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Una vez te vi. Yo estaba dejándome bañar los pies de lava y rompiente de olas mientras mis ojos holgazaneaban por la limpieza del cielo abierto. Y te vi. Dabas tumbos en un charco de pleamar suntuosa. Parecías una zíngara dúctil y esquiva pero condenada a muerte, concubina del océano ensimismada en un oméguico baile de claudicación (la bajamar te silbaba quedito y con tintineo implacable, pero tú no le hacías caso) Me hablaste de viento que choca con las rocas, de olas que saltan en pleno parto de algas y cangrejos. De tu vida comunal y descomunal, jugando siempre en bandadas de jolgorio con otros pececillos de millares de colores, cimbreando la mar todos al unísono… me contaste que entre tus entrañas la vida era empuje infinito de escamas y sal. Te pusiste serio y me hablaste de gentes que se ahogan en la furia de tus dominios, de naufragios de sueños, de llantos de pateras que no saben que no existe El Dorado… de mercadeo de muertes de hombres y peces en homenaje a la lujuria desbocada del ser humano. Me invitaste a sumergirme en el cristal de tu cuerpecillo desinquieto y cambiante, para que viera a los señores delfines en asamblea de hondura y me admirara con los corales del fondo de tus feudos. Y fue hermoso. Pero tu tiempo se escapaba, mientras hablábamos, por las arrugas de las rocas. La mar huía sin hacerte caso. Las aguas de alejaban dejándote en una piscina espejísmica abocada a la sequía, sentenciándote a muerte. El ocaso desató un frío desapacible vestido de oscuridad que me hizo perderte. Pero una vez te vi.

POEMAS DE LA MAR  
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