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BONDI

COLECTIVO PERIODĂ?STICO DE ETER

Higui

Historia de una sobreviviente

El gran debate

Abolicionismo vs reglamentarismo

Aborto legal

La deuda pendiente de la democracia

Abusos en el rock

Las mujeres ya no se callan


EDITORIAL

Hablemos de género Confieso que cuando planteamos que este número de BONDI sea sobre género dudé. No porque no me interese el tema, al contrario, lo considero tan fundamental que temía que nos pusiéramos demasiado discursivos, proclamadores o bajadores de línea. No quería que la revista fuera un compendio de notas para l@s que ya estamos convencid@s. Porque hablar de género es hablar de muchas cosas, no sólo de violencia o de la limitada definición sexista de varón o mujer. Decimos género y hacemos referencia a derechos, estereotipos, abusos, identidad, empoderamiento, discriminación, discursos, poder. Todo relacionado a las mujeres, y por tanto, a los hombres y, por tanto, a la sociedad. Entonces, lo primero, lo básico, es entender que el género no es un tema “de mujeres”; aunque la lucha comience por casa.

Por India Molina Directora de la carrera de Periodismo en ETER.

Me terminé de convencer cuando les planteamos el tema a nuestr@s futur@s periodistas y comenzaron a llegar decenas de sumarios de notas, una más interesante que la otra. ¿Quién dijo que todo tiempo pasado fue mejor? Mañana es mejor. Así que este BONDI toma la posta para informar, visibilizar, amplificar sobre Género. Darnos el espacio para analizar porqué -a pesar de las centenares de muertes por año que produce su práctica clandestina- el aborto no está despenalizado en nuestro país. Para reflexionar si el trabajo sexual es trabajo al fin o se trata de otra forma de poder sobre el cuerpo de las mujeres. ¿Y qué pasa con los micromachismos? Esos pequeños gestos de la vida cotidiana a los que tanto mujeres como varones estamos tan acostumbrados que pasan desapercibidos; de esto también se trata la perspectiva de

Sumario

género: de objetivar y reconocer para erradicar. En el género también se juega la identidad y de su mano vienen los estereotipos; sos nena o nene, punto. ¿Y si sos trans, qué? Parte de la opinión pública que desmerece los reclamos y la lucha por los derechos de las mujeres suele usar una chicana de mal gusto, el irritante “NiUnoMenos”, que pretende hacer pasar como hechos de inseguridad los casos de femicidios. ¿Acaso se encontraron varones descartados en bolsas de residuos, violados, drogados contra su voluntad o empalados? No, sólo mujeres. Cada 30 horas una mujer es asesinada en nuestro país; no nos podemos dar el gusto de que esa cifra se naturalice. Por todo esto es que decidimos que este número de BONDI fuera sobre género. Así que sí, hablemos de derechos, identidad, empoderamiento, lucha, poder; hablemos de todo. Que después de este despertar feminista -que abre la puerta para salir a jugar en los espacios históricamente destinados para hombres- a coser y a bordar no volvemos más.

3. Había sido abuso

14. Esa maldita costilla

5. Las chicas fuertes sí lloran

16. Micromachismos

Abrir los ojos

Un relato en primera persona

6. El deseo de no ser madre Una elección de vida

8. Aborto legal

Una deuda de la democracia

10. ¿Abolicionismo o reglamentarismo? El gran debate

12. Higui

Historia de una sobreviviente

Las mujeres en el poder La violencia invisible

17. Stand up feminista Todo humor es político

18. Arte trans

Escúchame entre el ruido

20. Mujeres tech

Cuando el cambio está a un par de clicks

22. Abusos en el rock Las mujeres ya no se callan


BONDI

Num. 3 - 2017

www.eter.com.ar info@eter.com.ar

ABRIR LOS OJOS ANTE LA VIOLENCIA

Había sido abuso

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Staff

CONSEJO EDITORIAL: Cecilia Alemano Adrián Figueroa Díaz India Molina Lucrecia Raimondi Javier Schurman Nicolás Sagaian (coordinador editorial)

FOTO DE TAPA: David Radosta

DISEÑO GRÁFICO: Martín Olivieri Valdez

FOTOGRAFÍAS: Coty Nieto David Radosta Diana Fernández Gala Abramovich Lule Franco Tomás Josep

ILUSTRACIÓN: Lía Copello

DIRECCIÓN GENERAL: Eduardo Aliverti Pablo Milstein Javier Rubel Agustín Tealdo

DIRECCIÓN PERIODISMO: India Molina

COORDINACIÓN: Lucrecia Raimondi

BONDI es una publicación realizada por estudiantes de la carrera de Periodismo de ETER. Este número fue impreso en la cooperativa Gráfica Patricios (Regimiento de Patricios 1941, Ciudad de Buenos Aires) en noviembre de 2017.

Son cada vez más las mujeres que comprenden que fueron abusadas en algún momento de su vida. Sin embargo, no muchas se animan a contarlo y menos a formalizar una denuncia. Hasta esa noche en el boliche Grisú, Micaela consideraba a Joaquín como un amigo más. “De esos que son un poco forros, pero en el fondo son buenos pibes”. Junto al resto de sus compañeros, bailaban rock en una de las pistas, hasta que Joaquín la acorraló contra una pared. A pesar de sus pedidos, él insistió y no se corrió: la besó y la tocó hasta que ella pudo zafarse y volver al hotel. Lloró, se culpó y lo justificó porque “estaba en pedo”. Tardó dos años en darse cuenta de que lo que había sufrido esa madrugada había sido un abuso. Fue cuando acompañó a su amiga —ex pareja de Joaquín— a denunciarlo a la Comisaría 43 de Floresta por violación y violencia psicológica. Comprendió en apenas un par de minutos que lo que había vivido en Bariloche no había sido “una cagada”, sino algo más.

Txt. Agustina Banchiero, Katherine Bednarz & Natalia Delgado

Con la movilización de cientos de miles de mujeres bajo la consigna Ni Una Menos, creció la conciencia en torno al cuerpo, la libertad sexual y al derecho a decidir; y cada vez más las que empezaron a ser conscientes de que sufrieron alguna clase de abuso sexual y psicológico en algún momento de sus vidas. De abril a junio de 2017, la línea 144 del Ministerio de Desarrollo Social, abierta para contener y asesorar a mujeres en casos de violencia, registró que la mayor cantidad de llamados fue por violencia psicológica (entre el 92,6 y 94 por ciento) y que la menor, por violencia sexual (entre un 7,2 y 11,5 por ciento). Según cifras del Sistema Nacional de Información Criminal, elaborados en base a datos del Ministerio de Seguri-

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HABÍA SIDO ABUSO dad, en 2015 fueron 37 los delitos contra la integridad sexual (“abuso deshonesto”, “ultrajes al pudor”, “rapto” y “tentativa de violación”) producidos por día, y apenas un año después, el número aumentó a casi 50, es decir, un 35 por ciento más. Los casos de violaciones fueron 3.746 en 2015 y 3.717 en 2016, mientras los delitos contra el honor pasaron de 433 a 627. Según un informe sobre violencia sexual en América Latina y el Caribe, realizado por la Organización Mundial de la Salud (OMS), sólo el 5 por ciento de las víctimas adultas de violencia sexual de toda la región denuncian el hecho a la Policía.

Según un informe reali­ zado por la Organización Mundial de la Sa­lud, sólo el 5 por ciento de las víctimas adultas de vio­ lencia sexual denuncian el hecho a la Policía.

Son muchas las mujeres que al sufrir una violación se resguardan en el silencio. En parte, porque al momento de dar su testimonio, temen que la persona que esté escuchando no les crea o le surjan dudas. Contar lo que pasó significa exponerse a preguntas, que más que preguntas parecen juicios. Juicios que muchas veces desacreditan el relato y terminan en sentencias. “¿Quién la manda a ir a esos boliches?” “Mirá lo que tenía puesto... ¿Qué esperaba?”. “¿Y estaba sola a esa hora?” Pánico por lo que pasó. Pánico por lo que puede venir. Temor por lo que dirán y el miedo a la exposición. A la sentencia: “ella se lo buscó”. A la lista de argumentos para poner en duda el relato de la víctima, suele sumarse el “estereotipo” de violación que la sociedad guarda en el imaginario: el hombre que viola tiene que ser una persona desconocida para la víctima, un hombre que ataca en la oscuridad, que espera oculto en un

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ascensor, en un callejón oscuro. Sin embargo, lo que ocurre en muchísimas ocasiones es que el violador es un jefe, un primo, el marido, un amigo o un chico que conoció en un boliche. No es fácil que alguien crea que puede haber violación entre dos personas que se conocen. Más difícil, todavía, es creer que puede haber violación en el matrimonio o en la pareja. Donde hay relación, sobre todo afectiva, es mucho más complicado que la gente acepte que alguna situación pueda haber sido un abuso. Pero los números hablan. Según el Índice Nacional de Violencia Machista, el 68 por ciento de las mujeres relevadas sufrió al menos una situación de imposición sexual con su pareja. Sí, con su pareja. “La mujer que es víctima de una violación también cree que lo que tiene que pasar es que un depravado la agarre en una plaza oscura. No tiene la idea de que un tipo que conoce, que se gana su confianza, la puede violar. Esto está relacionado con la baja cantidad de denuncias de violación”, comenta Inés Hercovich, socióloga y psicóloga social, fundadora de Lugar de Mujer, el primer centro feminista que hubo en Buenos Aires. Hercovich llevó a cabo una profunda investigación que dio como resultado su libro El enigma de la violación. Habla sobre ese mito que afirma que es la mujer la que provoca y que los varones tienen un instinto sexual que no pueden reprimir: “Esto de pensar al hombre con una sexualidad irrefrenable lo pone del lado de la biología. Y no, el tipo tiene opinión, piensa, no es la naturaleza. La naturaleza está, pero eso no define nada”. Muchas veces se culpabiliza a la víctima. No sólo por su forma de vestir o por los lugares que frecuenta, sino porque al escuchar su relato se espera encontrar una situación en la que la mujer estaba imposibilitada de actuar. Que al ser abusada estaba amenazada por un cuchillo o por un arma de fuego; que eran muchos y con antecedentes. La mujer tiene que presentar marcas en su cuerpo para que otro confíe en su denuncia. La mujer tiene que saber dónde se está metiendo. La mujer dijo que no, pero cuando dice que no, en realidad, está queriendo decir que sí. La mujer es culpable hasta que se demuestre lo contrario. Mientras estas ideas sigan instauradas, muchas mujeres seguirán transitando una violación en silencio, como ocurre en uno de cada tres casos, según el Índice Nacional de Violencia Machista. Y muchos hombres seguirán creyendo que lo que hacen no es violar, que sólo están consiguiendo otro trofeo. Porque como dice Hercovich: “En el lenguaje de los hombres, ‘bajarse a una mina’ no es lo mismo que violar. Porque en general los tipos que violan, tienen una estrategia de levante. No es que atacan como si fueran lobos feroces”. Y no son lobos: son humanos. Desconocidos, conocidos, novios, maridos, amigos, familiares, vecinos. Que aprovechan el silencio, el temor a vivir con esa marca también externa, a tener que contar, explicar, insistir que no, que no, que claro que no. Que ella no se lo buscó.


BONDI

Las chicas fuertes sí lloran A todas las que, como Belén, contaron su historia. A las mujeres fuertes que sí lloran, porque hacerlo es de valientes.

Txt. Sandra García Moreno Ph. Diana Agustina Fernández

Desde aquel día aprendió a llorar de dos formas, en la ducha y contra la almohada. La primera, disimulaba sus ojos hinchados; y la segunda, silenciaba su dolor, que con el tiempo se volvió sordo y mudo. —El peor dolor no fue el de la zona genital, ni el del vientre, en donde sentía como si me estuviesen clavando alfileres. El peor de todos es éste de acá —se señala el corazón— y este otro —se golpea la cabeza con los dedos—. Me la quiero arrancar y no tener que recordar cada

día que fui violada, humillada y herida por mi mejor amigo —cuenta Belén. En la cocina hay platos apilados desde hace días y la heladera está llena de frases optimistas, como en un intento de dar alegría entre tanto dolor: “Haz que cada día cuente”, “ser feliz es una elección”. La cama está sin hacer y las sábanas permanecen revueltas, como su pelo, sin cepillar desde hace días. —No tengo fuerzas. Sólo el hecho de peinarme, para mí, es un esfuerzo que está más allá de mis posibilidades. Me limito a comer, dormir y llorar. Lo que más hago es dormir, porque a veces siento que ya no puedo llorar más. Hay días en que los ojos me arden tanto, que ni si quiera los puedo abrir. El padre de Belén le enseñó de pequeña que las chicas fuertes no lloran, o al menos no delante de los demás. Y eso ha hecho ella desde hace cuatro meses; callar sus lágrimas y encerrar su historia en un monoambiente demasiado pequeño para un drama tan grande. —De la noche en que me violó, no me acuerdo de nada. Lo que sí tengo intacto es el día siguiente. Me acuerdo de la sensación de sed, de ardor en la vagina y la angustia al verlo tumbado a mi lado. Después vino la confusión y la culpabilidad, por haber bebido de más, por no haber sabido parar, por haber salido aquella noche. Belén está sentada en la cama en la que fue abusada sexualmente por su amigo de la infancia (nunca dice su nombre). Se mira al espejo, el mismo en el que se vio la mañana siguiente en la que le arrancaron quizá lo poco que tenemos: el poder de decidir. —No me reconozco. Esta no soy yo. MIrame, yo antes gritaba. Sus ojos tienen un color menos azul que antes. Las ojeras le suman años que no tiene. —¿Sabes qué hizo al día siguiente? Me dijo que en el fondo sabía que me había gustado. Él se fue dando un portazo. Yo me quedé acá mismo, donde estoy ahora. Sin decir nada, como esperando algo. No sé muy bien qué.

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UNA ELECCIÓN DE VIDA

El deseo de no ser madre Txt. Cloé Srulevich & Estefanía Peñaflor “¿Y vos para cuándo?” “¿No vas a tener hijos?” Toda mujer que haya pasado los 30 años o esté en pareja hace un largo tiempo, seguramente escuchó en su familia o en su círculo cercano alguna de estas preguntas. Detrás de esas expresiones, que en general se plantean como “inocentes”, se esconden años de mandatos y obligaciones sociales inculcadas a las mujeres. Si bien todavía pesan algunos prejuicios a la hora de tomar la decisión de convertirse en madre, cada vez son más las que optan por hacerle frente. Luisana Ramírez tiene 25 años, es venezolana y desde hace un año que vive en Argentina. Está casada hace tres y hace tiempo tomó la decisión de no tener hijos. Su pareja la apoya “rotundamente”. Atribuye en parte la falta de deseo a que, por cuestiones de la vida, desde los diez años se tuvo que hacer cargo de su hermano menor, experiencia que le pareció “demasiado complicada, frustrante y agotadora”. Al mismo tiempo, considera que un hijo es “incompatible” con su estilo de vida: “Soy muy nómada. Con los años me di cuenta de que perseguía otro tipo de intereses. Me apasiona vivir experiencias nuevas, viajar, estudiar y me gusta disfrutar del día a día”.

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A pesar de las presiones y los prejuicios, muchas mujeres se plantan a contramano de los mandatos sociales y deciden no tener hijos. Mariana Maristany, doctora en psicología, especialista en familia y miembro de la Fundación AIGLÉ, considera que la decisión de no traer chicos al mundo “es un fenómeno preponderante de las grandes ciudades y de la clase media y alta”, debido a que el contexto facilita este tipo de elecciones. Para la doctora, esta cuestión admite dos análisis: uno socio-cultural y otro psicológico. El social “tiene que ver con la evolución de la cultura occidental”, donde la maternidad pasó a ser una opción y no una obligación: “Hoy hay más permiso para cuestionar los mandatos sociales”, dice. Hay valores más fuertes, como la belleza y el éxito, que van en desmedro del deseo de ser madre. “Desde la psicología, cuando se habla de tener hijos, se pone en juego el proyecto que cada una tenga para su vida”, analiza Maristany.

La maternidad pasó a ser una opción y no una obligación. Hoy hay más permiso para cuestionar los mandatos sociales.”

Los prejuicios sobre las mujeres que eligen este estilo de vida siempre están presentes, pero Luisana les hace frente: “A la gente le encanta opinar respecto a este tema, y les respondo que no busco aprobación porque es mi vida y no le debo nada a nadie”. Ana Delgado, psicoanalista y miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA), afirma que “la sociedad sigue siendo conservadora” en la actualidad y todavía se tilda a la mujer que no quiere procrear como “egoísta”, “egocéntrica” o “histérica”. “La elección de no tener hijos es un fenómeno de esta época y generalmente responde a situaciones personales y también a un contexto social”, explica. Este escenario se debe a que la mujer ha hecho el ingreso a un medio social más decidido y amplio. “Uno de los cambios sociales más profundos fue la incursión de la mujer en el ámbito laboral; salir de un lugar tan privado como la casa, del rol determinado cuyo mandato social era atender a los hijos”, sostiene Delgado. La Cope, personaje feminista creado por la ilustradora Lía Copello.


BONDI

A la gente le encanta opinar respecto a este tema, y les respondo que no busco aprobación porque es mi vida y no le debo nada a nadie.” Luisana Ramírez

Con respecto al imaginario de que toda mujer tiene un instinto maternal, la psicoanalista asegura que no existe tal cosa: “Lo que existe es el deseo. El ser humano no tiene instintos, sino pulsiones, y desde que nacemos, estamos atravesados por los deseos que pueden tener como finalidad cualquier objeto o sujeto. El amor maternal es sólo un sentimiento, que puede existir o no existir, puede darse o desaparecer. Todo depende de la madre, de su historia y de la ‘Historia’”. Saraí Zapata, de 30 años, insiste que un bebé en su vida traería mucho desorden. Casada con Facundo, su pareja desde hace cinco años, tomó la decisión desde el inicio. A ambos les apasiona tener en absoluto orden su casa. Afirma: “Me siento egoísta, en el sentido de que no quiero pensar en tener la responsabilidad sobre otra persona que no sea yo. A esto, sumado al gasto que implica un niño en estos días”. Cuando le consultan por el tema, no desespera y con una sonrisa responde que aguarda con paciencia que su hermana mayor tome la decisión pronto, “así la familia se entretiene con el nuevo integrante”.

¿De dónde surge el deseo? Según Delgado, el tener hijos está asociado al deseo de inmortalidad, de perpetuarse: “El ser humano tiene dos misiones: su propia vida y el eslabón de la especie. La inmortalidad se refugia en la eternidad a través de los hijos. Ellos son los que nos van a heredar en todo sentido y es en esa herencia donde vamos a seguir vivos”. Según su mirada, antes, el deseo de perpetuidad se canalizaba a través de los hijos y hoy está puesto en la realización personal a través del éxito laboral o social. Pensando en si podría sumar a la lista del mes el gasto de los pañales, la leche, accesorios y ropa de un niño en estos días, Saraí admite: “Sería renunciar a mis fines de semana en la peluquería, a mis salidas de shopping cada tanto, a las escapadas fuera algún feriado, renunciar a ¡mí! De verdad, hoy no tengo ganas de eso, me siento libre”. Cuando se habla de mandatos sociales, se hace referencia a los primeros juegos que les son destinados a las nenas y los varones. Maristany apunta: “Mientras al niño le compran la camiseta de su equipo de fútbol favorito, a la nena le regalan una muñeca que viene con mamadera para que le dé de comer y aprenda a cuidar a un bebé. A las mujeres se las prepara para criar hijos desde los juegos. Pero hoy, aunque se siga estilando regalar muñecas, esa niña va a poder elegir con más facilidad cómo quiere vivir su vida”.

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ABORTO

Una deuda pendiente Una abogada feminista y un obstetra especializado analizan las razones por las que la ley vigente no se implementa y por qué no se avanza hacia la despenalización. Txt. Macarena López, Melanie Raffetto & Stefanía Berkenwald Ph. Télam

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La despenalización del aborto es una de las principales deudas de la democracia que el Estado mantiene con las mujeres. Pese a las modificaciones implementadas en el artículo 86 del Código Penal, que permite suspender el embarazo en determinados casos, el aborto se sigue cobrando vidas en las sombras de la clandestinidad. En los últimos 30 años, las complicaciones derivadas por su práctica en condiciones de riesgo son la primera causa de mortalidad materna y representan un tercio del total de esas muertes. ¿Qué es lo que sucede? ¿Por qué no se implementa la ley vigente ni se avanza hacia la legalización? BONDI se propone contestar algunas de esas preguntas.

UN PROBLEMA DE IMPLEMENTACIÓN

“Tenemos una ley desde 1921 y, por lo tanto, el permiso para abortar cuando el embarazo provenga de violencia sexual o cuando ponga en riesgo la vida o la salud de la mujer”, explica Sabrina Cartabia, abogada feminista e integrante de la Red de Mujeres. Sin embargo, aclara que hay varios enfoques para entender qué pasa con esta ley: “Uno de ellos es que, desde que ganamos este derecho, sigue habiendo una percepción social de que el aborto está completamente prohibido, o que es de muy difícil acceso, pero ese no es un problema de ley, sino de implementación”. El primer conflicto es de interpretación. El obstetra Damián Levy, consejero pre y post aborto del Hospital Álvarez, echa un poco de luz sobre el tema: “Si lo hacemos de forma amplia, o sea, si el embarazo pone en riesgo la ‘salud’ de la mujer, entendiendo el concepto como lo hace la Organización Mundial de la Salud (OMS) —es decir, teniendo en cuenta un estado de bienestar tanto físico, como psíquico y social—, se puede interpretar como un aborto no punible tanto para el médico como para la paciente”. Las discusiones también se vuelven complejas ante un pedido de aborto en el caso de una violación. Hasta 2012, las denuncias de violación debían estar judicializadas para permitir la interrupción del embarazo, lo que significaba mucho tiempo de espera y, en la mayoría de los casos, un fallo en oposición al pedido de la víctima. En ese mismo año, la Corte Suprema de Justicia se pronunció en el fallo “F.A.L” y resolvió que las mujeres abusadas, sean o no portadoras de alguna enfermedad mental (discusión de las décadas anteriores), pueden abortar sin


BONDI Desde el sillón de Rivadavia Los últimos Presidentes no repararon en sancionar la Ley de Aborto no punible. Por el contrario, se mostraron reacios a hacerlo. En 2004, Néstor Kirchner señaló: “Siempre fue claro mi rechazo al aborto”. Ya terminado su mandato, Cristina Fernández reconoció en una entrevista con el periodista Chiche Gelblung: “No estoy en contra del debate, y tampoco estoy en contra del aborto en el sentido de la despenalización (...) Sé que es un tema de salud en todos los casos, y no obturo el debate”. El actual presidente, Mauricio Macri, consideró que se trata de “un tema muy delicado”. Pero subrayó: “Acá lo importante es defender la vida. Siempre me quedo del lado de la defensa de la vida”. Cuando la corresponsal mexicana Cecilia González le preguntó si había posibilidades de que durante su mandato se analice la despenalización, contestó un rotundo “no”.

Las provincias más restrictivas son las que tienen peores índices de salud, mayor mortalidad, mayor número de embarazos adolescentes.” autorización judicial previa, sin temor de ser encarceladas o sancionadas, al igual que el médico a cargo de la práctica. En 2015 se creó el Protocolo para la Atención Integral de las Personas con Derecho a la Interrupción Legal del Embarazo (Protocolo ILE). No obstante, sigue habiendo casos en los que llevar a cabo un aborto significa ser sometida a un juzgamiento médico y social. “Para garantizar la realización de un derecho no sólo basta con tenerlo enunciado en una ley, hay que desarrollar políticas públicas y una campaña masiva de comunicación donde todas las mujeres sepamos que tenemos derecho a esto. El tema es que, cuando lo sepamos y lo vayamos a exigir, no va a haber médicos que lo hagan. Como está regulado el aborto, se requiere sí o sí de un médico para realizarlo”, asegura la abogada. Existe un claro rechazo de la ley de aborto en gran parte de las provincias argentinas, pero el Código Penal es federal, por ende, la no aplicación de la ley sería un acto inconstitucional. “Una reforma de la década del 90 delegó competencias exclusivamente a las provincias en temas de administración de salud y educación”, precisa Cartabia, y Levy completa: “Casualmente, las provincias más restrictivas son las que tienen peores índices de salud, mayor mortalidad, mayor número de embarazos adolescentes, menor número de acceso a métodos anticonceptivos, mayor desconocimiento sobre protocolos médicos, leyes vigentes y menores políticas públicas en pos de la salud de la mujer”. El último informe elaborado por el Ministerio de Salud de la Nación en 2015 indicó que se realizan entre 450 y 500 mil abortos al año, y describió que ese año se produjeron

55 muertes por causas obstétricas relacionadas a la realización de interrupciones de embarazos inseguros. Entonces, entre tanta metamorfosis de leyes y protocolos, ¿qué se exige hoy en Argentina? “La libertad de venta de misoprostol (droga para patologías gástricas que se usa con fines abortivos), y la atención en lugares donde la mujer se sienta segura. La mayoría de los abortos se puede solucionar de forma sencilla, con una atención que sea correcta, y con la libertad social de poder hablarlo”, sostiene Cartabia y desafía: “El útero de la mujer hoy es una prenda de cambio. Acá circula poder que nosotras desconocemos. Sojuzgar al 51 por ciento de la población y ponernos en segundo lugar, muestra una diferencia de poder muy grande. Llega un momento donde te volvés esclava de tu cuerpo y eso a los hombres no les pasa”.

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EL GRAN DEBATE

¿Abolicionismo o reglamentarismo? Prostitución o trabajo sexual. Un empleo más o una forma de sometimiento cultural y social. Dos mujeres que encarnan dos luchas diferentes responden a las mismas preguntas. Georgina Orellano es la secretaria general de AMMAR, la Asociación de Mujeres Meretrices de Argentina. Se define como puta, feminista y peronista. Graciela Collantes es una de las fundadoras de AMADH, la Asociación de Mujeres Argentinas por los Derechos Humanos. Es activista, militante abolicionista y una sobreviviente. Las dos luchan por los derechos de las mujeres, pero sus causas están en las antípodas: defienden el derecho a poder prostituirse y a no tener que hacerlo.

Georgina Orellano secretaria general de AMMAR

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La lucha que llevamos adelante desde las orga­ nizaciones es para que podamos acceder a derechos laborales como todos.” Georgina Orellano.

Txt. Ariana Citcioglu, Antonella Fiorentini & Jazmín Gallardo Ph. AMMAR y AMADH

—¿Cómo se gestó su lucha? Orellano: —AMMAR es una organización que ya tiene 22 años. En un principio, en los años 90, se empezaron a organizar las compañeras que ejercen el trabajo sexual en la calle para derogar el edicto policial que estaba vigente en la Ciudad de Buenos Aires. Una vez que se logró la derogación del artículo en 1998, empezamos a profundizar los debates. Hace nueve años que comenzaron a integrarse las trabajadoras sexuales de puertas para adentro. El comercio sexual es muy amplio, no solo existimos las que trabajamos en la vía pública o las compañeras que deciden trabajar en departamentos privados, sino también están las webcamer (que trabajan por Internet), las actrices porno, las compañeras que trabajan en bares. Entonces nos dimos cuenta de que la organización tenía que ser un paraguas que amparara a todas las personas que ejercen el trabajo sexual en Argentina. Collantes: —Cuando nosotras nos constituimos en 1995, dentro de la CTA (Central de Trabajadores Argentinos), pensábamos también que la prostitución era un trabajo porque no nos quedaban otras alternativas. Recién salíamos del barro y no nos importaba. Entonces, nos decíamos también trabajadoras, pero después, durante los años que pudimos estar en libertad, que no nos llevaron detenidas, que peleamos los códigos contravencionales, pudimos empezar a pensar y agruparnos. Debatir qué nos había pasado, y conocer los derechos de cada una por primera vez. Nos dimos cuenta de que ninguna había elegido esto, que ninguna quería seguir parada en una esquina, pero tampoco había una política del Estado al respecto. Por eso dijimos que nosotras nos desvinculábamos de lo que habíamos creado. Esto fue en 2003 y armamos la Asociación de Mujeres Argentinas por los Derechos Humanos, ya con una consigna bajo el abolicionismo. —¿Por qué la prostitución debería ser o no ser un trabajo? Orellano: —Porque para nosotras es una actividad en la cual ofrecemos servicios sexuales a cambio de una remuneración económica, donde hay un intercambio y una negociación entre dos personas. Para nosotras eso es un trabajo: ofrecer algo, recibir dinero a cambio, pactar las condiciones, tratar de poner los límites, negociar con un otro que se acerca a demandar los servicios. La lucha que llevamos adelante desde las organizaciones es para que podamos acceder a derechos laborales como todos: una obra social, una jubilación, acceso a la salud integral y a la vivienda. Collantes: —El abolicionismo pretende no perseguir a ninguna persona en prostitución sino al que explote y promocione la prostitución. Cuando decimos que no aceptamos la consigna de “trabajo sexual” y sí que “reconocemos la prostitución” empieza otra batalla cultural. Y la cuestión es: ¿las mujeres están para ser prostitutas y los hombres consumidores? Sí, porque todo está culturalmente armado. La


BONDI prostitución no debe ser reglamentada. Nosotras sabemos lo que es y no quisiéramos eso para nadie. La mayoría de las mujeres, travestis y trans no quieren prostituirse, y lo hacen porque no pueden elegir debido a su condición social. —¿Qué va a cambiar si se legaliza la prostitución? Orellano: —Sacarnos de la clandestinidad, poder ampararnos a través de una ley que deje claro nuestro estatus legal dentro de la sociedad. Porque eso es imparcial. Por ejemplo, vamos a algunos municipios y nos dicen que la prostitución es un delito, en otros nos dicen que es legal y que todo lo que estamos sufriendo no tiene un por qué. Sin embargo, siguen todavía vigentes un montón de artículos, leyes y ordenanzas que imposibilitan el ejercicio del trabajo sexual en ciertos espacios y que arrojan mayor persecución policial y mayor criminalización. Collantes: —Este país es abolicionista y le estamos exigiendo al Estado que cumpla. Las políticas públicas, ¿dónde están? ¿Qué van a ofrecer si se reconoce, como en otros países? Se registra la prostitución y tu nieta va a ir al Ministerio de Trabajo y la van a mandar a un prostíbulo, si total es un trabajo como cualquier otro. Hay mujeres que salen a decir que eligen ser prostitutas, que son de clase media y que nunca pasaron hambre. ¡Basta! ¿Y las millones de mujeres empobrecidas que están dentro de este sistema?

La mayoría de las mujeres, travestis y trans no quieren prostituirse y lo hacen porque no pueden elegir debido a su condición social.” Graciela Collantes

—¿Qué le dirías a una abolicionista para que entienda tu postura? Orellano: —La verdad que, a esta altura, no les diríamos nada. Porque comprendimos que tienen una postura muy sesgada y es muy difícil hablar con ellas. Nosotras sostenemos que hay que darles reconocimiento de derechos, un marco legal a las mujeres que quieren seguir ejerciendo el trabajo sexual, pero a la vez, no negamos que muchas compañeras no tuvieron otra posibilidad al elegir o decidir el trabajo sexual. También es el Estado el que tiene que garantizar que haya más opciones laborales para esas compañeras y por eso luchamos. Todas necesitamos salir de la clandestinidad en la cual estamos y que no haya discriminación social hacia la mujer que ejerce la prostitución. —¿Qué le dirías a una reglamentarista que considera que la prostitución es un trabajo digno y está buscando su reconocimiento? Collantes: —No estoy en condiciones de hablarle, pero sí que respete nuestra lucha y que no quieran invisibilizarnos porque existimos y seguiremos existiendo. Vamos a dar batalla hasta las últimas consecuencias porque la pasamos mal y no queremos que ninguna mujer, travesti o trans siga pasando esto, como si fuéramos nosotras las culpables de ser pobres. Lo que siento es una falta de respeto hacia la lucha y hacia un montón de mujeres que hasta han perdido su vida en el camino.

UN RECORRIDO POR LA EXPERIENCIA DE HOLANDA 1911 Se establece una pena de cárcel de un año o multas de hasta 2 mil florines para los que convirtieran “en profesión o hábito el fomento de la prostitución”.

2002 Dos años después de la legalización de los burdeles, las prostitutas siguen sin mejorar su situación. La nueva ley las obliga a darse de alta como trabajadoras y a pagar impuestos, pero solo 921 de las cerca de 30 mil mujeres que venden sexo han legalizado su actividad, y en la esfera ilegal se mantiene la trata de mujeres y la explotación de menores.

2007 Amsterdam cierra un tercio de los burdeles del Barrio Rojo. El alcalde Job Cohen dice que el negocio estaba implicado en la explotación y el tráfico de mujeres, aparte de otras clases de actividad criminal.

2016 Amnistía Internacional se declara a favor de despenalizar la prostitución. Entienden que es la mejor forma de acabar con las vulneraciones de derechos que sufren estas mujeres.

2000 Holanda despenaliza la prostitución y suprime la ley contra los burdeles. El artículo 250 del Código Penal sanciona la trata de personas para prostitución y la de menores de edad con “una pena máxima de ocho años” de prisión.

2006 Según una encuesta realizada por el gobierno holandés, muchas de las prostitutas sondeadas sufrían tensión, abatimiento y soledad. Cerca del 40 por ciento afirmó haber experimentado situaciones de angustia, ansiedad y dificultades para dormir como resultado de su trabajo.

2015 La prostitución supera los 2.500 millones de euros, lo que equivale al 0,4 por ciento del PIB holandés. Una tasa más alta que la industria quesera en el país.

2017 Unas 6.250 personas, en su mayoría mujeres, son víctimas de la trata cada año en Holanda. Dos tercios de ellas dentro del “tráfico sexual”, según un informe publicado por el Reportero Nacional sobre la trata de seres humanos que investigó junto a la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito.

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LA HISTORIA DE UNA SOBREVIVIENTE

“Me sentía tan mal que creí que nada me iba a poder rescatar” Eva Analía De Jesús, rebautizada Higui, tuvo que hacerle frente a lo peor de la violencia machista y terminó presa en el penal de Magdalena. Carga con la cruz de haber asesinado a un hombre en defensa propia y hoy intenta reconstruir su vida. Txt. Mariano Lieutier Ph. Gala Abramovich

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Lesbiana, feminista y profundamente cristiana, Higui asegura que Dios le envió “un ejército de ángeles” para mitigar su tristeza y ayudarla a “no tirar la toalla” cuando estaba presa en el penal de Magdalena. Creció entre los partidos de San Miguel y Bella Vista, en el conurbano profundo, en un paisaje semi rural donde se enamoró de la libertad y la naturaleza. Pasó ocho meses encerrada en un “pasillito” angosto de cuatro metros cuadrados, donde no entraba el sol y le faltaba el aire. Con su pequeño cuerpo gorgojo y acorazado, tuvo que hacerle frente a algo tan quijotesco como la domi-

nación machista que golpea a las mujeres hasta matarlas. Por el tono finito de su voz, su forma de vestir, comportarse y hacer chistes, pareciera ser una “wachiturra, cachivache”, alegre y jaranera. Sin embargo, bajo la visera de la gorra que esconde su cara, se evidencia la mirada de una “doña” de 43 años que carga con la angustia y el tormento de haber asesinado a un hombre en defensa propia. “Te voy a hacer sentir mujer, forra lesbiana”, la insultó uno de los diez hombres que integraban la pandilla que intentó violarla la noche del 16 de noviembre de 2016, en Lomas de Mariló. Inmersa en un repentino torbellino de violencia, Eva Analía De Jesús asesinó a uno de sus atacantes con un cuchillo casero, de una puñalada en el pecho. Inmediatamente después, perdió el conocimiento y fue linchada salvajemente. Cuando despertó, ya había sido privada de su libertad en la comisaría segunda de San Miguel, sin la atención médica correspondiente: “El dolor en el cuerpo y los dientes por las piñas y las patadas no se me iba. Tenía el estómago tan lastimado que me dolía cada vez que vomitaba”. Ese padecimiento físico fue agravado por las condiciones inhumanas de encierro. “Vivíamos en un pasillito de dos por dos, atrás de una puerta doble hierro, con una ventana de tres barrotes y nada más”, recuerda con tristeza y afirma que en más de una oportunidad se desmayó por la falta de oxígeno. “En verano no se podía respirar. Me acostaba en el piso, con la nariz pegada bajo la puerta por donde corría un poco de aire”.


BONDI Al dolor corporal de la paliza, se le sumó el dolor psicológico de la reclusión. Adentro de la celda andaba triste, se marchitaba como una flor sin sol: se le caía el pelo, se apagaba, se volvía “chiquita” y andaba siempre nerviosa. Por las noches, la acosaban pesadillas: “Dormía mal, me despertaba todo el tiempo. Soñaba con el ruido de los candados que te rompen los tímpanos”, relató a BONDI. Hay algo que salta a la vista cuando se conversa en intimidad con Higui. Por un lado, le cuesta un notable esfuerzo reconstruir con precisión y detalle lo que ocurrió la noche del ataque. Por el otro, carga con aquello como si fuera una cruz o un estigma. Su voz comienza a quebrarse, se le llenan los ojos de lágrimas: “Yo sé qué es lo que hice y sé que estuvo mal. No tengo derecho a hacer una cosa así”. Y con un tono de voz totalmente dominado por el espanto, escupe: “Fue la situación que me llevó a hacerlo. Tenía miedo, no podía sacármelo de encima y me asusté mucho”. Hace fuerzas para narrar, se asfixia con su propio llanto y la oprime la impotencia: “Siempre me porté bien, jamás robé. Preferí salir con un carro a juntar botellas antes que hacer el mal. No le falté el respeto ni le hice daño a nadie”. Además, la desgarra el desconsuelo de no entender: “Por eso, estando adentro me preguntaba: ‘¿Por qué a mí, por qué?’ Si nunca siquiera me habían sacado una tarjeta amarilla adentro de la cancha”, aclara como tratando de darle una anestesia a sus lágrimas. Higui pasó toda la vida bajo el flagelo de los abusos patriarcales. Segunda hija mayor de una familia humilde, numerosa y con un padre ausente, desde la infancia en William Morris hasta su adultez en Lomas de Mariló, vio a los hombres ejerciendo diferentes tipos de violencia sobre ella y sus afectos. Vio a su padre pegarle a su madre, a su padrino empuñar una pala contra su hermana, a sus cuñados abandonar a sus sobrinas en pleno embarazo, y también a sus vecinos odiarla por “tortillera”. Desde pequeña se enfrentó, se paró “de manos”, contra esas violencias machistas. “Mi familia es un tesoro y mis sobrinos son como mis hijos. No tolero las agresiones y, por más que sea buenita, a veces también me salta la térmica”, admite y confiesa que alguna vez tuvo que responder como responden “las leonas cuando huelen peligro cerca de sus cachorros”. Susana, la “hermanita” de 37 años, describe a Higui como esa “figura paterna” que nunca tuvieron: “Cuando éramos chicas, ella nos enseñaba, nos educaba, nos llevaba a la cancha y nos cuidaba. Era como ese papá que no teníamos”. Por eso, al caer presa, su familia se sintió desamparada. “Siempre estuvo ahí para ayudarnos, cada vez que alguna tenía problemas la llamábamos y venía enseguida, en cinco minutos la teníamos en mi casa. Por eso, cuando le pasó lo que le pasó, nosotras no sentimos muy desprotegidas. ¡No teníamos a quien recurrir!”, completa. Un tiempo antes de quedar detenida, Higui se enteró que Tatiana, su hermana travesti, se había enfermado de HIV. Entonces, la llevó a vivir con ella y comenzó a construirle una piecita en el fondo de su terreno. Le compró paneles, le hizo el contrapiso, le techó y, donde tenía su lavaderito, empezó a hacerle la conexión del baño. Higui funcionó siempre como un sostén para los suyos. Incluso, ocultó la angustia de estar presa. Siempre se mostró fuerte y entera durante

el horario de visita y jamás se permitió llorar delante de su madre. Únicamente lo hacía a solas con Susana. Higui disfruta haciéndose “la mona” y haciendo reír a las personas. Confiesa que sólo puede conciliar el sueño si está con su gente. Si duerme sola se despierta hasta ocho o nueve veces por noche, a causa de las pesadillas. Le gusta tomar cerveza, atajar tiros libres, leer la biblia, darle de comer a su perra “Machona” y jugar al fútbol. Durante la mayor parte del tiempo exhibe un carácter alegre, burlón y extrovertido, pero se trastoca a una personalidad triste y apagada cuando recuerda las condiciones de encierro en las que le tocó vivir. “Yo a ese lugar no vuelvo más, prefiero morirme ahogada en el océano o que me caguen a palos todos los días”, exclama. Un rato después, con los ojos ya secos, bromea al respecto: “Bueno, todos los días no... que me caguen a palos una vez por semana, así me dan tiempo a recuperarme”. Predica que el odio es una cosa “triste” y que no quiere “vivir con rencor” en el corazón. “Si nos caemos, nos limpiamos las rodillas y nos volvemos a levantar”, aconseja. La familia y “el amor de las pibas” fue lo único que la ayudó a mantenerse fuerte y entera estando “adentro”. “Me sentía tan mal que creí que nada me iba a poder rescatar. Pensé: ‘necesito un ejército de ángeles’, y Dios me lo mandó”, recuerda mientras dibuja una sonrisa milagrosa en su boca.

Yo sé qué es lo que hice y sé que estuvo mal. No tengo derecho a hacer una cosa así.”

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DESIGUALDAD EN EL PODER

Esa maldita costilla Si bien en los últimos años hubo algunos avances, las mujeres siguen lejos de tener una representación real en los cargos del Estado. “Hay más ministros llamados Juan que mujeres ministras en la historia de la Argentina”, resalta Mercedes D’Alessandro.

Txt. Lucía Rivero Ph. Télam

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En el transcurso de la historia argentina hubo dos presidentas, una única ministra de Economía, tres juezas de la Corte Suprema de Justicia de la Nación y, hasta que se dictó la ley de cupo femenino, sólo el 5 por ciento de los cargos legislativos eran ocupados por mujeres. Sin embargo, las mujeres no son una minoría: representan a más del 50 por ciento de la población. Entonces, ¿cómo se explica que las legislaturas, los ministerios o las cortes se parezcan tan poco en su composición a la conformación real de la sociedad? ¿Por qué cuando se habla de cupos o discriminaciones positivas surgen los mismos argumentos machistas que se vienen repitiendo desde los primeros debates sobre el voto femenino allá por 1932? ¿Por qué existe la suposición de que si hay más mujeres “de prepo”, necesariamente van a ser “hijas de”, “esposas de”, “amantes de”, y no se supone lo mismo de los varones? “Desde que en 1991 se sancionó la ley de cupo (que establece como piso mínimo que el 30 por ciento de los candidatos de las listas de los partidos políticos para ocupar cargos electivos nacionales sean mujeres), los derechos de las mujeres se ampliaron aceleradamente. Las leyes sobre violencia doméstica, trata, acoso o salud sexual y reproductiva rediseñaron la agenda del debate público y, sobre todo, ampliaron la conciencia social sobre esos temas que permanecían en la oscuridad”, afirma Laura Di Marco en un artículo publicado en La Nación, demostrando que el acceso de las mujeres a puestos de poder transforma la realidad del resto.

Hoy, a pesar de ello, el escenario muestra que hay una deuda pendiente en ese aspecto. Las corbatas y los trajes monopolizan las reuniones de altos cargos del Estado. Si bien las mujeres representan el 50 por ciento de la fuerza de trabajo en la Administración Pública Nacional, sólo ocupan el 22 por ciento de los altos cargos políticos (ministerios, secretarías, subsecretarías, direcciones). En el Poder Judicial, las mujeres ocupan el 55 por ciento de los espacios, pero sólo un 34 por ciento tiene cargos de juezas en la Justicia nacional y federal, y sólo el 24 por ciento accede a un puesto como camarista. Otro dato de la inequidad: de 2.222 intendencias, las mujeres ocupan el 10 por ciento (en la provincia de Buenos Aires son solo cuatro entre 135) y de 24 gobernaciones, sólo cinco están a cargo de mujeres. Ante la pregunta por la idoneidad, las pocas que ocupan cargos jerárquicos tienen un muy alto nivel educativo: más de la mitad presenta estudios superiores o universitarios completos, según consta en el último informe del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo en Argentina (PNUD). Es decir, los requerimientos educativos para que las mujeres ocupen puestos de decisión son mayores que para los hombres.


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Como destaca Mercedes D’Alessandro desde su sitio web Economia Femini(s)ta: “Hay más ministros llamados Juan que mujeres ministras en la historia de la Argentina”. Y da cuenta de que uno de los frenos para que las mujeres accedan a puestos de decisión es la maternidad. “No solo porque las licencias de maternidad y paternidad son asimétricas y significan una penalización para las madres, sino porque además se asocia a la mujer con los cuidados. Se espera de ella un rol maternal o ser el sostén emocional de la familia, cuestiones que no siempre son compatibles con la figura de una mujer que ejerce el poder en la órbita de lo público”. No es casual entonces que, cuando efectivamente se encuentran ministras mujeres, sea en carteras que reproducen estos roles de “cuidado” asignados por la sociedad; por ejemplo, Desarrollo Social, Educación y Seguridad. Más mujeres en puestos de decisión política es mayor y mejor democracia. Es una manera de garantizar que las composiciones de los distintos estratos del Estado se parezcan más a la conformación real de la sociedad y que se tengan en cuenta demandas específicas de las mujeres que, de otra manera, son invisibilizadas. Un ejemplo es el de Dora Barrancos, socióloga, feminista y ganadora del Premio Konex que, ni bien llegada al directorio del Conicet, modificó las reglamentaciones internas para contemplar el impacto que tiene la maternidad en la carrera de una investigadora teniendo en cuenta tiempos de gestación y lactancia.

Si bien las mujeres representan el 50 por ciento de la fuerza de trabajo en la Ad­ministración Pública Nacional, sólo ocupan el 22 por ciento de los altos cargos políticos. El camino a recorrer para lograr la paridad de género, tanto en la representación política como en el acceso a cargos de decisión, es largo y está plagado de avances y retrocesos: cuando existió la posibilidad de debatir la paridad de género en las listas, el proyecto aprobado en la Cámara de Diputados venía adentro de un combo de reformas electorales que empantanaron la discusión. Finalmente, la iniciativa se cayó en Senadores. Es esencial crear mecanismos que corrijan las desigualdades estructurales y desterrar, de una buena vez por todas, los techos de cristal que se transforman en callejones sin salida para tantas mujeres. Es necesario el compromiso de más mujeres en la batalla diaria contra esas desigualdades recordando siempre que lo personal es político.

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MICROMACHISMOS

La violencia invisible Hay situaciones cotidianas, sutiles, que por lo general no son asumidas como pequeñas agresiones hacia las mujeres.

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% de los hombres piensa que el rol más importante de la mujer es cuidar del hogar y cocinar.

El hábito de sentarse con las piernas abiertas, ocupando el espacio, es una típica postal de

Txt. Lautaro Díaz Farrell Facundo está apoyado en el poste de la parada del 107, en pleno centro de Belgrano. Es de noche y la cola de personas se extiende detrás suyo hasta la esquina. Cuando el colectivo se acerca, levanta su mano y lo para. Atina a subir, pero antes mira hacia atrás y ve la rubia cabellera de una joven. Automáticamente se corre, extiende la mano ceremonialmente, y dice “dale, subí”, con una sonrisa. La joven niega con la cabeza. Un gesto de disgusto contrae por un segundo la cara de Facundo, que con una mueca insiste: “Dale, en serio”. Nerviosa, ella lo mira, duda, y finalmente sube.

—¡Yo soy feminista, fui a casi todas las marchas del Ni Una Menos! —exclama Martín mientras sus manos nerviosas se mueven sobre la mesa— ¡No sabés lo que estás diciendo, no me conocés! —¿Qué no sé lo que estoy diciendo? —grita Sofía— ¿Feminista? ¿Dijiste feminista? Vos nos sos feminista. ¡Sos un pelotudo!

—Perdoname si te ofendí. Lo que quiero que entiendas es que yo no soy tu enemigo, que en el fondo pensamos lo mismo, solo que tenemos diferencias en cómo abordarlo —intenta mascullar Martín, pero se le pierden las palabras frente a la fría mirada que lo acribilla. El mozo aparece en el momento justo para salvarlo y deposita el ticket frente a él. —A ver... —dice, mientras Sofía agarra su billetera. Martín, sobresaltado, la interrumpe con un gesto de la mano. —No no, dejá. ¡Pago yo! Sofía, con la boca semi abierta de sorpresa, se queda unos segundos mirándolo atónita. De repente, agarra un puñado de billetes, se los tira en la cara y sale pisando fuerte del restaurante.

micromachismo cotidiano.

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% sostiene que lo tienen que hacer porque “por naturaleza son mejores para esas tareas”.

—(...) Y encima me tengo que quedar de niñero cuidando el nene —rezonga indignado, con los labios para adentro, mientras se sirve una porción más de muzzarella —¡Desde que nació ya es como la quinta vez que me hace esto! Según un estudio a nivel nacional de la consultora Ibarómetro, el 61 por ciento de los hombres piensa que el rol más importante de la mujer es cuidar del hogar y cocinar, mientras el 26 por ciento sostiene que lo tienen que hacer porque “por naturaleza son mejores para esas tareas”. Estos pequeños pensamientos, cotidianos, “inocentes” y sutiles, son los que forman bajo la superficie el caldo de cultivo para las expresiones más violentas del machismo. De estas pequeñeces, pocos son los que nos hacemos cargo, y muchos los que son cómplices.


TEATRO UNDER

Todo humor es político

Si usás al humor como herramien­ ta, te ayuda a ver cosas que hasta entonces no te dabas cuenta.”

Malena Pichot, Charo López, Ana Carolina y Bimbo Godoy se suben al escenario y, entre risas, hablan del aborto, la violencia de género, la maternidad y el capitalismo. Crónica de una noche en la que el stand up se convierte en una herramienta de lucha feminista. Txt. Agustina Zeballo & Florencia Carmona Ph. Tomás Josep

BONDI Es de noche y las veredas de los teatros en avenida Corrientes comienzan a llenarse. Hombres con zapatos lustrados, mujeres con abrigos peludos y tacos altos hablan entre sí. Una bota roja aplasta un cigarrillo y una mano intenta cubrir su rastro agitando un perfume que declara ser VIP. En las marquesinas, las estrellas sonríen, muestran sus escotes, y miran con ojos y pestañas cubiertas de rimel. Muchos se turnan para sacarse una selfie y mostrarle a sus amigos y amigas de Facebook lo bien que la están pasando. A veinte minutos en colectivo de allí, sobre avenida Rivadavia, el stand up alternativo está a punto de empezar. Los zapatos se sustituyen por zapatillas de lona y los abrigos peludos no existen. Los cigarrillos no se aplastan, se arman y se comparten. Las mochilas acostadas en la vereda muestran inscripciones como “ni tuya ni yuta”. No hay gigantografías, ni luces, ni fotos. Una escalera con pinturas a sus lados invita a subir y esperar la obra tomando algo. La sala se abre y todos entran. Agarran su birra o Campari y descubren un salón donde no hay escenario; sólo un vacío frente a las mesitas de madera. Alguien grita en el fondo: ”Las mesas se comparten”. No hay ticket numerados. Se apagan las luces y comienza la función. El stand up comedy tiene origen en la pobreza y la desgracia. Consiste en que una persona cuente lo mal que la pasa en la vida de una manera graciosa. Es por eso que este formato le sienta tan bien al feminismo. Malena Pichot, Virginia “Bimbo” Godoy, Charo López y Ana Carolina son un ejemplo de lucha a través de los chistes. En sus presentaciones hablan del aborto, del patriarcado, de género y hasta del Estado. Usan su popularidad para militar una causa que a veces es difícil tomar con humor. Con su locuacidad “Bimbo” afirma: “Dios no existe, nunca me levanté flaca y la derecha avanzó en toda Latinoamérica”. Charo López entra en escena y cuenta que se le ocurrió hacer algo que nadie hizo nunca: una campaña contra la violación dirigida a los hombres. Con una canción pegadiza les enseña a no violar. “Señor, pídase un pizza y no viole. Que si usted no viola el mundo es mejor”, canta y baila alrededor del micrófono bajo una luz tenue. Todas entran con sus mejores historias y se toman el tiempo para interactuar con el público. Nada es azaroso. Pueden hablar del poliamor, desmitificar el amor romántico y explicar porqué esto beneficia al capitalismo en un solo chiste. “Si usás al humor como herramienta, te ayuda a ver cosas que hasta entonces no te dabas cuenta”, reflexiona Ana Carolina. Cuando terminan, las artistas salen de atrás del telón con baldes y macetas. “Esto no es a la gorra es a la maceta. En tiempos de Macri está difícil, pero no se pongan la gorra”, dicen. Mientras las luces vuelven, el público busca en sus mochilas algunos billetes. Un cuarto que parece un cementerio de sillas hace de camarín. Ahí es donde cuentan la plata. Después de comprar las hamburguesas, reparten lo que quedó: les alcanza para el taxi y nada más. Pero “Bimbo” piensa que eso no es lo importante. Para ella, la comedia “es un lugar de construcción desde el que uno se para a decir lo que piensa y a reírse de lo que quiera reírse. Es un lugar de lucha”.

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ARTE TRANS

Escúchame entre el ruido Txt. Ernesto Castelnovo, Martín Simarro & Ornella Azzaro Ph. Coty Nieto

Poetas, músicos, actores, fotógrafos, cineastas y escultores visibilizan sus vidas y sus ideas a través de múltiples expresiones y cuestionan a una realidad que muchas veces que los ignora y los excluye.

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Nadie elige su propio nombre, y no es raro que algunos no estén a gusto con la etiqueta que les imponen apenas nacen. ¿Pero qué sucede cuando esa incomodidad no pasa sólo por una cuestión de gusto, sino de identidad? Florencia es mujer, Sebastián es varón. Ella vestirá de rosa y tendrá perlas en las orejas; él de celeste y jugará con autitos y armas de plástico para matar toda posible ambigüedad. Desde diversos sectores, la comunidad trans resiste a estos esquemas de la sociedad heteropatriarcal y sentencia: “Amo las plumas y el vestido. Quiero pantalones, también bigotes. ¡Todo al unísono!”. Argentina cuenta desde mayo de 2012 con una Ley de identidad de género (26.743) que otorga y protege el derecho al reconocimiento, al libre desarrollo de la persona y a ser tratada e identificada tal como se autopercibe. Actualmente, la norma funciona correctamente en materia legal, pero la sociedad en términos generales todavía es reacia a lo trans. La discriminación familiar, afectiva y laboral está presente en la cotidianeidad de quienes se reconocen como transexuales o transgénero. Aparece entonces el arte como herramienta de expresión, inclusión y defensa para esta porción que es minoría en cantidad, pero gigante en calidad expresiva. Muestrans-Ciclo de Arte Trans es un espacio conformado por artistas autogestionados y autoconvocados que, a través de múltiples expresiones, intentan visibilizar sus vidas e ideas. Poetas, músicos, cineastas, periodistas, artesanos, dibujantes, escritores, fotógrafos, actores y escultores le dan forma a este proyecto colectivo que va por su segunda edición. Noah Almirón, su organizador, cuenta cómo empezó la idea: “Muestrans surgió luego de ver que varios grupos de personas trans en Facebook eran artistas, tanto amateurs como profesionales de cualquier disciplina. Sentí la necesidad de poder canalizar todas esas experiencias que tenían los chicos y las chicas. Es muy intenso y emocionante lo que se vive en la muestra”. Sin dudas lo es. Los artistas que participan del ciclo exponen sus sentimientos y sus vivencias de manera extrema. Cuestionan y enfrentan a una realidad que muchas veces los ignora o los excluye. “El arte es político y en este espacio es muy importante lo que se está construyendo. Teníamos cierta molestia al ver que otras personas u artistas que no eran trans, y no habían pasado por nuestra experiencia, ha-


BONDI blaban por nosotros. Seguro que lo hacían con las mejores intenciones. Entonces dije, si me jode que hablen por nosotros, y tenemos todas estas cualidades para mostrar, ¡hagámoslo!”, explica Noah. Es así como Julián, desnudo y en tetas, canta su canción pidiendo libertad. O Jeremías, con el pelo fucsia y vestido como suelen hacerlo las mujeres, lee un poema en el que le pide perdón a su mamá por no poder conformarla. Las lecturas y las canciones, mezcla perfecta de humor y drama, conmueven al público y a los propios artistas, que parecen estar exorcizando sus angustias para luego reír y abrazarse con los suyos. “Amo las plumas y el vestido. Quiero pantalones, también bigotes. ¡Todo al unísono! Brillos, bigote, falda, pelos”, reza un poema anónimo al costado del escenario. Realizado en el bar LGBT Feliza, Muestrans no es sólo una mera exposición de arte: lo que se ve en cada performance va más allá de lo visual, y está cargado de sentimiento y ganas de contar desde bien adentro lo que es pertenecer al mundo trans. Sin embargo, no siempre hubo lugar para estas expresiones en Argentina. En la última Muestrans, se expusieron fotografías del Archivo Nacional de la Memoria Trans, un espacio creado por María Belén Correa, en 2012, para la protección, construcción y reivindicación de la memoria a través de fotos, videos y recortes de diarios. Cuenta con documentación desde los años ‘40 hasta el 2000, momento hasta el cual el Estado sostuvo la ilegalidad de las personas trans: “Nos consideramos sobrevivientes de las épocas nefastas que tuvimos, con un Estado que promovía una persecución hacia nosotras. La mayoría somos chicas exiliadas que estamos conectadas para recuperar nuestro pasado. Hay mucho dolor, porque nuestra vida no valía nada”, afirma María.

Las fotos del Archivo son de imágenes cotidianas. Chicas con sus parejas y amigos, posando, trabajando, divirtiéndose en fiestas. Viviendo. Algo que ahora puede parecer normal, pero que en esos tiempos se convertía en una lucha diaria contra un sistema opresor dirigido por el Estado y la Policía. Pero el arte no es sólo una vía de expresión. Hace siete años, un grupo de actores y actrices fundó ArteTrans, la primera cooperativa de arte trans del mundo. La prostitución es uno de los lugares más comunes en donde se cae cuando la discriminación laboral por la condición -o no- de género es tan fuerte y, a sabiendas de esto, la cooperativa surgió también con la intención de generar fuentes de trabajo. Hoy ya cuentan con un espacio propio en Avellaneda y un historial de puestas en escena que escapan a lo obvio de las plumas y las coreografías con vestuarios de lentejuelas. Con creaciones propias o adaptaciones de clásicos, como La Casa de Bernarda Alba, y con proyectos de sumar otros rubros artísticos, apuntan a ser referentes, apostando al arte como medio de comunicación, de trabajo y de inclusión. Si el arte es la forma sensible de expresar una visión del mundo y uno de sus objetivos es interpelar al receptor, transmitirle algo, el arte trans va incluso más allá de esto. El colectivo está marcado por su marginalidad y es desde ese lugar, desde esa diferencia, que se construye para mostrar su realidad. El arte trans es distinto, porque su realidad es distinta. Quien recibe estas expresiones desde afuera se encuentra con manifestaciones complejas, que atraviesan por completo al ser, desde lo biológico, lo emocional, lo social y lo político. Porque todo eso es ser trans. Eso... y brillos, bigote, falda y pelos.

Cada performance va más allá de lo visual: está cargada de sentimiento y ganas de contar desde bien adentro lo que es pertenecer al mundo trans.

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MUJERES TECH

Cuando el cambio está a un par de clicks de distancia En un ambiente dominado por hombres, como el de la informática, diseñadoras, programadoras y emprendedoras se dedican a reducir la brecha de género a través de proyectos innovadores. Una encuesta realizada por GitHub, una plataforma de programación colaborativa, registró que el 95 por ciento de los proyectos open source (de código abierto) fueron escritos por hombres. Stack Overflow, la web de preguntas y respuestas sobre programación más grande del mundo, indicó que el 88 por ciento de su comunidad son varones. En Argentina, un sondeo realizado por Sysarmy, comunidad de administradores de sistemas, dio como resultado que de 4375 programadores de todas las provincias del país, solo 510 son mujeres. El mundo de la informática, pese a los avances, aún no logra quebrar la brecha de género.

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Los datos en crudo reflejan que las diferencias se mantienen más allá del rol o el puesto que cada uno ocupa en las empresas. En lo que se refiere a salario bruto mensual, la encuesta de Sysarmy arrojó que los hombres (con salarios de 42 mil pesos) ganan 5000 pesos más que las mujeres (que cobran 37 mil) en la categoría senior; 2000 pesos más en la categoría junior (22 mil los hombres contra 20 mil mujeres) y la paridad se mantiene solo en la categoría semi-senior, donde ambos sexos obtienen el mismo sueldo: 30.000 pesos.

Txt. Claudio León Ph. Chicas en Tecnología

Carolina Hadad, co-fundadora de Chicas en Tecnología, cuenta que su proyecto nació en 2015 con el objetivo de intentar disminuir la brecha de género en el ambiente: “Las fundadoras somos cuatro mujeres argentinas, con perfiles profesionales diferentes, y un espíritu emprendedor común. Todas venimos de diversas áreas vinculadas al desarrollo de software: programación, emprendimientos, educación, diseño”. Este grupo tiene como inspiración principal la búsqueda de chicas de 13 a 16 años para comenzar a formarlas como creadoras, y no sólo como usuarias de tecnología. La comunidad LinuxChix, por otra parte, también trabaja en pos de ese objetivo. Laura Enríquez es miembro hace casi dos años y cuenta que le costaba entender las experiencias de las mujeres en tecnología porque suelen ser radicalmente distintas a la de los varones. “Muchas no tuvimos modelos a seguir y tuvimos que ir armando, cortando y pegando a medida que íbamos creciendo personal y profesionalmente. Es por eso que consideramos necesario que aquellas niñas, que muestran interés en ciencia y tecnología, vean que existen mujeres exitosas y felices en el área, que no todo es cuesta arriba”, afirma.


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Las mujeres pode­mos aportar otras visiones y experiencias al rubro, que pueden ayudar a construir un espacio más diverso e interesante.” Berenice Larsen Pereyra

Teniendo en cuenta su experiencia en compañías del sector, Enríquez dice que en sus tres años de trabajo nunca vio una mujer en un puesto jerárquico y que es la primera vez que tiene una compañera mujer en su equipo. “Es difícil romper con la idea de que las mujeres ‘no nacieron para ser técnicas’ y que se reconozca el famoso ‘techo de cristal’ en el que vivimos”, asegura. A su vez, cuenta que JAMPP, plataforma líder para la promoción y remarketing de aplicaciones móviles, fomenta la diversidad de género en sus oficinas invitando a comunidades como R-ladies (comunidad de mujeres que programan en lenguaje de estadísticas R). Este lenguaje se enfoca en el análisis estadístico y es utilizado en negocios que necesitan gestionar y analizar grandes volúmenes de datos (Big Data). Muchas mujeres en el rubro informático tuvieron que pasar por momentos desagradables, no solo en sus lugares de trabajo, sino también en las universidades donde empezaban a formarse como profesionales. “Tuve bastantes malos episodios en mi primer trabajo. Era bastante observada por la ropa que usaba. Me decían cosas del tipo: ¿Qué traés puesto en las tetas? No supe defenderme”, recuerda.

Y cuenta que en la Universidad Tecnológica Nacional (UTN), los hombres llegaron a pensar que ella se iba a aprovechar de su condición de mujer para que ellos le hicieran sus trabajos prácticos. “Una amiga sufrió acoso y violencia psicológica en un trabajo que tuvo. La trataban de loca por las cosas que decía en un grupo de Whatsapp laboral. En ese grupo se hacían chistes de putos y cosificaban a las mujeres. La única opción para ella fue irse, no hubo posibilidad que el resto se replanteara lo que hacía”, resalta Berenice Larsen Pereyra, diseñadora textil y estudiante de programación. Larsen Pereyra explica que encontró gente valiosa con conciencia de género en lugares donde se sienten felices de que haya cada vez más mujeres que se animen a entrar en los entornos informáticos. “Creo que las mujeres podemos aportar otras visiones y experiencias al rubro, que pueden ayudar a construir un espacio más diverso e interesante”, apunta. Aún no está saldada esta deuda en la informática. Si bien hay comunidades que ayudan a que la mujer pueda animarse a un mundo mayormente de hombres, parecería que hay que seguir empujando un cambio. Ellas quieren jugar, aprender, enseñar en un ambiente que, como cualquier otro, no debería primar la distinción de género.

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EL FIN DE UNA ERA DE SILENCIO

Ni groupies ni sumisas Desde 2015 a la actualidad, cientos de mujeres se empoderaron y salieron a denunciar las situaciones de abuso que habían estado normalizadas desde siempre en el rock nacional. “No nos callamos más”, avisan. Txt. Andrés Esteban Zapata y Brenda Tugender Ph. Lule Franco - Matria

—¿Alguna vez violaste a una mujer? —Semiviolación. —Vos sabés que hace cuatro años, yo era una joven periodista que había ido a cubrir un recital al Luna Park, y bajé al subsuelo y ‘Pappo’ se me vino encima. Salí corriendo, me asusté, fui a un teléfono público y llamé a la redacción gritando para contar lo que me había pasado con vos. —¿Y hoy saldrías corriendo? —¿Todavía tenés ganas? —Así son las cosas. —¿Después de esa experiencia... todavía tenés ganas? —Uno siempre tiene ganas de violar gente así tan linda como vos.

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Quien pregunta es la periodista Alicia Barrios, y quien contesta, Norberto Napolitano, ídolo del rock. Corría el año 1987 y “así eran las cosas” en ese entonces. Cualquier referente con cierto éxito tenía derecho sobre toda mujer que se encuentre en el territorio de su reinado. El detrás de escena, el camarín o un bar eran ese espacio de monarquía absoluta. Quizá porque la denuncia mediática de Barrios fue realizada cuando no era bien visto dejar al descubierto abusos de ídolos populares, la escena en la que ella hace que “Pappo” admita un intento de abuso no es todo lo viral que podría haber sido de haber sucedido en la era del Ni una Menos. Desde 2015 hasta la actualidad, miles de mujeres encendieron sus alertas y cientos se empoderaron para denunciar situaciones de abuso que habían estado normalizadas desde siempre en todos los ámbitos. También dentro del mundo del progresismo y del sagrado rock nacional.

No es que no lo hayan intentado. Ariell Carolina Luján fue abusada por Cristian Aldana, el cantante de El Otro Yo, desde que tenía 14 años. En 2010, siendo mayor de edad, acudió a un juzgado de Morón a denunciar a quien había sido su abusador, su maltratador y, a la vez, su referente musical. En la Justicia no la escucharon y desestimaron sus dichos. Recién en 2015, Ni Una Menos mediante, una fiscalía de La Boca hizo lugar a su derecho de iniciar un proceso contra un abusador de menores. Allá por 2010, es posible que el empleado judicial de Morón haya pensado que Ariell era una groupie, esas adolescentes que —supuestamente— “disfrutaban” siendo objeto sexual de un artista. O como decía la revista Rolling Stone en 2012: “Esa tribu urbana de chicas que tienen sus propios rituales, como los extintos floggers o los emos, sólo que en vez de sacarse fotos o tajearse los bracitos, ellas amasan penes”. Sí, decía eso. Sin embargo, las que lo vivieron en carne propia no se lo toman con tanta gracia. Ariell pudo salir del círculo de violencia y abuso, y hoy tiene los conceptos claros: “¿Qué es la groupie? Es una esclava. Eso es una groupie. Es una menor de edad o una piba supeditada a los deseos de un varón adulto, violador, violento, egocéntrico, rockstar. El término se utiliza despectivamente y es terrible. Está pensado para ubicarte en un lugar de sumisión, de inferioridad, en donde la otra persona, que es el dueño de la movida, puede hacer lo que quiera con tu psiquis y tu cuerpo. Está muy bien pensado, y eso uno de los tantos dispositivos para violar, para maltratar, para humillar, para esclavizar. Una cosa es que te guste una obra y otra, abusarte de tu rol de comunicador social”. Desde que las víctimas de Aldana se decidieron a hablar, otras las siguieron. En 2016, Mailén Frías subió un video a las redes sociales denunciando a Miguel Del Pópolo, el cantante de La Ola que Quería ser Chau. Más acá, en septiembre de 2017, fue el turno del líder de Salta la Banca,


BONDI imaginario social para hacer pensar que la agresión sexual del hombre a la mujer era “normal”, y que la violencia y la agresión conllevan “cierto grado de sensualidad”. “Aldana coge con pendejas desde hace muchos años. ¿Ahora eso se llama abuso? Esas son aberraciones de la ley. La aberración es que una pendeja de 16 años, con una concha caliente, te quiera coger y vos no te la cojas”, decía Gustavo Cordera en defensa de su colega de El Otro Yo. El ex frontman de Bersuit no pareció comprender la criminalidad del hecho de tener sexo con menores. Ariell aclara: “Aldana sabía que lo que hacía era delito. A más de una le ha dicho que él sabía que algún día iba a ir preso o que lo iban a odiar cuando sean grandes. Cuando vos violás a una persona o la cagás a palos, tenga la edad que tenga, vos sabés que eso está mal”.

“ Santiago Aysine. Días después y, también mediante redes sociales, surgieron denuncias contra el guitarrista The Utopians, Gustavo Fiocchi, y Martín Marocco, el bajista de Sueños de Pescado. Y la lista sigue. Alicia y Ariell no se conocen. Ni Alicia fue a recitales de El Otro Yo, ni Ariell había nacido cuando Alicia cubría eventos en el Luna Park. Pero las dos vivieron situaciones de abuso con músicos y ambas fueron pioneras en romper ese círculo de silencio y complicidad. Los dos casos —entre otros tantos— solo pueden darse en un contexto de “la cultura de la violación”, un sistema que promueve la normalización y la trivialización de la violación. El término rape culture fue acuñado por los movimientos feministas estadounidenses de los años ‘70, cuando empezaron a notar que los abusos en las universidades estaban aceptados como cotidianos. Por esos años, esas académicas explicaban que había una construcción deliberada en el

CRONOLOGÍA 1987: La periodista Alicia Barrios entrevista a Norberto “Pappo” Napolitano y le dice - en medio de una entrevista televisiva - que intentó abusar de ella durante un recital en el Luna Park. El hecho no tiene ninguna trascendencia mediática ni judicial. 1997: Ciro Pertusi, líder de A77aque, declara en la revista Rolling Stone que le gustaban las “nenitas”, y que había vivido “buenos amores platónicos con chicas de siete años, cosas muy lindas, de tener deseos el uno del otro”.

2010: Una víctima de Cristian Aldana intenta denunciar al músico por los delitos de violencia y abuso sexual de menores. El poder judicial desestima el testimonio y no toma la denuncia.

¿Qué es la groupie? Es una esclava. Eso es una groupie. El término se utili­ za despectivamente y es terrible. Está pensado para ubicarte en un lugar de sumisión.” Ariell Carolina Luján

Esa noche de los años ‘80 Alicia era una periodista con cierta experiencia. Ya había ido a cubrir eventos deportivos, artísticos y de actualidad: “Siempre estabas expuesta. El acoso sexual era permanente, yo estaba acostumbrada a vivir con esto. Me ha tocado estar en todo tipo de eventos. Pero lo que me pasó con Pappo no me pasó en ningún otro lugar. Nunca”. Lo que sucede es que en ese momento a estas cosas no le daban importancia. Era como “bueno, no te hicieron nada”. El rock nacional no era tan amable con ellas. Las mujeres. Las musas. Las groupies. “Musas dicen en las notas, es la versión careta del rockero. Nunca escuché a Aldana ni su entorno, ni a otras bandas hablar en términos de groupies. Ellos eran los dueños de la movida”, cuenta Ariell. “Ni siquiera éramos groupies, éramos esclavas. Esclavita sí lo he escuchado”. Así que eso eran. Pero ya no más, porque las pibas ya no se callan.

Abril de 2016: Una joven denunció haber sido violada por José Miguel del Popolo, cantante de La Ola Que Quería Ser Chau, después del recital que la banda dio en Niceto.

Agosto de 2016: Gustavo Cordera responde sobre las acusaciones de abusos por parte de los músicos de rock ante la consulta de estudiantes de periodismo: “Es una aberración de la ley que si una pendeja de 16 años con la concha caliente quiera coger con vos, vos no te las puedas coger. Hay mujeres que necesitan ser violadas para tener sexo porque son histéricas y sienten culpa por no poder tener sexo libremente”.

Mayo de 2016: Cristian Aldana, cantante de El Otro Yo, fue denunciado por seis casos de abuso sexual de adolescentes. Hoy se encuentra detenido en el penal de Marcos Paz.

Septiembre de 2017: A través de internet, varias jóvenes denunciaron haber vivido situaciones de abuso por parte de Santiago Aysine, cantante de Salta la Banca. La banda

emitió un comunicado que no deja en claro su posición como grupo, y Aysine negó todas las acusaciones en una entrevista radial con Mario Pergolini. Septiembre de 2017: El guitarrista de The Utopians recibe denuncias de abuso sexual a menores. La banda decide desvincularlo. Septiembre de 2017: Martín Marroco, bajista de la banda Sueños de Pescado, fue acusado de acoso sexual por varias chicas. La banda decide desvincularlo.

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Un bondi que nos lleva a todos lados Esta revista tiene dos características particulares. Se enmarca en los 20 años que ETER cumple en 2017, por un lado. Que un aniversario así, de número grande, redondo, simbólico, cuente nuevamente con una publicación de esta calidad, es de los mejores orgullos que nos podemos dar. Y tampoco es asunto menor su edición en papel. No es melancolía, siendo que este formato atraviesa un estado crítico que muchos consideran en vías de extinción irremediable. Es que nuestros estudiantes tengan un registro que se puede tocar. Así de sencillo. En tiempos en los que suena a romanticismo perdido —proyectivamente inútil— tirarle un hueso a esa anciana relación de lector y tacto, de subrayar y palpar, de unas hojas con la sorpresa de qué habrá en las siguientes. Desde ya, ETER también cumple sus 20 años arrojada a la conversión digital como futuro que llegó hace rato y como testimonian sus carreras, cursos, sus apuestas multiplataforma, sus lanzamientos pedagógicos y periodísticos, sus trabajos de investigación. Pero eso de tocar y verse impreso sigue estando bueno. ¿Desde cuándo todo lo que suene a antiguo debe ser o parecer inevitablemente rancio? ¿Quién lo dice o, mejor dicho, por qué no puede ser que el papel bien formulado sea un además en lugar de un descarte?

Por otra parte, impresiona que la edición esté dedicada por completo a la cuestión de género en un sentido agrupador e incluso original. Esto puede semejar refutable porque —bienvenido sea— hay casi una explosión de artículos, suplementos especiales, denuncias, señalamientos, militancia feminista, acerca del tema. Sin embargo, lo habitual es que se trate de abordajes específicos, argumentativamente sectorizados, prestos a una observación que no pocas veces queda sesgada. Lo que BONDI ofrece es integrador. Que el tratamiento de la legalización del aborto conviva con el micromachismo; que “decir que sí aunque sea no” lo haga con “no quiero ser mamá” y el arte travesti con la mujer en cargos laborales, no es, aunque parezca mentira, cosa de todos los días. Más bien, se diría que lo contrario. Entonces: jerarquía, temática congregada, aniversario número 20, estudiantes y papel. A disfrutarlo. Es muy buena forma de festejo que se junten alegría y profundidad.

Eduardo Aliverti Rector ETER

Revista BONDI #3 2017  

Revista de la carrera de Periodismo en ETER -Escuela de Comunicación-

Revista BONDI #3 2017  

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