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Un poco de sangre. Ricardo Morales

La cara se le veía roja por el reflejo del sol en el muro con consignas electorales en el que se paró a prender el cigarro. De la nada sacó una agenda de cuero del tamaño de su mano y se puso a repasar el plan. El Toño sale a las cinco y media de la pega, se va a separar de sus amigos en el metro. El Cana sabe que así será. Lo conoce desde que tiene 4 años. Era con el Toño que se jugaron las primeras pichangas. Con el Toño jugaban super nintendo y se fumaron sus primeros caños en la pieza de sus papás. Todavía se acordaba del mes entero que estuvieron encerrados en su casa porque su papá los había encontrado fumando en el baño. Un mes entero de castigo que pasaron juntos, como todo lo que habían hecho en la vida. Pasó una micro de transantiago y el reflejo del sol en uno de los espejos le dio de lleno en la cara morena al Cana. Quedó un rato encandilado, pensando mientras masticaba el filtro del cigarro. Deseaba que fuera marihuana el filtro sin sabor que se le metía entre los dientes. La pintura roja del muro hacía parecer los ojos del Cana como si fuesen dos globos inyectados en sangre. El Jaime, su padrastro, siempre decía que cuando uno quería hacer las cosas bien tenía que dar los primeros tres pasos con decisión, si se vacilaba luego de los tres pasos, la voluntad de parar era menor, total ya se estaba caminando. Y eso siempre le quedó grabado en la mente al Cana. Fue así que empezó a vivir. Así fue con el primer Narco que dejó lisiado, y con el tipo que había muerto la semana pasada gracias a la bala de su mágnum .357. Todavía se acordaba de la sangre estampada en la pared. Era como de película. Cuando se metió en esto de la matanza por dinero, el Cana sabía que iba a ver siempre cosas así, y cuando el Jaime le regaló su primera y única pistola y le dijo “con esta vay a pintar paredes de lo lindo, en serio, si les disparai a la cabeza, quedan todos los sesos en la pared. Hay que ser estómago e perro pa disparar estas weas” supo que iba a ser duro. Y efectivamente, como en todo, el Jaime siempre tenía razón. Una niñita de unos 4 años lo volvió a la realidad. Era otra micro que pasaba, pero por primera vez el Cana notó la cara de la gente que iba en las micros, que iba y venía sin saber la miseria que los rodeaba. Si supiera la mamá de esa niñita lo que iba a hacer, quizá la Alameda dejaría de ser lo que era. Bueno, a decir verdad, la Alameda iba a dejar de ser lo que era. Que el Cana supiera (y nunca el Jaime mencionó lo contrario) en la Alameda nunca se había producido un asesinato con disparos a quemarropa y sangre vertiéndose en los andenes el metro. Eso lo animaba un poco. El puto Cana al fin saldría nombrado en alguna cosa además de la lista del Liceo donde de vez en cuando se dignaba a entrar. El semáforo dio verde y las converse negras llenas de tajos, hoyos y mugre, se movieron. Primer paso y la cara de la Karen le volvió a su mente. Había decidido que la cara de su pedazo de cielo no iba a participar de lo que iba a ser. Ella no tenía nada que ver. Se obligó a pensar en otra cosa, pero seguía acordándose de ella. El Jaime siempre le dijo que cuando uno mataba debía hacerlo sin odio. Que el odio siempre traía problemas y remordimiento. El odio nunca fue el mejor asesino, y eso lo aprendió de su único maestro, su padre postizo, el


Jaime, su único cable a tierra junto con la Karen. El Cana era un tipo atormentado por la vida que le tocó vivir, pero el hecho de sentirse necesario para el Jaime y la Karen, le hacía tomarse el café con Meta-anfetaminas y su cigarro todas las mañanas. Todavía sentía la euforia que las pepas de esa mañana le habían dejado. Pero el Cana no era un tipo común. Para el las pepas no eran un justificativo para escapar de su realidad; el nunca necesitaría de drogas para escapar de su realidad ya que ésta siempre estuvo ajena a este mundo. El cerebro del Cana era privilegiado, y cuando mataba bajo el efecto de las anfetas no eran estas las que mataban, sino él, cada milímetro de su cuerpo era el que mataba. El segundo paso llegó y le hizo quejarse un poco por la pierna izquierda que el Toño se había encargado de quebrar un mes antes. Una de las pocas cosas que aprendió del Toño era a caminar fuerte cuando se estaba decidido. Ya la imagen de la Karen volvía a atormentarlo, y la cara del Toño pegándole también se hacía más vívida. La imagen de ese Toño enfermo, desfigurado, con un bate de béisbol aplicando un castigo que nadie nunca mereció. El Jaime ya no estaba ahí para frenar lo que pasaba. En la lápida del Jaime decía sabiamente el epitafio basado en una frase célebre del Kurt Cobain “No se donde voy, no se, solo se que aquí no puedo estar” Había muerto en su ley. Mardones, el tira de la sección antidroga, le había puesto un balazo en la frente, justo entremedio de las cejas, en un tiroteo que empezó cuando el Jaime mató al mejor amigo y distribuidor del Toño. Murió defendiendo lo suyo. La cocaína había transformado al Toño. Llevaba un tiempo pegándole al viejo, a su viejo, que de postizo solo tenía la adopción. Siempre el Toño y el Cana habían sido sus hijos. Salieron del vientre materno de la desgracia a los 10 años. Antes nunca vivieron salvo un par de recuerdos que ahora se perdían entre las caras muertas de la gente que los rodeaba. Al tercer paso, el perfume frutal de una universitaria que paso a su lado lo distrajo un poco de su tarea. Le recordó de nuevo a la Karen, en el Hospital, en el cajón, el pasto que había arriba de la tumba, las flores y los dibujos que las alumnas le habían dejado. El, Cana, su marido, solo le había dejado un girasol que sobresalía del montón de coronas. Era lo que el entendimiento y la sensibilidad le habían permitido. No era digno de presentar respetos a nadie. Ni a su mujer. Todo pasó muy rápido. Pagó en el torniquete con su pase escolar robado que compró en una feria persa. Lo había cargado con 25000 pesos, que fue lo que le dejó el Jaime arriba de su cama al lado de la agenda de cuero el día en que se murió. Era su testamento. Sin palabras: El Dinero y la agenda. El Cana siempre fue ordenado. Todo lo que hacía lo maquinaba cuidadosamente y por eso quizás todo salía como el quería. Lamentablemente las cosas salían bien solo cuando de matar se trataba. Miró el reloj de su celular y vio que eran las 5:01 de la tarde. Ya se acercaba la hora. Apretó fuerte la mágnum en su bolsillo y bajó la escalera en dirección al andén. El Cana sabía que lo buscaban por el asesinato de la Karen y por la muerte de 12 personas. Quizás eso le molestaba, que mezclaran la muerte de la Karen responsabilidad del toño, con las muertes que repartió por encargo y trabajo.


No le importaba. Quizás los detectives estaban todos alrededor en el metro, y lo iban a tomar preso en cuanto sacara la .357, pero el Toño no podía estar seguro, bien sabía que cuando en la ignorancia de su infancia jugaban a tirarse piedras, era el Cana quien siempre tenía los moretones y rasguños mas leves por su agilidad. Apoyó la espalda en el descansillo de la escalera, esperó y en el momento justo en que sonaba la alarma del celular (la quinta sinfonía de Beethoven) se encontró cara a cara con el Toño. Le vio el miedo en los ojos. Bien sabía el Toño que esa era la alarma de matar del Cana y que el responsable de la muerte de las únicas cosas que le importaban al Cana era él. La escena parecía ir en cámara lenta, del andén surgieron gritos y tres tiras con pistolas emergieron cuando la cubierta negra de la mágnum salió a saludar a su última víctima. Los labios del Toño se abrieron para decir “piensa en lo que vai ha hacer hueon, te vai a cagar la vida” y esta vez la mágnum abrió sus labios y le respondió “ya no tengo nada que perder, miedo no tengo” Y la bala salió del Cana para encontrarse con el cerebro lleno de cocaína del Toño. Ahora sólo le faltaba devolverse la mano y nada lo detuvo. La sangre se deslizó por una imperfección de las baldosas hasta las vías y se encontró con la Karen y el Jaime, el viejo Jaime…


un poco de sangre