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La lectura «en el Espíritu» Abordaremos los principios de interpretación bíblica que se centran en su aspecto divino, en su realidad de misterio salvador. No se trata de exponer criterios teológicos de interpretación en oposición a principios racionales. Esta separación no es posible en la Escritura. Al hablar de los principios hermenéuticos que se derivan de la naturaleza divina de la Escritura, se impone hacer referencia a su cualidad de escrito plenamente humano. Para comprender esta cuestión, nuestro guía principal es el Concilio Vaticano II. 1. El texto conciliar «Ahora bien, la Sagrada Escritura se ha de leer e interpretar en el mismo Espíritu en que fue escrita; por tanto, para descubrir el verdadero sentido del texto sagrado hay que tener en cuenta con no menor cuidado el contenido y la unidad de toda la Escritura, la Tradición viva de toda la Iglesia y la analogía de la fe. A los exegetas toca aplicar estas normas en su trabajo, para entender y exponer con penetración el sentido de la Escritura, de modo que con su estudio previo pueda madurar el juicio de la Iglesia. Porque todo lo dicho sobre la interpretación de la Escritura queda sometido en último término al juicio de la Iglesia, que recibió el encargo y el servicio de conservar e interpretar la Palabra de Dios» (DV 12d). 2.

El principio de la lectura «en el Espíritu»

El texto conciliar pone de relieve que el principio de la interpretación en el Espíritu hace referencia al sentido divino de la Escritura. Se enuncia el principio fundamental de la unidad humano-divina de la Escritura para exponer los principios derivados más directamente de su humanidad: la intención del autor y el texto, los géneros literarios y otros métodos y «lecturas» que posibilitan la comprensión de la Escritura. Luego se introduce un principio que,

aceptando la humanidad de la Escritura, pone de relieve el ámbito divino en que ha sido escrita y en el que, por tanto, debe ser leída e interpretada: el Espíritu (escrito con mayúscula). Se trata de subrayar el horizonte dentro del cual se realiza la interpretación de la Escritura. Ese horizonte no puede ser otro que el Espíritu Santo, en y con el cual se escribió la Sagrada Escritura. El Espíritu Santo es el ámbito en que se escribió la Escritura esto significa que hay una única historia de salvación que abarca los tiempos del Antiguo y el Nuevo Testamento, el tiempo de la Iglesia. Toda la Escritura nace a lo largo de una sola historia que tiene como único mediador a Cristo y participa de la única vida que nos da el Espíritu.


b) La Escritura y la Iglesia. Esto nos ayuda a precisar un poco mejor cuál es la naturaleza de la Escritura y cómo ésta se define en su relación necesaria con la tradición, es decir, con la Iglesia. Esto implica de profundizar en nuestra concepción de la inspiración y el canon bíblicos.

doble y continuada del Espíritu de Dios y de la tradición en la Iglesia, a semejanza de la doble acción, divina y humana, que hace posible el nacimiento de Cristo, que será ya para siempre Dios y hombre. De hecho, la constitución del canon no es más que una prolongación de la acción del Espíritu en Israel y en la Iglesia. Es el mismo Espíritu, en definitiva, mediante la tradición de la Iglesia, que es su «teofanía», el que da a conocer a través de criterios concretos el canon de las Escrituras. Es decir, el Espíritu lleva a la Iglesia a reconocer esa palabra escrita y su autoridad y la guía en función de delimitarla y señalarla como canónica y normativa. c)

En cuanto a la inspiración, no debemos centrarnos tanto en la inspiración como carisma de un autor sagrado (que es pasajero), sino más bien en la inspiración como cualidad del texto, que lo constituye en sagrado y único, en Escritura Sagrada permanente. De aquí que, para saber lo que es la inspiración se debe partir de la acción del Espíritu de Dios, que se manifiesta en el pueblo de la antigua alianza sobre jueces y reyes, en la palabra y la acción de los profetas. El pueblo de Israel, pueblo elegido por Dios, es guiado por el mismo Espíritu para reconocer en esas acciones y palabras las acciones y palabras de Dios. Cuando todo esto se pone por escrito, bajo la acción del mismo Espíritu, es él mismo quien ilumina a la comunidad de Israel para reconocer en ellos la Palabra de Dios, y como tal es recibida por Jesús y la primera Iglesia. Este proceso continúa en Jesús. Es el mismo Espíritu el que actúa en él y, como tal, es reconocido por sus discípulos y por la Iglesia apostólica después de la resurrección. Este mismo Espíritu, que lleva a la Iglesia apostólica a reconocer la palabra de Jesús (el evangelio), es el que la impulsa a ponerla por escrito; y es él quien guía e instruye a la comunidad eclesial, quien la hace creer y expresar su vivencia y su fe en Cristo muerto y resucitado mediante palabras y escritos, en los cuales con su luz reconoce la Palabra de Dios. Todo ello se realiza, como en cualquier proceso comunitario, mediante personas concretas, con un carisma determinado y que en sí mismas no tienen por qué ser conscientes de la acción del Espíritu en ellas. De este modo, la Escritura se presenta como fruto del Espíritu en la única historia, que abarca los tiempos de Israel, los tiempos de Cristo y los tiempos de la Iglesia. Algo semejante puede decirse respecto al canon bíblico. La Escritura, como palabra escrita, inspirada y normativa o canónica es siempre fruto de la acción

Consecuencias para la comprensión de los textos.

La fórmula conciliar que habla del «Espíritu en que ha sido compuesta la Escritura» nos conduce al corazón mismo de la Iglesia. Es verdad que no existiría Iglesia sin Sagrada Escritura, como no existiría Iglesia sin sacramentos. Pero tampoco existiría Sagrada Escritura sin Iglesia. Pero, además, este planteamiento nos ayuda a comprender igualmente que no es la Biblia la última norma de la Iglesia, sino Jesucristo resucitado, que se hace presente en la proclamación de la Escritura por la fuerza del Espíritu, que el Señor dejó a su Iglesia. Es este Espíritu el que hace posible a la Iglesia descubrir constantemente en la letra muerta de un libro la Palabra vivificante y normativa del Señor. Por todo ello, la Escritura es ante todo el libro de la Iglesia y, por eso, sólo en la Iglesia puede leerse e interpretarse de modo auténtico, pues sólo en ella tenemos la garantía de que sigue vivo el Espíritu que la hizo nacer (inspiración) y que se la dio a conocer (canon). 3. Significado del principio: El Espíritu en que ha de ser leída e interpretada La formulación del principio nos lleva a la constatación de que la Escritura, por ser obra del Espíritu de Dios y de la acción del hombre, especialmente en la Iglesia (hablamos de las Escrituras cristianas, AT y NT), sólo puede ser leída e interpretada adecuadamente en el mismo Espíritu que sigue actuando en la Iglesia de todos los tiempos, teniendo a la vez en cuenta las características de cultura, historia, tiempo, etc., de aquellos hombres que las plasmaron en unos escritos. Pero, ¿qué significa concretamente leer la Escritura «en el Espíritu»? El principio general de lectura e interpretación de la Escritura «en el Espíritu»


introduce tres principios concretos: ⎯ el contenido y unidad de la Escritura ⎯ la tradición viva de toda la Iglesia ⎯ la analogía de la fe 4. El contenido y unidad de toda la Escritura Una primera aproximación a este contenido y unidad podemos hacerla desde el punto de vista de la composición de los libros bíblicos. En efecto, a pesar del largo y complejo proceso de composición de la Escritura y de la diversidad de autores y perspectivas que en ella se encuentran, se advierte una cierta unidad superior de la Escritura. Por más diferentes que se encuentren en la Biblia, no puede dudarse de que todos los autores bíblicos se encuentran inmersos en una tradición cultural y religiosa con muchos puntos en común. Leer e interpretar cualquier texto bíblico desde la unidad y el contenido de la Escritura es, en primer lugar, una operación dinámica: no todos los textos tienen el mismo valor, pero se iluminan unos a otros, cuando se comprenden en la dinámica históricosalvífica. No se anula la diferencia entre AT y NT, que expresan distintas etapas de la historia de la salvación. Pero para el lector/intérprete, guiado por el Espíritu en el tiempo de la Iglesia, toda la Escritura habla de Cristo, toda lectura/interpretación, tanto del AT como del NT, todo texto de la Escritura anuncia el evangelio, pues hace referencia a la única historia salvífica y al único evangelio de los que la Escritura da testimonio. En segundo lugar, esta interpretación es a la vez una operación eclesial, pues sólo en la Iglesia se tiene la garantía de participar del mismo Espíritu, que está en el origen y desarrollo de la Escritura, según hemos explicado. La historia de salvación se puede presentar en tres etapas. La primera contiene la acción del Espíritu que suscita acontecimientos salvíficos y una comunidad que es testigo y partícipe de esos acontecimientos; en esta etapa los escritos del AT son una primera manifestación de Dios en su pueblo. La segunda etapa es en la que el acontecimiento salvífico y la comunidad se realizan de una vez para siempre en Cristo. La tercera es la definitiva, y en ella vivimos, es la del Espíritu Santo se extiende personalmente, para hacer presentes en toda la historia la economía de la Palabra hecha carne y el poder de su resurrección. Es el tiempo del Espíritu o la Tradición en el tiempo de la Iglesia. La consecuencia de todo esto es que la percepción del contenido y de la unidad de toda la

Escritura nos viene dada por la luz del Espíritu, que anima la Iglesia y nos hace percibir la Escritura en la unidad histórico-salvífica de las distintas manifestaciones de Dios. Por eso ésta es una lectura e interpretación que se hace posible solamente en el Espíritu, que vivifica la Iglesia. 5.

La tradición viva de toda la Iglesia

Leer la Escritura «en el Espíritu» lleva consigo también tener en cuenta la tradición viva de toda la Iglesia. Se trata de la Tradición con mayúscula, no de las tradiciones eclesiásticas que se van acumulando a lo largo del tiempo, por muy dignas de respeto que sean. Incluye el sentido sobrenatural de la totalidad de los fieles ungidos por el Espíritu Santo, que se manifiesta «cuando desde los obispos hasta los últimos fieles laicos prestan su consentimiento universal en la cosas de fe y costumbres» (LG 12a). Se refiere a la tradición apostólica que va creciendo en la Iglesia con la asistencia del Espíritu Santo, atestiguada por la palabra de los Santos Padres, por la que se da a conocer a toda la Iglesia el canon de los libros sagrados, se comprende la Escritura cada vez con mayor profundidad y se hace eficaz constantemente. La tradición está estrechamente unida y compenetrada con la Escritura. Entendida así, la tradición viva de la Iglesia es la corriente de vida de esa misma Iglesia que, movida por el Espíritu Santo, dio origen en ella a la Escritura primero y a su reconocimiento como canon normativo después. Es la presencia viva del Espíritu Santo a través de los Padres y de la fe del pueblo de Dios, presencia activa del Espíritu, «por quien la voz viva del Evangelio resuena en la Iglesia y, mediante ella, en el mundo entero», y que «va introduciendo a los fieles en la verdad plena (cf. Jn 16-13) y hace que habite en ellos intensamente la Palabra de Cristo (cf. Col 3,16)» (DV 8). 6.

La analogía de la fe

Leer la Escritura en el Espíritu en que fue compuesta lleva consigo, finalmente, tener en cuenta la analogía de la fe. La fórmula deriva en cuanto a su expresión verbal de Rom 12,3-6. Fundamentalmente, expresa la coherencia de la fe objetiva de la Iglesia, la cual responde al nexo interno de los misterios de fe entre sí, por lo que no puede haber contradicción entre ellas. La Escritura y la doctrina de la Iglesia son consideradas como un depósito de verdades que no


pueden estar en contradicción entre sí. Esta coherencia de verdades objetivas tiene su fundamento en la única revelación del evangelio en Jesucristo, es decir, en la verdad cristiana, que es una sola: Jesús mismo, que se ha revelado entre nosotros y permanece vivo y presente en el Espíritu. La analogía de la fe es la coincidencia global de la fe de la Iglesia en cualquier tiempo con la fe apostólica, nacida de la predicación de Cristo, iluminada por su Espíritu y profundizada bajo su luz a lo largo de la historia. Así pues, la lectura en el Espíritu exige una lectura de los libros sagrados que tenga en cuenta el misterio global de Dios revelado en Cristo y sea coherente con él. Esto es lo que proponen las Escrituras y lo que propone la doctrina de la Iglesia. De aquí se deducen varias consecuencias interesantes. La primera es que, por más que haya diversas presentaciones de Cristo y de la Iglesia o de otras cuestiones en el NT, esto no significa que haya diversos Cristos o diversos modelos de Iglesia contradictorios y excluyentes entre sí, sino únicamente diversas vías de acceso al único misterio inabarcable de Dios, que se nos manifiesta en la Escritura. La segunda es que nos permite entender las afirmaciones de los padres de la Iglesia sobre la multiplicidad de sentidos de la Escritura. Esta multiplicidad de sentidos deriva de la riqueza del misterio de Dios, del evangelio que las Escrituras proponen, pero no agotan. Cada intérprete que trata de leer la Escritura abierto al misterio de Dios revelado en Cristo, vivo y presente por la acción del Espíritu en la Iglesia, descubrirá desde su perspectiva nuevos detalles y aspectos del único evangelio inagotable y nunca podrá tener la pretensión de haber llegado a la interpretación definitiva de un texto de la Escritura. 7. Biblia y magisterio de la Iglesia El oficio de interpretar auténticamente la Palabra de Dios, oral o escrita, ha sido encomendado únicamente

al Magisterio vivo de la Iglesia, cuya autoridad se ejerce en nombre de Jesucristo. Pero el Magisterio no está por encima de la Palabra de Dios, sino a su servicio, para enseñar puramente lo transmitido, pues por mandato divino y con la asistencia del Espíritu Santo lo escucha devotamente, lo custodia celosamente, lo explica fielmente; y de este único depósito de fe saca todo lo que propone como revelado por Dios para ser creído. Así pues, la Tradición, la Escritura y el Magisterio de la Iglesia, están unidos y ligados entre sí, de manera que ninguno puede subsistir sin los otros; y así los tres en conjunto, si bien cada uno según su modo específico, contribuyen eficazmente bajo la acción del único Espíritu a la salvación de todos. La primera novedad es la afirmación neta de que la Escritura ha sido entregada a toda la Iglesia, a todo el pueblo de Dios (por tanto sin excluir a la jerarquía). Es decir, la Iglesia es el lugar por excelencia de la acogida y comprensión de la Escritura y de la tradición, El depósito de la palabra oral y escrita (entendido como la Palabra de Dios viva y eficaz bajo la acción del Espíritu, que habita en la Iglesia y se manifiesta en su tradición viva), ha sido confiado a la Iglesia, a todo el pueblo de Dios, «para que viva de él y, al vivirlo, la Iglesia de cualquier época histórica imite fielmente a la Iglesia apostólica». El oficio del magisterio de la Iglesia no consiste en sustituir a la Escritura, ni en colocarse sobre ella, sino en interpretarla auténticamente. El magisterio de la Iglesia está sujeto a la Palabra de Dios manifestada en la Escritura, debe ponerse a la escucha de la Palabra, custodiarla celosamente y explicarla con fidelidad, todo lo cual hace con la asistencia del Espíritu Santo. Este es el servicio básico del magisterio a la Palabra de Dios, un servicio que le compete exclusivamente por participar como sucesores de los apóstoles de la autoridad de Cristo y, por ello mismo, del poder de enseñar en su nombre.


La lectura en el Espíritu