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colaboración Examen final DAvID vELA MONGE

#276 jun 2019

Nuestros Pueblos

C O N

F I R M A

Por fin termina el curso escolar ¡Qué descanso! Las aceras quedarán libres de mocosos arrastrando mochilas o montados en patinetes, acompañados de adultos también en patinetes; de niños que se dan la vuelta en mitad de un paso de cebra; de tíos como torres de altos que fuman a escondidas (no sólo tabaco) y van de la mano de los padres ¡no sea que se pierdan! Las carreteras se despejarán de maleducados con prisas que descargan a la prole donde les viene en gana. ¡Pronto les veré por última vez con las notas en la mano hasta septiembre! Desaparecerán: sus padres se los quitarán de en medio. Los mismos que los llevan de la manita a cien metros de casa los mandarán a trescientos kilómetros, a una comuna que llaman campamento y al cuidado de unos monitores adolescentes. ¡Sin comentarios, que me caliento! No cabe duda que hay padres más irresponsables que los hijos. Recuerdo con añoranza el último día de clase cuando recibía las notas y al abrirlas veía reflejado, en los resultados finales, todo un año de esfuerzo y dedicación.

¡Cada comienzo de curso me invadía una sensación extraña: este va a ser mi año! Libros impecables, con olor a conocimiento, un cuaderno para cada asignatura y unas ansias de aprender que hasta a mí me daban escalofríos. A mediados de octubre los libros seguían impecables sobre el escritorio y el cuaderno, en singular, era un batiburrillo de apuntes sin sentido. Mi interés por el curso era efímero. Me lo tomaba como un partido de Roland Garros a cinco sets. Aprobando tres evaluaciones pasaba de ronda. Si no era así, siempre me quedaba la muerte súbita de la recuperación.

Las mañanas en clase eran llevaderas: dos horitas con asignaturas, recreo, gimnasia, otra hora y a comer. Las tardes, en cambio, eran soporíferas. Yo en el aula pedía ventana, como en los aviones y trenes, para observar el paisaje cuando el pasaje no merece atención. Los días de sol, el calorcillo templaba el cristal. Eso me hacía entrar en un estado de letargo. Las palabras, que hacía rato había dejado de comprender, tornaban en un zumbido que daba paso al silencio. Entonces ponía en mi cara el salvapantallas de mostrar interés, clavaba el codo en mitad del pupitre, metía la nariz entre el índice y el dedo medio, que actuaban a modo de percha y, como quien no quería la cosa, entraba en un duermevela muy rico.

¡Los exámenes eran un suplicio! A la altura de semana santa llevaba ya el partido en contra. Los preparaba con antelación. Dejaba el libro unos días antes en la mesilla y el mismo día del examen me pegaba el madrugón. Ponía el despertador una hora antes de lo habitual. Comenzaba a estudiar. La ansiedad me podía; el texto no me entraba, todo eran dudas, decidía relajarme y me volvía a dormir. ¡A los exámenes había que acudir despejado y tranquilo! Luego, en clase, escudriñaba las preguntas con la esperanza de darles respuesta: esta no, esta tampoco, esta parece… ¡Total, cateado!

A final de curso, cuando recibía las notas, todavía me extrañaba de los resultados. Miraba a mis compañeros, señalando las notas con cara de disconformidad, diciendo: ¡no me lo explico, chico! Como último recurso, siempre podía echar la culpa a la de la mochila azul que me dejó gran inquietud y bajas calificaciones. Cuando terminé la EGB sentí una sensación de libertad enorme (años más tarde la volví a sentir cuando terminé el servicio militar). Se acabaron los horarios y exámenes. ¡Ignorante de mí: llevo treinta años preso del reloj y pasando exámenes diarios en el trabajo y en la vida!

Mi error fue tomarme la enseñanza como una obligación cuando al conocimiento hay que ir libre ¡Jugué el partido y lo perdí! Nunca abandones la pista: algún día la bola de partido será tuya.

PD: En el viaje de fin de curso fui el chico mas envidiado. ¡Era el único que podía entrar en las discotecas sin problemas!

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NUESTROS PUEBLOS, Junio 2019  

Revista "Nuestros Pueblos", número 276. Junio 2019

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