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Cuadernos de biblioteca

Relatos para PASARLO DE MIEDO 2


Relatos para PASARLO DE MIEDO 2


Cuadernos de Relatos nº 4 Colección dirigida por Josefina López

PRIMERA EDICIÓN, 2010 Ediciones de la Biblioteca Departamento de Edición Maquetación: Mª Pilar López Pérez IES Goya Avd. Goya, 45 50006 ZARAGOZA


La historia de la desdichada Berenice (Basada en el relato “Berenice”, de Edgar Allan Poe)

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Gabriel Carmona Celma

ste relato no trata sobre ningún hecho inventado o ficticio, sino acerca de una historia real que ocurrió hará unos cincuenta años.

Yo era tan solo una niña huérfana y sin hogar mendigando entre las calles más oscuras de Madrid, uno y otro día con tan solo unas míseras pesetas para sobrevivir. En una de esas lúgubres jornadas de la que no recuerdo la fecha, un grupo de monjas me observó con cara de tristeza. Estuvieron un buen rato encogidas y estremecidas al ver mis harapientas ropas y mi cajita de cartón, que tan solo contenía un par de duros, cuando una de ellas murmuró: ―¡Qué atrocidad! No podemos permitir que esta pobre niña deambule así por estas calles, aún existen muchos bribones capaces de aprovecharse de una pobre y desdichada niña como esta‖. Al tiempo que otra monja, que parecía ser la madre Superiora, le respondía: ―Es cierto, el Señor nunca nos lo perdonaría‖. Y así fue, las monjas me acogieron y me dieron un hogar en el pequeño convento en el que vivían. Yo compartía habitación con la asistenta que les limpiaba y les hacía la comida, y además, me pagaban la escuela y me regalaban algo de ropa por Navidad. Pero a cambio de este hogar, yo debía ayudar a la asistenta en todas sus tareas, incluida la de limpiar los retretes, y hacer la comida. Aunque comparado con lo que tenía antes, esto era una bendición divina. Después de muchos años viviendo en el convento, me atacó una extraña enfermedad, que me hacía tener convulsiones, y en ocasiones, hasta desmayos muy prolongados. Aun así, las monjas se portaron muy bien conmigo, y me cuidaron sin rechistar una sola vez, pero cuando cumplí los dieciocho años, la cosa cambió. Me dijeron que me buscara un trabajo, y que mientras no pudiera encontrar alojamiento, ellas me prestarían uno de sus numerosos pisos, pero que a ellas ya les tocaba el turno de ayudar a otras personas, ya que yo ya era mayor y podía cuidar de mí misma. Esas palabras se quedaron grabadas en mi mente para toda la vida, pero ,en parte, me liberaron, porque ahora yo era libre de hacer lo que quisiera y cuando quisiera, o al menos eso creía yo. Digo creía, porque la cosa no fue así, sino que todo fue a peor a causa de mi enfermedad, y es que ya no eran tan solo los ataque epilépticos y los desmayos, sino que ahora podía dejar de respirar durante mucho tiempo, con los ojos cerrados. Parecía una difunta cada vez que mi enfermedad entraba en acción. 3


La cosa siguió así durante varios años. A los veintiuno, las monjas dejaron de cuidarme y me vi obligada a trabajar de criada en un lujoso y bonito piso de Madrid. Tuve mucha suerte con aquel trabajo, porque además de ganar lo suficiente para vivir, podía dormir en el piso donde servía, y las comidas me las daban gratis. Entablé bastante amistad con la mujer del dueño de la casa, debido a que yo era su única válvula de escape frente a los continuos maltratos físicos y psíquicos que sufría la pobre mujer por parte de su marido. Pero aquella historia terminó cuando el marido de aquella mujer se fugó con una cubana a las Américas, y dejó a su pobre esposa hasta las cejas de deudas. Así que muy a mi pesar, tuve que buscar un trabajo en otro lugar, en el que además me pagaran lo suficiente como para alquilar un pisito en Madrid. Pero con lo mal que iban las cosas en aquella época no conseguí encontrar nada decente, así que volví a la misma situación de hacía dieciocho años, en la calle y sin un sueldo con el que vivir. Con todo el tiempo que tienes para pensar cuando estás en la calle, se me ocurrió que quizás si ampliara mi cultura tendría más posibilidades de encontrar empleo. Y qué mejor sitio para aprender que en una biblioteca, así que rauda como un rayo, me dirigí hacia dicho edificio. Al entrar quedé perpleja ante la cantidad de libros que había por todas partes; no sabía por cuál empezar, así que cogí el primero que vi, y más tarde, me dirigí hacia la mesa más cercana. En ella se encontraba un hombre muy sucio y desaliñado, esquivo y algo arisco, pero con pinta de ser bastante culto. Después de aquello, fui a la biblioteca todos los días, uno tras otro, y hubo algo que me sorprendió bastante. Y no fue otra cosa que descubrir que aquel hombre esquivo y desaliñado no se movía de su silla excepto para coger otro libro. Siempre permanecía en silencio, y no dejaba de leer ni para dormir. No sé si fue la curiosidad o la pequeña atracción que me producía aquel hombre la que me llevó a preguntarle un día acerca de por qué se pasaba toda la vida allí metido. El misterioso hombre quedó bastante sorprendido al ver que alguien le dirigía la palabra, y con tono autoritario respondió que estaba leyendo, y que no quería que nadie le molestara mientras leía. Pero yo no soy una de esas que se rinde a la primera, y no dejé de preguntarle hasta que me dio una respuesta lógica, y esa respuesta fue: ―Mi madre me dio a luz en esta misma biblioteca, y yo desde muy pequeño me vi unido a ella de una forma especial. Al principio, solo estaba aquí una hora diaria, pero luego se fue convirtiendo en una obsesión, además los niños del colegio se metían conmigo, y me llamaban ratón de biblioteca, así que por las tardes, yo me refugiaba aquí y me olvidaba del mundo exterior. Se fue creando un círculo vicioso que acabo convirtiéndome en esto, un verdadero ratón de biblioteca que no la abandona ni tan siquiera para dormir.‖ El relato de aquel hombre me caló tan hondo, que quise conocerlo mejor, y una cosa llevó a la otra, y esa a la otra, y al final nos hicimos muy amigos, y más tarde, comenzamos un largo noviazgo, hasta que él me pidió matrimonio y yo, naturalmente, le contesté con un rotundo sí. 4


Faltaba tan solo un mes para el día de nuestra boda cuando mi enfermedad fue a peor. Fui de un hospital en otro, pero en ninguno podían curarme. Estaba condenada a sufrir esos dolores durante toda mi vida. Pero en ese último mes, ocurrió un suceso muy extraño: mi futuro marido empezó a obsesionarse con la belleza de mis dientes cada vez más y más, y esto empezó a preocuparme. Un día fui a la biblioteca a verle y a hablar sobre el tema, pero nada más cruzar el umbral de la puerta, caí redonda al suelo, empecé a dar varias vueltas sobre mí misma, y más tarde, empecé a tener convulsiones, que supongo que irían precedidas de uno de esos ataques que me producía aquella rara enfermedad, y que hacían que pareciera una difunta. Lo siguiente que recuerdo es estar enterrada dentro de un ataúd, supongo que porque uno de mis extraños ataques se alargó y la gente acabo dándome por muerta. Mientras, estaba sumida en aquella aterradora oscuridad, dentro de seis tablas de madera, sin poder mover ni un solo músculo, ni un solo hueso, sintiéndome prisionera de mi propio cuerpo, y con la única habilidad de pensar y articular palabras de auxilio, con la única esperanza de que alguna persona con capacidad de movimiento me rescatara. Calculo que seguí gritando durante unos cinco o seis minutos, lo que tardaron mis ataques epilépticos en entrar en escena, pero esta vez fue más doloroso que nunca, debido a mi incapacidad de movimiento. Mi cuerpo me decía que me volteara hacia la derecha, pero el ataúd me lo impedía, mi cuerpo cada vez lo pedía con más fuerza, y yo notaba cómo lentamente se me iban desgarrando todos y cada uno de los músculos y tendones de mi brazo izquierdo, y más tarde escuché el crujido seco que indicaba una fractura en mitad del hueso, produciéndome un intensísimo dolor al que respondí con un fuerte e incesante alarido semejante al que hacían las personas a las que se les amputaba un brazo sin anestesia en la Edad Media, solo que, en esta ocasión, yo no tenía ningún objeto que morder, ni ninguna mano amiga a la que aferrarme, porque estaba sola, completamente sola y sin posibilidad de escape. Al final, el ataque epiléptico cedió ante la abrumadora superioridad del ataúd, pero esta vez no entré en trance, sino que seguí consciente, aunque, la verdad, en aquella situación hubiera preferido lo del trance. Las paredes cada vez se me hacían más y más pequeñas, y cada instante que pasaba, me daba cuenta de que se me agotaba el aire, y que nadie vendría a rescatarme. Intenté gritar, pero, solo conseguí consumir más oxígeno, y al final, como era predecible, se me agotó el aire, mis pulmones dejaron de tragar; yo movía la boca de un lado a otro con la esperanza de encontrar algo de oxígeno, pero como era de esperar, no encontré nada, y me dispuse para una muerte lenta y dolorosa. Empecé a dejar de sentir los dedos de las manos y los de los pies, luego el mal se fue extendiendo hacia el tronco hasta que dejé de sentir por completo las extremidades. Noté una especie de presión sobre el pecho, que cada vez fue incrementándose más y más, hasta que parecía que me hubieran colocado la Gran Vía encima de mí. Pero la cosa no quedo ahí, en la garganta empecé a notar como si me hubiera tragado un rosal entero con todas y cada una de sus espinas clavándose cada vez con más fuerza. El dolor subió hacia el cerebro, y cuando ya estaba a punto de desmayarme, oí un golpe en el ataúd, no sabía si era una persona que venía a salvarme, o San Pedro reclamándome en el reino celestial, pero resultó ser mi prometido, que venía a rescatarme, o al menos eso pensaba yo. Abrió la tapa del ataúd, pero me quedé muy extrañada al ver que sus preciosos y grandes 5


ojos azules se habían transformado en unos pequeños y rojos globos oculares completamente ensangrentados y que además hacían juego con su nueva sonrisa de loco asesino. Desde ese mismo instante, me di cuenta de que la opción de San Pedro hubiera sido mucho más acertada. Mi prometido me agarró del brazo derecho, y me sacó del ataúd sin tan siquiera darse cuenta de mi increíble alarido de dolor. Luego me maniató con una cuerda de esparto, y sacó una extraña cajita del bolsillo, la cual reconocí más tarde, porque era una de las posesiones más preciadas de mi prometido, una caja heredada de su padre, el cual era dentista. Yo no entendía nada de toda aquella historia, pero lo comprendí todo cuando mi prometido comenzó a usar los utensilios de dentista de su padre para extirparme uno a uno, todos mis dientes, aquellos con los que llevaba algunas semanas obsesionado. Intente morderle, pero no surtió efecto debido a mi debilidad física, y cuando mi cruel y vil prometido acabó de sacarme los dientes, cogió la pala que el mismo había utilizado para desenterrarme, y me asestó un contundente golpe mortal en la parte superior de la nuca. Lo siguiente que recuerdo es ver mi propio cuerpo cubierto de sangre, sin dientes, y a mi futuro marido huyendo con las piezas dentales en las manos, mientras mi alma se alejaba a las alturas, seguramente hacia un lugar mejor.

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La maldición familiar Manuel Arcelús Clemente

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ran las 4 de la mañana. Me levanté para ir al baño. No había pegado ojo en toda la noche. Unas horas antes un grito desgarrador había perturbado mi sueño, pero pensé que era una pesadilla de las mías. Me dirigí al baño y la primera sorpresa de aquella extraña noche fue que no había luz. Por más que lo intenté, la luz no se encendía, debía de tratarse de un apagón. Yo, aterrorizado recordando aquel grito, me horroricé ante la posibilidad de tener que estar toda la noche encendiendo y apagando velas. Decidí salir a dar una vuelta por la calle. Entonces, no sabía aún el error que había cometido. Andando y andando, casi como si mis pies me hubieran dirigido hasta allí, llegué a las afueras de la ciudad. Allí cerca vivía mi tío, un hombre extraño por sus costumbres (era muy supersticioso y creía en toda clase de monstruos), al que, sin embargo, le debía mucho. Desde pequeño jugó conmigo en el inmenso bosque que todavía rodea su casa. Posteriormente me ofreció trabajar en su empresa, una empresa que siempre había sido propiedad de mi familia, pero que mi padre no había querido heredar junto a mi tío. Este asunto trajo cola en mi familia. Mi abuelo le decía a mi padre que debía continuar con la tradición familiar, pero a mi padre no le convencía puesto que, por sucesos extraños, había tenido varios apercibimientos de cierre, accidentes laborales…, y es que era una empresa que se había ganado muchos enemigos debido a su gran éxito. Aún creo que mi padre hizo muy bien en no aceptar esa pesada herencia. Y los terribles sucesos de aquella fría tarde de enero me lo confirmarían para siempre. Por fin llegué a casa de mi tío. Las luces estaban encendidas (tal y como esperaba, por otra parte, puesto que era el único miembro de la familia que tenía el sueño ligero). Pero al llamar no me abrió mi tío. Para mi desesperación me abrió un policía, y aquello solo podía significar una cosa: aquellos terribles sucesos que solo le ocurrían al desafortunado dueño de la empresa familiar habían vuelto a repetirse. En el recibidor yacía mi tío, muerto y con el cuello desgarrado. La bestia familiar, que tantas generaciones anteriores había exterminado, había vuelto, y no desaparecería hasta que la fábrica tuviera un nuevo dueño. En ese preciso instante, supe que o heredaba la dichosa fábrica, o la perdería para siempre suponiendo eso una pérdida considerable de dinero. El Vampiro se había dado un buen festín aquella noche, y también me dio 7


a comprender las extrañas costumbres de mi difunto tío, puesto que aquella noche no fue (con total seguridad) la primera vez que se vieron. Y yo sería su siguiente víctima. Mi sueño había sido una premonición. Ese vampiro se había cobrado la vida de otro buen hombre. Desde aquel día juré que heredaría la fábrica y acabaría con ese chupa sangre, pero mis esfuerzos no hicieron falta. Mi valiente tío no había caído él solo, allí yacía la bestia con una estaca clavada en el corazón. La maldición familiar había acabado para siempre.

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El espíritu de Rosa Ariadna Ferrer de la Torre

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aura recibió la noticia de que su tía había fallecido y de que le dejaba en herencia una vieja mansión que ella nunca llegó a ocupar, porque decía que le traía malos recuerdos. Laura, a pesar de lo que decía su tía sobre la mansión, decidió mudarse ya que estaba cansada de la vida en la ciudad; pero cuando llegó al viejo caserón se quedó impresionada. Era una mansión antigua, de estilo victoriano, que prácticamente se caía a pedazos. Nada más entrar vio una escalera que le produjo una extraña sensación. Era una escalera majestuosa, con una alfombra roja descolorida por el sol que debió recibir durante tantos años, procedente del gran ventanal del recibidor. En el techo había una enorme lámpara de araña que se balanceaba a causa de la corriente que entraba por los cristales rotos de las ventanas. Laura se encontraba en tensión. La casa era oscura, lúgubre, fría. El movimiento de unas cortinas rasgadas le produjo un escalofrío que la llenó de temor; entonces oyó un estruendo procedente del ático que la sobresaltó tanto que no pudo evitar que de su boca saliera un grito ensordecedor. Salió corriendo hacia la puerta, pero chocó con algo; entonces volvió a gritar, pero esta vez el grito duró menos ya que vio que aquello con lo que había chocado era una persona. — Perdona si te he asustado – dijo la mujer sonriendo. — ¿Asustada? Yo no estaba asustada, es que he oído un ruido y he gritado, ha sido un acto reflejo — mintió ella intentando parecer más valiente de lo que era. — Ah, vale. Bueno, yo soy Rosa, vivo tres casas más abajo, he venido porque he oído un grito, pero... –— dijo sin parar de sonreír. — Tranquila, gracias. Yo me llamo Laura, soy la sobrina de la vieja propietaria — añadió Laura. — Ah, yo solo la conocía de vista. Bueno, tengo que irme — concluyó Rosa. Cuando se quedó sola, Laura no pudo evitar avergonzarse de haberse asustado; luego dio una vuelta por la casa y subió al ático. Cuando intentó entrar se dio cuenta de que la puerta no tenía pomo, pero no le dio importancia. Ella misma quitó la alfombra y las cortinas y las tiró. Por la tarde llegaron los pintores y los de la mudanza y en solo unas horas ya estaba terminada su habitación. 9


Esa noche, por mucho que lo intentó, no consiguió dormirse, porque aunque la casa no tenía el mismo aspecto, seguía sintiendo una extraña sensación. A la mañana siguiente le contó a Rosa que no podía dormir y ella la tranquilizó. A finales de semana, la reforma de la casa ya estaba terminada. Laura ya podía dormir y le había cogido mucha confianza a Rosa; pero esa noche notaba una presencia. Cuando se fue a la cama sentía aire caliente en su cuello, como una respiración de alguien o algo que estaba cerca, muy cerca de ella. Consiguió dormirse, pero al oír un ruido extraño se despertó aterrorizada y vio unos ojos que brillaban en la oscuridad. En ese momento salió corriendo hacia la calle, pero en el recorrido se dio cuenta de una cosa: volvía a estar la misma alfombra roja descolorida de la que ella misma se había librado, las mismas cortinas rasgadas y la misma corriente de aire que movía la lámpara de araña. Salió corriendo hacia la casa de Rosa, exactamente tres casas más abajo, pero lo que vio le hizo volver otra vez corriendo a su casa. Le dio un vuelco el corazón en el momento en que vio que allí no había ninguna casa, lo que había era un cementerio. Para su sorpresa, cuando volvió a su casa todo estaba bien, ni cortinas rasgadas, ni cristales rotos, ni alfombras descoloridas, todo en orden. A la mañana siguiente vino Rosa y Laura le contó todo lo que le había pasado, excepto lo del cementerio. De repente empezó a desconfiar de Rosa, de su sonrisa, de su mirada inocente, de su manera de quitarle importancia a la situación diciendo: ―Seguramente fue una pesadilla, no le des importancia.‖ Aun así, Laura necesitaba sentirse apoyada, confiar en alguien, así que le dio las copias de las llaves de su casa a Rosa porque le dijo que, cuando la oyera gritar, iría corriendo a ayudarla, pero que no podría abrir la puerta sin las llaves. Esa misma noche se despertó otra vez y vio a los pies de su cama a una mujer pálida, transparente, vigilándola y sonriéndole de la manera más diabólica posible. Laura echó a correr hacia la puerta: estaba cerrada con llave; luego subió al ático, pero recordó que la puerta no tenía pomo. Cuando intentó volver a bajar, la mujer se puso en su camino y le dijo: ―Eres demasiado confiada. ¿No sabes que no hay que abrirles las puertas de tu casa a los extraños, y menos darles las llaves? ― En ese momento, Laura no pudo evitar mirarle la cara y reconocer su mirada, la misma mirada inocente que ponía Rosa: — ¿Sabes otra cosa? No vivo tres casas más abajo... vivo aquí – dijo mientras le enseñaba un pomo. Laura se echó a llorar desconsoladamente. — No sabes cómo siento tener que hacer esto, pero tu tía lo hizo conmigo y yo no pude vengarme, pero ahora sí — chilló riéndose mientras se abalanzaba hacia ella.

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El espíritu maligno Melani Gómez Alonso

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rase una vez una niña llamada Andrea, que vivía en el norte de Italia junto a unos parientes, porque desgraciadamente sus padres habían sido asesinados hacía unos cuatro años. Sus parientes eran malísimos, le hacían dormir en un cuarto muy pequeño y cuando tenía cumpleaños ni la felicitaban y, lo que es peor, hasta le mintieron diciéndole que sus padres habían sido secuestrados y hasta entonces no se había sabido nada de ellos. Pero Andrea era tan inocente que se lo creía todo. Un día, a las doce de la noche, cuando todo el mundo estaba durmiendo, Andrea oyó unos pasos que hacían crujir la madera del suelo. Andrea estaba aterrorizada y cogió una linterna guardada en su mesilla de noche. Cuando estaba a punto de encenderla, oyó unas voces que decían: ―¡No, no déjenos !‖, y unos gritos muy altos, que hicieron que se cayese un vaso de leche que tenía en la mesilla de noche. Andrea se quedó en silencio, para ver si podía escuchar alguna voz más. Esperó unos minutos y nada, lo único que consiguió oír fue cómo subía uno de sus parientes, debido al jaleo que se había armado. El pariente entró enfurecido y le preguntó a Andrea: ―¿Se puede saber qué estás haciendo? Hay gente que quiere dormir a estas horas‖. Y la chica, que no tenía la culpa de nada, le contestó: ―Pero, si yo...‖. El pariente, que se caía de sueño, le dijo: ―No hay peros que valgan. ¡ Métete en tu cama y duerme de una vez!́‖. Andrea le quiso preguntar si había escuchado voces, pero pensó que sería preferible preguntárselo por la mañana. Al día siguiente la hija de sus parientes, que para ella era su prima, empezó a dar golpes en la puerta del dormitorio, para avisarle de que iban a ir al bosque. Andrea, que hubiera preferido quedarse durmiendo en la cama, se levantó para preguntarle a su prima y tíos si habían oído algunas voces extrañas a media noche. Nada más bajar, se podía escuchar el follón que se había montado, porque su prima no estaba contenta por lo que le habían regalado para su cumpleaños. ―Pero ¿qué es lo que está pasando aquí?‖, preguntó Andrea, y la niña le contestó tan frescamente: ―¿Y a ti qué te importa?‖. Al recibir esa contestación, Andrea cogió su desayuno y se lo llevó a su habitación, para poder tomarlo tranquilamente. En su habitación había una gatita que se llamaba Bolita de Nieve. Andrea la quería mucho pero sus parientes no dejaban que Bolita de Nieve anduviera suelta por la casa, así que la tenía que dejar en su habitación. Tampoco confiaba en dejarla en casa cuando salía: la última vez que lo hizo, su prima la metió en el armario y la gatita se volvió histérica, y la tuvo que llevar al vete11


rinario. Andrea se puso el desayuno en una mesita pequeña que tenía enfrente de su ventana, para poder darle de comer a su gatita. Mientras desayunaba empezó a pensar qué es lo que le querían decir esas voces, quizá eran imaginaciones suyas o que alguien le estaba gastando una broma. Estaba insegura, así que nada más terminar de desayunar, bajó para preguntarles a sus parientes: ―¿Vosotros no habréis oído unas voces a media noche?‖. ―No‖́-le contestaron todos a la vez. Andrea pensó que esa noche estaría soñando. Pero no era así, porque, a la noche siguiente, ocurrió lo mismo y algo más. De repente salía sangre de las paredes y Bolita de Nieve empezó a flotar en el aire. También se escuchó una voz maligna, y a continuación volvieron a repetirse las voces de la noche anterior. Andrea se despertó sobresaltada y encendió la luz. No podía creer lo que estaba viendo, la gatita maullaba muy alto, y consiguió que se despertase toda la familia. Cuando los parientes quisieron entrar en la habitación, no podían, porque alguien había cerrado la puerta ,y gritaron: ―Andrea, abre ahora mismo la puerta‖. ―¡No puedo!‖, les contestó Andrea. De repente se fue la luz y la niña vio unos ojos que brillaban en la oscuridad. Al ver esos ojos, Andrea quedó tan blanca como la nieve. Mientras, su pariente le gritaba: ―Jovencita, ¡abre ahora mismo la puerta o la echaré abajo!‖. Pero Andrea estaba como aislada de todo el mundo y se acurrucó en un rincón. Al momento oyó unos golpes fuertes en la puerta, uno tras otro. Hasta echar definitivamente la puerta abajo. Cuando entraron en su habitación desapareció todo como por arte de magia. La gatita fue corriendo con los pelos de punta junto a su dueña; sus tíos encontraron a Andrea en un rincón, y su tía le preguntó: ―¿Se puede saber que es lo que te ha pasado para que hayas quedado tan blanca? Parece que has visto a un fantasma‖. Andrea cogió a su gatita y no dijo ni una palabra. Por la tarde quedó con sus amigos en el parque, para contarles todo lo que le había sucedido. Sus amigos, Maite y Lucas, no se podían creer lo que les estaban contando. Maite decidió que fueran a su casa para que su padre y su abuelo le ayudaran, así que les dijo: ―Venid a mi casa, así podremos ver si allí te ocurre lo mismo‖. Andrea aceptó y, nada más llegar a casa, cogió algo de ropa y se llevó a su gatita. No quería pasar ni un minuto más en aquella casa. Cuando llegó a la de Maite, esta les había expuesto el problema a su abuelo y a su padre, que entendían algo sobre estos casos. Decidieron esperar a Lucas. Mientras llegaba su amigo se entretenían jugando con Bolita de Nieve. Cuando llegó Lucas, se reunieron todos en el comedor. Primero habló el abuelo: ―Lo primero que te voy a decir, Andrea, es que lo que hay en tu habitación son espíritus. Y según lo que me ha contado mi nieta, puedo afirmar que hay un espíritu bueno y otro malo‖. ―¿Y quiénes son esos espíritus?‖ preguntó Andrea. ―Mira, los espíritus buenos intentan proteger a los seres que más quieren, así que yo diría que son tus padres. Y el espíritu malo sería el asesino de tus padres‖ -le explicó el padre de Maite. La niña quedó sorprendida cuando le dijeron, en otras palabras, que sus padres habían sido asesinados y no secuestrados. ―¿Y cómo se llama ?‖ -le preguntó. ―Se llama Sebastiano‖ -le contestó el abuelo. En ese momento se fue la luz, y sucedió lo mismo, solo que esta vez se 12


oía la voz de Maite, que se iba alejando poco a poco hasta que dejaron de oírla. Después de lo ocurrido volvió la luz y Maite ya no estaba. Empezó a buscarla por todas partes, pero el abuelo gritó: ―¡ Quietos ! No sirve de nada que la busquéis aquí, porque según la leyenda los espíritus llevan a las personas al castillo de las nieblas. Así que dejad de buscar en casa y vayamos al castillo antes de media noche, o si no se morirá y el espíritu se alimentará del alma de mi nieta‖. Al escuchar eso, cogieron unas mochilas y emprendieron el camino. Al llegar al bosque, el abuelo dijo que sería mejor que se atasen a una cuerda para que nadie se perdiese en el bosque. Nadie se perdió, pero el espíritu se llevó a Lucas. Andrea preguntó al anciano: ―¿Por qué no me lleva a mí el espíritu maligno?‖. El anciano le explicó que los espíritus de sus padres la estaban protegiendo, pero que si no llegaban antes de media noche, el espíritu tendría el alma de sus amigos y se podría llevar también la de Andrea. Afortunadamente no llegaron tarde y se colaron en el castillo. En voz muy baja el padre de Maite le dijo: ―El espíritu encerraba a las personas inconscientes en la habitación central, y a media noche les chupaba el alma.‖ La habitación central se encontraba unos pisos más arriba ,al lado del comedor. El recorrido era largo pero, al fin, llegaron; allí estaban sus amigos, encima de una mesa. En ese momento sonaron las campanas de la iglesia, para indicar de que era media noche. Todos estaban muy asustados y el abuelo les dijo: ―Cogedlos, hay que salir de aquí lo antes posible.‖ Entonces, el padre de Maite agarró a los chicos y salieron corriendo de ese lugar. Cuando ya estaban a punto de salir por la entrada, se les apareció el alma malvada. El padre de Maite le dijo a Andrea: ―Ponte delante. Así, los espíritus de tus padres nos protegerán a todos‖. Todos tenían mucho miedo e iban corriendo a través del bosque, hasta llegar al pueblo. Allí Maite y Lucas recuperaron el conocimiento, y el abuelo les dijo a los chicos: ―Tenéis que distraer al espíritu malo, para que podamos carbonizar su cadáver, y así no volverá a ocurrir nada parecido. Lo más importante, es que vayáis juntos con Andrea, y así no os atacará fácilmente‖. Los chicos así lo hicieron. El abuelo y el padre de Maite se dirigieron al cementerio. Andrea y sus amigos corrían por el pueblo perseguidos por el espíritu y, después de un rato, el espíritu gritó: ―¡Noooo!‖, y desapareció para siempre. Entonces los chicos entendieron que el anciano y el padre de su amiga habían carbonizado el cuerpo.

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“Habelas, hailas” Ana María Gómez Alonso

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ase una niña llamada Erika, que vivía en un pueblo de Inglaterra, entre las montañas y el mar. Era traviesa y desobediente. Hubo un día en que se portó muy mal, el día de Todos los Santos. Un anciano llamado Pedro, que vivía al lado de ella y había observado lo que la niña había hecho, le contó una historia sobre niños que se comportaban como ella. Era una historia de terror, entre niños, momias, demonios, fantasmas y brujas... Pedro decía al final de la historia ―¡Y habelas, hailas....!‖, una frase en su lengua natal que le gustaba repetir, pues provenía de una región del norte de España, Galicia , donde hay muchas creencias en las brujas y sabía muchas historias sobre estas. Esta frase resonaba en los oídos de Erika. ―¡Habelas, hailas...!‖, y el miedo invadía su cuerpo. Pero la niña procuró no darle demasiada importancia. Se había ya el sol y Pedro seguía inmerso en sus historias … Erika, entonces, decidió marcharse, pues había quedado con unas amigas para disfrazarse en la noche de Hallowen. Estaba confusa y con miedo después de la historia que le había contado su vecino. La dichosa frase seguía retumbando en su cabeza pero, por otra parte, le apetecía reunirse con Paula, Patricia y Ana para vivir la noche de Hallowen. Se disfrazaron de vampiros, momias , fantasmas... Fueron por las casas a pedir golosinas y dinero. Tocaban en las puertas y, una vez que les abrían, decían:―¡ Algo dulce o algo salado...!‖. La gente les daba golosinas, galletas saladas dinero .... Cuando quisieron volver a casa, se dieron cuenta que no sabían dónde estaban y que se les había hecho tarde. ¡ Demasiado tarde...! Decidieron adentrase en el bosque para adelantar camino. El bosque estaba oscuro, muy oscuro y lleno de ruidos. Las niñas solo se guiaban por las luces que se veían a lo lejos . Cualquier ruido hacía recordar a Erika la historia que le había contado Pedro, que parecía que continuaba ahora en el bosque . De repente oyeron voces a lo lejos. Las niñas estaban muertas de miedo, pero la curiosidad las hizo acercarse hacia el lugar de donde provenían las voces. Se agacharon entre unos matorrales, no se les oía ni respirar... Entonces observaron con curiosidad y espanto. ¡Era un ritual de brujas! Las brujas danzaban despeinadas y se reían como locas alrededor de un gran fuego, en el que había una olla. Cada vez que el fuego reflejaba en sus ojos se les veían verdes. Esto impactó a las niñas que se miraron a los ojos y decidieron irse, sigilosamente, sin decir ni pío. Guiándose por las luces, consiguieron llegar al 14


pueblo. Cuando ya estaban a salvo, Erika contó a sus amigas la historia que le había narrado el anciano esa misma tarde, y comprendió que esta historia tenía algo de cierta. ¡Habelas, hailas!, una frase que quedaría para siempre en su cabeza . Después de todo esto estaban demasiado cansadas y se fueron a acostar. Erika se despertó sobresaltada y vio unos ojos que brillaban en la oscuridad . Se asustó, porque creía que algunas brujas estaban en su habitación . Pero era su gata, ella la cogió con cariño, la acarició y le dijo: ―¡Habelas, hailas!‖.

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La teoría de los espíritus Maritere Pintanel Raymundo

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uenta una leyenda, que a mediados del siglo XVIII, concretamente en 1758, vivía una familia en una lujosa casa en el centro de Londres. La madre era una señora joven casada con un hombre bastante más mayor que ella. El padre era un empleado de banco. La pareja tenía dos niños, el mayor de siete años y el pequeño de cinco. La pareja se enteró de que esperaba otro bebé. Todos estaban muy contentos, especialmente el padre. A los cuatro mese de haber sido conocida la grata noticia, falleció el padre de manera repentina. Toda la familia estaba destrozada, pero miraban al futuro de forma esperanzada, ya que el bebé nacería en menos de cuatro meses. Los tres meses siguientes transcurrieron muy lentamente en la casa de los Smith, que así se llamaba la familia. Se echaba mucho de menos al fallecido. Por fin nació el bebé. Fue una niña y era el juguete de la casa. Pero la madre no consiguió hacerse a esa vida, así que decidió romper con todo y empezar una nueva etapa. Vendió la casa familiar y compró una villa a las afueras de Londres. Era una casa antigua, en un barrio muy tranquilo, perfecto para criar a los niños. Pasaron los años y los niños crecieron. Justo la noche anterior al decimoquinto aniversario de la muerte del señor Smith empezaron a ocurrir cosas extrañas. Ninguno de los varones vivía ya en la casa. La señora Smith esa noche había sido invitada a una representación teatral, así que llegaría tarde a casa. La joven se quedó sola. Esta hizo lo de todas las noches, y pasadas las diez y media se acostó. Al cabo de un tiempo sintió que alguien andaba sigilosamente por el pasillo del piso superior y que se iba acercando hacia ella. La adolescente comenzó a ponerse nerviosa. De repente, el crujido de la madera se fue oyendo más cerca de la puerta, se empezó a mover la manivela, pero el sonido del reloj de cuco anunciando las once lo interrumpió. Durante los cincuenta minutos siguientes no se oyó nada, sin embargo, la joven no pudo dormirse. Y de pronto, en medio del silencio de la noche, se empezó a oír el sonido del viento, se habían abierto todas las ventanas. La niña oía ruidos y voces por todas partes, y tan repentinamente como se habían abierto, todas las ventanas se cerraron de golpe. Sonó el reloj anunciando las doce. La madre llegó sobre las doce y media, y reinó la paz durante toda la noche. Por la mañana no habló de lo sucedido la noche anterior, así que la madre no se enteró de nada. La joven intentó explicarse a sí misma por qué había cruji16


do la tarima o cómo se habían abierto las ventanas. Por la noche las damas se acostaron. La joven no se podía dormir así que intentó salir al balcón, pero repentinamente se cerró la puerta con tanta fuerza que quedó atascada. La chica se dirigió hacia la puerta que daba al pasillo, bebería una taza de leche y así calmaría sus nervios. Pero la puerta no se abría. Parecía extraño, era como si una fuerza no la dejara salir del dormitorio; mientras, la madre dormía plácidamente. La chica se tumbó en la cama, y al cabo de un par de horas consiguió dormirse. Mas su sueño no duraría mucho ya que estaba teniendo una pesadilla. De repente se despertó asustada y vio unos ojos que brillaban en la oscuridad. Inmediatamente gritó, pero aunque parezca raro, la madre no se enteró. Poco a poco pudo distinguir una figura humana en un rincón de la habitación, esta se fue acercando hacia ella y le dijo: ―Soy tu padre, sé que no me conoces, pero no tengas miedo. Dile a tu madre que hace quince años, el día de mi muerte, me envenenaron por defender la teoría de que los espíritus existen. Tú lo has podido comprobar hoy.‖ Por la mañana la niña le contó a su madre que había conocido a su padre y le explicó las razones de su muerte. Esta no la creyó, le dijo que habría tenido una pesadilla. Pero no fue así. Cada aniversario de la muerte del señor Smith ocurre lo mismo, no siempre en el mismo lugar ni a la misma persona, pero sí a la misma hora desde 1772. Todas las personas que fueron asesinadas por la misma razón que él, dan a conocer al mundo la teoría de los espíritus.

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Las brujas de Laspaúles

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Ana Fernández Sepúlveda

a historia que voy a contar ocurrió hacia el siglo XVI. Trata de una joven de quince años llamada Laura que vivía en un pequeño pueblo llamado Laspaúles.

Laura iba todos los días a recoger hierbas al bosque para fabricar medicamentos y así poder curar a la gente que estaba enferma. Pero en aquel tiempo, la gente era muy supersticiosa, por eso creían que Laura era una bruja y estaban pensando en llevarla a la horca. —¡Es que es muy joven! —decían unos. —¡No podemos tener una bruja en nuestro pueblo! —argumentaban otros. Mientras se peleaban por decidir una cosa u otra, Laura se fue al bosque a buscar plantas para hacer sus medicinas. Estaba anocheciendo y ella no lograba encontrar las plantas que necesitaba. De repente, empezó a oír unas voces que nunca antes había oído; se fue acercando poco a poco a donde le llevaban esas extrañas voces. Se escondió detrás de unos arbustos para seguir escuchando. Esas voces tan extrañas decían: —Unos ojos de tritón por aquí, otros tantos de dedos de ogro... —¿Dedos de ogro? ¡Si los ogros no existen y ni mucho menos se comen sus dedos! —¿Ojos de tritón? ¡Qué asco!—pensaba Laura. Apartó un poco los arbustos y pudo ver a tres ancianas, con un montón de verrugas repartidas por toda la cara, vestidas como las brujas. —¡Son...! No, no puede ser, no existen — pensaba Laura muy confusa—. Pero, si no... ¿qué son? Siguió mirándolas y escuchándolas muy atentamente. De repente, cogieron unas viejas escobas y... ¡se fueron volando! Laura, muy asustada, las siguió con la mirada hasta que ya no pudo ver nada. Cuando se fue a dar la vuelta, tropezó y se cayó rodando colina abajo. En cuanto le volvió la consciencia, se despertó sobresaltada y vio unos ojos que brillaban en la oscuridad: ¡Eran ellas! Muy asustada, Laura retrocedió unos pasos. —No tengas miedo, niña —le dijo una de ellas riéndose. —¿Por qué? Es que no sabía que existíais, es decir, vosotras en general, las brujas...—dijo asustada Laura. 18


—¡Por favor! No nos hagas reír, sabemos que eres una de nosotras. —¿Una de vosotras? —Sí, lo van diciendo por todo el pueblo y han decidido llevarte a la horca junto a toda tu familia. —Pe-pe-pero... yo no soy una de vosotras, solo cojo plantas para hacer medicinas. Las brujas, como no sabían si creérselo, le hicieron un conjuro: —Cuando cumplas dieciocho años te convertirás en una nosotras —dijeron a coro las tres brujas. Y la durmieron para que no las siguiera. La gente del pueblo estaba buscando a Laura para llevarla a la horca con toda su familia. Pero sus familiares le encontraron dormida antes que los habitantes del pueblo, y se la levaron intentando no despertarla. Cuando Laura despertó, ya estaban lejos y a salvo. La gente del pueblo se quedo más tranquila al ver que ni Laura ni su familia estaban ya en el pueblo. Meses más tarde, una niña iba paseando y recogiendo flores por el bosque y pudo ver a aquellas tres brujas, y fue corriendo a decírselo a todo el pueblo. Cuando la gente se enteró fueron a quemar a las tres brujas. Desde entonces, sus cuerpos permanecen en forma de estatuas de piedra en el interior del bosque del pueblo de Laspaúles.

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Margaret

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María Clemente Marcuello

argaret tenía veinticinco años, y era le última descendiente de los Winter, una familia que había desaparecido sin dejar rastro, o eso era lo que le habían dicho a Margaret.

Era periodista y, cuando estaba hojeando los periódicos de hacía diez años, se topó con un artículo en el que se hablaba del asesinato de toda su familia. Según el artículo, su madre, Liz, los había matado a todos ellos. Muerta de curiosidad, Margaret se sumergió en su lectura. Cuando acabó de leer el artículo se dio cuenta de que estaba temblando de ira. Se obligó a tranquilizarse y, en cuanto se calmó, empezó a hacerse preguntas y más preguntas. Estaba tan sorprendida que se volvió a enfadar, y por qué nadie le había hablado de nada de esto, y por qué nadie le había dicho que su madre había matado a todos los de su familia. Estaba tan enfadada que echaba fuego por los ojos. Cuando recobró la calma, se dio cuenta de que en el artículo no daban información sobre su madre, salvo, claro está, que había asesinado a todos los de su familia. Al día siguiente intentó por todos los medios averiguar algo sobre ella, pero no encontró nada. Al volver a casa se dio cuenta de que había un sobre en el mueble de la entrada, y cuando lo abrió casi se cae al suelo del susto. En el sobre ponía: Si quieres averiguar más sobre tu madre deja una nota encima de la mesa de tu trabajo prometiendo que no dirás nada de esto a nadie: Alguien que te conoce muy bien. P.D.: Si le dices a alguien algo sobre esto morirás antes de que acabe el mes. Margaret, aterrada, no sabía qué hacer, pero como ya se había metido bastante en aquel asunto, decidió que no se iba a echar atrás. No durmió en toda la noche. Al día siguiente se durmió en el trabajo, y de pronto, se despertó sobresaltada y vio unos ojos que brillaban en la oscuridad y se acercaban a ella, entonces notó como una sensación de asfixia que le oprimía el pecho. En ese momento alguien le tocó el hombro y se despertó. Estaba tendida en el bosque, junto a una señora mayor de pelo blanco, no entendía lo que decía, pero se veía que estaba preocupada por ella. 20


-Hace años que te busco, hija mía -dijo la anciana. -¡Mamá!-Margaret se echó a sus brazos. De repente se quedó todo en calma, y una mirada maligna brilló en los ojos de la anciana, que cogió una piedra afilada y se la clavó en el costado derecho. Y mientras Margaret moría lentamente la anciana reía y reía sin parar. Y le decía: -Llevó años buscándote, eras la última persona de tu familia que tenía que matar. Y, por cierto, no soy tu madre; de ella me encargué hace tiempo, pero antes de que la matara te puso a salvo.

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Sin escapatoria Soledad Rodríguez Cabaña

H

abía una familia formada por un niño, dos niñas, la madre y el padre. El niño tenía diez años, las dos niñas eran gemelas y tenían doce años. Se llevaban muy mal con su hermano pequeño, siempre había peleas entre ellos. Un día sus padres decidieron mudarse a una casa más grande. La casa adonde se mudaron era enorme, tenía tres plantas con muchas habitaciones. Al llegar a la nueva casa, el niño notó una sensación extraña: sentía que alguien más, aparte de ellos, habitaba en la casa. Fue a ver su dormitorio y le encantó. Ya era de noche y fue a acostarse, pero no podía dormir porque seguía sintiendo esa sensaciones tan extrañas. Por fin, consiguió dormirse pero tuvo una pesadilla. De repente, se despertó sobresaltado y vio unos ojos que brillaban en la oscuridad. Cerró los ojos porque pensaba que era una imaginación suya, al abrirlos de nuevo ya no se veía nada. A la mañana siguiente, en el desayuno contó a sus hermanos y a sus padres lo que vio, pero no le creyeron, pensaron que era producto de su imaginación o, a lo mejor, solo era un sueño. Pero lo que no se imaginaban es que era todo lo contrario. Ya era de noche de nuevo, y el niño estaba atemorizado y no podía dormir. De repente escuchó unos ruidos extraños, iba a ir a decírselo a sus padres, pero la puerta estaba cerrada y no conseguía abrirla. Empezó a gritar pero nadie le escuchaba, era como si no hubiera nadie en la casa, solo él. Logró abrir la puerta y fue a buscar a sus padres. Pero tanto ellos como sus hermanas estaban … muertos. Se asustó mucho. No sabía qué hacer, sintió como si alguien estuviera detrás de él, se dio la vuelta y vio a un ser horriblemente feo, tenía una cara deforme, y llevaba un cuchillo en la mano. El niño corrió, corrió y corrió, pero aquel ser era muy veloz y consiguió atraparlo.

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Una noche fría Ismael Valenzuela Márquez

U

na noche fría de invierno, con una niebla densa y con mucha oscuridad porque no había luna, una pareja de ancianos estaba en su caserón. La casa era muy vieja y antigua. La mujer se llamaba Ascensión y el marido Paulino; Ascensión estaba preparando una cena especial, debido a su cincuenta aniversario. El salón estaba poco iluminado, y había candelabros en la mesa. Se sentaron y empezaron a cenar, no hablaron durante la cena. Cuando acabaron, Paulino se sentó en un sillón rojo de terciopelo delante del fuego, fumando en pipa y bebiendo una copa de coñac. La noche transcurría tranquila, no se oía a ningún lobo aullar. En ese momento tocaron a la puerta, con fuerza: —¡Toc, toc, toc! Ascensión fue hacia la puerta y abrió, allí se encontró a un hombre tapado hasta arriba; con un traje de color negro y muy elegante, solo se le veían los ojos. Ascensión le preguntó: —¿Qué desea? Él contestó: —Necesito algo de beber, la noche es fría y ha empezado a llover. El hombre entró mirando alrededor lentamente y vio a Paulino sentado en el sillón junto al fuego. Se saludaron y no dijeron nada más. Ascensión le sacó una copa de coñac y algo de comer. El forastero rechazó la comida, solo bebió junto al fuego. Llamaron otra vez a la puerta, esta vez más fuerte. Era la vecina, venía muy asustada, para decirles que en el pueblo había aparecido alguna persona muerta, y que por favor no abriera la puerta a nadie y que tuvieran cuidado. Ascensión se olvidó de que había abierto a un desconocido. Entró y siguió haciendo sus cosas, con mucho miedo por lo que había sucedido; se acercó a la chimenea y vio que los dos hombres se habían dormido. Se sentó al lado del fuego, estuvo un rato contemplando las llamas y, al final, decidió despertar a su marido: —¡ Paulino, Paulino! Paulino no se movió. Entonces observó que estaba muy pálido, y al tocarlo cayó al suelo fulminado. Ascensión del susto se desmayó. Se despertó asustada y vio unas pupilas que brillaban en la oscuridad, encima de ella. Y antes 23


de decir nada, sintió cómo se le acercaba un aliento helado, cada vez más fuerte, hasta que al final no sintió nada. El desconocido desapareció en la noche dejando la puerta abierta, desde donde se veían dos cuerpos, helados y descuartizados, al lado del fuego que iluminaba la noche. Mientras, el desconocido buscaba a su siguiente víctima....

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Una sombra en la ventana Jaime Gargallo Villanueva

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n el año 1979 en un pequeño pueblo del norte de Francia hubo un hecho extraordinario: una oscura noche de agosto varias personas aseguraron haber visto una sombra que escalaba por una pared y se metía por una ventana. Al día siguiente una muchacha fue a visitar a una amiga suya que vivía en la casa donde supuestamente había entrado ese ser. Al llegar le extrañó ver la puerta abierta. Cuando entró estaba todo muy desordenado y, en medio del dormitorio, el cadáver de su amiga con lo que parecía un arañazo en la tripa. La amiga, asustada, llamó a la policía y se fue. Los cinco policías solo encontraron el desorden y el cadáver. Después de varias horas de investigación no consiguieron saber qué o quién había matado a la chica. Por la noche se oyeron unos extraños ruidos de pelea en la casa de uno de los policías que habían investigado la muerte de la mujer. Los vecinos, preocupados, llamaron a la policía, pero los agentes no encontraron nada más que al policía muerto, con los mismos signos que la mujer, y lo que parecía una huella en el suelo. Los policías se pasaron todo el día intentando adivinar qué había dejado esa huella pero, como en el caso anterior, no consiguieron sacar nada. Las cuatro noches siguientes pasó lo mismo con los otros cuatro policías que habían acudido a la escena del primer crimen. Pero durante la quinta noche, la joven que había encontrado el cadáver de su amiga se despertó, sobresaltada por el ruido de la ventana, y vio unos ojos que brillaban en la oscuridad. Le dio el tiempo justo para esquivar el fulminante zarpazo de la bestia, que no se dio por vencida tras fallar el primer ataque; pero ella era bastante más rápida y ágil que aquella fiera. La chica, cada vez más cansada por el esfuerzo que realizaba para esquivar los mortíferos golpes de la fiera, consiguió meterse en un armario y coger una linterna. La bestia la encontró, pero la chica encendió la linterna, que cegó a la fiera; entonces a la joven le pareció ver los rasgos de un hombre-lobo en el animal que la estaba atacando. A la chica, acorralada en un rincón, se le ocurrió hacer una locura: se lanzó por entre las piernas del hombre-lobo y fue a encender la luz. Cuando llegó al interruptor, tenía a la fiera justo al lado, pero tanta luz asustó al hombre-lobo, que cayó por la ventana y murió.

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La amiga Montse Daniel Bragg Mármol

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or fin se acabaron las clases y llegaron las vacaciones. En dos días Marta estaría en el Pirineo. Desde que era pequeña, sus padres la llevaban dos semanas al año ahí, al mismo lugar. Un sitio que le encantaba, se relajaba, se sentía muy bien entre la naturaleza. Este año estaba más nerviosa de lo habitual. Tenía ganas de volver y ver a su amiga Montse. La conoció el verano pasado, cuando paseando sola creyó haberse perdido y la casualidad la hizo encontrarse con ella. Era la primera vez que iba sola, pero ya tenía dieciséis años y sus padres pensaron que no pasaría nada, tantos años en el mismo lugar y lo conocían bien. Después de una hora paseando comenzaron los nervios, creía que se había perdido, la angustia comenzaba a apoderarse de ella y cuando a punto estaba de ponerse a llorar apareció Montse, una chica de su edad, muy simpática que la guió de vuelta. También ella venía con sus padres todos los años un par de semanas, se hicieron muy amigas y pasaron juntas muchos ratos. Hablaban con frecuencia de esas historias fantásticas de brujas y duendes tan típicas del lugar. Les gustaban mucho, y como acompañadas da menos miedo, dieron paseos buscando pruebas de la veracidad de las historias. Cualquier hueco de un árbol podía ser una morada de duendes, una cascada, la mágica entrada al mundo de las hadas. Ese verano en el Pirineo fue especialmente bueno para María y este año tenía muchas ganas de volver. No entendía cómo no se les ocurrió darse las direcciones para poder escribirse, sólo sabía su nombre, Montserrat Casdell y que era de Barcelona, pero se había convertido en una de sus mejores amigas. Quedaba poco para volver a verla, de lo que estaba segura era de que las dos iban siempre en el mes de julio allí. Sabía mucho sobre ella, recordaba el día de su cumpleaños, el 7 de marzo. Esta vez la invitaría a su casa, haría que los padres de ambas se conocieran, seguro que la dejaban venir a Zaragoza. Tenía preparado un regalo para ella, un libro sobre leyendas de Zaragoza, las dos compartían el gusto por la lectura. Llegó el día y Marta, en el coche, ya en camino no paraba de decirles a sus padres las ganas que tenía de ver a Montse. Sus padres le dijeron que estarían encantados de conocerla a ella y a sus padres y de invitarlos a Zaragoza. Eran la once de la mañana cuando llegaron al lugar donde ellos y su amiga veraneaban. No podía más, los dueños del complejo los conocían, seguro que a la familia de su amiga también. No podía más y preguntó. Al principio no 26


sabían muy bien de quién hablaba pero cuando Marta les dio el nombre enseguida supieron de quién se trataba. Montserrat Casdell, la cara de esas personas palideció, era imposible que el verano pasado hubiera estado con ella, debía estar confundida. Esa chica murió hacía tres años, un trágico accidente, cayó por uno de los barrancos, cuando la encontraron ya estaba muerta. Fue un caso horrible, sus padres no han vuelto desde entonces. Marta, petrificada, sin poder soltar ni una palabra, con su cabeza dando vueltas intentando dar con una explicación, descubrió que algunas historias fantásticas son reales.

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La niña de la ventana

A

Nerea Sanz García

las afueras del pueblo estaba el cementerio. Todos los vecinos estaban reunidos allí, acompañando a la familia que acababa de perder a su hija menor, de tres años. Una terrible tragedia que nunca se olvi-

daría. (Después de varios meses) El hermano mayor se quedó en casa un día de lluvia, mientras que sus padres se tenían que ir a trabajar. No sabía qué hacer y se puso a ver la tele, pero él sabía que no estaba solo, que alguien o algo le estaba rondando… El chico, ya cansado de tanta imaginación, preguntó en voz alta si alguien estaba ahí, y nadie contestó. Empezó a llover más, y más fuerte, y cada vez que se acercaba a la ventana, veía la imagen de su hermana; pero era imposible, porque ella estaba muerta, enterrada. Pasó el tiempo, pasaron los días, los meses, y se volvió a quedar solo y volvió a pasar lo mismo. Asustado ya, porque no sabía qué hacer, cerró todas las contraventanas, tanto en el piso en que él estaba como en el de arriba. Pero al bajar para ponerse la televisión, allí estaba, con la boca y los ojos rojos, como de sangre. El niño, asustado y sin palabras, se quedó quieto. No sabía qué hacer, pero ella habló. Le dijo que se acercara, que le tenía que contar algo importante, y cuando él se acercó, la hermana entró en su cuerpo. (Años más tarde) Aún se sigue buscando al niño loco que escapó del manicomio.

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Mi hermana, esa desconocida Inés Sebastián Rosa

T

erminamos de cenar. Como todas las noches, me fui a dormir y, al cabo de un rato, apagué la luz. Al día siguiente mi madre me despertó y fuimos a levantar a mi hermana. Ella abrió los ojos de par en par y me dijo: ―Hola, tata‖. Pero esa voz no era la de mi hermana. Era una voz profunda y cavernosa, y los ojos, más grandes y oscuros que los suyos, parecían traspasarme. Yo, muerta de miedo, grité: ―Mamá, ¿qué le ha pasado a la tata?‖. Mi madre llegó corriendo a la habitación, pero no vio nada extraño. Mi hermana estaba sonriendo como todas las mañanas. Desayunamos tarde, ya que era sábado, y mi hermana y yo no hacíamos más que mirarnos. Pregunté a mi madre si no notaba nada raro. Ella respondió: ―No, hija, sigue desayunando. Terminamos de desayunar y mi madre me dijo que se iba un momento a comprar. ―Genial, y ahora ¿qué pasará?‖ me pregunté yo, viendo que me tenía que quedar sola en casa con mi hermana. En cuanto mi madre se fue, el ser malvado que mi hermana llevaba dentro salió de ella y, engañándome con un hábil movimiento de brazos, me encerró en el armario de mi cuarto. Desde el armario pude oír una voz que decía:‖Os mataré a todos‖, seguida de una risa profunda y malévola. Yo quise avisar a mi madre, pero ya era demasiado tarde. Ella acababa de entrar por la puerta y aquel desagradable ser le cortó la cabeza con un hacha. Después vino al armario dispuesto a matarme a mí y, tras varios intentos, lo consiguió. ¿Quieres saber desde dónde te escribo esto? Desde el armario de tu casa.

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Índice La historia de la desdichada Berenice ....................................... 3 Gabriel Carmona Celma, 1º ESO La maldición familiar .............................................................. 7 Manuel Arcelús Clemente, 1º ESO El espíritu de Rosa ................................................................. 9 Ariadna Ferrer de la Torre, 2º ESO El espíritu maligno ................................................................. 11 Melani Gómez Alonso, 2º ESO ―Habelas, hailas‖ ................................................................... 14 Ana María Gómez Alonso, 2º ESO La teoría de los espíritus ......................................................... 16 Maritere Pintanel Raymundo, 2º ESO Las brujas de Laspaúles ......................................................... 18 Ana Fernández Sepúlveda, 2º ESO Margaret ............................................................................. 20 María Clemente Marcuello, 2º ESO Sin escapatoria .................................................................... 22 Soledad Rodríguez Cabaña, 2º ESO Una noche fría....................................................................... 23 Ismael Valenzuela Márquez, 2º ESO Una sombra en la ventana ..................................................... 25 Jaime Gargallo Villanueva, 2º ESO La amiga Montse ................................................................... 26 Daniel Bragg Mármol, 3º ESO La niña de la ventana ............................................................. 28 Nerea Sanz García, 3º ESO Mi hermana, esa desconocida .................................................. 29 Inés Sebastián, 3º ESO


Esta edición no venal, con fines pedagógicos y hecha para su distribución entre el público lector del Instituto de Enseñanza Secundaria Goya de Zaragoza, reúne una selección de los relatos escritos por alumnos de ESO como parte de las actividades de la Semana de la Literatura de Misterio y Terror, celebrada del 25 al 29 de octubre de 2010.


Biblioteca del Instituto Avda. de Goya, 45 50006 Zaragoza

TelĂŠfono: 976 358 222 Fax: 976 563 603 Correo: iesgoyzaragoza@educa.aragon.es

Profile for Pilar López

Relatos para pasarlo de miedo 2  

Selección de los relatos escritos por alumnos de ESO como parte de las actividades de la Semana de la Literatura de Misterio y Terror, celeb...

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