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devocional

Después reinó Omri, quien actuó peor que los que habían reinado antes de él. Fíjese, tenemos una lista de mentirosos, suicidas, conspiradores, borrachos y, para rematar, vino el hijo de Omri: Acab. Acab fue el más pecador de todos: asesino, vil, pagano, malvado, idólatra y embustero; se casó con Jezabel, hija de un rey pagano, y descaradamente comenzó a adorar a Baal, y la adoración que se hacía a Jehová desapareció; la adoración santa, reverente y ungida se fue contaminando con el desenfreno, con ritmos sensuales, chabacanos, humanistas. Los sacerdotes de Baal comenzaron a crecer y a formar congregaciones. El baalismo se puso de moda, el adorar a Baal con la nueva doctrina, nueva música, nuevo ritmo, nueva alabanza, nuevos métodos. Pero lo que más indigna es que, entre las cosas que enseñaban, mencionaban que Jehová había

muerto y que con Él murieron sus leyes, su música y sus ministros. ¡Jehová murió! –decían–, pero en medio de esta inmoralidad, apostasía, mundanalidad y herejía, cuando parecía que la puerta de la sana doctrina se había cerrado, que la luz se había extinguido, que el diablo tenía el control de todo y que se había salido con la suya, en medio de todo esto apareció un ungido, desconocido para los hombres, pero conocido en el Cielo; no se sabe el nombre de sus padres, pero era un escogido de Jehová, este era Elías tisbita, que significa: “El Señor es mi Dios”; su nombre nos habla de la profunda convicción que este hombre tenía. Un desconocido, un hombre del que no se sabe dónde estaba su morada, rudo, curtido por la vida, acostumbrado a vivir en soledad; aparece en escena con un mensaje diferente al de la mayoría, diferente al de Baal; sin mucha retórica, sin elocuencia humana, porque no buscaba caerle bien a nadie, no tenía diploma en teología; un hombre sencillo, con un mensaje que no era muy popular, que iba a incomodar al rey Acab y a la reina Jezabel, que iba a hacer que los ministros de Baal crujieran los dientes. Un ministerio poderoso, un ministerio para despertar al pueblo de la mundanalidad, de la idolatría, de la indiferencia, de la apostasía; un ministerio que los hiciera volver al camino de santidad. Dios no levantó a Elías para ser uno más del montón, Dios lo levantó para ser un siervo diferente; se requería valentía, fe, perseverancia, esfuerzo físico y mental, porque el desánimo y la soledad lo iban a visitar. Llegó un momento en que sintió que estaba solo, muchas veces pensó que hasta ahí llegaba, al ver que el pueblo no despertaba; y, en un momento, quiso morir. Tal vez, usted está así, pensando que hasta aquí ha llegado; Elías también pensó lo mismo, pero Dios le dijo: “Todavía queda largo camino, esto no ha terminado. No estás acabado, no te desanimes; levántate y sigue porque largo camino te resta; todavía tienes mucho que hacer: ungir a dos reyes y a tu sucesor, queda mucho por hacer” l

Enero 2017 / Impacto evangelístico

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Revista Impacto Evangelistico Edición Enero 2017 Idioma Español

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