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devocional

sequía provocó hambruna en la tierra, pero Dios protegió a Elías, y le sustentó en medio de la crisis: le proveyó agua del arroyo de Querib y carne por medio de unos cuervos. Luego, cuando se secó el arroyo, Dios lo envió a una viuda en Sarepta; y con apenas un puñado de harina y un poco de aceite sobrevivieron el profeta, la viuda y el hijo de esta.

PRIMER ASCENSO DE ELÍAS AL MONTE CARMELO Cuando Dios decidió que era tiempo de que la lluvia cayera de nuevo sobre la tierra de Israel, Él inquietó a Acab, con el fin de que este saliera a la búsqueda de pastos verdes para alimentar a los caballos y a las mulas de la corte (1 R. 18:5). El rey comisionó a uno de sus mayordomos, Abdías, quien era un hombre piadoso y temeroso de Jehová –escondió a cien profetas de Jehová en cuevas y los alimentó cuando Jezabel desencadenó una persecución contra ellos–, para que fuese el primero en encontrarse con Elías. Este último le encargó un mensaje, que subiría a encontrarse con Acab. Las primeras palabras de Acab al profeta acusaban a Elías de turbar a Israel. Elías, investido por la autoridad de Dios, no solo le dijo al rey que este era el turbador del pueblo, sino que también le dio órdenes: que reuniera a todos los profetas de Baal en el monte Carmelo, para que se llevaran a cabo unos sacrificios, y que “el Dios que respondiere por medio de fuego, ese sea Dios” (1 R. 18:24). ¡Y era hora de que el pueblo dejara de claudicar entre los dioses paganos y Jehová! Elías era un siervo de Dios con un gran sentido del humor, y no vaciló en poner en ridículo a los profetas de Baal, burlándose de ellos. Era menester que lo hiciera, para que el pueblo entendiera que los ídolos no podían ni escucharlos ni hacer absolutamente nada (Sal. 135:15-18). Ahora bien, cuando el pueblo quedó convencido de que Baal no respondería por fuego, Elías reconstruyó el altar a Jehová. Y para

que no cupiera ninguna duda de que Dios estaba en el asunto, para que todos vieran que no se trataba de algún trucaje, el profeta cavó una zanja alrededor del altar y la llenó de agua; también regó con agua el altar y el sacrificio (1 R. 18:34-35). Al terminar los preparativos, Elías clamó a gran voz a Dios (1 R. 18:36-37). No fue necesario que Elías diera un espectáculo durante horas como los profetas de Baal, ni tampoco que se cortara y se hiciera daño; con una simple oración de fe, Dios contestó con fuego y consumió el sacrificio.

SEGUNDO ASCENSO DE ELÍAS AL MONTE CARMELO Tras estos acontecimientos, el pueblo prendió a los profetas de Baal, y Elías los degolló a todos en el torrente de Cisón, para que aquellos no volvieran a engañar más. Luego, Elías anunció que venía la gran lluvia y que Acab debía regresar a su casa para que esta no le sorprendiera en el camino. El profeta se fue por su lado y ascendió por segunda vez al monte Carmelo para orar y buscar el rostro de Dios. Mientras que su siervo auscultaba el cielo en busca de alguna señal de la lluvia venidera.

Las primeras palabras de Acab al profeta acusaban a Elías de turbar a Israel. Elías, investido por la autoridad de Dios, no solo le dijo al rey que este era el turbador del pueblo, sino que también le dio órdenes: que reuniera a todos los profetas de Baal en el monte Carmelo, para que se llevaran a cabo unos sacrificios, y que “el Dios que respondiere por medio de fuego, ese sea Dios” (1 R. 18:24). ¡Y era hora de que el pueblo dejara de claudicar entre los dioses paganos y Jehová!

Cuando el siervo le indicó que no veía nada, Elías lo envió a realizar la misma tarea siete veces más. Mientras tanto, él seguía clamando y confiando en la Palabra que Dios le había revelado. A la sétima vez, el siervo de Elías vio una nube pequeña como la palma de la mano, o sea, algo insignificante. En cambio, Elías vio la gran lluvia de Jehová que asomaba: “Yo veo una pequeña nube como la palma de la mano de un hombre, que sube del mar. Y él dijo: Ve y di a Acab: Unce tu carro y desciende, para que la lluvia no te ataje. Y aconteció, estando en esto, que los cielos se oscurecieron con nubes y viento, y hubo una gran lluvia… Y la mano de Jehová estuvo sobre Elías, el cual ciñó sus lomos, y corrió delante de Acab hasta llegar a Jezreel…” (1 R. 18:44-46). Para el planeta Tierra, la lluvia significa vida y toda clase de bendición: permite que la vegetación crezca y produzca fruto, y que el corazón de los hombres se alegre. En el ámbito espiritual, nos habla también de purificación, de limpieza, de refrescamiento espiritual, de vivificación, de crecimiento y de poder. ¡Qué Dios siga bendiciendo! l

Enero 2017 / Impacto evangelístico

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Revista Impacto Evangelistico Edición Enero 2017 Idioma Español

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