Page 1

HOJA DE RUTA Carmen Rosemberg

1


PRIMERA PARTE…………………………………………………………….…...3 1.Los dones malditos………………………………………………………….…4 2.El precipicio de los enanos…………………………………………………..14 3.La Giganta…………………………………………………………………….…22 4.Los maniquíes ciegos………………………………………………………...36 5.Mendicidad agresiva……………………………………………………………49 6.Calor residual…………………………………………………………………...60 7.Mecanismos que activan el movimiento…………………………………...73 8.La importancia de los detalles…………………………………………….…84 9.La balada de los viernes……………………………………………………....91 10.La volátil fenomenología del espíritu………………………………….…..102 11.Lady Blend………………………………………………………………….…..119 12.Escenas de perfección……………………………………………………….132 SEGUNDA PARTE…………………………………………………………………142 13.La verdad os hará esclavos………………………………………………….144 14.Cortinas de humo…………………………………………………………...…157 15.A cada cual lo suyo……………………………………………………………164 16.Ladra, mariposa; aúlla, si puedes…………………………………………..171 17.Los dioses nunca tienen resaca……………………………………………182 18.Motores de explosión…………………………………………………………191 19.Mejoras sustanciales………………………………………………………….203 20.El hombre viento (Escapismos cotidianos)…………………………...….211 21.El rito…………………………………………………………………………….222 22.Malta, capital: La Valeta………………………………………………………229 23.Un sitio para cada uno (Fin de la Ruta)……………………………………234

2


PRIMERA PARTE

3


1. Los dones malditos

Una neblina azul grisácea de sinuosas volutas de olor a habano, a cigarro puro, inundaba la sala Flor de la Isabela del Hotel Palace desde primera hora de la mañana. Como el barman especialista en mojitos y el cigarrero se incorporaban en las horas de más animación, las delicias que salían de sus manos sólo era posible degustarlas al caer la tarde. Era temprano y sólo se servían cafés, porras y churros aunque, previo aviso o sin él, dependiendo de la importancia del cliente, se podía solicitar cualquier otra cosa: desde un opíparo desayuno a base de champán, ibéricos y caviar, hasta unas frutas con muesli y yogur desnatado. Imperaba el silencio, tan solo roto por el tintineo argénteo de las cucharillas, las hojas de los periódicos rasgando el aire y alguna tos aislada. Contrastaba con todo aquello el pulcro y ajetreado movimiento de dos jóvenes en ropa de trabajo azul, que desaparecían ya en una afectada y teatral reverencia hacia el jefe de sala, con los que Teresa Baltar se había cruzado en la puerta. Empujaban un carrito de cuatro ruedas en el que habían metido a toda prisa los restos de la rueda de prensa de la noche anterior. Estaba citada allí con Pablo Solozábal. Cuando hacía una semana, tras perder las municipales en Arévalo, el Gran Líder la llamó para verla no se imaginaba que en Madrid aún se mantuvieran vivos sitios como aquel. La sala, prácticamente en la penumbra, se iluminaba cuando lo requería la ocasión con cuatro enormes arañas de fino cristal de bohemia. Las paredes y los techos mostraban frescos con alegorías del cultivo de la hoja de tabaco, de las conquistas de Cuba y de la rebelión de los mambises. Sin embargo, un personaje destacaba por encima de los demás; aunque no se viese muy bien, en grandes dimensiones aparecía blandiendo un sable el inventor de los primigenios campos de concentración, el general tinerfeño Valeriano Weyler. No estaba permitida la entrada libre, así que debía esperar a que alguien la atendiera. Al contemplar el cuadro de Weyler, Teresa reflexionó durante unos instantes sobre la posibilidad de la existencia de unos murales parecidos en algún hotel de Berlín o de Munich en los que se apreciaran las figuras sonrientes de Rudolf Hess y Heinrich Himmler a las puertas de Mauthausen. Pero la prensa jamás había publicado semejante escándalo, así que estaba claro que en ningún alojamiento turístico de Alemania existían ni murales ni frescos con rapados vestidos a rayas y nazis tocando sus violines en que se pudiera leer: El trabajo os hará libres. Sumida en aquellas cavilaciones para pasar el rato, los guantes blancos del jefe de sala le acercaron una bandejita dorada con un mullido forro de tela roja. Los enormes ojos color avellana de Teresa –aunque ella a veces prefería

4


definirlos como color mierda de perro marroquí- se le quedaron mirando sin saber qué hacer. Manuel Jiménez. Jefe de Sala, como figuraba en una plaquita que llevaba prendida en la solapa, carraspeó. -Disculpe, señorita-, dijo tras escrutar sus finas manos en busca de una alianza. -¿A quién debo anunciar?-. -Perdone, don Manuel, es para el señor Solozábal, Pablo Solozábal-, sacando instintivamente una tarjeta de visita que depositó encima de la bandeja. No estaba acostumbrada a un trato semejante. Desde la entrada, a través de aquella bruma baja resultaba imposible distinguir a Pablo entre los pocos trajes con corbata, gemelos y zapatos de un negro reluciente que poblaban las mesas de mármol de Macael pegadas a los ventanales. Las mesitas bajas del centro no tenían luz y estaban vacías. De pronto, mucho antes de que llegara el maître a su mesa, la voz firme y altisonante de Solozábal se abrió paso desde el fondo de la sala. -Era inevitable, Teresa… Dellenda est Cartago, como diría el Gran Catón-. Tenía media cara tapada por la sombra y la otra mejilla iluminada por la luz del sol, filtrada a través de un visillo de un blanco impoluto a pesar del denso humo. Tras una pausa siguió: -Lo que ha ocurrido no se podía parar. Ha sido un tsunami arrollador contra todo pronóstico-. A Teresa, mientras caminaba hacia la mesa de mármol en la que Solozábal había instalado su campamento de análisis postelectoral y tras oír aquello, se le aceleró el ritmo cardiaco y se le puso la carne de gallina. Acababan de empezar para ella los segundos más largos de su vida. -¿Qué coño hago yo aquí? Esto no tiene ningún sentido. Me voy-, reflexionó Teresa abrumada. Las palabras de Pablo Solozábal habían conseguido atenazarla. Toda la seguridad con la que se había desenvuelto hasta el momento se empezó a deshacer. Unos goterones trenzados de sudor le recorrían la frente con parsimonia. Tenía miedo. Solozabal la había citado allí para darle la estocada final. Empezaba a intuir que la había herido de muerte pidiéndole que fuera su candidata a unas elecciones municipales en Arévalo. -Ahora sólo queda que me corte la cabeza; luego entregará mi cadáver y los cuerpos inertes de mis colaboradores a los carroñeros; y de este modo todo el Partido reconocerá a su Dios todopoderoso-. Pensó rápidamente en sacar un

5


pañuelito de papel de su Louis Vuiton para limpiarse el sudor, pero reconoció que destrozaría su maquillaje y eso sería darle otra satisfacción a Pablo. Se dijo a si misma que quizás estaba muy cansada, que casi no había desayunado y que el cerebro no debía tener mucho riego sanguíneo. -No riges, Teresa. Tranquila. No pasa nada, seguro-. Intentó darse más ánimos. -Lo conozco desde hace unos cuantos años. No, no tengo miedo; no. Siempre nos hemos caído bien. Todavía recuerdo cuando en un congreso del Partido nos preguntó a Matías y a mí, sin conocernos de nada, si teníamos costo y nos fumamos a escondidas un porro. Luego nos descojonamos al verlo subido al escenario como nuevo presidente de las juventudes del Partido. Estaba serio e intentaba disimular la risa tonta del canuto-. Pero aquellos recuerdos no consiguieron disipar sus temores. Notó como el sudor ahora empapaba sus axilas. Nunca antes se había sentido intimidada por la puesta en escena de Solozábal, entre penumbras y claroscuros. Estaba curtida y sabía que él era así, que le encantaba aquella estética añeja. Pero en esta ocasión había percibido un tono de reprimenda, una intención descarnada por humillarla y de reprobación por su derrota. Si aquellas primeras palabras que acababa de escuchar hubieran salido de la boca de otra persona del Partido no habría pasado nada, no habrían tenido mayor importancia. Sin embargo, desde hacía unos años, Pablo se había convertido en el Gran Hombre, el Ejecutor, el Torquemada de Caracenilla, aquel minúsculo pueblo de Cuenca. Como secretario de organización del Partido controlaba el aparato y había ideado la campaña del actual presidente del Gobierno y de varios ministros. Los había encumbrado desde la nada, especialmente al presidente y al ministro de Tecnología, Augusto Piñas. Él decidía; el sí ponía y quitaba rey. Él le había encomendado la misión de ganar las municipales en Arévalo y ella le había fallado. Al calibrar el peso de Pablo en el Partido, creyó deducir que Augusto Piñas, que tendría que haber apadrinado con su presencia el intento de Teresa por conquistar la alcaldía, debía saber los datos de los sondeos, razón por la que anuló la visita con excusas vanas. Había ido como cabeza de lista en Arévalo cuando en Madrid todos sabían de antemano que su fracaso sería estrepitoso. Estaba convencida de que formaba parte de algún experimento macabro y cruel de Pablo cuyas consecuencias prefería desconocer. Aquellas conclusiones acrecentaron su desasosiego. Ahora también le sudaban las manos. Además empezó a sentirse cada vez más inestable desde lo alto de los Zara rojos que se había calzado para la ocasión. Recordó que el zapato izquierdo tenía el tacón en mal estado. Pero no se trataba de eso, no; simplemente le temblaban las piernas.

6


-Mierda, seguro que se rompe. Tengo que caminar con mucho cuidado si no quiero caerme aquí en medio. No me siento bien. Si hasta noto escalofríos en la espalda. Debo de tener fiebre-. Teresa caminaba cada vez más despacio. Se convenció de que tenía una larga carrera en la media o la falda se estaba rasgando y dejaba los muslos a la vista de todo el mundo, porque se percató de que acaparaba las miradas de la mayoría de parroquianos. Realizó un esfuerzo por mantener la calma. -No pasa nada. Estamos aquí para analizar concienzudamente las derrotas, como la mía en Arévalo, de los candidatos a las municipales, sin ánimo de revanchismo-, comentó para sus adentros. Eso era al menos lo que había entendido de la conversación que mantuvo con Pablo unos días atrás. Pero entonces se desanimaba. -¿Y cómo es que no he visto a ningún candidato importante como el de Madrid esperando para hacer lo mismo? Me dijo que nos citaría a todos a la misma hora. Debo de haber llegado la primera. Estoy convencida-. El optimismo no duraba demasiado. -Ya, y por eso me ha dicho lo de Dellenda est Cartango y lo del Tsunami arrollador y lo de contra todo pronóstico. Claro, no te jode-. Su cuerpo avanzó firme, dispuesto a recibir el castigo, y marcial, como le había enseñado su padre, el sargento de la Guardia Civil Francisco Baltar. Tenía Teresa unas piernas bien torneadas que más de una querría con sus treinta y seis años. Su melena larga y negra ese día desprendía olor de azahar. Se había preparado a conciencia para el examen, pero le surgían dudas y pensamientos contradictorios. Se encontraba ante el Jefe y debía comportarse como una cándida labriega. Era lo que se esperaba de ella, aunque consideraba un atropello representar el papel de mujer vasalla. Todo aquello suponía aceptar sin discusión lo que se le ordenara y ella tenía ideas propias. Pero al mismo tiempo, dadas las circunstancias, no tenía muchas salidas. -Me siento utilizada y se lo voy a decir a Pablo… Pero no puedo. Tengo que mostrar mi devoción subalterna hacia el líder-, pensó Teresa un tanto frustrada. Decidió cambiar de actitud y mandar a paseo su actitud guerrera. Adoptó entonces una sonrisa de tímida calidez que realzaba sus maneras suaves. Sus dientes brillantes saludaban a cada paso. La joven pacata y obediente había poseído de nuevo su cuerpo. Aunque al principio pensó que para aquella ocasión debería haberse calzado los Manolos, que reafirmaban sus nalgas y sonaban mucho mejor, se dio cuenta al ver de soslayo su cuerpo reflejado en un espejo que causaría una buena impresión.

7


-Si es que lo que no arregle un buen taconazo y una falda ceñida no lo arregla ni Dios-. Aquello le dio más seguridad, pero decidió ponerse las gafas cuadradas de leer de montura metálica para parecer más seria y profesional. -Tere, Tere, pero ¿cómo estás, cariño mío?-, le preguntó Pablo en un tono agradable que destilaba cierta socarronería. -Siéntate, vayamos al grano, por favor, que tenemos mucho que hacer-, le comentó sin tan siquiera besarla a modo de bienvenida. -Perdona, Pablo, pero creo que he sido la primera en llegar. No veo a los demás. Si quieres salgo fuera y espero un ratito. Como me dejaste claro que el resto de candidatos estaría por aquí-, dijo Teresa humildemente para mostrar su sumisión, preocupada por no haber recibido el beso de Pablo, siempre tan atento. -Nada, mujer, nada. No te preocupes. Enseguida empezamos, Tere. Ha habido un ligero cambio de planes y celebraremos la reunión nosotros solos. Es mejor así-. En ese momento Teresa Baltar sintió que la cara se le ponía lívida. -Te he citado en este lugar porque sabes que queda enfrente del Congreso de los Diputados y me resulta más práctico. Después se me hace tarde y para llegar a tiempo es un engorro. Además, ayer por la noche dimos en esta sala una rueda de prensa y me venía bien hospedarme aquí-, dijo Pablo. -Sí, la verdad es que resulta muy práctico y es un sitio muy chuli, ¿no? Y aún se puede fumar-. Pablo Solozábal clavó su mirada gris en los ojos grandes de Teresa Baltar. -¿Quieres fumar? Hazlo sin problemas. Me encanta este lugar porque nadie te llama la atención-Sí. La verdad es que he dejado de fumar hace tres meses, pero ahora mismo me muero por un cigarrito-. -Nada, Tere, tú misma-, le ofreció su cajetilla y su mechero. -Mira, mira lo que te traigo. Observa esto, porque a todas luces se trataba de algo inevitable-, dijo agitando ante ella su tableta electrónica. Teresa imaginó que le mostraría unos gráficos y que le restregaría los resultados electorales por la cara. Pablo realizó una pausa y prosiguió: “Era inevitable que consiguiera superar los tres mil amigos en Facebook sólo dos meses después de abrir mi cuenta. Soy la hostia, joder. Es que ni Barack Obama, tía, ni Barack Obama”.

8


-Pablo, qué bien; menuda suerte-, le felicitó Teresa, mientras una arcada recorría sus entrañas. -Pero qué hijo de la grandísima puta eres, chaval. Tú eres un hijo de puta-, pensó. En aquel juego de envites y falsas apariencias el consumado alquimista de la puesta en escena había vuelto a ganar. Teresa sentía aún más miedo de Pablo Solozábal. -Venga, Teresa, tómate un café o mejor desayuna algo consistente. ¿Te pido un poco de jamón ibérico, pantumaca y zumo? Seguro que has salido de Arévalo sin comer nada-, le dijo Pablo. Aquel tono paternalista la tranquilizó, tanto que incluso sorbió un poco de café. Odiaba el café. Entonces, empezó a ser consciente de un hecho en el que hasta ese momento no había reparado. Quizás aquella llamada a consultas tras su derrota podría augurar algo positivo, sino por qué había variado la agenda y ahora la quería ver a solas. Además, todos los conspiradores de hierro del ayer, como Fouché, al igual que los saltimbanquis de trapo de la política espectáculo del ahora mismo han contado siempre con un hotel, más enfermería que refugio, en el que restañar las heridas propias y ajenas. En todas las ocasiones ha habido un hotel. Había y hay que contar con un espacio para enseñar a las penas a nadar, por si se intentan ahogar en alcohol, o para erigir sólidos y prometedores futuros destinados a los peones, a los soldados, a base de requiebros, lisonjas y alguna verdad a medias, para cuando las cosas salían bien. Teresa sabía que la magia de la siembra de esperanzas necesita del brillo y el oropel de un escenario idóneo para insinuar que se verán colmadas, pero sólo con entrega y dedicación subalterna. Aguardó algún gesto que le indicara que tenía razón, pero Pablo desarrollaba su faceta tecnológica y de comercial vestido con corbata de seda sintética. Por eso, aunque tranquila, inhalo con fuerza su pitillo. -Esto del I-Pad es cojonudo. Tienes que hacerte con uno. Puedes ver películas, almacenar documentos. Mira, aquí tengo las tres novelas que estoy escribiendo. También puedes leer libros como Guerra y Paz y tal. Por suerte, sólo puedes leer lo mejor de lo mejor- dijo Pablo. -Claro, ya veo que esto está muy bien. Puedes almacenar todos tus libros, tus novelas y las de los demás-, dijo Teresa como si hablara con un retrasado mental. Se quedaron en silencio y se miraron. Ella notó que Pablo estaba un poco más calvo.

9


-Teresa, escúchame atentamente. Ahora quiero que te olvides de toda esta mierda de las elecciones municipales-. Los ojos de Teresa Baltar se abrieron aún más y sus cejas se arquearon. Era la señal que había estado esperando. No se lo podía creer. Solozábal volvió a mirarla fijamente y se sacó del bolsillo un paquetito envuelto en papel de regalo. Sin duda, era un libro. -Es para ti, Tere. No lo abras ahora, espera a estar fuera para hacerlo-. -¿Y esto? ¿Este paquetito es lo que me quería entregar?-. A pesar de su decepción los dientes de Teresa siguieron brillando. Tras aquello el Hombre hombre adquirió un tono pedagógico y pasó a explicarle una de sus Pequeñas Historias Para Hacerse Mayor. -Mi abuelo me contó en una ocasión el episodio singular de la vida de un general de infantería de las Brigadas Internacionales que combatió junto a él en la guerra en la sierra de Albarracín, durante el repliegue hacia Catalunya…-, empezó Solozábal. Para Teresa estaba claro que aquel imbécil le estaba tomando el pelo. Pero no le dio demasiada importancia y puso cara de estupefacción y gran interés. Visto desde cualquier mesa vecina parecía realmente que su cuerpo estuviera en ascuas. -El nombre de aquel general era Alfredo Leone-, prosiguió Pablo, -y tenía una trinchera especial desde la que se observaban las posiciones enemigas de una forma excelente. El único problema radicaba en que la trinchera estaba muy expuesta. Cada vez que alguien se acercaba por allí para mirar con los prismáticos toda la tropa esperaba a que se oyera un disparo. Ya habían muerto algunos soldados valientes, así que no se utilizaba demasiado…-. Teresa luchaba por simular un gran interés. No entendía nada. Había imaginado que todo iría más rápido y habría tenido tiempo para acercarse a una lencería de Serrano. El plan era comprarse un culotte de Agent Provocateur y ver lo último de Louboutin para resarcirse de la bronca que esperaba recibir. Se percató de que no había sonado su teléfono desde que había entrado en el salón Flor de la Isabela. Se puso un poco más nerviosa. Disimuladamente miró su móvil y comprendió que sin cobertura, mientras estuviera allí, se encontraría a merced de la Autoridad. Miró de nuevo fijamente a Pablo que seguía con su historia. -Casualmente, la única persona a la que jamás le había ocurrido nada era el general Leone. Se plantaba de pie en la trinchera y se pavoneaba delante del

10


enemigo. Lo más curioso es que nunca se escuchó ni un solo disparo, ni tan siquiera el sonido de un rifle cargando. Sin embargo, en las ocasiones en las que aparecía con un oficial o un soldado raso al que nadie conocía, todo el mundo temía lo peor. Los llevaba allí, a la mayoría, para ajusticiarlos. Primero Leone alardeaba ante él poniéndose derecho en la trinchera y después, tras demostrarle que no había ningún peligro, lo ejecutaba invitándole a hacer lo mismo. A veces el soldado tampoco recibía el tiro de gracia. Lo había perdonado-. Teresa Baltar cruzó las piernas y puso cara de estupefacción. Había entendido muy poca cosa. Ante su extrañeza la respuesta por parte de Solozábal no se hizo esperar. -Teresa, lo que quiero decir con esta parábola es que el general Leone tenía un don, un don maldito, pero un don al fin y al cabo que, al igual que yo, utilizaba según su conveniencia-. Solozábal le cogió las manos con delicadeza y se las presionó ligeramente. -Leone era capaz, a través de la transubstanciación, de convertir el pan y el vino en el cuerpo de Cristo o en el cuerpo del Maligno, ad hoc. ¿Me sigues, no?-. Teresa carraspeó. Le sudaban de nuevo las manos y le resultó relativamente sencillo separarse de las de Pablo Solozábal. Empezaba a preguntarse si realmente habría valido la pena levantarse a las seis de la mañana para viajar de Ávila a Madrid y tener que escuchar aquel mensaje prácticamente indescifrable. -Pablo, esta parábola es muy edificante, pero ¿me puedes decir qué quieres de mí? Si querías impresionarme lo has logrado. Pero ahora mismo creo que lo que necesitamos es descansar-Cómo eres, ¿eh tía? Lo que te pido es que confíes en mí y todo irá bien. Y lo que te propongo es que acompañes a partir de ahora al ministro de Tecnología, Augusto Piñas, como asesora parlamentaria. Piénsatelo. Se trata de un nivel treinta y con dos o tres consejos de Administración podrás triplicar tu sueldo. Tanto Augusto como yo queremos que te sientas arropada. ¿Qué me dices?-. -¿Yo? ¿Asesora parlamentaria de un ministro?- preguntó con un gesto pacato. -Pero, Pablo, yo no estoy familiarizada con el trámite parlamentario. No conozco a la gente. Es más, no tengo ni idea. ¿Por qué me lo propones a mí?-. -Teresa, los tres sabemos que lo harás a la perfección. Eres una gran abogada y conoces todos los vericuetos de la legislación sobre renovables. Me gustaría que tomaras muy pronto una decisión al respecto. Augusto Piñas es un tío brillante, pero le falta un poco de fuste para algunas cosas-. Pablo dio por

11


concluido el encuentro con su sonrisa más agradable. Movió su silla de ruedas y se acercó hasta Teresa para acompañarla a la salida. Ella, ya de pie, fue a inclinarse para darle un beso trtando de igualar la altura de ambos, pero Pablo le mandó detenerse con un gesto. Accionó el botón que verticalizaba su silla. Pablo se fue elevando paulatimanete a la altura de Teresa, y ahora ya estaba de pie, por obra de la silla motorizada. -Anda, Teresa, abrázame fuerte. Ahora lo que debes hacer es moverte y no permanecer en el limbo político sine die. La estulticia que reina en esa aldea castellana en la que vives te va a destrozar el cerebro. Esto lo hago por ti-. Teresa Baltar acababa de tomar la decisión más importante sobre su futuro entre los brazos de un paralítico en una silla de ruedas verticalizable, mientras notaba uno de los anclajes de la máquina que salía justo de debajo de la entrepierna de Pablo y se le clavaba en el muslo. -Cariño, ya sabes: Actius, Fortius, Citius (más alto, más fuerte, más lejos). Ahora vete y regístrate en Facebook para que podamos ser amigos en la red. Quiero llegar pronto a los cuatro mil adictos activistas-, dijo Pablo. Teresa Baltar salió por la puerta del salón La Flor de la Isabela muy agitada y abandonó el hotel. El Poderoso Tullido le había tendido la mano. Ella debía hacer lo que le proponía de nuevo o pagaría las consecuencias. Estaba nerviosa y no veía nada. Justo cuando iba a cruzar la Carrera de San Jerónimo casi sin mirar notó como alguien la cogía con fuerza de la chaqueta. Pensó que intentaban robarle el bolso y se giró. -Ay, nena, cuidado que va a pasar el Papa-. Al principio pensó que un osezno parlante se dirigía a ella como en un cuento infantil. Pero, tras abrir bien los ojos, descubrió, bajo un voluminoso cardado, a una mujer llena de arrugas, con los labios pintados y las manos repletas de anillos de oro. Teresa estaba perpleja. No era capaz de comprender la escena ni las palabras de la extraña que le hablaba, abstraída y desbordada de pensamientos sobre vivir en Madrid y sobre las intenciones de Pablo. Ella estaba en medio de la calle asida del brazo por un osezno parlante, pero su cabeza se encontraba entre el Hotel Palace y el Ministerio de Tecnología. -No cruces, guapa, que está en rojo. Y, además, no creo que te dejen hacerlo porque está a punto de pasar la comitiva papal. La policía municipal te lo va a impedir-, le aclaró. Entonces, vio en mitad de la calzada a dos guardias que ordenaban a los transeúntes con aspavientos exagerados para que se quedaran en las aceras. De lejos, se adivinaban unas motos de gran cilindrada seguidas de coches

12


oficiales con sirenas azules que emitían un ruido ensordecedor. Al paso de la comitiva, la señora osezno aplaudía junto a otras mujeres. -Viva el Papa, Viva el Papa…-. Teresa escuchó los gritos de la mujer y distinguió la bandera del Vaticano. -¿Pepi, tú crees que el Papa nos habrá visto?-, preguntó la señora a una de sus acompañantes. -No, sé, Julita, la verdad, pero con los gritos que dabas, oírte seguro que te ha oído-, respondió. Un señor de mediana edad se dirigió a aquellas mujeres para opinar, sin más, como suelen hacer los madrileños cuando miran las obras, cuando sucede algún percance en el autobús o en las pequeñas concentraciones callejeras. Tenía un fuerte acento chulapo y marcaba las sílabas. -Señoras, es harto improbable que su Santidaz viaje en ese vehículo. Sólo es parte de la delegación que le acompaña. Su Santidaz no sale de la Nunciatura-, dijo aquel hombre. -¿Lo, ves Julita? Anda, vamos a tomarnos un chocolate con churros-. Teresa ya sabía entonces que el Papa estaba en la ciudad de visita oficial. Tras aquel episodio, caminó en dirección a la calle de Alcalá y entró en la cafetería del Círculo de Bellas Artes. Pidió un agua mineral con gas para no tomar más cafeína. Ella sólo tomaba té y notaba el áspero sabor a café en sus papilas. Desenvolvió el libro que le había regalado Pablo. Con sorpresa vio que se trataba del Breviario de Campaña Electoral escrito por Quinto Tulio Cicerón. Tras vacilar unos segundos leyó la dedicatoria: “Recuerda aquella sentencia de Epicarmo de que los nervios y las articulaciones de la sabiduría consisten en no confiarse a la ligera, y así, una vez te hayas asegurado la devoción de tus amigos, estudia entonces los motivos y las peculiaridades de tus detractores y enemigos”.

13


2. El precipicio de los enanos

Fue un final precipitado. Apenas tuvo tiempo para intuir hacia dónde iba ni los matices del tumulto que fue su vida durante la campaña electoral “Teresa Baltar, el futuro limpio de Arévalo”. El Partido lo vio claro, o mejor, El Gran Líder, la Autoridad, el secretario de organización: Pablo Solozábal. Él dirigió su dedo hacia ella y Teresa Baltar fue la candidata de Arévalo. Era una joven respetada, con un pasado digno que prometía ese “futuro limpio” impreso en los carteles que, engarzados en las farolas de la zona centro, pendían como si siempre hubieran estado ahí, aunque ella en política no pintase nada. Resultaba perfecta. Como “homo novus” no tenía experiencia real en aquellas lides, por lo que nunca había dado ningún problema. El plan previsto era que Arévalo fuera a dar un vuelco electoral, porque la lista hasta entonces gobernante en el Ayuntamiento estaba marchita y arrastraba el peso de dos legislaturas con acusaciones de corrupción y suciedad por todas partes. Teresa Baltar era la novia de Matías Luque, el nuevo prohombre del pueblo. Los dos gestionaban en su despacho de abogados los casos más complejos que daba la vida cotidiana de Arévalo y protagonizaban las denuncias de corrupción urbanística contra el actual alcalde. Matías era el número uno del despacho, el dueño, el que ponía el nombre “Matías Luque y asociados” e iba a Madrid a los juzgados de Plaza Castilla. Teresa era la dos, la segunda, la ayudante, la meritoria. Ser mujer era un plus para la campaña. Con ello se daba un mensaje de modernidad y progresía. El documento interno de la campaña decía que “una mujer candidata era una oportunidad de recuperar la alcaldía, ahora que un negro de origen musulmán había ganado la confianza del electorado en el Estado más poderoso del planeta y una abuela lesbiana se había convertido en primera ministra de Islandia”. Así, textual. Las primarias fueron un paseo plagado de halagos y éxitos, un ir y venir de palmaditas en la espalda y alguna que otra sobada de más. Sus dos contrincantes se dieron por barridos aun antes de pasar por las urnas, ya convencidos de no tener nada que hacer. En cuanto a Matías, el abogado Luque resplandecía más que nunca junto a su compañera, la mujer que no le había hecho sombra, pero que ahora le daría la sombra que cobijaría sus negocios y sus aspiraciones. Para Teresa, ese tiempo se configuró como un extraño guiñol en el que todos tenían un hilo que manejar y en el que ella era una marioneta de hinchados pómulos sonrosados que gravitaba sobre el escenario. Todo se movía a su alrededor sin su intervención, y eso no le parecía nada mal, al fin y al cabo estaba acostumbrada.

14


La campaña fue corta y muy intensa, las jornadas fluían entre comidas y cenas, visitas y mítines en lugares pequeños y conocidos, con caras bobaliconas, manos tendidas y muchos dientes. Era sorprendentemente fácil todo. Descendía deprisa pero suavemente hacia el éxito. Parecía que nada iba con ella, que no dependía de ella. Bastaba con que cruzase sus piernas graciosamente al sentarse y mostrase sus rodillas brillantes. Y esa sensación, no señor, no le hacía la más mínima gracia. Estaba más acostumbrada a bregar y a machacarse que a ser la primera bailarina. No era el momento de pensar en ello ya que, si durante años había digerido su permanencia en la barrera soportando en la sombra los éxitos de los primeros espada, ¿qué sentido tenía molestarse por estar en primer término por una vez? Le había parecido una idea excelente cuando Pablo Solózabal, su Mentor Lisiado, dio por hecho que ella despegaba aquí en su carrera política, con la ventaja de disponer de un diseño a su medida y de tener los mejores apoyos. Mejor no pensar. Pero cuando Teresa caía desmadejada sobre su almohada y ya Matías roncaba a su lado, concentraba sus pequeñas preocupaciones en decisiones que debía tomar sobre temas que desconocía. Así, surgían frases sueltas en el sueño. -Tienes que hacerte la foto del cartel. Date unas sesiones de radiofrecuencia que te tensen la piel y deja el resto al Photoshop. El fotógrafo además trabaja para la revista “Mujer, Mujer” y es cojonudo. No te cortes las puntas que parecerás una conservadora. ¿Has metido algo en el blog? Di algo de las inundaciones de Pakistán que te dé un toque comprometido. Tenemos 10 amigos nuevos en el Facebook en sólo un día, y hasta se ha apuntado la asociación de amas de casa. Vamos, vamos, que nos salimos. No digas nada en la rueda de prensa sobre el accidente laboral que no nos ha llegado el argumentario. Ya repartiremos algo en el último minuto. A la mañana siguiente el té negro le borraba las imágenes que le habían apretado las entrañas durante el sueño. El cierre de campaña no fue ese final redondo que se había estado fraguando, ese broche que Solózabal preparó y rubricó con un “alea jacta est”. El recién nombrado ministro de Tecnología, un tal Augusto Piñas, disculpó su presencia a última hora. Esta fue la única piedra con la que tropezó Teresa en su camino de rosas hasta el día de las elecciones. El contratiempo se resolvió con desenvoltura, pero con las bocas pequeñas. Fue la presencia de un subsecretario general el colofón a su camino sobre las aguas. Éste llegó en el último momento y se le tuvo que adiestrar en la idiosincrasia de la localidad en sólo una tarde para que, al menos, no obviara el sonido esdrújulo de A-ré-va-lo al presentar a Teresa en su último mitin en el teatro municipal. Augusto Piñas

15


hubiera sido el adecuado telonero para Teresa porque se le distinguía como el mejor amigo del presidente del Gobierno. Pero ni siquiera esta pequeña decepción hizo flaquear el impulso que aupaba a la candidata Baltar al éxito electoral. El día de las elecciones municipales, un domingo soleado que presagiaba la ebriedad del éxito, Teresa se levantó con resaca. La tediosa jornada de reflexión consistió en una borrachera prolongada con los compañeros y las compañeras del Partido que se andaban repartiendo los cargos entre tragos de ginebra y orujos. Teresa notaba en sus gemelos las perennes agujetas de andar sobre tacones por las calles, los mercados y las asociaciones de jubilados y amas de casa. Tuvo que redoblar esfuerzos para el “puerta a puerta” con los vecinos a los que, con la sonrisa de brillo artificial, les argumentó la importancia de la circunvalación de Arévalo, de que ya estaba bien que la nacional pasase por el centro de la localidad. Sólo costó un poco convencer a los hosteleros de la calle principal que disfrutaban de un buen negocio alimentando a los viajeros que se detenían en Arévalo para comerse el consabido cochinillo o el cordero lechal. A cambio, un plan turístico con una gran dotación. Tan sencillo como eso. A las nueve de la mañana ya llevaba puesto su vestido sencillo de gasa y sus zapatos de tacón con plataforma escondida, colocados allí abajo para poder celebrar la victoria a la altura que ella merecía. Los Jimmy Choo color teja eran los más indicados porque eran elegantes y provocativos al mismo tiempo. Teresa no era una mujer perfecta físicamente, pero su cabellera y sus curvas proporcionadas estaban bien donde estaban. Lo mejor eran sus ojos grandes y expresivos y su boca amplia. Era una mujer que seducía en la distancia corta por sus gestos y su aplomo. Al otro lado del teléfono, Luis, su jefe de campaña, vociferaba como si estuviera puesto hasta las cejas. -Tere, tienes que estar espléndida. Te recojo en media hora y votas. Acuérdate de coger la papeleta buena ¿eh?-. -¿La buena? ¿Tú eres imbécil, Luis?-. Teresa no tenía muy buen humor por las mañanas, ni siquiera esa mañana aunque sus preguntas sonaron a sarcasmo moderado. -Debería acompañarte tu madre. Que se le vea sonreír de orgullo- gritó Matías desde la cama. -La papeleta buena y mi madre con su sonrisita. Pero qué cruz- masculló por lo bajo, -Vale, me recoges. Y después de votar, ¿qué?-, preguntó a su interlocutor telefónico.

16


-¿Como que qué? A triunfar, bonita, a arrasar y a celebrarlo. Por cierto, insisto en que te pongas guapa. Habrá cámaras. Tele Arévalo, dos periódicos regionales y la radio-. El jefe de campaña ya llevaba un par de horas gestionando el marco de ese éxito que cambiaría la vida de la candidata. -Espera, Luis-, lo detuvo. Elevando la voz y dirigiendo su cabeza hacia el pasillo que acababa en el dormitorio, preguntó -Matías, ¿y tú?-. -Yo iré más tarde-, sonó su voz indolente, con un tono radicalmente diferente al entusiasmo con el que minutos antes había empujado a Teresa hacia la ducha. -Vale, Matías-, gritó a su novio y bajó la voz. -Luis, te espero aquí-. La mesa electoral de Teresa, el lugar donde iba a depositar la papeleta presidida por su nombre impreso en primer lugar, era la escuela infantil pública, una suerte de edificio enano de techos bajos con todos los accesorios en miniatura: mesitas, sillitas, puertecitas, pasillitos, tacitas de váter, lavabitos para las manitas. -Genial, voy a parecer Blancanieves y vosotros los enanitos de mierda-, pensó. Su humor no mejoraba esa mañana y eso que se había premiado con un desayuno copioso. No era por los nervios. Su ardor de estómago se debía al eco del gatillazo con el que le obsequió Matías la noche anterior, como colofón a las pocas ganas que tenía ella de echar un polvo. Pero para Matías formaba parte del guión, como si tuviera que darle su bendición espermática para la transformación de Teresa de capullo a mariposa. El muy imbécil se había metido de todo y sus funciones vitales le daban sólo para respirar. Teresa saludó a todos los miembros de la mesa electoral y a los interventores de los tres Partidos que se presentaban a las elecciones locales. Entonces se puso en marcha la ceremonia del babeo que quedó coronada por palabras facilonas de un argumentario previsible pronunciadas para los aprendices de periodistas. Su madre estaba pletórica. -Si te viera tu padre ahora, hija, qué orgulloso estaría de ti-, le susurró al entrar cogida de su brazo. Con su actitud humilde y servil, fruto de su viudez y de su resignación cristiana a un matrimonio dictatorial que gobernó con mano dura el difunto sargento de la guardia civil, Francisco Baltar, daba a entender que ella, su hija, superaba el listón de la generación precedente. Los estudiantes del Instituto de Bachillerato de Arévalo llevaron con toda solemnidad a la sede del Partido los resultados de un sondeo a pie de urna que habían elaborado como trabajo de curso. La sede era el bajo de un edificio considerado histórico porque había pertenecido a la Agrupación Rural Sindical y tenía cierto clasicismo arquitectónico. No era muy grande y allí se apiñaban

17


militantes, amigos, familiares y los miembros aspirantes de la lista electoral cuando todavía quedaban unas horas para el cierre oficial de las urnas. Teresa miró los resultados obviando con desdén la parte que detallaba las características técnicas de la muestra, de la que, por supuesto, cabía fiarse muy poco. Aquello lo habían hecho unos bachilleres con escasas nociones de estadística y probabilidad. Los resultados eran claramente erróneos. Daban una derrota a Teresa por 31 votos. Matías, que leía por detrás de ella asiéndole por los hombros, la abrazó y le habló como quién habla a una niña. -Teté, ni puto caso. Esto no es un juego de niños y tú eres genial. Ganarás-. -Vale ya, no me llames Teté en público. ¡Suena a personaje de los Teleñecos o a nombre de actriz porno o yo qué sé!-, dijo enfadada y atrapada en un abrazo apretujado de su novio. -Vale, amor, estás nerviosa. ¿No tendrás hoy la regla? Me cago en la mar-, se lamentó Matías Luque. Teresa se zafó del abrazo y se marchó a la otra punta con su vaso de vino blanco en la mano. Los tacones sonaban por fin y eso significaba que sus pies tocaban el suelo después de dos semanas en que había estado flotando. El jefe de campaña braceaba como si organizase cada cosa, desde el orden de las intervenciones hasta los canapés. -Luis, voy un momento a casa y me cambio de zapatos, que me están matando-. Él parloteaba con militantes como si no pasase nada, como si no hubiera visto los resultados que daba el sondeo de los estudiantes a los que, claro, no había que dar ningún crédito. -Pero si son tus zapatos talismán. ¿Te los vas a cambiar? Vale, vale, Tere. Tú, como si nada, como lo que eres, una diosa-, le respondió mientras le sobaba con fruición el brazo sin mirarla. -Joder con la Tete y la Tere, enanos de mierda-, se dijo en silencio. -Hasta ahora, Luis. Dile a mi novio que vuelvo ahorita-. De camino a casa, a unos 200 metros de la sede, escribió un sms a Pablo Solózabal, el secretario general del Partido, su Apoyo Sobre Ruedas, el hombre al que siempre ponía mentalmente epítetos grandiosos. Y si esto sale mal que pasa Hacía calor y empezó a sudar. Los pies dolían. Qué va, tonta. Estoy con Augusto Piñas, te lo tengo que presentar. Alea Jacta Est. Abrazote y besote

18


El teléfono de casa sonó varias veces hasta que descubrió que estaba dormida sobre el sofá boca abajo. La posición desentonaba mucho con el esperable dinamismo de la candidata en un día como ese. -Estoy cansada, eso es todopensó. -Matías, eres el único que llama al teléfono fijo, ¿qué quieres?-. -Están a punto de cerrar los colegios electorales y deberías estar aquí para la rueda de prensa. ¿Eres idiota? Venga, no jodas. ¿Qué haces? Luis te ha llamado setenta veces al móvil-, dijo Matías que articulaba las palabras con su lengua de trapo por la celebración etílica anticipada. -Vale, me he dormido, pero ya voy-. -Métete un tirito si es necesario y vienes, chata. Pero, ya-. El documento oficial con los resultados definitivos de las elecciones municipales de Arévalo era inequívoco. Teresa había perdido. No iba a ser alcaldesa y su vida se acababa de convertir en un fracaso de considerables dimensiones. Al menos, llevaba un zapato plano por si tenía que salir corriendo, cosa que no hizo. El escenario de su triunfó quedó desmontado en un relámpago y el regreso a la cama esa noche dolía más que los pies. Tanto las sábanas como la almohada estaban pringosas de la humillación por esa noche y por todas las noches de su vida. -Teté, amor, no pasa nada. Lo volveremos a intentar. Pero cuando tengas un ratito, repasa a ver qué has hecho mal para poder corregirlo-. Matías era así, don perfecto y don paternal. En cambio, su padre le hubiera dicho “Teresita, coño, la has vuelto a cagar”, y eso sonaba mucho mejor. -Y también cuando tenga un ratito voy a repasar cómo es nuestra relación de mierda para mandarla a tomar por culo, ¿eh, guapo?-. Teresa se quedó despierta hasta el día siguiente convencida de que con Matías ya no había más, pero tampoco había más en ningún otro lugar. *** Teresa conoció a Matías en la Universidad de Salamanca. Él era de un pequeño pueblo sin pasado ni futuro cerca de allí. Ambos confluyeron en primero de Derecho en la divertida ciudad salmantina. Ella se plegó al designio de Francisco Baltar que impuso su decisión de que estudiase en Salamanca bajo el poco creíble pretexto de lo pernicioso, temible, ominoso y arriesgado que podía llegar a ser Madrid. Teresa había tomado el camino del enfrentamiento con su padre en su lucha por ir a Madrid, ciudad con la que

19


fantaseaba como el lugar en que, por fin, se desentrañaría la tela de araña de amor e imposición de los Baltar. Pero el “adiós, papi” llegó de otro modo. Su meta de independizarse de su padre se cumplió en el mismo instante en que pasó a depender afectivamente de otro hombre que la guió en su vida universitaria y, después, en la profesional y la personal. No recordaba Teresa cómo inició su relación con Matías, ni los detalles de los primeros acercamientos, pero se convirtieron en pareja desde el principio sin plantearse nada. Matías era ingenioso, rematadamente guapo, tenía éxito entre los compañeros y poseía una gran dosis de ambición. Por descontado, fue el delegado de los estudiantes durante los cinco cursos y todos apostaban a que algún día se dedicaría a la política. Teresa lo reconoció entre el resto, lo aisló y lo fichó como piloto de su vida. Y él, la dejó hacer. Así que, antes de los parciales de diciembre, en torno a la gracia congénita de Matías y el talento esforzado de Teresa gravitaban ya un grupo compañeros que nunca pudieron rebasar los límites del cercado de intereses y de eficacia de la pareja. Teresa no perdía el tiempo nunca y el que dedicaba a la distracciones era tiempo invertido en su relación con Matías: si tenía que fumar maría en las asambleas de alumnos, fumaba; si tenía que bailar en los garitos salmantinos, bailaba y si tenía que echar polvos en los lavabos, los echaba; concentrada en mantener la admiración de Matías y la buena marcha del tándem. María Cabañeros era uno de esos satélites que en traslación y rotación no salía de la estela de éxitos de la empresa Teresa-Matías, S.A. Teresa la conocía desde la escuela en Arévalo y la tenía catalogada como “una niña de familia bien”. La niña bien de los Cabañeros solía ser para Teresa un problema que gestionar. María estaba en la facultad de derecho para pasarlo “estrictamente bien”. Esa era su frase recurrente. Los estudios y la futura profesión eran para la señorita Cabañeros un objetivo secundario. Desplegaba su saber hacer, adornado de virtudes femeninas, para atraer el interés de Matías o de cualquier otro estudiante que le proporcionase el placer que ella buscaba en cada acto y minuto del día. Las épocas en que María Cabañeros estaba en celo eran para Teresa las más afanosas en el mantenimiento de su estatus de gran mujer detrás un gran hombre. Teresa era la estudiante más brillante de su promoción, pero el premio especial fin de carrera lo enmarcó Matías. Teresa se lo brindó en un acto de amor y posesión en el último curso, al prestarse a que él liderase el trabajo de Penal, una especie de prueba de fuego decisiva para concluir la carrera. La joven Baltar dejó pasar la oportunidad de seguir en el Departamento de Penal con una beca, y en su lugar, escogió regresar a Arévalo con Matías para abrir un despacho de abogados. No tuvo ni una sola duda. La razón para escoger Arévalo como el lugar que albergaría su nuevo futuro juntos nunca la

20


supo Teresa. Fue así, sin más. Ella no preguntó, complacida por la creencia de que él se lo debía. Lo tomó como un acto de correspondencia y, suponía, de amor. Regresar a Arévalo no estaba en sus planes, pero él ya llevaba la batuta de sus vidas. Eran la pareja perfecta y ella, la hija perfecta con el novio perfecto en Arévalo, un reino válido para dos regentes sobradamente preparados para reinar, aunque uno lo hiciera más que otro. María Cabañeros se fue a Madrid y, con su despedida, llegó el fin del desasosiego. Durante doce años realizaron un viaje de comodidades, lujos y compromiso tácito. El trabajo no faltaba y el despacho fue fraguando su prestigio en Arévalo, llegando a ser la referencia imprescindible de cualquier caso con complicaciones legales. Pero, los éxitos y la cómoda vida en común conducían inevitablemente hacia la rutina y el tedio. Fue en esa década de la vida de Teresa cuando se gestó su ambición personal a medida que pasaban los años. Doce eran demasiados para luchar por nada, para figurar como la “segundona”, para aguantar la petulancia de Matías, sus cuelgues con la coca, su determinación en no tener hijos y su egoísmo, en definitiva. Teresa supo esa noche del primer tsunami de su vida, la noche en que perdió las elecciones, que su ambición se había impuesto a todo lo demás.

21


3. La Giganta

Cuando Natura en su inspiración pujante Concebía cada día hijos monstruosos, Me hubiera placido vivir cerca de una joven giganta, Como a los pies de una reina un gato voluptuoso. Me hubiera agradado ver su cuerpo florecer con su alma Y crecer libremente en sus terribles juegos; Adivinar si su corazón cobija una sombría llama En las húmedas brumas que flotan en sus ojos; Recorrer a mi gusto sus magníficas formas; Arrastrarme en la pendiente de sus rodillas enormes, Y a veces, en estío, cuando los soles malsanos, Laxa, la hacen tenderse a través de la campiña, Dormir despreocupadamente a la sombra de sus senos, Como una plácida aldea al pie de una montaña. La Giganta, Charles Baudelaire (1857) “Attack of the 50 Ft. Woman”, película de ciencia ficción de serie B (1958)

No era fácil decidir entre una de las dos gigantas. O que la sensación de Teresa esos primeros día en Madrid fuera la de la giganta del “Ataque de la mujer de los 50 pies de altura”, poderosa y temida, o que fuera la del monstruo de Baudelaire que cobija a todos los que le daban algo de amor. La giganta de los 50 pies teme tanto como hace temer a los demás con su tamaño, no es capaz de dominar sus cualidades y su poder, y la dimensión de sus pies hace inevitable la muerte por aplastamiento de los que están en su camino. La giganta de Baudelaire, en cambio, es una multiplicación de dones, dones malditos, en los que los demás se adormecen plácidos y se despreocupan. Teresa no dejaba de darle vueltas al precio que podría tener el privilegio del que ahora gozaba y, si no tenía un precio, era que por primera vez el destino la ponía en su sitio. Ella, una mujer especial, con cualidades que sólo unos pocos eran capaces de descubrir, se encontraba en la cima de su propia historia. -Por favor, ¿sabes dónde puedo encontrar las cajas de la serie de almacenaje Kasset?-, inquirió Teresa a una joven vestida con un chándal amarillo y azul, gorra calada y un pequeño micrófono frente a su boca que se sujetaba

22


mediante un hilillo metálico que terminaba en su oreja acomodándose en ella como un mechón de pelo. -Planta de almacenaje, cuando hayas pasado textil dormitorio y accesorios baño-, le respondió la empleada. Teresa también vestía chándal, pero el suyo era negro para solemnizar así el modo de vestir cómoda. Llevaba zapatillas, cola de caballo y un bolso pequeño cruzado que facilitaba la conducción del gran carro de la compra con el que se desenvolvía en el interior de la tienda de muebles suecos. Cuando encontró el estante de las cajas plegadas que colocaría apiladas en su nueva casa como “solución de almacenaje”, tan sólo le quedaba por tachar en su lista de papel las velas, los marcos de fotos y las perchas. Las velas eran para el baño y su dormitorio, las dos únicas estancias de su loft de la calle Huertas; los marcos, para la estantería en la que colocaría las fotos a medida que avanzase en su colección de nuevos amigos. Lo del piso fue un flechazo. La sincera agente inmobiliaria que se lo mostró le advirtió que el alquiler era alto para el tamaño y la poca luz natural, pero su precio se debía a que la zona era de las mejores de Madrid. Teresa calibró las coordenadas inmediatamente. Estaba en perfecta equidistancia entre el Ministerio de Tecnología y el Congreso de los diputados, los dos centros de su vida profesional a partir de entonces. El Senado quedaba algo más lejos, pero era poco probable que tuviera de acudir a la Cámara Alta directamente desde su casa. Las ventanas restauradas eran estrechas y altas en buena armonía con la gran altura de los techos cuyas tallas recargadas le daban un aire palaciego al loft amueblado que vio aquel día de otoño y que alquiló sin vacilar. En el mobiliario, muy funcional, imperaban los tonos claros y las líneas rectas. Vestían las paredes estanterías de metal, dos contenedores en madera de grandes puertas y un sofá grande, tenso y tapizado en una tela de arpillera beige. Todo encajaba en una perfecta continuidad cromática y de líneas en que tan sólo destacaba, en medio de un premeditado objetivo minimalista y práctico, un enorme guerrero de Xian de piedra caliza oscura arrimado a una columna situada en el justo medio del salón-casa. A Teresa, el guerrero le cayó muy bien desde el principio, cuando inesperadamente al verlo decidió que ese era su primer amigo en Madrid. El loft sólo tenía dos estancias independientes: el dormitorio y un pequeño baño. El resto era un gran espacio en que el salón se confundía con la cocina, de color rojo, provista de una despensa de estantes, el frigorífico de acero y una curiosa mesa, con aspecto medieval, de madera y clavos oxidados.

23


En dos visitas a la tienda de muebles suecos previamente planificadas, Teresa había logrado sólo en una semana estar instalada en Madrid. Acomodada, feliz, libre y entusiasmada. Se había convertido en una giganta en un piso de techos altos. Teresa creía que sí, pero la casa no resultaba para nada especial. Se trataba de un estándar multiplicado en esa zona del barrio de las letras, pero también en el barrio de los Austrias y en los alrededores de Cascorro y en la plaza de la Cebada. Tampoco sabía que todo el mundo se ponía velas en el cuarto de baño, que prendía cuando tenían visita para darle un toque chic y oriental, propio de las personas con gusto exquisito. Ella era la gran paleta entre todos los paletos. Ya desde la A-6 a la altura de las Rozas cayó en brazos de la falacia de cosmopolitismo y superficialidad en que una gran parte de los madrileños de nuevo cuño cae para terminar rebozados en el lodo pringoso de la soledad y la anomía. Madrid la sorprendió desde el principio como nunca deja de hacerlo a los turistas accidentales o los que se quedan indefinidamente, con la carta en la manga de creer que se trata de una estancia temporal. La ciudad se convierte en una nube tóxica que lo envuelve todo y narcotiza al que se encuentra en su interior. El estruendo imparable de los cláxones, de las inacabadas obras, de los peatones eternamente cabreados, de sus gritos, de la acústica de sus calles amplias y sucias se expande hasta llegar al córtex. Los barrotes de polución se apoderan del caminante y lo aprisionan en la turbamulta habitual y tempestuosa. El magma caliente de la metrópolis inunda los cuerpos. El virus del odio constante y del amor repentino se inocula hasta dejar en las neuronas un mapa de recuerdos imborrables de la urbe. No existe vacuna posible. Sólo es así. Cuando Teresa Baltar puso por primera vez sus pies en la Gran Vía como habitante de la Villa y desde la plaza de Callao levantó su mirada hacia el anuncio de Schweppes, una sonrisa iluminó su rostro. A pesar de la mezcla de alegrías, penas, éxitos y derrotas, tuvo la sensación de que todo, o prácticamente todo, era posible en Madrid. La ciudad había poseído su alma. Sin embargo, Teresa creía en el Madrid luminoso y brillante de los Reyes Magos. Necesitaba creer en esa versión, la suya. Ante los problemas sentimentales y profesionales, había optado por la solución geográfica, como no lo pudo hacer cuando quiso escapar del cerco del hogar familiar. Pensaba que todas las dependientas de la Gran Vía, a las que había obligado a envolverle los libros, las películas y la ropa como si fueran regalos para alguna amiga, la tomarían por una triunfadora y no se darían cuenta de que en realidad se había comprado todo aquello para ella. Necesitaba mitigar su soledad abriendo paquetes con sorpresas que conocía de antemano.

24


La giganta empequeñeció sobre las aceras, en las tiendas, y se sintió como una mierda cuando al entrar en la boca del metro se asustó como una niña al ver a un padre gritándole a su hijo discapacitado que se convulsionaba en el suelo: “Jesús, hijo, por dios, levántate”. Retrocedió, ella que se creía equilibrada y mundana. Abruptamente, cayó en la cuenta de que nunca había pisado el metro ni en París, ni en Londres, ni en Madrid. Con Matías, viajar era cosa de taxis y de “todo incluido”. Así, de golpe y sin previsión, descubrió que nada hay tan sórdido como el metro de una gran ciudad, tan sucio, tan impersonal, las cloacas humanas se entremezclan con la itinerancia, nadie importa, nada importa. Esa mañana, mientras realizaba el diseño organizativo de la despensa con la primera compra del supermercado, sonó su móvil. Estaba tan absorta en aquella tarea que no escuchó los timbrazos y no le dio tiempo a responder a la llamada. -Mierda, es del Ministerio-. Devolvió la llamada y le respondió un hombre. -Ministerio de Tecnología, ¿con quién desea hablar? -Eh… pues no lo sé, estoy devolviendo una llamada. Con el gabinete del ministro supongo, o con algún asesor del ministro-, balbuceó como trastocada. -Le paso con asesoría, que con el gabinete no estoy autorizado a pasar al público-. Su voz parecía decirle a Teresa que era imbécil y que llamadas de esas tenía mil al día. De inmediato sonó un tono de espera. -¿Sí? -Hola, soy Teresa Baltar, alguien me ha llamado a mi móvil. Supongo que será para contactar conmigo porque mañana me incorporo como asesora parlamentaria. No conozco a nadie aún, perdona-, dijo Teresa como poseída. -Hola, soy Manuel ¿qué tal? Creo que trabajaré contigo… Pues no tengo ni idea de quién te ha llamado pero te paso con Esther, que es la jefa de gabinete-, y bajó la voz para seguir hablando -es la mano derecha Piñas, va sobrada y es de otro planeta. Que tengas suerte. Te paso-. Unos segundos de espera y de nuevo la voz del tal Manuel. -Perdona Marisa, pero me dice Esther que vengas mañana a las nueve, que estarás autorizada y que preguntes por ella-. -Gracias, pero me llamo Teresa, soy Teresa. Voy mañana y pregunto por Esther a las nueve. Pues mañana nos veremos las caras. Hasta mañana, Manuel-.

25


-Ah, te llamas Teresa…. Lo siento. Vale, hasta mañana-, respondió su primer compinche que olvidó su nombre a la primera. Los zapatos que escogió Teresa para su primer día eran unos Farrutx muy clásicos, de hecho, eran los zapatos más formales que tenía, a juego con un traje de chaqueta granate entallado tan masculino como femenino. Se dejó el cabello suelto y sólo recogió una parte hacia atrás con una horquilla para liberarse del mechón delantero. Se puso brillo de labios y se maquilló las pestañas. Suficiente para parecer cuidadosa de su imagen, pero sin dar a entender que buscaba la aprobación física de los demás. Teresa tenía mimbres y ello bastaba. El edificio era gris con porte, pero sin belleza, grandes columnas sujetaban un encumbrado de piedra en que se leía “Ministerio de Tecnología” y se adivinaba la oficialidad de todo lo que allí dentro habitaba. Teresa palpitaba entera como si su corazón se hubiera extendido en ella y así tendió la mano a Esther Stanovich. -María Teresa, pasa y siéntate-, le dijo una mujer de unos cincuenta años con aspecto de azafata. Teresa se la imaginó con una gorra baja cilíndrica en la cabeza con las letras IATA. Al fin y al cabo estaba aterrizando. Esta metáfora que le vino a la cabeza le pareció una estupidez. Se sentó frente a frente con la azafata. -Eres amiga de Solozábal, ¿no?-, soltó sin mirarla. No se le ocurría qué decir. Responder que sí era asumir que era una recomendada; decir que no, ponía en peligro el probable poder que le otorgaba el apoyo del Gran Hombre Sentado Por El Que Todo Pasaba. -No mucho. Lo conozco sólo un poco-. Esther Stanovich sonrío al escuchar la nonada con la que Teresa había respondido a esa primera pregunta tan intencionada. -El ministro es muy amigo de Solozábal y confía en él. Por eso estás aquí-. Respuesta equivalente a “lo de que eres amiga de Solozábal ya lo tenemos claro todos aquí”. -Te vas a encargar de que lo que diga él sea la frase correcta, la idea perfecta y la respuesta idónea. Él lleva poco tiempo y no entiende gran cosa de política ni de lo que es el Parlamento. Como ya sabes, es ingeniero aeronáutico, tiene un currículum envidiable y sabe muy bien de lo que habla-. Lo cierto es que Teresa ni siquiera se había preocupado de estudiar a Augusto Piñas y comprendió que había sido un error. La jefa de gabinete siguió adelante ejerciendo con diligencia el cometido de sus funciones.

26


-Pero tú tienes que darle forma a todo lo que sabe, forma parlamentaria-. -¿Forma parlamentaria? ¿Pero qué coño de frase era esa?-, se preguntó Teresa algo irritada con la mujer que la estaba intimidando a base de exigencias de perfección a las que ella debía responder con precisión. -No pretendo agobiarte, María Teresa, pero el éxito de Piñas en la tribuna dependerá de ti-. -Lo entiendo, esa es la idea. Si me indicas en qué lugar trabajaré, me pongo ya. Te agradezco que me facilites las cosas y todo lo que me has dicho. ¿Tú exactamente de qué te encargas? Es por ir conociendo las funciones…-, pero la asesora parlamentaria no pudo acabar la frase porque la jefa de gabinete extendió su brazo y reposó su mano en la manga de Teresa. -Eso ya lo deberías saber, mona. Yo soy su sombra-, le dijo con una sonrisa torcida mientras arqueaba las cejas sin vello que llevaba dibujadas sobre los ojos pequeños. Se levantó y se dirigió a la puerta señalando a Teresa el camino de la salida. A la asesora le temblaban las piernas y estaba furiosa, así que al levantarse airada de la silla tropezó con el canto de la mesa y un dolor intenso se concentró en su rodilla. Esther Stanovich llevaba traje sastre gris con falda por debajo de la rodilla y chaqueta cerrada abotonada hasta el cuello, lo que afirmaba más su imagen de azafata de los años 60, aspecto coronado con un moño alto redondo como una ensaimada recogiendo su pelo castaño con canas. Le mostró su despacho, que era más grande de lo que esperaba, y que estaba enfrente del despacho del ministro pero desplazado unos metros. Se detuvo lo suficiente en la puerta del despacho de Augusto Piñas para ver que lo estaban limpiando. Era tan grande como su loft -unos 70 metros cuadrados-, con sofás de piel noble y botones, una mesa de trabajo de considerables dimensiones con pocas cosas, entre las que destacaba, por su forma y su color blanco, una pequeña maqueta de un parque eólico, con sus molinos de viento como agujas. Había también una pequeña biblioteca junto a una mesa redonda y sillas. La ventana, que tenía bajadas las persianas para guarecer aquella estancia de la entrada de sol directo, permitía vislumbrar una vista épica de Madrid. Era curioso, pero las hojas secas de los plátanos, al caer de forma constante, sombreaban los haces de luz que entraban oblicuos como disparando a la alfombra. Junto a esta extraña imagen se entremezcló otra en su yo consciente segundos antes de quedarse dormida esa noche. Ujieres sentados en los finales de los pasillos, enmarcados sobre fondo blanco, sin caras definidas, que se levantaban autómatas con fardillos de papel entre las

27


manos. Tras la pesadilla, a la mañana siguiente se despertó y sintió el pecho oprimido. Sólo había dormido tres horas. A pesar de ello estaba ya activada gracias al té cargado y el ibuprofeno. No había previsto, cuando el día anterior entró por primera vez en el Ministerio, que en tan solo unas pocas horas tendría que hacer su debut parlamentario cargado de responsabilidad para con el ministro, al que no había visto más que por la televisión. En su primer día, la jefa de gabinete la había dejado en manos del director de comunicación en cuanto le hubo mostrado los lugares estratégicos de su nuevo entorno laboral. -Bien, María Teresa. Te dejo con Pío, que es el responsable de las relaciones con la prensa. Por cierto, en algún momento llegará Manuel, tu ayudante. Tengo trabajo ahora, debo concentrarme-. Esther Stanovich la dejó una vez más con la palabra en la boca y la vieja y conocida sensación de que era un peón más de la partida de ajedrez en la que ella nunca parecía poder ser la reina. -Me llamo Pío Xilán, pero nadie me llama así, todos me llaman Pixi, es una gracia ¿sabes? Tú eres Teresa, pero te acabarán llamando Terry o algo parecido. A la Stanovich la llamamos Stasi. Manuel es el Manolito, porque es el más joven, pero, no creas, es el más maduro de todos. Luego, hay asesores internacionales, secretarias, ujieres… yo me llevo genial con las señoras de la limpieza, porque son enrolladas. Bueno, te decía, el equipo no es muy grande… conmigo trabajan dos tías más y un jefe de prensa, pero ellos no salen de aquí. Son machacas de mesa y de teléfono. Y esta es la estructura…-. Teresa perdió el hilo de la explicación que, a bocajarro, le soltó el director de comunicación del Ministerio de Tecnología y lo perdió porque su cerebro quedó a expensas de la impresión que le había causado su mano tendida, el sudor de su palma y el desmayado gesto con el que sostuvo la mano de Teresa. La suya era una mano flácida y desmadejada. -Pixi, y al ministro ¿cómo le llamáis?-. -¿Al ministro?... eh… Pues, ministro o Jefe-. -La prensa le trata bien, ¿no? He visto que es uno de los ministros más valorados-. -Bueno, eso es ahora, pero todo puede cambiar. Bonita, aquí o les das de comer o te comen. Una vieja frase del periodismo-, dijo ufano el extraño ser que tenía ante sí. -A mí la que me gusta es la de esparce mierda y échate a dormir- sonrió

28


Teresa. Pixi era gordito, llevaba una estudiada media barba mal afeitada y usaba chaleco de mil bolsillos, como la de un corresponsal de guerra. Era fácil adivinar que también era de los personajes que se prolongan desde un teléfono móvil que empieza en su mano. Nunca lo soltaba, jugueteaba con él, lo acariciaba lo tenía siempre a la vista para, de reojo, comprobar que no estaba en comunicación con alguien por cualquiera de las vías posibles: llamada perdida, mensaje corto, mensaje de correo, chat telefónico o notificación de alguna red social. Eso y su constante movimiento corporal presagiaban que la conversación no fluiría fácilmente, que sería abrupta y redundante. -No conozco la frase, pero es buena, es buena-, dijo Pixi sacudiendo su dedo índice hacia arriba, un gesto que completó con un repiqueteo rítmico con ambos dedos índice en el borde de la mesa. -Maite, ¿tocas algún instrumento musical? Al Jefe le encanta la música. A mí me flipa el cajón rumbero-, y, sin más, se puso a tocar percusión con ambas manos contra la zona de su asiento que quedaba entre sus piernas. Mientras Pixi respondía a una llamada andando en círculos, subiendo y bajando la cabeza, Teresa Baltar hizo balance: “He conocido a una sadomasoquista de más allá del telón de acero, a un snob descerebrado, dos ujieres con gafas y una empleada de la limpieza. Vamos de puta madre”. -¿Qué pasa, nena? Dile a tu jefe que nos debe un editorial guapo sobre la cosa eólica… No, no, no, bonita, la entrevista humana no cuenta que quedó como un gilipollas. El ministro de Tecnología no es nada tecnológico no es mi idea de un gran titular… Bueno, la foto, de coña… pero es que a mí el rollo ese de Churchill con los perros y la chimenea me pone, pero…. Es broma todo, tía. Pero dile al señor adjunto a la dirección que si quiere venir a Abu Dabhi, nos tiene que dar una portada o un editorial……. Y si no lo ve, que eche un ojo a las cuentas de publicidad y lo que lleva metido este Ministerio en vuestro puto periódico…Veo que lo captas, mona, besitos…-. Miró su móvil. -Uf, llamada perdida-. Sin mirarla, pulsó un par de teclas y se disculpó, -Maite espera, que estoy contigo enseguida-. Y dicho todo esto, se metió en el vacío despacho del ministro después de lanzarle un beso por el aire. Era hora de ocupar su propio despacho, una estancia agradable por ser la única con un mobiliario funcional de tonos claros. Teresa pensó que sería fácil hacerla suya gracias ya que parecía no ser de nadie. Le llamó la atención que todos los objetos -mesas, pantalla, teclado, estanterías, láminas enmarcadas con secciones arquitectónicas del edificio del Ministerio- estaban etiquetadas con un pequeño adhesivo con un código de barras que los convertía en patrimonio ministerial.

29


El silencio con que la recibió su nuevo despacho hizo que Teresa quedase suspendida unos instantes en un espacio en blanco por lo que saltó de golpe cuando escuchó la voz que sonó a su espalda. -Toc-Toc-, dijo un joven larguirucho con un largo flequillo obligado todo hacia el mismo lado y con unas enormes gafas de pasta negra. A Teresa le pareció un Beatle y esta idea le puso una gran sonrisa al saludar. -Ah, hola. Estaba abstraída y me he asustado-. -Pues si un toc-toc te ha asustado, espera a conocer a Sargento de Hierro-, dijo él gesticulando teatralmente. -¿Te refieres a Stanovich o al ministro?-. -Adivínalo tú. Señora Baltar, soy Manuel Sola, trabajaré contigo o para ti, según me trates bien o muy bien-, y Teresa se sintió muy cómoda de pronto. -Acabo de llegar, tenía pediatra. Pero el pediatra era para mi hija, no para mí-, más qué cómoda, se sintió perfectamente. Se acercó y le dio dos besos con cariño. -A Sargento de Hierro ya la he conocido, Manuel. Hablé contigo ayer, ¿no? Y tú me llamaste Marisa. No he dormido por tu culpa-. -Vaya, lo siento de verdad. Tenía pensado ser el tío más majo del mundo cuando te conociera, una especie de pelota insoportable, porque yo soy de los que prefiero trabajar con buen rollo y que no me jodan mucho. Que sepas que soy padre, el único padre de aquí y por eso soy el más marciano, el que no se va de birras los viernes, el que llega tarde por el pediatra. Bueno, perdona, no sé si tú… ¿tienes hijos?-. Su mirada tras los cristales graduados era muy abierta, casi transparente, de miope. -No, no, qué va. ¿Eso cómo se hace? Para eso hay que tener tiempo y ganas y concentración y yo, no, no-, dijo teresa tapándose la cara. -Y tú, ¿donde estás? Me refiero a dónde te ubicas aquí-. -Donde me digas, Teresa Baltar. En realidad, estoy en las mesas de fuera con los de prensa, pero uso un portátil, así que dónde prefieras tú. Lo del portátil es porque me suelo llevar el curro a casa para irme a las seis más o menos-. Manuel parecía empeñado en ser un hombre encantador y Teresa ya tenía claro hacía rato que sería su primera foto en los nuevos marcos vacíos de la estantería de su loft. -Ese soy yo, dos hijas y una mujer estresada que también trabaja. Un marciano, como ves-. -Uf, casado y con hijas. Pero, ¿qué edad tienes? ¿Y tus hijas?-. -30 más o menos y mis hijas, 6 y 3. Mi mujer, Coro, es mayor que yo y no

30


podíamos esperar demasiado a ser papás. Así que me chupé el master y la oposición con un bebé, currando en la universidad y en fin.- Sobreponiéndose a un fingido pesar, Manuel hizo un cambio de tercio inesperado. -Pero, cuéntame tu vida, anda, que parezco un oyente de la radio. Aquí todos dicen que eres el nuevo valor de Solozábal. Si acabas de Ministra, debes olvidar todo lo que te he contado sobre mi patético perfil-. Teresa se molestó sin que se notara. Era la segunda vez en menos de una hora que le colgaban en la solapa la chapita de “chica Solozábal”. El Gran Maestro de la Manipulación parecía haberse encargado de hacérselo saber a todos y ella no quería estar allí porque Toro Sentado Solozábal le hubiera aupado. Para ella, su nueva vida era un merecido pago al amargo trago de su derrota electoral. Estaban en paz. -No tengo mucha vida. Soy de pueblo, acabo de llegar a Madrid, vivo sola, mi ex es un imbécil y no quería tener hijos. Soy licenciada en Derecho, nunca me ha dado por hacer un master y acabo de perder unas elecciones. Poco más-. Aprovechó para cambiar el tercio y entrar en lo que más le interesaba. Háblame de Augusto Piñas. ¿No viene hoy?-No, hoy está de día missing, es algo así como su día libre y no tiene muchos. ¿Por dónde empiezo? Es un tío muy inteligente, a mí me impresiona, no muy dado a la cosa personal con nadie. Aquí no tenemos ni idea de su vida fuera de estas paredes. Todavía se fía de nosotros. No sé por qué llevamos tanto tiempo sin asesor parlamentario. Pero ya estás aquí. Parece que no encontraban a la persona que necesitaba, así que yo creo que te debe estar esperando como quién espera a dios. Piñas es la joya de la corona, íntimo del presidente del Gobierno y Solozábal se mea por él. No es militante, es lo que se llama un tecnócrata, un independiente-. -Pues si espera a dios, se va a encontrar con la virgen milagrosa-, dijo Teresa. Todo apuntaba a que Manuel iba a continuar con la colección de impresiones sobre Piñas, pero la mayoría de ellas ya las conocía por los medios de comunicación. Pixi les interrumpió. Era la segunda legislatura de este Gobierno y Augusto Piñas fue presentado como el fichaje estrella para un periodo que se abría lleno de esperanzas en la investigación científico-tecnológica, las nuevas fuentes de energía renovables y la sociedad de la información en lo que se había subrayado como la era de la nueva economía sostenible. La cartera de Tecnología se acababa de inaugurar y recogía competencias de los ministerios de industria y de economía. Se había vendido como un reto, una novedad que situaba al país entre los modelos económicos más modernos y potentes del viejo continente. La nueva asesora

31


milagrosa entraba de lleno en el torrente de optimismo que tocaba techo ya desde su propio nacimiento. Teresa pensó dos cosas: una, que era todo demasiado difícil y a la vez estimulante, como cuando se convirtió en el futuro limpio de Arévalo y, dos, que al fin y al cabo era tan virgen como Augusto Piñas. Notó que se atragantaba con su propia saliva porque se dio cuenta de su estúpido regodeo en la autocomplacencia. Ella no era como Augusto Piñas, ni de lejos, porque el futuro limpio de Arévalo se tornó en charco de mierda y porque Solozábal era un maldito buscador de vírgenes. -Perdón, perdón, Maite-, entró braceando Pixi y se detuvo enarcando las cejas. -Joder, este es el despacho más casposo de todo Madrid. Perdona, guapa, que te he dejado tirada-. -Tranquilo, Pixi, nos has dejado el tiempo justo para que le exponga mis reivindicaciones laborales-, dijo Manuel sonriendo de oreja a oreja. Pixi, dirigiéndose a Teresa mientras señalaba a Manuel, siguió hablando sin reparar en la broma de Manuel. -Este es el normal de aquí, tienes suerte de que vaya a trabajar contigo-. Entonces, intercambió el gesto. Su cabeza se dirigía ahora a Manuel y su dedo hacia Teresa. -Cuéntale ya lo de mañana, que tenemos que coordinar el marrón-, y volvió con Teresa en un juego de señales y gestos que pasaban de uno a otro. -Maite, querida, ponte ya con la interpelación de mañana. Y hazme un resumencito para que nos hagamos una nota de prensa bien bonita. Supongo que además querrán declaraciones. Será un temazo-. Cerró la puerta Pixi al borde de la euforia por el dominio inusitado de la jerga periodística. -¿Interpelación de mañana?-, Teresa notó una contracción visceral. -Yes. Tienes que escribir veinte folios verdana cuerpo 16 de la respuesta a una interpelación que le hará mañana la portavoz de la oposición en la comisión de energía del Congreso sobre el plan estatal eólico y, de fondo, el pacto de la energía-. Manuel hablaba asintiendo con la cabeza y ella pensó que debía ser un simulacro, una broma de mal gusto. -La gracia está en que hay que ser contundente con la oposición, pero sin cargarse el pacto que se está negociando. Y ahora preguntarás que porqué no la hago yo, pues porque Piñas ha pedido que la hagas tú. Y antes de que te colapses, te paso la documentación-. Manuel se levantó mientras Teresa salía huyendo mentalmente entre sudores fríos. Su móvil había estado vibrando en el bolso desde hacía media hora y eso era lo menos inquietante. El hada madrina de Teresa regresaba con papeles y

32


un pen drive en la mano. -Toma, casi te la he hecho yo, pero debes darle tú la forma. Será nuestro secreto-, y Manuel la dejó sola tras una profunda reverencia. En el móvil, las llamadas eran de El Hombre de la Silla Verticalizable. Solozábal le había dejado un sms Dime ya qué tal en tu nuevo despacho. Carpe diem, preciosa. Hasta entrada la noche no fue capaz de ponerse a acometer el primer milagro que le pedían. Fue incapaz de concentrarse y a lo más que llegó fue a disponer el escenario que la iba acoger en esta empresa descomunal. Se preparó un té y dejó para más tarde los sólidos, incapaces de traspasar la pared que cerraba su esófago. El sueño llegó pasadas las tres de la mañana cuando consideró que el texto de Manuel era ahora suyo. De hecho, de los argumentos y los datos de Manuel quedaba muy poco. Ella se había adueñado de su propia responsabilidad porque eso era precisamente lo que venía a hacer allí y eso era lo que sabía hacer. *** Llegó al Congreso de los Diputados una hora antes del inicio de la sesión de control, lo que suponía tres horas y media antes de la intervención de su ministro. Pixi llegó tarde. Hacía frío en la regia calle madrileña en la que los dos leones de bronce marcaban el punto exacto de la vida política del país. Cuando el director de comunicación apareció con su traje y su corbata, Teresa pensó en lo ridículo que le quedaba ese atuendo. Pixi hablaba por teléfono y con su dedo índice le señaló la puerta para que la dócil vasalla le siguiera y atravesar por la portezuela el enrejado que daba acceso al patio. El hombrecillo de la prensa desapareció entre los corrillos de periodistas, así que ella tuvo que entrar sola a la sala de gobierno, que era el recinto en el que se situaban los ministros y sus asesores para preparar las intervenciones que harían en el hemiciclo. Teresa entró con intención de saludar y presentarse para lo que había preparado unas frasecillas elocuentes que no tuvo oportunidad de decir porque nadie le dirigió la palabra, ni tan siquiera la mirada. Se sintió estúpida por haber desembalado esa mañana los zapatos de Oscar de la Renta que se compró dos días antes para su estreno, formando parte de una estrategia de presentación en el nuevo círculo político que debía recibirla con los brazos abiertos. Entró y tomó asiento en la gran mesa de cerezo para vivir la situación más extravagante de su vida. Jamás, ni en sus peores pesadillas, ella -discreta y austera de formas, como buena castellana- hubiera soñado presenciar a sólo

33


dos metros de su piel la conversación telefónica del presidente del Gobierno en plena bronca con su mujer. Lo vio llorar y gemir. Oyó como decía tacos, volvía a llorar, colgaba y se tomaba un gin-tonic en vaso alto. Tras aquel episodio, Teresa pensó que la invisibilidad era posible. Todos los que allí estaban -ministros, asesores, escoltas- se movían agitados, hablaban por teléfono, salían y entraban, aparentemente ajenos al presidencial espectáculo. Ella estaba allí, inmóvil, en el centro de una lavadora centrifugando en la que todo daba vueltas. Augusto Piñas no pasó siquiera por la sala de gobierno y ella se preguntó si el Jefe habría recibido su texto, enviado a las tantas, con copia adjunta a la jefa de gabinete, al director de comunicación y al ayudante de la asesora. Pero sus inquietudes se disiparon. Allí estaba, en la pantalla del monitor de plasma que colgaba de la pared, perfectamente encuadrado en la imagen, tras la tribuna de madera regia, con las manos del presidente del congreso tras su cabellera canosa. Piñas en la pantalla parecía un dios, pronunciando con voz firme y sonrisa irónica las palabras que Teresa había escrito unas horas antes como si le fuera la vida en ello. Ella dejó caer el boli boquiabierta por la impresión. -¿Eres nueva, no?-. La frase la despertó. -¿Cómo?-, respondió a la voz en off que le llegaba como entre una selva de silencio que la aislaba de todo ese mundo ajeno y flotante. -Hola, soy Toni, el jefe de gabinete de la ministra de cultura-, y le dio una tarjeta. -Encantado. ¿Eres?-. -Teresa, Teresa Baltar- dijo ella, saliendo de la anestesia. -Trabajo con el ministro de Tecnología. Y estaba despertando de esta pesadilla de primer día, perdona-, siguió mientras se recuperaba. Sin tiempo a contextualizar, un brazo la asió por los hombros y la atrapó. Lo siguiente fue Augusto Piñas frente a ella. La miró condescendiente, enseñó sus dientes blancos y le habló. -Tessy, Tessy, muy bien. Por fin. Me alegro mucho de que estés aquí. Creo que la hemos clavado-. Sin tiempo a responder, aunque tampoco hubiera podido hacerlo, él miró hacia otro lado, la soltó y se metió en un despacho lateral con el presidente del Gobierno que le susurraba. Ambos se entrecruzabron los brazos por sus espaldas y desaparecieron. Teresa Baltar se dirigía hacia la salida del palacio del Congreso. Sus tacones de aguja se clavaban en la mullida alfombra del pasillo que desembocaba en la

34


puerta donde se agolpaban los fumadores. La situación era de locos. Periodistas con micrófonos disparaban a todo lo que se movía, las cámaras de televisión golpeaban las cabezas en sus giros inesperados en busca de ministros y diputados. Pixi iba unos metros por delante moviendo el brazo libre para saludar y hacer gestos a los periodistas que le pedían unas declaraciones de Piñas. -No, no hay declaraciones. Coged sus palabras del pleno. Ahora os paso la nota de prensa-. A ratos se tapaba la boca en busca de la privacidad de sus palabras y a ratos se taponaba el oído con su dedo índice para escuchar en medio de aquel caos. -Venga, venga lanza la nota de prensa. Al loro, apunta titular: “Vamos a ponernos a la vanguardia de la producción de energía eólica de Europa”. Por dios, hoy no te olvides de colgarlo en la web-. Y en el tumulto de diputados y periodistas, cámaras y micrófonos, conversaciones a retazos, una nueva sorpresa para Teresa. -Dios mío, Tere ¿eres tú? ¿Qué haces aquí?-. María Cabañeros emergía de la nada. Su compañera y rival de la facultad, la diletante y feliz niña de papá, licenciada sin mérito, estaba allí vestida como para la portada del Vogue, altísima y guapísima. Sólo los vio de refilón pero hubiera podido jurar que llevaba sus mismos zapatos. -María,¿cómo estás?-. Teresa habló torpemente, como lo había hecho las pocas veces en que se había visto obligada esa mañana. -Pues genial, soy diputada por Ávila. Supe lo tuyo en Arévalo, muy fuerte…-. Un breve silencio de indecisión sobre la deriva que debía tomar la conversación. -Estamos que nos salimos, creo que Piñas es un auténtico crack. Hija, no sé si tú le darás valor, pero para nosotros este hombre es un puntal del Gobierno-. -Soy la asesora parlamentaria de Augusto Piñas.

35


4. Los maniquíes ciegos

-Maite, Maite, ¿te encuentras bien?-. Teresa Baltar emergió de su sueño profundo de manera suave y agradable con aquellas palabras susurradas dulcemente. Una voz tan aguda que casi se podía confundir con la de un castrato la acercaba a la vigilia con caricias de realidad en su oído. Al principio, aún somnolienta, sus manos buscaron el brazo fuerte de su ex-novio, Matías, con el que hasta hacía muy poco había compartido despertares. Por la inercia de la costumbre, creía que seguía en Arévalo, en su cama de recia madera castellana, en su refugio. Y encontró un brazo algo más fofo de lo que ella estaba acostumbrada. -¿Maite? Hola, hola, holita, ¿estás ahí? El ministro…- En ese momento, aquella última palabra canturreada resultó una bofetada de tal calibre, que se activó hasta el último resorte de su cuerpo. Acababa de tomar conciencia de dónde estaba. Volaba en un A-380 de la compañía Emirates desde Madrid a Abu Dhabi acompañando al ministro de Tecnología en un viaje estratégico. Se separó del brazo que había asido y se irguió de cintura para arriba mientras se arrancaba el antifaz de la cara descubriendo a su lado a Pío Xilán, a Pixi. -¿Qué pasa, qué quieres, Pixi? Aquí estoy, lista, preparada y me encuentro muy bien-, pronunció con voz pastosa intentando que no se notara su torpeza. Con los ojos bien abiertos lo escrutó desafiante para intentar demostrar que lo tenía todo controlado. El director de comunicación estaba enfundado en su chaleco de cazador de noticias, absolutamente ineficaz como prenda para disimular sus redondeces lumbares y abdominales. Además, verlo con unas deportivas de lona muy fina con cuadritos rojos de Vichy, a las que había quitado los cordones para estar más cómodo durante el trayecto, acentuó el sentimiento de desprecio en Teresa. -Maite, si su excelencia no tiene inconveniente, al ministro le gustaría verla en diez minutos. Aguarda impaciente-, le comentó con una sonrisa malévola y una mirada irónica que desprendían cierta autoridad moral por haber descubierto a la nueva dormitando. -Pero si necesitas más tiempo para arreglarte el pelucón, quitarte las legañas, limpiarte el hilo de baba de la comisura, alistarte la falda y calzarte, también le puedo decir que se te han pegado las sábanas. Le encantará-, añadió el director de comunicación con sorna. Pensamientos violentos cruzaron en su cabeza. Teresa Baltar despreciaba con toda su alma a Pixi en aquel preciso instante por haberse mofado de ella. Lo miró con una profunda repulsión, el ceño fruncido y una mueca de asco. Había conseguido humillarla y hacerle sentir más indefensa que nunca. Estaba

36


fallando en su primer día de trabajo en el extranjero y hasta ahora sólo había intercambiado un par de palabras con su Jefe. Se puso muy nerviosa. Se miró la falda, comprobó que estaba lisa y buscó el aseo con la mirada al encontrar un botón desabrochado y la blusa por fuera de la falda, hecha un desastre de arrugas. Teresa quería desaparecer, no había empezado con buen pie. La salida precipitada y a toda velocidad del Ministerio muy temprano hacia Barajas en el coche de los escoltas la había dejado lívida. No estaba acostumbrada a viajar en coche a más de doscientos kilómetros por hora. Además, el aviso a altas horas de la madrugada informándola de su inclusión en el viaje le había impedido conciliar el sueño por más que lo intentó. Lo peor era que nadie le había dicho aún qué pintaba allí y lo disimulaba con estoicismo. Por su parte, para remachar su victoria, Pixi lanzó un cacahuete al aire para recogerlo al vuelo en su boca. Pero tuvo tan mala fortuna que le fue a dar en un ojo. Teresa, sorprendida ante aquella pequeña pérdida de control, no pudo más que esbozar una sonrisa. Estaban en tablas. El director de comunicación, ofuscado, se dio media vuelta y ella se sentó tranquilamente para hacerse con su neceser. O mejor, ella había ganado por muy poco aquella partida. Ahora se vería con su Jefe y aquello la trastornaba. Se trataba del primer encuentro con él, serio y largo, de más de treinta segundos, en lo que llevaba trabajando en el Ministerio. Al salir del baño, Teresa comprobó cómo el mismo ministro Piñas, que lucía su frondosa e inconfundible melena plateada, exhibía su metro noventa para indicarle con la mano dónde estaban ubicados. Augusto le sonrió enseñando su dentadura. Se sintió descolocada. Teresa esperaba que aquello no fuera más que un simple gesto de amabilidad y no un vano intento de seducción por parte de un gilipollas que se sabe guapo y atractivo. El ministro además de tener los ojos azules, un rostro simétrico, buena planta y anchos hombros, no tenía barriga, vestía como un dandy y olía a algún perfume que ella no había conseguido identificar. Desde que había roto con Matías no aguantaba a los guapos, pero se sintió turbada. Le empezaron a temblar las piernas. –Pero que paleta eres, Teresa, coño. Un tío atractivo y con poder te hace cuatro monerías y te fundes-, se dijo a sí misma. Estaba muy nerviosa por aquella primera reunión, así que le agradeció el detalle, tímidamente, con una mirada afectuosa. La zona de clase bussines del Airbus A-380 disponía de más de 100 plazas y de varios habitáculos, por lo que resultaba complicado localizar a alguien sin conocer su ubicación exacta. Insegura e incapaz de controlar aquel estado, avanzó intentando parecer resuelta por el pasillo, pasó ante una de las puertas del avión. Leyó: Pull down the handle to open the door y se planteó hacerlo con ganas.

37


-Hola a todos, perdonad el retraso-, dijo Teresa Baltar, interpretando la actitud de la mujer diez. En el compartimento habilitado como salita de reuniones estaban el secretario general de Recursos Energéticos de la Madre Tierra, Jesús Medina, también conocido como el Rey Sol; el secretario de Estado de Telecomunicaciones, Julián Navarrete y el asesor del área internacional, Justo Leandro. Les llamaban las tres jotas del Ministerio. Al verla, interrumpieron por unas centésimas de segundo lo que parecía una discusión soterrada para no molestar al resto del pasaje. De hecho, se trataba de hablar quedo para que los cinco periodistas que acompañaban a la delegación del Gobierno no descubrieran las preferencias ministeriales para la ubicación del nuevo cementerio nuclear. Así que cuando Teresa Baltar entró, movieron ligeramente sus cabezas hacia la puerta para comprobar que no se trataba de ningún informador y, aliviados, siguieron charlando. Augusto Piñas la miró sonriendo y le indicó que se acomodara en la cabecera libre de la mesa, frente a él al otro extremo. La preocupación de aquellos hombres se desparramaba desde sus caras, se extendía por toda la mesa y manchaba los papeles llenos de anotaciones con propuestas, cálculos y números. Los cuatro iban en mangas de camisa y tenían el nudo de la corbata aflojado. Buscaban una solución a su problema atómico. El secretario general de Recursos Energéticos de la Madre Tierra, Jesús Medina, habló con franqueza. -Es evidente que el puto cementerio nuclear es un inconveniente social y acarrea un enorme problema económico. Joder no sé qué hacer. Los cinco pueblos finalistas para albergarlo cumplen todos los requisitos, pero parece que ninguno quiere tener esa mierda en su subsuelo. Tenemos que inventarnos algo- la voz de El Rey Sol era grave, tan grave como su problema. -Mira, Pachamama, guapo-, dijo Pixi utilizando otro de los apodos del secretario general. -Para empezar llamemos a las cosas por su nombre ¿vale? No es un cementerio nuclear, cualquier día en una rueda de prensa se te escapa y la joderemos. Hemos quedado en denominarlo SRCS, Silo de Recuperación de Combustibles Sólidos- subrayó cada sílaba -La gente es tonta y si le llamas cementerio, piensan en putos muertos, así que llámale silo, aunque sólo sea para acostumbrarte, joder-. Pixi buscaba en sus últimas palabras la aprobación del ministro. Jesús Medina odiaba que le llamasen Pachamama por lo que tenía de despectivo hacia su obesidad y el moreno de su tez.

38


-Pío, vete a la mierda con tus gilipolleces, no me vengas con hostias que esto es muy importante, joder. Aporta algo interesante, calvo cabrón, y deja de jugar con los cacahuetes como si fueses un monito, coño, que pareces retrasado mental- le interrumpió Jesús Medina. Aquella forma tan soez y soberbia de tratarse entre ellos sorprendió a Teresa, no tanto por el desagradable tono de las expresiones, sino por la supuesta grandeza de aquel selecto grupo de mujeres y hombres, sobre todo hombres, al que ahora ella pertenecía. Un mundo de hombres midiéndose las vergas y repiqueteando en las mesas como gorilas en la selva. No era la primera vez que una escena parecida le hacía sentir asco sobre las formas de actuar de los hombres en grupo. Lo había vivido de primera mano en el ámbito de la política municipal, donde todo parece tener menor trascendencia, incluso la ambición, porque afecta a grupos más reducidos. Pero, en esa salita del Airbus, sólo estaba en el recibidor de la alta política. Se estaba dando cuenta del valor de las grandes decisiones, de su origen y de cómo se fraguaban las delicadas líneas estratégicas que en el imaginario colectivo parecían proceder de discusiones altamente técnicas forjadas en el seno de grupos de élite. Había escuchado a aquellos tipos en la radio. Los había visto en los informativos de la televisión, acicalados, asépticos, con la corrección y la precisión de un maniquí ciego que se aferra a sus palabras pulcras y concisas, como a un bastón, para no despeñarse por el abismo. Ahora estaba allí con ellos, los podía tocar y hasta viajaba a su lado y presenciaba cómo se insultaban, cómo sudaban, cómo se rascaban el cuerpo y como defecaban mierda por sus bocas igual que títeres gobernados por un loco. Tras la interrupción de Medina, Pixi, sin darse por aludido, siguió lanzando frutos secos al aire que aterrizaban o bien en su calva o en la del propio Medina. El secretario general de Recursos Energéticos lo miraba cada vez con más odio. Augusto Piñas desvió su mirada reprobadora de la escena de Pixi y retomó el asunto. -Es evidente que los murcianos se llevan la palma. Están más preparados, disponen de más medios y les avala la experiencia. ¿Qué pensáis? Necesito opciones, necesito una hoja de ruta clara y nítida- el ministro remarcó su insistencia golpeándo en la mesa. Como en un examen, Piñas iba a probar a cada uno de los presentes y se dirigió esta vez al secretario de Estado de Telecomunicaciones. -A ver, tú, Navarrete, aunque esto no es tu tema, eres ingeniero, ¿cómo lo ves?-. Piña esperó para obtener una respuesta y sólo vio la cara blanca e inexpresiva de aquel hombre.

39


Julián Navarrete movía la pierna derecha arriba y abajo compulsivamente balanceando su cuerpo sin decir nada. Miró al ministro, balbuceó algo incomprensible y volvió a beber de su copa de licor de chocolate Regent-Gold. Piñas se enfureció ante el gesto evasivo del experto en telecomunicaciones. -Vamos, vamos. Habla. Deja ya de hacerte el ofendido. Dime qué coño piensas sobre el silo nuclear, que llevas todo el viaje ahí acogotado sin hablar. No es tu problema, claro. Tampoco es tu puto problema la Comisión Europea imponga sanciones a las telecos por cobrar tarifas abusivas en Internet. Tampoco es trascendente que le hayas mandado una rata muerta a la comisaria europea en respuesta a aquel titular-, y mirando a Pixi, Augusto preguntó: -¿Cómo era? ¿Qué decía?-. -Que nuestra tecnología en Internet es cara y del tercer mundo, Jefe- respondió Pixi diligente y haciendo un gesto con ambas manos para entrecomillar la frase. El ministro de Tecnología inquirió al acusado -¿Lo ves Navarrete? Ya ni me acordaba. Mírame, coño. ¿Me ves enfadado? Te llevaste una puta bronca y ¿qué querías? Olvídalo. Esto no es una guardería de nenes que se retiran el saludo si se mosquean-. Julián Navarrete detuvo en seco el balanceo nervioso de su pierna y se dispuso a hablar aún con los labios manchados de licor de chocolate. Pero Pixi empezó a reirse y a elevar la voz para acallar cualquier intento de conversación al uso. -Oid, este tío es patético- dijo mirando a Piñas, pero volviéndose a Navarrete siguió: -Mírate, ahora sí pareces una nenita que se ha tomado el cola-cao. Lo que deberías hacer es operarte tu puto miedo a volar. Si es que nos das unos viajes… que es para cagarse y luego tenemos que gastarnos una pasta en publicidad institucional y dar entrevistas en exclusiva para cerrar bocas-. Navarrete estaba punto de estallar y sus movimientos volvían ahora a ser más convulsos. Dejó pasar las palabras del director de comunicación y respondió a Augusto Piñas. -Oye, Jefe, sabes perfectamente que no estoy enfadado, conoces mi puto miedo a volar-, hizo una pausa. -Y que sepas que no me arrepiento de haberle dicho a la zorra de la comisaria europea que seguramente era mejor pertenecer a la liga de estados americanos que a la Unión Eurpoea-. Navarrete parecía al borde de un precipicio y a sus ojos asomaba un fuego perturbador. Justo Leandro, el asesor internacional del Ministerio, rompió por primera vez su silencio.

40


-Si te hubieras quedado ahí, Navarrete, no habría pasado nada, incluso hubiera sido gracioso. Tus palabras sólo han ocasionado un conflicto diplomático con la Comisión Europea, disculpad, de tres pares de cojones, como dirías tú en plan campechano-. Navarrete se puso a mirar por la ventana sin darse por aludido, se ponía cada vez más blanco y un sudor frío recorría su calva. Se quitó la americana y miró hacia el techo del avión preocupado. -¿Viene la azafata o no viene, coño? Se me ha acabado el licor. ¿Sabéis si hay aquagym en el hotel de Abu Dhabi?-, preguntó. -Es que mi mujer me ha dicho que con un poco de ejercicio en el agua se me pasará enseguida la tensión del viaje. Se trata de un remedio casero y debo hacerlo nada más llegar por prescripción facultativa. Mi mujer es médico, así que ella lo sabrá mejor que nadie-. Teresa Baltar no entendía nada, pero aquella conversación había conseguido disipar su miedo a no estar a la altura de aquel grupo. Cruzó una mirada aséptica con el ministro que se mesaba el pelo. La presencia y las intervenciones de Pixi enturbiaban las intenciones y alteraban los ánimos. Y lo que más le desconcertaba era el porqué le consentían tantos caprichos de niñato al director de comunicación que además, con su atuendo de boy scout, desentonaba con el gris marengo y las corbatas de seda de aquel grupo. El secretario de Energías o Rey Sol o Pachamama o Jesús Mediana, recondujo el disparatado hilo con el que se había tejido aquella conversación sin descuidar la posibilidad de introducir el valor de su presencia allí. -A ver, coño. Tengo mucho que tratar con Piñas antes de aterrizar y estáis haciendo que pierda el tiempo miserablemente, bueno, que lo perdamos Augusto yo-. Pachamama bajó levemente la cabeza mirando al ministro en un gesto de complicidad en el elevado escalafón que creía compartir con él. Y Piñas le devolvió el gesto, admiténdole por un instante en su estatus. Pixi intervino de nuevo como si no hubiera sido incluido por Pachamama en el grupo de los que hacen perder miserablemente el tiempo. El director de comunicación estaba decidido a hacerse notar y a no discutir de frente con el secretario general. Y ahora la tomaba con Teresa. -A ver, Maite ¿tú pierdes el tiempo aquí? ¿Tienes cosas mejores que hacer que discutir del silo nuclear o la sanción de las telecos? ¿O crees, como nuestro amigo Pachamama, que sobras en este grupo? Eres asesora ¿no?, pues asesora, joder.

41


Teresas, sin tiempo para poder responder “eres un hijo de puta, yo me voy de aquí”, se topó con la voz enérgica de Augusto Piñas. El ministro intervino. -Basta ya, Pixi. O te callas o te vas con los periodistas, que es lo que tendrías que estar haciendo ahora, comerles la oreja y venderles motos. No sabemos de qué va la prensa en este viaje. Han venido a joderme, coño. Quieren saber si vamos a chuparnos las pollas con los árabes-. El ministro estaba alterado. -Vale, Jefe, vale. Punto en boca- se tapó la boca con la mano y levantó las cejas para redondear su actuación de payaso en la función matinal. El Rey Sol, el jefe de la energía en el Ministerio, se arremangó la camisa con dificultad debido a que su sobrepeso y sus rollizos brazos le impedían subir más las mangas y habló de nuevo. -Estoy hasta los huevos de escuchar chorradas, callad ya. Y ministro, en relación al almacén nuclear en Murcia, tú sabes que no puede ser. Te falta perspectiva política-. Augusto Piñas lo miró sorprendido en busca de una explicación por su comentario desafortunado. Teresa Baltar no podía creer lo que estaba escuchando y también dirigió sus ojos hacia Medina reprendiéndolo como muestra de apoyo incondicional hacia Piñas. Jesús Medina, convencido de su metedura de pata, bajó la cabeza. –Disculpa. Lo que quiero decir es que a escasos meses de unas autonómicas allí no nos conviene buscarle un problema a la presidenta. Ya sabes, que es de nuestra cuerda-. El secretario general intentaba ser lo más educado posible, fastidiado por su falta de perspicacia al haber dejado en evidencia a su Jefe. -Pero en Murcia se dan las condiciones técnicas óptimas, y lo sabes, Medina-, se defendió Piñas. La azafata entró justo en el compartimento con una copa enorme de licor de chocolate y la botella. Navarrete, que seguía sudando a chorros mirando por la ventanilla, sacó dos pastillas de Tranquimacín y se las tomó de un golpe. -De verdad, cuánta mierda-, dijo Pixi. –Eso, bebe, bebe, que al menos así no joderás la marrana-. Teresa se convenció de que no quería ser como aquellos políticos que en un ejercicio de poder absoluto y brutal se comportaban como dioses en un Olimpo de cartón piedra, preocupados más por perpetuarse en el cargo que en ejecutar las funciones propias de su trabajo. El exceso de confianza entre aquellos hombres, después de tantos años juntos, había dado lugar a un

42


menosprecio que todos se tomaban a broma, pero que cuarteaba su integridad. Aunque tras aquella reflexión se convenció de que cualquier político estaba condenado. Incluso ella lo estaba. Cuando todo parecía en calma, el secretario general de Recursos Energéticos de la Madre Tierra, Jesús Medina, empezó a buscar unos papeles en su cartera. -Joder, joder, pero ¿qué coño es esto? ¿Quién coño ha metido esta mierda entre mis cosas?-, gritó lanzando unos sujetadores negros sobre la mesa de trabajo en dirección al sitio de Teresa. -Me cago en Dios-. Pixi retozaba en medio de una estúpida carcajada. -Deben ser de Maite. Vaya, te los dejaste en el baño y Medina los ha recuperado. Qué amable, Pachamama-, dijo Pixi a voz en grito. -Bueno, ya está bien-, dijo Augusto Piñas reprendiéndolos con contundencia. Supongo que sois conscientes de que Teresa puede denunciaros por acoso sexual. ¿Es eso lo que queréis mendrugos, vender vuestra carrera política por un buen titular? Un poco más de seriedad, cojones-. Con los ojos húmedos y a punto de echarse a llorar, Teresa Baltar se levantó de la mesa con la intención de salir de allí. -Tessy, por favor, vuelve a tu sitio. Esto no se volverá a repetir, te lo aseguro. Informaré al comité de disciplina. Por favor, reponte. Si necesitas salir, sal, pero vuelve cuando estés lista. Quiero oír lo que piensas sobre el silo nuclear, venga. Aquí es importante la opinión de cada uno de nosotros-, le pidió el ministro Piñas. Los sueños y los anhelos de Teresa Baltar de dejar atrás su Arévalo natal empezaron a abandonarla a través de sus manos sudadas y sus lágrimas a punto de brotar. Estaba paralizada. Aquella panda de hijos de puta había quebrado su capacidad de resistencia y su orgullo como persona y como mujer. Pero también sabía que sus proyectos de superación se quedarían en nada si no reaccionaba. Se imaginaba con la boca cosida o borrada de su rostro y con un enorme billete de vuelta a Arévalo por incompetente. Entonces su memoria rescató un papel confeccionado desde el Partido que le había facilitado su amigo Solozábal y que le permitía recuperar el rebote. Echó mano de las palabras que el ministro acababa de pronunciar y se vino arriba como un delantero ante el momento del penalti. -Ministro-, dijo y acto seguido carraspeó ligeramente para darse un rápido margen, ordenar su argumentación y secarse los ojos. -Creo que si tomas ahora una decisión sobre el cementerio nuclear debes tener en cuenta varios

43


factores-, sus palabras suscitaron interés y todos la miraron muy serios a la espera de una explicación. -Los sondeos sitúan a la presidenta murciana por los suelos. Es verdad que es allí donde se dan las mejores condiciones para instalar el almacén o el SRCS, pero eso sería una putada para ella. Se encuentra en una situación muy delicada para ganar de nuevo las elecciones. Eso sólo le restaría votos-. Teresa realizó otra pausa para tranquilizarse. Su corazón palpitaba con rapidez. -Por otro lado, Jefe, si decides esperar hasta después de los comicios autonómicos dará la sensación de que crees que el Gobierno de Murcia está finiquitado-. -Un momento, Tessy- interrumpió el ministro. -Ninguna de las dos opciones te parece bien, entonces-. -Es complicado, pero si no se toma una decisión antes de las elecciones, estarás lanzando un mensaje negativo. Se podría creer que desde Madrid preferimos un nuevo Gobierno en Murcia de signo político diferente al nuestro porque facilitaría las cosas. ¿Consigo explicarme?-, señaló Teresa Baltar con el ánimo rebosante de satisfacción. -Yo no entiendo nada-, comentó Pixi. -Calla, coño, Pixi. Perdona, María Teresa. Sigue-, se dirigió a ella amablemente el secretario general de Recursos Energéticos de la Madre Tierra buscando una reconciliación. -¿Quieres decir que quizás se entendería que otro Gobierno en Murcia podría aceptar el silo con el fin de llegar a acuerdos más favorables?-Efectivamente-, subrayó Teresa, convencida de que se encontraba en lo más alto. -Además, aunque inicialmente supondría contar con apoyos puntuales suplementarios en el Congreso y en el Senado a cambio de más inversiones en infraestructuras y traspasos de competencias, todo eso perjudica a nuestra presidenta en Murcia. Y a nosotros-. -Claro, ahora lo veo-, dijo Augusto Piñas. -Así es. Una parte importante de los votantes de la actual presidenta en Murcia nos apoyan a nosotros en las generales, ¿no, Tessy?-. -Eso es, y simplemente se sentirían traicionados y no la votarían ni a ella ni a nosotros en las generales. Lo has captado perfectamente, Jefe-. Todos miraron asombrados a Teresa.

44


-Por lo tanto, y supongo que todos lo suscribiréis, sólo nos queda una opción-, se lanzó Teresa completamente integrada. -Debes ubicar el SRCS en una autonomía de signo político contrario al nuestro, que disponga de un pueblo entre esos cinco candidatos y que su Gobierno tenga ahora un rosario de problemas judiciales por corrupción. Ahí puedes tener una hoja de ruta-. -Es un plan cojonudo, ministro-, señaló Navarrete, ya repuesto su su aerofobia, como si las palabras de Teresa hubieran sido pronunciadas por el Augusto Piñas y no por ella. -Bueno, y todos sabemos quién tiene más imputados por metro cuadrado ahora mismo-, finalizó Teresa. Tras aquel alarde en su exposición un sudor frío recorrió su frente. Se moría de miedo por la reacción. Los nervios le habían dado mucha sed y decidió beberse sin pausa la copa de licor de chocolate de Navarrete que tenía a su derecha, dejándolo estupefacto y desvalido sin su asidero alcohólico. -Magnífico, Tessy, magnífico. La has vuelto a clavar, bueno, la hemos vuelto a clavar-, exclamó el ministro para después soltar una bomba ante todos. -Qué gran jefa de gabinete hemos perdido-. Los presentes la miraron con cara de aprobación y sorpresa. Aquella extraña recién llegada acababa de dar el primer paso para entrar en el cogollito. Teresa Baltar no era muy consciente de lo que acababa de ocurrir y de los recelos y susceptibilidades que aquella nueva etapa levantaría entre los miembros del gabinete ministerial. Jesús Medina, el Rey Sol de la fotovoltaica, rompió aquel momento de onanismo autocomplaciente. Se remangó la camisa de nuevo y volvieron a quedar al descubierto sus brazos velludos y gruesos. Su reloj de pulsera gigante allí no parecía más que el de una colegiala de primaria. -Ministro-, dijo, -Tenemos que tomar una decisión vital. ¿Cómo solucionamos lo de los emiratíes? Lo que nos tiene que importar es su inversión de diez mil millones en fotovoltaicas y eólicas a través de su empresa estatal. Nunca se había hecho una inversión tan cojonuda-. El Rey Sol parecía inquieto y con prisas por cerrar el asunto del viaje que les llevaba a Abu Dabhi. -Coño, que vamos a aterrizar y aún no sé qué cojones vamos a hacer-. Todos habían cerrado ya la página del cementerio nuclear, bien porque la hoja de ruta marcada por Teresa concitaba la unanimidad, bien porque la asesora ya había tenido suficiente protagonismo. Augusto Piñas se había metido de lleno en otro tema que, por su gesto rígido, le causaba más preocupación. -Tenemos que ser muy precavidos para que esto salga a la perfección. Debe parecer ante otros posibles inversores internacionales que tenemos unas relaciones bilaterales estupendas en todos los ámbitos. Debemos abrir todos

45


los campos. Y ahí es donde entran Tessy y Navarrete-, puntualizó Augusto Piñas. -Tessy, debes establecer un cauce parlamentario de contacto a través de un grupo de amistad mixto Congreso-Senado España-Emiratos Árabes Unidos-. -¿Cómo si tuviéramos unas relaciones bilaterales estupendas?- preguntó Teresa mientras el ministro asentía y daba la espalda a su pregunta. -Y tú, Navarrete, debe parecer que buscamos canales para intercambiar información y tecnología. Tiene que parecer que se trata de nuestra prioridad absoluta-. Pixi interrogó al ministro antes de hablar. Le dirigió un gesto de elevación de hombros. -Muy bien, pero ¿cómo coño explicamos a los periodistas que un país como los Emiratos, que duerme bajo un mullido colchón de crudo e hidrocarburos, con más horas de sol que España, quiere instalarse en nuestra casa para invertir en energía solar?-. Jesús Medina se pronunció al momento. -Todo el mundo va a pensar que es por las putas primas. Las vamos a recortar dentro de un mes en nuestro país y con éstos vamos a firmar en cuestión de días. Nos van a joder por todas partes-. -Debemos evitar cualquier conjetura. Pero como supongo que nuestra hada madrina no tendrá una respuesta para esto ya lo discutiremos más adelante-, precisó el ministro dando por concluida la reunión. Augusto Piñas la miró desde su sillón. Se levantó y cuando todos habían abandonado la salita, se dirigió a Teresa. -Tessy ¿sabes que me recuerdas a mi mejor amiga en el MIT? Estudiamos juntos en Massachussets. Se llamaba Tessy, os parecéis muchísimo y ella también cuidaba de mí ¿sabes?. Lo único es que ella es de Amsterdamm y tú de Arévalo. Ah, y casi se me olvida, bienvenida al proyecto -. Se sentía satisfecha y le importaba muy poco si el equipo del ministro la veía o no con buenos ojos. Hasta hoy eso le había preocupado, pero ahora ya se sentía pertrechada por la confianza y el trato exquisito de Augusto. El asesor internacional aún estaba en la puerta, esperándola. Justo Leandro le sonrió con un gesto sincero. -Siento mucho lo que ha ocurrido hoy. Son unos hijos de puta-.

46


Le hubiera gustado decirle algo inteligente y reconfortante. Le había parecido el tipo más razonable de todo el grupo. Pero justo cuando iba a secundarle, Leandro amplió su frase. -Ya lo verás, esto no es más que una mierda. Te irás acostumbrando. Aquí impera la violencia anímica, porque física no se puede. Se trata de un ambiente podrido en el que sólo existen las relaciones de poder, las mentiras disfrazadas. Aquí reinan los fantasmas dolorosos y los volcanes que van a entrar en erupción-. Llegó hasta su asiento y una mujer que ocupaba la plaza del pasillo contigua a la suya descansaba con las piernas estiradas y le impedía pasar y acomodarse. -Perdone, ¿me permite?-, se dirigió a ella en inglés tímida y respetuosa. La mujer se hizo a un lado para que pudiera sentarse. -¿Usted es española, verdad, bonita?-, le preguntó en español. -Los españoles tienen un acento precioso en inglés-. -Gracias, muchas gracias-, contestó Teresa. -Permítame que me presente. Es que he estado en el bar durante todo el viaje y estoy un poco achispadita. Me llamo Jazmina Al-Farhat Kudratt, del clan del emir Al-Farhat-. -Vaya, me ha tocado una princesa de edad, borracha y con ganas de hablar. Es justo lo que necesito-, pensó. Aunque luego se percató de que la avanzada edad de la mujer sólo se intuía mirándole las arrugadas, venosas y manchadas manos. Estaban muy cuidadas, con uñas esculpidas y brillantes, y sujetaban una copa con un Dry Martini. Salvo aquella ligera imperfección, el resto del cuerpo resultaba increíble. Estaba delgada y tenía unos senos generosos y firmes, que no se movían con las turbulencias. Su vestido rojo ajustado permitía ver una cintura estrecha, sin barriga ni michelines, y unas caderas sin cartucheras. Era extraño comprobar algo así en mujeres de su edad. Aunque la melena rubia le tapaba medio rostro, Teresa consiguió atisbar unos ojos verdes profundos y misteriosos. -¿Quiere usted un dry Martini? Yo podría beberlos sin parar. Tómese uno, mujer, esto le relajará. ¿Sabe? Me encanta aprovechar al máximo hasta el último minuto antes de regresar a mi país. La vida de una mujer en los Emiratos resulta monótona, gris, ocre, aburrida y decepcionante, por mucho que una tenga una carrera y gane mucho dinero. Si además tenemos en cuenta que no hay muchas oportunidades de pasarlo bien de forma

47


espontánea, estos viajes vienen muy bien-.

son un sucedáneo de libertad apetecible y que

A Teresa no le seducía nada aquella conversación y se limitó a asentir con la cabeza. Pero se le notaba demasiado. -Pobrecita, ¿está cansadita, no? Claro debe usted llevar un ritmo de trabajo considerable. Discúlpeme por inmiscuirme, pero usted que todavía es joven y lozana, debería tratarse un poquito mejor. Lo que debería hacer es darse unas sesiones de radiofrecuencia. Y debería probar también el ácido hialurónico. Es estupendo, se queda una como nueva-. No estaba llevando Teresa nada bien la conversación. Aquella sílfide de tetas hinchadas y manos de bruja se había percatado de que estaba hecha un asco. Frunció el ceño y dejó de sonreír. -Escuche. No se enfade. Ya sé que esto le parecerá ofensivo, pero se lo digo muy en serio, olvídese de la cosmética para aparentar lo que no es. Y no me refiero a ese pintalabios que no le sienta nada bien. Usted es una mujer guapísima y podría sacarse aún más partido. En estos tiempos que corren, la salud y la medicina son las que le proporcionarán la belleza que usted necesita. Le voy a poner un caso práctico que le vendrá muy bien. Usted sabe que la ropa interior sienta mejor sin vello y las mujeres latinas y árabes tenemos mucho. Además, rasurado resulta mucho más higiénico y ni usted ni yo tenemos ya veinte años-. -¿Qué coño pretende esta vieja?-, pensó Teresa dolida en lo más profundo de su dignidad femenina. -La mejor forma de rejuvenecer el pubis es hacerse una depilación íntegra de la zona genital. Así se prevé lo que puede ocurrir en la menopausia. Si aparece huesudo o poco turgente se inyecta un poco de su propia grasa, del pompis, por ejemplo, o de las caderas, y ya está. Yo me lo he hecho y me va muy bien-. Se llamaba Jazmina Al-Farhat Kudratt y, tal y como indicaba la tarjeta de visita que le tendió a Teresa, era la presidente del grupo dermoestético internacional con sede mundial en Abu Dhabi, SkinTouch Corporation. -Gracias-, dijo Teresa. -Llámeme si me necesita en alguna ocasión-, le contestó Al-Farhat.

48


5. Mendicidad Agresiva

“Alone!!!//I am alone-. I am always//Alone//No matter what.//There is nothing to fear,//But fear itself” (Marilyn Monroe. Sin fecha. Aproximación poética encontrada en uno de sus escondites de papel)

El avión empezó a descender. Teresa lo notó porque las nubes que, durante el monólogo sobre estética del pubis, quedaban tan lejos, ahora envolvían el aparato. Su compañera de asiento, tras apurar el Dry Martini, también lo constató. -Vaya, qué tarde se nos ha hecho, nenita. Quedan menos de quince minutos para aterrizar. Pero qué diablillo; de tanto hablar casi me mete en un buen lío. Lo he pasado tan bien, es usted encantadora-, dijo Jazmina al-Farhat Kudratti. La mujer Teresa se mostró halagada con una sonrisa amable y franca. Aquellas palabras le reconfortaron en su asiento. La asesora Teresa había saltado momentáneamente de aquel avión. Dejar el lastre de la responsabilidad le permitía pensar con más agilidad. Jazmina se levantó y con pasos lentos se incorporó a la improvisada pasarela de Gucci, Prada, Chanel, Dior, Dolce y Gabbana, Bulgari, Givenchy, Christian Louboutain, Armani, Hermés y Oscar de la Renta en la que se había convertido el corredor hacia los aseos de clase business y que Teresa identificó con asombro. Un ejército de diosas del bisturí y del ácido hialurónico, de damas del estilismo y de la belleza del poder femenino avanzaba tranquilamente hacia los aseos entre risas y alegres conversaciones. Teresa había reconocido aquellos vestidos, aquellos trajes chaqueta y todos los complementos. Fue entonces cuando la chica de Arévalo regresó. Pero esta vez no emergieron los monstruos de su propia oscuridad y su miedo. El poder real, transformado en lujo, de aquellas mujeres le resultó gratificante. Pensó que, al igual que Jazmina, todas eran féminas bellas con títulos nobiliarios y carreras en universidades internacionales, con vidas de éxito e intensidad profesional bien llevadas. Y a pesar de que ella, Teresa Baltar, disponía de una opaca licenciatura en Derecho por la Universidad de Salamanca, estaba convencida de que había llegado el momento de empezar a sacarle brillo a su nueva situación.

49


Tras la algarabía del desfile se hizo un silencio largo, denso y tristemente premonitorio. Y sucedió que, desde las puertas de los retretes, se inició una procesión de niqhabs negros, grises y azul marino mortecinos que, como mazmorras del islam omnipresente, encerraban la hermosura, la alegría y la fuerza de hacía unos instantes. Estaban a punto de tomar tierra en Abu Dhabi, la capital de los Emiratos Árabes Unidos, la séptima reserva mundial de petróleo, el país de los negocios, el dinero y los hombres poderosos. Entonces, Teresa, en un arrebato de frívola lucidez, se percató de que en cierto modo era como esas heroínas. Sus descoloridas cárceles de tela guardaban entre los pliegues el olor de las esencias más rancias de los Emiratos. Igual que sus ropas de candidata perdedora de Arévalo aún atesoraban el tufo a derrota vital del que no conseguía desprenderse, como en una condena. Pero desde que estaba en Madrid las tornas empezarían a cambiar, si no lo habían hecho ya. El recibimiento en el aeropuerto internacional de Al Ain resultó accidentado y aparentemente poco cordial, lo que provocó un considerable retraso en el desplazamiento de la delegación hasta el hotel Emirates Palace. Por este motivo, el ministro tuvo que separarse del grupo para llegar sin retraso a la recepción oficial en la residencia real de Qasr al Hain. El contratiempo rompió el halo mágico y exótico de las Mil y Una Noches que había gestado la ignorancia de Teresa sobre aquel país del golfo Pérsico. -¿Pero qué coño hace esta gente? ¡Sacádmelos de encima, hostia!-, aulló Pixi despavorido mientras cinco agentes de la guardia de su Alteza Real el emir Anwar Wagdi Bin Aswany, su anfitrión, lanzaban una ducha de porrazos, puñetazos y patadas hasta tenderlo en el suelo y confiscarle la máquina fotográfica sin más explicaciones. Todo logró aclararse gracias a la intervención del joven y apuesto embajador español, don Jacinto Merino De Ronda y Santacana Reinfeld Cruz Fritz Lebossé, como reseñaba su tarjeta. Por suerte, Pixi no perdió los dientes y sólo volaron por los aires algunas de sus carpetas con papeles que Teresa consiguió recuperar. Ella no lo sabía aún, pero aquel suceso había sido el preludio de lo que tendría que acontecer en las horas sucesivas durante su estancia en Los Emiratos. Acababa de entrar en el laberinto de su reciente existencia, de su hoja de ruta enmadejada, sin comerlo ni beberlo y sin tener la más remota idea de hacia dónde la conduciría. Una vez en la lujosa furgoneta Mercedes Benz de camino al hotel, Teresa se percató de un hecho singular. Pese al degüello de soles que inundaba la tarde, lo que suponía una temperatura de cuarenta y dos grados centígrados a la sombra y una humedad de más del 30%, nadie transpiraba ni una sola gota.

50


-Qué fuerte, ¿Os habéis dado cuenta de que están todos como toneles y nadie suda y siempre están impolutos e inmaculados?-, preguntó Teresa sentada entre Pixi y Justo Leandro, el asesor en temas internacionales. -¿De qué coño me hablas Teresa? ¿No ves que estoy cabreado y que este país es una mierda del tercer puto mundo? Anda, bonita, vete con tus gilipolleces a la mierda y déjame en paz-, exclamó Pixi con un hilo de voz de orgullo roto desde sus magulladuras y sus ojos cubiertos de un brillo delator, convencido de que se dirigía a él. -Bueno, bueno. Tranquilo, Pixi. No te pongas idiota que lo que te ha pasado te lo has buscado tú-, terció Justo Leandro. -Si te hubieras leído el dossier que preparé antes de salir, habrías visto que está terminantemente prohibido hacer fotos de las instalaciones aeroportuarias y concretamente de la cúpula. Señor, qué cruz-. -Ni se te ocurra llamarme idiota, imbécil-, gritó Pixi en el límite del llanto. -Es culpa tuya. Te habrías ahorrado los golpes-, insistió repelente Justo Leandro. -No era mi intención molestar a nadie-, intervino cariacontecida Teresa. Pixi cruzó los brazos, frunció el ceño y se volvió para mirar por la ventana cuando sus lágrimas trenzadas resbalaban por las mejillas sin emitir ni un solo sollozo de quebranto. -De todos modos, para tu información, se trata del aire acondicionado…-, comentaron casi al unísono Justo Leandro y el embajador, que se sentaba en un asiento delantero. Entonces empezó un duelo momentáneo. -Disculpe, don Justo, no quería interrumpirle; es la fuerza de la costumbre, ya sabe-, dijo el embajador. -No, no, por Dios, don Jacinto, no era mi intención. Prosiga, por favor-, se excusó en tono irónico y afectado Justo Leandro. Todo tenía una explicación. Justo Leandro, que llevaba ya mucho tiempo de asesor en relaciones internacionales para el Ministerio, era Técnico en Comercio Exterior, un cuerpo de altos funcionarios del Estado prácticamente desconocido por la dureza de las oposiciones, aunque muy útil en las embajadas. Estos servidores civiles, generalmente economistas, recelaban por sistema de los diplomáticos de carrera que se hacían con la titularidad de una legación en un destino cuasi exótico e importante siendo muy jóvenes. Por lo

51


general, fuese verdad o no, se consideraba que alguien que se apellidara Merino de Ronda y Santacana Reinfeld Cruz Fritz Lebossé no era más que un florero de su familia, una pica en Flandes de su propia saga de diplomáticos. En definitiva, su familia lo había colocado allí para preservar sus estatus quo. Se daba por descontado que la oposición estaba amañada y que había pasado por delante de personas mucho más válidas y con más experiencia, que hacía años que esperaban un destino, pero que no tenían una tarjeta de visita desplegable y con tantas solapas como la de don Jacinto. Y don Jacinto prosiguió con su explicación en un castellano olvidado. -Pues como iba diciendo, nadie transpira debido al uso excesivo y derrochador que hacen estas gentes del aire acondicionado. Les aconsejo que tomen precauciones y se tapen bien o de lo contrario, se resfriarán. No rechacen las mantas del hotel y lleven la americana y el chal para las señoras a mano. Les servirá además para mostrar el respeto y el decoro que se espera de ustedes como invitados reales-, con su voz atiplada y su peinado con gomina, desplegaba con pedantería sus saberes diplomáticos. Justo Leandro miró con asco e inquina al embajador y aportó su granito de arena. -Todos los hombres pueden llegar a tener unas cincuenta kanduras, las túnicas blancas que llevan puestas. Como son todas muy parecidas, cuando sudan se la cambian y vuelven a estar impecables-. Leandro se desquitaba así con el nuevo dato. Tras ocho horas de vuelo y cinco de diferencia con Madrid, al llegar al hotel, Teresa estaba rendida, pero aún tenían la reunión con el ministro para preparar el encuentro del día siguiente con los emiratíes. Estaba tan cansada que ni se había percatado de que en los pasillos de cada una de las plantas del selecto Hotel Emirates Palace había plantadas palmeras. Caía la tarde y quería dormir. Se pidió un té para animarse y se tapó con una manta, porque realmente hacía mucho frío. De repente, se acordó de su padre. El sargento Francisco Baltar sudaba mucho bajo el tricornio y le solían acompañar dos perennes cercos de sudor alrededor de las axilas. Ese recuerdo le provocó un mordisco en el estómago. A pesar de los desencuentros propios de la relación padre e hija, Teresa comprendía que Francisco Baltar había sido el único hombre de su vida en el que había podido confiar plenamente. Se asustó y algo se quebró en su interior. El cansancio, la infancia y el vuelco inesperado que había dado su vida recientemente se encontraron en aquel palacio de palmeras en los pasillos.

52


Se relajó en el jacuzzi, se tomó otro té y se preparó para la reunión que se auguraba larga y complicada con el ministro Augusto Piñas y el resto del equipo. Tras varias horas de trabajo, cayó de bruces en la cama de su suite con la certeza de que nadie había hecho su trabajo con eficacia y que, a la mañana siguiente, tendría que activar toda su capacidad para resolver la dejadez de la inoperante maquinaria ministerial. Se despertó temprano haciendo saltar de su interior la diosa guerrera que llevaba gestándose sigilosamente desde hacía décadas en sus entrañas. -Me cago en Dios, Conchi, ¿me quieres pasar de una puta vez con el Consejo Nacional de los Emiratos, a ver si consigo hablar con los de la Comisión de Industria o de Energía o de lo que sea?-, chilló Teresa desbocada a su secretaria en Madrid, mientras por el otro móvil cargaba contra su ayudante en la asesoría parlamentaria, Manuel Sola. -Y tú, Manuel, ¿quieres mover el culo y decirle al presidente de la Asamblea Parlamentaria de cartón piedra que tienen aquí que llevo en este país un huevo de horas y no me han hecho aún ni puto caso?. ¿Lo has entendido?-. -Coño, Teresa, ¿cómo haces para hablar con Conchi y conmigo al mismo tiempo? Nunca antes había visto a un asesor parlamentario tan omnipresente. Es increíble-, se sorprendió Manuel en Madrid sorteando la violencia que emanaban las órdenes de Teresa Baltar. -Pero ¿sois idiotas o qué coño os pasa?-, chilló Teresa desde Abu Dhabi. -Pareces tonto, Manuel, ¿no ves que tiene dos móviles?-, dijo Conchi. -Hostia, es verdad, ni me había dado cuenta-, se volvió a sorprender Manuel en una carcajada. -Ya está bien-, Teresa colgó convencida de que eran unos inútiles. Tomó aire y respiró profundamente, contrariada por haber sido incapaz de controlar sus pulsiones y por haberse visto envuelta en aquella desagradable conversación. Se sentó para recapacitar sobre lo que había sucedido. Antes, estampó contra la puerta una taza de té que manchó su falda. La puerta se entreabrió y apareció la cabeza de un Guardia Real contra el que lanzó otra taza de té. Todo empezó torciéndose a su llegada a la Abu Dhabi Company for Offshore Operations donde debía tener lugar la reunión entre la delegación ministerial y los emires. Teresa seguía cansada, la noche anterior habían estado discutiendo hasta altas horas de la madrugada el ministro, ella, el secretario

53


general de Tecnología, el secretario de Estado de Recursos Energéticos para la Madre Tierra y el director de Comunicación. Habían pergeñado la estrategia perfecta a seguir con los emiratíes para que invirtieran diez mil millones de euros en la industria fotovoltaica española. Se disponían a entrar a la reunión de la mañana. -Ministro, secretario de Estado, secretario general, don Justo, don Pío, síganme por favor-, indicó el embajador Jacinto Merino, quién, como el día anterior, apareció con su cabello prieto engominado. Le acompañaba el responsable de protocolo del emir de Abu Dhabi. Teresa se levantó y salió disparada hacia la puerta. Dos agentes le cerraron el paso. -¿Cómo? ¿Pero qué es esto? ¿qué pasa conmigo? ¿Y yo? Pero si hasta he traído este chador que compré especialmente en el aeropuerto para ponérmelo en la cabeza durante la reunión. No me podéis dejar aquí-, protestaba Teresa buscando huecos entre los brazos de los soldados que la retenían. Todos salieron de la habitación sin dar la menor importancia a sus quejas y sin volver siquiera la cabeza. Sólo el embajador la miró con condescendencia. -Mire, María Teresa, se trata de una simple cuestión de protocolo. No vamos a montar ahora una escenita. Hay menos sillas de las previstas para las visitas y sus altezas reales están a punto de llegar. No podemos hacerles esperar-, respondió con sorna y una sonrisa brillante Merino de Ronda y Santacana Reinfeld Cruz Fritz Lebossé. -¿Y por qué no sale Pixi y paso yo? Él no pinta nada en esa reunión-, dijo rabiosa. -Vamos, vamos, Doña María Teresa. No se ponga así. No es más que un malentendido que se solventará en breve. Ahora lo solucionamos-, zanjó el embajador Merino con diplomacia. Con aquella última velada promesa, se guardó el orgullo y contuvo su ira. Cinco horas después todo se fue al carajo. Esperó hasta que fueron las nueve de la mañana en Madrid. Entonces entendió que la habían ninguneado por el simple hecho de ser mujer. A medida que fue pasando el tiempo, su cerebro se convirtió en un polvorín. En la sala había una pantalla en la que estaban sintonizados cientos de canales, la mayoría de ellos de televisiones del Golfo Pérsico. Excepto en los canales

54


occidentales, en Al-Yazira y en alguno más, el resto de televisiones tenían presentadoras cubiertas de arriba abajo con un niqhab, con un velo integral que sólo dejaba ver sus ojos. Empezó a caminar de un lado a otro de la sala con las manos en los bolsillos. De uno de ellos sacó un papel. Era uno de los que se le habían caído a Pixi durante el desafortunado capítulo con la policía del aeropuerto. Había palabras escritas a mano. Las leyó atentamente. “¡¡¡Solo!!!/// Estoy solo. Siempre estoy/// Solo/// No importa el motivo./// No hay que nada que temer/// Sólo hay que temer al mismo miedo”. Le extrañó que Pixi fuera el autor de aquello. No era posible que aquel tipo se sintiera exactamente igual que ella, porque en absoluto aparentaba aquellos sentimientos. Empezó a reflexionar también sobre su relación con su ex, Matías Luque, y los estúpidos motivos que la habían llevado a prolongar aquel teatro de hipocresía y cinismo sólo por vivir en un pueblo como Arévalo y estar atenazada por el miedo. Matías había sido un cerdo que se la había pegado con cualquiera. Y ella había mantenido el tipo por orgullo. Qué imbécil se sentía ahora cuando recordaba los domingos grises que había pasado planchando en casa o repasando el baño, esperando a que el cabrón de Matías volviera de sus supuestas monterías y cacerías. Eso es lo que eran, pero no de venados y codornices. Y ahora en Abu Dhabi estaba igual. Engañada y olvidada. Se sintió como una mierda. Sus patrones de comportamiento no cambiaban. Estuviera donde estuviera, su carácter dócil de vaca parturienta la convertía en una presa fácil. Sólo cambiaba el decorado. Su vida cada vez le daba más asco. Todo el mundo se aprovechaba de ella y estaba harta. Tenía que cambiar. Ese país le invitaba al lanzamiento de piezas de porcelana y cristal. Estrelló una taza y una copa contra la pared y la puerta. Un grito de dolor, contenido durante años, atravesó su garganta hasta convertirse en un lloro siniestro y profundo. Tras aquel arrebato, unos minutos más tarde, unos nudillos golpearon la puerta. Abrió y ante ella apareció una mujer de unos cincuenta años, con un aspecto envidiable. Una cabellera negra, una tez morena, unos ojos verdes y profundos, una enorme sonrisa y un cuerpo escultural, con una cintura de avispa, enfundado en un traje chaqueta de Dior, derribaron una de las paredes del laberinto en el que se encontraba. -Bueno, Mariè-Thèrése, si llego a saber que nos iba a romper todos los juegos de té por no estar presente en la reunión, hubiese hablado antes con mi esposo

55


el emir para solucionarlo. Encantada de conocerla-, le dijo en inglés mientras la jequesa de Abu Dhabi, Busayna Bin al Nasser, le tendía la mano. Los ojos tristes de Teresa, llenos de pegotes y de rímel corrido, la miraron sin ganas de nada. -Vamos, Mariè-Thèrése, es usted una persona increíble. Desde Madrid, por orden suya, han movilizado a medio Consejo Nacional. Le doy mi más sincera enhorabuena, es la primera vez que una mujer consigue que nuestro Parlamento convoque una reunión con la Comisión de Industria. Y me he dicho: quiero conocer a esta mujer-, la escultural mujer le lanzó una mirada cómplice, tocándose la ceja lánguidamente con su larga uña granate. -Tengo que entrar en esa reunión. Necesito saber cómo van las cosas para organizar un encuentro entre la comisión de Industria de su parlamento y nuestra comisión de Energía-, se dirigió a ella Teresa un poco más tranquila. -Pero usted no está así por eso. No, no, no… Yo conozco bien el alma de las mujeres fuertes, y usted tiene algo ahí dentro que no la deja vivir. No se preocupe. Lo primero es lo primero. Acompáñeme-. Teresa le siguió dócil, halagada por las palabras que acababa de oír y, sin rechistar, atravesó puertas y pasillos hasta llegar a una sala desde la que se podía seguir la reunión con todo detalle a través de una ventana. Se asustó pensando que la podrían ver. -¿Qué es esto?- preguntó. -Mire, Mariè-Thèrése, las mujeres en este país y en muchos de la zona, como el vecino Qatar, y otros del golfo Pérsico, no somos más que eso, mujeres. Bueno, eso es lo que ellos creen, pero en realidad somos la presencia oculta que nos permite controlar más cosas de las que ellos querrían-. -Creo que no lo entiendo muy bien. El ministro ¿me puede ver o no?-. -A fuerza de doblegarnos, nos hemos adaptado hasta acumular mucho poder. Y no, no se preocupe, para ellos ahí dentro esto no es más que un espejo, pero desde aquí se trata de un centro de control de voluntades que nos permite tejer una telaraña muy resistente-. Con un movimiento de la mano de la emiresa, un técnico accionó un altavoz que permitía seguir la conversación en inglés sin problemas. En ese instante hablaba el emir. –Señor Piñas, nosotros no tenemos ningún inconveniente en invertir diez mil millones de euros en su industria energética fotovoltaica. Pero su Gobierno

56


debe comprometerse a pagar unas primas de 500 euros el megavatio hora, si no, no habrá acuerdo-. El ministro Augusto Piñas, miró con preocupación al emir. -Alteza, me pide usted un imposible-. -Caballeros, sé que nos entenderemos perfectamente-, replicó el emir. Ustedes necesitan sanear su economía y disponen de una tecnología que, a la larga, no nos engañemos, nos vendrá muy bien a todos. Tenemos que diversificar, el petróleo no durará siempre. Por eso les vamos a hacer un regalo. Les vamos a ingresar un millón de euros a cada uno de ustedes en la cuenta de un banco suizo para que podamos llegar a ese acuerdo-. -Suficiente, Mariè-Thèrése. Dejémosles con su mendicidad agresiva-, dijo la esposa del emir. Y con una palmada se desvaneció el sonido. Teresa Baltar, aún aturdida por lo que acababa de escuchar, se puso nerviosa y se sintió incómoda. Acababa de ver con sus propios ojos cómo intentaban comprar la voluntad del ministro y ahora se encontraba en un todoterreno viajando al lado de la jequesa a más de ciento ochenta kilómetros por hora en mitad del desierto hacia algún lugar desconocido. Se preguntó entonces cómo debía actuar. -No se inquiete, en política todo funciona igual. Sólo son pavos reales que necesitan extender su plumaje. No le dé más importancia. Tienen que demostrarse sus tonterías-, dijo la jequesa. Con la sensación de que se les estaba escapando todo de las manos, Teresa no pudo reprimir un comentario de desprecio. -Ya, pero es que en mi país, las cosas son un poco diferentes-. -Ah, Mariè-Thèrése, ¿me va a dar lecciones de democracia occidental? Muy bien, soy toda oídos. Por cierto, el presidente del Consejo Nacional, con el que tengo una gran amistad, me ha confirmado que no tiene ningún inconveniente en extender los lazos de amistad con su Congreso de los Diputados. Nos viene muy bien. Anímese, ya verá como todo saldrá bien al final. Así podremos vernos más a menudo, necesito mujeres despiertas como usted-. La jequesa demostraba ser una mujer moderna, culta y preparada. Era ingeniera en Telecomunicaciones por el MIT (Massachusetts Institute of Technology), la misma universidad que figuaraba en el currículum del ministro. -Perdone. Es que estoy un poco molesta por lo que ha pasado, no pretendía darle ninguna lección. Yo le pido disculpas-, dijo Teresa.

57


-Vamos, vamos. No tiene ninguna importancia. Ya se lo he dicho. En mi país vivimos de las apariencias. Y hay muchas cosas que no tienen sentido. Las mujeres viven subyugadas aparentemente, es una lástima, y a ojos de un occidental puede parecer un infierno. Sin embargo, tenga en cuenta que hay muchas formas de ejercer el poder. Y el dinero marca también grandes diferencias. No crea que las mujeres de este país somos idiotas-. -¿A dónde me lleva?-, preguntó Teresa. -Sólo quiero que vea esto-. Le mostró un complejo de edificios de vidrio, acero y hormigón, rodeados de jardines y lagos. He conseguido crear el Masdar Institute of Science and Technology, asociado al MIT. Estamos empezando, pero los 500 alumnos de la primera promoción están becados con 7.000 euros mensuales. Llevamos a cabo muchos proyectos, principalmente de energía nuclear y renovables, pero, en realidad, todo va enfocado a nuestra defensa militar. Y esto último, querida, sólo lo sabe usted. Guárdeme el secreto-, le dijo la gran benefactora de la energía emiratí acariciándole la mano. -¿Defensa militar?- preguntó La jequesa la miró de soslayo. -Es muy sencillo. Tenga en cuenta que estamos en uno de los polvorines más potentes del planeta. ¿Cree que desarrollamos tecnología de defensa por que sí? Pues no. Las energías modernas son excusas para diversificar y para defender nuestros intereses reales: los hidrocarburos. Lo que realmente debemos proteger-. Teresa Baltar seguía sin entender nada, pero le gustaba estar junto a aquella mujer que la trataba como si fuera su amiga. -El petróleo, Iraq, las armas nucleares que Irán desarrolla en una isla del golfo Pérsico conforman algunos de los mayores problemas del mundo. La I+D+i no es más que una excusa, una gran tapadera para llevar a cabo proyectos de Defensa que también nos servirán a posteriori-. El empeño, el vigor y la fuerza que desprendía la esposa del emir de Abu Dabhi, le habían dejado sin palabras. De la nada, había creado la ciudad de Masdar, la primera ciudad-universidad sostenible del Golfo Pérsico. No generaba residuos y su energía no provenía de los combustibles fósiles, sólo de fuentes naturales.

58


Después de la visita al Instituto Masdar, pasaron por el Marine Mall para hacer unas compras. La jequesa la agasajó con la renovación completa de su vestuario, a lo que Teresa se negó en rotundo sin ningún efecto. Antes de regresar al hotel, le obsequió con una sesión de hidromasaje. Además de que no estaba acostumbrada a todas aquellas atenciones, sospechaba que la jequesa la estaba comprando como el emir lo hacía con el ministro, pero ya se había despertado en ella la ambición de convertirse en una mujer valiente y de abandonar su pasado. Por la noche, antes de meterse en la cama, encima del edredón, descubrió un niqhab azul marino de seda con ribetes dorados y sobre la prenda, un collar de perlas con una nota: “Disfrútelo. Son perlas naturales, como usted. Necesito mujeres fuertes a mi lado.” Se sintió tentada y, tras las dudas, venció la tentación. Se probó el collar. No le quedaba nada mal. Le daba el porte y la insolencia que necesitaba para enfrentarse con fuerza a la vida. La jequesa había matado a Tere, a Teresa, a Teté, a Maria Teresa, a Maite y había creado a la nueva Mariè-Thèrése. Empezó a sentirse cómoda en su nueva piel de víbora. Se había perdonado por aceptar los trajes y los zapatos, tan sólo detalles amistosos, pero una joya pensó- era mucho más que un simple detalle amistoso. Volvió a dejar el collar de perlas en su cajita, y lo depositó encima del escritorio, al lado del tocador. A la mañana siguiente, durante el desayuno, antes de salir de regreso a casa, se percató de la cara de preocupación del ministro Augusto Piñas, que en todo momento evitó cualquier conversación sobre el viaje. Aquello le llevó a pensar que seguramente renunciaría al cargo al llegar a Madrid, si no lo anunciaba antes a los periodistas que los acompañaban. De camino hacia el aeropuerto de Al Ain se desató una tormenta de arena de proporciones bíblicas. El viento fuerte, mezclado con las partículas de arena, caía sobre ellos como un telón al final de una comedia, la comedia de Teresa Baltar, y parecía llevarse por delante su vida anterior. La comitiva tuvo que parar en mitad de la carretera porque la visibilidad era nula y les impedía avanzar. Pero tras la tormenta, vuelve la calma. La arena había cubierto por completo el asfalto de la carretera. El abismo de lo desconocido se abría ante ella. Teresa Baltar podía, si quería, como hacían los vehículos, trazarse una nueva hoja de ruta, un rumbo diferente al recorrido hasta el momento.

59


6. Calor residual

Las perlas de sudor empapaban la frente del secretario general de Recursos de la Madre Tierra. El gesto histriónico de Jesús Medina delataba el final de una ascensión a las cimas del placer rápido e inesperado. Había llegado al orgasmo en segundos. Relajado y traspuesto, dejó reposar su testuz sobre la piel del sillón, reseca por los fluidos que segregaba de forma constante su nuca. En cuanto se recuperó, se separó de la mesa dando marcha atrás a su sillón sin levantarse para permitir que, desde la profunda oscuridad, emergiera el artífice de su placer momentáneo. Primero ascendió el moño, después sus cejas pintadas y los ojos implorantes y por último se incorporó el resto del cuerpo de la jefa de gabinete. -Cariño, te he llamado para contarte que la asesora te puede joder-, dijo el secretario general, Jesús Medina, exhalando y con los ojos cerrados. -Vete con cuidado que esa perra no me gusta nada-. Esther Stanovich se recompuso la ropa y se alisó el peinado. Se sentó sobre la mesa y abrió las piernas. -¿Qué coño dices?-, rugió ella mientras se arremangaba la falda. -Ahora no. Chupa-. El Rey Sol introdujo su cabeza en el hueco de sus piernas dejando las gotas de su frente en la falda de Esther. Sin embargo, antes de empezar a lamer desveló el segundo motivo por el que había hecho venir a Esther. -Va en serio, Piñas cree que Teresa Baltar es la hostia y no tardará nada en dejarlo todo en sus manos. Siendo amiga de Solozábal y con ese cuerpo, tienes los días contados-. Lo dijo todo muy deprisa sospechando el poco tiempo que tendría para hablar. Y así fue. Stanovich agarró con sus manos impacientes la enorme cabeza de Pachamama y la movió frotándole la cara contra su pubis. El calor residual del cuerpo del secretario general que templaba sus muslos, alteró su circulación. En su despacho, Teresa Baltar recibía una llamada del director de comunicación. -Maite, tienes más trabajito porque yo estoy que me voy por arriba y por abajo. Creo que de esta no salgo-. -¿Perdón? ¿A qué te refieres?-. Teresa había respondido al teléfono sin atender a sus palabras. Repasaba, muy concentrada, unos informes sobre comercio internacional de energía, sobre empresas fotovoltaicas y sobre

60


intereses empresariales españoles en los Emiratos Árabes. Andaba detrás de los hilos con que atar las dudas que le estaban corroyendo. Augusto Piñas podía revelarse como el peor prevaricador de la política y no tenía pruebas. Podía haber cerrado con los emiratíes el contrato con los beneficios en primas que conllevaba la concesión de la producción fotovoltaicas y, con todo, era insoportable lo fácil con que había cerrado su sucio negocio. De hecho, lo peor es que Teresa no tenía la confirmación de que hubiera consumado su delito moral. -Que tengo gastroenteritis, que me cago, ¿qué quieres que te explique, los detalles?-, sonó en su móvil. -Vale, vale, deja los detalles, estaba abstraída-, contestó Teresa. -Óyeme bien, tienes que encargarte de la entrevista en “la política con minúsculas”, el programa de radio. El Jefe irá mañana viernes y me ha dicho que le acompañes tú. Yo creo que no es tu tema, pero no tengo tiempo de buscarme un sustituto-, semejante soberbia era muy propia de Pixi. -Pues me viene muy mal. Mañana iba a salir a comprarle un regalo a mi madre. El sábado es su cumpleaños. Y, además, mañana por la tarde me voy a Arévalo, coño. ¿No debería ir uno de los tuyos? Yo, bastante tengo con lo mío– . Teresa se había ido enfureciendo mientras comprendía que sus excusas no iban a valer de nada. -¿Me has oído Maite o es que estás haciendo un crucigrama? Agusto Piñas ha dicho -entonces Pixi ahuecó la voz, -Pío, dile a Tessy que me acompañe ella y que prepare la entrevista-. -¿Y …tiene que ser hoy? ¿Cómo trabajáis, eh? Todo es “aquí te pillo aquí te mato”. El trabajo tiene que estar listo para ayer, joder, me va a dar algo… Vale ¿qué hago?-. Teresa ya había tecleado el título del programa y contemplaba la foto de Desiré Sánchez, la periodista que dirigía el programa de radio más popular entre los políticos. -Prepara unos datos biográficos del Jefe, en plan personal, para que quede de puta madre, cosas como que le gusta hacer senderismo, que tiene dos perros, que adora la comida japonesa, que no está casado porque nunca ha tenido tiempo,… cosas así. Te paso por mail un listado de temas de actualidad para que los argumentes. Lo más jodido será lo de las primas fotovoltaicas, porque no tengo ni pajolera idea de cómo quedó la cosa en Emiratos. Mira las páginas de economía que todos especulan sobre si el trato será con los yanquis o con los árabes-. Teresa apuntaba en un bloc de notas palabras inconexas sobre lo que escuchaba.

61


-¿Con los americanos? Pixi, yo es que creo que Piñas se lo va a hacer con los árabes y ya podemos hablar de florecillas, que va a cantar mucho. -¡Serás idiota! ¿Con los árabes? Ni que fuera un suicida…. Te tengo que dejar que me llama mi váter. ¡Ah! Y busca una canción para el inicio de la entrevista. Empiezan con un tema elegido por el invitado que debe comentar, sus recuerditos, algo simbólico. Luego te llamo-, y Pixi colgó. Teresa cogió el teléfono de sobremesa y pulsó el botón que le ponía en contacto con su colaborador. -Manuel, I need you. ¿Puedes venir, por favor?-. Manuel apareció en su despacho en unos segundos, con sus pantalones a cuadros grandes semicaídos y su camisa negra entallada. Hoy lucía un nuevo peinado, en concreto, un corte en cresta con mechas claras. -Caray. Manuel, estás… estás….raro-. Inmediatamente Manuel se puso a cloquear mientras movía los brazos como si volara. -Dime, adorada diosa. Me encanta que me necesites-. -Manuel, he de encontrar una canción para la entrevista que mañana le hacen en la radio al ministro. Piden un tema que le identifique o que le guste o que simbolice algo o yo qué sé-. Teresa juntó las manos por las palmas e imploró ¿Qué hago? No le voy a llamar para esa chorrada. Y a mí sólo me sale para él algo así como de Wagner-. Manuel empezó a reír compulsivamente y, de golpe, se detuvo. -Veamos, veamos. Descartemos What a wonderful world, Yesterday, I will survive y Sweet Caroline-. Teresa abrió los ojos escandalizada. -Para nada, Manuel, algo moderno pero con clase, moderno pero de su edad-. Hizo una pausa y continuó. -Esto va a ser un problema-. -Calla, loca, ¿qué va? Un bolero no estaría mal. O un tango, que eso da caché. -¿Un tango? Ni de coña. Parecerá que está de capa caída-, dijo Teresa decepcionada. -Pues un bolero-, propuso Manuel. -Sí, pero que sea poco conocido-, puntualizó Teresa.

62


-¿Y un cantautor, en plan rollo comprometido? Puede ser creíble, ¿no?-. -¡Por dios, chaval! Pero qué buena idea, Manuel. Podemos plantearnos poner una canción de… ¿Silvio Rodríguez?-, dijo Teresa con sarcasmo. -Sí, Silvio Rodríguez. Es buenísimo-. Se cachondeó Manuel. -Pero Manuel, ¿qué quieres, qué vomiten los oyentes?-. Los dos se echaron a reír seguían revolviendo en sus recuerdos y en sus gustos. -Piensa algo, anda, rápido. Tengo que hablar con los de la radio a lo largo de la mañana-. Teresa manipulaba sus papeles con la sensación de una contrarreloj. Ya llegaba tarde. La aasesora agitó la mano despidiéndose y bajó la cabeza, pero cuando Manuel ya se marchaba, se incorporó en su silla y habló bajito. -Manuel, un favor. ¿Te importaría darme una foto tuya? Tengo algunos marcos vacíos y quiero montar una familia en casa, de fotos, claro. Es para no sentirme sola y eso…-, se sonrojó. Manuel estaba sorprendido por la petición, pero rápidamente descontaminó el ambiente con su sonrisa. -¿Su excelencia la quiere desnudo o vestido, primer plano o cuerpo entero, con mis hijas y mi parienta, en la playa, de día o de noche?-. Teresa se arrepintió de haberse rebajado a demostrar que era una mujer perdida, sola, ridícula. -Va…déjalo. Es una excentricidad-. -Pues claro que te traigo una foto, eso y lo que me pidas, guapa-. Después de pronunciar aquellas palabras, le mandó un beso por el aire cuando salía por la puerta. Pixi había enviado suficiente documentación procedente de entrevistas en prensa y revistas para que en un par de horas Teresa tuviera confeccionado un perfil personal completo y suficientemente interesante sobre Augusto Piñas. Pretendía que su retrato personal epatase tanto como para obviar las realidades de su quehacer político que, para Teresa, ahora estaba turbio. Senderismo, perros, lectura de clásicos, comida japonesa, lealtad a los amigos y estudios en el extranjero configuraban el campo semántico de un triunfador carismático. Todo resultaba sugerente, ecológico y culto, al tiempo que cercano y comprometido. Pero entre los datos que había acumulado, algo le sorprendió

63


e inmediatamente descartó porque no tenía con qué descifrarlo. Piñas había colaborado con la Fundación The Buchenwald and Mittelbau-Dora Memorials, con su participación en debates y exposiciones sobre el holocausto judío principalmente en París. Una imagen se entrecruzó en sus pensamientos, la de Augusto Piñas de compadreo con los emiratíes en Abu Dhabi. Teresa la borró rápidamente y se dijo a sí misma: -Bah, Teresa no seas paleta, que no tienes ni idea sobre alianza de civilizaciones. Este hombre tiene mundo, ha viajado-. La asesora llevaba un buen rato acalorada por una mezcla indeterminada de euforia y miedo. Ese calor residual que latía en el ambiente, que no se aprovechaba, era como una fiebre momentánea que, de forma casi surrealista, le hizo imaginar al ministro en camisa de rayas, con tirantes y pantalones anchos, apoyado en el quicio de una ventana mientras tocaba la armónica. Vio en la pantalla del ordenador que acababa de entrar un mensaje de correo electrónico de la jefa de gabinete, la mano derecha de Piñas, su sombra, como ella misma se había definido en su primer día. ___________________________________________________ De: Esther Stanovich Fecha: 13 de octubre de 2011 09:36 12 GMT+01:00 Para: Baltar, Teresa Asunto: documentación entrevista. ___________________________________________________ María Teresa, quiero toda la documentación de la entrevista radiofónica antes de esta tarde. Debo supervisarla. Mañana iré yo también. Esto no será un jueguecito de novatas para quedar bien con el Jefe. Piñas no es tonto y no cuela con las listillas, por muy recomendadas que estén. Esto es política. Esther Stanovich Jefa del Gabinete del Ministro de Tecnología Gobierno A Teresa aquel mensaje no le gustó nada. Sospechó por un instante que la Stanovich podía haber estado agazapada bajo la mesa de la salita de reuniones del vuelo a Abu Dhabi cuando el ministro soltó a todo el equipo ministerial que ella sería una gran jefa de gabinete. Aquello no tenía ningún sentido. -No, claro, se lo habrán contado. Seguramente habrá sido el patán de Pixi-, reflexionó, pero su curiosidad superó la vil y rastrera amenaza de la jefa de gabinete y pulsó en Responder.

64


__________________________________________________ De: Teresa Baltar Fecha: 13 de octubre de 2011 09:37 12 GMT+01:00 Para: Stanovich, Esther. Asunto: RV: documentación entrevista ___________________________________________________ Esther, lo tendrás en un rato. Por cierto, ¿Piñas es judío? Teresa Baltar Asesora Parlamentaria Ministerio de Tecnología (y recomendada de Pablo Solozábal) Un minuto después Teresa recibió la respuesta.

__________________________________________________ De: Esther Stanovich Fecha: 13 de octubre de 2011 09:38 12 GMT+01:00 Para: Baltar, Teresa Asunto: RV:R: documentación entrevista. ___________________________________________________ Ni se te ocurra. Esther Stanovich Jefa del Gabinete del Ministro de Tecnología Gobierno Teresa imprimió casi por instinto aquellos correos. Se guardó el papel en el bolso en el mismo instante en que Manuel entró sin llamar en su despacho con una fotografía en la mano. Se la tendió a Teresa mientras cantaba, afectado y con acento argentino, con la otra mano en el pecho. -¿Hace falta que te diga que me muero por tener algo contigo? ¿Es que no te has dado cuenta de lo mucho que me cuesta ser tu amigo? Ya no puedo acercarme a tu boca, sin deseártela de una manera loca…-. En la foto, él con delantal, cocinaba unas chuletas ante una barbacoa, dos niñas jugaban cerca. Teresa sonrió entre sorprendida y abrumada. -¿Qué tratas de decirme con esta foto y esta cancioncilla?-. -Teresa, es un bolero precioso-. Después de un segundo de enajenación por la letra de la canción que acababa de cantarle Manuel, comprendió que no se la

65


estaba cantando a ella. Y, rápido. Se centró en la fotografía que le mostraba Manuel. -Es genial ¿son tus hijas? Muchas gracias, es una tontería por mi parte-, balbuceó sin acabar de explicarse. -Son ellas, las más lindas del mundo, así tendrás más gente en tus marcos. La tenía en el macuto. Quédatela. ¿Y la canción? ¿Qué te parece?-. -¿Canción? ¿La que estabas cantando? Buf, menos mal, pensé que me proponías huir juntos con las niñas. ¿Qué canción es esa? Es muy cursi, ¿quién la canta, Luis Miguel?-. -Entre otros, pero creo que es de los Panchos. Pide en la radio que pongan la versión de Calamaro-, dijo Manuel y, ante el ceño fruncido de Teresa, la buscó en youtube. La voz rota y de acento argentino de Andrés Calamaro irrumpió en el despacho y lo inundó de sugerencias, de armonía, de buenas vibraciones. Teresa no pudo evitar pensar unos segundos en Matías y en su coche descapotable. -¿Tú crees, Manuel? Yo no lo veo-. -Qué sí, Teresa, es genial. Despista. Los sacará a todos de las noticias de actualidad. Dará pie a hablar con la persona, con Augusto Piñas-. Manuel estaba entusiasmado y Teresa no tuvo agallas para coartar su inspiración. -Vale, déjame pensarlo. Y gracias, muchas muchas gracias, hado madrino-. En casa esa noche, Teresa colocó la foto de Manuel y sus hijas en uno de los marcos vacíos de su estantería blanca. Instintivamente se dirigió a su guerrero de Xian, la enorme figura oscura que presidía junto a la columna su salón. En el equipo de música sonaba la canción de Calamaro. -Mira. Este es Manuel, mi primer amigo en Madrid-, se dirigió Teresa al guerrero. -Es un amor, el único ser normal en ese lugar en el que trabajo. ¿Te gusta, verdad? ¿Crees que esta canción le parecerá bien al Jefe? He dado dos opciones, esa y una de Fito Paéz. Creo que la de Fito Paéz queda más comprometida, no sé. Ahora voy a llamar a mi madre, que mañana cumple 60 años-. A la mañana siguiente, Pixi la llamó a las siete, completamente histérico y fuera de sí, seguramente animado en extremo por alguna droga. Teresa esperaba un taxi y estaba a punto de bajar a la calle. El hombre de la comunicación le dio decenas de instrucciones y le habló de Desiré Sánchez, la presentadora del programa a la que, en un alarde de campechanía, definió como una buena

66


amiga. De pronto, calló y cambió el tono de voz, como si hubiera recordado algo en el torbellino desordenado de sus palabras. Pasó a uno mucho más agudo, como de castrato. No era la primera vez que notaba en él ese anticlimax. -¿Y qué mierda es esa de canción que has escogido? Esther está que trina. Seguro que Piñas se caga en la hostia cuando la escuche. Cámbiala, coño. Pon a Beyoncé, o a Caetano Veloso, o lo que sea, pero no una canción de amor, que parece que vaya a salir del armario. Tiene huevos-. -¿Del armario? Pixi, tómate un lexatin, que no se te entiende-, le advirtió Teresa. Las estúpidas palabras de Pixi contrastaron en su pensamiento con la sonrisa limpia de Manuel. Se convenció firmemente que no cambiaría de canción. Manuel la había elegido para ella. En la emisora, junto a un enorme logotipo retroiluminado de las siglas de la cadena, Piñas conversaba con varios directivos de la radio. Teresa, que había acudido por su cuenta, llegó justo un poco después. El ministro fue hasta allí acompañado de su jefa de gabinete. Esther Stanovich se mantenía al margen para no molestar, pero estratégicamente cerca para escuchar la conversación. Cumplía así a la perfección con su cometido de mujer sombra. Además, para que nadie se percatara de su presencia se atiborraba de pastelitos mientras fingía repasar unos papeles. Era el texto impreso de toda la documentación que ella, la asesora, le había enviado. -Buenos días, ministro. Te quiero comentar una cosa-, le dijo Teresa apartándolo discretamente. Agusto Piñas ni se inmutó y la cogió por los hombros. -Tessy, ven. ¿Conoces a Guerrero? Es el director de la cadena. Esta es mi asesora-, la presentó Piñas. -Encantada de saludarle. ¿Puedo hablar un instante con Desiré?-, preguntó Teresa al director de la emisora, ante las muestras de indiferencia de su Jefe en un último intento de cambiarlo todo, la canción, los datos personales con que se iba a construir el perfil del ministro. Nadaba en la inseguridad. -Pues está en directo ahora. Entramos enseguida, en una pausa de publicidad-. A Teresa le sonó el móvil. -Pablo, hola, ¿qué tal?... Ok, te lo paso-. Teresa se dirigió a Piñas: -Ministro, Pablo Solózabal quiere hablar contigo-. Le dio el teléfono y él se disculpó con gestos para retirarse a hablar.

67


-Hemos de pasar en unos minutos. Usted por favor, entre al control para poder seguir la entrevista-, le dijo el director de la emisora. Un desconocido le devolvió su móvil. Allí, entre los mandos, los botones y el sonido amortiguado de las cuñas publicitarias, estaba Esther Stanovich. Se había sentado junto al técnico de sonido con las piernas cruzadas y, balanceando nerviosamente la que tenía sobrepuesta, ni la miró. Hacía un calor casi insoportable en esa pequeña estancia sonora. Teresa se despojó de su chaqueta y hubiera deseado quitarse los zapatos de plataforma que la llevaban a la altura de los altos. Eran los mismos que llevaba el día de su derrota electoral. El calor residual de su cuerpo no se perdía sino que realimentaba el ambiente que era cada vez más turbio y más emborronado. Augusto Piñas estaba sentado en el estudio junto a Desiré, la presentadora de “La política con minúsculas”. El programa contaba con una gran popularidad entre la casta de políticos de Madrid. Las respuestas de los entrevistados, las anécdotas de sus vidas personales eran motivo de chascarrillos y palmadas hipócritas o cómplices en el patio del Congreso de los Diputados. Los otros medios de comunicación reproducían algunas de las respuestas que los políticos daban a Desiré, que conseguía distender al personaje hasta el punto de que los entrevistados llegaban a confesar miserias, errores o interioridades. No eran pocos los se habían ido de la lengua. Para el anecdotario de su programa, Desiré Sánchez, había logrado que la presidenta del Fondo Monetario confesase entre risas que las bebidas con gas le causaban aerofagia. Jamás se servían desde entonces refrescos gasificados en su presencia. La asistencia de un miembro del Gobierno generaba una alta expectación, por lo que Pixi había milimetrado esta entrevista hacía meses, había dilatado el visto bueno a la presencia de Piñas en directo. Hoy era el día escogido por el director de comunicación del Ministerio de Tecnología. Teresa no lo entendía, la situación no era fácil para el ministro y no alcanzaba a comprender el motivo de acceder precisamente ahora a someterse a la radiografía, más allá de que Pixi fuera idiota, como así era. -¿Hace falta que te diga que me muero por tener algo contigo? ¿Es que no te has dado cuenta de lo mucho que me cuesta ser tu amigo? Ya no puedo acercarme a tu boca sin deseártela de una manera loca…-. El tema musical escogido por un impulso amistoso con Manuel estaba sonando ya y Teresa se estremeció de miedo y se ahogó en el calor y las dudas. Al otro lado del cristal, estaba el ministro, seguro de sí mismo, en mangas de camisa. -Ministro Piñas, buenos días-. La voz de Desiré era cálida y segura. Sonaba tan empalagosa como el cabello de ángel.

68


-¿Qué tal? Buenos días-. La voz de Augusto Piñas era grave con una leve ronquera que ahuecaba su sonido y lo hacía vibrar. -¿Porqué el ministro de Tecnología ha escogido este bolero interpretado por Andrés Calamaro?-. Teresa retiró la mirada del estudio y se puso a consultar la hora y los mensajes en su teléfono. Le temblaban las piernas y sudaba. Estaba claro que ese trabajo en el Ministerio era diurético y le servía para drenarse. Desde que empezó no había pasado un día en que su calor residual no se esparciera en su entorno y se condensase en sudor. Augusto Piñas contestó lo pregunta de la presentadora. -Por dos motivos. Por una parte, porque nosotros, los españoles, tenemos alma argentina y de bolero. Tenemos lazos estrechos y fuertes con Iberoamérica. Y, en segundo lugar, porque me sirve para hacer un anuncio que la opinión pública está esperando-. -¿Anuncio? Diga, ministro. El micrófono es suyo-, comentó impaciente Desiré Sánchez. -Vamos a iniciar una colaboración muy estrecha con los Estados Unidos gracias al contrato que firmaremos para la producción de energía fotovoltaica. De ahí, la canción. Este Gobierno está deseando tener algo más con ese gran país que lidera el mundo-. Esto último lo dijo con una sonrisa que se podía escuchar a través del transistor. -Vaya, nos deja helados, señor Piñas, qué noticia. Y siendo así, el tema de Calamaro, desde luego, es perfecto. Y entonces… ¿el viaje de la semana pasada a los Emiratos Árabes? Se ha especulado mucho sobre la posible alianza con los árabes-. -Usted lo ha dicho, no podemos descuidar nuestra alianza con los países árabes. Somos pioneros en la alianza de civilizaciones. Pero nuestra economía debe ligarse al destino de los Estados Unidos-. Teresa había levantado ya la cabeza y sus neuronas no eran capaces de procesar toda la información contenida en esa breve porción de conversación entre la presentadora y Piñas. ¿La hemos clavado otra vez? No puede ser. Hubiera podido saltar o gritar, pero Stanovich, lanzaba ahora con más violencia su pierna derecha, la que tenía cruzada sobre la otra. Se serenó y ordenó las ideas. Piñas no se había vendido al petróleo árabe. Piñas había elevado a los altares de las estrategias política, su estúpida elección de la cancioncilla. Piñas estaba quedando como un dios de la política. Y todo eso le había pasado a ella por los lados, sin que lo hubiera podido controlar o tocar.

69


Las respuestas de Augusto Piñas discurrían por los caminos del éxito evidente cuando Teresa advirtió el movimiento extraño de los escoltas ministeriales, que se habían quedado relamiendo los restos del desayuno frugal de la antesala en cuanto el Jefe entró en el estudio. Sin que diera tiempo a nadie a descifrar los signos del problema, la puerta del estudio se abrió y una horda violenta y vociferante entró de estampida. Eran unas veinte personas, entre los que sacudían por la espalda la butaca del ministro, los que desafiaban a la presentadora, ahora de pie, los que agarraban los cuatro micrófonos arrancados de sus bases y los que agitaban pequeñas pancartas con la frase “Sin gente no hay patente”. Los escoltas entraron también en el estudio. Eran dos, los otros dos estaban en la entrada al edificio, como exige el protocolo de seguridad. Rápidamente se lanzaron sobre el ministro y lo desplazaron sentado en su silla contra la pared más próxima. Esther Stanovich también se precipitó hacia la sala con un grito desgarrador: -¡¡¡En segundos estarán aquí las fuerzas de asalto!!!-. La jefa de gabinete, fuera de sí, repetía la frase a gritos. Su entrada en el estudio fue tan rápida por efecto el empujón que recibió de uno de los manifestantes. Cayó al suelo desmoronada. Teresa contemplaba paralizada la escena, sola ya en el control de sonido. Desiré trataba de poner calma sin entender qué pasaba y cuál era el motivo de que nada neutralizase aquel ataque inexplicable. La asesora miraba fija a Esther Stanovich, inmóvil en el suelo, desvanecida. Por fin, la presentadora encontró la forma de rescatar un micrófono y comprobó que permanecía abierto. -Eh, basta, hablemos-, consiguió imponerse con todos revoloteando por el estudio, un espacio ahora sin aire, empapado de tensión. -¿Quién es el portavoz de este motín? Tú, ven aquí y dile a los oyentes porqué me habéis jodido la entrevista-. Se dirigió a la mujer que tenía más próxima y que parecía gritar más entre aquel embrollo de voces y consignas. -Sin gente no hay patente-, vociferó la mujer y añadió: -Van a despedir a 35 personas de la Oficina de Patentes y Marcas. Sin gente no hay patente. Sin gente no hay patente. El ministro Piñas es el responsable. Sin gente no hay patente-. De pronto, Desiré con la mirada buscó una solución. Augusto Piñas estaba bloqueado por sus dos escoltas que lo habían empujado hacia un rincón y formaban un escudo humano sobre él. No habían sacado sus pistolas. Al ministro apenas se le divisaba el cabello despeinado, sentado aún en la butaca y mudo. La presentadora, a duras penas mantenía asido el micrófono ante el

70


grupo de manos que trataban de arrebatárselo, cuando sus ojos se posaron en Teresa a través de la doble hoja de vidrio. Con su gesto de cabeza le impuso que acudiera junto a ella, a lo que Teresa obedeció sin pensar. Sin ningún plan, se quitó un zapato y lo tomó como un arma dispuesta a ser arrojada. Ese zapato, con el que había perdido las elecciones en Arévalo, tenía ahora la oportunidad de volar, como debió haberlo hecho en la sede local del Partido aquella noche-. -No me toquéis y decid ya de una puta vez que queréis-, dijo con el tono recuperado de su padre, el sargento de la guardia civil, Francisco Baltar. Desiré asintió y chilló con todas sus fuerzas, ahora ya dueña de la situación. -A ver, orden. Alguien del Ministerio que hable. Tú, la del zapato- dijo Desiré imperativa mirando a Teresa, que obedeció y se acercó. -Y vosotros-, siguió Desiré dirigiéndose a la turba que protestaba, -que se acerque algún portavoz. Y que hable por el micro, que los oyentes no nos van a entender. Y los demás, ¡silencio!-. Por primera vez, la calma se impuso. -Ministro, ¿todo bien?-Bien, Desiré, todo bien- respondió Augusto Piñas atrapado entre los brazos carcelarios de su encierro provisional. La jefa de gabinete, Esther Stanovich, estaba sentada en el suelo junto a Augusto Piñas, desmelenada y aturdida. Los guardias privados de la emisora aguardaban en la puerta del estudio, conscientes de su torpeza y de su falta de profesionalidad por no haber evitado el desastre inusitado de un ministro al borde del secuestro violento ante sus narices. -Nos negamos a ser despedidos, somos empleados eventuales de la Patentes y Marcas-, dijo la portavoz. Teresa tomó el micrófono de Desiré. -¿Qué queréis, que no os despidan? Esta tarde en el Ministerio os recibirá el ministro y habláis con él con serenidad, coño, que así no lo sacaréis adelante. Esther, ¿a qué hora puede ser? ¿A las 5? Os prometo que no habrá despidos-. Esther Stanovich no se sintió aludida. Estaba pendiente de su recogido de pelo, con las medias rotas y ausente. -Vale. Ahora, os marcháis tranquilamente-, acabó Teresa colocándose de nuevo el zapato.

71


En el interior de la emisora, ya había tres policías nacionales por manifestante. Éstos ya habían cesado sus gritos y habían retirado sus pancartas y su ímpetu. Salieron en manada rodeados de un cordón formado por los cuerpos y las fuerzas de seguridad del Estado. En los altavoces del estudio animaba la música que había hecho sonar ya en emisión el reaparecido técnico de control de sonido. De nuevo era la canción de Andrés Calamaro, Algo contigo, la que había quedado en el cajetín del cargador de CD. Teresa y Desiré se tomaron una tila e intercambiaron los números de teléfono en el despacho del director de la emisora. A su alrededor se formó un grupo cómplice por la dura experiencia compartida. El ministro y su jefa de gabinete habían sido evacuados por las fuerzas de asalto. El edificio de la radio estaba acordonado para cerrarse a las cámaras y los curiosos, todos alertados por el episodio radiado en directo digno de una república bananera. Teresa fue conducida al Ministerio en un coche patrulla, trayecto que aprovechó para leer los mensajes que saturaban su teléfono móvil. MATÍAS: Nena, llámame y dime si estás bien. Te has ido al Ministerio o Afganistán SOLOZÁBAL: Fortuna audaces iuvat. Comemos el sábado MANUEL: Cuando vengas al despacho te doy más fotos, pero en tanga PIXI: Todo jodido MAMÁ MÓVIL: Llámame hija por favor ALERTA NOTICIA: Augusto Piñas, Ministro de Tecnología, sale ileso de un intento de secuestro en la radio durante una entrevista en directo. 25 detenidos de la Oficina de Patentes y Marcas. Imágenes del suceso en la web.

72


7. Mecanismos que activan el movimiento

-Manuel, guapito, ¿dónde estás?-, tecleó rauda Teresa en su teléfono. TOY KN MANDRN POLGNRO Teresa no entendió el sms de Manuel y eso acrecentó su enfado. Estaba desesperada y empezaba a descubrir una propensión a la ira que nunca antes había experimentado. Tras recibir aquel mensaje, lanzó con toda su fuerza un vaso de plástico lleno de agua que se estampó contra la puerta de su despacho. No sin razón, Conchi, la secretaria, se sobresaltó. -¿Maite, te encuentras bien?-. Ella no respondió. Era viernes por la tarde y quería dejar acabadas las dos preguntas parlamentarias antes de salir hacia Arévalo para celebrar el cumpleaños de su madre. Manuel seguía sin aparecer y ya hacía más de dos horas que había dejado el despacho. Volvió a mirar aquel sms: TOY KN MANDRN POLGNRO. Su desasosiego abrió otra brecha en su malestar. Seguía sin entenderlo por más que lo leía. No aguantaba los mensajes de móvil redactados por adultos con formación como si fueran los de un adolescente sin dinero. Esta constatación y el retraso de su colaborador le sacaban de sus casillas. Se sentía incómoda. No tanto por la pregunta del martes que el ministro Piñas debía contestar en la sesión de control del Senado, sino por la del miércoles en el Congreso. La primera era un disco solicitado, es decir, una pregunta que se realizaba por un miembro del Partido para el lucimiento del Jefe. Un senador por Ávila se interesaba por el futuro proyecto piloto de la motocicleta eléctrica. Estaba redactando con cariño y fervor patriótico la respuesta que pronunciaría el ministro. La segunda pregunta parlamentaria presentaba más problemas por su posible repercusión mediática. El grupo de Independència Per Catalunya preguntaba al titular del Ministerio por la ubicación exacta de un nuevo polígono en Tarragona, que contaba con financiación estatal. Al parecer, invadía una zona protegida de nidificación en un parque natural. Teóricamente, Manuel debía conseguir la respuesta antes del mediodía para verificar si los independentistas tenían razón o no, pero hacía más de media hora que había expirado el plazo. Teresa se sentía incapaz de conseguir un solo papel. Allí, en aquel macroministerio con competencias de todo tipo y decenas de direcciones generales que atesoraban la información como oro en paño, no se sabía mover. Los funcionarios la miraban con desdén y ella tenía la sensación de que la ignoraban. Teresa lo empezó a ver todo mal. Unos

73


pensamientos oscuros recorrieron los recovecos de sus neurona, como perros de presa que desgarraban a dentelladas su cerebro. ¿Cuántos funcionarios debían pensar que no valía la pena esforzarse por una persona como ella con un cargo tan efímero? ¿Cuántos asesores parlamentarios se habían posado en aquel despacho? ¿Cuántos secretarios de Estado y secretarios generales entraban y salían? Y ¿cuántos ministros cesaban y se renovaban? Sólo sobrevivían y se mantenían los funcionarios, dispuestos a cobrar todos los meses, a resistir, aunque fuese en un cuartito gris y mal aireado. Mientras pugnaba por salir de la ratonera de su desaliento y a punto de lanzar otro vaso de agua contra la puerta, apareció, por fin, la cabecita de Manuel con su pelucón y sus gruesas gafas negras de pasta. -Hola, Maite, traigo buenas noticias-. -Manuel, por Dios, ¿dónde te habías metido?-, preguntó y se acercó el vaso a la boca con gran esfuerzo para reprimir su primer impulso. -Pero si te lo he dicho, con el Mandarín Poligonero. ¿No has recibido mi mensaje?-. -¡Ah, claro!-, exclamó irónica Teresa. –Qué tonta soy. Eme, ene, erre, de quiere decir mandarín. ¿Aprendiste a escribir así esnifando pegamento a la salida del instituto, o fue en el reformatorio?-. -Venga, venga, no te pongas así que he estado con Joan Gispert y ya sabes que las cosas de palacio van despacio-, dijo Manuel. -Joan Gispert-, asintió perpleja y sorprendida Teresa. -Sí, joder, Joan Gispert, el Mandarín Poligonero. Es el director general para la Promoción de Suelo Industrial. Conoce la ubicación de cada uno de nuestros polígonos como la palma de su mano y la cantidad de dinero estatal destinado a cada uno de ellos-. Manuel Sola estaba muy seguro de lo que decía. -Bueno, Manuel, ahora entiendo lo de poligonero. ¿Pero era necesario que estuvieras dos horas con él?-, le echó en cara Teresa. -Verás, es que me trata siempre de puta madre. Y me trae una coca cojonuda. Te he traído para que la pruebes…-. -Manuel, ¿estás hablando de coca, de farlopa, de perico?-. -Joder, no, mujer, no. Se trata de coca amb recapte. Es como una pizza de masa muy fina, pero sólo lleva cebollas y pimientos escalibados y pimentón. Pero, ¿y tú el tema perica cómo lo controlas tanto?-.

74


-Y tú, chaval, ¿por qué haces tantas preguntitas? Anda ponte a trabajar-. -Vale, pero deberías quedar con Joan un día. Llévale a comer. Maite, agasájalo. Frota la lámpara mágica y descubrirás el genio que hay en su interior-. Manuel gesticulaba como era cotidiano en él. -Ah, ¿sí? ¿Y según tú, por qué debería invitar a un tipo que no conozco de nada?-, preguntó Teresa con sorna. Manuel la miró con condescendencia. -No seas así. Te puede venir bien conocerle porque te puede echar una mano. Es amigo íntimo del portavoz del Grupo Parlamentario del Partido en el Congreso, y éste a su vez conoce al Jefe y a tu amigo Pablo Solozábal. Y te recuerdo que tú eres la asesora parlamentaria -. -Sí, ya veo que todo queda en casa. En el Partido somos una gran familia-, susurró para sí misma Teresa Baltar. -Ten en cuenta que está aquí de reserva. Iba para diputado y al final no lo consiguió. Pero tiene un futuro muy prometedor-. Manuel hizo una pausa y miró fijamente a Teresa. -Este tío ahora es director general y te puede abrir y te abrirá muchas puertas y te solucionará muchos marrones. Comprébalo tú misma. Esto me lo ha dado él. Aquí tienes la respuesta que buscabas para la pregunta del Congreso de la sesión del miércoles-, dijo Manuel al tiempo que le tendía un papel escrito. -Y no te preocupes, ahora te lo paso por correo-. El documento era simplemente perfecto. Teresa se convenció de que entre la gente del Partido se tenían que echar una mano. -Oye, Manuel, ¿por qué no le dices a Joan Gispert que se venga luego a tomar unas cañas a la Jarrita de Oro?-Esa es mi Maite. Claro que sí, ahora mismo. Veo que empiezas a entender los mecanismos que activan el movimiento-. Manuel la miró como indicándole algo más. -¿Qué pasa? ¿Qué no he hecho?-, preguntó Teresa. -Deberías aprovechar para invitar también al jefe de Gabinete del subsecretario del Ministerio. Son muy amigos-. -Ya. Son muy amigos-, dijo Teresa sin entender nada y a la espera de una aclaración. -El subsecretario valora y toma todas las decisiones económicas de nuestro Ministerio que se trasladan posteriormente al Consejo de Minsitros-.

75


-¿De qué coño me estás hablando, Manuel?-. -Te lo acabo de decir: de los mecanismos que activan el movimiento. A ver, Maite, ¿tú eres de Arévalo, no?-. -Sí, claro. Ya lo sabes-, respondió aún más perpleja. -¿Tienes algún interés en que salga adelante lo de la motocicleta eléctrica Made in Arévalo?-, inquirió Manuel. -Podría ser-, respondió Teresa con una media sonrisa y ojos juguetones. -Vale, pues entonces le digo que se pase también. Se llama José Rivera. Le pido cualquier chorrada y le invito. Tiene una halitosis horrorosa pero, por tu propio interés, lo aguantarás-. Teresa volvió a enfrascarse en sus cosas. Reconoció que Manuel era una mina y que no debería dejarlo escapar fácilmente. Había aprendido más con aquella conversación de minutos que con las dos semanas que llevaba en el Ministerio. Cuando apareció por el bar La Jarrita de Oro, había caído en una suerte de emboscada. Medio gabinete ministerial se había congregado allí. Pixi se había recuperado de su gastroenteritis. Conchi, su secretaria, que le había dicho que tenía que ir al médico, también estaba. Se habían congregado y compinchado para sacarle partido al ridículo episodio del secuestro del ministro en la radio. El secretario de Estado de Recursos Energéticos de la Madre Tierra, Jesús Medina, conversaba animadamente con el asesor de internacional, Justo Leandro. No vio a la Stanovich, la jefa de Gabinete. Le presentaron a algunos periodistas del departamento de prensa y a varios técnicos que redactaban informes sobre las cuestiones más diversas. Todo el mundo parecía de buen humor y quería conocer a la heroína de la emisora, por eso había tanta gente. Ella subrayó que todo lo había hecho la Stanovich, pero a eso nadie le dio la más mínima importancia. Perseguían detalles morbosos sobre el zapato de Teresa, la melena despeinada del ministro y la torpeza de los escoltas. El ruido resultaba ensordecedor. Las palabras parecían rasgar la gruesa cortina de humo del local y no se entendía nada. Daba igual. Era viernes en Madrid y empezaba el fin de semana. La Jarrita de Oro era un bar taurino en el que se solían reunir todos los viernes los miembros del Gabinete y de las diferentes secretarías y direcciones. De las paredes colgaban cabezas de morlacos, carteles enmarcados de ferias y fotos de los grandes maestros del toreo y del rejoneo. Una gruesa alfombra de colillas, cabezas de gambas, serrín y servilletas de papel cubría el suelo al más

76


puro estilo madrileño. Completaban la decoración, baldosas y alfarería con piezas de artesanía talaverana. Después de tomarse cuatro cañas, se acercó hasta ella Joan Gispert, el experto en polígonos. Sus gafas de pasta negras rectangulares y mínimas, su camisa parda y un traje singular intimidaron a Teresa. Su seguridad desprendía un cosmopolitismo impropio del pueblazo que en realidad era Madrid. Después de las presentaciones y los agradecimientos de rigor por la respuesta proporcionada resultó ser un pesado simpático algo obsesionado con los temas propios del imaginario catalán. -El otro día al coger el taxi me pasó una cosa curiosísima después de hablar con mi mujer por el móvil…-. Teresa llevaba poco tiempo en Madrid y aún tenía que experimentar muchas cosas, pero con el tiempo sabría que todos los catalanes parecían disponer de un episodio en el que se enfrentaban a un taxista de la ciudad. Todos los conductores eran señores españoles ya mayores que podían perfectamente estar afiliados a Falange por su falta de respeto hacia la diversidad cultural del Estado. Teresa sonrío y puso cara de interés. -Acabo de hablar y el tío va y me dice: ¿Es usted catalán, señor, eh? Es que como le he oído. Y pensé, ahora tendremos un pollo de Cal Déu, tú-. Los ojos de Teresa miraban afectados mostrando un gran interés que disimulaba su aburrimiento. -Le respondí que sí, que era catalán. De paso, aproveché para decirle que el trato con Catalunya que se tenía aquí no tenía nombre. Pensé que me haría bajar del coche. Pero, no. Cuando se paró en el semáforo, el tío va y me dice que había vivido muchos años en Santa Coloma de Gramenet… Me cogió por sorpresa, ya ves. Y va y me suelta que en realidad los problemas entre catalanes y madrileños sólo los creaban los políticos por puro interés electoral-. Joan Gispert ya no le hablaba a ella en exclusiva, ahora se dirigía a un amplio auditorio que aportaba por turnos sus diferentes anécdotas con taxistas. Fue entonces cuando Teresa hizo un quiebro para escabullirse hasta el servicio. Teresa entró en el aseo de señoras. Al abrir la puerta se encontró con una chica que no conocía y con Pixi que se metía una raya de cocaína. -¡Huy, perdonad, no sabía que estaba ocupado!-, se disculpó sorprendida Teresa con lo primero que le vino a la cabeza. -No, tranquila. No pasa nada, ya habíamos acabado. ¿A que sí, Tania?-, comentó Pixi mientras se tocaba la nariz con profusión.

77


El alcohol se le había subido a la cabeza y Teresa se sentía un poco torpe. No quería que se notara que estaba bebida e intentó actuar con la mayor naturalidad posible. -Qué situación más tonta, ¿no?-. Pixi volvió a tocarse las fosas nasales y se le quedó mirando. -Anda. ¿Te apetece una clenchita?-. -La puerta del retrete está abierta-, respondió Teresa avisando de la indiscrección. -¿Quieres un poco sí o no?-, insistió Pixi. Aceptó la invitación y se metió dos rayas. Luego se sentó en la taza del váter a contemplar la operación de Pixi para recoger, amontonar, ordenar y consumir hasta la última mota de polvo. Salieron juntos y fueron hasta la barra para pedir algo de beber. -¿Qué te parece? ¿he hecho bien el trabajo de comunicación? Todo el mundo quería conocer a la heroína del asalto de los funcionarios a la emisora-, comentó Pixi mientras le guiñaba un ojo. -Sí, muy bien… Hacía años que no me metía una raya-, se justificó Teresa, ahora arrepentida de su complicidad estupefaciente con el director de comunicación. -No tienes porque justificarte. A mí me la suda-, le dijo Pixi. Pasaron unos segundos hasta que Teresa volvió a hablar. -Ahora que estás aquí aprovecho para devolverte este papel que se te cayó en Abu Dhabi, Pixi. Creo que es un poema, ¿no? No entiendo de literatura, pero parece bueno-. Le entregó el texto que había recogido del suelo en el incidente del aeropuerto emiratí. -¿Qué has sentido al leerlo?-, preguntó Pixi. -No sé, es extraño. No tengo ni idea, pero me parece el aullido de alguien desesperado-, dijo Teresa muy sinceramente. -Eso era justo lo que quería transmitir con mi libro-. -Oh, vaya, has escrito un libro-, dijo Teresa pensando que todos los periodistas tenían aspiraciones literarias de pésima calidad. -Bueno, ahora estoy con el libreto de una ópera de pequeño formato… Es para un amigo-, dijo Pixi orgulloso. Teresa dudó de si se trataba de una zarzuela, pero ni planteó la pregunta.

78


-También estoy recopilando mis viejos poemas para publicar un libro a finales de año-. -Debe hacerte mucha ilusión. ¿Cómo se va a titular?-, preguntó Teresa. -Poemario del Asfalto. ¿Quieres que te lea algo?-, preguntó Pixi. No estaba preparada para aquella muestra de afecto y complicidad. Pensó que Pixi debía estar muy colocado y se convenció de que le estaba tomando el pelo. Teresa llegó a Arévalo a las nueve y media de la noche, cansada y con ganas de meterse en la cama. Saludó efusivamente a su madre a la que no veía desde que se había instalado en Madrid, intentando mostrar su lado más entrañable y afectivo. -¿Qué te pasa, cariño?-, le preguntó su madre que, como todas la madres del mundo, siempre sabía cuando algo le pasaba a su hija. Había vuelto a casa, a los lugares comunes. Cómo añoraba a su madre y cómo anhelaba un poco de calor. Se sintió aliviada y reconfortada con el abrazo tierno con olor a perfume barato con el que su madre intentaba disimular el olor a fritanga y a lejía de sus manos. Pero a Teresa le preocupaba su cita. Nada más salir de la estación de Chamartín, había aceptado una invitación de su ex, Matías Luque, “para cenar y charlar”. -Teté, cariño, sólo quiero saber cómo te va por la capital-, le había dicho. Ella había aceptado rápidamente. Una joven madre de grandes pechos rosados daba de mamar a su bebé en el asiento de al lado y le impedía salir. Unas tetas la tenían atrapada en su asiento, por lo que no pudo ir en busca de un lugar discreto para discutir con él y dejarlo fuera de juego como se merecía. Teresa era una mujer precavida y recelosa con su intimidad. Nunca se sabía quién podía viajar unos asientos más adelante o más atrás. Había dejado a Matías sorprendido y con la certeza de que la tenía en sus garras, desesperada por intercambiar fluidos corporales. El hule de la mesa de la cocina, las baldosas con flores de colores del baño pequeño, su habitación de decoración adolescente con el póster de Michael Jackson y E.T., sus peluches raídos y sus libros la transportaron a un abismo de felicidad. Teresa se puso a llorar. Tras darse una ducha bajó a la salita preparada para abandonar el hogar materno. -Vaya, ¿cómo te has arreglado? Qué guapa estás, hija mía. ¿Vas a salir…?-, le preguntó su madre entre malévola y afectuosa.

79


-Sí, mama. Ya se lo dije. Esta noche salgo a cenar con unas amigas. Por favor no me espere despierta-, dijo ella. -Claro, cariño. Diviértete y pásalo bien. No vuelvas tarde que mañana tenemos que celebrar las dos mi cumpleaños-. -Descuide, mama, no se preocupe-, aseguró Teresa aliviada porque su madre no hubiera sacado a relucir su reciente “fracaso” con Matías “con lo buen chico que era”. También le agradeció que no dijera nada de sus ansias por tener nietos. Era algo que hacía a menudo y a Teresa le revolvía el estómago. En el piso de Matías, el que había sido su hogar hasta hacía unas semanas, la decoración apenas había cambiado desde la ruptura. Él abrió la puerta cordial, sin un atisbo de rencor, y la halagó zalamero. -Pero qué guapa estás, Teté. Madrid te sienta estupendamente. En serio-, dijo Matías. Ella reconoció enseguida aquel tono de Matías y de todos los hombres que ya se imaginan agitando su pelvis entre las piernas de la mujer con la que acaban de hablar sólo porque ha accedido a compartir la cena. -¿Un poco de vino?-, le preguntó Matías como prolegómeno a toda una serie de atenciones que a Teresa le apetecían mucho y que nunca tuvo con ella durante el tiempo en que estuvieron juntos. El ágape consistía en una socorrida pasta sin grandes pretensiones culinarias, rápida de comer y con un más que evidente fin. Debido a la situación, la cena duró un tiempo prudencial, algo más de lo habitual. Después del postre, enseguida pasaron de las preguntas en la mesa a las caricias lascivas en el sofá. Teresa necesitaba mucho aquellas manos, el susurro de las palabras en el oído y el cuerpo caliente y atlético de Matías. Pero no quería perder el control, no quería dejarse llevar. Estaba necesitada de afecto y de sexo y, muy a su pesar -por las grandes ventajas que supone hacer el amor con alguien conocido-, se concentró en su venganza. El único problema de follar con un ex es que las secuelas pueden ser devastadoras, si una no se encuentra anímicamente bien. Cuando Matías empezó a mordisquearle los pezones y a frotar el glande contra su clítoris sobre las braguitas, Teresa se lo quitó de encima y se puso en pie. -Eh, estáte quieto. Vas muy deprisa. No te muevas-, dijo desvistiéndose. -Claro, claro, Teté, me encanta. Nunca me habías hecho un striptease-.

80


Fue hasta el baño y regresó cubierta con un albornoz y su ropa interior en la mano. -Toma, ponte mis bragas y mi sujetador, venga-, dijo Teresa. -¿Qué? Pero ¿qué dices? Anda ya-. -Cállate. Escúchame bien, Matías. Si quieres follar conmigo tienes que ponerte mi ropa interior. Venga, ligerito y no la rompas que cuesta una pasta-. -Teresa, coño, pero ¿qué dices?-, preguntó Matías desconcertado y tan excitado como indicaba su erección.

completamente

-Venga, sin rechistar. Si quieres follar ya sabes lo que tienes que hacer-. Él obedeció al instante como un perro bien amaestrado. -Cuántas cosas has aprendido en Madrid, ¿eh, Teresa? Joder-. Dos veces la había llamado Teresa, algo que nunca había hecho. -Calla, acércate-. Teresa lo sentó en el sofá y se colocó a horcajadas sobre él dejando que manoseara y chupara su cuerpo con avidez. De vez en cuando ella pellizcaba sus pezones. -Como me pones. Estoy cachondísimo. Hostia, venga-. -Ahora aparta tus manos. No me puedes tocar más-, alzó la voz Teresa. -Pero ¿que estás diciendo?-, exclamó Matías. -Que no me puedes tocar más-, dijo y mordisqueó sus pezones y su pene erecto. -Joder, Teté, me encanta tu cuerpo. No me hagas esto-. Ella se levantó y se dirigió a él de forma muy contundente -Ahora tienes que salir al rellano de la escalera así, llamar al ascensor, esperar a que se abra la puerta, meterte dentro y regresar. Yo te estaré esperando aquí, cariño-. -Hostias, pero ¿qué es esta mierda de juego? Me estás empezando a joder. No puedo salir así, enfrente viven niños, ya lo sabes. Y además, si me pillan en bragas, se puede montar una buena-. -Lo que has oído, venga. Si quieres follar, ya sabes. Y no te preocupes tanto por los niños. Es muy tarde ya y estarán dormidos-. Se acercó a él, le bajó las bragas y empezó a chupar su pene con fuerza. Tenía que controlarse y paró en seco. -Venga, haz lo que te digo-.

81


Como era de esperar, Matías obedeció y salió dócil con una gran erección al rellano. Teresa, que nunca antes había hecho algo así, se sintió la mujer más poderosa y más bella del mundo. Cuando Matías apretó el botón para llamar al ascensor, Teresa cerró la puerta del apartamento. -Teresa, coño, Teresa, abre. ¿Estás loca? ¿Qué te pasa? Abre, que me vas a arruinar. Ponte en mi lugar, venga-, dijo bajito Matías que cada vez era más consciente de lo que podía ocurrir si gritaba. Al otro lado de la puerta, con la cara entre las manos, Teresa contuvo el llanto. Finalmente, abrió la puerta. Sus cuerpos se abrazaron y se estremecieron. -Este juego me ha puesto más cachondo que nunca, eres muy mala, mala. Mira, toca mi polla-, Teresa le tocó el pene. -Ven, vamos a la cama-, dijo Teresa. -Túmbate. Deja que me ponga encima. No te quites las braguitas. Quiero que me penetres así, hasta que tu polla las atraviese-, dijo Teresa mientras agitaba sus caderas y fingía un orgasmo. Se quedó quieta y se levantó rápidamente. -Pero, ¿qué haces?, ¿qué haces? Ven aquí, Teté. No me puedes dejar así, pero ¿no lo ves?-. -Matías, no eres mi dueño ni yo tu esclava. Y no me apetece follar más-. -Pero es que me tendré que hacer una paja-, dijo Matías. -Pues no seas marrano. Vas al baño y te arreglas con tus cosas. Me voy, adiós-, se despidió Teresa. A la mañana siguiente Teresa se levantó muy tarde. Notó que hacía frío. Por la ventana comprobó que estaba nevando. Desde la cocina llegaba el olor intenso que tanto le gustaba a macarrones al horno con chorizo. -¿Qué te parece? En la radio han dicho que no va a cuajar. Hace un frío que pela. Aunque, no te preocupes. El domingo y el lunes ya no habrá nieve-, comentó su madre. Teresa no tenía demasiadas ganas de hablar. -¿Qué tal ayer?-. -Bien-. -¿Adónde fuisteis?-.

82


-Por ahí-. Se hizo el silencio. Su madre había entendido que no tenía ganas de hablar. -¿Estás bien, hija mía?-. -Sí, mama. Es que estoy cansada. Llegué muy tarde-. -La semana que viene iré a Madrid, para asistir a la misa de Su Santidad. Me he apuntado a un viaje en autobús con la Asociación de Amas de Casa de Arévalo-. -¿Una misa del Papa? Tenga cuidado que esos actos son multitudinarios.-Ay, hija, no te preocupes. Está todo organizado pensando en la gente mayor. La mayoría de los asistentes serán viejos, como yo-. Hizo una pausa y le espetó de improviso: -No te veré por allí, claro-. -Claro que no, mama, ni muerta me meto yo en una misa y menos del Papa… Además ya le vi en Madrid hace como un mes. ¿Y otra vez vuelve el Santo Padre?-, dijo despreciando el hecho. Teresa se molestó una vez más por que su madre le sondease sus creencias religiosas, que ella muy bien sabía que eran inexistentes. -Como veas, pero entonces no nos veremos porque nos llevan y nos traen directamente.-Bueno, ya vendrá un fin de semana a Madrid y así conoce mi casa, ¿vale?-. -Hija, ¿sabes que tu amiga María Cabañeros es diputada por Ávila? Siendo hija de quién es, ya se veía venir que no lo tendría difícil-, dijo su madre con un tono extrañamente sarcástico, de los que no solía tener en su poco variado registro de tonos. Teresa ni intentó explicarle que, por su trabajo, se la tendría que encontrar a menudo en el Congreso. -Sí, mama, ya lo sé. En su casa deben estar muy contentos-. -Venga, hija deja de remolonear y pon la mesa. No te olvides de poner la foto de tu padre y un servicio para él. Ya sabes cómo le gustaban los macarrones con chorizo al horno. En eso, desde luego has salido a él-.

83


8. La importancia de los detalles

No sé, no sé, no sé. Teresa acompañaba este mantra con el sonido acompasado de sus tacones por la cuesta que la llevaba a su casa de regreso de Arévalo un lunes por la mañana. La experiencia multisensorial, denigratoria y estúpida con Matías la noche del viernes la había trastocado mucho más de lo que aparentó al salir con el plante bien digno de su ex piso de lujo en el pueblo. No se arrepentía porque había conseguido el calor que necesitaba. Las llamas le ardieron desde dentro hacia afuera y Matías se quedaba allí con las mismas quemaduras que ahora ambos compartían. Tenía prisa por llegar a casa y retocar la decoración de su salón. Con la disposición actual se le antojaba como la de un ser patético ante los ojos de la visita que iba a recibir. Decidió subir a pie las escaleras sin esperar al estrecho ascensor que la comunidad de vecinos había hecho encastrar en el hueco de la escalera. Besó a su guerrero de Xian que emergía de la oscuridad y que siempre la esperaba sin preguntarle nada y sin cambiar el semblante. Subió las persianas y, uno a uno, tumbó boca abajo los marcos de fotos en los que se podía contemplar a Manuel con la barbacoa, a su madre sonriente en la salita de su casa cuartel o la imagen impresa en papel de una foto de móvil de Teresa con Augusto Piñas en el hall del lujoso hotel de Abu Dhabi. Teresa estaba cansada y enfadada con Matías además de empachada del recuerdo de su madre. Tenía el día libre y acababa de decirle sí a Pablo Solozábal, el Totem de la Organización Política, a recibirle en su casa. Lo había hecho así por no alargar una conversación de vagón de tren. No era una cita ni de trabajo ni de ningún otro tipo. Simplemente a Teresa le pareció inoportuno verse con él en la cafetería del Museo sin haberse cambiado de ropa. Estaba ahora en su casa preparando el escenario para una conversación llena de incógnitas. Pensaba en los reproches que le echaría en cara a Pablo por la exhibición que había estado haciendo sobre su relación con ella y en las frases que debían subrayar la dignidad de su valía. Sobre todo quería esconder sus miserias. Por eso, censuró sus fotos y ordenó los cojines del sofá. Unas horas antes, Teresa volvía en tren de Arévalo. Le gustaba viajar en tren y ya había decidido que no necesitaría su vehículo en Madrid, porque Madrid ya era bastante hostil a pie y porque sus movimientos cotidianos se hacían en coche oficial o caminando si la distancia se lo permitía. Últimamente, las llamadas delicadas se producían a bordo de un tren.

84


-Mi querida Teresa, ¿dónde estás? He llamado al Ministerio porque tenías el móvil caput. Me han dicho que hoy no trabajas–, dijo Pablo Solozábal en su oreja, animadísimo a esa hora tan temprana. -Hola, Pablo. Estoy volviendo a Madrid. Trabajaré en casa hoy, sí-. Teresa se recompuso en su asiento, bajó la voz, se tapó la boca con la mano y ladeó la cabeza hacia la ventanilla. Su compañero de asiento la miraba hostil. -¿Cómo te va? Tengo ganas de que me cuentes el motín de las patentes y me describas la situación. Me hubiera encantado ver a la Stanovich cayendo noqueada-. -¿Ahora? Voy en el tren-, respondió ella, inquieta ante la expectativa de una larga e inoportuna conversación. -Pues cuando llegues. Hasta la una estoy libre. Iré a la sede del Partido para la reunión de la ejecutiva. ¿Un café en el Museo? Así, de paso, me compro unos libros de arte-. Solozábal parecía entusiasmado con la idea, mientras ella retocaba mentalmente sus planes. -Bueno, vale, ¿a qué hora?-. No era cuestión de hablar más de la cuenta dado que los viajeros más próximos a Teresa empezaban a revolverse en sus asientos, incómodos con la charla repentina en medio del sopor de la primera hora de la mañana. -Cuando llegues, tesoro. Ven directamente. Tengo que decirte que Augusto está encantado con nuestra decisión de incorporarte al Ministerio con él. Eso hay que celebrarlo-. Pablo había encontrado el anzuelo para que la pequeña pececilla dorada picase. -Pablo, perdona-, ahora susurraba, -pero he de pasar por casa ¿por qué no vienes tú y así no perdemos tiempo?-, propuso para finalizar la conversación. Pensó que acabaría antes invitándole a su casa que discutiendo los detalles del encuentro en el Museo. No sabía de qué museo hablaba. -No te oigo bien, preciosidad-, dijo Pablo, -¿qué no perdamos tiempo? Precisamente, ya sabes muy bien que yo nunca pierdo el tiempo-. Se detuvo, se le oyó sonreír y añadió, -haremos lo que tengamos que hacer, pero rapidito-. Los términos del diálogo estaban tergiversándose por momentos por lo que debía zanjarse cuanto antes. -Qué vengas a casa. Nos vemos en media hora. Calle Huertas, 5, tercero A-. -Eh, espera. ¿Tienes ascensor? Tengo por norma no subir escaleras-.

85


-Claro, Pablo. Tengo ascensor. No te preocupes. Aunque es estrecho-, trató de imaginar a Pablo entrando en su aparato transparente con su silla de ruedas y parecía poco probable que le fuera útil. -Ven, que puedes subir-. Teresa Baltar se dio una ducha, la segunda del día. Escrutó el armario y decidió enfundarse el chándal negro y calzarse las zapatillas de trecking. No las usaba desde que se dio de baja en el gimnasio de Arévalo. -¿Café o prefieres un té?-, fueron las primeras palabras que ella pronunció aún con la puerta abierta. -Un té. El té es un ritual, con su aroma, su delicada reminiscencia oriental y su toque de sensualidad-. Teresa miró con sorpresa y sarcasmo a El Hombre Verticalizable y pensó que era un gilipollas. Cuando se vieron por primera vez después de las elecciones, él sólo había tomado café después de exaltar sus bondades. -Siempre caliente, siempre amargo, siempre fuerte y siempre escaso, delicioso-, le había dicho en aquella ocasión. Pablo estaba observando con interés su guerrero de Xian mientras le acariciaba la cabeza sin apenas haber plantado la mirada en ella. -Teresa, llevas un chándal-. Ahora la miraba casi boquiabierto cuando ella se giró desde la zona de la cocina. -No es un chándal. Es un… es una sudadera y un pantalón de algodón. No lleva números, ni rayas. ¿Y qué? ¿Por qué te fijas en ese detalle?-. Teresa pensó que aquello empezaba mal. La apariencia de control de los detalles que debía tener se desvaneció en el aire. Recapacitó y reflexionó sobre que Pablo era un maldito principito, un Maquiavelo de andar por casa, un retorcido monstruito que contaba, de entrada, con la compasión de los demás para clavarles, de golpe, el acero sin pestañear ni acertar de pleno. Se imponía como respuesta, al menos, la ironía. -Si quieres me cambio y me pongo un Little Black Dress con tacones, el collar de perlas y el tanga. Pero ¿qué coño quieres?-. La estaba cagando, pero ya era tarde, o demasiado temprano, quizás, para controlar su humor. -Nunca intentaría el romanticismo aquí en este apartamento. Excusatio non petita accusatio manifesta, mi querida fierecilla. Sólo era un comentario-. Teresa recogió los sobres de azúcar que se le acababan de caer del cestillo y Pablo ya había conseguido llevar la situación hasta el lugar exacto dónde había previsto.

86


Pablo era un hombre sentado en su silla de ruedas. Tenía un rostro aniñado y escueto que pincelaba con una pequeña barba de perilla. Su escasa mata de pelo descansaba sobre una frente amplia con arrugas de expresión que no le impedían aparentar mucha menos edad. Los ojos, pequeños pero en extremo expresivos y siempre en movimiento, añadían matices a sus palabras. El Cerebro de la Organización vestía ropa de marcas exclusivas y tenía cierto regusto rancio de aristocracia en la insistencia por las blazers de punto y los pañuelitos de bolsillo. Incluso era capaz de llevar anudado un pañuelo al cuello si se trataba de una situación dominical como un mítin, por ejemplo. Esa era su concesión popular al vulgo. Tenía los hombros anchos y los brazos fornidos, en contraste con la debilidad de sus piernas y bien podía optar por la gesticulación exagerada o por apoyar su mentón sobre la mano plegada. En cualquiera de los casos, era muy intimidatorio. Los teléfonos de Pablo y Teresa sonaron al unísono. Él lo asió sin dejar de mirar fijamente a Teresa y lo apagó en una clara invitación impuesta para que ella reprodujera su acción. Pero ella, también sin apartar su vista del Gran Hombre Sentado, sí respondió. -Hola Manuel. Dime. ¿Pasa algo? Estoy ocupada-. -Teresa, ¿puedes comer conmigo? Me he enterado de algo tremendo. Sodoma y Gomorra-, dijo Manuel mientras aguantaba las carcajadas, pero Teresa ni se inmutó. -No puedo hoy, gracias. Te llamo en un rato-. -Siéntate y empecemos de nuevo-. Habló Pablo con voz baja golpeando con la palma de su mano el sofá que estaba junto a él. -¿Es té rojo? Me encanta. Tengo uno que me trajeron de China y es espectacular. Si me acuerdo, te daré un poco-, y sin pausa dijo la chorrada del día: -Tu casa es muy zen. Me gusta-. Teresa depositó la bandeja con el té y unas pastas caseras que traía de Arévalo. -María Teresa-, se puso solemne. -Sapere aude-. La miró fijamente y tradujo. Prepárate a saber. Augusto es amigo mío, confía en mí y, por eso, ahora en ti. Está del todo satisfecho con tu trabajo y te considera su fiel mano derecha-, calló y aprovechó para comerse una de las pastas, sin prisa por continuar. -Yo también creo que acerté contigo. Lo de la entrevista de la radio fue sensacional. Te has hecho famosa. Te conoce todo el gabinete del Gobierno-. Pablo tenía las manos encogidas sobre su regazo desmadejado. -Y ahora me vas a decir que te debo algo, como si lo viera-, dijo Teresa. El gesto de Pablo se torció en una mueca de disgusto. Teresa se había crecido

87


con esas palabras aduladoras e hizo caso omiso a su gesto pero, para que su sentencia no calase demasiado, añadió: -Lo de la radio fue una estupidez por mi parte, sólo me cabreé y blandí un zapato como una idiota. Vaya heroicidad-. El Hombre de la Silla obvió el comentario, a pesar de que en su conversación telefónica había reclamado que Teresa le explicase el episodio. -Pues claro que no me debes nada, soy yo el que te lo debe y por eso quiero agradecértelo y animarte a seguir así. Ten paciencia que los buenos frutos se deben recoger en su tiempo. No tengas prisa. Todo debe madurar. Debo contarte que Augusto y yo somos amigos desde hace muchos años porque juntos trajimos aquí la patente de este diamante-, dijo dando unos suaves toques con los nudillos a los laterales de su silla de ruedas. -Él fue el inversor y el diseñador fabricante de las sillas que permiten a personas como yo ponerse de pie-. Teresa se iba ablandando y abandonando su actitud a la defensiva. La cosa se ponía seria y no iba contra ella. Solozábal sorbió el té e hizo el amago de activar la silla de ruedas en su mecanismo de verticalización. Pero fue un amago. -Yo le bauticé en la política. Creo que es un buen ministro y un buen tipo. Quiero que todo le vaya bien. Y también quiero que todo te vaya bien a ti. ¿Lo entiendes?-. -Ahora un poco mejor, Pablo. ¿Sabes? Me ha costado un poco cogerle el punto a Piñas. En los Emiratos llegué a pensar que se iba a dejar comprar por los árabes con lo de las primas de las fotovoltaicas y no lo hizo. Qué idiota puedo ser. Creo que Augusto Piñas es un hombre honesto-. -¿Estás contenta? ¿Te gusta Augusto?-. -Me gusta mucho, sí. Es muy educado, culto, respetuoso, es un hombre muy completo. Su atractivo y su voz son estremecedores y cualquier cosa que le preparo, la acaba bordando. Es muy gratificante trabajar así-. Teresa había caído en la placidez de lo complaciente y de repente se sintió mecida por las imágenes más positivas de su Jefe. Por unos segundos, lo comparó con Matías. Augusto era un hombre terriblemente apuesto y poderoso y ella tenía el privilegio de estar cerca de él para poder oler su perfume y contemplar el lustre de sus zapatos italianos. Podía incluso moldear su estado de ánimo. -Cierto, cierto…Creo que es el mejor ministro que tenemos. Me gusta la gente comprometida. ¿Sabes que su abuelo fue deportado por los nazis a un campo de concentración? Era judío-.

88


-Sí, lo sospechaba, y debió ser prisionero de Buchenwald,-, apuntó Teresa, casando las piezas de la parte del puzzle Piñas que le quedaban por recomponer. -No sé. -Sí, fue allí. Por eso Piñas colabora con una organización en memoria del holocausto con ese nombre-, señaló Teresa en un nuevo alarde de sabiduría. -Sigue persiguiendo la historia y el recuerdo de su abuelo-, dijo Solozábal intentando mostrar compungimiento. -Esas cosas forjan el carácter de las personas. No pasa un día en que no dedique un rato a reconstruir la historia de su abuelo desconocido-. Este era el primer y único dato biográfico de su Jefe que se salía del guión establecido y ese descubrimiento dotaba, a ojos de la asesora, de mayor interés a los vértices del conocimiento de su personalidad. -Es fascinante; Augusto es fascinante-, musitó Teresa como en un pensamiento en voz alta. -Es fascinante y es homosexual ¿lo sabías? Como las mujeres sois tan intuitivas…- Pablo sorbió el final del té de su taza complaciente. La daga, la puntilla, el filo frío de acero penetró en ella. Ese era el momento que había escogido Pablo para, después de adormecerla en la suavidad de lo bueno y lo bello, activar los resortes del dolor, de un golpe, sin que lo esperase. -No. No lo sabía. ¿Es homosexual?-. -Sí. Es una pena porque es el hombre perfecto para ti. No me digas que no te has enamorado un poco de él-, comentó Pablo Solozábal con cierta malicia y media sonrisa. Puso cara de mística castellana a punto de entrar en trance y por su cabeza sólo cruzaron palabras como “cabrón paralítico, hijo de puta, maldito cerdo retorcido” para referirse a Pablo. Ardía en ella el fuego de la violencia. Debía reaccionar con dignidad ante tamaña prueba de autocontrol. -Qué tontería, Pablo. Yo soy una profesional-. Se colocó la melena a un lado sobre el hombro, se acercó a él sin levantarse y encontró la frase que dijo con firmeza: -No me he enamorado de ti, que también eres fascinante ¿no?-. -Buena respuesta, mi estimada diosa parlamentaria. Bien, ahora he de irme. Me quedaría más tiempo contemplando tu chándal, pero me esperan en la sede del Partido-. Se desplazó hacia la puerta de salida, realizó un giro sobre

89


su cuerpo sentado y dijo: -Tienes que hacerme un favor. No quepo en tu ascensor. Ayúdame. Antes me han subido los chicos. Bajar es más fácil-. -Claro, Pablo. Pero ¿crees que yo podré? No sé qué tengo que hacer-. Él ya estaba en el rellano con sus brazos asidos a las barandillas de la escalera e incorporándose, le espetó, -Teresa, ven, sujétame el trasero-. La silla de ruedas se acababa de plegar posiblemente accionada por él antes de colgarse de la barandilla. Teresa, incómoda y apurada por la situación, hizo lo que le pedía y, sin que diera tiempo a más parlamentos, ambos se dirigieron escaleras abajo. Pablo empezó a descender a pulso como un gimnasta de barras paralelas mientras, de forma acompasada y coreográfica, ella le seguía, soportando el peso muerto de sus piernas sujetándole por el culo.

90


9. La balada de los viernes

Era tarde ya y el Ministerio estaba tranquilo con los pasillos en penumbra. El poco personal que aún lo habitaba llenaba la noche de pasos tranquilos y toses. Teresa se disponía a apagar el ordenador. Había acabado la respuesta a una pregunta oral que debía contestar el ministro al día siguiente en el Senado. Los nacionalistas gallegos arremetían contra un centro industrial cárnico, financiado por Tecnología, en plena Ribera Sacra, por los daños medioambientales que podía ocasionar. Teresa estaba satisfecha. Se había limitado a subrayar la creación de 500 puestos de trabajo directos y 250 indirectos. Para todo lo demás, se sacudía cualquier responsabilidad y remitía a las competencias autonómicas. En las últimas semanas, cuando escribía un texto para Augusto lo podía imaginar dándole forma y casi era capaz de escuchar su voz poniendo en el aire las palabras que ella había escrito. -Buenas noches-, le dijo un ujier desde su puerta abierta. -Buenas noches, ya me iba-, respondió ella. -Hay una máquina encendida en la otra sala y no sé si la debo apagar-. -Descuide, ya lo miro yo-. Dedujo que sería un ordenador. Lo apagaría. Ordenó sus papeles, se envió el documento a su propia dirección de correo electrónico y apagó “su máquina”, como la había llamado el seco guardián de la noche que le había interpelado. Salió y cerró. Por el resplandor de la luz de la pantalla descubrió que era el ordenador del inútil de Pixi. No había hecho sus deberes de buen ciudadano y compañero. Antes de realizar el proceso de “apagar”, todavía en pie inclinada hacia la pantalla, maximizó las pestañas que permanecían abiertas en la banda inferior del escritorio. La primera en abrirse era un mensaje de correo electrónico y sin tiempo a valorar su acción, leyó. ___________________________________________________ De: A.P Fecha: 6 de noviembre de 2011 20:21:46 Para: Pío Xilán Asunto: F: FWD: Hoy ___________________________________________________

91


Rectifico. Ven esta noche que tengo disfraces nuevos para ti pxilan@hotmail.com wrote: Venga, sólo un ratito que te quiero enseñar mi novela. La he acabado y es muy romántica. apinas@hotmail.com wrote: Lo siento, esta noche no podré, palomo, que ceno en casa del embajador de Kuwait. -------- Mensaje original -------Asunto: Hoy Fecha: Wed, 06 Nov 2011 19:29:51 De: Pío Xilán (pxilan@hotmail.com) Para: A.P (apinas@hotmail.com) Ministro, hoy estoy a tus pies, haz conmigo lo que quieras. En tu casa o en la mía. _______________________________________________________ La cadena de mensajes de ese correo no llevaba firma, así que leyó el remitente: apinas@hotmail.com. Teresa sintió mucha curiosidad. ¿Era “apinas” el ministro? ¿Por qué usaban disfraces? ¿Esta noche? ¿Sería esto el descubrimiento de su colaborador, Manuel, que había calificado de Sodoma y Gomorra? No había vuelto a hablar con él desde la llamada en su casa mientras toreaba con Solozábal. Joder. Teresa se acomodó en la silla de Pixi alumbrada por la luz del ordenador con el bolso al hombro. Volvió a leer los mensajes intercambiados desde abajo hacia arriba, es decir, en el orden en que habían sido enviados y recibidos. La dirección de correo era inequívoca, a no ser por la ausencia de la grafía superior en la ñ. Estaba claro. Pixi y Augusto tenían un rollo y Manuel ya lo sabía. Ahora ella también. La información que ahora poseía como un regalo anónimo no era fácil de procesar y, mientras, destapó el otro documento que permanecía abierto también en la banda inferior de la pantalla. “LA BALADA DE LOS VIERNES. PÍO XILÁN”, se leía en la primera página. “A mis padres, a mis amigos y a todos los que me quieren”, ponía en la segunda página. Inició la lectura de la tercera página.

92


“Madrid le sorprendió desde el principio como nunca deja de hacerlo a los turistas accidentales o los que se quedan indefinidamente, con la carta en la manga de creer que se trata de una estancia temporal. La ciudad se convierte en una nube tóxica que lo envuelve todo y narcotiza al que se encuentra en su interior. El estruendo imparable de los cláxones, de las inacabadas obras, de los peatones eternamente cabreados, de sus gritos, de la acústica de sus calles amplias y sucias se expande hasta llegar al córtex. Los barrotes de polución se apoderan del caminante y lo aprisionan en la turbamulta habitual y tempestuosa. El magma caliente de la metrópolis inunda los cuerpos. El virus del odio constante y del amor repentino se inocula hasta dejar en las neuronas un mapa de recuerdos imborrables de la urbe. No existe vacuna posible. Sólo es así.” Esta parecía ser la novela de la que supuestamente hablaba Pixi en su mensaje. El periodista pretendía ser escritor. Esta idea la apartó del inesperado descubrimiento de la relación entre el ministro y su colaborador de prensa. Teresa empezó a acumular reflexiones inconexas. Todos los periodistas quieren ser escritores, el periodismo es sólo su plan B. ¿Para qué alguien quiere ser escritor de cosas que otros hacen? Todos desean ser los que hacen las cosas y no los que las cuentan. Pero cuando no se puede, hay que conformarse con estar en segundo plano. ¿Es suficiente, para la realización personal, con hacer bien el trabajo que cada uno tiene encomendado? El querer ser y el poder ser. Teresa estaba pensando en sí misma. Ella era como Pixi, una segundona, una persona que creía tener aptitudes más que sobradas para ser protagonista de los hechos. Podría ser la ministra y no la que escribe para el ministro. Como el periodista que aspira a ser autor y se debe conformar con hacer bien su trabajo. Los periodistas firman sus crónicas, salen sus caras, sus fotos, sus nombres. Eso no le pasa al idiota de Pixi. Es un periodista en la sombra, o mejor, no es ni siquiera un periodista. Y yo, ¿qué soy?, se preguntó Teresa. Ya en la calle, por su cabeza se sucedieron los mensajes cruzados entre los dos amantes. Pixi quería ser escritor, Augusto era homosexual, Manuel lo sabía y era posible que Pablo también. Se quitó las botas planas de caña alta al llegar a casa y devolvió una llamada a Desiré, la periodista de la radio con la que había intercambiado los números de teléfono tras el episodio de las patentes. La invitaba el viernes a su fiesta de cumpleaños en un local de moda de la calle Serrano y Teresa aceptó. Le sedujo la idea de conocer gente en Madrid y despejarse del absorbente trabajo al que cada día dedicaba más horas, todas las horas del día.

93


Había dormido bien esa noche y el maquillaje le iba acentuando los rasgos y resaltando el brillo de su piel. Era de esos días en que irradiaba salud facial y se sentía hermosa frente al espejo. Ya llevaba los zapatos de tacón de Manolo Blanick y se reconoció en su reflejo como la mujer alfa, la mujer total que podría con todo lo que le deparase el día. El rizapestañas era el toque final a la obra de precisión que era su rostro maquillado. Se pintó una a una las pestañas mientras con determinación resolvió que lo de la relación de Piñas con Pixi no tenía importancia en su vida. No pasa nada. Ya quedaban pocas pestañas por maquillar en su ojo izquierdo. Lo que más le molestaba era que Pixi se había revelado como un patán y su Jefe como el hombre perfecto; por lo tanto, la pareja era muy desproporcionada. Cambió de ojo tras comprobar que el izquierdo había quedado listo e inició el rizado del derecho. Como una plantita en su tiesto, iba creciendo la idea de que Pablo Solozábal estaba detrás de todo, que estaba en este mundo para controlarla y manejar los hilos de su vida, para dominar sus ánimos. Sentía que el Gran Hombre del Partido en Su Silla intentaba marcar una distancia entre ella y el ministro. Creía que Solozábal alimentaba situaciones para provocar en ella rechazo y alejamiento de Piñas. Varias pestañas se habían unido en un pegote de pasta negra. Usó la toallita desmaquilladora para deshacer la masilla negra y rectificar. Era como si el Gran Dios Solozábal le programara a su antojo los hechos que ocurrían en su vida. Acabó de maquillarse los ojos y desechó todos los pensamientos recientes sobre Pablo. Llegó al Senado en el coche oficial del ministro Augusto Piñas. Ella bajó después de despedirse cordialmente del conductor junto al que había estado sentada en el breve trayecto. En el asiento de atrás, el ministro seguía hablando con su jefe de prensa, ajeno al hecho de que habían llegado. Ambos debían salir del coche y saludar al pequeño corrillo de autoridades y personal de protocolo que los esperaba para recibirles como solían hacer en la Cámara Alta. Teresa dio la mano a cada uno de los miembros del grupo de bienvenida y permaneció unos segundos esperando incómoda, junto al vehículo. Piñas y Pixi, en los últimos minutos del viaje, iban planeando la estrategia de comunicación del Decreto sobre Internet que iba a marcar un antes y un después en el mandato de Augusto Piñas, según lo calificó el propio ministro. La tensión en el gesto de Piñas se disipó en el instante mismo de su salida del coche oficial. Saludó afable a todos los que le aguardaban en la puerta en un trasiego de escoltas, policías nacionales y equipos ministeriales. La sesión de control al Gobierno en el Senado concitaba menos interés de los medios de comunicación que en el Congreso y, por eso, era todo más familiar. El grupo del Ministerio de Tecnología avanzó por el pasillo del Hemiciclo, una zona luminosa y abierta, asemejándose a una bandada de pájaros que vuela en V, con Piñas a la cabeza, de buque insignia, abriendo paso. Pixi rompió la

94


armonía cuando se salió de la formación para saludar a los grupos de periodistas que se arremolinaban en los laterales del pasillo. Augusto giró la cabeza y buscó a Teresa con la mirada. Se detuvo, la cogió por los hombros y la empujó suavemente hacia el presidente del Senado que hablaba con la Secretaria de Estado de relaciones con las cortes. El ministro mantuvo una breve charla sobre el fallecimiento del presidente de Ucrania y sus posibles consecuencias en la estabilidad de los Balcanes. Teresa se quedó un paso por detrás de Piñas, pero en seguida él la introdujo de nuevo con un casi inapreciable paso atrás acompañado de un leve roce de su brazo en la espalda de ella. Finalizado el comentario baldío, desganado y sin trascendencia sobre la política internacional, Piñas se dejó seguir por Teresa hasta la sala de Gobierno, el camerino de los artistas, el lugar en el que se fraguaban las enmiendas, los pactos, las instrucciones, los saludos y las recomendaciones. -Tessy, siéntate, tengo que pedirte un favor-. -Sí, ministro.-La semana que viene es crucial para mí. El Decreto de Internet me puede hundir. Debo impedir que el mamarracho de Pixi la cague. Ocúpate tú de todo. Esther ha preparado una reunión con los internautas el próximo viernes pero, antes, el martes anunciaremos el Decreto. Tenemos que explicarlo de puta madre, venderlo; me ha costado mucho sudor esta mierda. Estúdiatelo, cómetelo si es preciso y coge la batuta. Confío en ti-. Se levantó sin aviso a saludar al ministro de Exteriores que entraba en la sala con sus colaboradores y con la ministra de Cultura. Teresa se quedó sentada para digerir el encargo. Rezumaba dudas sobre la equidistancia entre ella, Pixi y Augusto. A la vuelta, ella iba detrás con Piñas en el coche oficial. Pixi hablaba por teléfono en el asiento delantero junto al conductor. La senadora nacionalista que había formulado la pregunta sobre el centro cárnico en Galicia había sido muy dura con el ministro y lo había puesto contra las cuerdas. Le había recordado los compromisos adquiridos con los ecologistas y sus propias palabras dichas meses atrás que se contradecían con la decisión de instalar el centro en plena Ribera Sacra. Piñas estaba callado y circunspecto. Pixi braceaba y se revolvía en su asiento en plena discusión con una periodista de televisión. -Pío, ¿has acabado?-, preguntó el ministro. -Sí, Jefe.

95


-Quiero que te estudies el Decreto de Internet y te lo comas, si es preciso. Si algo tienes que hacer bien en esta vida es esto-. Al oír aquello, Teresa se sintió contrariada. ¿Quién tenía entonces la responsabilidad de resolver con éxito el Decreto, ¿ella o Pixi? ¿Era tan grave como para poner a los dos al frente del tema? ¿Le parecía a Piñas que sus dos colaboradores eran idiotas y la suma de ambos podría ser la fórmula? ¿Por qué se lo pedía a los dos? ¿Por qué a ella se lo había dicho a espaldas de Pixi y a él delante de ella? ¿Era un guiño hacia ella o era una forma de decirle que debía llevar la batuta sin que se supiera, sin dañar a su amante? *** Volvía a ser viernes. Los viernes eran una letanía en el Ministerio de Tecnología y en Madrid. A las seis de la tarde, todos salían a La Jarrita de Oro. Ahogaban sus penurias, sus miserias, sus anhelos y sus fugas en alcohol. Esa maldita costumbre de pueblo que tenían en Madrid de tomar cañas con los compañeros del trabajo apuntalaba a todos en su fango pringoso y en grupo. Y casi siempre hablaban de vacaciones, de viajes, como si fueran libres y suficientes para decidir dónde estar, cuando en realidad todos estaban atados a sus responsabilidades, ya fueran familiares o profesionales. Estas reuniones se convertían en una falacia de libertad y de amistad de lo más patético. -A ver, dejad a Teresa que hable-. Repasaban los viajes que iban a realizar en sus próximas vacaciones en grupo o en familia. Teresa se quedó muda porque no había pensado en ello ni remotamente. No tenía con quién hacer un viaje, ni destinos deseados, ni planes de vacaciones. Su vida era ahora su trabajo. Recordaba que el viaje más interesante que había realizado había sido una estancia de siete días en Sicilia con Matías. Todo estaba organizado. Así lo habían querido ambos en busca de un plan pensado para descansar y beber la vida a sorbitos. -Pues no tengo nada pensado-, dijo con desgana, consciente de que preferiría estar en una mina bajo tierra antes que en ese lugar, en ese momento y con esa gente. Manuel Sola la abrazó. -Se vendrá conmigo y con mis chicas a Túnez. Tengo un hotel reservado de esos para familias con niños. Me la llevo de cangura. La tía Tere-. Todos se rieron ante la propuesta humillante que le hizo el bueno de Manuel con intención de descontaminar el ambiente. El comentario la había ubicado,

96


sin pretenderlo, en el terreno de los solitarios, de la gente a la que compadecer y había subrayado que ella, Teresa Baltar, no tenía hijos ni iba a tenerlos. -Manuel, oye, se me olvidaba-, Teresa le susurró. El grupo había cambiado ya de tema hacia los programas rosa de la televisión. Hablaban de amoríos y de infidelidades. -Dime, dime-, susurró también Manuel en broma. -El otro día en el Ministerio, ya tarde y sin querer, me enteré de lo de Sodoma y Gomorra-, dijo Teresa asintiendo segura con la cabeza. -Sorry, ¿de qué hablas?-. -Me llamaste en mi día libre, ¿recuerdas?-, empezó Teresa contrariada por la amnesia de Manuel. - Me propusiste comer juntos y me hablaste de Sodoma y Gomorra. Yo no te hice ni puto caso. Pues ya lo sé, Manuel. Me enteré ayer sin querer-. -Ah, lo de la Stanovich y el secretario de Recursos de la Madre Tierra. Es para vomitar. ¿Y cómo te enteraste? ¿Los pillaste? Qué bueno. Cuéntame los detalles. Debería quedarme en el Ministerio por las noches, como tú-. Teresa fruncía el ceño y negaba con la cabeza, mientras decidía si decir que sí o negarlo, con tal de mantener el secreto de Piñas. Se pidió otro vino tinto en la barra, al tiempo que comparaba su noticia con la de Manuel. Lo mejor sería callar su secreto y concentrarse en la información de la indiscreta relación entre la jefa de gabinete y el Rey Sol. Pero no pudo. -No, coño, Manuel. No. No es eso-. -¿No están liados?-. La cabeza de Manuel asomaba por detrás del hombro de Teresa en su recorrdio por el local en dirección a los lavabos. Manuel la seguía dando saltitos. Junto a la máquina de tabaco, ella le contó. -Te mataré después de contarte esto. Agusto Piñas y Pixi son amantes. Ya está… Di algo-. -¿Amantes? Pero si son el agua y el aceite. ¿Es verdad o te has metido ya?-. -Cállate, por tus hijas-. Hablaban los dos con las cabezas casi pegadas. -¿Cómo te has enterado? ¿Saben que lo sabes? ¿Quién te lo ha dicho? Explícame, por Dios- insistió Manuel.

97


-Que te calles. Lo sé y punto. No me lo ha dicho nadie y no lo he hablado con nadie-. Manuel se bebió de un trago la copa de vino de Teresa y la dejó sobre la máquina de tabaco. -Qué fuerte y qué cagada. ¿Por qué me lo has contado?-. -No quiero ser la única en atesorar esta mierda como poseedora de una dádiva de los dioses-. -Pero qué bien hablas, pedorra. Teresa y Manuel regresaron al grupo y siguieron conversando de estupideces un rato más. Las miradas cómplices y los gestos cruzados entre los dos -a veces, en forma de sonrisa tonta por el alcohol; a veces, extrañados ante los pensamientos idénticos- sólo fueron captados por Esther Stanovich. La jefa de gabinete no les quitaba ojo, convencida de que Manuel y Teresa tenían un lío, de que eran amantes. Estaba claro para ella: siempre estaban juntos, se apartaban para hablar solos con las bocas tan cercanas… y además compartían la copa y tenían planes para irse juntos de vacaciones. *** La noche se presentaba como una incógnita. Teresa no tenía ni idea de lo que se iba a encontrar en esa fiesta de cumpleaños de Desiré Sánchez, con la que conectó de manera especial el día en que el motín de las patentes le puso un zapato en la mano delante del ministro Augusto Piñas. Parece que a la periodista radiofónica, Teresa le había dado buena espina. La fichó de inmediato y le prometió llamarla para verse otro día. Así fue. Teresa esperaba que esa promesa se quedase en mera declaración de intenciones en una escena de exaltación de la amistad. Pero no. La llamada fue breve y contundente como la de dos amigas cómplices. Allí estaba Pixi, que fumaba en la puerta del local de la calle Serrano al que llegó Teresa puntual. Estrenaba el vestido negro de cocktail que se había comprado en sus primeros días en Madrid y había hecho envolver como para un regalo. De forma inesperada, Teresa se enterneció al encontrar a Pixi, que no tenía buena cara. -Pixi, hola. Qué alegría verte. No esperaba encontrarte hoy-, dijo Teresa sinceramente. Desde que conoció la relación entre Piñas y Pixi creyó que debía cuidar esta noticia y veía a Pixi como la víctima de una historia que no alcanzaba a comprender.

98


-Maite, ¿qué coño haces aquí? Esto es una fiesta de periodistas. ¿Te ha invitado Eladio Hays? Ese capullo…-. -¿Eladio qué? Vengo al cumpleaños de Desiré Sánchez. Somos amigas-, exageró claramente su relación con la anfitriona, enfadada por el desprecio que siempre mostraba el director del comunicación del Ministerio hacia ella. -¿Desiré es amiga tuya? Vaya, sí que da de sí la mierda de la entrevista de la radio. Vale, yo también me alegro de verte-, se dio la vuelta y se puso a marcar en el teclado de su teléfono. En el interior, Teresa pasó unos minutos dudando entre salir corriendo de allí para tumbarse en el sofá tapada con una manta o acodarse en la barra a consumir las dos copas a que le daba derecho el ticket que le habían dado en la puerta. Había grupos de personas en complicidad, riendo y vociferándose al oído, la mayoría sonreía y el ambiente era acogedor, a pesar de la música alta y la endogamia que se respiraba. -Teresa Baltar-, gritó Desiré, aunque su voz quedaba mitigada por la música, has venido, qué ideal. Me encantan tus zapatos-. Dijo algo más pero Teresa no lo oyó y se quedó sola con un vodka con tónica en la mano. Llevaba ya un buen rato intercambiando frases inocuas con una chica que la había reconocido de su última visita al Senado. La periodista trabajaba como becaria allí y le explicaba con todo lujo de detalles lo difíciles que eran las oposiciones para llegar a ser funcionaria de prensa del Congreso o del Senado. Teresa escuchaba sin atender y asentía. Para oírla debía girar la cabeza en otra dirección y en esos vaivenes para seguir la inane conversación, se fijó en un tipo alto y bien peinado que mantenía su bufanda perfectamente atada al cuello a pesar del calor que reinaba en el local. Le recordaba levemente a Carlos Gardel. Desiré vino en busca de Teresa acompañada de un grupo de cinco o seis personas más. -Pues aquí la tenéis. Esta es Teresa Baltar, la asesora del ministro Piñas, la del zapato-, decía a gritos Desiré. Su forma de hablar era frívola en exceso, diferente de la impresión que tuvo cuando la conoció en la radio. -Teresa, te presento a Lourdes Bouza, es la delegada de Televisión de Galicia-. Siguió presentando a sus acompañantes a los que cogía por los hombros plantándoselos delante a Teresa. -Carlitos Campos, jefe de política de la Agencia Mayor. Laura Selva es hermana de Enrique Selva, ya sabes, el jefe de fotografía del Heraldo y este es Lucas, mi productor-. Teresa los besó a todos y les ofreció su mejor sonrisa, la que tenía preparada para la grandes ocasiones, la que servía perfectamente para llorar por dentro. Después de unos minutos de intercambio de gestos tontos de complacencia,

99


los pájaros fueron abandonando el nido y quedaron Teresa y Desiré junto a la barra, recordando entre risas la ridícula situación de la protesta de la oficina de patentes. Teresa seguía observando al hombre alto de la bufanda anudada incluso habiendo él cambiado de grupo y ubicación en varias ocasiones. Él también la observaba. Desiré la abandonaba intermitentemente y le traía nuevos personajes en un curioso desfile sin demasiado interés para Teresa. A estas alturas de la noche, pasada de copas y con dos rayas de coca, la asesora parlamentaria mantenía una extraña conversación con alguien que le explicaba cómo cocinar los membrillos y detalles sobre la densidad de la carne según el tiempo y la temperatura del agua en el que debían hervir. Salía del lavabo pensando en marcharse ya. Y allí estaba el de la bufanda, que parecía esperarla en la puerta. Le sonrió y ambos siguieron sus caminos. -Desiré-, la llamó Teresa por detrás, pero la periodista radiofónica no la oyó. Desiré, ¿quién es ese de la bufanda?-, al insistir, se volvió. -Vaya, me olvidé. Él también me ha preguntado lo mismo. Te lo tengo que presentar. Es Eladio Hays. ¿No le conoces?-. -Bueno, me suena su cara-, y le sonaba el nombre, era el que Pixi había mencionado como hipotética razón de la presencia de Teresa en esa fiesta. -Es el cronista político del Canal Uno. Lleva cuatro años en España pero trabajó en la CNN-, hizo un gesto ampuloso como dando a entender que hablaba de palabras mayores. -Yo creo que es gilipollas, pero todos le admiran. Consigue todo lo que quiere y los diputados se mean por hablar con él, sobre todo las diputadas-. -Creo que me voy a retirar, guapa-. Teresa viró la conversación aparentando desinterés por el personaje. -¿Qué dices? Ahora te traigo a Eladio-, y le dejó con la palabra en la boca. Teresa recogía su abrigo del guardarropa cuando Eladio Hays se colocó delante de ella justo cuando iniciaba la retirada por la puerta de atrás. -No te irás ahora que hemos conseguido encontrarnos-, le tendió la mano mientras le mostraba una hilera de dientes muy blancos y bien alineados. Así con la mano sujeta y sin soltársela se presentó. -Hola, Baltar. Soy Hays, Eladio Hays-. A Teresa se le escapó un resoplido en forma de carcajada poco adecuada a lo solemne de la situación.

100


-Baltar, Te-re-sa Baltar. Me alegra conocerte, admiro tu trabajo y tu temperatura corporal. Lo de la bufanda me tiene frita toda la noche-. Él sonreía levemente. -Pues me la quito-. Con un gesto teatral, se deshizo de la bufanda y se la puso a Teresa en su cuello. -¿Qué tomas?-, concluyó con un tono forzadamente grave. -Un vodka con tónica y después un taxi-. Con esta frase se sintió la heroína de una fotonovela. Hablaron durante más de dos horas sentados en unas butaquitas retiradas. Hacía tiempo que nadie le prestaba tanta atención fuera del trabajo. -Mira, Baltar. El periodismo es una droga, ¿sabes? Yo me enganché en Afganistán. Fue mi bautismo. Pero en este país de mierda no se valora nada. Yo, en Estados Unidos, sería el rey del mambo, con mi físico y mi experiencia. Aquí, en cambio, tengo que librar una batalla diaria con los últimos becarios-. -Vaya-, le resultaba pedante, engreído, egocéntrico, pero muy atractivo. Presentía su musculatura fuerte en su gesto de constante tensión. -¿Qué tal con Xilán?-, le preguntó de pronto y la cogió de improviso. -Es un tipo estupendo. Hemos compartido muchas experiencias y creo que es uno de los mejores directores de comunicación-. Ella dudó si hablaría de la misma persona que ella conocía, el fatuo de Pixi, el que había llamado capullo a Hays en la misma puerta del local. -Genial, es muy majo. Trabajo muy bien con él, lo poco que tenemos que hacer juntos-, fue la última cosa sensata que dijo esa noche y la primera mentira que le soltó a Eladio Hays. Le abrió su puerta, su casa, su cama y sus piernas. La musculatura que había prejuzgado fuerte no decepcionó a Teresa. Sus movimientos eran firmes al penetrarla. Y ella se dejó llevar por su iniciativa en su primera noche perfecta en Madrid. Una noche perfecta de no ser por las frases que introdujo durante la ascensión del placer. -I want to chew your nuggets… Let me spank you, bad girl… Suck my tallywaker… Come on, baby, I know you’re so thirsty you would drink the sweat of a dead man’s dick… Let me leak your ass hole-. Teresa pensó que ésta era la mejor y la peor manera de acabar el viernes.

101


10. La volátil fenomenología del espíritu

La semana abría los ojos con pereza. El aire de la sierra de Guadarrama arrastraba bajas temperaturas hasta la capital de la meseta. Las sábanas parecían pegarse más de lo habitual y costaba dejar el jergón. Aquella mañana, Teresa lo notó más que nunca, quizás como un mal augurio que le avisaba de que probablemente era mejor quedarse en la cama bajo cualquier pretexto. Cuando llegó al Ministerio, el frío anidaba a sus anchas por todo el edificio como una plaga. La asesora parlamentaria se aferró con fuerza a un vaso de plástico con té caliente en un intento por entrar en calor. El sistema de calefacción había dejado de funcionar el viernes a las tres de la tarde y nada volvería a ser agradable hasta bien entrado el mediodía. Las dependencias del gabinete ministerial, la planta noble, a las ocho en punto destilaban desolación. Un ujier, dos vigilantes somnolientos a punto de acabar el turno de noche y los retratos de los predecesores del ministro Piñas le habían dado los buenos días de forma automática y con desgana. Nadie había llegado aún al despacho. Aprovechó para limpiar y vaciar el correo electrónico. Si no lo hacía se le bloqueaba el teléfono móvil. Un gorrión aterido en el alfeizar de la ventana la distrajo de la pantalla hasta que alzó el vuelo. Volvió a posar su mirada sobre el ordenador. En ese lapso de tiempo cruzó por su cabeza el recuerdo de su ex, Matías Luque. -¿Por qué los niños pequeños y los animales indefensos me provocan tanta compasión?-, se preguntó Teresa. -Desde que lo dejé con Matías parece que para desayunar me tome un litro de suavizante. Veo un pajarillo, me enternezco y me acuerdo de ese inútil-. Vagamente esbozó una sonrisa vengativa con el recuerdo fugaz de su primer polvo en Madrid, un acto inconsciente y físico en el que había hecho uso del cuerpo de Eladio Hays, el insulso y vanidoso cronista televisivo. Se levantó y salió del despacho para recoger los periódicos del día en la mesa de su secretaria, con Matías en los pliegues de su cerebro. -Cómo me gustaría poder vivir sin ti, cabrón, pero no puedo-. Teresa se arrepintió de pensar así, pero el lastre de los años había calado hondo y suponía una carga muy pesada. Unas lágrimas estuvieron a punto de brotar. Reprimió sus sentimientos y se sobrepuso con éxito. Echó una rápida ojeada a las portadas, todas con fotografías de la visita del Papa, y se quedó boquiabierta. -¿Pero qué mierda es esta?-, exclamó en voz alta frente el titular de portada a cinco columnas de La Nación: “La basura nuclear irá a Andalucía”.

102


Teresa estaba perpleja, no entendía nada. La semana anterior en la reunión con el ministro y con Pixi había quedado claro que el tema debía desparecer de los medios, aunque el director de comunicación tuviera que gastarse una fortuna en el “fondo de reptiles”. Lo que fuera con tal de aparcar aquello. Y encima lo que publicaban era mentira. Teresa tenía el informe verdadero, lo había elaborado ella misma y el cementerio nuclear no se iba a instalar en Andalucía. -Pixi es imbécil. Esto es una filtración malintencionada e interesada y en el momento menos favorable-. Teresa leyó a toda velocidad transversalmente para aclarar de dónde salía aquel entuerto. “Según fuentes de la organización ecologista Planeta Verde, que ha tenido acceso a un informe confidencial de Tecnología, Augusto Piñas tiene muy claro que la ubicación más adecuada para el almacén de residuos nucleares debe ser Murcia. El departamento aduce motivos de seguridad y de infraestructuras para situar el silo en esa comunidad”. Lo firmaba la ecologista María Luisa Escribano, más conocida como El Grano. Teresa le mandó un mensaje de móvil al director de comunicación. El Grano te la ha metido doblada con lo del almacén. ¿Qué ha pasado? Y Pixi le respondió Uuufff. ¿Sí? Bueno, qué putada. Anda no te preocupes. Luego te cuento La asesora parlamentaria seguía sin comprender su reacción. Se volcó de nuevo en la prensa. Para calmarse pasó rápidamente las páginas en busca de algo interesante. Le llamó la atención una reseña sobre una nueva tienda de moda japonesa en la calle Fuencarral: “El país del sol naciente campa a sus anchas en la calle comercial más cool de Madrid. Llega el street style nipón. La auténtica revolución japonesa, a cargo del conocido estudio francés Atómiko Design, aporta un toque chic a este trend setter hub”. Tras leer aquellas líneas, Teresa Baltar no tuvo ningún reparo en reconocer que le encantaba ser de Arévalo, en la provincia de Ávila, y que, por suerte, siempre se le escaparían detalles imprescindibles, a la par que estúpidos, para entender la vida en Madrid. Respiró hondo y decidió bajar al bar a por otro té. -Hoy no es un buen día. No, hoy no es un buen día-, comentó en voz baja. Estuvo un rato largo en la cafetería del Ministerio. Mantuvo una agradable conversación con uno de los camareros, un simpático seguidor de la Real Sociedad, que estaba convencido de que a ella le encantaba el fútbol. En realidad aborrecía aquel deporte, pero habían sido tantas las tardes de domingo con la tortura del balompié al lado de Matías, que se había convertido

103


en una experta. Tras comentar lo atractivos que le resultaban los árbitros, regresó a su oficina. -Buenos días, Teresa-, le saludó Conchi, su secretaria. -¿Qué tal el fin de semana?-. -Buenos días, Conchi. La verdad es que lo he pasado muy bien-, mintió Teresa, que había pasado el fin de semana en casa con unos terribles dolores menstruales, acrecentados por las secuelas de las embestidas de Eladio Hays. Su madre había estado en Madrid, en la misa del Papa, y ella ni siquiera la había visto. Sentía remordimientos. -No sabía dónde estabas. Te busca la jefa de Gabinete. Parecía un poco agobiada. Te ha llamado antes de venir hasta aquí para asegurarse de que en cuanto llegases la llamaras. Ah, y también tienes que llamar al Jefe-, le informó Conchi. -Vaya, salgo un momento y... Me he dejado el teléfono. Pásame con Stanovich, por favor. Seguro que es por lo del silo nuclear-. -¿Seguro? ¿Con quién quieres que te ponga primero, con el ministro o con la Jefa de Gabinete?-. Teresa vaciló. No sabía con quien quería hablar primero. No tenía ningunas ganas de mantener una reunión con el ministro porque, cada vez que cruzaba con él una mirada, temía que en su rostro leyera: “sé lo tuyo con Pixi”. Justo cuando iba a contestar a su secretaria que le pasara a la jefa de gabinete, se oyeron los ladridos de un perro. Se trataba de un ruido profundo y débil al mismo tiempo. Eso le llevó a creer que debía ser un juguete, uno de esos perrillos mecánicos que respiraban como si fueran reales. En alguna ocasión se sintió tentada de comprarse uno. En principio, todo le parecían ventajas. Al desconectarlo dejaba de molestar, nunca se orinaba, ni defecaba en el suelo, ni destrozaba el mobiliario con sus dientecillos. Pero luego se echaba atrás. Le recordaba demasiado a su padre. El sargento Francisco Baltar murió en un accidente de tráfico y lo único que consiguieron rescatar fue el perro que llevaba en la parte de atrás del coche, de esos que movían el cuello. Se lo entregaron a su madre y Teresa lo guardó en su habitación. -Hola, Maite, ¿cómo estás, guapa?-, irrumpió Pixi en su despacho sin llamar a la puerta. La asesora balbuceó un saludo. -¿Y tú cómo estás?-, le preguntó con ironía.

104


-Cómo eres, chica. Anda, mira te presento a Pepar-, dijo Pixi señalando a un diminuto Yorkshire negro que transportaba en sus brazos. -Es monísimo, Pixi. ¿Cómo has dicho que se llama? ¿Pepa?-. -No. Pepa, no. He dicho Pepar, Peee-paaaar, pimienta en inglés. Es que de verdad, joder-. -Ah, claro, como pimienta-, dijo abobada Teresa. La estampa tópica del homosexual con perrito la descolocó completamente. -Por cierto, ¿puedo dejaros aquí al cachorro? No molesta, tiene una jaulita y todo. Es que me lo acaban de traer hace un rato, no lo iba a dejar solo en casa, y no se puede quedar en el despacho porque una secretaria tiene alergia a los animales. Lo que no se inventen los funcionarios por joder…-. -Bueno, mientras no lo deje todo perdido-, contestó Teresa. -Te he venido a buscar personalmente porque el ministro quiere vernos a ti, a la Stano y a mí en su despacho en diez minutos y como no coges el móvil y la secretaria dice que no estás…-. -Supongo que el Jefe querrá comentar lo del titular sobre el almacén nuclear. Como dijo que te ocuparas personalmente de hacer desaparecer cualquier mención al respecto-, apuntó Teresa. -Pues no. No te preocupes tanto por los medios de comunicación que de eso ya me encargo yo, bonita. ¿Es que acaso insinúas que no sé hacer mi trabajo?. -No te pongas así, Pixi. Sólo creo que se trata de un… ¿Gol?-. Teresa se arrepintió de haber pronunciado aquellas palabras. El director de comunicación la miró entonces con superioridad. -¿Sabes lo que es una cortina de humo?, Maite. ¿Comprendes el concepto smoke courtain? Pues lo que has leído es eso-. Teresa no salía de su asombro. -¿Una cortina de humo?-, preguntó mientras acercaba temerosa una mano para acariciar al perro. Desde que había entrado tenía unas ganas tremendas de cogerlo. El animal se dejó tocar. -Sí, olvídalo todo. Es un señuelo para despistar. Estamos a punto de aprobar el decreto contra las descargas ilegales y tenemos que centrar la atención de los periodistas en otras cositas. Vaya, a Pepar le has caído bien-.

105


-Sí, qué mono. Pero eso contradice todo por lo que habíamos trabajado ¿qué pasará ahora?-, preguntó Teresa. -Es una estrategia, Maite. Los ecologistas nos debían un favor. El Jefe no puede dar malas noticias, un ministro nunca da malas noticias-. -Pero era uno de los proyectos estrella del Ministerio, al menos hasta hace unas semanas-, dijo la asesora parlamentaria jugueteando con el perro que no dejaba de mordisquearle la mano. -No te equivoques, nenita, no te equivoques. Nuestro objetivo son las descargas ilegales. En realidad la ubicación del almacén nuclear nos importa una mierda. Se instalará en Andalucía. Ya lo han dicho los de Planeta Verde. Luego, todo el mundo se habrá olvidado y se podrá poner donde nos salga de los cojones-. -No consigo entenderlo muy bien, Pixi. ¿Me dejas coger a Pepar? Es tan mono... Es como un peluche-. -Sí, claro toma. A ver, Maite. Esa información aparecida hoy le permite a Piñas desmentirlo siempre que quiera y quedar políticamente de puta madre sin problemas en el Partido. Cuando se apruebe, porque se aprobará e irá a donde tenga que ir, lo habrá hecho el Consejo de Ministros y eso ya son palabras mayores. Es competencia del presidente. Dejará de ser nuestro problema y habremos negado la mayor-. -Pues vaya, ¿no?-. A la asesora parlamentaria se le había dibujado una enorme sonrisa en la cara. Le encantaba tener en brazos a Pepar. -Es que como soy tontito, según tú. En realidad el ministro quiere vernos para fijar la posición sobre las descargas ilegales antes de la reunión con el abogado que representa a las operadoras de telecomunicaciones. Y nos quiere a todos, ya. ¿Vamos?-. Teresa Baltar emitió un estridente “me cago en Dios”. El cachorro se había orinado en su brazo. Le había arruinado su chaqueta de Hermes. Separándolo de su cuerpo hacia adelante con las dos manos se lo devolvió a Pixi. -Lo siento, lo siento, lo siento. Pepar, bad; Pepar bad… No te preocupes, te pagaré el tinte. Qué putada, en serio. Lo siento muchísimo-, se disculpó Pixi. -No pasa nada, hombre. Tranquilo. Los animales son así de imprevisibles y este es un cachorrito muy bonito. Además, por suerte sólo me ha calado la chaqueta. La camisa de seda ha quedado intacta-, comentó Teresa sardónica quitándole importancia al incidente.

106


-Pero puedo dejarlo aquí, ¿no?-. -Claro, por supuesto. Anda, vámonos-. Teresa pensó que nunca conseguiría que Pixi le pagara la tintorería. Augusto Piñas los recibió a todos con una sonrisa de oreja a oreja, que dejaba ver su dentadura perfecta. Teresa se dijo a sí misma que se trataba de un hombre guapísimo y no entendió que hacía con el calvo de Pixi que además se acababa de comprar un perro meón. Tras media hora de discusiones intensas, pero controladas, entre el equipo ministerial, recibieron al abogado de las operadoras telefónicas, Enrique Pinillos. La reunión se transformó en una montaña rusa de consecuencias imprevisibles. Las posiciones de ambas partes cada vez estaban más alejadas. Nadie quería dar su brazo a torcer. El secretario de Estado de Telecomunicaciones, Julián Navarrete, se escudaba en la salvaguarda de la propiedad intelectual. Y mientras, Pinillos velaba por los intereses económicos de las operadoras -Ya he oído suficiente. Siento contradecirles, pero su propuesta es, desde nuestro punto de vista, descabellada e inaceptable-, dijo el representante legal de las empresas de telecomunicaciones. Tras aquellas palabras hizo ademán de levantarse para abandonar la reunión. -Por favor, señor Pinillos-, dijo Navarrete cordial y conciliador en contra de su naturaleza ácida y poco diplomática. -Vamos, vamos, no se ponga así. Siéntese. Tenga en cuenta que para nosotros usted ni está ni se le espera. Ha sido usted el que nos ha pedido venir a última hora. Le han visto las orejas al lobo y han decidido sumarse. Estoy convencido de que sabremos llegar a un acuerdo. Yo le tengo por una persona razonable-, le advirtió Julián Navarrete que, si bien en un avión apenas le salían las palabras a causa de su aerofobia, en tierra firme no le temblaban las manos para apuntillar a sus interlocutores. -Señor ministro-, dijo Pinillos ignorando a Navarrete, -It takes two to tango, y aquí los únicos que no quieren bailar son ustedes-, argumentó. Augusto Piñas miró fijamente a Navarrete, movió la cabeza hacia los lados y se dispuso a intervenir por primera vez utilizando un tono tranquilo, pero severo. -Las descargas de contenidos audiovisuales sin pagar son sencillamente ilegales-. -De acuerdo, hasta ahí puedo estar de acuerdo. No obstante, como jurista y abogado, me parece…-. Pinillos, hastiado de tanta discusión, vaciló, pero optó por no seguir hablando.

107


-Qué. ¿Qué le parece? Vamos, hombre, hable con libertad, le escuchamos todos-, le alentó Piñas. -Resulta absolutamente monstruoso que el Decreto incluya la creación de la Agencia de Propiedad Intelectual-, dijo Pinillos. -¿Sabe cómo llaman a esta agencia?-, preguntó. -¿Cómo? Venga, ¿Cómo la llaman?-, explotó el ministro. Stanovich, Pixi, Teresa y el secretario de Estado de Telecomunicaciones, Julián Navarrete, esperaban la respuesta con expectación. -Augusto Piñaschet Inquisición. A.P.I.-, dejó caer triunfal Pinillos. -¿Pero que está diciendo, hombre?-, preguntó molesto Piñas. -Lo que oye, ministro Piñas. Escúcheme bien; usted ha reinventado el derecho. Su agencia podrá decidir el cierre indiscriminado de cualquier web con ánimo de lucro directo o indirecto o de quien pretenda causar daño patrimonial. ¿Eso cómo se come? ¿Me lo puede explicar?-, pidió el abogado de las operadoras, Enrique Pinillos. -No, hombre, no-, levantó la voz el secretario de Estado Julián Navarrete, -si el señor Pinillos tiene razón-. Todos miraron con recelo a Navarrete. Su acerada lengua y sus salidas de tono podían ponerlos en un aprieto. -Aunque no se acabó de curar muy bien de un brote de meningitis y los síntomas afloran de vez en cuando, tiene un cerebro casi privilegiado. Él sí sabe de lo que está hablando. Aquí dónde lo ven, a pesar de esa enfermedad mal curada, el señor Pinillos es doctor en derecho con una tesis sobre el copyright y la propiedad industrial. Háganos partícipes de sus conocimientos. ¿O prefiere explicarnos esa parte de su currículum en la que se le acusa de evadir fondos para la Sociedad Estatal de Autores?-, le inquirió Navarrete mostrando la fotocopia de un periódico en la que se leía: “El abogado de la SEA es imputado por presunta evasión de capital y blanqueo de dinero.” -Mire, ministro-, habló Enrique Pinillos a Piñas, ignorando de nuevo a Navarrete, -su prevención no es más que censura. ¿Quién garantizará a los internautas que un tarado de su comisión Torquemada, como Navarrete, no decidirá clausurar una página web simplemente porque le cae mal un blogger o el dueño del site? ¿Se da cuenta de lo que ha creado?-, arremetió Pinillos. El equipo de Piñas ladeó la cabeza hacia el ministro. Se estaba poniendo todo cada vez más interesante. En sus caras se veía claramente que les gustaba ver sufrir de aquella manera a su Jefe por primera vez.

108


-Está sacando las cosas de quicio, señor Pinillos. Yo sólo defiendo la legalidad, aseguró el ministro de Tecnología. -Qué desfachatez. No sólo ha reinventado el derecho para reinterpretar la defensa de la legalidad, sino que además ha resucitado usted al Santo Oficio-. Pinillos estaba cada vez más lanzado. Julián Navarrete miró a su Jefe y recogió el testigo. -Pinillos, ¿me oye? A ver, concéntrese. Es que como tiene usted un reguero de masa encefálica y sangre que le sale por el oído derecho, pensé que con la obturación quizás no me oyera bien-. Pinillos, un tanto nervioso, estuvo a punto de picar e hizo ademán de acercarse la mano a la oreja derecha, pero supo mantener la calma. -Sus operadoras dan cobertura técnica a millares de webs que permiten realizar descargas ilegales. Usted lo que quiere es conservar su corralito-. -Sí, señor Pinillos, siento decirle que Navarrete tiene razón. No nos venga ahora con historias de democracia y de libertad de expresión-. Piñas se había recuperado y ahora castigaba el hígado de Pinillos con un buen gancho. -Muy bien, señor Augusto Piñas. Se lo he advertido. En cuanto salga de aquí nuestro departamento de prensa difundirá un comunicado acusando a este ministerio y a este Gobierno de provocar la censura en Internet, de cercenar la libertad de expresión en España. Con Augusto Piñas el silencio cotiza al alza en la red-. -Salga de este despacho. Inmediatamente-, dijo Piñas dirigiéndose a Pinillos. Después miró fugazmente al secretario de Estado de Telecomunicaciones, Julián Navarrete, reprobando su actitud. Después, todo ocurrió muy rápido. Durante unos segundos se hizo el silencio. Todo el mundo parecía estar recibiendo mensajes en su móvil porque sus miradas bajas no se despegaban de las pantallas de sus teléfonos. Augusto Piñas se desesperó. Sus colaboradores nunca antes lo habían visto así. Estaba rojo de ira. Las lágrimas le saltaban a borbotones y se le marcaban las venas en la frente y en el cuello como si le fueran a reventar. Empezó a golpearse la frente con los puños. -¿Qué coño se ha creído ese hijo de puta engreído? ¿Quién coño se cree que es? Y tú Navarrete, ¿no podrías haberte callado?-. Todos le miraron asustados y sorprendidos. Ni Navarrete se atrevió a decir nada. Aquella airada reacción del ministro y las lágrimas eran desproporcionadas. Teresa sospechaba que era los de Pinochet lo que le había llevado a ese estado.

109


Augusto Piñas se levantó de su sillón hecho una hidra. Se acercó hasta una reproducción del módulo de la Agencia Espacial Europea para la estación espacial internacional que se construía en Getafe y lo lanzó contra la puerta. -Me cago en Dios y en la puta madre que parió a este hijo de puta-, gritó Piñas. El ministro no reaccionó públicamente aquella tarde. Se encerró en su despacho. No dejó entrar a nadie. Tampoco dio señales de vida el martes cuando apareció el aluvión de titulares sobre la decisión del Ministerio. Teresa Baltar intentó animarle con un SMS. Ministro, en los titulares hay un poco de todo. No todo es tan malo. Saldremos adelante Como respuesta recibió uno de los titulares del día y un comentario. Piñas creará una POLICÍA DIGITAL para cerrar webs. No es tendencioso. No todo es tan malo. Tienes razón. Tras aquella respuesta, Teresa comprobó que no había nada que hacer. Como siempre, el tratamiento de la información se situó a un lado y a otro. “Piñas creará una policía digital para cerrar webs”. “El Gobierno parará las descargas ilegales con cierres”. “Tecnología prepara un decreto para proteger la propiedad intelectual de los creadores”. Sólo esta última información era la más favorable al Gobierno. Lo peor fue una viñeta de Piñas en la que se le caracterizaba como Augusto Pinochet en el periódico de mayor tirada. En la tira cómica, Augusto Piñaschet, con dos bolsas de dinero detrás de él, subido a un tanque decorado con esvásticas y diversa parafernalia franquista. La máquina disparaba un enorme proyectil, en el que se leían las siglas de la Agencia de la Propiedad Industrial, contra un ordenador gigante rodeado por dos torretas de grabación de CD’s. El texto rezaba: ‘Copiar es bueno, pero proteger la propiedad intelectual de mis amigos es aún mejor’. Aquella fue la chispa que encendió los ánimos de los internautas. La página web del Ministerio de Tecnología recibió un ciberataque. Cuando se accedía a ella sólo aparecían fotos antiguas de Benito Mussolini, Adolf Hitler, Franco, Videla y de Augusto Pinochet con la foto de Augusto Piñas. El equipo informático del ministerio fue incapaz de frenar el ataque y Tecnología se sumió en la zozobra. El capitán estaba desaparecido y la Stanovich demostró su incapacidad para enderezar el rumbo. Como oficial de derrota en situaciones de crisis dejaba bastante que desear. Entonces, Pixi resurgió de sus cenizas, cual pichón Fénix.

110


-Joder, Maite, hay que arreglar esto como sea. Augusto está totalmente hundido-, dijo el director de comunicación. -Sí, la verdad es que estamos fatal. Ah, ¿pero has conseguido hablar con…?-. Teresa dudó antes de decir su nombre de pila. Quería jugar un poco. -Me sorprendes Pixi, no sabía que tuviérais Augusto y tú una relación tan estrecha-, dijo Teresa en tono zorruno, pero con compungimiento debido a las circunstancias. Le llenó de rabia imaginarse a Piñas sentado en un extremo de la cama, desnudo y preocupado, mientras Pixi por detrás le rodeaba el torso con sus brazos y le daba besos en el cuello susurrrándole al oído que no se preocupara. -Sí, bueno, pero todos somos sus más estrechos colaboradores. Ya sabes, la Stano, tú y yo, Navarrete y Pachamama. Lo que ocurre es que como esto es una ofensiva mediática por tierra, mar y aire en toda regla, pues me toca más de cerca. Sólo le pedí por favor que me dejara hablar con él para fijar una estrategia-, explicó Pixi quitándole trascendencia a la situación. -¿Y qué te ha dicho?-, inquirió Teresa con interés, incapaz de borrar la imagen de la cama. -No sabes lo mal que lleva lo de las referencias al nazismo y al franquismo. Su familia tuvo muchos problemas durante la guerra civil. Su abuelo paterno estuvo deportado en Buchenwald-. -Es verdad, ya me acuerdo-, dijo Teresa fingiendo un hondo pesar. -Es algo que ha llevado muy mal. Su padre además cumplió varias condenas durante el franquismo. Se trata de la típica familia comprometida con la libertad y con el Partido. Ya sabes.-, sentenció Pixi. El martes por la tarde Pío Xilán consiguió cerrar para la mañana siguiente a primera hora una reunión con un selecto grupo de internautas. La idea era que pudieran plantear sus quejas directamente al ministro e intentar llegar a un acuerdo para retirar la disposición por la que se creaba la Agencia de la Propiedad Intelectual. A cambio, se comprometían a parar el ciberataque de forma inmediata. La situación se hacía insostenible. Cada segundo que pasaba horadaba la credibilidad de Augusto Piñas y aquello les pareció la salida más esperanzadora, aun a sabiendas de que quizás sometían al Jefe a un linchamiento. Entretanto, Teresa Baltar siguió con su trabajo habitual. Se concentró junto a Manuel en contestar preguntas parlamentarias y en preparar las intervenciones del ministro en las Cortes. Al final de la tarde y a punto de salir del despacho, recibió una llamada de María Cabañeros, la diputada de su Partido, la niñata

111


que había rivalizado con ella en la facultad de derecho en Salamanca, la mujer Vogue, su paisana. Con su llamada quería trasmitirle al ministro, a través de Teresa, el apoyo de todo el grupo parlamentario y muy especialmente de los miembros de la Comisión de Tecnología en el Congreso y en el Senado. -Teresa, quiero que le digas que en estos momentos es cuando más confiamos en él. Sabemos que se trata de una situación jodida, pero estamos a su lado-. -Vaya, muchas gracias, María. En cuanto vea al Jefe le haré llegar vuestro mensaje de apoyo. Ni te imaginas lo contento que se va a poner-, dijo Teresa. -Quiero aprovechar para decirte algo, Teresa-, dijo María manteniendo el suspense. -Te escucho atentamente-. -Creo que Augusto tiene mucha suerte por contar con alguien como tú como asesora parlamentaria. Hemos estado muy distanciadas. Deberíamos apartar nuestras diferencias y colaborar estrechamente. Al fin y al cabo nos tenemos que entender. Yo soy la presidenta de la Comisión de Tecnología-. A la zona de recuerdos de su mente llegó la imagen de la conversación y la sorpresa mutua que experimentaron ambas en su encuentro en los pasillos del Congreso cuando Teresa debutó en aquella existosa interpelación. María le estropeó la euforia cuando le descubrió que era diputada por Ávila. -Bueno, María, agradezco tus palabras. En situaciones así es importante saber con quién se puede contar. Te lo agradezco de todo corazón-. Teresa se sorprendió a sí misma recurriendo a manidas fórmulas para expresar algo que en realidad rechazaba. -Deberíamos quedar a comer un día de estos, cuando haya pasado esta crisis. ¿Te parece?-, le propuso María Cabañeros. -Claro, que ilusión, me encantaría. ¿Vemos las agendas y fijamos una fecha?-. Tras aquella conversación, Teresa reflexionó sobre el lodazal en el que se acababa de meter. En realidad odiaba a María Cabañeros desde la infancia en Arévalo y la aborreció más aún en su reencuentro en la Universidad de Salamanca, pero debía entenderse con ella. En dos días habían tenido lugar dos hechos absolutamente increíbles. El lunes asistió a la primera fragmentación de su Jefe y fue testigo de la volátil fenomenología del espíritu de Augusto Piñas; en realidad, en aquella sala a todos se les agrietó la armadura. Piñas se quebró y ellos con él. Y hacía unos minutos, la llamada de Cabañeros había acabado de dejarla en un estado de perplejidad total.

112


El frío seguía en el Paseo de la Castellana. Teresa Baltar no había conseguido un coche de incidencias del Ministerio para que la llevara a casa y optó por pasear tranquilamente. Declinó amablemente una invitación de Manuel para ir a cenar a su casa. Necesitaba tranquilidad. Las estructuras, sentía Teresa, estaban saltando por los aires. Toda su concepción de la política se transformaba y se parecía cada vez más a la del Ayuntamiento de Arévalo. Le había seducido la idea de que la gran política estatal era una actividad cargada de estrategia con una hoja de ruta concreta y clara, eso sí, llena de conspiraciones y traiciones. Había querido pensar que allí no había lugar para la improvisación. Sus pasos la acercaron hasta el sushi bar. Pensó en comprarse la cena, pero le dio pereza entrar y se acordó de los chorizos que su madre le había metido en la maleta en su último viaje a Arévalo. Continuó con sus elucubraciones. El frío activaba sus terminaciones nerviosas. Cada vez más se veía sumida en un gran circo en el que no le gustaba actuar. Tomó conciencia de que se había introducido en el imperio del cambalache, del impulso, de la corazonada y del caos intelectual, en el que se solía funcionar con una reacción desmesurada como respuesta a algún estúpido titular de prensa. Al llegar a casa Teresa cogió una cerveza, colocó pan en un cestillo, cortó un poco de chorizo, se descalzó y se sentó frente al televisor con una bandeja. Después de mirar el canal de información veinticuatro horas, zapeó durante un buen rato y, a las tres de la mañana, se descubrió dormida en el sofá con la pantalla encendida mientras sonaba la música de la película de la Familia Trapp. Había volcado la lata de cerveza y se le había manchado el mismo brazo en el que se le había orinado el cachorrito de Pixi. Bajo la consigna difundida por el jefe de prensa de que el ministro no daba malas noticias, todos encararon con optimismo renovado la reunión con los internautas. Antes de dirigirse hasta la sala, cada cual se recluyó en su despacho para prepararse. Teresa, que se había dormido, llegó tarde y aprovechó para desayunar en su mesa un té con limón de la cafetería y unas galletitas saladas. La delegación ministerial la compondrían la jefa de Gabinete, la asesora parlamentaria, el director de comunicación y, muy a su pesar, el secretario de Estado de Telecomunicaciones, Julián Navarrete. El ministro Augusto Piñas sólo se pasaría un minuto para dar la puntilla final anunciando su determinación de seguir adelante con el proyecto de la Agencia de la Propiedad Intelectual. Previamente, Navarrete ya se lo habría comunicado al selecto grupo de siete internautas formado por bloggers, columnistas, periodistas especializados y propietarios de páginas webs. Tal y como estaba previsto y en el momento en el que Navarrete había suscitado más rechazo con sus comentarios sobre los siete pecados capitales,

113


apareció Piñas. Todo los asistentes, procedentes de los más variopintos lugares del ciberespacio, se quedaron impresionados porque se les había comunicado que el ministro no podría asistir a la reunión por problemas de agenda. Para Teresa Baltar, Piñas se había humanizado. Para ella ya no era un titán de la política. Ya no le parecía aquel hombre apuesto, atlético, de pelo plateado y brillante, intocable e inaccesible. Ahora lo veía como a un cuarentón canoso que cualquiera podía encontrar sentado en la taza del váter haciendo fuerza, porque había olvidado cerrar bien la puerta del baño. El ministro saludó a todo el mundo muy formal y se dirigió a los internautas. -El secretario de Estado de Tecnología les ha comunicado la decisión del Ministerio. Pero yo estoy aquí para decirles que si todos ponemos de nuestra parte, estoy dispuesto a reconsiderarlo y a anular la creación de la Agencia de la Propiedad Intelectual-. Piñas, advertido por Pixi, sabía que la reunión se estaba retransmitiendo en directo por todas la redes sociales existentes. Los internautas habían instalado todos sus dispositivos tecnológicos para informar en tiempo real de los pormenores de la reunión. Aquellas palabras de Piñas hicieron cambiar las tornas. Prácticamente se había metido en el bolsillo a aquellos seres de gruesas gafas de pasta. O eso era lo que Piñas creía. Sin previo aviso, las puertas de la sala de reuniones se abrieron de par en par e irrumpió en su interior la temida musa de los internautas. Una mujer delgada y alta caminaba impertérrita y marcial gracias a unos tacones de aguja. Iba completamente vestida de cuero negro, salvo por un escote generoso que dejaba ver una piel blanca y seductora. Sus curvas sinuosas y su cuerpo bien proporcionado apenas se movían a cada paso, quizás delatando algún retoque para mantener la turgencia. Una melena larga y ondulada le caía por la espalda hasta la cintura. Se trataba de la propietaria del mayor portal de descargas ilegales. Isabel Castejón, más conocida como Bilis Bel, apoyó sus caderas en la mesa y desafió al ministro desde sus ojos de un gris metálico y frío. -Traigan una silla inmediatamente para Doña Isabel. Va a estar usted más cómoda para escucharme-, dijo el ministro. -No se preocupe, no va a hacer falta-, brotó la voz entre sus labios carnosos. -Sí, insisto. Siéntese, por favor-, la conminó esta vez Augusto Piñas. -Vamos, ministro Piñas. ¿Eso es todo lo que puede decir? Como se imagina ya estoy perfectamente informada de su último gesto benévolo-, dijo Castejón ignorando la invitación del ministro y señalando su teléfono móvil. Piñas no se arredró.

114


-El derecho a la propiedad intelectual es un derecho fundamental e inalienable, Doña Isabel-, dijo el ministro, que la conocía. -Está protegiendo a las grandes empresas. Sólo pretende mantener sus derechos adquiridos en el pasado bajo el manto de la propiedad intelectual e intangible-, arremetió Isabel. -Eso es, Isabel. El derecho a la propiedad intelectual es una realidad-. -Vamos, Piñas. Hágalo mejor. Usted sabe que no tienen ningún derecho. Es natural que si han tenido privilegios durante mucho tiempo los quieran perpetuar. ¿Cuánto dinero le van a pagar sus amigos? Díganoslo-. -Se trata de propiedad intelectual, de controlar las descargas ilegales que usted tan bien debe conocer-. -Ministro, pero ¿de qué propiedad intelectual está hablando? Si le roban el coche, se queda sin coche, pero si le roban una idea, sigue teniéndola-. -Déjese de provocaciones y de demagogia, Isabel-. -Usted como ingeniero sabe que copiar es bueno porque donde primero había una idea después tenemos dos. No puede cerrar páginas webs por que sí-. -Acabo de anunciar que estoy dispuesto a reconsiderar mi postura con la ayuda de todos. Además, el secretario de Estado ha indicado que sólo se cerrarían si se atentaba contra la propiedad intelectual-, recordó Piñas. -Va usted a necesitar la ayuda de Dios, Piñas, para que nos creamos sus historias. Esos derechos de los que habla están obsoletos. Esa misión ya la han perdido-. -Sólo pretendemos dotar a la red de un marco jurídico adecuado. Y ahora si me permiten me voy. Tengo mucho trabajo. Les dejo con Navarrete y con el resto de mi equipo para que discutan los detalles de un posible acuerdo. Gracias a todos por venir, muchas gracias-. -Espere un momento. No se vaya. Usted sabe, ministro, que millones de personas infringen la ley a diario con sus descargas. Ya se han bajado toda la música y todas las películas que han querido. Llegan tarde. Con la censura y el silencio no van a conseguir nada-. -Muchas gracias a todos. Buenas tardes-. Piñas se despidió y salió por la puerta. ***

115


Teresa preveía una mañana tranquila de lluvia afuera cuando descargó su bolso y el maletín en la mesa de su despacho. Quería frotarse los ojos pero estaba maquillada y no podía hacerlo porque sabía que ese gesto tan necesario convertiría su cara en la de un oso panda. Estaba encendiendo el ordenador cuando descubrió, enmarcado en la puerta abierta a Augusto Piñas, acodado con su brazo en el quicio y con una media sonrisa. Teresa se sobresaltó. Así, Piñas parecía una aparición mariana, un enviado del cielo. Se cayó sobre su silla después de una fuerte aspiración de aire. -Tessy, ¿qué tal? ¿Puedo?-, dijo muy dulcemente señalando la silla dispuesta en el frontal de la mesa de Teresa. -Sí, claro, pasa. Espero que estés mejor después de la reunión de Internet. Me dejaste preocupada-. -Pues yo no estoy preocupado. Está en tus manos ahora y eso me tranquiliza-. Esbozó una sonrisa regodeándose en su atractivo. Él estaba recostado sobre la silla enfrente de una Teresa que se tensaba en su butaca. Augusto se incorporó. -¿Pedimos café? O ¿mejor, té? Tú tomas té-, afirmó resuelto. Teresa no respondió a causa de la paralización que la presencia de Piñas le provocaba a esa hora, en que estaba dormida y resacosa, mientras él era como una lechuga fresca y tersa. Augusto marcó un teléfono y solicitó dos desayunos, uno con café y otro con té. -Gracias, buena idea. Ya ves que yo por las mañanas….Augusto la interrumpió la torpe explicación de Teresa. -Tú por las mañanas estás estupenda. Pareces frágil y vulnerable. Me gusta encontrarte así-, bromeaba primero y en serio después. -No me gustan los rodeos ni los cumplidos y admiro el tono anglosajón. Así que…-, se detuvo, hablaré con Solozábal. Lleva este marrón de Internet como consideres oportuno. Sólo tú puedes hacerlo. No me fío de las torpezas de Pixi-. Teresa tragó saliva y empezó a conversar consigo misma. ¿Solozábal? ¿El Príncipe Poderoso? ¿Qué coñó pintaba Solozábal? -Ay! tontita, que te empeñas en olvidar su nombre y su poder, y él está detrás de todo. Mierda Solozábal. ¿Pixi? Pues bien que te lo tiras y te disfrazas de quién sabe qué con el inútil del periodista. Teresa, traga saliva, anda-. -Bueno, Tessy. Dicho esto, ahora pregunta lo que quieras, estoy en tus manos y, a partir de ahora, haré todo lo que tú digas. No te quedes con ninguna duda-.

116


-Gracias, ministro ¿Te puedo preguntar algo personal, ahora que doy pena y parezco un cachorillo abandonado?-. -Buf, qué sea fácil-, sonrió Augusto como si mostrase sus dientes al odontólogo. A Teresa le pareció algo forzado y dedujo que era de esos hombres a quienes les disgusta que se adentren en sus cosas, a pesar de la oferta verbal que acababa de hacer. -Augusto, me interesa un aspecto de tu vida que no sé muy bien qué significa, no acabo de encajarlo. Si quieres, ¿me puedes contar qué relación tienes con el Memorial Buchenwald? Insisto, sólo si se puede contar o te apetece-. Una mujer mayor entró en el despacho sin llamar con una bandeja repleta: frutas, dos zumos, dos tazas, una tetera, un plato con bollería y pan de molde tostado, paquetitos de mantequilla y terrinas de mermelada. Todo en abundancia. -Bien, Tessy, cierra la puerta y avisa que tardaremos en acabar esta reunión-, dijo el ministro aún a sabiendas de que no estaba en su mano ni cerrar la puerta ni avisar a nadie. Era una frase grandilocuente que significaba que el tema era complejo, largo y privado. En algo más de dos horas, Teresa conoció los detalles sobre la estancia del abuelo de Piñas como prisionero en el campo nazi de concentración de Buchenwald durante tres años. Un escritor español comunista, que también había estado preso en Buchenwald y que llegó a ministro de cultura, Jorge Sempere, había sido el nexo con ese pasado terrible. Agusto Piñas colaboraba con él en La Fondation des Mèmoriaux de Buchenwald, la sede en París de Buchenwald Memorial. Fue Sempere quién le había dado hasta los detalles más escabrosos de las torturas que su abuelo sufrió y que en Buchenwald se contaban porque en el campo de concentración Piñas se había convertido en una leyenda. Augusto se llamaba igual que su abuelo y había recibido el peso del legado familiar que gestionaba en honor de la víctima y el héroe, un símbolo de la represión nazi para los exiliados que habían acabado en París. Los padres de Piñas eran franceses, como Augusto, el nieto ministro de Tecnología. La izquierda española en el exilio encumbró durante el franquismo a los Piñas como una especie de símbolo sagrado de la resistencia en París y a ello se dedicaron François Piñas y su esposa: a resistir y a engrandecer un negocio en el campo de la electrónica. Teresa permaneció en silencio, trenzando en imágenes la épica historia de una familia en el exilio que se cobró en paz el martiro del patriarca, aupando a su

117


único hijo a las cimas del estatus universitario y, después, a las del poder político en la patria del abuelo. Sus padres no asistieron al poético final de esta historia que llevó a Augusto Piñas, abuelo, a reencarnarse en Agusto Piñas, nieto.

118


11. Lady Blend

“To enjoy a delicious pot of tea, please preheat your pot for a minute with boiling water then discard this water. Place one sachet per desired cup into the pot and pour boiling water over the tea. Brew 4-5 minutes” Brewing instructions. Harvey and Sons, Fine Teas. Hay tantos tipos de mujer como tipos de té. Se entremezclan sus aromas, sus sabores y sus texturas.

Ahora llego, cariño. Besos, ji, ji Teresa suspiró resignada tras leer aquel SMS. Miró el reloj y comprobó que Desiré se retrasaba media hora, como era de esperar. Desde su primer encuentro azaroso en la emisora y, después, en el cumpleaños de la periodista, se habían visto varias veces. A pesar de aquellos retrasos que le desestabilizaban, cada vez se caían mejor. Teresa se sentía muy a gusto junto a Desiré. Su estilo desenfadado, resolutivo y espontáneo y la libertad que desprendían sus maneras provocaban en ella una profunda desinhibición. Era una mujer hermosa y provocativa, arrogante y suelta. Desiré representaba todo lo que ella ni se atrevería a ser, ni conseguiría ser jamás. El sarcasmo continuo y la náusea terapéutica la aceleraban. Sólo de pensarlo se le ponía la carne de gallina y se le erizaba el vello del cuerpo. Sorbió un poco de té y continuó con la lectura del periódico. Acostumbraban a citarse en un tea parlor de la calle Serrano. Lady Blend ofrecía tranquilidad, sosiego y comodidad. Además, la etiqueta exigía guantes blancos, lo que le otorgaba al local una pátina de distinción presuntuosa y decadente que extasiaba y devolvía la dignidad a la hija del sargento Baltar. A Teresa le gustaba ese local. En aquel salón, las damas sorbían la vida pausadamente entre susurros, bajo la atenta mirada de su Majestad Isabel II. -Joder, Teresa, otra vez quedamos en este sitio mugriento. ¿Qué pasa, tía? Seguro que te recuerda al salón de tu casa en el cuartel-. -Desiré, eres una garrula. Este es un lugar tranquilo para charlar con intimidad y tiene encanto-. -Pero si no hay nadie de nuestra edad. Todas tienen ochenta años y los únicos tíos que hay son gays. Y dime, ¿cuándo me vas a confirmar lo del

119


emplazamiento definitivo del cementerio nuclear? Vaya cortina de humo la vuestra. Ya sabemos todos que no se instalará en Andalucía. Menudo bulo. Sois unos pesados. Por qué hemos quedado para hablar de eso, ¿no?-. Teresa sorbió su té y miró a su amiga a los ojos. -Oye, Desirée, ¿tú por qué no tienes hijos?-. -¿Pero qué te pasa? Te has dado un golpe en la cabeza esta mañana y no sabes quién eres. ¿No te tratan bien en el trabajo?-, reaccionó Desiré. -No, venga, en serio. Tienes cuarenta y dos años y no me puedo creer que nunca te hayas planteado tener hijos-, dijo Teresa. -Pues, no. Sinceramente, no he sentido la llamada. Ni tan sólo la he llegado a oír en las noches de soledad, ni he tenido apariciones. Y me encantan los niños, me parecen divertidos y muy especiales. Pero, para mí, Teresa, lo más importante es mi carrera profesional. Y considero que una mujer puede desarrollarse y crecer como persona sin la necesidad de reproducirse. Pero lo considero tan convencional como la decisión de tenerlos. Es una cuestión superada, ¿no?-, intentó zanjar Desirée. -Ya, pero…-. -Ya, pero ¿qué?-, arremetió Desiré. -Venga, Teresa, ¿a dónde quieres llegar? Esto parece un anuncio de compresas… Hola, soy tu menstruación. Yo he quedado contigo para que me cuentes lo del almacén nuclear-. Teresa necesitaba abundar más en sus explicaciones. -No, si para mí, mi vida profesional también es muy importante, pero me resulta difícil no llegar a la maternidad como una evolución natural. Si no tengo a alguien a quien darle todo mi amor, y no te descojones, no me sentiré completa. Es un poco como si perdiera el último tren-. -Anda ya, Teresa, ¿en serio? No me descojono, mujer. ¿Por qué de pronto sientes estas cosas? ¿Qué te ha pasado?-, Desiré cambió de pronto su tono irónico y mostró un gran interés por las explicaciones de su amiga. -No sé, igual sí soy más convencional y egoísta de lo que yo pensaba, pero no quiero mortificarme el resto de mi vida pensando en lo que hubiera ocurrido si no hubiera tenido hijos-, exclamó Teresa. Desiré arqueó las cejas animándola a continuar. -Cada vez pienso más en la muerte de mi padre. Fue hace unos años, en un accidente. Me acuerdo mucho de él y eso que no fue un tipo ejemplar. Maltrató

120


psicológicamente a mi madre todo lo que pudo. No sé, ahora que no está, soy más consciente de su pérdida y valoro más la vida.-. Teresa sorbió un poco más de té. -Es curioso, yo no me he planteado nunca nada de eso. Tengo hermanos, sobrinos, madre, padre, primos. En mi familia, la maternidad ha sido una cosa muy normal…-, explicó Desiré. -No sé cómo explicarlo. Se trata de una mezcla extraña. Por una parte, cuando mi madre no esté, yo no tendré a nadie. Por otro lado, me acerco a los cuarenta y sinceramente siento que mi vida no ha merecido la pena. Posiblemente tener un hijo sea lo más importante que haga…-. -Pero ¿qué dices, Teresa? Tú eres una tía muy preparada, una excelente profesional, tienes un currículum envidiable, la vida te sonríe y te vas a comer el mundo. Ya has hecho cosas muy importantes y harás más…-. -Puede que sí, pero yo tengo un poco la sensación de que empiezo a vivir en el pasado. Últimamente me acuerdo de cuando tenía veinte años y de lo bien que me lo pasaba, aunque en realidad era una mierda. Estoy en una etapa en la que tengo ganas de recuperar el tiempo perdido. Me apetece hacer tríos, meterme cocaína… Yo nunca había hecho esas cosas-. -No hay nada malo en pasárselo bien. Joder, has llevado una vida muy castrense, hija. Perdona que te lo diga, pero tienes que soltarte un poquito más el pelo-, dijo sonriente Desiré. -Creo, Desiré, que los hijos te ayudan a agarrarte a la vida. No sé, a darle sentido y lo que hago ahora mismo no tiene ningún sentido-. -Anda, ya. Lo que te pasa es que estás desanimada y ya está. Aún estás pillada de tu ex y eso es un lastre-, dijo Desirée. -Qué va. Matías es un imbécil… Yo le propuse tener hijos hace tiempo y el tío siempre me dio largas. Tampoco vas a forzar la situación u obligar a alguien a hacer algo que no quiere, ¿no?-. -Bueno, si estás convencida de tener un bebé, yo te apoyo. Pero creo que no has tenido en cuenta algunas cosas, alma de cántaro. Por ejemplo, ¿tú te has planteado lo que supone levantarse a las tres de la mañana a hacer biberones y no poder dormir porque tienen cólicos y luego…?-, Desiré no pudo acabar su exposición, Teresa la interrumpió. -¿Ves? ahí tienes una prueba más del amor incondicional de una madre hacia sus hijos-.

121


-Me estás poniendo nerviosa, Teresa. No sabes lo que estás diciendo, que tengo tres sobrinos y han sido bebés y mis hermanas, además de renunciar a su desarrollo profesional, no follar y tener unas relaciones de mierda con sus parejas, han acabado hasta las pelotas-, expuso Desiré. En ese momento, a Desirée le sonó el móvil, pidió disculpas y salió a la calle. Teresa volvió a la lectura de su periódico. Un titular captó su atención: “Un hombre mata a los tres miembros de su familia y se suicida con su escopeta. Las víctimas presentaban signos de violencia y disparos por todo el cuerpo”. Desiré regresó con una sonrisa de oreja a oreja. -Vaya, que contenta estás, ¿no?-, dijo Teresa. -Sí. Esta noche hemos quedado con patatita, mi amigo Jesús Damborenea. Y no te preocupes, no haremos un trío, cuando lo conozcas se te pasarán las ganas-, dijo Desiré riendo. -Vaya, el subdirector de El Correo-, dijo Teresa. -Sí, bueno. Hace poco le han nombrado director. Me ha preguntado si queríamos quedar con él. Su mujer le ha dejado hace poco. Es un tío encantador, ya verás, y majísimo. Te caerá bien. Está un poco colgado aún de su chica, pero todavía resulta divertido. Aunque, tengo que decirte que, de mis ochenta mejores amigos de Madrid va bajando posiciones en el ranking-. Desiré recibió otra llamada. -Es mi productor, perdona. Estoy hasta los huevos. Estamos intentando cerrar para mañana una entrevista con la embajadora americana y no hay manera. Y quiero que me digas de una vez dónde pondréis el cementerio nuclear, Teresa. Dame la exclusiva y trataremos a Piñas como a un rey-. Teresa, sonrío, se sirvió más té en su taza y se puso a mirar por la ventana, mientras su amiga volviá a colgarse a su teléfono móvil. Un padre joven, aunque completamente calvo y con el semblante serio, vigilaba de cerca los pasos de su hija de de unos dos años que empujaba un carrito con una muñeca negra minúscula sentada en él. La nena, rubita y de ojos verdes, se detuvo frente a la luna del salón de té, miró atentamente a Teresa y le saludó con su manita. Ella, completamente fuera de sí por la emoción, le devolvió el saludo. Un hondo sentimiento de ternura estuvo a punto de brotar en forma de lágrima de sus ojos. Pensó en lo que debía sentir una madre cuando sus hijos se acercaban para besarla. La niña prosiguió su camino.

122


Mantuvo una sonrisa y el ánimo alegre con la imagen de aquella niña grabada en su retina hasta que todo se oscureció al mirar a la mesa de al lado. Dos mujeres ya mayores charlaban agitando sus pulseras de oro con su Parkinson. De repente, se vio sola, con veinte años más, sentada en el salón de su casa con un perrito Yorkshire, como el de Pixi, por toda compañía. Pensó que si llegaba a darse esa situación pasaría la mayor parte del día carcomiéndose por dentro y arrepintiéndose por no haber tenido un hijo. Una de las señoras, con unos enormes pendientes de perlas, se dirigió a la que tenía el visón en el respaldo de su silla y la permanente esculpida en laca. -Mi hijo ha tenido que contratar a una nueva cuidadora para los niños porque la que tenían se les fue sin dar explicaciones-. -Es que, qué gente más informal. Era una chiquita peruana o ecuatoriana, ¿no?-, indagó la mujer de la permanente. -Sí, sí, peruana, ya ves. Pero es que me ha contado que los avisó dos horas antes de ir a buscar al pequeño al colegio-, dijo perlas. -No me lo puedo creer. Qué chica más maleducada e informal-, insistió laca. Perlas cambió radicalmente de tema sin hacer el mínimo gesto. -Chica, me han enviado del Vaticano el certificado de asistencia a la Santa Misa del Santo Padre. Lo he llevado a enmarcar. Qué emocionante. ¿Y a ti?-. -¿Un certificado y todo? Menudo chollo. Yo creo que nos hemos ganado el cielo, digo yo-, y las dos se echaron a reír, mostrando sus muelas de oro. Teresa también esbozó una sonrisa. Desiré se sentó de nuevo a la mesa. ATeresa le sonó el móvil. Antes de descolgar vio que se trataba de un número muy largo, con un prefijo que no logró identificar. -¿Mariè-Therése? ¿Mariè-Therése?-, chilló una voz. -Heeeeellllllooooo-, respondió Teresa sorprendida, pero rápidamente cayó en que se trataba de la jequesa. -Busayna. Pero cuánto tiempo sin hablar. ¿Qué tal, cómo estás?-. -¡Ah! Mi pequeño lirio, estoy en Marbella de viaje oficial y he aprovechado para hacerme unos retoques en una clínica de estética y wellness. Llegué ayer y he pensado en llamarte. Me gustaría verte, si puedes, claro, aunque imagino que

123


estarás hasta arriba de trabajo. Tengo muchas cosas que contarte y unos regalos-, contestó la jequesa de Abu Dhabi, Busayna Bin Al Nasser. -¿No estarás en la clínica Buchinger?-, preguntó emocionada Teresa en una rápida asociación de ideas. Su amiga Desirée la miró con cara extraña. Teresa comprendió que había dicho algo inapropiado. -¿La clínica Buchinger? Mariè-Therése estás muy anticuada, ¿no crees, cariño? ¿Me estás llamando gorda? He venido a hacerme un tratamiento hialurónico y un simple chequeo. ¿Qué crees, que yo no tengo estrías? La maternidad deja surcos muy hondos en el cerebro y en el cuerpo. -La verdad, Busayna, nunca imaginé que alguien como tú tuviera estrías… quiero decir hijos-. La jequesa carraspeó y contestó efusivamente. -Mujer, soy la segunda esposa del Emir de Abu Dhabi, pertenezco a la familia real y además de ser una mujer moderna tengo que cumplir con mis compromisos, con lo que se espera de mí en mi mundo. Le he dado a mi esposo dos príncipes y tres princesas. Cariño, mi segundo hijo es el príncipe heredero y un día se convertirá en Emir, como su padre. -Me sorprende mucho lo que me cuentas-. -¿Por qué, pequeño lirio? Tener hijos es lo mejor del mundo. ¿Es que acaso debo felicitarte, vas a tener un bebito?-. -Pues, no. No por ahora. Bueno, quiero decir que no me lo he planteado-, le dijo Teresa. Desiré no podía contener la risa. -Una mujer tan especial como tú debería pensar en tener descendencia. Y ahora, cariño, tengo que dejarte que estoy a punto de darme un masaje. Contacta conmigo si crees que nos podemos ver en España. Adiós, encanto-. Teresa se quedó con una sensación extraña. Una jequesa moderna, de la edad de su madre, con una vida profesional plena y satisfactoria, que había criado a sus hijos con todo tipo de facilidades, había ensalzado la maternidad. Sin embargo, mamá Baltar encarnaba la derrota más amarga de un sinfín de mujeres de su generación. Ella, como otras, se había dedicado a cuidar en exclusiva a sus hijos, había renunciado a la posible carrera brillante que no tendría jamás y, tras la partida de sus vástagos, se había enganchado al prozac. -Vaya, la hija del Guardia Civil se ha quedado sin palabras-, le dijo Desiré. -Es que eres más bestia, Teresa, ¡¿estrías?! No me extraña que te haya colgado.

124


¿Cómo se te ocurre mencionar la clínica Buchinger? Ahí iban las tonadilleras y los futbolistas retirados a hacerse liposucciones hace por lo menos treinta años-. -Yo que sé. Me sonaba de los Hola que había por casa-. -¿Lo ves? ¿Lo ves?, tía. Una parte de tu cerebro se quedó fondeado en la transición y el 23-F.-Tienes razón Desiré, seguro que en el fondo no tengo más que un avance de la crisis de los cuarenta-. -Sí, seguro que es eso. O que tienes el alma tullida-. *** La velada con Damborenea tomó derroteros tortuosos debido a la ingesta masiva de alcohol. Jesús Damborenea, director de El Correo, resultó ser un tipo cuyas características físicas más destacadas las constituían un rostro y una cabeza de lo más brillantes a causa de la loción para después del afeitado. Que fuera gordo, calvo y bajito, en su caso, no resultaba una desventaja. Poseía cualidades que lo convertían en una persona carismática, como se esforzó en demostrarle a Teresa. Era un tipo gracioso y soprendente. Le hizo dos llaves de Judo depositándola en el suelo de forma sutil, con movimientos de grácil derviche. -¿Has visto lo que puedo llegar a hacer para sacarte la exclusiva de la localización definitiva del silo nuclear? No me provoques-. Aquello enterneció sobremanera a Teresa. Las dos se habían citado con Damborenea y su amigo Juantxu Zabala, en una taberna asador vasca, el Txau-Txau. El local estaba decorado con banderines de equipos de traineras, embarcaciones en miniatura y fotos de fornidos remeros que contrastaban con el aspecto de bombero torero del director de El Correo. El otro, el acompañante de Damborenea, Zabala, era el presentador estrella del canal público de noticias, un hombre muy atractivo, de ojos verdes, pelo moreno abundante y sonrisa perfecta. Se sabía guapo y no malgastaba energías innecesariamente con las mujeres. Permanecía en un segundo plano, apoyado en la barra, sentado en un altísimo taburete que disimulaba su punto más débil: su escasa altura. Harto de que Damborenea se llevara todos los aplausos y de que Desiré no le hiciera ni caso bajó de su asiento con un saltito y decidió intentarlo con Teresa, pero cometió un error. Aquel hombre-llavero era incapaz de calcular las toneladas de estupidez que encerraba su pequeño cuerpo.

125


-¿Así que eres la famosa Teresa Baltar? Supongo que me conocerás. Presento La Madrugada del Noticias 24. Es el informativo más visto en su franja. Tenemos un 15% de share y un espacio de entrevistas en el que trataríamos a Augusto Piñas como mucho mimo, si es que nos cuenta dónde piensa poner el silo atómico. Nada que ver con otros programitas-. Zabala dijo todo esto mirando hacia arriba a Teresa. -¿Y cuánta gente es eso a esas horas de la madrugada?-, preguntó inocente Teresa, mientras se oía la risa ahogada de Desiré y Jesús Damborenea. -Unas 290.000 personas y eso no es ninguna tontería-. -¿Eso es una mierda, no? Quiero decir que no son muchos…-, insistió Teresa. -Imagínatelos a todos en un estadio contemplando mis gestos y escuchando mis palabras. Son seiscientos mil ojos, y seiscientas mil orejas-, dijo con la voz más grave que era capaz de articular. A su lado, Damborenea, sonriente por la ocurrencia de Teresa, se servía otro gin-tonic y se manchaba los zapatos sin acertar a escanciar la tónica en el vaso. -Me voy a mear, no aguanto vuestras gilipolleces-. -Déjala en paz, Zabala. Ella es la asesora parlamentaria. Ya sabes que quien lleva la comunicación es Pixi. Ella no te puede dar nada. Y no te tires el rollo, que lo que haces es una copia barata y light del programa de Susana García, “Encuentro con la Vida”-, atacó Desiré que temía perder una posible exclusiva. -Mira, Desiré, Susana García no es más que una zorra mal follada que hace tiempo que no sabe lo que es una polla y por eso hace ese programa infumable y pretencioso desde el puto rencor y el odio. Así que no me vengas con hostias, chatita-. Zabala estaba rojo de ira. -Perfecto tío, siempre igual. Cuando una tía es mejor que tú es que está mal follada. Pero qué imbécil…-, le respondió Desiré con displicencia. Teresa Baltar, aburrida y cansada de oír aquella conversación, cogió por el hombro a Jesús Damborenea, cuando regresó del servicio, y se lo llevó a un rincón. No le costó demasiado meterse con él en un taxi con destino a su casa de la calle Huertas. En la cama descubrió a un amante vigoroso y, al igual que ella, necesitado de afecto y cariño. Pero como todos los payasos que reían en la pista central, Damborenea frente al espejo del camerino se reveló como el clown triste y amargado que disimulaba su maquillaje bonachón.

126


Damborenea le contó a Teresa que, desde que lo había dejado su mujer, se había aficionado a la cocaína. Mientras tanto, preparaba unas rayas para los dos. -Este perico está de muerte y me pone cachondísima-, dijo intentando animarle y tratando de evitar el tema del despecho. Damborenea amasó su culo y le dio un beso. Estaba entonado y continuó con los temas que le punzaban en el cerebro. -Me ha jodido bien el comentario de Zabala sobre Susana García. El marido de Susana es tetrapléjico. Bueno, se quedó así por culpa de una mina en la guerra de Bosnia. Y ahora la gracieta consiste en chotearse de Susana. No aguanto que la llamen mal follada. Me da mucho asco. Él era uno de los mejores fotógrafos. Trabajábamos juntos para El Correo cubriendo esa puta guerra-. -Y ahora eres director de El Correo. Así que a otra cosa, mariposa. Anda, ven aquí mini Hércules-, dijo Teresa. Entonces, Damborenea empezó a darse golpes en el pecho y a gritar como un gorila. La noche blanca se fundió al amanecer tras aspirarla toda con ahínco entre gemidos, besos, abrazos y conversaciones. Algunas palabras fueron frívolas, otras más serias y otras un tanto comprometedoras. Eso le pareció a Teresa cuando sonó el despertador y no recordó si le había mostrado al ya ausente Damborenea el documento con los planos para el emplazamiento definitivo del cementerio nuclear. Pero no le dio demasiada importancia. Se preparó un té, besó a su guerrero de Xian y pensó que se lo había pasado muy bien aquella noche. Tenía un poco de resaca y estaba destemplada. La bebida caliente le sentó bien. El sonido de su móvil alertaba de la llegada de un SMS de procedencia desconocida. Teresa, eres la mejor. Gracias por tus caricias, tus besos y tu información. Damborenea. Se le cayó la taza al suelo. Se lanzó en picado hacia el maletín y supo entonces que el periodista homínido se había llevado su documento confidencial sobre los pros y los contras políticos de ubicar el cementerio de residuos nucleares en una comunidad gobernada por su Partido. Rápidamente se conectó a Internet para averiguar si Damborenea había publicado algo sobre el silo en la web de El Correo, pero no encontró nada. Puso la radio a todo volumen para escuchar alguna información al respecto. Todo parecía normal, pero su angustia no cesaba. Decidió llamar a Pixi con alguna excusa. Él recibía cada mañana antes de las ocho un resumen de prensa con toda la información

127


aparecida en los medios sobre el ministerio. Vio que eran las ocho y media. A esa hora se encontraría en su despacho leyendo y estaría al tanto de cualquier novedad. Si le cogía el teléfono quería decir que no pasaba nada. -Hola, Pixi, cariño, buenos días-, intentó disimular su intranquilidad. -Buenos días. ¿Y esta llamada? Hoy no es mi cumpleaños-, contestó Pixi con calma. Teresa respiró aliviada. -Mira, como sé que tu sueles llegas muy temprano al ministerio te llamaba por si podías ir hasta la mesa de mi despacho y comprobar si me he dejado allí encima una agenda marrón. Es que no la encuentro-. -Vaya, ya me parecía a mí que querías alguna cosa-. Esperó unos segundos. -Oye, aquí no he encontrado nada. Debe estar en tu bolso. Ahora déjame que tengo que preparar una rueda de prensa. Piñas se reúne con los de Eléctricas del Sur y queremos dar algunas cosas-. -Gracias, Pixi, eres un amor-. Estaba un poco más tranquila, aunque sabía que Damborenea podría aprovechar para contarlo todo justo antes de las nueve, para coincidir con la hora de máxima audiencia de las radios y las televisiones, o justo antes del informativo de las dos, o a las nueve en prime-time. Aunque, lo pensó mejor, y decidió que quizás podría guardarse la información para negociar y sacar algo jugoso. Además, por muchas vueltas que le daba, Damborenea no paracía ser una piraña sin escrúpulos. Decidió aparcar el tema y concentrarse en la cita que había marcado en su agenda como “14:00. Comida con María Cabañeros”. La diputada le propuso una trattoria cerca del Congreso, pero Teresa lo rechazó. Quería demostrarle a su antigua compañera de clase que no era una paleta y la invitó a comer a Matsumoto, un restaurante japonés en el que sólo servían ramen y sashimi. Allí usaban palillos, no había cubiertos, ni máquina de café. La fue a recoger con su coche oficial. Ahora era ella la que controlaba la situación. -El Senado no sirve para nada, sólo lo usamos los Partidos políticos para financiarnos-, dijo María Cabañeros. Baltar no podía apartar la mirada de las manos de María. Pinchaba con la punta de los palillos el sashimi, incapaz de cogerlos bien.

128


-¿Sí, tú crees? Yo diría que es más bien una buena cámara de representación territorial que permite deshacer muchos entuertos y descargar al Congreso de tareas más arduas-, apuntó Teresa. Hacía muchos años que no hablaba con María Cabañeros y la conversación hasta el momento había sido interesante, pulcra e incluso irónica. Teresa no recordaba a su compañera de facultad con tanto criterio. Cabañeros había quedado con ella a comer para trasladarle el apoyo más sincero, férreo y disciplinado al ministro de parte del grupo del Partido en el Congreso. Era la diputada portavoz del grupo y presidía la Comisión de Tecnología. -Dile a Piñas que estamos con él y que cuente con nosotros para tener los apoyos parlamentarios suficientes para que la tramitación de la ley contra las descargas ilegales salga adelante. Podremos incluir la creación de la Agencia de la Propiedad Intelectual sin problemas. Ya verás. Todos estamos trabajando para que no haya problemas-, comentó Cabañeros. -María, muchas gracias. La verdad es que es un alivio saber que contamos con vuestra ayuda para conseguir más votos-, dijo Teresa alzando su copa para brindar. -Bah, no tiene importancia. Tenemos que llevarnos bien. Esto es por los viejos tiempos-, dijo María Cabañeros acercando su vaso de agua. -Por los viejos tiempos. Pero brindar con agua trae mala suerte-, dijo sonriente Teresa obviando el pasado. María Cabañeros contestó una llamada. -Cariño, a que no sabes con quien estoy comiendo. No te lo vas a creer, cielo. Espera, que te la paso. Qué sorpresa se va a llevar. Dale tú mismo la noticia-. -Hola, buenas tardes-, dijo Teresa, extrañada por la última frase. -Coño, Teté… Pero, joder, qué sorpresa más cojonuda. ¿Cómo estás?-. Teresa se quedó petrificada al escuchar la voz de Matías Luque. -¿Te ha contado ya María que vamos a tener un hijo?-. Teresa Baltar, pálida y un poco mareada, le devolvió el teléfono a María Cabañeros. -Cariño, creo que no se lo esperaba. Ha sido toda una sorpresa para ella. Luego te llamo-, dijo Cabañeros. -Bueno, ¿qué? ¿No me vas a dar la enhorabuena?-.

129


-Por supuesto, pero que alegría me das, María. Y ¿cómo ha sido? Pero de cuántos meses estás, porque hace poco me encontré con Matías en Arévalo y no me dijo nada de nada-. -Ay, nena-, dijo María en un tono cómplice que Teresa detestó. -Es que es tan buen tío. Claro, es que estamos sólo de tres meses y cuando le viste, pues no te lo diría por si todo salía mal. Lo llevábamos muy en secreto-. -Vaya, si me hubieras dicho que estabas embarazada no te habría traído a un japonés. Debes ir con mucho cuidado con lo que comes y el anisakis te puede sentar mal-. María empezó a gemir. -Ay, perdona, es que estoy tan emocionada y eres tan buena conmigo. No me lo puedo creer. Estoy tan contenta y me gusta tanto que nos hayamos reconciliado los tres-. Las lágrimas brotaron como una catarata de los ojos de la embarazada. No podía dejar de llorar. Teresa comprendió que tenía que levantarse y sentarse al lado de aquella mujer a la que traicionaban sus hormonas. De vuelta al trabajo, Teresa Baltar recibió una llamada de su madre. Como no le apetecía nada hablar con ella, decidió esperar a escuchar el mensaje que le dejaría en su buzón de voz. Teresa recordó el día en el que murió su padre, el sargento Francisco Baltar. Hacía mucho sol y su madre estaba pletórica y renovada. Una semana después de aquel suceso aquella mujer tomó una decisión que cambiaría su vida para siempre. La noche antes le confesó a su hija que los mirlos, los canarios y los jilgueros de las más de cincuenta jaulitas, que había atesorado su padre durante años en la cochera del cuartel, le producían un enorme desasosiego. Con palabras burdas, pero precisas, le vino a decir que representaban el recuerdo amargo de una existencia abnegada a su lado, llena de desilusiones y desafección. Al día siguiente, bajó con a Teresa al garaje y decidió liberar a cada uno de aquellos pajarillos. Ella se quedó atrás mientras su madre abría una a una las jaulitas, confusa y atropelladamente por tanta ilusión. Mamá Baltar gritó eufórica: -Volad, volad, volad, malditos pájaros, volad-. De pronto, su madre, completamente abatida, se dio cuenta de lo que sucedía. Se arrodilló en el suelo y se echó a llorar. -Les ha cortao las alas, les ha cortao las alas y los otros están ciegos. No pueden volar, Teresa. No pueden volar-.

130


A partir de esa tarde, su madre conviviría con una supurante cicatriz en lo más profundo de su corazón que no restañaría jamás y que la sumiría en un estado de zozobra permanente. Francisco Baltar había ganado la batalla a su esposa hasta el final. La hoja de ruta de Teresa había tomado un rumbo imprevisto. Salió pronto del despacho y le encargó a Manuel que se ocupara del trabajo que quedaba por hacer. En casa, lloró, gritó y pataleó. Encendió las velas del baño y preparó el jacuzzi. Dejó que las burbujas masajearan su cuerpo poco a poco. -Soy una mierda, mi vida es una mierda. Esto no tiene ningún sentido. ¿Qué coño estoy haciendo?, pero ¿que coño se creen que soy? Con lo que me ha costado remontar y sentirme bien. Me cago en Dios. Me cago en Dios-.

131


12. Escenas de perfección

-Joder. Estoy mal de la cabeza. Pero, ¿qué coño hago?-. Teresa llevaba durmiendo casi un día y había vomitado un rato antes. Iba siendo consciente de su lamentable estado al contemplar el desastre que era su dormitorio. La mancha de vómito en la alfombrilla, la ropa acumulada en la butaca y, en la mesilla, la caja de Orfidal. Trataba de recordar cuántas pastillitas se había tomado y a juzgar por su fuerte mareo, que le impedía incorporarse, y su dolor de brazos y piernas, pensó sin querer exagerar que habían sido más de dos. -Dios, he tratado de suicidarme y ni me acuerdo. O soy tan imbécil que me he suicidado y no me he dado cuenta. Desistió de levantarse y cogió el móvil. Tenía 6 llamadas perdidas: dos de Pablo Solozábal, una de Eladio Hays, con mensaje de voz; una de Manuel Sola y otras dos de usuario desconocido. Leyó con dificultad los mensajes escritos y escuchó el buzón. SOLOZÁBAL Quiero verte. SOLOZÁBAL Cógeme el teléfono MANUEL MINISTERIO Te espero a la 1 en mi humilde hogar. Dime si aún guardas la dirección o llama. SOLOZÁBAL ¿Nos vemos? Dime lugar y hora Buzón de voz: -Baltar, soy Hays. Tengo ganas de Baltar. Nada, que me llames. Hmmm, eso, lo dicho, que me muero por volverte a ver-. Se dejó caer y se volvió a quedar dormida, consciente de que ese era el día en que había quedado para comer en casa de Manuel Sola, a las afueras de Madrid.

132


¿Qué hacía esa mujer de casi 40 años pensando de forma constante en la maternidad? No tenía pareja, ni tiempo, ni disposición. La maternidad que conocía era prácticamente repugnante y se relacionaba con poca gente que tuviera una visión positiva de ello. Hasta ahora, o bien, contemplaba una maternidad pringosa y sometida, triste y llena de prozac -la de su madre-; o bien, la información que le llegaba de sus otras teresas era un grito angustiado por la falta de libertad, por el sufrimiento, por la renuncia. Pensaba en ello, sobre todo, al despuntar el día, cuando Teresa se sentía más vulnerable, mientras despejaba su cabeza tras una noche de sueño interrumpido. La premisa era: quiero ser madre; y la pregunta posterior: para qué. Teresa le daba vueltas y llegaba a la misma conclusión: quiero ser madre para no ser una mujer sin hijos. No había razones concretas. Pensaba en lo doloroso que podría ser llegar a la edad en que la biología no te lo permite y, entonces, te arrepientes de no haber tenido hijos. -A los 50 ya no podré elegir y no haré la misma vida, no iré al cine, no saldré a fiestas de fin de semana y el trabajo será el centro de mi vida, como ahora, pero sin risas. Ese será el tiempo en que necesitaré ocuparme de alguien, vivir la vida de otro porque la mía ya no valdrá la pena. Necesitaré aprender de nuevo los polígonos, los tipos de animales vertebrados, la concordancia, los verbos irregulares. Necesitaré sufrir por amor, necesitaré tener mi primera relación sexual, mi primer novio, necesitaré decidir mi futuro. Y todo eso solo lo podré revivir si tengo hijos. Lo podré vivir de nuevo en ellos. ¿Quién es más egoísta, la que no quiere hijos por no molestarse o yo, que los quiero para satisfacer mi frustración?-. El taxi la llevaba por entre colinas arboladas de encinas hacia uno de tantos ghettos de Madrid en que las familias de clase media con niños pequeños se aislaban para alimentar su endogamia y hacían uso de su pretendido estatus por encima de la clase media. Teresa pensaba en si esa sería la razón de haber inventado los términos clase media-alta, clase media-media y clase media-baja. Estas etiquetas podían matizar convenientemente los diversos tipos de clase media que se arracimaban en las afueras de Madrid. Las urbanizaciones con banderines a su entrada salpicaban el magnífico encinar. Algunas bicicletas serpenteaban por los caminos previstos para el solaz disfrute de los domingueros con mochila y los pequeños con bicis de ruedines y casco reglamentario. Era domingo y la estampa se contemplaba en todo su esplendor. Se veía a sí misma encima de esa bicicleta sonriendo ante la torpeza del pequeñín en pleno proceso de aprendizaje. -Ciertamente, aquí no se puede vivir si no tienes hijos, con esa presencia constante a tu alrededor de familias felices y cochecitos, de griterío en las

133


aceras-. Teresa empezaba a sumirse en la melancolía. El paisaje le parecía siniestro y precisamente ella suspiraba por algo así. Al entrar en la avenida, Teresa recibió en su memoria, como un regalo humorístico de no se sabe quién, el recuerdo de la película El Show de Truman e imaginó al personal técnico del rodaje gritando “¡Acción!” para poner en marcha a todos los figurantes que se entrecruzaban por las amplias aceras y los bulevares de una zona llamada “Sector de ampliación urbana”. Había llegado a casa de Manuel Sola, su colaborador y considerado amigo del Ministerio. Era un adosado de ladrillo cara vista con tejado a dos aguas, igual que otros treinta y cuatro. -Manuel, pero ¿dónde vives? Llevo media hora en un taxi soportando la conversación sobre las diferentes marcas de GPS del mercado. 40 euros me ha soplado el experto en GPS-. Teresa lo dijo mientras abrazaba con cariño a Manuel que la recibía en la puerta de su casa con un delantal bordado en dorado con la frase “Yo soy el cocinero”. El chalet era mucho más acogedor por dentro y menos impersonal, gracias a una jardinería cuidada e inmaculada, con setos de flores, grupos de aromáticas segados en bola, arbustos de laurel y un grupo de prunos que daban la sombra en una esquina. Sólo se apreciaba cierto desorden por los juguetes de colores que estaban desperdigados sobre el césped. Esos puntos de color incluso redondeaban la gracia de la imagen. -Baltar, aunque no lo creas, me alegra muchísimo que estés aquí. Además hace sol y no tenemos mucho frío, así que Plan A, comeremos en el jardín. Coro ha salido a comprar pan pero las niñas están aquí-, poniendo sus manos a modo de altavoz, gritó impostando la voz: -Gabriela, Lucía, venid a conocer a Teresa-. Dos criaturas rubias y delgaduchas -un poquito más grandes que las de la foto que tenía en casa y que le había pedido a Manuel al llegar al Ministerio- se aproximaron con desgana, abrigadas hasta los ojos. Las piernas le temblaban y recordó que no se le había pasado por la cabeza llevarles un regalo. -Lucía es la mayor y Gabi es la pequeña-, aclaró señalándolas. -Niñas, esta es mi jefa-, las crías endurecieron su gesto y se acercaron a besarla. -Hola, qué guapas- acertó a decir Teresa ante el desconocimiento absoluto de cómo relacionarse con esas representantes de la infancia. La verdad es que no había tratado con ningún niño nunca. Ni hermanos pequeños, ni hijos, ni sobrinos, ni vecinitos, ni amigos con hijos.

134


La más alta se dirigió muy seria a Teresa y le mostró un bol de cereales y chocolatinas. -Son sin gluten, es que soy celíaca-. Teresa reculó sorprendida y temerosa como si un payaso del circo le hubiera pedido bajar a la arena y participar en la función. Manuel obvió a las pequeñas y condujo a Teresa a un cenador de madera que aún conservaba la pegatina del centro comercial. -Si tienes frío entramos, pero creo que aquí estaremos bien si es que se mantiene el sol, a no ser que tengas alergia al sol o fotofobia-. Manuel le ofreció una butaca con almohadas. -No, Manuel. Es genial, me gusta estar al aire libre, además así vemos a tus hijas que están jugando. ¿Qué es ese corralito?-, señaló a los dos metros cuadrados en que estaban metidas las dos niñas. -¿Te refieres al arenero? Pues es un sitio con arena para que jueguen con la arena-. Manuel parecía inseguro en estos terrenos temáticos tan diferentes de los que solía tratar con Teresa. -Coño, Baltar, no tienes ni puta idea de niños-. -Ni puta idea. Es verdad, no entiendo nada, pero me gustan tanto-, mintió porque el hecho era que los niños le aterrorizaban como si fuesen extraterrestres hostiles. -Bueno, aquí estamos bien-, dijo Manuel como comentario de ascensor. -¿Tu mujer? ¿ha salido?-, preguntó desganada. -Se nos olvidó el pan y ha ido al pueblo. Se ha empeñado en traer un pan de agua gallego para que lo pruebes. ¿Cerveza, Coca-cola, vino?-, le ofreció el anfitrión levantándose. -Un vino blanco, si tienes. Tengo un poco de resaca y es lo que mejor me va. Así, igual me desinhibo y no les parezco un robot parlamentario a tu mujer y a tus hijas. -Vamos, Teresita, no te pongas tensa que esto es una comida de amigos y de buen rollo, no hablemos del trabajo, ni del ministro, ni del cementerio nuclear ni de Internet, please. -¿Y de qué vamos a hablar? De niños, no, supongo-. Teresa no podía despegarse el temita infantil a pesar de su terror. Era ella la que no parecía encontrar la alternativa con la que afrontar el resto del día con Manuel fuera de su pecera común.

135


El sonido de un coche todoterreno diesel sonó en la puerta y, en segundos, una mujer delgada y poca cosa, rubia y con los ojos azules, asomó por la puerta con una amplia sonrisa que acompañó con una coz nada delicada contra la puerta de la entrada que se cerró bruscamente. Manuel no estaba, se había adentrado en el adosado en busca del vino de Teresa. -Hola Coro. Soy Teresa Baltar-. Se besaron. -Dame. Te ayudó con las bolsas-, dijo Teresa. -Teresa, gracias por venir. Tenía ganas de conocerte. Manuel te admira mucho y es mucho más feliz desde que has llegado tú-, le dijo a Teresa mirándole a los ojos. -Caray, gracias. No lo sabía y… me alegró. Pero, gracias a vosotros por invitarme. Manuel es muy majo y reconozco que es el único ser normal de ese trabajo. Vamos, el único que no está tarado-. Las dos se reían con complicidad cuando llegó Manuel. -Nena, ya has llegado. Me he ahorrado las presentaciones, veo. ¿Vino?-, dijo Manuel recogiendo las bolsas de las manos de Coro. En la siguiente media hora todo procedió con el guión establecido. Le enseñaron la casa, perfectamente ordenada, con un estilo muy vanguardista y con toques étnicos. Llamaba la atención la guitarra eléctrica colgada de la pared del salón y el cajón rumbero que hacía de mesa soporte para los altavoces del home cinema. Teresa no hizo ni un solo comentario, mientras Coro explicaba los detalles de la decoración con gran sensatez y humildad. A Teresa le empezó cayendo bien esa mujer con zapato plano y un aspecto hippy y desaliñado que le encajaba a la perfección. Todo era tan progre y tan bohemio, tan sencillo y tan moderno. Teresa se arrepintió de haberse vestido tan formal para esa cita que parecía, de entrada, más bien campestre y amistosa. Hubiera sustituido las botas de caña alta por unas deportivas. Sólo acertó a decir al final de la visita guiada: -¿Lleváis mucho tiempo viviendo aquí?-. El matrimonio Sola conformaba el prototipo burgués bohemio, con una buena relación, una casa cómoda y bonita y una vida tranquila. Todo en ellos era una escena de perfección. Pero esta apreciación, como en todos los casos, resultaba demasiado clara para ser certera. Teresa tenía la contradictoria sensación de un mundo perfecto con una trastienda podrida. Sólo era eso, una sensación fruto de su inseguridad en este tipo de modus vivendi. No tenía pruebas de fallas en ese matrimonio, pero ella era así, malpensada y envidiosa. Se movía mucho mejor en las situaciones desagradables, difíciles, en tensión y sin resolver. Todo este torrente de ideas empezó a incomodarle y prefirió darle

136


la vuelta a esta deriva que tomaba su ánimo en un día que, en principio, había planeado como un día de relax. Manuel se dispuso a preparar la barbacoa sin dejar de mediar en las peleas de las niñas. Coro y Teresa tomaban el aperitivo en el cenador. -Es complejo mantener una vida normal con hijos cuando el trabajo es tan imprevisible como el de Manuel, bueno, como el vuestro-, dijo Coro sin cambiar el tono agitado y entusiasta que había empleado en el tema anterior, algo sobre las maravillas de la jardinería a la que ella llamó paisajismo. Parecía que Coro estaba deseando introducir este nuevo tema. -Ya, supongo. Lo del Ministerio es de locos, todo se mueve como un paquidermo, pero en el gabinete de Piñas nosotros nos movemos como para espantarle las moscas al paquidermo-. La frase de Teresa provocó la risa de Manuel que hizo un gesto teatral de saludo al público. Las palabras de Coro, en cambio, no parecían inocuas. -No, en serio, estoy harta de arrastrarlo todo yo. Manuel es como una visita en esta casa-. -¿A qué te dedicas, Coro?-, preguntó Teresa con la intención de abundar en el tema trabajo-conciliación-reparto de tareas. -Soy psicóloga clínica y trabajo en un hospital de 8 a 3. La verdad es que de no ser por ese horario, tendríamos que haber dado a las niñas en adopción-. Coro parecía una mujer con buen humor y hablaba de los inconvenientes desdramatizándolos, un tono que contrastaba con su insistencia en el tema trabajo-conciliación-reparto de tareas. -Yo insisto mucho en que Manuel se obligue a hacer cosas con las niñas. Por ejemplo, él las lleva normalmente al pediatra-. Teresa interrumpió sonriente con un -ya, ya. Me he dado cuenta. Acabaré hablando yo con el médico, de la de veces que hemos conversado por el móvil los tres-. Coro cambió el gesto automáticamente sin pretenderlo. Evidenciaba cierto malestar. Hasta que se decidió a hablar y se crispó. -Teresa, tú deberías entenderlo, que eres una mujer. Si no se esfuerza, acabará teniendo el rol de padre ausente y transmitirá a nuestras hijas un mensaje de falta de implicación. Ya sé que yo puedo llevarlas al médico y a las extraescolares, pero es importante romper roles y tener presencia en el caso de la figura paterna. Los niños necesitan calidad y cantidad-.

137


Manuel gritó desde lejos, claramente contrariado por el comentario, como si la visitante no estuviera allí. -Nena, pero es que yo no tengo tiempo y tú sí. No es una cuestión de roles, es una cuestión de disponibilidad, de tiempo-. -Si quieres, puedes, Manuel-, subrayó Coro que, dirigiéndose a Teresa, añadió -No soporto al típico padre que no se implica. Yo no pido nada para mí, sólo para las niñas. ¿Es mucho pedir?-. Teresa hacía esfuerzos por dejar de fruncir el ceño, porque además de la incomodidad de la situación, se sentía en el bando de Manuel y Coro le exigía su complicidad por el hecho de ser mujer como ella. -Lo tendré en cuenta en adelante-, fue capaz de decir y se encendió un cigarro. Últimamente fumaba. Pasaron por su cabeza múltiples imágenes de Manuel con la lengua fuera llegando tarde, saliendo pronto, hablando bajo por el móvil, sus ojeras matinales, su preocupación por los ataques epilépticos de su hija. Manuel recondujo los ánimos con las chuletas y los chorizos a la brasa que había elaborado en su barbacoa. En ese tiempo había sido capaz de atender a sus niñas, a las que había quitado los mocos, había vuelto a abrochar los abriguitos, había sacudido la arena de los leotardos. Todo con una gran sonrisa y besos espontáneos. Teresa nunca había pensado en Manuel como un padre desatento y poco comprometido con la educación de sus hijas, y lo estaba comprobando. Los comentarios de Coro le molestaron más de lo previsto. Pablo Solozábal apareció de pronto en forma de llamada al móvil de Teresa. El Hombre de la Verticalidad Imposible estaba borracho. -Hola Pablo. ¿Qué pasa? -Tessy, te llama Tessy. Es que me descojono. Estuve ayer con Piñas y me enteré de que te llama Tessy. Joder, es la bomba-. -¿Qué quieres Pablo?-. Teresa se había retirado discretamente a otra zona del jardín y sus tacones se clavaban en el césped. De reojo miraba cómo la niña menor hablaba dirigiéndose a un ciprés y gesticulando abiertamente. -Lola, no, no lo hagas. Te he dicho que no saltes. Mi mamá te va a ver-. -¿Cómo dices? Perdona, Pablo-. -¿Que si Matías Luque es tu ex novio, el de Arévalo?-, indagó Solozábal. -Sí. ¿Por…?-.

138


-No, por nada. Es que está currándose la concesión de la motocicleta eléctrica para su empresa en Arévalo. ¿No me digas que no tienes nada que ver? Yo es que me parto…-. -¿La motocicleta eléctrica? De verdad, no tenía ni idea. Coño. ¿De verdad? Será malparido-, dijo Teresa. -Ea, pues ya lo sabes. Díselo tú al ministro para que le eche una mano-, rió Solozábal. -En serio, Pablo, no tengo nada que ver ni con la moto ni con el subnormal de Matías. ¿Por qué no llamas a vuestra portavoz de la comisión de tecnología en el Congreso y le preguntas?-. -¿María Cabañeros? ¿Y qué demonios tiene ella que ver?-, preguntó Solozábal. -Pues la semillita de Matías entra en María Cabañeros y viene un bebé-, especificó Teresa. -¡La hostia! Esto es mejor de lo que pensaba. Pobre Tere-. -Y a mí me borras de tu informe confidencial, Pablo. Yo soy decente, joder-, dijo Teresa. -Muy bien, muy bien. Ya sabía yo que no tú tenías nada que ver, pero ahora ya sabes tú también lo de la moto y yo, lo de la semillita. Carpe diem. Pero ¿cuándo me vas a contestar a los mensajes? ¿Te has quedado sin dedos, o qué?-. -Bien, Pablo, hablamos. Un beso-. -Un beso, Tere-. Comían en silencio, entrecortado por las instrucciones sobre modales de los padres a las hijas, al tiempo que Teresa lavaba, enjuagaba y centrifugaba la información y, sobre todo, el don de la oportunidad de Pablo, el Hombre que Lo Sabía Todo, el muy cerdo. Las niñas habían perdido su timidez con Teresa y le mostraban sus juguetes, ajenas al desconcierto de la visitante. -Manuel, antes tu hija hablaba con un ciprés y le llamaba Lola-, dijo Teresa discretamente. Coro respondió.

139


-Ah! Es la amiga invisible de Gabriela. Es algo muy común en los niños. Se inventan una realidad fantástica para potenciar el lado imaginativo que está en desarrollo-. A Teresa no le pareció muy científica la explicación y asintió con complicidad. -Mira, jefa de papá, tengo una Polly Pocket nueva-, le dijo la más alta, al tiempo que la pequeña trataba de buscar algo que estuviera a la altura de las capacidades de su hermana. Sus padres miraban complacidos y Teresa sólo sonreía y asentía. Disimuló su desconocimiento. ¿Qué es una Polly Pocket? Sintió Pánico. Ser madre se reveló como una ciencia dinámica, un saber que evoluciona, que necesitas actualizar cada día para comprender el objeto y sus circunstancias. Cuando la pequeña le mostraba su colección de monstruitos de goma, la mayor salió del salón resplandeciente por su idea. -Jefa, mira a Tony, es mi hámster. Me lo trajo el Ratón Pérez-. Teresa se propuso permanecer en absoluta normalidad ante el espanto que se avecinaba. La otra niña saltaba de emoción y gritaba: -Tony, Tony-. -Eh, chicas-, dijo imperativo Manuel, -Basta ya, dejad a Teresa, y no saquéis a Tony de su jaula-. Era demasiado tarde. La niña había extraído con gran precisión al animalito y estaba tirando del brazo de Teresa que se revolvía. -No, no. Mejor, no-, quería parecer tranquila y tenía claro que no perdería el control, pero la niña ya posaba a Tony sobre la mano de Teresa. Cuando notó el cosquilleo de las patitas del hámster en la palma de su mano le invadió el pánico y el asco. Su reacción fue tan brusca y violenta que catapultó al peludo animal por el aire sin dejar de agitar la mano y sin dejar de gritar. Tony cayó sobre la parrilla de la barbacoa aún caliente por las brasas candentes. Una familia feliz medio burguesa, bohemia, ecologista y progre horrorizada en su jardín y una mujer adulta que buscaba entre sus capacidades la de la transparencia o al menos la de la rebobinar el tiempo como Superman. La madre abrazaba a sus hijas para taparles la visión de la estampa que ella contemplaba con la boca abierta. Teresa no reaccionaba, sumida en múltiples pensamientos relacionados con la muerte por ahogamiento de tierra bajo el césped del jardín. -Nada, nada. Está bien, niñas. Tony está bien. Mirad. Sólo un poco chamuscadito por el pelo y ya está. Si me hubiérais hecho caso, Teresa no

140


habría pasado este susto-, dijo Manuel como si nada, sacudiendo el lomo del animal. -Venga cielo, llevad a Tony dentro. Poneos unos dibus y os llevo el postre al sofá-. Coro intentaba aparentar tranquilidad pero sus manos temblaban, miró a Teresa, la tomó del brazo y le dijo muy dulce: -tranquila, estás tú peor que el hámster-. -Lo siento, lo siento, creo que les he causado un trauma-, sonó ahogada la voz de Teresa que era la única que no sonreía. Se tapaba la cara imaginando la tragedia que había estado a punto de provocar. Rebuscó una migaja de normalidad en su siguiente comentario: -Suerte que tienen una madre psicóloga y un padre superhéroe-. El beso de Coro y el masaje cariñoso que le dio Manuel en los hombros pusieron fin al episodio que Teresa conservaría en su memoria por el resto de sus días y que contaría tantas veces. La historia del hámster a la parrilla se convirtió en su anécdota preferida aunque su auditorio la tomase siempre como una mera leyenda urbana. Sin embargo, como la felicidad es el reverso del drama, en sus malos momentos, revivía aquella historia imaginando qué hubiera pasado si Tony hubiera muerto por quemaduras en esa barbacoa ridícula, con esas dos niñas rubitas en estado de shock. Era capaz de ver la escena como si hubiera ocurrido realmente. La niñas corrían en círculo perseguidas por su madre que no podía detenerlas con un Manuel que gritaba desencajado, -Coro, por Dios, trae una bolsa-. Los gritillos del hámster detenidos en seco por la muerte inesperada y un sonido de zumbante de carne frita. La madre con una bolsa de basura y el padre envolviendo el hámster con los ojos fuera de las órbitas. Teresa vomitaba las chuletas y los chorizos sobre el entablillado de teka. La niña que había atesorado el hámster vivo, convulsionándose en el suelo y Coro, colocando una cucharilla entre sus dientes. Gritos, llantos, tragedia.

141


SEGUNDA PARTE

142


Me llamo Augusto Piñas. He triunfado en la vida gracias a una mentira y sólo lamento que mis padres no lo vean. Estoy colgado del día de su muerte, ese maldito avión y ese accidente. No dejo de sentir el latigazo de la noticia. Yo, en España y ellos de viaje a El Cairo. Hace ya 13 años. Soy un producto perfecto de sus desvelos. Mis negocios, mi cargo y mi futuro provienen de una sólida formación que ellos persiguieron con ahínco y del aprendizaje de la capacidad emprendedora de François, mi padre. Ahora y con el tiempo alejándome de aquello, me siento solo porque no tengo con quién compartir mis éxitos desproporcionados y basados en no sé qué. No tengo padres ni hijos, no sé quién soy entre las paredes de mi apartamento de 250 metros en el ático de Ministerio de Tecnología. De vez en cuando, echo de menos a mis queridos amigos americanos, aunque ninguno fuera americano. Pasé en el MIT los mejores años de mi vida. Tom, Vincenzo, Abraham y Tessy fueron mi familia durante los años de estudio y diversión desinhibida pero comprometida con un proyecto que todos compartíamos. Es posible que en Estados Unidos llegase a ser feliz entonces y lo volviera a ser en el futuro. Añoro la fortaleza vital de Vincenzo y su habilidad en la cocina de la casa victoriana que teníamos alquilada en Boston y cómo se nos unieron Abraham y Tessy poco después para hacer de aquella casa un auténtico hogar. Abraham ¿qué será de ti ahora?. Y Tessy, tan sensata, tan humilde pero con la cabeza tan bien amueblada. Recuerdo el día que me lanzó un bizcocho recién hecho porque no regresé a casa a dormir después de una fiesta del campus. Y Tom, ese brutal superhombre musculoso, que no daba una partida de póker por acabada. Y ahora estoy aquí en esta fortaleza gris resbalando en las babas que se desprenden a mi paso, sin que nadie me quite la razón, ni me juzgue de frente. Pío es mi perrito faldero, una mascota de plexiglás. Esther es como una abeja que merodea en torno a mis orejas, mi nariz y no pudiera sacudírmela. El resto son soldados, todos son soldados sin criterio y dispuestos a servirme a mí o al que esté en mi lugar. La otra Tessy, Teresa Baltar, es otra historia, cómo me recuerdas a la Tessy de mi memoria. Igual de sensata y de fiel, pero mi único reducto de realidad. Tessy, eres un regalo de mi amigo Pablo. Él me la ha entregado para que reme junto a mí. Le debo mucho y no lo sabe, me hace sentir seguro y protegido. Me gusta esta mujer. Me retrotrae a la relación con mi madre y a la relación con mi mejor amiga, Tessy, la primera Tessy.

143


13. La verdad os hará esclavos

El número 5 de la calle Huertas recibía a Teresa con su natural bullicio somnoliento de la tarde de domingo. La gente paseaba entre risas resacosas. El pavimento aún conservaba los restos de la batalla lúdica nocturna en la que se convierte Madrid los sábados por la noche en una de las tantas zonas de copas. El dueño argentino del local que había junto al portal de Teresa la saludó simpático, adecentando la zona exterior de su negocio. La asesora miró instintivamente hacia arriba para la contemplación rutinaria de su balcón y se detuvo a procesar la información extraña que le llegaba del cable telefónico que volaba entre los dos edificios enfrentados. El cable, como un tendedero, tenía enganchadas un par de zapatillas viejas que colgaban y un teléfono de mesa blanco con teclas, también atado al cable. ¿Qué era eso? ¿Un mensaje subliminal? ¿Quién se había tomado la molestia de desprenderse de esos dos objetos para ofrecérselos a la vista de su vecindario? Madrid era un lugar absurdo. La visita a las afueras, al paraíso idílico con grietas restañadas de Manuel, le había dejado un regusto amargo. Se quitó las botas y limpió los tacones aún con restos de tierra regada del jardín. Llamó a su madre, con los dedos acariciando a su guerrero de Xian. Mamá Baltar fue tan fría y sobria como siempre y Teresa cayó en la cuenta de que últimamente la llamaba por obligación. Se preparó un vodka con tónica y se tumbó a leer la novela francesa que tanto le había atrapado. Lo hizo con la creencia de que la acabaría esa tarde. El sol caía ya y encendió la luz. Un mensaje sonó en su móvil. ¿Qué? ¿Nos vemos hoy? Mi piel está sedienta. Era Eladio Hays, que los domingos por la tarde solía ponerse trovador. En el fondo, a Teresa esas expresiones cariñosas tan explíctas y poco elegantes de Eladio le hacían gracia y le gustaban. Ven a las 10 Respondió ella, sin darle más longitud a un mensaje que pretendía ser apasionado, de tan contundente. Tenía tiempo de acabar la novela, ducharse tranquilamente y dejar lista una cena fría. Sin embargo, su teléfono sonó inesperadamante en medio de la calma de la tarde.

144


-Joder, qué inoportuno, además no conozco el número-. Teresa dudó, pero al final contestó a la llamada.

-Tessy, soy Augusto. ¿Te molesto? ¿Puedes hablar?-. Teresa se había incoporado en el sofá y, en sólo dos segundo pensó decenas de cosas: si tendría que trabajar ahora, si era algo terrible que había sucedido y que reclamaba que el ministro en persona le telefonease, si había hecho algo mal, quizás el documento confidencial que el periodista Damborenea se había llevado de su casa. -No, claro, ministro. O sea, que sí que puedo hablar . No, a que me molestes, sí a que me digas… Perdona, es que no esperaba esta llamada y como no tenía el número identificado…-. -Tessy, lo siento. Tengo que verte. Necesito tu ayuda, a alguien en quién confiar y con quién hablar, un hombro en el que dejar caer mi cabeza. ¿Te importaría venir a mi casa, al Ministerio? Si no te incomoda, claro, y no tienes nada que hacer-. -Pues claro que puedo, Augusto-. Pensó que era la primera vez que le llamaba por su nombre de pila, o tal vez no. -¿Quieres que vaya ahora?-. -¿Puedes?-. -Sí, sí. Son las seis, a las seis y media estoy ahí. ¿Te encuentras bien?-. -No, Tessy, no-. -¿Es algo del trabajo?-. -No, Tessy, no-. No era el momento de hacer preguntas, quedaba claro. -Pues, en media hora estoy en tu casa. Eh… no te preocupes-. No sabía qué más decir y colgó sin despedirse. Se fumó un cigarrillo que durante la conversación había buscado frenéticamente en los cajones del mueble del salón. Estaba desconcertada. En una corta conversación, había pasado de ser en su pensamiento una vil estúpida inconsciente por haberse dejado robar unos documentos a ser la persona de confianza del ministro. El taxi tardó menos de lo previsto en dejarla junto a la garita de entrada del Ministerio de Tecnología. Llevaba zapatillas de deporte, pantalones vaqueros y

145


una americana de cuadros. Se había vestido tan deprisa que no reparó en la combinación de su indumentaria ni en el resultado de la misma. Pensaba en ello mientras subía al último piso, que tenía un acceso diferente al del resto de plantas. Esta era la zona considerada privada del ministro inquilino. Cuando llegó a la vivienda, subió aceleradamente las escaleras, después de saludar al funcionario que deambulaba por el pasillo. Éste la miró extrañado por su presencia, pero ni le respondió. Augusto estaba solo. No había nadie del servicio habitual. Le abrió la puerta aparentemente tranquilo y sonriente. -Querida, Tessy. Te agradezco tanto que hayas venido. Sabía que podía contar contigo. ¿Quieres un té?-. -Preferiría una copa-, dijo ella muy seria. -La verdad es que estoy nerviosa y alucinada por tu llamada y por estar aquí un domingo por la tarde-. -Miraré a ver si hay algo con alcohol. Yo no suelo beber ni tampoco recibir a nadie aquí-, dijo Augusto sin mirarla. Ella pensó inmediatamente en Pixi y sus encuentros sexuales. Se sintió engañada e idiota. De pronto, tuvo miedo. -Vino tengo. Es un vino excelente que me regalaron los de la patronal-. Extrajo una botella de una inmesa vinoteca repleta. Reparó entonces Teresa en la decoración del salón. Era una estancia amplia con poco mobiliario. Había muebles orientales grandes y, en contraste, piezas muy bajas y algunas minúsculas. El suelo era de mármol casi blanco, las paredes estaban vestidas con papel-tela en relieve en tonos claros. No tenía un solo elemento decorativo, salvo una escultura negra de ébano que representaba una mujer desnuda con un peinado japonés. Los ventanales eran muy grandes sin cortinas, lo que dejaba ver la magnífica avenida y la plaza con la estatua ecuestre. Se deducía que el salón era una mera excusa para enmarcar la grandiosa vista del exterior. Se quedaron callados un rato, sentados frente a frente, cada uno en un sofá blanco de piel. -Tessy, hoy he sabido que mi vida es una mierda, que todo lo que he hecho y las razones de mi destino son una mentira. Nado en la mierda y creo que me ahogo-. Teresa le interrumpió entonces. -Eh, Augusto. Para un segundo. No sé de qué me estás hablando pero nada hará que crea eso que estás diciendo-. Teresa se sintió indignada por el victimismo fuera de lugar que desprendía Augusto Piñas.

146


-Mi abuelo, mi familia… Soy fruto de una historia épica y dramática y mi éxito sólo se justifica por ser un final feliz y merecido al destino infecto de mi familia-. Augusto empezó a gemir y sorbió su tercera copa de vino. Bebía de forma compulsiva. Teresa estaba inquieta por las dudas, por la incertidumbre, por lo inversosímil de aquella situación. Pensó que Augusto podía estar drogado o que le estaba tomando el pelo. Instintivamente miró a la puerta, también grande, como todo en aquel lugar, que daba paso a la huída. -No te entiendo, Augusto. ¿Me puedes explicar qué te ocurre?-. Piñas no parecía escucharle ni dispuesto a responder, con la cara escondida entre las manos. Era una imagen que rompía todos los guiones posibles que Teresa hubiera podido preparar para aquel encuentro imprevisto. El ministro de Tecnología estaba vestido de manera informal, con pantalones de tela fina, unos zapatos de ante sin suela, una camisa negra suelta. Su peinado ahora estaba desecho y los bucles de su pelo se esparcían desordenados. Su aspecto era muy atrayente y sus manos se desenvolvían con mucha libertad tocándose la cara y el pelo. Teresa quería despejar esa interpretación tan superficial que estaba haciendo, pero no podía. La asesora se levantó del sofá y se dirigió a Augusto. Era lo único que podía hacer. Cualquier cosa era mejor que quedarse quieta contemplando el drama. Se sentó en el reposabrazos y le acarició la espalda. -Vamos, ministro. Explícame-, dijo con suavidad maternal, -estoy aquí para eso-. Augusto resopló con lágrimas en los ojos azules enrojecidos y la miró. -No hay mucho que explicar. Lo que yo creía, no es. Mi abuelo nos montó una película en la que hemos habitado mis padres y yo todo este tiempo. Ahora sé que era una mentira. Lo peor es que esa mentira se convirtió en mi sino, en mi faro vital-. Augusto seguía hablando sin mirarla. -Necesitaba contarle esto a alguien, aunque no estoy aún en condiciones de entrar en detalles. Basta con que me escuches. Lo siento, Tessy, sé que esto no es justo para ti-. Vale, pensó Teresa, no pregunto más. Esto es un tema personal de familia y yo no pinto nada. Sólo soy una pieza de terracota aquí plantada. Cuando Augusto se tranquilizó, le mostró a Teresa un album de fotos de sus padres. François y Marie eran dos personas extremadamente atractivas. Françoise no guardaba ningun parecido con su hijo Auguste, el nombre real con el que fue inscrito en el registro francés. Marie era una mujer de una belleza extrema y en todas las fotos asomaba rezumando felicidad junto a

147


François, que casi siempre aparecía mirándola o atendiéndole con dedicación. Teresa pensó en la gran diferencia con los recuerdos de sus padres en los que todo era gris, ocre, sepia. Su madre, en segundo plano y su padre, que no la miraba nunca. Dejó el Ministerio cerca de las ocho y media, con la extraña sensación de haber transitado por un terreno privilegiado, de haber vivido un momento de esos de conjunción entre dos personas extremadamente unidas. *** Aquella mañana de domingo, el tiempo dio una tregua al invierno. Era la misma mañana en la misma en que Teresa estuvo a punto de freír un hamster. El gélido viento y la llovizna de días anteriores se fundieron bajo el sol, que ese día irradiaba algo de calor. Augusto se bajó del coche oficial que le había conducido a la Facultad de Historia en la que se celebraba un acto de homenaje a las víctimas del nazismo. Nadie parecía reconocerle ni interesarse por su asistencia, como si allí todos le esperasen y, sin organizarlo, formaba parte de una comitiva de abrigos oscuros sobre cuerpos encorvados. Casi todo eran hombres. Las voces de la escolanía rebotaban por las paredes de cemento del aula magna. -Augusto, ¿Cómo estás?-, le tocó un octogenario de abundante cabellera blanca. -Jorge-. Los dos hombres se abrazaron con calidez y, entrelazados por los brazos, ocuparon sus asientos. Augusto conocía a Jorge Sempere desde que era un niño, habían coincidido tantas veces en París y en Madrid, en cementerios y en actos solemnes llenos de lágrimas. Sempere había estado preso en Buchenwald y había sido una referencia en el exilio desde que, con nombre falso, fundara en París el partido solidario de oposición al dictador. En el acto de la facultad de historia se escucharon las voces de nonagenarios franceses y españoles contando entre sollozos atrocidades sufridas en campos de exterminio de la Alemania del Este. Augusto no acababa de acostumbrarse a esos relatos que, reiterativos y previsibles tantos años después, seguían despertándole el drama y resucitando a su abuelo muerto. Seguir soportando esa angustia que le atenazaba la garganta era su manera de devolverle a la fortuna el dechado de oportunidades de éxito con que le había dotado. Sus padres le habían enlazado a él y a su abuelo. La música y las voces empastadas del coro le extrajeron de lo más profundo de su ser la tristeza que sus padres nunca le dejaron borrar.

148


Jorge Sempere estaba más entero que Augusto mientras los dos abandonaban la sala con los pasos lentos y las cabezas agachadas. -Augusto, me queda poco-. Esta sentencia sacó a Piñas ensimismamiento y le sobresaltó como una señal de la catástrofe.

de

su

-¿Qué dices Jorge?-. -Tengo 89 años y me siento afortunado de tener esta salud que tengo. Pero cada homenaje puede ser el último. Ya no voy a París, ahora mis hijos vienen a verme a mí y me siento sin fuerzas-, se detuvo. Su respiración se hacía pesada. -Augusto, siéntate-, le dijo señalando un banco junto a un grupo de abetos. -Tendrás frío, mejor caminemos-, le impuso Piñas agarrándolo fuerte de su brazo. -No, por favor. Necesito estar sentado para comentarte lo que tengo que decirte…-, dudó. -Iba a llamarte, no sabía si te iba a ver hoy aquí. Así que no voy a dejar pasar más tiempo porque cada vez creo que me queda menos-. -¿Qué pasa? Te estás poniendo muy solemne-. -Agusto, hace unas semanas, mi buen amigo Duvajev, un ruso que conocí en Buchenwald, me hizo llegar una carta que, lamentablemente, me envió poco antes de morir. Vivía en París. Hace seis años que le vi por última vez y nuestra relación era ya inevitablemente epistolar-. Las arrugas del rostro de Sempere se pronunciaban más y más y creaban nuevas formas en su gesto. -¿Qué decía en esa carta?-, inquirió muy seco Augusto tratando de acortar la espera de lo que parecía una revelación crucial. -Duvajev me decía que Piñas, el español, tu abuelo, al que él sí conoció en Buchenwald…-, el anciano se frotó la frente y se atusó el cabello suavemente con su mano artrítica. Después posó esa misma mano en la solapa del nieto Piñas. -Augusto, tu abuelo fue un verdugo, un kapo al servicio de los oficiales nazis del maldito campo de concentración-. Las lágrimas corrían por los surcos de su piel. Sempere miraba fijamente a Augusto que no parpadeaba desde hacía un rato. -¿Un kapo? Eso no es cierto. No puede ser verdad. Ese amigo tuyo no era más que un puto cerdo mentiroso-. -Calla, Augusto, y escúchame-, habló con contundencia, con una ira extraída de las pocas fuerzas de que disponía. -Lo he comprobado todo. No me pidas

149


detalles que sólo te destrozarían. Sólo lo sabían los que estuvieron allí con él. El kapo español, un verdugo traidor. Era una verdad demasiado asquerosa o tenían miedo. Nadie lo explicó nunca porque o no lo sabían o porque no beneficiaba a nadie que se supiera. O no sé por qué demonios se guardó el secreto. Yo llegué unos años después y Piñas era un comunista español como otros, puteado como los demás-. -Pero Jorge, ¿por qué me cuentas esto? ¿Tú le das crédito? Sabes que te respeto y te quiero. ¿Qué pretendes?-. -No pretendo nada, amigo. Como Duvajev, no puedo morirme sin contártelo. Es la verdad y la verdad nos hace libres, coño-. Hubo un silencio en que los dos se evitaron la mirada. -Administra esto como consideres. Augusto, puedes darle la espalda a la verdad. Incluso eso sería legítimo. Pero, piensa en tu padre. Él sí merece tu respeto.-Mi padre-, susurró Augusto Piñas sin aliento. -Ni siquiera sé si tu padre lo sabía. Creo que no. Tu abuelo lo ocultó y consiguió que todos lo callaran. Supongo que el kapo se convirtió en la salvaguarda de la vida de los demás y te lo aseguro: después de pasar por un campo, cuando sales, es como si siguieras dentro. No les culpo-. Infierno. Esa palabra rebotaba por los huecos del cerebro de Piñas y por cada recoveco de su cuerpo tembloroso. Consiguió levantarse a duras penas del banco pero sentía que sus piernas se reblandecían por el peso de la verdad. -Augusto, perdóname-, dijo Sempere quién también había dejado el frío banco del paseo. Hizo un amago de apoyar su mano en el hombro de Augusto que permanecía inmóvil. No lo hizo y se alejó caminando con paso trémulo. Piñas contuvo la respiración al entrar en su apartamento del ático del Ministerio. Se dirigió a la gran foto de su abuelo que él mismo había ampliado y enmarcado y que llevaba una dedicatoria en francés “Para mi hijo F. que iluminará el resto de mis días”. Descolgó la foto y la guardó en un armario. No podía llorar, ni pensar en nada. Sólo notaba una aguda presión en la garganta y en el pecho. Se sentía solo y desconectado del mundo, de su historia y de su familia, era un hondo sentimiento de falta de raíces, como si fuera un alma en pena flotando entre dos mundos, entre la vida y la muerte. -Maldito Sempere, maldito abuelo, malditos nazis-, dijo en voz alta. Sin pensarlo demasiado, cogió el móvil y llamó a Baltar, Teresa. Así lo tenía en su memoria de contactos. Mientras esperaba respuesta, dudó de lo que estaba haciendo, pero no tenía otra salida. Era la única persona a la que sentía cercana y a la que le podía mostrar su miseria y vulnerabilidad. Podía haber

150


llamado a su mejor amigo, pero era el presidente del Gobierno y resultaba inevitable que sus problemas personales pudieran inquietar la estabilidad del consejo de ministros. No podía hacer eso. También podía haber llamado a Pixi, pero la sóla idea de verle lloriquear y tener que frotarle el lomo le abrumaba. Era un buen chico, pero desconfiaba de su capacidad de comprender. Augusto sintió miedo de lo que podría hacerle él en un momento así. El periodista era demasiado servil y demasiado complaciente para que él no estuviera tentado de machacarlo. Teresa se presentó en menos tiempo del que había prometido. Cuando le abrió la puerta, ella tenía un gesto descompuesto que la afeaba. Temblaba y con su mano intentaba detener la respiración incontrolada que mostraba su pecho. Parecía que hubiera subido las escaleras corriendo. Augustó intentó trazar con normalidad los primeros minutos de su visita, lo cual parecía desconcertar a Teresa. Se arrepintió de haberla llamado, pero sus sentimientos eran un torrente imposible de detener. Le ofreció el mejor vino que tenía, ya que era la única bebida alcohólica que toleraba. Se preguntó qué pasaría por la cabeza de su asesora en una situación como aquella contemplando cómo Teresa recorría el gran salón que él había mandado decorar en un estilo zen japonés. Incluso pensó en lo inadecuado de su llamada, de su exposición abierta a ella, de su vestimenta tan informal. Augusto dedujo que todo aquello era demasiado para esa pobre mujer, tan sensata y tan pueblerina. No tenía otra opción y se desahogó. Cuando Teresa abandonó su casa, se sintió peor que antes de su llegada, a pesar de sus palabras de gratitud, del fuerte abrazo que se dieron y de la complicidad que demostraron ambos en los últimos minutos. Se sentía mal porque volvía a quedarse sólo. Hubiera preferido que Teresa se quedase en su casa, le preparase la cena y vieran juntos una película de Humphrey Bogart o algo así. Pero en un instante de lucidez, la dejó marchar y le montó una escena de amistad y complicidad, por puro agradecimiento. Augusto Piñas llamó a Pixi y le pidió que se acercara a su casa esa noche. -Pío, ¿estás libre?.-Hola, Augusto. Tenía un temita esta noche con gente de la tele, pero ¿quieres que nos veamos?. Dame una horita y te veo allí-, respondió solícito el jefe de prensa. -Vale, gracias, un beso.-Otro para ti.-

151


La noche cerrada que se contemplaba desde su salón le invitaba a beber. Augusto se sentía ya muy ebrio a causa de su inexperiencia con el alcohol. Seguía imaginando a Teresa por su apartamento y, de pronto, sus propias carcajadas resonaban en el salón. Augusto Piñas estaba desternillado de risa, borracho, perdido y con una pena que le socavaba y, a ratos, se tornaba en furia. Todos los sentimientos que un ser humano controla a lo largo del día: la risa, el odio, la venganza, el miedo, las dudas, el amor, la rabia, el deseo…, se agolgaban a trompicones en su cabeza a punto de estallar. Pixi se había puesto su chaleco de periodista intrépido porque sabía que a Augusto le hacía gracia. Eso pensó el ministro con la boca babeante al recibirle. Ahora eran la ternura y el odio los que batallaban en su cabeza enferma. -Pío, cariño, gracias. Necesitaba un poco de compañía hoy-, le dijo Augusto sin hacer el mínimo esfuerzo para vocalizar. -Joder, Augusto, estás pedo. ¿Qué has tomado? Pareces un muñeco de guiñol.Las risotadas de Augusto mostraban el resultado de otra batalla: el asco y el deseo. Pixi se puso a gesticular como si fuera un perro olisqueando por la sala. Era una estupidez que Pixi repetía para reconocer si alguien más había estado antes allí. -Vale, querido, visto bueno. No has traído a nadie más antes-, dijo el periodista ufano por su ocurrencia. -Pues te equivocas, querido. Ha estado aquí una mujer, y muy guapa-. Ahora Augusto tenía ganas de joderle la noche a Pixi. El odio iba venciendo en la lucha, con la incorporación de la prepotencia. De pronto, la humillación ganaba terreno en la pista de juego de sentimientos radicales que era el Augusto borracho y destrozado. -Pío, cierra los ojos-. -¿Un disfraz?-, preguntó y cerró los ojos-. Me encanta, ya lo sabes. Sorpréndeme-. Pixi se estaba emocionando y se excitaba así de fácilmente. Augusto sintió pena y risa. De nuevo la batalla tomaba fuerza. -Ábrelos.Pixi entró en el dormitorio y contempló un traje de niña sobre la cama. Augusto señalaba con satisfacción y con dificultad para mantenerse en pie. Pixi parecía encantado. Se lo puso sobre su ropa.

152


-No. Primero desvístete, que también necesito tu piel-. -Joder, esto promete-, y Pixi lo hizo. Cuando Pío Xilán se hubo vestido, su aspecto era tan patético como el de un hombre gordito y peludo con una camiseta de tirantes rosa, una falda de vuelo con encajes en los bajos y unos calcetines cortos rematados con un volantito y la cara de Hello Kitty en la parte exterior de los tobillos. -Soy Dorothy, la del mago de Oz-, dijo Pixi mientra bailoteaba agarrándose la falda. -No, no eres Dorothy, guapo. Hoy eres Anna Frank-, corrigió Augusto con expresión de payaso siniestro. Pixi trató de ocultar su perplejidad. Nunca se había disfrazado de Anna Frank y la actitud de Augusto era muy diferente a la de otras veces. El periodista sonrío tratando de contagiar a su compañero, pero Augusto no tenía aspecto jocoso, ni mucho menos. Había sacado unas ceras Manley de un cajón y se acercó solemne. Allí, los dos de pie, el Ministro le pintó en el escote un triángulo invertido de color rojo, con una S negra en su interior. Era el símbolo de los campos de concentración para identificar a los presos políticos. La S señalaba a los españoles como “spanier”. Siempre había imaginado a su abuelo con ese triángulo. -Vale, ya. Tomemos algo. Tengo hambre. Si quieres canto alguna canción judía-. Pixi estaba deseando quitarse ese conjunto estúpido y se le habían pasado las ganas de follar. Intentaba con todas sus fuerzas mantener el sentido del humor. -Calla, Anna. Eres una mierda. Y no he terminado-. Augusto tenía la cara tan descompuesta que contrastaba con su tono determinante. Odio y venganza habían ganado la lucha feroz en su interior contra la compasión y el desprecio que había sentido instantes antes por el ser humano en ropa infantil. Le siguió dibujando en los brazos símbolos nazis mientras hablaba muy bajo y sin vocalizar. -Eres judía y nazi a la vez ¿te gusta? Eres una puta traidora y eres homosexual. Soy judío y nazi a la vez, soy un puto traidor y soy maricón. Dilo, Anna-, ahora levantó la voz. -Dilo, joder, dilo de una vez-. Pixi quería llorar pero no lo hizo, aguantaba trémulo el pánico. En lugar de descargar su miedo por los ojos, se orinó encima. El charco de orín del desconcierto mojó las plantas de los calcetines.

153


Augusto estaba luchando entre el deseo, el asco, el odio, la venganza y la compasión. Estaba resuelto a desahogarse y morir matando. Siguió dibujando símbolos nazis en los brazos de su amante y pintándole los labios, apretando cada vez más fuerte con las ceras. -Soy maricón y nazi y judío. Todo a la vez-, decía Pixi con voz aguda-. Para, por favor. Esto no está bien, ni es normal. Venga, me olvido y hacemos otra cosa-, y empezó a hipar y a llorar a moco tendido. *** Teresa se duchó durante largo rato, mientras le salían lágrimas incompresibles. Había vuelto andando del Ministerio, a toda la velocidad que le daban sus pies, como si tratase de huir y de no pensar. -¿Qué había pasado con su abuelo? ¿No había estado en un campo de concentración y Augusto lo había averiguado tantos años después? No entendía nada. ¿Era tan grave? Su Jefe le había confiado una responsabilidad demasiado grande, la de ser depositaria de un hecho dramático que ella no sabía y que a él le había cambiado la vida. Eladio Hays llegaría en pocos minutos, o quizás se retrasaría. Era lo que más necesitaba esa noche: olvidar el epiodio de Augusto y salir de su preocupación. Se vistió muy provocativa, con unos pantalones ajustados que marcaban su trasero y una blusa transparente blanca que dejaba ver su sujetador negro de encaje. Iba descalza cuando le abrió la puerta. Hays llevaba una guitarra enfundada. -Hola, preciosa. Estás impresionante-. Allí estaba plantado observándole el pecho sin recato. -Pasa, Eladio. Espero que no tengas mucha hambre porque no tengo gran cosa. Fiambre, queso y vino-. -¿Hambre? ¿Estás de broma? Te comería entera-, dibujaba una sonrisa entornada y asimétrica muy conocida en este tipo de hombretones que se creen irresistibles. -O mejor, póntelo todo encima y me lo como sobre ti-. A Teresa se le entremezcló la excitación por la escena que iba a protagonizar y una suerte de horror por el estilo trasnochado y tan poco sutil de Hays. Así lo hicieron. Sólo sorbían el vino de vez en cuando a la vez que golpeaban los muebles desde el suelo en las idas y venidas de sus cuerpos recalentados. -¿Y la guitarra?-, preguntó Teresa, aún con el pelo mojado y sin ropa. Masticaba un trozo de fuet.

154


Hays se fue hacia el instrumento que reposaba en el suelo junto a la entrada. -He venido a tocarte-, dijo Hays riendo sin ganas. -Mmm, qué ingenioso. Pues ya me has tocado. Tócala otra vez, Sam-. Qué idiota se sentía Teresa tratando de estar a la altura del ingenio chapucero de Eladio Hays. Eladio se puso la camisa y los calzonzillos y, sentado en el suelo, empezó a tocar su guitarra. No lo hacía mal. Era una larga introducción a alguna canción que ella esperaba con ganas. Él la miraba complacido de su nuevo protagonismo. Teresa se sentó frente a él con la blusa transparente. Eladio Hays y su guitarra empezaron juntos la letra y los acordes de “Algo Contigo” en versión de los Panchos/Eladio Hays. A Teresa esa canción le recordaba a Augusto Piñas y a Manuel, era el tema que ella y su colaborador eligieron, aunque en la voz de Andrés Calamaro, para la entrevista que le hizo al ministro su amiga Desiré en la radio. Fue para ella un día señalado en su historia vital de nueva heroína del Madrid de los triunfadores. Eladio entonaba cada vez más emocionado “¿es que no te has dado cuenta de lo mucho que me cuesta ser tu amigo?” y ella solo podía pensar en la tragedia que se cernía sobre Augusto, en su estado anímico, en su tristeza y desesperación. Y volvió a llorar. La mañana del lunes era lluviosa y oscurecía el dormitorio. Teresa tenía que madrugar pero estaba en otro mundo cuando se levantó. Arrastrando los pies por el salón, llegó hasta el hueco vacío que hasta el día anterior había ocupado su inseparable guerrero de Xian, su confidente. Instintivamente pasó su mirada por todos los rincones de la sala en su busca. Era estúpido jugar al escondite con una piedra esculpida, pero su guerrero tenía vida en su imaginación y ahora que no estaba, más todavía. Empezó construir simbolismos del tipo “ha huído de mi”, “no soy capaz de retener a nadie a mi lado”, “la escenita con Eladio le ha molestado”. ¿Eladio? Teresa recordó entonces. -Nena, me encanta tu soldado-. -Es un guerrero de Xian, ¿serás idiota?-. -Ya claro, lo sé. Vi la exposición en Barcelona.-Me parece precioso y no podré evitar pensar en ti cada vez que vea uno de esos-.

155


-Quédatelo. Te lo regalo. Así pensarás en mí-. Mierda. En el lugar exacto en que se posaba su guerrero que, en un acto de amor, había desaparecido, había un papel arrancado de un cuaderno con palabras escritas en boli. Teresa se puso las gafas de cerca y leyó: “Teresita: Eres tan guapa y tan sexy. Muchas gracias por esta noche. Y gracias por el regalo. Yo también tengo otro para ti. Damborenea piensa publicar tu documento confidencial del cementerio nuclear. Dice que te lo sacó en una noche de amor. Ay pillina. Eladio.”

156


14. Cortinas de humo

-Sí, ministro. Voy con ello-, respondió Esther Stanovich y salió del despacho de Augusto Piñas. La jefa de gabinete llevaba en sus manos el documento al que Piñas había dado forma desde primeras horas de la mañana y que ahora ella iba a repartir al equipo ministerial. -Teresa, Manuel-, vociferó al pasar junto a la puerta cerrada de la asesora parlamentaria. -A mi despacho-. La asesora y su colaborador se estaban riendo dentro con sus desayunos y hablaban del fin de semana. Recordaban el siniestro episodio del hámster. Manuel mintió a Teresa al transmitirle la buena impresión que había causado en su mujer: -Menuda harpía, Manuel. No deberías fiarte de nadie y menos de una mujer sola sin hijos-, le dijo Coro después de despedirse en la puerta del adosado. Teresa y Manuel se quedaron inmóviles ante la orden de Esther Stanovich. -Cada vez me cuesta más aguantarme la risa en las reuniones con la Stano. Se debe pensar que estoy colocado todos los días-, dijo Manuel, que iba vestido todo de negro y con el pelo engominado. Con sus gafas de pasta negra parecía un mimo. -¿Qué dices? Yo estoy cagada, Manuel. Si sale mal me lo comeré yo-. Teresa no sólo se refería a la reunión en la que iban a hablar de cómo resolver el asunto de las descargas por Internet y la polémica Agencia de Propiedad Intelectual. El fin de semana, el Ministerio había convocado una rueda de prensa para anunciar un cambio de política respecto a la regulación de la piratería cibernética. Lo que a Teresa no le dejaba esa mañana tragar las tostadas con aceite y tomate era el terror ante la inminente publicación del documento que le robó de su casa el maldito Damborenea. En efecto, estaba cagada. Todo se vendría abajo y pasaría a ser una negada, una proscrita del error y la ingenuidad. Desde luego, ella no tenía ninguna intención de contarle a nadie que había caído en la trampa ridícula de un periodista listillo, que se la había follado para hurgar en su bolso y arrebatarle su informe sobre la importancia de la ubicación del silo nuclear. Ese documento había significado meses atrás su gran triunfo, cuando en el viaje a Abu Dhabi supo adelantarse al núcleo duro del equipo y aportó la idea de cuidar las consecuencias políticas de tal decisión. Ella había marcado la hoja de ruta del ministro y todo estaba en ese informe. No tendrían por qué saber que ella se había convertido en la autora accidental de la filtración, por imbécil; pero, inevitablemente tendría que

157


gestionar las sospechas que compartiría con otras personas en el Ministerio. Que estúpido resbalón ahora que todo iba tan bien, ahora que se sentía el centro del universo ministerial. -Bien, inútiles. Esto tendrá que ir como la seda. Va vuestra vida en ello. Si algo sale mal, os liquidaré personalmente a todos-. Lo cierto es que, como vaticinaba Manuel, las palabras de la jefa de gabinete eran cómicas por su tono chusquero que acompañaba con un impecable aspecto de azafata de vuelo. La azafata chusquera estaba indignada. -¿Dónde está Pío? Hay que ser imbécil para llegar tarde hoy-. -Me ha enviado un mensaje pidiendo que le disculpara porque va a llegar más tarde. No se encuentra bien-, intervino Teresa. -Puto periodista. Puede que sea mejor así, porque seguro que la caga en la rueda de prensa-. Esther Stanovich se sorbió los mocos y miró a Teresa, que jugueteaba con el boli y un azucarillo. -Encárgate tú de todo. Has estado en las mismas reuniones que Pío y… creo que conoces bien a los periodistas del sector-. Esta última la pronunció sonriendo con intención de que sonase malévolo. Teresa no estaba en condiciones de responder. Definitivamente, a esas horas, todo el mundo estaba siempre en mejores condiciones mentales que ella. -Todos conocéis los términos del giro que vamos a dar. Tiene que parecer que hemos rectificado pero sin que eso sea un fracaso nuestro. El ministro ha recapacitado y va a suavizar el decreto antipiratería. Los internautas tienen que quedar satisfechos. Esos son los grandes trazos de la estrategia-. -Los trazos de la estrategia-, susurró Manuel apuntando en su libreta. La jefa de gabinete amagó con echar fuera a todo el grupo, pero se detuvo ante los golpes que sonaron en la puerta de su despacho. -Lo siento. Llego tarde, pero es que estoy con jaqueca y seguramente algo de fiebre-. Pixi presentaba un aspecto lamentable. Tenía los ojos hinchados y una mejilla amoratada. Su habitual tono pretencioso había sido sustituido por uno vacilante y apocado. Teresa miró a Manuel con el convencimiento de que los dos pensaban en lo mismo. Cómo le hubiera gustado contarle a su ayudante la visita de la noche anterior al Ministerio. Pero eso formaba parte de su mundo exclusivo de poder, en el que Manuel no tenía sitio. -No importa. Puedes volver al antro del que vienes. Teresa se va a encargar de todo. Y al Jefe no me lo marees con tus mierdas. Cógete el día libre-. Ahora sí,

158


Stanovich palmeó y sacudió las manos hacia la puerta para sacar al rebaño del redil. Antes de encerrarse en su despacho, Teresa rectificó y salió para aproximarse a Pixi, que yacía sobre el teclado de su ordenador. -Tranquilo, vete a casa que yo me encargo. ¿Qué te pasa?-. -Problemas de pareja-, dijo él, con los labios pegados a las teclas haciendo avanzar el cursor a velocidad de vértigo repitiendo la letra hache por el documento Word. Teresa se descubrió de nuevo acariciando maternalmente el hombro de otro hombre al tiempo que recordaba aquel mensaje del correo de Pixi con aquello de los disfraces. Sintió pena por él. Supuso que Augusto habría roto con su amante sumido como estaba en la desesperación por lo de su abuelo, fuera lo que fuera. Era mejor así. No hacían buena pareja. La asesora se sumía en el pánico cada vez que comprobaba las últimas noticias en su ordenador. Nada del tema Damborenea. Le apretaban los zapatos. Se los quitó sentada en la butaca del despacho y se quedó mirando al techo en busca de una respuesta a su error, en busca de una solución. Ni siquiera había abierto el documento que les acaban de repartir, “los grandes trazos de la estrategia” le había llamado la jefa de gabinete. -Estrategia, estrategia, necesito una estrategia, una hoja de ruta-, se dijo mientras comprobaba de nuevo la inexistencia de una noticia bomba de los efectos colaterales de la ubicación del cementerio de residuos nucleares. -No ha salido todavía-. Miró por la ventana. En sólo dos horas se celebraría la rueda de prensa sobre el decreto de Internet, en sus nuevos términos. Ese era su tema, el que Augusto había dejado en sus manos y, sin embargo, no estaba haciendo nada por colaborar en su resolución exitosa final. En sólo dos horas, Augusto Piñas, entonaría con acierto las palabras del argumentario que Teresa había dejado listo el viernes anterior. Ya no sabía qué más aportar a ese asunto. Un rayo de sol se posó en su cara y, como en una revelación, de pronto, Teresa tragó saliva y lo vio claro, tan claro como ese rayo de sol. -Sí puedo hacer algo, coño-. Se levantó tropezando con la papelera y sin reparar en el hecho de que no llevaba puestos los zapatos, salió corriendo del despacho dirigida como un obús hacia la estancia del ministro.

159


Teresa se plantó ante la mesa de Piñas que estaba hablando por su teléfono móvil. El ministro separó el aparato de su rostro y lo apretó contra uno de sus costados. -¿Qué pasa?-, parecía aterrado ante la imagen de Teresa descalza, jadeante y con los ojos muy abiertos. -El cementerio nuclear es nuestra cortina de humo-, dijo muy bajito. Augusto retomó su llamada telefónica y, sin dejar de mirar fijamente a Teresa, se despidió. -¿Te puedo llamar más tarde? Me ha surgido una emergencia… Gracias, cuídate-, colgó. -Tessy, por Dios, ¿qué diablos haces?-. -Ministro, propongo que hagamos un comunicado de prensa ya, ahora mismo, en el que vamos a explicar las consecuencias políticas de la adjudicación del almacén de residuos nucleares. Es decir, vamos a sacar a la luz el informe sobre las dificultades en que pondremos al Gobierno de Murcia si lo ubicamos allí. -Pero, ¿estás pirada? Hoy tenemos otro problema y muy gordo. Tessy, no entiendo nada-. -Déjame hablar. Si hoy mismo presentamos un plan de reindustrialización para la zona del almacén de residuos nucleares, podemos anunciar al mismo tiempo que se ubicará en Valencia. Pero diremos también que esta comunidad va a sufrir consecuencias políticas graves y que las queremos evitar. Muy bien, porqué negarlo. A ver, Augusto. Matamos dos pájaros de un tiro. Estamos presentando un precioso plan de inversiones industriales en esa zona. Nadie podrá poner peros. Es la hostia. Y como efecto doble, conseguimos que lo de Internet tenga un perfil bajo. Que salga el cambio de política del Ministerio, vale, pero lo hace un Ministerio con dos cojones, que se va a gastar la pasta en Murcia. ¿Lo ves?-. Teresa estaba tan excitada que estuvo a punto de clavarse un aspa de molino de viento de la maqueta que tenía el ministro en la mesa. -No, no lo veo. ¿Y qué ganamos con eso?-. -Pero Augusto, es perfecto. Ganamos tiempo, ganamos el control de la información. No podemos esperar a que te destripen por el decreto de Internet hoy y, dentro de unas semanas, que te cuelguen por cargarle el muerto nuclear a un gobierno de oposición-, sólo le faltó a la asesora subirse a la mesa. Tomó conciencia de su aspecto, de su postura y de su histeria y trató de serenarse.

160


-Ministro, es una doble cortina de humo. Dos temas que se tapan el uno al otro. Confía en mí, por favor-. Esta vez se recordó sí misma cuando le pedía a su padre un capricho en Arévalo, “papá, por favor”. Se sentía completamente segura de lo que hacía, una seguridad que se había originado en el centro mismo de su terror. Evitó la manida frase “un buen ataque es la mejor defensa” y se acordó de Pablo Solozábal, el hombre de las frases en latín y de las grandilocuencias. Se sintió un poco más uno de ellos. -¿Y de dónde sacamos el presupuesto para ese estupendo plan de reindustrialización?-, preguntó Piñas incrédulo. Teresa pensó e hizo una mueca. -En los próximos presupuestos generales. Se mete una partida y ya está. Después se cumpla o no, tú ya habrás hecho lo que tienes que hacer-. Augusto se recostó en su sillón de cuero y su rostro empezó a recorrer el camino que va desde un gesto hosco y mudado hasta una sonrisa pérfida. -Joder, Tessy, me estás acojonando. Pero, adelante. No tengo ninguna idea ahora, ni mejor ni peor. Los soldados de este regimiento están en sus putos cuarteles de invierno. Dispara-. Teresa Baltar rodeó la mesa y besó en la frente a Augusto Piñas, que en ese instante pensaba en su final, convencido de que la iban a cagar. Tenía claro que sólo contaba con ella y si se tenían que hundir, lo haría dándole su última oportunidad a Teresa, por muy ingenua que le pareciera. Para el ministro de Tecnología había un antes y un después de su conversación con Sempere. Todo había acabado. Ya no se veía capaz de apostar por nada, ni de luchar. Había tirado la toalla. Ahora, su hoja de ruta era Teresa Baltar. Augusto Piñas leyó el comunicado sobre el silo nuclear que acababa de redactar Teresa, un texto al que sólo le faltaba el visto bueno del Jefe para salir disparado a las redacciones de los medios de comunicación. Estaban en el pasillo previo a la entrada a la sala de ruedas de prensa. Levantó la mirada y sonrió a Teresa que, sin más llevó el comunicado a los periodistas que colaboraban con Pixi. -Mandadlo y llamad a Pío para contárselo-. La rueda de prensa podía empezar. La asesora y el secretario general de Nuevas Tecnologías flanqueaban al ministro que entró en la sala abarrotada de periodistas y operadores de cámara.

161


-Buenos días. El Gobierno y este Ministerio, tras muchas reuniones sectoriales y de haber escuchado a todos los implicados en el campo de Internet, presentará esta semana al Consejo de Ministros el nuevo decreto sobre las descargas ilegales. Les aseguro que hoy tenemos buenas noticias para los creadores, los ciudadanos y para la industria-. Piñas sonrió seguro y abrió la veda a los redactores hambrientos a la caza de de deslices verbales y matices políticos. La primera pregunta la hizo un joven redactor de una agencia estatal y empleó el término “rectificación”, tal y como habían previsto en el documento de argumentos que tenía Augusto Piñas ante sí. Sin mirarlo siquiera de reojo, soltó la frase que Teresa había escrito. -No estamos rectificando, estamos mejorando un texto entre todos. Hicimos una propuesta previa que, después de analizada, ha acabado como hoy les estamos presentado-. A partir de la segunda pregunta ya no se volvió a hablar de Internet. El revuelo de la sala denotaba que, en los terminales de los periodistas, la noticia del plan de reindustrialización para el lugar en que se ubicara el cementerio nuclear se había impuesto. No había una sola cabeza levantada, atendiendo la mayoría a sus teléfonos o sus ordenadores portátiles. Los brazos se levantaban ávidamente en busca de los auxiliares que distribuían los micrófonos para realizar las preguntas al ministro. Piñas estaba como en sus mejores ocasiones, erguido y con su tono de voz grave y educado. Teresa le observaba confusa por la demostración de profesionalidad del ministro. En plena crisis de identidad, su reacción no era dejarse hundir, sino, al contrario. Aparentaba más seguridad que nunca. -Pues claro que esta decisión tiene consecuencias políticas. ¿Ustedes no lo pensaban? Nosotros también. Por eso, no dejaremos que ningún gobierno territorial pague las consecuencias. Los ciudadanos tendrán su recompensa y, además de acoger un almacén de residuos nucleares absolutamente seguro, también gozarán de ventajas añadidas-. Augusto se regodeaba triunfante en sus respuestas y distribuía los turnos a los anhelantes periodistas. Jesús Damborenea, director de El Correo, sentado en la última fila de la sala de prensa, se levantó y, mientras se formulaba otra pregunta, lanzó un beso a Teresa desde su puesto. En un gesto automático, Teresa miró su móvil y leyó el mensaje de Damborenea. Sabía que lo arreglarías. Eres aún mejor en tu trabajo que en la cama. Un beso. Jesús.

162


El director de El Correo no se quedó al final de la rueda de prensa. Para ella, este había sido el mayor triunfo de su carrera y lo vivía en la sombra, sentada en un rincón de la sala, como la segunda, como la comparsa que había sido y sería el resto de su vida. Sintió náuseas. Augusto ni la miró al salir. Se fue a su despacho y cerró la puerta. -Y esto lo has hecho tú solita. Eres mi emperatriz. Joder, joder, qué bueno. Maitechu, maitechu-. Manuel daba saltitos alrededor de Teresa que permanecía de pie en su despacho mirando por la ventana. Observaba ausente a unos niños jugando en un pequeño parque al otro lado de la avenida. Tenía la mente en blanco. Al otro lado del teléfono, Pablo Solozábal gritaba colérico. -Nunca más. No podéis hacer lo que os salga de los cojones. Esto es un Gobierno colegiado y tú actúas como un empollón. Esto lo tienes que consultar. Me cago en Dios, Augusto. Me cago en Dios-. -Pablo, es una victoria y tú me tratas como un imbécil. Cálmate-. -¿Que me calme, que me calme? Sólo tengo ganas de tenerte delante y darte de hostias… ¿Y a quién se le ha ocurrido esta mierda?-. -¿Pero es un éxito o no? Vamos a lo importante-, insistía el ministro. -Sí, lo es, o eso espero. Pero nunca más. ¿A quién se le ha ocurrido? ¿Al subnormal de tu jefe de prensa? -No. Se me ha ocurrido a mí-, contestó lapidario Augusto Piñas. -Mejor, así me será más fácil partirte la cara. Coño, somos amigos. No me hagas decir estas burradas-. -Pablo, quiero que Teresa Baltar sea mi jefa de gabinete-, interrumpió Augusto. -Ahora necesito a los mejores conmigo. Manda a Stanovich a otro Ministerio o llévatela al Partido. Confío en Baltar más que en nadie y te lo tengo que agradecer a ti-. -¿Y eso a qué viene? Mira que es muy novata y que se está fogueando, a ver si le va a venir grande-. -Será mi decisión-.

163


15. A cada cual lo suyo

La Place Clichy rebosaba bullicio a primera hora de la mañana. Los ojos de Teresa, mientras esperaba la llegada de Augusto Piñas, se impregnaban de un haz luminoso que parecía activar sus conexiones neuronales sin entender el porqué, a pesar de los nubarrones que tapaban el sol. Pero aquel tono plomizo del cielo sólo imponía más belleza al distrito decimoctavo. Sin saberlo, Teresa se estaba dejando seducir por París. Sus recuerdos y sus referentes giraban alrededor de imágenes prefijadas a través de las guías turísticas y las fotos que había visto. Pero ella notaba que esta vez era diferente, aunque no supiera explicarlo. Los árboles bien podados sin una rama de más, las fachadas de las fincas regias impolutas, las aceras limpias y brillantes sin cercos ni excrementos, el animado silencio del tráfico cívico sin un cláxon, sin un grito, emanaban una efervescencia ordenada que convertían a “la ville lumière” en una urbe superior. Teresa leyó el mensaje que Augusto le acababa de enviar y se le dibujó una expresión de desconsuelo en el rostro. Llego en diez minutos, perdona, Tessy. Ha surgido un imprevisto en la embajada. Augusto Piñas, que observaba a su asesora parlamentaria desde el otro lado de la plaza en un café y se dejaba arrastrar al sumidero de su propia existencia, recibió la respuesta inmediata de Teresa. No te preocupes. Espero con sumo agrado, París es una ciudad increíble La primera luz del día había sorprendido a Augusto Piñas entre notas escritas fugazmente y extrañas elucubraciones. Desde hacía unos días, tras las revelaciones de Jorge Sempere y con las violentas y descontroladas consecuencias que había tenido todo aquello sobre Pixi, andaba de un lado para otro en un combate consigo mismo. El viaje oficial a París para entrevistarse con su homólogo francés sólo había espoleado aún más el odio hacia él y hacia los demás. Desde el bistrot Le Singulier, el ministro meditaba frente a un café con leche, y escribía frases sueltas en una servilleta. Pero qué inocente eres y qué sumisa, Teresa. Te miro y me doy cuenta de cuánta mierda te toca aún tragar. Lo peor es que no lo sabes, eres tan naif, tan superficial, a veces. Aunque te admiro. Lo único que me molesta de ti es la simpatía y el optimismo que irradias cuando hablas. Mírate, ahí estás, plantada

164


en la Place de Clichy sin enterarte de nada. Pobre Teresa, no eres más que un pelele, una paleta en París y hasta eso te hace grande. Lo que el ministro Piñas ignoraba era que a Teresa le hubiese gustado responderle con un mensaje más adecuado a su verdadero estado de ánimo. Algo así como: “Date prisa, bonito, que mi amiga la jequesa de los Emiratos Árabes Unidos me espera para proponerme algo y me lo voy a pensar porque veo que es mi oportunidad”. Lo cierto es que le fastidiaba un poco tomar una decisión ahora que las cosas marchaban tan bien en el Ministerio. Prueba de ello era que su buena relación con Piñas despertaba recelos y generaba inquietud y desasosiego. De hecho, el día anterior, en el vuelo hacia París, se había producido un enfrentamiento bastante sintomático. Esther Stanovich se detuvo a su lado, de camino al retrete, y le recordó que la jefa de Gabinete era ella, que se olvidara de sus ambiciones. No fueron tanto las palabras, sino el tono de voz desagradable y firme, pero a la vez desgarrado y titubeante por el recelo. -No pienses que te has convertido en la mano derecha del ministro, monina. Ni se te ocurra pensar algo así. Yo soy la que manda aquí, la sombra de Augusto. Y la que tiene el despacho más grande después de él. Recuérdalo. A cada cual lo suyo-. La Stanovich lanzó con rabia la revista de la compañía contra el suelo como el chasquido del látigo furioso de su advertencia. Teresa tuvo un sueño a continuación. Se encontraba de pie en el centro de una cama redonda en la que yacían boca arriba su madre, Augusto y algunos otros con las fisionomías desdibujadas. Unos enanos deformes con las cuencas de los ojos vacías los sujetaban fuertemente. De repente, de la boca de Augusto y de la de su madre empezó a brotar un efluvio gaseoso rosado y negro, respectivamente. Al otro lado de la Place Clichy crecía la angustia del ministro de Tecnología. La fosa séptica de mi vida está a punto de reventar, Teresa. Las tabletas para repeler el mal olor, que yo ni percibía, ya no sirven de nada. Ya no tapan nada, ya no disimulan nada. Ya no sé quién soy. En mi interior ahora habita un íncubo sediento de maldad y de verdad que emponzoña los sueños de los que me rodean. Soy un monstruo y me llamo Augusto Piñas. He triunfado en la vida gracias a una mentira y sólo lamento que mis padres no lo vean. Estoy colgado del día de su muerte, ese maldito avión y ese accidente. No dejo de sentir el susurro de la noticia. Yo en España y ellos de viaje a El Cairo. Hace ya 13 años. Soy un producto perfecto de sus desvelos. Mis negocios, mi cargo y mi futuro provienen de una sólida formación que ellos persiguieron con ahínco y del aprendizaje de la capacidad emprendedora de François, mi padre. Ahora y con el tiempo alejándome de aquello, me siento solo porque no tengo con quién compartir mis éxitos desproporcionados y basados en no sé qué. No

165


tengo padres ni hijos, no sé quién soy entre las paredes de mi apartamento de 250 metros en el ático del Ministerio de Tecnología. Augusto Piñas decidió acabar con la espera de Teresa y se acercó para saludarla. -Hola, Tessy, perdona. Siento mucho haberte hecho esperar-, le dijo acariciándole el brazo izquierdo. -Hola, Augusto, ¿cómo estás? Has tardado un poquito. Huy, qué mala cara tienes. ¿Te encuentras bien?-. -Si supieras lo pesados que son estos franceses para preparar la reunión de mañana-. El ministro escudriñó en lo más profundo de los ojos de Teresa. De vez en cuando echo de menos a mis queridos amigos americanos, aunque ninguno fuera americano. Pasé en el MIT los mejores años de mi vida. Tom, Vincenzo, Abraham y Tessy fueron mi familia durante los años de estudio y diversión desinhibida pero comprometida con un proyecto que todos compartíamos. Es posible que en Estados Unidos llegase a ser feliz entonces y lo volviera a ser en el futuro. Añoro la fortaleza vital de Vincenzo y su habilidad en la cocina de la casa victoriana que teníamos alquilada en Boston y cómo se nos unieron Abraham y Tessy poco después para hacer de aquella casa un auténtico hogar. Abraham ¿qué será de ti ahora? Y Tessy, tan sensata, tan humilde pero con la cabeza tan bien amueblada. Recuerdo el día que me lanzó un bizcocho recién hecho porque no regresé a casa a dormir después de una fiesta del campus. Y Tom, ese brutal superhombre musculoso, que no daba una partida de póker por acabada-. -Esta ciudad es una pasada. La había visitado, pero en todos los casos rápidamente. Y ahora, aunque tenemos poco tiempo, todo me parece más especial. No sé, es una ciudad diferente-, dijo Teresa. -Quizás es que tú has cambiado, Tessy. Quizás es que ves las cosas de otra manera. Quizás con el tiempo todos hemos cambiado un poco-, dijo Piñas. -¿Qué quieres decir? ¿estás bien, en serio?. Te noto algo cansado-, señaló Teresa. -Sígueme, Tessy-, dijo sonriendo el ministro. Ahora estoy aquí en esta fortaleza gris resbalando en las babas que se desprenden a mi paso, sin que nadie me quite la razón, ni me juzgue de frente. Pío es mi perrito faldero, una mascota de plexiglás. Esther es como una abeja

166


que merodea en torno a mis orejas, mi nariz y no pudiera sacudírmela. El resto son soldados, todos son soldados sin criterio y dispuestos a servirme a mí o al que esté en mi lugar. La otra Tessy, Teresa Baltar, es otra historia, cómo me recuerdas a la Tessy de mi memoria. Igual de sensata y de fiel, pero mi único reducto de realidad. Tessy, eres un regalo un regalo de mi amigo Pablo. Él me la ha entregado para que reme junto a mí. Le debo mucho y no lo sabe, me hace sentir seguro y protegido. Me gusta esta mujer. Me retrotrae a la relación con mi madre y a la relación con mi mejor amiga, Tessy, la primera Tessy. -Mira, Tessy, lo que ocurre es que te has dado cuenta de dónde vienes. Te has hecho mayor-, dijo Piñas. -¿Mayor? Lo que es verdad es que París desprende algo diferente. Miras a la gente y son de otra manera, como de otro mundo. Pero no acierto a dar con una explicación-, dijo Teresa exigiendo respuestas. -Eso es París. Aún hoy, comparada con Madrid, esta ciudad desprende olor a respeto, a igualdad, a libertad, a fraternidad. Su conciencia ciudadana, con deberes y derechos, a los españoles nos sobrepasa. Nosotros aún estamos en una fase embrionaria-. -Anda ya, a ti lo que te pasa es que eres un afrancesado-. -Puede que tengas razón, Tessy, y al final no sea todo más que un decorado de cartón piedra, un escaparate de la frivolidad revestido de la ponzoña de la mentira y la falsedad. A cada paso un pequeño y recoleto jardín o una placita invitan al caminante a sentarse a disfrutar de la hermosa ciudad, del sonido de los pájaros, incluso de algo tan ridículo como la lluvia que tropieza con las hojas de los árboles. Eso es París: las terrazas de los cafés, de las brasseries que te llaman a paladear un noissette, a dejar pasar el tiempo con el culo pegado a una silla… Y así, se evocan pensamientos agradables almidonados e impolutos-. -Bueno, se trataba de un simple comentario, ministro-, dijo Teresa Baltar. -Anda, Tessy, dame la mano, por favor. Y deja de llamarme ministro. Se supone que si has llegado hasta aquí es porque nos hemos convertido en algo más que el jefe y su asesora para temas parlamentarios-. Teresa Baltar y Augusto Piñas se adentraron en el cementerio de Montmartre por la Avenue Rachel, tras comprar unas flores en J.Poulain et Fils. Paseando sobre el puente de la rue Caulaincourt, que salía de la plaza de Clichy, a ambos lados observaron el espectacular y precioso jardín que es ese camposanto.

167


-Es increíble, este cementerio aquí en medio, como si fuera un patio o un parque-, dijo Teresa. -Quiero que entiendas por qué París se ha convertido en lo que es. En Madrid algo como esto habría desaparecido como consecuencia del incivismo, del botellón, la falta de respeto, la incultura y la ignorancia de sus habitantes. Nunca me adaptaré a ese pueblucho con Rey y Ministerios-, comentó Piñas. Teresa no pudo evitar una leve carcajada. Los dos cogidos del brazo, como una pareja más de visita a la necrópolis, avanzaban por la zona en que reposaban los judíos. Teresa notó que Augusto estaba cada vez más nervioso, sus manos temblaban y sudaban. Habían dejado de hablar y sólo se oía cómo la fina tierra del camino crepitaba bajo las suelas. En esa zona, los panteones estaban llenos de estrellas de David. Una de las lápidas tenía labrada la menorah, el candelabro de las siete llamas. Enfrente, se levantaba un bloque macizo de granito con una emotivas palabras grabadas: “Nous, vos enfants et petits enfants, n’oublierons jamais Yankel, Maya et Haja Kris, Chaia et Rivka Chwer deportés par les français et tués par les nazis uniquement « parce que vous etiez juifs ». Justo debajo, una foto de las sonrientes Maya y Haja y del serio y solemne Yankel, con su gorra y su barba. A Teresa le sorprendieron los gatos. Aquellos felinos parecían habitar tranquilos allí, imperturbables ante las numerosas peregrinaciones a tumbas de personajes conocidos. -¿Pero has visto cuántos gatos?-, se dirigió Teresa a Augusto para intentar romper el hielo. -Ya te lo he dicho, esto no es más que una muestra de la singularidad de París, dijo el ministro. Se pararon. Frente a ellos se alzaba una lápida con dos inscripciones, una en hebreo y la otra, en castellano. “El Gobierno del Estado de Israel en reconocimiento a Augusto Piñas por su defensa del pueblo judío y por su lucha intensa contra el nazismo en el campo de concentración de Buchenwald. Jedem Das Seine”. Teresa asombrada empezó a ligar cabos. -¿Este es tu abuelo, no? ¿Augusto Piñas es el hombre del que me habías hablado? Y esa frase final, ¿es alemán?-, inquirió Teresa.

168


-Esta lápida es una mierda, la puta mentira de un impostor. Jedem Das Seine significa A Cada Cual lo Suyo, es la leyenda que hay en la puerta de entrada al infierno de Buchenwald-, gritó el ministro entre lágrimas. -Bueno, tranquilo, ya estamos aquí-, dijo Teresa mientras se acercaba a Piñas para abrazarle. -El Partido ensalzó a mi familia, a mi padre, porque mi abuelo, a ojos de todos, había sido un luchador de los derechos humanos y de la libertad que se había fugado de Buchenwald tras cometer actos de sabotaje en el campo. En realidad no era más que un Kapo de mierda-. -¿Un Kapo?-, preguntó Teresa. -Sí, un prisionero que hacía de policía nazi entre los suyos. No hubiese pasado nada, hubo muchos que, obligados por las circunstancias y contra la alternativa de una muerte segura, ayudaron a guiar a sus compañeros a los trabajos forzados, hacia una muerte segura. Se les perdonó. Pero él, Augusto, además colaboró activamente con los nazis haciendo de espía y proporcionando jovencitos guapos al comandante del campo. Era también el topo que pasaba información sobre movimientos sospechosos y posibles revueltas. Elaboró informes y sentenció a muerte a miles de hombres. Se convirtió en un doble traidor. Es todo una puta mierda-. Teresa Baltar no salía de su asombro. -¿No lo entiendes? Colaboró con los nazis, que lo enriquecieron como delator, y luego engañó al pueblo judío con sus mentiras de luchador de la libertad. Y aquí estamos ante la mentira más grande sobre la que se ha sustentado toda mi vida-. -No sé qué decir. Pero, Augusto, por favor, no puedes hundirte-. El sol acabó por abrirse paso a través de las nubes de tormenta que cubrían París. Augusto Piñas aprovechó la tarde para mantener una reunión con una delegación de los Emiratos Árabes Unidos de forma muy discreta en el hotel Le Havre. Volvieron a presionarle y las palabras cohecho y prevaricación cruzaron su cerebro. Doblaron hasta dos millones la cantidad inicial que le habían ofrecido ingresar en una cuenta suiza por darles la concesión de la fotovoltaica en el sur de España. Piñas se debatía entre la tentadora propuesta o seguir las indicaciones del presidente del Gobierno. Sabía que debía priorizar la inversión y la oferta de los americanos porque aquello abría ese mercado a las empresas españolas. Sin embargo, Piñas necesitaba desesperadamente darle un giro a su vida.

169


-Me lo pensaré y tendré en cuenta su gran oferta. Me interesa mucho-, concluyó el ministro. La jornada de Teresa con la jequesa de Abu Dhabi, fue algo más tranquila. Estuvo de compras con su amiga Busayna Bin Al Nasser, de Yves Saint Laurent a Channel. -Me encanta verte, Mariè-Therése. Ya te lo he dicho. Creo que eres una mujer interesante, inteligente y con un gran futuro. Sólo está en tus manos, pero pareces no darte cuenta. Necesito que trabajes conmigo-, dijo ante el final de su tarta de chocolate. Al llegar al hotel, sobre su cama encontró una caja de igual aspecto e idénticas dimensiones a la que encontró en el hotel de Abu Dhabi. Era el collar de perlas naturales que la jequesa le ofreció en su primer encuentro y que también dejó sobre la cama de una habitación de hotel. Sopesó el collar y las dudas. Esta vez lo guardó en su maleta y sonrió con la lectura de la nota que acompañaba el presente.

170


16. Ladra, mariposa; aúlla, si puedes.

-Ustedes han creado un sistema perverso por el cual en este país las empresas sólo ganan cerrando y destruyendo empleo. Hemos llegado a unos niveles bochornosos. Ministro Piñas, España ahora mismo en el mundo ni está ni se la espera. Desengáñese, hemos perdido competitividad-país y lo han conseguido ustedes, ustedes solitos-, le asestó un diputado del principal Partido de la oposición. La Comisión de Tecnología del Congreso hervía con el vómito lanzado por los adversarios. Aunque la respuesta resultaba obvia, Piñas se hundía sin remisión. No reaccionaba. Nunca le habían gustado las comparecencias en las Cortes. El carismático Piñas menguaba a cada bandazo dialéctico provocado por los arrebatos de sus señorías. Era incapaz de improvisar, la dialéctica y la oratoria no eran lo suyo. Suponía una lacra y un secreto. Él estaba ahí para poner su sonrisa mágica y dar una imagen agradable. De lo demás, que se ocuparan otros. Funcionaba a base de chuletas, a base de remiendos. Él era un ingeniero, con un brillante expediente, que sabía negociar, un técnico bien vestido de zapatos italianos. Buscó en los últimos bancos de la sala la mirada cómplice de su asesora parlamentaria y de su jefe de prensa. Piñas se desesperaba mirando el correo electrónico en su portátil. Necesitaba material para una respuesta de forma inmediata. Con la intervención inicial lo tenía fácil, sólo tenía que leer. Pero para los ruegos, preguntas y críticas descarnadas no era más que un muñeco, una marioneta en manos de Teresa Baltar. Ella escribía a toda velocidad una batería de posibles salidas. Ése era su trabajo. Solozábal la había contratado para eso. Tenía que rescatar al ministro, que empezaba a balbucear frases inconexas, antes de que fuera demasiado tarde tarde. -Mire, nuestra posición sobre este aspecto… Está muy… clara… Sí, muy, pero que muy clara, clarísima…-, dijo Piñas mientras carraspeaba descaradamente para ganar tiempo, bebía largos sorbos de agua y miraba, ora a su interlocutor, ora al ordenador. La diputada por Ávila, María Cabañeros, presidenta de la comisión, salió al rescate del ministro haciendo un uso peculiar de su condición de embarazada de cuatro meses y medio. -¿Les parece que esta presidencia haga un receso de cinco minutos?… No me encuentro en condiciones de seguir y no quiero perderme ningún detalle de la comparecencia-, dijo convencida de que con aquello conseguiría echarle un cable a Augusto Piñas. En realidad, lo que provocó fue la reacción contraria. El

171


ministro se puso más nervioso y las carcajadas de la oposición se extendieron por toda la sala. Frases como… -María, que se te ve el plumero-, o -No te preocupes, vete a mear que, cuando hayas vuelto, aún no habrá empezado, es de efectos retardados-… acrecentaron la tensión. -Por favor, señorías, manténganse en silencio… -, apuntó la presidenta apretando los labios para evitar un episodio de histeria y rabia. Cabañeros se rindió en su papel de rescatadora del ministro. Pixi, por su parte, era consciente de lo mal que Augusto lo estaba pasando, pero le quitó importancia. Ahora era él el que disfrutaba. -Qué sufra, no le vendrá mal. Así se le bajarán un poquito los humos. Es un cabronazo-, murmuró despechado y aguantándole la mirada con una sonrisa desde su asiento de la última fila. En un rato, tenía hora con el médico. Debía hacerse un chequeo rutinario y aquello le ponía nervioso, pero lo disimulaba con una barrera de cinismo. -Anda, Pixi, cállate y échame una mano, coño. Prepara la nota de prensa de la eólica marina de Cádiz para cuando tenga que estar lista-, le susurró Teresa al director de comunicación sin levantar la vista del teclado. Las respuestas llegaron y, con ellas, la confianza y la fluidez volvieron a poseer al ministro. Teresa escribió: “Ahí tienes una batería con posibles argumentos. Si quieres aprovecha para llamarle Manzana y luego rectificas”. Y las palabras brotaron de los labios de Piñas con naturalidad. -Nosotros somos coherentes, señor Manzana, disculpe, quería decir Manzano. Ustedes no hicieron nada en su etapa de Gobierno. Ahora nosotros somos el Gobierno, un Gobierno que en el ejercicio de su responsabilidad máxima hacia la ciudadanía crea puestos de trabajo y propone soluciones para paliar nuestro alto grado de dependencia energética, del 75%, le recuerdo-. Una explosión de risas desde la zona de la oposición inundó la sala. Le mandó otro correo electrónico: “Toma, esto también te servirá”

172


-Sí, ríanse. Señor Manzano, sus diatribas no son más que frutos podridos, que caen y manchan, pero sólo un poquito. Son propios de alguien como usted dedicado a lanzar proyectiles de corta distancia. Sabe que está mintiendo. No pierda más el tiempo con frases jugosas de juegos florales de corrala arrabalera y céntrese-. Piñas seguía el dictado de su asesora parlamentaria. Y parecía encantado comiendo de su mano. -No tiene ni idea-, gritó el diputado Manzano. Piñas, miró a la presidenta de la mesa de la Comisión, en señal de amparo. -Señor Manzano, le recuerdo que no está usted en el uso de la palabra. Si persiste en su intento de desestabilizar la comisión me veré obligada a expulsarlo-, dijo María Cabañeros y, acto seguido, Manzano agachó la cabeza refunfuñando. Teresa envió otro mensaje: “Dale las gracias a la presidenta. Aquí tienes el resto”. -Gracias, presidenta-, dijo el ministro. -Mire, señor Manzano, no se ponga así, que luego le sienta mal. Quiero recordarles a todos que hace unos meses iniciamos una colaboración muy estrecha con los Estados Unidos gracias al contrato para la producción de energía fotovoltaica. Eso reportará los megavatios necesarios para abastecernos a la comunidad de Madrid, Aragón y Catalunya, cuando sea necesario, y se han creado ya más de cinco mil empleos directos e indirectos. Además, conseguimos importantes contratos para empresas españolas en los Emiratos. Así que de destruir empleo nada-, dijo Piñas con cara de triunfo. Los gritos desde la zona de la oposición se incrementaron. La asesora seguía alerta: “Ministro, ahora, puedes decir algo así como: ¿Pero por qué gritan? y sonríe.” -Pero ¿por qué gritan?-, preguntó Piñas sonriendo tras leer el mensaje Teresa no dejó de escribir. Se lo estaba pasando bien: “Ahora tienes que hacer el anuncio. Está basado en la nota de prensa que ha hecho Pixi, la que te ha pasado esta mañana. Aquí la tienes. Ahora la lanzaremos a la prensa”. Esperó a que se calmara todo el mundo y prosiguió con la hoja de ruta que marcaba su asesora Teresa Baltar.

173


-Y para finalizar, quiero aprovechar este marco parlamentario para anunciarles que mañana inauguramos en Cádiz la primera planta de energía eólica marina que proporcionará electricidad a toda Andalucía y Extremadura y que supondrá además la creación de de más de 2.500 empleos directos. Eso sí es trabajar por el país-. Todos salieron tranquilamente de la sala. Pixi abría el paso, con el teléfono pegado a la oreja, para detener a la jauría de periodistas que se agolpaba a la entrada de la Comisión, ávidos de detalles e información complementaria, y aseguraba que el ministro no haría ninguna declaración. Teresa cerraba el grupo con su ordenador, sus papeles y sus carpetas repletas de respuestas. En el centro, Augusto Piñas charlaba con los miembros del Partido en la comisión, especialmente con María Cabañeros, mientras avanzaba hacia la salida. Una vez en el coche oficial, Augusto Piñas fue consciente de lo bien que le había sentado aquel destello de victoria. Pensó que necesitaba más momentos como aquel. Aunque había pasado algunos apuros, se sentía muy bien. En el fondo, sabía que tan sólo se trataba de una chispa que hacía prender una llama pasajera. En realidad, a su alrededor, todo se desmoronaba y avanzaba hacia la aniquilación. Ni siquiera reflexionó sobre la importancia que Teresa había tenido en su pequeña victoria. Simplemente ya lo daba por hecho. Teresa formaba parte del ministro Augusto Piñas. Era una más de sus caras, una simbiosis, un todo indisoluble. Había decidido utilizar las dos horas libres de la comida para solucionar la tensa amalgama en la que estaba atrapado. Necesitaba relajarse. Tras despedir a Teresa y recibir de Pixi la confirmación de que su anuncio ya lo habían lanzado todas las agencias y de que estaría en los informativos de las dos en radios y televisiones, desconectó el móvil y se quitó la corbata. Al cabo de un rato dejaba que dos chicas orientales literalmente amasaran su alma. Había seguido los consejos de su jefa de Gabinete, Esther Stanovich, que de vez en cuando acudía al Centro de masajes Sidharta para tratarse sus continuas contracturas en la espalda provocadas por el estrés. La sombra cambiante de unas velas y el débil y el continuo goteo del agua en un minúsculo estanque proporcionaban la cadencia perfecta para el arrullo del guerrero. Hacía mucho tiempo que Augusto Piñas no se sentía tan cómodo. Las manos expertas parecían cauterizar las hondas heridas de su espíritu. El borrón negro de su abuelo, colaborador de nazis, se desvanecía. Las decisiones para salvar al país se fundían. La violencia desatada contra Pixi en su disfraz de Anna Frank se diluía. Llevaba ya más de una hora en trance y la agradable sensación de bienestar que experimentaba resultaba imparable. Mantuvo una lucha titánica contra las lágrimas, pero acabaron por brotar, arrasando con todo.

174


Las dos masajistas se apartaron sin molestar después de acercarle una caja de pañuelos de papel. Se sonó los mocos y se secó las lágrimas dispuesto a levantarse del tatami. Pero no pudo. Volvió a tumbarse boca abajo. Augusto Piñas se vació de rabia hasta sacar la hiel de sus entrañas por los ojos. Al cabo de un rato, se metió en la ducha avergonzado. Sólo quería salir rápido de allí para llegar a su apartamento en el Ministerio y meterse en la cama a leer o a ver una película antes de caer dormido. Aunque no se sentía capaz, tenía una reunión con su homólogo argentino y, antes de acabar la jornada, debía cerrar con los miembros de su gabinete los últimos detalles de la visita a Cádiz. No le apetecía nada inaugurar el primer parque eólico acuático de España. Sonaba a parque de atracciones. En la otra punta de la ciudad, una sonrisa enfundada en una bata blanca se debatió durante unos instantes entre mirar con afecto a Pixi o utilizar una fórmula más aséptica. Al final, la barrera de la profesionalidad se impuso con fuerza. La experiencia de los años aconsejaba una observación analítica y una actitud condescendiente hacia el sujeto, hacia el paciente. -Señor Xilán, debería darse una segunda oportunidad. Le aconsejo que se busque a un buen psicólogo para afrontar la situación. Tómeselo con calma. Nosotros, si quiere, le podemos proporcionar acceso a un grupo de terapia para reconducir este pequeño contratiempo. No se rinda. Habíamos logrado grandes progresos, incluso usted comentó que se sentía mejor-. Pixi sonrió por fuera con el alma apesadumbrada por la evolución de los acontecimientos. Antes de abandonar la consulta se dirigió a la bata blanca. -Claro, seguimos en contacto. Por supuesto que cuento con ustedes, muchas gracias. Siempre son de una gran ayuda-, dijo. Augusto Piñas subió al coche oficial de vuelta al Ministerio y encendió el móvil. Vio que no tenía ninguna llamada perdida. En España, a veces, aún se mantenían como sagradas las dos horas de la comida. Telefoneó a Teresa. Se había leído el discurso que le había preparado para el día siguiente y pensó en comentarle algunas cosas, aunque la llamada era una sencilla treta para hablar con ella y paliar su ansiedad. -Tessy, ¿cómo estás? ¿Todo bien?-. -Buenas tardes, ministro… Augusto, ¿necesitas algo para la reunión con el ministro argentino? Te he dejado una carpeta con todos los temas que deberías tratar en la reunión. Esta vez hemos elaborado unas fichas como nos pediste. Bueno, las ha escrito mi asistente, Manuel. Y ahora estaba retocando tu discurso con las indicaciones que me ha pasado Stanovich-.

175


La avalancha de trabajo que le proponía Teresa le disuadió de abordar con ella asuntos pendientes. -No, no. Sólo quería decirte que esta mañana has sido de una gran ayuda. De verdad, Teresa, la has vuelto a clavar. Luego hablamos sobre la visita de mañana. Bueno, y eres estupenda, querida. Sigue así. Lo estás haciendo muy bien-, dijo Piñas. Teresa tardó en responder. -Ah, vaya. Gracias. Sí, luego nos vemos, ministro. Adiós-. Al colgar el móvil, la confusión se apoderó de ella. -¿Quién era pigmalión aquí?-, se preguntó. Entré llena de miedo y tengo cada vez más el convencimiento de tener un cierto ascendente sobre este hombre-. Entretanto, Pixi salía del edificio y notaba el aire frío. Se subió las solapas del abrigo, encendió un pitillo y se encaminó hacia el borde de la acera con la intención de parar un taxi que lo llevara a casa. De forma automática, consultó los escasos mensajes de correo electrónico que le habían entrado. -Reconozco que lo del parque eólico nos ha salido muy bien. Las crónicas parlamentarias apenas mencionan el debate en la comisión con las meteduras de pata y se centran en los puestos de trabajo. Ha sido un buen golpe de Teresa-, se dijo Pixi a sí mismo. Levantó la mirada lentamente de la pantalla para advertir la llegada de algún vehículo. El sol, que iniciaba una lenta zozobra hacia el ocaso, le acarició la cara. La mueca de una sonrisa forzada se apuntó en sus labios. A pesar de su nefasto estado de ánimo, durante unos instantes pareció haber recuperado el tono vital. Entonces decidió enviar un largo y desesperado correo electrónico a Augusto, a través del móvil. “Esta tarde todo ha cambiado. Antes sólo sentía rabia pero, desde hace unas horas, justo tras tu comparecencia, la constelación de las estrellas ya no es favorable para los poetas. Ahora tan sólo soy una sombra cosida a retales. De nuevo necesito el abrigo y el sabor de tu lengua. Ya sé que hay otro, Augusto. Si no es así no entiendo tu distanciamiento. No sé qué te pasa, pero creo intuir que estás con otra persona. No me importa, sólo déjame verte una última vez. Me gustaría limpiar, si me dejaras, con mis caricias, el polen de sus besos. Ansío amanecer entre tus brazos, como antes, aunque sea vestido de Anna Frank, de Wendy o de Pegaso, de lo que tú quieras. No me importa, amor, aún podemos darnos una segunda oportunidad. ¿Dónde estás Augusto? Te busco y no te encuentro…”

176


Tras aquella declaración de amor deseseperada, Pío Xilán esperó sin demasiada fe, un aviso que anunciase la llegada de un SMS a su smartphone. Así fue. Unos minutos después, recibió un mensaje del ministro. “Ha sido un buen intento, casi me enternezco, lo reconozco. Déjame en paz. Yo no quiero un osito de peluche para quedarme amodorrado, necesito soldados. No quiero pruebas de amor inoportunas, sino hombres fuertes, duros como el granito por dentro y por fuera. Lo otro no me interesa. Creí que estaba claro desde el principio” Pío Xilán, tras recibir aquellas dagas heladas, se dejó llevar hasta la boca de metro más cercana. El director de comunicación del Ministerio de Tecnología frunció el ceño y se indignó con el trato que había recibido por parte de su Jefe. -Te vas a cagar, hijo puta, pijo de mierda. Te vas a cagar. Te voy a hundir y tendrás que meterte tu puto orgullo clasista por el culo. Vas a sufrir…-. Musitó aquellas palabras sin saber exactamente cómo hacer para vengarse de su ministro y amante. Al mismo tiempo se maldijo por enamorarse siempre de la persona equivocada y por sentir una atracción destructiva hacia los machos alfa de buena familia con estudios superiores. Lo que más le fascinaba de aquellos tipos era lo bien que olían a Insensé de Givenchy. El rencor le roía por dentro. Una vez en el metro, observó al resto de pasajeros. Aquellas caras tristes le recordaron sus años en la universidad. En el subsuelo de la ciudad todo seguía igual. Parecía que el tiempo se hubiera detenido allí. En aquella época, cuando se metía en los vagones, los únicos que sonreían eran los estudiantes. El resto tenía el semblante gris, apagado, como si la vida les obligara a ingerir un litro de mierda líquida cada mañana. Entonces él creía que se libraría de la tortura de la madurez y la responsabilidad. Alguien lo pisó sin querer. -Por estas cositas no voy en metro. La gente te destroza un pie y ni te pide disculpas. Una persona se tira un pedo y el anonimato de la muchedumbre oculta su agresión. Huele a sobaco y te tienes que joder-. Aquel medio de transporte le hacía sentir mal y le producía un asco tremendo. Ya ni recordaba su último viaje. Fantaseaba con que el metro era una invención de la gente rica y poderosa para desplazarse en coche sin problemas por la ciudad y para mantener fuera de su vista a las clases menos pudientes, para esconderlos como ratas de alcantarilla. Recordó que durante sus años universitarios había llegado a elaborar una hipótesis según la cual, en función de parámetros incomprensibles, pero a conciencia, el consorcio de transportes de Madrid controlaba el humor de los trabajadores parando más o menos tiempo en las estaciones de las líneas.

177


Trató de dejar la mente en blanco, cuando un grupo de estudiantes con carpetas de la Universidad Complutense le recordaron sus fracasos cuando acabó la licenciatura. Lo cierto es que nunca quiso regresar a casa porque suponía una gran derrota. Le habían ofrecido trabajo en “El Progreso” pero postergó todo lo que pudo aquella opción. Dejar Madrid significaba perder la libertad y la autonomía de las que había gozado. Él había salido de Lugo, la aldea infinita, a pesar de las pretensiones de gran capital que se gastaban por aquellos lares, para no volver. Acababa de recibir dos correos electrónicos más, en uno de ellos, PrincellaZ le informaba de la fiesta del Dios Orín esa noche en Cooper. Y el otro le informaba de los últimos teletipos. Los revisó todos uno a uno. Todo seguía igual: el paro aumentaba, el precio del barril de Brent también, un diputado del PON era detenido por conducir ebrio,…Sin embargo, el que más le llamó la atención entre todos ellos era el del cese irrevocable al cabo de un año de su nombramiento del ministro de Educación de Austria. El semanario Die Wolks publicaba que el político había plagiado su tesis doctoral cuando aún daba clases en la universidad pública. La comunidad científica y universitaria lo había calificado de escándalo sin precedentes. Entonces, Pixi se acordó de una conversación con Piñas. Una mañana de domingo, mientras leían juntos la prensa en la cama, vio una fotografía de la última promoción de los becados de una fundación bancaria. -¿Has visto, Augusto, como sonríen todos? Yo hubo un tiempo en el que también me sentí así. Casi me conceden la beca para estudiar el máster en comunicación política a Georgetown. Sólo por intentarlo ya me sentía como si estuviera en lo más alto. Aunque en estas fotos inevitablemente hay alguno que parece esconderse. Como si no quisiera salir en la imagen. Y estoy convencido de que es porque ha mentido para llegar hasta ahí-. -¿Qué chorradas dices, Pío? ¿No ves que todos los expedientes pasan unos filtros y unas cribas que detectan el más mínimo cambio?-. En aquella ocasión Pixi le explicó a Augusto que una noche en una sauna se enrolló con un tipo que había conseguido la beca gracias a unos más que imperceptibles ajustes en su currículum. Nunca fue expulsado por aquello, nunca nadie consiguió saber que había falsificado todo su expediente y, de hecho, desde la obtención de la beca, su carrera académica y vida profesional había sido envidiable. Estaba considerado uno de los mayores expertos en derecho internacional económico y había trabajado para el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. Lo peor es que aquel estudiante era el hijo de un próspero industrial que podría haber pagado la matrícula del postgrado.

178


Pixi nunca dio importancia a que las respuestas de Augusto destilaran un hedor clasista repugnante. -Vamos, Pío. Tienes que verlo de este modo. Es mejor que le hayan dado la beca a una persona así-. -¿A qué te refieres?- le preguntó Pixi fastidiado. -Ya sabes lo que quiero decir. Si todos fueran muertos de hambre como tú, esas becas perderían todo el prestigio… El mundo necesita verdaderos líderes, y de vez en cuando hay que echarles una mano. La impostura impera. Está en todas partes-, sentenció Piñas con una sonrisa tomándole el pelo. -Vete a la mierda-. El traqueteo del metro lo devolvió a aquel vagón. Pensó que si le hubieran concedido la beca para estudiar en Georgetown las cosas podrían haber sido un poco diferentes. -Augusto, aquel día tenías que haberte callado. Tenías que haber cerrado tu boquita de niño pijo. Deberías saber que a todo cerdo le llega su sanmartín. Pero gracias, gracias, Augusto por contarme que destinaste una parte del presupuesto de la Dirección General de Desarrollo de la PYME para financiar la visita del Papa a España porque te lo pidió el presidente del Gobierno. Imbécil-, dijo en voz alta imaginando que lo tenía delante. La gente que le observaba gesticular en el fondo del vagón, se preguntaba si sería un actor ensayando su papel o un hombrecillo bipolar a falta de su tratamiento diario. Pixi se apeó en Chueca, realizó dos llamadas y pasó el resto de la tarde con el director de un periódico. Después recorrió los locales que más le gustaban del barrio para hacer tiempo hasta la fiesta del Dios Orín en el bar Cooper. Aquella fue su noche mágica. A la entrada del local le pusieron en la solapa, al igual que a todos los asistentes, una mariposa de celofán. Y Pixi miró al lepidóptero y le dijo: -Ladra, mariposa; aúlla si puedes. Me gustaría escuchar la melodía de tus gritos. Pero sabes qué pasa, bello insecto, que esta noche la constelación de las estrellas no es favorable para los poetas. Esta noche vencerá la verdad sobre la impostura. La artificiosidad de las palabras no ha lugar-. Y Pío Xilán se retiró al cuarto oscuro después de meterse dos rayas de “una perica en roca excelente”. ***

179


El móvil arrancó a Teresa de un profundo sueño. Ese día no necesitaba madrugar porque a media mañana la recogerían en su casa para viajar a Cádiz. -¿Sí, diga? ¿Quién es?-, preguntó casi sin vocalizar. -Buenos días, Teresa. Soy Manuel. No hay tiempo para muchas explicaciones. Necesito que vengas inmediatamente al Ministerio. Tenemos un problema y por favor intenta localizar a Pixi. Ha pasado algo muy grave. Lo estamos intentando parar en los matinales de televisión y radio, pero es imposible, aquí en prensa sólo hay un becario. Presidencia también está detrás de esto y ellos han convocado una rueda de prensa para mediodía. La Stano me ha pedido por favor que te llamara. Venga, Tere, ponte las pilas. Hoy va a ser un día muy duro. Por cierto, olvídate del viaje de placer a Cádiz-. La voz de Manuel sonaba inusitadamente pavorosa e intranquila. Teresa pensó que debía haber ocurrido algo muy grave para cancelar el viaje a Cádiz. -¿Qué ha pasado? ¿Por qué no vamos a Cádiz? Me he quedado toda la noche escribiendo el discurso del ministro-, preguntó Teresa mientras ponía la radio en busca de alguna información más concreta. -Pixi la ha cagado, pero bien, y lo van a cesar en cuanto llegue por aquí. La ha cagado, pero bien. Tengo que dejar esta línea libre. Te va a llamar ahora mismo la Stano-. Manuel ni se despidió. La jefa de gabinete no le dejó decir ni una palabra. -Te necesito en el despacho en quince minutos. Un coche de incidencias del Ministerio ha salido ya a buscarte. Desde este mismo instante asumes todas las competencias de Pixi. Oficialmente aún no está cesado, pero su cese se publicará hoy mismo en el BOE. No te lo voy a repetir, pero desde este momento el Ministerio no hace ninguna declaración. Estamos vetados por Presidencia. No se coge ni una sola llamada y Presidencia gestiona esta crisis-. Tras aquellas palabras colgó el teléfono. Teresa seguía sin entender nada, se metió en la ducha y se preparó para lo que intuía como una grave situación de crisis. Al llegar al Ministerio, Teresa empezó a comprender el alcance de la situación. -Fuck you, fuck you, fuck you -, decía Augusto describiendo círculos en la puerta de su despacho. Levantó la cabeza y se detuvo. Caras estupefactas le observaban a la espera de su explosión. Entonces cambió de idioma y se dirigió hacia las mesas en las que se agolpaban los de prensa, los asesores y la jefa de Gabinete.

180


-Me cago en la puta de oros y en la puta madre que parió al hijo de puta de Pixi. ¿Dónde está ese hijo de la grandísima puta?-. Los gritos de ira de Augusto Piñas se podían oír por toda la planta. -¿Me quiere explicar alguien qué es esta puta mierda?. ¡Qué alguien encuentre a Pixi ya!-. La indignación había transformado la cara del ministro. -Esto me pasa por bajar la guardia, coño, por bajar la guardia-. Manuel le mostró la portada del periódico El Peninsular. Teresa entendió entonces el significado atribuido al cuarto poder. Un titular a cinco columnas con un subtítulo, hacía tambalear toda la gestión de Augusto Piñas: “Piñas costeó parte de la visita del Papa con fondos de ayuda a la PYME” Tecnología contó con el visto bueno de Moncloa El ministro de Tecnología, Augusto Piñas, empleó unos 3 millones de euros de la Secretaría General de Desarrollo de la PYME para costear parcialmente la visita del papa Benedicto XVI a España el pasado mes de septiembre, tal y como se desprende de un informe del citado Ministerio al que ha tenido acceso este rotativo”. El Peninsular reproducía los párrafos más interesantes del documento y adjuntaba la portadilla del mismo con el membrete oficial. Augusto Piñas sintió como el frío entraba por las anchas grietas de su mundo en declive.

181


17. Los dioses nunca tienen resaca

-Estoy convencida de que los dioses, aunque beben mucho, nunca se despiertan con resaca, ni con cansancio, ni con sensaciones raras-, pensó Teresa. -Tengo que empezar a olvidarme de la coca, del tabaco, del alcohol y de comer cualquier cosa a deshoras-. Seguía en la cama y estaba mortalmente exhausta. Sin embargo, no tenía mucho sueño. La noche anterior había trabajado hasta tarde. Su cráneo era un sonajero de canicas de hierro, golpeado por un martillo pilón, y le dolían los huesos y las articulaciones. Había acabado hacia las tres y media el discurso que el ministro debía pronunciar en la inauguración, al día siguiente, de un Centro de Residuos, financiado por el Ministerio. Después, le costó dormirse. Estaba muy tensa ante la idea de su visita a la Clínica de Fertilidad. Tenía cita desde hacía tres semanas y ni se lo había planteado hasta que se tapó con el edredón. Si bien la maternidad como idea le torturaba desde hacía tiempo en momentos puntuales, había conseguido no darle demasiada importancia. Estaba ahí, pero sin tratarse de algo preocupante. Hasta ese preciso día, había controlado sus miedos y sus inquietudes sobre los embarazos y los bebés. El ritmo salvaje de trabajo y los requerimientos de Augusto le habían permitido dejar el tema de lado. Pero, a unas horas de dar el paso, en cuanto se relajó, su cerebro entró en erupción. Por eso, esa mañana, nada más poner los pies en el suelo, buscó desesperadamente un cigarrillo, calculando las posibilidades de que ese fuera el último, como el postrer placer de un reo condenado a muerte. Tras una búsqueda intensa e infructuosa, cambió de planes. Se duchó sin heroicidades: con agua caliente. Se preparó un té y volvió a leer el texto que había escrito hacía unas horas, tal y como era su costumbre, para tomar distancia, darle los últimos toques e introducir alguna “morcilla”. Eran coletillas que otorgaban a la lectura del discurso un tono más coloquial y cercano del ministro para con su audiencia. Aquí un “como les decía antes”, aquí un “pero es que lo que realmente me importa es”, aquí un “quisiera añadir” y aquí un “no me quiero extender para no aburrirles”. Además, revisó con temor, pues no quería que tildaran a Augusto Piñas de catastrofista, el párrafo que le había ordenado Esther Stanovich que introdujera en el discurso. Argumentó que se trataba de “nuevos conceptos que debían empezar a calar en la opinión pública”. Según le explicó en esa conversación del día anterior, eran consignas dictadas desde la presidencia del Gobierno y le tocaba hacerlo a todos los ministros, sin excepción. -Mierda con la Stanovich. ¿Me toma el pelo?-.

182


Intentó recordar con detalle las palabras que le había dicho la jefa de gabinete. Aún disponía de una hora antes de salir de encontrarse con su propio terror a la fecundidad. -María Teresa, el presidente del Gobierno nunca da malas noticias, para eso tiene a los ministros-, le comentó la jefa de Gabinete. -Esther, es que ahora no es el momento más adecuado para que Piñas haga este tipo de declaraciones. ¿No debería comunicar algo así un secretario general o un secretario de Estado, aunque forme parte de nuestro ideario?-, preguntó Teresa maliciosa y con muchas sospechas. -Creo que no necesitas que te recuerde nada. No te pongas brava-, dijo Esther Stanovich. -Sí, bien, tienes razón, tú eres la jefa de Gabinete, pero piensa que en el Ministerio no se entenderá muy bien que su propio equipo le diga a Piñas que tiene que embadurnarse con la mierda de otros-, apuntó impertinente Teresa. -Limítate a hacer lo…-Vale, vale-, cortó Teresa sin dejarla acabar. El sospechoso informe, remitido por la Stanovich con el membrete de la Presidencia del Gobierno, tenía una hoja de ruta muy clara, incluso destacada en letras rojas. “Los gobiernos lograrán ganarse con mayor facilidad a la opinión pública incentivando la denuncia de los privilegios (en especial la estabilidad laboral) de los acomodados del sector público, quienes supuestamente viven a costa del conjunto de los contribuyentes”. Aquello podía desgastar a Augusto, que no necesitaba algo así. Al final lo resumió todo en unas escurridizas palabras. “Ha llegado la hora de afrontar con determinación el gran reto del déficit público y, por lo tanto, vamos a realizar un ajuste importante en la Administración que requerirá un esfuerzo colectivo, que al final nos beneficiará y nos reforzará a todos”. No estaba de buen humor. Los días libres nunca eran buenos para ella. Cerró el documento y lo envío al archivo común de la intranet del Ministerio, como hacía siempre, con copia al gabinete del ministro y al director de comunicación. Pensó en Pixi, cesado por desvelar la historia de los fondos de las PYMES para financiar la visita del Papa. Releyó el mensaje que le había enviado esa noche. LA VIDA ES UNA MIERDA -Este chico no está centrado-, dijo Teresa en voz baja al tiempo que apuraba su té y se acababa las tostadas. Se sacudió este pensamiento sobre Pixi y trató

183


de concentrarse en la conversación que mantendría con el doctor especialista en fecundación in vitro. Teresa sabía que no iba a visitar la clínica plenamente convencida de su maternidad, todo lo contrario; esperaba incluso que verse entre batas blancas y fotos de bebés probeta la disuadiría de ser madre. De este modo, definitivamente, podría abandonar aquel proyecto. En realidad, ahora se percataba de que su obsesión con los niños no respondía a ninguna necesidad, sino a una presión que no sabía de dónde podía venir. Era algo que le corroía por dentro desde que llegó a Madrid y se había disparado, hasta convertirse en tortura, cuando supo que la diputada por Ávila había usurpado su papel de madre de los hijos de Matías Luque. Se preguntó qué piensa un hombre para decidir que una mujer y no otra será la madre de sus hijos. Pero aquello era una chorrada. -Pero qué chorrada. Los hombres no deciden nada, todo depende de la firmeza de las decisiones de las mujeres y de los precios que están decididos a pagar esos hombres para seguir disfrutando de los cuerpos y las compañías de esas mujeres-, dedujo. Hoy voy al médico. Luego te cuento Dirigió este mensaje de texto en el móvil a Desiré para restarle dramatismo a la situación y ésta contestó en seguida. No esperaba esa respuesta tan rauda dado que la periodista debía estar en directo en su programa de la radio. Ya verás qué majo es. Háblale claro y no tengas miedo. Decidió ir andando a la consulta ya que, aunque estaba lejos de su casa, tenía mucho tiempo por delante. Era una mañana fría y el suelo estaba mojado por la lluvia nocturna. Cuando algo machacaba su universo consciente, su entorno se tematizó de repente con lo que le estaba mordiendo el cerebro y el corazón. Empezó a tropezarse con mamás empujando carritos, niños que iban al colegio con sus mochilas alborozados por el encuentro con sus compañeros de clase, mujeres que exhibían con prepotencia sus vientres abultados por la gestación, como reprochando a las otras mujeres que no estuvieran esperando hijos. Esto le había pasado cuando rompió con Matías. Al llegar a Madrid, sólo veía parejas amorosas que se metían mano y que se paraban a cada paso para sellar su amor y su deseo. En el periódico de la sala de espera, Augusto Piñas entregaba sonriente los premios a la innovación en medicina. Estaba tan ufano y parecía tan seguro de sí mismo en esa foto. Nada que ver con el hombre desmadejado con camisa de negra suelta en su sofá minimalista o el pelele en el que se convertía cuando comparecía en las Cortes. Leyó el pie de foto: “Piñas entrega el premio a toda

184


una vida de labor científica a Cayo Sotelo, director del Instituto de Biomedicina de Málaga”. Pensó que un hombre como él merecía el éxito. Se compadeció del nieto del prisionero amigo de los nazis. -¿Teresa Baltar, por favor?-, escuchó una voz femenina que cortaba el silencio en dos. Sólo había dos personas más en la sala de espera. Un hombre y una mujer con aspecto triste que se daban la mano. Le entraron ganas de vomitar y pensó en escaparse al baño. Pero se levantó recogiendo el bolso y el abrigo. La enfermera le abrió una puerta que dio paso a un despacho grande y oscuro, sin ventanas. Un hombre bajito y corpulento, con gafas pequeñas y una calva exhibicionista se levantó y le tendió la mano. -Soy el doctor Llorente, Teresa. Bienvenida. Siéntate y explícame-. Teresa se sintió tan sola que ni siquiera pudo sonreír para responder agradecida al cálido recibimiento. Le entró frío y miedo. -Gracias. Vengo para informarme de…-, dudó, -de cómo hacer para tener un hijo. Quiero decir, tener un hijo aquí, sin padre-. El doctor Llorente no hizo el menor intento de ayudarla con los conceptos y permaneció sonriente ante el torrente de incomodidad que expulsaba Teresa. -A ver. Creo que quiero tener un hijo, pero no estoy segura. Y si usted me informa del proceso, los plazos, el precio y los inconvenientes, podré tomar una decisión-. Aprovechó para arreglarse el pelo mientras sonreía. -Me han hablado muy bien de usted y confío en que me pueda ayudar-. El teléfono de Teresa vibraba en el bolso sin cesar. -Muy bien, Teresa. Lo primero es que no te lo plantees como algo negativo. Me hablas de inconvenientes, de precios, de plazos. Debes empezar por pensar en la maravilla que es traer un ser a este mundo-. -¿Maravilla?-, pensó Teresa y se tensó como un resorte. -Yo te informo de todo y te doy unos folletos y tú te lo piensas. Tener un hijo es algo muy importante para que lo hagas depender del precio-, parecía que le regañaba por su torpeza, por no saber plantearse las decisiones importantes de su vida. Se quedó mirándola inquisitorio. -Vale. Igual no estoy haciéndolo bien. Pues… Suponiendo que quiera tener un hijo, cosa que a usted no debe interesarle si es así o no, o cuáles son mis motivos o no motivos, ¿me podría explicar qué debo hacer?-.

185


-Relájate, Teresa, ya sé que esto no es fácil. No es la primera vez que me encuentro con una paciente que me quiere dejar al margen de su problema. Piensa que sé lo que tienes en la cabeza y conozco tus angustias. Me dedico a esto-. Teresa estaba ya muy molesta con esos comentarios tan previsibles y condescendientes, cuando el doctor Llorente le tomó la mano suavemente. Empecemos de nuevo, ¿quieres tener un hijo con esperma de donante?, ¿es así?-. La cabeza de Teresa asintió sola sin su consentimiento. -Me vas a esperar un minuto y voy a traerte unos trípticos explicativos. Después te citaré para las pruebas previas. Espérame, regreso enseguida-. Cuando el doctor dejó el despacho, Teresa abrió su bolso y hurgó nerviosa buscando el móvil, pero con la esperanza de encontrar un pellizco de cocaína. -Puto teléfono, ni en día libre me dejan en paz-, masculló. Cuando la reluciente calva del doctor Llorente regresó al despacho, lo encontró vacío. La futura madre soltera había huido de la quema. -Dígame qué le debo por la visita, por favor- dijo Teresa en el mostrador de la consulta. -Son 200 euros-, le informó una bata blanca. En el taxi que la llevaba de camino no previsto al Ministerio, volvió a leer los 7 mensajes después de 12 llamadas perdidas. Estaba horrorizada, vuelta del revés como un calcetín. Temblaba y era incapaz de escribir mensajes o devolver las llamadas. -Dios mío, se ha suicidado. ¿Pero qué ha hecho?*** -Mierda, mierda, mierda-, Pío Xilán gritaba con rabia con las lágrimas que brotaban sin parar. Se paseaba en calzoncillos y con unos calcetines de Hello Kitty para no coger frío. Era de noche y había encendido todas las luces de su ático. Bebió whiksy de malta directamente de la botella mientras mandaba un sms a Teresa. LA VIDA ES UNA MIERDA Abrió el ventanal del balcón y miró hacia el parque. Dio un grito con todas sus fuerzas simulando ser un lobo. Pepar, su Yorkshire se puso a ladrar como un loco.

186


-Calla, perro de mierda. Ya me he dado cuenta de que nada era como tenía que ser. Me cago en la puta… ¿Por qué las cosas me salen así? Pero me da igual, estoy hasta los huevos. Esta noche es mi noche. Esta noche me acercaré más que nunca al sol y mis alas de cera se fundirán. Así caeré para siempre-. Pixi, se acabó la botella de whiksy, tomó un poco de ácido, cogió a Pepar en sus brazos para acariciarlo e intentó calmarlo. Apretó muy fuerte a su perro que volvió a ladrar. -Yo no soy más que una mariposa maldita, quiero aullar, pero no puedo. Sólo quiero volar hasta el sol en esta noche especial. -Miró hacia el balcón, empezó a gritar, tomó carrerilla y se lanzó al vació desde su piso de la calle alcalde Sainz de Baranda muy próximo al parque del Retiro. *** En el Ministerio imperaba un ambiente desconcertante. Aparentemente, todo seguía igual. Augusto Piñas mantenía una reunión con un ministro británico y cada persona hacía su trabajo como cada día. Nadie hablaba, pero detrás de algunas puertas se escuchaban sonoras carcajadas. Teresa pensó que lo imaginaba todo, que su susceptibilidad le jugaba una mala pasada. -Joder, Teresa, llevo llamándote toda la mañana, coño-, le dijo Manuel excitado y con el rostro desencajado. -¿Qué coño ha pasado?, ¿el ministro sabe ya lo que ha ocurrido?-, preguntó Teresa. Manuel le dio algunos detalles proporcionados por la investigación policial. Se desconocían los motivos, pero todo indicaba que Pixi se había lanzado al vacío, asido a su Yorkshire, tras ingerir grandes dosis de alcohol y barbitúricos. Su cuerpo impactó contra un taxi del que descendía una pareja. El cuerpo se encontró prácticamente desnudo. Sólo llevaba puesto un slip verde pino muy ajustado con los bordes blancos y unos calcetines de Hello Kity. Pixi murió volando. Su corazón no resistió la impresión del viaje y llegó muerto al suelo. El forense había determinado, tras una primera valoración, que no sufrió en exceso. Sin embargo, Pepar, el animal, corrió peor suerte. El techo amortiguó su caída y el impacto fue inferior, lo que prolongó su agonía. Finalmente, la policía municipal optó por sacrificar al perro al comprobar que no existía ninguna posibilidad de supervivencia. Cuando Augusto Piñas finalizó la reunión, Teresa pasó a verle. Esperaba encontrarse con alguien destrozado por la muerte del director de comunicación,

187


pero se topó con una persona sonriente y tranquila que, con el trasero apoyado en su mesa de trabajo, tomaba una tacita de café y releía unas notas. -¿Cómo estás?, ¿Sabes ya lo de Pixi?, ¿Te encuentras bien?- inquirió Teresa al ministro. Augusto Piñas se había quitado la americana y llevaba las mangas de la camisa plegadas. Al oír a Teresa la miró y le lanzó una sonrisa. Se quedó completamente asombrada por su frialdad. Ni se había inmutado y le constaba que conocía perfectamente los detalles del suceso. -¿Quieres que te pida un té, Te-ssy?-, le preguntó separando las sílabas de su nombre intencionadamente. -Siéntate, querida. Acabo de mantener un round con Stormont y lo he dejado K.O. Ahora debo informar personalmente al presidente. Quédate, me vendrá muy bien que estés aquí a mi vera. ¿Sabes? en Presidencia no tenían tiempo para atender a Stormont y me pasaron ayer por la noche la encomienda, como un favor personal para el presidente. No me pude negar. Desde su gabinete me redactaron unas notas con dos peticiones y lo he hecho níquel-, dijo Piñas entre satisfecho y pretencioso, guiñándole un ojo a Teresa. Su gesto era desconcertante y sus palabras dejaban bien claro que la carpeta de Pixi se había archivado en un cajón. Sonó el teléfono. La secretaria del ministro llamaba para informarle de que tenía al presidente del Gobierno en línea. -¿Qué pasa, campeón?-, preguntó Piñas, mientras miraba a Teresa con una sonrisa de oreja a oreja y levantaba el pulgar de la mano derecha indicándole que lo tenía todo bajo control. La voz del presidente tan solo se oyó como un rumor lejano. -Pues, no. No tenía intención de ir a comer con vosotros el domingo, pero si me lo pides así, iré-, dijo el ministro. Augusto Piñas cambió el semblante gradualmente. Escuchaba ahora más serio las palabras al otro lado del hilo telefónico. Teresa se puso en guardia, irguió la espalda y permaneció atenta a cualquier posible indicación. -Sí, claro hemos hecho lo que nos dijiste. Pero tú no habías hablado de ningún contrato de alta velocidad con los americanos. Presidente, si me lo hubieras dicho antes nos habríamos repartido con el Reino Unido las concesiones petrolíferas del Golfo Pérsico para favorecer a Estados Unidos-, dijo Piñas, poniéndose lívido. -Sí, bueno, podemos renunciar, pero entonces también perderemos la construcción del oleoducto. Y eso nos ha costado unos cuantos chanchullos con los ingleses y sus molinillos y sus placas…-, se defendió Piñas.

188


Teresa se levantó para acercarse, pero Augusto le indicó con la cabeza que no lo hiciera. -No… no… no… e… eee… eso no es lo que me habíais pedido… No, no, no es eso lo que pone en las notas… Me, me, me, me las pasaron ayer tus colaboradores… Sí… Yo, yo, yo no sabía nada de todo esto-. El ministro estaba cada vez más serio. Sus balbuceos le delataban. Había entrado en barrena y caía al vacío sin control. Con un gesto ordenó a su asesora parlamentaria que cogiera dos enormes carpetas que estaban sobre una mesita auxiliar llenas de informes. En las carpetas se leía con enormes letras rojas mayúsculas OLEODUCTO y MOLINOS. Teresa puso los ojos como platos al darse cuenta de que aquellas eran las “notitas” que le habían pasado desde Presidencia. -Yo… yo no me estoy forrando con, con trampas… ¿Qué… Qué… Qué estás diciendo?-. El ministro empezó a sudar. Era incapaz de encontrar las hojas que quería utilizar para responder al presidente del Gobierno. También crecía la impotencia de Teresa ante esa estúpida trampa humillante. -Pri… Pri… primero, no… no parezco una gallina clueca. Y se… se… segundo, no… no he jugado a dos bandas. No he adjudicado contratos millonarios a americanos y emiratís para asegurarme el pan cuando salga de aquí… No es verdad y si es necesario estoy dispuesto a demostrarlo-, dijo cabizbajo, tratando de contener su ira. Augusto Piñas escuchaba la respuesta del presidente desamparado. Teresa sintió compasión por aquel hombre. Parecía un niño derrotado al que acababan de castigar. -No… no me importa que te hayan llamado de ese periódico para decirte que lo van a publicar. ¿Sabes cómo me siento yo?, ¿no quieres saberlo, presidente?-, replicó airado con una furia inusitada e impropia de su educación. Secuestrado. Me siento secuestrado y atado de pies y manos-, Piñas soltó su segunda y sorprendente bomba. -Me la habéis jugado. Esto es un traición-. Teresa se puso al lado de su ministro y se colocó a su lado cogiéndole la mano para mostrarle todo su apoyo, ignorando que pronto se produciría un seísmo de proporciones imposibles de calcular. Piñas se despidió del presidente, seco y formal, luego miró a Teresa agradecido y le pidió que saliera. Aquella noche, Teresa salió con su gran amiga Desiré para convertirse en Teresa, la alquimista, e intoxicar a todos los periodistas en caso necesario. Quería comprobar de primera mano si el suicidio de Pixi podría comportar

189


algún riesgo para Augusto Piñas. Formaba parte de su trabajo en aquel momento de crisis. En el coche de Desiré, mientras se dirigían al Fast-Track, un garito que frecuentaban periodistas parlamentarios, Teresa sedujo a su amiga. -¿No has pensado alguna vez en entrevistar a un tío importante de Oriente Próximo o a un jeque de Arabia Saudí o a un príncipe heredero de los Emiratos? Nosotros tenemos muchos contactos en los Emiratos Árabes-. -¿Por qué me dices esto, Teresa? Si quieres que te eche una mano no es necesario que me compres, guapa-. -Ya, ahora dices eso, pero ¿has imaginado lo guapa que estarías en televisión con un pañuelo en la cabeza, tapándote tu pelazo, y haciendo preguntas inquisitorias sobre los derechos humanos en el país, después de hacer un par de preguntas amables sobre las energías renovables en los Emiratos? ¿Te lo imaginas, Desirée?-. -¿Me estás tendiendo una trampa chapucera, Teresa? Además hablas de la tele y yo trabajo en la radio-. -Ya, pero tu programa tiene una gran audiencia y podrías perfectamente hacer una entrevista cojonuda en la televisión para arrastrar a más espectadores… Ayúdame esta noche a saber de qué pie cojean tus amiguitos con lo del suicidio de Pixi y la entrevista es tuya. Te lo prometo-, zanjó Teresa. La noche en el Fast-Track se disolvió entre frivolidades y chistecillos graciosos de los periodistas sobre los calzoncillos de Pixi sin darle mayor importancia a su suicidio. El único tema que les preocupaba era quién sería su sucesor, convencidos en los más profundo de sus entrañas que quizás alguno sería el escogido. Sin embargo, el trending topic de aquella noche en las redes sociales periodísticas, con epicentro en el bar de copas Fast-Track, era la coronación de Desiré como nueva directora de comunicación del Ministerio de Tecnología. RT @mramos la pasean para que veamos que ya está #dentroconellos RT @lucigarcia RT@mramos QUÉ FUERTE NO HAN ESPERADO A QUE EL CUERPO DE @pxilan ESTUVIERA FRÍO #TE CAGAS #suicidiodepixi NO TIENEN VERGÜENZA #esparacagarse El periodismo se demostró una vez más tan ineficaz y tan desinformado como siempre. Un ejército de porteras escurría la estupidez con sus fregonas para convertir todo aquello en información veraz.

190


18. Motores de explosión

“Un kart es un vehículo a motor terrestre monoplaza sin techo o cockpit, sin suspensiones y con o sin elementos de carrocería, con cuatro ruedas no alineadas que están en contacto con el suelo. Las dos ruedas delanteras ejerciendo el control de dirección, y las dos traseras conectadas por un eje de una pieza que transmiten la potencia de un motor, generalmente monocilíndrico. Sus partes principales son el chasis (comprendida la carrocería), los neumáticos y el motor”. Había encontrado esta explicación en Wikipedia. Teresa quería saber con qué se encontraría en su aparentemente banal cita con Pablo Solozábal. Sospechaba qué era un kartódromo, pero lo que recordaba era una instalación al aire libre en las afueras de Arévalo a la que había acudido siendo una niña. __________________ De: Pablo Solózabal Fecha: 10 de marzo de 2011 11:02:12 GMT+01:00 Para: Baltar, Teresa Asunto: sábado, karts ___________________________________________________ Nos vemos en el kartódromo de Las Rozas el sábado a las 11:00h. Ponte el chándal. Reserva el día completo. Un saludo, P.S. ______________________ De: Baltar, Teresa Fecha: 10 de marzo de 2011 11:31:16 GMT+01:00 Para: Pablo Solózabal Asunto: Re: sábado, karts _____________________________________________________ No sé si tengo todo el día, Pablo. Pensaba comer con unos amigos en la sierra. A las 11 podré estar donde me dices pero no prometo tener todo el día. Teresa ______________________

191


De: Pablo Solózabal Fecha: 10 de marzo de 2011 11:42:03 GMT+01:00 Para: Baltar, Teresa Asunto: Re: sábado, karts _______________________________________________________ No te resistas, Teresita de Ávila, esto es trabajo y alta política. Un saludo, P.S. ______________________ De: Baltar, Teresa Fecha: 10 de marzo de 2011 11:47:11 GMT+01:00 Para: Pablo Solózabal Asunto: Re: sábado, karts ________________________________________________________ Ok, a las 11. Teresa

La asesora parlamentaria había calibrado los riesgos rebozados en pereza que presentaba esa cita con Pablo y, aunque estaba acostumbrada a sus puestas en escena para sus encuentros, la sorpresa y la humillación siempre estaban incluidas y cabía esperarlas. Trató de escabullirse de la desagradable perspectiva de un día completo con El Gran Señor de la Política, pero lo de sus amigos de la sierra sonaba a estúpida mentira. Reconocía que tenía pocos argumentos de peso para evadirse de un sábado en el que Pablo sabía muy bien que no tenía ningún compromiso de trabajo. Observaba boquiabierta los vídeos que había encontrado en Internet con imágenes del local al que iría el sábado. Se trataba de vehículos monoplaza en que el máximo placer consistía en disfrutar de la velocidad, con pocos riesgos, y sentirse como un piloto en plena expulsión de adrenalina. No sabía que estaba sonriendo abiertamente sola en su despacho hasta que Manuel la devolvió al Ministerio de Tecnología. -Eh, ¿mola este curro, no? Parece que te lo pasas en grande-, dijo Manuel con su portátil en la mano y entrando sin apuro. -Ah, Manuel, sí, es una chorrada. Estaba viendo un vídeo de carreras de cochecitos de esos de karting. Menuda memez-.

192


-Yo es que no tengo el gen de la motorización, la verdad. Odio conducir. Mi chica es la que conduce y entiende de marcas de coche. Deja esa mierda ya y escucha esto-, Manuel se sentó y colocó la pantalla de su portátil ante sus narices. -Es un informe de la motocicleta eléctrica del departamento de movilidad sostenible que cita un proyecto en Arévalo de tu Matías-. Teresa leyó desorientada entre las líneas con una lectura vertical tratando de encontrar el nombre de Matías Luque. -Aquí, Maite, aquí. En Proyectos e Inversiones-, Manuel manejaba alocadamente las flechas del teclado subiendo y bajando el documento que bailaba en la pantalla-. -“Merece especial consideración el proyecto presentado por Luque Voltage S.A. (empresa radicada en Arévalo, Ávila, y dirigida por el empresario Matías Luque)”-, Teresa leía en voz alta con el ceño muy fruncido, -“por las altas prestaciones que presenta el prototipo en autonomía, recarga de batería, velocidad y precio, en relación con un vehículo equivalente de explosión…” Pero, ¿qué coño? ¿Luque Voltage?-, lo dijo con un deje en francés, -¿altas prestaciones?... Me cago en la leche-. -Sí, Maitechu, tu ex se ha metido bien metido en las subvenciones de movilidad sostenible, en las de innovación aplicada e incluso en las de capital públicoprivado. Es un genio el colega-. Manuel se reía a carcajadas y Teresa se comía las uñas. -Esto,¿quién lo lleva? ¿el Pachamama?-, preguntó indignada. -Bingo, el supergordo secretario de Energías de la Madre Tierra, el chupacoños de la Stanovich. Debo vomitar, pero no puedo porque me estoy partiendo-. -Joder, joder. Y yo investigando los putos karts-. Teresa se quedó pensativa, albergando enrabietada sensaciones de despecho y humillación, porque se sentía idiota, porque aún soñaba con Matías y con el bebé rosado que iba a tener con María Cabañeros. -¿Está el Jefe?-, le preguntó a Manuel. -¿Piñas?, no hija. Ni está ni se le espera. Parece que no pasa por un buen momento. Últimamente se le amontona el mal rollo. Será culpa de la escenita victoriana que le montó Pixi. Yo también estaría cagado. Menudo suicidio, si es que fue idiota hasta el final-, dijo Manuel. -Basta, niñato, deja de decir estupideces-, saltó Teresa que se negaba en rotundo a abordar el tema homosexual o personal del ministro.

193


Comprendía desde hacía semanas, desde que había vivido episodios de tanta complicidad con Augusto, que nunca más dudaría de su integridad. Se creía en posesión del ánimo de Piñas, fiel protectora y mano derecha del hombre caído y se sentía capaz de rescatarlo en un arrebato de abnegación abulense. Manuel era su amigo, pero no estaba dispuesta a escogerle a él si para ello tenía que denostar al ministro o mostrarse condescendiente con los comentarios malintencionados de su colaborador, que buscaba una comunión cósmica con ella. Al fin y al cabo ella había sido quién le había contado a Manuel su descubrimiento de la relación entre el ministro y el director de comunicación. Pero desde aquello había llovido mucho en su corazón de buena samaritana y en sus aspiraciones de asesora-promesa. Pero de todo eso, el bueno de Manuel Sola no tenía ni idea. Con el suicidio teatral del director de comunicación todo parecía haber cambiado en las dependencias del Ministerio, como si la presencia molesta y extraña de Pixi hubiera sido hasta entonces el impedimento para el natural fluir de las relaciones y las decisiones de ese grupo humano tan desestructurado. -Vale, chata, cambio y corto-, Manuel arrebató su portátil de la mirada de Teresa, que no había levantado la vista de la pantalla ni siquiera para llamarle niñato, y salió del despacho visiblemente ofendido. *** Augusto Piñas no montaba en moto desde que en su estancia universitaria se alquiló una Indian para recorrerse entera California. Había pasado la mañana tumbado mirando al techo de su apartamento, dos plantas más arriba de donde hervía su equipo de soldaditos de plomo. No había conseguido salir del aturdimiento que le había dejado de propina la pastilla para dormir, hasta que cayó la tarde. Con traje y casco negros, cual ángel vengador, se subió a lomos de una siete y medio que le había prestado Urbano, uno de sus escoltas. Llevaban meses hablando de motos y Piñas fue alimentando la idea de volver a disfrutar de la libertad de conducir una máquina sujeta entre las piernas. Su escolta le había ofrecido en varias ocasiones la suya propia y Augusto escogió ese día para aceptar la oferta de Urbano. Mientras el sonido sordo del motor resonaba en el vacío del casco, soñaba con su adolescencia, con el tiempo de señorito privilegiado, sin responsabilidades y sin problemas. Para Augusto Piñas todo había ido sobre ruedas hasta ahora. Dio varias vueltas a la circunvalación de Madrid por la M-40, sin prisas, sin tomar decisiones ni llegar a conclusiones. ***

194


-Fíjese, qué despilfarro, ¿en qué ciudad de Europa ha visto usted que hayan cambiado el suelo de las plazas y las farolas y los semáforos en los últimos 20 años? Si es que…En otros países, les basta con mantener el funcionamiento del mobiliario urbano. Nosotros, no. Somos más chulos que nadie. Hasta las papeleras las cambian para que sean más modernas. Y todo para que haya alguien que se embolse la pasta. Este país es una mierda. Y mire qué carreteras, son como nuevas. Yo es que no lo entiendo, hemos dilapidado el dinero público a lo tonto en estos treinta años. Tenemos democracia, pues venga, a celebrarlo. ¡Somos la hostia! ¿No te digo? Una mierda, este país es una mierda-, dijo el taxista que desparramaba sus nalgas por el asiento protegido por una funda de rayas. El trayecto hasta las afueras de Madrid el sábado por la mañana se había convertido en un mítin enardecido pronunciado por una especie de autómata en el diestro manejo del vehículo que no pasó de 90 por hora en la autovía. El hombre había escuchado pacientemente las noticias de la radio y cuando empezaron los temas de los deportes, bajó violentamente el volumen y se marcó un monólogo de 40 minutos sobre la corrupción y la mala gestión de las obras públicas. Era la política del taxi. Teresa no escuchó prácticamente nada de la arenga del taxista, que le miraba sin recato las piernas por el espejo adjunto que usaba habitualmente para tener imagen del pasajero y así, si llegaba el momento, poder prever un movimiento sospechoso que le pusiera en peligro. Sin embargo, el uso que le daba hoy al espejito no era ese exactamente. Estaba satisfecha de haberse puesto esa falda tan corta con los zapatos de Jil Sander. Se sentía tan poderosa exhibiendo sus armas, que los tacones suponían la última pieza imprescindible para ser importante frente a Pablo Solozábal. Él le había pedido que se pusiera chándal, pero ella no picó el anzuelo, no. Aún recordaba sus burlas sobre su conjunto negro de algodón cuando él la visitó en su casa. -El muy imbécil se pensará que voy a ser tan paleta para ir en chándal. Te vas a cagar, Pablito. Aquí llega Teresa de Ávila-, y pensando en ello, se adentró en el kartódromo. -Ei, aquí, acércate… Vamos entra. Te dije que trajeras chándal. Por Dios, ¿eres boba?-. Pablo Solozábal le hablaba agitando los brazos desde un pequeño kart. Su voz sonaba opaca y lejana dentro del casco. Estaba perfectamente insertado en el hueco del cochecito, como un niño grandote al que se le ha quedado pequeño el juguete.

195


-¿Pablo, qué mierda es esta? Estás como una cabra, ¿sabes?-. A pesar de sus palabras, Teresa no parecía contrariada, sino divertida. Se aproximó al Poderoso Hombre Sentado hasta dejar la cabeza de Solózabal a la altura de sus muslos. Se agachó y se dieron dos besos. Pablo sudaba al sacar su cabeza del casco. -¿Te gusta o qué? Vamos a divertirnos, venga. No te cortes. Aquí sólo estamos tú y yo-. -¿Un sábado y está vacío? Realmente estás loco. ¿Has cerrado este garito para que hagamos carreras en cochecitos? Y no, no traje chándal porque no esperaba semejante chorrada por tu parte-. -Yo hubiera preferido saltar en una cama elástica contigo, pero…- y señaló sus piernas paralizadas y dejadas caer sobre el hueco del monoplaza. El local era mucho más grande de lo que aparentaba desde el exterior. Se trataba de una nave de techos altos con un protagonista: un circuito gris pulido y brillante que subía por el centro a un segundo nivel con curvas pronunciadas, fuertemente iluminado y repleto de logotipos, símbolos y toda la iconografía de la velocidad y las carreras. Los vehículos, sólo dos en la pista, parecían una broma y no aparentaban que un adulto en su sano entender pudiera conducirlo por aquel lugar dispuesto para el homenaje a la lucha del hombre contra la física, ayudado por la máquina. Teresa estaba fascinada por la situación, pero no había perdido su recelo respecto a las trampas que le preparaba Pablo Solozábal. Hoy no podía ser diferente y él nunca daba a cambio de nada. Sus escenas siempre tenían una trastienda de venganza, manipulación y abuso de poder. Teresa le tenía miedo, pero no podía evitar sentirse tentada de disfrutar del momento. Las carcajadas de Pablo resonaban dentro del casco que se había vuelto a enfundar, al tiempo que Teresa luchaba contra su estrecha y corta falda que le impedía acceder al pequeño cubículo en que debía encajarse. Se había quitado los Jil Sander y sus pies descalzos habían descubierto los dos pedales del kart. Se acomodó y trató de colocar la falda a la altura más baja que se podía sin lograr ocultar la entrepierna que quedaba al descubierto en cualquiera de las posiciones que adoptaba. Se le había abierto la blusa a la altura del sujetador y su aspecto presentaba dudas sobre las intenciones de la mujer ante la mirada del hombre. Solozábal estaba disfrutando de lo lindo. Baltar reconoció que se había equivocado una vez más. Teresa estaba de nuevo expuesta al secretario de organización del Partido que, sin remisión, conseguía ponerla en evidencia y llevarla a su terreno.

196


Ante la imposibilidad de recomponerse dignamente optó por pisar el acelerador y la pequeña máquina se animó impulsada por Teresa en plena huída. Avanzaba a gran velocidad por la pista, o así le pareció a Teresa, hasta que Solozábal le adelantó por la derecha en una curva cerrada. Visto desde atrás, el Gran Jefe que Todo lo Sabe parecía más poderoso aún enseñándole una mano con el gesto de la victoria. Ella le odió un poco más y aceleró sin pensar en nada y menos aún en las consecuencias de su acción. Derrapó en la siguiente curva y se desgarró la falda. -Joder, mierda-, gritó Teresa. Pablo la volvió a rebasar. Se adivinaba su risa. Era el gran hijo de puta aparentando el movimiento que no tenía. Teresa notaba las gotas de sudor deslizándose por sus sienes y el arrebol de sus mejillas, por la sensación de inmenso calor en los ojos. Apretó el pedal segura y pasó a Pablo sin ni siquiera mirarle. En segundos, la máquina de su contrincante estaba junto a ella manteniendo la misma velocidad en la recta más larga del circuito. Se aproximaban a una curva pronunciada que no permitía el paso de dos vehículos, pero ninguno de los dos cedió el paso. La distancia con la curva era tan escasa que no parecía posible rectificar, instante en que Teresa pisó el freno de golpe en una reacción no consciente y Pablo se perdió de su vista. El corazón le golpeaba el pecho y los latidos le atenazaban la garganta. Iba a por él. El pedal de aceleración no daba más y, por instantes, le pasó por la cabeza que el hijo de puta de Solozábal podría haber saboteado la mecánica del kart y soltó el pedal. Este le respondió sin problemas. Teresa paró a la altura del lugar en que reposaban sus zapatos y se apeó del cochecito. Recolocó como pudo su ropa y se calzó. Pablo también se detuvo, se quitó el casco y con su voz más engolada atronó: -¡Vuelve al coche!-. -Ni muerta. ¿Qué quieres?-. Pablo palmeó fuerte cuatro veces y aparecieron sus dos escoltas. -Tere. Espérame en el parking-. Teresa salió sin vacilar ni hacer el mínimo gesto de asistir a la extracción de Solozábal del kart. El viento y el sol le devolvieron la paz y la seguridad. Vació su mente y se puso a fumar. Estaba decidida a no dejarse intimidar más por aquel hombre, harta ya de sus numeritos a los que había asistido en los últimos años de su vida. Pablo

197


Solozábal la envolvía cada vez más en su tela de araña, pero tenía claro que ya era hora de hablarle de tú a tú, porque ella ya no le necesitaba. -Tere, querida, ¿te has divertido?-, le hablaba mientras se aproximaba manejando su silla de ruedas. -Pero te dije que te pusieras ropa cómoda. Ahora estás hecha una zorra, y perdona la expresión-. -Genial, Pablo, me ha parecido una idea genial-, dijo Teresa con sorna. Gracias, nunca se me hubiera ocurrido venir a este lugar. -Sabía que te gustaría porque yo te conozco muy bien. Y aunque no lo creas, te valoro más que nadie. La gente no te conoce porque no te dejas conocer. Eres tan castellana-. -Alta política. Me dijiste alta política. ¿Qué quieres?-. -Nada, chica, sólo saber cómo te va con Augusto. Parece que ahora eres imprescindible para él. Yo ya sabía que eso pasaría-. -Bueno, me va bien. Piñas es un buen ministro, pero…-. -Pero te necesita-. -Pues sí, creo que sí-. La silla recorrió hacia ella el poco espacio que les separaba y se inició el ascenso de Solozábal. Muy lentamente y sin dejar de mirarle a los ojos, el Gran Totem del Partido se iba colocando vertical hasta que ambos quedaron a la misma altura. Las manos de Solozábal acariciaron los brazos de Teresa, que se sentía muy violenta en aquel aparcamiento casi vacío con vistas a la sierra de Madrid, mientras inhalaba el viento que les envolvía. -Teresita, lo nuestro es un acierto. Creo que hacemos un gran equipo. Lo que necesitas es alguien que te valore y te comprenda y ese soy yo-, sonrío como un peluche y apoyó su cabeza en el hombro de la asesora. Teresa ni respiró. Era incapaz de reaccionar, paralizada por el pánico y el asco. -Tú y yo podemos hacer grandes cosas juntos. Eres una mujer fascinante. Confía en mí y yo seré tu protector y tu paraguas-. Pablo seguía hablando en su cuello y Teresa ya no se pudo contener. -No, Pablo-. Se apartó tan brusca e inespereradamente de él que aún llegó a contemplar el gesto baboso de Solozábal y su transformación en sorpresa. -Yo no te necesito y no quiero necesitarte. Puedo volar por mi cuenta y no es cierto que sólo tú sepas lo que valgo. Soy más que todo eso que dices. Ya no soy tu acólita ni tu mano derecha, como insistes en decir. Déjame en paz-.

198


-¿Perdona? ¿Estás hablando conmigo?-, preguntó Pablo sorprendido. -Sí, Pablo, contigo. Búscate otro juguetito o busca a otra imbécil que se impresione con tus escenitas y que te la ponga dura, si es que se te levanta-. Tragó saliva y levantando la voz le espetó. -Te desprecio, ¿lo oyes? No quiero ni ser tu amiga, ni tu amante, ni tu segunda, ni nada-. Sus ojos desprendían un odio visceral acumulado por la manipulación, por su propia frustración, por su corazón vacío, por su ambición en liza e inagotable. Con la mirada encendida y sus manos crispadas, Pablo Solozábal buscaba una sonrisa malévola en su propio rostro para resarcirse de la estocada y renacer del barro del desprecio y sólo encontró el volumen en su voz. El viento agitó la pelusa de su cabeza y, gritando, pronunció las palabras que tenía guardadas en su retorcido espíritu de dios maldito. -Teresa Baltar. Olvídate. No llegarás a nada. Ningún honor honrará tu nombre, ninguna condecoración colgará de tu ojal a menos que yo lo decida-. Ni siquiera la misma Teresa habría podido prever su propia reacción. Se reía de forma nerviosa, convulsa, atenazada por el miedo, pero algún resorte interior le daba la fuerza para carcajearse ante la contemplación de aquella ridícula escena de gran emperador que interpretaba Solozábal. -¡Nulla crux, nulla corona! ¡Nada!-. Apretaba con fuerza la palanca que colocaba de forma hidráulica la silla en su lugar y subrayaba estas palabras a la vez que levantaba un brazo para chasquear los dedos. Dos hombres se aproximaron a él. El repliegue de la cohorte se produjo rápido. Desaparecieron los tres por una esquina del edificio, mientras Teresa se quedó allí temblando de emoción heroica y de soledad y de miedo. *** Madre e hija paseaban esa mañana de domingo por el parque del Retiro. -Hija, Matías quiere ser alcalde de Arévalo. Le podrías ayudar tú desde tu puesto ¿no?-. -Madre, no me pida esas cosas, sabe que Matías y yo ya no tenemos nada y no acabamos muy bien-. -Pero, María Teresa, él es un buen hombre y no te ha hecho nada malo. La madre de Teresa Baltar era una llamada de atención en medio de toda aquella gente que se perdía por los senderos del parque y que se agolpaba

199


ante los espectáculos de teatro callejero. Su vestimenta rancia, su bolso barato y raído y sus zapatillas de felpa negras con cuña, cantaban a los cuatro vientos su anclaje en el pasado y su renuncia a los placeres y a las ventajas de la vida. Era la primera vez que visitaba a su hija en Madrid después de un viaje en tren de madrugada hasta la capital. -Madre, escúcheme. No sabe ni la mitad de mi vida con Matías. Le voy a contar-. Teresa se detuvo en el chaflán junto a los actores que realizaban malabarismos sobre un monociclo y recogían entre risas las monedas que caían en el interior de un sombrero. -Matías es un cabrón, madre, no tiene escrúpulos. Ahora está con otra-. Teresa se iba excitando a medida que buscaba las palabras correctas y menos dañinas para los pacatos oídos de su madre. -Está con María Cabañeros y van a tener un hijo. Es para matarlo ¿Lo comprende, madre?-. La viuda de Baltar tenía los ojos enrojecidos por lo vulnerable que se sentía ante su hija. -Y no sólo eso. Me han pedido que sea la madrina del bebé-. Teresa dijo esto sacudiendo suavemente los hombros de su madre para despertarla. -Pero fuiste tú quién le dejaste a él. ¿Qué quieres? Es un hombre-. -Ah, y como es un hombre puede hacer con las mujeres lo que le salga de los cojones. Madre, por Dios. Mi vida con él era un infierno, nunca me tuvo en cuenta, nunca quiso tener un hijo conmigo. Y sí, le dejé yo antes de morirme de asco con él-. Las lágrimas ya brotaban sin retención de los ojos de mamá Baltar y Teresa se compadeció. -Perdone, madre. No se disguste. Lo pasado, pasado está. Dejemos esto y disfrutemos del Retiro. Venga, vamos a tomar un aperitivo en esa terraza-, resuelta le cogió de la mano y se sentaron. -María Teresa, no aceptes ser la madrina de ese niño-. -No, madre, claro que no-. Para desdramatizar, la hija sonrió y acarició la mano de su madre. -Y lo que deberías hacer tú es encontrar un buen hombre y tener tus propios hijos-. -Sí, madre, claro que sí-. ***

200


Augusto Piñas comía ese domingo con Pablo Solozábal en un restaurante muy cercano al Retiro, a pocos metros de donde se encontraba la labriega y su distanciada hija disfrutando del aperitivo madrileño. El restaurante “La sal de la vida” era un local de moda donde un cocinero con tres estrellas michelín había instalado su franquicia culinaria, después de crear un partenazgo con una cadena hindú que triunfaba en París. Había sal de la vida en varias ciudades españolas, pero el local de Madrid era el más chic de los que se había abierto al público. El resultado de la asociación entre chef español y gastronomía hindú era un pastiche decorativo que sólo disponía de pequeños salones privados, en los que se podía escoger la música que sonaba y estaba permitido comer con los pies descalzos. Solozábal y Piñas disfrutaban del primer plato en silencio atendiendo a la sinfonía número 40 en sol menor de Mozart, que había escogido el ministro en el ipod de la sala. Los dos vestían sendas camisas de cuadros con un jersey de lana fina anudado al cuello. Sus respectivos escoltas comían en un salón contiguo con sus trajes plateados y sus corbatas oscuras. -Por cierto, Pablo, tengo preparadas las órdenes ministeriales para cesar a Esther Stanovich y nombrar a Baltar mi jefa de gabinete. Ya te lo dije. Sólo tengo que darle curso. Te lo quería comentar antes -. Pablo Solozábal se quedó pensativo antes de contestar con un tono conciliador y sosegado. -Mejor dale una vuelta. Tómate más tiempo para pensarlo muy bien, Augusto. Ahora no es el mejor momento para cambios. El presidente está inseguro y tú no estás ayudando mucho. No podemos ofrecer una imagen de debilidad también en los Ministerios. Desde Presidencia no quieren que se toque nada. Te lo digo como amigo. Olvídate de este tema definitivamente, Augusto, por tu bien. Deja a Teresa donde está y no le des más alas. Omnis saturati mala. Conozco a esas mosquitas muertas. Llegan tan humildes y, a la que pueden, te dejan en la estacada. Vamos, Esther tiene experiencia y está con nosotros en todo, sin fisuras-. Augusto Piñas frunció el gesto y miró desafiante a Solozábal, que ahora aparentaba observar el color del vino como si lo dicho fuera una nimiedad. -No tengo que darle ninguna vuelta. De lo único que estoy seguro ahora es de Teresa-, espetó. -Para el carro, amigo y rebobina. Tú estás aquí por lo que estás. ¿No te acuerdas ya de lo que pasó hace siete años? Te recuerdo que la patente de la

201


silla de ruedas verticalizable es de los dos. Nadamos en la misma mierda, amigo Augusto. Hemos llegado hasta aquí y no vamos a vacilar. Y tú menos que nadie-. -No me olvido, joder, no me olvido-, dijo Augusto en un tono suave, con la cabeza gacha en señal de rendición. Había claudicado definitivamente y le daba igual. -Tenemos que centrarnos y avanzar. Un tema detrás de otro. Ya tengo una persona para sustituir al chiflado de Xilán-, comentó el secretario de organización del Partido sin levantar la vista de su plato de sopa de algas. -Ah, bien. ¿Cómo se llama el nuevo?-, dijo sin ningún interés Piñas. -La nueva. Te conviene una mujer, Augusto. Se llama Lucía Mendo, está en la televisión pero es una próxima a nosotros. La he sondeado y estaría encantada-, ahora sí, Pablo había dejado la cuchara de madera en el plato y observaba a su compañero de mesa. A Augusto le importaba muy poco quién viniera a sustituir a Pixi, decidido a no darle su confianza a nadie más en el Ministerio. -El Partido se lo debe. Trabajó muy bien durante la campaña de las generales y quedamos en hablar más adelante-, dijo Solozábal. -Sí, claro, Pablo. El Partido le debe muchas cosas a mucha gente y mucha gente le debe muchas cosas al Partido-.

202


19. Mejoras sustanciales

Los días parecían no tener fin y, sin embargo, se sucedían veloces. El optimismo imperaba. La primavera madrileña había salido de entre los nubarrones grises y las bajas temperaturas para quedarse por allí hasta la llegada definitiva del verano. Las estaciones intermedias nunca acababan de conquistar la región. En Madrid, resultan prácticamente desconocidas. Las diferencias térmicas oscilaban, año tras año, entre el fío extremo y el calor seco y mortal. Pero, después de tanto frío, el buen tiempo hacía más llevadero el trabajo, que se acumulaba en la asesoría parlamentaria del Ministerio de Tecnología. Hasta habían abierto las ventanas para que corriera el aire. Los últimos acontecimientos convencieron a Teresa Baltar de que se aproximaban cambios importantes o de “gran relevancia”, como ella prefería pensar, para su futuro. Se sentía más pletórica y fuerte que nunca. Por eso dedicaba aún más horas a trabajar. Evitaba todo aquello que pudiera entorpecer o retrasar su cometido principal. Había muchísimas cosas que hacer y que organizar y todo tenía que salir a la perfección. Era una diosa, prisionera de sus incipientes adicciones, pero una diosa al fin y al cabo. Mientras tomaba un té con limón, leía con fruición un artículo sobre la aceleración del cambio climático y las posibles medidas para paliarlo. Desde que había asumido, temporalmente, las funciones del fallecido director de comunicación, se tomaba muy en serio lo de estar bien informada, para evitar males mayores. Sin embargo, un titular en la misma página captó toda su atención. “Un juez rechaza que el niño obeso vuelva con su familia.” -Esto de ser madre va a ser muy complicado-, pensó. Desde que visitó la clínica de fertilidad, había desarrollado una secreta inclinación hacia la lectura de noticias relacionadas con la familia y los hijos. Le resultaba muy inquietante, pero no lo podía remediar. “La madre no garantiza una dieta adecuada, según la sentencia”, rezaba el subtítulo. Se dejó llevar por el lead. “Pelayo, el niño obeso asturiano cuya madre perdió la tutela porque pesaba cien kilos a los diez años, ha perdido 40 kilos, pero deberá continuar al cuidado de la Consejería de Bienestar Social.” Decidió retomar la redacción del discurso para el ministro que tenía entre manos. Su imaginación le jugó una mala pasada tras leer aquella crónica. Se vio en la cárcel, separada de su hijo de diez años, cumpliendo condena por haberlo incitado a la obesidad. Lo visualizó más alto que ella, con gafas, sin amigos en la escuela por su aspecto robusto y comiendo “bollus preñaos” y

203


fabada en cantidades ingentes todo el día. No tenía nada contra los niños gorditos, pero aquello le resultó muy violento. Estaba turbada. -¿Qué te parece si en este párrafo incluyo algo como “estándares de democracia” y “liderazgo colectivo”?-, preguntó Teresa a Manuel. -Hace tiempo que llevo dándole vueltas a esos conceptos. Creo que pueden quedar muy bien en el discurso del ministro para la inauguración del pabellón en Shangai. ¿Tú qué crees?-. Manuel no respondió, parecía abstraído. -¿Manuel?-. -Eh, ¿qué me decías, Teresa?-, respondió su ayudante concentrado en el aparato electrónico sobre el que tecleaba. -Manuel, coño, ¿me estás escuchando? Esto es súper importante-. -¿Tensión sexual mal resuelta? Nunca, nunca, no; lo negaré siempre ante mi mujer. Ninguno siente nada por el otro y enrollarnos sería un error. Tú eres mi jefa. Yo nunca dejaría qué cayeras en mis brazos. Aunque debo reconocer que no me importaría. Siempre he fantaseado con que una hembra poderosa me seduzca y me deje hacerle el amor con las bragas puestas-. Manuel declamó, sobreactuando, mientras leía un texto. -¿Pero qué hostias estás diciendo? Te estoy hablando del discurso del ministro para China y tú estás ahí con tus gilipolleces. Manuel, joder, céntrate, por Dios, con la de trabajo que tenemos. Deja de hacer el imbécil, por favor-. -Vaya, intuyo que te ha encantado, ¿a qué sí?, confiésalo. Es buenísimo; es de John Fante-, dijo orgulloso Manuel. -No tengo ni puta idea de lo que me hablas. Pero no me interesan para nada estos comentarios pueriles-, contestó Teresa seca, intentando zanjar aquella conversación. Aunque acto seguido reconoció que estaba presionando mucho a Manuel y que quizás debería aguantarle un poco sus tonterías. Al fin y al cabo era un padre de familia con una mujer absorbente y psicótica, dos niñas piradas, un hámster tullido, como consecuencia del método Baltar con los animales, y una hipoteca con jardín para barbacoas en las afueras. -Sí, mujer, es del amigo de Bukowsky. Lo he encontrado en esta maravilla de la ciencia que tengo entre mis manos: El e-LiBrain-, dijo Manuel Sola. -Mira, Manuel, no me vengas con chorradas, concéntrate, por favor-, ordenó Teresa.

204


-Pero si lo digo en serio, tía. Esto no es sólo un libro electrónico. Puede almacenar hasta 700.000 páginas impresas. Es… la biblioteca de Alejandría. ¿Te das cuenta? La puta biblioteca de Alejandría en la palma de tu mano. Cualquier geek mataría por ello. Sólo existen tres, tres prototipos en todo el mundo. Y tú tienes uno aquí, ahora mismo. Tecnología punta española, el pilar de la industria de contenidos en castellano desarrollado por una empresa española con la colaboración de esta santa casa. Lo llevaremos a la exposición para que los chinos babeen-. -Vale, muy interesante. ¿Qué pasa, te sacas un sobresueldo como comercial de la marca? Tenemos que concentrarnos en la energía eólica y las soluciones que pueden aportar la industria española al respecto en China, no en las rarezas de cuatro “gafipásticos”-, dijo Teresa con cierto desprecio y resoplando. -Ríete, pero no le hagas ascos. Te puede buscar frases brillantes para incorporar a un discurso como el que estás escribiendo rápidamente-. -Ah, ¿sí?-, preguntó Teresa, retomando el interés. En unos segundos, Manuel había encontrado más de trescientas citas de Mao Zedong perfectamente referenciadas, en chino y en castellano. -Ves, ¿qué te decía?-, comentó orgulloso enseñando más de cerca a Teresa el dispositivo electrónico. -“Hay personas que deben ser ejecutadas para calmar las iras del pueblo” o “Históricamente, los chinos prefieren una autoridad única y sin ambigüedades”-, declamó en tono jocoso Manuel. -¿Coño, de dónde lo has sacado? Es buenísimo-, le preguntó Teresa. -Eso sí que ilía bien pala tu disculso, mujel blanca occidental en ves de estándal de democlasia-, volvió a sobreactuar Manuel estirándose los ojos con los dedos índice. -Aunque, Maite, los chinos llevan muy mal lo de recurrir a su pasado y probablemente volverías en un ataúd metálico en la bodega del avión-, sentenció muy serio. -¿Estás tonto, o qué te pasa?. ¿De dónde has sacado el cacharro, idiota?-, dijo Teresa. -Me lo ha pasado Gutiérrez, el jefe de gabinete de la Secretaria de Estado de Telecomunicaciones. Es colega y está colgado con estas cosas. Me ha pedido que juegue con él para ver qué me parece-. -Déjamelo, déjamelo, porfa. Parece espectacular…-, dijo sonriendo Teresa, mientras tendía la mano para inspeccionarlo.

205


Justo en el preciso momento en el que Manuel le acercaba a Teresa el aparato, Conchi, la secretaria, entró en el despacho de forma inesperada, sin llamar, como un torbellino. La puerta impactó con fuerza contra el codo izquierdo de Teresa y el dispositivo salió disparado hacia una de las ventanas abiertas, para celebrar la primavera, que daban al patio interior. -Cuidado, cuidado… Mierda-, gritó Manuel. -Sí…parece que tu biblioteca de Alejandría se ha ido a la mierda. Pero, míralo por el lado positivo, no has necesitado un incendio para acabar con ella…-, dijo Teresa intentando reconfortar a Manuel mientras los dos miraban, asomados por la ventana, con cara de estupefacción los restos del e-Librain. -Y ¿qué le cuento a Gutiérrez? Me va a matar, ahora sólo quedan dos prototipos. No lo podré pagar nunca…-, dijo Manuel consternado y afligido. Conchi, a pesar de haber provocado aquella situación, no le dio la más mínima importancia al percance. Estaba por encima de aquellas contingencias cuando se trataba de detectar tempestades. Era una profesional y sabía que Teresa confiaba en ella por eso, tal y como habían hecho todos sus antecesores en el cargo. Su reputación la avalaba. -Perdonad, chicos, pero ¿habéis visto la cantidad de enmiendas que el grupo parlamentario de nuestro Partido en el Senado ha presentado a la Ley de Internet y las descargas?-, comentó Conchi subrayando las palabras “nuestro Partido”. -¿Qué? ¿De qué estás hablando? ¿Nuestro propio Partido nos presenta enmiendas a nuestro Proyecto de Ley…?-, exclamó Teresa. -Sí. Treinta, exactamente. Y, además, se cepillan el acuerdo de Piñas con los internautas para eliminar la Agencia de Propiedad Intelectual, la ciberpolicía contra las descargas-, respondió Conchi. -Me cago en la puta, ni que fuera el Partido de la oposición. Pero ¿qué es esta mierda?. Este tema estaba ya solucionado… Manuel, ponte las pilas. No podemos estar otra vez con esto. El trámite parlamentario tenía que acabar en la Cámara Alta. Me cago en Dios, si estaba pactado… Perdonad, que hable tan mal, pero es que no puede ser-, dijo Teresa disculpándose. -Bueno, no te preocupes, Teresa; ahora mismo llamo al asesor del grupo en el Senado para que me diga de qué va esto. Somos amiguetes.-, dijo diligente Manuel. -Joder, no entiendo lo que ha ocurrido. Si se aprueba una sola modificación en el Senado tendrá que volver al Congreso y estaremos otra vez con lo mismo y

206


los medios volverán a sacar el tema. Ya lo teníamos bajo control. Nos crecen los enanos-. La solidez de Teresa empezaba a hacerse añicos. Manuel marcó un número en el móvil y salió del despacho. Al cabo de cinco minutos estaba de vuelta. -No tiene ni idea, Teresa. No sabe de qué le estoy hablando y a él no le consta la existencia de las enmiendas. Me asegura que desde el grupo parlamentario no han metido nada en el registro de la Cámara. Me llama en cinco minutos para confirmarlo-, dejó caer Manuel con cara de extrañeza. -¿Cómo que no tiene ni idea? Pero si a nosotros nos han llegado ya como enmiendas registradas. No entiendo nada-, exclamó Teresa. Una llamada en el teléfono de Manuel rompió la tensión. Teresa le indicó con el dedo que se sentara y que no se moviera de allí. -¿Que se trata de una petición que viene de la presidencia del Gobierno? Aha. ¿De la presidencia del Gobierno? Aha.-, Manuel miró a Teresa confundido. -Y que además sacarán una nota de prensa y lo venderán como mejoras sustanciales…Vale. Tengo que colgar, te debo una, mil gracias-. -Si sacan una nota de prensa, estamos jodidos. Se enterará todo el mundo y entonces ya no se atreverán a retirarlas, ya no podrán retirarlas. Hay que pararlo como sea-. Esta vez Teresa se sentía perdida. -Lo veo muy jodido, Teresa, jodidísimo. No sé qué hacer-, musitó Manuel. -No está todo perdido. Tenemos dos horas hasta el mediodía. Por ahora, lo más importante es mantener aislado al Jefe. Que no salga de aquí ninguna información…-. Tras dar aquella orden, Teresa dejó el despacho cabizbaja y casi arrastrando los pies. Necesitaba recomponer sus ideas. Si todo procedía del presidente de Gobierno, estaba claro que las sospechas de Augusto sobre una conjura para deshacerse de él, eran ciertas. La nota de prensa les serviría para testar la decisión. Así, en Presidencia, podían sacar pecho, demostraban que eran unos machotes, porque imponían sus tesis por cojones, y de paso desacreditaban la gestión de Piñas. Todo el trabajo realizado hasta entonces y los acuerdos alcanzados con los cibernautas dejarían de tener sentido. Luego, desde Presidencia, si veían que las redes sociales echaban humo y que las tertulias radiofónicas los ponían a parir, podían retirar las enmiendas. En Presidencia nunca perderían. Además, podrían decir que había sido una decisión del ministro. ¿El ministro iba a ser tan imbécil de salir después a desmentir una decisión del Gobierno o suya propia que se había vendido como “mejoras sustanciales” de la Ley? Tendría que dimitir. Pero no, lucharían hasta el final.

207


Teresa caminaba por el pasillo de los despachos clavando la mirada en las líneas de las baldosas. En las últimas semanas había generado esta costumbre neurótica. -Pero qué estupidez. Si quieren que Piñas se vaya , sólo tienen que cesarlo-. Teresa volvió al despacho y se sentó frente al ordenador. No sabía qué hacer. De golpe, Teresa lo vio claro y comprendió que alguien les estaba echando un pulso. Se trataba de alguien que quería jugar. Alguien quería divertirse un poquito. Alguien quería hacer sufrir a Piñas. No lo iba a permitir. Tuvo un pálpito. Salió corriendo a trompicones del despacho y, desde el umbral, tomó una decisión. -Conchi, rápido, ponme con María Cabañeros, la presidenta de la Comisión de Tecnología en el Congreso. Es diputada por Ávila-, dijo dando un portazo. Enseguida tuvo a Cabañeros en línea. -¿Qué tal María, guapa? ¿Cómo estás? ¿Y el bebote?-, se interesó Teresa de la forma más cariñosa que pudo, sin que se notara demasiado su sarcasmo y sin entender muy bien porqué se había referido así al feto. -Ay, Tere, qué maja. Gracias por llamar. La verdad es que estoy muy bien. Debería cogerme la baja pero, al ser diputada, no puedo. Ya sabes, los electos no podemos transferir el voto en caso de enfermedad ni de embarazo. Es una putada, pero es así. Pero… ¿me llamas para decirme que aceptas ser la madrina?, ¿a que sí? Ay, que ilusión me hace y a Matías aún más. Ya verás cómo se va a poner cuando se lo diga-. Teresa Baltar sintió compasión por aquella mujer. Pero no podía solucionar el problema de las enmiendas de ninguna otra manera. Cabañeros era el instrumento perfecto para llegar a su objetivo. -No, María. No creo que Matías se ponga muy contento después de lo que te voy a decir. Te llamo por otra cuestión. No sé si tú estás al corriente, pero me importa una mierda. Escúchame bien-, gritó. -Ay, Tere ¿qué te pasa? Te noto muy rara. No es necesario que levantes la voz. No me asustes-, dijo María Cabañeros con un hilo de voz que se acabó convirtiendo en un llanto de zozobra. -María, deja de llorar de una puta vez y serénate. Escúchame atentamente. Búscate la vida para que tus compañeros del Senado hagan desaparecer las putas enmiendas a la ley de descargas antes de las doce. ¿Lo has entendido? ¿Ha quedado claro?-.

208


Marías Cabañeros no se lo podía creer. -Oye, ¿por qué me llamas a mí? Yo no tengo tanto poder como para retirar unas enmiendas del Senado. Además, ¿quién coño te crees que eres? Te recuerdo, Teresa Baltar, que sólo eres una asesora parlamentaria y yo la portavoz del grupo y la presidenta de la Comisión-, respondió María Cabañeros con saña. Tras unos segundos de silencio, Teresa se repuso de la embestida. -Por cierto, María. Deja de comprarle esos calzoncillos italianos plateados a Matías. Son horrorosos y no le gustan nada. Además, si se va a convertir en empresario ecologista de la moto eléctrica y en futuro alcalde de Arévalo, deberías vestirlo con ropa interior menos ridícula y más adecuada a su futura situación-, dijo Teresa consciente de que estaba tensando al máximo la cuerda. -¿Y tú cómo sabes lo de los calzoncillos? Si hace sólo un mes y medio que se los…-. María Cabañeros no llegó a acabar la frase y se hundió en un océano de lágrimas y desesperación antes de colgar. Teresa aún estaba nerviosa. En sus oídos resonaban los latidos acelerados de su corazón. Hacía muchos años que no se sentía tan bien. Se había quedado a gusto. Febril y azorada aún, asomó la cabeza por la puerta para que le pudieran escuchar Conchi y Manuel. -Bueno, chicos ahora sólo nos queda esperar a ver qué pasa. Y si todo sale bien, al salir de aquí os pago todas las rondas que queráis en La Jarrita de Oro, soltó tranquila Teresa Baltar. A las doce menos cuarto de la mañana, antes de lo previsto, Conchi confirmó que el paquete de enmiendas para modificar la ley había desaparecido del programa informático desde el que controlaban los cambios en las iniciativas. Manuel supo que del grupo parlamentario del Partido en el Senado no había ya enmiendas. La gente de prensa comprobó que no se había distribuido ningún comunicado. Al final, parecía que todo aquello no hubiera ocurrido. Manuel se sentía aliviado después de su conversación con el departamento de Telecomunicaciones. Se asomó a la puerta de Teresa. -Joder, Maite. Menos mal. Me ha dicho Gutiérrez que no me preocupe por haber destrozado la biblioteca de Alejandría. Dice el e-LiBrain es un prototipo que requiere aún mejoras sustanciales-. El despacho de la asesora era ese día un lugar muy concurrido. Augusto Piñas apareció también en su puerta.

209


-¿Puedo hablar un momento contigo?-, preguntó Augusto Piñas a Teresa Baltar. -Sí, claro-, contestó ella levantándose a la espera del merecido trofeo en forma de frase de agradecimiento. -No sé como lo has hecho, pero ha funcionado a la perfección… Aunque, esta vez hubiera preferido que no me salvaras el culo. Hoy era un buen día para salir de toda esta mierda, Tessy. A Teresa se le cortó la respiración.

210


20. El hombre viento (Escapismos cotidianos)

El viento soplaba con fuerza en la dirección de Teresa. Ella lo merecía y no era cuestión de suerte. Arrasaba a su paso. Tenía varios mensajes en su móvil cuando se levantó. Al regresar del baño, esperaba leer palabras de felicitación de algún miembro del Ministerio por su excelente trabajo en la negociación de las enmiendas sobre Internet. Nada de todo eso. Eladio Hays le había dejado en su teléfono mensajes eróticos a diferentes horas de la noche. A Teresa le hizo mucha gracia. Se sentía tan eufórica esa mañana que nada le podía destronar de su lugar de privilegio en el centro mismo del Departamento que daba soluciones a todos los problemas con los que se iba encontrando el Gobierno. Se acercaban las elecciones europeas y todos parecían actuar como pollos sin cabeza, cada uno tirando hacia su lado, sin orden ni dirección. Pero ella, no. Ella estaba muy centrada en que su trabajo fuera certero y que el mundo girase en calma hasta conseguir colocarse en el sitio que le correspondía. La noche anterior había estado en la Jarrita de Oro hasta que cerraron el bar, riéndose de Manuel, que no dejaba de enviar mensajes a su mujer inventando excusas de trabajo para justificar su retraso en la llegada a casa. Recordaron, entre muchas anécdotas que recolectaron de aquí y allá, el día en que las teclas de su ordenador permanecieron marcadas en su cara durante horas después de haberse quedado dormido sobre el teclado de su portátil. También se contaron el uno al otro sus primeras impresiones al llegar al Ministerio. Su colaborador necesitaba tiempo de ocio propio y un margen para el descanso entre tanto ajetreo profesional y personal. Se despidieron con un abrazo y Manuel se fue en taxi a su adosado de las afueras en la urbanización de casas clónicas. Le había sentado bien pasar un buen rato con Manuel, tan sensato y tan desgraciado, tan buena gente y tan fiel. -Debería haber sido mi hermano-, pensó ella al despedirse con la mano a la vez que él bromeaba dibujando lágrimas en su cara desde el asiento de atrás. Se tomó con mucha calma su camino al trabajo esa mañana. -Buenos días, che, marcela- le dijo el dueño argentino del local contiguo a su casa. Ella le sonrió.

211


En su camino por la acera de la Castellana, se detuvo en una minúscula tienda de souvenirs y se compró una réplica en miniatura de un guerrero de Xian y se lo guardó en el bolso. Todavía se arrepentía de haberle regalado inconscientemente su querido guerrero al idiota de Hays. Pensó en su madre y en su extraño consejo sobre no aceptar el papel de madrina para el hijo de la pareja Luque-Cabañeros. Le vino entonces a la cabeza el nombre escogido por su ex para la empresa que pretendía explotar la motocicleta eléctrica. Luque Voltage. Nada parecía perturbarle. Cada idea era la pieza de un puzzle por componer titulado “Teresa Baltar y sus circunstancias”. Todo estaba en calma en la planta de trabajo del gabinete ministerial. Se escuchaba el teclear de los de prensa, en la radio sonaba la voz de Desiré entrevistando al Jefe de la Oposición cuando, atenta, una becaria tomaba notas. Las puertas estaban cerradas, excepto la de su despacho. Conchi, su secretaria, no estaba en su puesto y Manuel no había llegado todavía. -¿Hola?-. Dos hombres estaban montando una mesa en el lugar en que, desde que llegó, había estado la suya. -¿Es usted la señora Baltar?-, preguntó uno de ellos ataviado con un mono azul con el logotipo del Ministerio. -Sí. ¿Por qué? ¿Qué hacen?-. -Lo siento señora. Por no esperar más, hemos empezado. Tenemos instrucciones de cambiar la mesa y el resto de muebles. Si quiere, puede recoger lo suyo y nosotros nos vamos. Nos avisa cuando podamos seguir-. -Pero ¿qué coño dice?- Teresa salió indignada de allí y se dirigió resoplando al despacho de la jefa de gabinete. La Stanovich estaba tomando un café en el sofá y leyendo el periódico, cuando Teresa abrió la puerta sin llamar. -Siéntate, guapa-, dijo la jefa de Gabinete señalando el sillón adjunto. Teresa decidió esperar antes de disparar, segura de que el gesto prometía una explicación. El viento que la había empujado con tanto ímpetu se escapó por la ventana abierta del despacho. -Mira, chica, a veces estamos arriba y a veces estamos abajo-, dijo enarcando sus cejas dibujadas, -te has pasado de lista y así te va-.

212


-¿Tengo que salir de mi despacho? ¿Por qué?-, Teresa trató de mantener la calma. -Pues porqué ahora lo ocupará otra. La nueva jefa de prensa ha puesto condiciones. Ella pertenece al star system y tú, no. Quiere ese despacho porque está cerca del de Augusto-, dijo Esther Stanovich y sorbió de su taza dejando el periódico languidecer en sus piernas. Teresa lloraba sin rabia. Era un llanto de impotencia como el de un alpinista que contempla la cima del monte con los pies congelados, inmóvil. -Adoro estas situaciones. Anda, sécate esas lágrimas y límpiate el rímel-. Esther Stanovich le tendió un pañuelo de papel y siguió, -lo has intentado, pero no das la talla. Igual que llegaste negando tu amistad con Solozábal, tan digna tú, ahora tu vestido de cenicienta ha desaparecido-. Stanovich sonrió complacida. La hiena enseñó los dientes y dejó de masticar a su presa. -Recoge y llévate tus cosas a la mesa de Pixi. Manuel se sentará contigo. Ah, el ordenador será el mismo. Pide que te lo trasladen-. Teresa se levantó despacio incapaz de reaccionar ante las duras palabras que ella no merecía. -No te dejes el bolso de Prada-, insistió en su tono insultante la jefa de gabinete. Necesitaba tomar el aire de la calle y reaccionar. Apenas podía respirar. Se dirigió hacia el ascensor con la intención de salir de allí. -Tessy. Ven aquí-, escuchó a su espalda. Continuó su camino arrastrando los pies. -Por favor, Tessy-, gritó Augusto Piñas en la puerta de su despacho. Giró la cabeza hacia el interior y dijo, -creo que no me ha oído. Ahora la conocerás-. Teresa rectificó automáticamente y se recompuso como pudo, aunque sin mucho éxito. Su aspecto era el de una chiquilla abandonada. -Pasa, por favor. Vas a conocer a la directora de comunicación. Lucía, esta es Teresa Baltar. Tessy, Lucía Mendo-.

213


No salía de su asombro. Teresa se hizo muchas preguntas. -¿Lucía Mendo? Pero si es la presentadora del Telenoticias de la Noche en el Canal Uno. Parecía mucho más delgada y menos rubia. ¿Qué coño hace ella aquí?-. -Hola. Bienvenida-, dijo Teresa bajando la mirada en un gesto opaco y gris. -¿Entonces tú eres la jefa de gabinete o la asesora? No me aclaro mucho con los cargos, la verdad-, dijo poniéndose de pie para estrecharle la mano. Era una mujer alta y esbelta, con una melena corta y rubia. Llevaba tejanos y una americana entallada. -¿Es qué las presentadoras de la tele nunca se quitan la americana? Pero que idiota soy, mi vida se va a la mierda y yo me fijo en la chaqueta-. Teresa creyó volver al instituto. -Es la asesora parlamentaria, Lucía. Te ayudará en todo lo que necesites. Es mi mano derecha. No soy nadie sin Teresa Baltar-, comentó Piñas exagerando su tono saltarín. -Cuenta conmigo, claro-, dijo la asesora. -Tengo que salir, perdonadme-. -Sí, sí, claro. Todos tenemos trabajo-, Augusto parecía tan torpe que se diría que la bella rubia le había impactado y convertido en un pelele por momentos. Mientras abandonaba la estancia y ya en el pasillo, pudo escuchar cómo Piñas tartamudeaba en su despacho. -¿Te puedo llamar Lucy? Me recuerdas a una amiga que tuve en la universidad. Se llamaba Lucy y era de Tejas. Y oía ya lejos la risa seductora de Lucy Mendo. Se ahogaba y necesitaba aire, pero no tenía fuerzas para salir de allí. Se metió en el baño. Abrió la ventana. En el espejo, la luz de neón no dejaba dudas sobre sus ojeras repentinas, el enrojecimiento de su nariz y el rosa claro de sus labios. Todo había tornado su color habitual en una amalgama de tonos que descomponían su cara. Se lavó la cara y se enjuagó la boca después del vómito incontrolado que había salido de su interior como la lava de un volcán en erupción. Su teléfono seguía sonando. Esta vez miró la pantalla aún con los dedos clavados en los párpados. Era Augusto. -Dime-, pronunció dejando de mirarse al espejo. -Por favor, ven a mi despacho. Ella ya no está. Tengo que hablar contigo. ¿Te has ido fuera? Mejor, así hablamos en otra parte-.

214


-No, no. Estoy aquí. Enseguida estoy contigo-, lo dijo con firmeza, como la pieza importante y disciplinada que aún era en el Ministerio. -¿En otra parte?-, pensó, -como si el Ministro pudiera salir de paseo a la Castellana, era evidente que Augusto decía estupideces, por lo que dedujo que estaba fuera de sí. -Siéntate, Tessy-. -No, mejor de pie. No me siento bien-. -Lo siento. Lo de la menda esta no lo sabía. Me la envía Solozábal que no sé qué coño le ha dado con arreglarme la vida-, comentó Piñas sin convicción y como para cumplir con el expediente. -¿Y qué? ¿Por qué me explicas esto?. Vale, se queda con mi despacho, pero no me importa en absoluto-, mintió. Tras escuchar aquella respuesta, Piñas se animó, cojones y me huele que viene con instrucciones parecía haber terminado porque abrió una carpeta pero no, -¿qué le has hecho a Solozábal? Voy a culpa-.

-pues a mí sí me toca los de Pablito. Estáte alerta-, que había sobre su mesa, tener un lío con él por tu

-¿Cómo que por mi culpa?-, preguntó Teresa. -No sé, olvídalo, cosas mías. Ahora todo son problemas para que seas mi jefa de gabinete-. Como en una noche de tormenta, el cielo se partió en dos y se hizo la luz. Teresa inclinó la cabeza inquisitiva. Ahora entendía todo mucho mejor. -Déjalo, aunque no estés nombrada es como si fueras mi jefa de gabinete. Nadie lo sabrá y actuarás como tal. -¿Y Esther?-, Teresa tomaba las riendas de la conversación ahora. -Nada, nada, ella tampoco lo sabrá-. -Ah, de puta madre, ni lo cobro, ni lo pone en mi tarjeta. Me como la mierda y la medalla la guardo en la mesilla cuando vengan invitados-, le salió grosero y directo. Recordó las palabras del Gran Dios Sentado en su Silla de Ruedas: “ninguna condecoración colgará de tu ojal a menos que yo lo decida. Nulla crux, nulla corona”. -Venga, Tessy, estás conmigo, ¿no? Trata bien a la rubia y Pablo nos dejará en paz.

215


El Ministro de Tecnología ya estaba leyendo sus apuntes abstraído, al fin y al cabo aquello era una pequeña anécdota en su vida, una nimia contrariedad que le había quitado diez minutos. Pero para Teresa, era la confirmación de su destino. Estaba condenada a ser la segunda en todo, un alma en pena vagando por las bambalinas de la alta política, un soldado de primera en un batallón. Era la condena eterna que le había impuesto Pablo Solozábal y que antes que él ya le había colgado la vida. El viento viró en su contra y parecía impedirle seguir adelante un solo paso más. -Pablo, qué hijo de puta-. *** Llegaban tarde al Consejo de Ministros. El conductor usaba ese viernes por las calles de Madrid el protocolo de emergencia para poder cumplir con el horario de llegada al Palacio. En el vehículo, Lucía Mendo consultaba sus notas junto al conductor y detrás, el ministro Piñas, perfumado y con un traje de primavera, escuchaba atento las indicaciones de Teresa. -Esta es la segunda vez que compareces en la rueda de prensa después del Consejo. No te olvides de decir al principio lo satisfecho que estás de poder dirigirte a la opinión pública en nombre del Gobierno. Augusto escribía con su pluma. -Lo más importante es que destaques que en las bases del decreto de la motocicleta eléctrica se atenderá que el prototipo que se busca será el más barato y el que ofrezca mejor solución para los puntos de recarga-, ella lo decía certera, como debía ser. -Mejor solución para los puntos de recarga-, repitió él escribiendo. Lucía volvió la cabeza hacia ellos e interrumpió sin recato. -No sabía lo de mi antecesor. Es muy fuerte. Me enteré ayer en un briefing de prensa. Pío tenía SIDA y por eso se suicidó. Pobre chico-. Continuó en un susurro, -no me habíais dicho nada. Hay que ver cómo funciona la discreción en estos ámbitos-. Después, bajó el parasol, descorrió la portezuela que abría paso a un espejo iluminado y se pintó los labios. Teresa y Augusto giraron sus cabezas simétricamente cada uno hacia el paisaje de sus respectivas ventanas y al unísono bajaron sus ventanillas en busca de más aire. Era una coreografía del espanto, un grito ahogado de miedo. Pixi tenía sida.

216


Teresa se volvió hacia Augusto, completamente convencida de que ya lo debía saber, eso y las consecuencias que podría tener para él. El pozo no podía ser más hondo para su Jefe. Durante unos minutos, el ministro estuvo en silencio al tiempo que su pluma destilaba tinta sobre la última letra escrita en el papel, convirtiéndola en una mancha enorme azul marino. Después de la reunión del Consejo de Ministros, la rueda de prensa fue un auténtico desastre que llegó a ser comentado en todos los medios, blogs y redes sociales. “Augusto Piñas pierde el norte”, “Piñas, en barrena”, “Ni la moto puede salvarle”. El Ministro no había salido de su shock y estaba aterrado. Había olvidado las indicaciones de Teresa y los periodistas allí presentes le dieron por todos los flancos. Sólo Damborenea parecía entregado a darle una oportunidad e insistía en sus preguntas que explicase los hechos positivos del decreto para impulsar la motocicleta recargable. Ni así. Augusto no conseguía recordar los puntos positivos y, perdidos los nervios y el temple, cargó contra los periodistas a los que acusó de “intoxicadores” y de querer hundir una iniciativa que era “buena” para todos los ciudadanos. -¿Buena? Sinceramente, no creo que haya otra palabra menos vacía, menos estúpida para definir el proyecto estrella-, reflexionó Teresa sin dar crédito a aquel desatino. Lucía Mendo deambulaba por la sala haciendo apreciaciones a los representantes de la prensa. Trataba de controlar la situación y prometía explicaciones más concretas en una posterior convocatoria. No parecía posible enderezar el disparate en que se había convertido esa rueda de prensa. Los había que sugerían demagogia electoral, otros pedían detalle de los proyectos presentados, era un guirigay de preguntas y respuestas, una batalla campal de egos. Cuando todo acabó, Teresa y Lucía acompañaron a Augusto Piñas a un despacho sin intercambiar ni palabras, ni miradas, ni nada. Teresa intentaba pensar en busca de alguna luz que alumbrase la situación. Augusto sólo quería asesinar a Pixi si es que acaso hubiera estado vivo. Ya notaba la enfermedad corroyéndole desde dentro. -Hijos de puta, pero que hijos de puta son todos los periodistas, pero qué hijos de la gran puta-, gritó Piñas. -Ministro, no te preocupes. Trataré de arreglarlo-, dijo Teresa en un arrebato maternal castellano. En cambio, la directora de comunicación, tenía un arrebato de madre más bien italiana.

217


-Joder, qué tarugos. Ministro, tenemos que trabajar mucho esto de los medios. Mierda y mierda. Vaya estreno he tenido, con todos los compañeros ahí, riéndose. Me importan una mierda-. Miró a Teresa, después a Augusto, -se van a cagar, vaya si se van a cagar. Tú vas a hacer que se caguen. Eres un ministro de puta madre y esto lo vamos a arreglar-. La mujer rubia y bien vestida había perdido su papel de niña mona y se mostraba como una hidra. Se puso a fumar a pesar de que estaba prohibido. Se mesaba los cabellos y se tocaba los pendientes largos. Se quitó el abrigo beige de verano y mostró su esbelta figura enfundada en un LBD de tirantes. -Mi marido. Hablaré con él. Veréis cómo le damos la vuelta-, dijo ya más calmada. Apagó el cigarro en una escultura de bronce y salió de la sala. Ni Teresa ni Piñas hicieron el menor gesto ni intención de pedir aclaraciones a la mención del marido de Lucía. El teléfono de Teresa había recogido muchas llamadas perdidas y varios mensajes. De nuevo, Eladio Hays le había convocado para verse. Su madre, que no le había dejado mensaje. Manuel, que le avisaba de que se había visto todo en directo. Y finalmente, Desiré. Querida, qué marrón. Tu nueva de prensa es la mujer de E. Hays. Llámame. -Pablo, qué hijo de puta-, aulló Teresa desesperada. *** -Qué pedazo de hijo de puta, Desiré-, soltó Teresa después de haber estado callada durante unos minutos mientras ella y su amiga periodista tomaban unas tapas en “La sal de la vida”, el restaurante de moda, que disponía de una barra a la entrada para las comidas más frugales y varios salones discretos donde se cocían los contubernios, las infidelidades, los grandes acuerdos y las puñaladas traperas. -¿No te dijo que estaba casado? ¿Pero tú se lo preguntaste?-, Desiré estaba en su salsa. -¿Qué le voy a preguntar? Eso no se pregunta, se dice, o se sabe. Menudo pájaro. Y yo, a aguantarle sus chorradas a él y ahora a la señora de Hays, que está para tratamiento psiquiátrico-. Volvió a tomar otro bocado. -No sabes que falta de control y lo frívola que es. Y no sé para qué coño quiere un despacho, concretamente el mío. Siempre está paseando sus tetas y taconeando por los pasillos hablando a voces por teléfono. Se exhibe. Estoy hasta el moño, la verdad-.

218


-Bueno, cierra capítulo Hays y a otra cosa, guapa. Qué te lo tomas todo muy a pecho. Hija, despierta, anda-. -¿Qué despierte? Ya no sé qué más hacer. Todo me pasa a mí, joder. Piñas está encantado conmigo pero eso parece que a todo el mundo le viene mal. Soy el blanco de toda la mierda. Y yo lo que quiero es que al ministro de Tecnología le vayan las cosas bien. Es mi trabajo-. -Eh, tranquila, no llores. Te veo muy blandengue hoy. Tómate otro vino-, Desiré levantó la mano y pidió, -Por favor, sírvele otra copa a mi amiga-. Teresa proseguía, -y en las relaciones personales ¿qué? Eladio es un imbécil, como Matías, no me acuerdo del nombre de los tíos con los que me acuesto. Estoy más sola que la una. Qué asco-, ahora sí lloraba con ganas la asesora. -¡Basta! me tienes a mí-, empezó a decir Desiré bajando la voz. -Eres una mujer muy guapa, y a inteligente no te gana nadie. Son etapas, Teresita. Hazme caso. Verás cómo nos reímos de esto cuando te tengan que lamer el culo toda esta panda-. Rieron las dos, Desiré porque estaba ya muy animada por el vino y Teresa, por que en el fondo esa era la frase que se aplicaba cada noche al dejar caer su melena en la almohada. -Eso, me lamerán el culo-, pensó. *** -Muy bien, amigos, entonces podemos pedir el postre y celebrarlo-, pronunció Augusto Piñas en un perfecto inglés y levantó su copa. La presidenta del Massachusetts Institute of Technology (MIT) se sonrojó, poco acostumbrada a compartir mesa con representantes masculinos del poder árabe. Los delegados del gobierno de Emiratos Árabes se comportaban como occidentales en el reservado del restaurante “La sal de la vida” de Madrid. Bebían y fumaban, además de no aparentar el más ligero prejuicio ante la presencia de una única mujer que ponía sus cartas sobre la mesa. Sólo sus ropajes blancos de algodón y su pañuelo blanco a la cabeza sujeto con la vincha negra daban cuenta de su origen y sus obligaciones incumplidas. Susan Davidoff llevaba más de ocho años al frente del MIT y su poder académico no le daba suficientes tablas para sentirse cómoda en esa reunión con los emiratíes a los que ella veía como bichos raros procedentes de un mundo sin elecciones ni partidos políticos. Davidoff había accedido a reunirse en España con los emiratíes y con Augusto por expreso deseo de su gran amiga, la jequesa de Abu Dhabi, Busayna Bin al

219


Nasser, fundadora del Massdar Institute of Science and Technology, asociado al MIT. Ambas habían hecho buenas migas entonces, durante la negociación, y la jequesa la había atraído a su terreno femenino. Susan Davidoff había accedido entonces a la asociación de ambos centros por pura afinidad con la poderosa esposa del jeque. No le gustaban los árabes, pero Busayana era una mujer. -Auguste, es un placer puedo contar con tú en breve-, trató de decir en castellano Susan Davidoff dirigiéndose al único español de la cena. -Mi querida Susan, el placer es mío-. Augusto Piñas le besó la mano. El hombre que parecía llevar la batuta de aquella reunión tan armoniosa era el Jeque Mohammed Sed Al Neayaeh que disfrutaba de un puro habano que entraba y salía de su boca cubierta de un bigote muy negro entre dos mejillas enrojecidas. El Director de la Agencia Internacional de Energías Renovables (IRENA) era el más joven de la cena y era pariente lejano del Jeque. Contó que había estudiado en España una parte de su formación en ingeniería. Había también dos representantes de la Universidad de Zayed. El más siniestro del grupo parecía ser una especie de ministro, en cuyo departamento llamado para el Medio Ambiente, se cocinaba el mercado del petróleo. Aquella muestra de complicidad occidental entre la presidenta y el Ministro español pareció molestar al hombre del petróleo que, de inmediato, interrumpió el gesto de Susan y Augusto para recordarle a la norteamericana la invitación que le había hecho minutos antes. -Puede usted venir al hotel con su familia cuando quiera y quedarse el tiempo que le plazca-. A la prejuiciosa y puritana presidenta del MIT no le gustó el gesto del árabe y espetó. -Lo siento, no me gustan los hoteles-. -Pero este es de siete estrellas, el único en el mundo-. Augusto terció: -Lo dicho, pidamos el postre-, y pulsó el botón de “servicio”. En segundos, dos camareros deslizaron la puerta corredera y dejaron abierto el salón privado. *** -Gracias, Desiré eres una tía estupenda-.

220


-Venga Baltar, anímate. Lávate la cara y píntate los morros. Yo pago y nos vamos al Irish. Tíos guapos y sin cerebro nos esperan-, dijo la periodista enseñando su cartera al barman. -Vale. Dame un minuto-. Teresa le dio un beso a su amiga y bajó del taburete. La asesora preguntó dónde estaban los aseos. Caminó sin prisas observando la lujosa decoración taoísta del local. Todo en blanco y oro, con grandes esculturas y plantas mastodónticas. Pensaba en el gran apoyo que había supuesto Desiré en los últimos meses y decidió que ya era hora de pedirle una foto para colocarla junto a la de Manuel Sola en su colección de “amigos nuevos de Madrid” de la estantería. Una de las puertas de los salones privados estaba abierta. Pasó junto a ella, reduciendo el paso y observó a aquellos hombres vestidos de blanco y sus puros. Una zona oscura destacaba entre tanto candor blanco. Se detuvo sin querer, porque sus piernas quedaron paralizadas. Augusto Piñas gesticulaba muy sonriente sentado a la mesa junto a una mujer mucho mayor. Era la primera vez que le veía sonreír en varias semanas y su voz sonaba inequívoca. -Tomaremos las copas en el Tablao, un poco de flamenco para mis amigos, para recordar Al-Andalus-. Teresa aceleró el paso tapándose el lateral de la cara que daba a la sala abierta de comensales. -Joder, joder, joder-, repetía como en una salmodia. -No me ha visto. ¿Qué hace aquí? Otra vez los árabes. ¿Qué hace Augusto?-. Madrid era una ciudad grande en términos urbanísticos, pero pequeña cuando se trata de escapar del viento en contra. Las fuerzas centrípetas unían en convergencia dos puntos alejados y los colocaban en el ojo del huracán que era el pequeño mundo de Teresa y Augusto. Curiosamente, Augusto escapaba y Teresa estaba allí sin saber si sería aspirada por la fuerza del viento o podría permanecer incólume.

221


21. El rito

Era un sentimiento contradictorio el que roía su interior. Esa mujer le lastimaba con su existencia porque no era capaz de odiarla sino, al contrario, la encontraba fascinante debajo de las capas de intransigencia que había incorporado sin que la otra tuviera la mínima culpa. Cuando verbalizaba su opinión sobre Lucía, sólo salían de su boca palabras malintencionadas. Pero, lo peor era que Lucía Mendo era una mujer sin aristas y consideraba a Teresa más que cualquiera de las personas que la rodeaban, incluido Manuel. No había tenido ni prejuicios con ella ni la había juzgado. El guión natural proponía que entre ellas fluyera una amistad sana y limpia, pero no era posible porque el guión ya tenía marcados algunos episodios que hacían inviable una buena relación entre ellas. La nueva jefa de prensa era demasiado guapa y lista, le había arrebatado su despacho y estaba casada con Eladio Hays. Nada de todo eso lo había provocado ella, más bien era Teresa el títere en manos de un destino que las había unido en el espacio, el tiempo y el contexto menos apropiado. Se preguntaba por qué Lucía estaba con Hays. Pero esa pregunta, Teresa podía responderla. Ella mejor que nadie. -Teresa, ¿prefieres que te llame Teresa? Aquí nadie te llama así-, dijo Lucía con una gran sonrisa mientras salían a tomar una café matinal a una cafetería próxima al Ministerio. -Sí, por favor. Y gracias. Es cierto, nadie me llama Teresa. En este lugar no eres lo que eres, sino lo que haces.Se sentaron junto a la ventana tal y como Lucía había propuesto después de la reunión con Stanovich. Ella le había susurrado: “Salgamos a desayunar, nos sentamos junto a la ventana del Marty’s que se ve la fuente de la rotonda”. -Me encanta esa fuente-. Miró a Teresa fijamente. -Lo que más me gusta de este trabajo es que estamos en el sitio más bonito de Madrid. La mayoría de los periodistas trabajamos en las afueras, en polígonos apestosos, en enormes naves con suelos desmontables. Este edificio –y señaló al Ministerio –tiene tanto sabor añejo que me atrae cada mañana hacia él. -Lucía, ¿por qué estás aquí? Con lo bien que estabas en la tele… Eres popular y todos te admiran. Aquí te vas a pudrir. Ya ves que nuestro trabajo es de lo más ingrato y gris-. La sonrisa amarga de Lucía se siguió de palabras sinceras y tristes. -No creas, no es oro todo lo que reluce. Allí era una más, una pieza del engranaje, no sabes lo que es que te ordenen, que te traten como a un florero. Aquí, todos

222


me pedís las cosas por favor, me consultáis, tomo decisiones-. Se detuvo como para decidir si continuar o no. -Eladio, mi marido, es un periodista muy respetado y yo entré en la tele por él. Presentaba las noticias gracias a su influencia con la dirección. No es muy fácil vivir así, Teresa. La verdad-. -Tranquila, sé lo que dices. También yo he sido propulsada, pero lo importante es poder demostrarte que es posible volar sola-. Teresa quería conectar con Lucía, pero no se sentía igual, ni mucho menos. Su sinceridad y su claridad de ideas la desarmaban. Hubiera preferido que fuera una hiena, una fiera vacía y cruel, una vulgar inepta. Era tanta la diferencia con María Cabañeros. A María la odiaba, la despreciaba y la envidiaba. Era un síntoma brutal en su vida de la injusticia y lo imprevisible del destino. -Déjalo, que nos estamos poniendo muy intensas. Augusto tiene suerte de contar contigo. Salta a la vista que eres su mano derecha. Es un hombre estupendo, pero no sé, le pasa algo. Sus carencias pueden llegar a ser un problema, ¿no te parece?-. -Sí, es estupendo-, zanjó Teresa sin ahondar en los defectos de su ministro. *** El viaje a Shangai era una oportunidad para alejarse de todo y respirar otros aires. Augusto estaba animado esa mañana. La visita a la Exposición Universal iba acompañada de una apretada agenda de reuniones con el Instituto Tecnológico, firmas de acuerdos de colaboración, actos de respaldo a la comunidad científica española, conferencias en la Universidad, un protocolo de investigación energética y un sinfín de visitas culturales. Y en sólo tres días. Tanto trabajo en poco tiempo para el Ministro y su equipo, lejos de ser una fatigosa perspectiva, se presentaba como un paréntesis en su camino de fracaso y su desánimo. -Buenos días, Tessy-. Augusto le plantó un beso en la frente, lo que le dio a Teresa oportunidad de aspirar su perfume y su olor a limpio. -¿Qué tal, ministro? Tengo toda la documentación. Hay tiempo, pero debemos trabajar un poco el primer acto que tenemos-. Teresa no se había maquillado y llevaba el cabello recogido en una cola de caballo lo que le hacía parecer una adolescente. Augusto se fijó en los lóbulos de sus orejas, sin pendientes, sin artificio. Todo era transparente en Teresa. Ella se había mirado al espejo y tenía buen aspecto esa mañana. No había amanecido todavía cuando se preparó para salir a la avenida a la espera del coche oficial que pasaría a recogerla para conducirla al aeropuerto. El plan consistía en que sólo Teresa y Lucía acompañarían al Ministro a Shangai. Otra

223


comitiva del Gobierno y de la patronal se incorporaría al día siguiente. Lucía ya les había avisado de que acudiría con su marido al aeropuerto, porque Hays viajaba también para informar en directo para la audiencia de su canal. -¿Y qué acto tenemos? Recuérdamelo, Tessy-, eran las seis y media de la mañana y el ministro parecía tan dispuesto al trabajo que a Teresa le pareció fuera de lugar. -No te preocupes. Lo vemos en el avión-. Le dijiste vale, lo que tú quieras y te sentiste feliz y seguro. El resultado de la prueba del SIDA era determinantemente negativa, sí, pero la cercanía de Tessy era lo que te hacía sentir bien de verdad. Como en la Universidad, cuando la otra Tessy te arropaba como una madre acogedora y sensata. Tu futuro ya estaba diseñado. La capacidad que habías tenido de darle la vuelta a tu vida para dejar atrás el dibujo engañoso que había sido tu camino hasta aquí te daba alas para ese viaje, último que harías como ministro. Y te esperaba de nuevo la ancha pradera estadounidense. Y tú, Teresa, te quedaste allí plantada para contemplar la llegada del matrimonio Hays, albergando la mentira y pensando que te ibas a hundir de dolor por la derrota ganada por otra mejor que tú. Pero no. Habías aprendido mucho en Madrid. Te habías erigido en sacerdotisa de la hipocresía. Dominabas los usos de la ceremonia del cinismo a la perfección. Lucía no merecía que tú precisamente fueras la fuente de su fracaso matrimonial. Escenificabas y no te salía nada mal. Te habías redimido, Teresa. Y sacaste de tu bolso el amuleto en forma de guerrero de Xian y lo tiraste a la papelera del aeropuerto en el mismo instante en que Eladio bajaba la mirada y acompañaba a una Lucía deslumbrante sin estigmas por el madrugón ni por la infidelidad. Ya no necesitabas falsos ídolos que, a la manera de un vellocino dorado, te guiaran en el desasosiego del fracaso. Tenías tu propia hoja de ruta y lo sabías desde hacía tiempo. Viajar en avión tiene algo de rito. Los viajeros anónimos se dejan imbuir por el calor de la terminal y se vuelven robóticos con sus maletas. Todo en el aeropuerto es protocolario, las sonrisas de las empleadas de facturación, los documentos de identidad y las civilizadas colas que serpentean entre el laberinto hecho de cintas. Es un espacio de nadie con leyes propias. -Buenos días, Lucy. Eladio, ¿qué hay?-. Augusto tendió la mano a Eladio que se disipó como un espectro en un instante, mientras Teresa se limpiaba las migajas del cruasán, sentada en la mesilla con el ministro. Los escoltas desayunaban al lado.

224


-Ministro-, dijo Lucía-, hay mucha prensa. Este viaje nos va a venir muy bien para estrechar lazos. Mi marido nos echará un cable. Salvo que quieras algo de mí, yo desaparezco y me camuflo entre los plumillas. Lo tengo todo controlado. -Muy bien, lo que tú digas-. Augusto miró a Teresa que estaba sorprendida con los gestos complacientes y constantes del hombre desconcertante. Tú tenías ganas de preguntarle la razón de su reunión con aquellos árabes y aquella mujer mayor en el reservado del restaurante, pero te había ido bien hasta ahora sin preguntar ni saber. Y él parecía tan tranquilo que nada debía estropearlo. Tú también experimentabas esa paz del momento por dejar atrás la mierda y aspirar el olor del perfume que había dejado Lucía. Miraste tus zapatos de tacón y eso era lo mejor de todo. Rojos, nuevos y tan bonitos. Los asientos del vuelo IB 287 estaban juntos. El 1A y el 1B. Augusto saludo a la tripulación que se acercó solícita a presentar sus respetos al ministro. Teresa ya estaba sentada y sacaba de la carpeta sus documentos. El resto de los pasajeros se iban acomodando en sus asientos en silencio, ese silencio inapreciable de los aviones que se pierde en el zumbido de los motores. Después del despegue, Teresa y Augusto hablaron. Recurrieron a las frases manidas que provocaba aquella liturgia del viaje en un lugar cómodamente estrecho, que constreñía los cerebros y, por ende, la supuesta racionalidad. La miseria del ser humano emerge entonces desde la confusión y la obligatoriedad a mostrarse sociable, afable, ameno. Se refirieron a un programa de televisión que había provocado un escándalo. El presentador había echado del plató a un afamado chef que había acudido borracho al programa y se lió a insultar a los invitados al debate, recriminándoles por su estilo barriobajero y sensacionalista. El Ministro no parecía muy interesado por el trabajo y prefirió dormir. Se puso la almohada en la nuca. Teresa observó su semblante plácido dormido. Hubiera parecido un bebé de no ser por sus bucles canosos y sus manos entrelazadas. Teresa estaba leyendo un informe de protocolo sobre los usos y costumbres de la sociedad china (normas, instrucciones, manuales, dirigismo) cuando Lucía Mendo se agachó a su lado en el pasillo de la Business Class. Susurró al ver a Augusto dormido. -¿Cómo lo llevas?-. -Bien, ya ves, muy tranquila-. Teresa cerró la carpeta dispuesta a cambiar de tercio. -Yo estoy cagada. A m volar me pone de los nervios-.

225


-Tómate un Bailey’s. Es lo mejor. Si quieres, tengo Biodramina. Dormirás todo el viaje-. -No, deja, deja. Yo no bebo. Y ahora menos. Estoy intentando tener un bebé, bueno y convencer a mi marido-, se reía mientras hablaba, -ya sé que ahora no parece lo ideal, pero hija, tengo 38 tacos-. -Qué bien. Estamos todas igual. Yo también quiero tener un hijo-, se sorprendió de su desinhibición, pero al fin y al cabo con esa mujer todo era sencillo. -Joder, vaya par de inoportunas. ¿Tienes novio?-. -No, qué va-. -Mejor así. No tienes que convencer a nadie entonces. Que les den por culo a los hombres. Te dejo, linda-, se levantó con una mueca de dolor y acarició el mentón de Teresa. Augusto se despertó por la brusquedad de los movimientos del avión que saltaba como un autobús circulando en un camino de piedras. -¿Qué coño pasa?-. A continuación, levantó mucho la voz dirigiéndose a la auxiliar. -Por favor, señorita-. La auxiliar le explicó que no debía preocuparse. Estaban atravesando una tormenta y las turbulencias eran fuertes. -Siempre ocurre por esta zona. Debemos estar a menos altura de la que solemos llevar, pero no debe preocuparse-. Al hablar, la joven azafata iba perdiendo su sonrisa en el traqueteo violento que la obligó a asirse de los dos asientos que tenía más cerca. -Perdone, señor Piñas, debo avisar para que todos se abrochen el cinturón-, y despareció tras la cortinilla. Por los altavoces, el comandante anunció que durante unos minutos el avión sufriría sacudidas fuertes y rogó a pasajeros y tripulación que permanecieran sentados y abrochados. Se hizo el silencio y el volumen de la música ambiental pareció crecer. El aparato descendía bruscamente y volvía a recuperar altura de súbito, se zarandeaba y convulsionaba endemoniado. Era la primera vez que Teresa sentía un miedo incontrolable en un avión. Hasta ahora, todos habían seguido el ritual de lo repetido, lo que tantas veces habían celebrado con solemnidad protocolaria: facturar, embarcar, abrocharse el cinturón y leer en un minúsculo espacio de aire artificial. Pero a partir de ese momento, dejaban de imperar

226


normas de actuación preestablecidas. Ahora todo era una celebración desconocida en la que cabía improvisar. A ti te entró la risa pensando en el libro que asomaba por el bolsillo del asiento. Lo llevabas para leer en el avión. Su título era “Tanta pasión para nada” porque pensabas que precisamente describía el final de tu vida con una fina ironía. Tú en cambio mirabas a Teresa horrorizado porque se estaba riendo sin mirarte. Las palabras del comandante de nuevo sonaron por la megafonía del avión. Advertía de un posible aterrizaje de emergencia pero no especificó ni el lugar ni la ocasión. Su voz parecía serena, pero seguramente estaba atenazada por la tensión y la responsabilidad. Tú pensaste que estabais en sus manos y no en las de Dios. Probaste a rezar, como tu madre te había enseñado de niña, pero el Padrenuestro no brotaba por culpa de la mano de Augusto que se había posado en la tuya, primero suavemente y después que te agarraba con fuerza. Querías mirarle, pero cómo convencerse de que su cara podría se la última que mirases. Le devolviste el gesto, estrujando su mano fuerte. Te volviste y dijiste mierda, Augusto, esto es el final. Sonó apocalíptico y brutal y él lloraba como un niño, por la impresión tan sobrecogedora que provocaba el brusco descenso del avión. Creías que podrías mantener la compostura y buscaste en tu cerebro una frase mantra del tipo no pasa nada, pero ella disparó con la frase esto es el final y empezaron a brotar lágrimas de tus ojos. Tu estómago se estrujaba contra los latidos del corazón. Pero qué mierda, ahora que todo iba tan bien. Que estupideces pensaste en esos minutos. Mi madre se va a disgustar mucho. Matías se quedará de piedra y su embarazada novia tal vez pierda el bebé por la impresión. Mis zapatos. Joder, joder, no voy a tener un hijo. No, no vas siquiera a concebir ese hijo que querías tener. Y se lo dijiste a él. Quería tener un hijo y no podrá ser. Y Augusto te respondió gritando que nunca lo había pensado pero que sí, que él también, que ya había sido hijo demasiado tiempo. Tú le dijiste a ella que también te quedaría pendiente tener un hijo. Justo, eso era. Estabas seguro de que deberías haber traído otro Piñas al mundo, un pequeño Piñas sin mentiras y sin montajes, sin vericuetos mentales ni enfermedades incurables, que no fuera tan imbécil de haber podido contraer el SIDA, como tú. Que no tuviera que arrastrar el peso de la muerte de otro hombre. Pixi había muerto por tu culpa, como los cientos de prisioneros de Buchenwald murieron por culpa de tu abuelo, el hijo de la gran puta. Le dijiste a

227


ella que hasta en ese puto instante de desesperación, te estaba aconsejando bien. Qué gracias por todo. El pasaje estaba en plena histeria colectiva. Gritos y llantos se escuchaban mitigados por el zumbido que no había cesado, sino que ahora era más estruendoso. El avión descendía apresuradamente sin control. Es ese tiempo que pasa despacio como en los dibujos animados, el slow motion de la realidad, imposible saber si son segundos o minutos. Cada uno repasa como en un resumen lo que ha hecho bien y lo que ha hecho mal, lo que no ha hecho, lo que debería haber hecho, lo que tiene que hacer ahora. Se preguntan cómo será el final, nadie tiene tiempo de imaginar un final feliz o una solución imposible. Se les pasa por la cabeza morir follando con un desconocido, o eso, o agarran fuerte del brazo a sus parejas o a sus hijos o sus padres o a sus compañeros de trabajo, que están ahí pensando en lo mismo. Todos parecen tener una asignatura pendiente que no podrán aprobar nunca. No llegaron a Shangai, pero no sería ese avión el féretro de las ambiciones de Teresa ni tampoco el de los planes de una vida mejor para Augusto. -Se acabó-. -No te lo permitiré-.

228


22. Malta, capital: La Valeta

Era una de esas tardes en la que las horas se escabullían perezosas por las rendijas del aburrimiento y la monotonía; mientras, los rayos del atardecer en Arévalo se posaban sobre el rostro de Teresa. Sólo unas pocas ideas, ni demasiado claras ni demasiado confusas, revoloteaban en sus ojos y desaparecían hacia una indolente despreocupación. Era una de esas tardes de mesa camilla, brasero y tazón de malta en la que la merienda había aterrizado imprevista y empalagosa, sin apenas digerir la comida, sobre el tic tac del reloj de pared. Teresa, amodorrada por culpa de tres vasitos de vino tinto peleón, esperaba un nuevo punto de partida que se resistía. Se había dejado languidecer sobre el sofá de la salita con su madre remendando calcetines y ella escalaba por cuarta vez una vía de difícil acceso por la página veintisiete de Cumbres Borrascosas. Releía a los clásicos. Se había dicho que eso sí era releer a los clásicos. Llevaba ahí, envuelta en un chándal y una manta, desde que habían dado cuenta de unas abundantes y sabrosas albóndigas con un sofrito de calamares, cebolla y guisantes. Sumida en aquel marasmo, casi beatífico, su circo madrileño quedaba tan lejos que era casi imperceptible. Sólo la televisión traía suaves efluvios con la ponzoña de la praxis política. Era una de esas tardes de mierda que tanto había odiado al lado de su santa madre y que ahora, hasta cierto punto, la reconfortaban. La primavera castellana, ruda, tosca y aún fría, además, invitaba a quedarse en casa. De vez en cuando, sólo se movían sus párpados. Parecía como si su piel, sus músculos, sus órganos se desparramaran por el sofá. Necesitaba estar tumbada. Ése era, desde que había llegado a Arévalo hacía unos días, después del incidente aéreo, su estado normal. En Madrid, la pista central estaba preparada. El payaso, aún sin cambiar y sin maquillar, salió de su caravana en pantalón corto, camiseta de tirantes y chancletas. Miró al cielo y comprobó que estaba nublado. Se convenció de que la primavera había llegado renqueante. Sacó un pitillo y se lo encendió. Dio sólo tres caladas. No le gustaba fumar. Lanzó la colilla sin apagar contra el suelo, con rabia. Volvió a entrar. Se acercaba la hora de su función. Iba a ser la última vez, para bien o para mal. Estaba harto del número de la ruleta rusa. Había decidido dejarlo desde hacía tiempo. Aquel era el día. No podía más. Descansó un buen rato, realizó unos estiramientos y se duchó. Se vistió con su traje azul y rojo de topos blancos. Ocultó su melena con la peluca de calvo con mechones laterales. Se sirvió un whisky. Se lo bebió de un sorbo y se preparó otro. Necesitaba darse ánimos antes de asir con fuerza la culata y apretar el gatillo por última vez. Pero justo antes de entrar en escena, se pintó la más

229


amplia sonrisa que jamás había dibujado en su rostro. Aunque tenía dudas, ahora sí podía salir a la pista central. -¿Cómo debería hacer esto? ¿Cómo tengo que expresarme? ¿Qué debo decir? ¿Tengo que ser natural y desenfadado? ¿O quizás debería mostrarme serio y formal? Sin Tessy a mi lado para apuntarme, todo resulta mucho más complicado-, se planteó Augusto Piñas dispuesto a anunciar la decisión más importante de su mandato. -Anda, hija, tómate la malta que se te va a enfriar y luego no te la querrás tomar-, le dijo la señora de Baltar a su hija Teresa mientras se iba a la cocina. -Madre, es que no me apetece. Estoy muy llena. He comido demasiadas albóndigas-, contestó Teresa. -Venga, no digas tonterías y bébetela. De pequeña te encantaba. Recuerdo que pedías tu café para niños-, dijo su madre de vuelta con un escurridor lleno de patatas, unas cebollas grandes y dos cuchillos para pelarlas. Teresa calló. No quería discutir con su madre. Se acercó la taza a la boca para dar un sorbo, pero cuando el intenso olor de la malta se coló por su nariz decidió contarle la verdad a su madre. -¿Sabe qué, madre? En realidad, llevo treinta años haciendo el idiota. La malta nunca me gustó. Si la pedía era para no disgustarla a usted. Me parecía que le hacía mucha ilusión que me la tomara. Lo hacía por eso, pero la aborrezco. Siempre tuve la esperanza de que me dieran cacao para desayunar y para merendar. Odio la malta, madre. Sólo me sirvió para que recuerde durante el resto de mi vida que La Valeta es la capital de Malta-, dijo con su rencor satisfecho. -Qué cosas tienes, Teresa-, comentó su madre sorprendida, aunque con una sonrisa forzada intentando quitarle importancia. Pero volvió a la realidad. Échame una mano con las patatas. Esta noche cenaremos tortilla, tortilla española-. Teresa se incorporó y lentamente miró hacia la mesa donde, sobre un improvisado mantel de papel de periódico, se encontraban los enseres y los ingredientes para hacer la tortilla. -Madre, por favor, si acabamos de comer… Si alguna vez tengo hijos cenarán cosas ligeras y sólo les daré cacao soluble-, sentenció. Luego cogió un cuchillo y una patata y se puso manos a la obra. -Pues, hija mía, como no…-intentó arremeter la madre, entre maliciosa y bromista, que ya llevaba dos o tres patatas de ventaja.

230


Pero Teresa la cortó rauda. -¿Cómo no, qué…? ¿Cómo no espabile, se me pasará el arroz? Era eso lo que quería decir, ¿no, madre? ¿Era eso?-, preguntó violentada. -No, no, hija mía… No quería decir nada-, respondió la madre. -Pues ¿sabe qué?… Estoy intentando ser madre-, dijo Teresa, aunque se dio cuenta entonces de que se acababa de meter en un pequeño lío. En los parámetros normales de su progenitora los hijos se tenían en el seno del matrimonio, con el plácet de la Santa Madre Iglesia. -De hecho, Teresa, me parece muy bien. Si no encuentras al hombre adecuado y quieres tener hijos, debes seguir tu camino. No cometas equivocaciones como las que cometí yo... No te pudras al lado de un hombre sólo porque sí. Hija mía, tú vales mucho...-. Escuchó a su madre con estupefacción y con sorpresa. Quería conocer todos los detalles. -¿Qué quiere decir? ¿A qué se refiere?-. -Oh, a nada, a nada, hija mía-. -Pero, madre, ¿porque no me lo cuenta? Hábleme de la relación que mantenían usted y padre. Nunca les vi reír, nunca les vi cogerse de la mano. Nunca…-. -Tu padre fue el que impuso que tomaras malta para desayunar, malta para comer y malta para merendar… Yo sólo acaté las órdenes como un número más de la Guardia Civil, desde el principio y hasta el final-, dijo pelando las patatas. -Y ¿por qué no se rebeló, madre?. ¿Por qué no se rebeló?-, le preguntó Teresa con rencor y asco hacia su madre por su pasividad. -No se podía, hija mía. No se podía ni rechistar. Si María Cabañeros desayunaba malta, su hija también. Si María Cabañeros estudiaba en Salamanca, su hija también. Tu padre te quería mucho. Te quería más que a nada en este mundo, pero era un animal de bellota-. -No entiendo qué pinta María Cabañeros en todo esto-. Tras pronunciar aquellas palabras, intentó coger la cebolla para pelarla y cortarla y la viuda de Baltar cogió otra para hacer lo mismo. -María Cabañeros era la niña bien del pueblo. El modelo a seguir, la niña que todas queríamos tener. Bueno, algunas no. Tu padre siempre decía: "Mi hija legítima, la que yo he criado y mimado como a una princesa, no puede ser

231


menos que la otra hija que vive en la casa rica del pueblo". Sí, eso decía tu padre cuando se enfadaba y me gritaba y me abofeteaba o me atizaba con el cinto-, dijo la madre de Teresa con unos enormes lagrimones que brotaban de sus ojos. -¿Qué quiere decir, madre? ¿Me lo puede explicar mejor?, porque me estoy liando-. -No, Teresa, no te estás liando. Has oído bien. Tu padre fue un cabrón desde el principio hasta el final y yo me dediqué a seguirle la corriente. Le seguí la corriente hasta el final. Eso hice toda mi vida, para protegerte y para que no te lastimara-, contestó secándose las lágrimas imparables-. Tuvo dos hijas a la vez, María y tú-. A la mujer le temblaban las manos que no dejaron de deslizar el cuchillo por la patata. -Madre…-. Teresa estupefacta, también con lágrimas en los ojos, se acercó a ella. Necesitaba su cobijo, necesitaba sentir el calor de su madre, necesitaba que alguien aplacara el fuego que sentía en el pecho. Pero su madre se zafó y evitó aquel abrazo que tanto buscó durante años. Teresa, voy a buscar los huevos. Son unos huevos magníficos. Me los ha traído Pilar esta mañana. ¿Te acuerdas de Pilar? Se ha casado y ha tenido tres hijos. Dos nenitas y un nene. ¿Creo que es más joven que tú, no?-. La niña Teresa, la hija Teresa, se mantuvo allí como una mendiga del cariño. Cogió otra cebolla y siguió con su cuchillo. Para salir de aquella escena, miró fijamente la televisión. En la pantalla un payasito calvo, pero con mechones pelirrojos a los lados, iniciaba un número macabro. Se trataba de la ruleta rusa. Antes de empezar explicó que tenía una sola bala y que dispararía tres veces. Tras pronunciar aquellas palabra, había hecho rodar el tambor de la pistola y se había disparado en la sien una primera vez sin causar ningún estropicio. La bala no estaba allí. Tras aquella primera tirada paró, miró fijamente a la cámara y dijo: -El país necesita crecer, necesita reformas. Para llevar a cabo este cometido se hace imprescindible que se incorpore gente nueva a este gabinete, con ideas diferentes para afrontar la situación. Por estos motivos, hace unos instantes, acabo de presentar mi dimisión irrevocable ante el presidente del Gobierno y ahora, aprovechando esta rueda de prensa, se lo anuncio públicamente. Me voy. Quiero dar las gracias a todos mis colaboradores y, por supuesto, a todos ustedes”-. El ministro de Tecnología, Augusto Piñas, acababa de dimitir en directo.

232


Inmediatamente, Teresa cogió su móvil y llamó a Manuel. Como ya se imaginaba, el teléfono de Manuel comunicaba. Luego llamó a Augusto. Cogió de nuevo la cebolla que acababa de empezar a pelar y lloró. Dejó la cebolla y el cuchillo sobre la mesa y fue al lavabo. Necesitaba lavarse las manos y la cara. Necesitaba estar presentable y salir para Madrid. Necesitaba huir de La Valeta. Debía zarpar. De pronto comprendió que el clima de Malta no le sentaba bien. *** Los días en el Ministerio se sucedieron confusos como los de una mudanza. A cada paso que daba, las estancias estaban cada vez más vacías. Sólo se oía cómo crujían bajo sus pies las pieles de los reptiles que alguna vez moraron allí. Piñas había sido el primero en salir. Desde la debacle, acababa su jornada a las cinco. No necesitaba pasar más tiempo en su despacho. Nadie pedía nada, nadie la echaba de menos. Tan sólo el bueno de Manuel, que ya tampoco trabajaba en el Ministerio, le mandó un correo electrónico sucinto en el que le comunicaba que todo había acabado con su mujer, que ya se pondrían en contacto más adelante. Coro le había dejado, harta de su despreocupación con la familia y harta de la política. Por las mañanas, Teresa llegaba a las once. Haraganeaba consultando su horóscopo por Internet y mandando correos electrónicos al limbo. Ya nadie le contestaría. Ya no era nadie. Comía algo. Subía a por el bolso y salía para casa. No se sentía presionada. Ya no era nadie. Una tarde decidió llamar a su amiga la jequesa. -¿Mariè-Thérèse? ¿Eres tú, cariño? Hace tanto tiempo que esperaba esta llamada…-.

233


23. Un sitio para cada uno (Fin de la Ruta)

Cualquier final es posible y cualquier final es bueno para una historia. Esta historia tiene el final que coloca a cada uno en su sitio. (Carmen Rosemberg)

El frío en Nueva York es un frío intenso y profundo que te desnuda por dentro. Ese día el termómetro de la 46th Street con la Second Avenue marcaba -8 grados centígrados, pero no había nevado en varios días. Teresa caminaba sin prisa ya cerca, a sólo unos pocos metros, del Aka United Nations Hotel. Había adquirido la costumbre de andar siempre que podía y para ello calzaba unos zapatos planos atados que ese invierno hacían furor en la meca del trend fashion. Cada día se los colocaba en su despacho y guardaba los tacones en el gran bolso que acompañaba a su maletín de piel. Adoraba caminar por la ciudad y ese paseo frío que cada día recorría entre el complejo de la ONU y su casa, le impedía elucubrar más de la cuenta. La sonrisa perenne que tenía podía proceder de ese ambiente gélido o de su estado de ánimo. Con el bolso colgado del hombro y el maletín en la mano, entró en el vestíbulo del hotel. Se detuvo en el mostrador de la recepción y, saludando, dejó el maletín. El amable empleado del Aka United Nations le devolvió el saludo manteniendo la compostura, a pesar de la familiaridad que cabía esperar de una relación de tanto tiempo. Robbie era un joven neozelandés que se encargaba también de revisar el apartamento suite de Teresa cuando ella pasaba mucho tiempo fuera. Se dirigió hacia el loungue, un salón de dimensiones pequeñas si se comparaba con el resto de los salones de que disponía el hotel. -Por todos los santos, Teresa estás guapísima, aunque calces esos zapatones de mujer-reno-. Ella se agachó para ponerse a su altura y le dio dos besos poco calurosos, mientras él le tocaba el pelo. -Y esa melena corta te queda perfecta-. -Hola Pablo, espero que no hayas tenido que esperar mucho-. Se sentó frente a él en una butaca morada baja, ambos separados por una mesa velador de cristal en la que había un martini blanco. -No, qué va, no. Acabo de llegar. Tenía un acto esta mañana en las afueras de la ciudad y temía ser yo el que llegase tarde-, levantó su brazo y mediante gestos señaló al barman que trajera otra copa igual.-¿Vives aquí? Joder, Teresa. Impresionante-.

234


Pablo Solózabal en su silla de ruedas ocupaba el lugar de la butaca. Aún llevaba puestos el abrigo y la bufanda y daba la impresión de que le faltaba más pelo que la última vez que lo vio. -¿Qué tal en el Ministerio? ¿Y este viaje, productivo?-, preguntó Teresa sin interés pero claramente dispuesta a desviar el tema de los detalles de su vida privada. -Bien, bien. Seguimos en lo de la moto eléctrica y todo va a pedir de boca. Estamos aquí para firmar convenios de fabricación de componentes en España. Lo malo es que no tengo tiempo de nada. Hacía tiempo que quería venir a verte. El correo y el teléfono no me muestran lo que tú tienes para enseñar-, se rió de forma forzada, -y… si es productivo o no este viaje, dependerá de ti-. -¿De mí? Pues tú dirás, Pablo-, dijo ella reclinándose altiva y cruzando las piernas. -No te hagas la tonta, ya lo sabes. Sólo tienes que hacer un informe positivo de la ubicación del silo nuclear con sello de la OIEA-. -¿El silo nuclear? Sabes que no se dan las condiciones de seguridad. Me limitaré a volver la cabeza hacia otro lado-. -Por favor, Teresa. Ya sabes cómo funcionan estas cosas.Tú misma trabajaste en el Ministerio tapando los defectos del proyecto y vendiendo las ventajas de albergar el puto cementerio nuclear-. Pablo se enardecía a medida que las palabras fluían de su boca. -Teresa, necesito un sello y tu firma o no tendremos almacén. No te costará nada-. -Mírame y escúchame bien, Pablo. No voy a hacer mierdas aquí para que tú te cuelgues medallas-, ahora se desplazaba hacia el borde del asiento y se inclinó hacia delante, con la mirada fija en su compañero. -Teresa, por favor. Te estoy pidiendo una chorrada que tú puedes hacer sin despeinarte. Vamos, sé patriótica. Hazlo por tu país-. -No, señor ministro de Tecnología, no voy a mover un pelo por ti. Mi patriotismo está ahora a muchos kilómetros de distancia. Tan lejos como lo estás tú. Tus tretas ya no me afectan en nada-. Teresa parecía molesta pero con ganas de hablar. Pablo la interrumpió. -Lamento tu actitud y hasta es posible que me lo merezca, pero esperaba que tuvieras en cuenta que sine amicitia, vita esse nullam, ya sabes, la vida nada es sin amigos-.

235


-Pues yo creo que obsequim amicos, veritas odium parit, ya sabes, el servilismo produce amigos; la verdad, odio-. -¿Y esa es la verdad, entonces?-. -Sí, Pablo-. -Pues ya que hablamos de verdades, dime la verdad ¿Cómo conseguiste este puesto?-. -¿La verdad? Tú lo has dicho, la vida nada es sin amigos-. Teresa se levantó dejando un billete de 20 dólares sobre la mesilla. -Adiós, Pablo-. -Teresa-, dijo él, sin ánimo de levantar la voz. Por eso, ella no lo escuchó ya de espaldas y caminando hacia la salida. Pablo Solozábal pidió otro martini. En la política, siempre hay un hotel como escenario. Teresa recordaba su encuentro con Solozábal en el Palace, aquel día de otoño, temblorosa y derrotada. Las tornas habían cambiado y ella era quién marcaba ahora la hoja de ruta. Le vino a la memoria el discurso de Pablo: “El general Leone alardeaba ante el soldado poniéndose derecho en la trinchera y después, tras demostrarle que no había ningún peligro, lo ejecutaba invitándole a hacer lo mismo. A veces el soldado tampoco recibía el tiro de gracia. Lo había perdonado. Teresa, lo que quiero decir con esta parábola es que el general Leone tenía un don, un don maldito, pero un don al fin y al cabo, que al igual que yo utilizaba según su conveniencia”. Subió a su apartamento del Hotel Aka U.N., recogió su maleta que ya tenía lista y cogió del vestidor dos bolsas de plástico repletas de cajas pequeñas. Al salir, le dejó las llaves a Robbie que seguía tras el mostrador. De nuevo recorrió el camino de vuelta por la calle 46 hasta la Primera Avenida. Atravesó los jardines de las Naciones Unidas, pasó los controles rutinarios e hizo una llamada por su teléfono móvil viendo ya el helicóptero removiendo con su hélice el aire frío y húmedo que llegaba desde el río. -Manuel, cariño, voy a subir ya, dime-. -Ah, no sabes lo que me alegro. Tus hijas en Manhattan. ¿Cuándo llegan y hasta cuándo se quedan?-. -Bueno, puedo intentarlo pero me será difícil sacarlos de allí y traerlos al bullicio de Nueva York, ya sabes-.

236


-No te quejes, coño, que no te he dejado tantas cosas para hacer. Por cierto, trabajaré en casa estos días, envíame todo lo nuevo, que prefiero revisarlo-. -Si, dime-. -Llamabas para eso, para saber los detalles. Pero que cabroncete. Pues ha sido para partirse, Pablo no tiene solución, es un mierda, ya sabes-. -Cuídate tú también y hasta el martes. Un beso-. Se quitó la gabardina antes de sentarse y se arregló su negra cabellera ahora más corta, despeinada por el vendaval. -Miss Teresa-, saludó lacónico el piloto afroamericano de su helicóptero para que ella leyera sus labios entre aquel sonido ensordecedor. -Jimmy, tenemos muy buen tiempo hoy- le gritó ella. Mientras el helicóptero se elevaba, comprobó una vez más que estaban todas las cajitas en las dos bolsas de Fao Schwartz, la tienda de juguetes más visitada por los turistas de la Gran Manzana. El aparato subía como atraído por una fuerza superior que contrarrestaba su vulnerabilidad. La Isla de Ellis y el Empire State eran los dos primeros síntomas de que volvía una vez más al lugar que le correspondía. El segundo síntoma era la molestia de la cicatriz de su cesárea. Habían pasado más de dos años y todavía la sentía al sobrevolar los rascacielos. Era cuando en que esbozaba su más amplia sonrisa, cuando nadie la veía en ese pequeño huevo acristalado. Contemplaba las azoteas de los edificios y los otros helicópteros que sobrevolaban la Estatua de la Libertad y parecía una turista, pero no lo era. Ese era su sitio y no estaba de visita. Pensó en su pueblo, en sus calles, en la ropa tendida y los restaurantes de la carretera, en la campaña electoral “Teresa Baltar, el futuro limpio de Arévalo”. Ya eran recuerdos porque no iba a regresar nunca más a beber el tazón de malta y a retener las arcadas. Su madre había muerto y con María Cabañeros como alcaldesa, verse taconeando por la plaza le hacía sentir otra persona que nunca más quería ser. Pensaba mucho en su padre, más que en su madre. Francisco Baltar hubiera visto cumplido su deseo de que su hija de verdad, Teresa, estuviera a esa altura del suelo, mientras la otra hija que tuvo con la señora de Cabañeros, jamás hubiera subido a un helicóptero. Pobre mamá. Allá dónde estés, no mires. Y todo este reflujo de recuerdos se agitó y se removió en su estómago al leer detenidamente la tarjeta de visita que llevaba plastificada en la maleta pequeña. Sr. Dña. Teresa Baltar Directora general asistente

237


Agencia Internacional de la Energía Atómica OIEA En el reverso, su cargo en inglés. Cada vez que la leía se avergonzaba con el recuerdo de la tonta de Teresa poniendo cara de lela al tiempo que la jequesa de Abu Dabhi lo pronunciaba: General manager assistant, International Atomic Energy Agency. Y le dijo lo simpático que le había caído Augusto Piñas. Todo en la misma frase. Se acarició el collar de perlas naturales que le había regalado esa mujer Busayana Bin Al Nassser, a cambio de su sinceridad y su eficacia. La admiración era mutua. Aquel día de verano en Madrid de hacía ya casi cuatro años, Teresa dudó un instante, el tiempo suficiente para comprender que sólo podía aceptar el cargo que su amiga emiratí le tenía preparado, con dos condiciones: la sede regional de Nueva York y el helicóptero. El Center for Energy and Enviroment Policy Research, dependiente del Massachussets Institute of Technology (MIT), estaría así a un tiro de piedra de su despacho en la ONU. El sol entonces lucía desde abajo reflejado en un mar de espejos que miraba al cielo, deslumbrando a los ocupantes del pequeño insecto volador en que se encontraba Teresa. Cientos de hectáreas de placas solares ofrecían el aspecto de una plantación brotando a su placer, inmensa fuente de energía que le devolvía a la naturaleza en forma de calor y watios el regalo de la luz. La minúscula casita iba aumentando su tamaño mientras el huevo acristalado buscaba la superficie en que posarse. Desde más abajo, ya era una casa grande de una planta, con tejados a varias vertientes y ventanas cuadriculadas, lejos de la inmensidad de la plantación fotovoltaica, pero unida a ella por un córdon umbilical. Teresa bajó del helicóptero y se despidió de Jimmy, que levantó la mano sin más. Se oyó un estruendo y se levantó una gran polvareda. El sol era cegador. Entre la bruma que desenfocaba la visión, se dibujaron tres figuras oscuras sobre fondo claro. Detrás, Augusto Piñas caminaba apresurado para detener el alborozado correteo de dos niños pequeños delante que agitaban sus manitas y gritaban. Teresa corrió a su encuentro y abrazó a sus hijos, los dos iguales y de tez cetrina, como ella. Mummy, mummy. -Mis pequeños-. Besos y más besos. Teresa nunca había dado tantos besos. Habían nacido para ser besados. Cuánto os he echado de menos-. Augusto recogió las bolsas de juguetes, la maleta y el bolso de Teresa, que cargaba en sus brazos a los niños en dirección al porche.

238


-Has llegado pronto hoy, Tessy-. Teresa se volvió y acarició el mentón de Augusto. -Sí, necesitaba volver a casa-.

FIN

239

HOJA de RUTA, de Carmen Rosemberg  

Novela de trama política

Read more
Read more
Similar to
Popular now
Just for you