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PRÁCTICAS GUILLERMO BENGOA

t MARÍA EUGENIA BENEGAS LARIA

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OFICIO, DIVINO TESORO 01

Un futuro distópico acelerado por un abordaje pesimista del giro tecnológico solo se contrarresta con más educación y capacitación profesional. Algunas visiones sobre el futuro del empleo descubren otras maneras posibles de administrar más y mejor la tecnología nuestra de cada día.

Permítanme empezar con una historia personal. Cuando era chico, en la década de 1970, mi padre me decía: “Estudiá en la universidad, pero además aprendé un oficio que puedas usar siempre y en cualquier lugar. Por ejemplo, carburación. Siempre se necesita alguien que sepa arreglar un carburador; en un país pobre o rico, capitalista o comunista”. La idea de mi padre ilustra tanto la fe en la educación —como herramienta para la supervivencia— como la dificultad de vislumbrar un futuro sin carburadores. Su consejo hoy suena anticuado, pero si lo hubiera seguido, si hubiera aprendido a arreglar carburadores, afinar el oído para poner a punto el auto… ¿no hubiera sido uno de los primeros en aprender cómo se dosifica el combustible en los autos modernos? ¿Saber un oficio no me hubiera llevado a actualizarme antes que nadie? En esta paradoja —la estabilidad de lo que uno ya sabe versus los cambios tecnológicos— está la respuesta a la pregunta sobre el futuro del empleo.

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TECNOLOGÍA Y DESEMPLEO

Desde hace tiempo, se discute la relación entre tecnología y pérdida de empleo. Numerosos estudios vaticinan que las máquinas irán desplazando humanos de los trabajos, que la automatización dejará sin empleo a millones de personas, que la tecnología reemplazará la sangre por el aceite, el carbono por el silicio. Efectivamente, los cambios tecnológicos siempre provocan desplazamientos en el empleo. Y los cambios nunca son indoloros. Así lo demuestra la reacción de los luditas cuando destrozaron maquinarias en Inglaterra en el siglo XVIII. Tampoco son automáticos. Como se desprende de la saga de Hermann Muthesius escrita a fines del siglo XIX, que al espiar los métodos de producción y enseñanza ingleses para cambiar la industria alemana, inició el camino que desembocaría en la Bauhaus. Los diseñadores que trabajan en el medio productivo tienen que enfrentarse constantemente al cambio tecnológico. Analizar su actuación puede darnos indicios de lo que vendrá.

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01.03 María Eugenia Benegas Laria, diseñadora gráfica. Proyecto de puesta en valor de la Ciudad de Mar del Plata a través de sus iconos arquitectónicos. La pieza evoca la figura de Amancio Williams y su Casa del Puente.

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Enrique (32) es diseñador industrial egresado de la Universidad Nacional de Mar del Plata (UNMdP). Hizo un máster en Ingeniería Biomédica en España, con una beca de la Comisión de Investigaciones Científicas (CIC). Al volver, creó un grupo de investigación sobre la impresión 3D en medicina en la Facultad de Arquitectura, Urbanismo y Diseño (FAUD) de la misma Universidad. “Mi trabajo se basa en la tecnología, y como nicho laboral no existiría si no fuera por estos avances”. En el Centro de Investigaciones Proyectuales y Acciones de Diseño Industrial (CIPADI) —el centro de investigaciones donde trabaja y que pertenece a la FAUD—, realizó modelizaciones a través de la impresión 3D sobre problemas óseos, que les permiten al médico trabajar sobre prototipos en plástico antes de operar, lo que ahorra tiempo de quirófano. “El desafío es desarrollar productos médicos adecuados a las nuevas tecnologías, que no solo cumplan su función, sino que sean fácilmente personalizables a la anatomía de cada paciente. Sin descuidar los múltiples aspectos que ofrece el diseño, incluso los estéticos, para aportar a la vida del usuario”. Maru (48) es diseñadora gráfica egresada de la Escuela de Artes Visuales Martín Malharro. Ha recorrido todo el arco de empleos posibles en ese campo, tanto individualmente como en relación de dependencia. Actualmente, está gestando un proyecto gráfico que rescata aspectos de la cultura marplatense. “Al contrario de lo que parece, yo creo que la tecnología abrirá cada vez más posibilidades para el diseño”, se entusiasma. “Que la gente no profesional se sienta diseñadora por manejar un programa gráfico es interesante. Pero, al final, se percibirán las diferencias entre el producto diseñado por un profesional y el realizado por uno que no lo es. Este es el espacio que debemos capitalizar para ofrecer un producto de calidad, que comunique, que evite la contaminación visual, que sea bello”. Caro (40), diseñadora industrial recibida en la UNMdP, trabajó para empresas de indumentaria de distinta escala. Dice que la Facultad obvió enseñarle algunos procedimientos reales, pero que en cambio le dio flexibilidad profesional: “Con el tiempo, con docentes anónimos, como las costureras, y a través de los errores y aciertos —a veces enfrentándome a superiores y subordinados—, me hice cargo, además, del seguimiento gráfico de la firma, así como también de las compras a proveedores y de la organización y el control de la producción”. En su caso, la tecnología fue una ayuda. Por ejemplo, 88

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Carolina Fay, diseñadora industrial. En Bazar y Moda se desempeña en la selección de artículos para la importación, además de ser modelista encargada del área de compras. Damián Entrocassi es diseñador industrial especializado en metalúrgica naval e industrial.

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Internet le sirvió para estudiar las tendencias europeas y hacer la transferencia a nuestras posibilidades técnicas y económicas. “El aprendizaje no termina nunca. Empecé de cero y me asombra el camino recorrido, que ahora reconozco como positivo, aun en sus momentos más amargos. Creo que no debería haber paradigmas tales como el del diseñador-productor o el del diseñador-dependiente”. En los últimos años, Carolina trabajó en una empresa que produce en China: “Desarrollamos una línea de carteras en la que se puede apreciar el alcance de la tecnología. Mi jefa me decía que no pensara tanto como ‘argentina’, que pensara con ‘mentalidad china’; es decir, ‘no tengas límites’”. Damián (50), diseñador industrial también recibido en la UNMdP, trabaja en una metalúrgica local. Allí diseña y construye montajes navales e industriales. “En la Facultad, la mirada generalista es muy útil —lo específico se aprende en el trabajo—, aunque sería interesante incorporar el diseño ligado a la gestión de la producción. Para eso no

obtuve herramientas en mi formación, y es lo que más requiere del ejercicio de la profesión”. No ve a la tecnología como amenaza: “Los avances condicionan favorablemente al diseño, contar con herramientas y maquinarias de avanzada es un aporte fundamental para la calidad de los productos. Los cambios tecnológicos me permiten optimizar los procesos, con incidencia en lo económico. Y es más competitivo quien tiene acceso a la última tecnología”. En los últimos años, observó un desplazamiento de los trabajos más duros y mecánicos de obreros a maquinarias: “El avance de la tecnología quita empleos. Pero a la vez ofrece nuevos espacios de trabajo que requieren cada vez más de obreros especializados, capaces de aplicar las nuevas tecnologías. Así se ahorra tiempo en los procesos de producción que requerirían de muchas horas hombre”. HIPÓTESIS Y TENDENCIAS

En los cuatro casos, los diseñadores supieron reconfigurar su trayectoria y aprender habi-


06.08 Enrique Frayssinet, diseñador industrial especializado en ingeniería biomédica. Coordina un grupo de investigación sobre impresión 3D aplicada a la medicina, radicado en el CIPADI. Allí diseña prototipos plásticos para la resolución de problemas óseos.

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Guillermo Bengoa Arquitecto y magíster en Gestión Ambiental del Desarrollo Urbano (UNMdP). Docente de Historia de la Arquitectura y el Diseño Industrial en posgrados argentinos y latinoamericanos. Dirige el Centro de Investigaciones Proyectuales y Acciones de Diseño Industrial (CIPADI, UNMdP).

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lidades nuevas que les permitieron aprovechar los cambios tecnológicos en beneficio propio. Esto nos permite ensayar varias hipótesis. Por un lado, debería cambiar la educación: las universidades tendrían que ver más allá del horizonte para prever cambios y enseñar en consecuencia. Ser más flexibles en programas académicos, en la relación con el medio productivo y con otras carreras. No aferrarse a las herramientas —que cambian velozmente—, sino a los conceptos: desaparecieron los linotipistas, pero no los diseñadores gráficos. Pero este cambio debería incluirse en la educación secundaria: la Argentina fue pionera con sus escuelas industriales en la formación de técnicos para el proceso de industrialización que se dio hace sesenta años. Repensar el modelo que viene obliga necesariamente a incluir los escalones previos a la Universidad. Por el otro, debería alegrarnos la democratización que sufre en la actualidad la actividad de diseñar. Los medios digitales y las iniciativas sociales (como el diseño abierto)

inician un camino. Sin embargo, deberíamos advertir: ¿podemos llamar diseño a elegir entre una serie de opciones (consumistas) predeterminadas? ¿Seleccionar el color de la funda del celular es proyectar? Aquí aparece la oportunidad de demostrar que el trabajo profesional de los diseñadores tiene un plus de calidad que vale la pena contratar. Una última hipótesis tiene que ver con la proliferación de espacios para diseñar: la tecnología 3D abre un camino en muchas escalas. La bioingeniería plantea lugares de trabajo con especialistas en seres vivos para pensar mejoras en la vida de las personas. La biónica, en el camino inverso, debería darnos ejemplos para copiar de la naturaleza, ejemplos que nos ayuden a optimizar el uso de recursos y a transformar la torpeza de nuestro mundo industrial en la elegante economía del mundo natural. La ingeniería en materiales inaugura un campo que no deberíamos abandonar en manos de ingenieros. La nanotecnología reformula una infinita cantidad de propiedades y procesos

en los cuales el ojo del diseñador —acostumbrado a detectar preguntas— puede encontrar respuestas. En los tiempos que vienen, podríamos volver a pensar al diseño como una actividad que debe seguir creciendo y fortaleciéndose, como sugiere Herbert Simon: “Diseña aquel que cambia situaciones existentes por otras preferibles” (1968). Mientras, otro enfoque iría estrechándose, y es el que vislumbraba Tomás Maldonado: “La responsabilidad del logro de la máxima productividad en la fabricación le daba al diseñador la máxima satisfacción material y cultural del consumidor” (1958). Y no solo eso: el Diseño será ocupado por profesiones que resuelvan los problemas mediante servicios más complejos y especializados en vez de únicamente “nuevas ideas”, “colaboración social” o “interdisciplina”. La empleabilidad futura de los diseñadores solo dependerá de que las facultades de diseño eduquen hoy para estos cambios. Ya no habrá carburadores, pero siempre habrá necesidades. 89

Oficio, divino tesoro  

por Guillermo Bengoa

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