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ENTREVISTA A CHANTAL MOUFFE

*Realizada por

Elke Wagner, para

Suhrkamp Anthology 2007 “Política, Protesta y

propaganda”.Editada con autorización del editor y de la entrevistada.

E: Hegemonía y estrategia socialista, el libro que escribió con Ernesto Laclau ha sido traducido a varios idiomas y ha tenido una enorme influencia en las teorías de “Los nuevos movimientos sociales”. En Hegemonía, intenta reformular la teoría marxista para intervenir en discusiones contemporáneas acerca de la naturaleza de lo político. Podría contarnos un poco sobre la génesis del libro y sus ideas principales? Especialmente, qué rol juega la noción de hegemonía en él?

Mouffe: Nosotros teníamos dos objetivos principales cuando escribimos Hegemonía y Estrategia Socialista, que fue publicado por Verso en 1985. Uno era un objetivo político, el otro teórico. El objetivo político era reformular el proyecto socialista para dar una respuesta a la crisis del pensamiento de izquierda tanto en sus versiones comunista como social demócrata. Esta crisis, desde nuestro punto de vista, se daba en parte por la importancia creciente de los movimientos sociales que han ido emergiendo desde los años 60s, y cuya especificidad ni el marxismo ni la social democracia habían podido aprehender. Es por eso que nuestro objetivo teórico era desarrollar una perspectiva que nos permitiera comprender la especificidad de los movimientos que no estaban constituidos en términos clasistas y que por lo tanto no podían ser interpretados meramente en clave de la explotación económica. Estábamos convencidos que esto requería la elaboración de una teoría de lo político. E intentamos proveer esta teoría conjugando dos aproximaciones teóricas diferentes: la crítica al esencialismo presente en el post-estructuralismo representada por Derrida, Lacan, Foucault (pero también en el pragmatismo Americano y en Wittgenstein) y en abundantes insights del concepto de hegemonía de Gramsci. Esta perspectiva teórica a la que a veces se refiere como post-marxista también es conocida como teoría del discurso.

E: Cuáles son los principales conceptos de su aproximación?


Mouffe: las principales categorías de nuestra aproximación son, en primer lugar el concepto de “antagonismo” y en segundo lugar, el de “hegemonía”. El concepto de antagonismo es absolutamente central en nuestro pensamiento porque afirma que la negatividad es constitutiva y nunca puede ser resuelta. La idea de antagonismo también revela la existencia de conflictos para los cuales no hay solución racional. Esto apunta a un entendimiento del pluralismo que es muy diferente de un punto de vista liberal. Es un pluralismo que, como el de Nietzche o Max Weber implica la imposibilidad de la reconciliación final de todas las visiones. Luego, en La Paradoja Democrática (Verso, 2000) propuse llamar esta dimensión irradicable del antagonismo lo político y distinguirla de otras formas de política que se refieren a las prácticas que apuntan a organizar la coexistencia humana. El segundo concepto importante es el de “hegemonía”. Antagonismo y hegemonía son para nosotros los dos conceptos centrales y necesarios para elaborar una teoría de lo político. Ellos están relacionados de la siguiente manera. Para pensar en lo político y en su siempre presente posibilidad de antagonismo se requiere reconciliarse con la falta de un fundamento final, y reconocer la dimensión de la indecibilidad y contingencia que persiste en todo orden. En nuestro vocabulario esto también significa afirmar la naturaleza hegemónica de todo tipo de orden social. Hablar de hegemonía significa que todo orden social es una articulación contingente de relaciones de poder que carecen de un último fundamento racional. La sociedad es siempre un producto de una serie de prácticas que apuntan a crear cierto orden en un contexto contingente. Estas son las prácticas que llamamos prácticas hegemónicas. Las cosas siempre podrían ser de otra manera. Cada orden es el resultado de la exclusión de otras posibilidades, es siempre la expresión de una particular configuración de relaciones de poder. Es en este sentido que todo orden es político. No podría existir sin las relaciones de poder que le dan forma. Este punto de vista teórico tiene grandes implicancias a nivel de la praxis política. Se suele decir que la globalización neoliberal es un destino que tiene que ser aceptado. Recuerden cuantas veces Margaret Thatcher declaró: “No hay alternativa”. Y, desafortunadamente, muchos socialdemócratas han aceptado esta visión y creen que lo único que pueden hacer es administrar este supuesto orden natural de la globalización de una manera más humana. Sin embargo, de acuerdo a nuestro enfoque, es claro que cada orden es un orden político que resulta de una particular configuración hegemónica de relaciones de poder.


El estado presente de la globalización, lejos de ser ‘natural’, es el resultado de una hegemonía neoliberal y esta estructurada por relación de poder específicas. Esto significa que puede ser desafiada y transformada y que hay opciones disponibles. Como puedes ver, este concepto de configuración hegemónica es crucial para imaginar cómo actuar en política. Revela que siempre puedes cambiar las cosas políticamente, que siempre puedes intervenir en las relaciones de poder para transformarlas.

E: Cuáles son las consecuencias de este enfoque para imaginar cuáles son las alternativas a las relaciones de poder hegemónicas existentes en la actualidad?

Mouffe: Lo importante es primero cuestionar la misma idea de que existe un orden natural que es la consecuencia del desarrollo de fuerzas objetivas, sean éstas las fuerzas de producción, las leyes de la historia o el desarrollo del espíritu. Para usar el slogan del movimiento antiglobalización podemos afirmar Otro mundo es posible! Es más, de acuerdo a nuestro enfoque, otros mundos son siempre posibles y nunca debemos aceptar que las cosas no pueden ser cambiadas. Siempre existen alternativas que han sido excluidas por la hegemonía dominante y pueden ser actualizadas. Esto es precisamente lo que una teoría de la hegemonía ayuda a comprender. Cada orden hegemónico puede ser desafiado por prácticas contra hegemónicas dispuestas a desarticular el orden existente para así establecer otra forma de hegemonía. Como seguramente imaginarás, una tesis así tiene importantes implicancias para el modo en que imaginamos los objetivos de una política emancipatoria. Si la lucha política es siempre una confrontación entre diferentes prácticas hegemónicas y diversos proyectos hegemónicos, esto implica que no siempre hay un punto desde el cual uno puede reclamar que tal confrontación debe ser evitada porque hemos alcanzado una democracia perfecta. Es por eso que en Hegemonía y Estrategia Socialista reformulamos el proyecto de la izquierda en términos de una “democracia radical y plural” e insistimos que esto tiene que ser considerado como un proceso sin fin. Lo que nosotros promovemos es la radicalización de las instituciones democráticas existentes para hacer los principios de libertad e igualdad efectivos en un creciente número de relaciones sociales. Nuestro objetivos, como señalé anteriormente, era considerar las demandas de los nuevos movimientos sociales. Para nosotros el desafío para la izquierda era encontrar la forma de


articular las nuevas demandas realizadas por las feministas, los antirracistas, el movimiento gay, el movimiento ambiental con las demandas formuladas en términos de clase. En relación a esto, otro concepto importante en Hegemonía y Estrategia Socialista era la “cadena equivalencial”. En contra al tipo de separación total promovida por algunos teóricos posmodernos, nosotros argumentamos que era necesario para la izquierda establecer una cadena equivalencial entre todas esas diferentes batallas para que, cuando los trabajadores definieran sus reclamos, puedan también considerar las demandas de los negros, los inmigrantes, y las feministas. Esto requiere por supuesto que al momento de definir sus demandas las feministas no sólo lo hicieran en torno a cuestiones de género y que consideraran las demandas de otros grupos para crear una amplia cadena equivalencial entre luchas democráticas. Nosotros reclamamos que el objetivo de la izquierda debería ser crear una voluntad colectiva de todas las fuerzas democráticas para promover la radicalización de la democracia y establecer una nueva hegemonía. Tengo que destacar otra dimensión importante de este proyecto de democracia radical. La idea es romper con la creencia de que, en las sociedades democráticas occidentales desarrolladas, para avanzar hacia una sociedad más justa es necesario destruir el orden liberal-democrático y crear un nuevo orden desde la nada. Aquí estamos criticamos el modelo tradicional leninista revolucionario y afirmamos que en una democracia plural moderna los cambios democráticos profundos pueden ser desarrollados a través de una crítica inmanente a las instituciones existentes. El problema con las sociedades democráticas modernas, desde nuestro punto de vista, no son sus principios ético-políticos de libertad e igualdad sino el hecho de que esos principios no son puestos en práctica. Es por eso que la estrategia de la izquierda en esas sociedades debe actuar sobre la aplicación de estos principios y esto no requiere un quiebre radical sino lo que Gramsci llama una “guerra de posición” que apunta a la creación de una nueva hegemonía.

E: Cómo puede esta cadena equivalencial ser puesta en práctica hoy? Qué rol tienen los sindicatos o los partidos políticos establecidos en esto?

Mouffe: Desafortunadamente la situación hoy, en términos de la posibilidad de radicalizar la democracia, es mucho menos favorable que 30 años atrás cuando escribimos nuestro


libro. La necesidad de una cadena equivalencial permanece como la tarea crucial para un proyecto de izquierda pero el terreno ha sido transformado profundamente por el neoliberalismo. En los comienzos de los 80s el sentido común social-demócrata era un fenómeno extendido. Nosotros fuimos críticos de los defectos de los partidos social demócratas y promovimos la radicalización de la política democrática pero nadie imaginó que los avances realizados por la social democracia fueran tan frágiles. Desde entonces las cosas han cambiado drásticamente. A través de las políticas de Reagan y Thatcher el neoliberalismo comenzó su marcha exitosa y desde entonces ha avanzado significativamente en el mundo. En Inglaterra, el thatcherismo logró reemplazar la hegemonía social demócrata e instaló una neoliberal que se mantiene aún hoy. Nos encontramos en la actualidad en una situación en donde nos vemos obligados a defender nuestras instituciones básicas del estado de bienestar, que sin embrago fueron anteriormente criticadas por no ser lo suficientemente democráticas. Recientemente hasta los derechos civiles que constituyen el corazón del orden democrático han sido atacados como resultado de la llamada “guerra contra el terrorismo”. En lugar de luchar por la radicalización de la democracia nos vemos forzados a luchar contra un avance mayor en la destrucción de las instituciones democráticas fundamentales. Qué puede hacerse? Desde mi perspectiva, un frente de todas las fuerzas progresistas necesita ser establecido y es necesario que todos los movimientos de la sociedad civil, organizados por ejemplo alrededor de Attac o el Foro Social Mundial, trabajen juntos con los partidos políticos progresistas y con los sindicatos. Una vasta cadena equivalencial es necesaria para establecer mediaciones institucionales necesarias para desafiar el orden hegemónico. Lo que me preocupa son las resistencias de muchos movimientos sociales para trabajar junto a instituciones políticas establecidas. Yo he estado involucrada con el movimiento antiglobalización e importantes sectores dentro de este movimiento tienen una actitud extremadamente negativa de las organizaciones establecidas. Están influenciados por las ideas de Hardt y Negri quienes en sus libros “Empire” y “Multitude” argumentan que los movimientos de la sociedad civil deben evitar comprometerse con instituciones políticas. Ven a estas instituciones “molares” (término utilizado por Deleuze y Guattari) como “máquinas de captura” y demandan que las luchas fundamentales tienen lugar al nivel “molecular” de la micropolítica. De acuerdo a la perspectiva de Hardt y Negri, las mismas


contradicciones del Imperio lo llevarán a su colapso y conducirán a la multitud hacia la victoria. De hecho, ellos reproducen, en un vocabulario diferente, el determinismo marxista de la Segunda Internacional, en el que la contradicción de las fuerzas de producción traería el colapso del capitalismo y el triunfo del socialismo. No hacia falta hacer nada, sólo esperar el final del capitalismo. La perspectiva del Imperio es similar – por supuesto adaptado a las nuevas condiciones: es ahora el trabajo inmaterial el que juega un rol central, y no más el proletariado sino la multitud el agente revolucionario. Pero es el mismo viejo enfoque determinista. Y esta es la razón por la cual ellos refutan la idea de que es necesario establecer cualquier forma de unidad política entre los diferentes movimientos. Lo que creo que es la pregunta política crucial no es nunca analizada por ellos: cómo puede la multitud convertirse en un sujeto político? Si bien reconocen que los movimientos tienen diferentes objetivos no reconocen el cómo articular estas diferencias como problema. Por cierto desde su perspectiva es precisamente la no convergencia entre sus batallas lo que los hace más radicales: cada batalla está dirigida directamente al centro virtual del imperio. Yo creo que un enfoque así ha tenido una influencia negativa en diversos sectores del movimiento antiglobalización en tanto los llevó a evitar el problema político fundamental: cómo organizarse a través de las diferencias para crear una cadena equivalencial entre las distintas batallas.

E: Aparte de su crítica al enfoque de Negri y Hardt, en su trabajo reciente ha intentado agudizar su posición a través de una investigación crítica de algunas de las teorías de lo político más prominentes que son propuestas por distintos sociólogos o pensadores políticos. Puede explicar el significado de esta investigación?

Mouffe: Después de escribir Hegemonía y Estrategia Socialista y de haber señalado las deficiencias del marxismo en el campo de lo político, he querido demostrar que la solución no reside en el liberalismo porque éste tampoco posee una teoría de lo político. Es por eso que comencé a discutir diferentes modelos liberales y particularmente el trabajo de John Rawls, el más importante en la actualidad. Desde mi perspectiva, hay dos razones por las cuales la teoría liberal no puede visualizar la naturaleza de lo político: primero por su racionalismo y segundo por su individualismo. El racionalismo junto a la creencia de la


existencia de reconciliación final a través de la razón impidieron el reconocimiento de la siempre presente posibilidad del antagonismo. Por su parte el individualismo no permitió captar el modo de creación de las identidades políticas que siempre son identidades colectivas construidas en la forma de la relación nosotros/ellos. Aún más, el racionalismo e individualismo dominante en la teoría liberal no permitieron comprender el rol crucial de lo que yo denomino “pasiones” en la política: la dimensión afectiva que es movilizada en la creación de identidades políticas. Tomemos por ejemplo la cuestión del nacionalismo. Es claro que la importancia del nacionalismo no puede ser comprendida sin aprehender cómo las identidades colectivas son creadas a través de la movilización de los afectos y deseos. Y por supuesto es por eso que el pensamiento liberal ha tenido siempre dificultades en lidiar con sus múltiples manifestaciones. Para los liberales, todo lo que comprende una dimensión colectiva es visualizado como arcaico, algo irracional que no puede seguir existiendo en las sociedades modernas. No es para sorprenderse que con estas premisas teóricas se mantengan ajenos a la dinámica de lo político.

E: Y es en este contexto que comenzó a interesarse en el trabajo de Carl Schmitt?

Mouffe: Ciertamente, creo que la crítica que Schmitt hace del liberalismo fue muy poderosa. Me sorprendió ver cómo la crítica del liberalismo presente en su libro. El Concepto de lo Político realizada en los años 20s todavía resulte pertinente y aplicable a los desarrollos posteriores del pensamiento liberal. El argumenta que el liberalismo no puede captar lo político y que cuando trata de hablar sobre lo político utiliza un vocabulario prestado de la economía y la ética. Esto encaja perfectamente con los dos modelos más importantes de política democrática actualmente dominantes en la teoría política: el modelo agregativo por un lado, y el modelo deliberativo por el otro. El modelo agregativo entiende el dominio político principalmente en términos económicos. Es en reacción a ese modelo que Rawls y Habermas desarrollan un modelo alternativo de democracia deliberativa. Pero el modelo deliberativo utiliza un enfoque ético o moral para pensar la política y tampoco provee una teoría de lo político. Quiero destacar, sin embargo, que si bien coincido con las críticas de Schmitt a las deficiencias del liberalismo, mi objetivo es muy diferente. Mientras que Schmitt ve a la democracia pluralista liberal como un régimen inviable y se mantiene


inflexible en su posición de considerar que el liberalismo niega la democracia y la democracia niega liberalismo, un aspecto central de mi trabajo ha sido proveer un entendimiento de la democracia plural que pueda reintroducir la dimensión política. Es por eso que Schmitt constituye un verdadero desafío para mí y, como el título de uno de mis artículos lo indica, estoy pensando “con Schmitt contra Schmitt”. Mi respuesta a Schmitt es precisamente el modelo agonista de democracia donde distingo entre antagonismo y agonismo. El modo en el que procedí es el siguiente: comencé por reconocer junto a Schmitt la dimensión antagónica de lo político, por ejemplo, la permanencia de los conflictos que no pueden tener una solución racional. La relación amigo-enemigo supone una negación que no puede ser superada dialécticamente. Sin embargo, este conflicto antagónico puede adoptar distintas formas. Puede expresarse bajo la forma de lo que denominamos antagonismo propiamente dicho, esto es, bajo la forma schmittiana de amigo-enemigo. Aquí Schmitt tiene razón al afirmar que tal antagonismo no puede ser acomodado dentro de la sociedad política ya que puede llevar a la destrucción de la asociación política. Pero también puede expresarse de una manera diferente que propongo llamar “agonismo”. La diferencia es que en el caso de agonismo no nos enfrentamos a una relación amigo-enemigo sino a una entre adversarios que reconocen la legitimidad de las demandas de sus oponentes. Sabiendo que no existe una solución racional a sus conflictos, los adversarios de todos modos aceptan un set de reglas acorde a lo que sus conflictos serán regulados. Lo que existe entre adversarios es una especie de consenso conflictual: coinciden sobre los principios ético-políticos que organizan su asociación política pero no acuerdan sobre sus interpretaciones. Hacer esta distinción entre antagonismo y agonismo me permite, al afirmar la inerradicabilidad del antagonismo, imaginar cómo esto no debe llevarnos a negar de manera automática el orden democrático plural. De hecho voy un poco más lejos y afirmo, no sólo que la lucha agonista es compatible con la democracia, sino también que tal lucha es precisamente lo que constituye la especificidad de la política democrática plural. Y es por eso que presento el modelo agonista de la democracia como una alternativa a los modelos agregativos y deliberativos. Desde mi punto de vista la ventaja de semejante modelo es que al reconocer el rol de los pasiones en la creación de las identidades colectivas provee un mejor entendimiento de las dinámicas de la política


democracia, uno que reconoce la necesidad de ofrecer diferentes formas de identificación colectiva alrededor de alternativas claramente definidas. E: Dónde visualiza la diferencia de su trabajo con el concepto de Sociedad moderna cosmopolita formulado por Ulrich Beck y Anthony Giddens?

Mouffe: Es claro que de acuerdo a mi modelo agonista, la política democrática necesita ser partisana y es por eso que soy muy crítica de las visiones de Ulrich Beck y Anthony Giddens que argumentan que el modelo adversarial de la política se ha vuelto obsoleto y que necesitamos pensar más allá de la izquierda y la derecha. Para mí el modelo adversarial es constitutivo de la política democrática. Por supuesto que no debemos imaginar que la oposición derecha-izquierda posee algún tipo de contenido esencialista y que esas nociones deben ser redefinidas de acuerdo a diferentes períodos históricos y contextos. Lo que está verdaderamente en juego en la distinción derecha-izquierda es el reconocimiento de la división social y de la existencia de conflictos antagónicos que no pueden ser superados a través de un diálogo racional. No es mi intensión negar que en los últimos años hemos estado experimentando un creciente desdibujamento de las fronteras entre la izquierda y la derecha. Pero mientras que Beck y Giddens ven esto como un signo de progreso para la democracia, yo estoy convencida que este es una evolución que no fue necesaria y que puede ser revertida. Desde mi perspectiva necesita ser resistida porque puede amenazar las instituciones democráticas. La consecuencia de la desaparición de una diferencia fundamental entre partidos democráticos de centro-izquierda y centro-derecha es que la gente está perdiendo interés en la política. Somos testigos del preocupante declinamiento de la participación política en elecciones. La razón es que la mayoría de los partidos social democráticos se han desplazado tanto hacia el centro que son incapaces de ofrecer alternativas al orden hegemónico existente. No es para sorprenderse que la gente esté perdiendo el interés en la política. Una vibrante política democrática precisa ofrecer la posibilidad de tener opciones genuinas. La política democrática debe ser partisana. Para involucrarse en política, los ciudadanos necesitan sentir que alternativas verdaderas están en juego. El actual desafecto con los partidos democráticos es muy malo para la política democrática. En muchos países ha conducido al surgimiento de partidos populistas de derecha que se han presentado a si mismos como los únicos preocupados en ofrecer


alternativas y dar voz a la gente abandonada por los partidos más establecidos. Recordemos lo que pasó en Francia en 2002 en la primera vuelta de las elecciones presidenciales cuando Le Pen, el líder del Frente Nacional, salió segundo y eliminó al candidato socialista Lionel Jospin. Para ser honesta, esto me impactó pero no me sorprendió ya venía bromeando durante la campaña con mis estudiantes que las diferencias entre Chirac y Jospin se parecían a las diferencias entre Coca Cola y Pepsi Cola. Por cierto, Jospin había insistido en que su programa no era un programa socialista y como consecuencia mucha gente terminó no votándolo en la primera vuelta. Por otro lado, muchos votantes descontentos fueron motivados a votar por Le Pen, quien gracias a su exitosa retórica demagógica logró movilizarlos contra lo que ellos visualizaban como las elites indiferentes. Me preocupa mucho la celebración del tipo de política de “consenso de centro” que existe en estos días porque siento fuertemente que esta era de la post-política esta creando un terreno favorable para el surgimiento del populismo de derecha.

E: También ha llamado la atención sobre el crecimiento de la tendencia de moralizar la política al reemplazar la oposición entre derecha e izquierda por otra entre bien y mal. Puede desarrolla esto?

Mouffe: Antes de responder su pregunta me gustaría referirme a otra consecuencia de la difusión de la oposición entre izquierda y derecha. Cuando los partidos democráticos no le ofrecen a la gente la posibilidad de identificarse con identidades políticas colectivas, presenciamos una tendencia de la gente a buscar otras fuentes de identificación colectiva. Esto se ha manifestado por ejemplo en la creciente importancia de formas religiosas de identificación colectiva, particularmente entre los inmigrantes musulmanes. Muchos estudios sociológicos en Francia han demostrado que la declinación del partido comunista ha sido acompañadoa, especialmente entre trabajadores poco calificados, por un rol creciente de las formas de afiliación religiosas. La religión parece estar reemplazando los partidos en la satisfacción de las necesidades de pertenecer a una comunidad al proveer un “nosotros”, una identidad comunitaria. En otros contextos, la ausencia de identificación colectiva alrededor de las identidades políticas provistas por la distinción derecha-izquierda puede también ser reemplazadas por formas de identificación regionalistas o nacionalistas.


En mi opinión, fenómenos de esta naturaleza no son buenos para la democracia porque aquellas identidades no pueden proporcionar el terreno para un debate agonista. Es por eso que pienso que es un serio error creer que hemos arribado a una etapa donde el individualismo se ha vuelto tan extendido que la gente ya no siente necesidad de identificarse de modo colectivo. Nosotros/ellos son constitutivos de la vida social y la política democrática necesita proveer los discursos, las prácticas y las instituciones que permitan que éstos sean construidos políticamente. Este debería ser el rol de las diferentes concepciones de la ciudadanía. Volvamos ahora a su pregunta sobre la moralización de la política. Lo que he venido argumentando es que, contrariamente a lo que mucha gente quiere hacernos creer, la falta de discursos constructores de identidad política en términos de izquierda y de derecha no han significado la desaparición de la necesidad de la distinción nosotros/ellos. Semejante distinción subsiste, aunque hoy es establecida a través de un vocabulario moral. Podríamos decir que la distinción entre izquierda y derecha ha sido reemplazada por una entre bueno e malo. Esto indica que el modelo adversarial de la política todavía está presente entre nosotros pero la principal diferencia es que ahora la política se desarrolla en el registro moral, usando el vocabulario de lo bueno y lo malo para discriminar entre “nosotros, los buenos demócratas” y “ellos, los malos”. Esto puede ser visualizado por ejemplo en las reacciones al surgimiento de los partidos populistas de derecha, donde la condena moral a menudo ha reemplazado la lucha de tipo política. En lugar de tratar de aprehender las razones de su éxito, los partidos democráticos “buenos” se han autolimitado al demandar el establecimiento de un “cordón sanitario” para detener el regreso de lo que ellos ven como “la plaga marrón”. Otro ejemplo de esta moralización de la política se puede hallar en el presidente George W. Bush, que opuso los civilizados nosotros y los otros bárbaros. Construir un antagonismo político de este estilo es lo que llamo moralización de la política. Esto es algo que podemos ver en funcionamiento hoy en día en muchas áreas diferentes: la incapacidad de formular los problemas que enfrenta la sociedad políticamente e imaginar soluciones políticas a estos problemas nos lleva a enmarcar un creciente número de problemas en términos morales. Esto es por supuesto algo que no es bueno para la democracia porque cuando los oponentes no son definidos en términos políticos sino morales, no pueden ser visualizados como adversarios sino como enemigos. Con los malos no hay debate agonista posible, ellos deben ser eliminados.


E: qué rol juegan los medios en la moralización de la política? No es la moralización de ciertos temas la típica forma en que los medios cuentan historias? No es acaso que la mayoría de las luchas políticas tienen lugar en los medios o a través de ellos, lo que podría transformar el carácter de las mismas luchas políticas?

Mouffe: Por supuesto que los medios juegan un rol importante porque ellos constituyen uno de los terrenos donde tiene lugar la construcción de la subjetividad política. Pero yo creo que es un error visualizarlos como el principal culpable, acusándolos de ser el origen de la incapacidad de la izquierda para actuar políticamente. Los medios son básicamente el espejo de la sociedad. Si existiera un debate agonístico lo reflejarían. No hay dudas del hecho de que sean muchos los medios que son controlados por fuerzas liberales es un problema. Sin embargo, están lejos de ser todopoderosos, Como el No al Referéndum a la Constitución Europea y holandesa demuestra –países en los que los medios promovieron el Si-, los medios no pueden imponer su punto de vista contra una extendida movilización popular. En lugar de deplorar el rol de los medios, la izquierda debería reconocerlos como el sitio donde debe ser luchada la batalla por la hegemonía. Con el desarrollo de los nuevos medios existen muchas posibilidades para que la gente intervenga directamente y desarrolle estrategias agonistas. En esta área estoy convencida que mucho puede aprenderse de las experiencias del llamado “activismo artístico”. Por ejemplo en Estados Unidos en los 80s mucha gente vinculada al Act Up se comprometió en campañas sobre el SIDA usando estrategias de marketing para extender la crítica social. Ellos fueron el origen de proyectos visuales cuyo objetivo era organizar campañas para crear conciencia acerca de los problemas políticos vinculados con el SIDA como el racismo o la homofóbia, y para denunciar el poder de las grandes firmas farmacéuticas. La de ellos fue una estrategia subversiva de re-apropiación de las formas dominantes de comunicación. Por ejemplo, en Nueva York el Gran Fury Collective utilizó la estética publicitaria para transmitir imágenes y eslóganes con un alto contenido crítico. Uno de sus proyectos, el póster “Besar no mata” (1989) exhibido en buses, fue diseñado como un aviso de Benetton representando 3 parejas: hetero, lesbiana y gay compuesta por gente de diferentes colores con el mensaje: “Besar no mata. La avaricia y la indiferencia, sí”. Hoy en día es posible encontrar más ejemplos del


uso creativo de los medios en las luchas políticas frente a la hegemonía neo-liberal. Uno particularmente interesante es la de Yes Men con su estrategia de “corrección identitaria” que consiste al imitar oficiales de organizaciones internacionales o multinacionales, en exponer el oculto y oscuro lado de sus políticas. Reconocer el poder de los medios es también ser conciente de las muchas posibilidades de reapropiacion de este poder. Lo que la izquierda necesita es más imaginación en su uso de los medios para así transformarlos en un terreno de confrontación agónica.

E: Cuando piensa en los movimientos políticos prácticos de hoy en día, qué es lo que inspira su trabajo? Qué tipo de temas y movimientos resultan interesantes para su noción de lo político?

Mouffe: La batalla más urgente para la izquierda de hoy es imaginar una alternativa al neoliberalismo. Muchos activistas y teóricos alrededor del mundo están comprometidos con semejante tarea, y en algunos lugares como Latinoamérica se han hecho grandes avances en esa dirección. Si bien hay que reconocer la dimensión global de esa batalla y la necesidad de de vínculos cercanos y formas de solidaridad, estoy convencida que los problemas necesitan ser pensados y atacados diferencialmente acorde a los diferentes contextos regionales. Esto no supone negar que algunos problemas como los concernientes a los cambios climáticos y el ambiente sólo puedan ser atacados a nivel global, pero creo que es un error insistir sólo en la dimensión global y negar la existencia de una pluralidad de formas de vida. Aquí nuevamente coincido con Schmitt en que el mundo es un pluriverso, no un universo. No creo en la existencia de una forma singular de democracia que puede proveer la única respuesta legítima a ser aceptada universalmente. Hay muchas maneras en que la idea democrática puede ser implementada acorde a diferentes contextos. Para los que vivimos en Europa, el punto de partida no puede ser el mismo que para aquellos que viven en otras partes del mundo. No es por pretender ofrecer soluciones globales sino por atender los problemas que enfrentan nuestras sociedades que podemos contribuir a la lucha general por la democracia. En Europa hoy nuestra prioridad debe ser revivir la confrontación izquierda-derecha y crear las condiciones para una democracia agonista. Estoy convencida que esto sólo puede ser hecho a nivel europeo. Es por eso que la dimensión europea debe


estar al centro de la política izquierda-derecha. Los diferentes grupos de izquierda europeos deben establecer contactos para trabajar juntos por la creación de una fuerte Europa política que podría proveer una alternativa a las políticas neo-liberales y ofrecer un modelo societal diferente. Muchos de los problemas que enfrentamos hoy en día provienen del hecho de que desde el colapso de la Unión Soviética vivimos en un mundo unipolar con la no desafiada hegemonía de Estados Unidos que ha tratado de imponer su modelo alrededor del mundo, acusando a todos aquellos que se oponen a este modelo como ‘enemigos de la civilización’. Como argumenté en “Sobre lo político” (Routledge, 2005) la ausencia de canales legítimos para resistir la hegemonía americana lo que explica el incremento de formas violentas de reacción que actualmente estamos presenciando. Frente a aquellos que argumentan que la solución a nuestros predicamentos reside en el establecimiento de una democracia cosmopolítica, que visualizo como una ilusión antipolítica, estoy convencida que lo que hace falta es desarrollar un mundo multipolar. Es por eso que es crucial para Europa convertirse en una Europa política, un polo regional que pueda jugar realmente un rol frente a otros polos regionales que están emergiendo en países como China o India. Existe en el mundo una demanda real para que Europa actúe de manera independiente a los Estados Unidos y ofrezca liderazgo en diversas áreas. Es momento que la izquierda deje de ver a Europa como el caballo de Troya del neoliberalismo y comience a trabajar en la elaboración de un proyecto europeo de izquierda.

ENTREVISTA A CHANTAL MOUFFE  

MOVIMIENTOS SOCIALES, IDENTIDADES Y CIUDADANIA

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