Capítulo de Raúl García

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La ley del trabajo es ser constante. La ley del trabajo es no darse por vencido, aunque vengan mal dadas. La ley del trabajo es presentar todo bien, no todo rápido. A los que creen en mí y a los que me dan la oportunidad leyendo este capítulo. Así será el libro. El recuerdo de cada Guerrero al que se le suman historias y declaraciones más personales. Lo que fueron y lo que son para el Atlético. Espero que os guste.


Raúl García El valor del trabajo

E

l balón volaba. Como vuelan las aves que emigran de un Continente a otro por simple necesidad biológica. Como vuela la imaginación hacia donde nadie sabe, tratando de construir una realidad paralela a la que en ese mismo momento está experimentando la persona en cuestión. Como vuelan las horas cuando estás junto a tu amada, como vuelan las agujas del reloj cuando estás disfrutando del momento que estás viviendo. El balón volaba. Como vuela una cometa con golpes fuertes y prolongados de viento en una playa completamente desierta en el mes de noviembre. Como vuela el sueño con un café de mañana, como vuela tu mente al escuchar una canción que te retrotrae a otro momento pasado de tu vida. El balón volaba. Y el Atlético de Madrid se estaba jugando el ser o no ser en un Estadio acomodado en el Mediterráneo. Dicen que el éxito sin esfuerzo previo tiene un sabor agridulce. Como encontrarte ese billete que necesitas para comer y que se ha caído del bolsillo de alguien que también lo necesita. Pero dicen que el esfuerzo que no viene acompañado de éxito, es igualmente válido y respetable. Esforzarse es una palabra que debería estar inculcada en el vocabulario de cada persona para que la pusiese en práctica. El esfuerzo, aún en las dificultades, hace más grande al ser humano. Y se consigan o no los objetivos marcados, jamás podremos hablar de fracaso. Siempre y cuando, eso sí, exista el esfuerzo. El Atlético de Madrid había iniciado la temporada 2013/14 con un objetivo marcado y claro: clasificarse para la Liga de Campeones de la siguiente temporada. El buen trabajo, no fallar en momentos clave, y esa pizca de suerte que necesita un equipo para realizar una proeza, colocaron al Atlético a falta de cuatro jornadas para finalizar la temporada como líder de Primera División, por delante de los dos favoritos. Pero el calendario le iba a añadir una dosis más de agonía a la familia atlética. De los últimos cuatro partidos, tres serían lejos de su hinchada, y dos de ellos, en campos como Mestalla o el Camp Nou —donde podría llegar, y finalmente llegó, jugándose la Liga—. Todo salió bien para los intereses colchoneros. Y aunque la Liga 2013/14 se ganó empatando en el Camp Nou ante el F.C. Barcelona, aquel título, cuando se conquistó de verdad, fue en Mestalla. Con un Sol de justicia, y con un equipo, el valencianista, espoleado por la posibilidad de derrotar al Atlético y así reunir fuerzas para revertir una eliminatoria de Europa League que perdía 2-0 ante el Sevilla, se presentaban los de Simeone en Valencia para dar un puñetazo sobre la mesa y traer media Liga a las vitrinas


del Vicente Calderón. El partido, físico e igualado, parecía destinado al empate a cero. Un resultado que obligaría a los rojiblancos a no volver a fallar en las jornadas que faltaban. Lo tenían demasiado cerca como para dejarlo escapar. Tenía que pasar algo —o alguien— que cambiase el signo de un partido que no será recordado precisamente por su fútbol. Pero sí por otra cosa. Porque entonces apareció él… Llegó el balón a Gabi, el capitán del Atlético de Madrid, en el sector izquierdo del ataque rojiblanco. Miró el área y lanzó un balón aéreo a, aparentemente, la nada. El esférico volaba. Se encaminaba a las manos de un Guaita que había abandonado su portería para alcanzar el balón e iniciar, supongo, la contra de su equipo. Pero eso nunca iba a pasar. Entre medias, un jugador corpulento con el 8 a la espalda y con disposición, inició la carrera hacia el mismo punto concreto al que iba a confluir el portero ché. Allí, ese hombre se alzó a los cielos de Valencia y, con valentía y sin dudas, conectó con su cabeza —dicen que tiene un martillo pilón en ella— y desvió la parábola de aquella pelota. Guaita, con el molde en sus puños, se dio media vuelta tratando de implorar que ese testarazo terminase fuera. Junto a él, dándose las manos por primera vez en mucho tiempo, aficionados del Real Madrid y del Barcelona pedían lo mismo. Un puente aéreo de plegarias que no sirvieron de nada. Él no falla, y menos en momentos así. Golpeó la pelotita en el poste para darle una dosis más de tensión y tortura a partes iguales, para acabar depositándose con suavidad entre las redes de la portería local de Mestalla. Lo de después, es historia. Corría aquel número 8 con la mano en alto señalando a su afición, que había hecho 350 kilómetros para alentarle a él y sus compañeros, en una clara sintonía de conexión total. Gritaba y cerraba el puño, sabiendo lo que estaban consiguiendo. El partido terminó 0-1. Se había ganado en el Sánchez Pizjuán, Anoeta, Santiago Bernabéu, San Mamés y Mestalla. La Liga estaba más cerca. Y la cabeza de Don Raúl García (11 de julio de 1986, Pamplona, Navarra), servía en bandeja de plata un éxito que aún tardaría casi un mes en culminarse. Pero ese momento, esa cabeza en forma de pepita de oro, y ese lugar, fue el punto definitivo para poder conseguirlo. A Raúl se le caían los goles de los bolsillos. Y ese, en concreto, significó más de lo que podría llegar a parecer en aquel momento. «Yo te digo las cosas desde el desinterés y el aprecio. Tú escucha, incorpora, rechaza y matiza, pero vive tu vida. La vida es de puta madre, pero hay que vivirla, no para que la vida nos viva a nosotros. Nosotros tenemos que ser los autores y protagonistas. Miras a un lado, miras a otro, y si no haces daño a nadie haz lo que a ti te dé la gana. No lo que a nadie, ni el miedo, ni la comodidad te diga lo que tienes que hacer. La vida es de puta madre, Raúl, disfruta. ¿Qué quieres ser futbolista? Sé el mejor. Por lo menos, no dejes nunca de intentarlo». Estas palabras fueron un mensaje enviado por Óscar Pitillas —quien fuese preparador físico del Atlético de Madrid— a Raúl García, que lo leyó en una entrevista realizada al Diario de Navarra en 2011. Y puede que estas líneas sean las más importantes para poder definir lo que es Raúl García Escudero. Un joven que ha tenido que ir ganándose todo lo que tiene él solo. Desde el trabajo y la humildad, sin nunca perder la cara ante las dificultades que le ha ido poniendo la vida. Porque él, a diferencia de lo que la mayoría de futbolistas parecen disfrutar, detesta asistir a actos publicitarios que le imponen desde el club. Presentar botas, un coche o una marca de zapatillas no es lo suyo. Él prefiere, como afirmó en la misma entrevista, «visitar a niños enfermos o que lo están pasando mal». Suena raro, sí, pero él es diferente a todo lo que la población pueda tener en mente a la hora de referirse a un futbolista. Raúl es una buena persona, cuyo trabajo es el fútbol. Y, ojo, que no se le da nada mal. Los sueños, sueños son Los niños tienen esa inocencia tan pura y genial que les hace únicos y nos hace complicado no adorarlos. Los Reyes Magos, Papa Noel, no tener preocupaciones más allá de querer un Kinder los domingos. Su felicidad, la felicidad que te proporcionan. Sus sueños. Paulo Coelho ya lo dijo. «Hay 3 cosas que los niños pueden enseñar a los adultos: a estar siempre contentos sin un motivo aparente, a estar siempre ocupado en algo y a exigir con todas sus fuerzas algo». Los niños son felices por naturaleza, pero además de eso sueñan, sueñan con fuerza y sin pararse a pensar en imposibles. Algunos sueñan con ser un superhéroe que destierre toda la maldad que hay en el mundo. Los hay que sueñan con ser doctores parar curar a los demás. Otros que simplemente sueñan con ser reyes del mundo, tener una casa grande y una piscina donde bañarse. Los hay también, y estos son muchos, que sueñan con ser futbolistas. Con jugar en su equipo del alma, jugar en la Selección Española y ganar muchos partidos. Cogen el balón, salen a la calle, ponen cuatro piedras, y disfrutan imaginando que es el Santiago Bernabéu,


el Vicente Calderón o, como en este caso, El Sadar. Quieren ser futbolistas y que esas piedras acaben siendo porterías y que esos abuelos sentados en bancos terminen siendo una afición rendida a sus pies. Muchos se quedan en el camino, pero nuestro protagonista no. Los sueños, sueños son. Y, a veces, se hacen realidad. Raúl García es un chaval de pueblo, de su pueblo. De los que siempre recuerdan de donde vienen y allá donde van tienen presente su pasado y su gente. No es de esos a los que la fama se le ha subido a la cabeza. Sus amigos, los de la infancia. Sus ex compañeros, unos hombres en los que sigue confiando. Su fútbol, el que hacía siendo un chaval en Zizur Mayor. Jesús Corera Zúñiga, un hombre multifuncional —maestro, licenciado en psicopedagogía, entrenador nacional y concejal de educación y deporte de Pamplona de 1995 a 1999— era el director de fútbol base del C.A. Osasuna durante la temporada 1999/2000. ¿Qué pasó aquella temporada? Que un joven Raúl se incorporaba al infantil del club navarro. Eran los primeros pasos de un lozano soñador que quería ser futbolista. Durante aquellos años, el club osasunista realizaba un Torneo Escolar en las navidades entre los distintos colegios de Pamplona y Comarca. En aquel campeonato, Raúl García sobresalió por encima del resto y, como el propio Jesús Corera recuerda, «se vio entonces que era un buen futbolista». Aunque, según su criterio «su físico todavía no despuntaba, su agresividad en el campo y trabajo constante, sobresalía por encima de los de su edad». Era aún un pequeño adolescente con ganas de comerse el mundo, pero por entonces Raúl García ya estaba marcando el territorio que en la actualidad tan bien maneja. Nadie le ha regalado nada de lo que ha conseguido. Con su trabajo, su entrega y su pasión por hacer del fútbol un deporte digno y respetable, Raúl ha terminado conquistando el corazón de los que amaban este deporte antes de llegar las multinacionales y el dinero por castigo a los equipos y jugadores. El balompié practicante de los de antes, de bigote, medias por los tobillos y tacos de aluminio. De los de sangre en camiseta pero respeto al rival. Raúl nos transporta hasta esos momentos que, aunque parezca mentira, no son tan lejanos. Y se agradece. Los comienzos en Osasuna, según Jesús Corera, «como todos los jugadores humildes, son titubeantes, ya que nunca quería sobresalir sobre el resto». Pero, el director del fútbol base osasunista destaca que la principal cualidad de Raúl García siempre fue «querer aprender de todos sus compañeros». Aprender y respetar, sería la manera de ser de Rulo durante toda su vida deportiva. Aprender de sus compañeros y respetarlos. Así, en una entrevista en ‘El Larguero’, de la Cadena Ser, el futbolista navarro señaló cómo para él sus compañeros «son sagrados». «Estoy para ayudar y dar la cara. Siempre intento ayudar al máximo, cuando toca, toca. No hay más». Y eso es lo que le ha tocado hacer durante su carrera. Ayudar al máximo y dar la cara ante todas las dificultades que se le han ido presentando. Así, por ejemplo, en su primera etapa en el Atlético de Madrid, el navarro fue duramente criticado por rendir varios escalones por debajo de como lo hizo en El Sadar. Algo que, contextualizando en lo meramente táctico, tiene explicaciones. Tan básicas como que, el mismo entrenador que le hizo llegar al Atlético, Javier Aguirre, le utilizaba en el club rojiblanco como mediocentro defensivo, cuando es evidente que el juego de Raúl está veinte metros por delante. Y esto fue algo que no le hizo estar a gusto en el Manzanares. Y pese a eso, no levantó la voz y siguió trabajando. Para el entrenador con el que más relación ha tenido siempre en su carrera deportiva, «destacaba en todo». José Antonio Vicuña, mano derecha de Jan Urban en el Atlético Osasuna 2014/15 y míster de aquella generación de jóvenes chavales –entrenó a Raúl cuando éste tenía 15 años hasta su debut en Primera—, se deshace en elogios a un Raúl que sigue teniendo una maravillosa relación con su ex entrenador. «Nunca en un chaval puedes decir que va a ser profesional porque tiene muchos factores. En él se veía la calidad técnica, era un chico que metía muchos goles sin ser delantero. En todos los equipos que estaba él era el máximo goleador. Con la derecha, con la izquierda, de cabeza… Su llegada desde atrás. Y lo que destacaba de Raúl, aparte de cómo jugaba es como entrenaba. Entrenaba siempre al 100%, fenomenal, implicado, concentrado, metido, siempre muy buen compañero». Tan buen compañero era, que el propio Vicuña quiso dejarme constancia de como «sigue teniendo una muy buena relación con los compañeros del juvenil de Osasuna. Siempre con iniciativa para hacer actividades de grupo. Por ejemplo, hoy en día, cada navidad nos juntamos aquel equipo juvenil para cenar un día. Raúl y Nacho —Monreal— son siempre los que lo organizan. Siempre destacaba en Raúl la madurez que tenía para esa edad. Era más maduro que sus compañeros». Fue con sus compañeros en el fútbol base, donde pude conocer una anécdota que le define. Y no que le define como futbolista, sino como persona. Porque Raúl García no es un futbolista, es una extraordinaria


persona. José Antonio no dudó en contarme cómo fue aquel momento que, a él y su ayudante, les sorprendió dada la edad de Rulo. «Hay una anécdota de Raúl que dice mucho cómo es él. En Osasuna, antes en el fútbol base, durante las Navidades se hacía como un premio al mejor compañero. Entonces, cada jugador te daba un papelito con el nombre del mejor compañero —no el que mejor jugaba—. Aquel año, había un compañero con mononucleosis, se pegó casi todo el año sin jugar. Algunos le votaron a él, se llamaba Javier. Y otros a Raúl. Dio la casualidad que los dos eran los más votados. Luego a cada ganador se le daba un regalo, y entonces nosotros teníamos ese hándicap. No sabíamos a quién dárselo. Así que hablamos con Raúl y se lo explicamos. Y sin dudar nos dijo “dádselo a él, que lo necesita más que yo”. Eso dice cómo es él. Refleja los valores que tiene como persona». Vicuña, como entrenador de Raúl, sabía que iba a ser futbolista profesional. «Lógicamente, no sé hasta dónde porque con los chavales hay que ir con pies de plomo. Pero para mí es el mejor futbolista que yo he entrenado. Hablamos de una de las mejores generaciones de los últimos años». Hay que tener en cuenta que, junto a él, creció el lateral del Arsenal Nacho Monreal, y que años más tarde surgirían los Azpilicueta o Javi Martínez, todos fuera de Navarra y triunfando. Pese al gran nivel de los últimos años de la cantera de Tajonar, «como calidad futbolística, jugador completo, como pack de jugador-persona, es el mejor. Extraordinario en todos los sentidos. Como futbolista es muy bueno, pero como persona es mejor todavía». Fue el tema de las demarcaciones, como Jesús Corera se encargó de contarme, un tema «muy tratado a nivel de responsables técnicos». Esto fue debido a que «su físico y gran calidad en el manejo del balón parecían estar reñidos a la hora de situarlo en el campo. Tanto era así que alguno de sus entrenadores lo relegó al banquillo varias veces». Rendía tanto y tan bien, que todos en el fútbol base osasunista dudaban de qué podría jugar Raúl García. «No sabíamos si era un centrocampista distribuidor de juego, delantero o jugador de banda. Lo malo —y lo mejor— es que en todas las posiciones de delante rendía como el que más». Posiciones delanteras, es bueno remarcar esto. Ahí es donde Raúl se siente cómodo. Todo lo que sea retrasarle en el campo, sería ponerle cadenas. Y no hay nada más malo que eso. A su llegada al Atlético, viviría la sensación de encadenamiento de la que hablo. Pero la mejor manera de saber el peso de Raúl García en aquel Osasuna, fue precisamente su debut. No pudo elegir un escenario mejor para hacer su aparición en Primera División. Era el Camp Nou. Tenía 17 años y se disponía a saltar al terreno de juego cuando aún restaban 20 minutos para la conclusión del mismo. El conjunto blaugrana ganaba 2-0, pero el efecto del debutante se hizo notar y mucho. Jesús Corera lo contaba así: «Perdíamos dos a cero, pero su salida estuvo a punto de cambiarlo todo. Primero, un golpeo de bolea. De esos que a él le gustan. A la salida de un córner. Después, un remate de cabeza por encima del larguero. Nos dejó pasmados». Dos acciones, dos momentos. Ninguno acabó como deseaban, pero aquel momento, en aquel lugar, y en su partido de debut, hizo soñar a afición y club. Como el propio Javier Aguirre luego se encargó de decir en rueda de prensa, con su peculiar forma de quitarle hierro al asunto, el mexicano se deshizo en elogios hacia el navarro. «No te jode, parece que lleva jugando en primera toda la vida». Desde ese mismo instante, Raúl fue su jugador, su hombre. Y por eso no dudó en llevárselo al Atlético de Madrid. El joven niño que soñaba con ser un futbolista profesional, jugar en Primera División, debutar en El Sadar y poder dar el salto a un club importante, fue cumpliendo paso por paso sus deseos a la misma velocidad que cambió esas porterías de piedras por porterías reales. La calle en todo niño, es esencial. Pero desde muy pronto el pequeño Raúl tuvo que ceñirse a las normas de un vestuario y a la disciplina de un entrenador. Eso le hizo madurar más rápido. No había debutado en el fútbol profesional y, como ya hemos podido comprobar, el fútbol para él era un deporte de equipo. Sus compañeros eran lo más importante, jugaba por y para ellos. No para él. Suena extraño en un niño. Y eso es lo que le hace grande. Se hizo importante en Osasuna en cuestión de meses. Era la norma escrita del que trabaja y se sacrifica por el bien común. La vida le acaba devolviendo cosas buenas. Y sus años en El Sadar le catapultaron a lo más alto y le pusieron en la lista de posibles fichajes de los grandes equipos de España. Tras su debut, estuvo dos temporadas más en Pamplona, donde logró realizar las dos mejores temporadas de la historia del club, siendo uno de los pesos pesados del vestuario con menos de 20 años. Si seguimos trazando la línea de este escrito por la parábola de los sueños, podemos estar de acuerdo en una cosa clara. Poca gente en Pamplona llegaría incluso a soñar que el equipo navarro se clasificase para la Liga de Campeones, habiendo en liza equipos de la talla de Barcelona, Real Madrid, Valencia, Atlético,


Deportivo, Sevilla… Demasiada competencia de conjuntos teóricamente superiores como para soñar alcanzar una meta tan alta. Su éxito rotundo era el de mantenerse cada temporada en Primera División fuera como fuera. Hacerlo sin sufrir, el éxito rotundo. Pues bien, los jugadores comandados por Javier Aguirre y con Raúl García en el campo, realizaron una temporada 2005/06 de ensueño. Los Ricardo, Flaño, Clavero, Josetxo, Cuéllar, Puñal, David López, Delporte, Milosevic, Romeo, Webó, Cruchaga, Valdo, y compañía se unieron al ex de Zizur y canterano en potencia para colocar al equipo osasunista en la cuarta posición, entrando en la fase de clasificación para la Champions League. Un hito sin precedentes en la entidad que fue celebrado por todo lo alto. Y no es para menos. De aquella temporada podríamos rescatar, entre otras muchas cosas, una de las cualidades que irán siempre adheridas al Raúl García futbolista. Su golpeo desde media distancia. En el balcón del área, donde nacen y mueren todas las jugadas. Donde existen dos tipos de jugadores; los que piensan qué hacer con el balón y los que, simplemente ejecutan a su rival. Ahí donde el esférico adquiere la dimensión de misil imparable. Ahí, Raúl García conectó un zurdazo —se dice que es diestro, díganmelo ustedes— que se coló por la escuadra de la portería del Cádiz. Allí, en el Carranza. Significaba el 1-3. Era uno de los goles que marcó Raúl para hacer gigante a Osasuna. Con 19 años, hay que recordad. Aunque no todo salió perfecto. Al menos en un primer momento. El sorteo para la fase previa de la Liga de Campeones situó al Osasuna para enfrentarse ante el Hamburgo holandés. Por allí jugaban viejos conocidos del fútbol español como Van der Vaart o De Jong. No era el equipo más fácil que le podía haber tocado, pero los de Ziganda creían absolutamente en sus capacidades para poder estar en el bombo de la fase final. El encuadre hizo que la ida se jugase en Alemania, donde los navarros lograron un meritorio empate a cero. Todo se decidiría en la vuelta, y qué vuelta. Era el 22 de agosto de 2006. Osasuna salía a El Sadar con Ricardo, Flaño, Cuéllar, Josetxo, Monreal, David López, Puñal, Raúl García, Delporte, Soldado y Milosevic. Ese equipo, reforzado con el canterano madridista Roberto Soldado y con la incorporación del chaval Monreal, parecía mejor que el de la temporada anterior. Con Javier Aguirre ya en el Manzanares, a Ziganda le tocaba culminar el éxito del año anterior. Y no empezó mal la cosa, porque en el minuto 5 de partido Cuéllar se coló en el área para conectar un potente cabezazo que ponía el 1-0 en el marcador. Lo más difícil estaba hecho. En ese momento, Pamplona era ciudad Champions. El resto del encuentro, salvo algunas fases, estuvo controlado por un Osasuna que recurrió a su capitán Puñal y a la calidad de Raúl García para mantener a raya a los alemanes. Pero entonces ocurrieron dos desgracias que privaron del sueño a la afición osasunista. Primero con un lanzamiento de falta magistral de Van der Vaart, que acabó en el segundo palo en la cabeza de Benjamín, que la devolvió al área para que De Jong empujase con toda la portería para él el esférico. Era el 1-1 y el valor doble de los goles fuera de casa ponía en ventaja al Hamburgo. El Sadar se silenciaba por un momento. Enmudeció por completo. Estaban fuera. Pero quedaban veinte largos minutos. A la heroica, Osasuna se marchó al ataque sin crear muchas ocasiones de peligro. Hasta el tiempo de prolon gación. En ese instante, un balón colgado al área cayó a la cabeza de un Webó que, inexplicablemente quitó un gol cantado a Milosevic y envió el esférico fuera. Ahí moría la Champions League para Osasuna. Nacía la UEFA. Y, aunque fue duro de asimilar, el cambio al final no fue del todo malo. La temporada 2006/07 no fue tan exitosa para los navarros en Liga. Terminaron en una discreta 14ª posición salvándose con cierta solvencia de un descenso que cayó en las ciudades de Vigo, San Sebastián y Tarragona. Pero aquel año las miras estaban puestas en otro punto, prácticamente desde el principio. El palo de no entrar en Liga de Campeones fue duro, pero Europa no moría para Osasuna. Quedaba la Copa de la UEFA, una bonita competición que se tomaron muy en serio desde su comienzo. Encuadrado en un grupo con Parma, Lens, Heerenveen y Odense; Osasuna fue capaz de conseguir 7 puntos clasificando segundo y lograr una victoria histórica en el campo del Parma por cero goles a tres tras un doblete de David López y un tercer tanto de Juanfran Torres —compañero de Raúl García también en el Atlético—. Los dieciseisavos de final supusieron el enfrentamiento entre Osasuna y Girondins de Burdeos. Los navarros empataron a cero en Francia, y consiguieron una agónica victoria en Pamplona gracias a un gol del iraní Nekounam en el último minuto de la prórroga. Entrando desde atrás y conectando un cabezazo descomunal ante el que nada pudo hacer el guardameta del Burdeos. Pamplona estaba de fiesta. Venían los octavos de final. Y, allí, se medirían a un histórico como el Glasgow Rangers, donde cosecharían un empate como


visitantes merced a un gol de Webó y acabarían llevándose la eliminatoria al vencer en casa por un gol a cero gracias de nuevo al camerunés. Llegaba un día histórico. El 5 de abril de 2007. Osasuna jugaría los cuartos de final contra el Bayer Leverkusen. Allí, en Alemania, dio un auténtico repaso a los alemanes de principio a fin. Como si fuese una venganza contra sus vecinos de Hamburgo, los de Ziganda pasaron por encima de los Berneta, Voronin y compañía. Un 0 a 3 con goles de Carlos Cuéllar, David López y Pierre Webó —que se desquitó de su error en fase previa de Champions a base de goles en la UEFA— que acabaron por rubricarse en El Sadar con una nueva victoria, esta vez por 1-0. Quedaban tres partidos para la gloria. Llegaba el Sevilla. La cosa no empezó mal. Se llevó Osasuna el primer envite en El Sadar gracias a un solitario gol de Roberto Soldado, que remató de cabeza un perfecto centro de David López. Jolgorio, alegría y éxtasis se dieron cita en Navarra. Sólo quedaba un paso para estar en la final de Escocia. La vuelta iba a ser muy dura en el Sánchez Pizjuán. Y así fue. Hablábamos del mejor Sevilla de su historia. El de los Dani Alves, Kanouté, Poulsen o Luis Fabiano. El de las dos UEFAS consecutivas. El de Antonio Puerta y su zurdazo ante el Schalke. El de Juande Ramos. El de la herencia de Caparrós. El gran Sevilla. Un espectacular ambiente reinaba en la ciudad por la que pasa el Guadalquivir. Un Estadio hasta la bandera recibía a Osasuna al ritmo de El Arrebato —que se encargó de dar letra y ritmo al himno del centenario—, y que estuvo presente en el centro del campo para hacer todo de forma más espectacular. A Osasuna le esperaban 90 largos minutos. A los 35, llegó el empate de Luis Fabiano tras controlar un balón imposible dentro del área osasunista. Lo de después, la culminación del horror. Fallo de Webó ante la portería sevillista y, segundos después, centro de Alves para que Renato pusiese la puntera y terminase por lograr la remontada. Estallaba Nervión y lloraba Navarra. Los hispalenses viajarían a Escocia a medirse ante el Espanyol. Osasuna quedaba apeada saboreando la miel que tenían en los labios. Se habrán dado cuenta que en esta sucesión de acontecimientos no se ha nombrado prácticamente a Raúl García. Su grandeza reside en eso. En el trabajo desde la sombra, en su aportación al grupo por encima de la individualidad. En hacer piña en un vestuario que le tenía como referente con tan sólo 20 años. No celebró muchos goles, pero fue pieza clave en los dos mejores años de la historia de Osasuna. Y eso, quedará grabado por siempre en la memoria de todos. Llegada al Atlético Tenía ofertas de otros clubes. Algunos de los equipos más potentes del fútbol español querían hacerse con sus servicios. Pero él no dudó ningún segundo. El Atlético de Madrid iba a ser su destino y agradecía el esfuerzo desde la directiva rojiblanca para emprender su fichaje. «Aguirre me dio ese empujón para fichar por el Atleti. Me comentó que quería contar conmigo para el año siguiente», afirmó en una entrevista al Diario AS. Firmaba por cinco temporadas previo pago de 13 millones de euros al C.A. Osasuna. Antes de llegar al Vicente Calderón, Raúl García quiso despedirse de su casa. «He estado dos años aquí y toda la temporada he estado con rumores. Intento estar aislado para estar centrado aquí y estar lo mejor posible. He estado dos días allá y me he dado cuenta que esa repercusión mediática que tienen te puede venir bien o mal». Así hablaba Raúl para la televisión Navarra de Canal 6. Muchos recuerdos que se pasaron por su cabeza, como aquel gol en Copa del Rey ante el Vecindario que dejó boquiabierto a todo el mundo. Incluido el que por entonces era su entrenador, ‘Cuco’ Ziganda. «Yo todavía recuerdo el primer día que le vimos entrenar Andoni y yo con 16 o 17 añitos. Le vimos y le dijimos a Javier Aguirre que había un jugador en el juvenil que podía jugar en el primer equipo». Nadie dentro del club podía tener una mala palabra hacia el comportamiento, compromiso y solidaridad de Raúl García con el escudo osasunista. Al marcharse, Raúl no quiso quedarse con ningún gol, ni final de Copa del Rey —en su temporada como jugador del B—, ni clasificación para la previa de la Champions. En declaraciones para el mismo medio, Rulo declaró quedarse con «el domingo en cuanto acabó el partido. Las despedidas que tuvimos, que ahí se ve como nos sentimos y somos de verdad». Y se marchaba rumbo a la capital sin ninguna cara larga ni replica hacia nadie. «Siempre estaré muy agradecido por todo lo que me han aportado y no guardo rencor a nadie por haberme silbado». Llegaba a la Ribera del Manzanares con casi 21 años de edad. El joven navarro afirmaba a los medios


de comunicación que llegaba porque «es donde han confiado en mí, que han ido desde el principio a por el jugador y, cuando veo que la gente confía y quiere que venga, adelante sin ninguna duda». Y lo hacía a un club entrenado por el hombre que le dio la oportunidad tres temporadas atrás en un Barcelona – Osasuna. Para Raúl, era a valorar que Javier Aguirre estuviera también en el Atlético, pero consideraba que no llegaba «sólo por eso. Creo en el proyecto que se está haciendo en este club. Es un equipo muy grande, y por eso vengo aquí para intentar hacer las cosas bien no sólo por mí, sino por todo el equipo y el club». Desde el principio no había dudas. Raúl jamás miraba por su bien, sino por el común. Cambiar Osasuna por el Atlético era un paso adelante, pero una presión añadida para un joven chaval que creció en Tajonar. Pese a eso, como comentaron sus allegados futbolísticos y como dejó claro a su llegada, tenía los pies en el suelo y sabía dónde estaba. «Hoy en día, la presión está prácticamente en todos los sitios. Soy consciente de que vengo a uno de los clubes grandes de España, estoy muy ilusionado porque para mí es un paso adelante y, sobre todo, porque creo que puedo aspirar a cosas que en Osasuna no iba a poder aspirar. Y por eso creo que esa presión hay que saberla llevar y en su debido momento es bueno para nosotros, porque somos conscientes de que tenemos que hacer las cosas bien». El comienzo no fue fácil. Llegó el mismo verano que se marchaba un emblema de la entidad como era Fernando Torres. Pero junto a él, llegaron jugadores de la talla de Simão Sabrosa, Diego Forlán o José Antonio Reyes, que se unían a los que ya estaban —Sergio Agüero o Maxi Rodríguez—. Entrar en una alineación con tal cantidad de grandes jugadores iba a ser muy complicado para el Raúl García más llegador. Por esa misma razón, y sabiendo del diamante que tenía entre sus manos, Javier Aguirre trató de encontrarle un sitio en su equipo, situándole en el centro del campo como centrocampista defensivo. Ahí comenzó su calvario. Su atadura. Así lo hacía saber José Antonio Vicuña. Para él, «él siempre jugaba de medio ofensivo, como es físicamente es muy fuerte, pues algunos entrenadores le ponían defensivo porque abarca, va bien de cabeza. Pero él siempre era mejor sincronizando su llegada para el gol. Tiene mucha calidad y gran finalización. Golpeos de interior, empeine, voleas… En el juego aéreo tiene un martillo en la cabeza a parte del gran salto. Siempre ha sido muy goleador. Y además, lógicamente, me sorprende que muchas veces me lo digan. Es un jugador muy bueno para el juego combinativo. Tácticamente es muy bueno. Es muy comprometido y sacrificado para el equipo. Ahora en el Atlético le puedes poner en cualquier posición del centro del campo. Al principio parecía que “no se había hecho al Atlético, pero claro, jugaba en una posición que no era la suya. Si le atas no tiene la llegada, que es su punto más fuerte». Que Raúl no jugase con Javier Aguirre en el Atlético donde el entrenador mexicano le hizo ser grande en Osasuna, era algo que no se comprendía a nivel futbolístico. Pero para Vicuña, sí tenía parte de su explicación. «En aquel momento tenían cuatro arriba muy buenos. Agüero, Forlán, Simão, Reyes o Maxi. Eran cuatro fijos y ahí o Raúl le ponían detrás de los delanteros y no jugaba nada, o tenían que cambiar el sistema y tener que quitar a uno de los de arriba. Por eso Aguirre le trató de adaptar a esa posición, pero claro, pierde lo principal que tiene. Y, casualidades de la vida, tuvo que volver a Pamplona otra vez para jugar en su posición en Osasuna, y de ahí, lo que ha pasado estos últimos tres años. Pero es que Raúl siempre ha sido muy bueno. Muchas veces me mosquean comentarios que leo u oigo en la radio, de que Raúl es un Raúl distinto. Siempre ha sido el mismo. Si hay un jugador que no se le puede achacar que no sea comprometido es Raúl García. Se lo puedes decir a otros, pero a él no. Sé cómo entrena, le he tenido entrenando y sé cómo es. Es un profesional». Y profesional es una de las palabras que mejor definirían al Raúl García futbolista. Así fue en las cuatro primeras temporadas que estuvo en el equipo rojiblanco. Desde la 2007/08 a la 2010/11, el navarro participó en un total de 179 encuentros entre Liga, Copa y Europa. Fue partícipe de la doble clasificación consecutiva del Atlético a Liga de Campeones tras más de una década sin pisar la máxima competición continental, y estuvo presente en las victorias colchoneras en Hamburgo y Mónaco ante Fulham e Inter de Milán que sirvieron para ganar Europa League y Supercopa de Europa, a las órdenes de Quique Sánchez Flores. Encerrado en la jaula que era para él el centro del campo, el futbolista de Pamplona rindió a un nivel superior al esperado. Sí, a toro pasado se ve todo de diferente manera. Pero en aquel momento el aficionado no terminaba de congeniar con un Raúl García que no tenía la salida de balón que requería el equipo y tampoco disponía del oficio necesario para desempeñar la función de stopper. Aunque el fútbol parezca un deporte tan fácil como el poner a 22 tíos a correr detrás de un balón, es algo más complicado que todo eso. Leo Messi no tiraría un fuera de juego como lo ha podido tirar Puyol. Godín no podría meter los 36 goles


que metió Diego Costa en el Atlético si jugase de delantero. Y Raúl García no podía robar los balones que siempre ha robado Gabi, o repartido juego como lo ha hecho Tiago, porque simple y llanamente, estaba para otra cosa. Y los datos estaban ahí para rubricar una realidad. En la primera etapa como rojiblanco, Raúl metió tan solo ocho goles. A su vuelta, con Simeone en el banquillo, la marca subió a 26 en dos temporadas. Las dudas no cabían en esta encrucijada. El león dejó de estar entre las jaulas y el argentino le dejó en la libertad que necesitaba para desatar su potencial y que empezasen a caérsele los goles del bolsillo que tanto había estado guardando años atrás. Uno de esos goles fue muy especial. Lo marcó jugando en el doble pivote. La jugada fue de sus preferidas, la volea desde fuera del área. El rival, Osasuna. Su Osasuna. Corría el minuto 37 de la primera parte en el Estadio Vicente Calderón. Era la jornada seis del Campeonato Nacional de Liga, y el equipo rojillo visitaba Madrid para enfrentarse a un Atlético que seguía aunando, sumando y encajando sus piezas nuevas para partir de una temporada ilusionante. El encuentro estaba cero a cero y se encaminaba sin cesar al descanso con las tablas en el marcador. Pero en ese momento ocurrió. Estaba nublado, el Estadio con algún que otro hueco, presentaba un gran aspecto, al menos por la televisión. Un centro al área desde la banda izquierda cayó en la cabeza de Patxi Puñal, que despejó como buenamente pudo. Por allí estaban los Reyes, Forlán, Agüero… Pero el esférico se dirigió diez metros más allá de la frontal del área. Con tan mala suerte, para Osasuna, que fue a parar a la bota derecha de su ex canterano. Raúl García no se lo pensó. Remató con el alma, y con una calidad que por entonces en el feudo colchonero desconocían dada la labor que desempeñaba. El remate fue a ras de suelo, sin botar, sin hacer ademán de irse fuera. Como el tren que circula por el rail o el Fórmula 1 que se pega al asfalto de Monza. Realizó una pequeña parábola hacia el palo, favorecida por el golpeo con el exterior del joven Raúl, y acabó descansando en el poste de la portería osasunista. Festejaba el Estadio, festejaba el Atlético, y Raúl celebraba en silencio. Con el respeto que siempre le ha caracterizado hacia todo aquello que le es familiar. Y Osasuna lo era. Marcaba un auténtico golazo ante su nueva afición, y no se inmutó. Era su segundo gol en Liga. Sólo marcaría uno más. No iba a ser su único tanto importante. Marcaría pocos, pero los que hizo merecen la pena ser recordados. Como aquel que marcó en la Liguilla de Champions ante el Olympique de Marsella. El partido que siempre será recordado por los incidentes que protagonizaron los aficionados franceses y que obligaron a la UEFA a clausurar el Vicente Calderón con un partido a puerta cerrada ante el PSV. En ese partido, el navarro marcó el gol que desempataba el 1-1 que, por entonces, reinaba en el marcador. Con una llegada como los que a él le gustan, de león liberado, al ataque, sin pensarlo. Centraba Pernía una falta escorada en el sector derecho, con el balón por bajo. Raúl ponía la punterita para enviar el esférico al palo largo del portero y hacer rugir a una afición que ya había abierto la veda de la música de viento para el futbolista navarro. Un jugador que no dejó de entrenar y competir para seguir siento titular. Aquella misma temporada, Raúl García fue actor secundario de uno de los partidos que un profesional nunca puede olvidarse. El Atlético visitaba El Madrigal, en Castellón, para medirse al Villarreal. Los rojiblancos salieron enchufadísimos con un espectacular Simão, y se pusieron 0-2 en el marcador en tan solo 22 minutos. Un gol del portugués y otro de Forlán daban la victoria a los de Javier Aguirre. Raúl García esperaba su turno en el banquillo. El marcador llegaría así al descanso, pero al comienzo de la segunda parte iba a llegar la locura. Marcos Senna en el 46, Joseba Llorente en el 50 y Gonzalo en el 57 daban la vuelta al marcador. Doce minutos de caraja —de esas habituales en el Atlético— echaban por tierra una gran primera parte. Iba a salir Raúl García, pero antes Rossi haría el cuarto del submarino amarillo. Nadie en el Atleti daba crédito a lo que estaba sucediendo. Dejaron escapar una renta de dos goles —impensable con Simeone, ¿verdad?—. Pero no estaba todo el pescado vendido. Simão volvía a hacer un gol para darle más emoción al encuentro. Y entonces llegó su momento. Era el minuto 84. El multifuncional portugués colgaba un balón al área desde el centro del campo en un saque de falta. El Atlético fue a la desesperada a por el empate. Y sucedió. Tiene imán. Si le preguntásemos, es probable que ni él mismo supiera contestar. Pero la realidad es que el martillo que tiene en la cabeza suele ajusticiar al rival cuando el balón servido adquiere la dimensión de asistencia y no de centro. Cayó el balón a Raúl, que remató de cabeza a la portería de Diego López. El Atlético empataba a cuatro, el marcador no se movería. Raúl mostraba, de nuevo, su potencial a balón parado. Como su potencial mostró en San Mamés aquel mismo año a falta de una jornada para el final. Se jugaban los del Manzanares entrar en Liga de Campeones. Javier Aguirre ya no estaba en el banquillo, sino


Abel. ¿El lugar? Un campo donde tiempo después Raúl dejaría inmortalizada una imagen para la posteridad, San Mamés. Se jugaban el todo por el todo los rojiblancos y, allí, para abrir la lata, apareció él. Se asomó al balcón del área, como la vecina cotilla que se asoma a su terraza para enterarse de cualquier percance de interés que surja en su calle, para recoger un centro de Pernía que remató de izquierdas, de primeras, y ante el que nada pudo hacer Aranzubía. Se acercaba la Champions. La acercaba Raúl. Imparable. Celebraba con el banquillo. Aunque no todo fueron goles. Como he comentado, no anotó muchos, pero sí que se le inculcaron en esos cuatro años unos factores elementales para vestir la camiseta rojiblanca. El respeto, la sabiduría y el conocimiento de que nadie puede, bajo ningún concepto reírse del escudo del Atlético de Madrid ni de sus compañeros. Y sucedió, o así lo vio él, en un derbi ante el Real Madrid. Jugaban Atlético y Madrid en el Santiago Bernabéu uno de esos innumerables derbis que acabarían cayendo en el saco de los madridistas. Mes de noviembre, ganaba el Real Madrid 2-0 ante un flojo Atlético en el Santiago Bernabéu. Quedaban apenas unos minutos, cuando Cristiano Ronaldo lanzó desde la banda izquierda un fuerte disparo a portería que repelió De Gea como pudo. El esférico, le volvió por los cielos, cuando se dio media vuelta y decidió tocarla con la espalda hacia atrás. A su lado, Raúl García. La jugada continuó y casi termina en gol de Sergio Ramos. Cuando la pelota estuvo detenida, el jugador navarro no se arrugó ante el astro portugués y se lo recriminó tal y como es él. Aquí la conversación dialogizada por Deportes Cuatro (pueden verlo en Youtube poniendo Raúl García DIOS): «Raúl García: Eso no lo haces con 0-0, ¿eh? Te pego una hostia. Cristiano Ronaldo: Vete a tomar por culo.» No terminó ahí el cruce de declaraciones. Al terminar el encuentro, Raúl García declaró que Cristiano «provoca, pero él es así, no se le puede decir nada». A lo que el portugués contestó en Twitter con una imagen de la acción y el texto «a veces hay que ser creativo». Los dos quedaron retratados. Raúl, que es la parte que nos incumbe, como un jugador de club que, por encima de resultados, pide el mismo respeto que él tendría hacia el rival. Hombre con gen atlético. Iba a ser su última temporada en el Atlético de Madrid. Su última, al menos en la primera fase en la que ha estado en el Calderón. Se fue sin rencor. «Los pitos el que lo haya pasado sabe que no es una situación fácil, pero siempre lo he agradecido. Fue muy duro, pero maduré. Nunca pensé en tirar la toalla, soy muy cabezón. Me gustan los retos complicados», afirmó para AS. Su regreso a Osasuna le iba a permitir volver a sentirse el futbolista útil que fue en épocas anteriores. Fue vital para la supervivencia del club navarro marcando once goles en Liga (máximo goleador del equipo). Fue entonces cuando Simeone le quiso sin dudar. Le gustaba lo que veía. Lo que podía aportar. Tanto futbolística, como humanamente. Volvió, y se convirtió en un guerrero de Simeone. Cometer una injusticia es peor que sufrirla (Aristóteles) El que escribe estas líneas, quizás más guiado por su desconocimiento y por su corta y temprana edad, fue muy crítico en sus primeras temporadas vestido de rojiblanco. Pero como no hay nada mejor en la vida de un ser humano que reconocer los errores, se vio en la obligación de rectificar y pedirle públicamente perdón. Por esta razón, decidí publicar esta carta abierta en la web Esto Es Atleti: «Raúl, antes de empezar a escribir, me gustaría pedirte, personalmente y en nombre de muchos. Estoy convencido de que una gran mayoría de la afición atlética subrayaría estas líneas. Sólo unos pocos tienen la fortuna de no necesitar agachar las orejas ante ti. Y me siento ridículo por no ser uno de ellos. Llegaste al Vicente Calderón en el verano de 2007, a cambio de algo más de 10 millones de euros. Muchos no entendimos tu fichaje. Pensamos que ese dinero podría haber sido invertido en otro nombre. Cuan equivocados estábamos. Y cuánto nos alegramos de ello, por cierto. Te veo sudar la camiseta del Atlético y se me remueven las tripas por haber sido tan crítico contigo. Y ojo, que la crítica es buena, siempre que sea positiva. Y esta no lo fue. Porque el que vino en 2007 no es el mismo de este 2014. Aquel joven ya destacó en Pamplona como lo que es hoy, pero aquí trataron de cambiarte. Te disfrazaron de lo que no eres, y a muchos se nos hicieron los ojos a ese disfraz. Para echarse a


llorar. ¿Pero sabes qué es lo que más rabia me da? Tú. Porque los futbolistas, tan metidos en la fama, los millones, los coches y las cámaras, se vuelven insoportablemente egocéntricos. Y tú, lejos de eso, cuando más críticas recibiste, nos soltaste lo siguiente en el cielo de la boca: “me piten o no, siempre querré lo mejor para este club”. Así, sin anestesia. Pero apareció nuestro salvador, e indirectamente también el tuyo. Simeone, además de ser un gran estratega y psicólogo es un formidable entrenador y de fútbol sabe un rato. Te dijo al volver de esa cesión a tu equipo de casa dónde te ibas reencontrando que se acabó. “Tú, cerquita del área”. A base de goles, a base de sudor y a base de entrenamiento has ido cerrando una a una todas las bocas que desde la grada algún día clamaron algo malo contra ti. Y si el noble arte de callar bocas tuviera que ser ejemplificado, tu nombre sería el idóneo. Don Raúl García, no eres el futbolista que mejor golpeo de balón tiene, tampoco un hombre táctica y técnicamente perfecto (¿quién lo es?) y la velocidad no es tu fuerte. Pero tu cabeza vale oro, tus bolsillos rebosan goles. Y lo que es más importante para nosotros: cuando la felicidad te embarga por anotar un tanto importante, no te quitas la camiseta para posar como un vulgar modelo, no haces bailecitos estúpidos ni te señalas el pecho con el dedo. Miras a la grada, allá donde está tu afición, y la señalas. Cierras los puños, abres la boca, y gritas con la misma pasión con la que lo hacen todos los que sienten al Atlético. Es la forma más simple de hacernos sentir tan identificados. Y a su vez, de hacernos sentir tanta vergüenza. Das lustre al escudo del Atlético de Madrid. Tú y sólo tú te has ganado absolutamente todo lo que tienes. Y yo, y supongo que muchos, nos avergonzamos y te pedimos perdón. Gracias por todo lo que nos has dado -y nos darás-. Perdónanos, Rulo.» Nunca habló de más a pesar de todo. Jamás hizo una mala declaración. Mi para el entrenador, ni para sus compañeros, ni hacia una afición que llegó a silbarle en su propia casa. Los mismos que años después se pondrían en pie para aplaudirle cada dos domingos. Y eso, que según Vicuña, «Raúl es un tío muy sincero. Si te tiene que decir algo que no esté de acuerdo te lo dice. No te regala los oídos ni te alaga. Es muy solidario, comprometido. Si te puede ayudar en cualquier cosa va con todo. Es una buena persona, de buenos valores. Se alegra cuando te va bien, pero de verdad. Se apena cuando tienes algún problema o te va mal. Es un tío familiar, cuando puede viene aquí —Pamplona—. Su familia ha sido lo primero. Se ve con la relación de sus padres, hermanos, amigos. El día de su boda, que fue en 2014, ves cómo es él y lo que le quiere la gente por cómo es». Él, tan familiar, amable y compañero, jamás interpuso su bien personal por encima del grupal. Marchó de vuelta al Sadar para hacer ver al cuerpo técnico del Atlético de Madrid quién era como futbolista y para demostrar las ganas que tenía de ser alguien importante en el equipo rojiblanco. Terminó consiguiéndolo. Pero necesitó de la mano de Diego Pablo Simeone para poder lograrlo. Su segunda etapa en el Manzanares «Podía haberme ido pero eso no va conmigo. Para mí el Atleti es de los mejores de Europa y tenía claro que quería competir aquí», reveló al Diario AS el día del décimo aniversario de su debut. Llegó el argentino al banquillo del Atlético de Madrid, y para Raúl García se acabaron las probaturas sin efecto de ser un jugador que no era. «Simeone ha sido una persona que me ha ayudado muchísimo. De cara a la grada también puso su granito de arena para que cambiara». De encerrarle en un lugar que no le pertenecía. Simeone le quería cerca del área, que es donde mejor se ha desempeñado siempre. Maniatar a un jugador nunca es una buena noticia. Privarle de hacer lo que mejor sabe, es perjudicar al colectivo. «El míster sabe lo que quiere de cada jugador. A cada uno nos encomienda una tarea concreta y nosotros tratamos de hacer lo que él nos manda. A mí me pide ayudar mucho a los medios y tratar de llegar dese segunda línea. Está claro que las cosas están saliendo bien». Así salía Raúl García en rueda de prensa tras su gol en el Santiago Bernabéu en la final de Supercopa de España 2014. Se sentía liberado. Se sentía bien. Se sentía importante. Y era, gracias a Simeone y su constancia, uno de los tres capitanes del equipo. Todo lo conseguido se lo había ganado él. En el verano de 2012, cuando el navarro volvió de su cesión a Pamplona, en el Atlético estaba previsto escuchar ofertas por Raúl para poder conseguir liquidez para otros fichajes. Pero Simeone lo tuvo claro.


Sobresalió en la pretemporada por encima del resto, ofrecía una entrega que el argentino siempre ha valorado positivamente y, además, disponía de una calidad técnica que había que valorar más en el club. El Cholo no dudó. Y todos salieron ganando. Hay muchos ejemplos que definen lo que es Raúl García dentro de un terreno de juego. Pero quizás el que mejor lo explique es uno de los goles más simples y fáciles que ha marcado en su carrera deportiva. Fue en Mallorca, en la temporada 2012/13. Diego Costa controló un balón en el área y, tras dos recortes, fusiló a un Aouate que dejó el balón muerto en el área pequeña. En esa zona donde descansan los mayores pescadores y depredadores del mundo. El lugar donde los pillos ganan la espalda a las defensas. El de los goles fáciles que se tienen que buscar. Donde tienen una firma rubricada los Raúl González, Alessandro del Piero o Inzaghi. El lugar del “pac”. La zona del delantero centro. Recogió el rechace, marcó, hincó rodilla en Mallorca, y nadie se acordó de Radamel Falcao. Casi nada. Ese es él. No es delantero, pero en ocasiones actúa como tal. Parece que no está, pero siempre aparece. Dicen que no tiene calidad técnica, pero siempre tiene algo que ofrecer. Raúl García es, sencillamente, Raúl García. Pero hablemos de sus gestas de rojiblanco. Pongamos Thunderstruck de AC/DC mientras cerramos los ojos y nos imaginamos a Raúl García marcando goles con el Atlético de Madrid. Nos paramos en uno. Uno muy especial que, por el lugar y la situación, hacen del momento terriblemente especial y único. Como comentaba antes, del fútbol de antes. Del de los 80. Estamos en San Mamés. Concretamente en el Nuevo y recién inaugurado San Mamés de la temporada 2013/14. El partido tenía lugar en los cuartos de final de la Copa del Rey. Torneo siempre especial para los dos equipos rojiblancos. De esos que les gustan, les enamora. Y llovía. Pero no esa agua que cae y apenas moja. Llovía como solo en el País Vasco llueve de vez en cuando. Con fuerza, con solera. Llovía esa cortina continua de agua que hacía de aquel encuentro algo imborrable. Parecía el Athletic de Clemente contra el de Luis. Los bilbaínos campeones contra los aspirantes. O viceversa. Nos recordaba a los duelos de antaño. Aduriz puso la eliminatoria en tablas tras rematar de cabeza un centro de Balenziaga. Quedaba una segunda parte de emociones que acabaría decantándose del lado de los madrileños. Gracias a la solidez defensiva que tanto desesperaba a sus rivales, y sobre todo gracias a la capacidad de hacer daño de la nada que tuvo aquel Atlético. Con la bandera de Raúl García, que acabó dejando una imagen para la historia. Llegaban los rojiblancos —que vestían de amarillo— por el sector izquierdo. La internada de Cristian Rodríguez terminó con un balón muerto en el área bilbaína. Ese esférico podría haberse quedado en la nada. Acabar despejado o terminar en las botas equivocadas. Pero no. Fue a parar a Raúl García, siempre bien colocado, haciendo de ariete como él solo sabe hacerlo sin serlo. Un delantero que se disfraza de centrocampista ofensivo. Un 9 que lleva el 8. Soltó un zurdazo que puso el empate en el marcador y devolvía la ventaja al Atlético. No había nada más que hacer. Lo que pasó después, fue mágico. Y lo que sucedió no tiene que ver con lo meramente futbolístico. Va más allá. Hablo de una imagen plástica, absolutamente perfecta, totalmente única. Celebró con su rabia habitual. Corrió como alma que lleva el diablo, y se dejó caer en el césped. Hincó rodilla en San Mamés, donde nadie había ganado hasta entonces —donde el Atlético lo hizo las dos veces que lo visitó aquel año—. Gritó con fuerza, cerró los puños y entonces sucedió. Se inmortalizó la imagen de Raúl García, con la intensa lluvia vasca cayendo, con rodilla en tierra conquistada. Fue el grito de la liberación, del adiós al sufrimiento. Del regreso de un equipo campeón. Un gol fundamental, en un momento vital, por un jugador único. Él es así. Aparece cuando se le necesita. Y cuando no aparece, también está. Porque su nivel, su éxito, está por encima de lo que consigue de forma individual. Reside en el poder del grupo. Y él hace grupo. Es grupo. Llegaba el Milán al Vicente Calderón. El equipo italiano no vivía su mejor momento. Pero la memoria no puede olvidar. Estábamos hablando de un siete veces campeón de Europa. De uno de los mejores equipos de la historia, en su competición fetiche. Los rojiblancos venían con ventaja de la ida. Pero la vuelta se complicó con un gol de Kaká. Antes de la aparición de Raúl García en escena, el Atlético había conseguido retomar la delantera gracias a un gol del genio turco. Pero el resultado era incómodo. Y el rival no tenía nada que perder. Entonces sucedió. A balón parado. Se escondió. Como el animal que se agazapa esperando a su presa y, cuando menos te lo esperas, salta sobre ti sin que tengas capacidad de respuesta. Saltó, como el que intenta alcanzar la luna con la yema de los dedos. Con la fuerza del que sabe que puede lograrlo. Con la fe del


que cree en sus posibilidades. Con la convicción del que está plenamente persuadido en que lo hará. Saltó y conectó un testarazo perfecto, precioso, abajo. Donde los porteros no se agachan por desidia, donde descansan los balones inalcanzables. Donde más duele al guardameta, donde más lo sufre el rival, en la esquina de la dulzura para el que remata. Abajo. Con bote. Adentro. 3-1. El Atleti estaba en Cuartos. Corrió a la esquina. Volvió a hincar rodillas. Volvió a apretar los puños. Volvió a gritar. Se besó la mano como si tuviese un anillo. Se lo dedicó a su mujer. A la persona con la que iba a contraer matrimonio meses después. A la persona que amaba. Él, siempre así. Persona por encima de futbolista. Era feliz. El Calderón saltaba. Seguía la historia de una temporada irrepetible. Igualaba, en ese momento, el récord de Luis Aragonés que en la siguiente ronda superaría. Pero él no le daba más importancia. «Hay que seguir en la misma línea, seguir consiguiendo cosas. Los números están para cuando nos retiremos, miremos atrás y disfrutemos de ello». Como siempre, con poco ruido, Raúl seguía siendo historia con el escudo del Atlético de Madrid en el pecho. El jugador con más partidos en Champions en la historia del club Recién empezaba abril del año 2014. El Atlético de Madrid se jugaba su pase a semifinales de la Liga de Campeones contra el F.C. Barcelona. En la ida, los rojiblancos sobrevivieron al acoso y derribo al que le sometió el conjunto culé con un meritorio y fundamental empate a uno en el Camp Nou. Golazo de Diego Ribas, de los que se recuerdan para la posteridad, mediante. La vuelta, en el Vicente Calderón, empezó de la mejor forma posible con un gol de Koke que acabaría siendo suficiente para doblegar al equipo catalán. Los rojiblancos estaban a tres partidos de la gloria y un futbolista navarro acababa de pasar a la historia del club. En ese mismo instante, Raúl García se convertía en el jugador colchonero que más partidos había disputado en la máxima competición continental. 22 encuentros marcaba su casillero, poniéndose por delante de jugadores tan ilustres y eternos como Luis Aragonés, que falleció ese mismo año, el gran capitán Adelardo, el caballero Gárate o el eterno Alberto. Un hito sin precedentes, me comentaba Vicuña, al que se le entrecortaba la voz para hablar de cómo un jugador navarro que había tenido él a su cargo hacía historia en uno de los mejores equipos de España y Europa. Cifra que, la temporada siguiente, aumentaría, ya que también superaría a Adelardo como jugador con más partidos en Europa en la entidad. 67 a 66. En un partido en Italia ante la Juventus de Turín. El encuentro, correspondiente a la fase de grupos de la Champions 2014/15, finalizaría empate a cero. Los rojiblancos serían primeros de grupo y, los juventinos, segundos. Fue en la Champions League, y en la temporada 2013/14, cuando Raúl García marcó uno de los mejores goles que ha conseguido marcar en su carrera deportiva. De esos que no olvidan los aficionados. Esos que, según quien los marque, acaban siendo redistribuidos en DVD’s con comentarios del director o terminan en el pozo de los olvidos. Era necesario rescatarlo, y volverlo a narrar. Corría el minuto 14 en el Estadio Vicente Calderón. El Atlético recibía la visita de su bestia negra en Europa de las últimas temporadas. Ya que las dos anteriores ediciones en las que los rojiblancos disputaron la máxima competición continental, el Oporto consiguió doblegar a los del Manzanares. Primero en octavos de final, y posteriormente en la fase de grupos donde acabaron siendo terceros por detrás de los portugueses y el Chelsea. Nadie olvidaba aquello, y había un ambiente de revancha que ya había sido soliviantado en Do Dragao con una agónica victoria por un gol a dos. Filipe Luis sacaba de banda y ponía el esférico dentro del área portuguesa. Allí descansaba Raúl García, encimado por Maicon que intentaba evitar a toda costa que el futbolista navarro peinase el balón o consiguiese darse la vuelta. No lo consiguió. Con un gran control orientado, Rulo se escoró hacia su izquierda y, sin ángulo, enganchó un zurdazo descomunal que se alojó en la portería de un Helton al que apenas le dio tiempo a darse cuenta que el esférico ya no estaba en la bota de Raúl sino en su escuadra. Vicuña ya lo comentó: «tiene mucha calidad y una gran finalización con golpeos de interior, empeine o voleas…». Tal que así fue. Celebró como siempre hace, cerrando el puño y gritando con fuerza. Aquel gol reafirmaba al Atlético como aspirante, y ponía la piedra de lo que terminó siendo una cómoda victoria local. Marcó diez goles en Liga en su mejor temporada de rojiblanco. Al ya mencionado de Mestalla, que dejó casi sentenciado el título para el Atlético, habría que sumarle su doblete a Rayo Vallecano y Getafe, y sus tantos a Almería, Valladolid (2), Athletic y Villarreal. Este último, ante el submarino amarillo, fue el único gol del encuentro. Tres puntos vitales para un año histórico. También marcó dos al Austria de Viena, uno al Oporto, uno al Sant Andreu y dos al Valencia en la eliminatoria de octavos de final de Copa del Rey, que él mismo dejó de cara para el Atlético. Tras su rendimiento, su compromiso y sus marcas goleadoras, le llegó por fin el premio de la Selección española. Llegó tras el fiasco del Mundial de Brasil. Algo que le vino bien


para entrar en la dinámica de un grupo que debía reciclarse. El premio de la Selección Todo lo conseguido estaba muy bien. Cada título, cada gol, cada asistencia, cada abrazo y cada aplauso hacia su persona, estaban totalmente merecidos. Él se lo había ganado con sangre, sudor, lágrimas y aguante. Su fuerza de superación y su complicidad con el club le hicieron terminar siendo uno de los grandes capitanes y entrar en la historia rojiblanca por la puerta grande. Pero, como me comentó Vicuña, «tenía el lunar de la selección». Y llegó. A muchos les extrañó. Más por desconocimiento de lo que Raúl podría ser capaz de aportar a una selección campeona que estaba atravesando momentos críticos de juego y resultados, que por el hecho de no ser válido para un grupo que necesitaba reinventarse tras los fiascos y, por qué no, fracasos, de la Copa Confederaciones y el Mundial de Brasil. Vicente del Bosque decidió citarle tras el gran evento en el país brasileño, y para Vicuña no fue ninguna sorpresa. «Puede ser que le haya llegado tarde. Pero Raúl ha tenido la mala suerte de coincidir con la mejor generación de centrocampistas de la selección española. A ver por donde entras. Quizás el sistema que utiliza España ahora con un 4-3-3 tampoco le favorece. Si juegas con 4-2-3-1 puede jugar detrás, el 4-4-2 puede ser segunda punta. Pero el que utiliza Vicente no. Debutó ante Francia y jugó en la banda derecha. Yo creo que esa generación le ha perjudicado. Y aun así ha sido capaz de hacerse un hueco. Y veremos, porque creo que si lo sigue haciendo bien, seguirá yendo con la selección». Era un premio a dos años de gran nivel en el Atlético. Un equipo en el que, además, nunca fue titular indiscutible a pesar de su gran rendimiento. Ya fuese por detrás de gente como Adrián López, Diego Costa o David Villa, Raúl jamás levantó la voz para pedir un sitio en el once que, sin duda, merecía. Porque sin hacer ruido, con mucho trabajo y sacrificio, y luchando en diferentes posiciones por el bien del Atlético, siempre terminó colándose entre los máximos goleadores del equipo colchonero. Una vía de servicio, un punto de apoyo para sus compañeros cuando los partidos estaban cerrados. Él, su cabeza y su disposición para trabajar por y para el conjunto. «Lo que le faltaba quizás fue la selección española. Y ahora ha vuelto, y digo ha vuelto porque había sido internacional en todas las categorías. Le faltaba la guinda de la absoluta. Ahora en España hay tantos buenos jugadores que es difícil entrar en la selección española. Vicente eligió a otros y entiendo que es muy difícil que entren tantos buenos. Porque hay 40 de verdadero buen nivel. Mientras siga haciéndolo bien y siga aportando tanto, seguro que Vicente seguirá contando con él. Porque al final es contar con un valor seguro, sabes que no te va a fallar». Vicuña hablaba sobre el Raúl internacional tras ser convocado por Del Bosque. Ahí estaba, junto a los Fàbregas, Iniesta, Silva y compañía. Él. Raúl García Escudero. Dieciséis goles y seis asistencias en Liga en las dos temporadas predecesoras a su selección con España parecerían ser unos datos flojos para un jugador internacional. Pero teniendo en cuenta el compromiso y que, muchos de esos datos, eran saliendo desde el banquillo, las dudas debían disiparse. Raúl es un jugador válido para cualquier club del mundo. De titular desde la banca. Como jugador en el once o como jugador número doce. Sí, Raúl es uno de los mejores jugadores número 12 de todo el mundo. De esos vitales y fundamentales a lo largo y ancho de una complicada temporada. Se lo terminó ganando. Así ha sido siempre su realidad, su vida, su carrera. Ganarse aquello por lo que ha luchado. Desde que debutase en el Camp Nou siendo un joven imberbe y menor de edad, hasta que cayó en la Liga de Campeones en el minuto 93 cuando se veía campeón de Europa, para después levantarse y ganar a ese mismo club la Supercopa de España, marcándole uno de los goles de la final. Una montaña rusa en la que, cada subida, ha sido trabajada con esmero y pasión por lo que él siempre ha sido. «Que la afición me cante no ha sido un objetivo. No me importa pasar desapercibido. Lo que quería era cambiar la situación. El trabajo es uno de los valores que me han enseñado y siempre he intentado trabajar al máximo para lograr lo que hoy tengo», afirmó un 24 de octubre de 2014 para AS. Diez años después de que un chaval se hiciese hombre. Un gran futbolista y una maravillosa persona. Don Raúl García, guerrero de Simeone e historia del Atlético de Madrid.


«Hay muchas personas que, según quien eres te trata de diferente manera, pero Raúl lo hace igual con todos. A la gente le trata por lo que son, no por lo que tienen o el cargo que ostentan. Y eso lo ves diariamente y lo aprecias. En este mundo no es lo habitual, por eso lo valoras más cuando lo encuentras». José Antonio Vicuña. Entrenador en el C.A. Osasuna juvenil y buen amigo de Raúl.









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