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Edita: M陋 Dolores Blasco Bellido Queda prohibida, sin autorizaci贸n escrita de la autora, la reproducci贸n total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento.

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Cartas a mi hija MÂŞ Dolores Blasco Bellido

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Dedicatoria A mi querida hija, por todo lo que ella ha aportado a mi vida.

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En estas líneas encontrarás, querida hija, reflexiones, sugerencias, consejos…, fruto, todos ellos, de mis vivencias, de la experiencia que he ido acumulando a través de los años. Puede que algunos te resulten de interés o, por lo menos, atinados y afines con tus ideales, tu manera de pensar…. Otros, en cambio, es posible que no te digan nada, porque no encajen con tu forma de ser o de ver la vida. No vaciles en desecharlos, aunque hayan sido escritos con todo mi cariño. Por tu bien, haz siempre lo que te dicte tu guía interior, tu conciencia. Sé siempre fiel a ti misma.

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Carta 1 Querida hija: Hace apenas unas horas que has nacido. Yo, recostada sobre mi cama, ladeo un poco la cabeza para mirarte en tu cuna. ¡Tan linda, tan pequeñita, tan indefensa… ¡ Una ola de ternura me invade por entero, y la emoción hace que se me forme como un nudo en la garganta y se me llenen de lágrimas los ojos. Por fin, una niña. Una niña que me ha nacido cuando ya estaba empezando a perder las esperanzas, después de dos varones. En estos momentos, me siento plena de una indescriptible felicidad. Pienso complacida que serás como una continuación mía, que podrás hacer realidad todos los proyectos, ilusiones y vocaciones frustradas, que las circunstancias me impidieron llevar a cabo. Pero, de pronto…, una idea empieza a tomar forma en mi mente, en medio de esas divagaciones; como si desde lo mas hondo de mi ser, algo me advirtiera de la abrumadora responsabilidad que para ti supondría el tener que llevar a cabo todas esas aspiraciones mías. -9-


Cosa que me llenó de zozobra e inquietud, haciendo que me preguntara: ¿Qué derecho tengo yo a esperar eso de mi hija? ¿Cómo puedo, ni tan siquiera, pensar en echar sobre sus tiernos y débiles hombritos, tan pesada carga? ¿Dónde está ese amor de madre que se olvida de sí misma, de cuanto siente y cuanto es, para entregarse de lleno y por completo a ese amor?. Decididamente, no, me contesto convencida. Mi misión para contigo consistirá siempre y en todo momento, en tratar de ayudarte, pequeñita mía. En animarte para que te realices en tu vida, siendo siempre fiel a ti misma, para que puedas alcanzar toda la plenitud interior que para ti deseo. Por eso pido a Dios que me ilumine y me guíe para que, en todo momento, sea una ayuda, no un obstáculo, fruto de ese sentimiento posesivo que, aún a pesar nuestro, en muchas ocasiones, nos mueve a las madres. Ser un refugio de comprensión y amor, al que puedas recurrir siempre, y no solo en momentos difíciles, sino, simplemente, porque necesites de mi cariño, de mi pobre experiencia e incondicional apoyo. Con todo el cariño de

Tu madre. - 10 -


Carta 2 Querida hija: ¡Eres aún, tan pequeñita! Estás jugueteando sobre la alfombra y no puedo evitar quedarme embobada mirándote, mientras tanto. Todavía no sabes andar, te desplazas “gateando”. Aunque con esfuerzo, consigues ponerte de pie tratando de dar algunos vacilantes pasitos, para caer de nuevo, una y otra vez. En uno de esos impulsos llenos de cariño y ternura que me invaden cuando te observo, me siento animada a darte la mano para que camines con mi ayuda. Con cierto esfuerzo consigo dominarme, pensando que es mejor para ti que, bajo mi atenta mirada, aprendas a caminar sola, por ti misma, ahora y por la vida que estás empezando. Aprendiendo y madurando con los tropezones y caídas que, como todo ser humano, encontrarás a tu paso. Y ¿cómo, no? también con la alegría y la satisfacción que supone el saber levantarse de nuevo, pero, por sí misma, como antes te decía.

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Con el paso del tiempo, experiencias nuevas, irán dando forma, en cierta medida, a tu manera de ser, a tu personalidad. Unas alegres y placenteras, otras, quizá no tanto, es más, puede que, incluso, te resulten difíciles o dolorosas, pues de todo depara el vivir, pero también necesarias, imprescindibles, me atrevería a decir, para adquirir madurez y presencia de ánimo. Ya que es, precisamente, en los momentos difíciles cuando se forja el carácter, si es que son adecuadamente asumidos, como es de suponer. Puede que en la convivencia y relaciones con los demás, encuentres obstáculos que superar. Tal vez, des en tu camino con ese tipo de personas que por no haber sabido encajar debidamente, los problemas y adversidades que depara la vida, aun a pesar suyo, y sin proponérselo –o proponiéndoselo, que de todo hay en este mundo-, puede que hagan sufrir con su frustración, por no decir con su amargura. Es posible que para reafirmarse y sentirse mejor, incluso, necesiten desestabilizar a los demás. Por tu bien, no las juzgues con severidad, es más, compadécelas, pero cuídate muy mucho de entrar en su juego, pues de seguro que si lo hicieras, no saldrías bien parada, te harían daño. No quisiera que estas sugerencias mías te volvieran desconfiada o recelosa. Ni mucho menos. Solamente, intento advertirte, que no quiere decir ponerte en guardia, sino animarte a que trates de fortalecerte - 12 -


interiormente para que nada negativo te pueda influir o afectar. También encontrarás en tu camino, a Dios gracias, personas nobles y generosas, que contribuirán de una manera decisiva a tu crecimiento interior, a tu realización personal. Aprende de ellas, es más, corresponde a lo que en su momento te hayan podido aportar, repartiendo a tu paso: comprensión, ayuda, perdón... amor. Con esa positiva actitud mental, alcanzarás un doble objetivo. Primero, el poner un granito de arena en construir un mundo nuevo y mejor, cosa a la que todos estamos obligados. Y segundo, no menos importante, ser Feliz. Pero piensa, hija mía, que de esas nobles amistades que encontrarás en tu caminar, la más sincera, desinteresada y leal de todas será, siempre, la de tu madre. Y que, cuando, por ley de vida, yo deje de estar aquí, en este mundo, recuerda que, incluso, desde otra dimensión, mi amor de madre estará siempre a tu lado, velando por ti. No lo olvides nunca. Con todo el cariño de

Tu madre.

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Carta 3 Querida hija: Con una vaga sensación de tristeza, que no acierto a explicarme exactamente su por qué, me voy dando cuenta de que poco a poco vas dejando de ser una niña. Mi niña pequeñita, vivaracha y juguetona, que necesitaba casi en todo momento de mis cuidados, mimos y caricias, incluso, de mis regañinas a sus travesuras, para poder crecer sana y feliz. Sin apenas darme cuenta, te has ido haciendo mayor, para convertirte casi en una mujer. Todo lo que eso lleva consigo hace que me sienta algo preocupada, insegura..., porque no sé si sabré seguir siendo para ti, lo que, en cada momento, esperas y necesitas que yo sea. Como es de suponer, infinidad de inquietudes y nuevos interrogantes te irán surgiendo, casi a cada paso, a consecuencia, precisamente, de ese cambio que se está operando en ti. Tus pensamientos, - 15 -


emociones, estados de ánimo... lógicamente, han de ser distintos a los de hasta hace poco, acordes, por supuesto, con esta nueva y desconocida etapa que se abre ante ti. Con esa intuición que, creo, nos caracteriza a las madres, capto al instante los estados de ánimo de mis hijos, con solo mirarlos. Hay momentos en los que te encuentro algo distante, absorta o... ¿quizá preocupada?. No lo sé. En muchas ocasiones me gustaría preguntarte, pero no me atrevo por miedo a que interpretes como curiosidad mía, lo que solo es deseo de ayudarte en la medida de mis capacidades. Por eso no podría negar lo mucho que me sorprendió cuando, por propia iniciativa, saliste de tu reserva, de tu mutismo al preguntarme: “Mamá ¿qué se puede hacer para ser completamente feliz?” A la par que, como te digo, me sorprendió, por lo inesperada, también me agradó profundamente tu pregunta, pues, de alguna manera, me hacías acreedora de tu confianza. Aunque también... ¿cómo no?, sentí una profunda desazón por no poder darte una especie de receta pronta y eficaz, como me hubiese gustado. Por eso pedí a Dios que me iluminara para poder aconsejarte de la manera que más te pudiera ayudar. Solo después de reflexionar a fondo sobre el particular, creí que lo más atinado, porque era lo que

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más se ajustaba a la verdad, era el decirte que no lo sabía. Percibí que te desanimó mi respuesta, aunque noté que tu expresión se animaba cuando añadí que había ciertas orientaciones que, de seguirlas con buena predisposición, de seguro, darían resultado. Al menos, para iniciarse en este noble arte. Con impaciencia juvenil, me apremiaste: “¿Cuáles? Dímelas, mamá” Son, aparentemente, sencillas, te dije, y quizá te suenen hasta simples, pero a decir verdad, no creas que son muy fáciles llevarlas a la práctica, sin hacer un grandísimo esfuerzo: -Actuando siempre como te dicte tu propia conciencia, con absoluta fidelidad a ti misma y a tus principios, sin importarte “los jueces de turno” que te enjuiciaran siempre, según sus parámetros. -Adoptando por sistema, una postura mental positiva, aun en los más duros o difíciles momentos. Con fe, esperanza y grandes dosis de paciencia y entusiasmo. -Llevando una vida sana, ordenada y sencilla. Tratando de encontrarle el sabor a las pequeñas cosas de cada día. -Mostrando siempre, aun en momentos difíciles, una expresión afable y serena. Según los entendidos, - 17 -


dicha expresión envía un mensaje al cerebro, que hace que nos sintamos así, relajados y a gusto. La sonrisa o, mejor aun, la risa a carcajadas es toda una terapia que hace que nos olvidemos de cuanto nos preocupa o entristece. -En la satisfacción que produce el deber cumplido. En el gozo que proporciona el trabajo, uno de los mejores remedios para casi todos los males. Y no solo ese trabajo que, de buen grado o a la fuerza, nos vemos obligados a realizar para sobrevivir, y que, desgraciadamente, tanto escasea. No. Es ese otro, que nos realiza y que hace que nos sintamos plenas en nuestra existencia, aunque para eso tengamos, con frecuencia, que dejar la comodidad del butacón ante el televisor. Es el que nace de una postura interior basada en una actividad creadora, en un cierto gusto por tener ocupado, sabia y prudentemente, cada minuto de nuestra vida cotidiana. Es un recrearse en lo realizado, pero realizado con ilusión, con amor. Esa actitud, además de hacernos más creativos, nos eleva la autoestima, de manera insospechada, cosa que contribuye a que nos sintamos contentos con nosotros mismos y, por tanto, felices. -Pero, aunque todas estas ideas puedan ayudarte, según creo, la más importante y si me apuras la más difícil, es la de buscar, siempre, el lado bueno y positivo de las situaciones y de las personas, que sin

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duda han de tenerlo, por difícil que en ocasiones te pueda parecer. -Y sobre todo ¿cómo no? dando todo lo bueno que pueda haber dentro ti, sin regateos, sin esperar nada a cambio. No dudes ni por un instante, que eso será como una especie de “boomerang”, que de una u otra manera, volverá a ti, dándote paz, dándote gozo de vivir. Espero y deseo con todo mi corazón, que estos sencillos consejos puedan servirte de utilidad, que puedan ayudarte a conseguir lo que anhelas. Con todo el cariño de

Tu madre.

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Carta 4 Querida hija: Hoy, al intentar poner un poco de orden en la estantería de los libros, encontré un texto de literatura de mis tiempos de estudiante, que, posiblemente, por mi afición a tal materia o por los buenos recuerdos que me trae a la memoria, nunca he sabido o podido desprenderme de él, salvándose así de “la limpia”. Mira por donde, al ojearlo, encontré un párrafo que llamó poderosamente, mi atención. Se refería al filósofo griego Diógenes, El Can, que por lo que se sabe de él, tenía una visión bastante particular y muy suya, de entender la vida y actuar en consecuencia. Nació, este sabio, nada más ni nada menos, que hace casi veinticinco siglos. Al parecer, este buen señor gustaba de dar largos paseos por los mercados al aire libre, tan frecuentes en la Antigüedad. Se cuenta que, después de cada uno de esos paseos, quedaba - 21 -


meditativo y silencioso durante un buen rato, tras el cual, invariablemente, pronunciaba siempre, las mismas palabras: “Que feliz me siento al comprobar la cantidad de cosas que hay, que no necesito”. Imagínate, que diría ahora, si viviese en esta sociedad de consumo en la que estamos inmersos, de una manera casi absoluta, y de la que tan difícil o imposible es mantenerse al margen. Esto me hizo reflexionar acerca de una de mis visitas a unos grandes almacenes. Unos de esos sitios en los que hay casi de todo de lo que se pueda comprar. Sin miedo a exagerar, podría decirte que, como era época de “rebajas”, compré muchas cosas que, en realidad, no necesitaba o, al menos, podría haber pasado sin ellas. Después, eso me hizo sentir mal, pues caí en la cuenta de que no había sabido resistirme a todo aquel “bombardeo” de consumismo. Compras que, aunque sepamos sobradamente que son innecesarias, hemos ido creyéndolas imprescindibles por estar tan metidos en esta sociedad o, peor aun, en esta cultura, en la que, la comodidad, el lujo, etc., se han ido convirtiendo en la filosofía del momento. Pienso que si fuéramos valientes y sinceros con nosotros mismos, comprenderíamos que dichas compras no nos proporcionan la felicidad que nos quiere hacer creer la publicidad con sus, tan bien estudiadas, campañas de marketing, sino todo lo

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contrario, ya que nos insensibiliza, haciéndonos olvidar o acallar, de una manera apenas perceptible, nuestra fuerza de voluntad para resistirnos a ellas. Es una llamada de atención, hija mía. No te dejes llevar por esa ola, que solo sirve para llenar momentáneamente el vacío interior de la persona que sin percatarse de sus nocivos efectos, se va dejando, poco a poco, arrastrar por ella, creándose un hábito, una adicción, a veces, incluso, compulsiva, difícil de erradicar, que en ningún momento proporciona el equilibrio y seguridad, sino todo lo contrario. La sensatez reside en saber vencer la tentación de lo superfluo en pro de lo básico y lo esencial..., de lo, realmente, necesario. Antes de hacer cualquier adquisición, piensa si de veras lo precisas, pues de no ser así, el dinero que vas a gastar en lo que, para ti puede ser un capricho pasajero, para otras personas menos favorecidas, de las muchas que, desgraciadamente, abundan en estos tiempos, es posible que supusiera la supervivencia; y eso, en verdad, creo que es para pensárselo muy detenidamente. Pero, hija mía, que este pequeño sacrificio no sirva para frustrarte, sino para algo muy distinto: para reforzar tu voluntad. Por eso te digo, que estas reflexiones mías, fruto del malestar del que te hablaba al principio de mi carta, no hagan que te sientas culpable cada vez que compres algo. No. Sino, más bien, para hacerte recapacitar, para hacerte más - 23 -


responsable al respecto. Para que te enseñe la abismal diferencia entre lo necesario y lo superfluo. Con todo el cariño de

Tu madre.

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Carta 5 Querida hija: Como tu bien sabes, desde siempre, ha sido de gran interés para mí el estar al día. El ir con los tiempos, para poder, de esa manera, mantenerme joven. Pero no con una juventud exenta de canas o arrugas. No. Sino más bien con esa otra, que nace de una postura mental que me permita evolucionar adecuadamente, que me capacite para asimilar los cambios que constantemente impone el vivir, para poder estar, en todo momento, a la altura de las circunstancias. Claro está que si, por añadidura, me fuese dado también, cierta juventud física, como comprenderás, no sería yo la que me enfadase por ello. Con cierta desazón por mi parte, me doy cuenta de que, tal vez, no he sabido hacerlo todo lo bien que me hubiese gustado. Que, quizá, me he estancado, ojalá, que solo sea un poco, en pasados esquemas, resistiéndome inconscientemente a aceptar nuevas formas de entender la vida. Y... ¿cómo no?... de entenderos a vosotros los jóvenes.

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Son muchas las cosas que chocan entre generaciones. Eso es muy antiguo y se da por sabido, me dirás, y con razón. Pero para mí, la más difícil de todas ellas –y pienso que será, quizá, porque afortunadamente, no ha habido entre nosotras ninguna otra de más importancia- es la del horario que os habéis establecido en vuestras salidas nocturnas. Recuerdo que en mis tiempos jóvenes –y ya sale a relucir la persona mayor que, aún a pesar mío, llevo dentrosolíamos salir los domingos por la tarde. Íbamos al cine o dábamos algún paseo... volviendo a casa, como mucho, a las once de la noche, poco más o menos. Si “osábamos” regresar hacia las doce, teníamos la impresión de estar cometiendo, como una falta que nos hacía merecedoras de las caras largas de los padres, en el mejor de los casos, o de soportar una, más o menos, dura reprimenda, según la importancia de la demora. Ahora, las cosas han cambiado. Pero... !!!de qué manera han cambiado!!! Han pasado al extremo opuesto. Actualmente, el horario de los paseos y salidas se inician ya bien entrada la noche, prolongándose hasta el amanecer. ¿Qué digo hasta el amanecer?, en ocasiones, hasta media mañana del día siguiente. La juventud “ha ganado la partida”. Y digo que ha ganado, porque ha tenido la suficiente tozudez y valentía y, si me apuras, hasta la rebeldía -necesaria en determinados momentos- como para enfrentarse a los padres. Reivindicando unos derechos, que dicho

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sea de paso, no siempre equiparados a los deberes, entre ellos, el de llegar a casa cuando les apetezca, les venga en ganas o se les haya acabado “la marcha”; olvidando la lógica inquietud y preocupación que, para los padres, puede suponer dicha tardanza. Lo que, lamentablemente, es interpretado por muchos de vosotros como un afán de vuestros progenitores en mantener su autoridad sobre vosotros, cosa, que no creo sea lo real, salvo en muy contadas excepciones. Ese, como sabes, ha sido para mí, uno de los más difíciles retos, que me he visto obligada a superar, con respecto a la formación que me he creído en el deber de proporcionarte. Al principio de tus salidas, como recordarás, las batallas entre nosotras fueron “campales”; hasta que la juventud, con esa fuerza que os caracteriza, pudo con mis ideas, con mis miedos... Hoy, fíjate lo que son las cosas, me alegro de que me ganaras la partida; porque, aun sin proponértelo, me liberabas de estar siempre pendiente de ti y, a la par, me hacías comprender que, en cierta medida, eso formaba parte de tu evolución, al aprender a conducirte en todos los ambientes, de la manera más adecuada, a responsabilizarte de ti misma y de tus actos… a cuidarte, sin depender de mi protección o, tal vez, de mi proteccionismo; advirtiéndome de que eso era una manera, entre otras muchas, de decirme que ya habías crecido, que tenías una vida, una personalidad... de la que tú y solo tú eras la - 27 -


encargada de encauzarla adecuadamente, según tu manera de ser, según tus criterios…, pero en libertad. Sin presiones ni ataduras de convencionalismos que ya no sirven, que han perdido validez en los momentos actuales; aunque como madre tuya que soy y por el cariño que te tengo, hija mía, no dejara de preocuparme el riesgo o el tributo que tuvieras que rendir para llegar a esa madurez, y que, por supuesto, a mí me hubiese gustado ahorrártelo. Desde aquí, me gustaría darte las gracias, pues cara a cara, de seguro que me costaría un gran esfuerzo. Por todo lo que me has enseñado, por todo lo que he aprendido de ti, al tratar de educarte –aunque te cueste trabajo comprenderlo-. Por haber contribuido a hacerme, en muchos aspectos, más comprensiva, más tolerante... Por toda esa riqueza espiritual que has proporcionado a mi vida, sin ser consciente de ello. Una vez más: gracias, hija mía, gracias. Con todo el cariño de

Tu madre.

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Carta 6 Querida hija: “No entregues a nadie, la llave de tu paz”. Cuando escuché esta frase por primera vez, no te podría decir con exactitud, lo que pensé en aquel momento. De lo que sí estoy segura es de que, en cierta manera, me impactó, aunque poco a poco se me fuera olvidando, como suele suceder la mayoría de las veces, con ese tipo de cosas. No hace mucho, un hecho, aparentemente, sin demasiada importancia hizo que se encendiera en mi mente, algo así como una lucecita, que me hizo recordar aquella frase que durante tanto tiempo había tenido olvidada. Fue entonces cuando me percaté de su valioso contenido. Caí en la cuenta de que ansiamos la paz en todas sus manifestaciones: paz con nosotros mismos; paz en nuestras relaciones familiares o sociales; paz entre las naciones... pero, tal vez nunca nos hayamos parado a pensar que la paz debe comenzar en lo más hondo de nuestro interior.

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Ciframos todo nuestro bienestar en la gente, en la actitud que ella muestra para con nosotros. Si somos plenamente aceptados nos sentimos contentos y felices y, según la medida de esa aceptación o empatía, incluso, eufóricos. Pero si por el contrario, no contamos con esa aprobación, nos rebelamos, sintiéndonos, más o menos, tristes, deprimidos..., dependiendo de la importancia de la desaprobación o rechazo. Pues nuestro ego, que tantas malas jugadas nos hace en ocasiones, pretende, casi siempre, hacernos creer que somos alguien muy especial, a quien todos están obligados a rendirnos algo parecido al culto o tal vez… ¿la pleitesía ?. En cuanto a las circunstancias, ya sean favorables o adversas, “tres cuartos de lo mismo”, como diría la expresión popular. Si las cosas marchan con arreglo a nuestras expectativas, la alegría nos invade, pero si algo se nos tuerce...: malo. Poco falta para que el ánimo se nos ponga a ras del suelo, sin comprender que las circunstancias están siempre supeditadas a la importancia que les concedamos, a nuestra manera de asumirlas. Debemos esforzarnos en hacernos más fuerte ante las dificultades que se nos presenten, para que no nos afecten de manera tan profunda y negativa. Dicen que, una de las mejores maneras de conseguirlo, podría ser el dedicar un rato cada día

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a estar en silencio, a solas consigo misma, en un ambiente agradable y tranquilo, procurando dejar pasar los pensamientos que acudan a nuestra mente, sin aferrarnos a ninguno de ellos, para poder estar receptiva y atenta a los mensajes que recibamos desde nuestro interior, que, sin duda, tendrán mucho que decirnos acerca de como somos y sentimos. Cosa que nos enseñará a conocernos mejor, a controlar nuestras emociones... a ser más prudentes en nuestra manera de reaccionar y de actuar... y lo más importante, nos fortalecerá, dándonos poder sobre nosotros mismos. Condiciones básicas e indispensables, para mantener nuestra paz a buen recaudo. También nos enseñará a desvincularnos de cuanto ocupa nuestra mente, a no aferrarnos a nada. Ni a lo triste, ni a lo alegre en demasía, que también altera el equilibrio y la tranquilidad. Por la estabilidad emocional que proporciona, merece la pena intentarlo. Pues de no ser así, otorgaríamos a las circunstancias y a los demás, un poder sobre nosotros para que nos manipularan, si se lo propusieran, ya que “entregaríamos” sin darnos cuenta, esa mágica y, por supuesto, metafórica llave que guarda la paz que todos llevamos dentro, a personas o a situaciones que, quizá no sean dignas de ella. Y sin quizá, ya que a nosotros y solo a nosotros corresponde regir nuestra vida, sin presiones ni influencias externas, sino actuando con tesón, buena fe, seguridad en la - 31 -


meta... entre otras muchas cosas, para conseguir impermeabilizarnos inteligentemente, de todo lo que nos desestabilice o entristezca: lo que de alguna manera, nos quite la paz. Por todo esto, te animo, hija mía y me animo a mí misma, que también me vienen muy bien estas reflexiones, a que nos adiestremos en mantenernos en equilibrio, en paz, pero sin demora, desde este mismo momento, sin posponerlo para mejor ocasión, que equivaldría a “nunca”. Proponiéndonos al principio objetivos de poca importancia, hasta ir adquiriendo hábito y práctica. Felicitándonos con los pequeños éxitos, y perdonándonos con humildad los grandes o pequeños fracasos, hasta conseguir hacer nuestra, esta sana costumbre en el pensar, sentir y actuar. Cosa nada fácil, pero posible, pues nada se resiste a la buena predisposición y a la paciencia. Agradeciendo y valorando todo lo bueno que Dios ha puesto en nuestras vidas. La gratitud es una fuente inagotable de satisfacción y bienestar. Actuando siempre con justicia y amabilidad con todo el mundo. Hablando con suavidad, y si lo requiere la ocasión, hasta con dulzura. Visualizando mentalmente, situaciones e imágenes de paz y bienestar, cerrando el paso a ideas perturbadoras o molestas, procurando hacer las paces, cuando estemos - 32 -


en conflicto con algo o con alguien. Sin olvidar, por supuesto, esa meditación de que te hablaba al principio, a ser posible diaria. Cosas, entre otras muchas, que nos aportaran las necesarias energías espirituales para llevar a cabo algo tan importante y singular como puede ser el alcanzar esa serenidad, esa armonía, que tanto anhelamos. Hija mía, por tu bien, céntrate en tu paz, siémbrala en tu corazón y cultívala para que eche profundas raíces. No te desanimes nunca, ni abandones, por difícil que, en ocasiones, te pueda resultar. Y recuerda siempre estas palabras. “No entregues a nada ni a nadie la lleve de tu paz”. Te lo desea de todo corazón

Tu madre.

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Carta 7 Querida hija: Hay veces que recuerdo con una dulce nostalgia de mi infancia, ciertas vivencias que, afortunadamente, el paso del tiempo no ha conseguido hacérmelas olvidar. Y digo afortunadamente, porque, al recordarlas me siento como transportada, de algún modo, a esa agradable etapa de mi vida. Hoy, en esta “vena” que me ha dado, la nostálgica, he decidido contártelas, con la idea de que hurgues, de que busques en tu niñez, recuerdos agradables y bonitos que te sirvan para poner una nota de color en tu vida, en esos días grises, que pido a Dios que para ti sean los menos, de preocupaciones y sinsabores que todos, de una u otra manera, nos vemos obligados a soportar. Durante el tiempo de vacaciones, recuerdo, que mi padre me llevaba casi siempre a Sevilla, a casa de mi abuela, para que pasara con ella, esas temporadas. Cosa que no sé si lo hacía para alegrar con mi presencia la vejez de su madre o porque sabía la alegría que eso me proporcionaba. Aunque pienso, que es muy probable, que lo hiciera por ambas cosas al mismo tiempo. - 35 -


Era aquella una época en la que, afortunadamente, en ciertos aspectos, el progreso y los medios de comunicación, apenas habían hecho acto de presencia en la vida del ciudadano medio. Eso contribuía a que cada pueblo, ciudad, etc., conservara, aun sin homogeneizar con la cultura global, sus costumbres, formas de sentir y ver la vida... su encanto particular, su personalidad. Yo procedía de un pueblo, con una cultura casi rural, como la mayoría de los del entonces. Al encontrarme en la capital, aquello me parecía maravillosamente distinto y especial; tendiendo a magnificarlo todo, a causa del cambio y las diferencias; y también, claro está, por ese gozo infantil que me proporcionaban esas más o menos largas temporadas, que a mi se me pasaban volando, ya que, además de todas esas vivencias, de lo más gratificante, me sentía mimada y querida de esa manera tan especial como solo saben hacerlo las abuelas. Creo que esa diferencia cultural de la que antes te hablaba, también debió sentirla ella, mi abuela, pues al proceder de un ambiente bastante distinto, ese desparpajo y gracejo sevillano, ese encanto que emanaba de la ciudad, debieron cautivarla de una manera parecida a la mía. De ahí, que todo aquel entorno nos fascinara a las dos, en gran medida. Quizá fuera ese el inicio para llegar a identificarnos de una manera tan especial, en esa, nuestra sana, - 36 -


adicción por Sevilla. Aunque bien mirado, quizá no fuera en eso solamente, sino además, en otras muchas más cosas, pues ahora, bajo la óptica de la edad, me doy cuenta de los muchos puntos en común, que tuve con ella. Claro que, lo que nunca llegaré a saber con exactitud, es si fue por arte y parte de los genes o por la influencia que ejerció sobre mí, en esos años de la vida de una persona, en los que todo se idealiza y magnífica. Pero bueno... ¿qué más da?. Sea lo que fuere, el caso es que, en cierta medida, en gran medida, diría yo, le dio otro sentido a mi vida, ampliando mis horizontes. Mi abuela tenía una gran facilidad para contactar con la gente aun sin conocerla de antemano. Caía bien, puede que por su simpatía algo austera –si es que cabe la expresión- o por esos matices y flexiones de voz que la caracterizaban, por su pronunciación o... a lo mejor, porque siempre sabía tener a punto una palabra de sincero aprecio por la tierra que pisaba, Sevilla; y eso, como es de suponer, no podía pasar desapercibido para cualquiera que se preciara de buen sevillano. Recuerdo, como al atardecer, para darle un “corte a la tarde”, como ella decía, aprendido del lenguaje popular, dábamos largos paseos, recorriendo barrios, plazas, jardines... O nos subíamos al tranvía –cosa que, posiblemente, por su antigüedad, te sonará a “prehistoria”- en una de esas “jardineras” de verano, - 37 -


descubiertas para que pudiera pasar el fresco, en las que dábamos la vuelta a la redonda, sin ningún destino prefijado que no fuera el deleitarnos con el paseo. ¡Cómo me gustaban aquellos atardeceres!. Todo me encantaba. Recuerdo también que, a veces, al pasar por algún barrio en el que estaban regando las calles con objeto de limpiarlas y refrescarlas del calor del día, me quedaba boquiabierta mirando cómo la chiquillería, más o menos de mi edad, se divertía aprovechando el chorro de agua que salía de la manguera, para bañarse entre griteríos de contento y bulliciosas risas, pasándoselo a lo grande. ¡Cuánto hubiese dado por unirme a toda aquella algarabía! Desde la desdentada ancianita que, sobre una bandeja, llevaba para venderlas, moñas de jazmines de fino aroma –como ella decía en su pregón-, o al barquillero, llevando colgado de la espalda el pequeño bombito que le servía de recipiente para guardar los barquillos; o... al heladero con su gorrita blanca y su carrito ambulante; o a la señora que llevaba un canasto con patatas fritas o camarones cocidos, que, aun sin querer, había que comprárselos, aunque solo fuera por la gracia y el salero que ponía al pregonarlos, dándole la entonación de la canción de moda del momento...

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Aunque básicamente tan parecidos, ¡cuantos personajes, a cual, más interesante, al menos para mí, componían todo aquel fascinante cuadro!. Que caudal de caracteres, rasgos…, matices. !Que inexplicable encanto¡. Que cúmulo de sensaciones ejercía sobre mí aquel conjunto de costumbres, formas de vida... tan diferente a lo que yo estaba acostumbrada a vivir. Tampoco faltaba en todo aquel ambiente, la señora ya de cierta edad, que en ocasiones se sentaba junto a nosotras en el banco de la plazoleta de nuestro barrio. No sé si por azar o porque encontraba en nosotras un atento auditorio, cosa que, al parecer, la complacía bastante, pues sin mediar una conversación que lo propiciara, empezaba a contarnos historietas sevillanas, ya del rey Fernando el santo o de Pedro el cruel, ya de algún moro, o novicia de algún convento... que sé yo... Aunque, eso sí, relatado todo con un lujo de detalles, que parecía como si hubiese sido testigo presencial de los hechos. Pero en fin... ¿para, que seguir?. A lo mejor te estoy aburriendo con estos recuerdos míos que, ni que decir tiene, han dejado tan particular huella en mi vida, pero que para ti, puede, y sin puede, que no te digan gran cosa. Lo que yo quisiera saber transmitirte, desde estas líneas, es la importancia que para una persona, al pasar el tiempo, tienen los buenos recuerdos, sobre

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todo, los que vivió en su niñez. Pues aunque todos ellos tengan importancia, incluso los menos buenos también, porque nos ayudan a madurar, de lo que se trata, es de recordar los agradables. No para vivir de ellos como les sucede a los ancianos. Ni mucho menos, sino para que esos recuerdos bonitos, esas visiones de la niñez, esa riqueza de colorido, olores, pequeños sonidos... que nos acompañaron en esa etapa de nuestra vida, nos sirvan, al evocarlos, para aplacar –ya que tienen esa virtud sin duda algunapequeños malestares y desazones que, a veces, empañan sutilmente nuestra felicidad. Es posible que estas apreciaciones mías, a priori puedan resultarte una puerilidad, de la que dudes de su eficacia. No te fíes de las apariencias. Como te digo, intenta recordar todos los buenos momentos que hayas vivido. Quizá te alegren o te animen, más de lo que supones, en los momentos en que te encuentres algo baja de ánimo. A mi, te podría asegurar, que me han ayudado en tantas y tantas ocasiones… que espero que, de seguir estas sugerencias mías, a ti, también, te puedan beneficiar. Con todo el cariño de

Tu madre. - 40 -


Carta 8 Querida hija: Si supieras cuantas gracias doy al Cielo cada día por este don que se me ha dado: Por ti, hija mía. Por tu sencillez, generosidad, nobleza... y por toda esa serie de valores, sin olvidar tus esporádicas explosiones de mal genio, para que todo sea dicho, que pienso, con frecuencia, en qué he podido hacer para merecer el ser premiada por Dios, de esta manera. Al estar tú tan por encima de la vanidad y el engreimiento –en lo que se suele caer con tanta facilidad- no cabe el peligro de que estas palabras mías puedan hacerte daño, sino muy al contrario, que te ayuden a valorarte en lo que vales, cosa en la que, con facilidad, flaqueas. No sé si por alguna causa en particular que, quizá, se me escapa o, tal vez, por humildad. Por eso te las digo para que sepas qué pienso de ti y como te ven mis ojos, después de haberlos hecho pasar por “rigurosos controles” de sincera imparcialidad. Los psicólogos aseguran que, los hijos, cuando son pequeños –lo que luego permanece de por vida-, no obedecen a sus padres sino que, más bien, copian - 41 -


de ellos, de su forma de ser y actuar. Yo no sé hasta qué punto esto pueda ajustarse a la realidad, ya que yo, que soy tu madre, bien quisiera tener algunas de tus cualidades, parecerme a ti. Y no quiero que puedas pensar que, al decir esto, lo hago movida por un excesivo amor de madre que todo lo idealiza y magnífica. No. Aunque bien mirado, esos estudiosos del comportamiento humano, los psicólogos, quizá lleven razón, y esas cualidades tuyas, las hayas heredado o, copiado, mejor dicho, de ese gran hombre que fue tu padre. A quien desde aquí, quiero dar gracias por su amor, por todo lo noble y lo bueno, por todo lo auténtico, que él aportó a mi vida. Y por si desde algún lugar de otra dimensión, él pudiera sentirme, verme… o escucharme, de todo corazón, le digo ¡Gracias, esposo mío, gracias!. Al contemplar ese caudal interior tuyo, me preocupa la idea de si el hombre que haya de compartir tu vida, será merecedor de ti, si sabrá valorarte y apreciarte en lo que vales. Analizando mis sentimientos y emociones, llego a la conclusión de que, sin conocerlo y sin saber quien o cómo va a ser, voy a sentir por él, una cierta aversión, o... que sé yo. Cosa que creo comprensible y, en cierta manera, hasta disculpable, pues siento como si me fuera a quitar a mi hija, a mi querida hija. Y pensar eso es fuerte para mí. Quitarme, sí, parte su cariño, de su comunicación… - 42 -


Pero como siempre, afortunadamente, después de un “ataque de egoísmo maternal”, caigo en la cuenta de que para mí, un motivo de gran satisfacción y alegría será, sin duda, el que te encuentres realizada con tu pareja, sabiendo encontrarle el secreto a la felicidad de la vida en común, en las pequeñas o en las grandes cosas de cada día. A la unión en el respeto mutuo y en ese otro respeto a la individualidad, sin pretender igualdad, pues con ella saldrías perdiendo, ya que tendrías que renunciar en muchos aspectos, a tu manera de ser, a tu personalidad. No caigas nunca en el error de subestimarte por tu condición femenina, ni sientas, y si lo sientes procura solucionarlo de inmediato, contigo misma, el vacío de no estar debidamente valorada: el valor habrás de dártelo tú misma. La identidad de la mujer no depende de compararse o medirse con el hombre, sino en caminar juntos, ayudándose mutuamente, disfrutando y valorando las diferencias, sin el menor atisbo de competitividad. Aprender a cuidar de ti misma y de tu mundo interior, es la única manera de poder cuidar de los demás y, sobre todo, de la armonía con tu compañero. También te animo a que pienses con agradecimiento y respeto, en tantas y tantas mujeres como nos han precedido, luchando y exponiendo hasta sus vidas,

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con valentía por establecer un mundo mas justo para las que les hemos sucedido, allanado, sin duda, nuestro camino. En la medida de tus posibilidades, continúa su labor, ayudando en lo posible, sintiéndote solidaria con las que no son tratadas con la debida dignidad y consideración. Y... sobre todo, siéntete orgullosa de ser mujer. Es como una especie de fórmula mágica que te ayudará a alcanzar la felicidad en ese aspecto tan importante de la vida. Te sugiero, hija mía que fomentes y cultives, todos esos valores tuyos. Que las dificultades o circunstancias adversas que encuentres en tu vida no consigan sino reforzarlos y pulimentarlos: serán fuente inagotable de satisfacción y bienestar contigo misma y con quienes te rodean. Con todo el cariño de

Tu madre.

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Carta 9 Querida hija: Yo quisiera, desde aquí, con estas, quizá torpes, palabras mías, poder convencerte o, mejor dicho, hacerte ver la importancia que tiene en nuestra vida, la fuerza de voluntad. Abre nuevos caminos; ayuda a salir de la maraña o el caos, en que a veces nos encontramos; proporciona el suficiente dominio sobre nosotros mismos como para ser en todo momento, los dueños absolutos de nuestros estados de ánimo, de nuestras palabras y acciones, para hacer con nuestra vida, lo que creamos mas acertado y conveniente. Esto nos capacita para hacer acopio de la necesaria energía que nos ayude a liberarnos de cualquier tipo de dependencia, como pudiera ser, en este caso, la desgana. Sí. La desgana que supondrá el decidirnos a comenzar a salvar los primeros obstáculos -de falta de voluntad-, que sin duda, van a ser los más tediosos y difíciles, por pequeños que puedan parecer, hasta conseguir adiestrarnos. Aunque sean los más importantes y, si me apuras, los más gratificantes, también, ya que, al ir venciéndolos, una y otra vez, con perseverancia y sin desánimos en las posibles - 45 -


recaídas, te proporcionarán equilibrio y firmeza de espíritu, para superar los que vayan surgiendo en el futuro. A la par que te irán reafirmando la autoestima, al descubrir nuevas posibilidades y valores que, tal vez, desconocías de ti misma. Como es de suponer, para que dicha tarea pueda surtir el deseado efecto, deberemos estar debidamente mentalizadas de nuestra necesidad de superarnos, de cambiar, para no caer en represiones -fruto de la negación a sí mismo, sin la debida motivación que lo justifique- que pronto nos harían desistir, sino con toda la fe, tesón y entusiasmo en la victoria, que requiere el intentar acceder a tan “magna empresa”. Me parece que éste, bien pudiera ser el momento más oportuno para empezar. Pero desde ya, si es que estás debidamente convencida, mentalizada. Desde ahora mismo. Estas cosas tienen que ser así, pues si se posponen, ya se encargará nuestro inconsciente de dar largas al asunto y, lo que es peor, darnos largas a nosotros mismos, haciéndonos creer que no merece la pena complicarse y que es mejor dejar las cosas tal como están o tal como han estado hasta ahora, sin que tengamos que esforzarnos para cambiarlas. Hay que ser realistas y comprender que, cuando de educarse a sí mismo se trata y, más aún, si está de por medio la voluntad, supone un considerable y perseverante esfuerzo y un no menos grande sacrificio. Aunque el resultado bien merece la pena. - 46 -


A la par que te digo estas cosas, no creas que no he pensado que, de seguro, también me irían bien a mí misma. Sí. Hay tantas cosas en las que, para poder superarlas, me falla la dichosa fuerza de voluntad. Tantas que desearía cambiar de mi forma de ser: Mis explosiones de mal genio. Mis bajadas de estados de ánimo, en las que no me soporto ni yo. Mi dificultad para sobreponerme a los acontecimientos dolorosos que a veces depara la vida, que… ¿para qué seguir?. Pienso que, quizá, antes que a ti, a mí me haría mucha más falta cambiar y empezar a educarme. Y como dice el refrán popular que “Nunca es tarde si la dicha es buena”, no me va a quedar otro remedio que empezar. Pienso que, tú lo vas a tener más fácil. Que, a mí, quizá, me cueste más trabajo el iniciarme..., debido a la inercia que va generando el reaccionar de una determinada manera, durante tantos años. Pero aun así... te digo y me digo: !Ánimo! . Si. Ánimo. Con ilusión y esperanza, como para saber empezar cada día con renovadas fuerzas y poder seguir, para siempre, este arduo y, a la par, gratificante camino, que tanto bueno ha de reportarnos. ¡Ánimo!, hija mía. Con todo el cariño de

Tu madre. - 47 -


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Carta 10 Querida hija: Estoy aquí, en mi “isla”, en ese rincón de la casa en el que tan a gusto me encuentro cuando necesito estar a solas. Y fíjate lo que son las cosas, en estos últimos tiempos, hay veces que sin proponérmelo demasiado en serio, me encuentro practicando ejercicios de relajación y silencio interior. Cosas que me aportan tal serenidad, que me ayudan a seguir adelante, de agradable manera. Poco a poco, casi imperceptiblemente en algunas ocasiones y en otras con gran esfuerzo, me voy adentrando en esta onda que, sin duda, me está ayudando a conseguir un cierto estado mental de paz y serenidad no demasiado habituales, que digamos, en mi, hasta ahora, dado mi natural un tanto inquieto y algo nervioso. Por eso, dado el bienestar que me proporcionan, de un tiempo a esta parte, me estoy sintiendo bastante inclinada y atraída por este algo tan distinto de lo acostumbrado, por esta otra forma de ver y sentir la vida...

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Conociéndome como me conoces, pensarás y con parte de razón: “Esta mujer, la que escribe, no es mi madre. Y, si lo es... ¿Qué le estará pasando? ¿Estará enferma?, ¿La habrán programado para que, piense de esa manera?”... Y, en verdad, puede que esté siendo programada, pero no por nadie en particular, sino por mí misma. Por la necesidad que tengo de conseguir ese anhelado equilibrio y estabilidad que me permitan impermeabilizarme ante la desazón o malestar, que producen esas pequeñas o grandes dificultades con las que tropezamos a cada paso en nuestro vivir cotidiano. Y también ¿cómo no? porque no me gustaría ser en el futuro, una de esas viejas “cascarrabias y gruñonas” que solo saben incordiar y hacer la vida difícil a cuantos la rodean. No. Sino, más bien, todo lo contrario. Ser un remanso de paz, un puerto seguro, en el que mis hijos, y tú en particular, querida hija -que por ser mujer, nos hemos identificado de manera especial la una con la otra- encontréis el reposo y la tranquilidad de quien en todo momento se sabe profundamente querido. O, cuando lo requiera la ocasión, basándome en la experiencia que dan los años, haceros caer en la cuenta de vuestros posibles errores, con toda la sinceridad y dulce firmeza de quien solo desea para los seres a quienes tanto ama, el bienestar que proporcionan el buen hacer y el recto pensar. Eso es lo que le pido a Dios cada día. Y también, que me ilumine, que me

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ayude a ser capaz de sobrellevar esa involución, no solo física sino, también, mental, emocional..., que supone, en todos los aspectos, el ir envejeciendo. Aunque, a decir verdad, haya que reconocer con gratitud, que cada etapa de nuestra vida nos trae valores nuevos, que sustituyen a los que, con el paso de los años, hemos ido dejando por el camino. Por toda esa ayuda que a mi me ha proporcionado la meditación, la oración… o como prefieras llamarlo, te animo hija mía, a que procures adentrarte en ese mundo que presta tan valiosa ayuda. Hay veces que pienso que el conocimiento de todos estos temas relacionados con nuestro mundo interior, puede que sea más propio, quizá, de quien lleva muchos años vivido, como es mi caso, que de tu juventud. Pero como en tantas ocasiones, te diré una vez más, que estos pensamientos míos son, solamente, el fruto de mis vivencias, de mis experiencias personales, y que no tienen por que ser los tuyos... Por eso te sugiero y te repito también, que pienses en cada una de estas palabras mías, que pongas en tela de juicio cada una de estas ideas... La duda, ante lo que se nos da de antemano como hecho, es una fuente incalculable de creatividad, de riqueza espiritual y mental. Por eso, te animo también a que cuando reflexiones, saques tus propias conclusiones, te crees tus propios conceptos, confrontes puntos de vista... que te cuestiones, antes de dar como válido, - 51 -


todo lo que no hayas vivido, experimentado... o no encaje del todo en tus esquemas. Según tengo entendido, el crecimiento espiritual, no entiende de dogmas ni de juicios, ni mucho menos de principios o ideas preconcebidos. Se basa en la constante observación de sí mismo y de cuanto nos rodea. Con una actitud libre, imparcial y absolutamente sincera, abierta, receptiva... ante todo lo que nos depare la existencia, para aplicarlo a nuestra vida diaria, con perseverancia, con el debido afán de superación. Te deseo, hija mía, que si algún día te decides a iniciar, a emprender este camino hacia tu mundo interior, sea para ti, aunque difícil en ocasiones, el más gratificante y el más hermoso que nunca hayas podido emprender. Es lo que, de todo corazón y con todo su cariño, anhela para ti

Tu madre.

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Carta 11 Querida hija: Con frecuencia, en los últimos tiempos, me paro a pensar en los cambios, cada vez más rápidos, y en el constante avance al que estamos sujetos los humanos, no solo a nivel individual, sino también colectivo; dando nuevas perspectivas o enfoques a cada época. Y de cómo, estos cambios, de buena gana o a la fuerza nos obligan a dejarnos llevar por ellos, hasta el punto de arrastrarnos, si perdemos la noción de hasta que punto podemos o debemos oponerles una prudente resistencia. Cada generación va desfasando claramente a la anterior con una nueva forma de pensar, de entender y enfocar los acontecimientos, de reaccionar de manera tan distinta ante similares circunstancias... y eso, aunque forme parte de la lógica evolución que impone el progreso, cuesta trabajo asimilarlo cuando se va entrando en cierta edad, como es mi caso. Recuerdo que en mis tiempos, el primer triunfo para unos recién casados consistía, más o menos, en conseguir que la esposa quedara embarazada en los - 53 -


dos o tres primeros meses después de la boda. Era, como pasar airosamente, una prueba de aptitud aunque te haga gracia la expresión-, que conducía, al menos en teoría, a uno de los fines casi primordiales del matrimonio: la procreación. Y fíjate, como fueron esos los esquemas mentales vigentes en mi época, yo -que aunque trate de convencerme de lo contrario, estoy dejando de pensar como joven- no termino de entender del todo, que un matrimonio, como la mayoría de los actuales, dejen pasar tres o cuatro años -y quizá me quede corta- sin preocuparse, ni poco ni mucho, por traer a este mundo ¿que digo a este mundo? a sus vidas, la natural descendencia. Y no voy a entrar aquí en los planteamientos ni en los por qué, pues a lo mejor, hasta tienen o tenéis buena parte, por no decir, toda la razón. Cuando tuve conocimiento de “tu estado de buena esperanza”, fue para mí, motivo de una doble satisfacción y alegría. Primero porque, al fin, después de cuatro años, ibas a ser madre, y así se disipaban mis temores de que cuando te lo propusieras y lo desearas, a lo peor, ese maravilloso don le fuera negado a tu naturaleza. Y eso, te lo puedo asegurar, me preocupaba muy seriamente. Y digo que me preocupaba muy seriamente, porque pienso y ahora mas que nunca, que los hijos juegan un papel importantísimo, decisivo en nuestras vidas, del cual, no me hubiera gustado verte privada. Sé, que sin - 54 -


duda, te restan comodidad y, ni que decir tiene que, poder adquisitivo, más todavía. Tampoco dudes que te darán, a veces, muchas veces, disgustos, y en más de una ocasión, puede que, no pocas preocupaciones y serios problemas; sin nombrar los momentos de inquietud e inseguridad, hasta de impotencia que, más de una vez te asaltarán al tratar de educarlos... Pero... está también, la contrapartida, la otra cara de la moneda: El regalo de su existencia, de su compañía, de su comunicación, aunque en ciertos momentos, solo sea de manera espiritual y afectiva, por causa del tiempo, las distancias... Y esa sensación tan indescriptible que llena el alma, cuando ves en sus ojos la ternura, el gran cariño hacia ti, en momentos en los que los avatares te zarandean duramente la vida y te encuentras desvalida o sola... Te das cuenta entonces de que los tienes a ellos, de que te quieren, de que están contigo... aunque ese cariño, hija mía, hayas de ganártelo a pulso... ¡¡¡ y bien a pulso ¡¡¡ Que te conste. Con el paso del tiempo, a medida que tus hijos vayan creciendo, te irás dando cuenta, de la verdad, que encierran estas palabras mías. Y que también, a pesar de los riesgos, de las dificultades y de los sinsabores..., de los tragos amargos que a veces deparan o deparamos, que también fui hija y, algún que otro depararía, merece la pena. Pues de cuantos dones, Dios ha tenido a bien otorgar a la mujer, el - 55 -


más grande, el más preciado para ella misma, a mi juicio, puede que sea ese, el de la maternidad, ya que le permite aflorar, sacar de su interior, poner en movimiento, todo un caudal de paciencia y ternura, de generosidad... de espíritu de entrega... de amor, de lo que ella es la primera beneficiada, al proporcionarse tal riqueza de afectos y sentimientos que la valoraran y ennoblecerán ante sus propios ojos. Y que, si por desconocidos e incomprensibles designios, no sabemos si de Dios o de la Naturaleza, hubiésemos sido privadas de él, del don de la maternidad, aún deseándolo de todo corazón, son fuerzas mayores, ante las que no podemos revelarnos. Pero que ya se encargarían entonces y solo entonces, esas sabias fuerzas o leyes, o... ¿quien sabe qué? de compensar espiritual y afectivamente ese vacío, de infinitas e insospechadas maneras, todas ellas basadas en el fruto de un altruismo propios de la maternidad, aunque en este caso no fuera la biológica, pero, no por ello menos gratas y enriquecedoras, dada la plenitud que proporcionan. Pero solo en ese caso particular, y no cuando lo decidiera la comodidad..., el egoísmo o, lo que es peor, aun: el miedo, la falta de fe y esperanza en la vida... Es por lo que, desde aquí te felicito, por tu hijo, por tu recién estrenada maternidad, y por todo lo grande y hermoso que ambas cosas llevan consigo. Me felicito también a mi misma, por mi nieto querido, - 56 -


por esa parte que, por ser yo tu madre, él, también llevará de mí. Y para el que pido a Dios, toda la salud, nobleza, generosidad... además de toda la lista de valores de todo tipo, que le desea su abuela. Y también me felicito porque ahora, cosa que me llena de satisfacción y alegría, puede que te des cuenta y comprendas, gracias al cariño que sientes por tu hijo, de toda la grandeza del mío hacia ti, de todo el amor, de todo el gran Amor de

Tu madre.

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Carta 12 Querida hija: Es posible que en más de una ocasión hayas observado, el interés que siempre ha despertado en mí, el coleccionar o recopilar, mejor dicho, frases que encerraran un determinado valor de contenido, ya fueran de tipo intelectual, espiritual... o incluso… material o físico -que también son necesarias-, para que cuando lo requiriera el momento, pudieran servirme de guía, información, consejo... Y, no creas que no me han sido de mucha utilidad en infinidad de ocasiones, tanto para serenarme o alentarme como para aportarme fe, luz, ayuda…

“Que la justicia y la buena fe acompañen siempre a todos tus planteamientos, para que te den seguridad en ti misma, y la crítica no dañe tu autoestima, sino que te refuerce en tu postura al servicio de la verdad.” Estas frases que oí hace algún tiempo, puede que te llamen un poco o, quizá, un mucho, la atención, como a mí me sucedió, y te suenen algo… ¿cómo diría yo?... demasiado serias o, solemnes tal vez, para los tiempos que nos han tocado vivir, en los que - 59 -


lamentablemente, los temas concernientes a la mente o al espíritu son tachados con frecuencia, cómo algo fuera de tiempo y lugar o, lo que es peor aún, como propio de gente chiflada. Por eso te animo, hija mía, a que las medites detenidamente y utilices todo tu tesón y paciencia en defender, en hacer tuya, por tu bien, esta recomendable postura: la de una, constante, búsqueda de la Verdad, partiendo siempre de bases nobles y justas. No te dejes llevar o convencer por conceptos u opiniones ajenas a tu forma de ser, que pudieran imponerte, de manera más o menos sutil, una visión parcial o deformada de las cosas. No te lo permitas, pues si lo hicieras, es muy posible que tu sana evolución y realización personal se vieran seriamente entorpecidas y, si me apuras, hasta malogradas. Por eso te animo, una vez más, a que procures ser siempre tú misma, a que hables con tu propia voz, a que discurras con tu propia cabeza, a que quieras con tu propia voluntad..., con prudencia, eso sí, pero sin ningún tipo de prejuicio, miedo ni atadura. Y, sobre todo, sin dejarte llevar por nada ajeno a tus principios o a tu forma de ser, como antes te decía, y sin caer en la equivocación de ajustarte a planteamientos o patrones ya establecidos o impuestos para alcanzar la aprobación o el beneplácito de los demás. No. Pero sin caer, tampoco, en lo opuesto, en el error, en el que tan fácilmente se puede caer, de engañarse - 60 -


a si misma, sin ser consciente de ello, encerrándote en ideas equivocadas, ya sea por tozudez… o por snobismo, si me apuras..., que de todo esconde la mente humana. Estate, pues, siempre receptiva y atenta a todo lo bueno que puedan aportarte los demás, a cualquier noble y sincero planteamiento, venga de quien venga, que te ayude a reforzar la sana postura, de defender y preservar todo lo digno de ser preservado y defendido. Por lo que te sugiero una vez más, que no te consideres nunca en la absoluta posesión de la razón y la verdad. No caigas en ese error. Hay muchas maneras de pensar y comportarse, igualmente válidas, aunque sean diferente de la nuestra. No trates de convencer a nadie de tus ideas. Eso déjaselo a tu manera de comportarte y actuar, que hablarán por ti, mejor que tu misma. Como tampoco, por un intento de paz mal entendida, cedas ante personas de mente rígida, que hasta se vanaglorian de su perfección creyéndose en posesión de la razón y la verdad absoluta, incapaces de tolerar y comprender que puedan existir otras forma de pensar diferente de la suya. Ante su actitud, nunca respondas con resentimiento ni enojo, que solo servirían para levantar barreras de las que saldrías perjudicada, sino procurando en la medida de lo posible, desenvolverte -aunque manteniéndote a cierta distancia de ellas, por tu bien- con la sencillez - 61 -


y la elegancia espiritual propias, de la persona que actúa con sinceridad y nobleza. Es más que probable que para alcanzar todo esto, tengas que pasar de algunas o de muchas cosas. No te importe, eso también contribuirá a fortalecerte, a engrandecerte aun más ante tus propios ojos, que es de lo que se trata. Animo hija mía. Esfuérzate, lucha siempre por la justicia y la verdad, cosas que te fortalecerán de extraordinaria manera, la seguridad en ti misma y la autoestima. Con todo el cariño de

Tu madre.

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Carta 13 Querida hija: Como te apuntaba en una de mis anteriores cartas, en las últimos años, los cambios, los descubrimientos y avances, tecnológicos, científicos... y de todo tipo, habían sido, sin duda, impresionantes. Revolucionarios, me atrevería a decir. Hasta el punto de que si a cualquiera de nuestros predecesores de los que desaparecieron hace apenas unas pocas décadas, le fuera permitido volver a este mundo, de seguro que caería poco menos que fulminado por el impacto que recibiría al conocer, aunque solo fuera una mínima parte de ellos. Yo, que tan amante he sido siempre del conocimiento y el progreso, me sorprendo a veces, preguntándome a mi misma- y me imagino que igual le sucederá a muchas otras personas- si en verdad todo esto habrá merecido la pena. Si no estaremos pagando un precio o un tributo demasiado alto por toda esta desenfrenada carrera. Si se estará utilizando debidamente para bien y provecho de la Humanidad - 63 -


o por el contrario, al servicio de maquinaciones y turbios intereses, muy lejos de ese bien, del común, que en teoría se persigue. Con gran pesar por mi parte, muchas veces, evitando caer en destructivos derrotismos, tengo que contestarme, que no. Ante este desalentador panorama, cualquiera, con toda la razón del mundo, se podría preguntar que, cómo este caos, no ha hecho estallar todo en mil pedazos. En efecto, puede que hubiese sido así, al menos eso supongo, de no existir unas desconocidas leyes, que por cierto, no las encontraríamos escritas en ningún tratado referente a ellas, sino que quizá, sería necesario buscarlas en la atenta observación de la vida diaria y en sus constantes e implícitos mensajes. O... mejor aun, en lo más hondo de nuestro corazón. Sabias leyes, yo diría que universales, pues en ellas creo ver la mano de Dios. Y que, sin lugar a duda, afortunadamente, están muy por encima, de la manipulación del hombre. Actuando como una sabia y armónica energía que, de alguna manera mantiene, a pesar de todo, en un cierto, aunque precario equilibrio, a este maltrecho planeta Tierra y a sus moradores. No falta, quienes crean o afirmen, haber encontrado en el refranero popular, una valiosa fuente de información al respecto, ya que, su lenguaje claro

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y sencillo, se hace, a veces, eco de esta especie de filosofía, de forma -según ellos- inequívoca: “Haz bien y no mires a quien” -ley del Amor“A nuevos tiempos, nuevas costumbres” -de la constante evolución humana“No todas las verdades son para ser dichas” -del prudente silencio“Sobre gustos no hay nada escrito” -de la individualidad personalLista que se haría interminable, según las vivencias o las experiencias personales de cada uno. Al principio, algunas de estas afirmaciones me parecieron algo atrevidas, por no decir descabelladas, pero hace unos días, quiso el azar que tuviese un encuentro con una amiga de la infancia a la que hacía mucho tiempo que no veía, pero a la que la recordaba con gran aprecio, debido al buen concepto que de ella tenia, aunque, a decir verdad, en más de una ocasión hubiera pensado que, tal vez, el tiempo me había hecho idealizarla. Afortunadamente, no fue así, pues me di cuenta, nada más verla, de que seguía siendo el ejemplo viviente de sensatez y humanidad, que yo recordaba. A grandes rasgos, me puso al corriente de lo que había sido su vida en todos estos años. Problemas y dificultades de todo tipo, pero que, al parecer, según - 65 -


la serenidad de su expresión, ella no los había tomado como tales, sino como meras vivencias. También me dijo, que ahora le había sonreído la fortuna. Le habían regalado una participación de lotería, en la que había sido agraciada con un buen “pellizquillo”, lo que le venía estupendamente, pues su situación económica no era muy holgada que digamos, pero que no estaba, del todo, tranquila. Me sorprendió tal afirmación, y con curiosidad mal reprimida, le pregunté el motivo de su inquietud. La respuesta, me desconcertó. Me explicó que ese dinero, no debía quedárselo en su totalidad, que estaba obligada a compartir cierta cantidad, con otras personas que estuviesen, más necesitadas, por eso, iba a entregar una parte de él a una institución benéfica. Pues si no lo hacía por propia voluntad o iniciativa, se vería obligada a pagarlo de otra manera. No pude evitar, el preguntar qué o quien, según ella, se lo podría hacer pagar. Entonces, sin perder su expresión afable y serena, se me quedó mirando de una manera algo... enigmática -diría yo- mientras respondía con seguridad: por “La Ley del Amor Fraterno”; por “La Ley del Tributo”… “. Quise preguntarle de nuevo, para que me aclarara aquello, pero en ese momento llegó alguien, y quedó interrumpida la conversación. Más tarde no se volvieron a dar las circunstancias propicias para que

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se volviera a reanudar, cosa que me inquietó y me hizo dar vueltas y más vueltas a esas dichosas leyes, sin duda, inexorables, como todas las de este tipo, me imagino, pero que si estas me calaron de manera tan especial, bien pudo ser debido a la claridad y sencillez del ejemplo o por la lógica y profundidad que encerraban. También me dio mucho que pensar si este encuentro fue del todo casual, como creí al principio, o si formaba parte del “plan” de esas sabias leyes, encargadas, al parecer, de hacer ver a la Humanidad la necesidad que todos tenemos de una renovación interior, de la que sin duda, en mayor o menos medida, todos nos estamos apartando. Por eso te sugiero, hija mía que no restes importancia o eches en olvido esta experiencia, esta reflexión mía, sin haberla meditado, aunque solo fuese un poco. Pues de no hacerlo, no sabemos si algo bueno podrías perderte. Estate siempre atenta, receptiva... positivamente predispuesta, al mensaje de esas leyes, para estar en sintonía con ese equilibrio universal, con esa armónica energía en la que entrarías a formar parte integrante, con el consiguiente aporte para tu bagaje espiritual, de infinita serenidad y armonía interior, al saberte eficaz continuadora de la obra de la Creación. Y sentirte así, de manera inequívoca, en una más estrecha unión con Dios.

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Con todo el cari単o de

Tu madre.

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Carta 14 Querida hija: De nuevo, me dispongo a escribirte y esta vez, quizá te extrañe un poco, por no decir mucho, el motivo de mi carta, ya que, en este caso, no se ajusta a la manera de cómo he venido haciéndolo hasta ahora. Me explico. Siempre te he animado, entre otras muchas cosas, a trabajar, a ser constante y responsable en todos los aspectos de tu vida y de manera particular en éste, en el trabajo. A que te des a él por entero, sin regateos, con espíritu de compromiso y entusiasmo. Y si lo he hecho así, ha sido porque siempre he creído que era lo mejor, lo indicado para que te encontraras satisfecha de ti misma. Como si fuera una especie de “infalible receta” o… de “fórmula mágica”, por decirlo de alguna manera, para llegar a una plena realización personal. Pero quizás me equivoqué. Puede que me pasara de alguna manera, en estos consejos que durante tanto tiempo he venido dándote. Lo que ha hecho, que te hayas tomado demasiado en serio estas recomendaciones mías, y estés dando de ti, más de lo que puedes y debes, al tratar de llevar todo esto

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a la práctica. Que te estés pasando, en perjuicio de tu salud y tu equilibrio personal. Por eso me creo en el deber de rectificar lo que ahora pienso que pudo ser un error o una exageración por mi parte. Debí calcular, que siendo tú una persona con tan alto concepto de la responsabilidad y el deber, podrías tomártelo tan en serio, llevarlo tan al pié de la letra, como así ha sido. En la vida, y esto te lo irán enseñando los años, todo tiene su justo término medio, el trabajo no iba a ser una excepción, sino muy al contrario. Quizá, sea en el trabajo donde haya que poner toda la inteligencia y sentido común posibles, para llevarlo a cabo con sensatez, sin sobrepasar las propias capacidades, sin agotarse. Pues de lo contrario, esas capacidades quedarían mermadas, por no decir anuladas, con el consiguiente deterioro, no solo físico, sino en todos los aspectos y facetas de tu personalidad. Aprende a establecer unas prioridades. A encontrar ese punto ideal de equilibrio que te ayudará a seguir adelante, cumpliendo con tus obligaciones, pero sin caer, por los excesos, en una dejadez demoledora, que es a lo que se llega cuando sobrepasamos nuestros limites. Sobre todo si es de manera continuada, casi por sistema. Como podrás suponer, no te estoy pidiendo ni aconsejando, que te eches los deberes a la espalda o

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que te hagas una irresponsable. Ni mucho menos, sino que aprendas a ser, precisamente, todo lo contrario, es decir, consecuente y respetuosa con tus facultades, con tus posibilidades, con tus limitaciones... con tu propia naturaleza. Que no por dar más de lo que puedes, te van a valorar más, sino que te adentrarías en una dinámica, que no sé si podrías sostener por mucho tiempo sin caer en un pernicioso estrés, padre de cualquier enfermedad física o mental. En la vida hay que saber dosificarse sensatamente, para consigo misma y para con los demás, no solamente en éste, sino en todos los aspectos, dándose de todo corazón, con constancia y entusiasmo, pero con sabiduría y prudencia. Aprende también, a reservar determinados momentos para ti, para adentrarte en tu mundo interior y encontrar allí la fuerza necesaria, que te ayude a vivir en un adecuado equilibrio. O simplemente, para dedicar algún tiempo a tu esparcimiento. Más aún, permitirte de vez en cuando, algún que otro rato de completa inacción o de vagancia, de relax, como ahora se acostumbra a llamar, que también son necesarios para reponer energías. Que intentes, o mejor aún, que consigas establecer unas prioridades, como antes te decía, en tus quehaceres diarios, para poder llevar tu vida de una manera más ordenada y razonable.

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Igualmente, te sugiero que no caigas en el error, por tu bien, de compararte con los demás. De tratar de equiparar tu trabajo, el que buenamente puedas realizar, con el que puedan desempeñar otras personas. En todos los aspectos de la vida, cada uno tiene sus propias marcas. Tampoco te empeñes en un perfeccionismo, casi nunca positivo y a veces frustrante, si no podemos cumplir con las expectativas que nos hemos impuesto. Aunque se hace obligado aclarar que es muy positiva la necesidad y el afán de superación, de esmero. Pero... !ojo! no te equivoques, no lo confundas con el absurdo perfeccionismo, ya que lleva a una obsesión, que no digo que no sea buena, sino más aun, perjudicial para nuestro bienestar y equilibrio. Es más, la misma ansiedad que produce, el tratar de hacer las cosas tan a la perfección, nos lleva en muchas ocasiones al extremo opuesto, pues nos impide pensar con claridad. Soy consciente, de que ya eres lo suficiente madura, como para haberte dado cuenta o haber reflexionado sobre estas ideas pero, aún así, me creo en el deber, de exponértelas por si estuviesen arrinconadas en tu mente sin prestarles demasiada atención. Pienso que así, puede que tomes plena conciencia de ellas, y las apliques a tu vida diaria con prudencia. Anímate, cariño. Lo que hace interesante o desagradable la vida, no son el trabajo, las dificultades ni los problemas, sino como los encajemos o - 72 -


solucionemos, como nos organicemos para llevarlos con sabidurĂ­a. Dan una satisfacciĂłn personal, una fuerza para seguir adelante, que, como te digo con frecuencia, bien vale la pena. Con todo el cariĂąo de

Tu madre.

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Carta 15 Querida hija: Recuerdo que hace apenas unos pocos años, cuando en las noches calurosas del verano nos íbamos a la azotea en busca de alguna brizna de aire fresco, o en los largos paseos por el campo en el invierno, mientras tomábamos el sol, o… incluso en los momentos más inesperados..., charlábamos y charlábamos, a veces, durante horas enteras, de mil temas, como dos buenas amigas, compartiendo puntos de vista, de una forma amena o, incluso discutiendo razonablemente -o no tan razonablemente-, defendiendo cada una a su manera, su punto de vista o su postura. !Cuanto echo de menos aquellos tiempos!. Cuanto los añoro, a veces. Sobre todo, cuando empiezo a pensar en que toda aquella comunicación, puede que se haya esfumado... Sí. En ocasiones me preocupa esa idea. Si no nos estaremos distanciando afectiva, espiritualmente... Si habremos dejado de contactar, de esa manera tan especial, tan gratificante como la que siempre ha existido entre nosotras, a pesar de nuestras frecuentes discusiones… por mil cosas, que ahora no acierto a recordar.

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Pero… mira por donde, por suerte para mí, porque con eso se me desvanecía esa melancolía y esa inquietud, hace solo algunos días, surgió una de esas conversaciones, antes, tan frecuentes, entre nosotras, que me devolvió la tranquilidad al respecto, que hizo que se me disipara esa duda que me entristecía y desasosegaba un poco, o no tan poco, y que, para pesar mío, me hacia sentir menos cerca de ti, o... lejos, más bien, por mucho que yo tratara de mentalizarme de lo contrario. Me di cuenta, a Dios gracias, de que no había motivo para mi preocupación, que todo seguía siendo igual que antes, pero de otra manera; que todo era fruto de las circunstancias, de la constante evolución de las personas y las cosas, del incesante fluir de la vida. Tu, ya tienes tu propia familia, otra vida, otras ocupaciones, e incluso, otras distracciones, que ya no tienen por qué estar tan estrechamente relacionadas conmigo, como cuando compartíamos el mismo núcleo familiar, cuando todavía vivías en casa. Esta, entre otras muchas, es una de las cosas que he aprendido gracias a ti: el saber aceptar ese... ¿cómo, diría yo?: Ese, prudente, segundo plano, que las madres debemos asumir, si no con alegría, por lo menos, con razonable conformidad, aunque sin conformismo, cuando los hijos crecen. En pro de una sana independencia, de su realización personal... de - 76 -


su felicidad, en una palabra. Comprendiendo así, aceptando en paz, con sabiduría y fortaleza -como diría la Biblia- que todo tiene su momento en la vida, que cuando los hijos son pequeños, las madres somos todo su universo, pero que cuando crecen, se deben cortar ciertos lazos de amor-dependencia, para que puedan hacerse adultos, afectiva, mental... espiritualmente hablando, para que adquieran, de esa manera, un sano grado de madurez. Así y solo así, podremos tener la tranquilidad de haber cumplido con nuestro sublime cometido: el de verdaderas madres. Y por otra parte, así y solo así, también, podremos seguir manteniendo lo mejor, lo mas noble de su cariño por nosotras. Al actuar de esa manera, les demostramos con ello que siempre, podrán contar con nosotras, las madres, con nuestro incondicional amor y comprensión. Y que, en todo momento, estaremos esperando, dispuestas a darnos por entero, sin egoísmos ni regateos, con toda el alma, sin esperar a cambio nada que no sea el cariño y el reconocimiento hacia su madre. Y, si me apuras demasiado, si se diera el caso -que Dios no lo quiera-, ni siquiera eso, ya que en el fondo esa sería otra forma más de compensación. Claro que, esto último es muy fuerte de asimilar. Acogiéndolos, como te digo, siempre con los brazos abiertos, pero sin ejercer sobre ellos ningún tipo de atadura, sin absorberlos, aunque sea de una forma sutil o delicada, - 77 -


por muy acompañada y envuelta que vaya de ternura y cariño. Así y solo así, te repito una vez más, y ve tomando nota por la parte que te toca como madre, puede que consigamos mantener nuestro puesto en vuestros corazones, sin perder ni un ápice de vuestro amor, aunque ese amor se manifieste de otra manera distinta a la de cuando erais pequeños. Por eso, hija mía, me gustaría decirte, algo de suma importancia para mí. Si en alguna ocasión, como humana que soy, se me olvidara o dejara de llevar a la práctica esta saludable postura, y de manera inconsciente, me dejara guiar, en cierta medida, por el amor propio o el egoísmo, por favor, con todo el cariño y la ternura de que seas capaz, hazme ver claramente mi error, hazme entrar en razón, a ti te lo encargo, hija mía. No te voy a negar que esta nueva -al menos para mí- y desconocida forma de pensar y actuar, esta especie de filosofía, es cosa muy, pero que muy, difícil de asumir y ponerla en práctica, pero hay que esforzarse por conseguirlo, aunque para ello haya que olvidarse, casi -y sin casi- por completo de cuanto se es y se siente, en tres palabras: “de sí misma”. Pero, gracias a Dios, por lo menos en mi caso, aunque me haya costado mucho esfuerzo, y en más de una ocasión, alguna que otra lágrima, por fin ahora, veo claro, que es necesario aceptarla de buen

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grado, con generosidad y espíritu de entrega y, si me apuras, hasta de sacrificio, por nuestro propio bien y el vuestro, que es de lo que se trata. Y yo me digo ¿por quien mejor que por mis hijos?. Con todo el cariño de

Tu madre.

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Carta 16 Querida hija: En una de esas ocasiones en las que te sientas delante del televisor y te pones a buscar entre los muchos canales algo que merezca la pena, encontré, supongo que por casualidad -o quien sabe por quéun programa que acaparó mi atención de una manera poco frecuente en mi, que no soy, precisamente, una entusiasta de ese invento. El programa en cuestión consistía en una especie de debate o…, más bien, reflexión, a cerca de la contaminación del medio ambiente, y su nefasta influencia sobre nosotros, los humanos. Tu pensarás que algo tan traído y tan llevado por los medios de difusión, como son estos temas, no es como para perder el sueño por escucharlo. Y no, precisamente, por sus consecuencias, que sí debería hacérnoslo perder, sino por lo habituados que estamos ya, a oír lo que en ellos se dice, sin que lo podamos evitar o remediar, la mayoría de las veces. Para mí, todo esto, lo daba, como por sabido. Bueno, al menos eso es lo que pensé a priori. Pero no. No estaba todo más que sabido. A esa conclusión llegué después de haber

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terminado de ver el programa en cuestión, ya que exponía unas ideas y teorías dignas de tenerse muy en cuenta. El debate estaba resultando interesantísimo. Entre los componentes había personas con un alto grado de preparación y gran conocimiento de cuanto se debatía y, por añadidura, con una capacidad de comunicación que, verdaderamente, enganchaba y hacía, algo más que imposible, dejar el televisor. Entre ellos había una señora de cierta edad, en la que apenas se reparaba, ya que, solamente, en contadas ocasiones se limitaba a asentir con un leve gesto. No pronunciaba palabra alguna ni decía nada que pudiera centrar en ella la más mínima atención por parte del televidente. Así transcurrió un largo rato en el que todos fueron exponiendo sus conocimientos y puntos de vista, sin que ella saliera de su mutismo, hasta el punto de hacerme pensar que había ido al debate, como si se dijera, de relleno, más que por el hecho de aportar algo que mereciera la pena. Pero al fin, cómo si hubiese estado esperando a que todos agotaran -por decirlo de alguna manera- las ideas que llevaban preparadas, ella tomó la palabra con una gran sencillez, que se acercaba bastante a la humildad. Cosa que hizo que al principio nadie la tomara muy en cuenta, ya que solo a duras penas le permitían tomar la palabra. Aunque al fin, con la ayuda del moderador, lo consiguiera. - 82 -


Por mucho que trate de explicártelo, no podrías imaginar, la impresión que ella me causó. Cuando aquella mujer de aspecto gris y sin aparente magnetismo y, menos aún, capacidad para establecer una mediana conexión con el televidente, empezó a hablar, sin miedo a exagerar podría decirte que me quedé vivamente impresionada. Lo que me hizo reflexionar una vez mas en la idea de que no podemos dejarnos guiar por las apariencias, porque a veces, estas nos pueden confundir, apartándonos de la realidad. Con una serenidad y sencillez que cautivaban, con una dulzura y con una cadencia de voz, llena de un no sé qué, difícil de explicar, fue exponiendo con palabras rebosantes de humanidad y de profunda sabiduría, sus puntos de vista, sus apreciaciones... de una manera tan peculiar, que inducía a la reflexión. Aseguraba, aunque con suma delicadeza, que todo el deterioro que estaba sufriendo el planeta, no era más que una consecuencia del abandono y deterioro que en cuanto a valores morales, se estaba produciendo en el ser humano en los últimos tiempos: violencia, abuso de los recursos naturales, mal uso de la tecnología..., motivados por una desmedida ambición, afán de poder..., de lucro, etc. Unido, todo esto, a una lamentable falta de ética en la información que se nos daba; más al servicio del morbo y de turbias manipulaciones, por ser lo que enganchaba a - 83 -


la gente, que al servicio de la verdad… Cosas todas, que según su modo de ver, eran el peor de todos los elementos contaminantes. Ya que eso se proyectaba de manera inequívoca sobre el comportamiento de la colectividad, en todos los aspectos, repercutiendo, lamentablemente, sobre el medio ambiente. Aunque, con prudencia y delicadeza, culpaba, haciendo hincapié en ello, a ciertos medios de difusión -sin mencionar ni hacer alusión a ninguno en particular- por haber contribuido de manera tan decisivamente negativa, a esa especie de involución que estaba sufriendo la humanidad, al divulgar una filosofía de vida muy lejos de ser la adecuada para vivir en armonía con la naturaleza y, más aun, con uno mismo y con los semejantes. Sexo, poder y dinero, con una fuerte carga de violencia, y una libertad mal entendida, habían conseguido apoderarse, de manera alarmante, de la mente colectiva; defendida tenazmente, esta nueva corriente, por sus adeptos, basándose en el derecho a la libertad del ser humano, pero sin tener en cuenta los deberes. Una libertad, a todas luces, mal entendida en la mayoría de los casos, ya que, por lo general, iba en detrimento de la libertad de los demás. En principio creí que su manera de contemplar la situación era, más bien, producto de alguna creencia religiosa pero, poco a poco, deduje que su religión o,

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quizá, su filosofía estaba basada en unas leyes que consistían en salvaguardar la especie humana y la vida en general sobre este maltrecho planeta. En un volver a una convivencia pacífica, en sintonía con el Universo. Posiblemente de su charla, hubo cosas que, a lo peor, se me escaparon, debido a su sencillez, a la que tan poco habituados estamos en los tiempos actuales. Pero después de escucharla, me quedó el convencimiento de que estamos necesitando un profundo cambio, un drástico cambio, si queremos sobrevivir. En principio, aprendiendo a no juzgar a nadie por las apariencias -como fue mi caso, al inicio de dicho programa-, pues podemos equivocarnos muy seriamente, pero ante todo y por encima de todo, procurando olvidarnos de nosotros mismos, de nuestros propios intereses –cargados de egoísmopara pensar en los colectivos, en esos otros intereses que son los de la raza humana en todo su conjunto. Te sugiero que reflexiones sobre todo esto, hija mía, puede, que te ayude a aclararte puntos de vista, que quizás, debido a la influencia del entorno, pudieras tener olvidados. Con todo el cariño de

Tu madre. - 85 -


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Carta 17 Querida hija: Es posible que, alguna que otra vez, hayas escuchado frases con cierto matiz filosófico que, a priori, te hayan podido parecer, poco menos que una tontería de la que, ni siquiera, merece la pena ocuparse, pero que aun así, no consigues borrarlas, por completo, de la mente, como me sucedió a mí en cierta ocasión. En aquel momento no pude evitar esbozar una escéptica sonrisa, que me hizo pensar con cierta benevolencia, qué, de quién había salido dicha frase, no debía estar del todo en sus cabales. Con la de cosas que había que hacer en esta vida ¿íbamos a dedicar todo nuestro tiempo a aprender? Y… ¿aprender qué?. Porque a eso se refería la frase en cuestión: “A esta vida habíamos venido a aprender”. Cosa que no terminaba de entender, aunque intuyera, que dicha frase, encerraba algo de suma importancia, que de manera inconsciente me resistía a reconocer. Aún después de haber pasado mucho tiempo de haberla escuchado por primera vez, en momentos puntuales, me volvía al pensamiento, haciendo que,

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por fin, me preguntara seriamente: “¿Qué era lo que yo había venido a aprender a este mundo?”. En el momento más inesperado, la vida, con su gran sabiduría, me mostró de una manera clara e incuestionable, la respuesta. Si. Una de las cosas que yo había venido a aprender a este mundo, era a “Perdonar”. Y para mi sorpresa, de golpe, comprendí todo su inmenso significado. Podría asegurar que, en una fracción de segundo, pasaron por mi mente un sinfín de escenas, que, en cierta medida, habían dejado huella en mí, y que necesitaba olvidar y perdonar. Perdonar a cualquiera que, de manera inconsciente o percatándose de ello, me hubiera causado algún daño, dolor, malestar…. Perdonar la injusticia, la falsedad y la mentira, el egoísmo, la mala fe…. Asperezas que, fácilmente, todos podemos encontrar en nuestro paso por la vida, aunque no a todos nos afecten de la misma manera. Perdonar. Sí. Perdonar con la memoria, con la inteligencia, con la voluntad…, pero sobre todo y por encima de todo, con el corazón. Porque el perdón, para que sea efectivo, ha de ser así: auténtico y total. También comprendí que si tan importante era perdonar a los demás, no menos era el hecho de perdonarse a si mismo. Sí. Perdonarse fallos o errores, descuidos, debilidades…, cualquier sentimiento de culpa, por insignificante pudiera parecer.

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Descubrimiento nada fácil de entender y, mucho menos, de aceptar. Pero...era lo que me había “tocado en suerte” y no lo podía esquivar, si quería alcanzar el bienestar interior que siempre he buscado. Cosa que, a partir de aquel momento, se convirtió en todo un reto para mí. Reto que, afortunadamente, procuro ir superando día a día, con tesón y esfuerzo, con mucho esfuerzo y, sobre todo, con amor y comprensión. Tratando de no desanimarme en los retrocesos y fracasos, que lógicamente, suelen surgir cuando de superarse y mejorar se trata, sino procurando esforzarme cada momento de mi existencia por alcanzar, paso a paso, la meta, o el camino, mejor dicho, que me he propuesto. Es posible que en alguna ocasión hayamos oído decir: “Yo perdono, pero no olvido”. Eso no es perdón. Eso sería una manera civilizada de convivir, guardando las apariencias, pero no sería el auténtico perdón, el que sana desde dentro, las heridas del alma. No es pasividad ni una malentendida resignación. No. Es un renunciar, sí, pero a todo sentimiento de venganza o rencor, sutilmente guardados, que, de manera inconsciente, agosta el corazón y nos impide ver y saborear cuanto de noble y de bueno puede haber en la vida. Como siempre, te sugiero que pienses, que medites acerca de ello. Puede que te aclare puntos de vista en los que, quizá, no habías reparado, pues la vida - 89 -


cotidiana… o, que se yo qué, se encarga, en ocasiones, de ponernos una venda sobre los ojos para impedir que nos esforcemos y sacrifiquemos por cualquier noble causa. Y el aprender a perdonar con todas sus consecuencias, sin duda, lo es. Pero un esfuerzo que, como siempre te digo, merece la pena. Con todo el cariño de

Tu madre.

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Carta 18 Querida hija: Como bien sabes, hace, apenas, unos pocos días celebré -por decirlo de alguna manera, claro está- mi cumpleaños. A medida que se iba acercando la fecha, empecé a sentir la melancólica sensación de que algo muy preciado y valioso para mí, se me había ido escapado de las manos con el paso del tiempo, sin, apenas, percatarme de ello, hasta llegar a esta especie de miedo a la “cuenta atrás”, que empieza a incordiarnos cuando llegamos a esta etapa de nuestra vida, en que la vejez está a la “vuelta de la esquina”. Sí, se me había ido la juventud, con todo lo que ella lleva consigo: La lozanía, la desbordante vitalidad, la salud a toda prueba, la risa siempre fácil..., las ilusiones, los proyectos... Intenté hacer balance de mi vida en todos estos años, llegando, incluso, a preguntarme en esas divagaciones, si había merecido la pena. Si realmente compensaba el vivir tan poco tiempo esa etapa tan agradable, la juventud, para luego tener que - 91 -


soportar las limitaciones y el progresivo deterioro que posteriormente, de manera ineludible, nos aguardaba, si es que seguíamos vivos. Sentí que algo parecido a la depresión empezaba a tomar forma en mi mente, alimentada por estas insidiosas ideas. Y no quise ceder a sus argumentos ni dejarme arrastrar por ellas. Pero eran persistentes. Por eso, me propuse cortar con enérgica decisión para no sucumbir a lo que en esos momentos me parecía la única desembocadura, pues de no hacerlo de manera enérgica, es a lo que irremisiblemente, me habría expuesto: a la depresión. Por eso decidí acabar, de una vez por todas, con ese derrotismo tan devastador. Recordé entonces, unas frases llenas de humana filosofía, que decían: “Si tu mal no tiene cura ¿por qué te apuras? Y si tiene cura ¿por qué te apuras?”. Frases que fueron para mí en aquel momento, como un rayo de luz y esperanza en medio de la oscuridad, que me envolvía. Comprendí que la edad era un proceso, por el que, indefectiblemente, teníamos que pasar, si teníamos la suerte de seguir en este mundo. Que lo mejor era asumirlo de forma razonable e inteligente. Procurando aceptar en paz lo negativo, y sacar el mejor partido de todo lo positivo que pudiera llevar consigo.

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Así, que decidí ponerlo en práctica. Y para ello, no se me ocurrió mejor idea que arreglarme cuidadosamente, y como quien va a visitar a su mejor amiga, ponerme delante del espejo a dialogar conmigo misma. “Charlamos largo y tendido” procurando, en todo momento, ser totalmente justa y sincera al expresar ante el reflejo de mi imagen, todo cuanto me desasosegaba o me causaba malestar y desagrado, pero también, y sin omitir nada, con toda la justicia y la gratitud de que fui capaz, expuse todo lo bueno que había, no solo en mi vida actual, sino también en mi bagaje de vivencias, que tanto me habían enseñado y hecho madurar. Para poder sopesar, de esta manera, con imparcialidad, las ventajas e inconvenientes que esta otra etapa me traía. A decir verdad, esta charla no me aclaró gran cosa, pero cuando la di por terminada, pude comprobar que me encontraba relajada y en paz, que era lo que prendía. En días posteriores volví a repetir el experimento y, poco a poco, por suerte para mí, se me fueron desvaneciendo dudas, disipando temores y aclarando muchos puntos, que me han hecho comprender que cada etapa tiene su lado bueno, su razón para vivir... aunque nuestra anterior lozanía se haya trocado en arrugas y canas, y nuestra desbordante vitalidad, en

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una cierta prudencia … Y que hasta en los momentos mas desafortunados, se pueden encontrar siempre, motivos más que sobrados, por los que dar gracias al Cielo, cada día. Es posible que bajo la óptica de tu edad, no te encajen estas reflexiones. Es posible y además, lógico. Hay que ir viviendo paso a paso, etapa tras etapa, para poder saber y comprender los sentimientos y formas de pensar de otras personas. Pero, aún así, me atrevería a aconsejarte, que cuando te encuentres triste o baja de ánimo, no dudes en ponerte ante el espejo. Con tu mejor y más positiva disposición, cuéntale tus penas y tus alegrías…. Lo que te inquieta o lo que te serena… Y… observa el resultado. Yo, me atrevería a decirte que es toda una terapia. Como siempre, te digo en casos parecidos: prueba; aunque solo sea por verificar o desestimar, lo que te afirmo. Los seres humanos somos muy parecidos, tenemos mucho en común. Aunque sean distintos los motivos, ya que ni la edad ni las vivencias, son las mismas, intenta llevar a cabo lo que a mí me ha dado tan buenos resultados. Quién sabe si, a lo mejor, también a ti pudiera servirte de estímulo, de ayuda. Con todo el cariño de

Tu madre. - 94 -


Carta 19 Querida hija: Cada día me voy dando más cuenta de la importancia que, para nuestra tranquilidad de ánimo, es el hacer el bien. Sí. “Hacer el bien sin mirar a quien”. Hacer el bien, y no, solamente, a quienes nos quieran y nos valoren, que eso, al fin y al cabo, no sería más que una justa correspondencia, sino en general, incluso con quienes nos hacen daño o no se comportan con nosotros como nos gustaría. Pero un bien, hecho con humildad, claro está, aunque también con dignidad, sin humillarse innecesariamente, ante nadie, y menos aun, ante personas que no sabrían valorarlo, sino interpretarlo como signo de debilidad o inferioridad. Ciertamente que, para eso, se necesitaría una profunda transformación interior, de la que, a pesar mío, me siento muy lejos de sentir todavía, ya que requiere un olvido de si mismo, de nuestro ego, del amor propio…, para dar y darse a los demás, de todo corazón. Un bien para ayudar, amparar, consolar…, no para que lo reconozcan. Sin esperar nada a cambio, - 95 -


ni siquiera gratitud, que es lo menos que se podría esperar, humanamente hablando. Aunque, ese bien que hagamos, por descontado, que sea de una manera sensata e inteligente, con prudencia, ya que, una cosa es hacer todo el bien que nos dicte nuestra conciencia y otra, muy distinta, el ponerse a merced de quienes traten de aprovecharse de nuestras buenas intenciones. Pues, como dijo, en su momento, un sabio de la Antigüedad: “Ayuda a tu semejante a levantar su carga, pero no te consideres obligado a llevársela”. Ayudar a los demás, sí, y no solamente en lo material, que ya se podría considerar un acto muy loable, pero no suficiente. Con generosidad, en todo el amplio sentido de la expresión: con palabras de comprensión y afecto, con una cálida sonrisa… o una sincera mirada..., podríamos aliviar muchos problemas y sufrimientos ajenos -ya sean de soledad, de incapacidad, de tristeza…, de carencias de cualquier índole…- , cosa que, con toda seguridad, haría que nos olvidásemos de los propios problemas, que a veces nos entristecen y agobian. Eso sin hablar de la satisfacción que, ya de por si, supone el ver felices a los demás gracias a nuestra intervención. Cosas que compensan de ese enorme despliegue de generosidad, arresto y valentía que hay que poner en movimiento para saber dar y darse, sin reservas y… sin esperar nada a cambio.

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Pensarás, y con razón que, asunto de tal envergadura, es poco menos que imposible resumirlo con esta brevedad. Pero, conociéndote como te conozco, hija mía, creo que tu sentido común y tu recto pensar harán que sepas leer entre líneas, que sepas rellenar con prudencia y sabiduría, los espacios que, quizá, yo, con mis limitaciones, haya dejado en blanco. Tratemos de llevar a la práctica esta noble… filosofía de vida, por llamarlo de alguna manera. No solo por el bien de nuestros semejantes, sino también, por nuestro propio bien; pues como te he dicho en repetidas ocasiones, con esa generosa participación , con ese bien que tratemos de hacer cada día, contribuiremos a construir un mundo nuevo, más justo, más solidario, donde habrá paz y armonía entre los seres humanos. Por eso, pido a Dios, de todo corazón, te conceda siempre, esa noble capacidad: la de “Hacer el bien sin mirar a quien”. Él sabrá recompensártelo de las más insospechadas maneras. Con todo el cariño de

Tu madre.

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Carta 20 Querida hija: Cuando, por fin, había decidido dar por terminadas estas cartas, que durante todos estos años he venido escribiéndote, tuve la sensación de que la idea que me había llevado a hacerlo, no estaba del todo completada, de que aun le faltaba algo de suma importancia, que no debía olvidar. Entonces caí en la cuenta de que sí, que le faltaba…, parte de lo esencial, para cumplir con el propósito y la intención que me había llevado a escribirlas, que en este caso no era otro que el tratar de expresarte o de darte a conocer, en la medida de mis capacidades, el camino que te pudiera llevar a la serenidad interior, el más preciado don del ser humano, a mi modesto entender. Si estamos compuestos de un conjunto indivisible de cuerpo-mente (materia y espíritu) seria inadmisible centrarse en cultivar solamente, una de estas facetas, ya que ambas se complementan de igual

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e indiscutible manera en nuestra naturaleza: “Mente sana en cuerpo sano”. Y para un cuerpo sano, nada, como una vida basada en costumbres sanas: -Moderación en el comer y el beber. Una buena alimentación debe estar basada en productos naturales, vegetales en su mayoría. Evitando, en lo posible, los productos elaborados industrialmente. Aunque, sin prescindir de ellos por completo. Según los entendidos, para nuestra salud física y mental es aconsejable la variedad en el comer, de todo, aunque con la debida prudencia. Una expresión popular muy extendida afirma: “Nada en exceso, nada prohibido”. -Ejercicio físico diario, durante, al menos, media hora, mantiene en forma y elimina el posible estrés. -El sueño es algo necesario y reparador, imprescindible para nuestra salud física y mental. Al menos, unas ocho horas diarias sería lo indicado en caso de personas adultas. Cuanto, más pequeños sean los niños, más horas necesitarán dormir. Parece ser que las personas mayores, por lo general, precisan menos horas de sueño. -Aspecto físico limpio y bien cuidado, con sencillez y naturalidad, sin vanos artificios, que solo consiguen, la mayoría de las veces, desfigurar o enmascarar la posible belleza interior. Unido todo esto a una - 100 -


indumentaria, igualmente sencilla y bien cuidada, realzarán ignorados encantos personales, cosa que ayudarán a sentirse a gusto con una misma. -El orden y la organización, incluso en el más insignificante rincón de nuestra casa, lugar de trabajo o de esparcimiento… influye de importante manera sobre nosotros, proporcionándonos sosiego y tranquilidad. -También conviene tener presente que una cosa es la prudente previsión para lo que podamos necesitar en un futuro y otra, muy distinta, el acumular cosas, objetos… de manera irracional y compulsiva, abarrotando todo nuestro entorno. Eso, además del desorden y del desequilibrio que ocasiona, va creando una adicción peligrosa, que puede dar origen a serios problemas mentales. -Ni que decir tiene, la importancia del uso que hagamos de nuestros recursos materiales. El sobrepasarlos imprudentemente, desasosiega y también desestabiliza… por no hablar de cosas, aun peores. Una juiciosa y prudente economía -y no solo en cuanto a lo monetario- es algo importantísimo para nuestro equilibrio interior. Podría enumerarte un sin fin de cosas materiales que, de indiscutible manera, pueden influir en nuestro estado de ánimo, ya sea positiva o negativamente, según su índole, claro está, pero como antes te decía, - 101 -


no creo necesario hacer alusión a cada una de ellas, pues la lista se haría interminable. Pero estoy segura de que si nos esforzamos un poco en ejercitar la intuición y el buen discernimiento, sin duda, la luz llegará sin demora. No eches en olvido esta última carta, pues como te apuntaba al principio, creo que es el complemento fundamental de las anteriores para conseguir esa plenitud de vida a la que todos aspiramos, aunque, a veces, no seamos conscientes de esa aspiración… o de esa necesidad…, o no sepamos como alcanzarla, buscándola donde no la podamos encontrar. Con todo el cariño de

Tu madre.

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Solamente, me resta rogar a Dios, que estas cartas mías te hayan sido de utilidad, que te hayan ayudado, de alguna manera, a encontrar el camino, que te lleve a la serenidad, a la paz interior, que todos, de una u otra manera, necesitamos, en estos tiempos, tan difíciles y complicados, que nos han tocado vivir. Habrás observado mi repetitiva insistencia, en cuanto a la búsqueda de dicha paz. Por lo que te ruego me disculpes y trates de comprender que solo me ha guiado el cariño de madre y el deseo de que alcances en este mundo, todo lo bueno que anhelo para ti.

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Cartas a mi hija  

libro de 104 paginas

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