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peregrino, y viajaba por recónditas catamarcas, tentadoras córdobas, profundos quimilíes, y hasta hizo un viaje para respirar los aires buenos del puerto, para formarse una idea general del caso. Él sabía ya de muchas cosas, y era un verdadero maestro, pero no me di cuenta hasta la hora tercia, cuando lo reconocí en tal función en su casa de la calle Entre Ríos, dando clases de historia, política y cultura que interrumpía para cantar unas coplitas, usando la mesa como bombo. En la hora cuarta estábamos con Anuna y Alfredo Palumbo en casa de la Teresa, con María Elvira Guzmán en la librería Inquietudes, y con el Gringo

Herrera, Quique Trotta y otros amigos iluminados desde el alba por el ritual religioso de diciembre, de Tuama a Sumamao, hermanando vírgenes y santos que proliferaban en cantos y dramas colectivos celebrados con el augurio mágico del renacimiento navideño, y del verano. Ha vuelto a madurar el maná de la algarroba, que promete futuro, y además aloja. Oh, bien sensitivos a la aloja fueron Sgoifo y Palumbo, y yo seguilos como disciplinado acólito. Una fiesta secreta indicaban estos signos. Hacia allí marchó Sgoifo, osado y sonriente navegante que a manera de Ulises abrazó el Árbol Solo y se sumergió en su entraña para buscar su camino. Hay una novela

Ricardo Sgoifo

— por Alberto Tasso —

día con

Fue a la hora prima que nos conocimos, un poco antes de amanecer. Era 1970, y yo venía de lejos y quería aprender. Comencé enseñando, que es la manera de encontrarse con los que también quieren saber, y de esa manera se produce cierta comunicación secreta entre uno y otros, olvidada ya la frontera entre profesor y alumno, que según Samuel Schkolnik son el mismo. Nuestra amistad fue fresca y juguetona, y llena de aprendizajes mutuos. Ambos leíamos a Chesterton, compartíamos algunos territorios de la cristiandad, y nos gustaba cruzar sus fronteras, allí donde rigen las leyes del mito originante. Por esos tiempos él era un

Un

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en sus cuadernos de viaje. Diestro en salamancas y seguramente ya graduado, pudimos escucharlo en esos soliloquios inolvidables que nunca grabamos a tiempo. Sea la oralidad, como en otros maestros, el signo de la maestría de Sgoifo en el arte de decir. Por su voz conocimos aquella Canción Libre que le escribió Leopoldo Marechal a Santiago del Estero. De pronto estamos en la hora del almuerzo. Él sabe desear, por ejemplo, un mistela dulzón, frío, en copita. Pero la institución en que nos encontrábamos en ese momento no podía proveer esta terapéutica. Sgoifo dedujo entonces que no estábamos todavía en el paraíso, cosa que acepté en el acto como verdad evidente, lamentando que la falta de la especie vino y una galletita sin sal nos hubiera permitido una ceremonia sacrificial completa, común a quienes comparten la cultura de la misa. Tras mi desánimo, Sgoifo se mostró positivo y lleno de alabanzas, y dijo que la enunciación del deseo contenía la se-

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milla de su satisfacción, pero que esta condición sólo se cumpliría si el espíritu del deseante se encontrase despojado de vanidades y prisas. Comprendí en el acto que él estaba en condiciones de comulgar, y que ya lo había hecho in pectore, pero yo todavía no. A la hora sexta, mientras otros dormían, tenía su programa en la radio FM Estudio Uno de la UCSE: recuperó la Historia de los Barrios y las sensibles voces vidaleras en El Canto Nuestro. Con sabias reflexiones acompañó momentos difíciles de la historia local. Dije ya que sabía decir, y agrego que ese era su don. Marcela Espíndola puede testimoniar mejor que yo su labor en la radio. En la hora nona, al anochecer, compartimos patios de tierra, bibliotecas y eventos académicos y políticos. En su rol de mentor cultural acompañó siempre los encuentros de jóvenes investigadores. Los otros días estábamos otra vez conversando, ahora con un vino espeso *** Ricardo Shinfu Sgoifo 1941-2012. Maestro, poeta, músico. Trabajó en varios colegios, entre ellos el Bachillerato Humanista Moderno y el Colegio Santo Tomás de Aquino. Hermano de la profesora e historiadora Marta Sgoifo, y cuñado del periodista y profesor Francisco Di Piazza. Publicó Siento, luego digo (2000) y Ocurrencias para leer a la siesta (2009). Hizo de la amistad un culto, y de la conversación un lujo. Compuso numerosos temas con Alfredo Palumbo. Una de sus últimas creaciones es la “Chacarera para mi muerte”, fruto maduro de su dialéctica y su estética.

y cargado de vivencias. De pronto sonó la hora décima: —Ya se ha hecho noche. Ahora tengo que irme porque me espera la Peli. —Entonces mañana nos vemos —le digo—, y ahí hablaremos de la música. Lo acompaño a la calle. En nuestras espaldas queda enredado el abrazo, en el oído la palabra hermano. Fue un día largo, de esos que parecen durar toda una vida. I

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Olorcito a rosas, mi dotora. ¿Se acuerda? Va hacer tres años en julio, pa la fiesta de Santiago. Yo estaba rellenando una zanja cuando usté se acercó; me contó que era arcóloga y buscaba algún rastro de la fundación de la ciudá. Necesitaba un pocero y le contesté: ¡claro, dotora!. A mí, Leoncio Ponce, preguntarme si me animo a pocear... Si lo hi hecho toda mi vida ¡Mire estas manos, toque estos callos! Ya no me acuerdo pa qué universidad gringa trabajaba, si usté también es gringuita. Al día siguiente empecé esos pozos como tumbas, aquí en el parque. A los bordes quedaban los montones de tie-

dotora

rra negra y fresquita, que usté pasaba por el cernidor. Despué yo rellenaba los pozos con la misma tierra, bien cuidadito, y ya no se notaba nada, como querían esos mañeros de la municipalidá; si los conoceré yo, que trabajé pa ellos. Antes de que empezara a cavar, me llamaba: Don Leonciou, ya está calentita su infusión ¡Qué mi dotora!, decirle así al mate cocido. El sol que se asomaba sobre el Dulce le doraba el pelo y usté olía mismito que las rosas del parque. Al mediodía yo preparaba la carne; dejuro nunca probó asao tan lindo. Yo lo asentaba con mi tetrablí de tinto, la cajita entera; despué la siesta bajo un eucalito y otra vez a cavar hasta llegar al

— por Raúl Lima —

Mi

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metro y medio. Nunca lo pasé tan bien. Pa el verano usté se iba y ¡me agarraba una tristeza! Ni los carnavales me gustaban como antes. ¿Y cuando encontramos ese botón de uniforme? ¡Qué contenta se puso! Parecía chico con juguete nuevo. Lo limpió con mucho cuidao con su pincelito y lo guardó con los pedazos de platos que encontramos cerca de la Alsina, esos que eran del siglo 18, de cerámica de Calavera; así me dijo usté ¿se acuerda?. Y que m’iba a sacar arcólogo ¡a mí, que a gatas tengo segundo grado! Usté bajaba al pozo, tan jovencita, con esos pantalones muy cortos y sus piernas largas de potranquita. Ahí yo le

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espiaba el pelo de la nuca: ¡pelusita de totora!, paio y delicao. Y cuando nos sentábamos en el piso fresquito a tomar mate, usté me mostraba las fotos del Machopicho ese, que tanto le gustaba. Yo me hacía el que miraba, pero me mareaba su olorcito a rosas y usté tan cerquita. Me aguantaba pa no abrazarla, si no despué quién me para. Hasta que hace un par de meses bajó muy seria. Me vino con que éste era el último pozo y que lo cerrara nomás; la Universidá la mandaba p’al Machopicho. Agregó que ya no volvía a Santiago y que gracias por todo. Los diarios ya no la nombran, pero hablaron que allá usté se habría desbarrancao o algo, porque nunca la encontraron; que así pasa con mujeres que viajan solas, y se acordaron de las francesas que encontraron muertitas en Salta. Y con fotos suyas y todo, aunque usté es más linda; en una aparecía con un barbudo que decían era su novio y lo estaban investigando. Todo eso hablaron.

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¿Le conté cuando me caí de la bicicleta y di la cabeza con un adoquín? ¡Igualito que sus palabras!, se me nubló la vista. Eso sí, le apreté el cogotito de a poco, pa que no sufra. Usté me miraba, muy agrandaos los ojos como pedacitos de cielo. La acosté con cuidado en el fondo y rellené el pozo, como tantas veces. Ese mismo día arrimé este banco; juntitos y pa siempre. ¿Vio como ha crecido el rosal? lo planté pa’usté. Se me hace que así la huelo mientras le converso, aunque los changos de la Industrial ¡si serán zonzos! crean que hablo solo. I

············································································ vanza... Aunque un puñado de mariposas juegue en tu estómago, sigue avanzando. Medita el tiempo necesario pero no permitas que eso te demore. Todos saben que en tu pasado anidan oscuridades y luces. También saben de dragones, fantasmas nebulosos y santos griales buscados desesperadamente y que nunca encontraste. Escribe, aunque todas las pistas conduzcan a tu propia vida. No olvides que eres escritor, que escribir un buen cuento no es tarea fácil y, que por sobre todas las cosas, para que aquello que escribes perdure en el tiempo, en el mundo de la literatura hay que viajar por placer y nunca por negocios. I

A

— por Antonio Cruz —

escribir un cuento

Consejos para


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CUENTO

El carrito de Sandra Ru

C

por Fabricio Jiménez Osorio

omo habíamos anticipado la semana pasada, la leyenda estela r de nuestra emisión de hoy tien e lugar en la inolvidable Argent ina de principios del siglo XXI. Su pro tagonista es un pequeño y antiguo vehículo de carga bautizado como “carrit o”; rareza para algunos, objeto de cult o para otros. Vemos en imágenes com o estos carritos llegaron a constituir, durante muchos años, una parte imp rescindible en supermercados de todo el mundo, puesto que no se había inv entado aún ningún otro recurso para facilitar la carga y transporte de me rcadería. Mucho se ha especulado res pecto a un carrito peculiar y sobres aliente, cuya mediática historia aborda remos a continuación. Contamos para ello con testimonios de nuestros invitad os especialistas en el tema. Miranda Desbordes – Ex Ministr a de Educación. Había muchas quejas respecto a la situación económica de Argent ina en aquel tiempo. A esto se le sum aba una notable disconformidad sala rial por parte de ingenieros, y una deb ilidad en la industria nacional incapaz de enorgullecer a ciudadano alguno . Desde

sso

esta base surgió un proyecto originalmente destinado a los sectores más carenciados, que se dio a llamar “carritos para todos y todas”. Violeta Navajas – Socióloga. El plan de fabricar un carrito programado para aminorar gastos a los consumidores no cumplió con las expectativas presidenciales. De haber resultado, la gente hubiese podido hacer sus compras con los ojos cerrados, sin dejar de llevar a sus casas productos de excelente calidad a precios muy económicos. Mal que mal, digámoslo, el gran paso para la evolución científica de nuestro país fue dado, ya que el carrito inteligente existió, y fue un invento sin precedentes en la historia de la humanidad. Florencia Picadilli – Artista visual. Todos le tenían pánico. Al carrito inteligente lo tildaron de desquiciado e indestructible, y era preciso mantenerlo oculto. Lo que hacía era escaparse del super por las noches en busca de los productos comprados, para regresarlos a las góndolas. Y ninguno se le escapaba, los detectaba cual radar, una cosa de locos. Como ya sabemos, de la noche a la mañana este miedo dejó de ser colectivo para aca-

Maggie’s Days por Luciana Pereyra. / No me siento bien, no estoy tranquila… hasta


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parar el corazón de una sola víctima: la recordada periodista Sandra Russo. Selva Bravo – Periodista. La orden judicial de reclutar al carrito inteligente en su laboratorio de origen fue cumplida, pero nadie se explica la fuga del mismo. Prohibido estaba hablar de él en cualquier medio de comunicación, sin embargo la notoriedad que cobró gracias a la panelista de aquel clásico de la televisión: “678” ¿se acuerdan? no pudo ser frenada por ningún operativo. Nicanor Lucero – Músico. Era 6 de julio de 2008 cuando Cristiano Fermín Kaput, un anti-K enamorado de Sandra Russo que cumplía años ese día, fue a hacer sus compras, resultando ser el penúltimo usuario del carrito. Dicen que se electrocutó con éste y desapareció, dejando tan solo su ropa humeante. Así y todo no hubo denuncia alguna. En esa época no se usaba el tiempo presente para hablar de desapariciones humanas. Cándida Echague – Escritora. Nadie supo de su ciega admiración a Sandra Russo sino hasta después de su desaparición. Los datos que esclarecieron esto fueron encontrados en un centenar de cartas enviadas a Sandra y rescatadas por el basurero de su barrio, y también a decenas de fotos y recortes ocultos en cada rincón del dormitorio del sujeto. Creo que su ideología política le impedía amar a esta mujer abiertamente.

Ludovico Zambra – Médico Psicoanalista. El carrito siguió paseándose solo, vacío y sin rumbo por todo el supermercado. Dicen que Sandra fue la última en utilizarlo. Una verdadera suerte para su fan desaparecido, que haciendo uso de la programación fallida de su nuevo cuerpo, pudo localizar la casa de la periodista con solo seguir los rastros de los productos que esta compró. Lautaro Pagano – Abogado. Si bien hoy en día no se trata de un hecho recordado, salvo por un reducido grupo de ancianos que vivieron su juventud entre la primera y segunda década del año 2000, la leyenda del carrito de Sandra Russo despertó inquietudes abrumadoras, al punto tal que casi todos los medios audiovisuales se disputaban una entrevista con dicho carro… ¿En qué cabeza cabe entrevistar… a un carro? “Seguro tiene más para decir que la mismísima Sandra”, alegaban algunos. Lo cierto es que la periodista tuvo que soportar en la calle innumerables agravios por parte de la oposición, como: ¿A quién creés que engañás con ese carrito vacío custodiándote de aquí para allá? ¿Me vas a decir que al igual que nosotros no llegás a fin de mes? Ella, por supuesto, jamás se rebajó a la altura de este sector tristemente energúmeno. Increíble. Hemos llegado al final de nuestra emisión de hoy. Los esperamos en nuestro próximo programa, donde abordaremos el desgarrador caso de “La aspiradora de Bruno Gelber”. Tengan ustedes muy buenas noches. Hasta pronto. I

me siento pegajosa. Pero sigo siendo yo, ¡Maggie! Hoy llueve. Salir implicaría arruinar


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CUENTO

No me ve

por Belén

Cianfero

ndas

ni

J

uana se sien ta y comien za a hablar de los su cesos. Busca peinarlos tranquilamen reden la tram te para que no ena del horror. La víctima respira profu me abord ndamente y aron en toma el mila esquin crófono para casa al b a de mi ajarme d declarar ante el remis. las cámaras. A través rrer y apu Intenté c del país, cinco rarme a la otelevisores atrapan su pido que puerta lo imagen y la pude o d m á s rá transforman efe en luz en dif tenía fue rzas. Quis nderme, pero no erentes pun to e gritar, p s del atlas nacional. ¿Q se pegó e ero la voz uiénes están n mi garg del otro lado anta. A pa de la pantalla me golpe rtir de ah aron tanto observando í la declara,q ción de nues podía hac tra dama? U er era llora ue lo único que n am rd recién llegad cómo me a de casa a del súper, tiraban d el dolor y sentir una abogad e a que se tira en ntro del u to plateado. a baúl del el sofá despu No recue és de un día sólo los v agitado, un d rdo la m i cuando iseñador que arca, cerraban se exprimía se escuch los ojos con la puerta tra el escrito aba que .Y ri e o l au andar. Me hasta que empezó a ve r la tele par llevaron a to empezaba a a mi casa; fu distraerse, un motel una estudian lejos de te de psicolo e lejos po gía que pracrque el ti saba y el ticaba francé empo paauto seg s fallidamen uía movié te y un escriel motel tor que no p nd había luc uede parar d e s violetas ose. En e partes. N escribir su novela. por todas o se veía nad movimien Juana empez to de cosa a, pero sentía el ó a declarar s, de extre aproximá “Cuando lle asustada. midades ndose a gaba del bar mi cuerp , cinco tipos o, buscan mi peinado y maquillaje, pero también significa que mis vecinos odiosos del 5to B


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14 14 Mientras Juana tomó do tocarme y romperme. Uno detrás sorbito a sorbit o el vaso de agua, la ab de otro, me hicieron lo que quisieron. ogada examinaba a la víctima. La Cuando se cansaron, decidieron sacarquería ver como cliente y pensaba en me el último provecho. Hablaban entre el colega que la ha bía puesto enfrente ellos sobre qué hacer conmigo. Muerta de las cámaras. No solamente la había era un problema, no tenían dónde esn ultrajado, sino que ahora era parte de conderme sin levantar sospechas y no un circo mediátic o. Estaba enojada co era útil económicamente para ellos. n el mundo y el cansancio que produc Viva, era un problema más grande, los en tribunales se un ía al cansancio de la tel había visto, podía reconocerlos y dee. “Para pasarme del mo latarlos. Conozco sus caras, las veo en tel al burdel, tuvieron que improvisa todas partes, se me aparecen en los r. No había auto, se descompuso. Así que muros o en los sueños. Al día siguiente el integrante más petiso con el pe seguía en esa habitación, no podía dorlo rizado robó un carrito de supermerc mir, tenía miedo, no había lugar para ado. Me rodearon co n un par de mantas esconderme. Al anochecer, escuché para esconderme y me empujaron cómo golpeaban la puerta, parecía que al otro lugar. Me sentía carne de gónd la iban a romper. Pero no, eran más y ola, me sentía paralizada. Me sentía me querían más y venían por mí… y...” . rcadería en exposición y yo….”. Juan La muchacha se quiebra en llanto a vuelve a llorar, sus sentimientos no y el ama de casa del otro lado de la tv se controlan y por detrás la madre le pa también, piensa en sus hijas que salen sa un vaso. La estudiante de psico y vuelven muy tarde o en ella misma. logía traiciona a Freud y piensa en Qué sería de su familia si ella no eshacer justicia por taba. “Que Dios y la virgen nos libre”, mano propia. Se larga a llorar acom papensaba. “Este mundo está perdido”, ñando las lágrimas de Juana y ab raz a el televisor para darle suspiraba. más fuerza a la “Decidieron venderme y pasarme pantalla y dice: “Malheureuse, battu e a sus clientes para poseer mi cuerpo”, de la tempête, et que nul ne console !*” . El diseñador suelta el continuó declarando Juana. “No podía lápiz, cruza las más. Después de tres noches, mi cuer- manos mientras escucha a Juana, fru npo se deshilachaba como tela vieja en ce el ceño y acto seguido se pone a diel placard y decidieron venderme a un bujar. Tenía una idea. La abogada grita fre burdel cercano. Yo respiraba, pero el nte a la maquiaire no entraba a mi cuerpo. No sentía na catódica: “¡Saca a esa pobre alma de el movimiento del oxígeno en mis pul- ahí, che cuervo insensible!”. Evident emones, eran dos bolsas de supermer- mente le gritaba al colega del otro lad o cado moviéndose solas con el viento. país sin ser escuchada. El ama de casa piens Disculpen, necesito otro vaso de agua.” a que todos los están encerrados. Salgo disparando al supermercado, tomo el carrito y mi paseo


15 15 carrito en el días ella lleva también un do, se enoja mie supermercado, y siente qué. por e con ella misma y no sab os gritan Tod os. Todos están furios a. Miencas su de desde la comodidad última la ndo lara tras Juana sigue dec hasta o ern infi frase: “Mi vida fue un salir, ré log , ana que me encontró Sus aatr n aba est que pero muchas de las rsue ma mis la padas no corrieron con los de la ni , ma te. Mi vida no es la mis ron porque infelices que me secuestra s a lastimar má ellos no volverán nunca go suerte, ten y a nadie. Soy valiente su percon ra, aho por eso hablé, pero deber. mi con plí miso, me retiro, ya cum

ojos: Pero antes de irme, mírenme a los yo soy ustedes”. os Hubo silencio en la audiencia. Tod y on dier ren sorp se nuestros personajes ojos los a a Juan a o se quedaron mirand de la pantalla, en silencio. e Solo el escritor no se inmuta y sigu escribiendo. I

*¡Pobrecita, fatigada por la tempestad y sin consuelo!

por las góndolas comienza… Llego a “mi” sección, Cosmética Femenina, y miro eso que 


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CUENTO

Mirta, la loca

por Mario Lavaisse

M

. Visirta es la loca del barrio rte de caer en el carrito tuvo la mala sue ello cab su y ias te ropas suc to Báez, quien las manos de Rafael Crisan , sin está siempre despeinado laba el barrio por aquel entonces patrul le aroma que ab rad sag de el ar on tigo de aquenci me La Florida, hasta que fue tes . de en primer piso. el spr de lla estrepitosa caída desde o, ni puellegando a ad Nadie conoce su domicili Cuando cobró notoried historia persosu de tos da ar do en un cis na pre do n de la televisión, lo dejó aban tre los chicos en cia gra de o jet Cartonel ob de Es l. la na callejón. Otra historia es tiene probleno e qu o est pu , o chanrrio otr ba ar l de ro Báez, que tuvo que rob berantes peexu sus ar str fama lo mo la en o s nd ma guito para sobrevivir cua con su propia ca bo la rse pia se llevó lim no al s ido cho dejó en el olvido. Y el olv ta. en tim ves la mitad, se llevó todo. es acerca rito volvieEste cuento en realidad, no Las ruedas de nuestro car de supermerrito car l de o sin , después, rta os Mi añ de ron a funcionar muchos sus pertenenda sla tra e qu el del Chuen rno o cad durante la crisis del gobie tones y trapos car de to jun sladó el con tra un a s, cia pete. Un hombre de la zon sar del paso pe a va ser con e tros. Lo qu , me ios kiló suc carrito más de treinta Hong Kong, de do rta po Im os. : Polenañ rde bo los de llevaba cargado hasta el años noventa. los en ar ric de los fab jo de ba jó de de y se ta, fideos, yerba mate, o a la Argentiad lleg bía pulha ún rito nti car vei e Ést paquetes, un televisor de s a pedido del cho mu os otr con to jun na gadas. quería promopor ahí y gobierno de Perón, que Tal vez Mirta lo encontró cios barriales. go ne de a nci ste toria del exi his la la ver se adueñó de él. Quizá supermercaal ó lleg e qu día nación r alie me su pri El carrito es una con la de Capital Fedeen , ba rdo Có ítulos rrio cap Ba s l de do do mental, o más bien son s de mil pemá dio me pro hisen las as gó car tod , O ral de una misma historia. ra. ho r po no os e tin qu a en un arg a, sos torias en realidad son un fructíferos, I to. en mi nsa Después de muchos años pe deja de repetirse en su

no puedo tener: un paquete de Days. Son esos días que no tengo y de los que todas reniegan...


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CUENTO

Una historia de amor por Daniela Rafael

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osa solía hacerse demasiadas preguntas. En vísperas de la navidad se preguntó si podría abandonar ese carrito atestado de mercadería, tal como estaba también el supermercado. Le molestaba, la enojaba y a veces la entristecía tener que ir siempre. Se sentía atrapada por las góndolas; perdida entre esos pasillos y observada como un hámster en un laboratorio. Aún así, iba todas las semanas. Rosa llevaba casada más de quince años con Raúl, un visitador médico detallista y ordenado y que se había ganado la confianza de gran parte de la comunidad siquiátrica del NOA con sus muestras gratis. Rosa, trabajaba en la administración pública, haciendo algo en una oficina al final de un pasillo oscurecido por expedientes apilados hasta el techo. A diferencia de Raúl, Rosa era esencialmente desorganizada, si bien se esforzaba por cambiar su mal hábito, no lograba evitar las sucesivas idas al supermercado porque siempre olvidaba algún producto básico. O se olvidaba aquel producto que necesitaba de otro para completarse o consumirse como mandaba la costumbre. Por ejemplo, si compraba la esponja dejaba a un lado el detergente, o la mezcla para bizcochuelo y nada de huevos; el champú sin el acondicionador, o viceversa, las salchichas sin los panchos o la mostaza… Fue precisamente uno de esos días en que Rosa y Mary Stuart se conocieron en la fila de la caja. Rosa apenas podía sostener la mercadería que había olvidado comprar el día anterior. Mary le ofreció su carrito y así comenzó la amistad entre ambas. Rosa fue testigo del progresivo y rápi-

Tontas. Mi carrito se llenó ahora de días gruesos, finos y ultrafinos. Afuera sigue


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do incremento de fortuna del esposo de Mary, Jhon Stuart. No sólo por la calidad y cantidad de los productos que Mary Stuart adquiría en el supermercado, sino por las charlas que mantenía mientras paseaban sus carros. Aniversarios en islas griegas, tratamientos estéticos en Buenos Aires, decorador de interiores, joyas, zapatos y carteras… John parecía ser el marido atento y generoso, demostrativo del amor que Rosa creía le tenía a Mary. Raúl también hacía regalos a Rosa, pero siempre estaban relacionados con las necesidades o placeres de la familia completa. En fin, Rosa iba al supermercado, tomaba un carrito, y rogaba ya no encontrarse con Mary Stuart para no confrontar su realidad aparentemente abúlica y ecuánime. Si bien, en el último año, Mary Stuart apenas anduvo empujando un carrito de compras; en su lugar, iba una empleada que también sabía manejar y, antes de ir al mercado por las frutas frescas y verduras orgánicas, llevaba a los adolecentes Stuart a sus actividades extracurriculares. En aquellas vísperas de navidad, Rosa abandonó su carro. Creyó que era el símbolo de su liberación y la decisión de cambiar su estilo de vida por uno nuevo y, quizás, con otro hombre que la amara tanto como Jhon parecía amar a Mary Stuart. Arrebatada, confundida y desconcertada con la sensación que le subía por la laringe, condujo su vehículo hasta una librería a la que siempre había deseado entrar porque tenía un invernadero de orquídeas y se decía que servían unos licuados exóticos mientras uno leía poesía y escuchaba buena música. Desde ahí llamó a Raúl: “Dejé todo en el super” dijo. Al cabo de unas horas, Rosa regresó a su casa, decidida a mayores cambios. Ni bien abrió la puerta de la cocina vio toda la mercadería de su carrito abandonado, sobre la mesada. Raúl jugaba con los chicos, se los escuchaba reír. “¿Cómo te diste cuenta que era el mío?” preguntó Rosa, observando esa mercadería ya ordenada por rubro. Raúl, mirándola con certeza y sin desdibujar la sonrisa que segundos antes había escuchado ella sonar, la cobijó en sus brazos. Rosa se dejó. Los brazos fuertes del hombre que la había reconocido sin verla, le contuvieron el corazón que latía enloquecido de amor. I

lloviendo. Seguro ayudará a que las plantas crezcan. Pero dentro mío, no crecerá nada.I


ENTREVISTA

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Eliseo Subiela por Fabricio Jiménez Osorio

En el edificio del talento, ¿qué departamento te gustaría alquilar? Uno con vista a la calle. Si alguien te ofreciera rentar un departamento por siete días, sin complicaciones económicas, ¿A qué te dedicarías esa semana? A invitar amigas. ¿Qué precio pagarías, no solo en términos económicos, por hacer lo que te gusta? El que vengo pagando desde que empecé a hacer cine. El que seguiré pagando por seguir haciéndolo. ¿A qué personaje de la historia te gustaría tener como inquilino? A Beethoven. Si no fueras quien sos, ¿quién te gustaría ser? Mi esposa.


24 24 CINE Hombre Mirando al Sudeste

(Argentina, 1986) de Eliseo Subiela

Himno a la lo/cura

por Claudio Rojo Cesca Si Hombre Mirando al Sudeste no es una de las películas más vistas de la filmografía nacional, entonces debe ser una de las deudas más caras con nuestra sensibilidad y nuestra mirada sobre lo humano. No es tanto una película sobre la locura, sino más bien una película sobre locos. Ahí donde Milos Forman arriesgaba en lo institucional en la oscarizada Atrapado Sin Salida, Subiela parece incurrir en una virtud nada habitual, la de consternar nuestro delgado lazo con la normalidad y regalarnos, con un lenguaje de escasa opacidad, alguna brillantez esperanzadora. ¿Por qué? La respuesta paranoica no ofrece desvelos: porque sí, porque vale la pena “estar vivos” (y estar locos, sin duda). Escuche, sino, la novena de Beethoven y luego empújele play al film de Subiela. Para ser feliz hay que estar un poco piantao; que la felicidad sea peligrosa, esa ya es otra cuestión. (Y si me viene con el cuento de que ha visto K-Pax, arrójese contra la pared acolchonada de su desvergüenza. No nos parece mal, pero acuerdesé: brillantez y brillantina no vienen de la misma costilla). I


Libros

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Sam no es mi tío Aileen El Kadi y Diego Fonseca (ed.). Editorial Alfaguara — 2012

por Fabián Soberón*

Sam no es mi tío es un libro contradictorio, heteróclito, vivo, que no busca el consenso sino la discusión y el cuestionamiento de las miradas estancadas sobre EEUU. Lejos del manual y de la simplista guía de viaje es un indirecto y maleable mapa generacional. Muestra cómo han variado los imaginarios de los ciudadanos de clase media intelectual respecto de las generaciones anteriores. En ese sentido, el libro es un termómetro, una máquina que mide el tiempo de la migración, de la frontera (lo hace sin ambages y con sugestivas dobleces). Lejos del rechazo al imperio de la generación sesentista, los autores del libro expresan una fascinación imprudente y una mirada desencantada y pragmática a partir de la dura experiencia de vivir en el gran país del norte después del 9/11. Las diversas miradas sobre el problema, hacen que el lector se pregunte, de nuevo: ¿cuál es la función de la crónica? ¿De qué modo registra los cambios en el complejo proceso de las identificaciones con EEUU? ¿Cómo se construyen los sueños “americanos”? I *Fabián Soberón es escritor, docente universitario y periodista cultural. Nació en J. B. Alberdi, Tucumán, Argentina, en 1973. Ha publicado la novela La conferencia de Einstein (UNT, 2006), los libros de relatos Vidas breves (Simurg, 2007) y El instante (Ed. Raíz de dos, 2011) y ensayos sobre literatura, arte, música, filosofía y cine en revistas nacionales e internacionales. El Fondo Nacional de las Artes publicó textos suyos en la Antología de la Poesía Joven del Noroeste (Fondo Nacional de las Artes, 2008). Es Licenciado en Artes plásticas y Técnico en Sonorización.

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Los Inquilinos #1