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mucho más simple y comparativamente superficial. No podía recurrir a ese estado supraconsciente. Me pregunté si los profetas y los sabios de las religiones orientales y occidentales, esos que llamamos «realizados», eran capaces de utilizar ese estado para obtener su sabiduría y sus conocimientos. En ese caso, todos tendríamos la capacidad de hacerlo, pues todos debemos de poseer ese supraconsciente. El psicoanalista Carl Jung sabía de la existencia de los diferentes niveles de conciencia; escribió acerca del inconsciente colectivo, un estado que tiene similitudes con el supraconsciente de Catherine. Cada vez me sentía más frustrado por el abismo infranqueable que había entre el intelecto despierto y consciente de Catherine y su mente supraconsciente en el nivel de trance. Mientras estaba hipnotizada podía mantener conmigo fascinantes diálogos filosóficos a nivel supraconsciente. Sin embargo, cuando estaba despierta no mostraba interés alguno por la filosofía ni los temas relacionados con ella. Vivía en el mundo de los detalles cotidianos, ignorante del genio que en ella habitaba. Mientras tanto, su padre la estaba atormentando, y los motivos se hacían evidentes. —Tiene muchas lecciones que aprender —sugerí, en tono de interrogación. —Sí..., en efecto. Le pregunté si sabía qué necesitaba aprender él. —Ese conocimiento no se me revela. —La voz era objetiva y distante—. Se me revela lo que es importante para mí, lo que me concierne. Cada persona debe ocuparse de sí misma... de hacerse... íntegra. Tenemos lecciones que aprender... cada uno de nosotros. Deben ser aprendidas una a una... en orden. Sólo entonces podemos saber qué necesita la persona de al lado, qué le falta o qué nos falta a nosotros para ser íntegros. Hablaba en un susurro suave, y ese susurro encerraba una amorosa objetividad. Cuando Catherine volvió a hablar, lo hizo otra vez con voz aniñada: —¡Me da asco! Me hace comer esas cosas que no quiero. Es una comida... lechuga, cebollas, cosas que detesto. Me obliga a comerlas y sabe que me voy a poner mala. ¡Pero no le importa! Catherine empezó a dar arcadas. Jadeaba, sofocada. Volví a sugerir que viera la escena desde una perspectiva superior, pues necesitaba comprender qué inducía a su padre a actuar de ese modo. Ella replicó en un susurro enronquecido:

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muchas vidas muchos maestros  

obra sobre la reencarnacion

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