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Viejos amigos Una aproximaci贸n literaria al mundo de la vejez Pablo Gonz Compilador


Internacional Microcuentista Revista de microrrelatos y otras brevedades 2014

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Índice Presentación, Pablo Gonz

6

Reconciliación, Ángel Olgoso

8

Tres velas, Amparo Martínez Alonso

9

Isla infancia, Rubén Rojas Yedra

10

El llamado, Juan Manuel Montes

11

Ventana oval, Paz Monserrat Revillo

12

Infancia, David Vivancos Allepuz

13

Soledad, Daniel González Cuesta

14

El estorbo, Pablo Garcinuño

15

Una pareja muy joven, Nicolás Jarque

16

Esa calle, Patricia Nasello

17

¿Quién eres?, Ana Vidal

18

Heroína, María Blanca Zelis

19

Dos a uno en blanco y negro, Elisa de Armas

20

La abuela, Xavier Blanco

21

Tiempo, Esteban Dublín

22

El sol, Susana Revuelta

23

Los libros en donde nos miramos, Juan Manuel Montes

24

El tiempo sigue siendo un fluido circular, Iván Teruel

25

Persistencia, Ángel Olgoso

26

Amor, Juan Santiago

27

Milagro, Laura Nicastro

28

To-tó, Ester Nievas Molina (MA)

29

Pasa la vida, Susana Pérez

30

Pide un deseo, Rubén Rojas Yedra

31

El jardinero, José Manuel Ortiz Soto

32

Vuelo de pájaros, Maite García de Vicuña

33

El corazón no entiende de mojones, Javier Ximens

34

El producto más vendido de la sección, Rubén Rojas Yedra 35 El tiempo no perdona, Antonio Martín Jiménez —3— !

36


Hambre de gatos, Purificación Menaya

37

Las abuelas ciegas, Mar González Mena

38

De olores de la memoria, Fran Rubio

39

Encajar una vida, Gema Bocardo

40

Brotan jazmines, Luis Héctor Gerbaldo

41

El mejor paisaje del mundo, Juan Manuel Montes

42

Tu reflejo en el agua, Mar González Mena

43

Subir abajo, Ángel Olgoso

44

Etapas, Francisco Manuel Marcos Roldán

45

Las abuelas ciegas, Ana Blanco

46

La despedida de papá, Patricia Jiménez (Mariposa)

47

Somos novios, Miguel Ángel Molina

48

Manos que ven, Ángel Olgoso

49

El estorbo, Amparo Martínez Alonso

50

Juego absurdo, Pablo Garcinuño

51

El laberinto de los días, Juan Manuel Montes

52

La sinopsis del tuco, Cristian Cano

53

Inercia, Mónica Brasca

54

Engaño, Nicolás Jarque

55

Nocturnidad, Alberto Martín (Niñocactus)

56

La última musa, José Manuel Ortiz Soto

57

Es el mar, Santiago Eximeno

58

El baile, Yolanda Nava

59

Dolorosa realidad, Claudia Cosenzo

60

En compañía, Miguel Ángel Molina

61

Desafortunada en amores, Elisa de Armas

62

En el entierro del mago, Daniel González Cuesta

63

Resistencia, Rubén Rojas Yedra

64

Pacto, Alberto Benza

65

Interés, Cristian Cano

66

Camino de vuelta, Ana Vidal

67

En el geriátrico (Carta a los reyes magos), Xavier Blanco

68

21 de abril, Pablo Gonz

69 —4—

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Su nombre, Elena Casero

70

Dignidad y justicia, David Moreno

71

Viejo general, Raúl Garcés

72

Fotogramas, David Moreno

73

Tris, tras, Esperanza Temprano

74

Trastos viejos, Ernesto Ortega Garrido

75

Alzheimer, Alberto Benza

76

Agradecimientos

77

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Presentación* A principios de mayo del 2013, terminó de madurar en mí una idea que me rondaba desde hacía mucho tiempo: juntar en un libro unas decenas de microrrelatos que representasen de un modo fiel la excelente producción literaria que utiliza internet como principal vehículo de difusión. Se habían hecho ya, sin embargo, magníficas antologías (tanto digitales como en papel) por lo que la nuestra, para significar un aporte a la cultura literaria, debía incluir algo novedoso. En estas mismas fechas, yo trabajaba en la edición de un audiolibro, y así llegué a considerar este formato como una opción viable. Por otro lado, siempre he sentido un gran interés por la asistencia social, de modo que enseguida pensé en ceñir la temática de nuestro trabajo al mundo de la vejez. Este es un terreno social que, al menos en Latinoamérica, requiere de una labranza muy profunda, así que valía la pena ponerse manos a la obra. Consulté con los que serían los actores materiales del libro (escritores, diseñadores, locutores y técnicos) y tras recibir de ellos vivas muestras de entusiasmo, empecé a trabajar. Mi idea es que este audiolibro se distribuya por todo el mundo, ayudando a crear conciencia sobre la situación de los ancianos sin recursos, y que nos sirva también para entregar nuestra literatura en alguna de las instituciones que se encargan cada día de la asistencia a los más mayores. Pero no sigamos hablando de lo que fue ni de lo que pretende ser, y cedamos la palabra a lo que es: Viejos amigos reúne sesenta y nueve microrrelatos de cuarenta y siete escritores de seis países distintos. Se publican aquí textos de autores colombianos, mexicanos, argentinos, españoles, peruanos y chilenos que han !


querido poner su talento desinteresadamente al servicio de una de las causas más nobles que existen: ayudar al que sufre. Vaya, por tanto, para ellos todo mi agradecimiento y el de los muchos que disfrutarán de esta obra.

Pablo Gonz

_______________________________________________ ____________*Texto introductorio que también acompaña la versión en audiolibro de Viejos amigos (Una aproximación literaria al mundo de la vejez).

—7— !


Reconciliación La anciana, que había sobrevivido a sus hijos y a su esposo, se sumergía a diario en el parque como en un baño balsámico, lejos del pisito vacío, de su caja de resonancia donde aún latía vivamente el dolor

y

la

soledad.

Siempre

ocupaba

el

mismo

asiento.

Semienterrada junto al respaldo del banco, una piedra rugosa, gris y salpicada de cardenillo era toda su compañía. La mujer la miraba con atención y dulzura, como a algo cuya simplicidad enternece, y le invadía entonces un sentimiento de gran sosiego, una especial ligereza de corazón, de miel que cicatriza adversidades y sella destinos comunes. Una mañana, sin saber muy bien por qué, posó su mano sobre la piedra y, concentrando en aquel roce toda la inocencia y dignidad que llevaba pese a todo dentro de sí, la acarició con extrema delicadeza. Igual que la semilla no muere bajo la tierra invernal, bastó ese gesto espontáneo para que por primera vez, tras millones de años de aparente inercia, de mutismo inhumano, de naturaleza obstinada y refractaria al trato social, la piedra diera los buenos días.

Ángel Olgoso

—8— !


Tres velas Adolfo sopló las velas, tenía dos deseos que cumplir. En el salón, todos aplaudieron. María seguía tocando palmas mientras troceaban la tarta. Adolfo le regaló el “8”. Ella le sonrió (¡cumplido el primer deseo!). El “2” se lo guardó en el bolsillo de la chaqueta. Cuando terminó la fiesta, Adolfo regresó a su habitación individual, otros tenían menos suerte… Abrió el cajón de la mesilla de noche, buscó el estuche de nácar donde guardaba el “0” y el “1”, colocó con cuidado el “2”: «Para mi nieto —pensó—, … por si viene este año».

Amparo Martínez Alonso

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Isla infancia Todo está diferente en tu antigua casa: es otra la luz de las cortinas, hay papel en la pared. Recorres el pasillo hasta tu habitación y ves que la cama es ahora una improvisada cabaña de hojas de palmera. La playa está infestada de esqueletos de plástico. Deprisa, te gritan desde algún lugar. El barco pirata está a punto de atracar pero las sirenas están indispuestas. Al niño que fuiste le urge que cantes; te insiste, pero tu voz débil de anciano no seduce al sanguinario escuadrón. Estáis en peligro. Huís monte arriba y decidís refugiaros en la gran cueva. Ladridos de perros, hojas crujir. Se acercan. El miedo os acaricia la espalda. Las puertas del armario se abren bruscamente y tu hija se enfada —«¡qué haces ahí!»— porque le estás arrugando los vestidos.

Rubén Rojas Yedra

— 10 — !


El llamado La última vez que sonó el teléfono a las tres de la mañana, llamaron para avisar que mi esposa, Julia, había muerto. Apenas escuché el teléfono lo supe, cuando mi hija vino a darme la noticia yo cerré los ojos húmedos e intenté darle la espalda a la verdad. Ahora el teléfono está sonando. La enfermera que me cuida, duerme. Me desengancho de a poco el clip que tengo en el dedo y la máquina comienza a emitir su alarma, pero no me importa. Me bajo y doy pasos torpes, continúo por el pasillo que mi vejez ha alargado y ya en la cocina descuelgo el aparato que deja de sonar al instante. Desde el otro lado la voz de Julia me recibe diciendo: «Por fin, gordo, ya te extrañaba». Yo le sonrío.

Juan Manuel Montes

— 11 — !


Ventana oval La yaya Rafaela estaba sorda como una tapia. Cuando la iban a visitar al pueblo todos sus nietos, ella limpiaba con esmero la trompetilla y se la ponía en la oreja derecha. Uno por uno iban pasando los siete niños, colocando la boca sobre el artilugio. Respiraban hondo, posicionaban los labios para vocalizar y vertían sus palabras en ese colador metálico. Las palabras colisionaban entre sí, giraban en hélices, se deslizaban sobre las paredes lisas y se dirigían vibrantes por el tubo hacia el tímpano descolgado, detrás del cual el alma de la abuela recogía con avidez todas las voces, las saboreaba, las retenía y las clasificaba en bolsitas de seda, que atesoraba hasta la siguiente visita.

Paz Monserrat Revillo

— 12 — !


Infancia «¿Hay algún cuentista en el tren?». Me levanté con la premura que la voz metálica reclamaba y corrí, siguiendo sus instrucciones, hacia el vagón restaurante. El revisor respiró aliviado al verme llegar y me dejó a cargo del viejecito. El anciano miraba el paisaje con los párpados entornados y recitaba, balbuceante, nombres de colinas y prados de la infancia, sumido en una especie de trance. «Fíjese bien. El trigo maduro, el vuelo del grajo. Y ellos… ellos leen, dormitan. Los pasajeros son insensibles. Ayúdeme, por favor», rogó apretando con fuerza mi mano. Saqué la libreta apresuradamente y comencé a escribir todo lo que me fue dictando.

David Vivancos Allepuz

— 13 — !


Soledad Con el mango del bastón encendió Dª Soledad la luz del descansillo. Tiró con decisión de la puerta, echó la llave y la guardó en su monedero. Paso tras paso, corto uno, inseguro el otro, se dirigió hacia el ascensor y al llegar se situó frente a él. Allí se quedó, apoyada en sus tres piernas, hasta que se apagó la luz. En silencio, a oscuras, permaneció durante un tiempo indefinido. De repente, un relámpago la iluminó un instante de abajo a arriba. Levantó el dedo y lo situó junto al botón de llamada. Esperó atenta. Inmediatamente después de que se encendiera la flecha de bajada presionó el botón. También el interruptor de la luz. El ascensor se detuvo frente a ella. Abrió la puerta. —Hola, vecina. ¡Qué casualidad! ¿Cómo estás? Pues yo… Fíjate, el otro día…

Daniel González Cuesta

— 14 — !


El estorbo Cada noche se le aparece el fantasma de su abuela. La anciana va en pijama, bata y zapatillas de andar por casa, y sujeta una fregona en la mano. Su aspecto, a pesar de lo familiar del atuendo, es espectral. Se acerca al nieto y le dice con voz de otro mundo: «No me pises los fregaos». Luego suele desaparecer.

Pablo Garcinuño

— 15 — !


Una pareja muy joven Le ayudo a subirse al coche, primero el bastón y luego el resto de su cuerpo. Le abrocho el cinturón y nos ponemos en marcha. «Despacito que me mareo», me dice. Para templar los nervios me vuelve a relatar sus planes. «La llevaré al cine, a ver una película de vaqueros, nos sentaremos en la última fila y con suerte le podré robar un beso. A la salida, si consigo convencerla, iremos a una de esas hamburgueserías donde vais los jóvenes, aunque solo sea para que todos nos vean juntitos. De ahí, saldremos al jardín del centro comercial y me declararé. De hoy no pasa…». Es cerca de las taquillas cuando siento que su paso se acelera al distinguirla. Su hija la acompaña y sonríe, al igual que yo. Juntos, se estrechan las manos arrugadas y se despiden de nosotros como dos quinceañeros.

Nicolás Jarque

— 16 — !


Esa calle Desde que su mujer murió, esa calle siempre anda atrás del viejo. Donde quiera que esté, buscando mercadería en la feria o al lado del río con su caña o, incluso, al pie de su propia cama, gira la cabeza y la encuentra. No es la calle de su infancia ni en la que se enamoró. Tampoco aquella de la revolución, donde su sangre se derramó junto a la de tantos. Ni la que lo vio pasar, día tras día, año tras año, con su costal de herramientas al hombro. Ni la que tenía las veredas sembradas de margaritas. Librarse de su presencia le resulta imposible, no tiene ángeles ni demonios bailando sobre ella: no tiene historia. Esa calle es el paso del vacío que intenta darle alcance. Y la succión de su horizonte.

Patricia Nasello

— 17 — !


¿Quién eres? Que quién soy, me preguntas cada mañana. Y yo te enseño la foto, ya gastada, de la que era cuando nos conocimos. Tú miras la foto, me observas a mí, lo repites varias veces. Con cada vistazo quitas una capa de arrugas y de piel caída, cambias mis canas por una melena morena, me peinas con los rizos que he perdido, devuelves el brillo a mis ojos y el rojo a mis labios. La última vez que miras lo haces ya con otra luz y me preguntas ¿ésta eres tú, verdad? Y yo sé que un día más te has enamorado.

Ana Vidal

— 18 — !


Heroína Conozco a la vejez porque vino a compartir mi vida. Impresiona. Percibirla en movimiento es inaceptable, sin embargo, se sumerge en íntimos quebrantos que llevo con paciencia, tolerando. Es gestora de asuntos y portadora de recuerdos tardíos, pero cómplice de carcajadas que suelen ser, para algunos, objetos de burlas. Aún así la respeto como a una heroína. Tengo, no digo la seguridad, pero sí la sensación de ir comprendiéndola en las horas que acumulan días sin pausa. Se muestra muy fuerte en apariencia, semejante a la gélida quietud de una pieza de museo. Nos hemos mirado queriendo profanar silencios, y a veces siento curiosidad en saber por qué ella ya no quiere contestar preguntas. Es tentador tocar su mano y su cara y conocer de qué modo existe. Un día de mañana fresca, la saludaré amable y no demostraré furia en su estadía. La vejez es mi nueva heroína.

María Blanca Zelis

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Dos a uno en blanco y negro Las visitas transcurren con una amabilidad desconsolada, como de extraños; hasta que, justo antes de marcharme, cada día le pregunto por aquella alineación del Madrid, la que en nuestro recién estrenado primer televisor le ganó al Partizán la copa de Europa del 66. Una mueca casi infantil le enciende el rostro mientras enumera: Araquistáin; Pachín, De Felipe, Zoco; Sanchís; Pirri... Y en ese mínimo jirón de la memoria, mi padre y yo nos reconocemos.

Elisa de Armas

— 20 — !


La abuela La abuela vive en el ático de un edificio alto y viejo. El portero es un anciano simpático, ataviado con un traje de húsar y una chistera roja en la cabeza. Cuando voy a visitarla no puedo pararme en ningún piso. «Directo al ático», dice siempre la abuela. Yo le hago caso, pero algunos días el ascensor se detiene y abre sus puertas. Hoy se ha parado tres veces. En el primer piso sentí el azuzar de un látigo sobre la moqueta gastada, luego apareció un león decrépito que recorría inquieto el pasillo. En el segundo era de noche y un conejo blanco cojeaba, perseguido por un redoble de tambores; el mago permanecía inmóvil sobre su silla de ruedas. En el tercer piso los payasos, cercados por una pléyade de viejas equilibristas, lloraban. El ático tiene una terraza y sobre las cuerdas de tender se bambolea una carpa de colores. La abuela me hace palomitas y siempre me explica historias de cuando ella era trapecista: «la más famosa», me repite como si mañana partiera de gira hacia las capitales más importantes del mundo. Yo le digo: «cuéntame, abuela», y ella se pone su maillot blanco. Luego se aprieta el moño, entalca sus manos y vuela sobre las azoteas.

Xavier Blanco

— 21 — !


Tiempo —¿Qué haces aquí? —preguntó la muerte. —Me cansé de esperarte —respondió el anciano—. Vengo por ti.

Esteban Dublín

— 22 — !


El sol Cuando el ascensor paraba en el sexto piso, ahí estabas tú, escondido tras la puerta entreabierta. Tu sonrisa juguetona y desdentada y la barba blanca que siempre pinchaba conseguían cada tarde arrancarme una sonrisa cuando me dabas un beso. Con tu mano retorcida, sujetabas fuerte mi brazo para no perder el equilibrio, al tiempo que me ofrecías con la otra unos caramelos, siempre de naranja o de limón. Antes de salir, te pasabas varias veces el peine por los cuatro pelos rociados con tu colonia favorita y metías unas monedas en el bolsillo de la chaqueta, para los mendigos de nuestro recorrido habitual. No olvidabas torcer un poco el gesto ante el espejo de la entrada ensayando una sonrisa, la más hermosa que guardo en mi memoria. Abuelito, no habrá más salidas para ti, pero nunca olvidaré la alegría con que saludabas cada nuevo día.

Susana Revuelta

— 23 — !


Los libros en donde nos miramos La última vez que te vi, lector, tenías la mirada huraña y sé que me leíste por cierta obligación escolar, no quisiste entenderme y me denigraste con tus bostezos, te saltaste párrafos enteros y, por momentos, sólo le pusiste atención a mis dibujos. Pero te estuve esperando… tuvieron que pasar setenta años para que nuevamente leyeras mis palabras. Ahora se las recitas a tu pequeño nieto que, por culpa de sus padres, del juez y de abogados, sólo pueden estar juntos algunos fines de semana. Ahora se te rebalsan sin quererlo las lágrimas de zorro. Hoy sí me entiendes. Tu principito al fin te ha domesticado.

Juan Manuel Montes

— 24 — !


El tiempo sigue siendo un fluido circular Ayudar a ponerse unas chancletas a tu hijo pequeño, sucumbir ante la arbitrariedad de la memoria, que interpreta la acción como el acto reflejo de otra, ser succionado por el pasado como por una bomba centrífuga, encontrarse en una mañana de abril de algunos años antes, escuchar tu propia voz preguntando si quieres que te ayude, verte inmediatamente arrodillado ante unos pies huesudos y secos y trémulos, ayudar a ponerse unas zapatillas a tu abuelo, que morirá unas horas después en la misma cama de hospital en cuyo borde está sentado, comprender, de pronto, superando un agujero negro de tiempo, que aquel fue el momento más íntimo y más intenso que vivisteis los dos juntos. Sentir que fue una jodida maravilla.

Iván Teruel

— 25 — !


Persistencia Aún te deseo, denodadamente deseo volver a trepar a tu carne en carne viva, varar en tus oquedades, rozar tus huesos como yemas de prietos tallos, te deseo con rumor de rebosadero, comensal de tu piel de lava, de tu áster silvestre, aún me atormenta a zarpazos el deseo, bocana de mi puerto, te deseo aún, vivamente, desde las cenizas de esta urna.

Ángel Olgoso

— 26 — !


Amor Cuando días pasados encontré a Benjamín, me contó un hecho sorprendente, lleno de ternura. Tiempo atrás había estado con el ingeniero, al que hacía meses que no veíamos. Notó que sus brillantes ojos celestes estaban como apagados, más delgado, representaba más de los ochenta recién cumplidos, aunque mantenía la cordial sonrisa de siempre. El ingeniero le comentó que hacía un tiempo, su mujer había comenzado a olvidar cosas, confundir momentos presentes y pasados, y lo peor era que ya no lo reconocía; como conclusión, el médico indicó Alzheimer. Tenía que internarla en un geriátrico, pero no podía romper ese lazo de unión, lo ponía triste abandonarla. Fue entonces cuando Benjamín, emocionado, me dijo que el ingeniero en una actitud propia de su persona, en una verdadera historia de amor, vendió lo que tenía para internarse junto a ella y pasar así los últimos años de sus vidas.

Juan Santiago

— 27 — !


Milagro Cada noche, abrazados, bailan bordeando la pista. Él, tiradores y pantalón por encima de la ecuatorial cintura. Ella, zapatos con taco de tres. Indiferentes al ritmo, repiten siempre las mismas figuras. Bailan lentamente por el reciente ACV de él, los dos infartos de ella. Van ensimismados, los párpados bajos, como en una burbuja de líquido amniótico. Ella, quizás, esté bailando con este mismo hombre de hace varias décadas, codiciable y codiciado. Él acaso abrace a esta muchacha que todos pretendían. La música cesa unos segundos. Ambos miran alrededor, ausentes. Con las primeras notas vuelven a abrazarse para recuperar a aquel y a aquella que quedaron suspendidos en el aire. Los dos lo saben. Después vuelven a su mesa, se toman las manos, ahora sí se miran a los ojos. Sonríen, felices de tenerse porque el futuro, para ellos, es hoy.

Laura Nicastro

— 28 — !


To-tó Dolores era feliz, por fin, en el último cuarto de su vida, gracias a un prodigioso accidente cerebral, que, según el doctor Martos, «había hecho estragos en su área de Broca». Su juicio seguía siendo el mismo, pero había desaparecido esa acritud que marcó su vida, esa mueca desastrosa que labró en sus labios un gesto fino y apretado; de envidia, de genio, de rabia. Ahora se sentía joven, llena de vida, todo le parecía bonito y en su boca se dibujaba una sonrisa permanente. Desde aquel fatídico día en que se sintió morir, de su boca sólo salían dos sílabas: to–tó, moduladas y entonadas alegre y convenientemente según la ocasión. Sus hijos creían que había perdido la facultad de hablar, pero sólo ella sabía la verdad: Era feliz, no tenía nada más que decir.

Ester Nievas Molina (MA)

— 29 — !


Pasa la vida Descolgó el teléfono, cerró con llave la puerta, desconectó la televisión y el ordenador. Ya dispuesto a meterse bajo las sábanas para olvidar el año que se le venía encima, se quedó petrificado frente al espejo de pared que tenía frente a la cama. Un hombre con el pelo gris, arrugas en la cara y una sonrisa bondadosa le dijo: «Y no intentes escabullirte, que no te va a servir de nada».

Susana Pérez

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Pide un deseo El abuelo Manolo me contó cómo era enamorarse. Muy fácil: sólo tengo que ponerme sobre la tapa de una alcantarilla y cerrar los ojos al cielo. Me dijo que aguantara quieta y en silencio, con alguna cosa de la otra persona entre las manos, y que escuchara el agua bajo mis pies. Yo no estaba segura, pero le hice caso. El abuelo Manolo dice que así se hace de verdad, por dentro, sin pisar en suelo estable y sin mirar a cielo abierto.

Rubén Rojas Yedra

— 31 — !


El jardinero Pasa la mayor parte de su tiempo de viudo jubilado en el vivero que tiene en la azotea. Apenas despunta la mañana, sale de la cama y toma un baño que lo despereza. Mientras sorbe café negro sin azúcar, acecha el remanente de sueños que rondan su cabeza y los atrapa. Cuando no queda ninguno por recuperar, sube a la azotea y los planta en los recipientes que dejó serenando toda la noche. Los riega, los cuida, los mima. Algunas semanas después, cuando los sueños florecen, el anciano los cosecha y los ofrece a sus vecinos. Sobre todo a la señora del 28, que lo invita a caminar al bosque que tiene en su departamento.

José Manuel Ortiz Soto

— 32 — !


Vuelo de pájaros Noa escruta al abuelo con sus hipnotizantes ojos negros. Con los pies descalzos sobre la hierba, se aferra con fuerza a su mano, reconfortada por la seguridad de la curtida y áspera piel del anciano. A él le encanta contarle historias, y a ella le entusiasma escucharlas. Cuando Noa le pregunta cómo han llegado hasta esas tierras, el viejo le cuenta un relato, la narración de una aventura que da comienzo una fría mañana de octubre de hace ya casi treinta años, un viaje que se inicia desde el otro lado del charco. Fue entonces cuando una bandada de pájaros quiso emigrar hacia un lugar más cálido, pero sus patas habían echado raíces en las ramas de los árboles y éstos, a su vez, habían enraizado en el jardín de la casa, que estaba anclada a la tierra por sus cimientos, así que, cuando las aves se pusieron todas de acuerdo y aunaron sus fuerzas, echaron a volar al unísono y pájaros, árboles, jardín y casa surcaron los cielos, impulsados por el intenso batir de miles de alas. Cuando al fin encontraron un lugar en el que quedarse, suavemente depositaron allí toda su carga. Así fue como llegaron a aquellas tierras. Noa levanta la cabeza, observa la casa, el jardín, los árboles, los pájaros y el cielo. Abre en cruz sus brazos y, temerosa de echar a volar, se abraza fuerte a su abuelo.

Maite García de Vicuña

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El corazón no entiende de mojones Todas las tardes, antes de la puesta del sol, Gloria se cruza con Emilio. Ella camina hacia la iglesia a rezar las cuentas de su rosario. Él se dirige a la taberna a orar con sus chatos de vino. Cuando se trenzan sus miradas —dulces, tristes, silenciosas—, los corazones palpitan una danza desbocada y, aunque no se dicen nada, las sombras de sus almas —tercamente jóvenes— rumian las fiestas del Carmen de hace cincuenta años. Bailaron durante toda la noche y se enamoraron para siempre... pero las tierras de sus padres no lindaban.

Javier Ximens

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El producto más vendido de la sección Entradas considerables que son casi calvicie, surco de barba gris, barriguita cervecera, ombligo ancho orillado de pelos y muy poca flexibilidad. Si se les aprieta el pecho, liberan un lloro contenido. Adjuntamos dos accesorios: gafas de plástico y cigarrillo. En el asilo de ancianos, causan furor estos muñecos modelo bebé adulto.

Rubén Rojas Yedra

— 35 — !


El tiempo no perdona Habían pasado doscientos años, pero aquel pálido vampiro no se daba cuenta de que se estaba haciendo viejo. Como todas las noches, se miró en el espejo, pero no vio ni una sola arruga. Sacó sus colmillos postizos de aquel vaso de agua, y se fue a trabajar.

Antonio Martín Jiménez

— 36 — !


Hambre de gatos A la puerta de la cafetería, un viejo vagabundo se sienta en la acera; con sus harapos mugrientos, esconde sus ojos en la maraña de pelo cano. Toca un pequeño acordeón de fuelle y un gatito se acurruca en su regazo, como si sólo fuera capaz de dormir con esa nana arrugada y afónica. A veces, el minino se mete en el sombrero donde caen las limosnas, pero el viejo lo saca con paciencia de allí y lo devuelve al calor de su cuerpo. El viejo parece alimentarse con el olor del café que sale por la puerta, las ventanas nasales se le dilatan, olisquea con los ojos cerrados. Comparte un bollo con el cachorrillo, que se lleva siempre los mejores bocados, excepto cuando la abuela deja a sus pies una lata de comida para gatos: en cuanto ve que ella desaparece tras la esquina, el viejo se zampa entera semejante delicatessen. Sólo añora el pan para extender el paté.

Purificación Menaya

— 37 — !


Las abuelas ciegas Todas las tardes se reúnen alrededor de la misma mesa camilla. Juntas suman varios siglos. Han sobrevivido a dos guerras y a cinco maridos. Tienen nueve hijos y diecisiete nietos. María fue la primera en perder la vista. Fueron unas fiebres. Eso dijeron. Años después Sofía tuvo aquel accidente. Y una semana más tarde Sofía se cayó por las escaleras con la misma mala suerte. Al menos, eso les dijo a todos. Lo que más le cuesta es ver cómo María sirve el café calculando con el dedo dentro de la taza. Pero es ella la que tiene más experiencia.

Mar González Mena

— 38 — !


De olores de la memoria —Ya huele a higos maduros —dice el ciego—. Pronto vendrán las primeras tormentas. Sentado en el banco de granito junto a la iglesia, nadie le responde, porque no hay nadie para responderle. Aún con la boina encasquetada, su piel busca las primeras sombras aliviadoras de la mañana. Dos gorriones, acostumbrados a sus horas, le picotean restos de comida en los zapatos. —Ayer no llegó ningún tren… —especula el viejo con los gorriones. Las nubes, cada vez más grises, se buscan para agruparse de cara a la tarde, cuando tienen previsto descargar. El ciego las escucha, huele el aire, mira al norte y pregunta a la inexistente concurrencia: —¿Quién va a recoger los higos este año? Arriba, en la vieja estación abandonada, un golpe de aire parte la última higuera marchita que quedaba en pie.

Fran Rubio

— 39 — !


Encajar una vida El golpeteo rítmico de los bolillos de boj quiebra el silencio. Trenzados, torsiones, enlaces que siguen a otros pariendo encajes. Un fugaz instante y todo se congela: descubre sus manos como si fueran de otro, ajenas a su cuerpo. Las venas hinchadas, las manchas de la vejez que todo lo cubren, las uñas abultadas sin laca que las adorne, las arrugas en sus pliegues, reflejo de las que surcan su rostro. ¿Cuándo dejaron de ser sus manos de niña? ¿Añorarán el peso de un anillo en su corazón, el tacto de algún cuerpo, la tibieza de la carne? ¿Les permitió desanudar hebras que ataban, descansar acompañadas en almohadas de plumas, desnudar otro tipo de encaje? ¿Fueron ellas mismas o siguieron patrones cuyo dibujo no era el soñado, con alfileres clavados en su vientre, su vida atrapada en un bucle impuesto por convenciones? Respira hondo. Quizá no sea demasiado tarde.

Gema Bocardo

— 40 — !


Brotan jazmines La espalda es un camino donde cada parada es una luz de recuerdos. Torpes y lentos movimientos de mis manos acarician su piel. Las pecas, cada vez más numerosas, son esquivas al débil pulso. Aparto con suavidad la canosa cabellera, liberando los jazmines que brotan de su cuello. Suelto besos con mis ancianos labios, apretando su cuerpo con mis mermadas fuerzas. Agradezco sus manos que guían las mías para rodearla. Somos uno latiendo juntos, en espera del acogedor sueño.

Luis Héctor Gerbaldo

— 41 — !


El mejor paisaje del mundo Sobre un banco de la plaza, dos ancianos miran el atardecer. Ella recuesta lentamente su cabeza sobre el hombro de ĂŠl; mientras ambos se aprietan fuertemente las manos. Desde el otro lado del globo, el sol observa el mejor paisaje del mundo.

Juan Manuel Montes

— 42 — !


Tu reflejo en el agua Cada sábado a las cinco de la tarde me siento en uno de los bancos que rodea la fuente, nuestra fuente. El sonido del agua se cuela entre mis palabras mientras te cuento cómo ha ido la semana, los problemas de Susi para encontrar trabajo y las historias de Juan, el pequeño, que parece que por fin se nos ha enamorado. Mientras miro las flores, me apunto mentalmente que tengo que regar los geranios de la terraza. Y sigo hablando, en voz baja, casi un susurro que sólo tú puedes escuchar entre el chapoteo del agua. Te quiero como el primer día, como cuando nos sentábamos aquí con tu hermana en el banco de al lado. Como cuando traíamos a los niños a jugar en el parque. Como cuando empujaba tu silla hasta el borde y tocabas el agua con los dedos. Como cuando te convertiste en reflejo... Antes de irme, sumerjo mi mano en la fuente, te acaricio y, llevándome los dedos a los labios, me despido con un beso.

Mar González Mena

— 43 — !


Subir abajo Un niño muy pequeño aprende hoy a subir solo y erguido las escaleras que llevan a la segunda planta. Siente miedo, pero también un ansia voraz de escalar. Eleva su piernecita derecha hasta el primer peldaño. La izquierda, titubeando, secunda el movimiento. Temeroso aún, amaga ya unos pasos sin apoyar las manos en la pared. La pértiga imaginaria de un equilibrista es su aliada secreta. Se demora en los escalones centrales y después, un poco más ligero, zigzaguea como los cortafuegos que recorren las laderas. Al fin, arriba, abrumado por el vértigo del retorno, lo gana una alegría breve e insólita, y de pronto está bajando, es ya un viejo que se enfrenta al peligro de la escalera con torpeza y agitación, enhebrando cuidadosamente cada paso, como cuando era un niño muy pequeño.

Ángel Olgoso

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Etapas Una imagen en el espejo. Los faldones de la abuela tendidos en el cordel del tendedero. Mamá hurgándose la nariz. Tres deseos cumplidos. Un cuarto por llegar. La familia aumenta hasta dos. Mamá ya no es la mayor. Papá aún no ha nacido. La abuela va creciendo con lentitud, dice que lo hace por dentro y fuera. El abuelo es más tosco, creció a trompicones. Una botella de agua vacía. El huerto labrado con azada. Los bordados de la abuela expuestos como cuadros. Dos palabras conectadas con las que dicen: te quiero. Un amor primaveral, junto a la bitácora en el estante. Ayer fue lunes. Hoy es viernes. Muchos meses pasaron, y ahora con prudencia los niños crecieron. Palomas al vuelo que aletean. Viento que hace sonar las campanas. Ojos emotivos de hombres dichosos. No hay vuelta de hoja. El otoño precede al invierno. La primavera volverá dentro sin arrugas.

Francisco Manuel Marcos Roldán

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Las abuelas ciegas Se subían a los tejados, hacia las dos o las tres de la madrugada y esperaban

la

lluvia. Elevaban

la

mirada

hueca

hacia

el

cielo, imaginando el resplandor. Al oír la algarabía de los niños en la plaza, gritando: ¡ya viene, ya viene!, alzaban las manos, palpando el aire, intentando atrapar una estrella de las miles que caían. Cuando el silencio llenaba la plaza, bajaban resignadas los brazos, descendían de los tejados y volvían a sus casas. Cada vez quedaban menos abuelas que creyeran en aquel milagro de agosto que le devolvió la vista a Palmira.

Ana Blanco

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La despedida de papá Mamá acababa de morir y viajamos con mi hermana a acompañar a papá unos días en su casa. ¡Tantos recuerdos de mamá y en cada recuerdo él siempre presente, tan comprensivo y paciente, siempre pendiente de ella y ahora se quedaba solo. Pero teníamos que regresar, así que decidimos prepararle su plato preferido: macarrones con anchoas; el mismo que mamá le preparaba para complacerlo: ¡sería toda una sorpresa! Nos reunimos y preparamos la receta. Lo invitamos a pasar a la mesa y le servimos. Saboreamos apetitosamente la comida en espera de su gesto de aprobación, pero de pronto lo sorprendimos mirando el plato con fastidio. Un silencio grave invadió la mesa. Lo miramos desconcertadas. Antes de que alcanzáramos a preguntarle qué le sucedía nos dijo apenado: —¡Discúlpenme, por favor! Nunca le dije a mamá que esta comida no me gustaba, nunca le dije…

Patricia Jiménez (Mariposa)

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Somos novios Se besaron, apuraron sus copas y agarrados de la mano se sentaron a escuchar su canción favorita. La aguja acariciaba los surcos y la música invadía el salón: «Somos novios pues los dos sentimos mutuo amor profundo...». Volvieron a mirarse y sonrieron, estaba escrita para ellos: «Somos novios mantenemos un cariño limpio y puro...». La copa de Isabel cayó a la alfombra y al instante la de Carlos tuvo el mismo destino. Después de cincuenta años juntos, habían encontrado la unión eterna: «Para darnos el más dulce de los besos... Sin hacer más comentarios, somos novios».

Miguel Ángel Molina

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Manos que ven Una eterna tarde de verano. Subimos la callejuela de este pueblo blanco y calmo del sur cogidos de la mano. En la esquina, tres ancianas a la sombra, absortas en sus labores de costura, indiferentes a la indiferencia de los turistas. Unas sillas de anea, una pequeña radio, unos geranios, un bisbiseo, unas aspidistras. Ella sólo ve los vestidos negros, las infinitas arrugas de la piel. Quisiera decirle que forman un aparte con el tiempo, con el mundo, que la inmemorial habilidad de sus dedos es una manifestación de lo sagrado, que esos movimientos tienen algo de arácnido, de inconmovible y que no prevén el desconsuelo cuando urden los destinos. Quisiera decirle que mientras una hila, otra devana y la última corta la hebra de la vida de los hombres.

Ángel Olgoso

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El estorbo Amparo La abuela Geltru venía a casa con el mal tiempo. Le dejábamos un cajón libre y cuatro perchas en nuestro armario. Lena y yo nos peleábamos por dormir con ella, pero siempre ganaba Lena, con su cama de hermana mayor. La abuela sabía espantar ogros y fantasmas… Cada noche, con los ojos cerrados, descubríamos un reino de princesas, un lago de cisnes voladores, un pueblo de casas de chocolate o un bosque sin lobo. Pasados los hielos, la abuela regresaba al pueblo. Mamá insistía en que se quedara hasta bien entrada la primavera, pero ella nos abrazaba muy fuerte, y se despedía con su adivinanza: «Sólo le pido que me lleve con Él, antes de convertirme en un estorbo para vosotros».

Amparo Martínez Alonso

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Juego absurdo Dos jubilados de Abioncillo de Calatañazor (en Soria) llevan cuatro años jugando la misma partida de tres en raya. Empiezan temprano, a eso de las nueve, y hacen un parón al mediodía para tomar un chato de vino y comer. A las ocho y media de la tarde lo dejan hasta el día siguiente, cuando volverán a verse las caras esperando que su contrincante falle. Bernardo Quirós Romero, de 78 años, ocupa el espacio central, mientras que Paco Rodríguez Caso, de 81, se mueve por las casillas de la periferia tras realizar en noviembre de 2006, como primer movimiento, la clásica apertura francesa. Si alguien les pregunta por qué no dejan esa absurda partida, Bernardo suele responder que en algo hay que matar el tiempo. A lo que Paco añade: «Qué tendrán que ver los cojones para comer trigo».

Pablo Garcinuño

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El laberinto de los días Lucas llegó hasta detrás de la casa, en otro tiempo, en el patio, hubo un laberinto. Hoy, cuarenta años después, no es más que un manglar de maleza suelta. Se sentó en el pórtico igual que durante todas esas tardes cuando esperaba que sus dos hermanos al fin regresaran y miró al jardín como solía hacerlo. Recordó a su hermana Clarisa corriendo alrededor del aljibe, dejando que los lazos de su pelo la siguieran serpenteando el aire. Detrás de un árbol su otro hermano, Jorge, le gritó que lo esperara, que ahora iba. Ambos se metieron corriendo al laberinto. Tardaron mucho tiempo en encontrar la salida. Afuera los recibió Lucas, vestido de gorra y de bastón, les sonrió y les dijo: «Me hubiesen dicho que iban a tardar tanto y me iba a jugar con ustedes».

Juan Manuel Montes

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La sinopsis del tuco Ponerse a pensar que un plato de pastas responde a la ecuación Drake es mucho. Abordar una reflexión existencialista mediante el tuco para los ravioles es más que barroco. ¿Quién se imagina parado frente a la olla con agua caliente mientras cuestiona qué es la vida? Espero que una necesidad tan doméstica repare en la mayoría de ustedes, porque imagino el tramado de funciones y sinapsis en nuestro cerebro. Todavía tengo que aprender mucho. Revuelvo el tuco con la cuchara de madera y vuelvo a la olla con agua hirviendo: hay una célula de aceite en el medio, que lucha para apartarse y no diluirse. Una propiedad simple entre los líquidos. Darse cuenta de que el constante poder de la insistencia forjó la naturaleza es una primera conclusión mágica. Con voz alta digo que el aceite está vivo y que rechaza al agua: mínimas y constantes prioridades en los elementos que nos constituyen, recuerdan que la simpleza es la base de un todo. Y que una gota de aceite en el agua caliente es la prueba contundente de que la vida nunca se va a detener. Pruebo el tuco. Ya está.

Cristian Cano

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Inercia Cuando llegó a la oficina, notó que un compañero se dio vuelta a mirarlo y dos secretarias cuchichearon algo a su paso. Comprobó que sus zapatos eran del mismo par, los calcetines de idéntico color y que no llevaba puesto su suéter al revés. Y se enfrascó en su trabajo. Recién al mediodía un cadete se atrevió a preguntarle, con todo respeto, qué hacía ahí sentado el primer lunes libre después de su retiro.

Mónica Brasca

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Engaño «¿Te das cuenta, Carlitos? La “a” se escribe así, con determinación y con un rabito un poco más largo. Mañana, si me encuentro lúcido, probaremos con la “e”. A este paso tu profesor ese, que ahora no me acuerdo cómo se llama, te va a felicitar». El niño que lo miraba con alegría solo asentía con la cabeza mientras buscaba la aprobación de sus papás, que sonreían encantados por su buen trabajo con el abuelo.

Nicolás Jarque

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Nocturnidad Ocurrió el martes por la noche. Había dejado de llover y se escuchaba el agua de la fuente. Todos los bancos de la plaza estaban vacíos, menos uno en el que un viejo con Alzheimer daba de comer a los pájaros a la hora equivocada. Una paloma con insomnio picoteaba feliz las migas de pan.

Alberto Martín (Niñocactus)

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La última musa Llegaba antes de que el sol comenzara a calentar las sombras de los árboles, y se sentaba en una banca alrededor de la fuente de la Madona. Para algunos era un loco inofensivo; para otros, un extraño detenido en el tiempo. Pero no lo era para las ardillas que le caminaban encima como por un árbol; tampoco para los esquivos y juguetones colibríes que aleteaban ante su pelo largo y enredado. Y menos para las confianzudas lagartijas que se aventuraban dentro del costal de lona que traía siempre con él. Desde su informe base de mármol, sucia y enlamada, sólo la vieja estatua sabía que el anciano estaba ahí por ella. Que el otrora joven escultor, aguardaba el último lapso de inspiración que le permitiera concluir su obra. Después podría partir en paz.

José Manuel Ortiz Soto

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Es el mar —Es el mar, mamá —dije. Ella no me miró. Contemplaba a la gente que paseaba por la orilla, a los niños que jugaban en la arena. Miraba al mar. Yo permanecí sentado a su lado, en silencio. Coloqué bien el sombrero de paja que le cubría la cabeza. Puse mi mano sobre la suya. Sentía la arena caliente bajo mis pies descalzos, pero no quería moverme. No ahora, cuando todo parecía estar en calma. —Hemos estado aquí antes —dijo ella. —Sí, mamá. —No me interrumpas —dijo, agitando su mano artrítica como si fuera un bastón de mando—. Hemos estado aquí antes. Lo recuerdo. Recuerdo el mar. Recuerdo esta playa. ¿Por qué? ¿Por qué recuerdo todo esto y no soy capaz de recordar quién eres? —No lo sé, mamá —respondí, y miré de nuevo al mar para que no pudiera ver mis ojos.

Santiago Eximeno

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El baile Me pide que doble su vestido negro y me da las gracias cuando lo hago. «Lo voy a poner mañana» —afirma sonriendo—, y parece que todos sus problemas han terminado al verlo cuidadosamente doblado sobre la silla. «Mañana iré con tu abuelo a bailar», y su cara se ilumina mientras sus dedos se pierden entre las correas que la sujetan a la cama.

Yolanda Nava

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Dolorosa realidad Esta mañana me levanté temprano, hace unas noches que no duermo bien, se me vienen pensamientos a la cabeza, pero no estoy seguro si fue un sueño o es parte de mi pasado. Se me ocurre mirar fotos para ver si puedo esclarecer esto que me pasa, hace tiempo quiero hacerlo. Busco y miro, una y otra, hasta encontrarla, en un momento entre mis manos temblorosas la sostengo y encuentro las respuestas a todas mis preguntas, me siento mareado, me ahoga el llanto contenido y aprieto la imagen contra mi pecho para no mojarla con mis lágrimas. Esto pasó, es verdad, pero no puedo recordarlo, me cuesta recordar. Cuánto duele esta realidad. Siento los pasos de Dora entrando al comedor, me da un abrazo fuerte y llora conmigo. Sus caricias en mi cabeza tampoco me devuelven los recuerdos, abrazándola le digo: me siento viejo Dorita, muy viejo.

Claudia Cosenzo

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En compañía Cada mañana se levanta, se viste y sale a comprar el periódico. Después en el bar de siempre desayuna un café, comenta los titulares con el camarero y se marcha a buscar alguna obra. Le encanta observar cómo las grúas crean de la nada esas moles de viviendas, pero sobre todo le gusta discutir con sus compañeros de valla los aspectos técnicos de cada construcción. Al mediodía vuelve al bar y toma algún tentempié, mientras charla con sus vecinos de mesa. Por la tarde se sienta en el banco de la plaza e intenta arreglar el mundo. Al anochecer vuelve resignado a la soledad de su casa, toma leche o una pieza de fruta y hace tiempo hasta acostarse. Entonces con un «hasta mañana» se despide de los extraños que le acompañan. Alguna vez su nuera, otras su hijo, las menos su nieto, le responden con las mismas palabras.

Miguel Ángel Molina

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Desafortunada en amores Siempre has sido un cobarde. Mira que despedirte así, después de treinta años. ¡Una nota sujeta al frigorífico con los imanes que compramos en Palma! Mientras la hago una bola y la tiro a la basura decido prepararme un café bien cargado y una tostada de ese pan de miga blanca y apretada que tanto me gusta con un buen hilo de aceite de oliva. Ya aprovecho, que hoy viene tu hija con los niños a comer, y dejo listo el refrito del arroz: cebolla picadita y dorada, pimiento verde, ajo y dos tomates del huerto de Almudena, de caldo espeso y dulzón, humean en el perol y funden los aromas. Me retoco los labios y salgo a ver qué tiene a buen precio el pescadero y a comprarme el cupón de los ciegos. ¿Sabes qué? Hoy, seguro que me toca.

Elisa de Armas

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En el entierro del mago Paquita, más conocida como Sheila desde hacía ya cerca de sesenta años, pidió que abrieran el ataúd. Una vida entera compartiendo cama y camerino, plato y plató, y ahora quería verle por última vez. Todo el mundo pudo verlo: allí estaba su viejo escapista, completamente muerto, listo para ser enterrado. Ella le contempló a través de las lágrimas, bajó la cabeza, y unos brazos amigos la ayudaron a retirarse. Volvieron a cerrar. «¡Un momento!», gritó Sheila con una voz de otra época. Se zafó de quienes la sujetaban y caminando con esos pasos que sólo se utilizan sobre un escenario se acercó de nuevo a la caja. Agitó su mano en el aire un instante y rozó luego el ataúd con un ademán especial. Se giró hacia los presentes, hizo una reverencia y sonriendo abrió la tapa.

Daniel González Cuesta

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Resistencia Lleva así unas dos horas. Con sus gritos desesperados nos hace temblar, pero es que está dando unos golpes tremendos, parece mentira, que ya tengo los huesos desencajados. Y es que hemos tenido que sentarnos sobre la tapa del ataúd. Siempre ha sido muy nerviosa la difunta abuela.

Rubén Rojas Yedra

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Pacto Ella lloró por el fallecimiento de la muerte, tenía un pacto de vida a cambio de su alma. Han pasado novecientos años y no puso en el contrato que deseaba vivir sin envejecer.

Alberto Benza

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Interés La historia fuera de los cristales y ventanales. La historia con el transcurrir del viento lugareño, de acá, muy de acá. La historia en el bolsillo de una campera ajada, en las telarañas de ese conocido rincón del techo, en cartas que de joven guardaste, impregnadas en olores de chico, en los jóvenes corajes y las viejas reflexiones. La historia en fotos y dichos, en promesas y olvidos, en débiles dedos pasados y fuertes dedos allá. La historia discordia en porciones de torta dulce, de olor a masita en las patillas, de sí, de tal vez. Segmentos de película que ya no importan pero que guardan todo para el que pregunta y se interesa, en las manos grietas, en incisivas miradas que quedaron grabadas, en habladas por lo bajito en el mate de la mañana. La historia bien guardada de ese viejo, que aguarda esperando que alguien revuelva el alimento de su final. La historia espera historia, y que también la sean.

Cristian Cano

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Camino de vuelta Aurora desanda cada día un trozo del camino. Unos días son llanuras en las que desaparecen los nombres de sus nietos, el día de su cumpleaños y saber quién es esa que la mira desde el otro lado del espejo. Otros días camina por picos escarpados y le cuesta olvidar el sabor del dulce de leche, el tacto del pelo de mamá o el olor de los jazmines en verano.

Ana Vidal

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En el geriátrico (Carta a los reyes magos) Para el Marcelino unos hijos, aunque vivan lejos y sólo puedan venir a visitarlo los domingos alternos. Que le acaricien las mejillas y le regalen recuerdos. Muchos recuerdos. A la Manuela unos ojos azules para que pueda ver el mar. También el cielo. Un corazón al Eulogio y una caja de mariposas para el estómago. Que la vida lo trató muy mal. Calmantes para atenuar tanta soledad. Y besos. Eso para todos. A mí una peluca azul y una nariz de payaso, para sacarle una risa a la Rosario. Grande, una risa grande. Que nunca lo consigo. Eso es todo.

Xavier Blanco

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21 de abril Al viejo marino borracho y blasfemo, al espantajo de barba hirsuta y ojos sanguíneos, al indecente que mea en las esquinas e insulta a todos, a ese energúmeno monstruoso y salaz, hoy lo vi llegando al cementerio con un ramito de flores. Iba muy serio él. Y se había peinado con gomina.

Pablo Gonz

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Su nombre ¿Cómo se llamaba? Mientras hacía esta pregunta a la nada, mi madre alzó la mirada hacia el aséptico techo de la habitación en busca de la respuesta. Permaneció absorta mirando el cielo raso unos intensos minutos. Luego dirigió su incrédula mirada hacia mí, sentada a su lado en silencio. Desvié la vista de su rostro indiferente para ocultar las lágrimas, aunque ella ya no recordara qué son ni qué significan. Mis manos sujetaban las suyas, inertes y olvidadas en su regazo. ¿Cómo se llamaba? Insistió. Pero yo no supe cómo decirle que se estaba buscando a sí misma.

Elena Casero

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Dignidad y justicia Silencio en la sala; se palpa la tensión del asunto a tratar entre los asistentes. Ochenta años de sufrimiento y de búsqueda, reclamando un dónde que no llega. Y justo ahora, al final de su camino, las fuerzas le flaquean. Será por las dudas y la desconfianza hacia el sistema; será por su dolor. Frente al tribunal y de su acallada boca, un hilo de voz, de pena infinita, agoniza. A duras penas consigue liberar un montón de tierra procedente de las decenas de cunetas recorridas y no investigadas. Los huesos de sus padres todavía yacen ahí fuera.

David Moreno

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Viejo general Odia perder. No soporta que su rival cierre la partida colocando la última ficha del dominó. Le enerva que le superen a puntos en cualquier juego de cartas. No está acostumbrado. Eso es todo. Por ello el viejo general prefiere retirarse a su habitación y contemplar la vida a través de la ventana. Siempre había disfrutado viendo caer agonizantes las gotas de agua en el cristal hasta desaparecer por completo. Pero el tiempo de las lluvias acabó.

Raúl Garcés

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Fotogramas Cuando despertó, se vio entre los barrotes de una cuna. En las manos, pequeñas y sonrosadas, sostenía un sonajero; lo agitaba dibujando líneas invisibles en el aire. Así estuvo un tiempo indeterminado hasta que se durmió con una sonrisa en la boca y la baba discurriendo por las comisuras labiales. Cuando despertó, se vio ahora los dedos de la mano entrelazados a los de una mujer. Lucían anillo de prometidos. La sensación era tan agradable que no quiso casi ni abrir los ojos y se volvió a dormir hipnotizado por el baile de mariposas enamoradas. Cuando despertó esta vez se vio agarrando la mano de un niño. Iban camino a la escuela. En un primer momento la angustia le impedía respirar con normalidad; se relajó al despedirse éste con un tierno adiós, papá. Un escalofrío después, volvió a dormirse. Cuando despertó, se vio apoyado en los barrotes de una cama. En la piel de las manos, acartonadas, las venas trazaban líneas sinuosas. Sobre el suelo un bastón aún temblaba recién caído. Sintió angustia y quiso dormir rápido para olvidar esto último mientras un hilillo de baba asomaba sin control por las comisuras labiales. Cuando despertó, el bastón seguía allí.

David Moreno

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Tris, tras Vino de la mano del siglo XX en una tierra árida y seca que siempre dio más pena que trigo, envuelto en lienzos negros por el padre que no le vio nacer. Le llamaron Tristán para que la pena no se esfumara. Pronto le salió una boina negra en la cabeza que apenas se quitaba para dormir y para entrar en la iglesia como un buen parroquiano. Siempre tuvo mucho carácter, el que le dejaba la abuela, capaz de derramarle un plato de sopa caliente sobre los pantalones sin permitirle rechistar. Cuando ya no soportaba el peso de la vida, empezó a encorvarse, le compraron un bastón para mantenerse erguido, pero él lo iba cortando poco a poco hasta que solo veía el suelo y no el cielo y decidió retirarse como vino, sin aspavientos, sin ruido... tris, tras, ni lo ves ni lo verás al abuelo Tristán.

Esperanza Temprano

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Trastos viejos Cansados de llevarlo de una habitación a otra, decidieron subirlo al desván. Allí no estaría peor, pensó, pero la humedad le vendría fatal para la artrosis.

Ernesto Ortega Garrido

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Alzheimer Cada día conozco a gente nueva.

Alberto Benza

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AGRADECIMIENTOS 20:13 editores quiere expresar su agradecimiento a todas las personas que contribuyeron a la realización de esta obra, en especial a los autores de los textos y a quienes prestaron su voz a este proyecto: PURI MENAYA, ANA VIDAL, MAR GONZÁLEZ, ROLO VALDIVIA y ALVARO MORGAN. Este audiolibro* fue producido en Chile por Estudio Malva. Año 2014. El registro de la propiedad intelectual de los textos es responsabilidad de cada uno de los autores

participantes.

A

ellos

corresponden

los

respectivos

copyrights.

*Para escuchar y descargar Viejos amigos (Una aproximación al mundo de la vejez) visita: https://soundcloud.com/pablogonz2/viejos-amigos-una-aproximaci-n (Nota Internacional Microcuentista) — 77 — !


Viejos amigos, una aproximación literaria al mundo de la vejes, es una antología a cargo de Pablo Gonz. Internacional Microcuentista, revista de microrrelatos y otras brevedades. Comité Editorial: Martín Gardella (Argentina), Esteban Dublín (Colombia), Víctor Lorenzo (España), Fernando Sánchez (España), José Manuel Ortiz Soto (México) y Rony Vásquez Guevara (Perú) Publicación no venal para descarga gratuita desde Internet, con el propósito de difundir la obra de los autores. En la web: http://revistamicrorrelatos.blogspot.com En Facebook: Internacional Microcuentista - En Twitter: @Imicrocuentista Contacto: microcuentista@gmail.com © 2014, Pablo Gonz. Diseño: Comité Editorial de Internacional Microcuentista. Antólogo: Pablo Gonz. Prohibida su comercialización.

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Viejos amigos  

Una aproximación literaria al mundo de la vejez

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