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EL POR QUÉ DE UNAS NORMAS Y LÍMITES. A todos los padres nos cuesta marcar límites a nuestros hijos, pero resultan fundamentales para educarlos bien. Y hay que empezar desde que son muy pequeños. Os contamos cómo hacerlo. Gran parte de los problemas que tienen los padres con sus hijos adolescentes se deben a la falta de límites, a que en su primera infancia no supieron decirles “¡hasta aquí hemos llegado!” y ahora el asunto se les escapa de las manos. Y es que algo aparentemente tan sencillo como establecer ciertas normas es, en realidad, muy complicado. El motivo principal radica en que a los padres nos horroriza ver llorar a nuestros hijos y con tal de que no se lleven un berrinche podemos hacer la vista gorda (“total, es tan pequeño...”) y olvidarnos de que necesitan nuestros “noes”. Sí, los necesitan, porque está comprobado que un niño que se cría sin límites se siente desorientado e inseguro y dispone de un nivel de autoestima bastante escaso. Por el contrario, un niño que es educado con normas crece sintiéndose confiado, convencido de que es alguien importante para sus padres, que se desviven por él. Por eso le frenan cada vez que intenta hacer algo que no le conviene. Las normas, además de fortalecer el “yo” interno del niño, le enseñan lo que está bien y lo que está mal, lo que puede hacer y lo que no, algo imprescindible para que pueda relacionarse dentro y fuera de casa. Resumiendo: los límites son indispensables tanto en la construcción de la personalidad del pequeño como en la conquista de su autonomía. Para poder cumplir con nuestra tarea de poner normas, los padres debemos tener muy claro desde cuándo y cómo hacerlo, además de cómo deben ser las primeras que impongamos a nuestro hijo. Desde el primer año Los psicólogos infantiles coinciden en que hay que empezar a poner límites muy pronto, hacia el primer año de edad o incluso antes si el niño es muy espabilado. El motivo se debe que a esta edad el pequeño se convierte en un explorador que quiere investigar el mundo por su cuenta y necesita que alguien le pare para que no le ocurra nada malo. A esto se une que ya ha descubierto las relaciones causa-efecto y sabe que sus actos provocan unas reacciones en nosotros. Dicho de otro modo, ya se da cuenta de que si le decimos con cara de susto que no toque el horno, no debe hacerlo. Por supuesto, dado que la memoria de los niños tan pequeños aún es muy limitada, debemos repetirles los “noes” tantas veces como sean necesarias, hasta que los hagan suyos y les vengan a la memoria justo en los momentos oportunos. En cualquier caso, para evitar pasarnos el día diciéndoles “no” a todo, es fundamental adaptar la casa a sus necesidades. Así ellos podrán jugar casi a sus anchas y nosotros estaremos más tranquilos.

Además de armarnos de paciencia y de repetir las normas hasta la saciedad, para conseguir que un niño pequeño nos obedezca debemos tener en cuenta estas otras premisas: •

Acuerdo. Las normas deben ser consensuadas; es decir, nuestros límites deben coincidir con los que le marque nuestra pareja, porque si papá permite al niño lo que mamá le prohíbe, el pequeño aprenderá enseguida a qué progenitor debe acudir para hacer lo que se le antoja.


Coherencia. Debemos ser consecuentes con lo que le indicamos: lo que hoy está prohibido, mañana también lo estará.

Comunicación. Hay que explicar al niño el porqué de lo que le pedimos (“si te asomas a la ventana te puedes caer, así que no vuelvas a hacerlo”) y asegurarnos de que entiende perfectamente lo que esperamos de él. Por eso hay que hablarle siempre en un lenguaje sencillo, adaptado a su nivel de comprensión, y darle las normas de una en una. Volviendo al caso anterior, no podemos decirle que además de no asomarse a la ventana no se suba a la silla para auparse ni nos llame a voces para no despertar a los vecinos, porque no sabrá cómo actuar.

Firmeza. El pequeño debe ver que hablamos en serio. Por eso, al imponerle las normas y límites debemos emplear un tono positivo y cariñoso, para transmitirle que nos estamos preocupando por él, pero al mismo tiempo contundente, para que entienda que el tema del que hablamos no es una broma (la firmeza no está reñida con el cariño). Para que nuestras palabras le calen más hondo es aconsejable hablarle mirándole a los ojos y manteniendo algún contacto físico con él (cogiéndole de la mano, por ejemplo).

Rapidez. Si hace una trastada debemos reprenderle inmediatamente después, porque si dejamos pasar mucho tiempo, el pequeño no relacionará nuestra reacción con su comportamiento. No tiene sentido que muerda a un niño por la mañana y no le dejemos ver los dibujos por la tarde, porque no entenderá por qué actuamos así con él.

Comprensión. Además, hay que demostrarle que entendemos cómo se siente, pero que no por ello vamos a claudicar. Si está jugando y se enrabieta porque no quiere acostarse, debemos decirle algo como “entiendo tu enfado, pero si no duermes, mañana vas a estar muy cansado”. Así, aunque le obliguemos a hacer algo que no le apetece, sentirá que estamos de su parte.

¿Y SI NO HACE CASO? Es normal que al principio el niño se haga el sordo, que intente salirse con la suya y que al no conseguirlo se ponga a llorar o coja una rabieta. En ningún caso hay que ceder ante sus lloros, pues son una manera de comprobar dónde empiezan realmente nuestros límites. Además, si al verle disgustado o enfadado accedemos a lo que él nos pide, le enseñamos un modo perfecto (e inadecuado) de salirse siempre con la suya. En los momentos más críticos hay que mantener la calma. ¿Cómo? Respirando hondo, contando hasta diez y pensando que nuestra actitud es la mejor para nuestro hijo. Si a pesar de todo notamos que está colmando nuestra paciencia, no hay que esperar a perder los nervios. Es más eficaz mandar al niño a un rincón o llevarle a su cuarto y dejarle allí solo unos minutos (uno por cada año de edad). Esta pausa obligada le ayudará a reflexionar y a recuperar la calma. Pasado este tiempo hay que darle un fuerte abrazo, para demostrarle que seguimos queriéndole, y ponernos a hacer algo agradable juntos, para olvidar el incidente. VALORAR SU ESFUERZO Aunque a veces no lo parezca, a todos los niños les gusta que sus padres estén orgullosos de ellos y se esfuerzan en obedecer y en contener sus ganas de hacer mil travesuras. Por eso es tan importante que les felicitemos por sus buenas acciones y las valoremos más que sus trastadas. Nuestro reconocimiento es el incentivo más eficaz para animarlos a ser cada día un poco más buenos. Fuente: revista (online) crecer feliz


El por qué de unas normas y unos límites.