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Cuadernos de biblioteca

Premios Goya 2012


Premios Goya

2012


Cuadernos de Biblioteca nº 8 Colección dirigida por Josefina López Ilustraciones de Pablo Calles, Sara García y Odett Gaudioso

PRIMERA EDICIÓN, 2012 Ediciones de la Biblioteca Departamento de Edición Maquetación: Mª Pilar López Pérez IES Goya Avd. Goya, 45 50006 ZARAGOZA


MODALIDAD LITERARIA


Relato literario en castellano Bachillerato PRIMER PREMIO EX AEQUO : Rutina rota, de Beatriz Franc Minaya Lluvia, de Blanca Juan Gómez

Segundo ciclo de ESO PRIMER PREMIO: Desocupado y sin destino, de Olimpia Pelacho Andrade

Primer ciclo de ESO PRIMER PREMIO: El cisne verde, de Silvia Vergara Alfonso MENCIÓN DE HONOR: El bosque invisible de Mandrágora, de Irene Borraz


Rutina rota

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ermín Rojas se ha despertado de repente. Su travesía onírica interrumpida de forma tan abrupta como prematura; faltan escasos minutos para las cinco de la mañana. Él se revuelve en el lecho, incapaz de conciliar el sueño a pesar de los intentos. Prueba diferentes posturas, intenta dejar la mente en blanco, acompasa la respiración como la del que esta auténticamente dormido. Nada. El sueño se ha esfumado y no parece que vaya a volver. Continúa despierto, tanto o más que al acostarse. Se incorpora lentamente, y con la cabeza gacha y cerrando los ojos fuertemente, se impulsa hasta ponerse de pie. Se dirige al baño, todavía arrastrando los pies y con aires refunfuñones, enciende la luz. Poco a poco abre los ojos y contempla al hombre mayor y cansado del espejo, se mira como si de otra persona se tratase. Una mirada curiosa, se fija bien en aquel hombre, flaco, demasiado flaco tal vez. Tras una mirada de resignada aprobación, Fermín piensa en voz alta, “no tendría que estar despierto a estas horas, no me corresponde. No es mi turno. Aún no, no hasta dentro de dos horas.” Quizá por ello insiste en su permanencia con el pijama, reacio a desprenderse de él, lo que supondría su definitiva derrota frente al sueño fugitivo. A lo lejos, se aprecia el bostezar de los coches en la temprana madrugada. Qué soledad se respira a esas horas. Conecta la radio: << Buenos días, con vosotros José Aguilar, mucho ánimo para los más madrugadores. Hoy martes 16, se presentan cielos cubiertos por espesa niebla, cuatro grados de temperatura. Bueno, empezaremos con unas noticias….>> El hombre aguanta poco con la radio. ¿Qué hacer? Quedan dos horas para que suene el dichoso e imparable despertador, y él no volverá a dormirse. Lo sabe. El sueño ha huido. Fermín se asoma a la ventana, ¿por qué no aprovechar aquellas extrañas circunstancias y romper con la rutina? ¿Por qué no desobedecer por una vez a su destino? ¿Por qué no robar ese tiempo en vez de perderlo? Fermín ve su reflejo en el cristal, y esta vez adopta un aire distinto, entre osado y tímido. Sin pensárselo dos veces, cosa impropia en él, se viste apresuradamente, se abriga con la gabardina, y sale precipitadamente por la puerta; antes de arrepentirse y cambiar de idea. Una vez fuera de su refugio, de sus cálidas sábanas, y sintiéndose como un intruso fuera, comienza a caminar, sin rumbo. Observa que apenas hay gente, algunos individuos que él nunca hubiese llegado a conocer, ya que no le correspondía, deambulan entre las calles. Parecen cansados, unos van a trabajar, otros vuelven. Sin embargo, Fermín se siente lleno de vida, ha burlado al destino, ha roto su rutina, y todo sin haberlo planeado. Se siente poderoso, joven, rebelde y libre. Hacía años que no experimentaba esa sensación, la libertad. Diez años esclavo del día a día habían dado lugar a pocas sorpresas y Fermín estaba dispuesto a disfrutar esta. Las callejuelas todavía oscuras serpenteaban rompiendo las entrañas de la ciudad. La niebla recortaba las figuras de los árboles que adornaban el paseo; de los coches aparcados, dormidos. De los edificios, altos, fríos, imponentes y tranquilos. La mayoría de las persianas bajadas, en señal de que sus dueños descansan tranquilos hasta que llega su hora. 8


Fermín hoy no les envidia, no envidia su paz; más bien se burla de ellos. Todos ellos siguen su reloj, pero él no, él ha roto su tiempo. Ha robado dos horas, y no piensa desaprovecharlas. Siguiendo sus pasos acabó en la estación de metro. Sin saber hacia dónde encaminarse y siguiendo su instinto, bajó las escaleras y validó el ticket. Se subió al primer metro que apareció. Aquel monstruo de hierro, tan ruidoso y feroz, abrió sus puertas de metal como dándole la bienvenida. Invitándole a subir. Fermín subió. No sabía su destino ni tampoco dónde bajaría. Pero esa pequeña ignorancia, ese despiste calculado, no le molestó. Lo degustó. Una vez dentro del monstruo, se fijó en los pocos pasajeros que le acompañaban. La mayoría de ellos, jóvenes que debían seguir trabajos de guardia y demás quehaceres nocturnos. Prácticamente todos miraban ausentes por la ventana. Un hombre mayor sentado unos diez asientos más allá ojeaba el periódico y de vez en cuando echaba un vistazo rápido a su reloj de muñeca. Fermín masticaba la idea de que todos aquellos extraños nunca deberían haberle visto; pero claro, los ignorantes no sabían que Fermín no pertenecía a ese mundo. No sabían que nunca más volverían a verle, o al menos no en esas circunstancias. Fermín sonreía pícaramente. Se fijó en los demás pasajeros de ojos ausentes, ojerosos y algo atontados. Una mujer al fondo le miraba fijamente. Fermín apartó la mirada algo azorado. Prosiguió con su captura de alguien que llamase su atención. En ese momento, el metro se detuvo, suavemente, abrió de nuevo sus fauces para engullir una nueva presa. Un hombre algo más joven que Fermín entró. Vestía correctamente y lucía un Rólex en su mano izquierda. Estaba bien peinado, zapatos de piel bien pulidos y, a diferencia de todos los demás, no parecía ausente, ni cansado... Más bien parecía alegre, lleno de vida. Fermín no pudo evitar fijarse en el nuevo. Se preguntó que ocurriría si entablaba conversación con él. ¿Qué hay de malo en preguntar la hora? Fue su excusa mental. Nunca más volvería a ver a ese hombre, así que no vio inconveniente en entablar una pequeña charla que hiciese aún más interesante su escapada. Fermín escondió su reloj para evitar sospechas y con voz calmada se dirigió al señor.” Disculpe, ¿le importaría decirme que hora lleva?” El tipo no pareció molesto, y con una sonrisa le dijo “las seis y media.” Fermín entonces decidió arriesgar un poco más, tentar más al destino. -Me llamo Fermín Rojas, y ¿usted? El hombre pareció, ahora sí, algo sorprendido. Normalmente la gente no pierde el tiempo en entablar conversación, y menos a esas horas de la mañana. Con mirada curiosa y algo dubitativo respondió: -Yo, José. Encantado. -¿Sabe?, usted y yo nunca nos hubiésemos conocido si no fuera por mi osadía contra el destino. El hombre le miró extrañado. -Verá, yo nunca madrugo tanto, mi día no empieza hasta que el despertador no da las siete. Y sin embargo hoy, desafortunadamente o afortunadamente, quién sabe, me he desvelado. Así que he decidido romper mi rutina y hacer un pequeño experimento, he salido de casa y, sin tener un rumbo, he acabado en este metro. Ni siquiera yo sé dónde bajaré. Así que usted y yo nunca nos habríamos conocido. ¿No cree usted que somos todos escla9


vos del tiempo? José pareció meditar la respuesta durante unos largos segundos. -Pues verá, hace tiempo que no rompo con mi rutina, así que no sé muy bien si acabo de entenderle. -Usted no se preocupe, sin quererlo, y por el simple hecho de haberme hablado, ha roto usted con su rutina, señor José. Así que puede sentirse satisfecho, ha burlado al destino. Podemos sentirnos rebeldes. Ya habrá tiempo de volver al día a día, ¿no cree?- dijo Fermín con una sonrisa satisfecha -Soy un “novato” en estas traiciones al destino. Y este encuentro acabará siendo, como tantos otros, un recuerdo, extraño, pero un recuerdo. -Supongo que sí. -¿Dónde va tan temprano?- Fermín indaga, quiere aprovechar, falta poco para volver a su mundo. -Vuelvo ya a casa, estoy de vacaciones. Yo también he buscado durante horas, pero no ha habido suerte. -Así que de caza ¿eh?- Fermín le guiña un ojo, ofreciendo un gesto cómplice para demostrarle que ha entendido a lo que se refiere. -Exacto- confirma José con una sonrisa-. La siguiente es mi parada, ¿usted se queda? Fermín se ha quedado algo sorprendido con esa pregunta, ¿es acaso eso una invitación para seguir con la conversación? -La verdad, no sé a dónde me dirijo, así que sí, esta es mi parada. Ambos bajan juntos del metro. Ambos han escapado al destino durante un par de horas. Fermín no reconoce la parada. Solo sabe que están en la periferia de la ciudad. La gente avanza como sonámbula, y ellos se pierden entre las sombras grises. Nadie los ve, en realidad. ” Buenos días a los más madrugadores. Con ustedes José Aguilar, y os acompañaré hasta las siete de la mañana. En la capital se presentan cielos despejados y ocho grados de temperatura. Comenzaremos con las noticias. Ayer por la noche la policía descubría un macabro hallazgo en un contenedor de la periferia: un cuerpo masculino decapitado y con signos de tortura. Aunque el cadáver aún no ha sido identificado, se sospecha que pudiera tratarse de Fermín Rojas, el abogado maño afincado en Madrid que desapareció de su casa hace ya siete días”.

Beatriz Franc Miñana, 1º Bachillerato E

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Lluvia

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a mañana entera había estado cerrada y blanca, presagiando algo. Fue todo muy suave, casi imperceptible. Con naturalidad nos dimos cuenta de que había empezado a llover. Su tranquilidad mecía y cimbreaba. Con sutileza iba humedeciendo todo lo que había alrededor de la terraza. Las gotas tenues tenían tiempo para caer una detrás de otra, sin atropellarse. Casi en silencio fueron empapando el ambiente. Los árboles las recibieron iluminándose y empezaron a destilar un olor verde, vivo, fresco y puro. Luego llegaron a la terraza. Caían allí y las baldosas las absorbían oscureciéndose. La loza se volvía roja y cristalina. Todos los días se empolvaba con el polen de los cipreses. Esa alma de arena ahora se disolvía con vetas tiñendo de amarillo los charcos, donde las gotas finas después del viaje florecían y naufragaban. Algunas se oían más que otras. Chocaban con el barandado con un eco sordo de hojalata. Otras se detenían en los hilos del tendedero. Lentamente los rodeaban hasta quedar suspendidas en la parte de abajo, mirando al abismo pero sin decidirse a caer. Algo las retenía. El tendedero acabó ondulado y con una apariencia frágil: cualquier roce haría que se precipitaran. En ese momento el viento cantó en los cipreses. La madera de esas ramas madres se quejó con un gemido profundo de ida y vuelta. Mientras tanto, el agua del tendedero era arrastrada y se esparcía de forma escalonada por el suelo. Después la lluvia se volvió más intensa. Al principio parecía que la tierra se resistía a admitirla. Las gotas se iban clavando en ella, insistiendo aunque permaneciera apelmazada, gris e impasible. Luego se fue empapando como una tela, hasta que se convenció y la acogió respirando profundamente. La lluvia la aliviaba, la volvía porosa y hueca después de tanto tiempo. La tierra se abría a los demás mientras la lluvia penetraba hasta lo más hondo. Era un tesoro escaso, una visitante irregular y deseada. Mirando a través de su cortina todo se difuminaba. Dejó de llover y se impuso una calma poderosa que los pájaros fueron recortando poco a poco, tímidamente. Empezaban a cantar desde árboles cristalizados de lluvia. Enseguida salió el Sol, discreto y tamizado. Fue afirmándose y extendiéndose con una luz blanca y fina que luego resplandeció dorada y generosa. También llegó a la ciudad, clareando entre tejados y torres y derramándose por calles y plazas. Volvió el agua de plata. Así marchó el espejo encendido en el que tiemblan y se deshacen los árboles de la ribera y los arcos de los puentes. Se diluyen, se mezclan distorsionando la realidad. El río, bordeando la ciudad con pasión, siempre continúa, hacia la bruma. Allí, quizá todavía no ha terminado de llover. Blanca Juan Gómez, 1º Bachillerato F

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Despreocupado y sin destino

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amina despreocupado y sin destino. Pasa frente a bares, tiendas y todo tipo de negocios. Tiene la cabeza en otra parte. A saber dónde. Mira a la gente divertido, imaginándose a dónde irán o con quién se encontrarán. Piensa en todo y en nada. Las jovencitas lo miran, como siempre: apenas veinte años y uno setenta, que imponen. Una chica morena de ojos pardos lo mira. Parece conocerle. Él le devuelve la mirada, intentando recordar… Su cara le suena. Sus miradas se encuentran apenas un instante y ella entra en un bar. Él no puede evitar fijarse en el sinuoso cartel situado sobre la puerta por la que su supuesta vieja amiga acababa de entrar: “Azar”. Parece un juego del destino, un juego de azar. Con cierta sorna y este irónico mal chiste en la cabeza, sigue su camino sin destino. No sabe a dónde va, pero sí de dónde viene y por qué viene. Pero eso es otra historia… Llega a un parque y observa el panorama: un parque más o menos grande, con césped, juegos infantiles y el característico color del otoño. No faltan la típica fuente, un par de bares y, desde luego, niños… Se sienta en un banco y decide dejarse llevar. Vaga sin prisa entre sus recuerdos. Un niño empuja a su madre con lo que él diría “toda su fuerza”. El niño apenas tiene fuerza, como es de esperar, pues no aparenta más de seis añitos. Es menudo, un poco rechoncho y rubito. Con una vocecita tan dulce… pero no alcanza a verle la cara. Es extraño. Por imposible que sea, juraría que ese crío gordo y enano no tiene cara. Bueno, cara sí. Lo que diría que no tiene son los ojos, pues en su interior sólo hay cuencas vacías; sin nariz ni agujeros siquiera; sin labios, ni dientes, ni lengua… Nada. En ese momento, el niño le señala y la madre se vuelve hacia él. Ella tampoco tiene cara… Al parecer, el crío ha salido a su madre. Ésta le mira, puede que fijamente, con una terrible inexpresividad en ese rostro sin facciones. El niño se agazapa y se cuelga de la espalda de su madre, como dándole una orden muda de actuar. De atacar. La madre asiente a una orden escuchada… pero no pronunciada. La madre y su joven sicario ahora responden como un solo ente. Un ente maligno, perverso. Con ganas de actuar… con ganas de cazar. Con ansia de sangre, de sangre caliente, de la sangre de un joven de veinte años, la suya. El rostro del muchacho refleja una gran incertidumbre y suda extremadamente con el característico olor del miedo. Del miedo a lo desconocido. Sus piernas empiezan a moverse a un ritmo vertiginoso en una desenfrenada carrera con una única meta: sobrevivir. Sus perseguidores lo siguen muy de cerca, resistiéndose a dar margen a su presa. Presa. Es extraño utilizar ese término para referirse a una persona, pero eso es lo que es. El miedo creciente ha subido en forma de nudo hasta su garganta impidiéndole gritar y dejándole sólo una opción: correr. El chaval corre torpemente. Cae y se levanta. Sabe que no vale de nada lamentarse ni sentir dolor, pues el dolor que se puede sentir de un tropiezo es sólo un desliz comparado con el dolor de una muerte que jamás sanará. Él sabe lo que está en juego… y es mucho. Baja corriendo al metro, salta los torniquetes de la entrada y entra en el primer vagón que llega al andén. El ente doblemente perverso que va tras él entra por la misma 12


puerta y le sigue entre codazos. El joven se agacha desapareciendo así del campo de visión de sus cazadores. Una voz metálica se eleva sobre el bullicio del tren haciéndose oír. Una grabación hecha hace años avisa de que van a cerrarse los accesos. Las puertas chirriantes empiezan a cerrarse. El muchachito perseguido se precipita con ansia fuera del vagón, jugándose perder un miembro de su cuerpo. En esas situaciones sólo queda arriesgar. Tiene suerte y el vagón cierra tras él. El chico, recuperando el aire que creía vaciado de sus pulmones, observa el tren perdiéndose en la lejanía. Recuperando aplomo y urgencia, vuelve a echar a correr. Sortea bruscamente coches, bicicletas, personas, familias… Familias. Madres. Hijos. Todos con cara. Ahora se siente estúpido por huir. Por huir de una madre y su hijo, ambos sin cara, sin nada que los identifique… sin nada que los identifique como reales. Se siente desconcertado, frustrado, y no sin razón. Nota un aliento gélido y una mirada penetrante proveniente justito de encima. Se aleja un poco de la fachada del edificio en el que se había apoyado para recuperar aire y distingue al crío en la azotea, alzándose imponente entre las nubes, con su cuerpo de seis años. Si tuviera con qué, el niñato sonreiría. ¿Qué hace? ¿Por qué no le sigue? Un momento, ¿y la madre? Dobla la esquina. Choca contra algo… contra alguien. Cae al suelo, estupefacto. Es la señora quien está frente a él y quien no se abalanza sobre su preciada captura. Más bien, le mira tranquila, regodeándose ante su presa, dándole tiempo para imaginar las mil posibilidades de lo que le pueda suceder… los mil horrores que puede llegar a sufrir. Oye un golpe sordo a su espalda. No se vuelve ya que sabe qué ha caído… quién ha caído. La gente que pasa no se detiene. No le miran, no le ayudan. Parece que él no estuviera allí. Allí, en la calle más concurrida de esa maldita ciudad de ignorantes. Esa parejita “tan agradable” se va acercando. El uno al otro, como si él no estuviera en medio. Grita, pero nadie parece oírle. Ni verle. Ni sentir miedo ante aquellos seres sin rostro. Se siente desfallecer, pero trata de luchar. Lucha contra algo que ya no ve, pues se le nubla la mirada gradualmente. Esos seres perfectamente compenetrados no le tocan. Siguen acercándose, tapiando así la única salida para el muchacho. Le van quitando el aire. El aire que necesita para sobrevivir. *** Despierta. Ya ha anochecido… al parecer, hace horas. Días, tal vez. Se levanta, desorientado. Camina lentamente, cabizbajo. Arrastra los pies, apesadumbrado. Sigue el rastro de unas farolas que se pierden en la oscuridad de la noche, marcando así un horizonte muy lejano. Recuerda el sonido de los coches y a un niño empujando a su madre hasta un tobogán. Después… nada. Olimpia Pelacho Andrade, 4ºB

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El cisne verde

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n la vida siempre estás esperando algo: que suene el timbre del fin de la clase, la hora de la merienda, el momento de irse a dormir, que pongan tu canción favorita en la radio, pero sobre todo, sobre todo, esperas que las cosas cambien. Esperas dejar de ser la rara de la clase, la rara de la tediosa academia de inglés o la rara entre los primos que siempre sacan dieces en todo, tocan el piano, odian los guisantes y además no tienen granos. Mi madre, que como todas las madres, me quería mucho, me dice que soy como un patito feo que pronto se convertirá en cisne. Pero el tiempo pasa, y yo espero y espero, y el cisne no aparece por ningún sitio. Como me negaba a comer otra cosa que no fueran guisantes y a hablar con la gente que no comiera solo guisantes como yo, mi madre, que como todas las madres me quería mucho, me llevó al médico. El médico dijo que el diagnóstico era “hiperactivo”. Mi madre, muy ofendida, le contestó que sería más bien hiperactiva porque yo era una niña. El médico repitió que en el informe decía claramente “hiperactivo”, que no decía nada de “niña”. Al final decidieron de mutuo acuerdo que yo era una “niña hiperactivo”. Este hecho me llenó de alegría, ya que ahora me parecía un poco más a los demás. Digo esto, no por el equívoco en cuanto al género, sino porque todos o muchos niños de mi clase padecían la misma enfermedad que yo. Así que intenté unirme al grupo mayoritario y en un despiste de la profe de mates, me acerqué a uno de ellos y le susurré: “yo también”. -Tú también, ¿qué? -Yo también, … eso… hiperactivo. -Yo ya no. Pastillas. Al decirme esto, sopesé la posibilidad de tomar pastillas yo también. ¿Pero de dónde iba yo a sacar las pastillas? La solución a mi pregunta se materializó pronto en mi cabeza. Ese día, al llegar a casa, fui al cuarto de mi madre y rebusqué en el cajón de su mesilla de noche. Allí estaban. Pastillas de todos los tamaños y colores imaginables. Como no sabía cuáles serían las idóneas, escogí, cómo no, las verdes y redondas. Así que me las tomé. Fue una experiencia que no se la desearía ni a mis perfectos y repelentes primos. Así pues, me olvidé de las pastillas, esos falsos guisantes, y volví a mi estado natural: “niña hiperactivo”. Al fin y al cabo, así seguiría teniendo al menos una cosa en común con el resto. Ni siquiera siendo hiperactiva, o mejor “niña hiperactivo” conseguí integrarme en la clase. Al igual que ellos no comprendían mi pasión por los guisantes, yo no entendía su adicción al “Tuenti”, esa estúpida red social a la que yo nunca podría acceder. Así que dos meses, tres semanas, cinco días, trece horas y cuarenta minutos después de mi diagnóstico como “niña hiperactivo”, seguía sin tener amigos. . Mami, que me quería tanto, era capaz de convencerme de que yo lo que tenía era belleza interior, y que solo algunos seres especiales conseguían verla. Dispuesta a triunfar en el mundo de los seres especiales, me plantaba enfrente de cualquier persona al azar para comprobar si sabría descubrir mi belleza interior. Todos eran vulgares y cegatos que, como mucho, me apartaron con un empujón o se rieron de mí a carcajadas. Así descubrí que 14


todos mis compañeros de clase, incluidos los hiperactivos, no eran seres especiales. Siempre, claro, según las teorías de mi madre, que me quería mucho. Entre tanto, yo seguía esperando mi transformación en cisne. Con la cantidad de guisantes que comía, no podía evitar la idea de que en todo caso sería un cisne verde; así que otra vez sería diferente, rara, incluso en mi reencarnación en ave palmípeda. Cuando a final de curso seguía sin amigos, era todavía una “niña hiperactivo”, estaba forrada de granos, y además las dos palas delanteras no me habían vuelto a crecer desde que se me rompieron jugando al patín de monos (así llamaba mi madre al monopatín, porque de tantas pastillas que tomaba se le revolvían las palabras), pero seguía esperando la llegada del cisne (verde). Mi espera y mi desolación eran tan grandes que esta vez atacó el psicólogo: “Paciente con trastornos de hiperactividad debido a una insuficiente autoestima y a una negación de su propio yo, lo que le conduce a una falta de metas en la vida. Por lo que se le recomienda que visite un programa que le ayude a superar estas carencias afectivas”. Yo estaba muy orgullosa con mi nuevo diagnóstico, pero en clase lo tradujeron rápidamente: -Ah, la loca de los granos que solo come guisantes se va a la clase de los tontos. Esa era yo: “La loca de los granos que solo como guisantes.” Y ese era él. ¿Cómo se iba él a fijar en mí? Él, que ni siquiera era hiperactivo. Que siempre fue, es y será el más popular de la clase. Ahora ha pasado mucho tiempo. Han pasado 72 años, seis meses, dos semanas, cuatro días, nueve horas y quince minutos desde que esperaba convertirme en cisne. Yo sigo esperando. Espero la hora de la merienda y espero la hora de irme a dormir. Pero ya no espero convertirme en cisne. Y, sobre todo, ya no espero que se me vayan los granos, porque ya se fueron hace muchos, muchos años. En su lugar tengo unos profundos surcos llamados “arrugas”. Descubrí otros alimentos, como las lentejas que me dan aquí, que son como guisantes pero aplastados y de color marrón. Seguro que a mi madre, que tanto me quería, le habrían encantado, porque se parecen a sus pastillas marrones. Descubrí que el mundo está lleno de patos, incluso verdes, como yo, y que cisnes hay pocos, muy pocos. Pero sobre todo descubrí que no es malo ser pato, aunque sea verde. Silvia Vergara Alfonso, 2º ESO A

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El bosque invisible de Mandrágora

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odo comienza en un tranquilo barrio de calles apacibles, bastante estrechas pero cuidadas en todos sus aspectos; con numerosos parques respetados por todos sus usuarios, donde se podía disfrutar de bellas puestas de sol, practicar deporte, observar toda clase de fauna… En este barrio nunca ocurría nada y por ello era seleccionado por numerosas clases sociales que convivían en paz y armonía. Exagricultores que buscaban tranquilidad en plena ciudad, ya que habían tenido que dejar los campos de cultivo, debido al cese de las ayudas económicas que les aportaba el gobierno antes de la crisis; policías jubilados que deseaban acabar sus días en un ambiente próspero; familias, la mayoría con niños, que buscaban la protección y la seguridad… Como bien he descrito antes, en este barrio denominado Arrabal nunca ocurría nada de nada hasta que un día algo ocurrió… Lucía, Ángel, Sergio y Samuel eran cuatro hermanos que vivían en el barrio de la Mandrágora desde hace cuatro años. Sergio tenía 16 años y un gran espíritu luchador, era robusto y un tanto serio, pero era muy buena persona. Ángel era el hermano gemelo de Sergio, aunque se parecían mucho físicamente, tenía ideas muy diferentes a las de su hermano ya que era un poco engreído y apenas se molestaba por los demás. Samuel era el tercer hijo de la familia, tenía 14 años y era un manojo de nervios aunque poseía un gran sentido cómico. Lucía era la más pequeña de los cuatro, tenia 11 años pero era la más ocurrente y sociable de todos, era pequeña pero tenia un gran corazón. Vivían con sus padres y su abuela Tere, en un pequeño piso en el centro del barrio. Esta familia de obreros era como cualquier familia normal, o al menos eso pensaban. El padre era un cartero muy conocido en la zona, debido a su gran amabilidad con el resto de los vecinos, lo mismo que la madre, peluquera en una tienda cercana. La abuela fue maestra en un pequeño pueblo pero debido a su avanzada enfermedad tuvo que dejar el trabajo, pero se dedicaba a cuidar de sus maravillosos nietos a todas horas. La rutina habitual de la casa era lo básico, como en todas las familias. Por la mañana se levantaban todos juntos desayunaban, los hijos se iban a la escuela, los padres a sus respectivos trabajos y la abuela Tere se quedaba en casa haciendo algunas tareas y luego se iba al parque. Cuando llegaban, comían, hacían sus tareas y cada uno se iba a practicar sus aficiones. Por la noche cenaban pronto, juntos, y todas absolutamente todas las noches la abuela Tere les contaba a los niños historias sobre extraños personajes que vivían grandes aventuras en mundos paradisíacos. La abuela Tere tenía una gran afición a la lectura y quería iniciar a sus nietos en este maravilloso mundo. La abuela Tere contaba historias estupendas, maravillosas, que ni un escritor podía imitar. Esas historias se basaban siempre en la igualdad, la justicia y la paz. Una noche de tormenta, la abuela se encontraba, como acostumbraba normalmente, contando una original historia sobre la guerra en un mundo, entre la magia y la avaricia a sus nietos. Todos estaban escuchando la historia cuando de repente cayó un enorme rayo muy cerca de su casa, en una calle muy próxima por la que pasaban todos los días. Fue de tal envergadura que se fue la luz, y la abuela dio por finalizada la historia y les dijo a sus nietos que el final aún no estaba escrito y cada uno de ellos pensara uno. Por la mañana, todos se levantaron, la luz había vuelto. Durante el desayuno todos 16


comieron en silencio pensando en el suceso de la noche anterior. Fue muy extraño que en pleno centro de la ciudad cayese un rayo que hasta hizo un agujero en el suelo… Transcurridos 15 minutos todos salieron de casa con destino al colegio y al trabajo. Los hijos pasaron por la calle y observaron una enorme grieta en el suelo, parecía que había caído del cielo un meteorito. Sorprendidos, se fueron de allí en dirección al colegio, pero sin quitarse de la cabeza lo que habían visto. El resto de la mañana transcurrió como de costumbre, aunque todos esperaban el sonido del timbre para ir de nuevo a ver la enorme grieta de la calle. Así, todos salieron a toda prisa de la escuela, llegaron en tiempo record a la calle donde se encontraba el orificio y finalmente se asomaron para contemplarlo. Perplejos, se quedaron mirando la grieta que ni siquiera tenía fondo, hasta que de repente, sin previo aviso, una espesa niebla se difundió por la calle, cegando a los cuatro hermanos por completo, y oyeron un espantoso grito de su hermano Samuel. Debido a que se había aproximado demasiado a la grieta, este había caído en ella y su grito se desvanecía en el aire como cenizas al viento. Sin pensárselo dos veces y sin ver nada, Sergio se lanzó en busca de su hermano. Tras él fueron los demás, que no querían perder a sus hermanos. Todo pasó muy rápido. No les dio tiempo ni a pestañear cuando se dieron cuanta que estaban los cuatro diseminados sobre la hierba en un prado que nunca antes habían visto. Era muy extenso, no se veía ningún animal, ni ningún ser próximo. Asustados, corrieron en busca de sus hermanos y, cuando se reunieron, se dieron cuenta que la grieta no era solo una grieta. Se encontraban a simple vista en un prado alejado de la gente y de la civilización, como de película. Con sus flores de diferentes tamaños, hierba abundante, sin cuidar, al final de este se podían divisar árboles y grandes montañas escarpadas. Los hermanos se miraron entre ellos y empezaron a deliberar. Entre todos acordaron (aunque no todos estaban muy convencidos) explorar aquella tierra para intentar descubrir dónde estaban. Se pusieron en marcha. A un ritmo rápido comenzaron a andar, y al poco rato se dieron cuenta de que ya habían dejado a atrás la extensa llanura donde aparecieron. Se adentraron en un profundo bosque de altos pinos, el ambiente era húmedo y se podía sentir el fresco rocío de la mañana en la piel. La gran cantidad de hojas de diferentes colores y tamaños cubrían el suelo como una enorme moqueta de colores otoñales. Todo daba la impresión de ser un simple bosque sin más, hasta que Lucía notó que un objeto volador se aproximaba a ella por la espalda. Se giró sin dilación y observó que era un ser de pequeño tamaño con ropajes muy extraños y con alas similares a las hojas de los árboles. Inmediatamente él se presentó, dijo que se llamaba Beryl. La niña, asustada y a la vez perpleja, escuchaba a aquel pequeño ser que decía ser un elfo. Al ver que Lucía iba acompañada de sus otros tres hermanos, Beryl se apresuró a conducirlos a un escondite en el centro del bosque. Los cuatro hermanos, bastante sorprendidos, le siguieron, ya que había algo en el elfo Berly que les transmitía confianza. Beryl los llevó al centro del bosque y justamente cuando se encontraban en el mismo centro, donde les llegaba un cegador rayo de sol, el elfo pronunció unas extrañas palabras que ninguno pudo entender pero que llevaron consigo la apertura de una catacumba que apareció en el suelo, y posteriormente todos bajaron la escaleras para descubrir lo que ocultaba aquel escondite. Primero pasó el elfo Beryl, luego Sergio y así sucesivamente. Cuando llegaron abajo se quedaron petrificados al encontrar allí toda clase de criaturas. Había desde hadas hasta duendes pasando por unicornios, centauros, minutaros, cupidos... De entre la multitud aparecieron tres ancianos que parecían seres humanos como ellos, pero resulta que entre los tres formaban el consejo de los ancianos que velaba por la magia buena para protegerla de cualquiera que quisiera acabar con ella. Ellos eran los encargados 17


de vigilar el mundo mágico y controlar todas las uniones que se producían en este. No dieron nombres ni más información, lo único que hicieron fue explicarles dónde estaban, qué hacían allí y posteriormente les entregaron a cada uno unos medallones que les darían magia. Los tres ancianos les explicaron que se encontraban en Mandrágora, en la galaxia de Andrómeda, y que tenían una única misión: salvarlos del final del reino mágico del bien. También les hablaron del ejército de los seres del mal, que lo único que querían era acabar con los seres del bien, para poder reinar en todo el planeta de Mandrágora. Les explicaron que los seres del mal eran los brujos, los vampiros, los demonios… Nada más terminar esta explicación, uno de los tres ancianos se acercó a Sergio, cogió el medallón como oro en paño, y se dispuso a exponer su utilidad. Dio unos suaves roces con el dedo pulgar a este y la piedra color esmeralda que llevaba en el centro comenzó a expulsar una gran cantidad de luz, que llegó a iluminar toda la sala. A continuación hizo lo mismo con los otros tres hermanos. Al finalizar, el anciano les volvió a exponer el problema con más cautela y les enumeró todas las características de los seres del mal. Resulta que vivían de la energía que conseguían de los seres del bien cuando les arrancaban la vida, dormían de día y vivían de noche, como las criaturas nocturnas, y por ultimo les comentó que nunca desde los tiempos más remotos las dos especies habían convivido en paz. Todos comenzaron a pensar en alguna posible solución. La primera que surgió fue la de combatir contra los seres del mal en una despiadada batalla, todos la consideraron. Transcurridos unos minutos en silencio, Lucía, la más pequeña, expuso su opinión anta la macabra lucha entre las dos especies. Comentó que no valía la pena sacrificar tantas vidas de aquellos seres, por muy merecido que lo tuvieran los seres del mal esa no era la solución, y propuso una nueva pero impensable idea. Lucía sugirió desaparecer. Simplemente acabar con las vidas de los seres del mal, arrebatarles aquella energía que les permitía vivir, los seres del bien. Al principio nadie captó la idea que la pequeña intentaba inculcarles a todos los allí presentes, todos se preguntaban cómo podían conseguir eso sin morir todos, una pregunta que les salvaría de la guerra. Transcurrieron cinco días y cinco noches en el planeta de Mandrágora hasta que Ángel presentó una idea para acabar con la horrible incógnita que les acechaba desde hacía cinco días. Ángel explico que podían hacer desaparecer a todos los seres del bien creando un bosque invisible que tan solo lo podrían ver aquellos seres que fueran buenos de corazón y que practicasen la magia buena. La idea fue acogida por todos los seres con mucha alegría. Les parecía una idea fantástica poder desparecer sin más en un bosque donde reinara la paz por siempre y en el que podrían volver a hacer sus vidas normales sin tener que preocuparse por los malos seres. Además, no tendrían que estar por siempre encerrados en aquel bosque, tan solo hasta que los seres del mal acabasen extinguiéndose en su totalidad debido al cese de la energía de los seres del bien que les hacía perdurar en el tiempo. Así lo hicieron. A la mañana siguiente se reunieron todos aquellos buenos seres en la catacumba donde el día anterior habían tomado la decisión de crear un bosque invisible en Mandrágora. Fueron llegando poco a poco. A mediodía todos se encontraban en la catacumba dispuestos a dar toda la magia necesaria para crear dicho bosque. Todo empezó con una serie de palabras indescifrables pronunciadas por los tres ancianos al mismo tiempo, a continuación formaron un círculo de grandes expansiones, unieron sus manos y todos los seres mágicos, a excepción de los cuatro hermanos, comenzaron a susurrar repetidamente una serie de palabras, seguramente mágicas, sin parar. A continuación hubo una gran explosión de luz y en el mismo centro del círculo apareció una llave con la cual podrían abrir el bosque, cuya puerta se encontraba en la montaña más alta del planeta, que se encontra18


ba a poca distancia de la catacumba. A la mañana siguiente todos los seres de Mandrágora estaban felices de poder alejarse del peligro y, a primera hora de la mañana, ya se encontraban todos en la montaña más alta, con sus pertenencias y dispuestos a empezar una nueva vida. El cambio al bosque invisible transcurrió con normalidad y todos los seres del bien pudieron entrar en él sin ningún problema. Cuando todos estaban dentro, antes de cerrar les dieron las gracias a los hermanos (pues si no hubiera sido por ellos y por el gran poder que les daba el medallón no se podría haber creado el bosque) y se despidieron de ellos ya que no podían acompañarlos debido a que no pertenecían a ese mundo y debían volver con los seres de su planeta. Así los tres ancianos, con la poca fuerza que les quedaba, los volvieron a mandar a su planeta. En una décima de segundo, los cuatro hermanos se encontraban en la misma posición de antes de la llegada de la espesa niebla, lo único que había pasado es que perdieron el autobús de la escuela y llegaron tarde. Era como si nada hubiera pasado, como si todo lo que habían vivido fuese producto de su imaginación, pero enseguida supieron que no fue así porque aún llevaban los medallones de los tres ancianos, aunque las piedras habían pasado a ponerse de color azul turquesa. Decidieron proseguir con su vida normal y por la noche, cuando se reunieron con su abuela para darle un final a la historia, todos coincidieron, ya que sorprendentemente la historia era casi semejante a la que habían vivido horas antes. Todos se sentían muy bien al pensar en la cantidad de vidas que habían salvado en Mandrágora y en que, gracias a las historias de su abuela basadas en la paz, pudieron resolver el problema sin llegar a quitar millones de vidas. Nunca dijeron nada a nadie y tampoco hasta ahora han vuelto a saber nada de Mandrágora pero una corazonada les dice a todos en su interior que ahora viven bien y que nunca más van a ser molestados por los seres del mal. Con esta historia los cuatro jóvenes se dieron cuenta de lo importante que es pensar antes de actuar, sobre todo si hay vidas por medio. En la vida real tendría que pasar lo mismo. La gente pelea por cosas insignificantes, sin pensar en el mal que va a causar a los de su alrededor, nadie se para a pensar en todo lo que están perdiendo, y aunque ganen la batalla que sea, nunca jamás recuperarán las vidas perdidas y nunca dejará de existir el rencor entre ambos bandos. Espero que algún día, por difícil que sea, la gente entienda esto que yo acabo de explicar y deje de pelear por tonterías. Irene Borraz Grijalba, 2º ESO A

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Poesía en castellano Bachillerato PRIMER PREMIO: Castillos en el aire, de Álvaro Catalán Gutiérrez

Primer ciclo de ESO PRIMER PREMIO: Ironía, de Lucía Pitarch Ballesteros


Castillos en el aire

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oy a contarte mis secretos cuando acabe de escribir en este trozo de papel, lo que mi mente ignora y solo mi alma sabe: que el mundo está muy lejos de mi ser. Voy a escribirlo todo desde su comienzo usando a modo de tinta tus sonrisas, voy a trazar palabras, a escribir un lienzo de emociones y alegrías indecisas. Voy a decirte mis palabras más hermosas, mi forma de entender la realidad, voy a mostrarte la belleza de las cosas, y el agrio honor que tiene la verdad. Voy a llevarte a grandes prados de azaleas, a un mundo enorme lleno de color, voy a llevarte a mi jardín de las ideas, allí donde yo pueda ser mejor. Voy a labrarme yo mismo un futuro de emociones encerrado en una bola de cristal, voy a guardar recuerdos, sorpresas e ilusiones, cada nota de este inmenso recital. Voy a escuchar en el silencio los latidos de la vida que tiene el universo…, voy a soñar en este mundo recogido que escondo entre las notas de mi verso. Álvaro Catalán Gutiérrez, 2º Bachillerato C

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Ironía

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ué pasaría si las medias naranjas fueran limones, si el agua creciera en las plantas y de las ramas, diferentes sabores; y el mar fuera sólido y sus aguas marrones, y el cielo fuera suelo y las personas colores, los animales instrumentos, la música olores, el oído cuerpo y lo demás no se reconoce. Lucía Pitarch Ballesteros, 2º ESO D

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Relato corto en francĂŠs PRIMER PREMIO: Pourquoi faut-il apprendre langues?, de Paloma Carreras Palacio


Pourquoi faut-il apprendre des langues? Ça fait quelques semaines, je suis allée chez ma mamie. J’étais assis sur le canapé en train de lui montrer les photos de l’anniversaire de ma sœur, lequel on l’avait fêté le mois d’avant. Mamie souriait beaucoup. Elle était contente. Quand je lui racontais les cadeaux que j’avais offert à ma sœur, on a entendu un bruit. Il y avait un pigeon qui s’était posé sur la fenêtre. Elle s’est fâchée et elle a commencé à dire des mots que je n’arrivais pas à comprendre. J’ai fait comme si je n’aurais rien entendu. Après avoir contemplé toutes les clichés, elle m’a dit de garder les images dans un tiroir. Quand je l’ai ouvert et j’ai poussé les cartes postales, les lettres et les vieilles photos pour faire de la place, j’en ai vu une, la plus petite et vieille. Elle était même un peu déchiré par un coin. Je l’ai pris. Il y avait une jeune et belle femme et un grand, attractif et bel homme. C’était ma grand-mère ! Mais, qui était le garçon qui se trouvait à côté de ma mamie ? J’ai posé la même question à ma grand-mère. Elle a sourit si beaucoup que je ne pouvais même pas voir ces yeux. Seulement des petites larmes qui sont tombées sur les plies de sa peau. Elle a ouvert la bouche en voulant dire quelque chose, mais elle n’a rien dit. Des seconds après elle a commencé à parler. —Tu vois ce bon homme. Dans la photo on ne le voit pas très bien. Mais il a les yeux bleus comme leciel. Les cheveux noirs et lisses comme le charbon. Il est beau. Tu ne reconnais pas ces yeux ? Ce sont comme ceux de ton père. Ah ! J’avais compris, c’était mon grand père ! Je n’ai pas pu le connaître car il est mort avant que je suis née. J’ai regardé la photo plus attentivement et je ne reconnaissais pas le lieu où ils étaient. Et j’ai vu que derrière eux, il y avait un panneau où il y avait écrit : « La poste ». Alors je lui ai demandé où ils étaient. —C’est en France! Tu n’apprends pas le français à l’école ? À ton âge, il y a quelques ans, les enfants connaissaient déjà des mots en français. Ah oui ! C’était moi-même qui leur faisais apprendre! —Mais tu faisais quoi là-bas ? —C’est une longue histoire. Tu as du temps pour que je te la raconte ? —Euh, oui ! Vas-y. Je voulais vraiment connaître l’histoire de ma grand-mère. Et en plus si l’histoire est romantique. —Bon, ma famille et moi on a dû aller en France à vivre, à cause de la Guerre Civil qui se passait ici en Espagne. Au début c’était très dur d’habiter là-bas, même si ma sœur et moi on connaissait le français. Les deux, on était des maitresses dans une petite école à Saragosse. Mais quand même ça a été dur. On a trouvé du travail dans le village où on habitait. Quand la guerre a fini, on est resté en France. On avait une maison, du boulot, des amis. Et en plus, on ne savait pas ce qu’on allait trouver chez nous. Donc, on est resté làbas. Les années sont passées. Et une autre guerre est arrivée au monde. La Deuxième Guerre Mondiale. Ils sont arrivés des soldats provenant de tous les pays du monde. Les soldats se sont installés dans le village où on habitait. On devait leur cuisiner, leur faire le linge… Donc, à la fin, on se connaissait et on parlait. Comme tu peux imaginer, ça a été un mélange de cultures extraordinaire. Le français n’était pas suffisant pour se comprendre. Et l’espagnol non plus. Alors on a dû apprendre l’anglais. C’est un soldat qui m’a fait apprendre l’an26


glais en échange de lui repasser l’uniforme. Je n’aurais pas pu le comprendre s’il ne parlerait l’italien. Sa mère était d’origine italienne et son père polaque. Mais il était né en Amérique. Tu sais déjà qui était le soldat polyglotte? —C’est mon grand-père! Alors, sa maman de l’Italie, son papa de la Pologne et lui de l’Amérique du Nord ? C’est drôle ça! Attend, mais comme tu as pu apprendre l’anglais? —Ça n’a pas été facile. Mais rappelle toi, ton papi parlait italien. —Et tu arrivais à lui comprendre? —Oui. L’italien et l’espagnol se ressemblent beaucoup. Wow. J’étais étonné. Que ma mamie était intelligente! —Bon, quand la guerre a fini, et les américains partaient en Amérique, chez eux, ton papi a décidé de rester avec moi en France. On s’est marié. Et on a vécu en France pendant long temps, et ton père et tes oncles son nés. Mais le jour où ton grand-père est mort, j’ai voulu retourner en Espagne, avec mes grands enfants qui habitaient ici. Et bon. L’histoire a fini. J’étais émue. Je ne pouvais pas comprendre aux gens qui disent que les histoires des vieux ne sont pas intéressantes. Après avoir écouté cette petite bataille de ma mamie j’ai appris quelques choses. Voyager pour connaître des nouvelles cultures et de gens c’est magnifique et sur tout, qu’il faut apprendre des langues pour pouvoir se communiquer avec des étrangers, pas forcement en français avec les français et en anglais avec les anglais, aussi pour trouver du travail. Même pour pouvoir se débrouiller avec internet. Et aussi, que apprendre des langues, ne doit pas être forcement ennuyant, ça peut être amusant. Enfin, les langues, sont les clés pour découvrir le monde. Paloma Carreras Palacio, 2º Bachillerato B

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Relato corto de tema mitológico PRIMER PREMIO: El amor trágico en la mitología grecolatina, de Raquel Huerta Cruz


El amor trágico en la mitología grecolatina

A

lo largo de la historia se han sucedido numerosas historias de amor, algunas de ellas han conseguido alcanzar el máximo esplendor mediante romances de ensueño. Sin embargo, otras han sobrecogido los corazones de los más sensibles durante generaciones gracias a sus finales trágicos y a desmesuradas muestras de amor. De entre las innumerables historias de amor trágico de la mitología grecolatina, a mí me gustaría destacar la de Píramo y Tisbe. Podría relacionarse con el amorío de "Romeo y Julieta", creada por Shackespeare, dado que ambas parejas tenían prohibida su relación por culpa de las rencillas que existían entre ambas familias. A pesar de ello, encuentran la forma de sobrellevar los problemas manteniendo su amor en secreto. Además también podemos encontrar similitudes entre ambos romances en el desenlace trágico de los mismos. El mito de Píramo y Tisbe propiamente dicho es el siguiente: Píramo y Tisbe eran dos jóvenes babilonios. Habitaban en viviendas vecinas y se amaban a pesar de la prohibición de sus padres. Se comunicaban a través de una hendidura existente entre sus casas. Acordaron huir y encontrarse junto al monumento de Nino, al amparo de un moral blanco que había al lado de una fuente. Tisbe llegó primero, pero una leona que regresó de una cacería a beber de la fuente la atemorizó y huyó al verla, buscando refugio en el hueco de una roca. En su huida, dejó caer el velo. La leona jugueteó con el velo, manchándolo de sangre. Al llegar, Píramo descubrió las huellas y el velo manchado de sangre, y creyó que la leona había matado a Tisbe, su amada, y sacó su puñal y se lo clavó en el pecho. Su sangre tiñó de púrpura los frutos del árbol, de ahí viene el color de las moras, según Ovidio. Tisbe, en cuanto vio a Píramo, con el puñal en el pecho y todo cubierto de sangre, le abrazó y, a su vez, le sacó el puñal del pecho a Píramo y se suicidó clavándose el mismo puñal. Los dioses apenados por la tragedia hicieron que los padres de los amados permitiesen sepultar los cuerpos juntos, y desde aquel día los frutos de la morera quedaron teñidos de púrpura. El hecho de que haya elegido este mito se reduce a que me fascina la fuerza con la que sentían los personajes, tanto que fueron capaces de darlo todo por el otro, incluso la vida. Su romance llegó hasta tal punto que el uno sin el otro no podían vivir y prefirieron morir antes que vivir con el dolor de haber perdido a la persona que amaban. También influyen otros motivos, como por ejemplo el valor de ambos para defender su amor por encima de todas las cosas, por encima de la opinión de su familia. Para Píramo y Tisbe no debió ser fácil decidirse a abandonar todo y engañar a todo el mundo para huir y vivir su romance sin restricciones. El poder de su amor los llevó a hacer una locura, lo cual podemos relacionar con la frase latina “omnia amor vincit”, de los poemas de Virgilio (cuyo significado es “el amor todo lo vence”). Para mí esta frase tiene un gran valor, dado que creo que con el amor podemos conseguir cosas extraordinarias y llegado el momento, creo que también sería capaz de hacer un gran sacrificio por la persona a la que quiero (aunque no tan trágicamente como en el mito antes mencionado).

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un gran tema de debate. En mi opinión dos personas de diferentes razas pueden mantener una relación perfectamente y además no les debe influir la opinión de los demás, si ellos se quieren lo demás no debería importar. Ahora es más normal ver parejas de distintas etnias que estén juntas. Pero, no hace mucho tiempo, era un hecho casi imposible. Y creo que la integración es un gran avance en la sociedad del siglo XXI. Raquel Huerta Cruz, 2º Bachillerato F

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Ensayo lingüístico PRIMER PREMIO: Lenguas indoeuropeas, de Blanca Juan Gómez


Latín, inglés y alemán: lenguas indoeuropeas

gua.

S

omos esencialmente lenguaje. La capacidad de usar palabras es lo que nos diferencia de los animales. En un momento fue necesario comunicarse, emitir palabras para transmitir mensajes que luego llegaron a constituir la len-

Se ha llegado a la conclusión de que en un momento existió una lengua común de la que se originaron otras porque estas segundas comparten muchos rasgos. Este tiempo pertenece a la prehistoria, es decir, es anterior a la aparición de la escritura. Por lo tanto, de esa lengua, llamada indoeuropeo, no se conservan testimonios escritos. La mayoría de las lenguas europeas y algunas asiáticas provienen de ella. Entre sí tienen semejanzas y diferencias. Por eso se establecen distintos grupos. Uno de ellos es el de las lenguas románicas, que provienen del latín. Entre ellas está el castellano. Otro es el de las lenguas germánicas, como el inglés y el alemán. Son parecidas por eso, porque pertenecen al mismo grupo de la familia indoeuropea. También tienen elementos en común con el latín porque son, como esta lengua, hijas del indoeuropeo. Igualmente, el latín ha ejercido una influencia enorme sobre ellas porque además de haber sido la lengua del Imperio, luego se mantuvo como lengua de cultura europea. Aquí se ve el efecto de las circunstancias políticas e históricas en las lenguas: determinan su difusión y su pervivencia en el tiempo. Las tres lenguas a las que hago referencia en mi argumentación tienen, como ya he indicado, muchas semejanzas. Conociendo el inglés y el alemán se puede observar y estudiar el fenómeno de la transcripción de algunas palabras griegas al latín y a estas lenguas germánicas. Nuestro “teatro” viene del griego “θ,ατρον”. Tanto la “θ” como la “τ” griegas se transcriben al castellano como en el “theatre” inglés, esas dos primeras grafías representan el fonema original griego. Es un misterio la causa de que se transcribiera “φιλοσοφ4α” al latín como “philosophia”, siendo que en latín había “f”. Al castellano llegó como “filosofía” y tanto en “philosophy” como en “Philosophie” está el mismo fonema /f/. Con este ejemplo comprobamos cómo la lengua es un sistema que contiene otros: el fonológico, el léxico, el morfológico y el sintáctico, y que en la evolución de una lengua a otra se pasa de un sistema a otro. Esto es maravilloso. También se pueden relacionar series como la de los números en las tres lenguas: “unus” es “one” y “eins”, “tres” es “three” y “drei”… Ahora, el sistema para construirlos a partir del once no es el mismo. Por el camino de la influencia latina se puede apreciar que tanto en inglés como en alemán se utilizan prefijos latinos como “ex”. De la misma forma se emplean locuciones como “ex libris”, “ad hoc” y ya en el ámbito jurídico “de facto”, “de iure”… En inglés la forma habitual para indicar que viene un ejemplo es escribiendo “e.g.”, abreviatura de “exempli gratia”. Refiriéndonos concretamente al inglés se podrían señalar muchas similitudes con el latín. Por ejemplo, con el verbo “arrive” (llegar) se emplean las preposiciones “in” o “at” dependiendo de si el sustantivo que le sigue es un topónimo o un nombre común. Normalmente, con el verbo “to go” (ir) se utiliza la preposición “to”. En cambio “id a casa” se dice “go home”. Ocurre lo mismo con “ite domum”, que teóricamente debería llevar preposición. Por otro lado, se ve muy claro que “him” es un pronombre de acusativo por la terminación en “m”. El alemán y el latín son dos lenguas próximas aunque parezca que no. Hay muchas 34


palabras de género neutro en alemán que acaban en “-um” y su plural en “-a”, por ejemplo. Incluso la palabra que se emplea para decir “beca” es “Stipendium”, como la compensación económica que recibían los soldados romanos por sus servicios. Esta es una lengua que mantiene casos, en la que los elementos nominales se declinan. Hay cuatro: nominativo, acusativo, dativo y genitivo. Sin embargo no hay distintas declinaciones. En este aspecto está más simplificada que el latín. No ocurre así con el checo, que es una lengua eslava con siete casos distintos. También se parecen el alemán y el latín en el orden de palabras en la frase. Cuando hay dos verbos, el principal siempre se coloca en posición final. Esto es muy importante, porque la sintaxis es la estructura, lo más sistemático en una lengua. Cuando se comparan varias y se observan estructuras parecidas se puede afirmar que esas lenguas tienen un origen común y que pertenecen a la misma familia lingüística. Sobre el tema de los verbos hay que señalar que aunque actualmente no se añadan desinencias personales a la forma base del verbo inglés, sí que se hacía en el inglés antiguo. Allí nos encontramos con “-st” para la segunda persona del singular, que es la misma desinencia del alemán. Esto da mucha alegría. Y aunque el vocabulario, la asignación de un significante a un significado, sea arbitraria, podemos terminar con una sonrisa sincera y amplia con los verbos “grin” y “grinsen”, que hacen referencia a ese gesto, acompañados de la “musica” en latín que ya venía del griego, “music” en inglés y “Musik” en alemán. Si una lengua es una forma de pensar y de entenderlo todo, cuantas más lenguas conozcamos, tendremos una mentalidad más abierta, podremos leer y viajar y así aprender. Conocer el latín y su cultura nos ayuda a hacer lo mismo con la nuestra, a valorarla y a disfrutar todo lo que tenemos. Blanca Juan Gómez, 1º Bachillerato F

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Relato hist贸rico PRIMER PREMIO: El sitio de Zaragoza, de Elvira del Pilar Muz谩s Crespo


El sitio de Zaragoza Diario de los últimos días de una mujer destruida por la guerra 16 de Junio, Hacía casi un año que no veía a mi hermano. Él se había alistado en el ejército para “servir a su país”, dejando aquí a su mujer y a sus dos hijos, sin la figura paterna que tanto necesitaban. Al igual que ellos, yo también le añoraba y me angustiaba la ausencia de noticias. Podría haber muerto y no lo sabíamos. Pero todo esto era propio de mi hermano, él era un espíritu libre. Su carácter indómito y aventurero le impedía quedarse quieto. Por eso me extrañaba tanto que hubiera pasado más de 6 años aquí, y por eso no me sorprendió la noticia de su marcha, hace ya tantos meses. A su mujer sí, ella no le conocía como yo. Crecimos juntos, sin padre ni madre y por eso estábamos más unidos que cualquier otra pareja de hermanos, pero ahora lo único que podía hacer era rezar para que volviera sano y salvo, por su mujer, por sus hijos y por mí. Sin embargo, sabía que él no volvería hasta que todo esto terminará. Y mientras tanto, todos los días eran iguales. Hasta el 24 de mayo. Ese día nos enteramos de que en Madrid había habido un levantamiento ante el intento de usurpar el poder del rey. Me lo dijo Ana, la mujer de mi hermano, cuando vino a casa para que fuéramos al mercado juntas. Íbamos por la calle cuando en la puerta de la taberna unos hombres gritaban: “y si ellos pueden, ¿por qué nosotros no vamos a expulsar a los gabachos estos?”. Horas más tarde, la ciudad era un polvorín de rabia, rencor y miedo a partes iguales. Se reunió un grupo de hombres enorme, entre los cuales iba mi marido, y fueron a exigirle al capitán Guillelmi armas para repeler la injustificada agresión de los franceses. Ante su negativa fue depuesto por la fuerza y pusieron al general Palafox, sólo porque su familia es importante. La ciudad contaba con muy pocas armas (dada la batalla que se iba a producir), guardadas en el castillo de la Aljafería, junto a diversos cañones; y una débil muralla de ladrillo, de apenas cuatro metros de altura, que saltaba yo con facilidad cuando era más joven, e iba con mi hermano al campo. Se lo dije a mi marido, pero no tuvo en cuenta mi opinión y dijo que “una mujer no podía tener razón porque nunca han participado en las guerras”. Ayer fue un día largo y agotador. Me desperté tarde con el sonido de los combatientes. Mi marido no estaba allí, se había ido para luchar. Me había dejado una nota: “Por lo que más quieras, no salgas de casa”. Pasé el día de un lado a otro, nerviosa, sin poder parar quieta, limpiando y barriendo. Mal comí y a las cinco de la tarde no pude más y salí a la calle. Estaban los dragones franceses. Salimos a su encuentro las mujeres, y por un extraño milagro de la Virgen, vencimos, tan solo armadas con las piedras que había en la calle. Se retiraron rápidamente. Aunque no solo del Portillo sino también del resto de la ciudad, visiblemente mermados en número. Y la ciudad lo celebró, llevándole banderas francesas a la Pilarica, que les habían quitado a los soldados en la batalla. Pero yo no participé de aquella fiesta. No encontraba a mi marido. Busqué a Ana y le pregunté. Ella tampoco lo sabía. Yo estaba desolada, no lo encontraba en ninguna parte. Escribo por la mañana, agotada, llevo toda la noche sin pegar ojo, preocupada por mi marido. Mi motivo para escribir es intentar alejar la pena, por la desaparición de mi esposo.

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16 de Junio, por la noche, ¡Gracias a Dios mi marido está sano y salvo! Había ido a enterrar los cuerpos de aquellos que habían muerto, y luego, junto a sus amigos, había ido a la taberna. Ahora está durmiendo en la cama. Voy a darle las gracias a la Virgen por esto y a dormir, junto a él, porque no pegué ojo la noche pasada... 17 de Junio, por la noche, ¡Abrase visto, semejante sinvergüenza! ¡Nos ha pedido que nos rindamos! La vecina de abajo ha corrido a contármelo, y mi marido ha salido inmediatamente a la calle. El general Lefebvre ese ha mandado una carta a través de un prisionero al marqués Lanzán. Por supuesto, este volverá a la ciudad de la que salieron él y su hermano Palafox para buscar algunos soldados y, por lo que ha sabido mi vecina, sin muy buena fortuna. 28 de Junio, en la madrugada, La pena y la amargura me embargan y me hacen perder la razón. El día 18, el marqués regresó a la plaza y le envió la carta de los franceses a su hermano. Palafox le respondió al generalucho ese, de manera que le debió quitar toda esperanza de reducir la ciudad de otra manera que no fuera por la fuerza de las armas. Los días siguientes a este hecho, mi marido, mi difunto marido, estuvo todo el día en la calle. Todo el mundo estaba envalentonado por la llegada de las armas y de tropas que acudían en auxilio de la ciudad sitiada. Él era el responsable de supervisar las municiones y estaba muy atareado. Se habían producido juras a la bandera por toda la ciudad y él fue el primero en prometer “por la religión católica, el rey Fernando VII y la patria, bajo la protección de la Virgen del Pilar” que no descansaría hasta ver fuera del país a los franceses. Al día siguiente, ayer, se fue corriendo a encargarse de la pólvora que acababan de traer. Yo me fui a la Iglesia de San Juan, a atender a los heridos de las primeras horas de la mañana, los primeros combatientes que luchaban por su familia y por su felicidad, cosas que yo ya no tengo. Oí la explosión desde allí, y se me cayeron las agujas de la bandeja que llevaba. Corrí desesperada por la calle hasta llegar hasta donde estaba mi marido, en el seminario de San Carlos, por algún extraño impulso que me empujaba hasta allí. Pero algo hizo que me parara en seco. Todo el seminario estaba destruido, incluidas las casas colindantes. Avancé como pude por los montones de escombros buscado a mi marido; mientras tanto y rápidamente se acercó gran cantidad de soldados y mujeres. Corrían, al igual que yo, por entre los escombros, intentando encontrar algún superviviente. Algunos gritaban que era una traición, otros decían que había sido producido por un descuido, a voces desacompasadas. Pero a mí eso me daba igual, lo único que intentaba encontrar era un atisbo de esperanza de mi marido estuviera vivo. Y una voz general gritó: ¡A las puertas! ¡A las puertas! Yo me quedé allí, al igual que otras mujeres, mientras que los hombres se fueron rápidamente. Y de pronto vi una mano entre unas vigas. En ella reconocí el anillo de boda de mi marido y la cicatriz que se hizo al salvarme de aquel oso, el día que nos conocimos. Y me caí al suelo, sollozando. Lo siguiente que recuerdo fue a Ana arrastrándome hasta casa, dejándome en la cama y arropándome, como hacía mi madre cuando yo era muy pequeña. Allí me quedé lamentándome, hasta que esta mañana he sido capaz de levantarme y escribir aquí, cosa que ya he tomado por costumbre. Y he tomado una decisión: yo no podría seguir viviendo si él no estaba a mi lado. Mi esposo tenía guardada una caja de venenos exóticos, que nos había regalado mi hermano por nuestra boda. Así estaría junto a él para siempre... Elvira del Pilar Muzás Crespo , 1º ESO A 39


Índice

Rutina rota ... ..................................................................... 6 Lluvia ................................................................................. 9 Despreocupado y sin destino .......................................... 10 El cisne verde .................................................................. 12 El bosque invisible de Mandrágora ................................. 14 Castillos en el aire ........................................................... 20 Ironía ................................................................................ 21 Porquoi faut-il apprendre des langues? .......................... 24 Amor trágico en la mitología grecorromana ................... 28 Latín, inglés, alemán : lenguas indoeuropeas ................. 32 El sitio de Zaragoza. Diario de los últimos días de una mujer destruida por la guerra ........................................... 36


Esta edición no venal, con fines pedagógicos y hecha para su distribución entre el público lector del Instituto de Enseñanza Secundaria Goya de Zaragoza, reúne los textos premiados en la modalidad literaria de relato y poesía en castellano, relato corto en francés, narración de recreación histórica y biografía que se han otorgado en los Premios Goya 2011-2012.


Biblioteca del Instituto Avda. de Goya, 45 50006 Zaragoza TelĂŠfono: 976 358 222 Fax: 976 563 603 Correo: iesgoyzaragoza@educa.aragon.es


Premios Goya 2012  

Recopilación de trabajos realizados por el alumnado del Instituto

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