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pensamiento Estela Schindel

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William Morris. El derecho a la belleza En los inicios de la era industrial, una serie de flores ondulantes con tallos sin fin ilustraron el sueño socialista de William Morris, líder del movimiento inglés Arts and Crafts (Artes y Oficios). La vitalidad de las formas orgánicas al servicio de la ideología encabezó una ofensiva utópica contra la sociedad capitalista de fines del siglo XIX.

Este artículo es una versión adaptada y reducida del dosier “William Morris: la técnica, la belleza y la revolución”, publicado en la revista Artefacto. Pensamientos sobre la técnica, N.° 1, Buenos Aires, Eudeba, 1996; y reeditado luego como introducción a William Morris. Cómo vivimos y cómo podríamos vivir, Logroño, Pepitas de Calabaza, 2013. 46

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Diseñador, escritor y militante socialista, William Morris (1834-1896) fue ante todo un hijo de su época. Mientras el capitalismo triunfante convertía a Inglaterra en la fábrica del mundo y doblegaba a sus habitantes para adaptarlos al ritmo y constricciones de la producción industrial, él defendió la nobleza del trabajo, la camaradería y la revolución. Lo impulsaba el desprecio hacia la fealdad del mundo que el capital estaba erigiendo a su alrededor, al que impugnó en nombre del derecho a la belleza y del trabajo como placer. Entre sus contemporáneos fue conocido antes que nada como un poeta, y en nuestro siglo es recordado sobre todo como diseñador. La actividad de William Morris como militante y autor socialista, en cambio, ha tendido a quedar en el olvido. Gracias a la monumental biografía del historiador inglés marxista Edward Thompson, sin embargo, es posible recuperar no solo la dimensión política de la figura de Morris, sino ante todo la necesaria

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unidad entre esas distintas facetas de su obra que eran, para él, parte de un misma aspiración: recrear los modos de creación artesanales como resistencia a la fealdad industrial, desarrollar los valores de la camaradería y la cooperación por oposición al belicismo y la competencia del universo burgués y consagrar la dignidad y felicidad del trabajador mediante la revolución.1 Morris despreciaba la civilización mecánica, a la que llamaba “la maldición de sangre y hierro que pesa sobre nuestra época”. Sensible a la belleza de la arquitectura, amaba en cambio la nobleza de las construcciones antiguas. El deleite que le causaban estos edificios contrastaba con la miseria de los barrios fabriles y las viviendas obreras que habían convertido a las ciudades en infiernos de mugre y hollín. Percibía la responsabilidad del capitalismo industrial en la vulgaridad y fealdad de los ambientes urbanos, donde se confrontaban de manera más rotunda el bien

William Morris. El derecho a la belleza  

por Estela Schindel

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