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El รกngel diestro

Jorge Parada


El รกngel diestro

Jorge Parada


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Autor Jorge Parada Dirección artística Jorge Parada Ilustraciones portada e interior Patricia Ballesteros Amat

Pintor Sorolla 22 46002 – Valencia – Spain inlibris.es © 12ªEdición – Año 2013 © 1ª Edición – Año 1993 (I.S.B.N. 950-43-5018-6) I.S.B.N. 978-84-941288-4-4


El รกngel diestro Jorge Parada


Imagínate que el alma es un bello pájaro y que nuestro cuerpo es una jaula. Imagínate un bello pájaro dentro de una jaula, y que éste no tenga trino. ¿Cuánto más preso podría sentirse? El autor.


CapĂ­tulo 1.

El nacimiento


S

iempre que miro el vientre de una futura madre comprendo la existencia, y es porque

siento nacer la vida dentro de otra vida, como si fuese un cordón maravilloso que nos prolonga hacia la eternidad. De niño imaginaba que en el interior de un vientre había ciudades y plazas con juegos y cuando imaginé juegos sentí que podría remontar mi cometa, y bueno... ya era un vientre con cielo y un sol brillante. ¡Siempre que el sol brilla hay bellas nubes! Hoy que juego fuera de esa ciudad, las nubes cautivan mi imaginación. Cuando miro el cielo, las nubes tienen todas las formas posibles, y con las formas uno puede imaginarse todo. El porqué de las nubes es el porqué de este relato. Ella, como futura madre, sentía dentro de sí nubes

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muy blancas, transparentes y mullidas, un vientre que hacía más liviano su cuerpo. A veces temía en sueños que su vientre se fuera flotando como esos globos que pierden los niños en el parque y que con sus desnudas manos mirando al cielo no pueden recuperar. ¡Pero al fin, llegó el momento de dejar escapar ese ser que, desde ahora, será de todos! Su llegada fue como abrir la ventana para que la luz entre y juegue con su resplandor en todos los rincones que la oscuridad del vacío no deja ver. Sus padres necesitaban de él y él quería crecer feliz con toda la mágica fuerza del amor.

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CapĂ­tulo 2.

De lo raro a la partida


E

sa mañana los padres pudieron comprobar en el niño una rareza física; tenía en su espalda

precisamente en el lado derecho, una prominente joroba tapizada por una fina pelusa gris. Un poco impacientes por saber si afectaría su vida, consultaron a médicos y especialistas de todo tipo, pero ninguno pudo diagnosticar, proveer tratamiento y, menos que eso, saber su evolución. No la

existe

peor

enfermedad

sufrimiento de

nuestros

que

esperar

hijos

que

evolucione

favorablemente. Con gigantesco amor lo cobijaron ocultando la resignación, y el señor tiempo que no sabe que existe, agigantó sus pasos y en poco, ¡esa joroba gris, se trasformó en una hermosa y radiante ala! Qué difícil era interpretar esos interrogantes, tanto como transportarlo, darle cuidados y tantas otras

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cosas. Con el tiempo se perdieron las esperanzas de recuperar su otra ala y sus anhelos se fueron esfumando como se esfuman esas pequeñas nubes en el firmamento cuando el viento las empuja. Ángelo, de sonrisa franca, ese era su nombre, sintió que soplaban vientos en su interior y que esos vientos empujaban su nube, en una dirección: “EL SUR”. Una noche, mientras dormía, el cielo de esos sueños le indicó un recorrido. ¿Sería la hora de partir? Y fue en una tarde de primavera cuando se despidió de sus amigos que tanto lo querían. Su madre sintió que esta vez sí, el

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pequeño globo de sus sueños se encumbraría, y el padre, resignado por su partida, afianzó su corazón al futuro de su hijo amado. Sin lágrimas, sonriente, el niño se alejó de su poblado por la huella que eligió como peregrino en búsqueda del SUR. Sólo se detenía ante alguna piedra en su bota, poseedor de valor y de una convicción entrañable que lo mantenían altivo, como si el magno esfuerzo de su travesía fuera a ser perpetuo.

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CapĂ­tulo 3.

El anciano sin esperanza


D

espués de tanto andar llegó al primer poblado, donde encontró a una persona muy anciana a

la que le faltaba una pierna. Contento con el encuentro, lo saludó con gentileza y amabilidad. — ¿Cómo está usted, señor? Con cierta desgana e ironía el anciano le respondió: — ¡Muy bien! Pero un poco triste, quizás como tú... Desconcertado por la respuesta, Ángelo le preguntó: — ¿Por qué lo dice? El anciano bajó la mirada y sonrió apoyándose en su pata de palo. — Según veo, a ti te falta un ala. Ángelo, como si le hubiesen intentado dañar con una

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ligera brisa: — No es un problema porque me dirijo al SUR para encontrarla. El

anciano,

con

enormes

risotadas

burlonas

y

gesticulaciones exageradas le respondió: — Nunca se recupera algo trunco, yo he perdido mi pierna en un accidente bajo la pesada rueda de un carro y no creo poder recuperarla aunque fuera de viaje a la luna. Ángelo, enfatizando con expresión confiada: — No he perdido mi ala, nunca la he tenido. El anciano con voz dura: — ¿Cómo se puede tener un solo miembro sin haber perdido el otro? Como el tuerto, el manco, el cojo... ¿Sabes qué nombre recibe un ángel al que le falta un ala?

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Ángelo miró al anciano, y descubrió que tenía sus ojos gastados de mirar el lado equívoco de las cosas, entonces le respondió: — No lo sé, tampoco sé qué nombre recibe un niño al que le sobre una. El anciano disgustado y queriendo darle fin a la charla, le dijo: — Para saberlo tendrás que saber qué eres. Y tras una carcajada se despidió de Ángelo diciendo: — Sigue al SUR que en ese lugar yo he perdido mi pierna. Ángelo algo apesadumbrado por ese encuentro y con un dejo de sabor amargo, continuó firme en su travesía sin que esta situación le hubiese mellado. Duro sigue siendo el camino en su búsqueda y el afán por mejorar no le permite justificar a esa persona anciana que vive ya sin esperanzas.

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Capítulo 4.

El niño


Á

ngelo de nuevo en la ruta y sin fatiga, divisó el segundo poblado donde descubrió con

inesperado júbilo a un niño de edad parecida a la suya, quien deslumbrado por la blanca y radiante ala le dijo: — ¿Te la puedo acariciar? Ángelo la estiró y rozó la mano del niño como si él quisiese tocar esos pequeños dedos. El niño, maravillado comentó: — ¡Qué tersura! Es más suave que las alas del faisán de mi tío. Ángelo, con humildad explicó: — Te parece, pero son iguales. El niño todavía perplejo por el encuentro le confesó: — Daría cualquier cosa por tener un ala como esa.

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— ¿Qué harías tú con ella? El niño mirando el cielo afirmó: — Volaría alto para divisar lugares lejanos y flotaría sobre las nubes para respirar su fresco vapor. Ángelo sin gestos: — Yo no puedo volar, seguramente podría hacerlo si tuviese mi otra ala. El niño atento a la afirmación, replicó: — Si con un ala no puedes volar, ¿de qué te sirve tenerla?


Ángelo, quizás un poco apenado: — No lo sé. El niño, entendiendo esta situación declaró — No te preocupes, yo tengo un ojo que no puede llorar. Ángelo, intrigado por el comentario, con sutileza y con voz calma sin querer molestarle por su injerencia en el tema, le dijo: — Cuéntame sobre tu ojo que no puede llorar. El niño, respiró con fuerza: — Cuando paso por una situación triste o de dolor sólo llora mi ojo derecho, pero si fuese como tú y tuviese una sola ala y no pudiese volar... ¡lloraría de tristeza todo el tiempo con ambos ojos!

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Ángelo, sin angustia: — Yo no he llorado, ni estoy triste porque viajo al SUR para encontrarla. Si tú quieres acompañarme podrías encontrar el llanto para ese ojo tuyo. — ¿No es una molestia para ti cargar con mi compañía? Ángelo sonrió, le tomó de la mano y continuaron por el camino.

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CapĂ­tulo 5.

La bruja


A

l divisar el tercer poblado se toparon con una señora muy fea, quizás demasiado, o más que

eso. Ángelo con gentileza se dirigió a la señora y le presentó a su amigo. — Nos dirigimos al SUR en búsqueda de nuestras faltas, el niño su llanto, y yo mi ala. La señora, con gestos que no expresaban y movimientos rápidos, tomó la mano de Ángelo y susurrándole en el oído le dijo: — Si quieres puedo convertir al niño en tu ala izquierda, pero como el niño tiene un ojo que no puede llorar posiblemente esa ala no te deje volar. Ángelo se separó rápidamente sin entender tal actitud y contestó con agudeza: — ¡No cambiaría a mi amigo por un ala, aunque esta me permitiese volar!

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La señora, mostrándose como una fiera que ha perdido su presa, se abalanzó contra el niño y con voz baja le dijo: — Si quieres puedo transformar a tu amigo en lágrimas para tu ojo, pero como le falta un ala, quizás esas lágrimas no te dejen ver mientras lloras. El niño manifestó con gran énfasis su descontento: — Ángelo es mi amigo y la única esperanza de poder encontrar mi llanto, no la cambiaría aunque esas lágrimas me dejaran ver. ¡La señora que realmente era una bruja, en un tris desapareció!

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CapĂ­tulo 6.

TĂ­teres vivientes


A

mbos tomaron sus manos con fuerza, sellando así un pacto de fraternal amistad.

Siguieron en la senda, aunque a veces se detenían para estirar las piernas, beber agua bajo algún árbol frondoso y así descansar del duro camino que los conducía al cuarto poblado. Asombrados, luego de recorrer sus calles sin encontrar a personas, Ángelo comentó: — ¿En dónde estarán? — Quizás han partido al SUR —respondió el niño asombrado. Ángelo, con experiencia de peregrino comentó: — El SUR no es para todos, es un lugar diferente, llegar es difícil y se necesita poseer una gran fuerza de voluntad, junto a un motivo espiritual que nos permita orientar esa búsqueda. — Yo no supe del SUR, necesité de ti. Otras

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personas, ¿cómo podrán saberlo? — Quizás haya que sentirse extraño... — ¿Quieres decir triste? — Nos sentimos tristes cuando nos falta algo que es importante para nosotros, pero si no hemos perdido nada, la sensación es tan oculta que no logramos el sentimiento justo. Habiendo entendido la respuesta, el niño afirmó: — ¡Estoy seguro de que lo mío sí es tristeza! Cuando llueve el ojo me duele, porque hace fuerza para poder imitar esas gotas, pero si miro hacia arriba y una pequeña gota de lluvia penetra en mi ojo, este respira como respiran las plantas, árboles y flores cuando son tocados por su fresca agua. Yo siento la necesidad de que mi ojo se moje con esa

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pequeña gota de llanto que hace fuerza dentro de mi pecho, porque así podrá dejar escapar esa oculta tristeza. Ángelo, procurando esclarecer el sentimiento del niño, le dijo: — El ojo llorón, ¿ no deja escapar su tristeza? — Un poco, pero no me alcanza. De pronto vieron un inesperado cartel iluminado con una fuerte luz que anunciaba la función de los títeres vivientes en el teatro central. Apuraron el paso y encontraron una larga fila de personas esperando sacar su entrada... Posiblemente todas las personas del pueblo. El último era un papá con una dulce niña sobre los hombros. Ángelo, respetuoso y cortés lo saludó:

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— Buenas tardes. El señor los miró pensando que ya no sería el último de la fila y señaló hacia arriba mostrándoles a la niña. Esta exclamó: — ¡Hola, estoy muy alta, mi nombre es Rosario! La niña, sintiéndose en la montaña más alta y protegida por las espaldas de su padre, apuntó con un dedito, ese que utilizamos para señalar y preguntó: — ¿Quién es él? Ángelo, con una sonrisa respondió: — Es mi amigo, me acompaña al SUR. El señor disimulando dijo:


— ¡Tan lejos! Yo prefiero esperar la función, seguramente es más divertida. — Debe de ser muy bonita la representación para reunir tanta gente —comentó el niño asombrado. El papá mirando hacia abajo y con cierta timidez no tardó en responder: — No sabemos, es la primera representación en este pueblo. Creció el interrogante y Ángelo preguntó: — ¿Hace mucho tiempo que esperan? El papá, que sentía que le hurgaban alguna parte de su cuerpo lastimado, respondió: — Hace varios años, pero hay personas que llevan mucho más tiempo aquí. Soy el último de la fila porque dudé mucho, pero al final me decidí y

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estoy muy contento porque le daré una inmensa alegría a mi niña, aliviando el sufrimiento, porque ella es especial, nació impedida de caminar, y la espera en mis hombros le da seguridad. El niño complaciente y con predisposición a colaborar en lo que fuese les ofreció compartir el camino que ellos habían emprendido. Posiblemente la niña pudiese encontrar alguna solución y así evitar esa larga espera. El papá, agradeció: — He sido el último en decidirme, no puedo desperdiciar todo este tiempo así simplemente por partir, estoy seguro de que espero la gran función.

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CapĂ­tulo 7

La maestra


S

e despidieron sin mirar atrás para no herirse con ese triste espectáculo.

Ángelo apuró el paso y dijo: — Siento que somos los únicos que realmente asistimos a la función, por suerte, sabemos que el SUR existe. El niño, que fue cautivado por la niña comentó: — ¡Qué hermosa niña! Me hubiese quedado sólo para acompañarla, aun siendo el último de esa larga fila, si realmente existe algo después del SUR, regresaré, para estar a su lado. Ángelo, vio nobleza en los sentimientos del niño y supo con certeza que encontraría sus preciadas lágrimas. Siguieron la marcha, con frío, con lluvia, caminos anegados, hasta que divisaron el quinto poblado. Al

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entrar encontraron todo muy limpio y ordenado, ambos inspiraron un aire conocido, y respirarlo les llenó el alma de sensaciones. — ¿Qué hacen esos chiquillos fuera de la escuela en horario de clase? Ángelo se sorprendió: — No señora, viajamos hacia el SUR. — ¡De ninguna manera! La mujer acomodó un pupitre con dos sillas, útiles escolares y los invitó a lavarse las manos. El niño, que intentaba defender su propósito explicó: — Estamos agradecidos señorita maestra, pero el SUR es nuestro camino. La maestra con voz autoritaria replicó:

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— Nadie les puede quitar ese camino, pero lo primero es lo primero, deben saber la lección. La maestra comenzó sus palabras, diciendo: — El conocimiento es fundamental para distinguirnos en la vida. — Pero maestra, ya hemos ido a la escuela —afirmó Ángelo. La maestra, con autoridad del que conoce, les dijo: — Si fueron a la escuela y saben esta lección, por favor, díganme qué es el SUR. Ambos sorprendidos, por haber interpretado que


tenían realidades distintas: — No lo sé, —expresó el niño– Ángelo me ha dicho que es donde yo podré encontrar mis lágrimas y él su ala faltante. La maestra con voz pausada: — Siempre sentimos que en algún lugar están todos nuestros interrogantes, pero la respuesta siempre está dentro de nosotros. El lugar, el SUR, es simbólico, pero existe siempre que se elige un camino correcto con espíritu visionario, alegría, tesón y humildad. El SUR que ustedes buscan yo lo he encontrado aquí y mi gran satisfacción es que ustedes ahora lo conocen, de esta manera cumplo con mi cometido. No podría vivir en un SUR distinto al mío...

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Con dulce expresión en sus ojos y postura con autoridad apretó el timbre de salida: — Niños, la clase ha terminado, junten sus útiles escolares y a partir.

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Cap铆tulo 8.

Funci贸n especial


C

on júbilo mezclado con algunos interrogantes prosiguieron la travesía, nuevamente en la ardua

senda y agotados físicamente, divisaron el sexto poblado, que se parecía a una gran carpa. En la puerta de ingreso, un señor muy bajo con un talonario verde en la mano les ofreció una entrada auspiciándoles la mejor de las funciones: — Por favor tomen el billete, y no lo pierdan, al final de la función sortearemos dos fabulosos premios. — No tenemos dinero para pagar la función —contestó Ángelo. — No es un problema, ustedes son los únicos y los más esperados de los espectadores, así es que apuren el paso que comienza la función.

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Sintieron una enorme expectativa, contemplaron el encender de las luces y un gran escenario apareció ante ellos. El niño tenía los ojos tan abiertos como su boca, una banda de músicos sordos ejecutó unos acordes melodiosos tan sutiles y espirituales que nuestros peregrinos jamás habrían esperado escuchar. De repente se iluminó el centro del escenario y apareció el maestro de ceremonias que comentó las proezas que realizarían los participantes. Pero los sorprendidos espectadores entendieron su locución, a pesar de que este sólo movía sus manos signando todos sus dichos. ¡Por supuesto que era mudo! ¿Cómo podían escuchar si no tenían sonidos las palabras? Porque la magia de esos movimientos

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gestuales se comunicaba directamente con las almas de nuestros peregrinos. En torno al escenario danzaban un grupo de niĂąos, algunos de ellos con rostros orientales que habĂ­an


elegido tener la inteligencia del amor y la derramaban por doquier sin elegir a quien, porque le llegaba a todos los espectadores. Luego una intensa luz verde esmeralda enfocó a su principal actor: Minus. Era un niño que con solo dos movimientos de cabeza, como los de un autista, expresaba sentimientos de inigualable riqueza. Por cada poro de su piel despedía bellos sueños, su mirada y respiración remarcaban el candor de un celestial ser que agradecía la vida. ¿Por qué se habían perdido las palabras, visiones, gestos y movimientos? Todos eran impedidos físicos, algunos sin piernas, sin brazos, sin ojos, sin voz y otros con todos esos detalles. Al finalizar la función el maestro de ceremonias les comunicó que se habían extraído dos billetes de las entradas generales y que los ganadores eran un niño

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y un medio ángel. Los felicitaron por haber ganado el increíble premio. Ángelo, que sabía que era mucho más que afortunado, preguntó: — ¿Cuál es el premio? Con euforia les comunicaron que serían los nuevos habitantes de ese poblado. — Ángelo, tú volarás con tu única ala y tú niño llorarás con tu ojo seco. Ángelo halagado, expresó su agradecimiento: — Sois todos personas increíbles. Estar cerca de vosotros es vivir el más hermoso de los sueños en la realidad, pero no podemos aceptar, porque vamos en búsqueda del SUR. El maestro de ceremonias afirmó: — Este es el SUR y se lo ofrecemos.


รngelo con lรกgrimas, sensible al mรกximo, lo expresรณ con un cรกlido abrazo de despedida.


CapĂ­tulo 9.

La llegada


A

sí comenzó la más dura de las partidas, un difícil camino como los otros, quizás el más

largo.

— Tengo los pies muy doloridos, Ángelo, ¿podrás cargarme un poco? Ángelo también exhausto, sobre todo por soportar todo el tiempo la carga de su pesada ala, intentó tomarlo, pero el niño recuperó su energía apoyado en ese ejemplo y continuó con marcado tesón. — Debí quedarme en la carpa, he sentido una pequeña lágrima aflorar de mi ojo. Ángelo todavía sensible preguntó: — ¿Quieres volver? — No, seguiré hasta el fin —contestó el niño—, después de todo quiero para mi ojo un gran llanto.

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Divisaron el séptimo poblado que estaba dentro de un frondoso bosque con enormes árboles y pequeñas cabañas con chimeneas humeantes y jardines que perfumaban la campiña con frescos aromas. La primera persona con la que se toparon en el camino dentro del bosque era un artista plástico que, contento por recibirlos, decidió mostrarles su estudio. Ángelo, que sentía una enorme satisfacción por relacionarse con un artista, preguntó: — ¿Es placentero ser un artista? — ¡Sí! Se siente una enorme emoción cuando fluyen nuestras

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realizaciones. Ingresaron al estudio y el niño, que miraba todo, también preguntó: — ¿Por qué se es artista? Este, mirando dentro de sí, respondió: — Es tan grande el caudal de sensaciones que guardo en mi interior que por medio de la pintura fluyen, y así puedo expresar todos aquellos sentimientos que no logro canalizar por ningún otro medio. Es como si mi alma fuese la ejecutora de las obras. De repente, el niño que hurgaba todo, se topó con un cuadro de gran belleza que al ser observado por Ángelo lo dejó perplejo, absorto, y con una estereotipada alegría, afirmó:

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— ¡ES ELLA A QUIEN YO BUSCO! Sin saberlo, él había comenzado su largo peregrinar para el encuentro. La pintura mostraba una bella niña con un ala en su costado izquierdo. El artista exclamó: — ¡Es mi hija, y está aquí! ¡Mis plegarias fueron escuchadas! El artista le indicó a Ángelo el recorrido para encontrarla, pues ella estaba juntando flores y buscando inspiración para sus poemas. Ángelo corrió como nunca de la mano de su compañero de viaje. Al entrar en el bosque la vio. Estaba ahí...

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Ya sin respirar, se le acercó y la tomó de las manos y con un inconsciente aleteo ambos se encumbraron hacia el cielo, ¡tan celeste como los ojos del niño!, a quien, ante tal majestuosa visión, le comenzó a llorar su ojo, brotándole lágrimas caudalosas, sin intermitencia. Había comprendido que su ojo no lloraba ante la tristeza, pero sí ante un emotivo y profundo júbilo.

Encuentra tu SUR y encontrarás el cometido de tu vida, si algo te falta es porque algo te sobra, y si algo te sobra, encuentra con quien compartirlo. ¡¡Encuentra tu SUR!!

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Has terminado de leer este libro alado, y quiero agradecerte que

hayas

compartido

este

maravilloso

viaje

conmigo.

Otras historias tiernas te esperan en la web de mi autor: www.jorgeparada.org. En este espacio podrás ponerte en contacto con Jorge y conocer todas sus obras. Hay muchos mensajes esperando que los descubras. Puedes seguir recibiendo las frases y pensamientos de Jorge a través de facebook.com/jorgeparadaautor, donde encontrarás a otros lectores sensibles que quieren compartir su experiencia y emociones tras haber leído mi historia.

Jorge y yo te invitamos a que sigas volando con nosotros. Este viaje no ha acabado aún...

Ángelo y Jorge.


Este libro terminĂł de editarse un 2 de julio de 2013, mientras una lluvia de plumas inundaba la ciudad.


“-¿Sabes qué nombre recibe un ángel al que le falta un ala? -No lo sé, tampoco sé qué nombre recibe un niño al que le sobre una.”

E

l ángel diestro cuenta la historia de un ángel que no puede volar por la ausencia de una de sus alas y para conseguir volar comienza un increíble viaje. ¡¡¡Maravillosa!!!

En su travesía se encuentra con personas que también buscan algo; en cada uno de los personajes de la obra se muestra el enorme abanico de capacidades y diferencias que resuenan en el lector de manera abierta y emotiva. Posee un mensaje aleccionador, ideal para la lectura en familia, en colegios y sobre todo para personas sensibles y emotivas. Es en definitiva una visión muy humana de una temática difícil de abordar y necesaria en esta sociedad cada vez mas divisionista. Este libro que tienes en tus manos no es realmente un libro, sino un regalo del destino.


El ángel diestro