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CARGADORES DE LIGURE ALFREDO GUTTERO Increíble lo sucedido aquella vez. Fue la primera vez que asistí al bello puerto de mi aldea. Me acuerdo como si hubiese sido hace exactamente treinta y cuatro años atrás. Era apenas un pimpollo de Dalila floreciendo al compás del tiempo, transcurriendo en el frío y húmedo clima de aquel inolvidable otoño. Es muy raro como con treinta y cinco años, tengo la capacidad psíquica para recordar aquella asombrosa aventura que con tan solo un año tuve la oportunidad de protagonizar, dejando en mi una huella, una marca, un “algo” que hoy en día recuerdo con algo de nostalgia. Muchas cosas novedosas habían pasado en aquel puerto tan pintoresco y colorido que tiene nuestra ciudad. Los cargadores trabajaban acompañados por el sudor y azotados por el extenuante dolor y cansancio que produce tal ardua y cansadora tarea como es la de trasladar varias bolsas de diversos granos que luego serán comercializados en las tiendas del mercado y para, también, alimentar a las aves y animales que forman parte de esta metrópolis. Yo apenas divisaba con mis ojos recién amanecidos por el fino resplandor del sol que accionaba sobre mi rostro produciendo que se me contraigan un par de facciones en mi cara y que aquella tez tan blanca como el algodón y tan suave como la seda se ruborice, uno vaya a saber porque y empiece a arrugarse con pequeñas muecas y marcas de expresión que iba produciendo paulatinamente, un par de movimientos que me animaban a sonreír con mi primer incisivo robando la atención de más de un trabajador o aldeano que caminaba por allí. Me acuerdo como envuelto en una manta tejida por mi madre durante los nueve meces que me encontraba dentro de ella, me acurrucaba mientras era sostenido por esos brazos fuertes y distribuidores de seguridad y protección. Allí estaba resguardado de todo, por la fuerza sobrenatural más inquebrantable que existe: el amor de una madre a un hijo. Mientras yo me encontraba allí, desorientado, sin saber hacia dónde focalizar la vista, un hombre ajeno a lo cotidiano se acerca y pasa sobre mi piel de una manera muy suave y cariñosa su dedo índice, algo sucio por restos de carbón. Esa caricia produjo en mí una sensación tan confortable que es el día de hoy, que siempre que voy al puerto, paso por la pescadería de Jorge y lo saludo, y como si fuese el primer día, él con las manos engrasadas por los pescados que vende, me hace sentir el mismo sentimiento que experimenté tantos abriles atrás. Santiago Gutierrez 1ro A Bachiller en Arte- Artes Visuales

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