con resignación, en el lugar donde este infernal vigilante, dueño de un solo ojo, la interpela impío. Si alguien me viera o escuchara pensaría que padezco de ataques masoquistas, piensa: relato, Pedro, angustia es la cadena que se cuelga de mi cuello. Intento escapar no sólo de él, de este acoso a mi interior que el arrogante monitor promueve con el movimiento del mouse. No quiero indagar más. Estoy a punto de poner el punto final a esta aventura. La aventura de escribir devuelve el dolor como nunca imaginé. Hace tiempo emprendí una búsqueda que no lograba definir, hoy, cuando creo que estoy a punto de alcanzar esa pequeña cima que puse como meta, pienso que no voy a tener la fuerza de seguir el ritmo ni

el tono ni obtener el equilibrio del que habla Pedro en sus tertulias y versos. Él es el culpable de este estado catatónico en el que me encuentro. Extírpame la vida Pedro, dijeron mis labios y él lo hizo sin recato sin vergüenza. Pero juro, sí, juro por Dios que lo he intentado, salir del círculo de la obsesión, opuesto al ignominioso círculo del amor de los poetas que conocí a través de Pedro. Juan Miguel se aparece casi vencedor, ¡escritorcita de mierda! Te voy hacer papilla dicen sus ojos cargados de vanidad, agrega: no te voy a dar un punto en el espacio de la literatura, termina con la mirada extraviada ¡escritorcita de mierda, te voy a derribar! Miro de frente al monitor y mis dedos vuelan por el teclado porque esta historia la termino pese a Juan Miguel a Pedro. La actitud decisiva de Isabel no sorprende, se ha alejado del poeta para defender su libertad pero también no ignoramos que no cejará en concluir su obra. Juan Miguel, a su vez, sin querer le ha otorgado un empujón, un golpe que unido a su necesidad de expresar, de comunicar, la alienta con fuerza iracunda y recóndita, desconocida por Pedro, inédita para ella. Escribe doblegada: Pedro reconozco, yo te amo pero debo dejarte y no verte más. Ella necesita proteger y mantener su libertad. Isabel no duda, ha dejado de vacilar. No está arrepentida de haberse marchado. Respira tranquila y unas lágrimas bañan su rostro. Observa por la ventana el lago manso, lustroso, un queltehue ha venido a posarse sobre un añoso tronco derribado en la orilla. Isabel con su mano derecha palpa la zona del corazón, lo siente agitado y un dolor súbito como golpe de hacha le atraviesa el centro del pecho, presiona su hombro izquierdo, se apodera de su brazo. Abruptamente su cuerpo cae, rueda por el teclado y queda desmayado bajo el escritorio, al costado de la silla derribada como una muñeca de trapo. El cíclope queda ciego. Se han acabado las interrogantes. Ha terminado el acoso policial. El añoso tronco ha quedado deshabitado y el ave hiende el cielo intensamente azul. Las nubes son centenares de blancas ovejas desplazándose por el techo triangular de la casa abandonada de cantos, voces, palabras y teclado. La brisa mece las ventanas entreabiertas y lleva los recuerdos a instalarse en la corteza ingrávida del olvido.


ESTRELLA

Isabel se desvanece ante el aparato con pantalla atestada de pixeles, pero éste no cuestiona ni interroga puesto que un taciturno y singular varón que acostumbra a ser poeta, que por primera vez ha osado escribir una novela, esquiva el gato enorme dueño de una cara de mafioso, toma el notebook que refleja en su pupila el final de una historia, que él y sólo él ha dado vida. Después de todo, la escritura siempre será nuestra amante, piensa mientras pasa ambas manos por su rostro. Las manos inquietas y suaves de Pedro continúan el rito noctámbulo: de lo único que tengo certeza en estos momentos es que permaneceré como Penélope haciendo y deshaciendo el tejido sin perder la esperanza de reencontrarse con Ulises, sin desfallecer ante la insistencia ni ante la desesperanza. Lo sabes tan bien como yo, querida Isabel, quizás, mejor que yo, me has enseñado tanto todo este tiempo: escribir nos ofrece la redención y nos hace conocer un mundo más complejo, más excitante, donde la piel puede arder en la bitácora de la imaginación, en el campo de batalla de eros y thanatos. Hasta llegar al límite: al dolor. El gato se estira, cambia la alfombra por una silla. Pedro va a la alacena saca una Paceña, abre la lata café clara y bebe lentamente, continua el relato: este es un camino largo, de maduración y reflexión en silencio, pasa por nuestros fracasos y necesariamente por el dolor, ese tormento llamó mi atención al verte después de transcurrido años, sí, Isabel: me costó comprender tu mirada, el paso cansino, el sufrimiento y al final de esta historia, descubro que alguien soberano me ha tomado en sus brazos, convirtiéndose en mi única amante: la literatura. Pedro mira largamente a Pete el

negro, como le decía Isabel, el gato plomo es su única compañía, bebe un último sorbo de la cerveza helada, prosigue: ¿Quién mejor que la escritura nos otorga las distintas formas del amor? : la ternura, la solidaridad, el encuentro de los cuerpos. Es la bella mujer de vientre suave, blancos muslos y ojos negros que nos entrega océano, desierto, luz, sombra. En sus senos nos integra al ser humano. Es la dimensión donde habremos de encontrar el alivio, el descanso. Todo lo demás es transitorio como una estrella fugaz. Ella es la mujer sólida. Su fuerza nos llama e impele a la vida en detalles invisibles para el resto del orbe, la fracción del universo que jamás podrá comprendernos. Es amor, odio y deseo. La amante perfecta. Después de estas reflexiones Pedro cierra el archivo y apaga el notebook. Bebe el último sorbo de Paceña, estruja la lata y la arroja. Por un instante la nostalgia inunda su rostro, Isabel ha emprendido la marcha, No retornará a su Concepción natal. Ha concluido su primera novela y experimenta un alivio desconocido, claramente la poesía es diferente. Un poema puede ser creado en horas. La novela traba días, meses, años. Sabe que extrañará la narración que lo mantuvo largo tiempo ocupado en estudio, reflexión. ¿Cuánto de si mismo ha dejado en ella? Pedro se dirige al balcón contempla los últimos visos del ocaso en la calzada, es la hora en que los transeúntes regresan a sus casas, ve a un hombre vestido de gris pasar con un maletín en la mano, la cabeza gacha, el cansancio de la extensa jornada en la espalda alarga la sombra de su figura en la vereda, dos mujeres caminan con pasos apresurados y cargadas de bolsas, un grupo de estudiantes conversa en la esquina con abultadas mochilas en sus manos. Respira aliviado. Está libre de ataduras. Nada entorpecerá su labor. Ha quedado de nuevo bajo el imperio de su única razón de ser: escribir.


EPÍLOGO

Desde el día que reencontré a Isabel en el Cantabria supe que escribiría sobre ellos. Observo la nueva novela de Isabel y releo la dedicatoria: “A Iris, cómplice de mis signos”.

INDICE

Nº 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21 22 23 24 25 26 27 28 29

Dedicatoria Heraldos Canarios Coto Graduado Anestesia Conjugación Saeta Regalo Dudas Conejos y dragones Efecto mariposa Fatalidad Marginal Saturada Bárbaros Punto Heterogéneos Disco Adicción y angustia Pescador sin anzuelo Pájaros Árbol Recreo Nudo Equilibrio Obsesión Genes Amanecer

Página 2 4 7 12 15 17 19 23 29 36 40 45 49 55 58 62 65 68 72 79 84 88 91 95 99 102 106 109 117


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Volcán Confesión Venecia Escape Estrella Epílogo Reseña

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Para MANTRA editorial este libro se terminó de imprimir el mes de octubre de 2008. Agradecemos a Felipe Vergara (diseño y fotografía de portada) y a quienes han hecho posible la existencia y la circulación de De tu sangre cautiva.

Director editorial: Héctor Hernández Montecinos

NOVELA DE INGRID ODGERS  

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