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POEMAS DE LA MAR ROSA GALDONA PÉREZ


La marea azul se duerme ante mis ojos sobre la arena. Se duerme y despierta con la vida invisible entre los cayados. Llena el universo de mis ojos, la marea. Nunca se va del todo ni termina de quedarse. Es un quererse sin parar, el suyo, un devaneo infinito y lunático de rumores y de agua. Es un siempre abandonarse para siempre que rinde culto a una inefable y cautivadora esencia de la contradicción – parece tan humana, la marea...-. Su secreto lo guardan las sirenas. Lo esconden, creo, entre la voluptuosidad de sus pechos imposibles, en la sensualidad de sus rostros indescifrables, en la sinuosidad de sus cuerpos varados a la sombra del misterio. Sólo las sirenas conocen la oscilante paradoja de la marea con la que va y viene, incesantemente, mi vida. De ellas son los giros de agua que ríen en las olas y con los que crecí bronceada de felicidad. Tal vez en ellas se esconda, también, el sentido de esa vida, magullada por tantos escollos de confusión pero afortunada de compartir la humildad de las piedras, siempre recién bañadas, de la playa.


La hipérbole marina se encabrita y despliega las alas de salitre por el aire infestado de miedo. Las caricias del aire rehúyen su abrazo porque viene ensalvajado, como un acuario silvestre ahíto de algas que pasa a cuchillo piedras y arenas, aves y luces cualesquiera de serenidad. La tormenta es un horno reverberante con revoltura de dioses podridos de polución. La música erosionada por el oleaje es cadáver de playa y titular de prensa mansa que ya no cuenta nada relevante.


El filo de la mar es un ĂĄnima aquietada que platea la vista y enduerme barcas, en la distancia, como un humilde juglar de honduras y orillas. Al cabo de agosto ya no quema la mĂşsica del aire. Una balsa mansa de horizonte taciturno se hace brisa y heno y trigo y mosto en la parsimonia embelesada del sentir. Y la marea no deja de latir.


Me acaricias con tu cuerpo ondulesciente cubriéndome de algas y de sales pujantes, besadoras de cuerpos, cielos y tierras. Me sumerjo en ti y en tus cantigas de caracolas, Y me lamen tus olas embelesando mis silencios al arrullo de tus siglos de sinfonías lunáticas. A veces me llamas desde tus corrientes de falacias submarinas, y me prometes con tus resacas quimeras de sirenas e hipocampos maradentro... Y te creo... Y te sigo… Y me posees... mar.


Cuando el sol se detiene en los hemisferios de mi cuerpo para que las arias mágicas de tus aguas me hagan el amor, sobran credos, cielos y palabras. Y me vuelvo espuma y salitre. Y me anclo a tus mareas azules para nunca más zarpar. Es entonces cuando soy. Cuando soy melodía-flujo en tus brazos. Es entonces cuando siento. Cuando siento plegarias atávicas y náufragas en el epicentro de tus furias. Es entonces cuando vivo. Cuando vivo maridajes místicos en los labios de tus playas. Y sobran credos, cielos y palabras. Y me vuelvo espuma y salitre. Y me anclo a tus mareas azules para nunca más zarpar.


Una vez te vi. Yo estaba dejándome bañar los pies de lava y rompiente de olas mientras mis ojos holgazaneaban por la limpieza del cielo abierto. Y te vi. Dabas tumbos en un charco de pleamar suntuosa. Parecías una zíngara dúctil y esquiva pero condenada a muerte, concubina del océano ensimismada en un oméguico baile de claudicación (la bajamar te silbaba quedito y con tintineo implacable, pero tú no le hacías caso) Me hablaste de viento que choca con las rocas, de olas que saltan en pleno parto de algas y cangrejos. De tu vida comunal y descomunal, jugando siempre en bandadas de jolgorio con otros pececillos de millares de colores, cimbreando la mar todos al unísono… me contaste que entre tus entrañas la vida era empuje infinito de escamas y sal. Te pusiste serio y me hablaste de gentes que se ahogan en la furia de tus dominios, de naufragios de sueños, de llantos de pateras que no saben que no existe El Dorado… de mercadeo de muertes de hombres y peces en homenaje a la lujuria desbocada del ser humano. Me invitaste a sumergirme en el cristal de tu cuerpecillo desinquieto y cambiante, para que viera a los señores delfines en asamblea de hondura y me admirara con los corales del fondo de tus feudos. Y fue hermoso. Pero tu tiempo se escapaba, mientras hablábamos, por las arrugas de las rocas. La mar huía sin hacerte caso. Las aguas de alejaban dejándote en una piscina espejísmica abocada a la sequía, sentenciándote a muerte. El ocaso desató un frío desapacible vestido de oscuridad que me hizo perderte. Pero una vez te vi.


POEMAS DE LA MAR  

Un lugar para ensalitrar el alma...

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