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—Es algo que tiene pólvora, muy negra. Se pega a las manos. Hay que moverse deprisa. El barco lleva una bandera verde. Es una bandera oscura... Una bandera verde y amarilla. Tiene una especie de corona, con tres puntas. De pronto Catherine hizo una mueca de dolor. Sufría. —Ah —gruñó—, ¡cómo me duele la mano, cómo me duele la mano! Tengo algo de metal, metal caliente en la mano. ¡Me quema! ¡Ah, ah! Recordé el fragmento de su sueño y comprendí lo de la aleta roja clavada en la mano. Bloqueé el dolor, pero ella seguía gimiendo. —Los espigones son de metal... El buque en donde estábamos fue destruido... por babor. Han dominado el incendio. Han muerto muchos hombres... muchos hombres. Yo he sobrevivido... sólo tengo la mano herida, pero cicatriza con el tiempo. La llevé hacia delante en el tiempo y dejé que escogiera el siguiente acontecimiento de importancia. —Veo una especie de imprenta; imprime algo con moldes y tinta. Están imprimiendo y encuadernando libros... Los libros tienen cubiertas de cuero y cordeles que los sujetan: cordeles de cuero. Veo un libro rojo... Es algo de historia. No veo el título; todavía no han terminado la impresión. Son libros maravillosos. Tienen cubiertas muy suaves, de cuero. Son maravillosos; te enseñan. Obviamente, Christian disfrutaba viendo y tocando esos libros; también comprendía vagamente las posibilidades de aprender así. Sin embargo, parecía muy poco instruido. Hice que Christian avanzara hasta el último día de su vida. —Veo un puente sobre un río. Soy viejo... muy viejo. Me cuesta caminar. Camino por el puente... hacia el otro lado... Me duele el pecho; siento una presión, una presión terrible... ¡Me duele el pecho! ¡Ah! Catherine emitía sonidos, gorjeaba; experimentaba el ataque cardíaco que Christian estaba sufriendo en el puente. Su respiración era rápida y poco profunda; tenía la cara y el cuello cubiertos de sudor. Empezó a toser y a jadear. Me sentí preocupado: ¿sería peligroso volver a experimentar un ataque cardíaco sufrido en una vida anterior? Ésa era una frontera nueva; nadie conocía las respuestas. Por fin, Christian murió. Catherine permaneció apaciblemente tendida en el diván, respirando profunda y regularmente. Dejé escapar un hondo suspiro de alivio. —Me siento libre... libre —susurró con suavidad—. Floto en la oscuridad... floto, nada más. Hay luz alrededor... y espíritus, otras personas. 36

Profile for Ines Miranda

muchas vidas muchos maestros  

obra sobre la reencarnacion

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