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D DOSSIER 60 Moral y técnica: el fin de los medios – por Bruno Latour

68 El futuro de las cosas cotidianas* – por DONALD Norman

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Bruno Latour (Francia, 1947) Es filósofo, sociólogo y antropólogo. Tras sus estudios de campo en Africa y California, se especializó en el análisis del trabajo de científicos e ingenieros. Autor de numerosos libros y ensayos, entre los que se destacan Nunca fuimos modernos y Rensamblar lo social una introducción de la teoría del actor red; fue profesor del Centre de Sociologie de l’Innovation de París y, en varios períodos, de la London School of Economics y del departamento de Historia de la Ciencia en la Universidad de Harvard. Actualmente, enseña y dirige investigaciones en Sciences Po Paris.

60 Moral y técnica: el fin de los medios* – por BRUNO latour

El filósofo y antropólogo francés, celebrado por sus estudios etnográficos sobre las consecuencias de los estudios de las ciencias en distintos tópicos tradicionales, se explaya en éste sobre las formas en que técnica y moralidades habitan al ser. Una apasionante maratón filosófica con el tempo Latour

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Está ampliamente aceptado que los humanos plantean problemas morales “en relación” a las técnicas (¿Es necesario o no introducir en Europa los organismos genéticamente modificados? ¿Se deben almacenar los desechos de la industria nuclear en lo profundo o en la superficie?) pero los objetos en sí no poseen una dimensión moral. Tal es la concepción actual para un gran número de sociólogos (Collins y Kusch, 1998). Las técnicas pertenecen al reino de los medios y la moral al reino de los fines, aunque, como Jacques Ellul testificó hace un tiempo, las técnicas terminan invadiendo todo el horizonte de los fines dándose sus propias leyes, volviéndose “autónomas” y no sólo automáticas. Aún en este caso extremo, se afirma, no hay otro recurso, para los humanos, que extraerse de esta dominación de la técnica, dominación tanto más perversa ya que no impone la dura ley de un amo, sino la de un esclavo emancipado que no tiene la menor idea del objetivo moral propio del humano. Se sabe todo el partido que los heideggerienses han sacado de esta idea de una técnica que no se podría dominar pues que es puro dominio sin amo (Zimmerman, 1990). Para volverse moral y humano, siempre es necesario, parece, arrancarse la instrumentalidad, reafirmar el reino de los fines, redescubrir el Ser, resumiendo, atar en su casilla al gran mastín de la técnica. No es por lo tanto tan seguro que se puedan repartir muy fácilmente los medios y los fines, los impulsos de fuerza y los relaciones de la razón, los simples objetos y la dimen-


Cellular Immunity

sión propiamente humana, el olvido y el surgimiento del Ser. Es para dudar de esta distinción que durante mucho tiempo me ha interesado. Algunos colegas –sociólogos, filósofos o moralistas– me han reprochado por otra parte que estoy mezclando la relación moral que los humanos deben mantener entre ellos, con la relación material o funcional que los objetos técnicos ejercen los unos sobre los otros de acuerdo con el imperio de la fuerza (Collins et Yearley, 1992). Sin embargo, es suficiente echar un rápido vistazo sobre el trabajo de los paleontólogos y de los pre-historiadores para constatar que la cuestión de la emergencia de las técnicas y la de los humanos se hallan entremezcladas, según ellos, desde unos dos millones y medio de años (Latour et Lemonnier, 1994). Se comienza ahora, después de los trabajos pioneros sobre las “industrias” de chimpancés, a descubrir largos periodos de la prehistoria donde la destreza técnica precede al surgimiento de los linajes humanos en centenares de miles de años. Parece cada vez más, que los humanos se desarrollaron en un nido o en un nicho muñidos ya de habilidad, de saber-hacer y de objetos técnicos (ver por ejemplo Strum y Fedigan, 2000 así como los trabajos de Frédéric Joulian). Si la herramienta, como la risa, no es propia del hombre se va a poner cada vez más difícil trazar la frontera entre el imperio humano y el reino de las técnicas. En todo caso, la imagen de un humano al comando manipulando a los objetos inertes para alcanzar los fines concebidos por él por intermedio “de

una acción eficaz sobre la materia” se vuelve cada vez más embrollada. Las técnicas habitan en lo humano según otras formas que lo utilizable, la eficacia o la materialidad. Un ser que se habría separado artificialmente de esta morada, de este origen técnico, no podría bajo ningún concepto ser moral, ya que cesaría de ser humano –y además, habría cesado desde hace tiempo de ser–. Técnicas y moralidades se encuentran indisolublemente entremezcladas porque, en los dos casos, la cuestión de la relación de los fines y de los medios se han vuelto profundamente oscuros. Esto es lo que yo deseo demostrar. . .. ¿Cómo hacer para dar a la técnica una dignidad igual a aquella de la moral a fin de establecer así, entre las dos una relación que ya no sea más esa de utensilio para la intención? Redefiniendo primero la técnica que tomaré aquí como un adjetivo y no como un sustantivo (Latour, 1999a). Es vano querer definir algunas entidades o ciertas situaciones como técnicas por oposición a otras llamadas científicas o morales, políticas o económicas. Hay técnica por todas partes, ya que la palabra técnica habla de un régimen de enunciación o, para formularlo con otras palabras, de un modo de existencia, de una forma particular de exploración del ser entre 61


muchas otras. Si no se puede distinguir un objeto técnico de otro que no lo sería, se debe poder no obstante separar en cualquier entidad su dimensión técnica. El régimen técnico, si se quiere, difiere de otra posición (científico, artístico o moral) no como un distrito de la realidad diferenciada de otro, sino como una preposición de otra, como la palabra “en” se distingue perfectamente de la palabra “por”, aunque no exista un dominio particular del “en” que se podría separar de un territorio del “por”. Me gustaría definir el régimen propio para la técnica por la noción de pliegue, sin darle así todas las connotaciones leibnizianas tan bien elaboradas por Gilles Deleuze. ¿Qué es lo que está plegado en la acción técnica? El tiempo, el espacio y el tipo de actantes. El martillo en mi taller no es contemporáneo de la acción de hoy: guarda los pliegues de tiempos heterogéneos que tienen la antigüedad del planeta, debido al mineral que se utilizó para fundirlo, de aquel otro de la edad del roble que dio el mango, y del otro que nos envía a los diez últimos años en que salió de la fábrica alemana que lo puso en el mercado. Cuando yo abrazo al mango, inserto mi gesto en “un bouquet de tiempos”, según la expresión de Michel Serres, que me permite insertarme en las diferentes temporalidades, en los diferentes tiempos, lo que explica (o implica más bien) la solidez relativa asociada a menudo a la acción técnica. Lo que es verdad del tiempo lo es también para el espacio, porque este humilde martillo mantiene bien colocados los lugares muy heterogéneos y que nada, antes del acto técnico, permitía reunir: los bosques de Ardenas, las minas del Ruhr, la fábrica alemana, el camión de herramientas que ofrece todos los miércoles descuentos en las carreteras de Bourbonnais para terminar en ese taller de un sin oficio de domingo particularmente torpe. Toda la técnica se asemeja a lo que los surrealistas llaman un “cadáver exquisito”. Si nosotros tuviéramos, por intención pedagógica, invertir el movimiento de la película de la cual este martillo no es más que el producto final, deberíamos desplegar los tiempos lejanos y espacios dispersos, siempre más numerosos: el tamaño, la dimensión, la sorpresa de las conexiones hoy invisibles que entonces se volverían manifiestas, nos daría por contraste la exacta medida de lo que este martillo, hoy, logra. Nada menos local, menos contemporáneo, menos brutal que un martillo, tan pronto como empieza a desplegar lo que aferra; nada más local, brutal y durable que este mismo martillo, en cuanto se pliega todo lo que ha implicado. Pero la simple distancia de lugares y tiempos no es suficiente para definir el pliegue propiamente técnico: aún es necesario especificar la propia conexión. ¿Cómo guardar el rastro irreversible de este pliegue? Por un tercer contoneo, por una tercera dislocación, por una nueva heterogeneidad que va a modificar, esta vez, tampoco la diversidad del tiempo ni la de los lugares, sino la de los actores o de los actantes. Sin el martillo yo no tendría, para insertar el clavo, más que mi puño o alguna piedra recogida ante mi puerta –y sin el clavo, estaría aún más desamparado–. Por la misma desdicha que cuando me encuentro privado del martillo (que recuerda la felicidad de [Robinson] Crusoe cuando descubre los restos de las cajas de herramientas lanzadas por el naufragio) mido los seres a los que este martillo toma el lugar. Reemplaza en primer lugar a la larga serie paradigmática que 62

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los tecnólogos tuvieron que aprender a recrear, y que definiría a través de la historia todos los substitutos posibles de este martillo (Haudricourt, 1987). A los lugares y a los tiempos invisibles que sería necesario desplegar para devolver justicia a este martillo, nosotros deberíamos agregar por consiguiente, si los historiadores y los pre-historiadores y los paleontólogos y los primatólogos nos autorizarán, la variedad asombrosa de formas que heredó mi banal martillo. Pero toma lugar aún en otra serie, sintagmática esta vez, puesto que ofrece a mi puño una fuerza, una dirección, un comportamiento que el torpe brazo no posee. Imposible aquí hacer como si el martillo “cumpliera una función” porque se desborda por todas partes este recipiente dentro de los estrictos límites que no se sabría limitarse. Es de todas las herramientas (y sobre todo del martillo) que es necesario decir que “el órgano crea la función”. Con éste en la mano, los posibles se multiplican, ofreciendo al tenedor los esquemas de acción que no precedieron el asido. Eso es lo que James G. Gibson documentó tan bien con la noción clave de “promisión”, a la vez un permiso de tiempo y promesa: gracias al martillo tienes aquí literalmente a otro hombre, un hombre devenido en “otro” pues paso de aquí en más por la alteridad, la alteración de este pliegue (Gibson, 1986). Por esta razón el tema de la herramienta como “prolongación de los órganos” tiene así poco sentido. Aquel que cree que las herramientas son simples utensilios nunca tuvieron un martillo en la mano, ni jamás se han permitido reconocer el flujo de posibilidades que repentinamente serían capaces de seleccionar. Se comprende sin pena el dolor del mono antropoide en la película de Stanley Kubrick 2001, estupefacto y sorprendido ante el mundo abierto ante sí por una mandíbula que se comporta como un martillo –y como una buena maza para matar…–. Si, en un célebre movimiento de torbellino, lo lanza tan alto y tan lejos, al punto que se vuelve la estación espacial del futuro, es porque todas las técnicas suscitan alrededor suyo este torbellino de nuevos mundos. Lejos de servir, en primer lugar, un objetivo, ellas comienzan por explorar los universos heterogéneos que nada, hasta aquí, preveía y detrás de las cuáles corren las nuevas funciones. Se comprende sin pena que la noción de “mediación técnica” sea un poco débil para absorber este triple pliegue de los lugares, los tiempos y los actantes. La palabra mediación corre siempre el riesgo que invierta su mensaje y que vuelva siempre imposible la transferencia de un sentido, de una causa o una fuerza, lo que justamente no hace más “que” un mero vector de una fuerza, una causa o un sentido. Si no tenemos cuidado, reduciríamos a las técnicas al rol de utensilio que no hace más “que” desplazar en un material más duradero los esquemas, las formas, las relaciones ya presentes bajo otra forma y en otros materiales. Para tomar un ejemplo que me ha servido mucho, las “lomas de burro” no son “policías dormidos” meramente hechos de hormigón en lugar de ser de carne y hueso. Si yo trato a las “lomas de burro” como los mediadores en buena y debida forma, es justamente porque ellos no son simples intermediarios que cumplirían una función (Latour, 1996). Lo que precisamente hacen, lo que sugieren, nadie lo sabe, y es por que su introducción en el campo o en las ciudades, comenzando bajo los auspicios inocentes de la función, terminan siempre


por abrir una historia complicada, por desbordar los asuntos, al punto de terminar o en el Consejo de Estado o en el hospital. Uno nunca domina las técnicas, no porque se carecería de maestros suficientemente enérgicos, no porque las técnicas “vueltas autónomas” funcionarían con su propio movimiento, no porque, como lo pretende Heidegger, serían el Ser olvidado bajo la forma de dominio, sino porque ellas son una forma real de mediación. Lejos de ignorar el-seren-tanto-que-ser al beneficio de la pura dominación, del puro apresamiento, la mediación técnica experimenta lo que es necesario bien llamar el-ser-en-tanto-que-otro. Uno podría asombrarse de que, aunque las técnicas no tienen nada que ver con el dominio, sin embargo, siempre es bajo la forma de instrumento, del servicio prestado que uno habla de ellas. ¿Pero es tan así? Me parece que es mejor hablar de las técnicas como el modo del rodeo que como el de la instrumentalidad. Es técnica el arte de la curva, lo que llamamos, después de Michel Serres, la traducción. Si vamos en línea recta, como la epistemología, no tendríamos necesidad de la técnica, se lo sabe desde los Griegos. La ingeniosidad comienza con Dédalo, príncipe del laberinto, que quiere decir con las bifurcaciones imprevistas que se alejan en primer lugar del objetivo (Frontisi-Ducroux, 1975). Cuando uno dice que hay un “problema técnico” a resolver, quiere justamente introducir al interlocutor al rodeo, a los laberintos que va a tener que enfrentar antes de perseguir sus objetivos iniciales. Cuando se admira la “técnica” de un especialista, se reconoce justamente allí un paso que nadie puede dominar, excepto él y precisamente él, quien por otra parte no sabe lo que hace (todos los especialistas del sistema experto se dan cuenta de su dependencia). ¡Cuán lejos estamos de la función, de la dominación, del utensilio! Nos encontramos ubicados, de una manera imprevista, frente a lo que nos permite (sin que se comprenda por qué) o que nos impide (sin entenderlo tampoco) de acceder directamente a los objetivos. Jamás las técnicas aparecen verdaderamente bajo la forma de medios, y este rasgo aparece aún más claramente, si me atrevo a decir, cuando se las trata como cajas negras de las cuales no tendría necesidad de saber más que las

entradas y salidas. Más los sistemas técnicos proliferan, más ellos se ponen opacos, de modo que el crecimiento de la racionalidad de los medios y los fines (según el modelo usual) se mantiene justamente por la acumulación sucesiva de capas en la que cada una hace a las precedentes más oscuras (Latour, 1992). Si uno se hubiera olvidado de esta opacidad fundamental de la técnica, los trabajos de arqueólogos llevados después de diez años calladamente y después de dos años frenéticamente por los programadores asignados para librarnos del bug/error del año 2000 nos lo recuerdan con más claridad que cualquier esfuerzo de esclarecimiento filosófico. La misma complicación de los dispositivos, por la acumulación de pliegues y desvíos, capas y vueltas, compilaciones y reestructuraciones, prohíbe para siempre la claridad de la recta razón bajo el patrocinio de la cual se había principalmente introducido a las técnicas. ¿Por qué entonces ciertas tradiciones occidentales dominantes hablan a pesar de todo de las técnicas como lo que es susceptible dominar? ¿Por qué lo que debería aparecer como indominable, siempre se encuentra, a fin de cuentas, reagrupado en el reino de los simples medios? Es allí que el conflicto con la mediación moral comienza a aparecer. La apariencia modesta que toma la técnica viene del hábito, el cual entraña el olvido de todas estas mediaciones insertadas. La “figura del laberinto”, tomando la bonita expresión de Cornélius Castoriadis, es conocida por todos los principiantes y por todos los innovadores: cada uno descubre, entre él y sus metas, una multitud de objetos, de sufrimientos, de aprendizajes, que lo obligan a ralentizar, a tomar un desvío, luego otro, a perder de vista el objetivo inicial, a volver, a tantear, perder el ánimo, etc. Pero por otra parte, una vez que el principiante se vuelve experto ascendiendo paso a paso en los aprendizajes, una vez que la invención se vuelve innovación gracias a la lenta concretización requerida por la industria y el mercado, se termina por contar con una unidad de acción tan fiable que ya no aparece a la vista. Los mediadores técnicos tienen esto de propio que exigen, finalmente, invisibilidad (aunque de una forma muy diferente de los instrumentos científicos). Se trata, por supuesto, de una clase de ilusión óptica. En efecto, la rutina del hábito no debe impedir reconocer que la acción inicial, ese famoso “plan” que se supone debe sustituir al programa “materializado” por la simple implementación técnica, ha definitivamente mutado. Si no se dan cuenta de cómo el uso de una técnica, por simple que sea, ha desplazado, traducido, modificado, modificado la intención inicial, es simplemente porque se cambió de objetivo cambiando de medios y que, por un deslizamiento de la voluntad, empezamos a querer algo distinto de lo inicialmente deseado. Si quiere mantener firmes sus intenciones, inflexibles sus planes, rígidos sus programas de acción, entonces no pase por ninguna forma de vida técnica. El rodeo traducirá, traicionará sus deseos más imperiosos. No, decididamente, por cualquier parte que se tome a las técnicas, jamás la relación entre medios y fines aparece tan simple como se supone en la antigua división entre moralistas encargados de los fines y los técnicos encargados de los medios. Sobre las técnicas es necesario decir, como San Pablo: “Yo no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero”. (Rom.7-19). 63


. .. Definiendo la acción técnica por las nociones de pliegue y de rodeo, creo haberle devuelto una parte de su dignidad ontológica. Sin las técnicas, los humanos no serían tales, puesto que serían contemporáneos de sus acciones, limitados a las solas interacciones de proximidad. Incapaces de substituir aunque sea a las entidades ausentes que tendrían lugar, éstas permanecerían sin mediación posible, es decir, sin capacidad de moverse por sorpresa a través del destino de otros seres completamente heterogéneos en los que los posibles se añaden a los suyos, abriendo así el camino de múltiples historias, hablando con propiedad, multiforme. A menudo me he divertido, con algún espíritu de provocación, en definir la vida social purgada de todo pliegue, de todo rodeo técnico, como la vida soñada de algunos sociólogos, mis colegas, y a la vez por los babuinos de mi amiga Shirley Strum: vida apasionante, intensa, constantemente sujeta a la renovación rápida de las coaliciones y relaciones propiamente sociales, pero vida sin embargo poco humana y, por consiguiente, poco moral (Strum y Latour, 1987). Sin los rodeos técnicos, no hay propiamente humano. Más seriamente, se puede ver en los innumerables trabajos que van desde la ergonomía a la tecnología, pasando por los notables esfuerzos de Laurent Thévenot para clasificar los métodos de acción (Thévenot, 1994; Thévenot y Livet, 1997): las técnicas bombardean a los humanos con una oferta continua de posiciones inauditas –conexiones, sugerencias, permisos, prohibiciones, hábitos, posiciones, enajenaciones, prescripciones, cálculos, memorias–. Generalizando el concepto de promisión, se puede decir que los cuasisujetos que somos todos nosotros se vuelven tales gracias a los cuasi-objetos que pueblan nuestro universo de pequeños fantasmas de seres similares a nosotros y los cuales nos revisten o no los programas de acción. Si el hábito no hace al monje, te sientes más piadoso vestido con telas rústicas. Se duda siempre reconociendo en este bombardeo de posiciones posibles una de las fuentes esenciales de la humanidad, porque existen muchas otras fuentes con las cuales no se desea confundirla. Una persona, es evidente, no se construye solamente teniendo una herramienta en su mano, imponiéndole en la fábrica el ritmo de la cadena productiva, recibiendo de un cajero automático la oferta de un interfaz, vertiendo sin pensar en el curso de la acción habitual de una cocina bien equipada, o dándose una memoria artificial para la disposición de las góndolas de un supermercado. Para conformar la personalidad, es necesario beneficiarse o bien de otros regímenes de existencia, o bien de otras conexiones (Ricoeur 1990; Latour, 1998). Sin embargo, la existencia de una multiplicidad de modos de exploración del ser no justifica que se haga de la enunciación técnica un simple dominio material sobre el cual flotarían siempre los símbolos, los valores, los juicios y los gustos, porque el hábito tendería a hacer desaparecer poco a poco a todas las mediaciones. El error sería tanto más grande que el propio cuerpo. Igualmente, pueden tomarse bajo el modo técnico y que comience por lo tanto a proliferar en rodeos y en pliegues (Dagognet, 1993). Todo artista, todo técnico o artesano, todo cirujano bien sabe que la tecnicidad no es jamás más que una nueva forma de distribución entre cuerpos, algunos artificiales y 64

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otros naturales, en la que la sola vascularización permite estas proezas que le son atribuidas después, por pereza, o a los objetos o al genio humano (Akrich y Berg, en prensa). Todas las técnicas, en este sentido, según la expresión de Marcel Mauss, son técnicas del cuerpo . .. En qué, dirá, esta redefinición, tan alejada del uso corriente del sustantivo “la técnica” pero tan cerca del adjetivo “técnico”, nos acerca a la cuestión moral. En primer lugar creí que daríamos un gran paso en la cuestión si reconocíamos que una parte no desdeñable de nuestra moralidad cotidiana reposaba en los dispositivos técnicos. Es lo que había llamado la cuestión de la “masa faltante de moralidad” (Latour, 1992). Un ejemplo bastará, ya que el lector encontrará inmediatamente veinte más relevantes: por una razón desconocida por mi, el fabricante de mi escritorio me prohíbe abrir un cajón sin que los otros dos estén cuidadosa y completamente cerrados… El diseñador desapareció; la empresa por otra parte (con cierta justicia) quebró hace tiempo; no soy lo bastante hábil para descubrir el antiprograma que pondría fin a esta aberración; sin embargo: veinte veces por día desde hace diez años, me veo “obligado” a obedecer a esta ley moral puntillosamente, ya que no se me “autoriza” a dejar abierto los tres cajones a la vez. Echo pestes pero me sacrifico, y reconozco sin vergüenza que no aplico cotidianamente ninguna otra ley moral con tanto rigor inflexible. ¡Maldita sea, es que lo que hay! La ley moral está en nuestros corazones, ciertamente, y también en nuestros dispositivos. Al super-ego de la tradición, es necesario añadir el ello de las técnicas a fin de explicar la rectitud, la fiabilidad, la continuidad de nuestras acciones. Si bien es útil sustraer a la suma de un comportamiento moral la parte que pertenece a los objetos técnicos, no se afecta, sin embargo, más que la superficie del problema, ya que se toma a las técnicas y a los actos morales en sus fases de rutina, de hábito o de ligeros desajustes. Como acertadamente ha señalado Louis Quéré, no se pueden inferir del uso corriente las expresiones en términos de deber y de autorización, que los objetos técnicos poseerían en sí mismos una eminente dignidad moral. Por lo tanto, ésta no era exactamente mi intención. Es principalmente el menosprecio de numerosos sociólogos por la materia y la innovación técnica que me había impulsado a exagerar un tanto hablando al mismo tiempo de los “dilemas cornelianos de un cinturón de seguridad”… Se reconocerá sin embargo que no me equivocaba totalmente al otorgar a la moral la misma dignidad ontológica que a la técnica tal como acabo de redefinirla. La moral, por supuesto, como la ciencia o la técnica, es una institución heterogénea hecha de una multitud de acontecimientos, y que depende a la vez de todos los modos de existencia –y en parte, como acabo de decirlo, del comportamiento de los dispositivos técnicos, pero también de otras formas de organización, verdadera leonera como puede darse cuenta leyendo los diccionarios de filosofía moral. Creo sin embargo posible definirla por sí misma, en su forma particular que tiene de explorar la alteridad de ser.


La moral, también, es un modo de existencia, una posición sobre el ser-como-otro, una preposición, un régimen original de mediación. La forma bajo la cual se la reconoce generalmente, la obligación, no le pertenece propiamente ya que ésta procede tanto de los contratos, como de los eventos religiosos, de las transferencias de espantos, cadenas de referencias, del derecho, resumidamente de toda una serie compuesta que sería inútil querer aclarar por el momento. Sólo me interesa aquí el punto de fricción entre la acción técnica y la acción moral sobre la cuestión de la relación de los medios y los fines. Que no haya armonía preestablecida entre las dos y que ellas no se ordenan según la relación entre medios y fines, es bastante evidente en su definición concurrente, contradictoria, de la alteridad. Ambas moldean al ser-como-otro, pero cada una de una manera diferente. También como la técnica, la moral es humana, en el sentido que provendría de un humano ya formado y amo de sí como del universo. Digamos que ésta recorre el mundo y, como la técnica, genera en su estela las formas de humanidad, las ofertas de subjetividad, los modos de objetivación, los tipos variados de compromisos. Es en la calificación de esta estela que es necesario ahora interesarnos. El pliegue, el rodeo técnico, lo dije, mezcla la existencia heterogénea de los seres y abre una historia imprevista por la multiplicación de los aliens/extraños que van de aquí en más a interponerse entre dos secuencias de acción, creando bruscamente bajo nuestros pies un laberinto del que no se saldrá jamás, o, depende, una rutina tan habitual que, no más que la liebre de Zenón, uno se dará cuenta de la infinidad vertiginosa cuando trate de escapar. Entre el acto de encender mi computadora y lo que escribo en la pantalla, puedo ignorar la industria nuclear que me permite trabajar esta mañana, o me encuentro sumido en el destino incierto de esta misma industria obligado a tener en cuenta el enterramiento en profundidad de los residuos de sus centrales que no implica la adhesión de los franceses. Tal es el formidable movimiento de acordeón consustancial a las técnicas: o bien yo tengo acceso a la más segura, a los más silenciosos cursos de acción (a tal punto que ni siquiera cuento en mi descripción de la industria nuclear reducida al rango, ni de medio, ni de nada) o bien me encuentro en un Dédalo/laberinto que toda Francia recorre

a ciegas, exclamando «pero como desembarazarnos?!». Hace algunos segundos me encontraba en un medio tan medio que contaba cero, me encuentro en los fines tan finales que nadie sabe cómo la historia común va a finalizar. No concluyamos de este movimiento de acordeón o de abanico que pasa abruptamente de cero a infinito que, en el primer caso, se trata de un asunto de una “simple cuestión técnica”, mientras que en la segunda, se ha puesto una cuestión moral “a propósito” de una industria. No. Es en la propia esencia de este dispositivo técnico que descansa la total incertidumbre sobre la relación de los medios y finales. Es la forma de respiración consustancial a la técnica el alternar brutalmente de la modestia al terror, de la herramienta al horizonte, de la sorpresa a la rutina. Nada de asombroso en esto, puesto que, con el pliegue de la industria nuclear, nosotros asociamos la suerte de nuestros ordenadores a la radiactividad, vinculando progresivamente la historia lenta de mi carrera de autor, a los relojes por milisegundos de los chips informáticos, y todo ello a la suerte de residuos cuya vida media (o más bien muerte media) se cuenta, por cientos, en centenares de millares de años. Este “bouquet temporal” está ahí delante mío y se abre a una historia que no tiene justamente ningún fin. Paradoja de la técnica siempre adulada por su utensilidad funcional, o siempre despreciada por su irritante neutralidad, mientras que nunca ha cesado de introducir una historia de pliegues, de rodeos, de derivas, de aperturas y de traducciones que suprime tanto la idea de función como la de neutralidad. ¿Cómo se puede tener la audacia de calificar de “neutro” al drama ontológico de montajes imprevistos de entidades que pueden pasar, sin oposición, del cero al infinito? Por algo Vulcano cojeaba… Detrás del tema trillado de la neutralidad de las “técnicas-que-no-sonni-buenas-ni-malas-sino-sólo-serán-lo-que-el-hombre-hará”, o del tema, idéntico en su fondo, de una “técnica-que-seha-vuelto-loca-porque-se-autonomizó-y-no-tiene-ya-otrofinal-que-su-desarrollo-sin-objetivo”, se esconde el temor de descubrir esta realidad tan nueva para el hombre moderno acostumbrado a dominar: no hay amo en absoluto; ni siquiera las técnicas se han vuelto locas. Es con un gusto muy diferente para la alteridad que la moral explora los mismos montajes de seres cuya suerte se encontró mezclada por el rodeo técnico (y por muchas otras formas de existencia cuyo contraste no nos interesa aquí). Toda disposición/acción técnica paga en creación de intermediarios la multiplicación de los mediadores. El roble de las Ardenas se dirigía por su crecimiento a otra parte que hacia la fabricación de mi martillo, aunque se lo plantó con este fin vagamente anticipado. Del roble, la herramienta sólo guardó una porción insignificante de las propiedades, su solidez, su calidez, la alineación de las líneas del lignito. ¿A dónde iría el roble para y por sí mismo? ¿En qué mundo prolongaba su existencia? La técnica no se interesa en estas cuestiones, obligada a dislocar a todas las entidades que cruza para generar mundos posibles y permitir nuevas disposiciones. La moral es taladrada ligeramente por cualquier otro deseo: ¿cuántos mediadores las otras formas de existencia mantienen en su estela? ¿No se corre el riesgo de tratar al roble como un simple medio para el martillo? Todo el mundo conoce la versión simplificada que la moral humana, demasiado humana, ha dado de este principio: «Nunca tratar a los seres humanos 65


como meros medios, sino siempre como fines». Kant lo aplicaba por supuesto a solo los seres humanos, y no al martillo, ni a los robles o a los átomos de uranio radioactivo. Retomando la fábula del Homo faber, imaginaba verdaderamente un humano al comando que trabajaba por sus categorías una materia bruta y sin derecho. Doscientos años después, esta posición nos parece tan insostenible como los relatos de caza al elefante del Theodore Roosevelt o como las sutilezas de los Griegos sobre la imposibilidad de emancipar esclavos inferiores por naturaleza. Es que la moral desde entonces ha reelaborado la materia común mezclada por las tecnologías que se habían asociado con la misma suerte común de cada vez más entidades (Latour, 1999). Hoy no se puede plantear más la cuestión moral como en los tiempos en que los humanos apenas rasgaron la tierra sobre la cual pasaban de la vida a la muerte sin que nadie se diera cuenta. La moral como la técnica son categorías ontológicas, modos de existencia como así lo dijo Gilbert Simondon después de Etienne Souriau (Souriau, 1943), y los seres humanos proviene de estos modos, ellos no son el origen. O más bien no puede convertirse en humano sino a condición de abrirse a estas maneras de ser que lo desbordan por todas partes y al cual puede elegir no atarse, pero entonces con peligro de su alma. La moral, si se acepta trasladarla a un momento de la institución compleja que la trabajó de mil maneras, aparece pues como un interés que trabaja inmediatamente el-ser-como-otro para impedir que los fines no se vuelvan todos medios, que los mediadores no sean transformados en simples intermediarios. No se pregunta tanto sobre el derecho de las cosas por si mismas (aunque la forma que da a la cuestión ética la ecología profunda haya hecho ciertamente oscilar la moral fuera del estrecho antropocentrismo), sino sobre la existencia de las cosas y sobre el sentido de esta expresión “por si mismas”. Nada, ni incluso el humano, es para y por sí mismo, sino siempre por y para otra cosa. Tal es el sentido incluso de la exploración del ser-como-otro, como alteración, alteridad, alienación. La moral se interesa por la calidad de esta exploración, el número de mediadores que ella deja en su estela, queriendo siempre verificar si hace pulular el mayor número posible de actantes, quienes reclaman en su nombre propio existir e intervenir o si, al contrario, ella no se ha resignado a olvidarlos. Por todas partes donde se quiere ir rápidamente estableciendo los carriles para que un objetivo lo recorra silbando como un TGV, la moral disloca los carriles y recuerda a la existencia todos los ramales perdidos. El tren del objetivo se inmoviliza pronto, desconcertado, impotente. La moral se ocupa menos de los valores, como se dice a menudo, que de impedir el acceso demasiado inmediato a los fines. No se limita esta ralentización únicamente a los humanos. Volviendo al caso de los residuos nucleares, nadie imaginaría ya imponer a los alcaldes de los pequeños pueblos la implantación, sin hablar, de un laboratorio para estudiar la resistencia del granito, de la sal o de la arcilla. Se podían tratar a las poblaciones como simples medios, hace cincuenta años, en nombre del interés nacional: ya no. Es necesario de aquí en más tomarlos con cortesía, y se puede leer en la tesis de Yannick Barthe la infinita paciencia que el ANDRA debe desplegar para tenerlos quietos o seducirlos (Barthe, 2000). ¿Pero cómo calificar a los otros actantes que la histo66

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ria técnica mezcló a los pueblos humanos en una suerte común, para bien y para mal, por un matrimonio que no se atreve ya a decir “de razonable”? ¿El vidrio de los contenedores va a tener varios millares de años? ¿Qué confianza podemos tener en la geología de las placas tectónicas cuya historia no tiene cien años y la observación fina no pasa de más de veinte años? ¿Qué sabemos de los domos de sal? De ahí la nueva cuestión de moral humana y material: ¿quién es la más sólida a muy largo plazo? ¿La arcilla flexible, la sal dura, el granito falible, o más bien el vínculo frágil pero incesantemente renovado de las organizaciones humanas, capaces de vigilar, por los siglos de los siglos, una piscina en superficie “monitoreada” por seres tan distantes de nosotros en el futuro como los neandertales en el pasado? Una vez que se entiende la moral así como la técnica en su dignidad ontológica en lugar de relacionarlos, como es habitual, sólo a lo humano, se ve que su relación no es más la de aquel del medio al fin, del espíritu práctico al espíritu a secas, de los hechos a los valores, de la obligación simbólica a la obstinación testaruda de las cosas. Los dos modos de existencia dislocan incesantemente las disposiciones, multiplican las inquietudes, hacen pulular los actantes, prohíben la vía correcta, trazan un laberinto -de posibles para uno, de escrúpulos y “de imposibles” para el otro-. El interés por los valores no viene a tomar el relevo, una vez resuelta la cuestión de la seguridad de las domos de sal y de los vidrios. Viene, en la profundidad misma de las cavernas, a inquietar al ingeniero multiplicando los seres que habían quizá tratado demasiado deprisa como intermediarios (redes regulares de cristales de rocas, alineamiento de las sílices) para hacerlos re-emerger ante sus ojos tanto como mediadores difíciles de despreciar, de controlar: lúnulas, defectos, faltas, errores microscópicos, de los que la multiplicación, a escala de los éons, viene a ampliar la falla en el razonamiento de las políticas y sembrar la duda en la opinión frágil y testaruda de las “poblaciones laboriosas”, al menos en la superficie. La moral viene a re-trabajar exactamente los mismos materiales que la técnica pero extrayendo de cada uno ellos otra forma por alteridad puesto que le importa sobre todo su imposibilidad de fluir en el molde del intermediario. Mucho antes de que seamos capaces de traducir las exigencias morales de la tradición en obligaciones, que ya están dentro de la objetividad masiva de las mediaciones que prohíben tomarse por los objetivos de quienquiera, de cualquier cosa que sea otro. La moral, en este sentido allí, está bien, en primer lugar, en las cosas que, gracias ella, nos obligan a obligarlas. Si la técnica disloca, es para re-asociar; si ella abre ante un objetivo el abismo de los medios insertados los unos en los otros en un Dédalo/laberinto de nuevas invenciones, es para volver a cerrar este abismo y crear, o por el automatismo de la habilidad, o por el automatismo de los autómatas, un curso de acción invisible que no cuenta ya; si ella nos introduce a una historia imprevista, es para que el objetivo inicial, desplazado, renovado, termine por coincidir estrechamente con el nuevo medio que acaba de surgir, al punto que se pone a hablar de la adecuación de la forma a la función como del guante a la mano. No es así con la moral: no hay caja negra posible, no hay desaparición de millones de objetivos parciales insertados en un único medio que no contaría


ya para nada y desaparecería de la vista. El trabajo de la mediación, en su régimen moral, exige al contrario el curso incesante del interés, la vuelta corrosiva del escrúpulo, la reapertura impaciente de estas tumbas donde yacen apilamientos de automatismos, el re-despliegue de los medios en objetivos parciales y de los objetivos parciales en fines. El principio de cautela, tan de moda, no quiere simplemente decir que se le prohibiría actuar antes de haber adquirido la certeza de la inocuidad de un bien, ya que eso volvería nuevamente todavía a conservar el ideal de control y de conocimiento exigiendo un saber cierto sobre una innovación que, por definición y al igual que toda técnica, escapa definitivamente al dominio. No: el principio de cautela reside en el mantenimiento permanente de una imposibilidad de plegar —a lo que la técnica aspira precisamente: de ahí el conflicto permanente de los modos de ser—. Mantener la reversibilidad de los pliegues, tal es la forma actual del interés moral en su encuentro con la técnica. Se lo descubre por todas partes actualmente con las nociones de productos reciclables, desarrollo sostenible, de trazabilidad de las operaciones de producciones, en el interés siempre más fuerte de transparencia (buscar la transparencia en materia técnica, ¡qué paradoja!), en la exigencia bastante nueva en Francia de responsabilidad, es decir, de descriptibilidad y de evaluación de las elecciones. Es en este nuevo sentido que la moral se encuentra en conflicto permanente y continuo con la apertura a la historia que la técnica no deja de proponer (Latour, 1999b, capitulo 4). Se lo ve: la relación de la técnica y la moral se modifica en tanto y en cuanto se renuncie a la idea de poner a la primera del lado de los medios, a la segunda del lado de los fines. Cada uno de estos modos de existencia trastorna a su propia manera y separadamente la relación de los medios y de los fines: la técnica dislocando las relaciones entre las entidades de tal modo que ellas se abren a una serie de nuevas ramificaciones que fuerzan al desplazamiento continuo de los objetivos y a la proliferación de los agentes intermediarios cuyo desplazamiento colectivo prohíbe todo dominio; la moral, interrogando sin cesar a los conglomerados para hacerles expresar sus propios fines e impedir que se pongan

de acuerdo demasiado rápidamente sobre la distribución definitiva de los que servirán de medios y de los que servirán de fines. Si se añade la moral a la técnica, uno se ve obligado a constatar, jugando con las palabras, el fin de los medios. Sin los medios, otra historia comienza, puesto que moral y técnica multiplican las entidades que deben tenerse en cuenta que será muy necesario aprender a reensamblar. Esta reunión, esta composición progresiva de un mundo común obliga a recurrir a otra forma de enunciación, política esta vez, y que aspira, ella también, a encontrar su dignidad ontológica para salir del estado de sumisión donde le habían relegado un mayor menosprecio aún que aquél dónde la técnica ha debido languidecer durante tanto tiempo.

Notas

*

Bruno Latour Moral y técnica: el fin de los medios Morale et technique: la fin des moyens. CSI, Ecole des mines. 1999.www.bruno-latour.fr Traducción: Horacio Boris Alperin Efros, setiembre 2010. www.brunolatourenespanol.org

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Donald Norman (EE.UU, 1935) Es psicólogo, profesor emérito de Ciencias cognitivas en la Universidad de California, San Diego, y en la Universidad de Stanford. Cofundador del Nielsen Norman Group, consultoría global dedicada a la usabilidad. Es miembro de Apple Computer. Acuñó la noción del “diseño centrado en el usuario” y, entre sus obras más difundidas están Cosas que nos hacen inteligentes; El ordenador invisible y El diseño emocional.

68 El futuro de las cosas cotidianas* – por DONALD Norman

Desde que hace dos décadas “La psicología de los objetos cotidianos” cambió para siempre la forma de ver el entorno objetual, Norman se convirtió en gurú de industriales, empresarios y diseñadores. Este ensayo -un capítulo de su última obra traducida al español: “El diseño de los objetos del futuro”-, apunta a comprender las cualidades propias de las personas y las máquinas

“¿Qué pasaría si las cosas cotidianas que nos rodean cobraran vida? ¿Qué ocurriría si pudieran detectar nuestra presencia, el objeto de nuestra atención y nuestros actos, y pudieran responder con información, sugerencias o acciones pertinentes?” ¿Nos gustaría algo así? La profesora Pattie Maes, del Media Lab del M.I.T., tiene la esperanza de que así sea. Precisamente intenta crear estos dispositivos. “Por ejemplo –dice–, estamos creando tecnologías que hacen que el libro que tenemos en las manos nos diga qué pasajes nos pueden interesar más (...) y el retrato de nuestra abuela colgado en la pared nos mantiene informados de cómo le van las cosas cuando lo miramos.” “Dime, espejito mío: ¿hay otra más bella que yo?” La cruel madrastra de Blancanieves hacía esta pregunta a un espejo mágico que siempre decía la verdad por mucho que pudiera doler a quien la oyera. Los tecnólogos de hoy están pensando en espejos más considerados y que repondan a pregunas más fáciles.

Dime, espejito mío: ¿me he arreglado como es debido?

El espejo del mañana hará cosas que el de Blancanieves ni siquiera habría soñado: enviar imagen a los móviles y a los ordenadores de nuestros seres queridos para que nos den su parecer. Pero el espejo mágico moderno hará algo más que 68

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Jo Bourne

responder a nuestras preguntas o enviar nuestra imagen a los demás. Cambiará esa imagen: hará que parezcamos más delgados o superpondrá a nuestra imagen ropa nueva para que veamos cómo nos queda sin molestarnos en probárnosla. Hasta podrá cambiarnos el peinado.

El marrón y el azul no van contigo. Mejor esos zapatos y aquel vestido.

Las tecnologías inteligentes tienen la capacidad de aumentar nuestro bienestar, hacernos la vida más fácil y mejorar nuestra seguridad. ¡Si fueran capaces de funcionar sin fallos! ¡Si las pudiéramos aprender a utilizar! Tiempo ha, en otro siglo y en un lugar muy lejano, escribí sobre unas personas que tenían problemas para usar los hornos microondas, para poner sus aparatos a la hora, para encender y apagar los quemadores adecuados de sus hornos y hasta para abrir y cerrar puertas. Esa época lejana era la década del 1980: el lugar muy lejano era Inglaterra. Y esas personas eran todas normales y corrientes, niños y adultos, unas con pocos estudios y otras con demasiados. Empecé a escribir un libro –inicialmente titulado The Psychology of Everyday Things y cuyo título definitivo acabó siendo The Design of Everyday Things– con una cita sobre el distinguido fundador y presidente de una gran empresa dedicada a fabricar ordenadores, que

reconocía no saber cómo calentar una taza de café en el microondas de su empresa. Hoy estamos iniciando una nueva era, en la que los objetos cotidianos son cada día más y más inteligentes. Esto está ocurriendo en muchos ámbitos, pero en ninguno con tanta rapidez como en el mundo del automóvil. Y lo que hoy está en el automóvil mañana estará en la cocina, en el cuarto de baño y el salón. Intelligent Vehicles es un programa de desarrollo de los principales fabricantes de automóviles del mundo, cuyo objetivo es automatizar muchos de los componentes de la conducción y aumentar la comodidad y la seguridad de las personas. Los automóviles que conducirán solos no están muy lejos: ya hoy existen automóviles que, en parte, conducen solos. “Agentes inteligentes”, “casas inteligentes”, “entornos ambientales”: éstos son los nombres de diversos proyectos que hoy en día se desarrollan en universidades y centros de investigación. Incluyen sistemas que seleccionan la música, controlan la iluminación de las habitaciones –la intensidad y el color– y, en general, modifican el entorno, en parte para aumentar el bienestar y la comodidad, y en parte para contribuir a cuidar el medio ambiente reduciendo el consumo de energía. Otros programas vigilan lo que comemos, las actividades que realizamos e incluso las personas con las que interactuamos. 69


En las economías de mercado continuamente se ofrecen servicios nuevos al público, pero no porque haya demanda, sino porque las empresas necesitan aumentar las ventas. He hablado con diseñadores y operadoras de telefonía móvil y con diseñadores de electrodomésticos. “En este país, todo el mundo tiene un móvil –me dijeron en Corea del Sur–, por lo que tenemos que idear otros servicios que ofrecer: teléfonos que nos avisen si hay algún amigo cerca, que nos permitan pagar facturas, que identifiquen quiénes somos, o que nos den los horarios de los transportes.” Teléfonos que detecten nuestro estado de ánimo y nos hagan sugerencias. Hace tiempo que los fabricantes de automóviles se dieron cuenta de que sus productos se podían considerar objetos de diseño que pasaban de moda periódicamente, y que ello animaba a los clientes a ponerse al día. Lo mismo han hecho los fabricantes de teléfonos. Y los fabricantes de relojes que se venden como joyas, no como tecnología. Las neveras de hoy en día tienen pantallas a todo color en la puerta (justo al lado de los dispensadores de hielo y de agua) que nos dicen lo que el diseñador cree que queremos saber. En el futuro, los alimentos tendrán etiquetas informatizadas para que la nevera sepa qué contiene, qué le ponemos y qué le sacamos. Sabrá las fechas de caducidad de cada producto; conocerá nuestro peso y nuestro régimen. Y nos dará sugerencias continuamente. Las máquinas serán más sociables y no sólo conversarán con sus dueños; también hablarán unas con otras. Una empresa de alquiler de películas comparará las películas que veamos y las puntuaciones que les demos con las de otras personas a las que hayamos calificado de amigas, y nos recomendará por correo electrónico las películas que les hayan gustado a ellas y que nosotros aún no habremos visto. Quizá nuestra nevera compare su contenido con el de las neveras de los vecinos y nos recomiende ciertos productos, Los equipos audiovisuales compararán nuestras preferencias en cuanto a música y cine con las de nuestros vecinos, y lo mismo hará el televisor en relación con los programas. “Tus amigos están viendo 12 monos ahora mismo –podría decir–. Si quieres te la pongo y, como ya ha empezado, la pondré desde el principio.” Al mismo tiempo que nuestras máquinas se han hecho más inteligentes, con más y más capacidades y prestaciones de comunicación, se ha dado una revolución en el campo de los materiales. ¿Necesitamos un material ligero y extremadamente resistente que se pueda introducir en el cuerpo humano sin que se deteriore y sin que cause ningún daño? Pues pronto lo vamos a tener. ¿Necesitamos materiales respetuosos con el medio ambiente, que se puedan reciclar fácilmente o que sean biodegradables? Pronto estarán aquí. ¿Necesitamos flexibilidad? ¿Queremos un tejido capaz de mostrar imágenes? Están a la vuelta de la esquina. Proliferan métodos nuevos para reproducir música, imágenes y sonidos e interactuar con todo ello. Existen sensores que detectan el movimiento e identifican personas y objetos. Nuevos dispositivos de visualización permiten proyectar mensajes e imágenes en prácticamente cualquier lugar. Hay materiales diminutos y microscópoicos (nanotecnología) y hay otros enormes (puentes y barcos). Algunos son biológicos, otros metálicos, otros de cerámica, o de plástico u orgánicos. Los materiales están cambiando. 70

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Podemos utilizar estos materiales para crear productos nuevos incluso en nuetra casa. Los faxes y las impresoras de hoy en día pueden reproducir texto e imágenes en dos dimensiones sobre papel. En un futuro muy cercano veremos faxes e impresoras que hagan copias tridimensionales. ¿Ha hecho nuestro hijo una bonita escultura de plastilina y nos gustaría que la vieran los abuelos? Metámosla en el fax 3D y se reproducirá en su casa. ¿Se ha roto una bisagra de un aparato de la cocina? Que nos envíen otra nueva por fax. O diseñemos nuestros propios objetos, dibujándolos primero en nuestra pantalla y creándolos después como objetos reales. El fax 3D funciona escanenando un objeto con un rayo laser, con múltiples fotografías o con las dos cosas, para crear una representación digital exacta y hasta el menor detalle de la forma del objeto. Luego, esta representación se envía a un terminal receptor que reproduce el objeto con una impresora 3D. Hoy en día estas impresoras funcionan de muchas maneras, pero la mayoría de ellas crean el objeto capa por capa. Se deposita una capa muy fina del material –que suele ser un plástico, un polímero o a veces metal en polvo– para conseguir una reproducción exacta del corte transversal del objeto en un nivel dado. Luego, esta capa se endurece mediante calor o luz ultravioleta, y el proceso se repite con la siguiente capa. En la actualidad, la tecnología de impresión en 3D sólo se encuentra en empresas y universidades, pero los precios están bajando mucho sin que se resienta la calidad, y es fácil imaginar que, en el futuro, haya una impresora 3D en cada casa. Obsérvese que la tecnología de impresión 3D no exige que haya un objeto original que reproducir; cualquier dibujo sirve siempre que especifique la pieza con precisión. No pasará mucho tiempo antes de que cualquiera pueda usar un equipo de dibujo en su casa para hacer un trazado adecuado y obtener poco después el objeto físico real con una impresora 3D. Si lo podemos dibujar, lo podemos crear, “No había suficientes platos llanos para los invitados - nos podría anunciar nuestra casa -, así que me he tomado la libertad de imprimir más. Me he asegurado de seguir el mismo patrón.”

¿Y los robots?

Los robots están a la vuelta de la esquina, pero ¿qué significa esto? Muchos expertos quieren hacernos creer que los robots ya están aquí, que son capaces de realizar una gran variedad de actividades, como controlar la asistencia sanitaria (por ejemplo, vigilando el seguimiento de la medicación), encargarse de la seguridad, realizar servicios educativos, hacer recados y entretenernos. Naturalmente, se emplean robots en fábricas, en misiones de búsqueda y rescate y en el ejército. Sin embargo, al hablar de máquinas para uso personal con un precio razonable, la mayoría de estas supuestas aplicaciones son más un sueño que una realidad, porque sus mecanismos son tan poco fiables que apenas dan para hacer demostraciones. Dado que cualquier producto con éxito para el hogar debe ser asequible, fiable, seguro y utilizable por personas normales, ¿qué podría hacer un robot doméstico? ¿Se parecería a un criado humano? En el hogar, es probable que la forma siga a la función. Por ejemplo, se podría incorporar un robot de cocina a la encimera junto con el lavavajillas, la


despensa, la cafetera y los aparatos de cocinar y distribuirlos todos de modo que se pudieran comunicar entre sí y pasarse productos fácilmente. Un robot dedicado al entretenimiento podría adoptar un aspecto humanoide. Y los que pasen el aspirador o corten el césped tendrán el aspecto de, bueno, pues de aspiradores y de cortacéspedes. Conseguir que los robots funcionen bien es muy difícil. Su aparato sensorial es limitado porque los sensores son caros y la interpretación (sobre todo el sentido común) sigue siendo más tema de investigación que de aplicación. ¿Los brazos robóticos son caros de construir y no muy fiables. Esto limita la gama de posibilidades; ¿Cortar el césped y pasar el aspirador? Seguro. ¿Separar la ropa sucia? Difícil, pero factible. ¿Recoger cosas sucias por toda la casa? Dudoso. ¿Y la asistencia a los ancianos o a quienes necesitan atención médica”. Este es un campo de estudio en auge, pero soy escéptico. Los dispositivos de hoy en día no son lo bastante fiables, versátiles ni inteligentes, por lo menos de momento. Muchos de los aparatos llamados “robots” en realidad están controlados a distancia por alguna persona. Diseñar robots autónomos que interactúen con las personas es difícil. Además, los aspectos sociales de la interacción, incluida la necesidad de una base en común. Son muchísimo más complejos que los técnicos, algo que los entusiastas de la tecnología suelen pasar por alto. Tres dimensiones probables para el futuro son el entretenimiento, los aparatos domésticos y la educación. Podemos partir de los aparatos existentes hoy en día y añadirles poco a poco inteligencia, capacidad para manipular y otras funciones. El mercado para robots que entretienen por ser monos y adorables ya está bien establecido. Ya existen robots que aspiran y cortan el césped. Pero la definición de robot varía mucho y con frecuencia se usa para designar cualquier cosa que se mueva, aunque esté controlada por una persona. Yo prefiero limitar este término a los sistemas autónomos. Clasificaría como robots a los electrodomésticos inteligentes; muchas cafeteras, lavavajillas, lavadoras, hornos microondas y secadoras tienen más inteligencia y más accionadores que los aspiradores robots, y también cuestan mucho más. Pero no se mueven de donde están, lo que hace que muchas personas no los consideren robots.

La educación es una posibilidad con un gran potencial. Ya existe una base sólida de dispositivos de ayuda al aprendizaje. Los robots de hoy pueden leer en voz alta con voces atractivas. Pueden ser adorables, como demuestran las repuestas a los múltiples animales casi inteligentes del mercado del juguete. Un robot podría interactuar con un niño y ofrecerle formación. ¿Por qué no hacer que un robot enseñe a un niño lectura, vocabulario, pronunciación, aritmética básica y quizá razonamiento básico? ¿Por qué no música y arte, geografía e historia? ¿Y por qué limitar esta tecnología a los niños? También los adultos se pueden beneficiar del aprendizaje asistido por robots. Esta es una dirección que merece un examen más a fondo; el robot como enseñante, pero no para sustituir a la escuela ni a la interacción o al contacto entre personas, sino para complementarlos. Lo bueno es que estas tareas están al alcance de lo que pueden hacer los dispositivos de hoy. No exigen mucha movilidad ni una capacidad de manipulación sofisticada. Muchos tecnólogos sueñan con crear el tutor infantil de la novela de Neil Stephenson The Diamond Age: Or a Young Lady’s Illustrated. He aquí un reto de lo más interesante. Todos los problemas de los asistentes autónomos que hemos visto en este libro se aplican mucho más a los robots. Los llamados robots “para todo”, los del cine y la ciencia ficción, presentan el problema de la base en común. ¿Cómo nos vamos a comunicar con ellos? ¿Cómo sincronizaremos nuestras actividades para no estorbarnos mutuamente? ¿Cómo los vamos a instruir? Sospecho que, cuando empiecen a aparecer, apenas se comunicarán; recibirán instrucciones (limpiar la casa, recoger los platos sucios, traernos un refresco) y se pondrán a ello, y seremos nosotros quienes tengamos que aprender sus hábitos para no entrometernos en su camino. Los electrodomésticos inteligentes y los cortacéspedes y aspiradores robot son robots especializados. No plantean ningún problema de comunicación porque su repertorio de actividades es limitado y ofrecen pocas alternativas a sus dueños, en consecuencia, sabemos cómo podemos interactuar con ellos y qué podemos esperar. Para estos aparatos, la base en común necesaria parar la interacción consta de la comprensión mutua de las tareas para las que han sido diseñados, de sus capacidades y de sus limitaciones, y del entorno en el que trabajan. El resultado final es menos malentendidos y menos dificultades que con dispositivos de aplicación más general. Los robots han sido muy útiles para explorar lugares peligrosos o difíciles de alcanzar, como el interior de volcanes o alcantarillas, o la superficie de Marte o de la Luna. Son útiles para evaluar daños y buscar supervivientes de accidentes, terremotos o ataques terroristas. Pero estas actividades tienen muy poco de cotidianas y, para esta aplicaciones, el coste no es un factor crítico. Aun así, esta aplicaciones especiales nos ofrecen la experiencia necesaria para reducir los costes y poner estos dispositivos al alcance de todo el mundo. Por último, habrá otra clase de robots; los que se conecten y se comuniquen entre sí. Los automóviles ya empiezan a hablarse entre ellos y con las vías para poder sincronizar los cruces y los cambios de carril. Dentro de 71


poco, permitirán que los restaurantes conozcan su paradero para que puedan sugerir menús a los pasajeros. Las lavadoras ya empiezan a hablar con las secadoras para que sepan qué espera y qué ajustes deben usar. En Estados Unidos, se suelen usar lavadoras y secadoras separadas, y si esta tendencia sigue, algún día la ropa pasará de la lavadora a la secadora automáticamente (en Europa y en Asia se suele usar una sola máquina que hace las dos cosas y la transición entre las dos actividades es mucho más sencilla). En los restaurantes y en los hogares, los platos irán a parar automáticamente al lavavajillas y luego pasarán al armario correspondiente. Los electrodomésticos sincronizarán sus operaciones para controlar el ruido y ahorrar energía programando sus tareas para horas de tarifa reducida. Los robots ya se acercan y, a medida que lo hagan, nos enfrentaremos precisamente a los problemas que he estado exponiendo a lo largo de este libro. Están empezando como juguetes, como simples mascotas. Más adelante serán compañeros que leerán cuentos y enseñarán lectura, lenguaje, ortografía y matemáticas. Nos permitirán vigilar a distancia nuestra casa (y a nuestros parientes de edad avanzada). Y, muy pronto, los dispositivos de nuestros hogares y de nuestros automóviles pasarán a formar parte de redes de comunicación inteligente. Los robots especializados serán cada vez más numerosos, más potentes y más versátiles en cuanto a las tareas que podrán realizar. Y los robots “para todo” serán los últimos en llegar, dentro de algunos decenios.

La tecnología cambia, pero la gente sigue igual, ¿o no es así?

Entre los especialistas corría el dicho de que, aunque las tecnologías cambien, la gente sigue siendo igual. La especie biológica llamada Homo sapiens cambia muy lentamente mediante el proceso natural de la evolución. También los individuos cambian su conducta lentamente, y este conservadurismo natural amortigua el impacto del cambio tecnológico. Aunque la ciencia y la tecnología cambian con rapidez, mes a mes y año tras año, la conducta y la cultura del ser humano tardan decenios en cambiar. Y el cambio biológico tarda milenios. Pero ¿qué ocurriría si los cambios de la tecnología se aplicaran a nosotros como seres humanos y no afectaran únicamente a nuestros artefactos físicos ? ¿Qué ocurriría si implantáramos mejoras biónicas o hiciéramos modificaciones genéticas? Hoy en día ya implantamos lentes artificiales en los ojos, prótesis auditivas en los oídos y pronto aparatos de visión para quienes no pueden ver. Algunas operaciones quirúrgicas permiten que los ojos funcionen mejor de lo normal. Los implantes y las mejoras biológicas, incluso para la vida cotidiana de personas por lo demás normales, ya no son sueños de la ciencia ficción, sino que se están convirtiendo en algo real y realista. Los atletas modifican sus aptitudes naturales mediante fármacos y operaciones. ¿Puede quedar muy lejos la mejora del cerebro? Pero aun sin diseño genético, sin biomagia o sin cirugía, el cerebro humano cambia como resultado de la experiencia. Por ejemplo, se sabe que los taxistas londinenses, famosos por su conocimiento detallado de las calles de Londres, experimentan un aumento de las estructuras cerebrales del 72

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hipocampo durante los años de formación necesarios para adquirir este conocimiento. Pero esto no sólo ocurre con las taxistas de Londres. Parece que en muchos expertos se expanden las estructuras cerebrales responsables de sus campos de especialización. Está claro que la experiencia modifica el cerebro. Las pruebas indican que un contacto prolongado con la tecnología -pasarse muchísimas horas practicando con instrumentos musicales o tecleando con los pulgares en teléfonos móviles u otros dispositivos de mano- constituye la clase de práctica que puede tener repercusión en el cerebro. ¿Crecen los niños con un cerebro diferente a causa de su contacto con la tecnología? Me han hecho esta pregunta durante años, y durante años he dicho que el cerebro está determinado por la biología y que la evolución no se ve afectada por nuestras experiencias. Pues bien, tenía razón al decir que la biología del cerebro no cambia; el cerebro con el que una persona nace hoy en día es prácticamente igual que el cerebro de hace miles de años. Pero también estaba equivocado. La experiencia cambia el cerebro, sobre todo la experiencia prolongada y precoz en el caso de los niños. El ejercicio hace los músculos más fuertes; la práctica mental hace que funcionen mejor determinadas regiones del cerebro. Los cambios cerebrales que son consecuencia del aprendizaje y la práctica no se heredan, como tampoco se hereda de una generación a la siguiente el aumento de la masa muscular. Sin embrago, el hecho de que la tecnología se introduzca en la vida de los niños a una edad cada vez menor influirá en su forma de responder, de pensar y de actuar. Su cerebro se modificará en las primeras etapas de la vida para adaptarse a esta nuevas capacidades. Y hay muchos más cambios posibles. Por ejemplo, la tecnología biológica quizá combinada con la implantación de dispositivos para mejorar la percepción, la memoria e incluso la fuerza, se va acercando de una forma lenta pero inexorable. Puede que las generaciones del futuro no se contenten con la biología natural. Habrá enfrentamientos entre quienes se hayan modificado y quienes se resistan a ello. La ciencia ficción se hará realidad. A medida que avancemos, la sociedad deberá ocuparse del impacto de todos estos cambios en los individuos y en las sociedades. Los diseñadores se encuentran al frente de estas inquietudes porque son ellos quienes traducen las ideas en algo real. Y hoy, más que nunca, deben entender el impacto social de sus actos.

Adaptándonos a nuestra tecnología

La ciencia halla, La industria aplica, El hombre se adapta. Lema de la Feria Mundial de Chicago de 1933 La persona propone, La ciencia estudia, La tecnología se adapta. Lema centrado en la persona para el siglo XXI


En mi libro Things Than Make Us Smart, sostengo que la tecnología debería adaptarse a nosotros y no nosotros a la tecnología, como reza el lema de la Feria Mundial de 1933. Escribí ese libro en 1993, pero desde entonces he cambiado de idea. Sin duda, preferiría que las máquinas se adaptaran a las personas. Pero, al final, las máquinas tienen una capacidad demasiado limitada. Nosotros, los seres humanos, somos flexibles y adaptables. Las máquinas son rígidas e inalterables. Nosotros somos más capaces de cambiar. O tomamos la tecnología tal como es, o la dejamos. El peligro de decir que las personas se deben adaptar a las máquinas es que algunos diseñadores e ingenieros interpretarán esta sugerencia fuera de contexto, creyendo que les da total libertad para diseñar a su gusto, para optimizar su trabajo para la eficiencia de las máquinas y la facilidad del diseño, la ingeniería y la construcción. Pero esa afirmación no es una excusa para un diseño inadecuado. Está claro que no tendríamos que adaptarnos a eso. Necesitamos los mejores diseños posibles, unos diseños que sean sensibles a las personas, que sigan las mejores reglas del diseño centrado en la persona y la actividad, unos diseños que sigan las reglas expuestas en este libro (que se resumen en el capítulo 6, págs. 140-141). Sin embargo, incluso en el mejor de los casos, cuando los mejores diseñadores hayan realizado el mejor trabajo posible, las máquinas seguirán siendo limitadas. Seguirán siendo inflexibles, rígidas y exigentes. Sus sensores serán limitados y sus capacidades, diferentes de las nuestras. Y, además, hay el inmenso abismo de la base en común. ¿Quién habría imaginado que tendríamos que explicarnos a nuestras máquinas? Pues bien, eso es lo que hacemos. Tenemos que explicar a nuestro automóvil que realmente queremos girar hacia la izquierda. Vendrá un día en el que deberemos decirle al aspirador que no queremos que limpie la sala en ese momento, gracias. Podemos tener que decirle a nuestra cocina que, por favor, tenemos hambre ahora y nos gustaría comer algo, o decirle a nuestro reproductor de música que vamos a salir a correr un poco y que seleccione una música adecuada a nuestro ritmo. Servirá de mucho que las máquinas sepan lo que pensamos hacer, y lo mismo valdrá que sepamos lo que

piensan hacer ellas. Pero, como antes, la inteligencia de las máquinas es tan limitada que todo el peso recaerá sobre nuestras espaldas. Estas adaptaciones acabarán beneficiándonos a todos, del mismo modo que facilitar la accesibilidad a los edificios para las personas con discapacidades acaba siendo útil para todo el mundo. Es importante tener presente que la adaptación a la tecnología es un fenómeno que no tiene nada de nuevo. Desde la aparición de los primeros instrumentos, la introducción de cada uno de ellos ha cambiado nuestra forma de actuar. En el siglo XIX pavimentamos vías para carretas y vehículos. En el XX cableamos nuestras casas cuando la electricidad sustituyó al gas, añadimos tuberías para traer el agua e instalamos cables y tomas para teléfonos, televisores y, más adelante, Internet. En el siglo XXI reharemos nuestros hogares para nuestras máquinas. Casualmente en el siglo XXI, muchos países se enfrentan a una población cada vez más envejecida. La gente descubrirá que deberán adaptar las viviendas y los edificios a sus parientes de más edad o a ellos mismos. Puede que deban añadir ascensores, construir rampas de entrada, cambiar los pomos de las puertas y los grifos, y ensanchar las puertas para que pueda pasar una silla de ruedas. Habrá que cambiar de lugar los interruptores y los enchufes para acceder a ellos con más facilidad, habrá que adaptar la altura de las mesas, las encimeras y los fregaderos. Lo irónico es que estos mismos cambios facilitarán las cosas a las máquinas, precisamente cuando las adquiramos para facilitar la vida de los ancianos, ¿Por qué? Pues porque las máquinas tienen las mismas limitaciones en cuanto a vista, movilidad y agilidad que las personas mayores. ¿Llegaremos a ver algún día un “duelo” de inteligencias entre nuestra nevera, que nos incitará a comer, y la báscula, que nos insistirá en que no comamos? ¿O que una tienda nos tiente a comprar, pero el asistente personal de nuestro teléfono móvil se niegue a ello? Hasta puede que nuestro televisor y nuestro móvil se confabulen contra nosotros. Pero podemos contraatacar. Un asesor personal, que quizá resida en el mismo televisor o el mismo móvil que nos intente vender otro par de zapatos, velará por nuestros intereses. “No - nos dirá una máquina como la de la figura 7.2 -, transacción denegada; ya tienes zapatos de sobra.” “Sí - nos dirá otra -, necesitas zapatos nuevos para la cena de gala de la semana que viene.”

La ciencia del diseño

Diseño: conformación deliberada del entorno para que satisfaga las necesidades del individuo y de la sociedad. El diseño abarca todas la disciplinas, desde las artes y las ciencias hasta humanidades, la ingeniería, el derecho o la empresa. En las universidades, lo práctico se suele considerar menos valioso que lo abstracto y lo teórico. Además, las universidades separan las distintas disciplinas en departamentos y facultades diferentes, y quienes estudian y trabajan en ellas hablan principalmente con otras personas de su misma - y estrecha - cuerda. Esta compartimentación es óptima para crear especialistas que conozcan a fondo una área muy delimitada. Pero no es idónea para la formación 73


de generalistas cuyo trabajo abarque distintas disciplinas. Y aunque la universidad intente superar este déficit creando programas de carácter multidisciplinario, estos programas pronto se acaban convirtiendo en otra disciplina que cada año se especializa más. Los diseñadores deben ser generalistas y capaces de innovar en distintas disciplinas. A su vez, deben poder recurrir a especialistas que los ayuden a desarrollar sus diseños y garanticen que los componentes sean adecuados y prácticos. Se trata de una nueva clase de actividad, diferente de lo que normalmente se enseña en las facultades. Se parece bastante al funcionamiento de las escuelas de empresariales, que forman directivos que también deberán ser generalistas, capaces de entender las muchas divisiones y funciones de una empresa, capaces de recurrir a especialistas en cada área. Quizás el diseño deba impartirse en las escuelas de empresariales. Hoy en día, el diseño se enseña y se ejerce como una forma de arte o artesanía, no como una ciencia con unos principios conocidos que han sido verificados mediante experimentación y que se pueden usar para obtener nuevos enfoques. En la mayoría de las escuelas de diseño actuales, los alumnos se forman como aprendices. Los alumnos y los nuevos profesionales practican el oficio en talleres y estudios bajo la mirada atenta de maestros e instructores. Es una forma excelente de aprender un arte o un oficio, pero no una ciencia. Ha llegado ya el momento de que haya una ciencia del diseño. Después de todo, mucho de lo que sabemos del diseño procede de muchas disciplinas relacionas con él; de las ciencias sociales, las artes, la empresa o la ingeniería. Hasta el momento, los ingenieros han intentado aplicar métodos formales y algoritmos para optimizar los aspectos mecánicos y matemáticos de los diseños, pero han tendido a pasar por alto las vertientes social y estética. Por otro lado, la vertiente artística sigue resistiéndose con fiereza a la sistematización, creyendo que destruirá la esencia creativa del diseño. Pero cuanto más nos aceramos al diseño de máquinas inteligentes, más esencial es el rigor. No puede ser el rigor frío y objetivo del ingeniero, que sólo se centra en lo que se puede medir y no en lo que es importante. Necesita74

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mos un enfoque nuevo que combine la precisión y el rigor de la empresa y la ingeniería, con la comprensión de las interacciones sociales y la estética de las artes. ¿Qué significa para los diseñadores la aparición de la máquina inteligente? En otros tiempos teníamos que pensar cómo interactuarían las personas con la tecnología. Hoy también debemos tener en cuenta el punto de vista de la máquina. Hablar de máquinas inteligentes es hablar de interacción, de simbiosis y de cooperación, tanto con personas como con otras máquinas inteligentes. Es una disciplina nueva, con muy poco trabajo anterior que nos sirva de guía, a pesar de los avances realizados en campos cuyos nombres parecen hacerlos idóneos para nuestras necesidades, campos como el diseño interactivo, el control de supervisión, el diseño de automatización y la interacción persona-máquina. Para empezar, sabemos bastante de la psicología humana. Los campos aplicados de los factores humanos y de la ergonomía han ofrecido muchos estudios útiles y muchas técnicas. Debemos basarnos en todo esto. El futuro plantea nuevas exigencias a nuestros diseños. En el pasado, simplemente usábamos nuestros productos. En el futuro, formaremos con ellos una especie de asociación en calidad de colaboradores, jefes y, en algunos casos, de sirvientes y ayudantes. Supervisaremos cada vez más, pero al mismo tiempo estaremos siendo cada vez más supervisados. Las máquinas autónomas inteligentes no son la única dirección del futuro. Habitaremos mundos virtuales en los que viajaremos sin esfuerzo por entornos creados de una manera artificial. Conversaremos con imágenes o “avatares” y hasta puede que seamos incapaces de distinguir lo real de lo artificial, el entretenimiento cambiará radicalmente por la interacción social, que se dará entre personas de todo el mundo, y por el poder de las simulaciones para hacernos creer que experimentamos nuevos acontecimientos y nuevos mundos. Los laboratorios de investigación ya están estudiando espacios tridimensionales como el de la figura 7.3, que ofrece imágenes detalladas de mundos dinámicos proyectadas en el suelo, en las paredes y en el techo de la sala. Es una experiencia asombrosa destinada tanto a la educación como al entretenimiento. Obsérvese también que es una experiencia compartida porque varias personas pueden explorar juntas este entorno. La fotografía no puede transmitir el poder de la experiencia. Se trata de un futuro muy atractivo desde el punto de vista emocional, además de ser educativo y ameno. Se avecinan unos tiempos confusos y apasionantes, peligrosos y agradables. Se avecinan unas interacciones visceralmente emocionantes, conductualmente satisfactorias e intelectualmente agradables. O quizá no. Todo dependerá del diseño del futuro.

Notas

* Este texto conforma el capítulo 7 del libro El diseño de los objetos del futuro/ la interacción entre el hombre y la máquina. con original del año 2007 y traducción al español de 2010 por Genís Sánchez Barberán para Ediciones Paidós Ibérica.

DOSSIER: Moral y técnica: el fin de los medios / El futuro de las cosas cotidianas  

por Bruno Latour / Donald Norman

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