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Valores Cristianos Todos los valores sobre los que hemos venido hablando han sido elevados y transformados por Jesucristo. Con la llegada de Cristo los valores humanos se insertan, elevándose y transformándose, en el orden de la redención. El cristianismo no suprime ni menosprecia los valores humanos, sino que les da una nueva orientación, un nuevo espíritu, una nueva inspiración. Surgen así los valores cristianos que Cristo nos dejó consignados en su mensaje evangélico. Quizás su mejor resumen sean las bienaventuranzas que nos presentan una radiografía de lo que debería ser el corazón del hombre evangélico: la pobreza de espíritu, la mansedumbre, la misericordia, la pureza de corazón, la búsqueda de la paz y de la justicia, la paciencia de frente a la persecución. Junto a las bienaventuranzas, los Evangelios subrayan también la importancia de algunas actitudes que Cristo exige de sus discípulos: la fe, la confianza absoluta en la Providencia, la humildad, la sencillez, la capacidad de llevar la propia cruz, la abnegación, el perdón de los enemigos y, sobre todo, el amor mutuo que es el distintivo que caracterizará a quienes quieran seguirle y que Jesús propone en forma de un «mandamiento nuevo» que sustituye a la multiplicidad de mandamientos de la antigua ley (Jn 13, 34). La venida de Cristo al mundo ha operado en él la mayor revolución que jamás se haya podido pensar: revolución pacífica del Evangelio que cambia al hombre desde dentro, purificándolo del pecado y abriendo su alma a la acción transformante del amor y de la gracia. Cristo no solamente ha sanado al hombre de la herida del pecado original, sino que ha elevado todo lo humano a un nivel superior. Por eso podemos decir con verdad, siguiendo la gran tradición cristiana, que la gracia no suprime, sino que perfecciona y lleva a su plenitud a la naturaleza. Creo que el mejor modo de considerar los valores cristianos es verlos reflejados en la persona misma de Jesucristo. La contemplación de su personalidad es fuente de perennes gracias para nuestra vida. El Evangelio nos presenta a Cristo en un acto de continua donación de sí mismo al Padre y a los hombres. Jesucristo vive en perenne actitud de servicio (Mt 20, 28). Lo que le preocupa por encima de todo es realizar siempre el querer supremo del Padre (Jn 4, 34), agradarle en todo (Jn 8, 29). Y por ello no le perturba ni inquieta la opinión de los hombres (Mt 22, 15). Pero el hecho de vivir siempre pendiente de las cosas del Padre (Lc 2, 49) no le impide apreciar en todo su valor las realidades creadas: la belleza de los pajarillos del cielo, las flores de los campos (Mt 6, 26-28), la majestuosidad de los montes solitarios adonde se dirige para orar (Mc 1, 35; 9. 2), la soledad del desierto donde fue tentado. Es también sumamente sensible ante las realidades que tocan la vida de los hombres. Quiere participar del gozo de los esposos, santificando el matrimonio, con su presencia en las bodas de Caná. Aprecia la amistad que le ofrecen Lázaro y sus hermanas (Lc 10, 38). Se conmueve ante el dolor de la viuda que ha perdido a su hijo (Lc 7, 13), o ante el abandono


del hombre que ha caído en manos de ladrones y a quien nadie ayuda (Lc 10, 25-37). Observa la desesperación del paralítico que no tiene a nadie que lo lleve al agua de la piscina de Betesda para ser curado (Jn 5, 6). Le llena de admiración la fe de la madre cananea que desea ardientemente la curación de su hija (Mt 15, 28). Le duele la desorientación de las multitudes que caminan como ovejas sin pastor (Mt 9, 36). Se compadece de la vergüenza de la mujer sorprendida en flagrante adulterio (Jn 8, 1-11). Le llena de gozo el alma el deseo de conversión y de renovación interior de Zaqueo (Lc 19, 110). Jesucristo es un apasionado del hombre. Le interesa lo humano porque ha venido a rescatar al hombre del pecado y mostrarle el camino seguro de su salvación. Cristo sabe que no todos los valores son iguales y por ello no teme en exigir la renuncia a algunos de ellos para alcanzar otros superiores. Aprecia el valor de las riquezas, pero sabe que la verdadera riqueza es Dios y por ello pide a sus discípulos la pobreza de corazón. Tiene en mucho el valor del matrimonio, pero sabe que Dios puede llamar a algunos hombres a vivir exclusivamente para el Reino de los cielos y a ellos les propone el carisma de la consagración virginal. Estima en mucho el valor del cuerpo, pero al mismo tiempo asigna al alma un mayor valor: «No tengáis miedo a los que matan el cuerpo y no pueden matar el alma. Temed más bien a quien puede echar el alma y el cuerpo en la gehenna» (Mt 10, 28). Surgen así las paradojas evangélicas del morir para vivir (Jn 12, 24), de servir para reinar (Mt 20, 27-28), de humillarse para ser el mayor en el Reino de los cielos (Mt 18, 4). Son paradojas que se esclarecen al considerarlas a la luz de los valores supremos: morir a sí para vivir en Dios; servir a los hombres para reinar en el cielo; humillarse en la tierra para ser grande a los ojos de Dios. Jesucristo sabe que si exige la renuncia a bienes transitorios es para poder obtener los eternos. Él es el hombre perfecto y nos revela el ideal de la perfección humana. Cuando Pilato, después de haberlo mandado azotar, pronuncia ante la multitud las palabras: Ecce homo!, no sabía que en realidad estaba presentando ante la historia el hombre perfecto, aquél que, como ningún otro, encontró el sentido más profundo de su existencia en la entrega oblativa de su vida al Padre por amor a la humanidad, y en quien todos los valores hallan su plenitud y su consumación. Él es el hombre maduro que lucha por alcanzar su ideal, movido por una conciencia totalmente lúcida del porqué de su existencia. Esta percepción tan honda y tan clara del sentido de su vida hizo que viviera en todo instante en clave de misión. Sabía que había venido a este mundo para realizar la redención y no perdió nunca el sentido de lo esencial. Por ello, cuando dio cumplimiento en la cruz a la obra para la que el Padre lo había enviado, a pesar de que los hombres lo consideraban como un fracaso o un iluso, Cristo se sabe triunfador porque ha cumplido a la perfección su misión, ha vivido con total plenitud el sentido de su existencia. Esta continua tensión que se percibe en su vida en orden al cumplimiento de su misión, nos presenta a Jesucristo como alguien que no toma la vida a medias, sino que se compromete a fondo. Pasó su vida haciendo el bien (Hch 10, 38) y sirviendo a la verdad


(Jn 18, 37), amando al Padre y a los hombres. Él es el hombre por antonomasia en quien todos los valores alcanzan su cima. Basta contemplar la profundidad y clarividencia de su inteligencia, la reciedumbre y fuerza de su carácter, el equilibrio perfecto de su vida pasional, emotiva y afectiva. Él es el hombre de principios, coherente con los mismos, fiel a su palabra, amigo de sus amigos y enemigos, hombre de una sola pieza. Él sabe resistir las dificultades inherentes a la vida humana: no se desespera ante el fracaso, ni se abate ante el sufrimiento; sabe dar sentido al dolor, sobreponerse a la angustia, no se arredra ante la incomprensión, no se deja vencer por la fatiga. Nació por amor, vivió amando y murió sin dejar de amar: «habiendo amado a los suyos, los amó hasta el fin» (Jn 13, 1). No tenemos otro modelo mejor ni más perfecto que el de Jesucristo para dar sentido pleno a la vida, para llenarla de valores, para vivirla en plenitud.


Valores cristianos