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DIARIO DE VIAJE Ioni Scheines

Roma - Berlin - Amsterdam - Paris - Londres

Mayo 2015


22/05/2015 Hoy fue que pensé por vez primera algo así como: “el viaje empieza cuando uno decide que el viaje empieza”. Nada muy brillante que digamos. Lo cierto es que hace siete meses que ya tengo el pasaje y más cierto aun es que ese pasaje tiene una fecha explícita, pero (siempre hay un pero) la mente no conoce límites temporales, ni otros más reales y tangibles. Ya hace varios meses de ese “no va más” y todavía no puedo dejar de pensar en ella. Hoy pasé por la puerta de su casa en bicicleta. Un empedrado hostil que me removió los recuerdos apenas decantados (tenía un pelo largo, negro y solitario en una de sus tetas). Ahí, en el empedrado, mientras traca-traca-traca fue que pensé que tal vez lo mejor sea que mi viaje empiece ahora, mientras todavía tengo el poder de elección y no cuando el cuerpo se encuentre encajonado a escuadra, confinado, maximizando el uso del espacio en ese movimiento inercial impuesto. Es decir, embarcado sin opción, mirando una película sin argumento a quichicientos no se cuentos de miles de pies de altura. Bien. Punto y aparte. Yendo al grano, afrontar lo inevitable: voy a ser un turista. Me convertiré en algo que odio. Voy a ser una hormiga en un cohete teledirigido directo a la montaña de azúcar derramada. Los turistas son mi karma. Arraigados al paisaje, indivisibles, son la esencia de lo que van a conocer. ¿Se darán cuenta de que viajan miles de kilómetros para verse las caras, para encontrarse entre ellos, pisándose en un lugar nuevo que aplastan? Son el principio de incertidumbre de Heisenberg, alterando de manera considerable su objeto de estudio. Los turistas que hacen el turismo. Mueven plata, como las insectos el polen, de acá para allá, en valijas repletas de objetos, con adaptadores para seguir conservando los hábitos. No están dispuestos a resignar nada. Arrastran su contexto, contaminan y destiñen. Anoto un plan de lucha y resistencia: no voy a fotografiar nada y preguntaré direcciones como máximo dos veces al día. Tuve un sueño ayer. Una multitud de personas de variadas edades estaban conectadas por piolines atados a su cuello con la punta de la torre Eiffel. Giraban embobados alrededor del faro metálico, mientras se enredaban y paso a paso limitaban aún más su posibilidad de movimiento. Al rato, por acción de la 3


fuerza centrífuga, se volvían una hélice y arrancaban la torre de raíz, haciéndola despegar a los cielos y dejando un jardín vacío donde nunca más crecía nada. 23/05/2015 Soñé con una app que monitoreaba a cuanto japonés esparcido por el mundo existe. Te tiraba el minuto a minuto en un mapa estilo PC GLOBE. Los veías como puntitos y cuando uno sacaba una foto, desde ese punto se expandía una onda, como cuando tirás una piedra al lago. Era un show sublime, las ondas entrechocándose para deformarse en esa ardua tarea de inventariar el mundo. Los japoneses son su propia bandera y flamean en alto su tecnología para superar ese milenario complejo de inferioridad. No me quiero encajetar con los japoneses. La figura del turista es universal y todos aportamos nuestro granito de arena (sería injusto atribuir el total del carácter turístico a una sola nacionalidad). Engrosar mi estrategia para no convertirme en uno de ellos sigue siendo mi principal preocupación. Me acordé de Walter Benjamín que una vez escribió que la mejor manera de conocer un lugar es caminar hasta perderse. Ese va a ser mi táctica: caminar. Subrayo. 24/05/2015 Me escribe mi amigo Martín por Facebook para decirme que al fin encontró el mapita de cuando estuvo en Berlín. Me recomienda ir a un lugar que se llama “Katerholzig”, me dice que es genial. Me pasa un link en alemán que Google se ofrece gentilmente a traducir. Me dice que el mejor barrio es Kreuzberg y que al Kino Internacional es un cine que no puedo dejar de ir. Me habla con mucha pasión, me tipea eufórico. Le pregunto si me puede prestar el mapa, pero me dice que está en un estado calamitoso, percudido, dinamitado en muchas partes. Le agradezco la data con un emoticón sonriente y con otro de un enano que sacude su cadera haciendo flamear sus bolas. Sigo trabajando. Ya falta poco.

28/05/2015 En Ámsterdam me voy a hospedar en la casa de un tal Martín (otro Martín). A este lo encontré por AIRBNB después de varias solicitudes fallidas. En el boleo de querer terminar mi tarea, fue el único que me aceptó. Según la descripción 4


de la página, Martín vive en un departamento con su madre y en la letra chica aclara que dos días a la semana (martes y jueves) de 9 a 11 no se puede usar el baño. Este pequeño detalle que me infunde miles de inquietudes instala la imagen de Norman Bates en mi cabeza. Googleo como llegar de la estación de Duivendrecht hasta su casa. Google me dice que su casa está a tres kilómetros y medio de la estación donde me va a dejar el colectivo que me traiga desde Berlín. Le consulto en un mail si es posible llegar caminando, ya que en el mapa veo muchos espacios verdes y vías. Después intento hacer el camino usando el Google Street View, pero me canso de clickear a las tres cuadras. Aparte es difícil detectar el grado de peligro, la camioneta de Google saca fotos a plena luz del día, rodeada de perros amaestrados para una defensa feroz.

06/05/2015 Faltan dos días para viajar y se me ocurre que puede ser un buen gesto llevarles DVDs con películas a mis anfitriones. Ya les llevaba libros de Galería Editorial (la editorial que regenteo) pero pensé en un plus. Aparte, según parece, en lugares como Alemania no es tan fácil bajar un torrent, porque la piratería es perseguida y castigada. Otra realidad es que a mí me encanta recomendar películas que me gustaron. Pero bueno, me meto en un brete. Despliego mi colección sobre la mesa del comedor. Son miles. El criterio más sencillo me indica enfocarme en el cine nacional. Llevarle lo nuestro más auténtico y más difícil y exótico de conseguir por aquellos lares. Esa es la idea del souvenir y el porqué de la invención del alfajor, el mate y el dulce de leche. Me doy cuenta de que la mayoría de las que me gustaría llevar, no las tengo. Encuentro, sí, subtítulos para Silvia Prieto, cosa que me pone muy contento. Para El Aura, también. Termino completando los DVDs con pelis foráneas de Kaurismaki, Kitano, Jarmush, Lumet. Algunas joyitas que considero poco difundidas y me parecen increíbles.

8/05/2015 Hasta último momento del día estuve cambiando el set-up del bolso. Soñé con un jean viejo y querido que había quedado afuera y eso me hizo reorganizar, hacer cambios de último momento. Armar un bolso es como hacer una playlist antes de una fiesta. Tenés que ser práctico pero a la vez precavido y pensar en los 5


posibles estados de ánimos, en los posibles climas, en la gente que va a asistir, en la propuesta del evento. ¿Lo que más llevo? Calzones. ¿Lo más optimista? Una malla. Pensando en la primavera sumé el Caladryl. En la primera ronda había quedado afuera por miedo a un inminente destape que teñiría toda la ropa de rosa tuttifrutti, resquebrajándose sobre la tela, ya seco, formando continentes e islitas. Haciendo la fila para el check-in puedo deducir quiénes son los que imprimen la tarjeta de embarque en sus trabajos vs la gente que tiene impresora en sus casas pero obviamente con cartuchos secos, inservible. Llegado al mostrador alego la evidencia de mi altura para intentar conseguir un asiento de emergencia. No me lo dan. Me conceden un premio consuelo que es un asiento del lado pasillo. Embarco y ya en ese no-lugar, tierra de luces y de productos brillantes, pelo una banana. Hacer huevo en el freeshop. Jugar a mirar caras y adivinar los problemas de la gente va a ser mi actividad de las próximas dos horas.

9/05/2015 Los aviones están hechos para gñomos. Los humanos nada tenemos que hacer ahí. El primer escándalo se armó porque la señora que se sentaba delante mío no podía reclinar su asiento. Mis rodillas entraban a presión y bloqueaban cualquier posibilidad de movimiento. La azafata que le atendió la queja le explicó que entendía la situación pero que el avión venía lleno y no tenían chance de cambiarla. La única opción era que abonara la diferencia de 350 euros para pasarse a primera. El marido, que estaba sentado al lado, no lo dudó por un segundo y sacó su tarjeta de crédito. Algo así como “por tu bien cuchi cuchi”, pero en realidad se la estaba sacando de encima por las siguientes nueve horas. Iba a cerrar los ojos y relajarse en silencio sin que nadie le hablara, pagaba por ese descanso. Mi asiento estaba en la última fila del avión, a pasitos del baño, de la cocina. A la media hora del despegue me empezó a hablar un pibe que se sentaba al lado. Calculé que debía tener 37 años. Se llamaba Joaquín y era ingeniero agrónomo. Vivía en Santa Fe y se dedicaba a preparar alimento balanceado para vacas lecheras. Era como una especie de nutricionista bovino. Me siguió hablando hasta el punto que ya se sintió cómodo para sincerarse. Lo que más le gustaba, dijo, era cazar. “Irse de casa, para estar lejos de la jermu, donde no hay señal de teléfono, ni nada”. Hacia tiro deportivo también y el verdadero motivo de su viaje a Italia era buscar una escopeta hecha a medida y que le iba a costar unos 6


doscientos mil euros. Hacía años estaba ahorrando por ese sueño y en paralelo haciendo los papeleríos correspondientes. Ay qué pelotudo, pensé yo, como antibelicista recalcitrante, no pude hacer más que dejarle de hablar cordialmente. Me vi tres películas, Prometeus, El cisne negro y tres cuartas parte de El regreso del planeta de los simios. En ese lapso, con la excusa de la incomodidad y el no poder dormir, Joaquín se chamuyó a una rubia que anidaba en el asiento delantero y terminaron a los besos. Más tarde caí en la cuenta de que esta rubia tenía un novio que por un tema organizacional había quedado relegado a la parte delantera del avión, con lo cual esa situación de besitos con el nutricionista fue resignificada en una escena de mucho morbo. Aterrizados ya en Roma, volé a Madrid para completar mi itinerario. Cuatro horas más tarde volví a aterrizar en Roma definitivamente. Tenía que combinar colectivo - metro - colectivo para llegar a lo de Roberta, mi anfitriona. La casa de Roberta quedaba muy en las afueras y por el poco conocimiento del chofer del colectivo y de otro señor que viajaba con su perro que no supieron indicarme, me bajé dos kilómetros antes de mi destino. Dos kilómetros exactos fue lo que me dijo el policía mirando su GPS. Tuve que hablar con los policías porque en ese el barrio residencial de casas bajas no había otras personas. Dos kilómetros entonces de subir y bajar lomas bordeando una ruta serpentosa para finalmente llegar a lo de Roberta. Ella no habla una gota de inglés y mi español le resulta algo similar a lo que a nosotros nos resulta el chino. Trato de hablar un poco de italiano, modificando la cadencia de mis palabras, la pronunciación, mientras muevo expresivamente las manos. No me entiende nada, Gino Renni nos mintió a todos. Roberta me da una carpeta con fotocopias, folios y mapas. Me muestra el baño, la cocina y me explica el desayuno. Mi cuarto es amplio y de momento no debo compartirlo con nadie. La clave del wifi está en una de las hojas de la carpeta. Tiene más de 14 caracteres alfanuméricos, mayúsculas y minúsculas, ceros y oes. Pifio cinco veces antes de lograr conectarme. Mando un par de whatsapp para avisar a la gente que me conoce que estoy bien y después me duermo profundamente, trompeado por tantas horas de vuelo.

10/05/2015 Me tomo un colectivo rápido (246) que va por via Aurelia y me deja en la estación de Cornelia, donde puedo enganchar con el sistema de metro. Para bajar hay tres escaleras mecánicas sucesivas de aproximadamente ochenta metros cada una. Algunas personas que ya se lo saben se sientan a descansar, otros aceleran y bajan escalones a los saltitos. Se siente como viajar al centro de la tierra. 7


Bajo en la estación Barberini (fermata Barberini) y ahí arranco a caminar. No hace falta mapa en esta parte de Roma, solo caminar y decidir sobre la marcha que callecita nos parece más atractiva. En un principio apliqué ese criterio que más tarde cambié por el criterio de la desolación. Ante la disyuntiva optaba por la vía que no mostraba humanidad alguna en tránsito. Las calles de Roma son un laberinto que nos transmite la sensación de aventura constante y nos hace respirar una densidad de pasado místico (esa vibra que solo sentí previamente en la vieja Jerusalem). Las calles se estrechan hasta el punto que la convergencia parece inminente y finalmente no. Silenciosa y sutil aparece la salida, el pasadizo que nos devuelve a la circulación. En ese fluir van apareciendo solos los “highlights” de Roma, los puntos esos que figuran en los manuales que todos te dicen “tenés que ir” y por lo que Roma se hizo fama estética a nivel mundial. La fontana de Trevi estaba en reparaciones, apagada, seca, llena de andamiaje. El Pantheon me parece una gran idea para materializar la presencia divina (un tubo cónico con pelusa flotadora es un gran trampolín mental). Roma está plagado de vendedores de selfiesticks. Creo que son paquistaníes lo que manejan el negocio. Haciendo una búsqueda en Google podes encontrar entradas como “Selfie sticks have ruined Rome” o “The Tourists of Rome Have a Selfie Stick Problem”. En una cuadra podés encontrar hasta 20 vendedores de selfiesticks equidistantes. Todos te ofrecen, todos te persiguen. En un momento especulé con la posibilidad de comprar uno, para sencillamente mostrarlo y autoexcluirme del grupo de posibles compradores, pero, perspicaz, noté que ni eso funcionaba. Lo comprobé con una familia de turistas ingleses. Los vendedores de selfiesticks consideraban que si tenías uno, podías querer/necesitar otros más. Lo bueno es que a tantos compradores de selfiesticks, Roma pone a disposición igual cantidad de iglesias para que susodichos compradores se confiesen. En esos primeros días se comenzó a gestar en mi cabeza la idea de construir el museo del turista, lugar donde el turista pueda concurrir a conocerse a sí mismo. Una experiencia introspectiva y educadora. Hay mucho material y ya pensé una veintena de secciones. Sala souvenires, sala fotos típicas, sala evolución, sala daño moral, sala accesorios, etc etc. En la iglesia de Santa María de Minerva vi como un mendigo que estaba pidiendo limosna en la puerta era relevado por otro para que este pudiera ir a almorzar (cosa que hizo a unos escasos metros de la puerta donde residía). Ese primer día también probé el gelatto. ¿Cuál puede ser el secreto para que no podamos desarrollar estos niveles de sabores en nuestro país? El pistacho es sublime y fantaseo con la posibilidad de llenar una valija de hielo seco y hacerla cruzar un océano. 8


Hoy haciendo un cálculo a ojo, podría decir que caminé algo así como treinta kilómetros. Visité el castillo de Sant´Angelo y cuando pasé por Villa Borghese me dieron ganas de estar de novio, besándome con alguien, tirado en el pasto de ese lugar. Es que de ahí brotaba esa vitalidad de la juventud. La frescura que solo Pasolini logró transmitirme en sus películas. Jóvenes fibrosos y lampiños, vestidos con ropas ajustadas, mínimas, como saliendo de entrecasa, la juventud italiana del jolgorio y la algarabía. Pienso en Caravaggio, en las fotos de los jugadores de fútbol de inferiores que postea en su FB Mariano Blatt, en James Dean, qué sé yo...

11/05/2015 Vi el Coliseo desde afuera y no me dieron ganas de entrar. Vi como obreros trabajaban laboriosamente para construir la ruina. Me acordé de las cosas que juntábamos con Mati en el lavadero del departamento: envases, cajas, plásticos, cosas que no queríamos tirar porque pensábamos que tal vez algún día nos iban a servir para algo. Pienso que lo meritorio de estas ruinas, en todo caso, es lograr el interés en personas ajenas, que no forman parte de la “familia”, siquiera de su generación. En el departamento de mi abuela había muchos cajones repletos de recuerdos, fotos, objetos y cosas. Sus dos hijos y el marido eran deportistas y había regalos y recuerdos de todo tipo y motivo. Me acuerdo que yo revolvía esos cajones con bastante indiferencia pero con la esperanza de encontrar algo valioso. El Coliseo: un torrente de gente que llenaba los huecos de la ruina, como si los turistas fueran agua, como si las ruinas fueran un cuenco. El agua corroyendo y los obreros incrementando su fuerza para mantener la ruina en statu quo. Pensando en la fotografía llego a la conclusión de que el selfie stick borronea otra función social de la fotografía: ese momento de interacción, de pedir de manera amable, siempre sonriendo, haciendo gesto de idea (un cuadrado y una pulsación con el índice), hablando en el idioma que prejuzgamos que el otro puede llegar a entender, si nos hace el favor inmenso de sacarnos una foto. Ahora la familia, el viajante solitario, son todos autosuficientes, no necesitan pedirle nada a nadie. Es esa misma familia/persona que con la nueva invención técnica certifica con doble participación (retratado y fotógrafo) la veracidad de la foto. El aporte social se traslada silencioso, si se quiere pensar, a la virtualidad de las redes. La foto una vez publicada, compartida, obtendrá cierto aval estético o de interés de contexto (lo que Barthes llamaba studium) y con suerte cosechará un par de comentarios para decantar en ese archivo furtivo de lo que 9


somos, de lo que hacemos. La herencia a las generaciones futuras será solo un puñado de links. 12/05/2015 Roberta se despierta a las ocho para prenderme el lavarropas. Desayunamos juntos por primera vez, yo en una punta de la mesa y ella en la punta opuesta. Intentamos charlar un poco pero hacernos entender nos cuesta demasiada energía para estar tan recientemente despiertos. Espero que se termine el lavado, cuelgo la ropa y salgo con rumbo al Vaticano. La basílica de San Pietro es avasallante a la vista, así como los afluentes de personas. Ya me había mentalizado a hacer una cola importante (me lo había dicho Matías en Buenos Aires, me lo dio a entender esa mañana Roberta intercalando señas). Si la fe en algo existe, yo debería aguantarme lo que tarde en consumirse esa fila. Hoy hacen treinta y un grados y el sol quema. Cuando la fila avanza y me toca sombra me concentro en juntar fuerzas para el próximo tramo de exposición directa al sol. Tengo una botellita de agua que voy administrando y rellenando en todas esas canillas públicas de agua potable que Roma te regala. Paso el control policial y pago 5 euros para subir a la cúpula usando la escalera. Llegado a la primera parte del ascenso se puede observar hacia abajo, el interior de la iglesia. Las personas se ven minúsculas, como migas de pan olvidadas en una mesa, movidas apenas por el viento. Vértigo. Me atraviesa el pensamiento de estar parado sobre todas estas toneladas de piedra dispuesta intencionalmente por personas comunes como uno. Vértigo. La fragilidad del hombre y la necesidad imperiosa de un dios. El coso este hecho por el hombre para demostrar su respeto al coso que hizo al hombre. Así básicamente y en resumidas cuentas seria la ficción más popular y añeja. Subiendo por una escalera hostil que se torna venenosa, ensanchándose y empinándose para copiar lo que supongo es la curvatura de la cúpula, llegás a la cima. Desde ahí podés ver casi todo Roma si es que el cielo está despejado. Estando aún más alto, y contrario a lo que supondría, el vértigo anteriormente mencionado no existe. La naturaleza suaviza la perspectiva o es que ya no estoy bajo los efectos de una atmósfera viciada, mística, entre la humedad y el incienso. Saco un par de fotos pasando el celular a través de la reja concentrándome en que no se me caiga. Contemplo el paisaje en silencio y trato de ubicar los puntos que visité, trazar los caminos, encontrar lugares a los que me gustaría llegar. Apuntes sobre la fotografía: Por qué sigue siendo el sujeto aquel que simplemente quiere “mostrar donde esta” el que decide el encuadre. Lo hacen mal y 10


pese a que no lo quieran ver, es un trabajo. Ésta claramente es la próxima tarea a delegarle a la tecnología. Un dron que siga a la familia y ya sepa, porque tiene cargados los puntos de interés, donde tiene que registrar, aparte de valerse de la sonrisa de alguno de los miembros para dar disparo en el momento justo. Obviamente tendría conexión a internet, por lo que los amigos de la familia en cuestión irían viendo el minuto a minuto de esas vacaciones en familia. Bajo de la iglesia y camino la vuelta manzana para llegar al museo del Vaticano. Las salas parecen infinitas. Tesoros regalados y reliquias manoteadas, todo en nombre de la fe y el progreso. Recorro a velocidad promedio ininterrumpida, con una mirada parecida a una franela, que apenas se posa sobre las cosas. Cedo ante el dolor de pies de tanto caminar y como ya vi las pinturas de Rafael y la capilla Sixtina decido huir de ahí a comer pizza y tomar birra porque no me tengo que olvidar que estas también son mis vacaciones. Cuando alguien me pregunte sobre Roma, le voy a responder que es una ciudad fantástica, con altas posibilidades de escaparse de una de las ficticias que relató Italo Calvino (si no es que basó alguna de manera encubierta en Roma misma). La realidad es que siempre que intenté avanzar usando el mapa, fallé, me perdi mal. En cambio, cuando avancé por corazonada, logré abrirme paso y llegar a mi destino. ¿Qué extraño mecanismo mediatiza este proceso? Volviendo ya a lo de Roberta en el 906 se sube un grupo de chicos, todos entre 17 y 19 años, no paran de moverse. Ninguno habla y agitan verborrágicamente las manos, como si hablaran por señas. Entiendo que son todos sordomudos o que todos manejan el idioma por respeto a un par del grupo que si lo son. Hay uno flacucho, escuálido que cada dos palabras (o sea, dos señales) se agarra las bolas por sobre el pantalón. Ninguno se quedan quieto, pendulean como proyectando y amplificando las pequeñas vibraciones del colectivo. Otro que mira con frecuencia su celular es el encargado de transmitir a señas para todo el grupo los mensajes que va recibiendo. Varias paradas más adelante se da una situación de tensión. Parece que venían coqueteando a una chica que se sentaba en el fondo. Llego a casa y encuentro una nota sobre la mesa. Roberta me decía que me había entrado la ropa atenta a esa lluvia latente. 13/05/2015 Me di cuenta de que si no iba a tomar el metro podía viajar en colectivo sin pagar. Nadie controla en los colectivos el ticket y nadie marca tampoco. Acá en Roma todo el control se ejerce en las líneas de metro. Me bajé en la estación Cornelia y empecé a caminar en dirección a Villa Pam11


phili. El lugar me recordó a los bosques de Palermo, pero acá había más bosque, el lugar es gigante. En el medio de Villa Pamphili hay un lago repleto de tortugas. ¿Cuál es el depredador que se las come? No conozco ningún animal feroz que salga a cazar con cucharita. Pienso en cuando éramos jóvenes y nos vendían un vino en un quiosco oscuro y lo destapábamos empujando el corcho para adentro con una ramita. Acá a los depredadores les faltan ganas, inventiva y llegado el caso una Victorinox, porque de tortugas está plagado... Desde Villa Pamphili caminé hasta la plaza Giuseppe Garibaldi, donde se tiene una buena vista de Roma. Es como un mirador natural. Ahí jugas a reconocer los techos de los lugares que viste. Los turistas ponen a prueba sus experiencias, cotejan info. La gente que estaba en la plaza comenzó súbitamente y pasito a pasito, a amontonarse contra el barranco para presenciar un espectáculo o la muerte de una persona (eso supuse, esa era mi sensación). Cuando me asomo, veo que en un playón que había debajo de la abrupta pendiente dos gendarmes parados equidistantes manipulaban un cañón antiguo. Lo sacaban de una cueva, empujando sus ruedas, como si fuese la casa del cucú, el pajarito que sale a anunciar la redondez de las horas. Uno de los gendarmes comenzó a contar regresivamente a los gritos, el otro tenia la punta de la piola. No llego a procesar la información de lo que va a pasar, pero el disparo es real. PUMMMMMM. Humo blanco que nos cubre a todo el público que ovaciona atónito. Otros como yo que se bombean con los dedos los oídos. Inspiro con fuerza: el olor a pólvora es lo más. De ahí camino, cruzando Trastevere y después sigo para finalmente cruzar el Tevere. Me clavo un helado sarpado que rankea en el primer puesto de todos los helados que probé hasta ese momento. Veo una pirámide y una ruina más, estacionada enfrente. Ya a esta altura no me interesa nada más que esté hecho de piedra. Aparece la basílica de San Pedro, pero no me interesa nada que sea basilica. Sigo caminando y me pierdo por un barrio de Roma, lejos del turismo.

14/05/2015 Hoy vuelo a Berlín. Mientras espero en la fila del check-in, una piba que atendía en el mostrador de Vueling se paró sobre la cinta transportadora (esa que también funciona a modo de balanza) y después de un veloz crepitar de números digitales, puedo saber su peso. Cuarenta y nueve kilos. Yo no le habría dado más de cuarenta. El aeropuerto de Roma es un caos. La esencia del país se condensa en esa sinergia, en ese mezcla de murmullo y ruido. 12


Cuando llegué a Berlin, o sea una vez aterrizado (por favor les rogamos ladys and gentelman no encender aun sus celulares) lo primero que hice fue cerrar los ojos y pedirle perdón a mi Bobe Shulamis. Ella ya no vive, pero de hacerlo, hoy me hubiese dejado de hablar. Siempre cuento lo mismo: la admiraba mucho, ella era una persona intelectualmente copada. De hecho mi gusto por la lectura se impregnó de los libros que forraban las paredes de su casa, por mucho tiempo fue mi dealer. Lo mismo con la música. Pero bueno, nunca pudo entender y nunca pudo perdonar. Así se fue, espero que este donde este (si lo que nos toca después de morir es “estar”), se encuentre en paz. La primera persona que escuche hablar en alemán se devino estereotipo. Las imitaciones de los Monty Python al respecto de la nacionalidad son demasiado acertadas. Mi amiga Gabriela me espera con un cartel entre sus manos: “dj Topo”. Pego una inmensa carcajada y por dentro colapsan mis niveles de ternura. Qué bueno es cuando dos personas tienen un código y lo usan, digo, se conocen demasiado, eso. Nos abrazamos y tomamos ahí unos mates mientras charlamos. El mate de Gabriela (que en realidad es de Andrea) es un frasco. Igual hace una semana que estoy en abstinencia y disfruto de ese más verdadero “sabor del encuentro”. Vamos a dejar mis cosas a la casa de Andrea y Mariano. Andrea y Mariano son dos italianos que viven en Berlin hace seis años. Gabriela los conoció por medio de couchsurfing y dijeron no tener problemas en recibirnos a ambos. Gabriela por otro lado ya había estado antes en la casa de ellos y me había sugerido de manera insistente que debía conocerlos. Y tenía razón. Ni bien entré a su casa nos estaba esperando Andrea. Me contó que era programador, como yo y que era fanático de Kaurismaki. Ese fue el primer abrazo que nos dimos. Nos paramos y nos abrazamos, así, sin más. La segunda fue a los cinco minutos porque obviamente los dos sabíamos diferenciar una función discreta de una continua. Así muchas veces más en la medida que avanzó nuestro diálogo. Andrea era mi yo italiano. Así resumía mi explicación para la gente del otro lado del hemisferio que me preguntaba “qué onda la gente que te hospeda”.

15/05/2015 Salimos con Gaby por la mañana. Después de encontrar una bicicleta que soporte mi estatura, alquilo una por cinco días (Gaby ya tenía una que le habían prestado). Aprovechando el sol del día, y nuestro práctico sistema de transporte, nos vamos al Tempelhof, que es un parque que a su vez fue no hace mucho un aeropuerto abandonado. El lugar es increíble e inmenso. En un sector hay 13


huertas comunitarias donde la gente está invitada a plantar lo que desee e ir todos los días a cuidarlo (hay personas que cuidan verduras de vecinos desconocidos). También hay estructuras armadas con pallets que te permiten acostarte y reposar simulando reposeras (no hay ningún vecino que se avive y cobre por administrar un servicio gratuito, como argentino eso me llamo la atención). Todo parece desarrollarse siempre con la normalidad de un mundo feliz. En Berlín nadie esta apurado. La ciudad esta perfectamente balanceada y los lugares públicos (que abundan) superan la demanda de la población. Después de unas cervezas y una siesta al sol enfilamos para lo que vendría a ser el centro. Entramos al museo Topografía del Terror, donde se relata con un preciso y vasto archivo, de manera cronológica, la gestación, el desarrollo y el acabose del nazismo. En el camino nos cruzamos con un bar en movimiento, donde los clientes, aparte de beber, tienen que pedalear. El barman no pedalea y el que conduce el zocotroco no bebe. Interesante atractivo turístico para esos grupos que vienen a Berlín a hacer un viaje de egresados. Para concluir mi primer día pleno de Berlín, a la noche fuimos a un antro llamado Madame Claude. Para llegar hasta ahí Andrea nos hizo tomar un atajo por un bosque tupido, espeso y oscuro. En Madame Claude vimos a un japonés muy de vanguardia que hacia ruidos locos acompañando una proyección de súper 8. Los tres (Gabriela, Andrea y yo) coincidimos en que el acting estaba bien pero le sobraron como 20 minutos. Volvimos a casa y seguimos tomando birra. Bajoneamos todo lo que encontramos en la heladera y nos fuimos a dormir. 16/05/2015 Gabriela amanece con dolor de garganta. Andrea y yo levemente descompuestos. Nutriéndome de mi inercia turística decido de todas maneras salir a pedalear y recorrer. Mientras avanzo las primeras cuadras no puedo dejar de pensar cuales son los detalles (intuyo urbanísticos) que me transmiten la certeza de que Berlín es una ciudad increíble. Nunca sentí nada más amigable en materia transporte que circular en Berlín usando bicicleta. Agarro la Karl Marx Alle y haciendo uso por vez primera de mi falso carnet de periodista (grado de truchez: en Arial mayúsculas dice “internacional misión” ) y de una buena cucharada de coraje, ingreso gratis al Museo de las Computadoras (Computerspielemuseum). Fue todo un tema moral usar ese carnet, pero Gaby me insistió en que funcionaria, que ella ya lo había testeado y acompañó con una gran argumentación sobre la justicia social que se equilibra entre el poderío económico de los países primermundistas y los nuestros: entrar al museo sin abonar era parte de esa justicia, era lo correcto. El museo me retrotrae a mi infancia 14


más tierna. Hay varias tres ochenta y seis funcionando y hasta encuentro una Dynacom. Todo muy interactivo y cronológicamente ordenado. Continúo mi camino hacia Alexanderplatz. Ahí encuentro recién el primer conglomerado de gente. Varias manzanas unidas donde no circulan autos, pero si desembocan trenes y subtes. Ahí en el centro se alza la característica torre de televisión, símbolo de Berlín. Una agrupación interpreta en la calle un tema de Soda Stereo. Avisto vendedores de salchichas que las cocinan de parados, tienen sombrilla y todo el kisoco montado sobre su propio ser. Camino hasta la Puerta de Brandenburgo, y encuentro ese primer tramo repleto de gente. Un evento donde mujeres mayores de 50 caminan a todo ritmo tratando de alcanzar la meta (eso supongo) mientras una música tecno a todo volumen acompaña la intención de movimiento. Más adelante, entre carteles de empresas patrocinadoras, encuentro la meta. A medida que las señoras llegan, son agasajadas con un rico y frio vaso de cerveza. ¡Ni más ni menos! Sigo caminando con la intención de alcanzar la columna de la victoria pero por más que camino siempre sigo estando lejos (el Tiergarten es enorme). Desisto prometiéndome volver otro día. Ya emprendiendo el camino de vuelta a casa me encuentro con la biblioteca de Berlín. Recuerdo la escena fantástica de Wenders en Las alas del deseo, el travelling mágico por esas escaleras de ensueño. Intento entrar pero el señor encargado del paso solo habla alemán y según se hace entender, la única forma de entrar es ser socio (esto lo termino comprobando más tarde en la internet). De a ratos llueve y despliego un nylon que me había llevado para protección. Me encuentro con una porción de muro graffiteado y me saco unas fotos. Todo el muro es algo muy cool. Ya otra vez en la casa, incentivo a Gaby para que me acompañe al supermercado a comprar cosas para hacer la cena. Como huésped me siento en una necesidad imperiosa de demostrar lo amables que Andrea y Mariano están siendo conmigo. Más tarde salimos todos juntos rumbo a una fiesta de una amiga de Andrea. Tenemos una dirección y un número. Llegando al lugar, es una puerta en lo que parece ser la base de un edificio abandonado. En un numpad oculto en la penumbra, Mariano tipea el código numérico que Andrea le dicta. Tecnológicamente entramos al edificio abandonado tomado por okupas. La fiesta era de disfraces, en el último piso, que todos los “inquilinos” usan de cocina. El lugar es muy limpio y no coincide con la imagen del estereotipo del okupa sudamericano. Viven como en un loft de Palermo. Una chica disfrazada de Xena carga una espada real en su espalda. Uso mi inglés para decirle que se mueva con cuidado, que es peligroso. Me pregunta si quiero comprarle un muffin. Tomamos unas birras, bailamos algunos temas y como todo pinta medio embole decidimos partir con otro rumbo. Mariano conoce un lugar por la zona. Ya de 15


camino, cruzando entre las sombras, vislumbro un zorro. Festejo el hecho de que algo tan natural como lo es un zorro decore con tal despreocupada indiferencia el paisaje urbano. Nadie me acompaña en el entusiasmo, parecen estar habituados. El lugar en cuestión es un subsuelo profundo. Dos cuartitos continuos estrechos, llenos de personas en éxtasis y de humo. Luces estroboscópicas. A los 10 minutos estamos todos bailando totalmente posesos. Traspiramos mucho hasta que de común acuerdo en el cansancio, decidimos irnos a dormir. 17/05/2015 Amanecí como y cuando pude. Me adentré en la cocina y era un caos total, la vajilla sucia apilada desbordaba la pileta. Esa era mi oportunidad de destacarme como huésped por lo que me dispuse a lavar y ordenar todo. Al mediodía ibamos a ir a una feria en un parque de zona norte en un barrio llamado Prenzlauer Berg. Ahí, en el Mauerpark fue que probé por primera vez el Currywurst, según Andrea la comida emblemática de Berlín por excelencia (vale la pena aclarar que el currywurst es una avivada, ya que no es más que una salchicha con kétchup). Según me explicó Andrea, mucha gente se juntaba en ese parque los fines de semana. Un anfiteatro a la ladera de una montaña colapsado de gente no hacía más que confirmar estas palabras, en el escenario, un señor con un equipito de música y parlantes llevaba adelante un Karaoke. Con eso se divertían los alemanes, un show más bien básico, pero que nadie cuestionaba (Andrea acotó que se hace domingo tras domingo desde hace ya muchos años). Más adelante, una feria, estilo Tristan Narvaja, donde Gaby, experta en regateo y en aprovechar las oportunidades, se hizo con un chancho de cerámica. Ahí fue que me enteré de la fascinación de Mariano por los chanchos( y me cayó la ficha de todos los posters de la casa, juguetes, calcomanías y muñecos de estantería que confirmaban esta fascinación). Ya estaba atardeciendo y enfilamos para el Monbijoupark. Ahí los domingos se hace una milonga y tanto Mariano como Gabi gustan de bailar tango. Yo aproveche el mientras tanto para ir a avistar el teatro donde trabajó por mucho tiempo la Beliner Ensamble, compañía del señor Bertold Bretch. Varias señoras paquetas, del tipo que encontrás acá merodeando el Malba, pululaban en los alrededores. Una estatua de Bertold sentado en un banquito de la plaza aledaña, pensativo, mirando el horizonte, hacía de ancla cultural. Yo agarré un folleto con la programación para ver si se daba la casualidad y podía presenciar alguna función en inglés o bilingüe, pero no hubo suerte. Cuando volví a la plaza de la milonga Gabi bailaba con un señor que era igual a Larry David. 16


18/05/2015 Me despertó nuevamente el sol. Por las mañanas se empecinaba en hacerme creer días radiantes, para horas más tarde volverse intermitencia, una trama compleja de nubes vistiendo el cielo. Gabi me acompañó a la Puerta de Brandenburgo donde nos acoplamos a uno de esos free walking tour. Nuestro guía se llamaba Hugo, era español y hablaba a las chapas. Su característica principal: tenia muy poca gracia. Hugo manejaba ese puñado de anécdotas de manual que pueden hacer interesante un lugar que a priori no sugiere nada. En el memorial del holocausto nos contó la historia del judío yanqui que lo planificó, por qué se demoró la inauguración y por qué fue que finalmente dio el OK para que se inaugure (el judío yanqui se llama Peter Eisenman y la discusión se originó alrededor de la sustancia anti-graffiti que se iba a usar para pintar los bloques de cemento, llamada Protectosil, pueden leer toda la entrada en wikipedia). Lo anecdótico y pintoresco, según la versión de Hugo, fue que Peter encontró en el consejo de su dentista la solución a tan difícil problema moral. Le explico que de querer respetar esa idea a raja tabla debería remover todos los implantes porque el material de los mismos también provenía de empresas alemanas que produjeron durante el nazismo. Pasos más tarde, parados sobre un playón de pasto, Hugo nos cuenta del Bunker de Hitler (la última morada), que una vez encontrado, desató una gran polémica nacional sobre qué hacer con eso y que finalmente se decidió llenarlo con cemento y enterrarlo para evitar la posibilidad de un santuario nazi místico de peregrinación. Hugo nos trata de vender otros tours, a un campo de concentración, al check point Charly, donde cuenta la historia que un nene se murió desangrado tras seis horas de agonía. En un momento que Hugo designó espacio de inquietudes le pregunté por la biblioteca nacional, si era posible acceder para visita, afirmó no saber a qué biblioteca estaba haciendo referencia. La biblioteca ocupaba una manzana y se encontraba pegada a la universidad de Humboldt, ahí a tres cuadras del punto donde había arrancado nuestro recorrido. Hugo deja de caerme en gracia. En ese momento Hugo interrumpe el paso del grupo para contarnos: “Estamos ante el semáforo más corto del mundo, cuando se ponga en rojo solo dispondremos de 4 segundos para cruzar”. Cuento tranquilamente diez. Una vez terminado el tour, volvemos con Gabi al memorial para atravesarlo en varias de sus posibilidades. No me produce grandes sensaciones pero me gusta la idea arquitectónica que busca plasmarse en sensación tangible. Seguimos con nuestras bicis con rumbo al Tiergarten, el parque central de Berlín, de 17


proporciones descomunales. Dentro, los espacios verdes proliferan, se alterna la naturaleza pulida, geométrica y controlada con los senderos que te internan en el bosque más feroz y tupido, por momentos lúgubre. Sacamos unas fotos con la columna de la victoria y una señora nos explica cómo llegar al Museo Judío. En ese lugar fue que entendí el potencial que puede tener la arquitectura, mucho más allá de la funcionalidad que normalmente se encarga de opacar el todo. Le cuento a Gabi de lo interesante que es el documental que vi respecto a la construcción del museo y de las ideas de Daniel Libeskind, en YouTube. Me quedé tres minutos dentro de la columna de silencio y desesperanza y el eco de la información recolectada (en los pasillos previos y en lo que va de la vida) se me hizo peso sobre la espalda. Todas las decisiones edilicias funcionan potenciando la conciencia, poniéndola en actividad, en una misma dirección de acción. Cuatro horas se nos fueron como nada. Volvemos a la casa ya de noche, pedaleando con el miedo de que nos hagan una multa porque nuestras bicis no tenían luces.

19/05/2015 Compramos comida en el barrio turco y pedaleamos hasta el edificio de la filarmónica de Berlin. Todos los martes hay un programa a la hora del almuerzo que es gratuito. En esta oportunidad era un dúo, piano-violin. Todos los empleados de oficinas aledañas entran con vianda en mano, cubierto y tenedor, y se acomodan sin mucho protocolo dentro de la sublime arquitectura del edificio para presenciar el espectáculo. La modorra del tabule encajaba perfecto con esa música. Cerré los ojos y me dormí hasta la parte de los aplausos exacerbados. En un radio de dos cuadras existen tres museos más. Dos decidimos ignorar y el uno restante Gabi ya lo había visitado. El Museo de Cine de Berlín. Me dice que es chiquito y que lo puedo recorrer solo usando las bondades de la falsa credencial. Mientras Gabi me espera afuera, hago un recorrido vertiginoso. Ya vueltos a casa, esperamos que Andrea vuelva del trabajo y aprovechamos la amena temperatura del día para comprar birra y sentarnos en uno de esos puentecitos que cruzan los desprendimientos del Spree. Si bien estábamos en la ciudad, no se escuchaban ruidos de ciudad. Estábamos y no estábamos al mismo tiempo, podíamos elegir. Eso es lo lindo de Berlín. 18


20/05/2015 Es mi último día con bici, se me vence el contrato de alquiler. Queriendo sacar provecho de esto salimos a pedalear por barrios ignotos. Compramos un mix de pistachos, almendras y castañas de caju en un negocio árabe muy pintoresco. Si bien durante estos días pasados había tomado como 12 marcas de cerveza distintas (todas con su particularidad y su ricura) a Gabi se le metió en la cabeza que teníamos que probar birra artesanal, tirada. Tiene que haber un lugar, se repetía en voz alta para si misma. Cuadras más tarde, guiados por su intuición, estacionamos la bici en un cordón. Gabi se mete en el bar a preguntar, yo me quedo de vigía. El local mantenía un estilo antiguo de mucha madera y una decoración demodé updateada por el tiempo con finísimas capas de tierra. A los 10 minutos de Gabi que no salía, decido abandonar mi tarea de guardián (total acá en Berlín nadie roba) y adentrarme para ver que pasaba. Resulta que el dueño del bar no hablaba ni una gota de inglés. La comunicación que estaban entablando era un chino. Señas que iban y venían, frustración del señor, que tenia problemas con su maquina expendedora de birra. A los cinco minutos de contemplar este acto fallido de la comunicación contemporánea cayó Mohamed. Un habitué del bar al parecer y vecino del barrio. “Mommy” así fue como nos dijo que le decían, hablaba un poco de inglés pero hace 11 años que no hacía uso del mismo. En ese momento pensé que el ingles de Mommy podía formar parte de la decoración del bar. Cuestión que con sus escasos recursos idiomáticos, Mommy le propone casamiento a Gabi. Le hace entender que es un buen partido, que tiene su propio camión que usa para repartir bananas. Ahí decidimos emprender la retirada. Por más que insistimos el dueño del bar no nos quiere cobrar los dos vasos semi llenos que había logrado servirnos. Le agradecemos en el lenguaje universal de los gestos. Cuando nos estamos subiendo a nuestras bicis, Mommy, que había salido del bar con nosotros, se acerca a una camioneta y de la caja posterior saca un racimo de bananas. Era verdad parece. Le regala a Gabi el racimo. Inmediatamente empezamos a pedalear chequeando que no nos siga. Jajaja nos reímos, pedaleamos, jajajaja. Volvemos a casa a buscar a Mariano. Los tres en bici nos vamos al Treptower Park. En el fondo de todo hay un parque de diversiones abandonado. El bosque incorporo a su paisaje viejos dinosaurios de plástico. Ya de noche vamos al cine Babylon ( yo estaba convencido que ahí se había filmado la escena del cine de Bastardos sin gloria, pero no) a ver una peli israelí llamada “Man power”. Medio pelo pero al menos poco pretenciosa, fue en lo que concordamos los tres mientras volvíamos en el tren camino a casa. 19


21/05/2015 Ultimo día en Berlín. Vuelvo a despertar con un sol tremendo colándose por la ventana. Que genialidad las ventanas inteligentes alemanas. Son lo más mejor, el alma de la mayoría de los edificios. Dependiendo hacia donde se direccione el picaporte de la misma, esta se abrirá pivoteando en sentido vertical o en el sentido tradicional de las ventanas, de esta manera, se puede, por ejemplo, ventilar sin sufrir el frío o un random de posibilidades más. Primermundista es un país que nos aventaja en materia de aberturas. Salimos con Gabi y Mariano a dar una vuelta por Kreuzberg. Compramos chocolates, brownies y jalva. Después visito el Museo de las cosas, donde básicamente se encargaron de ordenar “cosas” bajo un cierto criterio, como si la idea del museo fuera mostrar la lógica que ordena y no la cosa ordenada. Lo relaciono directamente con el documental trunco que estábamos filmando con Mati, Lau, Mica y Ale allá en Argentina: “Ordenar/Clasificar”. Pienso que se podría hacer un contacto con este museo y obtener algún tipo de subvención que nos de la fuerza para avanzar. Anoto en una libreta eso. Como me estoy cagando le sugiero a los chicos volver a casa. Almorzamos unas pastas que cocina Mariano con verduras traidas de su querida Italia, mas específicamente “del orto de su tio” (a mi oído sonaba asi) . Preparo la valija y nos vamos a dar una última vuelta por Treptower Park. Nos acompaña Helena (una amiga de los chicos que había conocido mi segunda noche). Me prometo volver a Berlín, conocerlo también en otra época del año, quizás con más tiempo. Me despido, agradezco la hospitalidad. Andrea vuelve enfermo del trabajo y me saluda desde arriba.

22/05/2015 En la estación central de Ámsterdam me persigue un viejo loco. Usa sombrero y pantalones de cuerina. Le cuelgan collares y cadenas. Me habla, me mira y farfulla en algo que simula ser un idioma pero que no logro interpretar. Pago medio euro para poder acceder a un baño porque me explota la vejiga. La oficina de turismo abre a las 9 y recién son las 7. A la casa de quien me recibe recién puedo llegar a las dos de la tarde. Encuentro en la estación un lugar donde puedo dejar mi equipaje así aprovecho a recorrer. Las calles de Amsterdam me recuerdan un poco a las de Roma, aunque estas, por estar atravesadas por los canales, tienen mucha más lógica en juego. Me adentro en las callejuelas 20


ROMA presenciĂŠ el nacimiento de una nueva tribu urbana

VATICANO le cai a Francisco a la hora del mate con sus galle preferidas, la pasamos lindo.


BERLIN Andrea y Mariano posando con los libritos de Galeria Editorial

BERLIN la seĂąorita Gabriela poniendo cara de que ninguna de todas esas chucherias le interesa


BERLIN el guia Hugo se gana a su audencia, utilizando las mas variadas muletillas

LONDRES me perdi en un parque y me perdi en la ciudad

AMSTERDAM puede que nada sea verdadero acรก


PARIS cosas que haces de compromiso, como viajar a la hora pico en la linea B

PARIS la capital del sanguiche y el vino

LONDRES un chino duerme en el museo de Victoria y Alberto


y casi sin querer me encuentro las primeras cabinas con chicas exhibiéndose. Una cuadrilla de empleados usando escobillones rasquetean el empedrado para remover la basura. Una máquina hidrante con cepillos a rotor trabaja en esta misma tarea. Todas las fuerzas parecen estar aunadas para dejar esta ciudad presentable para el nuevo día que se apronta. Casi como si fuera un cliché, me adentro en el coffeeshop que me parece más luminoso. Compro un porro ya armado de pura marihuana. Minutos después estoy en el segundo piso de una escalera enroscada de peligrosidad nivel 5 (me hace acordar a la del viejo Matienzo) no siento las piernas y una ventana sucia me parece un lugar digno de ser mirado. Certifico el efecto, ese porro es digno de respeto. Cuando mínimamente me recupero estoy caminando en otro de esos free tour. Falsamente free y falsamente tour. Me toca de guía el español más denso del mundo, que propone en cada parada gritar que la estamos pasando bien y ganarle en ruido al grupo de al lado. En la siguiente esquina desengancho mi carro. Me alejo sigilosamente mientras como una banana. Ya se me hace la hora de ir a lo de Martín, alias Norman Bates. Martín, según dice su perfil de airBNB, vive con su madre en un departamento de las afueras y lo llamativo de la publicación era el “asuntito” del baño. A eso se le sumaba el hecho de que días atrás le escribí recodándole de mi llegada y preguntándole si podía caer tipo 9 de la mañana para dejar el equipaje, a lo cual me contestó que iba a ser imposible y que yo debía llegar después de las 14 porque había sucedido “una muerte” en su familia. No me aclaraba nada más al respecto. Tomo el tranvía y fumo dos secas en un parque antes de tocar timbre. Martín resulta un joven lánguido y paliducho. De manera veloz me introduce en la casa. Dónde es su pieza, dónde el baño, la cocina y dónde iba a dormir yo. En un papel me da anotada la clave del wifi. Después desaparece. Ninguna mención a su madre (¿vive?) ni a dónde es que da una de las puertas que salen del baño. Esa misma tarde, mientras estoy recorriendo Amsterdam un joven me frena en la calle y me explica que es menor y si no le hago el favor enorme de comprarle “some weed”. Me dice que cualquier variedad va a estar bien y me pone algo asi como 20 euros en la mano. En un principio parece que acepto, que soy el tío piola y que le voy a hacer la gauchada. Pero segundos antes de enfilar para un negocio me frena un ángel de la guarda. Me cae la ficha de que voy a hacer algo ilegal en estos países hinchapelotas de lo correcto. Me cae la ficha de que incluso el nene ese puede ser parte de un mismo operativo caza turistas irresponsables. Me persigo y en lo básico de mi inglés le explico que no va a poder ser, que me disculpe, que no es de careta. Supongo que lo decepcioné como turista…

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23/05/2015 La acreditación de periodista falla por vez primera y pago 17 euros para entrar al museo de Van Gogh. Decido que al menos voy a cagarle los baños (por cierto, increíbles en limpieza y calidad, los recomiendo). Afuera llueve y el museo es un sumidero de gente. A los pocos metros de exhibición recorrida, recuerdo una vez más mis intenciones fallidas de leer las cartas que había intercambiado Vicent con Theo (deben estar para Kindle, no seas boludo, estas a un click de distancia, me recuerdo). Recorro la inmensidad esa sin que nada particular me despierte mucha emoción. Últimamente creo que con los cuadros pasa algo parecido al fútbol que se mira por tv. Yo a las pinturas de Van Gogh las vi allá en casa, haciendo silencio, sin japoneses que me codeen las partes bajas. Parece que el aura autoral hizo las valijas. Salgo del museo con muchísimo hambre. Como dos sándwiches que me había armado con las sobras de lo que me dio la mamá de Norman Bates para el desayuno. Ah, ¿no les conté? Apareció hoy por la mañana. Una mujer de unos setenta años en bata, con un aire tirando a la Coca Sarli. Intercambiamos unas palabras en inglés y, ahora si, puedo afirmar que ya no le temo. Fui al Rijksmuseum y ahí si el carnet volvió a su esplendor. Dada la frecuencia de visita que traigo, los museos se me volvieron objeto de estudio en si mismos. ¿Qué hacia el turista cuando en las ciudades no existían los museos? O, otra pregunta, ¿quién habrá sido el primer “turista”? ¿A qué mente se le ocurrió por vez primera trasladarse del punto A al punto B con el solo objetivo de conocer y no tener una tarea obligatoria? ¿Ya existían los hoteles? Intuyo que hay una íntima relación con el desarrollo del capitalismo, ya que los viajes son un gran motor de la economía y el turista como tal el ente que respeta la normativa en escala social que inherentemente quiera o no, ayuda a fortalecer. Despunta el sol. Me acovacho en un coffeeshop por unos minutos. Soy Clark Kent. Amsterdam no me cierra. Hay mucha gente trabajando en el backstage, reconstruyendo el make-up, Amsterdam es una fachada, un cuento lindo. Es el Truman show. Hoy por ejemplo caminé muchísimo, del centro hasta la casa de Martin (en las afueras). En todo el trayecto no vi ninguna cerrajería, ningún almacén, ninguna carnicería, ningún supermercado. Soy una sonda que enviaron a explorar Marte y puedo afirmar que faltan todas las condiciones para la vida. En una maquina expendedora de snacks metí una moneda de un euro y saqué un paquete de papas con chili. Metí otra moneda pero esta vez el paquete se traba y no cae. Calculo rápidamente el costo de la pérdida en pesos argentinos. 22


Lo estoy dando por perdido, cuando decido darle play al modo barrabrava y aplicar severos golpes de puño al vidrio. Hago un rápido scan, no hay moros en la costa. El primer golpe funciona tan bien que hasta cae un paquete de más. La tenés adentro primer mundo. 24/05/2015 Estoy decidido a tirar unos pantalones a la basura, no dan para más. Los tengo desde los 17 años, color verde oscuro, de tela de avión, los compré me acuerdo en un local de skaters en Bahía Blanca. Este pantalón tiene historia vasta, viajó por todo el mundo, fue a Israel, a Barcelona, a Turquía, Madrid, Bogotá, Lima, etc etc. Ahora lo voy a dejar ahí, en un tacho de basura. Le saco una foto con el celu en señal de lealtad y a modo de despedida. Tomo un tranvía hasta el centro. En Amsterdam venden unos quesos increíbles. Todos los sabores que se te ocurran. Existen locales que trozan el queso en pedazos ínfimos y te dan para degustar, ideal para la lija del fumón. Es así que hago de esto práctica habitual, recorrer fingiendo verdadero interés en la compra. Impostando una cara de novedad ante cada muestreo, aun cuando ya sé de antemano, cuáles son los quesos que me gustan y cuáles no. Me hago un ránking mental, juego a reconocerlos. Al final la técnica de la generosidad les funciona porque termino sintiendo culpa y compro queso para mis familiares (van a ser dos semanas más de arrastrar 3 kilos de queso en una valija). Hoy en el cielo no hay una sola nube. Leí mucho en un pasto que encontré, cruzando la estación, al otro lado, con el ferry. Me hipnoticé mirando una planta florecer. Pienso que esto que estoy fumando en estos días eleva considerablemente la calidad de vida. Esto y la ausencia de bocinas. Pero Amsterdam es un zoológico. La marihuana está apresada, condenada a consumirse puertas adentro, en la oscuridad. Como a las chicas esas desnudas en cabinas claustrofóbicas, que las familias avistan como atractivo. Acá falta un comando tirapiedras que derribe este atractivo medieval. Que hagan espacio los turistas para que pueda vivir la gente. Ultimo día, me guardo medio porro en la media antes de subir al colectivo. 25/05/2015 Hoy llegué a París. Había estudiado la combinación de metro que tenía que hacer para llegar al departamento de Alejandro. Como llegué a las seis de la mañana tenía que hacer tiempo hasta un horario razonable. En ese primer va23


gabundeo fue que descubrí los baños públicos que se autolimpian. Clavados en la vía pública a equidistantes radios de distancia, las cabinas estas te reciben, al menos con la tapa y el inodoro en condiciones dignas. Lo contextual sigue siendo un problema, pero bueno, conformate tigre viejo. En la puerta del edificio de Alejandro había un teclado numérico. Pensé que ahí debía ingresar su piso, pero no pasaba nada. Busque un locutorio desde donde poder comunicarme. Por suerte estaba en la casa y entredormido me pidió perdón por no escuchar el timbre. Después me enteré que ese teclado servía solo para abrir la primera puerta y que el portero estaba en el siguiente nivel. Ale es chileno, lo contacté mediante la página de couchsurfing, es arquitecto, trabaja en un estudio y hace ya bastante tiempo que vive acá. El departamento es pequeño y parece estar construido en un rapto de improvisación en el interior de una baulera (parece que así son la mayoría de los deptos en París). Queda en el piso siete por escalera. Comparte la infinitud con una francesa que se llama Sophie. En couchsurfing es muy popular y por eso no me sorprende la cantidad de lugares que me cuenta que conoció cuando nos ponemos a hablar. Entre diversos tópicos coincidimos en un odio mutuo al turista clásico, tal y cual lo conocemos. Respiro aliviado cuando la charla deriva en políticas de nuestra Sudamérica y confirmo finalmente que Ale no es Pinochetista (esto es algo que se caía de maduro cuando pispié sus intereses y gustos en el perfil de couchsurfing, pero nunca está de más comprobarlo). Por recomendación y cercanía, salgo a caminar por el parque Des Buttes Chaumont. El lugar es increíble, no hay descripción de la belleza que encierra el lugar este. El día acompaña intermitente y en un pasaje de sol me tiro a dormitar en una ladera de un césped perfecto. El sol incrementa potencia y el calor es inaguantable. Sigo caminando y a los pocos minutos ese sol que parecía invencible brilla en ausencia y ya están cayendo las primeras gotas. Esto es definitivamente lo que me habían contado del clima de París. Vuelvo a la casa de Ale y me cuenta que está esperando a una chica de Couchsurfing para salir a pasear. Me invita a que me una con ellos. La chica se llama Débora, nació en Brasil pero vive en Praga. Débora viste de manera muy elegante, no acorde a la idea de Alejandro, que era caminar hasta el Parc de la Villete y después hacer algo “ilegal” transitando una via abandonada (“la petit algo”) hasta llegar nuevamente al Chaumont. En una parte, nos tenemos que trepar y saltar un alambrado y Débora pese a su vestido largo de raso y sus tacos en punta, lo resuelve con estilo. Débora es tímida, tiene muchas pecas y la tez muy blanca, a medida que pasamos el tiempo me va pareciendo más y más linda. Nos despedimos (ella tenía que ir a comer con unos parientes que la alojaban) y con Ale tomamos el metro hasta la Ile de la Cite para encontrarnos con Sarah. A Sarah 24


la conocí por couchsurfing durante su estadía por Buenos Aires. Nos había dicho que en un bar de la zona había un recital gratuito de una vieja loca que era muy divertida (en mi cabeza reemplacé esa figurita por Juana Molina). El lugar se llenó y no pudimos ingresar, el nombre de la vieja loca me lo olvidé y ahora no lo puedo siquiera googlear. Aprovechamos el “ya que estamos” y caminamos hasta la catedral de Notre Dame. Jugamos a decirnos toda la información que sabíamos al respecto entre los tres mientras observábamos con detenimiento la fachada. Desde mitos a cuestiones técnicas arquitectónicas como el uso de los arbotantes. Vimos también el famoso puente de los candados, anidados y superpuestos. Pensamos que estaría bueno tener una especie de infografía que nos devele cuántas parejas enamoradas que contribuyeron otrora con este acto ridículo aún seguían unidas. A ojo calculamos que menos del 10%. De ahí caminamos por el barrio judío, que es una fija de todas las ciudades europeas. De hecho, creo que también esto es una gran técnica de marketing turístico. Sin ir más lejos mis padres son militantes de todo lo que tenga que ver con lo judío. Pienso en esas señoras que te llenan una sala del Bafici para ver películas posmodernas y alucinógenas por el solo hecho de haberse enterado que su director es israelí. Durante esta caminata le comenté a Ale mi idea del museo del turista. Le pareció una idea muy pertinente y se le ocurrió que el museo puede ser itinerante y que cuando se desmonte para mudarse a otra city parte de su estructura (pilar o base) quede aferrada en el lugar para representar lo que afecta el turista a su entorno. Lo contrato como arquitecto del proyecto inmediatamente. Ahora solo me resta conseguir los fondos. 26/05/2015 Por la mañana tomo prestada leche de la heladera y también cereal. Pienso hacer una compra más tarde para contribuir a la casa, para reivindicarme. Una vez planificado esto en mi cabeza, sigo comiendo los cereales ya sin culpa. A las 13:30 quedé en encontrarme con Sarah en la estación de metro de Bellville. Voy caminando para conocer. Cruzo la Plaza de la República y cuando me encuentro con Sarah caminamos por el mercado que se arma en la calle los martes y los jueves. Entre los gritos de los feriantes y la locura de la oferta y la demanda parece que estamos en Galilea. Son cinco largas cuadras de verduras, pescados y ropa, sin orden, de personas gritando en todos los idiomas habidos y por haber. Sarah compra verduras mientras me comenta que el precio que está pagando es irrisorio. Me dice que su departamento queda muy cerca de ahí y que me invita a comer. Le confieso que previo a nuestro encuentro ya había sucumbido ante 25


la tentación de un baguette, así que no tenía hambre, pero la acompaño. Tenía que salir urgente de ese lugar que me estaba enloqueciendo. Ya en su casa Sarah taja los rabanitos y los rellena con una feta de manteca. Esto es muy francés, me dice, y entonces pruebo porque corresponde. Sarah también comparte su piso con un roomy (acá los llaman “lecoc”) que se llama Pierre. Pierre no esta en la casa, pero través de la ventana interna nos saluda su novia. Vive en frente me explica Sarah. Después de comer, Sarah me ayuda prestándome su tarjeta a usar las bicis públicas. El sistema se llama Velibe y te permite sacar bicis en distintos puntos de la ciudad. Hay una estación cada dos cuadras y la mayoría de las bicis se encuentran en perfecto estado, lo cual hace al sistema sumamente útil. Montados en nuestras bicis vamos hasta el museo de Orsay. En el camino Sarah asume el rol de guía turística y me va señalando cosas y contándome anécdotas que en su gran mayoría no escucho debido al ruido del tránsito y a esa diferencia de velocidad en nuestras bicicletas. También quiero aprovechar este diario para destacar el gran esfuerzo que hace Sarah para hablar español, que obviamente, de ser a la inversa yo no estaría dispuesto (según me cuenta, el español era una materia optativa de idioma en su escuela secundaria). Entramos al museo sin pagar, yo usando mi credencial trucha y ella su certificado de desocupada. Lo que más nos gustó fue “el origen del mundo”. Nos quedamos como 20 minutos parados frente a la concha que pintó Courbet. Nos gustó mucho escuchar lo que comentaban las señoras cuando se encontraban con el cuadro y ver la indiferencia con la que le sacaban una foto los chinos. También hicimos una especie de censo de la cantidad de personas que contemplan fijo a la concha y cuáles la esquivaban por pudor con la mirada. Divagamos y hablamos sin sentido, sin pensar. Relacionar el título de la obra, con la pintura en sí, y el origen de todo el mundo está ahí, es eso, el juego de significado-significante. Más adelante, Sarah me preguntó por qué no hay ninguna escultura de hombre con el pene erecto. Le conté que de estar en Argentina, para que la entiendan rápido habría tenido que decir “con la pija parada”. Me parece una buena pregunta, pertinente. La opulencia del monumento se vería subrayada, ¿no?. De ahí nos vamos a los jardines de Luxemburgo y desde ahí puedo avistar por vez primera y a la distancia la famosa torre Eiffel. Vuelvo a casa y con Ale improvisamos una cena con los restos. Prometo, un día de estos, cocinarle un guiso. 27/05/2015 Arranco temprano para el lado de Montmartre. Voy a ir caminando y de pasada Ale me recomienda perderme en el barrio africano. Hago un par de cuadras y 26


encuentro un equipo de personas filmando una especie de video clip. Un pibe lookeado símil Lebron James que rapea y cada tanto con la mano derecha en forma de puño se golpea el corazón. Para mi gusto lo maquillaron de más. Subo escaleras empinadas y entre la admiración de la paz de la zona y la agitación pienso (otra vez) en escribirle un mensaje a la chica que me había dispuesto a olvidar. Resulta que me voy a encontrar con un hombre (eso creo) llamado Julien. El me había escrito por FB a una página que administro, la Fundación preservadora de dibujos de tapir. En un principio este proyecto fue en conjunto con ella y fue el pilar o base que dio lugar a nuestra relación. Los dos éramos fanáticos de los tapires y nos pareció una buena idea pedir a la gente que nos mande su versión dibujada para preservar aunque sea el dibujo de esta rara especie en extinción. La cuestión es que este Julien me insiste (ya enterado de que estoy en París) para que nos encontremos, que desea conocerme. Quedamos a las tres y media al pie del teleférico de Montmartre. En su último mensaje de Facebook me dice: “Voy a estar en una moto Susuki negra”. Me golpeo la frente con todos los dedos a la vez, mientras me suspiro a mi mismo: “Quién me manda”. Conozco la iglesia, admiro la vista, la casa de Van Gogh, y la onda San Telmo que tiene el barrio. Esquivo artistas que buscan retratarme y chinos que me quieren robar el alma para que sea su recuerdo. A las tres y media puntual, tal cual lo pactado, Julien pasa por mí. Flacucho, vestido con camisa a cuadros, mucha onda bohemio. Calculo que tendrá unos cincuenta años. Trae un casco extra y me invita a subirme para ir a tomar un café a un bar. Como nunca me subí a una moto, le pregunto si está todo bien agarrarme. Habla español con la misma cadencia que Sarah. Ya en el café, me felicita varias veces por la idea de la fundación preservadora. Me cuenta que es músico y fotógrafo y que en octubre va a sacar un libro que va a llamar “Las 10 verdades del tapir”. Me cuenta también que el sábado se presenta un libro de fotos de su autoría y me invita a que vaya. Del enorme bolso que trae, saca lo que anuncia como “una sorpresa” y termina siendo un enorme y hermoso peluche de tapir malayo. Le pregunto dónde se puede comprar eso, pero me dice que lo mandó a pedir a Alemania. Julien se despide. Yo cruzo al medio todo París y llego hasta la torre Eiffel. El edifico me parece imponente. Tanto fierro, tanto remache, acomodado de manera funcional. Me prometo googlear algún día algún documental sobre su construcción. Subí por escaleras hasta el segundo piso. Al mirar el panorama tengo una sensación parecida a la que tuve en la basílica de San Pietro. Los humanos abajo como hormigas, siguiendo con sus vidas chatas, sus miserias, yo los vigilo desde acá, los soplo y les tuerzo cual tenaza su destino. Soy un dios y un hombre al mismo tiempo, que concibió en su cabeza semejante ente de 27


opulencia. Combino metro para llegar hasta el trabajo de Alejandro. Compramos unas birras y caminamos hasta el canal St. Germain. Más tarde cae Sarah y trae un vino. Compramos unos quesos y unos panes. Esa va a ser nuestra placentera cena. Otro día en París. 28/05/2015 Como desconozco el tiraje del inodoro, espero a quedarme solo para ir a cagar. La fiesta inolvidable de Peter Sellers sembró en mi con efectividad la chance de que un imprevisto me deje malparado y sin herramientas. Pongo a lavar ropa y preparo la mochila para ir a conocer Versalles. Me llevo agua y una baguette de queso. Versalles es un mundo de gente, el arribo en tren y la especie de caminata hasta el palacio me hace acordar a cuando fui a pispear la movida de la peregrinación en Luján. Recorro las primeras salas a la par de un chino que le va sacando fotos con su celular de manera sistemática a TODOS los cuadros y/o objetos que existen ahí dispuestos. Va a la velocidad de la luz y no se preocupa mucho por el encuadre, ni siquiera porque alguien se entrometa entre él y el objeto a retratar. Tiene una especie de pacto infernal, pienso, o un convenio, que le van a medir la cantidad de disparos al retornar a su país. Contemplando la vista a los patios me choca una japonesa por segunda vez. Va dando topetazos porque se quedó relegada de su grupo. Mas adelante otra joven japonesa camina un pasillo largo con la mirada hacia el frente. Sostiene una filmadora apuntando de manera transversal vagamente a los bustos que decoran alineados a todo su largo. El travelling ese será cuestión infumable de consumir, me pregunto quién tendrá el “placer” de verlo. Camina a buena velocidad y a los 20 metros, ya con el brazo cansado (es como sostener un techo) es reemplazada en la posta por una persona que supongo será su madre. Obviamente este hecho mágico reflota mi idea latente del museo del turista. Quiero saber a dónde va a parar todo ese material. Quiero saber cómo se efectúa su consumo. Pienso incluso que muchas cámaras hoy día suben de manera directa lo que se filma a la internet, o sea, se llenan servidores y servidores de recortes descontrolados del mundo. ¿Dónde está el negocio? ¿Dónde la satisfacción? De repente me cae la ficha. No tienen la infraestructura país, para bancar a todos. Creo haber escuchado por ejemplo no tienen permitido la libre reproducción, la cantidad de hijos está regulada por el estado. Entonces qué pasa si la única manera de estabilizar la población de China es tener un gran porcentaje de la misma de viaje constante. El viaje no por placer, si no por obligación y rutina. Eso explicaría el porqué de las fotos sistemáticas, evidencia burocrática de la estadía concretada. 28


Versalles está bueno para andarlo en rollers, en skate. Esta bueno para ir con amigos un día de sol y colar pepa y correr desnudos por los jardines esos tan geométricamente controlados. Volví a casa con el tiempo necesario para preparar el guiso. Ale llega a las 22 y comemos. Me felicita varias veces y me agradece por la comida pese a que antes de cada cuchara tiene que agregarle más sal al plato. 29/05/2015 El sistema de las bicis no es tan perfecto como creía. Las tres estaciones cercanas a la casa de Ale están vacías. Camino en la dirección que pensaba pedalear, hacia el Pompidou. En el museo hay una exposición de Le Corbusier. Iupi! Horas más tarde, ya en la muestra permanente del museo me topo con el primer Rothko de mi vida. No es muy grande y no produce en mí el efecto que siempre imaginé que el cuadro produciría en mí. Sin embargo, convengo para mis adentros en que me gusta y lo contemplo por varios minutos más. Después como catarata de primeras veces aparecen: un Bacon, un Pollock, Picasso, Dalises. Está bien. Y cuando ya estoy por tirar la toalla, porque no me dan más los pies ni la cabeza, en la sala post situacionista encuentro un video proyectándose en loop de Castern Holler. Se llama Jenny y es de 1992. En la proyección se ve básicamente a un hombre peinado con gomina haciendo todo tipo de maldades a niños indefensos. Me pareció una idea brillante y me pareció un video inspiracional para volver a hacer cosas. Salí de Pompidou mareado y con un hambre atroz. Comí una baguette que había arrastrado desde la mañana en la mochila y el paso del tiempo se había encargado de subrayar el olor a queso podrido del exquisito queso podrido. Ya recargadas las baterías y el temple emocional (en una plaza mire por 20 minutos el cielo) encaré rumbo a la obligatoriedad del Louvre. Ay! ¿Cómo explicar el vaho humano que dicho lugar concentra? La humanidad misma fundida en una fragancia puntual. La pirámide como una lupa atravesada por los rayos de sol es una de las culpables evidentes de levantar la temperatura y hacer bullir en el interior el hormiguero. Hordas humanas fluyendo en movimientos randómicos, torpes, chocando extasiados. Por fuerza de obligación cultural (nuevamente) me abrí paso hasta llegar a la frutilla del postre (¡?) : la Mona Lisa. La vi de lejos, le guiñé un ojo y así como vine, me fui. El balsa de la medusa y los cuadros de Arcimboldo son de lo mejorcito que vi ahí y me cautivaron puntualmente. Un Giotto y un Caravaggio también me emocionaron y prolongaron por varios minutos el descanso frente a la obra (¿ahí, en ese promedio vago, es quizás donde reside el éxito artístico?). Salí de esa locura y fui rumbo a la oficina de Ale. Esperamos a su amigo Beltrán (chi29


leno y arquitecto también) para ir a tomar unas birras a un bar. Esa noche ya no me cayeron tan en gracia. Desplegaron esa viveza latinoamericana machista: Ale y Beltrán se hacían llamar “piratas” y se movían en la noche parisina haciendo flamear la vela de su barco. Fuimos a una casa- escuela donde unos pibes muy buena onda conversaban de la vida en distintos idiomas, de la manera que podían. Fumamos el faso que me había traído de Amsterdam escabullido en mi media y enloquecimos todos. Había un tablero de ajedrez y Ale se puso a jugar una partida. En el transcurso de la partida dijo casi unas cincuenta veces “qué lindo que es este juego” e intentaba filosofar al respecto partiendo de pensamientos muy pobres. Por un malentendido logístico cuando volvemos a su casa tiene que romper el buzón del edificio para recuperar su llave.

30/05/2015 Nos despierta Lucrecia con el portero. Lucrecia es la couchsurfer que se solapa conmigo un día y que va a reemplazarme cuando me vaya. Hasta hace unos días pensaba que no sabía dónde residía esa amabilidad extrema de Ale para recibir tanta gente de manera constante. Ahora pienso, es su oportunidad de contar una y otra vez su historia de vida. Un poco eso y un poco el hecho de fomentar su vida pirata, supongo. Lucrecia es argentina y sin conocerla personalmente resulta ser amiga mía de Facebook. Intento sacar conclusiones que permitan dilucidar el camino que nos llevó a esa amistad virtual, pero no tengo éxito. Mientras Ale le cuenta su historia de vida a Lucrecia, pido permiso y me retiro a pedalear por la ciudad. Doy una vuelta por el Arco del Triunfo y los Campos Elíseos. Me saco una selfie que mi madre me pidió, en una tienda de café que parece que es muy reconocida, para certificar mí paso. A las 16 estoy en la librería donde se presenta el libro de Julien. Él parece muy contento de verme ahí y me presenta a cuanta gente se le arrima a saludarlo. “Él es Ioni, de Argentina, tiene una página donde sube dibujos de tapires que le manda la gente… también tiene una editorial…” y yo tratando de no sonrojarme manejo la modestia y busco ser simpático en el idioma que se pueda. Entre esas personas que me presenta, aparece Sophie, que es su editora. Julien le muestra los libros de Galeria y a ella le gusta mucho Grandes Vestimentas y me sugiere editarlo en Francia. Me emociono y pienso en los caminos de la vida. Intercambiamos mails y quedo en escribirle. Me despido de Julien y lo invito a visitarme en Argentina. Con Sarah y su amigo Mateo, con Ale, Lucrecia y Beltrán organizamos un “apero” en el borde del St. Martin. Bajo la supervisión de un francés autóctono (Mateo) compramos quesos típicos mientras Sarah hace una escapa30


da hasta su casa para buscar platos, cuchillos, sacacorcho y birra fría. El apero según me comentan es el deporte favorito de los parisinos. Esta todo lleno, pero nos hacemos un lugar en una buena porción de césped. Comemos y bebemos a morir y cuando el sol cae nos vamos a un bar en el barrio de Montmartre, que según Sarah, es bien “bobo” (este término define una clase social símil hipster que viene de Burgués-Bohemio). Tomamos unas birras y a las doce y monedas me disculpo y me separo del grupo para irme a dormir y terminar de armar mi bolso, ya que al otro día salgo temprano para mi último destino: Londres. Me despido muy afectuosamente de Sarah, por sobre todos los otros.

31/05/2015 Todos duermen. Haciendo el menor ruido posible, me voy del departamento de Alejandro. Tomo el metro hasta Gare de Nord y ahí hago Migraciones. Es mi primer viaje en tren, en esos veloces y de confort. Va rápido, de a segmentos se me tapan y se me destapan los oídos. Contrariamente a mis expectativas las paredes del túnel que atraviesa el océano no son transparentes, así que no veo fauna marina, ni los cables que llevan la internet. En mi lectura del momento, “Just kids” de Pati Smith, me toca leer la parte donde Pati viaja a Francia para darle su tributo a Rimbaud y de paso visita la tumba de su amigo Morrison. Pienso que es una gran coincidencia. Cuando llego a Londres compro la Oyster y me tomo el metro a la casa de Gloria, que me estaba esperando. Gloria vive en una casa con tres amigos en el barrio de Withechapel. Gloria es italiana y hace 4 años conoció a mi prima Judith a través de Couchsurfing. Se quedó casi un mes en su departamento y se hicieron muy amigas, al punto de mantener esa amistad por cartas, mails y cuanta forma de comunicación encontrasen. Gloria me cuenta que dos de los inquilinos son argentinos. Uno está en Salta por tiempo indefinido así que otro chico italiano llamado Walter le está rentando la habitación. La inquilina restante es una china. Mientras Gloria me presenta la casa, que es como un laberinto en dos pisos, aparece Walter. Es casi tan alto como yo, flaco, pelado y habla con la misma cadencia y mixtura idiomática que Luca Prodan. Mientras espero que Gloria se bañe, Walter me cuenta que es arquitecto y que está desocupado, buscando trabajo. Dice que en Londres está todo muy difícil y que mandó ya más de ochenta currículos. Gloria me dice que tiene que salir, que se ofreció como voluntaria en una granja que queda a cinco cuadras de la casa, en la mitad de la ciudad. La acompaño. La granja es algo increíble. Hay gran variedad de animales y varios sectores de huerta. Tienen un bar restaurante, donde 31


se vende todo lo producido. Pago diez pounds y comemos dos hamburguesas. Charlamos con Gloria mientras comemos. Se queja mucho de lo dura que es la vida ahí en Londres, de que todo le parece sumamente caro. Me voy a caminar por el barrio. Encuentro unos parques hermosos que bordean todo el largo de un río. El día está negro y llueve de manera intermitente, al poco rato decido volver a la casa porque se avecina una tormenta fuerte. En el living esta Walter mirando dibujos japoneses doblados al español. Walter disfruta del español que le encajan de prepo a los personajes, se ríe. Me cuenta de que existen chips económicos para hacer funcionar en cualquier parte la internet de mi celular. Viendo que Londres es inmenso, me vendría bien uno. Walter me cuenta cómo funcionan las cosas en la casa, que son todos muy individualistas, que casi no interactúan ni se comparten comidas. Me dice que desde que está (hace dos semanas) nunca vio a la china. Walter me explica dónde puedo encontrar un super y se despide porque tiene una cita con una chica. Me quedo solo en la casa (o con la china misteriosa, quién sabe) y me pongo a leer. A la hora llega Gloria. Había estado en un bar escuchando música y tomando vino. Me siento excluido de los planes como Walter. Me toca dormir en el living, doblado en dos para entrar en el sillón, de la manera que puedo.

1/06/2015 Me despierto a las 6AM. Hay sol en abundancia que se cola por las hendijas. Hago el esfuerzo lumbar de volver a dormir, pero no me sale. Desayuno y salgo a conocer la ciudad. El hecho de que los autos se manejen del lado derecho me parece una locura. Todos los cruces de calle se me vuelven un desafío de la memoria. En Londres tienen un sistema de bicicletas parecido al Velibe de París, solo que acá es más caro (como casi todas las cosas). Alquilo una bici y pedaleo hasta el Tower Bridge. Es increíble la cantidad de personas que me cruzo haciendo footing. Todos lookeados de calzas y vestimenta dry fit. Igual no me engañan, todos tienen cara de oficinistas. Con lo caro que sale el transporte de seguro el estar en forma es una gran alternativa. A medida que sigo caminando no puedo dejar de pensar en el sketch de los Monty Python que abre The meaning of life, la de los edificios piratas, abordando oficinas y bancos. Londres es exactamente eso. Una jungla de edificios opulentos que te hacen sentir y te frotan por tu rostro un poderío económico invencible. Medio sin querer me encuentro en la puerta del Tate. Voy derecho a la sala de Rothkos. Todo esto que veo ahora con admiración es producto de la semillita que sembró hace tiempo Taschen. El concepto aurático se vende en cuotas y de generación en genera32


ción se hereda. Así hay jóvenes que hoy día se siguen casando sin entender muy bien lo que significa. Particularmente pienso, que después de cinco ciudades europeas, de museos estoy curado de espanto. Más tarde, llego al Hyde Park y me siento a escribir. Ya me animo a afirmar que por lejos lo más lindo de Londres son sus parques. Años de luz y progreso nos llevan en materia urbanística, preservando y generando estas grandes islas verdes interurbanas de libre acceso. La vegetación es una sinfonía de las más variadas especies. Lo mismo pasa con la fauna. Pienso que todo esto es posible gracias a una cultura de respeto y de conservar lo público al mismo nivel de lo privado. A un metro de donde estoy sentado pasa una ardilla. Alterna un caminar rechoncho, con unos sutiles saltitos que le hacen liviana como una pluma, ágil y estilizada. En su boca lleva una avellana, como si fuera todo parte de una película de Disney. A la tardecita vuelvo a casa. La encuentro a Gloria y decimos de ir hasta el super para comprar algo de cenar. Pese a que Gloria tiene mi misma edad, en el supermercado no le quieren vender cerveza. Tengo que mostrar yo mi pasaporte y pagar en diferenciado del resto de los productos. Una situación surrealista. Gloria me cuenta que hay muchos menores que trabajan de encubierto para la poli, entran a comprar alcohol a los comercios y si les llegan a vender sin pedirle identificación, el dueño puede hasta ir preso. Y la frutilla del postre: los ingleses solo pueden comprar alcohol a partir de los 21. La ciudad del punk, jajaja. Después de cenar nos vemos Beginners, la película de Mike Mills que le había llevado a Gloria en uno de esos compilados de regalo. Yo ya la había visto, pero no me molesta para nada volver a verla. Es una gran película. Los diálogos fluyen con la naturalidad de la vida misma, como Antes del amanecer. Walter mira la peli con nosotros y cuando termina me dice que le gustó mucho.

2/06/2015 Me voy a Bristol a encontrarme con mi prima Judith y pasar juntos el día. Mientras espero el micro en la terminal, me doy cuenta que saqué mal mi pasaje de vuelta. Me acerco al mostrador. No es reembolsable así que tengo que sacar uno nuevo. Acto seguido me toca perder el colectivo. Me quedé esperando en la sala que el micro se anuncie como el resto de los micros, pero por alguna extraña razón nunca me percaté. En mi mp3 pongo al palo el tema de Paoletti: percance. Tres horas más tarde me encuentro con Judith en la estación de trenes de Bristol. Me siento muy contento de volver a verla después de casi cinco meses. Judith venia de una granja y al finalizar nuestro día se iba para otra. Viene 33


haciendo woofing, que es básicamente ofrecer su mano de obra a cambio de casa y comida. El día que nos tocó es inhóspito. Garúa acompañado de mucho viento. Bristol se me hace una ciudad pesada, gris, de mucho cemento y de señoras que se juntan a tomar él te para pasarse las novedades que ya se dijeron el día anterior. “Acá en Bristol nació Bansky”, me dice Judith mientras manipula un mapita con varias cruces marcadas. Supuestamente en cada una hay un graffiti de él. Damos varias vueltas por el centro de la ciudad. Encontramos un mercado de comidas y compramos unas bandejas muy abundantes de verduras, falafel y humus. Comemos mucho y quedamos sin poder movernos. Judith me recuerda que se tiene que comprar una bolsa de dormir (es requisito llevar en el próximo lugar al cual se dirige). Encontramos un negocio con muchas opciones. Judith revisa todas una por una. Los precios van desde 50 pounds hasta los 500. Obviamente le gusta la más cara, “por el color” dice. Me parece una locura que gaste eso en un bolsa de dormir, aparte el lema “te queda para toda la vida” es un engaño, se lo digo, la convenzo, cuido su economía. Me canso de verla dar vueltas y le digo que la espero afuera. Mi organismo procesó la ingesta a gran velocidad y ahora necesito un baño de carácter urgente. Judith entra con una bolsa de dormir al probador de ropa del local. Al final mi discurso surte efecto y termina comprando una gris topo, económica, sencilla, que le va a permitir salir del paso. A ese momento no puedo más, camino como un pingüino. Judith, que ya había venido a Bristol, me dice que a una cuadra hay un museo. Le dejo mi mochila y mi campera y le digo que en media hora nos volvemos a encontrar. Quiero aprovechar este espacio para dar gracias al arte por ese altar tan prolijo y en condiciones sanitarias inmejorables que puso a mi disposición. Ya se hizo la tarde, vamos a tomar café, a comer torta y la acompaño a Judith hasta cerca de la estación. Nos prometemos volver a encontrarnos pronto. En el cole de vuelta me quedo sin batería y no puedo escuchar música. Una señora gorda con los cachetes como Droopy que se me sienta atrás habla por teléfono a los gritos a una velocidad supersónica durante (cronometré con carteles) 80 Kilómetros. Me agobia y suspiro profundo para no pararme y usando el poco inglés que manejo, exigirle respeto. Cuando llego a Londres me doy cuenta que perdí my Oyster. Si hago la conversión, sin esa tarjeta el viaje en subte desde ahí hasta lo de Gloria me sale más de 100 pesos. Por un inconveniente técnico, el servicio se interrumpe y me deja a mitad de camino. Tengo que caminar. Hoy no fue mi día, parece.

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03/06/2015 Día de sol. Compro una Oyster nueva y me tomo el bus a Camdem. Camino hasta el Regents Park. El lugar es de ensueño. Una superficie inmensa, inabarcable, de frondosos y perfectos pastizales entretejiendo la ciudad. Áreas recreativas que eleven el espíritu, el confort y la intelectualidad de cualquiera que fuese la población. Insisto en el contraste, esto no sería posible allá en la tierra que vengo, en Buenos Aires. No es una decisión política que lugares así existan, es la mentalidad de la gente. En los parques no hay vendedores, no hay puesteros, no hay nadie que busque sacar la tajada o arrebatar algo de lo púbico. No se cómo esto es posible. Los parques, por otro lado, tienen zonas de naturaleza muy controlada de ligustros rasurados a escuadra que se alternan con otras zonas de naturaleza en estado puro, donde todo desborda facilitando la acción de desconectar realmente de todo lo ciudadano. Sigo a unos patos y me interno, me duermo en el pasto y despierto sin saber dónde estoy. Es primavera acá y cuando me pregunten qué me pareció Londres, voy a decir que lo que más me gusto fueron sus parques y que tienen que viajar en primavera. Por lo restante la sensación es de malestar. Gloria vive ensimismada en su trabajo, quejándose de que todo es muy caro, que no se puede hacer nada. Lo mismo Walter. Aprovecho la hospitalidad del espacio para terminar, ya con nostalgia, las últimas páginas del libro de Patti. Aplaudo mentalmente, me pareció un gran libro. Ahora me tengo que buscar un nuevo material de lectura para los días que restan. Camino hasta el Primrse Hill, un parque lindero al que me encontraba. Desde la colina se puede tener una vista panorámica de Londres. Trazo mentalmente los caminos que hice. Veo el inicio del atardecer y después bajo a Candem. Una gran congestión de gente compra remeras y souvenirs. Avisto el primer Punk. Es manso y reparte folletos de una tienda. Pienso en ese perro San Bernardo que tienen cautivo hace años en la plaza central de San Carlos de Bariloche. Vuelvo a la casa de Gloria a buscar mi valija. Walter me cuenta que le fue muy bien en su entrevista laboral y que al otro día quedaron en darle una respuesta. Se lo ve optimista al punto que pasó por un súper y compró un bife y un champagne para festejar. Hoy me voy de lo de Gloria. La verdad que no logré conectar con ella. Bah en realidad ella no me generó siquiera el espacio para siquiera intentar. Eso sumado a la incomodidad del living hizo que acepte el ofrecimiento de Manuela. Manu tiene mi mismo apellido (somos parientes lejanos) y aparte es la tía de un amigo mío (del que intuyo que seremos parientes lejanos). Manu está casada con Williams y tienen dos hijas que ya no viven en Londres, por lo que disponen de una habitación para convidarme. Manu y Williams viven bastante alejados del centro. Combino metro y cuando llego me están esperando para la cena. A la cena también se suma Iosi, un amigo de ellos 35


que solo habla hebreo. Toda la cena va a transcurrir en ese idioma y yo me voy a defender con el oxidado vocabulario que manejo. Más tarde me doy un baño y duermo, después de tres días de incomodidad, como dios manda.

4/06/2015 Con Walter habíamos quedado ir a un bar de Candem por la noche. Me visto con una camisa piola pensando ya en ese momento. Camino hasta el Hampsted Heath, un parque gigante e increíble. Al recorrerlo voy avanzando por distintos paisajes y se encuentran variadas especies de animales. En un sector de jaulas, de tangente similitud con un zoológico, los carteles indican qué familias o personas son los filántropos que mantienen en estado, que le bancan el alimento y el aseo a los animales que la jaula alberga. Entre los carteles también te invitan a ser parte. En la jaula de los burros la lista indica que alguien puso 50 pounds en la memoria de un familiar muerto. Así me gustaría que me recuerden, pienso, subsidiando a un burro. El cielo está semidespejado y el sol furioso refracta con fuerza en todas las cosas. Dos aviones a chorro parecen estar jugando a conectar nubes distantes con rectas para develar finalmente la forma. Un chico inglés que me ve estudiando el mapa se me acerca para sugerirme un lugar que, según dice, tiene una gran vista. Me parece que le gusto. Finjo prestar atención a sus instrucciones pero ni bien termina de hablarme me decido por una dirección opuesta. Todo lo que va de este mes podría decir que olvidé mi sexualidad. Ni siquiera una paja y añorando el afecto de la rutina es que pienso en la posibilidad de perderme en ese inmenso bosque tupido que se me presenta y traer a colación chicas de mi recuerdo con las cuales recrear el acto de la liberación en cuestión. Nunca hice algo así, digo al aire libre, al descampado. Pienso en el contraste, el blanco intenso de la acumulación contra la entrega generosa del verde natural. Igual no, al final no. Soy un ser social y me llamo al respeto londinense. Después de caminar varios kilómetros encuentro una salida del parque. Unas cuadras después, compro unos sándwiches y emprendo el retorno a la casa. Me cambio la camisa y salgo para Candem: es el tiempo de conocer la movida de la noche londinense. En el metro veo durante minutos como un chino se acomoda el flequillo usando la cámara de su celu. Me encuentro con Walter en un lugar que se llama The blues kitchen. La pinta de birra ahí sale bastante más cara que lo normal porque no se paga entrada por el espectáculo. Hay una banda de folk bastante pobre de inventiva. Nos aburrimos y cuando terminamos la birra nos cambiamos de bar. En The Headways Arms la música mejora y 36


también el precio de la birra. Más tarde Walter me sugiere comer algo e insiste en que no me puedo ir de Londres sin probar “fish and chips”. No es la gran novedad de plato, pero lo devoramos con felicidad en ese momento. Tomamos unas pintas más en otro bar y ya estábamos listos para irnos a dormir. Mientras esperábamos el bondi, Walter saluda a un pibe: “ey Jato” grita. Es el chino que me había llamado la atención en el metro. Parece que fue compañero en uno de los cursos de inglés que Walter tomó. El chino refunfuña, se queja. Le dice a Walter una vez más que no se llama Jato y que no sabe porque le sigue diciendo Jato. Walter se ríe y es tan sincero que el falso Jato lo perdona en ese mismo instante. Gran personaje este Walter. Me despido y le agradezco por la buena onda. Lo invito a que me venga a visitar a Argentina.

5/06/2015 Mi sensación de las construcciones típicas londinenses es que se hicieron bajo el lema “vamos viendo”. Primero habitaron un cubo perfecto y más tarde, pasito a pasito, fueron completando, sumando tubos, caños, cables y todas las venas de las casas que al contrario de las venas de las personas, posan del lado de afuera. Las escaleras son engendros, los techos bajísimos. Eso si, no se puede presuponer en manera directa clase social con solo observar la vivienda, el barrio. Todo parece ser posible, todo puede convivir. Un Mercedes, una cupé Ferrari, se puede ver en cualquier calle. Cruzo casi toda la ciudad a pie y llego al museo de Ciencias Naturales. El museo, es alucinante. Desde la construcción edilicia hasta las maneras en que plantea los recorridos. Después aprovechando la cercanía y utilizando el último dejo de interés, recorro el museo de Victoria y Alberto. Doy una vuelta por Chelsea y después camino hasta Oxford Str. Como quien no quiere la cosa entro a un mega local de H&M y, oh casualidad, consigo prendas de mi tamaño a precios irrisorios. Me compro dos vaqueros que van a ser una de las pocas pertenencias materiales que me traigo del viaje. En la parada del colectivo le pregunto a un moreno lampiño por qué no figura el número de mi colectivo en el letrero luminoso pese a que (estoy seguro) estoy en la parada correcta. Pone cara de decir “la verdad que no lo se” pero no emite sonido alguno. O es mudo, o no desea contestarme. Al minuto me habla y me dice que probablemente el cartel esté funcionando mal. De toque viene el colectivo. 37


6/06/2015 Ultimo día de mi viaje. Me despierto a las 9 para armarme la valija. A esta altura no puedo seguir separando la ropa sucia, que es amplia mayoría, de la escasa ropa limpia. La humedad de lo usado va a tener el tiempo de encierro suficiente para teñir, adentrarse e infectar hasta la última fibra de lo pulcro (incuso los vaqueros nuevos que me compré ayer). En Buenos Aires va todo derecho al lavarropas, pienso, mientras doblo todo tipo arrolladito primavera. Me despido de Manu, de Willy y de su hija Noi, que vino a visitarlos por el fin de semana. Una hora de viaje en metro y estoy en el Duty Free. Lo demás es contar horas, incomodidad y desvelo (dos películas de baja monta en una calidad inaceptable y dobladas al español). Para terminar este diario de viaje quiero contar que disfruto mucho ir al baño en los aviones. Ya el hecho de estirar las piernas es algo que me tranquiliza. El baño es esa excusa que me permite dar un paseo, estirar las piernas. Después, una vez adentro, aislarme y sentir ese golpe de vacío que se da cuando tirás la cadena. Pensar en la gente allá abajo a miles de metros que siente el rocío y no es otra cosa que el meo mío destilado, cepillado por la altura hasta volverse algo pulcro, inodoro e insípido. Ahora que pienso, no solo el baño, también me gusta la parte de la comida. Pero últimamente todo se reduce a pollo o pasta y unos containers de cosas extrañas que poco combinan. Sugiero que el avión de Alitalia tenga un maestro pizzero y los de Aerolíneas Argentinas un parrilla de buen tiraje en la cola del avión que le permita atender a los pasajeros como corresponde, porque para algo pagamos tanto, ¿no? Termino de escribir este último día en Buenos Aires. Estoy cansado y tengo muchas cosas por hacer. Mañana ya trabajo y todas estas vivencias ya empiezan a llenarse de polvo y a caer lentamente en el olvido. Tomo mate y me prometo alimentarme sano en los días venideros, para compensar. El jetlag es más que nada manejar la culpa. Prendo el lavarropa.


Este diario se termino de imprimir.

Diario de viaje  
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