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Alfonso López Alfonso

el tiempo baldío

Primera edición: mayo 2012 Las fotos del libro son cortesía de: Benito Correa, María del Blanco, María del Mar Montes, José Antonio Collar, Pilar Marcos y José Menéndez © Alfonso López Alfonso © IMPRONTA La Merced, 29, 3º 33201 Gijón impronta@telecable.es Tfno. 985 09 83 42 Diseño y compaginación: Marina Lobo ISBN 84D.L. ASProducción: Gráficas Eujoa

Impronta


Lo cierto es que, al hablar del pasado, mentimos a cada paso. William Maxwell

Y como no añorar aquellos tiempos / en que todo iba sin problemas, / casi. Joseph Brodsky

Ya ayer va susurrante como un río // llevando lo soñado aguas abajo, / hacia la blanca orilla del olvido. Ángel González


índice Historia fundacional . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Perico Simón . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Al otro lado . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . En soledad . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Una jornada particular . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . El hombre que plantaba árboles . . . . . . . . . . . . . . . . . . . el samartín . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Viajes con mi tía . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Volver a casa . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Fiesta . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Espejismo de otoño . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . En blanco y negro . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Familias . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Fotos en los cajones . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Islas a la deriva . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . La tele de mi hermano . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Los niños muertos . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Paisaje triste . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Otra vez la nieve . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

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historia fundacional

Q

uien se decide a escribir bien sabe que no sirve para otra cosa. En el origen de cualquier escritor hay como una fuerza que lo lleva a apartarse del resto de la sociedad. Que lo lleva a apartarse o a sentirse rechazado, no lo tengo muy claro. Casi todos los grandes escritores quisieron ser otra cosa, aviadores, por ejemplo, o ingenieros o políticos; qué decir de los pequeños: por supuesto que querrían ser cualquier otra cosa, pero o ellos se alejaron de la familia y la sociedad o la familia y la sociedad los alejaron primero. No lo sé. Todo escritor es en el fondo un marginal, y lo cierto es que casi todos estos marginados tienen una historia fundacional que explica su dedicación a la escritura. Una de las que a mi más me gustan es la de Paul Auster. Él cuenta que empezó a escribir porque siendo niño fue un día con sus padres y unos amigos de estos a ver un partido de béisbol de los New York Giants. Al terminar el encuentro sus padres decidieron esperar sentados a que se deshiciera la aglomeración y poder salir después tranquilamente, pero se entretuvieron charlando y se hizo un poco tarde. Cuando se dispusieron a salir del estadio ya no había nadie por allí. Sin embargo, al acercarse a una de las puertas de salida se encontraron con un hombre. Iba vestido de calle y al principio el joven Paul no lo reconoció, pero en cuanto se acercó un poco más se dio cuenta de que se trataba de su jugador favorito. Era el mismísimo Willie Mays y estaba allí plantado, justo delante de Paul y sus padres y los amigos de sus padres. Inmediatamente Paul corrió a pedirle un autógrafo y el jugador se mostró sim11


pático y cercano: «—Claro, hijo —parece que le dijo—, ¿cómo no te voy a firmar un autógrafo? ¿Tienes un lápiz por ahí?» Pero el niño no tenía un lápiz, ni tampoco sus padres, ni los amigos de sus padres. Aquel día Paul Auster perdió para siempre la oportunidad de tener un autógrafo de Willie Mays. A cambio, desde entonces comenzó a llevar un lápiz consigo a todas partes y, se supone, esto con los años le convirtió en escritor, quizá porque después de aquello siempre que veía un lápiz o un cuaderno acudía a su cabeza el sinsabor de la oportunidad perdida. Seguramente por eso en sus libros hay tantos lápices, bolígrafos, plumas y cuadernos. Yo no tengo una historia fundacional tan potente como la de Paul Auster, pero también tengo mi propia historia fundacional. En Moncóu, la aldea de montaña donde me crié, cuando tenía unos siete u ocho años una noche se quemó una casa. Por entonces no es que los bomberos tardaran en llegar hasta allí, es que no existía siquiera la posibilidad de avisarlos porque aún no se había instalado el primer teléfono en el pueblo. Por esta razón la solidaridad entre los vecinos cuando sucedían cosas de ese calado era muy importante. En casos así, como los granjeros del salvaje Oeste, todos trabajaban para el que tenía dificultades. Era un mecanismo que aseguraba la supervivencia de la comunidad. Aquella noche todo el pueblo estuvo ocupado intentando apagar la llamarada que consumía la casa La Padana. Unos tendían mangueras conectadas a los grifos de las casas más cercanas, otros llenaban cubos de agua, los más fuertes los acarreaban y los más valientes se acercaban al fuego para intentar acabar con él. Viejos, mujeres y niños, todos estaban allí. Todos menos yo. Tengo el defecto o la virtud, según se mire, del sueño pesado. No soy de los que se despiertan con el vuelo de una mosca en la habitación. Aquella noche mi madre,

que sí tiene el sueño ligero, se despertó con el ruido que hizo la explosión de la bombona de butano de la casa vecina —alejada de la nuestra unos doscientos metros pendiente abajo— y asomándose a la ventana pudo contemplar entre somnolienta y conmocionada el resplandor de unas llamas que enviaban restos centenarios al cielo estrellado y negro de aquel invierno. Inmediatamente avisó a mi padre y a mis hermanos. Mi hermano Ramón y yo compartíamos cama. Mi madre entró en el cuarto y lo zarandeó a él, que al ser informado de lo que pasaba salió de la cama de un salto y se vistió a toda prisa. Creo que durante un momento abrí los ojos y llegué a entender algo de lo que ocurría, pero me di la vuelta y el sueño me volvió a vencer. Nadie me gritó, ni me zarandeó, ni me llamó con urgencia, quizá porque al ser el pequeño de la casa creyeron, como tantas otras veces, que sería más un estorbo que una ayuda. Al día siguiente me disgusté mucho cuando supe que todo el mundo había estado allí, intentando solucionar el problema, ayudando y, a última hora, al ver que todo era inú­til, despidiéndose de una de las casas de la aldea, que ante la mirada perpleja de todos los habitantes se desvanecía como se desvanecen los sueños, con aquel fulgor en mitad de la noche, y golpeaba como una pesadilla a una familia entera. Una familia que de repente se quedaba sin raíces, sin pasado y con un porvenir mal dibujado. Lo que a mí me disgustó enormemente fue que todos, desde los más ancianos a los niños más jóvenes que yo, estaban allí. Todos. Aquello, de alguna manera me hizo comprender que me pasaría el resto de mi vida intentando integrarme en una familia y una sociedad para las que no era necesario. Y hoy creo que aquel fue el día en que empecé a ser consciente de esta marginalidad mía que, inexorablemente, me lleva a ser escritor. Pienso ahora que la primera vez que me puse a escribir sobre

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Moncóu lo que quizá se me pasó por la cabeza fue sencillamente enmendar mi ausencia aquella noche en que se quemó la casa La Padana, hacer penitencia para ser admitido de nuevo en el redil del que había sido expulsado o del que me había salido voluntariamente, que aún no lo tengo muy claro. Al día siguiente del incendio bajé a casa La Padana. Quedaban en pie unas pocas paredes renegridas y todavía calientes. El solar de la casa estaba ocupado por los restos de las vigas consumidas que se habían desprendido del techo, por lascas de pizarra, piedra y ladrillo. En mitad de todo aquello, de pie, hierático como una estatua, estaba mi primo Grabiel, que era el dueño de la casa y tenía un rebaño de hijos. Me quedé un rato contemplándolo. No advirtió mi presencia y al poco me fui,

pero recuerdo que me llamó mucho la atención que estuviera mirando al cielo. Como perdido, como fuera de sí. Días más tarde volví por allí y encontré a Grabiel atareado derribando lo poco que quedaba de la casa. Parecía contento. —¿Qué haces? —Le pregunté. —Voy a construir una casa nueva, mucho mejor que la de antes. El otro día estaba aquí mismo abatido, desesperado. Cuando amaneció y vi el estado en que se había quedado todo tenía ganas de morirme. Estuve un buen rato sin saber qué hacer, mirando al cielo, hasta que de repente lo supe. Supe que iba a hacer una casa nueva y que todo iba a ser mejor y que todos íbamos a estar mejor. Estoy trabajando en eso. —Seguro que será así. Lo sé —le dije antes de seguir mi camino.

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El tiempo baldío (muestra)  

Muestra del libro "El tiempo baldío", de Alfonos López Alfonso (Impronta, 2012)

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