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legado Basilio uribe

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Archivo josé A. rey

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basilio Uribe, el legado del pensamiento En este texto, parte de una recopilación de los escritos y conferencias de Uribe que realizó Pepe Rey, el fundador del CIDI apunta a la necesidad de conjugar saber científico con intuición artística

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Juvello, juego para armados, de Jacobo Glanzer (1963). Atento, el ingeniero y poeta Uribe, escucha una presentación del CIDI, 1965, siempre promoviendo la articulación diseño + industria. Cenicero Percepta Excéntrico, de Ricardo Samsó (1970). Radio Pygmy de Hugo Kogan para Tonomac (1970). Botines de fútbol Sportlandia (1978).

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La Técnica como Categoría*

En la lengua griega de los clásicos no existían dos palabras para designar arte y técnica, conceptos que, en general, son netamente distintos para nosotros. Tenían una sola: téchne, que tanto se aplicaba en uno u otro sentido. Es difícil saber si ambos significados se diferenciaban netamente para ellos; es muy probable que no, aunque también sea igualmente probable que haya ya existido un germen de diferencia. Téchne significaba la capacidad de hacer. La palabra arte aparece con los latinos. Su aparición no añade nada al concepto de téchne, pues para los romanos clásicos ars era la habilidad de hacer, el saber hacer, tal como lo era para los griegos. Había, sin embargo, algunos usos del concepto que comenzaron a tener semejanza con los nuestros, cuando se hablaba, por ejemplo, de ars dramática, pero, de todas maneras, no se concebía al arte sin pensar en el arte de qué, esto es, en la capacidad para qué.


Durante muchos siglos no se habla de los artistas ni de los técnicos, aunque sí de los poetas, de los músicos, de los pintores, de los escultores, de los arquitectos, de los albañiles, de los herreros, de los carpinteros y de otros hombres de otros oficios. Observemos, de paso, que ellos eran los técnicos de su tiempo. La categoría común del arte que agrupa en su seno a los artistas no existía, tal como no existía la de la técnica. La noción del arte con las características que hoy tiene definitivamente la palabra comienza a esbozarse allá por el siglo XIII, con la primera toma de conciencia de que hay algo en las cosas que hace el hombre que supera la naturaleza de esas mismas cosas. En aquella época comienza a separarse el concepto artesanal del concepto artístico, pues hasta aquel momento todas las cosas eran objetos de uso en mayor o menor grado. Por razones que no es del caso exponer dilatadamente en esta conversación, digamos que aparecen los

rado autor fue el gran filósofo de ese momento Emmanuel Kant. He aquí lo que dijo Gilson en 1957, durante los Rencontres Internationales de Génève, sobre Europa y el mundo de hoy (Europa y la liberación del arte). “Reducido a lo esencial, como la necesidad de ser breve impone que lo sea, la noción kantiana de genio es la de un sujeto dotado de una originalidad excepcional en el libre ejercicio de sus facultades con vistas a producir obras de arte”. Ese concepto fue tomado instantáneamente por el mundo del romanticismo literario y artístico y evolucionó hasta convertirse en esa categoría que hoy nadie confunde ya con la de la técnica, y que sólo soporta, y aún malamente, el parangón con la categoría de la ciencia. Es inútil que les señale todos lo peligros, supercherías y engaños a los que se prestan las pretensiones de genios con que se presentan la audacia y propaganda de sujetos más o menos

insumida en la del arte, que era la capacidad de hacer. En este momento expongo una conjetura sobre un concepto, porque la palabra técnica es de formación tardía y sólo aparece claramente definida en nuestro siglo. En realidad, es tan sólo en los últimos treinta años cuando cobra la magnitud que tiene hoy en día. Creo que ha alcanzado ya su máxima magnitud y por lo tanto abarca un contenido más o menos fijo que podemos intentar definir o, por lo menos, acotar. En primer término reparemos en que se suele hablar de la técnica en conjunto, como de todo un universo conceptual, y que tendemos a considerar que nuestro mundo contemporáneo es en gran parte –y hasta me atrevería a decir que en parte preponderante–, producto de la técnica contemporánea. Hablamos así de la técnica como de una realidad en sí misma, inclusive como una realidad de orden superior. Tendemos a usar cada vez más la palabra

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primeros retratos en el sentido moderno del término –ya sabemos que existían en Roma, pero, muy probablemente, cumplían otra función–; que ese arte de reproducir la figura humana empieza a ser tenido más en cuenta que el de producir otros objetos, y que así se van estableciendo las distintas valoraciones de las artes y oficios. Pero la evolución es muy lenta. Para que nos demos cuenta de esa lentitud, solamente en 1495 tenemos la primera diferencia conceptual en nuestra lengua cuando en La Celestina aparece la palabra artesano, con un valor semántico que se emparenta más con el de artero que con el que hoy tiene. Más aún, solamente en los alrededores de 1750 comienza a cobrar cuerpo la idea de una actividad en sí, distinta de la del conocer de la ciencia y cuya característica esencial es la contínua invención. Según Etienne Gilson, todo partió de la noción de genio, y su inespe-

decididos, más o menos autosugestionados o más o menos ingenuos. Ni que insista en que en medio de la desconcertada crítica de arte de nuestros días –que no tiene reglas de medir para abarcar la invención totalmente individual– todos tenemos ocasión de ver cómo simples ejercicios visuales, más o menos al día, más o menos fruto personal pero que no por eso superan su carácter de ejercicios, llegan a figurar en las exposiciones y son juzgados como pintura o escultura serias. No es mi papel de hoy, que, según dije ya, se conecta con algunas reflexiones en torno de la técnica. Mientras existía esa noción de capacidad en el hacer, que abarcaba tanto arte como artesanía –sin que nadie supiera exactamente si estaba produciendo un objeto trascendente, esto es un objeto artístico, en lugar de objeto de uso diario, es decir un objeto entonces artesanal–, la técnica era una noción infusa

como entidad aislada; decimos la técnica, como si hubiera alcanzado la misma categoría que tuvo la ciencia siempre o la que más recientemente alcanzara el arte. Para el uso diario, para el lenguaje de los grandes medios de difusión, ciencia, arte y técnica ocupan un mismo nivel. Y en ese nivel el papel más vivo, más característico de la actualidad, más asombroso –y también más terrible– lo juega la técnica. La realidad de la técnica

Sería mucho más exacto, sin embargo, que en lugar de hablar de la técnica habláramos de las técnicas, con lo cual apreciaríamos con mayor justeza las características de la materia que nos ocupa. Por un lado, cierta mentalidad progresista, entusiasta y no demasiado crítica; por otro, ese periodismo que sólo vive de suscitar la atención y el asombro 57


con sus titulares y el enfoque que le exige el simplificar para el gran público también una interpretación mecanicista de la historia y el ser humano, temores muchas veces bien reales, como los que se apoderan de cualquier hombre cuando de pronto piensa si algún peine que hubo usado o alguna pastilla de jabón no provendrían de los restos de otro hombre, tal como ocurrió con los cuerpos profanados de los prisioneros de los campos de concentración en la última guerra mundial. Y, en fin, muchas otras circunstancias contribuyen a crear esa confusión conceptual que saca la situación de quicio y desmesura su perspectiva hasta desconcertar al espectador. En otro extremo, con todo, si reparamos un poco, veremos que se habla de la técnica de determinado boxeador, de la técnica de una bailarina, de la de un ajedrecista, la de un pintor, un actor de teatro o de cine, un escultor, un escritor y, digamos para abreviar, de infinitud de otras profesiones en general, tanto como de los propios profesionales en particular. Se habla, por ejemplo, de la técnica quirúrgica y globalmente tanto como de la técnica de cierto y determinado cirujano en especial. Es decir, se usa el concepto también en una escala menos genérica, más al alcance de nuestra apreciación, menos desencarnada, en la cual supongo que nos pondremos fácilmente de acuerdo si decimos que, ahí, técnica quiere decir desde modo de operación de un conocimiento hasta modo de dominio de un medio. O sea, para aclarar con algunos ejemplos, la técnica de un boxeador sería el modo cómo el pugilista pone en vías de práctica sus conocimientos del boxeo; la de un cirujano, el modo cómo conduce su mano y al extremo de ella el bisturí, la manera cómo realiza sus movimientos entregando y recibiendo el instrumental necesario; el modo cómo hace avanzar el bisturí en el corte, las instrucciones de mando dadas a los instrumentistas, etc. Los ejemplos pueden añadirse según se desee, pero en cualquier caso ser verificará que el contenido conceptual de la palabra técnica cubre siempre el procedimiento mediante el cual se logran los frutos de un conocimiento anterior, se trate de una obra de arte como la del pintor, un oficio como el del herrero o una ciencia como la del cirujano. Si ahora trasladamos la cuestión hasta el campo de sus actuaciones más espectaculares, veremos que nuestra definición tan somera continúa afrontando victoriosamente la prueba; también ahí la técnica es el modo de operación de una ciencia o de un arte; la manera con la cual desde la concepción científica o artística se llega a la obra misma. La técnica es lo que hace posible un reactor atómico, pero para ello es menester un conocimiento previo, 58

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en este caso, un conocimiento razonado y progresivo, fundado en la observación y verificación, al cual llamamos ciencia cuando es lo suficientemente amplio y sistemático. La técnica es lo que hace posible una computadora, capaz de resolver en horas, minutos o segundos ecuaciones que le resultaban inaccesibles al hombre por mera imposibilidad material, pues demandaban años y aún a veces más que la vida del hombre; pero para que así ocurra, es preciso el conocimiento de lo que en esas disciplinas se llama programación, saber cómo formular el planteo del problema. Esto es algo que fluctúa en estos momentos, cuando las computadoras como elementos de trabajo son herramientas muy recientes, casi en el estado naciente, entre el arte y la ciencia. Es decir, en todos los casos, lo conozca el técnico o no, es menester un conocimiento de base, un saber científico o una intuición artística. De manera que para apreciar el grado de realidad del mundo de la técnica debemos

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necesariamente pensarlo en función de los grados de realidad de los mundos del arte y de la ciencia, pero en ningún supuesto como realidad en sí. Decimos la técnica y ésta, tal vez, sea la mayor dificultad. Deberíamos, en verdad, hablar de las técnicas con lo cual reduciríamos a sus justas y modestas proporciones este concepto que hemos engrandecido excesivamente. Al hacerlo, se colocaría a cada uno de esos procedimientos en la relación jerárquica que les corresponde respecto de la ciencia o del arte de los que deriva. Dejarían, pues, de poder ser consideradas como realidades autónomas y pasarían a ser puentes entre los dos modos de saber del hombre y el hombre mismo; entre el saber por razonamiento, acumulación y progreso de la ciencia y el saber sin acumulación ni progreso, por simple adhesión a lo que se siente como la realidad última, del arte.

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Silvapen Automática 25, de F Barcelloni Corte para Plástica Sudamericana; con pieza de mecanismo automático. Jarras para agua Steinhal, de Ernesto Goldschimdt (1965).

Referencia Clase dictada en la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la UBA, el 18 de enero de 1964. Publicada en la sección Artes Plásticas de la revista Criterio Nro. 1520, del 23 de marzo de 1967.

Basilio Uribe, el legado del pensamiento  

por Basilio Uribe

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