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Esta revista ha recibido una ayuda a la ediciรณn del Ministerio de Educaciรณn, Cultura y Deporte


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INTRO Y ahora, ¿qué hacemos? Jorge Lago 8

QUÉ HACEMOS Esperando a los marcianos Santiago CastroGómez 44 El reto populista Chantal Mouffe 49 El 26 J como fin de ciclo: en torno a la crisis orgánica y la relación entre populismo e instituciones Javier Franzé 58 Capitalismo y Hegemonía: una distinción clave Jorge Alemán 72

QUÉ PODEMOS Del asalto al cerco: Podemos en la nueva fase Íñigo Errejón 14 La fraternidad popular para el rescate de la democracia Rafael Mayoral y Federico Severino) 26 Un país más nuestro Àngela Ballester 31 El partido como espora Jorge Moruno 36


HEGEMONÍA, CULTURA E IGUALDAD LIBERTÉ, EGALITÉ, BEYONCÉ. Ganamos nosotras, gana la gente Ángela Rodríguez-Pam 128 El feminismo laico ante el burkini Clara Serra 134

Los nuevos hechiceros: materiales para un humanismo popular Luciana Cadahia 77 Y ahora, qué hacemos con la economía española Vicenç Navarro 90 Derechos Humanos: enfoque en disputa y herramienta para el cambio social y político Ione Belarra, Adrián Bustos Caballero, Iñaki Olazábal y Marta Martínez 96

Desigualdad de género y efectos sobre la salud: lo personal es político Javier Padilla 141 La Universidad que queremos Fernando Broncano y Juan Manuel Zaragoza 148 Por qué una política de la memoria Pablo Sánchez León 152

WE THE PEOPLE Marejadas de seguridad en la política internacional Itziar RuizGiménez Arrieta 106 La seguridad europea y el enemigo interno Santiago Alba Rico 110 Entrevista a Mark Weisbrot Nacho Berdugo 114


CRISIS DE RÉGIMEN Y NUEVA INSTITUCIONALIDAD Democracia, soberanías y plurinacionalidad Xavier Domènech 162 Tejer las conciencias Pili Zabala 168 ¿“Primero lo de aquí” o “café para todos”? Nagua Alba 172 Corrupción: la experiencia de los hermanos Dalton Auxiliadora Honorato 176

ANEXO: PODEMOS EN LAS RAÍCES DEL PENSAMIENTO POLÍTICO ESPAÑOL La inquietante actualidad de ‘Oligarquía y caciquismo’ de Joaquín Costa Nuria Sánchez Madrid 200 La ausencia de tradición republicana en España José Luis Villacañas 206 La Escuela de Salamanca: derechos

Juventud con derechos, mayores con dignidad Eva Muñoz y Alberto Tena 180 Desarrollo sostenible del mundo rural y marino Fernando Fernández 185 Rescate ecológico de España Fernando Prieto 190 Quien paga manda. Lecciones de la transparencia de los partidos aplicada a los medios Miguel Ongil 194

humanos, libertad republicana y soberanía popular Clara Serrano 214 Pi y Margall. Una idea democrática, federal y social de España Jaime Pastor 220 Sacristán como educador Germán Cano 226


DIRECTOR | Jorge Lago. CONSEJO DE REDACCIÓN | Sarah Bienzobas, Germán Cano, Alejandro Cerezo, José Enrique Ema, Elena Gallego, Alicia Gómez, Adrià Porta, Marina Escorza, Asier Delgado y Montse Urquiza. DIRECCIÓN DE ARTE | Chano del Río. La Circular es una revista trimestral del Instituto 25 de Mayo para la Democracia, Fundación de Podemos. Para publicar en La Circular, manda tu propuesta a: instituto25m@instituto25m.info www.lacircular.info | www.instituto25m.info


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Intro

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Instrúyanse, porque necesitaremos de toda nuestra inteligencia. Agítense, porque necesitaremos todo nuestro entusiasmo. Organícense, porque necesitaremos de toda nuestra fuerza. Antonio Gramsci

Y ahora, ¿qué hacemos? 8

Por Jorge Lago

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ras las elecciones del 26J, fueron muchos los artículos y las declaraciones públicas que llamaron a repensar Podemos. Los resultados electorales no habían sido los esperados, por más que cinco millones de votos y 71 diputados fuera un logro sin precedentes. La pregunta por el resultado electoral abría muchos interrogantes que se referían a los dos años de existencia de Podemos pero, también, a lo que faltaría para completar el camino recorrido o, en cualquier caso, avanzarlo y profundizarlo. La literatura producida desde el 26J sobre el resultado electoral de Unidos Podemos, sobre el millón de votos esperado y no aparecido, sobre la persistencia social y electoral de viejos partidos asediados por la corrupción y la falta de proyecto de país, pero también los análisis sobre el desigual reparto social territorial y generacional de los apoyos, toda esta proliferación de debates y preguntas no se referían, claro está, a lo estrictamente sucedido el 26J, a la campaña o al comportamiento electoral reciente, sino a razones estratégicas y de fondo de lo que había sido y debería ser Podemos. Más si, como se venía anunciando y siempre fue una evidencia, el largo ciclo electoral que había definido el nacimiento de Podemos y sus dos años de existencia tocaría, investidura


UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR o terceras elecciones mediante, a su fin, obligando a repensar Podemos en un medio plazo liberado de la tiranía electoral. Un nuevo ciclo o etapa que aparecía, sin embargo, bajo la forma del impasse: lo viejo no parece terminar de irse, ni lo nuevo de consolidarse y afirmarse. Si la presencia institucional de Podemos define los límites de esta nueva etapa (71 diputados, cientos de representantes en parlamentos autonómicos, amén del inédito poder municipal obtenido), también señala la necesidad de una mayor y mejor articulación social y popular de la fuerza hasta ahora acumulada: cientos de círculos, simpatizantes y estructuras territoriales que requieren de mayor autonomía de acción, unos movimientos sociales y una sociedad civil que podrían ver en Podemos a un interlocutor o referente más claro o privilegiado para la expresión o traducción de sus demandas y movilizaciones... Un conjunto de tareas futuras que no pueden obviar, sin embargo, que el profundo cambio cultural y social que ha acompañado la transformación política reciente, anticipando y sentando sus condiciones de posibilidad, no ha podido generar aún acuerdos mayoritarios ni relatos ampliamente compartidos, que no existe hoy una mayoría social suficiente para que esa mutación cultural y social, ejemplificada sin duda en el 15M apenas seis años atrás, se traduzca en un cambio político irreversible. Y que, en resumen, el impasse en el que nos encontramos puede resolverse hacia una profundización de las trasnformaciones sociales y políticas o, también, mediante el retroceso y la restauración, por la vía de la regeneración, de los equilibrios de poder del régimen del 78 y su bloque histórico dirigente. Qué hacemos, pues, ahora. Y cómo. Se abren, como no podía ser de otra forma, muchos interrogantes, distintas respuestas e hipótesis que deben encontrar espacios para el debate y el contraste colectivo, abierto y honesto. Y ese y no otro es el objetivo de la Universidad de Podemos, y de este número especial de La Circular: un conjunto plural de textos en forma de materiales y herramientas para alimentar esa reflexión colectiva tan necesaria como urgente. La Universidad de Podemos de 2016 es la segunda edición de una apuesta que ya el año pasado rompió con todos los moldes de lo que habían sido en este país las universidades de verano o los espacios de formación de un partido político: más de 1000 inscritos acudieron diariamente a las cerca de 60 mesas de

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debate, análisis y formación que tuvieron lugar durante cuatro días. Mesas y talleres compuestos por más de 150 ponentes provenientes de distintas disciplinas y enfoques teóricos o políticos plurales que comparten, eso sí, una misma voluntad emancipadora, una misma convicción en la necesidad de justicia, democracia y soberanía: miembros del partido, profesores universitarios, expertos en economía, derecho o relaciones internacionales, sociólogos, politólogos, activistas sociales, profesionales del mundo de la cultura… Este año doblamos la apuesta: cerca de 100 mesas de debate y análisis, más de 200 ponentes y una nueva demostración de la absoluta centralidad que tiene en Podemos la formación. Una formación entendida, eso sí, como un proceso de reflexión y de debate colectivo, de puesta en común de diferencias teóricas, tácticas y estratégicas, de búsqueda en común de respuestas y coordenadas sin temor al disenso o al conflicto derivado de la pluralidad de ideas. Es esta tensión y este debate los que generan diferencias legítimas y necesarias dentro de cualquier organización, no las pugnas de poder propias de las viejas lógicas de partido. El número de La Circular que tienes en tus manos se estructura siguiendo los cinco itinerarios en que hemos agrupado la apuesta formativa de la Universidad de Podemos: Qué Podemos: donde se vuelve imprescindible analizar la hipótesis que puso en marcha Podemos y atender a su reactualización en el nuevo escenario político. ¿Qué forma organizativa, qué trabajo en las instituciones, qué relación con la sociedad civil, qué transición de la máquina de guerra electoral al partido movimiento o al movimiento popular? Qué hacemos: debates teóricos sobre el ahora y la posibilidad de una articulación política emancipadora. Qué distintas apuestas estratégicas para el cambio social y político. Y qué líneas programáticas centrales que puedan convocarlo desde la oposición y hacerlo irreversible desde el Gobierno. We the people: no solo vivimos un momento de cambio, crisis e incertidumbre en nuestro país, asistimos a procesos de transformación y crisis en Europa, a un cambio de ciclo en América Latina, a nuevos conflictos en Oriente Medio…


UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR Mutaciones internacionales que no pueden ignorarse si queremos entender los márgenes de maniobra con que contamos y las relaciones de fuerza que definen hoy el campo político. Hegemonía, cultura y democracia: un Podemos dirigente antes de ser gobernante, esto es, un Podemos que piensa en términos de conquista hegemónica y de rearticulación de los bloques históricos. Crisis de régimen y nueva institucionalidad: la crisis sin resolver del Régimen del 78 abre el debate acerca de la transformación institucional necesaria: qué modelo territorial, qué cambio constitucional o qué procesos constituyentes pero, también, qué nuevas formas de participación ciudadana y de gramáticas democráticas. Cerramos este número con un anexo «Podemos en las raíces del pensamiento político español», donde abrimos un espacio que tendrá continuidad en La Circular, en la Universidad de Podemos y en la actividad del Instituto 25M, para pensar Podemos desde y contra la tradición y las raíces del pensamiento político español.

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Donde se vuelve imprescindible analizar la hipótesis que puso en marcha Podemos y atender a su reactualización en el nuevo escenario político. ¿Qué forma organizativa, qué trabajo en las instituciones, qué relación con la sociedad civil, qué transición de la máquina de guerra electoral al partido movimiento o al movimiento popular?


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I Qué podemos

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Del asalto al cerco: Podemos en la nueva fase 14

Por Íñigo Errejón

1. Haciendo memoria: ventana de oportunidad y ciclo corto El movimiento del 15 de mayo de 2011 fue, al mismo tiempo, manifestación y catalizador de un proceso de crisis orgánica en España. Un proceso que se venía larvando largamente pero que se aceleró y agudizó con la crisis financiera de 2008 y, sobre todo, con la falta de respuesta política de los actores dominantes. Algunos de sus elementos centrales han sido el funcionamiento desacompasado de los aparatos estatales, la extensión de tramas mafiosas que patrimonializaban las instituciones, la corrosión de la solidaridad entre élites como efecto de la corrupción, la quiebra de las expectativas sociales y del ascenso social individual, la pérdida de prestigio de los gobernantes y el profundo desgaste de sus partidos o las severas dificultades del modelo español de desarrollo y la inserción periférica en Europa. En suma, el orden existente aparecía a ojos de una mayoría transversal de la población como caduco, colapsado, corrupto y escasamente capaz de satisfacer demandas u ofrecer garantías de mejora en el futuro y para las siguientes generaciones y, sobre todo, con enormes inercias y dificultades para autorreformarse. Estas condiciones generaban un descontento horizontal no absorbido por las narrativas


UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR tradicionales de la protesta ni tampoco por los canales ni las promesas de los sectores dirigentes. Se configuraba así lo que interpretábamos como una situación populista. Afortunadamente, la movilización social y su impacto sobre el clima cultural y el sentido común de época le dieron a este escenario de crisis una interpretación y politización progresista y no reaccionaria: de contestación plebeya a favor de una reordenación de la convivencia en pos de más democracia, soberanía popular y justicia social. La “hipótesis Podemos” leía que en España se abría una ventana de oportunidad para la victoria electoral de una fuerza transversal, popular y ciudadana, que articulase los consensos nuevos que ya comenzaban a fraguarse por fuera de la política institucional, en un divorcio acelerado entre “la gente” y las élites políticas y económicas. Pese a la alta contestación y polémica que esta hipótesis despertó entre las minorías activistas, las elecciones europeas del 25 de mayo de 2014 supusieron un aldabonazo que inició en la política española un ciclo corto y acelerado presidido por el empuje de Podemos, su iniciativa intelectual y cultural y la obligación del resto de fuerzas políticas a reorganizarse o mutar para hacerle frente. La Asamblea Ciudadana de Vistalegre, en la que Podemos se dotó de estructura organizativa y hoja de ruta estratégica, supuso una apuesta política pública, audaz y no exenta de riesgos: organizar la ola de entusiasmo para ganar las elecciones generales que cerrarían el ciclo corto y acelerado de dos años en el que casi todo el poder institucional estaría en juego. Para ello, había que construir una “máquina de guerra electoral” que estuviera en disposición de dar una serie de batallas electorales y mediáticas determinadas por un ritmo y unos marcos de la disputa prefijados por nuestros adversarios. En términos de Gramsci, se trataba de construir un instrumento político, ligero, cohesionado y rápido, que pudiera librar una “guerra de movimientos” vertiginosa –casi una “guerra relámpago”– y aprovechar la ventana de oportunidad abierta y el desconcierto de los viejos actores. Como toda decisión organizativa, tuvo costes e implicó descartar otras opciones, pero sin la menor ingenuidad: siendo conscientes de que la transformación política va mucho más allá de la batalla electoral pero también que de cómo se librase esta dependían las condiciones para seguir trabajando en aquella en un proceso de medio plazo para construir, no solo una alternativa de gobierno, sino una voluntad general nueva.

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Creo que acertamos al leer el ritmo y las prioridades del momento. La hipótesis de la ventana de oportunidad nos ha permitido llegar lejos, aunque no hasta el final de nuestra estrategia. Esto se debe tanto a errores propios como a la complejidad, flexibilidad y densidad de los dispositivos de defensa del régimen. El modelo Vistalegre supuso, como hemos dicho en otras ocasiones, “correr y atarse los cordones al mismo tiempo” pero, aunque no hayamos alcanzado nuestros objetivos prioritarios, hemos de decir que sin él no habríamos llegado hasta aquí en un ciclo tan corto, turbulento y a menudo hostil. Hace dos años no existíamos y hoy representamos el 21% del voto, somos un actor consolidado e insoslayable, hemos cambiado el mapa político de España obligando a nuestros adversarios a parecérsenos para combatirnos y hemos ampliado el horizonte de lo posible en nuestro país. Somos además el vector más dinámico de cambio cultural e institucional en el Estado español: primera fuerza en Catalunya y en Euskadi con el único planteamiento plurinacional capaz de enfrentar la crisis del modelo territorial, gobierno en las alcaldías de las principales ciudades del país, así como primera fuerza entre adultos jóvenes y jóvenes. Podemos se ha impregnado mucho de España al tiempo que España se ha podemizado. Este es el camino, siempre de ida y vuelta, de la hegemonía posible.

2. Empate catastrófico y segunda vuelta Las elecciones del 20 de diciembre supusieron un “empate catastrófico” entre las fuerzas del cambio y las de la restauración. Las primeras no tuvimos la fuerza suficiente como para dar un paso adelante en el proceso de cambio y conducir un gobierno de transformación democrática y popular. Las segundas tampoco tenían los equilibrios necesarios como para rebobinar el proceso o constituir un gobierno estable que, al mismo tiempo que asegurase la continuidad de las políticas de recortes, dejase intacto el juego de vasos comunicantes y el turnismo entre los partidos tradicionales PP-PSOE: no podían salvarse la gobernabilidad y el sistema de partidos al mismo tiempo. En ese escenario de bloqueo y de fuertes presiones todas las salidas pasaban por el PSOE, que debía inclinarse hacia el Partido Popular o hacia alguna modalidad de acuerdo con Podemos. En esta difícil encrucijada histórica entre restauración y cambio, el PSOE quedó atrapado y decidió no elegir y tirar la pelota hacia delante o, mejor dicho, elegir justamente aquello


UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR que representaba una no-elección: un pacto con Ciudadanos que no sumaba ni deshacía el nudo. Así, la encrucijada terminó por desembocar en una nueva convocatoria de elecciones: una “segunda vuelta” con sentido de desempate que se trasladaba a la ciudadanía, en medio de un cierto cansancio generalizado con el conjunto de los partidos y desgaste del interés por la política institucional. El 26 de junio, sin embargo, se produjo una cierta recuperación de la iniciativa por parte del bloque conservador, en el que el reagrupamiento de votos en torno al PP desequilibró a su favor el escenario. Unidos Podemos, por otra parte, perdió más de un millón de votos que principalmente se quedó en casa. Seguramente el grueso de esa pérdida se produjo en el intenso ciclo parlamentario y de las negociaciones de investidura. El profesor norteamericano Bruce Ackerman distingue entre los “momentos calientes” de aceleración histórica y construcción de nuevas correlaciones de fuerzas y los “tiempos fríos” de congelación de esos equilibrios y política como gestión y negociación. Seguramente Podemos haya demostrado moverse mejor en el tiempo caliente de este ciclo corto desde las elecciones europeas, y tenga aún que desarrollar capacidad de adaptación al tiempo frío de la institución y el parlamentarismo. Minusvaloramos el peso de lo institucional y su capacidad simbólica de producir certezas y pagamos un cierto desgaste por ello, en unas elecciones que fueron un plebiscito entre lo malo conocido y una alternativa incierta, estimulante y atractiva para la España más joven y, sin embargo, amenazante para los sectores de mayor edad y de la España interior. En los primeros pasos de Podemos fuimos muy cuidadosos en hablar de “protagonismo popular y ciudadano”, porque entendíamos que en las ansias de cambio cohabitaban dos composiciones sociales o, mejor dicho, dos momentos: uno popular y otro ciudadano. El primero, simbolizado en las plazas, es el de la primacía del vínculo comunitario, la pasión por la actividad en común y la esperanza de ruptura y refundación; el segundo, más individualizado que colectivista, marcado por la confianza y estima de la institucionalidad existente –que no de las élites tradicionales– y las seguridades que ofrece, la añoranza por garantías cívicas y un marco razonable que permita canalizar las demandas de regeneración democrática y unas políticas públicas más equitativas. No hablamos de

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diferentes sectores sociológicos o de clase, sino de dos lógicas de la acción política, la popular y la institucional, que conviven en los Estados desarrollados con equilibrios cambiantes en situaciones de crisis o de estabilidad. El partido del cambio en España, el constructor de un nuevo bloque histórico, solo puede ser si entiende ambas sensibilidades y las integra en una suerte de “populismo republicano”: que sabe que no hay avances democráticos sin construcción de un nuevo We the people, vibrante y tumultuoso; pero que sabe al mismo tiempo moverse en el terreno de la institucionalidad heredada mostrándose útil y portador de garantías seductoras más allá de los sectores más movilizados. Con relativa independencia de lo que suceda en el proceso de investidura, el 26J parece haber cerrado una fase: la del asalto electoral rápido ante las defensas desguarnecidas del antiguo sistema político. Esto no significa que se acabe el proceso de cambio español. Las contradicciones entre los poderes dominantes, el agotamiento de sus relatos y su capacidad de seducir –que no de desmovilizar, intimidar o generar miedo–, las severas limitaciones del modelo de desarrollo español, la quiebra de la confianza social y las instituciones destinadas a mantenerla, o la falta de proyecto nacional –en nuestro caso plurinacional– siguen presentes. Lo que seguramente se termina es la excepcionalidad como factor de aceleración. El asalto electoral corto y rápido no ha logrado sus objetivos, a pesar de haber llegado más lejos que nunca en nuestra historia democrática. Como el arquero de Maquiavelo, Podemos ha apuntado alto para llegar lejos. Si bien no ha alcanzado su objetivo último –liderar un Gobierno de cambio que ponga por fin las instituciones al servicio de la gente con medidas de rescate ciudadano y radicalización democrática–, sí ha conseguido sostener la ventana de oportunidad abierta por el proceso de cambio iniciado en España tras el 15M, consolidar un espacio político insoslayable para sus adversarios y mantener la posibilidad de seguir abriendo brecha en el futuro, habiendo conquistando posiciones decisivas y sedimentado su fuerza en poderes que permiten seguir avanzando. Seguro que hemos cometido errores en estos dos años que han parecido décadas, pero ahora tenemos un capital humano, de entusiasmo organizado, un caudal de simpatía popular, posiciones institucionales e inteligencia colectiva como para afrontar en


UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR magníficas condiciones, desde lo conseguido, el reto de lo que falta por recorrer.

3. ¿Y ahora qué? A Podemos, como núcleo del polo de cambio, le toca independizarse de las condiciones de excepcionalidad en las que nació. Le toca construirse en fuerza política de la España que ya está siendo; no ya una “sorpresa” ni una “revelación” o algo excepcional, sino un motor de largo aliento capaz de federar intereses comunes de la mayoría subalterna e integrarlos en un horizonte alternativo de país. Esa tarea de dirección institucional, intelectual y política no la solventarán por nosotros ni el repliegue a una posición resistencialista (“al menos decimos las cosas claras”, “seremos el altavoz de las protestas”) ni hipotéticos empeoramientos de la crisis que, en una lectura economicista, nos conduzcan a la contradicción definitiva y la batalla final. Hace tiempo entendimos que, en general, cuanto peor, peor. Es posible que el partido iconoclasta de la protesta y la impugnación haya tocado un techo, más alto del que nunca se había alcanzado en España. Para pasar de representar a un quinto de los españoles a encarnar una nueva mayoría capaz de agregar en torno a sí un acuerdo para la próxima década, hay que incorporar también a los que no vibran con la política, a los que no les basta con la épica, a quienes nos quieren ver portadores de la posibilidad de un orden nuevo, más justo, más democrático, más próspero. La verdadera ruptura es representar con credibilidad y anticipar un orden distinto. Esto no tiene nada que ver con la lealtad a las necesidades de las mayorías sociales ni con la intransigencia con respecto a la urgencia y profundidad de los cambios. Para ser una fuerza “popular”, la posibilidad de un partido del pueblo que no solo represente a una parte sino que articule un nuevo interés general que integre incluso a parte de los adversarios, es crucial partir, en primer lugar, del reconocimiento de que “el pueblo” no es una unidad homogénea a la que apelar con unos intereses ya formados –¡entonces no haría falta la política!–, sino la construcción permanente de voluntad popular, un trabajo de artesanía cultural e institucional que no desvela actores ya constituidos –con mayor o menor “lealtad” o “autenticidad”– sino que construye identidades y fija rumbos compartidos. Solo construye pueblo quien no fetichiza ni esencializa el término.

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En segundo lugar, es fundamental entender que lo plebeyo, en Europa, es una amalgama compleja de memorias fragmentadas, orgullos, temores, ilusiones y aspiraciones individuales y no siempre comunitarias. En esta comprensión, adaptación y reformulación de la estrategia puede jugarse Podemos la distancia entre ser un fenómeno de la excepcionalidad o convertirse, entre el declive de la capacidad de dirección de las élites viejas y su capacidad para ganar tiempo aún, en el vector principal de articulación de un nuevo interés general y una nueva esperanza colectiva fundamentada en el día a día. Llegamos hasta aquí no siendo el reflejo de un tiempo tumultuoso sino empujando, interpretando y proponiendo un desarrollo que no estaba escrito. Y nos toca continuarlo en otra fase. No ser expresión política de nada preexistente –ni siquiera de nosotros mismos–, derrotado o caduco, sino hacer política popular, patriótica, plurinacional, de radicalización democrática. Para seguir siendo el partido del proceso de cambio español, Podemos tiene que mostrar de nuevo habilidad y flexibilidad para adaptarse a los retos de esta nueva fase. Que la política española entre en una cierta dinámica de ralentización y de primacía del “tiempo frío” no significa, en modo alguno, que se hayan solventado los dolores, las contradicciones y los problemas sin resolver que han animado a millones de mujeres y hombres a ilusionarse y ponerse manos a la obra para construir un país mejor, más amable para su gente. El proceso de cambio español sigue abierto, aunque la lógica de la guerra de movimientos deje paso ahora a la guerra de posiciones. Significa que de la “carga de caballería” que nos ha permitido llegar tan lejos tenemos que pasar a un modelo de “cerco”, en el que Podemos deberá prepararse para una disputa más intrincada y a veces menos inmediata, de conquistas lentas y toma de posiciones en el Estado y la sociedad civil, de construcción de nuevos sentidos compartidos; para la cual la “máquina de guerra” tiene que dar paso a un movimiento popular, más federal y descentralizado, más amable hacia dentro y seductor hacia fuera, más capaz de disolver los miedos, atraer a los mejores y solucionar el “mientras tanto”. Antonio Gramsci definía las características del cerco en estos términos: “La guerra del cerco, comprimida, difícil, en la cual se requieren grandes dosis de paciencia y espíritu de invención” (Antología de Manuel Sacristán, Akal, 2013, p. 262). Más producción


UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR de sentido que conquista por sorpresa. No dependemos tanto de la acción de nuestros adversarios como de nuestra capacidad colectiva de estar, de nuevo, a la altura del momento. Inventamos o erramos. Nuestra meta es ni más ni menos que convertirnos en el núcleo de un nuevo proyecto de país que ponga en el centro las necesidades y aspiraciones de la mayoría social maltratada, de un nuevo acuerdo con capacidad de integrar a sectores muy diferentes en un bloque histórico, complejo y heterogéneo, en el que la clave son las mediaciones, las identificaciones colectivas y las ideas compartidas. Es un trabajo más lento, más reticular. No es una empresa abstracta sino eminentemente material y concreta, que podríamos dividir en cinco grandes grupos de tareas. Sociedad civil Si en el pasado ciclo corto una serie de elecciones sucesivas y aceleradas condensaban la lucha política, en el ciclo largo que ahora se abre la guerra de posiciones se esparce y difumina en la sociedad civil y las instituciones. La “sociedad civil” designa más bien hoy un lugar aun por articular, a la vez que permea un partido como el nuestro, antes que un ente homogéneo cuya representación agotan las organizaciones ya existentes. Nuestra práctica institucional ya ha demostrado que Podemos puede ser un instrumento útil para las organizaciones y movimientos sociales, transformando sus demandas en propuestas de política pública. Pero, si reconocemos el carácter problemático, incompleto e incluso disfuncional de la sociedad civil realmente existente, es preciso hacer de Podemos algo más que un mero vehículo o intermediario institucional. Se trata de ser motor de concreción en el tejido asociativo y de ocio, de vínculos comunitarios y emocionales que aseguren espacios cotidianos de socialización y cotidianidad –deportivos, barriales, de excursionismo y montaña, bares y Moradas, musicales, de lectura, cooperativas, de apoyo mutuo, de cultura, etc.– que generalicen un país nuevo en el interior del actual. Ahora bien, el impulso a un nuevo tejido asociativo no puede ni debe hacerse ignorando la previa existencia de todo tipo de organizaciones, no siempre contestatarias ni contrahegemónicas, en el mismo terreno donde queremos intervenir. Por tanto, esta tarea implica combinar la generación de nuevos espacios con un mayor énfasis en la relación con los actores e instituciones de la

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UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR sociedad civil realmente existente: sindicatos, cofradías, peñas y clubs deportivos, medios de comunicación locales, asociaciones profesionales, ONG, AMPA… Espacios en los que es preciso reforzar y visualizar la participación de los militantes del cambio. No se trata de “bajar línea” sino más bien de gestionar la difícil tensión entre intervenir y permear, sabiendo que muchas veces los espacios que más construyen comunidad no son los de protesta explícita, sino justamente aquellos percibidos en un primer momento como “apolíticos”, ya que no se trata solo de construir partido, sino sobre todo, pueblo.

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Cultura Como dice el escritor chileno Antonio Skármeta en El cartero de Neruda, “la poesía no es de quien la escribe, es de quien la necesita”. Por eso en segundo lugar tenemos la creación cultural de los símbolos y la estética, los hitos, narraciones, canciones e ideas que anticipen la voluntad popular nueva y la hagan atractiva y masiva. La construcción de un pueblo es en gran medida una tarea semántica y emocional, que acompaña, explica y recompensa estética y expresivamente el compromiso político. Esta labor de creación es desordenada, solapada y contradictoria. Afortunadamente no se decreta ni se ordena, sino que se generan las condiciones para que pueda suceder y para que los sectores más dinámicos de la sociedad sean irradiadores de lo deseable y de la posibilidad concreta de un país mejor. El prestigio de una fuerza política, que es algo más grande que un partido político, se mide en gran medida por su capacidad para ser generadora y expresión de un nuevo clima cultural, de una ola en marcha que seduce más que asusta y que mira más hacia el futuro con ilusión que hacia el pasado y la derrota. Cuadros En tercer lugar, la tarea de formación y relevo de cuadros de gestión y dirección, que proviene tanto de las capacidades propias, aprendidas en el camino, como de la incorporación de expertos, técnicos, funcionarios y profesionales al campo del cambio político. Esta incorporación –no somos ingenuos al respecto– no es solo un proceso de atracción cultural sino también de creación de fidelidades y apertura de oportunidades para ser, al mismo tiempo, “profesional” y parte activa del cambio político, con estricto respeto a la institucionalidad y con el compromiso, a su vez, de trabajar desde ella por un país


UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR más justo y democrático. En las instituciones ya en manos del cambio, como los ayuntamientos de buena parte de las principales ciudades, es crucial la asunción de que se está de paso pero también de que se pueden generar transformaciones culturales, jurídicas y económicas que solo serán profundas si se anclan y producen una nueva normalidad, si se hacen relativamente irreversibles. No se trata solo de incorporar desde fuera, sino también de construir adentro, en los círculos por ejemplo, que tienen un rol fundamental en el ciclo nuevo a la hora de atraer y seducir a los que faltan a nivel local. Solvencia En la medida en que “gobernar es prever”, el trabajo institucional ha de servir, además de para generar solvencia e ir rebajando los miedos que aún anidan entre gran parte de nuestra sociedad, para prefigurar la hoja de ruta de las transformaciones, sus límites y sus recorridos posibles. Demostrarse una fuerza útil desde ya, en el aquí y el ahora, para mejorar las condiciones de vida de la gente, en particular de la más golpeada por las políticas oligárquicas injustas, crueles e ineficaces. Los militantes del cambio, por su parte, tienen que estudiar y prepararse concienzudamente para desempeñar las miles de tareas y responsabilidades necesarias para que la nueva voluntad popular se haga nuevo proyecto de país y Estado. Federalización y municipalismo En cuarto lugar, la generación de una fuerza política y cultural más federalizada y descentralizada, más arraigada en el territorio –también en el más abandonado y donde llega con más lentitud el cambio– con el rol crucial de los círculos para ser útiles hacia fuera, para los que faltan; menos vertical y más capaz de enriquecerse con dinámicas de abajo a arriba, más amable hacia dentro y seductora hacia fuera; más atenta a la formación teórica; más capaz de trabajar para generar relevos de manera tal que cada militante del cambio sea un dirigente en su entorno, que haga de portavoz, porte la moral de victoria, proponga tareas y sepa sugerir rumbos que privilegien las cuestiones centrales del momento; mientras al mismo tiempo trabaje para que cuando deje el testigo haya tres compañeros, y en particular compañeras, más preparados y formados, más generosos y más capaces. Esto implica, obviamente, esfuerzos y generosidad por parte de la estructura central del partido. Es

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preciso avanzar hacia una mayor autonomía financiera de los Consejos Autonómicos y Municipales para que sean capaces de impulsar con más fuerza la construcción de áreas y secretarías a nivel territorial, de tal modo que éstas puedan aportar sus perspectivas, cuadros y propuestas programáticas a una organización menos “madrileña” y más parecida al país real. Especial mención requiere el ámbito de la política municipal, objeto de una de las decisiones más difíciles tomadas en Vistalegre. Si bien el modelo de las candidaturas de unidad popular y ciudadana tuvo un éxito innegable en la mayor parte las grandes ciudades de nuestro país y permitió experimentar las primeras fórmulas de confluencia con otros actores políticos, está claro también que la necesidad de concentrar fuerzas en el ámbito autonómico y el estresante ritmo electoral del pasado 2015 dejó fuera de sus ayuntamientos a miles de círculos y consejos municipales, especialmente en las localidades pequeñas y medianas de nuestro país. Es por ello necesario abordar ahora, con la experiencia acumulada y tiempo suficiente por delante, la tarea de convertir cada círculo, cada consejo municipal, en la escuela que nos enseñe a ganar nuevos ayuntamientos para el cambio y a demostrar que somos capaces de gestionar nuestras ciudades y pueblos mejor que los viejos partidos. Para ello hay que convertir cada círculo –y no sólo aquellos de las ciudades donde ya gobierna el cambio– en un espacio donde poder discutir los problemas y proponer las soluciones a nuestro entorno más cercano, ya sea participando en las juntas de distrito, colaborando con las asociaciones vecinales, apoyando las iniciativas ciudadanas, etc. Si en el ciclo corto que se cierra ha sido necesaria una gran concentración de recursos para el asalto directo, ahora es necesario devolver esa generosidad porque la condensación de la lucha política en lo electoral se desvanece y aparece en su lugar una pugna mucho más lenta y más porosa. Estas son algunas de las tareas del “carril largo” que ahora se tornan imprescindibles para ir permeando, difundiendo y dando forma, no ya al proyecto de un partido ni a una propuesta electoral, sino al núcleo de un nuevo acuerdo de país: imprimir el rumbo –mientras las élites viejas ganan tiempo y prolongan la crisis– de un nuevo horizonte general marcado por los intereses y aspiraciones de la mayoría social, convertirse en fuerza articuladora y dirigente ya desde antes de ser fuerza gobernante.


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La fraternidad popular para el rescate de la democracia 26

Por Rafael Mayoral y Federico Severino

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n el “corto verano de la anarquía electoral” hemos librado una guerra de movimientos con la artillería que proporcionaba una nueva y eficaz gramática política. En los platós de televisión –escenario privilegiado del blitz– día tras día nuestros portavoces han disparado mensajes, metáforas, argumentos y todo tipo de artefactos dialécticos con el fin de disputar el relato y el sentido común de las cosas. En un momento difícil para la vida de las clases populares, Podemos lanzó un mensaje que interpretaba los dolores de los de abajo y los transformaba en esperanza de cambio, en el paso de la reivindicación social a la disputa de la democracia por medio de la toma de las instituciones del Estado para ponerlas al servicio del pueblo. Palabras dichas de una cierta manera y pronunciadas desde un cierto lugar han permitido, por lo pronto, la emergencia de una nueva subjetividad política, una movilización popular electoral sin precedentes, 5 millones de votos, 71 escaños, numerosas alcaldías y representación generalizada en comunidades autónomas y municipios. Más allá de la validación o no de hipótesis populistas podría decirse que, en principio, Podemos ha demostrado ser una


UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR fuerza capaz de “hacer cosas con palabras”, tal y como proclamaba el conocido libro del filósofo británico J. L. Austin. Una fuerza política que ha servido de catalizador de una reacción química social provocada por el saqueo desatado de las élites y la subsecuente respuesta de unas clases populares decididas a disputar el poder político. Interrogarnos por lo que hemos hecho o por qué hacer nos remite necesariamente a un conjunto de prácticas. Y esto cobra especial relevancia si, como pensaba Foucault, allí donde hay prácticas se abre siempre un espacio de sentido. Nosotros, que estamos en este particular “negocio” por la disputa del sentido, deberemos preguntarnos qué nuevas prácticas serán las más adecuadas para continuar la lucha por la hegemonía popular en el nuevo tiempo político que se abre. En este sentido y para expresarlo claramente, lo que habrá de plantearse es si para lo que se nos viene encima bastarán las “palabras” o si hará falta “algo más”. Después de dos años frenéticos de “hablar sin parar”, cuando nos detenemos a preguntarnos qué hacer, resulta útil recordar que la práctica significativa no está restringida al uso de la palabra (tesis nada novedosa). Existe todo un repertorio de prácticas que permiten llevar a cabo la lucha por la hegemonía por otros medios más allá de la proliferación de relatos y discursos. Por ello es posible instaurar prácticas en el nuevo ciclo que proporcionen una nueva materialidad a nuestro discurso. Prácticas que creen a nivel molecular modos de obrar, sentir y pensar capaces de llevar a cabo una construcción popular, cultural y comunitaria que hagan las veces de mimbres para la disputa del poder político desde una lógica de empoderamiento popular democrático. Pensándolo con Bourdieu, podemos decir que se muestra necesario sembrar en el movimiento popular los habitus de la nueva cultura política que sigan mostrando la capacidad de cambio político por medio de la acción colectiva y que sirvan de cortafuegos a la ansiada restauración política que buscan los partidos de las élites. Nuestros adversarios van a intentar a toda costa transformar el cerco a Podemos en una nueva forma de control del campo político por parte de la minoría privilegiada y un restablecimiento de la política institucional como charca; un espacio estancado y maloliente hasta la náusea. La virtud no la encontraremos restringiendo

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nuestra excepcionalidad al blitz electoral, sino en nuestra capacidad de desplegar prácticas políticas que eviten nuestro ahogamiento aportando lo mejor de nosotros en el impulso del movimiento popular democrático para romper el cerco del establishment. Con la mirada puesta en las nuevas prácticas, encontramos en el ejercicio de la fraternidad popular el más emancipador y potente de los valores de que dispone nuestro pueblo a la hora de hacer frente a la dificultad. Fraternidad como “concepto familiar” acuñado en las postrimerías del Antiguo Régimen que buscaba la emancipación de las relaciones patriarcales de dominación y dependencia a la que no solo estaban sometidos la mujer y los hijos, sino también la canalla: artesanos pobres, aprendices, jornaleros, obreros asalariados, yunteros, aparceros, oficiales, lacayos y un largo etcétera de sujetos subalternos sometidos a servidumbre política, social y material. A toda esa amalgama plebeya, como nos muestra Antoni Domènech, se dirigía la potencia emancipadora de la fraternidad popular en su pretensión de igualarlos en calidad de hermanos y hermanas, y conseguir así “la plena incorporación a una sociedad civil republicana de libres e iguales de quienes vivían por sus manos, del pueblo llano del viejo régimen europeo”. Como en su día hicieran Robespierre y Marat, queremos recuperar el ideal de la fraternidad para que las clases domésticas y subalternas accedan a la kantiana “mayoría de edad” como hermanos y ciudadanos de pleno derecho; como hombres y mujeres emancipadas. Queremos, en definitiva, recuperar para nuestro pueblo el espíritu del conocido Himno a la Alegría de Schiller: “¡Alle Menschen werden Brüder!” (¡Todos los hombres serán hermanos!). En el ciclo electoral hemos creado una nueva y eficaz gramática política pero hace falta empezar a construir “mundo”, esto es, dotar de una nueva materialidad a la lucha por los significantes. Las materias primas, los ingredientes del discurso no predeterminan la receta final (eso lo tenemos bien aprendido) pero ahora con la potencia del movimiento popular democrático estamos en condiciones de incluir nuevos ingredientes, no solo de combinar los preexistentes. Entra en escena en el ciclo de construcción popular la tarea del homo laborans para crear instrumentos que duren más allá del ciclo electoral y que sean útiles para


UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR la mayoría social y sus dolores. Herramientas que basadas en la concepción de la lucha social asimétrica sean capaces de desplegar el “¡Sí se puede!”. Una idea que adquiere una significación social; los débiles pueden enfrentar la tiranía de los poderosos por medio del ejercicio de sus derechos democráticos. Además tienen capacidad de ganar si asumen sus debilidades para convertirlas en fortalezas por medio de la fraternidad popular. Harán falta más que palabras para seducir a la gente que falta. Ha llegado la hora de que “el verbo se haga carne”, porque como dijera el poeta, “hacer es la mejor manera de decir”. Es el momento, en definitiva, para que el cambio sea producto de una nueva voluntad popular desde abajo que tome a Podemos como instrumento para el despliegue de la acción política colectiva de la fuerza plebeya. Pero para ello no bastará decir solidaridad, habrá que practicar la solidaridad; no bastará decir fraternidad, porque habrá que practicar la fraternidad popular. Será necesario emprender iniciativas que permitan al movimiento popular democrático transitar de estructuras creadas exclusivamente para la fase de movilización popular electoral a espacios de participación directa descentralizados, antiburocráticos y plebeyos que en su implantación territorial a través de la acción colectiva permitan la multiplicación de militantes y la emergencia del protagonismo popular para el rescate de la democracia.

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D’un temps que ja és un poc nostre, d’un país que ja anem fent Raimon

Un país más nuestro

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ras años de retrocesos y desilusión, hoy podemos decir que este tiempo y este país son ya un poco más nuestros, del pueblo. Podríamos detenernos aquí, conformarnos con que el nuevo país está en marcha, contarnos nuestra historia desde el nacimiento a los 5 millones de votos en poco más de dos años y felicitarnos eternamente por haber transformado, contra todo pronóstico, el sistema de partidos español. Podríamos incluso darles la razón a quienes afirman que lo que se podía, se pudo, pero que ya no se puede, que el asalto fallido a los cielos pone fin a la hipótesis Podemos y que no nos queda otra que ser una fuerza política más, con más o menos escaños. Sería fácil y cómodo, pero no hemos venido a conformarnos ni resignarnos. Para hacer que este país sea cada día un poco más nuestro tenemos que afrontar el reto de convertirnos en una herramienta con capacidades para mejorar la vida de la gente. Esto requiere conquistas que impliquen gestión y también contradicciones, de las que nos tendremos que cuidar pero no temer. Podemos tiene ahora un gran reto. Cuando acaba el camino corto, el asalto electoral, empieza nuestro verdadero desafío, de larga senda y cocción lenta: construir pueblo, conformar una nueva mayoría que empuje el cambio político en sentido

Por Àngela Ballester

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popular, emancipador y democrático, que lo sustente y lo defienda. Así que debemos ahora transitar hacia ese carril largo, para cuyo reconocimiento es imprescindible una mirada no solo larga sino de altura. Y para afrontar ese reto nuestra organización se encuentra de nuevo en ebullición. Reuniones, debates, foros, asambleas... la inteligencia colectiva en marcha para alumbrar el camino en este nuevo ciclo. Que Podemos sea una herramienta al servicio de la mayoría entraña muchos y grandes desafíos que tendremos que afrontar de forma simultánea. Hay tramos que ya hemos recorrido: dijimos que veníamos a poner las instituciones al servicio de la gente y ahora ocupamos los principales parlamentos de este país de países que es España, y el cambio político gobierna ya sus principales capitales. Hay que ahondar en esa vía, seguir venciendo las resistencias e inercias propias de un sistema anquilosado para que los representantes públicos sean servidores del pueblo, hombres y mujeres que trabajan al servicio de la mayoría y no en su contra. Sin embargo, el trabajo institucional no puede ser nuestra tarea exclusiva, ni esa tarea debe encerrarse en los edificios oficiales. La acción institucional es un instrumento para mejorar las condiciones de vida de la gente, para garantizar derechos y profundizar en la democracia, así que debemos seguir avanzando por ese camino. Pero al tiempo debemos recorrer otros que nos lleven a la construcción popular. No son caminos separados sino que se enlazan y entrecruzan, no hay oposición entre la institución y la calle sino coexistencia y una necesaria retroalimentación. La política no acaba en las puertas de los parlamentos, ni en la de entrada ni en la de salida. En esta etapa, Podemos debe ser capaz de consolidar una organización cuyas redes y conexiones lleguen a todos los rincones, desde la Morada de Madrid al pueblo más pequeño del país pasando por la Morada de Valencia, la de Bilbao y todas las que deberíamos abrir. Si la destrucción del tejido social y ciudadano ha sido el terreno abonado para unas políticas de recortes y austeridad que no solo han maltratado a la gente sino que la han abandonado a su suerte, una de nuestras tareas es reconstruir esos lazos de solidaridad y fraternidad que hacen más fuerte a nuestro pueblo para resistir las injusticias, enfrentar a quienes gobiernan contra la mayoría y defender la soberanía y la democracia. ¿Y esto cómo se hace? De múltiples y variadas fórmulas que podemos aprender o inventar, y otras, en cambio, que deberíamos


UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR desechar. Sería un error entender la expansión del partido como un mero empeño por lograr afiliaciones masivas. El objetivo es diseñar una organización porosa con la ciudadanía, presente en plazas y barrios, centros sociales y de trabajo, bibliotecas, asociaciones, espacios de ocio... No se hace con una organización que exige adhesión a las siglas, un compromiso permanente y miles de horas de asamblea. Se hace creando espacios de participación que no sean necesaria ni exclusivamente militantes, espacios de intersección entre lo orgánico y lo no orgánico. Los y las militantes han sido y son nuestros ojos y nuestras manos, sin ellos y ellas no habríamos llegado hasta aquí y son imprescindibles en las tareas y retos que tenemos por delante. Pero no son suficientes. Tenemos que construir una organización abierta y democrática, capaz de escuchar, compartir, sumar e integrar. Una organización que está presente en la sociedad y se demuestra útil. Esto se hace trabajando desde los círculos y los órganos municipales para resolver los problemas de la gente. En este tiempo hemos sabido llegar a todos los hogares a través de los medios de comunicación, con un mensaje no elaborado en un laboratorio sino recogido del sentido común de una mayoría maltratada por la crisis y por sus representantes en las instituciones. Ahora toca, sin abandonar este camino, recorrerlo a la inversa. Toca reforzar una organización capaz de que todos los hogares lleguen a nosotros, con sus problemas, sus necesidades, sus anhelos. Y convertir esas demandas en soluciones. Ahora debemos también reforzar nuestros lazos con la sociedad civil organizada, para que cada cargo público de Podemos sea un pilar de la construcción de nuevas políticas. Para que los representantes de Podemos en las instituciones sean servidores públicos tenemos que diseñar mecanismos que hagan efectiva esa conexión con la gente y la sociedad civil. Y para ello debemos optar por un modelo organizativo en el que las decisiones y los recursos lleguen a todos los espacios y niveles de la organización, a todos los pueblos y ciudades donde queremos ser útiles. Una organización construida sobre múltiples caminos y senderos, de ida y vuelta, capilarizada en la sociedad y atravesada por la sociedad. Esto se hace a través de las Moradas, lugares de encuentro y formación, espacios donde compartir ideas y propuestas, donde rendir cuentas ante la ciudadanía. Mientras no podamos revertir el proceso de adelgazamiento de lo público, Podemos debe intentar cubrir esas necesidades –materiales, culturales, emocionales– que el Estado en su retirada le niega a la ciudadanía. Es este un terreno

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por explorar, un espacio que nos toca inventar. Las Moradas deben ser al tiempo cultura y solidaridad, punto de contacto con los y las representantes públicos y de encuentro entre personas con inquietudes compartidas, escuela de formación y biblioteca vecinal, espacio de asesoramiento laboral y espacio de trabajo compartido, ágora de debate y zona de juego, taller de discurso y taller de teatro. La construcción de pueblo, de un partido-movimiento, se hace sin prisa pero sin pausa. Se hace tranquila, discretamente. Y esto sí es un quiebro en el camino. La épica ha acompañado a Podemos desde su nacimiento. Hito tras hito, del Teatro del Barrio a la campaña del 26J pasando por la Marcha del Cambio, hemos ido dando pasos ante las cámaras y a ritmo de marcha triunfal. La pasión ha irrumpido en la política y hemos visto como la voluntad de la gente cambiaba el rumbo de la historia. Personas normales haciendo cosas extraordinarias. Y el resultado es realmente extraordinario para una fuerza política con apenas dos años de vida. Sin embargo, creo que no será la épica la que marque el tono del nuevo ciclo. Es el momento del trabajo tranquilo, pausado, silencioso. El momento de las hormigas, que llegan a todos los rincones, que no se dejan ni una miga por recoger. Es el momento del trabajo constante que no da resultados muy vistosos, que no siempre genera titulares ni grandes ovaciones, pero que sedimenta un cambio social que es pilar fundamental de la construcción de un nuevo país. Por último, y no por ello menos importante, este camino debemos transitarlo de forma que sus distintas sendas nacionales puedan confluir y no divergir. Esto es, pensar nuestra organización, nuestra acción institucional y la ingente tarea de construcción de un sujeto popular que sustente el cambio político desde la perspectiva de la plurinacionalidad, esa vía para construir un proyecto de país con el pegamento de la fraternidad y el reconocimiento, puesta en valor y defensa de la pluralidad. No son pocos los retos que tenemos por delante ni fácil el camino para construir una mayoría nueva. Ese camino no existe, no hay rutas trazadas ni nos valen viejos mapas. Ya nos lo enseñó el poeta: “Caminante no hay camino, se hace camino al andar”. Así que no lo podemos recorrer sino que debemos abrirlo, pero llegados a este punto, no podemos retroceder ni atrincherarnos en lo que hemos conseguido. Tenemos la obligación de pensar y trabajar en la ampliación del proyecto, afianzando los éxitos obtenidos pero sin dejar de empujar los límites de lo posible. Tenemos la obligación de seguir haciendo este tiempo y este país cada vez más nuestro.


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De las espadas forjarán arados, de las lanzas, podaderas Isaías, 2, 4

El partido como espora 36

Por Jorge Moruno

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odemos necesita pasar de ser una máquina de guerra electoral a convertirse en una “espora cultural”. Las esporas –su nombre viene del griego y quiere decir “semilla”– son unas células reproductivas generadas por las plantas, que en ocasiones se desarrollan tras un estado de latencia o hibernación. La espora produce un nuevo organismo al dividirse en dos células con el mismo número de cromosomas que la primogénita. La reproducción por esporas permite la supervivencia durante un largo tiempo en condiciones adversas. ¿Cómo se traduce eso al campo de la sociedad? No hay manuales ni libros de instrucciones, pero sin duda precisa de una fuerte voluntad política. Podemos tiene que reprogramarse si, además de librar batallas electorales, quiere contribuir a construir la fuerza que hace posible la transformación social.

La calle Ahora bien, ¿esto qué significa? Se dice que el partido tiene por tarea concienciar a la sociedad y unificar las luchas. Tengo algunas dificultades con esta hipótesis, no porque las distintas luchas no deban encontrar puntos en común, sino


UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR porque considero que esa hoja de ruta está de algún modo anclada en un tiempo pasado. Centraliza y hace que todo gire alrededor de un Podemos que funciona a modo de punta de lanza. De esta forma, se “unifican –presuntamente– las luchas” bajo el paraguas de un partido que hace las veces de guía y faro. Al margen de entrar a valorar la actual realidad e implantación de dichas luchas, esta hipótesis se plantea como si una supuesta “vanguardia” hiciera un llamamiento a la calle para que le siga bajo su mandato unificado. Dicho de otro modo, necesito integrar dentro de un proyecto de partido a la “calle” para que me haga de “músculo”, a costa de que esa “calle” pierda toda autonomía. Sin embargo, no se trata de que las organizaciones “entren” en el tejido ciudadano y popular dentro de una fórmula de “soporte” al “partido” –en forma de altavoz–, sino que se debe colaborar, aportar, incentivar y hacer permeables las fronteras entre lo orgánico e inorgánico. Más bien diría que lo fundamental es desarrollar una red territorial que enraíce localmente y dinamice actividades hasta en el último pueblo. Necesitamos potenciar la calle, sin duda, pero una calle que sea capaz de crear un orden nuevo más allá de denunciar la injusticia del orden actual. Una no es incompatible con la otra –al contrario–, pero la primera resulta harto más complicada de llevar a cabo. Tampoco se debe caer en el plañidero resistencialismo en el que el partido se convierte en la voz de la protesta, “esos que sacan pancartas de vez en cuando, parecen buenos chicos y dicen la verdad”. Las luchas y movilizaciones son también una forma de comunicar, de hacerse notar y de distorsionar el orden de la agenda pública. Ni si quiera en el caso hipotético de estar viviendo un nuevo ciclo álgido de movilizaciones –¡ojalá!–, el reto se reduciría a juntar a la gente que sale a la calle. Habría que sumar igualmente a toda la ciudadanía que simpatiza, que opina y toma partido al respecto cambiando el enfoque de la mirada. Se ha repetido mucho: el 15M no éramos sólo quienes estábamos en la plaza, había que incluir a toda esa gente que se posicionaba al respecto y desbordar los límites “físicos” de la protesta. La nueva agenda salida de todo ese ciclo de movilizaciones puso en circulación las ideas que generaron unos acuerdos transversales, de los que Podemos es un síntoma. Más

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UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR que organizar y juntar a la “sociedad civil” existente, necesitamos crear formas sociales que aventuren un modelo de vida distinto, otra modalidad que ponga en marcha a la cooperación social (económica, cultural, política, relacional) en conflicto con el régimen actual.

Imaginación, autonomía

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Más que palabras gruesas y posturas morales, necesitamos diseñar una normatividad propia, esto es, un régimen simbólico de normas y referentes capaz de dotar de otro sentido a los actos para evitar ser absorbidos por la normalidad parlamentaria. Lo fácil sería pensar que debemos imitar ejemplos ya fracasados o que tuvieron lugar en un tiempo con características distintas al nuestro, lo complicado es reconocer que eso no sirve para el objetivo propuesto. Más que imitar o reproducir, necesitamos innovar, inventar, mezclar, y lanzarnos a una tarea irrenunciable en ausencia del GPS que nos indique dónde se encuentra la “misteriosa curva de la recta”. Esta tarea de afrontar la novedad sin las herramientas para hacerlo es muy antigua y repetida a lo largo de la historia. Tenemos que captar el proceso de innovación a través del cual se forje un imaginario que moviliza a la sociedad en dirección contraria al orden actual. Los símbolos no tienen sentido por su valor intrínseco, lo adquieren cuando se inscriben en las relaciones sociales, por eso es tan importante construir relaciones culturales que generen símbolos e identidades asociadas a una serie de normas propias. La cuestión pasa por encontrar ese “plano” apto para tejer soluciones cotidianas al servicio de esa otra sociedad en construcción. Esta es una tarea colectiva, no se diseña en un gabinete ni nace de ningún garaje. Solo así se puede alterar el baremo de lo normal, lo aceptable y lo posible, que permite construir una nueva mayoría sobre unas bases distintas. Forjar un carácter social de época que permita a los miembros de la sociedad desear y actuar de otro modo distinto al que ahora lo hacemos. La democracia, lejos de ser un mero “procedimiento” de gestión es, como nos recuerda el filósofo Cornelius Castoriadis, una significación imaginaria vinculada a las finalidades colectivas. Para que la democracia tenga consistencia la sociedad debe dotarse de instituciones de base, de un contrapoder social que


UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR mantenga una conversación fluida –e incluso tensa– con el partido pero sin llegar a convertirse en su apéndice. Dicho de otro modo; para que Podemos sea capaz de tomar cuerpo en el territorio debe diluirse dentro del propio cuerpo social, no actuar como un agente externo. Decía el teórico Mario Tronti en su texto escrito en los años 60, Lenin en Inglaterra, que el revolucionario ruso tenía que vérselas ante una nueva realidad de clase, donde ya no se encuentran a los obreros “dispuestos a cantar en las iglesias de partido”.

Inteligencia Desde entonces esta tendencia no ha hecho más que agudizarse. Existe una gran “bolsa” de inteligencia en la sociedad desaprovechada por culpa de la precariedad y las condiciones de vida. El partido debe ser como un fondo de inversión que hace transferencia de medios y recursos destinados a las actividades y asesorías que liberan tiempo social. Liberar tiempo es ahorrar tiempo a la gente, en el momento en el que se generan espacios que resuelven necesidades sin una mediación económica. “La guía espiritual” del partido ni sigue una línea de progreso hacia una dirección que el resto desconoce, ni cuenta con un saber especial que la sociedad ignora. Con lo que cuenta es con tiempo liberado que debe poner al servicio de la construcción de tejido ciudadano. En otras palabras, busquemos ejemplos de “guía espiritual” de partido en las últimas décadas. El PCI fue el primero en ponerse un cepo a sí mismo y en reprimir a las propias bases de su existencia futura. Pensemos en términos culturales, políticos, de impulso en el tejido productivo e incluso en la capacidad de instalar debates en la sociedad. Pensemos en casos muy concretos como las movilizaciones por la vivienda digna (que arrancaron la renta básica de emancipación para jóvenes), en las movilizaciones contra el plan Bolonia, en el 15M, en la PAH, etc., “el partido” ha ido siempre a rebufo, nunca marcando la iniciativa ni abriendo grieta alguna. Así pues, si toca hablar de una residual “guía espiritual” no es porque el partido sea conocedor de una verdad y sepa transitar mejor las dificultades, es porque dispone de tiempo. A la sociedad le faltan medios pero no le falta

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UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR inteligencia, conocimiento y posibilidad colaborativa. El capital ha observado mucho mejor este aspecto, de ahí surge Airbnb y sus proyectos como “Samara” para formar e imaginar una “comunidad”; no regalemos ese deseo por mejorar, por vivir, por encontrar soluciones. El partido debe atender esta realidad y actuar acorde con ella poniendo los medios necesarios, abriendo las compuertas a la creatividad de las masas a costa de dejar de verse como “el medio”.

A la ofensiva

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Pero junto con esta corriente subterránea el partido precisa de impulsar una lectura de la crisis a la “ofensiva”. Hasta ahora, tras varios años, la crisis se ha percibido a la defensiva –“nos quitan lo conquistado”–, lo que, pese a ser inmediatamente identificable y un formidable aglutinador, resulta insuficiente. Desde el campo programático, pero mucho más allá de este, se debe dar una solución “hacia delante” sobre por lo menos dos grandes aspectos: la cuestión del tejido productivo (aquí incluyo reafirmar la apuesta por la transición energética) y la solución al modelo territorial. No es mi intención abordar aquí estas dos cuestiones en profundidad, simplemente me permito una pincelada a modo de apunte. Podemos –y aquí enlazo con la renta básica universal– debe utilizar su “privilegio” de tiempo liberado para empujar por medidas y espacios que liberen y mejoren el uso social del tiempo. Una renta básica universal no entendida como “subvención” o como una medida eficaz para evitar la exclusión social, sino sobre todo como la base material de una fuerza de trabajo capaz de impulsar formas productivas profundamente innovadoras, ecológicas y democráticas, ante una aguda crisis de ciudadanía vinculada al empleo. Una manera de aprovechar todo ese talento que se pierde en la precariedad, las deudas y la incertidumbre. Hay que cortar de una vez por todas con el cordón umbilical del modelo salido tras la II Guerra Mundial. El neoliberalismo lo lleva haciendo desde hace más de 30 años, ya es hora de que se ponga encima de la mesa una salida democrática a la crisis de la sociedad del empleo. Transición energética, educación y renta básica incondicional, como piedras angulares de una nueva carta de derechos que generen un marco de seguridad y defensa de la sociedad ante el miedo y el atropello financiero.


UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR En segundo lugar, la cuestión de la plurinacionalidad debe operacionalizarse para salir del actual atolladero, lo que significa establecer un modelo donde pierdan las elites de Madrid, las catalanas y vascas, y los distintos gobiernos de taifas. Madrid debe dejar de ser el espacio por el cual todo debe pasar y al cual todos acuden a protestar. Madrid debe dejar de ser la lente por la cual se define el baremo del significado “igualdad”. La plurinacionalidad debe liberar a Madrid de su posición dominante, posición que encaja como perfecta excusa para mantener un relato muy cómodo de victimismo interesado por las distintas elites. Madrid también tiene derecho a una realidad propia distinta a la realidad directamente nacional. La salida del Estado de las autonomías en lugar de ir hacia un repliegue centralizador, debe apostar firmemente por democratizar las relaciones territoriales –¿federal, confederal, simétrico, asimétrico?– bajo otra idea de España distinta a la actual, una que se defina por lo que es, su riqueza diversa, en lugar de por lo que no es, “la antiespaña”. Reprogramar el partido, diseñar un régimen normativo propio, formar una imaginación y hacer una lectura a la ofensiva. Estos podrían ser algunos de los ingredientes con los que cocinar esa “hegemonía en la sociedad”. Hacia “adentro” Podemos debe operar de tal modo que no suponga un calco de la jerarquía y funcionamiento del aparato del Estado, a lo que se le suma la complicada tarea de armar un rompecabezas organizativo específico en algunos territorios y formalizar el tipo de la relación con otras fuerzas del cambio. La coherencia interna es importante siempre y cuando no confunda su propia realidad con la realidad en la que interviene. Para alcanzar ese “afuera” –esta distinción es cada vez menos operativa– es menester “hacerse pueblo”. Esto no es sinónimo de asumir y fundirse con lo existente considerando al pueblo como un actor pasivo o una esencia, se trata, en cambio, de encaminarse en la dirección abierta por su propio movimiento. Ahora queda la pregunta que siempre se mantiene, ¿cómo lo hacemos? Empecemos por crear un clima en el que todo se abra y nada parezca imposible, siendo siempre conscientes, tal y como señaló Marx en su día, de que “desarrollamos nuevos principios para el mundo sobre la base de los propios principios del mundo”. Esta debe ser la tarea del “materialista práctico”.

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Debates teóricos sobre el ahora y la posibilidad de una articulación política emancipatoria. Qué distintas apuestas estratégicas para el cambio social y político. Y qué líneas programáticas centrales que puedan convocarlo desde la oposición, y hacerlo irreversible desde el gobierno.

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II Qué hacemos

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“Esperando a los marcianos” El debate entre Žižek y Laclau 44

Por Santiago CastroGómez

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Es posible transformar las instituciones políticas existentes en una dirección emancipatoria? ¿Debe la izquierda entrar en el juego político de la democracia sin perder con ello su fuerza de oposición al sistema capitalista? Estas son preguntas que se encuentran en la base del debate sostenido hace unos años por dos de los más importantes filósofos políticos contemporáneos: el esloveno Slavoj Žižek y el argentino Ernesto Laclau. En un comienzo, durante los primeros años de la década de los noventa, Laclau y Žižek compartían una misma orientación política. Ambos creían en la posibilidad de una democracia socialista que retomaba, pero transformado, el proyecto emancipatorio del marxismo. En su primer libro, El sublime objeto de la ideología (1989), Žižek tradujo a categorías lacanianas muchas de las ideas expresadas por Laclau en su obra Hegemonía y estrategia socialista, escrita junto con Chantal Mouffe en 1981. En el prólogo del libro el argentino decía de Žižek con entusiasmo: “Su especial combinación de hegelianismo y de teoría lacaniana representa en la actualidad uno de los proyectos teóricos más innovadores y prometedores en el panorama intelectual europeo”. Y refiriéndose en particular al libro decía: “Para aquellos interesados en la elaboración de una perspectiva teórica que trate de abordar los problemas de la


UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR construcción de un proyecto democrático y socialista en una época posmarxista, la lectura de este libro es esencial”. Pero poco a poco el esloveno se fue haciendo cada vez más escéptico frente a la posibilidad de transformar la democracia desde adentro y comenzó a radicalizarse. A contrapelo de Laclau, quien – como Maquiavelo– entiende la política como el “arte de lo posible”, Žižek afirma que esto equivale a claudicar frente a las fuerzas del orden establecido. El objetivo de la política no es “administrar las cosas” en el marco de lo posible, sino cambiar el parámetro mismo de lo que se considera posible. Un “acto político” no ocurre dentro del horizonte de lo que es posible, sino que redefine los contornos de esa posibilidad. Es decir que la política no se limita a resolver de manera imperfecta una serie de problemas parciales, como quiere Laclau con su teoría de la hegemonía, sino que subvierte el campo mismo desde el cual algo es pensado como un problema. Aceptar las reglas de juego de la democracia no es entonces una opción para la izquierda, pues ello descarta un elemento fundamental para el cambio revolucionario: la violencia. Tanto Laclau como otros “izquierdistas posmodernos” –nos dice Žižek– descartan por principio la violencia, suspenden su potencial desestabilizador e impiden la emergencia de esta “dimensión traumática” y fundamental de lo político. Por eso, el modelo hegemónico de Laclau opera en realidad como un mecanismo de despolitización; supone la negación democrática del momento político propiamente dicho. No es raro entonces que Laclau haya descartado el programa de “tomar el poder” del Estado por medios violentos y controlar las fuerzas productivas bajo la ilusión de poder domesticarlas desde la democracia. En pocas palabras, Žižek reprocha a Laclau el haber abandonado la “lucha anticapitalista” y de ser incapaz de ver que el único medio para alcanzar la transformación social no es otro que la revolución. ¿Cómo responde Laclau a todas estas críticas? En opinión del argentino, la nueva orientación política de Žižek es completamente abstracta y sin referentes empíricos. Cuando afirma, por ejemplo, que en la cadena de luchas emancipatorias (feminista, gay, ecológica, étnica, etc.) la “lucha de clases” sobredetermina todas las demás, ¿dónde ve el esloveno que es políticamente operativa esta centralidad? Desde luego, siempre habrá levantamientos sociales ligados directamente a lo económico: demandas por mejores salarios, por una redistribución más equitativa del ingreso, protestas por la falta de empleo, etc. Pero, ¿puede ser visto esto como una expresión inequívoca de la “lucha de clases”? ¿Hay una clase social que empíricamente esté liderando en alguna parte del mundo estas luchas

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y estableciendo su “hegemonía” sobre todos los demás sectores subalternos? La respuesta es “no”. Esto es simplemente un delirio del esloveno. Su tesis de que el Lumpenproletariat de las grandes urbes puede mostrar una alternativa viable para la izquierda no es otra cosa que una “marcianización de la política”. En realidad, afirma el argentino, Žižek no está presentando un argumento histórico, sino un argumento trascendental, es decir que no se apoya en procesos políticos “realmente existentes”, sino que acude a viejas discusiones de los años setenta sobre la “determinación en última instancia” de lo económico sobre lo político. Toma la economía como si fuera un a priori destinado a ser el elemento sobredeterminante de todas las luchas políticas, lo que le conduce a “defender un último reducto del naturalismo”. Además de todo esto, Žižek parece “sustancializar” el capitalismo, convirtiéndolo en un mecanismo autodefinido. Es decir que el capitalismo no es algo que se define por su funcionamiento histórico, sino por una “lógica” intemporal que atraviesa todas sus determinaciones históricas. Hay aquí, nos dice Laclau, una peligrosa deshistorización del capitalismo, una negativa a verlo como “formación social” y una tendencia a analizarlo no desde sus prácticas concretas, sino desde su “mera forma”. Para el argentino, el capitalismo no tiene una “lógica unitaria”, sino distintas funciones que coexisten y son “activadas” conforme sean las articulaciones históricas que se den entre los diferentes elementos que la componen. No existe por tanto “el” capitalismo entendido como un todo homogéneo. Laclau identifica en Žižek una tendencia a fetichizar el capitalismo, a investirlo con poderes divinos (es omnisciente, omnipresente, omnipotente…), situándolo en una nebulosa inalcanzable. En estas condiciones, la “lucha anticapitalista” de la que habla el esloveno no es más que un ataque ficticio contra molinos de viento. Uno se pregunta, afirma Laclau, si Žižek está pensando en una invasión de seres de otro planeta. Y agrega que no existe una lucha anti-capitalista per se, sino efectos anticapitalistas que derivan de la articulación de una pluralidad de luchas. En suma, al convertir al capitalismo en el “problema fundamental” de la especie humana, el esloveno pierde contacto con la realidad política. Uno de los puntos centrales del debate tiene que ver con el tema del populismo. Žižek se muestra extremadamente desconfiado frente a la propuesta de Laclau, porque le parece que genera peligrosos vínculos entre el fascismo y el populismo. También el fascismo opera con una lógica similar a la que señala Laclau en su libro La razón populista: lleva la lógica antagónica hasta su extremo y divide la


UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR sociedad en dos campos irreconciliables (“ellos” contra “nosotros”). Reifica el antagonismo en una entidad positiva (en el caso del fascismo nazi el “enemigo” eran los judíos), cuya aniquilación restablecería el equilibrio y la justicia. ¿Acaso, pregunta Žižek, no hay una mistificación en el hecho de querer concentrar todos los antagonismos en un solo “enemigo común”? Si se dice, por ejemplo, que los problemas de una sociedad son causados por un pequeño sector de la población (la “élite”, la “casta”, los “políticos”, los “ricos”, etc.), ¿terminarían dichos problemas una vez que ese “mal sector” sea eliminado? Además de la homogeneización del poder, ya señalada antes, la “operación populista” corre el riesgo de moralizar la política, que es justamente lo que la pone tan cerca de los populismos de derecha que hoy vemos en Europa. También aquí, los “responsables” de la desgracia nacional son construidos a partir de un significante vacío: los inmigrantes, los terroristas, los musulmanes, etc. Una vez desaparecidos esos “malos sujetos”, el orden y la justicia serían restablecidos por completo. Y como era de esperar, Žižek también critica al populismo de Laclau por su incapacidad de hacer frente al capitalismo. Pues para Laclau, la causa de la desigualdad social no es el sistema capitalista como tal, sino la “oligarquía” tradicional que ha establecido una hegemonía política en contra de los intereses populares. No es que haya una falencia estructural en el sistema, sino que el problema es un elemento de la estructura que opera de modo disfuncional. A través de este desplazamiento sintomático, Laclau estaría silenciando el problema de la lucha de clases y sancionando al capitalismo como horizonte trascendental de la política. Laclau responde a estas críticas devolviendo favores. Si para Žižek el populismo del argentino le acerca peligrosamente a posiciones de derechas, éste no duda en vincular la propuesta del esloveno con el Linksfaschismus, recordando su tesis de que la única alternativa posible al capitalismo no es otra que la “violencia divina”, la opción de “optar por lo imposible”, la “suspensión política de la ley”. Frente a este ultraizquierdismo idealista, próximo al fascismo de derechas más recalcitrante, Laclau dice que el problema de Žižek es su rechazo a la dinámica de la articulación y la formación de cadenas de equivalencia, es decir su renuncia por principio a la política. La filosofía de Žižek albergaría de este modo una tendencia protofascista que proviene de su renuncia al riesgo de la política y que alberga una nostalgia por los viejos tiempos de la Yugoslavia de Tito. Si alguien preguntara entonces dónde podemos ubicar la filosofía política de Žižek, Laclau no dudaría en responder: “Esperando a los marcianos”.

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El reto populista

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ace ya tiempo que múltiples voces nos advierten contra el peligro del populismo, el cual es presentado como una ‘perversión de la democracia’. Pero con la victoria del brexit en el Reino Unido y la popularidad inesperada de Trump en Estados Unidos, la denuncia del populismo se ha vuelto más estridente. Los miembros del establishment parecen haber empezado a preocuparse por el potencial de descontento social que hasta ahora habían menospreciado. Nos acosan con declaraciones alarmistas que claman que el populismo tiene que ser eliminado porque significa una amenaza mortal para la democracia. Creen que la demonización del populismo y el temor a un posible retorno del ‘fascismo’ van a ser suficientes para conjurar el crecimiento de partidos y movimientos que ponen en cuestión el consenso neoliberal. Es importante hacer frente a esa histeria anti-populista examinando qué es lo que ha estado en juego en la emergencia de los movimientos llamados ‘populistas’ en los últimos años en Europa. Resulta imperioso establecer un análisis sereno del estado actual de nuestras democracias a fin de visualizar la manera de fortalecer las instituciones democráticas contra los peligros a los cuales están expuestas. Esos peligros son reales, pero provienen

Por Chantal Mouffe

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UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR del abandono por parte de los partidos que se presentan como ‘democráticos’ de los principios de soberanía popular e igualdad, los cuales son constitutivos de una política democrática. Con el auge del neoliberalismo, esos principios han quedado relegados a categorías zombis, y nuestras sociedades han entrado en una era ‘post-democrática’.

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I. ¿Qué se entiende exactamente por ‘post-democracia’? Empecemos por clarificar el significado de ‘democracia’. Como se sabe, etimológicamente democracia proviene del griego demos/kratos, y significa poder del pueblo. Se trata de un principio de legitimad que no se ejerce en abstracto, sino a través de instituciones determinadas. Cuando en Europa hablamos de ‘democracia’ nos referimos a un modelo específico: el modelo occidental que resulta de la inscripción del ideal democrático en un contexto histórico particular. Ese modelo – que ha recibido una variedad de nombres: democracia moderna, democracia representativa, democracia parlamentaria, democracia constitucional, democracia liberal, democracia pluralista– se caracteriza por la articulación de dos tradiciones diferentes. Por un lado, la tradición del liberalismo político: el Estado de derecho, la separación de los poderes y la defensa de la libertad individual; por otro lado, la tradición democrática, cuyas ideas centrales son la igualdad, la identidad entre gobernantes y gobernados y la soberanía popular. A diferencia de lo que se dice a veces, no existe una relación necesaria entre estas dos tradiciones, sino sólo una articulación histórica contingente que –como lo mostró el académico canadiense C. B MacPherson– se materializó en el siglo XIX a través de las luchas conjuntas de los liberales y los demócratas contra los regímenes absolutistas. Algunos autores como Carl Schmitt afirman que dicha articulación –origen de la democracia parlamentaria– produjo un régimen inviable, ya que el liberalismo niega a la democracia y la democracia niega al liberalismo; otros, siguiendo a Jürgen Habermas, sostienen la co-originalidad entre los principios de libertad y de igualdad. Schmitt tiene razón, sin duda, al señalar la presencia de un conflicto entre la ‘gramática’ liberal de la igualdad –que postula la universalidad y la referencia a la ‘humanidad’– y la ‘gramática’ de la igualdad democrática, que requiere la construcción de un pueblo y la frontera entre un ‘nosotros’ y un ‘ellos’. Pero considero que se equivoca al presentar ese conflicto en términos de una contradicción que ineluctablemente ha de


UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR llevar a la democracia liberal pluralista a la autodestrucción. En La Paradoja democrática1 propuse concebir la articulación de esas tradiciones –por cierto, finalmente irreconciliables– bajo el modo de una configuración paradójica, como el locus de una tensión que define la originalidad de la democracia liberal y garantiza su carácter pluralista. La lógica democrática de construir un pueblo y de defender prácticas igualitarias es necesaria para definir un demos y subvertir la tendencia al universalismo abstracto del discursoliberal; pero la articulación con la lógica liberal permite desafiar las formas de exclusión que son inherentes en las prácticas políticas de determinar el pueblo que ha de gobernar. La política liberal democrática consiste en un constante proceso de negociación –por medio de distintas articulaciones hegemónicas– de esa tensión constitutiva. Esa tensión, que se expresa en términos políticos por la frontera entre derecha e izquierda, sólo puede estabilizarse temporalmente mediante negociaciones pragmáticas entre fuerzas políticas, y dichas negociaciones siempre establecen la hegemonía de una de ellas. Revisitando la historia de la democracia liberal pluralista, constatamos que en algunas ocasiones predominó la lógica liberal, y en otras predominó la lógica democrática, pero las dos lógicas permanecieron activas, y la posibilidad de una negociación agonística entre derecha e izquierda –propia del régimen liberal-democrático–, siempre se mantuvo. II. Si se puede calificar la situación actual como ‘post-democracia’ es porque en los últimos años, con el debilitamiento de los valores democráticos como consecuencia de la implementación de la hegemonía neoliberal, esa tensión constitutiva ha sido eliminada y han desaparecido los espacios agonísticos donde diferentes proyectos de sociedad podían confrontarse. En el terreno político esa evolución se manifestó a través de lo que en En torno a lo político, 2 he propuesto llamar la ‘post-política’ para apuntar al desdibujamiento de la frontera política entre derecha e izquierda. Con ese término me refiero al consenso establecido entre los partidos de centro-derecha y de centro-izquierda sobre la idea de que no había alternativa a la globalización neoliberal. Bajo el pretexto de la ‘modernización’ impuesta por la globalización, los partidos socialdemócratas aceptaron los diktats del capitalismo financiero y los límites que imponían a las intervenciones del Estado en las políticas redistributivas. El papel de los parlamentos y de las instituciones que permiten a los ciudadanos influir sobre las decisiones políticas fue drásticamente limitado, y los ciudadanos han sido despojados de

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1 Chantal Mouffe,La paradoja democrática, Gedisa, 2016 2 Chantal Mouffe, En torno a lo político, Fondo de Cultura Económica, 2007


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la posibilidad de ejercer sus derechos democráticos. Las elecciones ya no ofrecen ninguna oportunidad de decidir sobre verdaderas alternativas por medio de los partidos tradicionales de ‘gobierno’. La política ha pasado a ser una mera cuestión técnica de gestión del orden establecido, un dominio reservado a la competencia de expertos. Lo único que permite la post-política es la alternancia bipartidista en el poder entre los partidos de centro-derecha y de centro-izquierda. Todos aquellos que se oponen a ese ‘consenso en el centro’ son percibidos como ‘extremistas’ y calificados de ‘populistas’. La soberanía popular ha sido declarada obsoleta, y la democracia ha sido reducida a su componente liberal. Así fue socavado uno de los pilares del ideal democrático: el poder del pueblo. Por cierto, se sigue hablando de ‘democracia’, pero sólo para indicar la presencia de elecciones y la defensa de los derechos humanos. Esos cambios a nivel político han tenido lugar en el contexto de un nuevo modo de regulación del capitalismo, en el cual el capital financiero ocupa un lugar central. Con la financiarización de la economía se produjo una gran expansión del sector financiero a costa de la economía productiva. Bajo los efectos conjuntos de la desindustrialización, de la promoción de cambios tecnológicos y de procesos de relocalización hacia países donde la fuerza de trabajo era más barata, se redujeron los puestos de trabajo. Las políticas de privatización y desregulación también contribuyeron a crear una situación de desempleo endémico, y los trabajadores se encontraron en condiciones cada vez más difíciles. Si uno añade los efectos de las políticas de austeridad que fueron impuestas después de la crisis de 2008, se pueden entender las causas del aumento exponencial de las desigualdades que hemos presenciado en varios países europeos, particularmente en el sur. Esa desigualdad ya no afecta solamente a las clases populares, sino también a buena parte de las clases medias, que han entrado en un proceso de pauperización y precarización. Los partidos socialdemócratas han acompañado esta evolución, y en muchos lugares incluso han jugado un papel importante en la instauración de las políticas neoliberales. Esto contribuyó a que el otro pilar del ideal democrático –la defensa de la igualdad– también haya sido eliminado del discurso liberal-democrático. Lo que rige ahora es una visión liberal individualista que celebra la sociedad de consumo y la libertad que ofrecen los mercados. III. El resultado de la hegemonía neoliberal fue la instauración,


UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR tanto a nivel socio-económico como político, de un régimen verdaderamente ‘oligárquico’. Es precisamente esa oligarquización de las sociedades europeas lo que da origen al éxito de los partidos populistas de derecha. De hecho, son a menudo los únicos que denuncian esa situación y prometen volver a darle al pueblo el poder que le ha sido confiscado por las elites, y defenderlo contra la globalización. Traduciendo los problemas sociales en clave étnica, en muchos países llegaron a articular en un vocabulario xenófobo las demandas de los sectores populares, las cuales fueron ignoradas por los partidos de centro por ser incompatibles con el proyecto neoliberal. Las formaciones socialdemócratas, prisioneras de sus dogmas post-políticos y reacias a admitir sus errores, se niegan a reconocer que muchas de esas demandas son demandas democráticas legítimas, a las cuales es preciso dar una respuesta progresista. De ahí su incapacidad para aprehender la naturaleza del reto populista. Para poder apreciar ese reto es necesario rechazar la visión simplista difundida por los medios, que tachan al populismo de pura demagogia. La perspectiva analítica desarrollada por Ernesto Laclau nos ofrece instrumentos teóricos importantes para abordar esa cuestión. Él define al populismo como una forma de construir lo político, que consiste en establecer una frontera política que divide la sociedad en dos campos, apelando a la movilización de los ‘de abajo’ frente a ‘los de arriba’. Surge cuando se busca construir un nuevo sujeto de la acción colectiva –el pueblo–, capaz de reconfigurar un orden social vivido como injusto. No es una ideología, y no se le puede atribuir un contenido programático específico. Tampoco es un régimen político. Es una manera de hacer política que puede tomar varias formas según las épocas y los lugares, y es compatible con una variedad de formas institucionales. El populismo se refiere a la dimensión de soberanía popular y de construcción de un demos que es constitutiva de la democracia. Ahora bien, es justamente esa dimensión la que ha sido descartada por la hegemonía neoliberal, y es por eso que la lucha contra la post-democracia requiere una intervención política de tipo populista. IV. El ‘momento populista’ que estamos presenciando nos ofrece la oportunidad de restablecer una frontera política que permita recrear la tensión agonista propia de la democracia. De hecho, varios partidos populistas de derecha ya lo están haciendo, y es lo que explica sus avances recientes. La fuerza del populismo de

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derecha se explica precisamente porque fue capaz, en muchos países, de trazar una frontera y de construir un pueblo para dar una traducción política a las diversas resistencias al fenómeno de oligarquización inducido por la hegemonía neoliberal. Su atractivo es particularmente notable en las clases populares, pero también está prosperando en las clases medias afectadas por las nuevas estructuras de dominación ligadas a la globalización neoliberal. Desgraciadamente, hasta ahora, la respuesta de las fuerzas progresistas no ha estado a la altura del reto. Se han dejado influenciar por los discursos de las fuerzas del establishment, que descalifican al populismo para poder mantener su dominación. Siguen preconizando estrategias políticas tradicionales, inadaptadas para la profunda crisis de legitimidad que afecta a los regímenes liberal-democráticos. Esta crisis es la expresión de demandas muy heterogéneas, que no pueden ser formuladas de manera adecuada a través del clivaje derecha/izquierda, tal como está configurado tradicionalmente. A diferencia de las luchas características de la época del capitalismo fordista, cuando existía una clase obrera defendiendo sus intereses específicos, en el capitalismo neoliberal postfordista surgieron resistencias en muchos puntos por fuera del proceso productivo. Esas demandas ya no corresponden a sectores sociales definidos en términos sociológicos y por su ubicación en la estructura social. Muchas son reivindicaciones que tocan cuestiones que tienen que ver con la calidad de vida y que poseen un carácter transversal. También han adquirido una creciente centralidad las demandas ligadas a las luchas contra el sexismo, el racismo y otras formas de dominación. Para poder articular tal diversidad en una voluntad colectiva, ya no funciona la frontera tradicional izquierda/ derecha. Federar esas diversas luchas exige establecer una sinergia entre el movimiento social y formas partidarias con el objetivo de construir un ‘pueblo’ y para eso se requiere una frontera construida de manera populista. Eso no quiere decir que la oposición izquierda/derecha deje de ser pertinente, pero se debe plantear de otra manera, en función del tipo de populismo que está en juego y de las cadenas de equivalencias a través de la cuales se construye ‘el pueblo’. Entendido como categoría política, el pueblo siempre resulta de una construcción discursiva, y el ‘nosotros’ alrededor del cual se cristaliza puede ser construido de distintas maneras, dependiendo de los elementos que lo constituyen y de la manera como se define el ‘ellos’ al cual está confrontado. Es allí donde radica la diferencia entre un populismo de derecha –como el de Marine


UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR Le Pen, que construye un pueblo que se limita a los ‘verdaderos nacionales’, excluyendo a los inmigrantes relegados al ‘ellos’, junto con las fuerzas ‘anti-nación’ de las elites– y un populismo de izquierda de corte progresista. Este último está representado en Francia por el movimiento de Jean-Luc Mélenchon, que tiene una concepción más amplia del ‘nosotros’ que incluye a los inmigrantes, los movimientos ecologistas y los colectivos LGBT, definiendo el ‘ellos’ como el conjunto de fuerzas cuyas políticas fomentan la desigualdad social. En el primer caso estamos frente a un populismo autoritario cuyo objetivo es una restricción de la democracia, mientras que en el segundo caso se trata de un populismo que aspira a ampliar y radicalizar la democracia. V. Además de cómo se construye el pueblo, hay que considerar otra cuestión importante para distinguir entre varias formas de populismo: la manera como se concibe la relación entre el pueblo y los ‘de arriba’. Las identidades colectivas siempre requieren la distinción nosotros/ellos, pero en el campo político la frontera entre el nosotros y el ellos indica la presencia de un antagonismo, es decir, de un conflicto que no puede tener una solución racional. Pero ese antagonismo puede manifestarse bajo formas diferentes. Puede tomar la forma de una confrontación amigo/enemigo cuyo objetivo es el de erradicar el ‘ellos’ para establecer un orden radicalmente nuevo. La revolución francesa nos procura un ejemplo de ese populismo ‘antagonista’. Pero esa confrontación puede también darse bajo una forma ‘agonista’, donde el ‘ellos’ no es visto como un enemigo, sino como un adversario contra el cual se va a luchar a través de medios democráticos. Para que un movimiento populista sea compatible con la democracia pluralista, la confrontación tiene que ser de tipo agonista. Un populismo agonista no aboga por el rechazo total del marco institucional existente. Su objetivo no es la destrucción de las instituciones liberal-democráticas, sino la desarticulación de los elementos que configuran el orden hegemónico y la rearticulación de una nueva hegemonía. Un populismo de izquierda idóneo para la situación europea debe ser concebido como un ‘reformismo radical’ que se esfuerza por recuperar y profundizar la democracia. Es una lucha que se lleva a cabo por medio de una ‘guerra de posición’ en el seno de las instituciones, con el fin de transformarlas. Una lucha que, por cierto, va a necesitar cambios institucionales significativos para permitir que se exprese la voluntad popular, pero esos cambios no suponen un desafío radical a las instituciones

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3 Chantal Mouffe, Agonística. Pensar el mundo políticamente, Fondo de Cultura Económica, 2014

llamadas ‘republicanas’. No se trata de acabar con la democracia representativa, sino de fortalecer las instituciones que dan voz al pueblo. Es una forma de ‘republicanismo plebeyo’ que se inscribe en la línea democrática de la tradición republicana, cuyo precursor fue Maquiavelo. La actual crisis se debe a que nuestras instituciones no son suficientemente representativas, no al hecho mismo de la representación. La solución no puede ser la eliminación de la representación y la instauración de una democracia ‘presentista’ como pretenden algunos. En Agonística. Pensar el mundo políticamente 3, subrayo el hecho de que en una sociedad democrática que reconoce la posibilidad siempre presente del antagonismo, y donde el pluralismo no se concibe de un modo armonioso y anti-político, las instituciones representativas –al dar forma a la división de la sociedad– desempeñan un papel crucial porque permiten la institucionalización de esa dimensión conflictual. Ahora bien, ese rol sólo puede ser cumplido mediante la existencia de una confrontación agonista. El problema central de la postdemocracia es la ausencia de tal confrontación y la incapacidad de los ciudadanos de escoger entre verdaderas alternativas. Es por eso que la cuestión de las fronteras es decisiva. Estoy convencida de que en los próximos años el eje central del conflicto político se va a dar entre populismo de derecha y populismo de izquierda, y resulta imprescindible que los sectores progresistas entiendan la importancia de involucrarse en esa lucha. Idear un populismo de izquierda requiere visualizar la política de manera que se reconozca su carácter partisano. Hay que descartar la perspectiva racionalista dominante en el pensamiento político liberal-democrático y reconocer la importancia de los afectos comunes (lo que llamo las ‘pasiones’) en la formación de las identidades colectivas. A través de la construcción de otro pueblo, de una voluntad colectiva que resulte de la movilización de las pasiones en defensa de la igualdad y de la justicia social, se puede combatir la política xenófoba promovida por el populismo de derecha. Al recrear fronteras políticas, el ‘momento populista’ al cual estamos asistiendo en Europa nos señala un ‘retorno de lo político’. Un retorno que puede abrir la vía para soluciones de índole autoritarias –a través de regímenes que debilitan las instituciones liberales democráticas–, pero que también puede conducir a una reafirmación y profundización de los valores democráticos. Todo va a depender del tipo de populismo que salga victorioso de la lucha contra la post-política y la post-democracia.


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El 26J como fin de ciclo: en torno a la crisis orgánica y la relación entre populismo e instituciones1 58

Por Javier Franzé

1 Agradezco los comentarios de Fernando Fernández Llébrez y de Chantal Mouffe sobre este trabajo.

Introducción Para Podemos el 26J pareció significar el fin de un ciclo en tanto el resultado electoral -si bien muy bueno para tratarse de una formación emergente- no le otorgó una posición de fuerza que le asegurara la iniciativa a la hora de formar gobierno. Ese ciclo era el que describía la “hipótesis Podemos”, según la cual el 15M fue el síntoma de la crisis orgánica del régimen del 78, que abría una oportunidad para “asaltar el cielo”. Para ello, Podemos debía transformarse en una “máquina de guerra electoral” capaz de librar una blitzkrieg que le permitiera colarse por las grietas del edificio hegemónico a toda velocidad antes de que se cerraran. Esta guerra de movimientos se desplegaría centralmente en el terreno electoral a través de un discurso populista situado en el eje abajo-arriba, con el objetivo de patear el tablero del bipartidismo y construir un nuevo pueblo contra la “casta” y su régimen. Tras la reunión de su Consejo Ciudadano Estatal del 9 de julio y las primeras intervenciones poselectorales de sus dos máximos dirigentes, la conclusión que pareció extraer la formación morada es que ha concluido la fase de guerra de movimientos para dar lugar a una etapa de guerra de posiciones larga. Esta nueva fase política será más tranquila y estará marcada por el


UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR ritmo que impone el parlamentarismo. Esto obligaría a Podemos, por una parte, a dejar de ser una máquina de guerra electoral para convertirse en un “partido normal” y, por otra, a plegar las velas del discurso populista, pues la impugnación generalizada que implica el eje abajo-arriba no sería compatible con la lógica de negociación permanente propia de la institución parlamentaria. Estas notas, soslayando toda cuestión táctico-estratégica, tratan de averiguar si hubo o no crisis orgánica del régimen del 78 y si es incompatible el discurso populista con el parlamentarismo.

Crisis del régimen del 78 Si una comunidad política es fundamentalmente un sentido construido y cristalizado que se expresa en instituciones, reglas del juego, posiciones relativas de los actores, identidades asignadas y reconocidas, una cultura política hegemónica y una división entre profesionales y profanos a la hora de ejercer -en especial en el campo político- la dirección de esa sociedad, no parece que en España haya habido una crisis de tal calibre. Principalmente porque el Estado mantuvo su autoridad a los ojos de la sociedad. Ahí se encuentra la diferencia clave con respecto a los países de América Latina. El Estado español, sobre todo desde la Transición, ha conseguido aparecer ante la sociedad proveyendo hospitales, carreteras, escuelas, seguridad, pero también garantizando democracia, pluralidad y derechos. Todo ello en un país que asocia su pasado a la pobreza, el aislamiento, el retraso, la dictadura y el cainismo. Aunque el Estado español no es fuerte frente al mercado ni su provisión de bienestar está a la altura de su capacidad económica, la crisis no le ha alcanzado, se ha frenado en la frontera que separa a sus elites dirigentes del sistema institucional. A pesar de la debilidad histórica de su Estado, España responde más al modelo occidental que describía Gramsci, en el cual entre el Estado y la sociedad hay varias líneas de trincheras que lo protegen de cualquier asalto y le permiten sobrellevar las crisis, que al oriental, donde hay más producción de orden que de sentido, pues se trata de un Estado represivo y vertical, que “concentra” el poder y la política, precisamente porque la sociedad civil está desarticulada y es débil. Más aún: toda la fortaleza del Estado se construyó principalmente desde la Transición. Las trincheras que protegen al Estado y le otorgan prestigio como encarnación no sólo de sí mismo sino de toda la sociedad, son básicamente las encargadas de producir y reproducir el sentido

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común del discurso de la Transición que, en España, encarna la hegemonía: un orden basado en la identificación de democracia con consenso, en una política cupular y en la promesa de cohesión social y territorial, asegurado por dos grandes partidos que se presentan como serios, modernos, europeos, responsables, que no rompen el equilibrio social y político, ni se entregan a aventuras innovadoras. Según este relato oficial, si alguno de los pilares del orden fuera cuestionado, todo recaería en el pasado faccioso y fratricida. Por tanto, lo deseable es descartar cualquier experimento, por prometedor que pudiera parecer. De ahí la monolítica defensa de la Constitución de 1978 que hacen los partidos autodenominados precisamente “constitucionalistas”. Este relato no es mero palabrerío hueco, sino que ha encarnado en la sociedad española. La Transición ha constituido identidades, actores, un modo de vida, un proyecto de país. Su triunfo fue político porque fue cultural: la Transición tuvo y tiene su literatura, su música, su cine, sus periódicos y revistas, sus intelectuales, sus periodistas, su televisión, su ocio; en definitiva, un caudal simbólico-imaginario que reconcilia a la sociedad española consigo misma, en tanto le provee la seguridad de haber sido finalmente capaz de construir un país que pueda mirar de frente (¿no habrá sido eso en definitiva lo que ha venido haciendo la sociedad española al sentarse a ver, cada jueves de los últimos quince años, Cuéntame cómo pasó?). La evaluación de este período histórico -como la de cualquier otro- no es una unidad de medida del grado de progresismo del evaluador, pues el rechazo moral no modifica un ápice la fuerza política que tal etapa pueda tener. No pocos análisis de la izquierda española han parecido preferir a menudo la tranquilidad identitaria que conlleva la condena de la Transición en lugar de la productividad política que resulta de su comprensión histórica. Por lo tanto, si se la quiere entender políticamente, por más que no sea para transformarla, la Transición no puede ser despachada con la condena moral motivada por unos rasgos ciertamente criticables para una fuerza igualitaria, como por ejemplo esa política cupular que evitó toda politización (del presente y del pasado) en nombre del peligro de recaída en un aducido faccionalismo cainita. La Transición significó a los ojos de la ciudadanía modernización, ascenso social, salida del atraso y del aislamiento, europeización: “el período de mayor prosperidad, estabilidad y democracia de la historia de España”, como repiten los partidos


UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR tradicionales. Esto también significó la asunción por parte de la ciudadanía de que se poseen derechos, a la vez que la delegación de la gestión política en las elites. Esto es: más igualdad, pero también más diferencia entre profesionales y profanos en el campo político. Una suerte de doble juego de relativo empoderamiento y de despolitización por delegación. Esta encarnadura de la Transición en la sociedad es probablemente lo que haga que ni siquiera la ruptura del pacto social, el estrechamiento de la democracia y el pluralismo, la corrupción sistémica o la tensión de la cuestión territorial -precipitados vertiginosamente desde 2008- hayan logrado conmover el contrato entre Estado y sociedad. Pero también que la creciente construcción de una sociedad neoliberal, con un tercio excluido, haya debido esperar a tener una excusa -la crisis del 2008- para abrirse paso. En España no ha habido un proceso neoliberal asimilable al thatcherismo, con un discurso explícito de señalamiento de sindicatos, funcionarios públicos, inmigrantes y clases populares como “parásitos de los emprendedores”. Sólo recientemente ha emergido el discurso del emprendedor como modelo social, pero sin explicitar el reverso de la culpabilización del “perdedor”. Cabe pensar que la raíz “compasiva” católica del conservadurismo español está jugando aquí un papel. Los dos partidos principales, expresiones del discurso de la Transición, han tenido que justificar y encubrir sus políticas neoliberales en nombre de la preservación futura del Estado de bienestar. Si sólo se mira el aspecto de engaño de esta táctica, no se ve una parte importante del asunto: que el discurso hegemónico no puede desvincularse de su promesa de una cierta cohesión social. La sociedad le ha tomado la palabra a la Transición en cuanto a sus promesas de bienestar como parte constitutiva de la democracia. Esto no puede ser desdeñado sin más por una fuerza igualitaria, pues significa que lo que en otros países -como en América Latina, el continente más desigual- demanda largos años de lucha, incluso para conseguir niveles muy inferiores de equidad, en España -aun siendo el sur de Europa- forma parte del sentido común democrático. El problema que sí plantea esta identificación entre discurso de la Transición y cohesión social es que el bipartidismo -entendido en sentido amplio- conserva, aunque mermado, cierto crédito como garante del bienestar. Quizá por eso el neoliberalismo ha podido ser ocultado tras la crisis. De hecho, no sólo el bipartidismo habla de “recortes”, y no de neoliberalismo; se ha logrado

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2 El propio concepto de crisis orgánica y su correlato, el de hegemonía, merecen ser reexaminados para ver si no guardan una fuerte deuda con una concepción determinista de lo social que obstaculiza la comprensión de la complejidad sobredeterminada y relacional de lo político. Crisis orgánica y hegemonía estarían todavía muy vinculadas a una representación de lo social según la cual hay áreas o puntos privilegiados de condensación del orden como

“nacionalizar” la crisis, imputándola a un exceso de gasto público del gobierno de Zapatero, que ponía en peligro el futuro del bienestar, desvinculándola de la gestión neoliberal del capitalismo internacional; y el Partido Popular acaba de ser ratificado para “gestionarla” por tercera vez (2011, 2015 y 2016). En esta dirección, cabe pensar que lo que estaba en juego el 26J era el relato de la crisis, y frente a un discurso que sólo tibiamente la imputaba a un programa neoliberal acabó triunfando la versión oficial -sostenida por el bipartidismo y los medios hegemónicos- de que se trató de una pausa en la senda del crecimiento, el bienestar y la modernización, del que “ya estamos saliendo gracias al esfuerzo de todos”. Esta capacidad del discurso oficial de disimular la ruptura del pacto social de la Transición tras la “crisis” resulta sintomática de la fuerza con que todavía cuenta para producir sentido, esto es, para producir orden. Todo esto permite pensar que en lugar de una crisis orgánica2 lo que más bien parece que ha habido en España es una crisis de representación, y ni siquiera estrictamente una crisis del sistema de partidos, pues si bien éste ha dejado de ser bipartidista, en su conjunto es capaz todavía de proveer representación. El inicio de esta crisis puede remontarse a las protestas por la participación española en la segunda Guerra de Irak (2003) y por la gestión de los atentados de Atocha (2004), que luego ya se expresarían abiertamente con el 15M (2011) y más tarde con el surgimiento de Podemos y otros partidos (Equo, Partido X, etc.). Los lemas del 15M (“Lo llaman democracia y no lo es”, “No nos representan”) expresaron bien que el malestar social se debía principalmente a la frustración de expectativas de ascenso social y protagonismo político que la Transición había creado, más que a una impugnación radical del proyecto social y político vigente. Ni siquiera se planteó que el neoliberalismo era incompatible con las promesas de bienestar de la Transición. La protesta se dirigía más a las élites que a las instituciones. La trayectoria discursiva de Podemos también puede verse como un reconocimiento implícito de la fuerza del discurso de la Transición. De hecho, su posición fue populista -esto es, de impugnación frontal del orden- sobre todo al inicio, durante su primer año de vida, pivotando en dos elementos: la identificación de la Transición como origen de todos los problemas de la crisis de 2008 y la consiguiente demanda de un proceso constituyente como única solución del problema. Esta posición era populista -según


UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR el concepto de Laclau- porque se basaba en la dicotomía arribaabajo (pueblo-oligarquía, casta-gente) y presentaba a las elites y su orden como incompatibles con un conjunto de diversas demandas populares pendientes o frustradas. A partir de la marcha del cambio, en enero de 2015, ese discurso cambió: ahora la Transición aparecía como creadora de una institucionalidad valiosa, de la que había que echar a las elites para recuperarla al servicio del pueblo. Esa desconexión entre oligarquía e institucionalidad bloqueaba de facto todo discurso populista, pues el orden en sí ya no era el problema decisivo, sino sus elites, las que aparecían desvinculadas de esas instituciones. La prueba de que el orden no representaba el problema era que ni siquiera aparecía como productor de esas elites. La conducta política de las elites no guardaba relación con las instituciones: éstas eran instrumentos valiosos y las elites se habían autocolocado precisamente por encima de la legalidad3. El reconocimiento implícito de la fuerza hegemónica del discurso de la Transición no sólo estaría en este momento de cambio del discurso de Podemos, hacia enero del 2015, sino incluso en su inicio, pues cabría pensar que la impugnación radical del orden del 78 era también una forma de hacerse visible y ser escuchado en medio de un orden muy plegado sobre el relato orgánico de la democracia como consenso y la evitación de la recaída en la Guerra Civil. Hasta el 20D el relato de Podemos se mantuvo básicamente en los mismos términos. El problema era que la crisis había servido para enriquecer a los más ricos y empobrecer a los más débiles, gracias a que las elites se habían puesto por encima de las instituciones y de la ley. La prueba de ello, sostenía Podemos, era la corrupción. La centralidad de la corrupción en detrimento del neoliberalismo como causantes de la creciente desigualdad social podría ser otro indicador de que el malestar es con los representantes más que con el proyecto de país, en tanto responsables de una desviación de dinero público hacia lo privado que permitiría realizar la promesa de ascenso social típico de la Transición. Del 20D al 26J este derrotero se profundizó y consolidó: la alianza con Izquierda Unida puede verse como una aceptación de la -en ese momento- invencibilidad de la Transición, de la imposibilidad de patear su tablero y por consiguiente de que entrar en él era inevitable, lo cual se haría por su lado izquierdo. A la vez, Podemos confirmaba -Iglesias ya lo había dicho en noviembre de 20144, preanunciando el fin del discurso populista de enero de

totalidad, cuya conmoción sería la del conjunto como tal. Así, por lo tanto, invitarían a pensar las transformaciones más en términos de todo o nada que de procesos diversos y parciales. Sin renunciar a la noción de que lo político es institución de lo comunitario, lo cual hace que éste tenga una unidad final, quizá el problema de las nociones de crisis orgánica y de hegemonía es que no permiten dar cuenta de las diferentes capas, niveles, problemáticas, con ritmos y procesos diferentes, de la vida comunitaria. Esto parece volver difícil la existencia de “una coyuntura en la que se da un debilitamiento generalizado del sistema relacional que define las identidades de un cierto espacio social o político y que en consecuencia,

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conduce a una proliferación de elementos flotantes” (E. Laclau y C. Mouffe: Hegemonía y Estrategia Socialista, Madrid, Siglo XXI, 1987, p. 157; subrayado por mí). Tal vez de más cuenta de estas crisis la noción de hegemonías que la de hegemonía, lo cual implica una reserva acerca de la potencial organicidad de toda crisis. 3 J. Franzé: “Podemos: ¿regeneración democrática o impugnación del orden? Transición, frontera política y democracia”, Cahiers de civilisation espagnole contemporaine 15/2015: http:// ccec.revues. org/5988. 4 “Entrevista a Pablo Iglesias”, Diario 20 Minutos, disponible online.

2015- su identidad socialdemócrata, lo cual suponía ocupar uno de los lugares -vacantes por la deserción del PSOE- del tablero oficial de la Transición. Esto suponía, naturalmente, que no era necesario impugnar ese tablero, todavía útil. Quizá la alianza misma y no la ulterior decepción electoral era ya un potente reconocimiento -en los hechos todavía implícito, pero más abierto que el cambio de enero de 2015- de cierre de ciclo constatado ahora: el del “asalto al cielo” y de inicio de una guerra de posiciones larga. Los resultados electorales no hicieron más que confirmar ese camino, al dejar a Podemos fuera de la formación de gobierno y aliado con IU. El diagnóstico de una crisis orgánica del régimen del 78 a raíz del 15M está vinculado a una incomprensión de la profunda capacidad histórica de la Transición para ofrecer y construir un proyecto de país. En la izquierda tradicional, parte de esta incomprensión se debe a su enfoque epistemológico materialista -en el sentido clásico marxista-, que vincula inmediatamente privación material y subjetividad de protesta, sin captar la mediación de la representación de esa privación -incluso cuando es vista como tal, pero sin generar movilización- más que como “falsa conciencia”, lo cual no cuestiona la lente con que se mira, sino la mirada del otro, confiando confortablemente en que tarde o temprano ésta se iluminará. Una subjetividad no es un castillo de naipes que se pone en juego al mínimo temblor. Pues bien, la Transición ha construido subjetividad, no falsa conciencia. La guerra de posiciones no sólo resulta coherente con la política entendida como lucha por el sentido, sino en particular con sociedades como la española, que se ven a sí mismas como opulentas, lo cual parece determinar que la ciudadanía recela más del desequilibrio del orden que de los beneficios potenciales que pudiera traerle una ruptura. La cuestión es si el relato populista es sólo compatible con la guerra de movimientos o también, e incluso más apropiadamente, con la guerra de posiciones.

Populismo y parlamentarismo Esta segunda cuestión que queríamos abordar está vinculada a la primera, pues se trata de saber si el cierre del ciclo de la guerra de movimientos implica necesariamente abandonar el eje arriba-abajo típico del populismo y más propio de la confrontación, por el de izquierda-derecha, más adaptado a la negociación y por tanto a la guerra de posiciones. Cabe primero una aclaración. Se entiende mejor el concepto


UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR de populismo -siempre según la teorización de Laclau- dejando de lado el significante maldito, que remite por hábito más a lo que La razón populista vino a negar (el populismo como régimen político, ideología, forma de liderazgo, programa político, base social o conjunto de políticas públicas) que al concepto que se propuso afirmar: la reconfiguración del demos, la reconstrucción de un nuevo sujeto, de una nueva mayoría, alrededor de ciertas metas y valores -en este caso, el reimpulso de la democracia y la igualdad a partir de una frontera entre pueblo y poder. Si ni el pueblo ni la ciudadanía refieren a un dato poblacional ni jurídico, sino simbólico-imaginario, esto es, el inestable conjunto de aquellos que se sienten autorizados para hablar y tener una posición sobre lo público, empezando por la definición de sus propias identidades, la ampliación del demos no significa evidentemente otorgar ciudadanía jurídica a más personas, sino transformar los marcos perceptivos-cognitivos, las identidades consagradas para reconfigurar un pueblo nuevo y hegemónico. Éste no resulta de una yuxtaposición de identidades ya existentes (cuya expresión electoral sería la sopa de siglas), sino de la conformación y emergencia de un nuevo actor mayoritario, de un nuevo bloque histórico que no puede sino hacerse con los sujetos ya existentes pero desidentificándose y reidentificándose en posiciones nuevas. La contraposición abajo-arriba no se entiende por lo tanto sin la oposición izquierda-derecha, según su significado general-histórico. Siguiendo a Chantal Mouffe, si el abajo-arriba se hace desde la izquierda, será para ampliar el demos legítimo (que es el legado de los populismos clásicos latinoamericanos, pero también el de la revolución francesa, el de las independencias latinoamericanas o los procesos de descolonización). Si, por el contrario, se hace desde la derecha, será para estrechar el demos legítimo, tal como ocurrió con los fascismos de entreguerras u ocurre con los populismos del Frente Nacional francés o del Ukip británico. Los efectos del brexit son, entre otros, precisamente ese estrechamiento del demos, en virtud de la resignificación del inmigrante como negación de la ciudadanía. En su primera etapa, hasta enero de 2015, Podemos contrapuso de modo excluyente el eje abajo-arriba al eje izquierda-derecha porque, llevado con toda probabilidad por la necesidad de la lucha política inmediata, tenía que impugnar el tablero del sistema de partidos realmente existente, que en España cumple formalmente con el pluralismo presentando una alternativa de centro-izquierda y otra de centro-derecha que, en

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la interpretación de Podemos, son en verdad la misma cosa: el bipartidismo, el turnismo, el Régimen. Al hacer esto, Podemos dificultó la distinción entre el significado histórico general del eje izquierda-derecha, proveniente de la Revolución francesa -como contraposición entre una escala de valores dominada por la igualdad y otra presidida por la libertad (liberalismo) o por el orden (conservadurismo)-, y el significado particular que adquiere en el sistema de partidos de la España actual. Para negar este último negó también implícitamente el primero, lo cual impedía ver el significado último de la contraposición abajo-arriba: es decir, si se trataba de una ampliación o un estrechamiento del demos legítimo (un populismo de izquierda o de derecha, en definitiva). Hechas estas aclaraciones, volvamos a la pregunta: ¿es posible la contraposición arriba-abajo en las instituciones, básicamente, en el parlamento? O mejor: en un sistema parlamentario impregnado de una cultura política que identifica exclusivamente democracia con consenso, siendo la segunda fuerza de la oposición, lo cual obliga no sólo a pactar sino a hacerlo en condiciones de relativa debilidad. Si bien es cierto que el parlamentarismo parecería ser la fase superior del consensualismo, cabe pensar sin embargo que no necesariamente es incompatible con una política de impugnación de las elites en pos de ampliar el demos legítimo. Las instituciones no se deducen de sus reglas del juego positivadas, sino de las prácticas habituales que se dan lugar a esas reglas y a la vez se derivan de una interpretación posible de ellas. El consenso, la “seriedad”, la solemnidad, la “mesura” que impone la institución parlamentaria no están en su reglamento, sino que son fruto de la construcción de una cultura política, la de los actores que la habitan y que han logrado que esos rasgos se identifiquen con “el buen hacer parlamentario”. Podemos cuestionó ese sentido hegemónico sobre todo en su primer día de Parlamento, el de constitución de la XI Legislatura, cuando a través de una escenificación semiológica de estilos de vida plurales desvinculó, para escándalo del sentido común dominante, “buen hacer parlamentario”/seriedad y estilo/ estética hegemónicos. Ese tono, estilo y forma en buena medida lo son todo en la cultura política dominante española. Es un continente que otorga legitimidad a casi cualquier contenido. Los años de la crisis han expuesto esto a las claras: las políticas de concentración de la riqueza, el manejo patrimonialista del Estado y los cargos públicos de representación, la corrupción sistémica se recubrieron de esa estética dominante obstaculizando su conexión


UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR con la irresponsabilidad, la insolvencia y el incumplimiento que suponen. Quebrar esa vinculación entre el lenguaje corporal y oral hegemónicos y conceptos como “seriedad”, “solvencia”, “respetabilidad”, resulta clave en términos democráticos, pues permite que una pluralidad de estilos y formas no queden impugnados de entrada en términos de “insensatez”, “inexperiencia” e “ingenuidad”. Esta resignificación de lo que podría condensarse en el término “seriedad” es clave para expandir la palabra autorizada, la frontera entre profesionales y profanos a favor de estos últimos. El demos legítimo, en definitiva. Hasta tal punto esa estética de la seriedad juega un papel clave que incluso es útil para disimular la impugnación del otro cuando es practicada -en sede parlamentaria o donde seapor las fuerzas hegemónicas. Así lo hicieron el PP, el PSOE y Ciudadanos con Podemos en las decisiones de la Mesa y de la ubicación en el hemiciclo en la fallida XI Legislatura. Lo cual, bien mirado, corroboraría que parlamentarismo y populismo no son incompatibles. Estar en las instituciones pero sin compartir el sentido consagrado que representan ha sido característico de los populismos latinoamericanos. El peronismo ha ejercido con maestría esa ambivalencia. Mientras acumulaba gran fuerza institucional merced a un fuerte presidencialismo plebiscitario y carismático, con amplísimas mayorías democráticas y no pocas tendencias antirrepublicanas, se presentaba como mero poseedor del gobierno, carente de poder real, por definición en manos de la oligarquía y el imperialismo. Esto le permitió presentar su poder y su tiempo en el gobierno invariablemente insuficientes para su proyecto, siempre “inconcluso”. Gracias a ello pudo ampliar el demos legítimo -su principal legado-, colocando al Pueblo como sujeto de la Nación. Para una cultura política institucionalista -en el sentido de Laclau- como la española, lo anómalo desde la perspectiva hegemónica no es lo que no se ajusta a las reglas puras del parlamentarismo. Por eso éste puede funcionar en la práctica con una legitimidad presidencialista (ahí está el partido conservador reclamando su derecho a gobernar porque ha sido la fuerza más votada) y su derivado, las mayorías automáticas en el parlamento controladas desde el ejecutivo. Lo aberrante para esta cultura dominante es, en cambio, todo aquello que sea visto como amenaza para el equilibrio consensual.

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Por ejemplo, un partido movilizando a las masas en la calle (la Marcha del Cambio no fue entendida por el discurso hegemónico precisamente porque no expresaba una protesta sino una afirmación de una potencial nueva mayoría) o enarbolando un discurso que contraponga el pueblo a la élite. Ni que decir tiene cuando ambas cosas se combinan. Esto ayuda a precisar en qué sentido se da la tensión entre parlamentarismo y populismo. Si entendemos éste como impugnación de las elites en pos de ampliar el demos legítimo, como momento y no como programa -siguiendo la expresión de Mouffe-, no hay incompatibilidad alguna en tanto comportaría una profundización y ampliación de la democracia. La única incompatibilidad es con la cultura política histórica que envuelve y da sentido a esa institucionalidad, la hegemónica en la España de hoy, caracterizada por su carácter cupular, que se expresa en el bipartidismo consensualista. El populismo como ampliación del demos legítimo sería una tarea constante de toda democracia, pues constituye un modo de contrarrestar las tendencias a la burocratización y a la oligarquización, al privilegio estratégico del pequeño número sobre los gobernados, propias del poder organizado. Pero la oligarquización de la comunidad no se produce sólo por esas tendencias, sino también por el efecto de políticas de exclusión e invisibilización. En ese aspecto, por ejemplo, las luchas feministas, de derechos civiles y multiculturales, así como las del mundo del trabajo, tienen siempre un aspecto populista característico, en tanto se desarrollaron denunciando el carácter elitista (de clase, patriarcal, blanco o de la cultura dominante) de la sociedad a fin de reconfigurar el demos legítimo visibilizando a las “minorías” excluidas. Esas luchas y conquistas no se comprenden históricamente sin el parlamento (ni desde luego la protesta de los movimientos sociales). Si no se lo entiende así, el populismo estaría siendo percibido como una mera táctica electoral para alcanzar rápidamente el gobierno y, en ese sentido, sólo útil para la guerra de movimientos. Sería entonces lo propio de la excepcionalidad e incompatible con la normalidad. En esto, paradójicamente, la percepción de Podemos parece coincidir con la del bipartidismo, ya que ambos entenderían el populismo como un asalto a las instituciones desde fuera de ellas, no como una tarea constante de auto-regulación democrática de las mismas. La oposición entre populismo y parlamentarismo parece heredera de la contraposición de Laclau -autor clave para Podemos,


UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR como es bien conocido- entre populismo e institucionalismo, que tiende a sugerir una identificación confusa entre institucionalidad y reproducción apolítica del orden, como si las instituciones fueran meras reglas congeladas y la reproducción del orden cancelara la lucha de valores. También parece derivar de la oposición entre instituciones y movimientos sociales, según la cual la auténtica política estaría “en la calle”, como si los movimientos sociales no encarnaran una representación, estuvieran libres de las tendencias oligárquicas de todo poder organizado y no aspiraran a convertir sus demandas en ley estatal. El problema parece estar en el concepto de institución. Si éste se asimila al contenido habitual que le otorga la ciencia política “empírica”, como un conjunto de reglas técnicas capaces de tramitar neutralmente todas las demandas, su dominio queda vinculado a una normalidad que apacigua o incluso mata la política. Y ésta sería, a su vez, lo propio de momentos excepcionales de ruptura, como si patear el tablero no fuera ya reconfigurarlo en pos de una nueva y precaria estabilización, y como si toda práctica política no comportara en sí misma una performatividad que institucionaliza determinados contenidos y valores. Si la institución es vista como sentido precariamente cristalizado, fruto de la lucha política, no cabe entender su dominio desvinculado de la guerra de posiciones, ni su transformación exclusivamente ligada a la guerra de movimientos. A modo de conclusión Quien busque ampliar el demos legítimo, radicalizar la democracia, parece abocado a desvincular “seriedad” de “parlamentarismo” en los términos en que hoy es entendido en España, pues su resultado no es otro que el cierre de la frontera entre profesionales y profanos de la política a favor de los primeros, entre una clase política que se presenta antes como equipo técnico solvente que como políticos tomando decisiones sobre valores inconmensurables. Desde ese lugar experto, se autopresenta ante los gobernados haciendo lo único que se debe y puede hacer, por doloroso que sea. El problema no es la autopresentación de los profesionales, sino el efecto de consentimiento y de respetabilidad que ese discurso logra entre los profanos, que refuerza su lugar y su autopercepción de sujetos de la despolitización. El cuestionamiento de esa frontera entre profesionales y profanos supone la puesta en duda de las categorías mismas que la integran. No porque se aspire a la ilusión de cancelar todo poder,

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ni porque se crea que no hay un saber técnico necesario para la política, sino porque siendo indispensable, ese conocimiento no es más que auxiliar de la política, en tanto ésta es una decisión sobre fines, objetivos, valores, proyectos de país, la cual no se resuelve a través de un saber experto, ni de una verdad, ni de una ciencia. Precisamente porque no ha habido crisis orgánica es que quizá la ampliación del demos legítimo es una labor pendiente y necesaria para radicalizar la democracia. Esa actividad no parece reñida con la institucionalidad, pues ésta no es sólo la sede de la realización de las demandas ciudadanas sino de la condición de posibilidad de todas ellas: mostrar la política como frónesis, como una actividad que no se salda a través de un saber experto sólo en manos de unos profesionales, sino de la elección de valores que, por no tener un fundamento objetivo, constituyen un lenguaje a los ojos del cual profanos y profesionales se vuelven iguales. Podemos ha decidido iniciar una nueva etapa. Su desafío parece estar entre satisfacer a un electorado mayoritario, insatisfecho con la representación pero que no cuestiona de raíz el proyecto de la Transición, y retener a un electorado de izquierda politizado, que vio en la formación morada una impugnación de la Transición. Quizá Podemos se esté encontrando con el desafío de la “transversalidad”: cómo radicalizar la democracia sin ahuyentar a los “centristas” ni decepcionar a la izquierda. Tal vez por eso la clave no sea populismo sí o no, pues la transversalidad se vincula más con el predominio del eje arriba-abajo sobre el izquierdaderecha, que a la inversa. La cuestión está en si ese populismo es agonista o antagonista: la primera posibilidad se parece más a la sociedad que busca cambiar, en tanto establece con el otro una relación adversarial y no una enemistad, como sí el antagonismo. El reconocimiento de la legitimidad del adversario y la posibilidad de compartir con él unas reglas de juego democráticas parece más adecuado a una sociedad que ve y vive la democracia como consenso y éste como negación de toda exclusión, como ausencia de frontera política. Esto no significa optar por un populismo de baja intensidad frente a otro auténtico, por rebajar el alcance de la reconfiguración del demos, sino escoger el medio que permite establecer un diálogo con el sentido sedimentado de la comunidad política cuya semántica se aspira a transformar.


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Capitalismo y Hegemonía: una distinción clave 72

Por Jorge Alemán

Capitalismo Actualmente, son muchas las maneras de concebir el Capitalismo contemporáneo. Mucho se ha escrito sobre las transformaciones internas que le permiten al Capital, incluso en cada crisis, alcanzar una nueva potencia. También se ha tomado en cuenta el impulso incesante que lo lleva a expandirse sin límite por todos los confines del planeta, y sobre su capacidad para transformar todas las relaciones sociales hasta alterar a la misma subjetividad en su modo especial de producirse. Así, se han generado todo tipo de debates teóricos y políticos con respecto a estos puntos mencionados. No obstante, sean cuales sean los modos en que estas concepciones actuales del Capitalismo se presentan, existen ya una serie de conclusiones que, al menos desde un punto de vista histórico, parecen imponerse por su propio peso. En primer lugar, ya no es posible pensar que alguna “contradicción” interna al Capitalismo y su despliegue tenga la fuerza suficiente para transformarlo y hacerlo colapsar. Ese colapso, en todo caso, queda reservado para las naciones, los pueblos, las instituciones, los vínculos sociales e incluso los propios sujetos. En segundo lugar, las aparentes novedades que el Capitalismo presenta no son otra cosa que la máscara de un “retorno”, el velo de un movimiento circular que vuelve siempre al mismo lugar. Ese lugar, en donde de un modo cada vez más intenso y preciso se conecta, incluso en la pobreza más extrema, a la existencia


UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR de los sujetos con distintos mandatos implícitos de consumo, a saber: tratar la vida, la relación consigo mismo y con los otros, bajo las formas de la mercancía, la competencia, la gestión de intereses, el emprendedor de sí, la vida del endeudado o los diversos imperativos mortíferos de la autoayuda y la felicidad. En tercer término, el movimiento circular del Capitalismo, que se autopropulsa y proyecta de modo ilimitado, se caracteriza por conectar todos los lugares, carecer de barreras que impidan esa conexión y no presentar ningún límite que permita pensar en un exterior a la realidad capitalista. Si se tienen en cuenta los tres puntos hasta aquí presentados, se podrá admitir tal vez que, al carecer de límite exterior, el Capitalismo no permite entonces concebir ninguna operación que lo desconecte en su funcionamiento circular. La clásica idea de que existía un “sujeto”, predestinado por su inserción en el aparato productivo, a finalizar con el Capital y acceder a otro tipo de sociedad histórica, se revela como una idea “metafísica” que desconoce la potencia actual del Capital. De este modo, estamos frente a una paradoja que se nos presenta como una elección forzada y problemática y que, sin embargo, no hay más remedio que afrontar. Por un lado el Capitalismo es una realidad histórica, y por lo tanto no es eterno, no es el final ni el último escalón de la realidad a la cual la historia de la humanidad nos condujo, y por otro, sin embargo, y como ya se ha dicho, hay serias dificultades para concebir su salida, para nombrar históricamente su exterior, y para adjudicarle a la historia un “progreso” que nos llevaría a un nuevo mundo. Con esta paradoja es con la que no hay más remedio que enfrentarse e indagar cuáles son los distintos problemas que presenta. Para ello, hay que admitir que estamos frente a una dominación que se ha “naturalizado” de tal modo que su poder mayor es presentarse como invisible y consustancial al propio sujeto. De allí, el grave problema que surge cuando se trata de buscar políticas radicales que permitan al menos pensar en una posible emancipación del Capital. Una emancipación que, a diferencia de las llamadas “revoluciones socialistas”, no está avalada por ningún programa ni científico ni objetivo.

Hegemonía Es en relación a esta paradoja que surge el problema de lo que se denomina Hegemonía. Pero sobre este complejo asunto, dado que no le otorgamos a ese término problemático su tratamiento habitual, resulta necesario establecer una serie de precisiones y diferencias que a nuestro juicio son determinantes.

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Tal como lo venimos formulando, el Capitalismo en su modo actual de funcionamiento, está atravesado todo el tiempo por marchas y contramarchas, crisis, ciclos, etc., y sin embargo, al ser una realidad absolutamente conectada y sin corte, su espacio se expande de un modo homogéneo. De ese modo, en el Capitalismo existe “lo diferente que llama a lo diferente” pero no la diferencia, existe “lo nuevo que llama a lo nuevo”, no el acontecimiento que interrumpa el circuito repetitivo de la mercancía, existen todo tipo de modos en que las nuevas subjetividades proliferan impregnadas por el narcisismo de los selfies, las compulsiones adictivas del consumo, el carácter errático e inconsistente de las biografías, pero no el advenimiento singular de cada existencia hablante, sexuada y mortal en el común de la lengua. El Capitalismo conquista su homogeneidad rechazando la diferencia que constituye a cada sujeto, aquello que hace de cada uno alguien incomparable, no evaluable, irrepetible, en suma, una singularidad irreductible. Para esta operación el Neoliberalismo necesita producir distintos dispositivos que destruyan el campo simbólico que siempre precede al sujeto, ese campo que hace posible en cada uno la posibilidad de una historia, una memoria, una temporalidad cuyo movimiento se puede traducir del siguiente modo: “lo que habremos sido para lo que estamos llegando a ser”. En este aspecto, el Neoliberalismo es el intento más importante de deshistorización e incluso de “desimbolización” del sujeto, ya que a través de los distintos artificios producidos por el mundo de la técnica, se intenta provocar el “olvido” de todo aquello que se puso en juego en el sujeto en su venida al mundo a partir del lenguaje. El Capitalismo solo retiene del sujeto aquello que le permite conectarlo y enchufarlo permanentemente con aquellas pulsiones que no necesitan pasar por los otros y que confinan con un autoerotismo propio de la boca que se besa a sí misma. Fotografías en espejo, selfies, marcas y cortes en el cuerpo, tatuajes, etc., dan testimonio de la reproducción narcisista a la que empuja la técnica del Capital, pero también ejemplifican el esfuerzo por parte del sujeto de rescatar su singularidad expulsada por el funcionamiento capitalista. Volviendo entonces al problema de la Hegemonía en su constitución lógica, es decir cuando no la confundimos con una mera voluntad de poder o de acumulación sin más de participantes, en definitiva, cuando la separamos de toda connotación instrumental, se nos impone una distinción decisiva. El poder del Capital no es hegemónico. Somos conscientes de que esta propuesta paradójica se aparta de la teorización clásica de la Hegemonía. Pero la Hegemonía en su


UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR articulación lógica exige, de entrada, en su punto de partida mismo, la heterogeneidad, la diferencia, el sujeto y la representación siempre fallida. A diferencia de la homogeneización imperante en el orden del Capital, la articulación política de la Hegemonía solo se instituye a partir de la diferencia irreductible entre las demandas no satisfechas por las instituciones y donde la heterogeneidad de las mismas es ineliminable. De allí la fragilidad e inestabilidad de las equivalencias que, de un modo contingente, se pueden llegar a plasmar en una voluntad colectiva. Las equivalencias entre las diferentes demandas nunca vuelven homogéneo el espacio de la Hegemonía. Esta es una distinción clave. Solo de este modo, en la representación siempre fallida de la articulación hegemónica, el sujeto encuentra su lugar como diferencia. Por ello, aunque hablemos coloquialmente de “Hegemonía neoliberal”, “Hegemonía de la derecha”, etc., en un sentido estricto es necesario diferenciar el funcionamiento homogéneo, constante, circular y sin vacío del Capital, de la Hegemonía que nace siempre agujereada, fallida e inestable, y que nunca podrá ser circular como el Capital. En este punto debemos insistir en que no se trata entonces de una oposición especular entre una Hegemonía del Capital y una Hegemonía que pretende ser emancipatoria. El asunto es mucho más complicado, más bien se intenta, sin ninguna garantía, en el espacio homogéneo y circular del Capital que vuelve siempre al mismo sitio a pesar incluso de todo tipo de crisis orgánicas, de introducir una brecha, una ruptura con las únicas armas a las que la política puede acceder: los discursos que articulan las diferencias y los sujetos que se instituyen por el común de la lengua a partir de sus prácticas. Son los únicos recursos que permiten pensar que el Capital no ha realizado su crimen perfecto. No hay ninguna singularidad del sujeto que no proceda del común de la lengua, y de esa diferencia absoluta, es que puede surgir la igualdad. Sin esto, solo resta la producción biopolítica de subjetividades, en todas sus modalidades, realizada por el Capital. Por último, la Hegemonía no es la emancipación, ya que la conexión entre ambas no es necesaria ni está establecida, pero es su condición de posibilidad. Sin la operación hegemónica no hay campo popular y solo “psicología de las masas”, o si se quiere, la servidumbre voluntaria del individualismo de masas propia de la época de la técnica. ¿Es la articulación hegemónica la constitución de un nuevo amo? Es posible, pero entonces primero habrá que pensar a partir de Jacques Lacan, por qué al discurso del amo no lo destituyó ninguna insurrección popular ni tampoco ningún proyecto revolucionario, y fue más bien la marcha implacable del discurso capitalista lo que erosionó sus cimientos.

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Los nuevos hechiceros: materiales para un humanismo popular

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e un tiempo a esta parte asistimos a dos fenómenos que parecen ir en direcciones opuestas: el famoso “fin del ciclo progresista” en América y el auge de los populismos en Europa y Estados Unidos. En el primer caso muchos asumen este final como una vuelta a la “normalidad” de la política; a partir del supuesto de que los ciudadanos latinoamericanos se habrían cansado de tantas pasiones políticas, ahora preferirían otros tipos de liderazgos que apuntasen a una reconciliación pacífica de la sociedad consigo misma. Por citar algunos ejemplos, esto es lo que se podría inferir de perfiles tan diversos como puede ser el de Enrique Peñalosa, alcalde de Bogotá, Mauricio Rodas en la ciudad de Quito, o Peña Nieto y Macri en México y Argentina respectivamente. No hace falta mucho análisis del discurso para descubrir que el perfil de cada uno de estos gobernantes se construye en oposición a los políticos populistas. Y uno de los rasgos comunes que comparten es el intento de cortocircuitar los afectos, esto es, hacer de su figura la encarnación de la desafección política, entendida como una especie de progreso civilizatorio en sus países. Resulta curioso que, en paralelo a este fenómeno de las

Por Luciana Cadahia

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sociedades latinoamericanas, Estados Unidos y Europa se encaminarían a un fenómeno inverso donde los afectos tienen un lugar preponderante. El colapso de la socialdemocracia en Europa ha suscitado todo tipo de pasiones políticas y los pueblos parecen exigirle a sus políticos más compromiso con sus “verdaderas necesidades”. En el caso de Estados Unidos, el auge de Trump viene dado por ese simulacro de parresia que atraviesa todas las demandas que expone. Es esa sensación de decir verdadero lo que permite a los sectores más vulnerables de la sociedad norteamericana identificarse con sus palabras. Mientras las pasiones políticas suscitadas durante esta década en América Latina son leídas como sinónimo de demagogia y engaño, la desafección política de los países “desarrollados” se experimenta como un signo de cinismo por parte de sus gobernantes y de un alejamiento de las “verdaderas” necesidades de sus pueblos. Ahora bien, estos dos puntos de vista “opuestos” acerca de cómo encauzar el nuevo escenario de crisis mundial comparten un mismo juego de representación que consiste en naturalizar las desigualdades sociales. Quizá lo sucedido con el brexit en el Reino Unido sea el mejor ejemplo de lo que trato de exponer aquí. Podría pensarse que la salida de este país de la Unión Europea ha sido el resultado de una ciudadanía confundida y un conjunto de populistas exacerbados que supieron leer la coyuntura. En cierta medida esta lectura genera la creencia de que los resultados han sorprendido a todo el arco político del Reino Unido, como si un populismo impensado hubiera emergido del pueblo inglés. Pero si prestamos atención al modo en que Boris Johnson y Nigel Farage –principales agitadores del brexit– fueron instrumentalizados en última instancia por el Partido Conservador británico, se evidencia una jugada magistral de la vieja derecha inglesa para hacer frente a las nuevas exigencias del capitalismo. Es la postura liberal de la agonizante socialdemocracia europea la que vio con asombro los resultados del brexit, pero no así la vieja élite inglesa que busca asumir un papel dentro del nuevo escenario económico mundial. Si hay que darle la estocada final a los usos y costumbres de un liberalismo que ya no sabía mostrar ningún rostro amable, ellos están dispuestos a hacerlo. A su vez, la postura liberal asume con desprecio la decisión tomada por el pueblo inglés. Ahora bien, ¿no es ese mismo desprecio hacia el pueblo lo que nos ha llevado a esta situación? Tanto Johnson como


UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR Farage han tenido la habilidad para interpelar a los sectores más populares y devolverles –aunque sea de manera ficticia y xenófoba– un sentimiento de dignidad y la posibilidad de verse reconocidos por los políticos. ¿No hay un lugar de verdad en el pronunciamiento del pueblo inglés ante la dramática situación de marginación social que vive cotidianamente? Lo cierto es que el resultado del brexit terminará acrecentando la desigualdad social y golpeará a los sectores populares que defendieron la medida. Salvando las distancias, pareciera operar un mecanismo similar en las últimas elecciones argentinas. Las mismas clases medias que decidieron dar un paso hacia “la revolución de la alegría” ahora observan con gran desconcierto cómo se van deteriorando sus condiciones materiales de existencia. Y es muy probable que si triunfa Trump en Estados Unidos suceda algo similar. En un registro diferente, en España observamos las dificultades que tienen las nuevas fuerzas políticas para que la gente deje de votar al partido conservador que se encuentra en el gobierno. Hace poco estuvo circulando en las redes un vídeo donde una señora mayor era capaz de escandalizarse por el fenómeno de los desahucios en España a la vez que anunciaba su apoyo incondicional al PP en las próximas elecciones. Aunque el humor social parezca inclinarse por orientaciones políticas opuestas –una inclinación hacia la postpolítica en América Latina, un acercamiento al populismo en Europa, la búsqueda de un cambio radical ante un escenario económico de crisis, la convicción de que ese escenario desolador es menos malo que una experiencia nueva, etc.–, lo cierto es que se experimenta un efecto común a toda esta diversidad de fenómenos: la inclinación colectiva hacia aquellas fuerzas políticas que acrecentarán las diferencias de clase. Observamos así con cierta perplejidad e impotencia cómo la gente se siente más seducida por lo que causará su propia ruina. A pesar de la claridad del diagnóstico hay grandes dificultades para revertir esta situación, puesto que el juego de las representaciones políticas parece estar dictado por un sentido común que no podemos desarticular. Y la forma de operar este sentido común nos recuerda a esa famosa conversación de El Gatopardo en la que el Príncipe de Salina, ante la inminente decadencia de la aristocracia borbónica de las Dos Sicilias, exhorta a su sobrino para que no se sume a las milicias rebeldes de Garibaldi, a lo que éste le responde: “Si queremos que todo siga como está,

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necesitamos que todo cambie”. Según se mire, es algo muy parecido a lo que escribió en su día Benjamin a propósito de la moda, entendida como el eterno retorno de lo nuevo bajo la forma de lo de siempre. ¿Y no es esta idea de “cambio” la que parece resonar una y otra vez en cada uno de los escenarios políticos antes descritos? Es como si este escenario confuso y multifacético tuviera la finalidad de controlar nuevamente las energías colectivas hasta convertirlas en el nuevo respirador artificial del capitalismo. Tanto es así que incluso vemos asistir al nacimiento de algo que nos parecía impensable: grupos históricamente excluidos, como pueden ser los ecologistas, transexuales, gays, lesbianas, etc., saliendo públicamente a defender el voto republicano en los Estados Unidos. Este nuevo fenómeno que se agrupa bajo la bandera de los “libertarios culturales” o “Alt-Right” (derecha alternativa) está librando una batalla pública y cultural contra los “guerreros de la justicia social” en el único terreno donde, según ellos, realmente valdría la pena: en el terreno del autoritarismo. Pero en este caso el autoritarismo no estaría siendo ejercido por los clásicos grupos opresores sino por sus víctimas: los oprimidos. Según ellos, gracias a académicos, artistas y variados referentes de la cultura, las luchas de los oprimidos se habrían transformado en una caza de brujas que se vuelve contra sus supuestos opresores. El lema de este colectivo es que cada uno pueda decir lo que piensa, incluso si esto se vuelve ofensivo y políticamente incorrecto. De alguna manera, llevan el discurso de la diversidad y la diferencia a sus propios límites, puesto que una verdadera sociedad de la diferencia sería aquella que naturaliza el discurso de su propio adversario. Según algunos de sus mayores referentes, como pueden ser la hipermediática transexual Caitlyn Jenner o el activista gay Milo Yiannopoulos, habría en el interior de los movimientos feministas, LGTBI, étnicos o ecologistas una especie de policía moral autoritaria que se aprovecharía de sus privilegios para oprimir a los que no piensan como ellos. Estos nuevos rebeldes, por tanto, buscan emanciparse de ese autoritarismo moral y dar rienda suelta a cualquier tipo de pensamientos, incluso los más hostiles. Cuando uno se acerca a sus textos más emblemáticos se descubre un misterioso pastiche donde una cosa y su contrario es expresada en un mismo párrafo. Así, asistimos a una prosa bélica y pacifista, teológica y atea, xenófoba e igualitaria, nihilista y voluntarista, identitaria y


UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR aperturista, entre otras antinomias del pensamiento. Pero la única antinomia que no vemos operar allí, la que hábilmente se oculta debajo de ese océano de paradojas expresadas con jerga libertaria, es la categoría de clase. Es decir, si prestamos atención a la letra chica de estas expresiones aparentemente caóticas descubrimos una unilateralidad que apunta a naturalizar las desigualdades sociales y el sistema de privilegio de clases. Ese es el único aspecto que no está en discusión y que opera como aquel impensado que viene a estructurar todo el discurso. Una gran exclusión bajo la forma de que todo es susceptible de ser dicho. Y es justamente esta idea de cierre del discurso sobre sí lo que se convierte en un modo sofisticado de fascismo expresado bajo la forma de su otro. Como si esta versión deformada y abigarrada de los estudios culturales hubiera encontrado la manera de convertir la cultura de la diferencia en una perpetuación de las diferencias económicas. Así, el éthos de las formas culturales históricamente excluidas queda al servicio del capitalismo financiero y la naturalización de las desigualdades sociales. Y como no podía ser de otro modo en los tiempos que corren, esta nueva forma de fascismo sofisticado genera adhesiones en las clases medias y bajas de los Estados Unidos. Otra vez, el deseo de la gente apuntando contra la gente. Este cortocircuito discursivo nos recuerda a lo que sostuvo Macri en su campaña para ganar las elecciones en Argentina, cuando prometía una continuidad de los logros del kirchnerismo mediante una ruptura radical con el mismo. ¿Y no sucede otro tanto en el discurso de Albert Rivera de Ciudadanos cuando se muestra como una alternativa que continuaría la matriz económica del PP? En todos estos casos es como si la forma del cortocircuito lograse tener mayor poder de persuasión que los esfuerzos pedagógicos por explicar racionalmente las aporías de estos discursos. De esta manera, asistimos no tanto a un sentido común compartido como a la construcción de una misma forma del sentido común, a pesar de sus diferentes e incluso contradictorios contenidos. Esta homogeneización del sentido común es el resultado de una construcción histórica y responde a las formas de sensibilidad que nos damos a nosotros mismos. Y estas formas de la sensibilidad son el resultado de una compleja dialéctica entre el sentido común y la disposición hacia eso que se nos presenta como dado. Es muy habitual decir que los sujetos se encuentran manipulados por los medios de

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comunicación y que como tal asumen una actitud pasiva ante ese sentido común construido. Pero lo cierto es que tiene que existir una disposición que engendra un deseo hacia esos contenidos. Posiblemente sea necesario prestar más atención a esas disposiciones, a los modos de darse colectiva e individualmente las formas de su transformación. Esta preocupación acerca del papel que cumple el sentido común en la propuesta de proyectos hegemónicos, ya sean conservadores o emancipadores ha puesto otra vez en debate las tesis ofrecidas por el pensador italiano Antonio Gramsci y sus lúcidas lecturas sobre la batalla cultural, la construcción del sentido común y la posibilidad de poner en marcha proyectos hegemónicos emancipadores. Sin embargo, hemos olvidado a otro italiano que, por la misma época, pensaba cuestiones similares a las elaboradas por Gramsci. Se trata de Ernesto de Martino que, entre sus múltiples intereses y competencias, llevó a cabo agudas investigaciones sobre la cultura popular del sur de Italia. Si bien los textos de Gramsci fueron elaborados con anterioridad, El mundo mágico de De Martino ve la luz por los mismos años que los Cuadernos de la cárcel. A pesar de que la prematura muerte de Gramsci impidió un fluido intercambio de ideas entre ambos, De Martino elaboró una serie de reflexiones a partir de las coincidencias halladas con Gramsci. Sin embargo, hay un punto de distanciamiento entre ambos que resulta importante tomar en consideración. En “Observaciones sobre el folclore”, Tomo 6 de los Cuadernos de la cárcel, Gramsci nos dice que en la cultura popular conviven de manera confusa fuerzas contradictorias, tanto conservadoras como emancipadoras, y que es tarea del intelectual no sólo saber distinguir unas de otras, sino ayudar a los sectores populares a preferir aquellas que los orienten hacia la emancipación. Como todos sabemos, Gramsci tiene el mérito de tomarse en serio la cultura popular de su época y otorgarle una dignidad que los estudios del marxismo más positivista habían desestimado. El folclore dejaba de ser visto como aquellos aspectos pintorescos y anecdóticos de un pueblo, para convertirse en la forma viviente de la cultura de un pueblo. Gramsci nos advierte que despreciar o destruir la cultura popular –como muchas veces se hace desde el marxismo o desde cierta teoría crítica– sin ofrecer nada a cambio es un error que los intelectuales de izquierda no se pueden permitir y que expresa “la necesidad de nuevas creencias populares, de un sentido común y, por consiguiente, de una nueva cultura y una nueva filosofía que arraiguen en


UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR la conciencia popular con la misma solidez e imperatividad que las creencias tradicionales” (Gramsci, 1971, 129). No obstante, nos dirá Gramsci, allí conviven todo tipo de fuerzas contradictorias que muchas veces hacen de la cultura popular un sistema disgregado, caótico y acrítico. Por eso, “habría que distinguir diferentes estratos: aquellos fosilizados que reflejan condiciones de vida pasada y por tanto conservadores y reaccionarios, y aquellos que son una serie de innovaciones, a menudo creativas y progresivas”. (2000, 204-206) Como sugiere Carles Feixa (2008), en su recopilación de ensayos sobre De Martino, sorprende descubrir que antes de que se publicase las “Observaciones…”, De Martino ya hubiera elaborado una reflexión muy similar a la de Gramsci al decir que “en la fase del ingreso en la historia del mundo popular subalterno etnología y folclore tienen que contribuir a dicho ingreso, identificando los elementos arcaicos, sin retorno posible, y los elementos progresivos, que aluden al futuro, de modo que la acción práctico-política pueda […] dar un significado nuevo, progresivo, a los elementos arcaicos. (2008, 31). Así como Gramsci se esfuerza por mostrarnos que en la cultura popular conviven tanto fuerzas conservadoras y reaccionarias como creativas y progresivas, De Martino se referirá a esta tensión en los términos de fuerzas arcaicas y progresivas. En el caso de Gramsci, “conocer el folclore significa […] conocer qué otras concepciones del mundo y de la vida operan de hecho en la formación intelectual y moral de las generaciones más jóvenes para extirparlas y sustituirlas por concepciones que se consideran superiores” (2000, 205). Es decir, la cultura popular aparece como algo que tiene que ser superado con ayuda de los intelectuales, puesto que el folklore estaría compuesto por una “concepción del mundo no sólo no elaborada y sistemática, porque el pueblo […] por definición no puede tener concepciones elaboradas, sistemáticas y políticamente organizadas y centralizadas en su desarrollo […] que además debe hablarse de un conglomerado indigesto de fragmentos de todas las concepciones del mundo y de la vida que se han sucedido en la historia” (2000, 203-204). Por tanto, su lectura peyorativa divide el campo entre dos formas de producción de la cultura y hace del pueblo un lugar pasivo y oscuro a la espera de una “vanguardia intelectual”. Una vanguardia que si bien necesita adentrarse en las “formas de sentir” popular, no deja de ubicar a esta en

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una especie de exterioridad, como si el intento de construir vínculos afectivos con lo popular tuviera la finalidad de extirpar ese resto premoderno. Esta concepción espontaneísta del folclore nos permite apreciar que quizá en la propuesta de Gramsci todavía persiste un resto de la teleología marxista, al considerar una cierta idea de progreso al interior de la cultura popular, una especie de punto de vista evolucionista, en el que la emancipación supondría algo así como el abandono del folclore por una cultura más elevada. Pero esta distancia con Gramsci no apunta tanto a la aceptación del polo contrario: la cultura popular como el lugar puro de la emancipación, puesto que de proceder así estaríamos pasando de una unilateralidad a otra, de una lectura peyorativa a un purismo egoísta que puede observarse hoy en los “intelectuales indigenistas de América Latina”. Entendido como la búsqueda burguesa por encontrar un consuelo metafísico, un retorno al origen como lugar incontaminado que, a fin de cuentas, se vuelve una forma sofisticada de pensamiento inmunitario. La pregunta es si acaso no podría pensarse este acercamiento hacia lo popular de manera “contaminada”. En este sentido, De Martino nos ofrece un punto de vista diferente al que podríamos llamar dialéctico, es decir, una forma de aproximación al problema donde no se trata tanto de separar lo “nuevo” de lo “viejo”, lo “conservador” de lo “creativo”, sino de insertarse en el interior de las fuerzas contradictorias de lo arcaico, prestando mucha atención a cómo éstas habitan lo popular y engendran sus vínculos históricos. Hacer de lo arcaico una forma progresiva y convertir lo progresivo en un modo de expresión de lo arcaico. Es decir, observar cuáles serían esas imágenes populares de lo arcaico y darles un uso distinto. Si bien el pueblo no es algo dado sino a construir, con De Martino podemos decir que también existe toda una serie de supervivencias históricas que operan de manera impensada en nuestras “disposiciones espontáneas” hacia las cosas. Pues bien, De Martino nos invita a pensar en qué medida una aproximación dialéctica a lo arcaico, lo conservador, o incluso lo reaccionario, nos pueden dar las claves para entender que nuestras formas de la sensibilidad tienen una historia y que no cesan de manifestarse de manera inmediata en nuestra disposición hacia el mundo. Incluso De Martino, en su ensayo Gramsci e il folklore, nos advierte sobre su distancia con el sardo, puesto que éste no alcanzó a apreciar que las fuerzas populares tienen su propia historia. A diferencia de


UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR Gramsci, para quien las fuerzas populares no dejaban de ser una especie de caos abigarrado y atravesado por un espontaneísmo contradictorio, De Martino se interesó por estudiar las lógicas que articulaban a estas fuerzas, dado que solamente así encontraría la forma de intervenir sobre ellas. Pero habría algo más en De Martino, y es que estudiando estas formas de lo arcaico las descubrimos habitando en nosotros. Es decir, se disuelve el punto de vista por el cual habría algo así como una “vanguardia intelectual” y un “pueblo abigarrado”. Nosotros devenimos pueblo y es allí donde me parece que está la clave que lo diferencia de Gramsci. Por eso llegará a decir que su “interés teórico de comprender lo primitivo nacía de mi [su] interés práctico de participar en su liberación real” (De Martino, 2008, 103). Transformar nuestras formas sensibles requiere un trabajo material con lo arcaico, puesto que la apertura “a esa propiedad histórica por lo arcaico” será “la mejor profilaxis contra la idolatría antihistórica de los arcaísmos” (De Martino, 2004, 63). Esta necesidad de trabajar lo arcaico se observa con mayor claridad en sus investigaciones sobre la historia de la magia. En su obra El mundo mágico, De Martino recupera una serie de investigaciones antropológicas sobre la crisis de la presencia sufrida por varias culturas indígenas en diferentes regiones del mundo, consistente en la predisposición que algunas comunidades indígenas experimentan para abandonar la unidad de la persona y anular la división entre individuo y mundo. Los indígenas entran en un estado de indeterminación e indistinción en los que su yo se mimetiza con los espacios que habitan. En otras ocasiones, la relación mimética tiene lugar con otro miembro de la comunidad y el individuo reproduce de manera involuntaria los gestos que la otra persona lleva a cabo. Esta pérdida de la presencia en el mundo es vivida de manera paradójica como un temor y como una posibilidad. Según De Martino, por lo general se ha prestado atención dentro del drama mágico solamente a la dimensión de la pérdida de la presencia y, por el contrario, poco se ha dicho de las estrategias elaboradas para su recuperación. En este sentido, la magia funciona como un mecanismo para lidiar con esta fragilidad y recuperar la presencia tanto del yo como del mundo. La figura del hechicero, “el Cristo mágico” –como lo llama De Martino–, es el héroe de la presencia que tiene habilidades para jugar con ambos polos del drama mágico: pérdida y recuperación. Las comunidades diseñan rituales mágicos para negociar su ser en el mundo y

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reconocen que su presencia en él es el resultado de un arduo trabajo. Y la fragilidad de su situación les ayuda a comprender el éthos de su presencia. La creación de formas culturales no aparecen en estas comunidades como simples objetos a consumir, sino como estrategias pedagógicas para lidiar con esta fragilidad en el mundo, puesto que “a través de este compromiso paradójico –pérdida y recuperación de la presencia–, y en virtud de su relación resultante, se torna posible una verdadera pedagogía del ser en el mundo como presencia” (Ibid., 144). Al estudiar cómo el pensamiento mágico funciona en algunas culturas, De Martino pone en evidencia las huellas de éste en el corazón del pensamiento occidental y asume que la tradición positivizada de nuestra cultura da por sentado la presencia en el mundo y naturaliza aquello que ha sido el resultado de un largo trabajo. Pero también habría otro peligro, el de aquellos que entendiendo la complejidad del asunto se adentran en una fascinación por la pérdida de la presencia, quedando atrapados en la experiencia de su crisis. Si la fascinación por la pérdida de la presencia se vuelve un juego peligroso, la negación de su fragilidad también. Según De Martino, Hegel ha sido uno de los primeros pensadores occidentales en darse cuenta de este drama mágico y Heidegger nos habría advertido sobre la ilusión de nuestro triunfo. A pesar de las valiosas críticas a la metafísica de la presencia, la deriva de Heidegger no convence a De Martino y nosotros podríamos hacerla extensiva a Derrida y su psicótica máquina deconstructiva girando en el vacío del sentido. Podríamos decir que para De Martino el histórico juego dialéctico del sujeto y el objeto es la forma en que la cultura occidental ha llegado a pensar la fragilidad de la presencia en el mundo. ¿Y no sería el pensamiento dialéctico una de las pocas supervivencias del drama mágico, comprendido a partir de la experiencia de lo negativo? El drama de la dialéctica viene dado por el polo de la negatividad radical –pérdida de la presencia– y el polo de la positivización del mundo –recuperación de la presencia. Pero habría algo más, la pérdida de la presencia no es el lugar originario al que todos retornamos –lo cual sería un modo positivizado de pensar la negatividad–, sino la disolución de lo positivo dado previamente y la experiencia de una sustracción. De alguna manera, la negatividad radical viene a ser esa sustracción a partir de la cual configuramos un mundo simbólico colectivo. Y nuestro “Cristo mágico” sería


UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR el “significante amo”. Por otra parte, en sus últimos textos, De Martino conectará sus investigaciones sobre la crisis de la presencia en las culturas indígenas y las empleará para pensar, desde la tradición marxista, las sociedades contemporáneas. Al respecto, pondrá en evidencia que la crisis de la presencia no solo supone la posibilidad de la pérdida del sujeto sino también la pérdida del mundo. Y que el capitalismo está travesado por este drama mágico constitutivo. Es interesante observar que el colectivo Tiqqun retoma los planteamientos elaborados por De Martino y los hace extensivos a los rituales mágicos del capitalismo. Por lo que se pregunta cuáles son las posibilidades de la izquierda para competir con el capitalismo en el terreno de la magia. Pero para ello es necesario detectar un punto clave que Marx pasó inadvertido, puesto que éste “se niega a comprender lo que el fetichismo pone en juego […] y hace como si esto, lo que tiene que ver con la experiencia sensible, no formara parte en absoluto de ese famoso carácter fetichista […] Marx, que pretende explicar la necesidad de todo, no comprende la necesidad de esta ilusión mítica, su anclaje en el vacilar de la presencia y en el repliegue de ésta” (Tiqqun, 2008, 76-77). El engaño de la tradición crítica del marxismo estaría en creer que, al descubrir el mecanismo del encantamiento, éste pierde sus efectos en el ámbito de lo real. Pero lo cierto es que el fetichismo de la mercancía es una manera de negociar con la presencia, a través de un chantaje mágico social que se hace cargo de los deseos de los individuos. Esta forma de fetichismo se juega en el vacilar de la presencia. Por eso, hace falta prestar más atención a ese “entre” de los hombres y las cosas. Como bien dice Tiqqun, la guerra se libra en el ámbito de la experiencia sensible. Pero el chamanismo de Tiqqun corre el riesgo de incurrir en eso mismo que nos advertía De Martino acerca de la fascinación por la pérdida de la presencia, toda vez que la “ciencia de los dispositivos” de Tiqqun tiene por finalidad subvertir la economía de la presencia y destruir sus dispositivos, puesto que la esencia de todo dispositivo es imponer una división autoritaria de lo sensible como presencia debe enfrentarse al chantaje de su opuesto. Considero que han desviado el problema y sucumben en la misma crítica que hacían a Marx, a saber: renunciar a aquello que permite negociar con la fragilidad de la presencia. Por eso, hace falta observar qué aspectos de los dispositivos escapan a la magia del capitalismo y, como diría Benjamin, propiciar un reencantamiento del mundo para convertir

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Bibliogafía Antonio Gramsci (1971). El materialismo histórico y la filosofía de Benedetto Croce, Nueva visión: Bs As. Antonio Gramsci (2000). Cuadernos de la cárcel, Tomo 6, Era: México.

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Ernesto de Martino (2004). El mundo mágico, Araucaria: Bs As. Ernesto de Martino (2008). Folclore progresivo y otros ensayos, MACBA: Barcelona. Tiqqun (2008) “Podría surgir una metafísica crítica como ciencia de los dispositivos…”, en Contribución a la guerra en curso, Errata Naturae: Madrid.

esas imágenes oníricas de la mercancía en imágenes dialécticas. O dicho de otra manera, reencantar el mundo para desatarlo del encantamiento mítico del capitalismo y mostrar que esos objetos de la mercancía no son otra cosa que nuestros mismos deseos cosificados. A la actitud de Tiqqun habría que contraponer la estrategia elaborada por Jesús Martín-Barbero, puesto que en vez de priorizar cómo el poder configura sus estrategias de dominio, prefirió investigar las distintas reapropiaciones que las personas hacen de la denominada cultura de masas. Es decir, “ver desde el otro lado” cómo determinados usos escapan a los rituales mágicos del capitalismo y nos introduce en el terreno de lo arcaico. A fin de cuentas la magia del capitalismo no ha hecho otra cosa que proponer diferentes usos de lo arcaico bajo las formas de lo nuevo. En esta guerra por las formas de la sensibilidad no se trata de destruir la economía de la presencia, sino de modificar sus éthos. Bajo la creencia de que todo cambia, el mundo se ha vuelto un lugar rígido, por eso nuestra inteligencia sensible tiene que ser capaz de dialectizar aquellas imágenes cosificadas de la política, aquellas fetichizaciones que nos encierra en discursos como los de “los libertarios culturales” o los políticos de la postpolítica. Algo que la derecha parece estar haciendo con más inteligencia que nosotros cuando reactiva esa ilegibilidad de lo arcaico que la izquierda apenas consigue rozar con símbolos cerrados sobre sí mismos. Como veíamos al inicio de este texto, y a diferencia de la falsa polarización que tiene atrapados a los liberales entre un ilimitado populismo de las pasiones y un mesurado republicanismo de lo instituido, la derecha viene jugando con estas oposiciones en los términos de un “republicanismo libertario” con tintes populistas. Por lo que quizá sea momento de cortocircuitar esta nueva forma del sentido común, disolver las falsas oposiciones y convertir esta imagen ecléctica ofrecida por la derecha en un verdadero juego dialéctico de populismo republicano. Una forma de imaginación política donde los afectos y las instituciones encuentren su mejor expresión para conjurar la magia del capitalismo y retomar la esperanza tanto de Gramsci como de De Martino por construir un nuevo humanismo. Necesitamos instituir los afectos y afectar las instituciones de forma tal que el entusiasmo colectivo por explorar otras formas de vida sea aún posible. Pero solo podremos asumir esta batalla en todas sus consecuencias cuando comprendamos –como ya viene haciendo la derecha desde hace mucho tiempo– que esta guerra política se juega en el ámbito de la estética, de lo sensible.


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Y ahora, ¿qué hacemos con la economía española? 90

Por Vicenç Navarro

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ás importante que detallar lo que debería hacerse en la economía española (que, en mi opinión, aparece claramente en las propuestas del programa electoral de Unidos Podemos, al cual remito al lector), creo urgente definir las líneas generales de tal programa y, lo que es más importante, señalar la enorme urgencia de que haya un cambio profundo en las políticas públicas, tanto económicas como sociales, que han venido siendo impuestas (y digo impuestas pues no estaban en sus ofertas electorales) por los diferentes gobiernos que ha habido desde el inicio de la Gran Recesión (el PSOE y el PP en España, y CIU en Catalunya), políticas que han sido presentadas como las únicas posibles, consecuencia del mandato del establishment europeo que gobierna la Eurozona (el Consejo Europeo, el Eurogrupo, la Comisión Europea y el Banco Central Europeo), así como del Fondo Monetario Internacional. Pero antes de iniciar tal reflexión, es importante entender cómo y por qué aparece la Gran Recesión, señalando que el conocimiento económico dominante no ha sido capaz ni de explicar ni de prevenir su aparición, y ello como resultado de haber despolitizado tal conocimiento económico,


UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR atribuyéndole una autonomía en su elaboración y desarrollo que es a todas luces erróneo. En realidad, era bastante fácil ver que la Gran Recesión era inevitable (como algunos señalamos) dadas las coordenadas de poder que configuran el contexto político que determina la economía. No puede entenderse lo que ha estado ocurriendo desde los años ochenta (periodo que constituye el prólogo de la Gran Recesión) sin comprender, por ejemplo, las relaciones de poder existentes en un país y a nivel internacional, entre las cuales, las relaciones entre el mundo del capital (una minoría poblacional que posee, controla y/o gestiona las grandes empresas financieras, industriales y de servicios) y el mundo del trabajo (la mayoría de la población que deriva sus ingresos del trabajo remunerado) son de una enorme importancia, pues determinan la distribución de las rentas, uno de los factores clave para explicar la situación económica de un país o de un continente.

Los orígenes de la Gran Recesión: la respuesta del Gran Capital a los avances el mundo del Trabajo El hecho político-económico más importante de la segunda mitad del siglo XX en el mundo occidental, fue la derrota del nazismo y del fascismo en la II Guerra Mundial, que inició una de las etapas más progresistas que se hayan conocido en el capitalismo avanzado, con un gran crecimiento de las rentas derivadas del trabajo y el establecimiento del Estado del bienestar que, lejos de coaptar a las clases trabajadoras en el sistema capitalista, las empoderó para aumentar el nivel de sus demandas y exigencias, que en algunos lugares donde el mundo del trabajo tenía mayor poder (como en ciertos países escandinavos) llegó incluso a pedir cambios en la propiedad de los mayores medios de producción (como las reformas Rudolf Meidner en Suecia), exigiendo su democratización, pasando de ser gestionadas por el sector privado a pertenecer al público. Fueron estos avances del mundo del trabajo los que precisamente crearon la respuesta del mundo del capital en defensa de sus intereses. Las victorias del presidente Reagan en EEUU y de la primera ministra británica Margaret Thatcher, iniciaron la revolución (en realidad, contrarrevolución) neoliberal, lo que supuso un ataque frontal al mundo del trabajo, que ha sido exitoso y que lo ha ido debilitando. Los datos hablan por sí mismos. Las rentas del trabajo, que habían alcanzado a finales de los años setenta el 70-75 % de todas las

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UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR rentas en la mayoría de los países capitalistas desarrollados a los dos lados del Atlántico Norte, han ido disminuyendo progresivamente hasta alcanzar un 58-64 % en el año 2009. Ahí está el origen de la crisis económica, puesto que el descenso de las rentas del trabajo creó un déficit de demanda doméstica, que causó el bajón en el crecimiento económico, e incluso su regresión. Dos hechos, sin embargo, suavizaron durante el periodo 1980-2009 la desaceleración económica provocada por el descenso de las rentas del trabajo. Uno fue la reunificación alemana, que supuso una gran inversión pública en la Alemania Oriental por parte del Estado federal alemán, y que se financió a base de un importante crecimiento del déficit público alemán. Debido a la centralidad de la economía alemana en Europa, esta inversión estimuló a toda la economía de la zona, frenando el bajón del crecimiento económico.

¿Por qué se ha ido expandiendo la financiarización de la economía?

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El segundo hecho que provocó que el descenso de las rentas del trabajo no se tradujera en una mayor reducción del crecimiento económico fue el endeudamiento tanto de las pequeñas y medianas empresas como de las clases populares. Este endeudamiento fue la causa del enorme crecimiento del capital financiero (basado en aquel momento en la economía del crédito) particularmente acentuado en los países donde las rentas del trabajo habían bajado más (y las desigualdades de rentas que ello determinaba habían también aumentado más) como fue en los países periféricos de la Eurozona, incluyendo España, donde el tamaño de dicho sector financiero es proporcionalmente mayor (el doble) que el existente en EEUU. Es más, la baja rentabilidad de la economía productiva (debido precisamente a la escasa demanda doméstica), hizo que las inversiones del capital financiero fueran desplazándose de la economía productiva (donde los bienes y servicios se producen y distribuyen) a la economía especulativa (como es el caso de los sectores inmobiliarios) creando lo que se ha denominado “el capitalismo de casino”. Estos comportamientos especulativos de las instituciones financieras crearon las burbujas que al estallar ocasionaron las crisis financieras que han caracterizado el inicio de la Gran Recesión.

El euro como contribuyente a la crisis

Facilitando la acentuación de estas crisis económicas y


UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR financieras en Europa, hubo el establecimiento del euro, que si bien no causó la Gran Recesión, sí que contribuyó enormemente a agudizarla. Ello fue consecuencia de que el euro se creara bajo la enorme influencia política del capital financiero europeo –hegemonizado por el alemán–, lo que ha reducido todavía más las rentas del trabajo, resultado de la imposición, por parte de las instituciones de gobernanza del euro (tales como el BCE, el Eurogrupo y la Comisión Europea), de políticas públicas de claro corte neoliberal (reformas laborales en contra de los sindicatos, políticas fiscales regresivas, y recortes de gasto público, y sobre todo del gasto público en las transferencias y servicios públicos del Estado del Bienestar) cuyo objetivo principal era debilitar al mundo del trabajo, creando con ello un gran drama humano, social y económico, drama particularmente acentuado en la periferia de la Eurozona (es decir, en los llamados ofensivamente PIGS –cerdos en inglés–, Portugal, Irlanda, Grecia y España).

Las necesarias respuestas progresistas a este ataque neoliberal A la vista de la realidad presentada en la primera parte de este artículo, es fácil determinar cuáles son las soluciones a esta situación: pasan precisamente por la reversión de la distribución del poder, favoreciendo sistemáticamente al mundo del trabajo a costa del mundo del capital. La redistribución de las rentas (y de la propiedad del capital) debe ser el punto de partida de tal estrategia progresista. Pero para que ello pueda ocurrir, es necesario que las fuerzas progresistas cuestionen los esquemas ideológicos aportados por el mundo del capital, y que muchas izquierdas (como gran parte de los partidos socialdemócratas) hicieron suyas. Entre ellos, existe la creencia (ampliamente extendida y promovida por los medios de información y persuasión, claramente influenciados por el mundo del capital, y muy en especial, por el financiero) de que no hay alternativas posibles a las políticas de recortes impuestas para cumplir con la ortodoxia neoliberal. La evidencia de que la aplicación de estas políticas ha sido nefasta para el bienestar de la mayoría de la población es enorme. Otro argumento recurrente de la ortodoxia neoliberal es que hay que reducir el gasto público social, pues este se ha

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desbordado, resultado de los cambios demográficos (que han creado la supuesta inviabilidad de las pensiones públicas), o de la falta de disciplina fiscal (la famosa laxitud de los países periféricos –PIGS– en su gasto). Existe abundante evidencia científica que muestra la gran falsedad de estos razonamientos. Y como el conocimiento es poder –realidad de la que el mundo del capital es plenamente consciente, de ahí su absoluto control de los medios de información y persuasión–, no es de extrañar que la publicación del libro Hay alternativas. Propuestas para crear empleo y bienestar social en España (Ed. Sequitur), que coescribí junto con Juan Torres y Alberto Garzón, jugara un papel importante en el empoderamiento del movimiento de los indignados, el 15-M. En contra de lo que muchos medios constantemente aducen, en España tanto los salarios, como el porcentaje de población ocupada y la inversión pública son demasiado bajos, por no hablar del Estado de bienestar, que carece de la financiación necesaria para sostener una economía justa, sostenible y eficiente. El mayor obstáculo para el desarrollo humano, político, social y económico del país es su enorme desigualdad y concentración económica, facilitada por la escasa representatividad de las instituciones políticas, consecuencia del maridaje entre el poder financiero y económico por un lado, y el poder político y mediático por el otro. La escasísima diversidad ideológica en los medios de información y persuasión es un ejemplo de ello. La necesidad de terminar con el determinismo económico El segundo obstáculo importante para salir de la Gran Recesión se refleja en el determinismo económico utilizado como argumento habitual para justificar la necesidad de políticas neoliberales, alegando que es la globalización la que fuerza su implementación. De esta forma, se está negando el valor de los factores políticos a la hora de responder a dicha globalización. El discurso neoliberal imperante intenta despolitizar constantemente lo que es profundamente político. Aduce, por ejemplo, que es necesario reducir los salarios y eliminar el Estado de bienestar como consecuencia de la globalización económica cuando, en realidad, las economías más globalizadas en Europa, como Noruega y Suecia, por ejemplo, tienen salarios altos y un avanzado Estado de bienestar, y ello como consecuencia de la fuerza que el mundo del trabajo ha tenido históricamente en estos países1.


UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR Otro determinismo, el tecnológico, intenta también despolitizar lo que es profundamente político, al atribuir el elevado desempleo a la revolución digital, indicando que la robótica está eliminando los trabajos, creando un futuro (ya muy próximo) en el que no habrá trabajo. De nuevo, la evidencia no muestra tal realidad2. Que se reduzcan en unos sectores, no obstaculiza que aumenten en otros. Hay una enorme necesidad de crear puestos de trabajo en, por ejemplo, dos sectores clave. Uno es en la inversión social. Si España tuviera el porcentaje de la población que trabaja en el Estado del bienestar que tiene Suecia, habría 3,5 millones más de puestos de trabajo. Y el otro es la reconversión de la economía en base a nuevas formas de energía, reconversión que crearía otros tres millones más de puestos de trabajo. Pero para que ello pueda ocurrir, se necesita un cambio sustancial, no solo de gobierno, sino también de las políticas públicas que se están aplicando hoy día en España, impuestas por el establishment que gobierna la Eurozona. De ahí la importancia de revertir tales políticas e iniciar (en alianza con otros gobiernos, partidos y movimientos sociales) los cambios en las instituciones en manos de la élite dominante en la dirección señalada en este artículo. Hoy, debiera ser prioritario el estímulo de la economía, incrementando las rentas del trabajo y expandiendo el Estado de bienestar, reorganizando la economía en otras bases y fuentes energéticas, en un proyecto democrático, justo, equitativo, sostenible y eficiente. Medidas que, en contra de lo que constantemente se indica, pueden y deben hacerse en colaboración con otros gobiernos que también cuestionen la ortodoxia neoliberal y cuyo número, sin lugar a dudas, irá aumentando. Tales medidas empoderarán a las clases populares para permitirles aumentar el nivel de sus exigencias, garantizando así que el quehacer económico responda a las necesidades de la población, definidas democráticamente, en respuesta a aquel principio de que “a cada ciudadano según su necesidad, y de cada ciudadano según su habilidad y capacidad”, principio con el cual están de acuerdo la mayoría de las clases populares de los distintos pueblos y naciones que constituyen España y la Unión Europea. Éste debería ser el reto de las fuerzas progresistas: ayudar a las clases populares a alcanzar este deseo.

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1 Vicenç Navarro. “Sí que hay alternativas al determinismo económico y/o tecnológico”, 2016 2 Vicenç Navarro. “¿Es el crecimiento del desempleo y de la precariedad consecuencia de la revolución digital?”, 2016


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Soñar es un acto político necesario Paulo Freire

Derechos Humanos: enfoque en disputa y herramienta para el cambio social y político 96

Por Ione Belarra, Adrián Bustos, Iñaki Olazábal y Marta Martínez

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a situación actual de la democracia y los derechos humanos en nuestro país es paradójica. Cuando rozamos con la punta de los dedos el 40 aniversario de la Constitución de 1978, nos enfrentamos a la evidencia de que la elección cada cuatro años de quienes nos representan no se ha visto acompañada de mejoras en los grandes problemas estructurales que asolan nuestro país: la pobreza, la desigualdad y las vulneraciones de los derechos humanos. En pleno siglo XXI hemos visto cómo, en una legislatura, los tímidos logros alcanzados en derechos políticos, civiles, sociales, económicos y culturales en las últimas décadas se han esfumado como hojas secas en otoño. En los años setenta, España era ya un país muy desigual dentro del contexto europeo. A día de hoy, continúa siendo uno de los tres países más desiguales de la Unión Europea (UE) de los 27, con una de las mayores diferencias de renta entre hogares (Foessa, 2014). Poco ha cambiado en todo este tiempo, al menos en lo que tiene que ver con los indicadores generales de desigualdad. En la misma línea, las tasas de pobreza se han mantenido altas, estables y relativamente independientes de la coyuntura económica concreta. El porcentaje actual de pobreza es


UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR similar al que ya existía en los años noventa y significativamente superior al promedio del resto de países de la UE. La X Legislatura (2011-2015), con el Partido Popular gobernando en solitario, ha supuesto uno de los mayores ataques a la democracia y a los derechos humanos. Hemos visto cómo, en apenas cuatro años, se han vulnerado activamente el derecho a la salud, a la vivienda, a la libertad de expresión, a la educación, etcétera. Dicha legislatura debe hacernos reflexionar no solo acerca de la gestión del partido en el Gobierno, sino, ante todo, sobre la calidad de nuestra democracia y los estándares de derechos humanos (no) asumidos por las mayorías sociales en nuestro país. El hecho de que el Partido Popular acabara a golpe de Real Decreto (16/2012) con el derecho a la salud y volviera a ganar las elecciones tres años más tarde indica no tanto su capacidad política como los déficits que tenemos como sociedad en la defensa de los derechos humanos. Por ello, la asunción de los más altos estándares de derechos humanos debe ser una prioridad para las fuerzas políticas progresistas de nuestro país y para la sociedad civil organizada. No trabajar en este eje estratégico conllevaría, más adelante, retrocesos como el que hemos vivido en esta legislatura aciaga, que nos ha retrotraído cuarenta años en nuestra Historia. Es responsabilidad de todas y de todos llevar los límites de lo no asumible lo más lejos posible. Ese será, en fin, nuestro mejor legado para las generaciones actuales y venideras. Al mismo tiempo que reconocemos las flagrantes vulneraciones de derechos humanos cometidas a lo largo de esta legislatura en nuestro país, existen derechos que se han visto vulnerados de forma estructural en España. Así, es necesario comprender que la ciudadanía y la garantía de los derechos humanos son dos caras de la misma moneda. En un país en el que existen históricamente ciudadanos de primera, de segunda y de quinta categoría no podemos hablar de derechos humanos garantizados plenamente. El derecho al voto, el derecho civil y político por excelencia, está restringido para cientos de miles de personas que conviven con nosotras, que viven, trabajan y trenzan sus relaciones aquí. A menudo, los avances normativos en materia de derechos, como la incorporación de tratados internacionales de derechos a la legislación interna, en la práctica no han supuesto mejoras en su garantía. Asistimos a una brecha profunda entre la regulación legal de los derechos y su disfrute y aplicación práctica.

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El enfoque de derechos humanos como herramienta para la transformación social y el empoderamiento de la ciudadanía En términos estructurales y desde una perspectiva longitudinal, la situación de pobreza, desigualdad y vulneración de derechos de nuestro país (y del resto de países del sur de Europa) no difiere significativamente de la de los países del Sur. En las últimas décadas, desde las grandes agencias internacionales de desarrollo hasta asociaciones locales que trabajan en desarrollo, pasando por una parte importante de los Gobiernos de países del Sur, han asumido como propio el llamado «enfoque de derechos en las políticas y estrategias de desarrollo». Este enfoque «considera principalmente el derecho internacional de los derechos humanos como un marco conceptual aceptado por la comunidad internacional, capaz de ofrecer un sistema coherente de principios y reglas en el ámbito del desarrollo» (Abramóvich, 2004, p. 4).

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Parece que los países europeos, entre ellos el nuestro, asumen con relativa facilidad el enfoque de derechos cuando este se aplica a «otros» al mismo tiempo que muestran dificultades evidentes para aplicar esta lógica a sus propias políticas públicas. El régimen bipartidista ha entendido durante demasiado tiempo la política pública como una cobertura de necesidades a personas que requieren ser asistidas cuando, en realidad, se debe entender como una cuestión de titulares de derechos que obligan al Estado. No resulta aventurado señalar que la fuerte presión de las ideologías económicas neoliberales ha contribuido históricamente a rebajar, en nuestro país y en otros, los estándares de exigibilidad de los derechos económicos, sociales y culturales (DESC), frente a los de los derechos políticos y civiles (DPCI). Sin embargo, la Declaración Universal y sus posteriores desarrollos teóricoconceptuales son rotundamente claros: todos los derechos recogidos en ella tienen el mismo estatus y, por tanto, deben protegerse y exigirse en igual medida. Además, en las décadas siguientes a la firma de la Declaración Universal de Derechos Humanos se ha producido una fuerte tensión entre el enfoque/discurso de los derechos humanos y los movimientos emancipadores. Esta ha trascurrido de forma paralela a la relación de estos con las instituciones


UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR liberales. Desde Marx hasta Žižek, numerosos autores han criticado el discurso de derechos como una herramienta para la replicación del capitalismo, la desideologización de la población y la protección de los mercados. La guerra de Yugoslavia sentó el precedente de las llamadas «guerras humanitarias» y de las acciones militares en nombre de los derechos humanos. Desde quienes han considerado el derecho como un mero mecanismo de refuerzo del orden político establecido, los derechos humanos se plantean como un discurso para la perpetuación del poder. Esta crítica suele centrarse, por otra parte, en el derecho a la propiedad privada, un derecho apenas definido que, aunque aparece en la Declaración Universal de Derechos Humanos, no vuelve a aparecer ni en el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, ni en el Pacto Internacional de Derechos Económicos y Sociales (ambos de 1966). No obstante, el discurso de derechos ofrece un amplio abanico interpretativo para la apropiación y resignificación que, sin embargo, los sectores progresistas políticos y sociales en Europa prácticamente han abandonado. A día de hoy, el discurso de derechos humanos lo utiliza sin complejos el neoliberalismo, y le saca un rédito político sorprendente. Esta difícil empresa ha sido posible al no haber encontrado suficiente pugna discursiva en esta arena, que podría ser claramente favorable para los proyectos políticos y sociales construidos desde y para las clases subalternas. Desde nuestro punto de vista, una parte importante del éxito del movimiento por el derecho a la vivienda es precisamente la reconstrucción de un relato respecto a este que pasaba del «han vivido por encima de sus posibilidades» a «la vivienda es un derecho fundamental recogido en la Constitución». Para nosotras es crucial, en esta nueva etapa que se abre tras el 26J, reivindicar y aprovechar con toda su potencialidad el discurso basado en los derechos humanos para profundizar en la construcción del nuevo sujeto político que inauguró el 15M. El discurso de derechos permite aglutinar infinidad de demandas ciudadanas bajo un paraguas discursivo, jurídico y práctico, robusto y coherente en el que ganar disputas. El discurso de derechos humanos está preñado del mejor republicanismo y puede mostrarse como una herramienta con un gran potencial trasformador que hay que desarrollar. Es innegable el elevado potencial transformador que el enfoque de derechos aporta para que las mayorías sociales puedan plantear exigencias frente a una minoría de privilegiados. Tal y como afirman Aparicio y Pisarello (2008, p. 9):

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«Desde esta perspectiva, los derechos pueden verse como exigencias de los sujetos más débiles frente a los más fuertes, esto es, como pretensiones de quienes se encuentran en una situación de vulnerabilidad frente a quienes detentan cualquier tipo de poder, tanto en el ámbito público como en el privado». Precisamente la diferencia entre los derechos y los privilegios es el carácter generalizable de los primeros frente al carácter excluyente de los segundos. Así, y siguiendo con el ejemplo, cuando el movimiento por la vivienda reclama el derecho de todas las personas a tener una vivienda digna, este se enfrenta directamente al interés restrictivo de las entidades financieras e inmobiliarias de obtener beneficios millonarios explotando ese derecho constitucional como un negocio. Nuestro país, como ocurre en la mayoría de los Estados modernos, no está demasiado dispuesto a reconocer que, con su propia acción u omisión, vulnera derechos que se ha comprometido públicamente a proteger. Así, los casos de brutalidad policial, tortura o maltrato hacia la población reclusa, migrante, con diversidad funcional, la situación de la infancia, etcétera. son silenciados y no suelen ser objeto de denuncia pública. Una buena explicación a este fenómeno la aportan Aparicio y Pisarello (2008, p. 15): «No es infrecuente que, cuando los poderes públicos o privados están involucrados en vulneraciones graves de derechos fundamentales, y no existen mecanismos suficientes de presión social, las vías de protección se desvirtúen o resulten estériles». Cuando los mecanismos institucionales para garantizar los derechos fallan, como ha ocurrido sistemáticamente en nuestro país en los últimos años, solo la sociedad civil organizada puede producir la movilización necesaria para denunciar y visibilizar esa realidad. Es aquí donde Podemos, como herramienta que quiere ser para el empoderamiento popular, tiene mucho que aprender de la educación popular de Paulo Freire, pedagogo brasileño que dedicó su vida a la alfabetización de las clases más desfavorecidas. La educación liberadora es clave para formar

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Bibliogafía Abramovich, Víctor (2004). Una aproximación al enfoque de derechos en las estrategias y políticas de desarrollo de América Latina. Abregú, M., Derechos Humanos para todos: del autoritarismo a la construcción de una democracia inclusiva.

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Aparicio, M. y Pisarello, G. (2008), Los derechos humanos y sus garantías: nociones básicas. l Achkar, S. (2002), «Una mirada a la Educación en Derechos Humanos desde el pensamiento de Paulo Freire»

una ciudadanía crítica que participe y reclame su espacio, haciendo que su voz esté presente tanto en la calle como en las instituciones. Es fundamental, en fin, para la creación de una «cultura de los derechos humanos» que permita elevar los estándares asumidos por nuestra gente. La participación ciudadana y el empoderamiento popular son las principales tareas pendientes que tenemos como partidomovimiento que queremos ser. Y en esa labor la defensa de los derechos humanos es una potente herramienta de cambio y de progreso. Hasta que no se evidencien las vulneraciones a estos y se asuma que eso que ocurre en la vida cotidiana no es tolerable, no se podrá trabajar para revertirlo (El Achkar, 2002). Hasta que no se cambien los discursos y prácticas que normalizan las redadas racistas, la violencia hacia la infancia, los desahucios o los abusos policiales, esas prácticas sociales seguirán considerándose legítimas por parte de quienes ostentan el poder. Para Freire, la denuncia se convierte en un hecho educativo (El Achkar, 2002), que persigue concienciar a la ciudadanía en torno a situaciones que deberían ser intolerables en una sociedad democrática. Al mismo tiempo, la denuncia es también un espacio terapéutico, en tanto que permita recrear el sentido de la vida de las víctimas-supervivientes, recuperar la autoestima y reafirmar las identidades personales y colectivas (El Achkar, 2002) de quienes ven lesionados sus derechos más elementales. Impedir que las vulneraciones de los derechos humanos se conviertan en «normales» o asumibles en una sociedad pasa por devolver la voz a aquellas a quienes les ha sido negada, pero también por educar a la ciudadanía que con su inacción permite y legitima dichas situaciones.

Reconocimientos y alianzas para el cumplimiento de los derechos humanos en nuestro país Nos hemos referido unos párrafos más arriba a la legislatura del 2011-2015 como una legislatura aciaga para los derechos humanos en nuestro país. Sin embargo, esta denominación tiene cabida principalmente para hacer referencia a las acciones y omisiones llevadas a cabo por el partido en el Gobierno. Han sido también años de toma de conciencia, desarrollo colectivo y exigencia de derechos por parte de la ciudadanía de nuestro país. Es probable que si no fuera por el movimiento feminista hoy tendríamos una Ley de Interrupción del Embarazo excepcionalmente regresiva.


UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR En el caso del movimiento por los derechos de las personas migrantes, y en concreto en el campo de la lucha por el cierre de los Centros de Internamiento de Extranjeros (CIE) se han conseguido avances significativos. En los últimos años, se ha conseguido posicionar un tema tan invisible y opaco como este a la luz, darlo a conocer y hacerlo inadmisible para una parte cada vez más importante de la sociedad. También se ha avanzado en hacer inadmisible la ignominia de tener centros de detención para personas que se encuentran en situación administrativa irregular y a las que el internamiento, en demasiadas ocasiones, les supone una ruptura de su proyecto vital. Se ha pasado de la movilización y la visibilización a la incidencia política y el litigio jurídico. El CIE se ha utilizado como punta de lanza para conocer e introducir en el imaginario colectivo otros elementos de la política migratoria, como las redadas racistas y los vuelos de deportación. Se ha hecho posible colocar en el horizonte la posibilidad del cierre de estos centros, algo que hace apenas cinco años parecía impensable, incluso para algunas personas y colectivos que formaban parte de esa lucha. Con estas breves pinceladas pretendemos destacar el papel fundamental que los movimientos, organizaciones, colectivos y asociaciones han tenido en la defensa de los derechos humanos en España. Algunas de ellas a través de luchas respecto a derechos concretos, otras desde una defensa general de los mismos, han contribuido activamente a reducir los daños provocados por unas políticas públicas abiertamente antisociales. En el nuevo ciclo político que se abre, las organizaciones políticas nacidas al calor del 15M, como Podemos, tienen la obligación de contribuir también al cumplimiento de los derechos humanos en nuestro país. Por un lado, reconociendo el papel crucial de la sociedad civil organizada en la defensa de los mismos y trazando alianzas estratégicas con ellas y, por otro lado, contribuyendo a generar una cultura popular, mayoritaria, que defienda todos los derechos para todas las personas. En definitiva, pasando del «dicho al hecho» o del discurso a una verdadera y transformadora praxis.

Foessa (2014), VII Informe sobre exclusión y desarrollo en España. Madrid: Cáritas Española Editores. Freire, P. (1993). Pedagogía de la Esperanza. México: Siglo XXI Editores. García Berrio, A. (2015). Caminos irreversibles hacia el cierre de los CIE.

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No solo vivimos un momento de cambio, crisis e incertidumbre en nuestro país, asistimos a procesos de transformación y crisis en Europa, a un cambio de ciclo en América Latina, a nuevos conflictos en Oriente Medio… Mutaciones internacionales que no pueden ignorarse si queremos entender los márgenes de maniobra con que contamos y las relaciones de fuerza que definen hoy el campo político.

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III We the People

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Marejadas de seguridad en la política internacional 106

Por Itziar RuizGiménez Arrieta

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ara muchos analistas, los atentados del 11 de septiembre del 2001 marcaron un punto de inflexión en el orden internacional que se venía gestando desde el final de la Guerra Fría. Colocaron, por un lado, en el centro de la agenda internacional al denominado terrorismo internacional y a grupos de islamismo político radical que alcanzaron entonces (Al Qaida) o posteriormente (Daesh, Boko Haram, Al Sabah, etc.) una gran notoriedad. Grupos que en la actualidad operan no sólo en Europa sino en muchos otros sitios (en Oriente Medio, en especial en Siria e Irak, en Afganistán, norte de África o el Sahel) y que han cometido gravísimas violaciones de derechos humanos. Dada la cobertura político-mediática dominante, no es baldío ni superfluo recordar que la inmensa mayoría de sus víctimas no son occidentales, sino mujeres y hombres del sur global, muchos de origen musulmán. Múltiple fue, por otro lado, la reacción internacional: desde controvertidas intervenciones militares (Afganistán, Irak, Libia, Siria, Mali) a diversas políticas antiterroristas, cuya eficacia e impacto en los derechos humanos deja mucho que desear. Interesa aquí, sin embargo, centrarnos en cómo esas respuestas internacionales se insertan en un proceso mucho más amplio, complejo y multifacético que ha marcado la


UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR realidad internacional de los últimos 15 años y que, en términos académicos algo incomprensibles, se denomina la securitización de la política internacional. En efecto, fueron los llamados estudios críticos de seguridad, los que alertaron del proceso impulsado por los Estados occidentales con la complicidad de varias organizaciones internacionales (ONU, UE, OTAN), por el cual muchos fenómenos eran renombrados y re-tratados como “amenazas de seguridad”. Los conflictos armados, la violencia política, los desplazamientos de población, las enfermedades infecciosas, la gestión de la diversidad cultural y religiosa, entre otros, dejaron de explicarse con complejos diagnósticos que apostaban por soluciones multidimensionales. Pasaron, por el contrario, a ser reducidos a problemas de seguridad, alegando que las mejores respuestas eran las militares y policiales. Muchos son los ejemplos ilustrativos de este proceso, resaltándose aquí dos. Primero, la respuesta europea a la crisis de derechos humanos en su frontera sur. La seguridad de las personas refugiadas ha sido ninguneada en nombre de la seguridad nacional, apostándose por el cierre de fronteras con rejas y concertinas, patrullas policiales y militares (OTAN incluida), campos de detención y acuerdos inhumanos con Turquía. Segundo, la respuesta internacional a la crisis del Ébola en el África occidental con más de 11.300 muertos y 28.000 infectados y enormes pérdidas económicas y sociales. Una respuesta internacional que sólo se activó realmente cuando, a través de la repatriación de occidentales infectados, llegaba el virus a las fronteras de sus países. Y, mientras Cuba mandaba médicos a dicha región africana, Estados Unidos soldados y los demás se esforzaban, en especial, por cerrar sus fronteras. Parece innegable, por tanto, que desde el 11 de septiembre del 2001, las fronteras, los espacios públicos, las redes sociales y la vida cotidiana de millones de personas se ha militarizado y securitizado en nombre de la nueva (pero también muy vieja) doctrina de “seguridad nacional”. Esa doctrina ha servido para legitimar limbos jurídicos, espacios de excepción e impunidad, así como otras medidas (tortura, desapariciones, violencia sexual, cibervigilancia, etc.) que Michael Ignatieff, el que fuera líder del Partido Liberal de Canadá, tuvo a bien justificar como el “mal menor” y que han generado un verdadero desastre de seguridad para millones

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de mujeres y hombres en todo el mundo. Es importante recordar que, aunque pioneros, no sólo los Estados occidentales han impulsado este proceso. Muchos otros (incluidos las potencias no occidentales y, en especial, Rusia y China), así como instituciones internacionales, elites político-económicas, empresas y particulares se sumaban a esa fuerte marejada de securitización que, cual tsunami, parece arrasar la política internacional. Seguro que este proceso se explica, en parte, por los beneficios que obtienen ciertos sectores (agencias de seguridad, ministerios de interior y defensa, empresas armamentísticas, de seguridad privada, suministro de rejas, concertinas, drones, sistemas de vigilancia, etc.) de los ingentes recursos destinados a la militarización de la política, las fronteras y la vida cotidiana. Pero no debemos olvidar que este proceso, profundamente político, resulta extremadamente útil para los intereses de la elite global, capitalista, neoliberal, patriarcal y racista que, como señala David Harvey, continua acaparando por desposesión la vida y el planeta. No es extraño que, por ello, reciba la complicidad de muchos académicos, periodistas y líderes de opinión. Mucho menos escuchadas son, por el contrario, las voces de quienes (defensores y defensoras de derechos humanos, movimientos sociales, partidos políticos, expertos, medios, etc.) se han movilizado para frenar y oponerse a esa marejada. Y, también para apostar por otra agenda internacional, una que ponga en el centro, no la seguridad de esa elite global, sino los derechos humanos, la equidad de género, la democracia, y un desarrollo inclusivo y sostenible. Su lucha nos recuerda que es posible construir otra política internacional.


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La seguridad europea y el enemigo interno 110

Por Santiago Alba Rico

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l pasado mes de mayo la Fundación Konrad Adenauer presentó los resultados de una encuesta sobre religión y política realizada en el norte de África, concretamente en Egipto, Libia, Túnez, Argelia y Marruecos. Los resultados son, al mismo tiempo, previsibles y sorprendentes. Me limito a enunciar los encabezamientos: en los cinco países citados, como para dar la razón a los clichés occidentales, “la mayor parte de los norteafricanos se sienten antes musulmanes que ciudadanos de su país” y “consideran importante o muy importante el islam en sus vidas”. La sorpresa viene inmediatamente cuando los mismos que consideran la religión el dato central de su identidad cotidiana se manifiestan a favor de “la separación entre la esfera política y religiosa” y condenan abierta y tajantemente los atentados “perpetrados a continuación de un insulto al islam”. Más aún, entre el 92.4 % y el 96.4 % rechazan el terrorismo de Daesh mientras que sólo entre el 0.7 % y el 2.0 % lo defienden o apoyan. Conviene añadir que los musulmanes norteafricanos atribuyen a Occidente la responsabilidad del extremismo religioso y lo asocian a las condiciones económicas que afligen a la juventud de la región. Me interesa apuntar dos rápidas conclusiones. La primera


UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR es que no hay ninguna relación automática entre islam y radicalidad y que, si todo proyecto de democratización de la región debe contar necesariamente con el referente religioso, la encuesta prueba que el islam más bien integra y desradicaliza. La segunda obliga a aceptar que no son los musulmanes sino los europeos los que se están radicalizando. Comparemos el citado apoyo a Daesh en África del norte con las nuevas mayorías destropopulistas y racistas en Austria, Holanda, Francia, Hungría o Polonia. Esta ilusión de “radicalización” musulmana tiene que ver, en realidad, con la “guerra contra el terrorismo”, que empezó en 2001 tras el 11-S pero que se recrudeció en agosto de 2014 con la irrupción del autodenominado Estado Islámico en Siria e Iraq, secuela fatal de la combinación de intervenciones imperialistas y dictaduras locales. No es que el terrorismo no exista. En el caso de Daesh, muy dañino pero muy minoritario, es claramente el resultado de la derrota de las revoluciones “árabes” de 2011 y atrae, en Europa y en el “mundo árabe”, a algunos miles de jóvenes fascinados por la violencia como ocasión de “empoderamiento”. Pero la “radicalización” del islam es –lo demuestra la encuesta Adenauer– una ilusión. Los efectos del terrorismo son multiplicados por las medidas que se toman contra él. Las leyes de emergencia, los pactos antiterroristas, las reformas del código penal o las leyes de seguridad (según el país europeo del que hablemos), por no mencionar los acuerdos internacionales orientados a abordar la llegada masiva de refugiados, contribuyen a configurar y criminalizar, como enemigo interno, un “grupo de riesgo” identificado por su filiación religiosa. Es lo que llamamos “islamofobia”, un efecto colateral muy peligroso de esta nueva excepcionalidad jurídica que, en nombre de la seguridad, erosiona los pilares mismos de nuestros Estados de derecho. Cuando una minoría nacional –la llamada “comunidad” musulmana de nuestras ciudades– se vuelve sospechosa para las instituciones, la democracia misma está en peligro. El falso debate sobre el “burkini” del pasado verano prueba hasta qué punto se ha llegado en esta confusión interesada entre diferencia, foraneidad, negatividad y amenaza: cualquier arbitraria asociación semiótica entre un signo exterior y el islam, allí donde el islam mismo ha sido ideológicamente “radicalizado”, genera un problema “securitario”. A través de la Seguridad, el laicismo se convierte en una religión y la persecución en una quiebra del derecho.

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Pero el problema de esta política antiterrorista, que suscita la ilusión de una “radicalidad” islámica, es que alimenta una auténtica e innegable radicalidad europea. El aumento del racismo y la islamofobia en Europa, donde fuerzas claramente ultraderechistas han tomado o están a punto de tomar el poder, es responsabilidad directa de los partidos e instituciones que, en la última década, a través de medidas de excepción, por razones electoralistas o geopolíticas, mediante bombardeos inútiles y normas liberticidas, han construido y legitimado un “sentido común” colectivo del que se apropian ahora los destropopulismos y neofascismos. Nada puede apetecer más el Estado Islámico –y ése es el propósito de sus atentados en Europa– que este círculo vicioso en virtud del cual se constituye una “comunidad” musulmana perseguida, se debilita el Estado de derecho y se da pábulo a los partidos islamofóbicos. Como he escrito numerosas veces, el terrorismo y el antiterrorismo se alimentan recíprocamente, el yihadismo y la islamofobia se reclaman y legitiman sin cesar; entre sus mandíbulas sufren las minorías más vulnerables –musulmanes nacionales, inmigrantes y refugiados– y la democracia misma, cuya condición es la protección de todos los ciudadanos por igual. Como estamos viendo ya claramente en el caso de España, no hay ninguna medida de excepción lo suficientemente selectiva como para que se aplique solamente a su “objeto” explícito. O hay derecho para todos o no hay derecho para nadie. Por ese camino –el de la excepcionalidad construida en torno a un grupo ontológico de riesgo a partir de una concomitancia aleatoria– sólo puede llegarse, como otras veces en la historia, a la polarización, el autoritarismo, la muerte del derecho y, de un modo u otro, la guerra. España, en una situación aún ventajosa, debería evitar sumarse a este juego y tratar, aún más, de invertirlo. Pero eso sólo será posible con otra política y otro gobierno.


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Mark Weisbrot es codirector del Centro de estudios económicos y políticos (CEPR) en Washington DC y director de Just Foreign Policy. Su último libro es Failed: What the experts got wrong about the global economy (2015, Oxford University Press).

Entrevista a Mark Weisbrot 114

Por Nacho Berdugo

Después de asistir a los principales acontecimientos políticos que han tenido lugar en el último año en los países miembros de la Union Europea, tales como la crisis humanitaria de refugiados, la recesión económica, el repunte de los casos de xenofobia, los ataques terroristas o el brexit. ¿Cuáles son las coordenadas políticas y económicas que vamos a ver en el viejo continente a corto y medio plazo? Entre todas las dificultades que está afrontando la Unión Europea actualmente, creo que la más importante es el problema estructural de la eurozona, esta es la principal causa del elevado desempleo en la UE que, por cierto, sigue siendo el doble que en Estados Unidos. La Unión Europea se está aproximando a una “década perdida” desde el comienzo de la crisis financiera mundial, debido a la recesión y el continuo recorte de las conquistas sociales y económicas en las diferentes regiones. Todo esto contribuye a la creación de un escenario donde resurge con virulencia la xenofobia, el racismo y, en consecuencia, las formaciones políticas de extrema derecha (como es el caso del Reino Unido y Francia), asimismo empeora notablemente la crisis de los refugiados, agravada por un contexto de desempleo e innecesarias restricciones en el gasto público que invalida la posibilidad de absorber a este colectivo. Por otra parte, la crisis de refugiados es, en esencia, el resultado


UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR de las políticas exteriores aplicadas por la coalición entre EEUU y la Unión en Oriente Medio, hecho que generalmente es ignorado. De modo que sin un cambio urgente en estas políticas es imposible encontrar una solución real a lo que acontece. El problema básico es que los gobiernos de los países que integran la eurozona renunciaron a su soberanía nacional para hacer valer sus principales políticas económicas. Peor aún, estos gobiernos cedieron su control sobre política económica a un grupo de instituciones y personas (Comisión Europea, Banco Central Europeo, Fondo Monetario Internacional y los ministros de finanzas del Eurogrupo) con una feroz agenda neoliberal en clara contradicción con los intereses de la mayoría de los europeos. Así que, por ejemplo, en 2011 y la mayor parte de 2012 las citadas autoridades europeas prolongaron deliberadamente una exacerbada crisis financiera, empujando a las economías locales en diferentes ocasiones al abismo del colapso. Pues bien, el objetivo no era otro que presionar a los gobiernos electos más vulnerables del Eurogrupo en la adopción de políticas que la gente nunca hubiera votado. Como consecuencia de dicha extensión intencionada de la crisis financiera, Europa ha tenido que hacer frente a dos años extra de recesión, que en EEUU, por ejemplo, fueron evitados. Las autoridades europeas hicieron esto para promover reformas estructurales de carácter neoliberal, incluyendo recortes en sanidad pública y pensiones, garantías para desempleados, y una reforma laboral que limita el poder de negociación de los sindicatos. Se pueden leer muchas pruebas documentales que explican con todo lujo de detalle la citada agenda, como por ejemplo en el artículo IV de consultas del Fondo Monetario Internacional con los gobiernos de la Unión Europea. La propia Unión Europea ha adoptado progresivamente un proyecto neoliberal, por ejemplo, con el mal llamado Pacto de Estabilidad y Crecimiento Europeo aprobado en marzo del 2012 y aplicable al conjunto de la Unión Europea, no solo a la eurozona. Dicho acuerdo está construido sobre los errores del Tratado de Maastricht y representa otro gran obstáculo en el compromiso europeo de expansión fiscal, incluyendo inversión pública, que es necesario para hacer que las economías locales tiendan al pleno empleo. Así que el gran reto para las fuerzas progresistas en Europa será negociar y reemplazar este proyecto neoliberal por un paquete de políticas que sean capaces de recuperar el progreso económico y social en Europa. Esto no va a ser sencillo pero por el momento ya hemos visto un gran cambio en materia de política monetaria

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UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR con un alivio cuantitativo similar al de Estados Unidos, donde el próximo paso es cambiar la política fiscal, a pesar de que la situación de desempleo masivo es muchísimo peor en Europa. Los europeos tienen, necesariamente, que revertir el proceso neoliberal de implementación de reformas estructurales.

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Parece que en Grecia se confirman los peores temores desde la llegada del gobierno de Alexis Tsipras, la recesión económica se instala como un proceso irreversible al tiempo que las políticas de austeridad están teniendo un impacto gravísimo en la sociedad griega. En este escenario, parece prácticamente imposible desbloquear la situación griega sin una condonación parcial de la deuda. ¿Cuál es su diagnostico para el pueblo heleno? Hasta el propio Fondo Monetario Internacional ha reconocido que Grecia va a necesitar una cancelación de parte de su deuda para regresar a niveles de crecimiento sostenible, pero el problema más urgente a corto plazo es, de nuevo, la política fiscal. Las autoridades europeas siguen exprimiendo la economía griega con políticas de austeridad que no van a permitir una salida de la recesión, y ni mucho menos reducir en un 23 % la tasa de desempleo (más del 50 % si hablamos de la juventud). Están insistiendo en la idea de que Grecia tiene que alcanzar un superávit presupuestario del 3.5 % para 2018, nivel que ya ha sido prácticamente alcanzado durante los siete primeros meses del presente año pero que no es compatible con la recuperación económica. Con respecto a las razones políticas, existe una mayor incertidumbre, parece evidente que las autoridades europeas tenían una estrategia política de “cambio de régimen” el pasado año, antes del referéndum de julio sobre austeridad, y es posible que todavía quieran deshacerse de Syriza a pesar de la derrota a la que fue sometida la formación después del mencionado referéndum. Sea como fuere, siguen manteniendo la economía griega en recesión, incluso el FMI se ha mostrado en contra de esta decisión presionando para conseguir cierto alivio en el pago de la deuda que las autoridades europeas han hecho prevalecer hasta la fecha. Creo que este disentimiento por parte del FMI representa una diferencia entre Washington y los líderes europeos, dirigidos en buena medida por Alemania. A Washington no le importa demasiado el proyecto neoliberal de estos líderes europeos y mira a Grecia a través de una suerte de lente geoestratégica, que expresa sobradas preocupaciones de que el país heleno pudiera ser eventualmente expulsado del


UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR euro si las presentes políticas continúan. Considerando que sus socios europeos tienen otras prioridades y habiendo confirmado el año pasado que Grecia no iba a salir del euro, ahora solo quieren presionar a Syriza al máximo. Es difícil saber si el partido liderado por Alexis Tsipras tiene algún poder real de negociación en este contexto porque realmente no han hecho ningún intento de usarlo. Desde un punto de vista puramente económico, parece claro que Grecia afrontaría mejores circunstancias a día de hoy si hubiera abandonado el euro hace seis años. No cabe duda de que habría experimentando una crisis durante un pequeño periodo de tiempo nada más abandonar, pero si comparamos con las crisis financieras asociadas a devaluaciones en la dos últimas décadas, los perjuicios económicos son mucho más leves en comparación con lo que Grecia ha perdido. Desde una perspectiva política es verdaderamente complicado para los gobernantes asumir el riesgo que implica la crisis temporal después de una posible salida, especialmente cuando la mayoría del electorado no comprende la ciencia económica que está en juego y por otros motivos quiere mantenerse dentro de la eurozona. Esta es una de las razones por las que las autoridades de la Unión Europea enunciaron amenazas de corte mafioso antes de que el brexit fuera votado, y muchos todavía quieren castigar esta decisión con toda la dureza posible. En resumen, no han querido nunca que nadie pensara que hay vida más allá de la eurozona (o de la Unión Europea en el caso del Reino Unido). En términos de ciencia económica es evidente que muchos gobiernos europeos si hubieran querido alcanzar el pleno empleo en los siete últimos años lo hubieran tenido infinitamente más sencillo fuera del euro. Salvando las distancias con Grecia, la economía española crece a una velocidad extremadamente lenta, el desempleo juvenil es alarmante (superior al 40%) y las políticas de austeridad siguen endureciéndose. En este escenario, asistimos a otro contexto de bloqueo político en el que el viejo bipartidismo trata de no perder su total hegemonía y Podemos no logra alcanzar la fuerza electoral para liderar un cambio político en España. La situación política del país se encuentra en stand by después de las segundas elecciones consecutivas y sigue reinando un panorama de incertidumbre. ¿Cuál es el pronóstico –a su juicio– para España y cómo podría enmarcarse en el contexto de la Europa del sur?

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UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR Podemos ha conseguido grandes avances políticos en muy poco tiempo. Pese a que es difícil predecir qué va a ocurrir en un futuro próximo, resulta complicado augurar cierto éxito a cualquier gobierno que profundice en la presentes políticas de austeridad. La recuperación económica que España ha experimentado desde la segunda mitad del 2013 ha sido conducida, en gran medida, por influencias externas favorables, incluyendo un cuantitativo alivio por parte del Banco Central Europeo y la bajada de precios del petróleo. Igualmente, el gobierno no ha cumplido sus objetivos fiscales escapando de esta manera de la austeridad que había prometido. El PP prevé continuar con los ajustes presupuestarios que debilitarán o directamente abortarán cualquier posibilidad real de recuperación. Por su parte, el FMI ha pronosticado que España seguirá teniendo un 16-17 % de desempleo cuando alcance su potencial Producto Interior Bruto, para lo que todavía quedan unos años. En otras palabras, están diciendo que este masivo nivel de desempleo es básicamente pleno empleo, la mejor de las opciones posibles. Podemos ha presentado un programa económico viable que situaría a la economía en parámetros muchos más cercanos al pleno empleo, en el Centro para el Análisis Económico y Político (CEPR) hemos hecho un trabajo parecido que muestra que es posible llevarlo a cabo sin abandonar la eurozona. España cuenta con una recaudación de impuestos relativamente baja, así que existe un cierto margen para aplicar una subida de impuestos a las rentas más altas y emplear esta recaudación en inversión pública y otros gastos orientados a aumentar el crecimiento y el empleo. El costo de los préstamos es extremadamente bajo ahora mismo, con los bonos a 10 años del gobierno español a un interés de menos del 1 %, así que hay mucho espacio para una política fiscal expansiva. España representa la cuarta economía más grande la eurozona, seis veces superior a la griega, de modo que un gobierno de izquierdas en España tendría mucha más capacidad de negociación con las autoridades europeas que la que ha tenido Grecia. La campaña del miedo y la desconfianza hacia Europa ha ganado en Reino Unido, las tesis más reaccionarias de rostros notables como Boris Johnson o Nigel Farage se han impuesto en un referéndum que pide la salida de la Unión Europea. ¿Cuál es la viabilidad real de este proceso a medio y largo plazo en un país dividido a este respecto? ¿Cuál sería el impacto

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económico real de esta decisión si finalmente se acabara materializando? También ha habido una campaña de miedo por el otro lado –el “antibrexit”–, que ha incitado a la permanencia en Europa. Las grandes corporaciones mediáticas, el FMI, la OCDE, el Tesoro Británico se confabularon para predecir que el cielo se caería si ganaba el sí, pero obviamente no ha sido así: no parece que el desempleo esté aumentando y los mercados financieros repuntaron y se mantienen calmados. El voto a favor del brexit parece fundamentalmente un voto de protesta de una mayoría de ciudadanos cuyos ingresos todavía se encuentran muy por debajo de los niveles previos a la recesión. Este voto del sí al brexit representa un problema muy similar al del resto de Europa. El centro izquierda (en el Reino Unido el Nuevo Laborismo) abrazó un internacionalismo que abandonaba el interés de la mayoría y especialmente el de los trabajadores, creyéndose el proyecto neoliberal de la “nueva Europa”. En Grecia y España, donde las condiciones estaban maduras para ello, hubo en cambio una considerable fracción del centro izquierda que desertó y se pasó a la izquierda (Syriza y Podemos son un claro ejemplo). Sin embargo, esta balanza también podría haber virado hacia la derecha, como es el caso de Francia con el Frente Nacional o del Reino Unido con el Ukip. Este problema es fundamental y todo indica que la izquierda europea tendrá que abanderar un nacionalismo económico progresista llamado a reconocer la vital importancia de la soberanía económica nacional para la democracia más básica (Syriza fue muy exitosa en dicha pugna hasta ser derrotada por las autoridades europeas). En esta era en la que el neoliberalismo tiene tan asegurada la hegemonía en los más altos círculos de poder e intenta minar de forma agresiva el Estado de bienestar, perder la disputa de su agenda en nombre del internacionalismo es abandonar a toda una generación a su programa, lo que, por otra parte, puede alimentar el crecimiento de la extrema derecha. El problema es mucho más grave en la eurozona que en el Reino Unido debido a los profundos problemas estructurales que ya he mencionado. Sin embargo, mucha gente que es considerablemente de centro o izquierda están confusos, piensan que, en cierto modo, es más importante apoyar el internacionalismo y las instituciones europeas, incluso cuando estas instituciones están comprometidas con la reducción de los niveles de vida y la creación de desempleo masivo para millones de sus ciudadanos


UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR y residentes. Stathis Kouvelakis, profesor de filosofía política y miembro del comité central de Syriza, señalaba que incluso ciertos marxistas europeos compartían esta visión a partir de la cual “es más sencillo imaginar el fin del capitalismo que el fin del euro”. Haciendo un breve y sintético análisis, ¿cuál cree que es el estado de la economía estadounidense y cómo encajan en este escenario las diferentes propuestas económicas encabezadas por Donald Trump y Hillary Clinton? El presente proceso de recuperación económica en Estados Unidos es uno de los más débiles desde la era enunciada por el fin de la Segunda Guerra Mundial. A pesar de que la tasa de desempleo de junio era de 4.9 %, si nos fijamos en el desempleo entre los trabajadores más jóvenes (25-54 años) necesitamos 2.5 millones de puestos de trabajo más para situarnos en los mismos niveles de empleo previos a la recesión. Sin embargo, la economía estadounidense luce excelente si la comparamos con la europea, y me atrevería a atribuir esta diferencia al hecho de que más allá de las limitaciones democráticas en materia económica, en Estados Unidos existe mucha mayor responsabilidad que en la eurozona. Tanto Estados Unidos como Europa afrontan problemas muy similares, pero el Viejo Continente presenta un estado de mayor gravedad ante las mismas enfermedades. En política fiscal, no tuvimos el terrible proceso de austeridad procíclica de Europa, pero el estímulo inicial entre 2009 y 2010 fue solo una pequeña fracción de la anual pérdida de demanda desde el estallido de la burbuja del mercado inmobiliario y los recortes del Estado y la administración local. El gasto per cápita del gobierno durante los dos primeros años fue muy débil en comparación a previos procesos de recuperación. La política monetaria estadounidense estuvo muy por delante de Europa también, con la Reserva Federal rebajando los tipos de interés a casi cero y manteniéndolos ahí durante ocho años. También asumió una flexibilización cuantitativa y terminó creando 3.7 trillones de dólares desde la Gran Recesión. Resulta difícil prever lo que Trump haría porque sus posicionamientos cambian con frecuencia, probablemente recortar impuestos para favorecer a los más ricos. En cualquier caso, Wall Street no confía en él y su dinero irá destinado a Hillary Clinton. Gran parte de los políticos republicanos rechazan a Trump por su populismo: se opone al Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP) y promete no hacer recortes en seguridad social y

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UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR cobertura médica. Hillary Clinton ha adoptado parte del programa progresista de Bernie Sanders, incluyendo medidas como la universidad gratuita para la mayoría de familias, oposición al TPP y una subida de pagos en seguridad social. Sus lazos con la donación económica de grandes corporaciones y Wall Street son muy conocidos, sin embargo es muy poco probable que lleve a cabo el paquete de medidas aprobado por su marido durante su mandato, medidas que provocaron terribles cambios estructurales: Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA), la reforma del Estado de bienestar, la Organización Mundial del Comercio (WTO), y la desregulación financiera. El planteamiento de Hillary Clinton se parece más al de Obama y tendrá, a buen seguro, un impacto general positivo a pesar de su débil pero significativa reforma de la asistencia médica. El área de política exterior es el que más podría preocupar en una hipotética presidencia de Clinton, debido al apoyo mostrado en el pasado a las guerras de Iraq, Libia, Siria y su agresiva postura hacia Irán. Los movimientos sociales que han ido apareciendo al calor de la campaña de Bernie Sanders ejercerán, sin duda, una considerable presión.

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Trump ha construido con tremenda habilidad una figura de outsider “salvador de la patria”, jugando con la desafección política de gran parte de la clase obrera y clase media blanca. En un contexto donde la inmigración es un fenómeno al alza y la lengua española inunda cada rincón del país, ¿cuáles son las posibles consecuencias de la extensión y consolidación de este discurso xenófobo entre amplios sectores de la población nativa? Creo que Trump ha hecho mucho daño apelando al racismo y la xenofobia, pero esto seguramente no va a tener un impacto duradero. Los votantes latinos son un electorado muy importante en constante crecimiento en Estados Unidos, la estrategia racista y anti inmigración que han tenido oportunidad de presenciar en la presente campaña de la mano de Trump y otros políticos no es otra cosa que una estrategia fracasada. Trump nunca ha estado realmente en disposición de disputar la presidencia, ganó las primarias republicanas porque consiguió dos billones de dólares de cuota mediática gratuita. Si Bernie hubiera conseguido en alguna parte esa representación mediática, habría ganado la nominación demócrata y estaría bien posicionado para ganar la presidencia.


UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR La atención mediática internacional que Trump ha recibido ha proyectado una figura de una importancia que no se corresponde con su papel real en la política americana. Su legado va a ser la muerte del Partido Republicano, que tiene pocas posibilidades de ganar unas elecciones generales en un futuro próximo, y que se mantienen en la Cámara de Representantes a través de manipulaciones y la estrategia de supresión del voto. Después de que Bernie Sanders haya sido descartado como candidato demócrata en la carrera presidencial estadounidense y Hillary Clinton se haya reafirmado como sólida candidata del establishment, ¿es posible seguir ahondando en el proceso de regeneración política que el de Vermont inició o, por el contrario, los márgenes de transformación dentro del Partido Demócrata se han demostrado nulos? La campaña de Sanders no tiene precedentes en la política estadounidense: un socialdemócrata, que se identifica a sí mismo como socialista, sin financiación de la elite o fuentes corporativas, ganó 22 Estados en las primarias demócratas y estuvo realmente muy cerca de ganar la nominación –y probablemente la presidencia– si en determinados momentos hubiera cambiado su estrategia. A día de hoy, la organización de Bernie Sanders sigue reclutando voluntarios y recaudando dinero para los candidatos (al Congreso y a las oficinas locales) organizados en torno a un programa progresista. Este es el verdadero legado de la campaña presidencial de 2016 y, seguramente, va a cambiar el país más que cualquiera de los actuales candidatos a la presidencia. El propio Partido Demócrata no representa un claro obstáculo al cambio político como sí lo hacen los partidos centristas europeos, puesto que cualquier ciudadano puede competir en la nominación demócrata para cualquier oficina sin necesidad de haber sido demócrata o haber hecho concesiones políticas al partido. ¿Cuál es su diagnóstico para las próximas elecciones generales de noviembre y cómo se podría estructurar la agenda política norteamericana en función del mismo? Hillary Clinton va a ganar con toda probabilidad la presidencia y los demócratas se harán con el Senado pero no con la Cámara de Representantes, salvo que Trump experimentara una fuerte derrota. En el frente económico se está desarrollando una importante lucha para impedir que la Reserva Federal suba los tipos de interés que ralentizaría el crecimiento económico y la creación de empleo.

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UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR Las bases del Partido Demócrata, más movilizadas después de la campaña de Bernie Sanders, intentarán ejercer presión a la administración Clinton en torno a cuestiones relacionadas con el cambio climático, la subida del salario mínimo a 15 dólares, la extensión de la atención sanitaria y las ayudas de la Seguridad Social, así como otras medidas para reducir la pobreza y la desigualdad. También se prevé que ejerzan cierta presión en materia de relaciones exteriores y guerra, incluyendo la posibilidad de que Clinton interceda más con respecto a Siria.

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Las sociedades occidentales, primero en Estados Unidos con el new deal y más tarde las europeas tras la Segunda Guerra Mundial, han desarrollado la condición de ciudadanía a través del empleo. Desde los años 80, hemos visto como este diseño se ha ido descomponiendo. Si para ser ciudadano hay que tener un empleo, ¿podríamos decir a día de hoy que estamos antes una crisis de ciudadanía? El desempleo masivo en Europa es el resultado abrumador de la política macroeconómica, no del cambio tecnológico. Es trágicamente irónico que en un tiempo de deflación, donde el dinero es libre e incluso obtiene tipos de interés nominal negativos en algunos países, los líderes políticos no se vean obligados a implementar políticas –incluyendo inversión publica– destinadas a crear empleo y cumplir con objetivos sociales cruciales, como por ejemplo la reducción de las emisiones de dióxido de carbono. Hasta cierto punto es un problema de educación pública, ya que gran parte de la gente no comprende la economía más básica y lo que se tiene que hacer al respecto. Aunque en Europa el problema estructural de la falta de democracia en la eurozona hace que las cosas sean mucho más complicadas que en Estados Unidos. ¿Cree que la renta básica universal podría garantizar seguridad al tiempo que impulsa un tejido productivo más innovador? No parece que sea una manera práctica de reducir la pobreza, por lo menos en un futuro a corto plazo, quizá más adelante. Por el momento, con el mismo presupuesto, una enorme cantidad de población podría salir de la pobreza con programas específicos, más allá de dar a todo el mundo –ya sean ricos, pobres o en una situación intermedia– la misma cantidad de dinero. No hay ninguna razón por el momento para pensar que la robótica va a crear un desempleo masivo, en ningún caso mayor


que el desempleo creado en los 60 del pasado siglo a consecuencia del rápido cambio tecnológico y el aumento de la productividad. De manera similar, no acepto la idea de que la social democracia esté muerta, de hecho está reviviendo en Estados Unidos, como ha mostrado la campaña de Sanders. No voy a profundizar en todos los argumentos acerca de si la renta básica es un cambio viable o necesario, Vicenç Navarro ya ha resumido estos argumentos en muchas ocasiones. Si existe un país donde esta idea tenga la suficiente fuerza como para ser implementada –en ausencia de otras propuestas más practicas– podría llegar a representar un avance.


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Un Podemos dirigente antes de ser gobernante, esto es, un Podemos que piensa en términos de conquista hegemónica y de rearticulación de un bloque histórico.


IV Hegemonía, cultura y democracia

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LIBERTÉ, EGALITÉ, BEYONCÉ. Ganamos nosotras, gana la gente. 128

Por Ángela Rodríguez Pam

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n el año 2014 Beyoncé se sube a un escenario en la gala de los MTV Video Music Awards en cuyo imponente fondo se puede leer FEMINIST. Ese día baila, canta y conquista al mundo entero coreando consignas feministas. Ese día cambiará la vida de muchas feministas, también la mía, para siempre. Cómo podía ser que una mujer guapa, extremadamente sexy y multimillonaria fuese desde aquel momento la persona que había conseguido que el feminismo se convirtiese en un fenómeno de masas. H&M empezó a diseñar camisetas con consignas feministas, las adolescentes en Instagram rezaban en sus estados orgullosas que como Beyoncé, “I woke up like this. Flawless” o “Who run the world?: Girls”. Las contradicciones eran infinitas y atravesaban de lleno todo el fenómeno de la nueva Beyoncé feminista. Es muy fácil hablar de igualdad de género cuando no se habla de las condiciones materiales que lo permiten, y aquí la señora Beyoncé Knowles tenía mucho que callar. Por otro lado, cómo podía ser que la seducción, que siempre habíamos definido de forma sexista como esa arma de mujer, se hubiese convertido ahora en la mejor arma para el empoderamiento. En efecto, ser sexy, seducir, podía ser también la cosa más


UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR feminista del mundo. Por supuesto no solo Beyoncé dio pasos en este sentido, y por supuesto no solo en el feminismo la seducción se convirtió en un elemento central de la praxis política. En ese mismo año aparece también Podemos. Puedo afirmar después de todos los retos que hemos enfrentado desde entonces que en muchos sentidos Podemos fue a la izquierda lo que Beyoncé al feminismo. Cómo podía ser que la política se hubiera convertido en una cosa de masas, que las redes sociales se inundasen con las preocupaciones de lo que hasta ahora había sido una minoría parlamentaria, o que los programas de televisión en prime time ahora fuesen con mucha frecuencia tertulias políticas y no cacareos de prensa rosa. Algo había cambiado en este país para siempre, pero las contradicciones no habían hecho más que empezar. Como galega, mujer, feminista, fan absoluta de Beyoncé y ciudadana preocupada por este nuevo país que está llegando no he podido dejar de preguntarme desde entonces cómo la seducción podía convertirse en un elemento central del proceso político de acumulación de fuerzas que estábamos viviendo también desde el 2014 en Galicia. ¿Son las Mareas al nacionalismo lo que Podemos a la izquierda y Beyoncé al feminismo? ¿Es la plurinacionalidad esa misma estrategia seductora? La plurinacionalidad se convierte en un debate central insertado en ese proceso político de construcción de una España alternativa, una España diferente reflejada en esa ventana de oportunidad que se ha abierto en los últimos años tras el 15M, la aparición de Podemos y los diferentes procesos de confluencias y unidad popular en todo el Estado. Este país que estamos diseñando ha de tener un carácter transversal, beber de la urgencia social e incluir una nueva dimensión plurinacional que supere un marco constitucional ya agotado por, entre otros motivos, la existencia de varias naciones en España y la necesidad de una reconfiguración territorial. Ya no es posible pensar un país para el 99%, un país que seduzca a mucha gente y que sea capaz de revertir todas las políticas de los últimos años del Partido Popular, si no es también pensando en una revertebración del territorio, articulando en este nuevo diseño los diferentes sentimientos nacionales, con las consecuencias que esto pueda llegar a tener.

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UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR Escuchar a ese 99% y asumir que estamos en un momento deconstituyente es quizás la carta clave en este gran juego de estrategia y seducción que afrontamos. Por un lado hay una España única y unida, de políticas hechas por las élites para los de abajo, que no acepta la diversidad; y por otro, una España plural y diversa, un país de países que inevitablemente es ya plurinacional. Este país de países es el único alternativo al del 1%. Si no entendemos el compromiso con la plurinacionalidad como parte de la urgencia social que vive nuestro país, no será posible hacer realidad esa otra España de países y para el 99% que anhelamos. En definitiva, lo queremos todo. Y es precisamente ese “lo queremos todo” lo que nos remite, de nuevo, a la cuestión de género. El efecto Beyoncé subraya algo que ya se intuía un poco enfermizo dentro del feminismo. Siempre hemos querido defender el feminismo como una teoría de la libertad, como una herramienta de empoderamiento que permitiera trabajar por la igualdad de hombres y mujeres, pero sobre todo un feminismo que nunca se convirtiera en una forma de limitar lo que las mujeres o los hombres son, y mucho menos en una voz crítica que dice a otras mujeres lo que deben hacer. Pues bien, últimamente hemos visto mucho de este feminismo. Feministas diciéndoles a otras mujeres cómo deben ser, qué partes es mejor que no se depilen o cuál debe ser el tamaño de su traje de baño en la costa francesa. Para muchas y muchos el feminismo solo será útil como práctica política si es entendido como algo ganador, como un enunciado formal que nos dé carta blanca y que nos permita ser todo lo que queramos ser: gordas, flacas, feas, guapas, femeninas, masculinas, heterosexuales, homosexuales, seductoras o lo que nos apetezca. El feminismo como el espacio en el que hombres y mujeres caminan en las mismas condiciones, y sobre todo el feminismo para (sobre)vivir, pues aparece precisamente porque las mujeres también “lo queremos todo”. Nos vemos tentadas de hacer este análisis por la similitud de las herramientas que usamos cuando decimos que la izquierda se ha hecho sexy olvidando su nombre, el feminismo se ha hecho de todos y todas cuando nos hemos puesto a bailar y el nacionalismo se ha hecho útil (y también sexy) convirtiéndose en plurinacional.

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Un reto múltiple que en sus diferentes facetas ha hecho la misma operación política, esperanzadora, valiente y muchas veces contradictoria. Una amalgama de sujetos heterogéneos que pretenden ser organizados bajo un criterio más homogéneo; una reivindicación común de la suma de diferentes sujetos individuales, una síntesis entre aquellos elementos hegemónicos y aquellos que se quedan en una posición subalterna, otra entre lo que suscita coerción y lo que suscita consenso, una estrategia compleja que se apoya principalmente en el uso de la diversidad o la emergencia como oportunidad y no como problema. Una forma de hacer sexy y por tanto de abrir a las mayorías aquello que estaba condenado a ser de minorías aún arrogándose la posibilidad de representar a toda la gente, todas las mujeres, o toda la ciudadanía, en mi caso, galega. Dicho de forma mucho más simple, hemos conseguido ser mujeres, naciones y clases populares de forma ganadora, presentando todos aquellos escollos constitutivos de lo que somos como el elemento central que define nuestra victoria. Ahora bien, si ya hemos conseguido dar este paso, la tarea no termina aquí. Explica el politólogo lucense Xaime Subiela al comienzo de Para que nos serve Galiza? –citando al filósofo alemán Peter Sloterdijk–, que así como éste afirma que cuando los hombres occidentales se definen hoy como demócratas lo hacen más bien, no por defender lo público, sino por tener una excusa constante ante la sociedad para no preocuparse por el Estado, de igual modo ocurre con el galeguismo, a menudo utilizado como una credencial, una identidad light que permite despreocuparse de lo común, que exime de reproches de corte social. Parece entonces que tiene sentido que una pueda ser feminista, pero no necesariamente demócrata; o nacionalista, pero no lo suficientemente feminista; y así con cualquier otra etiqueta sobre la que se nos ocurra operar políticamente. Lo interesante de estas operaciones políticas semejantes reside precisamente en esa estrategia ganadora que antes mencionábamos. Frente a una táctica que opera con identidades ya terminadas, homologables, finitas, marginales y repetidas; nuestra estrategia ganadora pretende seducir a todas las partes, usando identidades abiertas y diversas, pues como decíamos al principio, surge de escuchar al 99%, pero para ello toca también ser el 99%. Escuchando a la gente, ya


no cabe hacer un país preocupado por la emergencia social o por su carácter plurinacional, si no lo está también por las reivindicaciones de sus mujeres, pues es evidente que no somos un elemento de esa otra España de la que hablábamos al principio, sino una parte constitutiva de la posibilidad de ese país que todas y todos queremos. Estamos ante una estrategia ganadora que, a su vez, es una máquina de generar contradicciones, pero es en esa constante donde reside el éxito de nuestra apuesta. Es complejo hacer un proyecto de mayorías cuando en él hay sujetos autónomos, nacionalistas, izquierdistas y feministas que parecen contradecir permanentemente con sus prioridades la hoja de ruta común, hasta el punto de que puede parecer desde dentro que la precariedad de la identidad de esa mayoría no se sostiene por ningún lado. Sin embargo, es precisamente el esfuerzo de la puesta en común lo que mantiene abierta la ventana de oportunidad. El pegamento de esos sujetos diversos es lo que constituye esa oportunidad. Llamémosle fraternidad, libertad, sororidad, seducción o esperanza, solo cuando se incluyen todos los elementos –las mujeres, los de abajo, las otras naciones, etc.–, podemos decir que estamos ante una jugada ganadora para todos y todas. En otras palabras; defendernos como esos sujetos precarios, de forma común, sexy, alegre y esperanzada es lo que hace que tengamos una oportunidad. Habrá sin duda que agradecérselo a Beyoncé. Mientras tanto, como dice Caitlin Moran, finjamos hasta que sea cierto.


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Por un laicismo republicano en el debate sobre el velo 134

Por Clara Serra Sánchez

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ste verano ha resurgido el debate del velo a raíz de la prohibición por parte de varios municipios franceses de los trajes de baño que algunas mujeres musulmanas usan en la playa. Como en todos los temas políticamente complejos —y éste es uno de ellos—, en la problemática de las mujeres veladas se encuentran varios asuntos que se dan entremezclados en la realidad pero que, en el análisis, conviene pensar por separado o corremos el riesgo de que nuestra postura se limite a reconocer la dificultad del asunto, a situarnos en una especie de punto medio entre posibles peligros y, en definitiva, a no aclarar posiciones. Por una parte el debate del velo —el del burkini ahora— tiene que ver con una utilización del feminismo instrumental e interesada en lo que no es sino una deriva islamófoba de una Europa cada vez más ajena a sus propios principios. Uno de los temores que deberían avivar nuestro compromiso a la hora de pensar la política en el contexto internacional es el de que ese derrumbe de Europa nos lleve a caer en los brazos de la ultraderecha y el fascismo, cosa cada vez menos inverosímil para algunos países de la Unión. Hay otro debate en juego. Se trata del laicismo, un


UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR principio jurídico que, a diferencia de España, Francia sí que reconoce. La concepción clásicamente laica del Estado implica la asunción de que éste es incompetente en asuntos religiosos y, por tanto, sus instituciones, para ser neutrales, no pueden estar bajo el poder o la predominancia de ningún credo, lo cual sería privatizar las instituciones públicas. Me parece importante reparar en que las leyes laicas francesas son de 1905 y 1906. Independientemente del uso islamófobo que hoy día se hace en Francia cada vez que se invoca el laicismo, las leyes que forman parte de la polémica sobre el velo —las que prohíben su uso en la escuela— no se crearon en un contexto de migración musulmana ni se crearon para hacer una cruzada contra el islam. Esto es importante a la hora de plantearnos la validez de dichas leyes, pues están pensadas para un mundo que ya no es el nuestro. En 1905 defender el laicismo era expulsar a una única religión, el catolicismo, de las instituciones del Estado, en 2016 la religión, tal y como se presentaba en siglos pasados, ha desaparecido. Dicho de otro modo. Hoy en día nos topamos con el problema contemporáneo de la extrema dificultad a la hora de distinguir qué son símbolos religiosos y qué son objetos culturales. Los occidentales nos disfrazamos constantemente con vestimentas o estéticas culturales que, aunque tengan un origen religioso, han entrado en un proceso de secularización simbólica. Vivimos en una época en la que H&M vende adornos con motivos budistas o en la que las cruces como pendientes son una marca asociada a la cultura gay o a una determinada tribu urbana. Si las hijas de José Luis Rodríguez Zapatero podían ir al instituto vestidas de góticas, si los alumnos y los profesores de las escuelas públicas tienen derecho a elegir una estética heavy y llevar símbolos satánicos, por ejemplo, es indefendible que a algunas alumnas se les prohíba llevar un pañuelo en la cabeza, como es indefendible que a algunas mujeres se les obligue a quitarse el burkini en la playa. ¿Por qué podríamos decirles a unas mujeres árabes que van “demasiado vestidas”, mientras cualquiera puede estar en la playa con un traje de neopreno, un vestido largo o un disfraz de perrito caliente? ¿Por qué desnudamos a mujeres árabes cuando una mujer francesa puede estar completamente vestida porque, por ejemplo, siente vergüenza de su cuerpo? Sólo porque consideramos —ilegítimamente— el motivo por el que las mujeres musulmanas llevan el velo. Y

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es que el problema no es una tela en la cabeza; las jóvenes occidentales llevamos pañuelos cuando Pink o Beyoncé los ponen de moda. Si nunca ha sido problemático que las adolescentes españolas usen pañuelos en el instituto —como nunca ha sido problemático que lleven cruces— es porque nunca nos hemos permitido suponer cuáles son los motivos para llevarlos y nunca hemos defendido una prohibición en base a esa suposición. Sin embargo, sí parece que pudiéramos permitírnoslo con las mujeres musulmanas, cuyos motivos privados y ocultos se nos aparecen nítidos y transparentes —la sumisión a ideas religiosas que las degradan— y a las que privamos completamente de la posibilidad que sí tenemos el resto de mujeres de resignificar los símbolos religiosos. Prohibir el velo en las escuelas y no las cadenas, los pendientes de cruces, o los maquillajes de emos con los que todas y todos vamos disfrazadas implica algo que ningún Estado de derecho puede permitirse hacer: pretender conocer los motivos de los individuos y legislar en base a ellos. El artículo de Santiago Alba Rico, “El burkini y el derrumbe de Europa” lo expresaba con estas palabras: “desde un punto de vista institucional, en una democracia no debe importarnos —y debemos imponernos esta indiferencia— por qué una mujer se pone o se quita la ropa; tanto si detrás está el mercado y su “libertinaje” patriarcal como si quien empuja es la religión y su patriarcado represivo, allí donde no hay violencia explícita debemos aceptar el velo y el desvelo como expresiones igualmente libres de la voluntad individual”. La cuestión de la famosa “resignificación del velo” remite a que los objetos no son siempre una cosa igual a sí misma, es decir, no acaban nunca de ser objetos sin el contexto y entramado social que les da su significado. No es lo mismo llevar velo en Teherán que llevarlo en París, como por cierto no es lo mismo reivindicar poder tener una Barbie en Francia que en Irán, donde ha sido prohibida por inmoral. Las mujeres musulmanas —como nosotras, las occidentales— tienen ante sí un contexto de posibles resignificaciones de sus símbolos tradicionales y sus objetos culturales, y ese margen se abre justamente allí donde el velo no es impuesto por ley y por lo tanto comienza a poder ser más un símbolo cultural y estético que religioso, cosa que ocurre tanto en algunos países árabes como en Europa. Creo que ningún feminismo que quepa defender puede ser paternalista pero, además, creo que ningún


UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR feminismo que pretenda ser hegemónico puede tener éxito en su tarea de conquistar el sentido común sin ser consciente de la performatividad como escenario de juego político y, por tanto, del carácter disputable de los significados. El feminismo árabe parece ser más consciente de ese juego de resignificaciones que se abre para las mujeres que ese feminismo europeo que a menudo hace asimilaciones tramposas entre el velo y el burka o incluso la ablación de clítoris. No es lo mismo un velo que un burka, y de hecho ambos objetos no tienen nada que ver en cuanto a las posibilidades que ofrecen para ser resignificados. Un pedazo de tela, como demuestra la pluralidad de modas y costumbres, alberga la posibilidad de significar muchas cosas. Una vestimenta que cubre el rostro de una persona es difícilmente maleable y resignificable, por no decir que imposible de convertir en otra cosa que no sea una agresión incompatible con la ciudadanía. El burka es un objeto que debe ser prohibido, y no por cuestiones de “seguridad”, como a veces se argumenta, sino por motivos de publicidad, porque ningún ciudadano puede serlo sin “dar la cara” y mostrarse ante los demás. La cuestión del velo, y de las posibles resignificaciones de objetos originariamente religiosos, pone sobre la mesa una cuestión política fundamental que a veces la izquierda y el feminismo olvidan. Es un rasgo del izquierdismo el juzgar las cosas por sus orígenes en lugar de por sus efectos. Ocurre cuando nos negamos a considerar la capacidad transformadora que tiene Beyoncé al reivindicar la palabra “feminismo” por el simple hecho de que detrás esté la industria musical y el ánimo de lucro, ocurre cuando no vemos más que retrocesos cuando una marca de ropa como Zara o H&M vende camisetas con el lema “I am feminist” porque son fruto de la explotación laboral, ocurre cuando negamos la posibilidad de que los tacones sean una herramienta de empoderamiento de las mujeres porque su origen es patriarcal, y ocurre cada vez que vemos en el velo nada más que un objeto cuyo origen y razón de ser es religioso y patriarcal. Las cosas, independientemente de su origen impuro y enemigo, tienen efectos, y son esos efectos los que deben importarnos a la hora de medir las posibilidades de emancipación si queremos tener una visión política con capacidad de transformar la realidad. En el debate feminista creo que conviene pensar el problema del velo junto a otras cuestiones hermanas. Porque

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el velo remite, al final, al problema fundamental y más difícil que hay que enfrentar en el feminismo: qué entendemos como una elección libre de las mujeres y qué tipo de cosas podemos considerar libremente escogidas por nosotras mismas. Es más que razonable defender que no vivimos aun en un mundo que garantice que si las mujeres llevan velo es simplemente “porque quieren”, pero eso en modo alguno es una situación en la que se encuentren solamente las mujeres musulmanas. ¿Puede la maternidad a la que nuestra sociedad nos conduce desde pequeñas ser una elección libre? ¿Somos las mujeres esclavas de una estética opresora cuando queremos vernos bellas y seguimos los cánones vigentes? ¿Podemos hacer feminismo subidas a unos tacones y enfundadas en una minifalda? ¿Somos esclavas del patriarcado cuando nuestros deseos sexuales coinciden con la normatividad en la que hemos sido educadas? Lo primero para garantizar el laicismo es que ni se prohíban ni se impongan por ley las costumbres. Allí donde no hay imposiciones legales para llevar velo, como allí donde hemos dejado atrás la obligación de ir con falda y no con pantalones, o como allí donde no existan leyes que obliguen a las mujeres a la maternidad, o que impongan los tacones por obligación, no nos queda más remedio que considerar la posibilidad —y tomárnosla muy en serio— de que las mujeres, por motivos múltiples pero en cualquier caso imposibles de conocer, elijan llevar tacones, minifaldas o velo, elijan ser madres o elijan disfrutar de un rol sexual pasivo en la cama. Pero para que ese laicismo sea además republicano hace falta algo más. Las feministas sabemos que, al margen de las leyes, en la sociedad sigue habiendo mecanismos del poder e inercias fuertes que hace falta contrarrestar, y vaya si las hay. Aunque no haya leyes hay obligaciones sociales. Algunas mujeres reciben desde pequeñas el mensaje de que no llevar velo es impúdico y vergonzoso, otras recibimos el mensaje de que la desnudez es el modo de probar la belleza, y de que esa belleza es nuestra única manera de ser y existir en la sociedad. Casi todas recibimos el mensaje de que para ser verdaderas y completas mujeres tenemos que ser madres y a muchas nos ponen un carrito y un bebé de plástico en los brazos a los seis años. La gran mayoría de nosotras somos sexualizadas en una cultura que nos enseña, a la vez, a ser pasivas en las relaciones sexuales.


UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR Considero que el republicanismo es ese proyecto político que no sólo entiende que el Estado y la ley no deben violentar e interferir a través de imposiciones, obligaciones o prohibiciones —llevar velo por ley o no poder usarlo por estar prohibido por la ley—, sino que entiende que al Estado le compete contrarrestar con instituciones esos poderes que existen en la sociedad. Son instituciones republicanas la escuela pública, el acceso a la cultura como derecho o la independencia civil. Y por eso, además de que por respeto al laicismo tengamos que defender que las leyes no deben ni prohibir ni imponer el velo, lo que un Estado republicano debe garantizar es que las mujeres, por ejemplo las musulmanas francesas, puedan acceder a la educación pública o encontrar su espacio en el mercado de trabajo y, por lo tanto, alcanzar la independencia económica. Mientras Francia, o cualquier país europeo prohíba burkinis y fomente la islamofobia en lugar de cumplir con su tarea de garantizar el acceso de las mujeres a la cultura, el trabajo o la educación estará, no solo traicionando el laicismo, sino socavando las condiciones por las que podemos decir que una mujer elige libremente llevar velo o minifalda, elige ser madre o no serlo. Creo que el feminismo avanza en la clarificación del embrollo del velo cuando renuncia a toda voluntad de descifrar si hay voluntad libre de las mujeres en función del contenido de su elección. No debe importarnos si elegimos una cosa u otra —llevar velo o no llevarlo—, sino en qué condiciones elegimos. No podemos decir que las mujeres sean más libres por llevar tacones en lugar de velo o por no llevar tacones en vez de llevarlos, pero sí podemos decir que las mujeres son más libres cuando llevan tacones o velos en un Estado que no solamente no les obliga ni les prohíbe su opción, sino que les da herramientas para ser ciudadanas independientes de las inercias sociales, los prejuicios y los mecanismos de poder que existen en la sociedad. Esa es la exigencia que todas las feministas, europeas y musulmanas, tenemos que reivindicar juntas: un Estado de derecho laico y republicano que nos dé acceso a la independencia y, a la vez, nos reconozca plenamente como ciudadanas.

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Desigualdad de género y efectos sobre la salud: lo personal es político

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as desigualdades en salud existen, y hunden sus raíces en los denominados determinantes sociales. Etnia, edad, nivel de renta, nivel educativo, localización geográfica y género son los grandes ejes en torno a los cuales se configuran las desigualdades sociales en salud. Una vez atravesado el tiempo electoral que precisaba de una velocidad y una acción máximas, entramos en un momento de reflexión, de la difícil tarea del pensar, para ir tejiendo el hacer político de Podemos, tanto dentro como fuera de las instituciones. La subjetividad de la época es una pieza clave en esta nueva tarea, y desde esta perspectiva en el área de Salud/Sanidad vamos a reflexionar sobre el efecto de las desigualdades en Salud, que afecta, siguiendo la posición histórica de nuestro país en materia de políticas de igualdad, más a las mujeres.

El mapa y el territorio: cómo influye el género en las desigualdades en salud Los mecanismos por los cuales el género influye en la salud son múltiples y su análisis pormenorizado excede los objetivos de este artículo, pero sí creemos necesario hacer algunas puntualizaciones que sirvan como base para la elaboración de las propuestas:

Por Javier Padilla

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UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR • Las mujeres tienen una esperanza de vida mayor que la de los hombres en casi todos los países del mundo, pero durante la vida pasan mucho más tiempo enfermas o con alguna discapacidad. Según datos de 2014, en España a los 65 años los hombres tienen 10,1 años de esperanza de vida en buena salud mientras que las mujeres tienen tan solo 9,4 años, a pesar de su mayor esperanza de vida total. • De forma constante, las mujeres dedican más tiempo a las tareas del hogar (con independencia de que además desempeñen un trabajo fuera de casa) y a los cuidados que los hombres. • La situación de las mujeres en diferentes ámbitos relacionados con los determinantes sociales de salud (las condiciones sociales que determinan el enfermar y el estado de salud) son peores que las de los hombres; ese es el caso de las condiciones de trabajo, donde presentan unas cifras mayores de desempleo, mayores tasas de temporalidad laboral y de inseguridad laboral así como menor salario promedio.

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• Más allá de los determinantes no sanitarios de salud, se han observado diferencias en la atención clínica entre mujeres y hombres, desde la presentación de los síntomas (curiosamente –o no– la presentación típica del infarto agudo de miocardio en las mujeres es lo que se denomina «sintomatología atípica», pues se considera típica la presentación normal en los hombres) hasta las pruebas que se piden o los tratamientos que se implantan. El caso en el que más estudiado está este tema es el de la patología cardiovascular. • Las diferencias en resultados en salud entre mujeres y hombres no hallan justificación en las diferencias genéticas entre ambos, sino que deben analizarse según los roles que desempeñan de forma diferencial en los diferentes ámbitos de la sociedad. Sin embargo, los enfoques de género desde las políticas de salud suelen basarse en enfatizar el diagnóstico precoz y la asistencia correcta de las enfermedades propias de mujeres (cáncer de mama, problemas en el ámbito ginecológico,…) sin abordar las causas que generan dichos problemas.


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La interseccionalidad como punto clave Uno de los aspectos claves cuando se estudia el estado de salud de la población es la denominada salud percibida, esto es, la percepción que tiene la población acerca de su estado de salud. Las mujeres perciben que tienen peor salud que los hombres de forma general, pero esto es más notable aún cuando añadimos la clase social a este análisis. Si analizamos la salud percibida en la población de mediana edad en España, según los datos de la Encuesta Nacional de Salud 2011-2012, el 87,5% de los hombres de clase social alta (clase I) dice tener buena o muy buena salud, frente al 85,7% de las mujeres; sin embargo, en la clase social más baja (clase VI) el 76,1% de los hombres dice tener buena o muy buena salud mientras que tan solo lo hace el 62,4% de las mujeres. Este incremento de la brecha en percepción de salud se va haciendo más grande según transitamos por la escala social: 0,3 puntos en la clase I, 8,9 puntos en la clase II, 6,1 puntos en la clase III, 7,1 puntos en la clase IV, 7,6 puntos en la clase V y los ya comentados 13,7 puntos en la clase social VI. Podríamos pensar que esto es algo que ocurre en las mujeres de mediana edad por la estructura patriarcal de distribución de los cuidados y segmentación del mercado de trabajo que determina que tengan un mayor riesgo de padecer dobles jornadas de trabajo (fuera y dentro de casa), sin embargo, existen estudios como el publicado en 2011 en la revista BMC Public Health con adolescentes, donde se encuentran afirmaciones como esta: «Existe una clara diferencia de género: entre dos y tres veces más chicas que chicos mostraron quejas subjetivas de salud tales como dolor de cabeza, cansancio, trastornos del sueño o dolor músculo-esquelético, así como tristeza y ansiedad. (...) El estrés percibido debido a presión y exigencias -por parte de la escuelase correlacionó de forma intensa con quejas de salud y ansiedad». En resumen, el género es un eje fundamental de desigualdad en salud y esas desigualdades están sujetas a incrementarse de forma notable en aquellos casos en los que coexistan otros ejes de desigualdad (clase social, etnia, edad…), de modo que los abordajes sectorizados centrados solo en la interacción entre género y enfermedad están abocados al fracaso si no se actúa en el andamiaje social que sustenta estas desigualdades.

La mirada amplia para diseñar políticas efectivas y justas Las desigualdades sociales en salud nos ponen ante el reto de aplicar el principio de salud en todas las políticas con una mirada

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UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR que trascienda lo sanitario para mejorar la salud; esto supone no solo un reto en el diseño de dichas políticas, sino también en la comunicación hacia una ciudadanía que lleva años expuesta a discursos productivistas en el ámbito de la sanidad y de total desprecio a las relaciones entre la salud y sus determinantes sociales. La Organización Mundial de la Salud fija tres ejes fundamentales para actuar políticamente sobre las desigualdades sociales en salud: 1. Mejorar las condiciones de vida. 2. Luchar contra la distribución desigual del poder.

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3. Medir la magnitud del problema. En lo relacionado con el género, esto supone, básicamente, actuar para destejer los mecanismos sociales que hacen que la mujer se encuentre en desventaja en la generalidad de los determinantes sociales de salud, y hacerlo mejorando sus condiciones de vida y las asimetrías de poder que la sitúan en una situación de perjuicio, especialmente en el ámbito de lo laboral y lo económico, evaluando las políticas que se apliquen para saber si caminamos por buen camino. Para mirar a las propuestas que se pueden plantear desde una organización como Podemos, vamos a mencionar algunas medidas presentes tanto en los programas electorales como en el discurso construido en estos años, estructurándolas en torno a tres aspectos que nos parecen fundamentales e icónicos en el abordaje de las desigualdades de género en el ámbito de la salud (hemos de reseñar que se trata de tres ámbitos estrechamente relacionados y para nada excluyentes): 1. Abordaje de la estructura de género del ámbito de los cuidados, profesionalización de los mismos y reconocimiento de su rol en la estructura socioeconómica de nuestro país. a. Igualar los permisos por nacimiento y adopción, pagados al 100%, para todas las personas progenitoras, sin importar su sexo, orientación sexual o tipo de familia, en consonancia con el objetivo de igualdad y corresponsabilidad en los cuidados. b. Implantar medidas legales y presupuestarias que


UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR desarrollen las actividades relacionadas con la economía de los cuidados, aumentando la financiación de los municipios, en el marco de un plan municipalista del que forme parte prioritaria la recuperación de los servicios sociales municipales, y recuperando la Red de Atención Social Municipal, orientada a la lucha contra las situaciones de pobreza severa y de exclusión social. c. Reactivar la Ley de Dependencia, y garantizar la prestación profesional de cuidados a personas mayores, enfermas o con algún tipo de diversidad funcional. 2. Reducción de las desigualdades generadas por la estratificación del trabajo por género. a. Impulsar la normativa por la cual las empresas que establezcan una relación contractual o de prestación de servicios con la Administración deban cumplir criterios de igualdad de género en materia de salarios, un porcentaje paritario de mujeres y hombres con contratos temporales y a tiempo parcial, y un porcentaje paritario de mujeres y hombres en cada escala profesional de la empresa. b. Incorporar indicadores de género a los sistemas de seguimiento y evaluación de servicios y recursos autonómicos de formación y empleo, de modo que permitan valorar los resultados obtenidos y su impacto en términos de género, y, en su caso, el diseño e incorporación de medidas correctoras. c. c. Incrementar la dotación presupuestaria de los planes de empleo destinados a mujeres. Estudiar y potenciar fórmulas de creación de puestos de trabajo para los sectores femeninos más desfavorecidos, especialmente para víctimas de la violencia machista, desempleadas de larga duración, inmigrantes y mujeres en situación de exclusión social. 3. Mejora de la asistencia sociosanitaria a los problemas diferenciales de la salud de la mujer, especialmente en el ámbito de la violencia de género y de la atención a los padecimientos denominados «del ámbito del malestar». a. A este respecto es necesario dirigir la mirada hacia la propuesta realizada recientemente por el Fòrum Català

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UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR d’Atenció Primària en su documento sobre «Atención a las personas con malestar emocional», aspecto íntimamente relacionado con el abordaje de género desde los servicios sanitarios. b. Impulsar la prescripción social, incluir el modelo salutogénico dentro de los ejes fundamentales de acción de las estrategias de promoción de la salud o desarrollar diversas formas de apoyo psicológico estructurado dentro del sistema sanitario, sin socializar lo médico ni medicalizar lo social, son aspectos fundamentales dentro de este ámbito. c. Garantizar una alternativa habitacional para las víctimas de violencia de género y priorizar su condición a la hora de percibir prestaciones que ayuden a la mejora de sus condiciones de vida. En conclusión, las acciones encaminadas a reducir las desigualdades sociales en salud han de ser multifocales tanto en su análisis como en su diseño e implementación, evaluables y comunicables a la población. Si no aceptamos que el género es un eje principal de desigualdad en salud, no conseguiremos una igualdad real en ámbitos que vayan más allá de la salud.

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La Universidad que queremos 148

Por Fernando Broncano y Juan Manuel Zaragoza

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ara entender el momento que vive la Universidad actualmente en España y en el mundo hay que recordar la figura de Margaret Thatcher. Contaba The Telegraph en el obituario de la Dama de Hierro que su experiencia en Oxford había sido un tanto decepcionante, debido, al parecer, a que “sentía que las universidades eran complacientes porque estaban sobreprotegidas del mercado”. Quizá sea leyenda, pero lo cierto es que la lógica de los gobiernos de Thatcher en educación superior fue desprotegerla frente al mercado. Se promocionó una nueva oportunidad de negocio, definida por el Acuerdo de Libre Comercio de Servicios (GATS) como “servicios de educación”. Se emprendió para ello una profunda reforma del sistema, apoyada por la OCDE y el FMI, que entrañaba transformar la idea misma de qué es educar y qué es crear y transmitir conocimiento. El cambio se orientó en la sola dirección de la competitividad como si la educación fuese un deporte: que compitan entre sí los estudiantes, los profesores, los investigadores, los miembros del personal de gestión, las universidades. Los puntos ciegos del modelo y las perversiones que produce exigirían un cuidadoso análisis más allá de los objetivos de este artículo, pero cabe decir que está llevando a una corrupción del ideal de conocimiento y educación superior como bienes comunes.


UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR En España, este horizonte darwiniano se ofrece como supuesta solución a las características peculiares del sistema universitario del país: la Universidad española padece de una colosal burocratización al tiempo que comparte las peores consecuencias del modelo neoliberal (la competencia por los recursos) sin ninguna de sus ventajas (la mayor flexibilidad para gestionar esos recursos, por ejemplo); conserva, además, algunos resabios de la Universidad franquista como la permanencia de grupos privilegiados y camarillas a veces casi feudales. Pero no hay que resignarse a este destino, no hay que aceptar la Universidad que se ofrece ni tolerar la que se tiene. Es el momento de pensar la Universidad que queremos. Y la Universidad que nosotros queremos se explica, también, con una única palabra: colaboración.

Los compromisos de la Universidad Si el conocimiento es un bien público, la Universidad es su principal creadora y distribuidora en el marco del sistema de investigación. Cumple distintas funciones sin reducirse a cualquiera de ellas: en las universidades se forman los expertos, aunque esto no la convierte en una institución de formación profesional superior. En las universidades se forman los investigadores, científicos, ingenieros y humanistas, pero no es sólo una escuela de investigación científica. La Universidad es todo eso, y más, precisamente por su compromiso educativo. No es una lonja habitada por clientes, sino por estudiantes que buscan experimentar intelectual y vitalmente en un espacio que les proporcione libertad, pero también guía y apoyo. Pues la Universidad también forma ciudadanos críticos, instruidos y con capacidad de juicio. La Universidad es todo eso, y más, precisamente por su compromiso investigador. Como productora de conocimiento empuja constantemente las fronteras del saber, planteando nuevos retos y soluciones a los problemas de las sociedades avanzadas. Al trasladar este conocimiento de frontera a la sociedad, a través del ejercicio docente y la extensión universitaria, está creando ciudadanos comprometidos con el futuro de sus comunidades, atentos a la novedad, abiertos al conocimiento. Es por eso que no queremos renunciar a estos ideales y sustituirlos por una universidad-empresa que abandone lo que se llamaban artes liberales o las ciencias básicas, para esforzarse por escalar unos rankings que no miden nada más que su propia capacidad de competir en un mercado.

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UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR La Universidad que queremos no compite, colabora con el resto de miembros de la sociedad para crear un futuro mejor y más justo.

Hacia una Universidad cooperante

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Queremos dirigir las transformaciones universitarias hacia un modelo más cooperativo, basado en el apoyo y en la construcción colectiva de potencial cognitivo y de capacidades sociales. Lograr una Universidad cooperante, una Universidad orientada más allá de la lógica del beneficio implica intervenir, entre otros, en las siguientes esferas: Investigar: La imagen del científico solitario que descubre una verdad última sobre la vida y la del humanista en las oscuras profundidades de una biblioteca son, pese a su éxito público, manifiestamente falsas. La búsqueda del conocimiento nunca ha sido tarea solitaria, sino parte de una empresa común en la que la colaboración resulta fundamental: compartir resultados y conocimientos, ese es el común denominador de las ciencias modernas (también sociales y humanas). La Universidad que queremos fomenta la cultura en equipo, así como los proyectos que requieren cooperación entre distintos actores –facultades, departamentos, investigadores–, y rompe las fronteras entre disciplinas para incentivar a los equipos de investigación transdisciplinares que busquen iluminar los problemas desde todos los puntos de vista posible. Enseñar/aprender: En el imaginario popular, la Universidad está asociada a la figura del profesor en su tarima hablando ante unos alumnos pasivos. Esta forma de enseñar, basada en la autoridad y los discursos unidireccionales, se derrumba en el nuevo espacio educativo de la sociedad de la información. La autoridad se distribuye, y en el contexto docente todos podemos ser maestros y alumnos a un tiempo. La Universidad que queremos es una institución que experimente, que sea capaz de convertirse en un lugar donde alumnos y profesores colaboren para construir conocimiento, pues ya no es el único espacio para ello. Una Universidad donde haya un verdadero equipo docente, que colabore en señalar objetivos y en conseguirlos. Gestionar/Evaluar: La gestión eficiente de los recursos públicos y la evaluación de los resultados obtenidos son elementos fundamentales de los sistemas democráticos. Sin embargo, la Universidad burocratizada que sufrimos ha convertido estos procesos en una auténtica ordalía en la que se debe demostrar la inocencia del investigador, del que siempre se sospecha, desde la redacción del


UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR currículo a la gestión de los proyectos. La Universidad que queremos entiende la evaluación como un proceso constructivo, en el que todas las partes implicadas colaboran para conseguir un sistema de calidad. No se trata de comparar y medir, sino de ver qué se ha logrado, qué puede hacerse y qué no para mejorar. Un proceso cooperativo, positivo y creativo, basado en la negociación, la ayuda y la definición mutua de objetivos. Cooperación interuniversitaria: El mercado de la educación exige que las universidades compitan como si fuesen equipos de fútbol: fichando estrellas, subiendo precios, convirtiéndose en instituciones mediáticas. La Universidad que queremos se integra en red con otras universidades, cooperando, creando títulos comunes y compartiendo medios, investigadores, alumnos y objetivos estratégicos, generando un sistema entrelazado de enseñanza, investigación e innovación. No se compite, sino que se comparten recursos para que lo que antes sumaba, ahora multiplique. Cooperación con la sociedad: En la carrera por situarse en los rankings globales, las universidades se olvidan de sus entornos inmediatos, como si fuesen empresas deslocalizadas. La Universidad que queremos crea un tejido sin costuras entre las potencialidades de la Universidad y las necesidades de la sociedad, que esté en permanente flujo de conocimientos y proyectos, que haga de la Universidad un reservorio de las capacidades de la sociedad. La Universidad que queremos se convierte así en un instrumento de justicia en la distribución de oportunidades, tanto en el territorio del país como en la cooperación internacional.

Conclusiones Hay que frenar este tren sin conductor que lleva a descarrilar a la Universidad, a convertirla en una empresa más al servicio de intereses privados. Se nos intenta convencer de que esa es la única alternativa posible, de que renunciar a esta reconversión nos convierte en inmovilistas, en conservadores de un presente que no puede ser salvado. Nada más lejos de la verdad. Frente al supuesto destino único está nuestra capacidad de imaginar otras universidades. Imaginamos una Universidad orientada hacia un sistema público de creación, encuentro y distribución de conocimiento y capacidades, de formación de profesionales y de personas, que contribuya a crear un estilo de vida cooperativo y a sostener una sociedad democrática, autocrítica y abierta a un mundo sin fronteras. Esta es la Universidad que queremos.

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Por qué una política de memoria 152

Por Pablo Sánchez León

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ace veinte años la memoria no estaba en la agenda de ningún actor político. Ahora, en cambio, forma parte de la rutina informativa de los medios hasta el punto de que puede decirse que se ha normalizado en la cultura política de la democracia posfranquista. Habrá quien concluya que el tema no reclama entonces ya una política pública, y será fácil recordarle que lo logrado se debe a la incesante y permeadora actividad social, cultural y de reivindicación política que la memoria ha suscitado a lo largo de todo ese tiempo. Y que toda esa actividad sigue amenazada de perder lo poco logrado en cuanto a políticas específicas. No hay en realidad por qué elegir entre estas opciones, el debate así está mal planteado. Las dos son visiones incompletas. Ambas pierden de vista que la llamada “recuperación de la memoria” ha dejado de ser una demanda que se satisface con una oferta ad hoc de políticas. No es ya asunto de minorías activas; no es, en fin, un “movimiento social”. O no solo. Tampoco es una reclamación concreta que afecta al gasto público: no es un problema emergente al que hay que dar solución puntual; o no solo ni en primer término. Lo que está sucediendo ante nuestros ojos es una


UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR transformación de la concepción de la ciudadanía, de lo que implica ser ciudadano, su contenido sustantivo, al margen y por encima del reconocimiento que se reciba en forma de derechos, en materia de servicios, de capacidad para hacer cosas en libertad o de acceder al bienestar colectivo. En materia de políticas públicas. No somos ciudadanos solos en el espacio, el aquí, que nos llama a reconocernos en otros ciudadanos amenazados, desprotegidos, desplazados, privados de reconocimiento, desprovistos de derechos o de los medios para ejercerlos. Gentes maltratadas o postergadas de otros países del mundo globalizado, o del nuestro. A esto lo hemos llamado solidaridad, y presupone la sensibilidad hacia los que no gozan del estatus que nosotros tenemos y al que legítimamente pueden aspirar. Esta solidaridad geo-social se cultiva por medio del activismo no-gubernamental, el voluntariado, la cooperación ajena al mercado, e incluye la movilización política y la reclamación al Estado de una amplia gama de intervenciones políticas. Pero resulta que también somos ciudadanos en el tiempo, en el ahora, y eso nos llama a reconocernos en otros antecesores ciudadanos amenazados, desprotegidos, desplazados, privados de reconocimiento, desprovistos de derechos o de los medios para ejercerlos. A esto también cabe llamarlo solidaridad, y presupone la sensibilidad hacia quienes no pudieron gozar del estatus que nosotros tenemos y al que legítimamente aspiraban. Esta solidaridad intertemporal se cultiva por medio del activismo de la memoria, que también es no-gubernamental y ajeno al mercado, y que asimismo incluye la movilización política: es solo que en este caso la amplia gama de intervenciones políticas necesarias encuentra resistencias por parte del Estado y entre sectores de la opinión pública. Esto se debe en parte a que es un fenómeno mucho más reciente, pero sobre todo a que afecta a las bases de la democracia que hemos heredado, por lo que su reconocimiento social y sobre todo institucional es aún infinitamente menor respecto al de la solidaridad geo-social o espacial. Mientras se luchaba por lograr la condición ciudadana misma, la solidaridad intertemporal pasó a un segundo plano. Ahora que nuestros derechos se ven amenazados ha recuperado, sin embargo, protagonismo. Porque esos derechos no están ahí por evolución natural de la sociedad; tampoco son el fruto de ninguna superioridad cultural de una nación o una civilización. Nuestros derechos son lo que otros ciudadanos y súbditos que aspiraban

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a ser ciudadanos lograron en sus azarosas luchas por superar la desigualdad y la arbitrariedad, la injusticia y la tiranía, y hacer el mundo digno por la autogestión y el autogobierno. Descubrimos el valor de esa otra solidaridad de corte temporal al caer en la cuenta de que nuestras luchas de hoy son por preservar lo que nos transmitieron otros con las suyas. También al ser conscientes de que puede que nadie de al lado venga a ofrecernos su solidaridad. La memoria histórica es la conciencia de que en ese caso no tenemos por qué condenarnos de antemano a la soledad en nuestras encrucijadas: ha habido un antes, y unas gentes antes, de manera que podemos esperar que haya un después, y que nosotros podamos transmitir también nuestra experiencia. Se trata de entender que disfrutar de la compañía y el aliento de quienes nos precedieron pasa por otorgarles antes nuestra solidaridad, dándoles reconocimiento. A ellos en sus luchas y encrucijadas. Que están lejos de haber sido derrotas. O solo derrotas. Lo primero por lo que es saludable la memoria histórica es porque sirve para acabar con el derrotismo. No con los dramas, sin embargo. El coste de la modernización ha sido muy elevado: se ha cobrado muchas vidas que eran innecesarias, no solo por arrasar con tradiciones y formas de vida colectiva sino por hacerlo de manera autoritaria, excluyente, salvaje, sin considerar el coste social y cultural, en ocasiones exterminista. La historia del capitalismo es una secuencia de destrucciones de organismos de solidaridad colectiva, de auto-organización social. Pero contra ella no ha habido solo resistencia ni el resultado ha sido la derrota: también ha habido, en cada contexto anterior al nuestro, un esfuerzo social titánico y normalmente exitoso por reconstruir los organismos grupales tras el diluvio de cada etapa de euforia especuladora y cada etapa de represión arbitraria. Por recomponer la fraternidad entre los sojuzgados y explotados, la “solidaridad orgánica” que decía Durkheim. El liberalismo es la ideología de la destrucción de las comunidades e instancias que permiten a los ciudadanos verse como algo más que individuos autosuficientes; el autoritarismo es la praxis de la contención de nuevas comunidades e instancias que permiten a los ciudadanos operar como sujetos colectivos capaces de auto-determinarse. La interacción de estas dos lógicas no ha sido lineal, sino que está tramada por altibajos que han permitido y permiten la recomposición de lo social. Hasta la creación del Estado del bienestar, el ciclo histórico de la solidaridad consistió en recomponer los organismos sociales


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tras la destrucción de los antiguos gremios que permitían a los trabajadores preservar su personalidad ante el poder político y su dignidad frente al mercado. En los intersticios de la sociedad capitalista del liberalismo surgieron los sindicatos, los colegios profesionales, las entidades sin ánimo de lucro, la malla de organizaciones que sustentan y conceden densidad a la sociedad civil. Toda esa red de intercambios espaciales aseguraron, después de una lucha por la supervivencia en los años treinta del siglo pasado, el funcionamiento de la democracia industrial, la provisión de servicios, las políticas de igualación y movilidad. Es contra todo eso, lo sabemos, contra lo que ha ido el neoliberalismo desde hace varias décadas, antes del nuevo milenio. Y la única lucha que se puede plantear desde ahí es de resistencia. Derrotar al neoliberalismo reclama nuevos recursos, otras armas distintas para las que no está preparado, y contra las que no va a poder reaccionar de momento. La principal es construir entre todos y socializar una percepción de quienes somos que supere nuestro ciclo biológico individual, y las muchas vidas breves que se pueden llegar a vivir por los vaivenes de los ciclos económicos y políticos. Los derechos los queremos hoy pero son para los bisnietos de nuestros hijos; también el bienestar que debe acompañarlos. La naturaleza que hoy nos acoge la tenemos en préstamo para que la disfruten en el siglo XXII. Por eso es por lo que hemos de movilizarnos hoy. Nada de esto puede urdirse sin la conciencia previa de que también nosotros somos herederos y herederas, legatarios de lo que hicieron otros y otras antes de nosotros. No solo herederos de nuestros antepasados biológicos, sino de otros desconocidos que luchaban por recibir reconocimiento como ciudadanos, por obtener derechos. Individuos que confraternizaron unos con otros y se conjuraron para acabar con las desigualdades extremas, los poderes arbitrarios, las convenciones culturales y fueron aplastados para mayor gloria de la modernización y sus mecanismos autoritarios. Ellos y sus mundos, sus culturas. El siglo XX ha sido el tiempo de la solidaridad entre pueblos, la alianza entre países, el entendimiento entre culturas. La solidaridad en el espacio, en el globo. Lo mejor del siglo que acabó estuvo ahí, en la vinculación entre sí de los más, de los iguales, de los postergados, los soñadores. El siglo XXI va a ser el de la solidaridad en el tiempo, el compromiso con los descendientes, los que heredarán la tierra, pero igualmente será el


UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR siglo de la vinculación perdida con los ancestros, los personales pero asimismo los olvidados, los exterminados en el pasado. Lo mejor del siglo estará ahí, en el compromiso con la transmisión hacia el futuro, la conciencia de la alineación intertemporal frente a la “alienación” geo-social, el entendimiento de la sostenibilidad dinámica de las comunidades. La mirada es hacia el futuro pero, por paradójico que parezca, esta arranca de la sensibilidad hacia el pasado. Esa sensibilidad se cultiva con la memoria. Una política de memoria se justifica porque es el mejor antídoto contra la percepción del tiempo que acompaña la retórica del neoliberalismo. El neoliberalismo es una ideología que se funda en la finitud radical del sujeto económico: no aspira al máximo beneficio, sino al beneficio máximo en el tiempo más breve; y sin tener en cuenta otros costes y externalidades que los que se puedan evaluar en el muy corto plazo. Por eso trata por todos los medios de destruir las instituciones y organizaciones que con su perduración expresan la viabilidad de otras percepciones del tiempo de plazo más largo, que a su vez permiten otros cursos de acción económica alternativos, de inversión, de tasas de beneficio. Otras formas de vida, otras maneras de organización política y social, incluso alternativas a la explotación del hombre por el hombre. Al capitalismo salvaje se le derrota con imaginación del largo plazo, empezando por concebir el tiempo más allá de nuestras vidas concretas, del ciclo vital del consumidor obsesionado con vivir el momento, con invertir en el ascenso social personal y de su familia, con conservar el estatus. Ahora bien, esa imaginación tampoco puede ser ya entregada al Estado como se hizo en el pasado, porque este termina poniéndola al servicio de su propia preservación a costa de todos: ha de quedar instituida en la sociedad, reapropiada por los ciudadanos, hecha nuestra. No solo necesitamos un mundo sostenible tanto a nivel ecológico como económico, también necesitamos una ciudadanía sostenible, y esta comporta una percepción intertemporal de los derechos y las obligaciones. Pero no por parte del Estado, sino de los ciudadanos. Toda esta imaginación sobre el tiempo que nos une, del pasado al futuro, necesita un espacio institucional, y ese es el de la memoria histórica. La política que se necesita no es pues la simple implicación del Estado a través del gasto, sino la implicación estatal en la configuración del espacio ciudadano de la memoria, al que contribuyen los esfuerzos de

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las organizaciones de la memoria, los expertos y especialistas y, cómo no, los ciudadanos. Solo así se garantiza equiparar la solidaridad intertemporal a la geo-social. O incluso ponerla por delante. Pero más allá de este planteamiento general, el caso de España es específico por la singularidad de su siglo XX. Las matanzas de ciudadanos que defendían las libertades no fueron aquí desde 1936 en adelante propias de una guerra civil, sino de otras lógicas de exterminio radical de todo lo que encarnase o representase la modernidad. Los costes de la modernización española son por tanto muy elevados de partida. Además, solo aquí las luchas por la libertad, la igualdad y la justicia se equipararon con las de los contrarios a la ciudadanía y a los valores de la modernidad. Esto fue así debido a que la supresión de las libertades ciudadanas desde la década de 1940 perduró más allá de una generación, de manera que la transmisión biológica natural de la memoria se bloqueó: el régimen franquista pudo así destruir más extensa e intensamente las tradiciones populares y organismos colectivos al paso de una modernización impuesta con un discurso anti-moderno. Por su parte, quienes se beneficiaron del fin de la dictadura estaban socializados en esa cultura de la equiparación entre formas de violencia, en la confusión entre luchadores por la emancipación y destructores de la ciudadanía, que establecieron como orden natural con la llegada de la democracia posfranquista. Pero lo más singular de este panorama es a su vez la perduración del discurso de la equiparación desde hace décadas. Este da significado a todo un régimen de excepción en relación con la memoria que ha impedido hasta hace muy poco el desarrollo de la solidaridad intertemporal. Lo interesante es que todo esto ha hecho que los pueblos de España sean pioneros en la movilización por la memoria, y que lo que empezó siendo un movimiento social haya pasado a integrarse como un rasgo de la identidad ciudadana mayoritaria: la falta de reconocimiento institucional de las demandas de la memoria ha tenido este efecto anticipador de tendencias que se desarrollan a escala mundial. Esta falta de reconocimiento produce en el corto plazo y en la superficie una permanente postergación de reclamos de justicia ampliamente compartidos; también favorece discursos contrarios a la definición de políticas públicas. En el fondo y a medio plazo, sin embargo, lo que está logrando es la concentración alrededor del tema de la memoria de todas las cuestiones, simbólicas y no


UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR simbólicas, que rodean la crisis de la democracia posfranquista: sus entramados heredados de corrupción y excepcionalidad instituida, sus dobles raseros de justicia, sus lógicas oligárquicas y de impunidad. Todo eso juega en la batalla por la memoria y se juega en la batalla por la memoria. Por ello es hora de cambiar el marco de aproximación institucional a todo este asunto que ya es central a la condición de ciudadano del siglo XXI.

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La crisis sin resolver del Régimen del 78 abre el debate acerca de la transformación institucional necesaria: qué modelo territorial, qué cambio constitucional o qué procesos constituyentes pero, también, qué nuevas formas de participación ciudadana y de gramáticas democráticas.

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V Crisis de régimen y nueva institucionalidad

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Democracia, soberanías y plurinacionalidad 162

Por Xavier Domènech,

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n mi intervención en el debate de investidura de Mariano Rajoy cité un fragmento del discurso de Manuel Azaña del 27 de mayo de 1932 formulado en el debate sobre el Estatuto de Cataluña en las Cortes republicanas. Dicha alocución, además de una apuesta decidida a favor del Estatut en un momento especialmente delicado de la construcción de un nuevo sistema político –en la medida que ese no era posible de espaldas a la realidad catalana–, era una respuesta a la posición de Ortega y Gasset expresada en las mismas Cortes. Para Ortega, era necesario que quedara “deslindado” del proyecto de Estatuto que entonces se debatía “todo cuanto signifique, cuando pueda parecer amenaza de la soberanía unida, o dejar infectada su raíz. Por este camino iríamos derechos y rápidos a una catástrofe nacional”, concluyendo en este sentido que el problema de Cataluña, y también el de Galicia o el País Vasco, era en realidad irresoluble y que lo máximo a lo que se podía aspirar era a “conllevarlo”. Frente a esta posición Azaña apuntaba claramente que el problema no residía específicamente en Cataluña, sino en la propia construcción del Estado español. Para ello recordaba –resonando aquí claramente la voz de Pi y Margall– que en 1714 “el último Estado peninsular procedente de la antigua monarquía católica que sucumbió al peso


UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR de la corona despótica y absolutista fue Cataluña; y el defensor de las libertades catalanas pudo decir, con razón, que él era el último defensor de las libertades españolas”. Esta fue precisamente la cita que traje a colación en ese debate, ya que en la conexión entre Azaña y las libertades catalanas como posibilidad de construir una nueva articulación de las libertades españolas se expresa claramente una tradición de las diversas realidades nacionales, mientras que en la posición “liberal” de Ortega se proyecta la posibilidad “como máximo” de establecer un modelo de “conllevancia” cuando no, finalmente, de negación (cabe recordar aquí que el “liberalismo” orteguiano, reivindicado a menudo como la raíz de nuestra democracia, desembocó en el apoyo al franquismo). Este debate recorrió también la construcción del nuevo orden constitucional de 1978. Básicamente porque la lucha antifranquista, es decir, la lucha por las libertades y la democracia, que es donde reside la raíz real de nuestras libertades y no en ese “liberalismo con incrustaciones fascistas”, según lo describe uno de sus principales defensores, tenía en su ADN la lucha por la libertades nacionales de los diversos pueblos del Estado que se había mostrado como uno de los principales factores de democratización durante la dictadura. En ese debate las posiciones más avanzadas aceptaban o bien desde el campo socialista que España era una “nación de naciones”, partiendo del concepto del pensador socialista y federalista castellano Anselmo Carretero, hoy completamente olvidado por los dirigentes actuales del PSOE, o bien que el propio pacto constitucional, según algunos de los ponentes constitucionales, se erigía sobre “toda una realidad: que España es un Estado plurinacional y que por tanto estas nacionalidades que integran España tienen una soberanía originaría y que en la cesión de parte de su soberanía se define la soberanía del Estado. No en el proceso a la inversa”. Interpretaciones que a todas luces provocarían el escándalo de una parte de los actuales dirigentes políticos españoles, pero que en el momento cuadraban con realidades como que la restauración de la Generalitat de Catalunya, producto de la movilización social, a partir de la legitimidad que emanaba de su creación en el marco de la II República, se hiciera previamente a la misma elaboración de la Constitución Española. Por tanto, en este caso, el autogobierno de Catalunya no emanaba del orden Constitucional español sino que era previo al mismo. Pero el problema de que ese debate inicial deviniera en la

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realidad actual, no reside sólo en la ignorancia sobre los propios orígenes, que Rajoy como Rivera expresan claramente cada vez que abren la boca para hablar de estos temas, sino que en ellos también hubo tensiones alejadas de todo criterio democrático que tampoco permitieron afrontar esta realidad en toda su amplitud. Finalmente el artículo dos de la Constitución se redactó bajo presión militar y allí se reconocían unas “nacionalidades”, que no naciones, y unas “regiones”, sin especificar tampoco demasiado cuales eran unas y otras. Constatación que a su vez vivirá en permanente tensión con el intento de construir España a partir de los preceptos del Estado-nación del siglo XIX, subordinando las diversas realidades nacionales a una única nación de referencia. La presión democratizadora original tendrá como correlato así las sucesivas fases de descentralización competencial y también mayores cotas de autogobierno vividas durante las últimas décadas de nuestra historia. Pero la no asunción plena de la diversidad nacional también conllevará una continua confusión entre el debate sobre el modelo territorial y la aceptación de la plurinacionalidad, dos cosas evidentemente relacionadas pero no reducibles a una sola realidad, como forma de sublimar un problema de fondo no resuelto y de hacer posible, cuando ha convenido, procesos de recentralización. Este problema de fondo ha devenido central en la crisis democrática y de soberanías que venimos viviendo desde el 2008 hasta el día de hoy. La imposición de políticas de recortes sobre nuestros derechos y nuestras vidas que nadie llevaba en su programa (ni siquiera el PP, cosa que ya indica la intensidad de la agresión sufrida) opera de arriba hacia abajo –de la Troika o el Banco Central hacia los Estados– y del centro a la periferia –del Estado central hacia las comunidades autónomas. Proceso que cumple una doble función: colmar las pulsiones centralistas de una cierta concepción nacional española y asegurar que los recortes se hagan sobre nuestros derechos sociales, ya que son precisamente las políticas sociales las que recaen sobre las comunidades autónomas. Siguiendo el camino inverso, la resistencia y el desafío ante esta agresión se planteó de abajo hacia arriba y de las periferias hacia el centro, se planteó como un problema de democracia, como un problema de soberanías, como un problema de dignidad nacional, reactivando de forma específica el problema de las diversas realidades nacionales, que, de nuevo, se mueven como un desafío democratizador. Es evidente que estos procesos se han puesto al servicio de la posibilidad de transmutación de las viejas elites políticas


UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR de cada una de las naciones del Estado, que pretenden pasar de sustractores reales de las soberanías populares, en la forma de desmantelamiento de los derechos sociales y de políticas al servicio de los grandes intereses económicos, a libertadores o defensores de las soberanías nacionales. Pero ello es posible precisamente porque el problema de las soberanías es la raíz del problema de nuestras libertades en esta fase histórica y por tanto la lucha por la hegemonía y la construcción de un nuevo bloque histórico de cambio se debe dar precisamente en este campo. Todo proceso de reconstrucción y transformación social es así un proceso de reconstrucción y transformación nacional y en nuestro caso de reconstrucción y transformación de las diversas naciones que pueblan la piel de toro en un nuevo pacto plurinacional. Este pacto debe incluir evidentemente el derecho a decidir de cada nación, como posibilidad de un nuevo pacto fundacional que sólo se puede dar desde la libertad, pero debe incluir también la propuesta de articulación de un nuevo tipo de Estado que reconozca soberanías compartidas. Esto puede ser presentado por las elites como un proceso de destrucción de la “soberanía nacional”, que en realidad ellas mismas ya se han encargado de pisotear hasta convertir su realidad en mera retórica. Pero es precisamente éste el proceso real que abre la posibilidad de reconstruir las soberanías económicas, sociales, culturales y políticas sobre nuevos principios, ante la constatación de que los viejos ya no sirven. De hecho, si alguien es responsable de su destrucción son todos aquellos que olvidaron que servían al pueblo, para pensar que servían mejor a los que les aseguraban un futuro puesto en un consejo de administración. Gramsci decía que en una sociedad en crisis profunda, lo que él llamaba “crisis orgánica”, usualmente el partido que se presentaba como el más firme defensor de la patria era en realidad el partido que servía a los intereses del extranjero. Y, ciertamente, todos aquellos que se quieren agrupar en torno a un gran Partido Patriota, como articulación de un bloque histórico de restauración comandado por el PP, en realidad han estado al servicio de un partido, ese sí real, del exterior, destruyendo con cada nueva decisión la soberanía popular. Para muestra la modificación del artículo 135 de la Constitución que puso la matriz neoliberal en el corazón de los principios constitucionales en una agresión, esta sí segura, a una soberanía ahora subordinada a los grandes intereses financieros. Pero si eso ha sucedido por arriba,

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por abajo las fuerzas que han resistido y desafiado al ataque constante de las soberanías populares han generado una nueva realidad dinámica de cambio, desde los movimientos sociales, desde el ámbito del municipalismo del cambio y también desde las distintas realidades nacionales, conectando con una dinámica más propia del siglo XXI que no la del viejo concepto de Estado-nación, que sirve para encorsetar soberanías hacia abajo mientras se venden hacia arriba; construyendo desde la fraternidad proyectos de nuevo compartidos; buscando, no en el camino orteguiano sino en el de los viejos referentes republicanos, una nueva realidad política, mucho más acorde con las dinámicas económicas y sociales actuales que atraviesan viejas fronteras. En ese conjunto de propuestas se supera la vieja concepción del Estado-nación para caminar hacia la aceptación plena de la realidad plurinacional, se establece la posibilidad de luchar por la hegemonía y articular un nuevo bloque histórico y se hace posible que el defensor de las libertades catalanas, y de cualquier realidad nacional no reconocida, pueda ser también, de nuevo, el último defensor de las libertades españolas. Cosa que, evidentemente, ni Rajoy ni Rivera querrían jamás, ya que en ello se esconde, más pronto o más tarde, la posibilidad de una alternativa global a todo lo que ellos representan.


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Tejer las conciencias 168

Por Pili Zabala

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oy hija de una generación que sabía hacer y arreglar casi todo para no tener que comprar algo nuevo. Tras observar las labores que realizaba mi madre, yo también empecé a hacer mis pinitos en el arte de tejer. Al principio, cuando coges el hilo entre los dedos, sientes vértigo, inseguridad y prisas por ver cuanto antes que el tiempo invertido produce sus frutos. Pero, como todo en la vida, este arte también requiere y exige una buena dosis de paciencia. Unas veces sale bien y otras, en cambio, hay que deshacer los puntos, soltarlo todo y volver a empezar. Hasta que, por fin, más tarde que temprano, llega el feliz momento del cierre y de probarte lo que has estado cosiendo. Puede que sea este el instante más reconfortante de todo el proceso, o quizá no. Es aún más satisfactorio regalar tu trabajo a alguien que quieres y que lucirá esa “original” bufanda que pone de manifiesto tu calma interior y tu amor hacia dicha persona. Porque lo cierto es que todas las tejedoras hacemos punto con amor, incluso cuando comenzamos nuestra labor llenas de inseguridad, de nerviosismo, y, en determinados momentos, sumidas en cierta frustración. Me gusta extrapolar esta metáfora al futuro de Euskadi. La sociedad vasca tiene heridas que debe cuidar con cariño y, del mismo modo que una madre sabe en todo momento lo que es mejor para sus hijas, quiero deciros que, como candidata a Lehendakari de Elkarrekin


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Podemos, soy consciente de que el dolor lo debemos transformar en conciencia de derechos humanos. Elsa Punset suele remarcar que únicamente existen dos emociones que aglutinan al resto: el amor y el miedo. La totalidad de las emociones positivas nacen del amor y, por contra, todas las emociones negativas, del miedo. Del amor fluye la felicidad, la paz y la alegría. Del miedo nace la rabia, el odio, la ansiedad y la culpa. Al parecer, no podemos sentir estas dos emociones a la vez, es decir, en el mismo instante. Son opuestas. Nelson Mandela lo reflejó perfectamente en una única frase: “Cuando salí para ser libre, supe que, si no dejaba atrás toda la ira, el odio y la amargura, seguiría encarcelado”. A menudo releo el texto de José Saramago titulado “Una inagotable esperanza” que, acompañada de la litografía de Tàpies Por la irreversibilidad, ocupa un lugar destacado en la pared de mi habitación. El comprometido nobel de Literatura luso termina así su aportación artística para Elkarri: “La Humanidad no es una abstracción retórica, es carne sufriente y espíritu en ansia, y es también una inagotable esperanza. La paz es posible si nos movilizamos para conseguirla. En las conciencias y en las calles”. Dejemos pues de lado lo que nos separa, para sentirnos personas de mayor calidad humana –sabiduría, flexibilidad y empatía–, al objeto de entender desde el respeto mutuo otras vivencias, otros sufrimientos, otras circunstancias e ideologías. Por todo ello, al objeto de dar pasos hacia una coexistencia pacífica y armoniosa entre las personas que vivimos en Euskadi, deberíamos transformar esa pesada mochila de dolor que acarreamos en una liviana riñonera de conciencia, pero, eso sí, bien pegada a nuestras entrañas. Y es que el compromiso irreversible por la paz ha de consistir en trabajar en iniciativas de promoción de los valores democráticos y de los derechos humanos. Desde el Gobierno vasco tenemos una oportunidad única de vivir un nuevo ciclo, cuyo eje va a ser el respeto a los derechos humanos de todas las personas, incluso de los de aquellas que nos han generado tanto dolor. A ellas también se les debe respetar su dignidad humana, pues –estoy segura– tienen familiares que les quieren y que sufren por el dolor que causaron. Mi compromiso es trasladarlo a todos los ámbitos, principalmente a la educación, pero sin obviar a los ayuntamientos, a las relaciones institucionales y al mundo laboral.

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UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR Para ello, entiendo esencial: • Reducir el riesgo de venganzas personales, implementando una nueva política penitenciaria. • Proteger a la sociedad de la posible vuelta de los perpetradores, creando la confianza de que el paso no se repetirá. • Satisfacer una obligación para con las víctimas, dado que restaura la autoconfianza. • Individualizar la culpa; crucial para evitar la peligrosa percepción de que la responsabilidad es de todas. • Fortalecer la legitimidad y el proceso de reconciliación. La justicia se constituye en un ritual ético y de renacimiento político que consolida el valor de la democracia. La impunidad produce descrédito institucional. • Romper el círculo de la impunidad, como una forma de prevención de nuevos abusos de los derechos humanos.

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• La justicia puede hacer que muchos responsables de la violencia salden cuentas con su pasado. La posibilidad de dar sus testimonios bajo condiciones de seguridad y confianza, de reconocer la dignidad de las víctimas y participar en actividades de reparación social a los sobrevivientes, son elementos clave para la reestructuración ética y la reintegración social de los victimarios. Desde mi experiencia como víctima os puedo decir que muchas personas que han conocido el sufrimiento, la lucha y la pérdida, han hallado el camino después de tocar fondo. Esas personas poseen una comprensión, una sensibilidad y un entendimiento de la vida que les llena de compasión y de calidez. Aprendamos de todas ellas. Lo ideal sería dar esas puntadas para conseguir un nuevo escenario para la paz y la reconstrucción de la convivencia, un anhelo creo que compartido por la mayoría social de este país. A pesar de que nos queda mucho camino por recorrer, me reitero en mi optimismo. Pienso que hemos aprendido la lección. Ahora que el final de la violencia se ha convertido en un hecho contrastado objetivamente, nos toca la difícil tarea de construir una solución incluyente, desde los principios democráticos, acordada y respetada por todas y todos. Lo digo a los cuatro vientos. Cada cual en su ámbito. Lo necesitamos. Nos lo merecemos.


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¿“Primero lo de aquí” o “café para todos”? 172

Por Nagua Alba

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ace unas semanas presenciábamos en la sesión de investidura en el Congreso de los Diputados un rifirrafe muy acalorado entre Mariano Rajoy y Aitor Esteban, portavoz del PNV. Resultaba curioso escuchar cómo ambos políticos esgrimían el argumento de que en Euskadi “todo va mucho mejor”. El primero, arrogándose el mérito e insinuando después que esto no terminaba de ser justo para con el resto de ciudadanos del Estado, y el segundo, con la misma elegancia y cinismo, se colgaba la medalla para situarse en un estatus muy superior al de “los españoles”. Se les olvidaba a ambos, que quizá la sociedad civil vasca, el pueblo vasco, y su trabajo y esfuerzo durante décadas tengan algo que ver con dicha mejoría –que ojo, tampoco va tan bien–. Esta es una escena que no deja de repetirse a lo largo de los años. Mientras desde Madrid tanto PP como PSOE cuestionan y critican el Concierto Económico vasco tachándolo de privilegio –cuando se trata de una herramienta que se ha demostrado beneficiosa para ambas partes y, sobre todo, solidaria– en Gipuzkoa, el PNV, con apoyo del PSE elimina la Ayuda de Garantía de Ingresos para evitar lo que ellos consideran un más que probable “efecto llamada” a personas


UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR de otras comunidades autónomas. La consecuencia inmediata de esto es que cientos de personas se queden sin ingresos ni posibilidades de subsistir. De modo que al final, quien acaba perdiendo es la mayoría, se sienta vasca, española, o ambas cosas por igual. Las élites, independientemente de sus identificaciones nacionales –si es que tienen nación alguna que no sean sus bolsillos– se nutren de esta polarización, y evidencian que defender la soberanía de los pueblos por vías democráticas es también la mejor forma de defender la igualdad. Lo decía Iñigo Errejón en Donostia cuando le preguntaron por el Concierto vasco: “La desigualdad no se da entre territorios, se da entre los que más tienen y los que menos”. Por primera vez desde hace décadas, un partido de ámbito estatal defiende que hay más de una nación conviviendo en el Estado, que somos un país de países, de pueblos que tienen derecho a decidir cómo quieren convivir –o no– con el conjunto. Hemos hecho un gran trabajo, no hay más que ver los resultados obtenidos en territorios como Euskadi, Catalunya, Galicia, Navarra o Madrid, entre muchos otros, debemos sentirnos muy orgullosos y orgullosas de este trabajo, pero ahora nos toca ir un paso más allá. No basta con reivindicarnos como una fuerza de carácter plurinacional. No basta con hacer que la mayoría comprenda que nuestra diversidad de culturas, lenguas e identidades no es una debilidad, un defecto, sino una fortaleza, una riqueza. En el Estado español llevamos siglos instalados en el eterno debate entre el “café para todos” o el “primero lo de aquí” y la dificultad de la construcción histórica de España como lugar de coexistencia plurinacional. Podemos es la única formación que puede construir un Estado capaz de huir de esa falta dicotomía y encontrar el equilibrio. Nacimos con un modelo que nos permitiera correr muy rápido, dar la batalla para asaltar las instituciones y enfrentarnos con una implacable maratón de citas electorales. Nuestro modelo organizativo es centralista y concentra una grandísima parte del poder decisorio y financiero en la estructura estatal afincada en Madrid. Pero con las elecciones vascas y gallegas este periodo termina –o eso esperamos– y se abre una nueva etapa, una etapa en la que tendremos la posibilidad de sentarnos, reflexionar y readaptar nuestra organización. Nos encontramos ante la oportunidad de no repetir

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los errores que otras fuerzas políticas como el PSOE o IU cometieron en su día, y antes incluso de pensar en qué tipo de estructura creamos o dónde tomaremos las decisiones, pensemos en el cómo. Podemos tiene que afrontar este momento como preludio o correlato de su propio proyecto de país, y ha de entender que en ese trabajo, la federalización, el establecimiento de contrapesos dentro de la organización y la convivencia con la pluralidad no son, como podría pensarse desde una mirada federalista pero centralista, aquello con lo que toca lidiar en nuestro país por su naturaleza particular, sino una garantía de estabilidad y de demarcación de un horizonte estratégico. Es ahora cuando tenemos la oportunidad de caminar hacia la construcción de un modelo que no puede ser sino dinámico, listo para responder a las nuevas necesidades. Y para ello, solo podemos construirnos a imagen del país que queremos construir. Eso pasa por dotarnos de una organización que entienda y respete las especificidades de cada territorio, que permita que se oigan distintas voces y en la que haya vías para conjugar el interés particular y el común. Construyamos un proyecto que camine poco a poco hacia un modelo de gobernanza real de una organización confederal –en el caso de las nacionalidades históricas– y federal –para el resto de comunidades–, donde cada cual tenga competencia financiera total. No tengamos miedo a dotarnos de autonomía, a descentralizar la toma de decisiones, utilicémoslo como un recurso para democratizar Podemos, y en este ciclo largo, para democratizar nuestro país de países.


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Corrupción: la experiencia de los hermanos Dalton 176

Por Auxiliadora Honorato

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xiste en Noruega una norma vigente que permite a todo contribuyente afincado en el país consultar, a través de una sencilla página web, la declaración anual del IRPF de cualquiera de sus conciudadanos. De todos. Como, por ejemplo, la del Rey Harald V. Esto, que en culturas latinas como la nuestra puede parecer una obscenidad, en una sociedad igualitaria como la noruega no ha suscitado una oposición relevante, ni episodios alimentados por el morbo. Eso sí, constriñe de manera tácita a que quien esté decidido a defraudar a la hacienda pública deba pensárselo dos veces, ya que si ostenta entre sus vecinos, familiares o amigos un nivel de vida visiblemente por encima de sus ingresos declarados y, por lo tanto, de su declaración de la renta, cualquiera podrá señalarlo a los inspectores fiscales para cazar al infractor. De los 188 países analizados cada año por el Índice de Desarrollo Humano ideado por el economista y filósofo Amartya Sen, Noruega ocupa en el informe de 2015 el primer puesto. Es el país que más desarrollo provee a su gente. Este mismo año, el Índice de Percepción de la Corrupción que elabora la organización Transparencia Internacional colocaba al país en la quinta mejor posición, solo superada -lo intuye el lector- por


UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR países como Dinamarca, Suecia, Finlandia o Nueva Zelanda. Es decir, que Noruega ha encontrado la fórmula que vincula el progreso económico y social a la minimización de la corrupción. De hecho, la fórmula funciona de manera endógena. Es decir, que es uno de los factores el que impulsa al otro, y este último el que garantiza el buen comportamiento del primero. Las sociedades menos corruptas son las que presentan menor grado de desigualdad social y mayores índices de progreso social y crecimiento económico. Este es precisamente el motor benigno al que España lleva décadas dando esquinazo. Ni los Gobiernos conservadores, ni los liberales, ni las breves experiencias republicanas, ni las dictaduras, ni las sucesivas restauraciones monárquicas han sabido, querido o podido poner en marcha la rueda del progreso sólido para los españoles. En todo caso, nuestra actual democracia ha dejado al descubierto parcelas insoportables de ineficacia en la lucha contra la corrupción. Hablar y publicar sobre Podemos es una actividad siempre rentable debido a la redefinición del campo político al que ha forzado su aparición desacomplejada. De esta organización se esperan muchas transformaciones políticas, económicas y sociales, pero sería vano multiplicar hasta el infinito los árboles para escamotear el objetivo fundamental de su aparición: poner en marcha la noria del progreso social y económico mediante la laminación de las prácticas corruptas y la democratización de la economía, con lo que por fin ganar un país asentado en el respeto de los derechos humanos. Mi convicción personal es que el agua que llene el cangilón de la Historia española en el sentido del progreso debe acarrearse a través de la transformación institucional. Es decir, de la aprobación de leyes y la reforma de prácticas en la Administración Pública. No niego que la corrupción se combata también desde la educación y la transmisión de valores de madres y padres a hijos e hijas. No dudo del buen trabajo que hacen las familias en nuestro país a la hora de concienciar en favor de cuidar y proteger lo que es de todos y sirve a todos. Lo que sucede es que la corrupción afecta sobre todo a unos pocos con muchos medios y una promesa difusa de impunidad -«si meto la mano en la caja no se entera nadie»- a la hora de saquear lo que compartimos para su beneficio exclusivo. Solo que hoy los avances tecnológicos permiten a la gente enterarse con mucha facilidad. De ahí que la actuación perentoria sea de cariz quirúrgico: colocar con gran cuidado en unos lugares escogidos

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una serie de fusibles legislativos e institucionales -una oficina anticorrupción independiente del Ejecutivo, una Ley de Cuentas Claras, un control férreo de las puertas giratorias, una norma de protección del denunciante de delitos de corrupción, etcétera- a modo de mecánica de reloj suizo que impida la disfunción y la ventaja ilegítima que planea el corrupto. Por cierto, estos mecanos institucionales deberán darle antes que nada el protagonismo a la prevención de las prácticas corruptas, más que a su castigo. Por descontado, el castigo al corrupto será imperativo en nuestro Estado de derecho. Sin embargo, no es esta la biela peor engrasada de nuestro sistema, por cuanto que los jueces y los investigadores policiales están demostrando ser en estos últimos años de cochambre deletérea los pocos pilares de la democracia que aún responden a las esperanzas de la ciudadanía. Prevenir es la solución eficaz y menos dolorosa contra la corrupción, y la buena noticia, hoy, es que esas piezas de relojería existen y funcionan sin contraindicaciones en otras democracias. Precisamente, durante la Universidad de Podemos, la secretaría estatal de Acción Institucional y Políticas Anticorrupción, a cuyo cargo estoy, ha propuesto cuatro talleres orientados a dialogar para dar a conocer estas herramientas y, sin duda, para poner sobre el tablero nuevas ideas que ayuden a crecer y madurar. Es menester que la ciudadanía conozca y nos ayude a pulir la iniciativa de las Cuentas Claras, que expone la sencilla intención dar acceso a todos los ciudadanos a las cuentas bancarias de nuestros Gobiernos regionales, lo mismo que tenemos acceso al estado y movimientos de nuestras cuentas corrientes particulares. Conviene también profundizar en el carácter innovador de la nueva Oficina Anticorrupción creada, por ejemplo, en la Comunidad Valenciana, y verificar entre todos qué lagunas quedan por colmar para que su eficacia sea prácticamente infalible. Uno de los retos de esta democracia con centros decisorios dispersos consiste en compatibilizar la acción de los grupos de interés con las necesidades de vigilar a los diputados y altos funcionarios y la de conectarlos con las aspiraciones de los ciudadanos. Es decir, lograr desactivar la colusión de intereses entre los lobbies y la política a la vez que exorcizar la desconfianza de la ciudadanía hacia los primeros. La Unión Europea (UE) ha decidido convertir a los lobbies en la sinapsis que transmita -entre dos periodos electorales- las exigencias de la ciudadanía dirigidas a los responsables públicos, para lo cual se apoya en el desarrollo paralelo de las tecnologías de la


UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR comunicación y el trabajo en red. ¿Puede contribuir a reforzar la democracia este planteamiento? ¿Con qué posibilidades de éxito cuenta, si vemos lo lejos que están llegando los lobbies favorables al TTIP? Sin duda, una de las técnicas para garantizar el éxito de las iniciativas anticorrupción es introducir mecanismos de transparencia en las instituciones con acceso simplificado para los ciudadanos. Ya lo vemos en Noruega. Y otra es la participación directa de la ciudadanía en los asuntos públicos y su correlato, la rendición pública de cuentas. Podemos, con su plan de Instituciones Abiertas, marca el paso al resto de fuerzas, pero no es motivo para dormirse en los laureles y es menester que este manual se incorpore cuanto antes al acervo cotidiano de nuestros círculos y nuestros simpatizantes en comandita con los cargos electos. Ahora bien, todo lo que reseño hasta aquí tendría poco sentido si su resolución no nos condujera a fulminar las experiencias más lacerantes, a mi juicio, que viven los españoles a cuenta de la corrupción: la desintegración de los derechos humanos. La regresión en derechos humanos en nuestro país y en nuestro entorno es patente desde hace años. Vivimos en un estado de excepción no declarado. Las nuevas legislaciones penales y administrativas así como la restricción de derechos individuales y colectivos garantizan una zona de impunidad donde la corrupción avanza sin frenos, y el derecho penal del enemigo se convierte en norma. Esta corrupción supone un desprecio por la Ley y el Estado de derecho al mismo tiempo que socava las bases mismas de este y, con ello, la democracia, los derechos humanos y su régimen de protección. Criminalizar al defensor de derechos y al denunciante de corrupción, endurecer el Código Penal, reforzar mecanismos de impunidad policial como los indultos arbitrarios, el castigo económico y la criminalización de los migrantes y las personas sin hogar conseguidos con la Ley Mordaza y las ordenanzas cívicas: todo tiene como objetivo generar miedo y, sobre todo desde el 15-M, generar zonas oscuras, invisibles, zonas de no-derecho; en definitiva, zonas de impunidad. Son precisamente esas zonas de sombra las que necesita la corrupción para campar a sus anchas y es tiempo de abrir puertas y ventanas. Si, como decía Oscar Wilde, la experiencia es el nombre que las personas le ponen a sus errores, España acumula experiencia de sobra para poder, ahora, corregir el rumbo de su desbarrancadero institucional y democrático. Es cuestión de voluntad política.

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Los ancianos viven demasiado y eso es un riesgo para la economía global, hay que hacer algo ya Fondo Monetario Internacional, informe anual sobre la Estabilidad Financiera Mundial, 2012

Juventud con derechos, mayores con dignidad: hacia un nuevo pacto de solidaridad intergeneracional 180

Por Eva Muñoz y Alberto Tena

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a sostenibilidad de las pensiones, uno de los pilares fundamentales de nuestro sistema de bienestar, es sin duda uno de los grandes debates que toca abordar en este nuevo ciclo político. La composición demográfica de nuestro país –con una población mayoritariamente envejecida–, combinada con una elevadísima tasa de paro que asfixia nuestro modelo de cotizaciones, ha puesto en jaque la viabilidad del pacto intergeneracional en el que se basa el modelo actual. Si nuestros jóvenes no pueden trabajar o lo hacen con empleos de mala calidad, temporales y precarios que disminuyen las cotizaciones a la Seguridad Social, las pensiones del futuro están en grave riesgo. Urge un debate profundo y de calado sobre la financiación del Estado de bienestar, así como una reforma de nuestro modelo productivo y del marco laboral para hacer posible un proyecto de futuro caracterizado por los derechos, los cuidados y la solidaridad, frente a un modelo que además de ser ineficaz, es claramente injusto. Los cuidados entre personas de diferentes edades son un elemento central para el desarrollo y reproducción de la vida humana, pues todas las personas necesitamos de ellos en algún momento de nuestra vida; ya sea cuando somos pequeños,


UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR cuando enfermamos o cuando vemos limitadas algunas de nuestra capacidades físicas o mentales. Antes de que hubiera un sistema público de pensiones, los mayores ya se encargaban de criar y educar a los más jóvenes y estos, a su vez, de velar por sus mayores cuando ya no podían hacerlo por sí mismos; cuidarse siempre ha sido una necesidad colectiva. Tras años de lucha por parte de las generaciones que nos preceden, se pudo alcanzar uno de los más importantes avances que trajo el Estado de bienestar, a saber; la asunción, al menos parcial, por parte de los poderes públicos del cuidado de las personas a lo largo de su vida. Una conquista importante en la dignificación de las diferentes situaciones de vulnerabilidad que las personas atravesamos, y por supuesto un claro avance en cuanto a los derechos de las mujeres, que han cargado históricamente con la responsabilidad de sostener la vida a costa de sus propios proyectos vitales. Hace apenas un mes, el Gobierno en funciones del Partido Popular anunciaba un nuevo hachazo a la hucha de las pensiones sacando 8.700 millones del Fondo de Reserva para poder pagar las pensiones del mes de julio. Un Fondo de Reserva que se encontraba ya en una paupérrima situación consecuencia de las políticas de austeridad, con un agujero de nada menos que de 41.600 millones, en torno al 4% del PIB según el Ministerio de Empleo y Seguridad Social. Esto solo es un síntoma más de lo que se ha demostrado claramente como un planteamiento erróneo del gobierno frente a las dificultades fiscales del Estado, que sigue abordando la cuestión de las pensiones como un problema de gasto cuando es evidente que se trata de un problema de ingresos. Su plan por ahora parece seguir siendo adecuar las pensiones a los, cada vez, menores ingresos. Unas pensiones que además ya son a todas luces insuficientes para sostener la vida, sobre todo cuando se han convertido en la única fuente de ingresos de mucho hogares. Esta lógica, que no aborda el problema en toda su magnitud, ni por tanto posibles soluciones en clave de progreso, ha llevado a buscar unos recursos que deberían proceder de otro lado, en la hucha de las pensiones. Un acto de clara irresponsabilidad con nuestro futuro. Ante una cuestión tan importante, la solución del Partido Popular parece ser desviar la atención de su mala gestión hacia una pelea entre generaciones por las migajas que sus políticas nos están dejando. Esta lógica responde a mantras liberales que parecen haber puesto en su

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punto de mira los sistemas de pensiones como potenciales nichos de mercado, usando como justificación el aumento de la esperanza de vida para hablar de su poca viabilidad. Como ha ocurrido con muchos servicios públicos, primero los hacen insostenibles, y después los privatizan. Nuestro sistema actual de pensiones se basa en una idea muy sencilla de solidaridad entre todos los españoles de distintas edades: con sus cotizaciones, las personas que actualmente están trabajando financian las pensiones de los jubilados de hoy; mientras, las pensiones futuras de quienes hoy trabajan, dependerán del trabajo y la cotización de los jóvenes. El desempleo, la precariedad, la emigración y la emancipación tardía son fenómenos que afectan masivamente a la gente joven española, pero es fundamental entender que tienen implicaciones para el conjunto de la población. Con sus políticas y las sucesivas reformas laborales, tanto el Gobierno del PP como el anterior del PSOE, siguen insistiendo en que la única manera de afrontar la situación es subir aún más la edad de jubilación para paliar un problema que ellos han provocado, en detrimento de aquellos que ahora trabajan para salvar a los actuales pensionistas, aunque sea por poco tiempo y haciéndoles perder poder adquisitivo. Hace pocos meses el catedrático de Hacienda Pública Ignacio Zubiri, en un estudio de la fundación Funcas, nos señalaba como, con este modelo, las pensiones en 2050 llegarán a ser un 35% más bajas. El problema debemos verlo sobre la tasa de empleo de la población con edad activa, que es la que financia todo el sistema. Si la población actual ocupada sigue disminuyendo en un modelo de bajos salarios, alta temporalidad y exenciones a las empresas de cotización, la carga de las pensiones va a seguir siendo insostenible. ¿Qué podemos esperar para nuestro futuro y el futuro del país de unas políticas que expulsan a los jóvenes y precarizan su empleo, impidiéndoles cualquier tipo de posibilidad de desarrollar una vida digna? La precariedad y el empobrecimiento de los jóvenes desde el principio de la crisis, no olvidemos que es uno de los colectivos con mayor tasa de pobreza –un tercio de los jóvenes menores de 30 años se encuentra bajo el umbral de la pobreza–, pone en riesgo la viabilidad del sistema entero. La reducción de cotizantes de la población activa de jóvenes y personas en edades intermedias, de cuyas cotizaciones dependerán las futuras pensiones,


UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR sumados a los desastrosos últimos 20 años de desarrollo de un modelo productivo siempre especializado en sectores de baja productividad, están poniendo al borde del precipicio las pensiones actuales (de nuestros abuelos) y futuras (de nuestros padres). No podemos seguir pensando que con pagar las pensiones de la próxima semana, con una mirada cortoplacista y de lógicas clientelares, vamos a solucionar algo. El pacto social de solidaridad entre generaciones se ha roto desde los poderes públicos, es el momento de reconstruir los lazos que unen a nuestros mayores y jóvenes para acordar un proyecto de país que no deje a nadie atrás y nos permita escapar del callejón sin salida en el que están metiendo el sistema público de pensiones. Para ello es fundamental comenzar a confrontar el relato de las políticas de austeridad que nos presenta a varias generaciones de contribuyentes “enfrentadas” y con intereses contrapuestos. Las personas mayores y jóvenes seguimos teniendo el mismo interés por recuperar un país que sigue secuestrado, y sabemos que reducir el desempleo juvenil, atajar la precariedad y adelantar la emancipación tiene efectos muy beneficiosos para el conjunto; también para el sistema de pensiones de nuestros mayores de hoy y los que lo serán en el futuro. Garantizar un empleo con derechos y salarios dignos, que permita mantener un nivel de cotizaciones que asegure la viabilidad del sistema de pensiones o explorar nuevas vías de financiación para garantizar este pilar de nuestro Estado de bienestar, es la única alternativa realista al aumento infinito de la edad de jubilación y a la disminución de las pensiones hasta niveles de pobreza. Han destrozado nuestro país siguiendo las políticas de austeridad como un dogma de fe sin ver las funestas consecuencias que estaba dejando para todos nosotros no solo el día de hoy sino para nuestro futuro. Frente a la irresponsabilidad de los últimos gobiernos hoy nos toca asumir la tarea necesaria de poner encima de la mesa un nuevo pacto de cuidado intergeneracional entre los españoles. Deben ser los derechos, los servicios públicos, y las instituciones al servicio de la gente lo que nos haga sentir orgullo de nuestro país. Un país donde las personas se preocupan unas por otras, que nos haga estar orgullosos de hablar de nuestra patria, entendida precisamente como una comunidad que cuida de los suyos, que no deja ni a jóvenes ni a mayores en la cuneta.

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Desarrollo sostenible del mundo rural y marino Contenidos y disputas en la construcción del modelo ¿Podemos imaginar un país sin campesinos y campesinas, sin comunidades pescadoras, con pueblos vacíos y saqueados, con iglesias románicas languideciendo hasta el desplome, con el matorral avanzando e invadiendo los paisajes que antes mezclaban olivares o viñedos salpicados de manchas de cereal? ¿Sin el queso de Cabrales, sin la torta del Casar, sin gente para mantener fiestas, tradiciones y tantas otras expresiones de la cultura que nos identifican a cada uno de los pueblos y nacionalidades que componen nuestro país? Sin gente que permanezca, que vigile, que produzca, que construya y denuncie, ¿aguantarán nuestros recursos naturales la presión de poderes corporativos cada vez más depredadores?¿Soportará nuestro sector productivo primario el avance de las políticas liberalizadoras de la mano del TTIP y de otros acuerdos comerciales? ¿Será capaz el medio rural de sobrellevar las políticas de ajuste y los criterios de eficiencia económica cuando la densidad de población es tan reducida? Esto es lo que nos jugamos cuando nos planteamos el reto del Desarrollo Sostenible del Medio Rural y

Por Fernando Fernández

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es lo que pretendemos debatir en la próxima escuela de verano. Es imposible plantearse un futuro de país distinto al que tenemos sin abordar de manera decidida, coherente e imaginativa un proyecto viable y sostenible para el medio rural y su gente. Por el contrario, las políticas implementadas en las últimas décadas, lo han ido desvertebrando y relegando a una realidad de segunda, desvirtuando sus identidades e instrumentalizando sus valores y recursos al desarrollo del modelo de sociedad urbana. La población del medio rural tiene un enorme sentimiento de abandono por parte de los poderes públicos. Las personas que viven en el medio rural están hartas de que se les ignore por parte de los partidos políticos tradicionales. Nuestro mundo rural y marino, sus gentes, y el sector primario deben formar parte fundamental del proceso de cambio democrático y construcción de un nuevo modelo de desarrollo que se abra paso en este país. No se trata de romanticismos, es una imperiosa urgencia. No es sostenible que tan solo el 20% de la población vivamos y gestionemos el 80% del territorio, que por otra parte almacena el 85% de la biodiversidad, el 75% de las tradiciones culturales, el 90% de las expresiones de la cultura alimentaria. No es viable que las comarcas subsistan con un 40% de su gente mayor de 65 años y con menos del 15% de población joven. No es posible que haya futuro si la renta media de las familias rurales es un 30% menor a las de las urbanas y si la renta agraria y ganadera pierde todos los años en torno a un 5% desde hace más de 20. Pero tampoco es posible que las pensiones en el campo sean un 40% más bajas que las de la ciudad. No es posible que el precio de cualquier producto agrario o ganadero se incremente de media un 600% cuando los consumidores lo adquieren en las ciudades mientras no se cubren los costes de producción y mientras se negocian acuerdos de libre comercio como el TTIP que harán más frágil la situación de los agricultores. Todos los temas que podamos imaginar en torno a la realidad y problemática del medio rural están en el centro del debate sobre la cohesión territorial, sobre la articulación social y sobre el desarrollo económico y sostenible. Desde el Área de Medio Rural y Marino de Podemos queremos colocar en el centro del debate político todos estos asuntos. Es necesario integrar el análisis y la


UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR elaboración de las propuestas en un discurso coherente para el medio rural y el urbano basado en un proceso de encuentro necesario. Necesitamos tender puentes entre la ciudadanía rural y urbana y reconstruir un nuevo pacto social y ciudadano de compromiso para defender con orgullo su multifuncionalidad. En este momento, existen experiencias y propuestas significativas en esta dirección que debemos apoyar e impulsar como son el recientemente aprobado Pacto de Milán suscrito por numerosas ciudades del cambio y que implica desarrollar políticas de gobernanza alimentaria urbana a través de las cuales la protección del suelo agrario circundante a las ciudades, la promoción de una agricultura periurbana sostenible, la mejora y transparencia de los sistemas de abastecimiento y distribución de alimentos a las ciudades, la promoción de la economía local y el desarrollo del derecho a la alimentación adecuada, saludable y nutritiva deben ser los pilares. Necesitamos de forma urgente una Política Nacional de Desarrollo Sostenible del Medio Rural que responda a los retos del envejecimiento, despoblamiento, falta de actividad económica, reducción de servicios públicos y deterioro social y ambiental que vive el medio rural. Una política propia, construida de acuerdo con las necesidades y potencialidades de los territorios rurales poniendo en marcha metodologías participativas de desarrollo local ya experimentadas. Esta Política de Desarrollo Sostenible del medio Rural requiere de marcos generales y de planes territoriales en los cuales se coordinen el conjunto de administraciones competentes, fortaleciendo el papel de un nuevo municipalismo y la potencialidad de las comarcas. Una Política de Desarrollo Rural que debe tener entre sus ejes fundamentales la sostenibilidad por un lado, y la diversificación económica por otro, puesto que ambas patas garantizarán el desarrollo de oportunidades para que la gente pueda decidir libremente vivir con calidad en el medio rural. Por otra parte, es crucial abordar una alternativa a la Política Agraria Común (PAC) actual. Una PAC que consume el 40% del presupuesto comunitario y que, sin embargo, fortalece el modelo de agricultura alejada del territorio, intensivo e insostenible. Necesitamos y queremos una política agraria, pero no la actual. Tenemos alternativas

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y propuestas viables, justas, sostenibles, y legitimadas ampliamente por el sector para apoyar a la pequeña y mediana producción agrícola que es la que se mantiene en los territorios generando tejido social y económico. Sin embargo, será necesario un debate intenso sobre el modelo productivo que la política pública debe apoyar, y que pasa por una transición necesaria en el modelo energético que la sustenta, alejando su dependencia del petróleo para así poder responder a los retos del cambio climático. Será necesario también pensar nuevos instrumentos de política agraria que permitan mejorar el funcionamiento de la cadena agroalimentaria para que los precios de los productos permitan vivir a los agricultores de su trabajo. Será necesario desarrollar con determinación instrumentos como los contratos territoriales que hagan realidad la compatibilidad del sector agrícola y ganadero sostenible con la biodiversidad y con el deseo de la sociedad de conservar y proteger la vida salvaje. Es necesario que nuestros mandatarios defiendan todos estos principios tanto en la política nacional, como en los procesos de negociación comunitarios, alejándose de una vez de los intereses de las grandes corporaciones de la agroalimentación y la distribución, porque estamos convencidos de que son los que harán legítima la Política Agraria y de Desarrollo Rural. En este proceso de construcción de alternativas, somos conscientes de que existe una tupida y rica red de experiencias, proyectos y esfuerzos de transformación protagonizados por una multitud de grupos, redes, movimientos y organizaciones de todo tipo, que llevan algunas de ellas muchos años permaneciendo, resistiendo y construyendo. Esta realidad social pasa demasiadas veces desapercibida a la mirada política construida desde la ciudad. Por ello, es necesario también introducir en el debate, el reto sobre cómo articular la fuerza social del cambio en el medio rural. Esta fuerza social de cambio responde a una historia, tradición y lógica diferente a la articulación social en la ciudad, nos exige un esfuerzo, unos tiempos y unas dinámicas distintas, pero que nos aporta una enorme capacidad de enraizamiento que fortalecerá nuestro proyecto político de país.


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Les despreciaba, porque pudiendo tanto se atrevieron a tan poco Albert Camus

Rescate ecológico de España 190

Por Fernando Prieto

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esulta incuestionable que lo más importante y prioritario es el rescate de las personas. La crisis se ha cebado con los más desfavorecidos y las políticas de austeridad subsecuentes han incrementado la desigualdad y no han logrado efectos positivos sobre las clases con menor renta. Por si no fuera poco, se mantiene muy elevada la tasa de desempleo entre los jóvenes, la sanidad sigue con recortes, consumimos una de las energías más caras de Europa y los rankings de enseñanza nos dejan en los últimos lugares. El último Nobel de Economía, Angus Deaton, ha señalado que la “mezcla de austeridad y corrupción” o de “recortes y escándalos políticos constituye un cóctel de alto riesgo”. Siguiendo también a este profesor, “creemos que había alternativas que seguramente habrían sido mejores para evitar el aumento de la desigualdad y para salir antes de la crisis”. Pero una vez dicho esto, es incomprensible que no se hable del rescate ecológico del país. Del cambio climático, de la biodiversidad, de la soberanía alimentaria, del despoblamiento del medio rural, de que la gente pueda producirse su propia energía. Sobre todo cuando el bienestar y la calidad de vida dependen directamente del medio ambiente y de la biodiversidad, sectores que, por cierto, pueden ser generadores de empleo digno y sostenible. La ecuación se torna más evidente si cabe cuando se observa que es mayor el “coste de


UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR no actuar” que el de actuar. Es más cara la falta de prevención de incendios forestales que los importantes gastos que conlleva su extinción, o contaminar unas aguas que más tarde habrá que depurar, por no hablar del cambio climático, donde la ausencia de actuaciones tempranas nos está llevando a puntos de no retorno.

Evidencias y políticas aplicadas Algunos datos. Según la Agencia Estatal de Meteorología, la temperatura media de España en 2015 aumentó 0,94 grados sobre la media del período de referencia 1981-2010, –piensen ahora lo que podría suponer mantener esta tendencia en 10 años–. Los datos recogidos indican también que fue un año “extremadamente cálido”, “muy seco”, con un “23% menos de lluvia que lo normal”, y mayor irregularidad de precipitación, lo que refuerza la idea de que estamos en un proceso de cambio climático, como en el resto del mundo. Al ritmo actual, 2016 puede ser el año más cálido de la historia a escala global. España es de los países de la UE que más han aumentado sus emisiones de gases de efecto invernadero: en 2014 (un 1%) y 2015 (un 4%, al menos) mientras toda Europa disminuía un 30%. Y todo ello en un contexto de crisis económica. Los partidos gobernantes nos han colocado en el furgón de cola de la UE con este modelo productivo y, además, han implementado planes de asignación que benefician a los que más contaminan – petroleras, cementaras o energéticas– siguiendo una peculiar política ambiental: “Los que contaminan, cobran”. 2015 fue un año récord en consumo de carbón y nefasto en inversión en renovables. Por supuesto tampoco ha habido inversiones serias en adaptación al cambio climático a pesar de la alta vulnerabilidad del país. En 2015 ardió el doble de superficie forestal y el triple de bosque que en 2014, con víctimas mortales, millones y millones de euros perdidos y graves efectos ecológicos. Los ecosistemas forestales han sido abandonados a su curso, con tasas de ordenación que no llegan ni al 10%, la prevención es prácticamente nula y los gastos se destinan a la extinción. En biodiversidad sigue el declive; imparable en anfibios o reptiles y otras especies. Y aunque en el caso de algunas emblemáticas, como el lince, se ha detenido ese descenso, distan mucho todavía de tener poblaciones viables y siguen muriendo atropellados o envenenados. El lobo, por su parte, no corre mejor suerte; extinguido en gran parte del país, se sigue matando incluso en parques nacionales, (con el beneplácito de la propia administración). En cuanto al oso, su población solo sube ligeramente en uno de los tres núcleos donde existe, mientras que sigue en grave peligro en los restantes a pesar de las enormes sumas de dinero invertidas. Ecosistemas de gran valor

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natural como humedales, bosques maduros o estepas continúan en peligro. Cierto es que se declaró una gran superficie protegida, de una forma desigual por comunidades autónomas, pero sigue sin realizarse una planificación integral. El Instituto Geográfico Nacional nos proporciona otra evidencia sobre los rápidos e insostenibles cambios de ocupación del suelo. Hasta 1987 en España se habían artificializado –ocupación del suelo para la creación de vivienda, infraestructuras y equipamientos– 700.000 hectáreas; entre esa fecha y 2011 –último dato disponible– la cifra alcanzó las 600.000, o lo que es lo mismo, el 2,5% del país. El ritmo ha sido frenético; sin ir más lejos, en el período comprendido entre 2005 y 2011 la tasa media de artificialización rondaba las 109 hectáreas diarias. El litoral, sometido a una especulación brutal, solo detenida durante la crisis, ha experimento una cadencia de transformación de 2 hectáreas diarias en los primeros 500 metros de costa. A pesar de ello, el último gobierno indultó de forma aleatoria una serie de municipios, lo que va a posibilitar que se siga construyendo cerca del mar en contra del propio turismo y, por supuesto, del cambio climático. Por otra parte, más del 25% de la población está sometida diariamente a niveles de contaminación inadmisibles y peligrosos, por no hablar de que más del 50% de las masas de agua interiores incumple los niveles de calidad de la Directiva de Aguas. En concreto, nuestro país solo depura el 84% de sus aguas y mantiene vigentes 4 expedientes en el Tribunal Europeo de Justicia. La Fundación Nueva Cultura del Agua revela que el Índice de Explotación Hídrica supera el 40% (estrés severo) en casi todas las demarcaciones por detracciones agrarias, responsables del 70% de la demanda. La economía circular no acaba de despegar, la recuperación y el reciclaje han mejorado pero todavía les queda un largo recorrido. La adaptación al cambio climático que se debe de dar en todas las ciudades –especialmente en las más grandes– y en todos los sectores, sobre todo en aquellos que cuentan con una mayor dependencia del clima como son la agricultura, la ganadería o el turismo, todavía no se ha iniciado.

Cambiando el escenario: un futuro sostenible Por todo esto es evidente que es hora de actuar. Es imprescindible incluir la sostenibilidad en todas las políticas, encaminarnos hacia una economía baja en carbono y mejorar la eficiencia de la energía en el transporte, la construcción y la industria. Es necesario implementar la economía circular tendiendo al residuo cero y que sean considerados materias primas de otros procesos. Implementar la movilidad sostenible, creando mercados de cercanías, minimizando un transporte


UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR contaminante y despilfarrador. Los recursos naturales deben ser gestionados de una forma sostenible e inteligente. Es necesario, por ejemplo, un gran plan de infraestructuras verdes, de prevención de los incendios forestales, de respeto a la biodiversidad, de depuración de todas las aguas residuales y de recuperación de la calidad ecológica de las masas de agua. Para ello, es importante diseñar un plan contra la pobreza hídrica y recuperar la gestión pública del agua. Se han de restaurar los ecosistemas clave, particularmente los asociados a los recursos hídricos y la biodiversidad, e implementar corredores ecológicos entre espacios protegidos para generar una malla. A su vez, hemos de ser capaces de poner en marcha un plan específico de gestión integrada de zonas costeras que impida la construcción en los primeros 500 metros del litoral y que anule la ley de costas de 2013. Un futuro sostenible pasa por realizar un plan de reducción de emisiones y de adaptación al cambio climático en ciudades y sectores productivos con las empresas, los ciudadanos y la administración; por blindar las infraestructuras estratégicas como la captación y depuración de aguas. Se ha de potenciar la instalación de paneles solares fotovoltaicos y térmicos para fomentar el autoabastecimiento y la energía distribuida. En cuanto a las infraestructuras, resulta clave fomentar la intermodalidad entre el ferrocarril y los puertos y gestionar de forma eficiente y sostenible las ya existentes. Las administraciones han de dar ejemplo de actuaciones de sostenibilidad, realizando planes de compra y contratación verde, abasteciendo comedores y colegios con productos de agricultura ecológica. Se potenciará el comportamiento verde de las industrias propiciando un cambio de modelo productivo. Se prohibirán el fracking y los transgénicos y evitarán los riesgos del TTIP. En definitiva, se plantea un cambio de modelo energético y productivo basado en sectores sostenibles que busque un modelo bajo en carbono, mas basado en el “silicio que en el carbono”, es decir, más ordenadores y más investigación y desarrollo, apoyando la innovación y el I+D+i buscando una economía del conocimiento. Es preciso que la cuestión ambiental, la ecología y la sostenibilidad sea tomada en serio por las instituciones, las empresas y la sociedad incorporándola en el núcleo duro de las actividades prioritarias tendentes a rescatar a España. La protección del medio ambiente y la regeneración del medio rural crearán empleo productivo para el común. Es necesario un nuevo contrato social que incluya a los bosques, las aguas, las costas, como parte de nuestra naturaleza. Cuanto antes lo hagamos mejor.

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Quien paga manda. Lecciones de la transparencia de partidos aplicada a los medios 194

Por Miguel Ongil López

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Cómo es posible que la práctica totalidad de la prensa escrita presione abiertamente por la formación de un Gobierno cuyo Presidente pertenece a un partido que, a nivel nacional o autonómico, está imputado por destrucción de pruebas y acusado de organización criminal, financiación ilegal, blanqueo de capitales, malversación, apropiación indebida y cohecho? ¿Cómo puede ocupar más portadas las acusaciones contra un nuevo partido, algunas archivadas hasta en 7 ocasiones, que las decenas de sumarios que atenazan a los representantes legales de una formación política con amplias responsabilidades de gobierno en todos los niveles territoriales? ¿Cómo es posible que la intensidad de las acusaciones y juicios mediáticos no sea proporcional al poder que los partidos ostentan y no cesen cuando se descubren falsas? No podemos aspirar a una democracia más ética, ejemplar y participativa sin una ciudadanía informada. Si queremos aspirar a una democracia de calidad hemos de realizar un análisis crítico sobre el flujo de la información política en nuestro país, desde su producción en los partidos a cómo ésta se difunde en la esfera pública. Elemento central


UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR de este estudio es el papel de los medios de comunicación como principales intermediarios entre partidos y sociedad. Es lícito preguntarse por su aportación positiva o negativa al desarrollo de una cultura de la transparencia, la rendición de cuentas y el buen gobierno. La transformación digital de la sociedad y la economía ha tenido un alto impacto sobre la difusión de la información. La aparición de la Web 2.0 ha traído una reducción de las barreras de entrada para constituirse en fuente de información. Organizaciones de la sociedad civil (Civio, OpenKratio o Access Info) y el activismo social han sacado partido de esta democratización de la comunicación, que ha facilitado la conexión de colectivos antes dispersos y la difusión masiva de noticias antes ignoradas. Aunque el 65% de los internautas españoles consultan las noticias por Internet, las grandes cabeceras siguen marcando la agenda política a pesar de su pérdida de influencia. El auge de las redes sociales está haciendo que la opinión pública sea cada vez más la compartida. Sin embargo, la información compartida en redes hace más difícil separar hechos contrastados de la opinión formada en la esfera pública. Los medios de comunicación tradicionales se han adaptado mal al entorno digital en España. La caída de ventas e ingresos ha traído una fuerte concentración de la propiedad de los medios y una precarización de la profesión de periodista. El resultado ha sido un descenso objetivo de la calidad de nuestros medios de comunicación tradicionales y su credibilidad: la Comisión Europea ha avisado de que el pluralismo mediático está en “grave riesgo” en España; el Oxford-Reuters Institute califica los medios españoles como los de menor credibilidad de Europa; según la Asociación de la Prensa de Madrid el 80% de los periodistas reconoce sufrir presión para alterar la información. No es de extrañar que con este panorama los medios de comunicación en España no estén cumpliendo con su función de contrapoder. La clave está en la información a la que es más difícil de acceder: la concentración de poder. El informe de Access Info que analiza este aspecto en 20 países europeos y que lleva por título Transparency of Media Ownership señala que España es de los países más opacos. Aun careciendo de la información completa, sabemos que la propiedad de los medios en España se encuentra concentrada

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principalmente en tres grandes grupos, a su vez en manos de entidades bancarias y extranjeras a través de deuda y propiedad. Si se reclama, con razón democrática, a los partidos políticos el origen de sus ingresos, tanto públicos como privados, la misma vara de medir debería aplicarse a los medios de comunicación como herramienta fundamental de control democrático y fomento de la pluralidad. A nadie se le escapa que el posicionamiento particular de algunos medios en temas concretos se entendería mejor conociendo en detalle sus accionistas e ingresos por publicidad institucional. Pues bien, la higiénica demanda de transparencia de la financiación de los medios de comunicación por parte de Podemos ha sido calificada como una propuesta para “regular los medios y limitar su propiedad”. Es una tergiversación más que hace si cabe más pertinente la petición realizada. La transparencia en la financiación es la única forma de dar seguimiento efectivo y cumplimiento a la regulación ya existente –la Ley Audiovisual– que limita a su vez la concentración de capital. Nuestra propuesta tan sólo trata de dotar a la ciudadanía de las herramientas necesarias para fomentar el pluralismo y la participación social. Se ha criticado también la legitimidad de Podemos como partido político para realizar una demanda tan radical de transparencia en la financiación de los medios. Nos habilita para ello nuestro ambicioso modelo de transparencia y financiación, aprobado en Vistalegre y que nació con vocación de desentrañar las problemáticas propias de la financiación de un sistema de partidos altamente dependientes de las subvenciones y con una deuda bancaria que alcanza los 205 millones de euros. Un modelo sustentado por los pilares de la independencia, la transparencia y la innovación, principios que han inspirado un conjunto de medidas pioneras recogidas con entusiasmo por organismos anticorrupción como IDEA e instancias como la Asamblea Parlamentaria de la OCDE o el King’s College. No deja de ser algo de lo que sentirnos orgullosos. No en vano, durante el I Congreso Internacional Money in politics, Podemos fue reconocido como “ejemplo de organización para el escrutinio público”. Es difícil negar la mayor: Podemos es una organización política vilipendiada a nivel mediático, que en tan solo


UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR dos años de existencia ha revolucionando los sistemas de financiación en partidos políticos, demostrando que otra financiación alejada de la comprometedora deuda bancaria, una mayor transparencia, y más elementos de control de la corrupción son posibles con escasos recursos y voluntad política. Enfrente, y de forma paradójica, nos encontramos con determinados medios de comunicación que evitan contextualizar y contrastar las –en este caso– graves acusaciones que recibía la financiación de Podemos. Adicionalmente, muestran escaso interés por incrementar la transparencia sobre la financiación propia que explicaría algunos de sus posicionamientos, sino todos. En una interesante analogía con el sistema de partidos, en el sector mediático también están apareciendo nuevos medios que pugnan por romper la hegemonía de los tradicionales, los cuales, por cierto, se encuentran altamente endeudados y siguen recibiendo el grueso del dinero público proveniente de la publicidad institucional. Curiosamente, tanto medios como partidos de nueva creación apuestan por modelos innovadores de financiación más dependientes de sus comunidades y ofrecen una mayor transparencia sobre sus cuentas para abrirse camino y ganar credibilidad. De la misma forma que no entenderíamos que los partidos pudieran ser financiados por un puñado de personas, es necesario dotar a la ciudadanía de herramientas de transparencia para el control democrático de la información y el fomento de la pluralidad de los medios. En definitiva, si los medios de comunicación ofrecieran la información de gestión que exigen a los partidos políticos contribuirían definitivamente a mejorar la calidad de la democracia. El contraste de pareceres político se realizaría desde la responsabilidad, la honestidad y la voluntad de rendición de cuentas por parte de todos los actores implicados.

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Anexo Podemos en las raíces del pensamiento político español

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La inquietante actualidad de Oligarquía y caciquismo de Joaquín Costa 200

Por Nuria Sánchez Madrid

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o es motivo de complacencia la familiaridad que el ciudadano español del siglo XXI encuentra, casi sin proponérselo, en el ejercicio de denuncia que el político, jurista, economista e historiador aragonés del siglo XIX, Joaquín Costa, recoge en el contundente informe titulado Oligarquía y caciquismo, publicado en 1901. El informe había sido encargado al autor por el Ateneo de Madrid, actuando como portavoz de la comisión el Catedrático de Derecho Político de la Universidad de Salamanca, Enrique Gil y Robles. ¿Qué imagen del país ofrecen las escasas treinta páginas del informe de Costa? Por de pronto, llamará la atención del lector la frecuencia con que términos aledaños al fraude y la apariencia se suceden en sus páginas. Los esfuerzos revolucionarios depositados en las constituciones de 1812 y 1869 no habrían logrado concretar la definición de España como una “nación libre” (Costa, 1967, 18), en la que la soberanía reside en la nación, pues “a ella pertenece exclusivamente el derecho de instaurar sus leyes” (ibíd.). Tales manifestaciones no habrían sido capaces de reconciliar con su tiempo a la nación tardía española, por decirlo en palabras de Plessner. “[L]a libertad se había hecho papel, pero no se había hecho carne” (22). En palabras de Germán Gamazo, antiguo Ministro de Hacienda del gobierno liberal, la realidad sería muy otra: “España es una nación que se halla no arriba, donde debe estar, sino


UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR debajo; explotada, y no directora; sometida, y no gobernante” (ibíd.). Este es el funesto paisaje del escenario parlamentario, en el que Costa considera que Constitución, partidos, monarquía y Cortes no vendrían a ser nada demasiado distinto de un papel pintado o una orquestación imprescindible para que el Estado de hecho pueda seguir solapando a un Estado de derecho sepultado en los centones parlamentarios. Si no gobierna el monarca, ni tampoco se gobierna a sí misma la nación –distinción de la que Costa se muestra bien consciente–, será preciso reconocer cuál es la específica y efectiva forma de gobierno del país. Costa la ilustra con una potente imagen: el Ministerio de Gobernación instituye la jurisprudencia necesaria para que el gobernador civil controle las municipalidades, pero lejos de suponer esta transferencia algo parecido al inicio de una autonomía política, son los caciques locales, pieza central de este “feudalismo inorgánico” (20), quienes terminan por detentar el poder nacional. Sin duda, esta estructura procede de un trato: el cacique recibe el don del control de los municipios “a cambio de los votos necesarios para fabricar las mayorías parlamentarias en que los pocos centenares de políticos tienen que ampararse para dominar al país” (21). Una realidad semejante pone de manifiesto a juicio de Costa que el alzamiento del 29 de septiembre de 1868 mantuvo incólume al trono más peligroso del territorio español, a saber: el caciquismo, que sin duda tantas semejanzas debía despertar con la crítica aristotélica de la fácil complicidad de la peor de las oligarquías con la peor de las democracias. Tal combinación redundaría en las póleis anteriores a Alejandro en una suerte de compadreo entre los potentados locales y los demagogos. Pues bien, el lastre principal de La Gloriosa consistiría en haber mantenido intacta la barbarie caciquil, revestida ahora con la hipocresía del cumplimiento de los dictados de la soberanía nacional y del sufragio universal. Nada más lejos de esa ideología engañosa que la superposición de dos Estados en uno que Costa denuncia con toda contundencia. Uno legal, otro consuetudinario. Donde el segundo selecciona las leyes más adecuadas a los intereses de “una minoría corrompida y corruptora” (21). La costumbre y usos del cacique era anterior al grito emancipador de Cádiz, pero los agentes de la revolución no advirtieron con perspicacia que la defensa de la libertad contaba como su cara oculta, pero indispensable, el combate –legal y efectivo– del cacique. El siglo XIX habría transcurrido para las élites –más anheladas que reales– y el pueblo español en una confianza ciega, de la que también participa la prensa –véase el severo juicio que merece a Costa la obra de embotamiento popular llevada a cabo por La Gaceta–, en la acción mecánica y los automatismos de la libertad.

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Bastaría con nombrarla o sellarla sobre el texto constitucional para que comience a dar sus frutos en el territorio nacional. Pero ello no era cierto, no podía serlo sin eliminar antes efectivamente –de la mano de decretos y leyes– los obstáculos que impedían ese mismo operar jurídico. “[N]o veíamos en la libertad una cosa dinámica: la libertad era un mecanismo, el «sí» de una mayoría parlamentaria, un artículo de la Constitución” (23). Era pues preciso arrancar al morrión de Sagasta el alfiler del cacique, inaugurando una nueva etapa para la libertad nacional. Uno de los principales escollos que impide una regeneración política efectiva en España obedecería al vergonzante papel interpretado por los partidos políticos, cuyas agendas se muestran enteramente complacientes con las costumbres ancestrales de los próceres locales. Los partidos son facciones, banderías, grupos parciales herederos de las facciones de corte de las monarquías medievales. O, lo que es lo mismo, desconocen el código de lo común. Costa recurre a la definición de caciquismo del krausista Gumersindo de Azcárate: “feudalismo de un nuevo género, cien veces más repugnante que el feudalismo guerrero de la Edad Media, y por virtud del cual se esconde bajo el ropaje del gobierno representativo una oligarquía mezquina, hipócrita y bastarda” (24). La degeneración o desviación de la aristocracia –la parékbasis consistente en la oligarquía para Aristóteles– haría desear su sustitución por la figura suplantada por el cacique, a saber, el verdadero aristócrata. Mientras las corruptelas sin fin del caciquismo sostengan el régimen parlamentario –afirma Costa–, no tendrá sentido tomar las leyes en serio, “buscando en ellas garantía o defensa para el derecho” (27). Quien así habla declara conocer sobradamente la situación de tribunales y oficinas de abogados del país. Esa misma experiencia le conduce a recoger una sumamente elocuente afirmación, casi confidencia, de un diputado en Cortes, que comunica a Costa la convicción de que solo los diputados, los senadores y los directores de periódicos de gran circulación —como La Gaceta— serían en España sujetos sui juris, hombres libres como los antiguos ciudadanos atenienses, frente a las personas jurídicamente incompletas que constituiría el resto de la ciudadanía, destinados a permanecer en el exterior del juego político. Hablamos de la carne de cañón de los conflictos alegremente declarados por un grupo de individuos que, “tranquilo y disfrutando de las comodidades de un hogar bien dispuesto y acondicionado, decreta la guerra” (29). He ahí la stásis más escandalosa, a saber, la que separa a una élite podrida de 18 millones de individuos avasallados, “que viven aún en plena Edad Media, para quienes no ha centelleado todavía la


UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR revolución ni proclamado el santo principio de la igualdad de todos los hombres ante el derecho” (28). El quid oligarchae placuit, legis habet vigorem de Ulpiano, caracteriza la combinación de acracia y cesarismo que conviven en la forma de gobierno de España. Esa es su realidad, ya se quieran escribir innumerables textos que oculten este odioso poder fáctico. Los caciques extienden a las localidades más periféricas el dominio de los oligarcas –primates, prohombres o notables de cada bando–, contando para ello con la preciada mediación del único agente propiamente político, a saber, el gobernador civil. Difícilmente podría pensarse en un sistema en que el poder político se encuentre más secuestrado por los poderes fácticos económicos y sociales, principal causa del retraso ominoso del país. Nada de ello habría sido posible si no fuera cierto ese antiguo proverbio español “báxanse los adarves, álzanse los muladares”, esto es, si no se hubiera aplicado con disciplina todo un proceso de selección invertida, por obra del cual los peores –por capacidades, por carácter, por desinterés hacia lo público– sencillamente son elevados a los altares de la gloria nacional. Tal inversión del orden natural de las cosas se ha visto beneficiada por la falta de formación de la que adolece el pueblo. Tras reconocer Costa que lejos de su ánimo se encuentra el azuzar al campesinado a alzarse contra los próceres cual ángel exterminador, sostiene lo siguiente: “Las hoces no deben emplearse nunca más que en segar mieses; pero es preciso que los que las manejan sepan que sirven también para segar otras cosas, si además de segadores quieren ser ciudadanos: mientras lo ignoren, no formarán un pueblo: serán un rebaño a discreción de un señor” (32-33). La falta de educación hará que los más desfavorecidos y dependientes acepten voluntariamente las cadenas que los aherrojan y condenan a una existencia subsidiaria. Sin ese cambio, “no habrá tal Constitución democrática, ni tal régimen, ni tal nación europea” (33), sino un conglomerado de siervos, a los que el mismo Japón, dejando dolorosamente atrás su Medievo samurái con el cambio de siglo, habría superado en Modernidad. Costa se detiene en el asombro que la emigración catalana en Francia siente ante la evidencia de que la vida sin caciquismo y espíritu servil es posible, en un país “donde son respetados y protegidos, donde los alcaldes les oyen y los tribunales les hacen justicia, y los hombres son todos iguales ante la ley y la ley se cumple” (34). La existencia del contraejemplo republicano francés no puede sino tener efectos en el pueblo, ampliando su cultura política. Se cree en lo que se conoce y lo que se va conociendo en contradicción con lo aprendido introduce el espolón de la sospecha y la mecha de la indignación.

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Joaquín Costa (1967). Oligarquía y caciquismo. Colectivismo agrario y otros escritos, Alianza Editorial

Puesto que el programa liberal de las parcialidades ha fracasado sonoramente, Costa preconiza adoptar un neoliberalismo –curioso trompe l’oeil del lenguaje–, en condiciones de extirpar la oligarquía de nuestro suelo y de establecer un self-government de inspiración británica, que sepa extraer lo mejor de la insociable sociabilidad humana, sin perder de vista los fines de la vida política. Numerosas acciones por decreto, posteriormente transformadas por el debido cauce parlamentario en leyes estables, son las que Costa exige para ejecutar un inmediato y urgente golpe de timonel en la política nacional que permita poner freno al retroceso y africanización del país. Tales medidas afectarán a la gestión de los recursos y energías nacionales, ligadas a una Caja o varias de ellas, especiales e independientes de Hacienda; a la reforma radical de la educación, acompañada de la creación de instituciones de formación en el extranjero; al abaratamiento del pan y la carne; a la reducción del interés del dinero, mediante la extensión de la red de cajas rurales y bancos agrícolas territoriales y la abolición de los privilegios del Banco Hipotecario de España; a la modernización de los caminos de herradura; al suministro de tierra cultivable, en régimen de posesión perpetua e inalienable; a la legislación social, regularizando la contratación laboral y estableciendo seguros sociales o populares; al crédito monetario de la nación, promoviendo la vuelta al oro, con el consiguiente abaratamiento de francos y libras; a la creación de un poder judicial digno de su nombre, expurgando el personal existente y renovándolo con arreglo a las facultades y formación propias de los cargos; al autogobierno local, decretando el fin de la tutela nacional y, por último, a la renovación del liberalismo abstracto y legalista imperante en España, sustituyéndolo por un “neoliberalismo orgánico, ético y sustantivo”, destinado a combatir a caciques y oligarcas. Cuántas de tales medidas permanecieron en el tintero del liberal regeneracionista no es difícil de identificar. Basta un poco de historiografía. Mayor inquietud despiertan las preguntas que se agolpan en nuestra cabeza cuando nos preguntamos si el escenario aciago descrito por el autor de Oligarquía y caciquismo está refiriéndose al pasado o más bien al presente, a la vigencia de un Estado consuetudinario, incólume a la sucesión de formas de gobierno o incluso a los grandes acuerdos de reconciliación nacional –piénsese en la llamada Transición–, un Estado tan reacio a desaparecer de la escena política como proclive a transformarse históricamente en multitud de clases de corruptela contra las que Costa no habría tenido el menor empacho en combatir con su pluma regeneracionista.


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La ausencia de tradición republicana en España 206

Por José Luis Villacañas

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Cuándo empezó todo? ¿Cuándo se inició esta historia trágica de nuestra vida política como pueblo, que nos fue separando poco a poco de la modernidad europea? ¿Cuándo comenzó aquella línea de divergencia que nos fue distanciando de los pueblos avanzados de Europa y convirtiendo en un pueblo impolítico, incivil, triste y atrasado, sin lazos comunitarios fuertes, que nos llevó a esa sucesión de guerras civiles que atraviesa nuestra modernidad y que desemboca en esa sangrienta contienda de 1936, que asombró al mundo por su ferocidad, crueldad e inhumanidad? ¿Dónde hacer pie para encontrar un instante histórico que nos permita decir, hoy, a nosotros, aquí y ahora, “allí tenemos nuestros antepasados, esa es nuestra tradición, esos hombres son los nuestros, con ellos queremos enlazar nuestro combate histórico”? Algo así se preguntaba Azaña cuando ya parecía claro que la Restauración de 1875 se podía dar por concluida, ante la incapacidad de las viejas y corruptas élites de transformar el anticuado sistema político de fraude y cacicato en una democracia moderna de masas. Pues bien, el que fuera líder republicano encontró ese momento inicial de nuestra divergencia con Europa en las Comunidades de Castilla de


UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR 1520. Una aproximación que resulta meritoria y atractiva, pero que, al mismo tiempo, merece ser revisada. Para ello debemos estar en condiciones de entender varias cosas en las que Azaña no puso énfasis. Primera, que el verdadero proceso de divergencia respecto de Europa consistió en la conversión de la monarquía hispánica en una potencia imperial. No nos marginamos de los procesos políticos modernos, sino que más bien dichos procesos fueron los mecanismos de resistencia que se dirigieron contra la presión imperial de la política hispánica. Las élites españolas triunfantes en la llamada Guerra de las Comunidades no podían participar de la modernidad porque esta ofrecía el conjunto de hallazgos e innovaciones de aquéllos que resistían la dominación hispánica. Por tanto, no nos separamos de Europa para caer en el propio abandono, lo que sucedió es que España tenía que declarar hostilidad a toda forma política moderna porque en ella se hacían fuertes sus enemigos. Si tuviéramos que identificar el enemigo moderno que se puso en marcha contra la dominación española, tanto en los Países Bajos como en Suiza, en las tierras alemanas como en algunas italianas, tendríamos que reconocerlo en una expresión: el republicanismo urbano. Al fracasar en España y perder la Guerra de las Comunidades, nuestro republicanismo recibió un golpe mortal. El republicanismo urbano fue la forma en que se produjo la resistencia de diversos estamentos no solo a los poderes imperiales, sino también a los poderes patrimoniales regios. Y si con estos últimos fue posible llegar a diversos acuerdos, la mentalidad imperial hispana, en cambio, no posibilitó las alianzas. Por lo tanto, cuando miramos los procesos históricos desde este punto de vista, nos damos cuenta de que España tuvo que ser remisa al proceso de la modernidad porque, para poder embarcarse en el proceso imperial, las fuerzas del patrimonialismo de los Austrias tuvieron que derrotar previamente a las fuerzas republicanas urbanas, que eran las portadoras del futuro. Desde este punto de vista, tendríamos que considerar los levantamientos de las ciudades de Castilla, del reino de Valencia, de las Islas Baleares, de Palermo y de Nápoles como efecto de la hostilidad de las ciudades a poner sus recursos económicos en la empresa de la unificación imperial de Europa bajo la hegemonía de los Austrias. En este sentido, con las Comunidades tuvo lugar el enfrentamiento de dos principios políticos que ya habían jugado su batalla en

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la vieja Roma, que lo habían vuelto a hacer con el Imperio Germánico de Federico I y que con Carlos V se volvía a presentar con la regularidad de una ley histórica: el principio imperial y el principio republicano de las ciudades. A la pregunta de por qué no hay en las tierras hispánicas un republicanismo intenso, operativo, productivo; de por qué no hay una tradición republicana continua y permanente –la única que hace a los pueblos civiles y políticos–, la respuesta es bastante sencilla: porque ese republicanismo fue derrotado al principio mismo de la modernidad. Las ciudades perdieron todo poder político en España y, a cambio de ello, recibieron el papel económico de convertirse en prestamistas del príncipe patrimonial, con lo que acabaron convertidas en núcleos oligárquicos de rentistas que se apropiaban de los recursos fiscales de los campesinos bajo la forma de pagos de intereses por sus juros perpetuos, los préstamos al rey. En esas condiciones, la economía fundamental de las ciudades fue del todo contraria al principio productivo de la economía capitalista moderna. Los rentistas, asesorados por la cultura clerical de los teólogos salmantinos que defendían el derecho natural de los juros, dominaron las ciudades españolas, pactando con un rey siempre necesitado de nuevos préstamos. Fue así como, a diferencia de otras ciudades que perdieron derechos políticos, como las inglesas, las españolas abandonaron la iniciativa económica de la artesanía y de la industria, a favor de una explotación continua del campo, lo que condujo a la miseria general. Así pues, a la pregunta por la ausencia de un republicanismo en España, respondemos que las ciudades fueron derrotadas frente a la potencia imperial de la casa de Austria. Pero, ¿por qué las ricas ciudades castellanas, con su reina legítima bajo su poder en Tordesillas, con su hijo el rey Carlos en el extranjero, cuyos representantes en el gobierno expoliaban de forma descarada a los hispanos, hasta tal punto que un observador llegó a decir que los españoles eran los indios de los borgoñones; por qué –digo– esas fuerzas superiores perdieron la batalla contra la monarquía? Por los documentos que nos dejaron sabemos que los líderes de aquel movimiento urbano eran suficientemente lúcidos como para reclamar una constitución para el reino. Eran conscientes de todos los problemas a los que se enfrentaban. Su diagnóstico era acertado y clarividente. Sabían ver lo


UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR perverso de una representación en Cortes limitada, lo injusto de la Inquisición, lo irracional de exportar lana e importar tejidos ya elaborados, lo inadecuado de una feudalización de América, lo excesivo de las propiedades de la Iglesia. Y sin embargo, perdieron la batalla. Sin duda, enfrente tenían un puñado de nobles tradicionales que tras muchas dudas se aliaron con Carlos, pero no toda la nobleza estaba en contra de las ciudades. Para un observador imparcial resulta evidente que las ciudades llevaban ventaja. Testigos de la época daban por perdido el reino y consideraban que la Junta de Tordesillas podría convertirse en la verdadera gobernación e imponer sus condiciones al rey. ¿Por qué perdieron entonces? La respuesta no ofrece dudas. A las ciudades les faltó espíritu federal. Nadie pensó en vincular la causa de Castilla con la de Valencia. La vieja solidaridad de la corona de Aragón no funcionó. El reino de Galicia, agotado por la Revuelta Irmandiña, no asumió la reivindicación de Zamora, que resistió hasta el final y no presentó un frente unido. En realidad, con demasiada frecuencia las ciudades estaban imbuidas de una mentalidad señorial, muy parecida a la propia de sus rivales, los grandes nobles territoriales. Estaban pendientes de los privilegios de cada ciudad, y no tenían un sentido del reino y mucho menos de unidad política con los otros reinos. La tradición parlamentaria castellana era escasa, la capacidad de forjar acuerdos resultaba lastrada por rivalidades procedentes de una mirada cortoplacista acerca de sus propios intereses, y muchas ciudades estaban ya infiltradas por grandes nobles instalados en sus propios solares. Todas estas dificultades podrían haberse salvado si se hubiera encontrado algún tipo de elemento capaz de superar el sentido exclusivo de la res publica como una realidad limitada a cada ciudad. El corporativismo tardomedieval permitía desde luego que una res publica se integrara en otra de índole superior. Así, las ciudades flamencas o suizas, aunque cada una de ellas se veía como una república por sí sola, fueron capaces de integrarse en otro orden común superior que se organizaba en parlamentos unitarios y en comisiones de gobierno compartidas. Tal cosa no ocurrió en Castilla ni en España. La mayor tradición parlamentaria del reino de Valencia determinó que, con mucha menos fuerza real, las milicias valencianas dirigidas por la capital plantaran cara con más energía al conjunto de tropas nobiliarias e

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imperiales. Pero nadie mostró un espíritu federal. La pregunta que debemos hacernos es por qué no existía en España un principio capaz de forjar un acuerdo federal de ciudades que dieran un nuevo sentido al cuerpo político unitario. Esta pregunta no puede contestarse en abstracto. Cuando nos preguntamos qué dotó a las ciudades suizas, a las holandesas o a las alemanas de esa capacidad de federarse y de combatir unidas contra el principio imperial hispano, sólo podemos identificar un elemento: la Reforma. No se ha subrayado lo suficiente el hecho de que la revolución teológica que abrió Lutero y que culminaron Calvino y Bucero, dotó a la época de una nueva noción de espíritu que forjó una nueva vivencia de la comunidad, una experiencia que no estaba condicionada espacialmente sino que podía atarse por lazos invisibles y distantes. Fue esta revolución mental la que permitió forjar un principio federal en las tierras reformadas. Las Comunidades y las Germanías no dispusieron de nada parecido. La forma católica de religión no tiene una base comunitaria sólida. Requiere del predicador y de la persona sagrada para constituirse, y estas figuras, instaladas en los Consejos y en la Inquisición, no tenían interés alguno en que se abriera paso esa transformación mental. Una revolución mental es algo que no se improvisa en la historia. Prende a veces en procesos acelerados, pero para levantar los fuegos que brillan en la historia antes tienen que arder en el subsuelo, casi sin hacer ruido. Si alguien observara el lento movimiento en el que se forjó la Reforma, tendría que remontarse aguas arriba hasta el Concilio de Basilea, de 1431. El fracaso de este Concilio permitió constatar la imposibilidad de Roma de reformar la Iglesia tanto como la necesidad urgente de esa misma reforma. Cuando nos preguntamos si Castilla y España no estaban ya separadas de Europa en esa época, tenemos que contestar que no. Los hombres de Castilla tuvieron una gran importancia en ese Concilio. Algunos de ellos lo teorizaron y defendieron en diálogo con los grandes humanistas de la época. Aunque sin la altura de un Nicolás de Cusa, los hijos de Castilla estaban en condiciones de dialogar con él. Entre otras cosas le sirvieron con una traducción del Corán, lo que le permitió a Cusa avanzar en su ideal cosmopolita de paz con el Islam. Cuando miramos los productos de la inteligencia española de esa época, nos damos cuenta de que teníamos todos los


UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR elementos para conformar esa revolución mental que fue la base de la Reforma y que dotó al cristianismo de una experiencia comunitaria capaz de fecundar un espíritu federal. Esa revolución mental implicaba una teoría de la ciudad, una asunción del republicanismo ciceroniano, una defensa de la amistad civil, de la retórica elaborada y contenida, de la responsabilidad de los magistrados, de la organicidad de la ciudad y del reino, de la dignidad de los oficios, incluidos los campesinos, del valor del trabajo. Los héroes intelectuales de la época vincularon, como luego sucedió en Alemania y en los Países Bajos, las burguesías urbanas y los nobles. La amistad entre Alfonso de Cartagena y el Marqués de Santillana resulta emblemática y ofreció los líderes de este movimiento cultural. Pero sobre todo, estos héroes intelectuales estaban en condiciones de transformar la cultura popular de la época, cambiar el sentido del cristianismo. De ser una religión política, externa, ritualizada, ellos ofrecieron una experiencia íntima nueva del singular, que se acreditaba en su capacidad de sentir y vivir la vida comunitaria de forma responsable. Los portadores de esta cultura nueva eran en su inmensa mayoría los conversos, los hijos de Sefarad, que se habían convertido forzados a un cristianismo que ellos intentaban mantener apegado al sentido intacto del Antiguo Testamento. Esta revolución cultural fue aplastada por la Inquisición dominada por las elites más arcaicas de las órdenes religiosas. Con ella se eliminó el principio cultural que podía no sólo fortalecer el principio republicano, sino ofrecer un principio federal capaz de vincular en un espíritu a las elites de las ciudades. Al eliminar mediante la Inquisición a decenas de miles de estos miembros de las elites urbanas, el movimiento de las ciudades se debilitó a lo largo de este casi medio siglo. Cuando el movimiento urbano llegó a la lucha contra el principio imperial ya estaba muy debilitado desde el punto de vista cultural, económico y político. Desorganizado y sin dirección clara, sucumbió fácilmente. El resto es conocido. Los conversos fueron desalojados no solo de las ciudades y de los lugares de gobierno. Ante todo fueron expulsados de las Universidades y de los cabildos mediante los estatutos de limpieza de sangre. No hay un gran converso que no fuera sometido a la presión de la Inquisición. Con ellos desapareció el principio básico que podía haber integrado la vida del campo y de la ciudad, que podía haber

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preparado un sentido de comunidad capaz de ofrecer la base de una nueva comunidad política, los portadores de una nueva forma de educación y de una nueva solidaridad. Al controlar las Universidades las mismas órdenes que controlaban la Inquisición, impidieron preventivamente que la Reforma prendiera, y tanto los saberes temporales como los humanistas y cristianos se vieron sepultados ante un saber ritualizado y mecanizado, carente de vida, complejo y contradictorio, que siempre dejaba la última palabra al consejo del teólogo. De este modo, el espíritu se fue enquistando, con lo que la mentalidad de rentista alcanzó en la repetición perenne de los dogmas su expresión afín. Desde aquel tiempo, venimos sufriendo un déficit de republicanismo y de sentido de lo común. En todos los momentos centrales de nuestra historia (en las crisis de Felipe II, Felipe IV, Felipe V, en la Guerra de la Independencia, con Fernando VII al inicio del Trienio, en 1848, en la Revolución Gloriosa, en la Semana Trágica, en la Segunda República), el principio urbano siempre ha vuelto a presentarse puntual, activo y emancipador, defensor de los intereses populares, porque expresa las realidades urbanas que constituyen el sustrato básico de nuestra vida política y reclama el cumplimiento de los elementos de una modernidad política frustrada a lo largo de siglos. Pero siempre ha fracasado, porque le ha faltado la profundidad y el asentamiento de ese principio republicano y, lo que todavía es más importante, el principio federal capaz de lograr en libertad la unificación de un cuerpo político. Y por eso, las fuerzas reactivas en nuestra historia siempre han aspirado a eliminar de raíz ese concepto republicano y cualquier sentido del principio federal. Y la mejor manera de lograr ese olvido siempre fue la destrucción de la libertad y de la calidad universitaria, la obstaculización de toda cultura capaz de lograr entre nosotros un espíritu cívico moderno. Y eso es lo que nos permite decir, aquí y ahora, que somos los herederos de una batalla que atraviesa nuestra historia y que desde el principio obstaculizó nuestra modernidad, la batalla de la cultura crítica, republicana y pactista de los intelectuales de los siglos XV y XVI, lo que nos permite decir que aquellos héroes conversos de entonces son nuestros antepasados, nuestros ejemplos intelectuales y políticos, nuestros ancestros y lo que fortalece y nutre nuestra memoria y el sentido de nuestra historia moderna.


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Porque el hombre no es lobo para el hombre, según escribiera Ovidio, sino hombre Francisco de Vitoria

La Escuela de Salamanca: derechos humanos, libertad republicana y soberanía popular 214

Por Clara Serrano

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n el preámbulo de nuestra Constitución se establece el deber de la nación de garantizar el ejercicio de los derechos humanos fundamentales. Esta referencia a los derechos humanos, presente en todos los ordenamientos jurídicos de los Estados de derecho democráticos, fija un límite normativo que no puede ser rebasado por ningún poder, y asigna a los Estados la tarea de garantizar su ejercicio. Los seres humanos, por el hecho de haber nacido, son sujetos de derecho, y toda transgresión de estos derechos fundamentales tiene que considerarse ilegítima, venga de donde venga la transgresión. Aunque es evidente que la mera enumeración por escrito de los derechos humanos no tiene por sí misma ninguna eficacia, y de hecho estamos más que acostumbrados a que la norma sea su violación sistemática e impune, no obstante, ninguna democracia podría permitirse prescindir de esta apelación a los derechos humanos para legitimar el ejercicio del poder político. En un momento como el actual, en el que estamos viendo en la UE como los poderes económicos y financieros han puesto en jaque a las soberanías de los Estados, se impone como tarea política urgente lograr limitar y controlar democráticamente la actividad de dichos poderes, garantizando que la soberanía resida realmente en los parlamentos, y no, como ocurre actualmente, en


UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR opacas instituciones fuera de todo control democrático. Por otro lado, es preciso dotar a los Estados de la arquitectura institucional necesaria para el ejercicio efectivo de los derechos humanos, que continúan siendo la vara de medir irrenunciable con la que juzgar en qué medida nuestros pretendidos Estados de derecho se aproximan a lo que deberían ser. A este respecto, el juicio no podría ser más desolador. Asistimos en la Unión Europea al vergonzoso espectáculo de una comunidad de Estados democráticos donde se impide el asilo a millones de personas que huyen de la guerra y de la miseria dejando que mueran ahogadas, se efectúan deportaciones masivas y confiscaciones de bienes, y se apuesta por el refuerzo de las fronteras y la criminalización de los “refugiados”. Aunque sobre el papel uno de los fines de la UE es el compromiso de promover los derechos humanos, no parece que exista ninguna voluntad real de asumir su responsabilidad política y moral en lo que está siendo un genocidio atroz, fuera y dentro de nuestras fronteras. Como ciudadanos europeos no puede sernos indiferente que esté sucediendo algo tan indigno. Conviene recordar que la doctrina de los derechos humanos surgió precisamente como reacción ante lo que fue un genocidio brutal. Los derechos humanos suelen asociarse con la filosofía de la Ilustración y con las declaraciones promulgadas durante la Revolución francesa, en las que están inspirados nuestros ordenamientos jurídicos. Sin embargo, rastrear las primeras fuentes de la tradición del derecho natural en realidad nos obliga a retrotraernos hasta el siglo XVI, a la época de la conquista colonial por parte de la monarquía española, o como lo llamó Bartolomé de las Casas, “la destrucción de las Indias”. Fueron los teólogos españoles de la llamada Escuela de Salamanca, fundada por el dominico Francisco de Vitoria, quienes definieron los derechos naturales de la humanidad, posibilitando el posterior surgimiento de la filosofía iusnaturalista moderna. Como ha señalado Joaquín Miras, tras el olvido del que fue objeto durante siglos la Escuela de Salamanca, vino un intento de recuperación –o más bien de reapropiación– de sus ideas por parte del franquismo, para convertirlas en su noble y respetable antecedente intelectual. Sin embargo, esta vinculación es, además de interesada, radicalmente falsa. Los planteamientos teóricos y políticos de Francisco de Vitoria y del resto de la Escuela de Salamanca entroncan con el pensamiento político republicano, en el que se incluyen nombres tan dispares como Rousseau, Kant, Locke, Jefferson, Robespierre o Marx. La defensa de la libertad republicana como principio universal, el

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derecho de existencia, la soberanía popular, la necesidad de fundar un orden civil basado en el imperio de la ley que ante todo proteja el bien común, son ideas que están presentes en los autores españoles del siglo XVI, y en algunos casos –como en el de Juan de Mariana– sostenerlas tuvo como precio la persecución por parte del poder. En un mundo en crisis, en el que el proyecto de un imperio universal cristiano se había desmoronado, la Escuela de Salamanca hizo el ejercicio de elaborar propuestas políticas de carácter radicalmente antifeudal para encontrar una salida a una situación de encrucijada, en la que además se hizo el “descubrimiento” de una humanidad no cristiana en los territorios americanos colonizados. De hecho, el planteamiento filosófico de los derechos naturales nace como reacción crítica ante el escándalo y la indignación que produjo la violencia desatada contra las poblaciones indígenas colonizadas. La esclavitud, el expolio, las expropiaciones, y el exterminio fueron el modo en que el imperio español se relacionó con esa nueva parte del género humano hasta entonces desconocida. Ante la barbarie, las reacciones intelectuales fueron dispares. Hubo quienes trataron de legitimarla, basándose en la ausencia de humanidad en los “salvajes”, la tarea intelectual de la Escuela de Salamanca, por el contrario, tuvo como objetivo proclamar la incondicional ilegitimidad de la esclavitud, tanto de los individuos como de los pueblos. La innovación de Francisco de Vitoria respecto a la tradición cristiana anterior fue la sustitución del concepto de cristiandad por el de género humano. Todos los seres humanos, con independencia del lugar que habiten en la tierra, pertenecen al género humano, lo que les convierte en sujetos que nacen libres. Esto significaba que la esclavitud dejaba de ser considerada una institución perteneciente al derecho natural, para pasar a ser contra natura y, por tanto, ilegítima. Pero la libertad tiene que ser garantizada y protegida por los poderes públicos, dependiendo por tanto de la existencia de un poder civil, que es principio constitutivo de la República. La libertad debe ser instituida a partir de la ley, que no se reduce a un instrumento de coacción, y debe mirar siempre por el bien común. El imperio de la ley es universal, y por tanto obliga a todos los ciudadanos por igual, incluido el rey, que no deja de ser un magistrado, y por tanto un servidor público que no sólo carece de privilegios especiales, sino que su deber es actuar al servicio de sus conciudadanos. Definir el fin de la República en términos de bien común, tal y como lo hizo Francisco de Vitoria, supone deslegitimar cualquier uso del poder que favorezca intereses privados, pues entonces se trataría de puro despotismo: ningún ciudadano o grupo de ciudadanos tiene la legitimidad de usar el poder


UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR en beneficio propio, pues en caso de hacerlo está convirtiendo a los ciudadanos en sus esclavos, despojándoles de su libertad civil que es el rasgo indispensable para disfrutar de la condición de ciudadanía. El uso del poder para el interés privado constituye, por tanto, una transgresión de los derechos naturales a través de lo que Vitoria denomina “leyes tiránicas” a las que es legítimo desobedecer, puesto que no se rigen por el bien público. “No es lícito al príncipe dar una ley que no atienda al bien común; de otro modo sería una ley tiránica, no una ley justa puesto que se trata de una persona pública, que está ordenada al bien común, y es un ministro de la república. […] y si constara que de ninguna manera mira al bien común, no habría que obedecerla” De Vitoria invalida la justificación del despotismo, la “razón de Estado”, que prioriza la glorificación del poder sobre los derechos humanos, y que justifica su transgresión cuando entraña la preservación del propio poder. El fin de la República no debe ser su propia supervivencia, sino garantizar el bien común y una vida digna a los miembros de la comunidad política, finalidad que implica una serie de condiciones materiales. En Vitoria, como en toda la tradición republicana, está presente la cuestión de la subsistencia como condición de la libertad. Es preciso que cada uno de los ciudadanos tenga garantizado el acceso a los bienes materiales que necesita. El acceso a la tierra, que para Vitoria es un bien común de la humanidad, es un derecho natural, pues es lo que garantiza la subsistencia; pero la forma en que se distribuye debe ser establecida por la ley y el poder civil, para garantizar que obedezca a los criterios de igualdad y justicia. La propiedad privada es una forma posible, pero no sirve cualquier manera de distribución de la propiedad, pues una distribución que propicie la acumulación de bienes en pocas manos y la carencia de la mayoría es injusta y desigual. Esta idea resuena en la célebre proclamación de Robespierre del derecho de existencia como derecho supremo por encima de cualquier otro, incluido el derecho de propiedad. En la tradición iusnaturalista se encuentra también la defensa del principio de la soberanía popular contra el principio aristocrático: la soberanía pertenece al pueblo, y no al rey, ni siquiera a una minoría que por razón de nacimiento haya de suponerse más virtuosa. Basándose en esta confianza en el pueblo, Juan de Mariana fundamentaba la legitimidad del tiranicidio, en caso de que el rey dejara de ser un “buen rey”, un servidor del pueblo

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y del bien común, para convertirse en un tirano que gobierna por encima de la ley. Pero la libertad no es una exigencia exclusiva de los individuos. La Escuela de Salamanca defiende que también todos los pueblos, pertenezcan o no al mundo cristiano, tienen derecho a ser libres y por tanto a gobernarse. Les corresponde a todos ellos el derecho a la soberanía y a una res pública, y toda conquista es una forma de tiranía. La libertad, aplicada a las relaciones entre pueblos, significa que ninguno de ellos tiene derecho a someter a otro, tampoco por motivos religiosos. Se trata de un proyecto político que apunta a la idea kantiana de una federación libre de repúblicas como la única forma de garantizar la “paz perpetua” entre los Estados, en oposición al proyecto despótico de una monarquía universal defendida por una parte de la tradición cristiana, y desde luego diferente al internacionalismo liberal basado en un mercado mundial. Por último, en Vitoria se encuentra a partir del derecho de gentes la defensa de los derechos de los individuos y de los pueblos por encima de los intereses de los Estados, lo que supone un límite jurídico a la soberanía de las repúblicas. El ius migrandi, el derecho a emigrar y a circular por cualquier lugar de la tierra es un derecho universal, y nadie puede limitarlo. Al mismo tiempo, el derecho a suelo –ius soli– obliga a toda república a garantizar a todos sus habitantes la condición de ciudadanía. Es importante señalar el vínculo entre tener garantizados los derechos humanos y la pertenencia a una comunidad política. Sabemos que por muy alto que se proclame su universalidad, los derechos humanos, sin un poder político que los garantice y los proteja institucionalmente, no tienen ninguna posibilidad. Como se ocupó de mostrar Hannah Arendt, el siglo XX nos enseñó que cuando se apela a los derechos humanos es porque ya se han perdido los derechos de ciudadanía, y en realidad lo que se está demandando es el derecho a pertenecer a una comunidad política. Quien carece de Estado carece de lo que Arendt formuló como “el derecho a tener derechos”. La única forma de cumplir desde las instituciones europeas con el compromiso de proteger los derechos humanos consiste en dotar de derechos ciudadanos a quienes los han perdido. Por eso la actitud de la UE no puede ser más cínica, reclamándose heredera de una tradición como el iusnaturalismo, mientras mira hacia otro lado ante el feroz genocidio que tiene lugar fuera y dentro de sus fronteras. Con cada persona ahogada en las aguas del Mediterráneo se ahoga la dignidad sobre la que supuestamente se cimentó el proyecto europeo.


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Pi y Margall. Una idea democrática, federal y social de España 220

Por Jaime Pastor

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a relevancia de la figura, el pensamiento y la actuación política de Francisco Pi y Margall en la segunda mitad del siglo XIX español ha sido generalmente subestimada por la mayoría de las corrientes políticas contemporáneas. Sin embargo, no es posible comprender en toda su complejidad esa parte de nuestra historia común sin reconocer el papel que este catalán y presidente de la Primera República jugó en la propuesta de un proyecto de construcción de un Estado democrático, federal y social español, alternativo al propugnado por los poderes económicos y sociales oligárquicos y centralistas. En ese sentido, constituye sin duda un antecedente y un referente fundamental para fuerzas políticas que, como Podemos, aspiran hoy a retomar ese camino en medio de la encrucijada histórica actual en que nos encontramos. No es fácil describir la trayectoria política e intelectual de alguien que, como han destacado, entre otros, Antoni Jutglar, Isidre Molas, Pere Gabriel, Juan Trías, Miquel Caminal o Ramón Máiz, partió de un liberalismo que, a medida que fue avanzando el siglo, fue enriqueciéndolo con un contenido democrático radical, federalista y social que le fue distanciando de sus orígenes para acercarlo cada vez más a las aspiraciones populares asociadas al socialismo y al anarquismo.


UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR Su idea-fuerza permanente fue sin duda la democracia, concebida como autonomía frente a heteronomía –asociada, para él, a un catolicismo conservador frente al que era especialmente beligerante. Esa concepción kantiana de la autonomía iba acompañada de la visión de un mundo que debería basarse en la defensa de los derechos individuales, el sufragio universal, la soberanía popular y el republicanismo. Desde esa idea de autonomía se puede entender la progresiva maduración de una propuesta federalista que, frente a lo que algunos han sostenido, empezó a esbozar antes incluso de Proudhon –cuya obra El principio federativo (1862) tradujo–, si bien en sus textos no hay muchas veces una distinción clara entre federación y confederación, al igual que ocurre con su uso de términos como nación, nacionalidades o patria. Aun con estas precauciones, es posible resaltar algunas de sus principales tesis al respecto. En efecto, desde La reacción y la revolución (1854) hasta Las nacionalidades (1876) y sus últimos artículos de fin de siglo podemos encontrar una evolución que le va conduciendo de unas reflexiones más teóricas sobre el federalismo a una concepción y unas propuestas más desarrolladas e incluso con cierto grado de concreción en el plano competencial. En sus ricas y detalladas elaboraciones se puede comprobar tanto el conocimiento exhaustivo de las experiencias de otros países –Estados Unidos y Suiza, principalmente– como las enseñanzas que ha ido extrayendo de los tiempos de la Primera República y de su fracaso. Precisamente, en un texto escrito en 1874 explicaba: “He sido partidario de la federación desde 1854. La defendí entonces calurosamente en La reacción y la revolución, libro destinado a la exposición de mis ideas en filosofía, en economía, en política. La defendí, como la defiendo ahora, bajo dos puntos de vista, el de la razón y el de la historia. La federación realizaba a mis ojos, por una parte, la autonomía de los diversos grupos en que se ha ido descomponiendo y recomponiendo la humanidad al calor de las revoluciones y por estímulo de los intereses; de otra, el principio de la unidad en la variedad, forma constitutiva de los seres, ley del mundo. Yo consideraba, además, que era la organización más adecuada a la índole de nuestra patria, nación formada de provincias que fueron en otro tiempo reinos independientes”. Además de esa voluntad de reconstituir una nación española plural, entendida como “nación de antiguas naciones” en clave federal, su modelo apuntaba, como resume Ramón Máiz, a “una

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matriz policéntrica, que incorpora diversos ámbitos: la nación, las provincias o regiones, los municipios, pero también, no lo olvidemos, el irrenunciable espacio de los ciudadanos singulares y sus derechos”. A todo esto habría que añadir la dimensión europea por la que también apostaba en sus últimos escritos. Formulaba así una idea de federación que se oponía a la mera descentralización, ya que debía ir “de abajo arriba” y tenía que basarse en el pacto, entendido como “el espontáneo y solemne consentimiento de más o menos provincias o Estados en confederarse para todos los fines comunes bajo condiciones que estipulan y escriben en una Constitución”. Argumentó con mayor fuerza esa tesis después de que él mismo comprobara bajo la Primera República los límites de un proyecto federal “de arriba abajo” que acabaría chocando tanto con los federalistas “intransigentes” como con la resistencia centralista española. Por eso a partir de entonces se fue convenciendo de que esa aspiración solo se podría llevar a cabo en conflicto abierto con lo que representaba el régimen de la Restauración borbónica, como explica en el capítulo XVII del Libro Tercero de Las nacionalidades. Consciente de las críticas que recibía su proyecto porque, según las mismas, podría abrir paso al secesionismo, Pi y Margall respondía también con rotundidad: “En medio de tantos y tan generales trastornos como nos han afligido, ¿en qué pueblo ni en qué provincia se ha visto jamás tendencia a separarse de España? No se la ha visto ni siquiera en esas provincias Vascongadas, autónomas como ninguna, que han sostenido contra nosotros dos largas guerras civiles y en las dos han debido humillar la cabeza. Ni en el movimiento cantonal de 1873 se observó el menor conato de independencia”. Con todo, la emergencia de un catalanismo político interclasista, con su antiguo discípulo Valentí Almirall a la cabeza, planteó nuevos problemas a Pi y Margall pese a que veía coincidencias en él con el federalismo. En efecto, ese catalanismo pronto encontró sospechas de separatismo desde Madrid. Frente a ellas, Pi y Margall insistía en un artículo publicado en 1898 en El Nuevo Régimen en que sólo la involución de un régimen centralista podría conducir hacia un secesionismo a “las regiones de mayor fuerza y vida, deseosas de evitar que se apodere de ellas y las roa la general gangrena”. Para Pi, “los verdaderos separatistas no son los catalanes, sino los políticos del caciquismo y de la oligarquía de Madrid, con su falta de visión, con su


UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR encarnizado unitarismo centralizador y uniformizador”. Como resume muy bien González Casanova, Pi y Margall estaba proponiendo “reconstituir el Principat y reconstituir la Nación española”. Podemos, por tanto, concluir en lo que concierne a su federalismo que Pi y Margall aspiraba a la construcción, de abajo arriba, de una nueva Unión Federal frente al proyecto centralista dominante, pero también con el propósito de evitar posibles opciones independentistas que empezaban a emerger justamente en sus últimos años de vida, coincidiendo con la “crisis de fin de siglo”. Un momento en el que también se manifestó abiertamente contrario a la continuación de la guerra en Cuba, a favor de su independencia y de la libre autodeterminación de los pueblos. La historia posterior confirmaría sus temores de que la solución federal que propugnaba seguiría tropezando con el inmovilismo “madrileño”, mientras que el catalanismo se iría conformando como un nuevo nacionalismo que, sobre todo en su versión conservadora, se movía en una tensión interna permanente entre su autoafirmación frente al Estado español y su pretensión hegemónica dentro del mismo. Una tensión que, de forma somera y dirigiéndose a Francesc Cambó, describió Niceto Alcalá Zamora en estos términos: “No se puede ser el Bolívar de Cataluña y el Bismarck de España”. Luego, la llegada de la Segunda República abriría ya una nueva etapa con el protagonismo de Esquerra Republicana. Junto a esas dimensiones democrática y federal del pensamiento de Pi, es obligado resaltar también su preocupación creciente por “la cuestión social” a medida que avanzaba el siglo: “Nosotros no solamente no dudamos de que la cuestión social exista; estamos firmemente convencidos de que será el grito de guerra del siglo XX como lo ha sido del siglo XIX la cuestión política: admitiremos cuanto en nuestra opinión pueda decidirla sin sangre”. Es esa vertiente la que le irá distanciando de su liberalismo original para convencerse de, como reconocería Friedrich Engels, la necesidad de buscar el apoyo a su federalismo republicano en la clase trabajadora con medidas sociales, como las que trató de llevar a cabo durante su corta experiencia de gobierno bajo la Primera República. Empero, como subraya Juan Trías, su denuncia de la injusticia social y su apoyo al proceso de autoorganización del movimiento obrero, especialmente en Cataluña, no le conducen a propugnar un programa basado en la expropiación del capital sino otro que aspirara a la adopción de

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medidas tendentes a la igualación social. Ésa es la línea que le separa del socialismo, al igual que le distanciará del anarquismo su visión del Estado como actor fundamental para avanzar hacia la justicia social. Ese interés por responder a “la cuestión social” se refleja, por ejemplo, en el Dictamen sobre bases económico-sociales para mejorar la condición de las clases jornaleras que redacta en 1872 y que finalmente es rechazado por su partido. El papel central que atribuye al Estado, sin por ello pronunciarse a favor de las nacionalizaciones –por “temor de que menoscabe la personalidad del individuo y dificulte el movimiento económico”– se refuerza en otros trabajos posteriores, como el manifiesto que precedía al programa de su partido en 1894, con una argumentación que es, no obstante, aparentemente contradictoria: “Es el Estado el que por sus imprevisoras e interesadas leyes ha abierto anchos fosos entre los capitalistas y los trabajadores; al Estado toca, en primer término, cegarlos por nuevas y más justas leyes”. Ese programa incluía medidas como la entrega a comunidades y asociaciones obreras de tierras públicas y de obras y servicios públicos, con facilidades de crédito por la banca pública, la jornada laboral de ocho horas o determinadas prohibiciones para el trabajo de mujeres y niños, entre otras. Sobre la base de ese programa Pi y Margall propugna en 1895 la necesidad de ir forjando un bloque social popular: “Las clases jornaleras son las más numerosas y están sedientas de justicia; los pequeños industriales y los pequeños agricultores sufren no menos que los trabajadores los efectos de las inicuas leyes por que nos regimos; en esas clases debemos buscar los ejércitos que han de emancipar la nación del yugo que le han impuesto las clases altas”. De esta breve descripción de la trayectoria de quien fue un gran pensador y dirigente político cabe por tanto concluir que, tras las experiencias del “sexenio revolucionario” y de la Restauración borbónica, fue madurando un proyecto común de “país de países”, basado en la articulación de demandas democráticas, federalistas y sociales en un sentido emancipatorio individual y colectivo. Un proyecto que, pese a su fracaso frente a las poderosas resistencias oligárquicas y centralistas, no por ello deja de ser rico de enseñanzas para poder hacerles frente hoy, tanto a escala española como europea, con ilusión y esperanza de éxito.


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Sacristán como educador 226

Por Germán Cano

1. “Por fin podremos hacer aquello que deseamos y que no hubiéramos hecho con su presencia”. Las palabras las pronuncia el pensador y hoy ideólogo del procés Rubert de Ventós en agosto de 1985 al calor del fallecimiento de la gran figura, esa “máquina de pensar”, evidenciada en “uno de los lenguajes más precisos, más cargados de significación que yo he escuchado en este país”, como dijo Vázquez Montalbán. Y arrojan luz sobre un tipo de distensión que liga simbólicamente nuestra historia política e intelectual reciente y la figura de Manuel Sacristán. Palabras elocuentes, porque apuntan, por un lado, a su indiscutible papel como el gran educador e intelectual orgánico de la tradición marxista española –enumerar sus impresionantes contribuciones teóricas y prácticas, así como su legado prácticofilosófico y su influencia discipular excedería los límites de estas notas–, e, indirectamente, a la orfandad y desorientación que aparecieron sintomáticamente tras su desaparición. Sacristán era también la brújula de las nuevas deprimentes perplejidades e incertidumbres de la izquierda tras lo que denominaba “el doble aldabonazo” del mayo del 68 y la primavera de Praga. Pero la declaración de Ventós apunta, por otro lado, no sin cierto cinismo, a una funesta distensión. Ausente Sacristán comienza el relajamiento.


UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR Resulta muy atractivo que esa compleja tensión intelectual sacristaniana pudiera hoy volver a interpelarnos, tras décadas de silencio y amnesias interesadas, pero sobre todo en un contexto histórico donde el agotamiento del llamado régimen del 78 y las vicisitudes autocríticas de la izquierda han abierto una coyuntura política diferente. Creo que si la práctica teórica de Manuel Sacristán hoy puede ser objeto de discusión, sin instrumentalismos ni beatas glosas, en nuestra coyuntura política, es porque, siguiendo a Vázquez Montalbán –alguien que lo admiró en la distancia, pero que no pudo relajarse mucho en su cercanía–, de su figura podemos aprender políticamente mucho desde una tarea a recuperar “entre el desmarque y la usurpación”. Intentaré aclarar y traducir el significado de este espacio teórico y práctico desde nuestras propias tensiones en lo que sigue. Como ha podido deducir cualquier familiarizado con la biografía de Sacristán, Vázquez Montalbán se refiere aquí a su paulatino “desmarque” del aparato del PCE-PSUC, iniciado en 1969 con la dimisión de su responsabilidad en el comité ejecutivo del PSUC y consumado en 1978; y a la “usurpación” que de ese decisivo espacio reflexivo orgánico intramuros del partido se fue consolidando en los años posteriores por diferentes arribismos o deformaciones oportunistas respecto a la figura gramsciana del “intelectual orgánico”. De tal forma que su gramscismo nunca condujo a Sacristán a entender la estrategia del partido como una maquinaria política más, sino como un “intelectual colectivo” esforzado y curtido en la ardua tarea de conjugar orgánicamente la práctica teórica con las fuerzas sociales emergentes. En ese sentido, siempre insistió en anudar, incluso en tiempos nada amables, una política específicamente cultural con los objetivos tácticos y estratégicos del aparato. Esto también le condujo a cuestionar más tarde las hondas limitaciones del proyecto carrillista de generar una “alianza entre las fuerzas del trabajo y la cultura”. No deja de ser paradójico además que la incomodidad de Sacristán para el partido no se derivara, por así decirlo, de su irrealismo utópico y culturalista, sino de todo lo contrario: al estilo de Brecht era un teórico excéntrico que, en su proceso de formación, se había descargado, incluso con una autoexigencia excesiva, de la brillante versatilidad del intelectual para hacer de verdad política concreta. Francisco Fernández Buey, gran amigo y discípulo, comentaba que “en todos los momentos

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UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR decisivos en que hubo que decidir en el perenne conflicto entre ‘intelectuales’ y ‘políticos’ [acababa] prefiriendo los defectos de los funcionarios con quien estaba en desacuerdo a la vanidad inoperante de los intelectuales”.

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2. 1977 es la fecha en la que Sacristán escribe su influyente “A propósito del eurocomunismo”, aparecido en el nº 6 de la importante revista Materiales: un apretado texto que trata de seguir posicionándose con ánimo “realista” ante una coyuntura que, pese a los “dos aldabonazos” de los años sesenta y sus singulares acontecimientos socioeconómicos, oscilaba entre la Scilla del sonambulismo marxista de la vieja guardia prosoviética y la Caribdis de propuesta de transición gradual eurocomunista dentro del parlamentarismo y las instituciones. No solo cabe cifrar este sonambulismo en la ilusión de los países socialistas existentes de hacer pasar por “real” lo que sólo era resultado de la coacción de la policía política. La revista Materiales no se hace ilusiones y es consciente del “duro suelo que es la constatación empírica del nivel medio de la consciencia de clase actual en los países de capitalismo avanzado”. No en vano Sacristán se lamentará en entrevistas de este repliegue de la clase obrera en época de crisis como un punto de inflexión fundamental, así como de la “sobreestimación” depositada en los contenidos reales de la educación de clase. Ahora bien, esta constatación no idealizada no le conduce a desprecio alguno de las masas. Sacristán no renuncia a mantener, aunque sea explorando otras vías, la tensión del intelectual orgánico respecto a la lógica de coyuntura. Pese a reconocer en el planteamiento eurocomunista una posición superadora, su alejamiento del sonambulismo proruso y maoísta, una mayor capacidad de aprendizaje respecto a las “novedades aparentes” y un mayor realismo analítico que sus detractores, Sacristán, por decirlo en una síntesis grosera, polemiza con su rebajamiento emancipatorio, así como con su renegación eufórica de la situación fáctica de repliegue. Es decir, no critica su repliegue como tal, como guerra de posiciones, sino porque ennoblece su repliegue y lo embellece como un triunfo. En la medida en que el realismo sacristaniano se niega a caer en el posibilismo de la Realpolitik, atribuye al eurocomunismo una forma de hacer de la necesidad virtud: “Precisamente cuando se presenta como estrategia socialista pierde incluso su calidad analítica, y se convierte en ideología engañosa. El ‘eurocomunismo’ como estrategia socialista es


UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR la insulsa utopía de una clase dominante dispuesta a abdicar graciosamente y una clase ascendente capaz de cambiar las relaciones de producción (empezando por las de propiedad) sin ejercer coacción”. Según Sacristán, este déficit dialéctico revolucionario convertía al eurocomunismo “en el último repliegue alcanzado por el movimiento comunista real desde la derrota de los años 1917-1921”. Lo peor del eurocomunismo es, para el pesimismo de la inteligencia sacristaniana, pues, su falta de realismo al comprenderse como un movimiento “eufórico” de “vía al socialismo”, el no reconocer sus límites. De ahí que lo compare con la socialdemocracia clásica: en el sentido de que estos partidos se limitan o reducen a promover e inspirar el movimiento de la clase obrera en su vida cotidiana y no plantean siquiera la cuestión de los fines del movimiento. Ante este telón de fondo, Sacristán enumeraba los elementos en común con la socialdemocracia de Bernstein. Ambas propuestas compartirían “una buena y sensata percepción de la realidad”, pero también “una concepción positivista de la realidad como sustancialmente inmutable” y “un politicismo desenfrenado en el que confluyen el juicio positivista sobre la inmutable realidad y la jactancia vanidosa del pequeño burgués, del intelectual sin pasión por las ideas”. ¿Conducía este nuevo realismo de la posición sacristaniana a una tensión demasiado extrema respecto a su itinerario marxista precedente o era signo de extrema coherencia? ¿Era esta una posición crítica que se argumentaba solo desde una ética de la convicción o también desde una visión gramsciana, un pesimismo de la inteligencia y un optimismo de la voluntad que contrastaban con el realismo optimista y pragmatismo carrillista? Creo que desde ambas. Sea como fuere, da la sensación, por muchas de sus intervenciones públicas, que Sacristán era cada vez más consciente de que, en la nueva coyuntura de los 70, si uno quería seguir siendo rigurosamente realista sin caer en apriorismos dogmáticos, el principal problema que tenía que afrontar era el realismo oportunista o, como gustaba también de decir, “desnaturalizado”, un realismo sin tensión histórica que, ante su progresiva conciencia ecológica, era explícitamente tildado de “realismo suicida”. Sostenía, además, que el creciente desencantamiento de la izquierda no era sino la funesta resaca de esta desnaturalización o el reflujo de su hipermarxismo teórico. En una nota editorial

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UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR escrita el 15 de marzo de 1981 y publicada en el número 7 de Mientras tanto, Sacristán, discutiendo el alcance del “desencanto” español e internacional, consideraba que “la imposición, cada vez más sin resquicios, de los criterios de compatibilidad económica y política de la realidad dada” tenía “un efecto destructor de la autoconsciencia de la izquierda”.

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3. “Sacristán, en suma —escribe el autor de Carvalho—, detectó los riesgos del pragmatismo y del politicismo que asumía la operación salida de los comunistas españoles [tras el franquismo] y temió las consecuencias desarmantes de aquella fiebre en busca de la aceptación social casi indiscriminada [...] cuanto implicaba del abandono de una comprensión de lo histórico y de sus mecanismos [...] Sacristán partió en búsqueda de la nueva consciencia crítica y por lo tanto de las evidencias residuales del antiguo desorden y las evidencias nuevas del nuevo [...]. De ahí su decantación hacía la ecología como conciencia y escaparate del nuevo desorden que resituaba la capacidad de comprender la negatividad del capitalismo. Por otra parte, volver a comprender la injusticia del sistema exigía una comprensión universal de su estrategia y eludir las trampas de su capacidad de integración [...]. Sigo creyendo que aquella batalla concienciadora debió darse intramuros de los comunistas más organizados y no extramuros [...]”. Ese espacio teórico-práctico abandonado intramuros, con seguridad, una de las mejores traducciones de una “filosofía de la praxis” adaptada a la concreta guerra de posiciones de la época ante la contraofensiva neoliberal, terminaría siendo ocupado, según Vázquez Montalbán, por esa funesta distensión politicista y pragmatista sobre la que tanto advirtió Sacristán en su crítica al eurocomunismo. “Y así estamos. Reconociendo la autenticidad histórica de un desmarque y el triunfal fracaso de una usurpación”. ¿Por qué este desmarque de quien había habitado en la tensión, con méritos propios, de ser el gran intelectual orgánico de la cultura de la resistencia antifranquista? ¿De quien, en el clima asfixiante de la clandestinidad, marcaba la línea teórica más afinada dentro del proyecto de “reconciliación nacional” y su compromiso histórico y al mismo tiempo no se le caían los anillos cuando enseñaba a leer el periódico a los trabajadores analfabetos de Can Serra con el mismo rigor? “Yo no comparto el capricho, muy frecuente entre


UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR intelectuales, de considerar que lo bueno es no estar en un partido. Todo lo contrario. Yo siempre he considerado que es una desgracia”, contestó en cierta ocasión Sacristán. Pero las circunstancias le habían conducido a abandonar sin ruido el Partido al que había consagrado su precaria salud y su existencia para abordar otros espacios “más moleculares”. Se trataba de empezar de nuevo, como había sugerido su admirado Lukács, pero con la veracidad de quien, como Gramsci, entendía que la Historia había descarrilado. “El lado positivo de todo esto sería que, si hay que empezar como en 1847, entonces habría que empezar como si no estuviéramos divididos en las distintas corrientes del movimiento de renovacion social, como si todos fuéramos socialistas, comunistas y anarquistas, sin prejuicios entre nosotros, volviendo a empezar de nuevo, a replantearnos cómo son las cosas, en qué puede consistir ahora el cambio, y, sobre todo, al servicio de qué valores, admitiendo de una vez que lo que hay en medio lo hemos perdido”. No es este el lugar de argumentarlo, pero creo que fue su formación filosófica culturalista la que le vacunó a Sacristán, como antes a Gramsci y a Sacristán, de una comprensión equivocada de la crisis tardocapitalista y a una mayor lucidez sobre la contraofensiva neoliberal iniciada en la década de los setenta. Si bien la estrategia política de Sacristán ante su comprensión general de las crisis siempre se desarrolló bajo “el gris aguante cotidiano en la trinchera”, la guerra de posiciones se declinó bajo dos coyunturas históricas diferentes. Desde su entrada en el Partido, Sacristán optó por restaurar las libertades en España bajo el franquismo desde una orientación hegemónica que iba más allá de una voluntad democrático-formal y buscaba acentuar contenidos socialistas; hacia 1974, sin embargo, a la luz de las transformaciones del tardocapitalismo, la mitificación del valor futuro y la emergencia de una cultura del consumo, entendió que la estrategia debía ser incluso más a la defensiva. Aunque Sacristán no descuidó la labor intramuros del partido —los ejemplos de su trabajo interno de formación pueden multiplicarse—, la tensión política de masas que buscaba “orientada hacia afuera” a la hegemonía, la influencia y el despliegue ya chocaba no pocas veces, como muy bien han señalado investigadores como Capella y Pala, con la línea del grupo dirigente del PCE y del PSUC. Así, por ejemplo, como escribe Juan-Ramón Capella, “cuando Sacristán impulsaba el movimiento estudiantil no lo hacía sólo, como pretendía la

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UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR dirección del partido, para encontrar un aliado de clase media —entonces los estudiantes eran abrumadoramente de clase media— para el movimiento obrero, sino pensando en esos términos de búsqueda de hegemonía social”. Aquí, su modo de entenderse como nuevo “centro de anudamiento” –brillante y fructífera categoría gramsciana– de un marxismo teórico no escolástico –ni Hegel ni Althusser– y una práctica que no idealizaba a las nuevas masas fue decisivo para pensar las nuevas mediaciones de un modo experimental, por ensayo y error. “En esta época de reflujo de las expectativas de cambio social revolucionario esa situación de crisis de estructuras teóricas supuestamente rígidas puede ayudar a remontarse a la fuente común de la que han salido todas estas tradiciones”; “y por otra parte siempre es bueno hablar sin palabras terminadas en ‘ismo’ enfrentándose directamente con los problemas”.

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4. Una cosa llamativa de los discípulos de Manuel Sacristán que han sido muy activos en política y en la tarea de refundar una nueva izquierda (Manuel Monereo, Víctor Ríos, entre otros) o colaborando más teóricamente, pero muy próximos (Fernández Buey, Domènech) es la unanimidad en presentar al maestro como un ejemplo moral, alguien “que iba en serio” y buscaba conjugar su decir y hacer como pocos. Nada que discutir. En esta veracidad, la lectura de Gramsci como gran derrotado de la historia ocupa un lugar fundamental frente a la “euforia” desiderativa eurocomunista. “[...] la veracidad y la franqueza con que Gramsci vive su problema van teniendo, como suele ocurrir, su premio. En materia de ideas lo estéril no suele ser la aceptación veraz de los problemas, por espectaculares que sean los cortocircuitos mentales que produzca ante una cuestión irresuelta la debilidad de los instrumentos intelectuales aplicados [...]”. Sin embargo, no es menos cierto que, en la apertura de Sacristán hacia este Brecht, junto con este programa de rearme moral, donde había que “volver a empezar como en 1847”, incluso reconstruyendo el camino desde Fourier a Marx, encontramos una indagación sobre un nuevo materialismo cotidiano muy interesante: la conciencia más desarmada de que en el nuevo ciclo histórico la izquierda ha de “descargarse” también de algo del antiguo peso heroico y testimonial. “Es mejor marxismo el de Brecht, sin moralismo, declarando buena


UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR la sociedad en la que no hay que ser héroe”, sostenía Sacristán. ¿Qué puede significar esto en los diferentes contextos históricos donde Sacristán adaptó la guerra de posiciones gramsciana al momento histórico y en su práctica concreta como intelectual orgánico? ¿Que mientras tenga lugar la lucha de clases solo queda el moralismo y el heroísmo? Es como si, con Brecht, Sacristán fuera consciente de que el heroísmo, la sobreactuación ética y épica, la reivindicación de la autenticidad o el elogio del insobornable son valores reactivos de un mundo viejo, esto es, consecuencia necesaria de un tiempo donde la fealdad e indignidad del mundo exige ponerlos en práctica, pero quizá aún insuficientes. ¡Y lo decía él, un héroe de la cultura de la resistencia frente al franquismo que asistió también a cómo la subida a la superficie del PCE en la Transición desorientó más que orientó! Pero “la Ilustración –escribe Sacristán evocando a Joan Brossa– recoge otros elementos, señaladamente el valor y el amisticismo, la permanencia en este mundo, y termina sonando convincentemente contra la piedra de toque: para este mundo mismo, refutar la mística es saber –como Brecht, clásico del tema– que hasta el heroísmo es, bajo el Estado, un mal inevitable, que sólo el reaccionario puede fingirlo un bien. En la utopía de la verdad revolucionaria La vida no ha de ser res més que vida. Quotidiana [La vida no tiene que ser más que vida / Cotidiana]. Y no por reducción, sino al revés: porque al final se harán superfluas todas las corazas sociales y políticas –entre ellas también el heroísmo externamente impuesto por el mal social a la subjetividad revolucionaria– con que el hombre viejo se defendió pesadamente de sus angustias y de su cáncer metafísico: ¡Quin tros de plom anomenàveu home! [¡Qué trozo de plomo denominabais hombre!] se permite decir el poeta desde un recodo del camino de la utopía, ilusoriamente recorrido”. ¿Qué cabe aprender de esta alianza Brecht-Sacristán y su modo de encarar una relación más simple, concreta y descargada entre la política y la vida? Quizá que necesitamos algo más que una dieta heroica “mientras tanto”. Que nuestra relación con esa herencia de la izquierda no puede ser solo la de acoger simplemente el peso y la resistencia incorruptible de los héroes que lucharon y abrieron nuestro camino, sino también de descargarles de lastres y trasplantar su tarea en suelo nuevo conscientes, con indulgencia –como recuerda un famoso poema

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UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR de Brecht–, que “su rostro desencajado” en la lucha contra la vileza no tiene que ser necesariamente el nuestro.

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5. ¿Qué vínculo cabría especulativamente plantear entre Manuel Sacristán y Podemos? Manuel Vázquez Montalbán proponía como “texto obligatorio para toda clase de posmarxistas” ese precioso editorial del primer número de Materiales, escrito o inspirado por Sacristán “por ser el más alto exponente del grado de perpleja lucidez de una casta intelectual que supo desconfiar a tiempo de su propia retórica. Ese editorial es casi un credo en la esperanza materialista”. Desde luego, no sería honrado instrumentalizar la honda tensión sacristaniana y adaptarla a nuestro confuso y acelerado presente ni tampoco propiciar otra distensión de su ejemplo. Varias líneas de diálogo pueden ser muy fructíferas –la feminización de la política, la crisis del progresismo, la perplejidad de la izquierda, la mutación antropológica neoliberal, etc.–, y solo las apunto aquí desde una interpretación de Gramsci como campo de batalla político de nuestro presente, sobre todo en la discusión de sus aportaciones a una “filosofía de la praxis” adaptada a la necesidad de desplegar una nueva hegemonía en la nueva sociedad posmoderna de masas. ¿Cómo interpretar el célebre dictum de que “la teoría se hace fuerza cuando se aferra a las masas”? Sin renunciar a la decisiva tarea del “intelectual colectivo” –a pesar de su “inhibición” tras la comprensión de la “catástrofe” gramsciana, no es baladí que regresara al Cuaderno XI gramsciano frente a los “desencantados” en su último escrito antes de morir–, Sacristán cuestionaba que la formación idealista-culturalista del sardo le hiciera identificar “teoría”, la palabra usada por Marx, con “ideología”. “Gramsci no ve pues la posibilidad de que la mediación entre la fuerza social (la energía de la clase obrera) y la intervención revolucionaria sea de naturaleza científica, de la naturaleza del programa crítico; para él, la única mediación posible es una nueva ideología, la adopción por el marxismo de la forma cultural de las religiones y de los grandes sistemas de creencias [...]”. Esta apuesta va a acentuar, sobre todo, la apuesta política de Sacristán y sus discípulos por un Gramsci, cuya sobria veracidad y ejemplo sirve, sobre todo, al desencantamiento de nuestras euforias desiderativas. Hoy, sin embargo, quizá nos encontramos en una situación donde la operatividad de los conceptos de su filosofía de la praxis


UNIVERSIDAD DE PODEMOS 2016 LA CIRCULAR (“hegemonía”; “bloque histórico”, “revolución pasiva”, etc.) sea más fructífera políticamente que esta apelación, por otro lado, no rechazable del todo, al programa de desencanto críticoideológico. Despachar este gesto como “marxismo occidental” o hipertrofia teórica y cultural respecto al problema de la praxis, en los términos de Perry Anderson, sería, asimismo, injusto, máxime teniendo en cuenta cómo, en los últimos tiempos, la mayor relevancia del problema de la ideología en nuestras sociedades tiene fundamentos objetivos. Si Gramsci se dedicó a un trabajo teórico es “porque alguna inferencia había que sacar de la derrota ante el fascismo. Había que volver a ver las cosas, pensar qué había pasado [...]”. Hoy, ante el triunfo hegemónico del neoliberalismo, esta lección de pensar al enemigo más que la autoafirmación de la identidad sigue siendo acuciante para nosotros. Por eso “Gramsci –comentó Sacristán– ha sido, con interesante paradoja, un característico ‘filósofo de la práctica’ y, al mismo tiempo, el clásico marxista más capaz de contemplación. Contemplación del mundo exterior y del interior”. Por diferentes razones Sacristán supo anudar acción y contemplación en su circunstancia histórica para educar y orientar en el desorden de un mundo sin peso histórico, impulsándose por una voluntad de realismo que nunca era, sin embargo, reconciliación positivista con la realidad dada: “Una cosa es la realidad y otra la mierda, que es solo una parte de la realidad, compuesta, precisamente, por los que aceptan la realidad moralmente, no sólo intelectualmente”. Cabría especular por cómo una personalidad clásica como la suya podía ejercer como “intelectual orgánico” en nuestra sociedad mediática de masas y valorar las ilusiones populares de cambio sin tacticismos ni sectarismos. Pero, a pesar de todas las derrotas, por la forma que supo conjugar el pesimismo de la inteligencia y el optimismo de la voluntad, Sacristán abrió en un horizonte que es aún el nuestro, un ejemplo de lo que debe ser un educador político –modesto, antinarcisista, sin plumajes retóricos–, y de un “sí se puede” voluntarista que, lejos de ser aérea utopía, se apoyaba en frágiles materiales de conocimiento y de crítica arrancados a la realidad desde abajo. En esa tensión entre el determinismo y el voluntarismo, el politicismo y el culturalismo, el Partido y el movimiento, el intelectual y las masas, el orden y el tiempo se encuentra aún nuestra encrucijada.

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Esta revista ha recibido una ayuda a la ediciรณn del Ministerio de Educaciรณn, Cultura y Deporte


Circular 5  

Nº 5 de La Circular, la revista del Instituto 25M. Número especial de la Universidad de Podemos 2016

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