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anabella rondina

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—INTRODUCCIÓN— diez DESAFÍOS del diseño: UN ESTADO DE SITUACIÓN

IF llegó a sus diez ediciones y festeja

con un número aniversario, como es costumbre en la tradición del periodismo. Los números especiales son siempre una excusa: esta vez, para saber cuáles son los retos a los que se enfrenta el diseño y que marcaron los últimos años. En la apertura, Anabella Rondina —gerente del CMD— abre el debate alertando sobre la proliferación de un diseño que por momentos parece “sin sentido”, una deriva que vuelve urgente el reposicionamiento de los profesionales, en el pasaje del “diseñador-centrismo” al “usuario-centrismo”. Anabella Rondina Diseñadora industrial (FADU, UBA) y especialista en Gestión Estratégica del Diseño (UBA, Politécnico de Milán). Titular de cátedra de la materia Diseño Industrial en la misma Universidad. Gerente Operativa del CMD, responsable de la implementación del Programa de Incorporación del Diseño. Integró el equipo que obtuvo la nominación de Buenos Aires como Primera Ciudad de Diseño de la Unesco. Es jurado y conferencista a nivel nacional e internacional.

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IF–Nº10

Una de las virtudes del diseño es su capacidad para solucionar los problemas esenciales de nuestra vida: cuestiones referidas a la salud y el hábitat, la indumentaria, el transporte, la comunicación y la educación, entre otras. Es más, el diseño tiene la capacidad de identificar problemas subyacentes que aún no son visibles y de darles una respuesta proyectual. Sin embargo, la producción material —y en especial la comunicación que suele hacerse del “diseño” a nivel local— pareciera estar alejada de la resolución de las necesidades y de los problemas esenciales que tenemos la mayoría de las personas en esta parte del mundo. Entonces, cabe preguntarse ¿no tenemos asuntos más importantes que resolver en esta zona del planeta para la cual el diseño puede ser un aporte fundamental? ¿No estaremos perdiendo el foco al prestar atención donde no hay tanta necesidad? Deco, gadgets, design y etcéteras abundan en la producción local. Y así, la mayor parte de la energía de las disciplinas proyectuales está destinada a los problemas del —como mucho— 10 % de la población. Este tema quedó demostrado en Design for the Other 90 %, la exposición ideada por Cynthia Smith en 2007 para el Museo Cooper-Hewitt de los Estados Unidos. Allí, se hizo evidente que el 90 % de la población mundial no tiene acceso a los productos y servicios que muchos de nosotros damos por sentado. Es decir, un tema urgente. Para poder colaborar y proponer soluciones a los problemas esenciales del 90 % de las personas, los diseñadores tendremos que trabajar junto con las empresas, capaces de la fabricación a gran escala. Nuestro diseño, para constituirse como un aporte real, necesita ser fabricado. De este modo, se convierte en un trabajo interactivo con otros, especialmente con la empresa. Por lo tanto, es una tarea de equipo, un ida y vuelta que exige estar preparados. Más de una vez escuché a diseñadores decir que las empresas no entienden qué es el diseño, que no lo valoran o que tienen que ir en busca del diseñador y no lo hacen. Es verdad, más de un empresario habrá tenido alguna vez la pretensión de no pagar por servicios de diseño o de darle esta tarea a alguien que no está calificado. Sencillamente, algunas veces lo hacen por ignorancia; otras, por simple viveza criolla. En estos casos, pienso en el siguiente ejemplo:


I si necesitáramos operarnos, no dudaríamos en elegir a un profesional de la salud; pues bien, si se necesita desarrollar un producto, se debe elegir a un profesional del diseño que sea idóneo. En otras palabras, nunca consentiríamos en que una cirugía esté a cargo de un sobrino que sepa usar el CorelDRAW. Cuando le preguntamos a muchas empresas que no optan por servicios profesionales de diseño por qué no lo hacen, la respuesta es sencilla: “Porque no lo necesitamos”. Hoy, términos como innovación y calidad son tomados con naturalidad por las empresas. En general, son conceptos bien arraigados a la cultura empresarial, se trate de grandes o de pequeñas industrias. Sin embargo, con el concepto de diseño no sucedió lo mismo, no se abordó con la profundidad necesaria, no hemos sabido comunicarlo. ¿Cuáles pueden ser las causas de esta situación? Identificarlas es, sin duda, un primer paso para resolver el problema. Ahora, si los profesionales del diseño nos quedamos solo en decir que las empresas no nos entienden —aunque en definitiva, sea cierto que muchas veces no nos comprendan—, estaremos en un pantano del que será difícil salir. Esta frecuente incapacidad de los diseñadores de ser comprendidos por los empresarios hace imposible su incorporación al sistema productivo. Y se torna una situación crítica si pensamos que muchos de los problemas básicos de las personas —y me refiero a la gran mayoría— pueden solucionarse a través de una efectiva incorporación de diseño. Cuando nos alejamos de las necesidades básicas —que las hay, y muchas— o cuando, en muchos casos, ni siquiera las percibimos, nos apartamos de la que considero la mejor cualidad de la disciplina: su capacidad de componer un problema a partir de la información analizada y de darle una solución comprensible, económica y sencilla. Dieter Rams, en Less But Better (Jo Klatt Design+Design, 1994), propuso diez principios para el buen diseño. Uno de ellos era la discreción. Sin embargo, con frecuencia nos encontramos con que —lejos de esta mesura planteada por Rams— muchos objetos carecen de esta virtud y, por el contrario, sus autores enfatizan su propio protagonismo con la aspiración de ser reconocidos por su obra como celebridades. De este modo dejan de lado otro de los

principios de Rams: el diseño como mínima expresión. Por su parte, Gui Bonsiepe en El diseño de la periferia (Gustavo Gili, 1982) ya hablaba de la importancia de llenar el vacío proyectual en la periferia al analizar cómo, en este contexto, los problemas de diseño no eran, de ningún modo, los problemas del estilo. Sobre la debilidad industrial local, Bonsiepe señalaba el apoyo crucial que se necesita por parte de instituciones estatales que cumplen un rol clave en la implementación de una política de diseño. Pasaron treinta y tres años desde que Bonsiepe escribiera estas palabras, y la producción más visible del diseño local está enfocada, básicamente, en los temas del estilo, en los aspectos accesorios y en gadgets solo para unos pocos. Aunque los premios y las publicaciones locales a veces parecen poner luz solo en objetos que no están pensados para resolver los problemas básicos de las personas, sino que están desarrollados para aquellos que viven su vida dentro del campo del confort, atendiendo, en definitiva, a la parte más alta de la pirámide de necesidades, como señala el psicólogo estadounidense Abraham Maslow. Sin embargo, no todo está perdido. Es necesario reenfocar la energía local y darle visibilidad al diseño a través de medios especializados que le hablen a la empresa y no solo a la propia disciplina, es decir, medios que vayan más allá de únicamente mirarnos el ombligo y de autoaplaudir nuestros logros. Esto requiere de un diseñador que comprenda los puntos de vista del otro, así como sus propias limitaciones a nivel local, para que pueda transmitir la idea de un diseño capaz de actuar como facilitador de soluciones capaces de, incluso, optimizar costos y aumentar mercados. Está en manos de los diseñadores generar este cambio. Podemos contar con la ayuda de instituciones tanto educativas como de promoción; sin embargo, la disciplina —tal cual la entiendo, puesta al servicio de las personas— solo será efectiva si se cambia de canal y si los diseñadores ponen el foco en los problemas de la gente y de las empresas, que finalmente son quienes fabrican las maravillosas soluciones que ellos mismos proyectan. 15

Introducción  

por Anabella Rondina

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