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iv) Y la fractura más expresiva del atraso, la distancia socioeconómica y cultural entre la metrópoli, la ciudad capital y su entorno y el universo rural, donde se encuentra el 90% de los municipios del país, cuyas desigualdades internas son también preocupantes. Ninguna política de modernización institucional de lo público puede desentenderse de estos datos de la estructura de la sociedad, en tanto ellos condicionan esa lógica del cambio, la fuerza de la reproducción por lo nuevo y la que busca la continuidad por la reiteración de la tradición. De valorarse objetivamente esas dimensiones, en el momento actual el Estado nacional debería practicar de forma selectiva y eventual algunas políticas descentralizadoras en el marco de una estrategia que combine el fortalecimiento del Estado democrático y el debilitamiento de las desigualdades y pobreza existentes en la extensa periferia. En épocas de cambio, el reto es aplicar grandes proyectos de desarrollo nacional a mediano o largo plazo, que requieren una fuerte voluntad estatal políticamente centralizada. La estructura del Estado central está constituida por instituciones, funciones y burocracia. Lo que ha ocurrido es que el poder ejecutivo, por efectos inerciales heredados de las dictaduras militares —mas que por mandato constitucional— se ha vuelto un poder ejecutivo inflacionario. El presidencialismo agigantado que padecemos no es lo mismo que un poder ejecutivo muy concentrado ni tiene aires de Estado fuerte. En el clima de democratización que se vive hay que despresidencializar el Ejecutivo, darle más jerarquía a los gobernadores departamentales y mejorar la capacidad administradora del municipio. Y al hacerlo, se vivirá la sensación de que se está democratizando el poder. Ni quitarle poder al presidente, ni reducir el del ejecutivo se producen con medidas de descentralización.

Notas Sobre de Democracia y el Poder Local  
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