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LIBROS

Por las faldas del Volcán de Colima: cristeros, agraristas y pacíficos Julia Preciado Zamora Histórico del Municipio de Colima, México, 2007

CIESAS/Archivo

Servando Ortoll

Una lección de historia que deleita La obra que reseño posee todos los elementos para convertirse en referencia ineludible de la historiografía regional: es un libro que compara y contrasta la vida rústica de dos zonas prácticamente equidistantes de la ciudad de Colima, si bien ubicadas en regiones opuestas de las laderas del volcán; habla de cómo vivían no sólo los dos propietarios alemanes de sendas haciendas exitosas, sino también de los labriegos que se encontraban allí antes –y que permanecieron anclados en el mismo lugar después– de que

los hacendados Arnold Vogel y Enrique Schöndube marcaran con su presencia el destino de ambas comarcas. Nos habla también de cómo los habitantes indígenas de Suchitlán y los mestizos de La Esperanza reaccionaron ante los embates de las políticas pro-agrarias y anticatólicas de los gobiernos de Colima y Jalisco durante los aciagos días de la Cristiada, y cómo se condujeron, años después, frente al reparto de tierras que fomentaron los funcionarios de la Reforma Agraria. Pero por encima de todo, esta obra está escrita con un estilo ameno, sin obviar un estricto apego a las normas académicas. Por las

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Culturales faldas del Volcán de Colima puede leerse como una lección de historia pero también saborearse como una obra literaria. Quienes se acerquen a este libro descubrirán, además, que su autora hizo suyos los métodos de los antropólogos para complementar las historias olvidadas y enterradas durante décadas en los arrinconados archivos de la Secretaría de la Reforma Agraria. Con gran paciencia y respeto por el detalle, Julia Preciado fue hilvanando muchas historias pequeñas (aunque no insignificantes) hasta convertirlas en una más grande e importante: la de un área cultural que abarcaba grandes extensiones pero que al mismo tiempo dependía, para su supervivencia comercial y política, de la capital del estado de Colima.

Dos inmigrantes alemanes que se salen de la norma Vista a la distancia, la vida de los dos finqueros alemanes encierra un misterio; en particular, cuando se comparan sus biografías con las de otros inmigrantes de su país que llegaron a México alrededor del último cuatrienio del siglo diecinueve. Tradicio-

nalmente, estos inmigrantes –procedentes de casas comerciales ubicadas en Hamburgo o Bremen– llegaban muy jóvenes a México para adquirir experiencia en ultramar, “acumular capital con rapidez” y regresar posteriormente a la patria portando con ellos “gran parte del capital [...], ya fuese para invertirlo en la industria o para vivir la tranquila vida de un rentista” (Von Mentz et al., 1982:124). Como la gran mayoría de los migrantes alemanes que vinieron a México y que provenían de las clases medias bajas, sabemos que Arnold Vogel nació en Hamburgo y era hijo de padres pobres. Y como muchos de los integrantes de su generación, salió de su país por la incrementada pauperización de los Estados alemanes. Gente como Vogel o el mismo Schöndube –nacido en Rodensleben– buscaba “un país donde su propio trabajo y el de sus familias tuviera más valor”. (Von Mentz, 1983:447). Para el caso de Vogel, de cuya vida estoy mejor enterado, puedo decir que, pese a sus orígenes pobres, estudió en buenas escuelas alemanas y, alentado por un jefe quien a su vez había

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Culturales vivido en México y labrado una gran fortuna, decidió buscar suerte en este país, adonde llegó en 1868, un año después de que las tropas francesas abandonaran México. Vogel tenía entonces 20 años. A diferencia de sus conciudadanos, no vino a México a representar firma de negocios alguna o para iniciar un comercio propio. Y siete años después, en vez de acumular grandes riquezas para convertirse en un hombre de negocios independiente y quizá regresar a casa, Vogel –en una acción poco usual, desde la perspectiva de sus coetáneos germanos– se casó con una mujer de Tepic, o mejor dicho una mujer de Tepic lo cazó a él, y optó por residir en México. Otro tanto ocurrió con Enrique Schöndube –quien incluso debió españolizar su nombre, pues así aparece en los documentos legales–, y esto es lo que distingue a ambos individuos. Fue gracias a las señoritas Quevedo –mujeres oriundas de Tepic y dispuestas a abandonarlo todo, incluso zarpar a otras tierras por encontrar jóvenes alemanes con quienes contraer nupcias– que el comportamiento de Vogel y

de Schöndube resultó marcadamente atípico de los hombres alemanes de su época. Las vidas de Vogel y Schöndube, si bien paralelas en cuanto a que se matrimoniaron con mexicanas y posteriormente se quedaron en México, fueron distintas en cuanto a su desarrollo. Como hacendado “puro”, Vogel fue propietario de una gran finca cafetalera, y se dedicó a producir uno de los mejores granos en el mundo, galardonado por ello con varias medallas de oro en Europa y Estados Unidos. Enrique Schöndube, por su parte (13 años menor que Arnold Vogel), se dedicó principalmente a los negocios entre Colima y Jalisco. Con esto quiero decir que si bien en La Esperanza se cultivó arroz y caña de azúcar, la agricultura no formaba parte, al menos en principio, de los intereses primordiales de Enrique Schöndube.

Otros actores que descuellan En las páginas de este libro despuntan otros actores sociales y políticos. Julia Preciado nos habla de los procederes anti-católicos de los gobernadores de los dos

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Culturales estados colindantes que antecedieron al levantamiento cristero, así como de las respuestas del obispo de Colima (quien se refugió en Tonila, perteneciente a su diócesis pero que se encontraba –y se encuentra– en Jalisco) y del arzobispo de Guadalajara. Las acciones rivales y encontradas de los líderes de los poderes terrenales y las autoridades divinas repercutieron ciertamente en el hacer de los habitantes de esa gran área cultural de la que se habla. Los suchitlecos, encabezados por individuos tan pintorescos como asombrosos –pienso en Gorgonio o “Gorgoño” Ávalos, quien, para escapar a las balas de sus enemigos cristeros, podía convertirse en gallina con pollos o en perra destetada, según los decires de los vecinos de Suchitlán–, optaron por respaldar al gobierno porque a cambio de ello recuperarían las tierras que un día vendieron al hacendado Vogel; los habitantes de Tonila (pueblecito de calles empinadas a unos minutos de la Hacienda de La Esperanza), que posteriormente se desplazaron al volcán para desde allí desarrollar sus actividades bélicas, se

pronunciaron abiertamente por el levantamiento cristero; por último, los vecinos de La Esperanza permanecieron impávidos ante la rebelión. Por lo que han leído hasta el momento, concluirán que sólo los suchitlecos obtuvieron las tierras porque pelearon hasta obtenerlas. Pero ésta sólo es parte de la historia. Cómo se comportaron años después los ex combatientes cristeros de Tonila y los pacíficos de La Esperanza cuando el gobierno impuso el reparto agrario, es algo que deberán indagar a través de las páginas de este libro. ¿Y qué ha sucedido –se preguntarán– con la finca cafetalera de Vogel en San Antonio o con el pueblo empinado de Tonila? Don Juan Macedo López, quien pasó años de su infancia en la hacienda, nos cuenta:

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Dicen las gentes de San Antonio que durante las noches se ve el fantasma de don Arnoldo recorriendo su heredad: camina con todo su alto cuerpo erguido, plateada su barba a la luz de la luna, brillando la leontina de oro que se escondía en la bolsa de pecho. Pasa su sombra por los corredores, penetra en la antigua fábrica y se pierde en la penumbra de la capilla...


Culturales abrigué la esperanza de descubrir a Pedro Páramo acomodado en su equipal, llorando a Susana Sanjuan. (p. 105).

Para hablar de Tonila cierro con las remembranzas de Julia Preciado, quien registra así sus andanzas etnográficas: Mientras caminaba por las pintorescas y bulliciosas calles empedradas de Comala, pensé que aunque la Comala de Juan Rulfo y el San Antonio de Vogel ya no existen, [...] siguen ahí. Ya un día en Tonila me sorprendió la noche, y al doblar por una esquina sentí que en cualquier momento podría encontrarme con Abundio. Llamé al zaguán de una vieja casa, porque me dijeron que ahí vivía don Agustín Quevedo. Mientras una mano quitaba la aldaba, y abría la carcomida puerta,

Fuentes citadas MACEDO LÓPEZ, JUAN, “Don Arnoldo Vogel”, Ecos de la Costa, (Colima), 26 de noviembre de 1955. VON MENTZ DE BOEGE, BRÍGIDA MARGARITA, México en el siglo XIX visto por los alemanes, Universidad Nacional Autónoma de México, México, 1983. –––, Beatriz Scharrer y Guillermo Turner, Los pioneros del imperialismo alemán en México, CIESAS/Ediciones de la Casa Chata, México, 1982.

Por las faldas del Volcán de Colima: cristeros, agraristas y pacíficos Julia Preciado Zamora CIESAS/Archivo Histórico del Municipio de Colima, México, 2007, 255 pp.

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La subsunción simbólica Jesús Becerra Villegas Universidad Autónoma de Zacatecas

Resumen. A las etapas lógico-históricas de la dominación del capital, que Marx llama de “subsunción formal” y “subsunción real”, debe añadirse una tercera que explique la naturaleza y funcionamiento del capitalismo actual. Esta tercera forma, que completa y comprende las anteriores, consiste en la dominación simbólica. La naturaleza de la tercera subsunción es cultural y, por ello, opera tanto a nivel estructural como individual. Asistimos, con esto, al primer modo de producción que es también un modo de comunicación en pleno. La postulación de un modo social de producción de sentido supone, por una parte, introducir la categoría “comunicación” como demarcador lógico-histórico y, por otra, desglosarlo en el operador lógico “modo de apropiación” y en la disposición histórica como “configuración simbólica”. Lo que esta propuesta pone en juego es la posibilidad de generar una teoría comprensiva que coloque a la comunicación como un centro de los procesos sociales desde donde pueda erigirse la necesaria comunicología. Palabras clave: 1. comunicación, 2. cultura, 3. capitalismo, 4. dominación.

Abstract. The marxist proposition of logical – historical phases of capital’s domination,

or “formal subsumption” and “real subsumption”, should be followed by a third one capable to explain the nature and functions of present capitalism. This latter form, proposed to complete and comprehend the previous, consists in symbolic domination. The nature of the third subsumption is cultural, thus, it operates both at structural and individual levels. This proposition implies that we historically have the first mode of production that is a mode of communication. In order to suggest a social mode of production of sense, it is necessary to produce the category “communication” as a logical – historical marker, and then unfold it in the logical operator “mode of appropriation” and the historical setting “symbolic configuration”. The attempt of this proposal is to generate a comprehensive theory able to situate communication as one center of social processes, where it must sustain communicology. Keywords: 1. communication, 2. culture, 3. capitalism, 4. domination.

culturales VOL. III, NÚM. 6, JULIO-DICIEMBRE DE 2007 ISSN 1870-1191

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INTENTAR UNA TEORÍA DE LA COMUNICACIÓN al corriente con los determinantes materiales y la naturaleza simbólica de los intercambios puede resultar una tarea rentable para quienes dedican sus esfuerzos a la ratificación de las naturalezas contradictorias. Pero ese mismo contento puede conducir a retos epistemológicos difíciles de superar por su escasa visibilidad: por una parte, la razón dicotómica ha enseñado a nuestras tradiciones de pensamiento y de organización colegiada la exclusión de la contraparte como un criterio de validez; por la otra, lo corriente de las prácticas ha hecho derivar fuertemente el poder heurístico de los constructos de aquellas contradicciones que pone a resguardo. A la larga, las condiciones de cultivo in vitro, que envidiamos a nuestros laboratoristas, dictan las estrategias y regresan como resabios positivistas para combatir el eclecticismo. Así, parecería, desde una buena parte del trabajo empírico disponible, que la construcción comunicológica efectuada por la norma de la economía política con frecuencia acota su ámbito de interés a una sola de las dimensiones de los procesos (tomando en consideración lo que ellos tienen de aprehensible por los dispositivos de pensamiento materialista usados pero poco puestos a reserva epistemológica): aquella dimensión sensible a una especie de contraloría social de los regímenes de propiedad y los fl ujos de los activos contables. A veces en fuga declarada de la teoría, la corriente latinoamericana de estudios económico-políticos en comunicación se permite alguna distancia del análisis lógico propiamente marxista. La pérdida de la capacidad explicativa que deriva de ello aleja e incluso obstaculiza las posibilidades de constituir una comunicología apropiada para los tiempos que se viven. En lo que sigue se propone el restablecimiento de algunos conceptos marxistas originalmente encaminados a desmontar la lógica del desarrollo del capitalismo en su estadio decimonónico. Al efecto, se ofrecen algunas líneas para postular categorías más adecuadas para los movimientos sociales presentes, dotados de otras complejidades y acaso de una diversa naturaleza. En esta 8


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nueva semblanza teórica, se proponen argumentos para darle a los procesos comunicacionales alguna centralidad que permita intentar explicaciones desde donde antes sólo había preguntas. En particular, en el presente trabajo se atiende el boceto marxista de una contradicción lógico-histórica fundamental: la que se da entre el capital y el trabajo asalariado, entendida como dominación de éste por aquél. Se trata de la poco conocida tesis marxista de las subsunciones formal y real del trabajo en el capital. Lógica e historia El tema de la naturaleza contra el accidente o la clase contra el caso, lo universal contra lo particular o la necesidad contra la contingencia es tan viejo como la conciencia, quizá porque para nacer a ésta le baste con postularlo. La conciencia se percata de sí misma cuando nota que nota lo concreto no en cuanto tal, sino contra algo que es lo abstracto. El prodigio de la conciencia no consiste tanto en proponer lo abstracto para recoger en él lo concreto, como en establecer la relación de contrariedad que lo abstracto sostiene con lo concreto para, de una vez, instaurar sus principios. Para el ser que se mueve en lo concreto, como para quien se despliega en lo abstracto, el mundo es relativamente simple; la complejidad proviene de intentar la conexión de los dominios, porque entonces nada habrá suficientemente terrenal que carezca de proyecciones (incluso en otras entidades elementales), ni nada será tan etéreo que por lo menos no denuncie el tipo de cuentas que lo originan y lo anclan. Así, la conciencia es capaz de pensar en sí misma, de objetar su naturaleza en virtud de sus accidentes, pero también de dudar de sus contingencias en razón de su clase. La conciencia, sorteando las muertes individuales que por escrúpulo se fue infl igiendo para mostrarse capaz de rebasarse a sí misma, algo tardó –no sabemos cuánto: el tiempo también fue su invención–, algo tardó, 9


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decíamos, en acreditarse a la vez como permanencia y devenir. La conciencia reglamenta y acontece. Es por naturaleza y por contingencia por lo que hoy podemos hablar de lógica y de historia; aun más, de una contradicción que las opone y las confirma. Entre las prácticas como presencias y las ausencias existe un hiato previsto por una ley que se expresa como un modo de ser y hacer, es decir, como una abstracción que no se deja leer por los sentidos sino por la razón. Una ley se expresa en enunciados donde se predica algo para una categoría. Ésta asume, así, un carácter de generalidad y de articulación. No hay, hablando con propiedad, ley de los singulares y los discontinuos, pero al lado de cuanto como concreción existe algo permite reconocer su unicidad: la distancia que lo separa de la norma y que es el objeto de dicha norma. Se trata de la “hiancia”, como llaman los neolacanianos al espacio de salvedad donde caso y regla se alejan. Tal espacio no es aquello que debe ser resuelto en la práctica clínica o en la corrección de la teoría, sino la clave para reconocer lo que el caso tiene de singular y lo que la regla tiene de articuladora de las particularidades. Con esto, la categoría resulta no sólo dispositivo de conciliación sino un punto o, mejor, un modo de articulación. Los privilegios que ella dispensa vuelven legible y circulable el mundo; legalizan las particularidades para que lo singular no se disuelva en la indiferencia. La mera postulación de una categoría para entender el mundo introduce naturaleza y contingencia, algo que ni estructuralistas ni materialistas han alcanzado a integrar: orden sujeto al cambio y cambio sujeto al orden. De esas continuadas interrupciones está hecha, a jirones, la dimensión que llamamos “humanidad”. El necesario reconocimiento de lo impar por referencia al modelo no debería resultar ajeno a la estrategia del pensamiento social. Jorge Luis Borges debe su carácter laberíntico a sus juegos en el espejo, según se ha dicho. Uno de ellos es el desliz entre la especie y el espécimen, ya en sus milongas, ya en sus especulaciones metafísicas. Particularmente, suscribe con John 10


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Keats una tesis que aquí interesa: al ser el ave mera instalación concreta de su especie, repetida y respetada por el tiempo (“no hollada por hambrientas generaciones”), se vuelve ave arquetípica, plena de presente. En alusión a su “Oda a un ruiseñor”,1 Borges (2004:95) dice del poeta: “Keats, en el jardín suburbano, oyó el eterno ruiseñor de Ovidio y de Shakespeare y sintió su propia mortalidad y la contrastó con la tenue voz imperecedera del invisible pájaro”. Una frase al cierre desgasta la materia del ruiseñor y lo recupera para el mundo simbólico (2004:97): “Tanto lo han exaltado los poetas, que ahora es un poco irreal”. Así, parece haber una primera regla para la humanidad: por su capacidad de individuación, sólo el hombre concreto es espécimen de una especie. Sólo a él, pleno de leyes que desdoblan categorías, las contingencias lo calan de realidad (esa abstracción, esa primeridad peirceana con la que llenamos lo real en tanto segundidad). Alguna lógica propicia que la especie se defina mediante la abdicación de cada hombre en favor de su historia. Es la misma lógica que permite asumir cada sociedad humana como una cultura, como una configuración de la memoria. Al final, lógica e historia son dos énfasis, dos modos de los que se vale la conciencia en tanto producto social para enfrentar naturaleza a contingencia, contingencia a naturaleza. Nada hay que sea desmesuradamente general, nada minuciosamente único. La conciencia pertenece a todos y a nadie: es de la cultura, de la lógica, de la historia, pero tiene sus formas de ser apropiada. Los que se creen fundamentalmente inocentes, tanto como los que se reconocen culpables, sólo se diferencian en exponerse de modo distinto a las preferencias de la memoria vuelta rencor o efusión del colectivo. Si hay un acto en el que se reconoce que las dicotomías consisten en énfasis para construirse compleja y contradictoriamente como ser, ese acto es el de la apropiación. 1 Publicado originalmente en Otras inquisiciones (1937-1952), Sur, Buenos Aires, 1952.

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La subsunción según Marx Al contrario de lo que podría creerse cuando el contacto que se tiene con Marx anima a tachar de fetichismo su pensamiento materialista, resulta posible, y acaso válido, afirmar que El capital, además de un estudio extenso de procesos sociales en cuanto determinados por leyes económico-políticas, es una propuesta teórica profunda para descosificar el pensamiento sobre dichos procesos sociales. No sólo el capitalismo como abstracción, sino aun el capital como relación mediada por personas y cosas, someten a prueba la potencia explicativa de una categoría lógico-histórica y económico-política llamada Modo de Producción (MP). Por necesidades de lógica, Marx contrapone a lo largo de su obra económico-política, primero, la mercancía fuerza de trabajo a capital, especialmente en el proceso de circulación; luego opone a sus poseedores en el proceso de producción. Con ello, ofrece su manifiesto sobre la mejor manera de entender las contradicciones: escrituras en lo concreto de oposiciones generadoras. Con énfasis en el confl icto, la categoría marxista MP resume: si bien las cosas establecen relaciones, son las relaciones las que definen lo que las cosas son. (El estructuralismo iría por otro lado al sostener que las relaciones se procuran el tipo de cosas que convienen a su ser. Mientras que en el marxismo la historia acusa su modo, hace falta una teoría que afirme que el modo tiene su historia.) Es sabido que Marx utilizó la categoría lógica MP para pensar la historia, es decir, para periodizar desde un criterio explicativo. Para él y sus seguidores, las unidades que rompen el sinuoso e ilegible continuo del devenir social deben buscarse en aquellas eficaces convenciones, más bien lejanas a la conciencia, que los seres humanos han suscrito para organizarse en las tareas de la reproducción social. El materialismo dialéctico de Marx ejerce en el movimiento concreto-abstracto la producción de lo lógico, y en el retorno abstracto-concreto, la producción de lo 12


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histórico. Por ello, cuando habla de MP alude de una vez a las dos dimensiones (lógica e histórica). Sin embargo, en su doble naturaleza, una categoría dialéctica como la que analizamos moviliza preferentemente un espacio; así, el pensamiento de los modos se inscribe en lo lógico y sirve para trazar la ruta de lo histórico e introducir la categoría correspondiente: formación social, de la que luego nos ocuparemos. Si bien el interés de El capital y el del presente trabajo es el Modo de Producción Capitalista (MPC), debe quedar asentado que todo ejercicio de leer los tiempos como organizados en modos de producir es un ejercicio de corte con que el pensamiento ranura las sucesiones y las organiza en torno a una explicación adelantada, donde lo material determina a lo material y subordina a lo inmaterial. De acuerdo con ello, la propiedad central del MPC es la dominación del trabajo por el capital, proceso que ratifica la doble inscripción de las categorías mayores del marxismo en un dominio abstracto, que es el lógico, y otro concreto, que es el histórico. Se trata de un esbozo excluido de la versión final de El capital, rescatado y publicado como “Capítulo VI inédito” del Libro I (2001), un texto poco conocido y menos atendido (la versión final del Libro I incluye como VI el capítulo “Capital constante y capital variable”). A esta dominación Marx se refiere como subsunción del trabajo en el capital, término que Pedro Scaron, traductor de la versión publicada por Siglo XXI, asocia con subordinación (subsunción de a por b) y con inclusión lógica (subsunción de a en b o, diríamos nosotros, dominación como remisión a un dominio). Con preferencia por este sentido lógico, podemos recordar que una tesis central de la operación del MPC consiste en la reproducción del capital en más capital por la vía del aprovechamiento o explotación del trabajo asalariado, lo cual no es otra cosa que la transformación del trabajo en capital. Aun cuando Marx considera la subsunción como subordinación en los hechos, el carácter formal de ésta queda patente (2001:18) “En realidad, la dominación de los capitalistas sobre los obre13


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ros es solamente el dominio sobre éstos de las condiciones de trabajo”. Si bien más adelante distingue los modos y momentos de la subsunción, desde ahora podemos entender que se trata de un momento de dominación de lo abstracto sobre lo concreto, de la forma sobre el proceso, hasta que dicha dominación se vuelve estructural y produce las condiciones especiales para su reproducción, independientemente de la configuración material en que se vehicule. Dice: La característica general de la subsunción formal sigue siendo la directa subordinación del proceso laboral –cualquiera que sea, tecnológicamente hablando la forma en que se lleve a cabo– al capital. Sobre esta base, empero, se alza un modo de producción no sólo tecnológicamente específico que metamorfosea la naturaleza real del proceso de trabajo y sus condiciones reales: el modo capitalista de producción. Tan sólo cuando éste entra en escena se opera la subsunción real del trabajo en el capital (2001:72. Énfasis en el original),

Hasta ahora, se ve que el sometimiento que logra el capital en tanto relación sigue un orden para consumarse: de lo abstracto a lo concreto, de lo formal a lo real, de lo contractual a lo técnico. A efectos de ubicar nuestro tiempo, bastaría con declararnos en la plenaria del MPC para asumir que la subsunción que hoy opera es, según las cuentas antes hechas, la de tipo (o momento) real. Al efecto, sólo se requeriría enfatizar en que el modo social histórico de relacionarse para producir descansa en el modo técnico de organizar el trabajo. Luego, al voltear hacia las industrias culturales, aparecen dos grandes posibilidades de lectura: en una primera, esta rama de la economía profundiza y arraiga la subsunción real, pasando incluso la industria cultural antes por un proceso donde es subsumida formalmente. En la segunda lectura, el énfasis en el ejercicio social que llamamos “comunicación”, especialmente la de nuestra época, permite postular categorías que subsumen en ella las económico-políticas y facultan ubicar la nuestra como una tercera época de subsunción, ésta de tipo simbólico. 14


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El papel de los medios de comunicación en la época de la subsunción real Un caso que ilustra la primera forma de leer el “Capítulo VI inédito”, sin abrirse paso desde categorías comunicológicas, se encuentra en Indústria cultural, informaçâo e capitalismo, de César Bolaño (2000), donde el ejercicio del pensamiento marxista encuentra en el desarrollo de las llamadas “industrias culturales” un caso especial de desempeño que obliga a retomar, explícita aunque acaso tangencialmente, el concepto marxista de subsunción. Bolaño quiere reconstruir el proceso por el que el capital produce las mercancías culturales al modo en el que los productores directos originales fueron expropiados de sus condiciones de subsistencia en el mercado y se convirtieron en vendedores de fuerza de trabajo. Al efecto, Bolaño se enfrenta a un triple reto: postular la mercancía simbólica, el productor simbólico y el consumidor de bienes simbólicos. Lo singular del esfuerzo consiste en asumir la construcción desde el impecable orden de lo material, siguiendo un itinerario de pensamiento que recuerda al visto en El capital para caracterizar el origen del MPC. A fin de economizar argumentos, Bolaño afirma de una vez un doble valor del trabajo en las industrias culturales, según el cual los artistas, periodistas y técnicos producen a un tiempo dos mercancías: un producto o servicio y su público (2000:222ss). Para completar el tríptico, del productor se ocupa luego. Por ahora, nuestro autor describe cómo la industria cultural, en el momento de difundir sus productos mediáticos, produce los públicos que los anunciantes necesitan comprar para venderles sus mercancías. Seguramente, cierta razón asiste a Bolaño cuando asegura que el papel de las industrias culturales en el desarrollo del capitalismo es privilegiado, porque ellas aúnan las esferas de la producción y la circulación, al tiempo que vinculan ramas industriales. Parte del énfasis parece innecesaria, porque desatiende que hay ya un entendido de que la simultaneidad de producción y consumo es propia de la actividad que llamamos “servicio”. Igualmente, 15


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convendrá recordar que, desde el punto de vista de la economía, donde les corresponde operar y valorizar a los medios de comunicación es en el ámbito de la circulación. Después de todo, comunicar y circular significan hacer fl uir. Cabe, entonces, centrarse en otros cuestionamientos: ¿no crean por lo regular las industrias, y por sus propios circuitos, muchos de los consumidores que necesitan? Por ejemplo, una empresa de electrodomésticos, automóviles o computadoras, al producir las nuevas generaciones de sus productos y marcar, consecuentemente, los ritmos de la obsolescencia, ¿no genera acaso mercado a la manera de condiciones para el consumo, con el consumidor perfilado incluido? Más ladinamente, ¿no resulta posible colocar en ese mismo fl anco de la avanzada a las industrias farmacéuticas, tabacaleras y de alcoholes, siquiera por su capacidad de enganchar para reproducir la demanda? Llevado el asunto a cierto extremo, al final no habrá rama de la economía que no se beneficie de un cierto estado de la oferta simbólica donde los imaginarios consisten en numerosas apetencias, siendo un haz de ellas el que beneficia a los medios de comunicación, presentándolos como necesidad de consumo en el amplio mercado de bienes simbólicos. En pocas palabras, es en virtud de un juego de abstracciones como debe explicarse la mecánica de las economías de producción y consumo, y entender que si las industrias culturales juegan un papel importante en ellas es por su adscripción al ámbito de lo intangible, que es desde donde deben ser explicadas. Pero quedaba por caracterizar la solución de Bolaño a su tercer reto: la producción lógico-histórica del productor cultural. Adonde primero habría que pedir atención es a un supuesto que parece permear las cuentas del autor: en el mercado capitalista concurren industrias de distinta edad o nivel de desarrollo pero de un linaje equivalente tal, que, dice, los conduce a repetir la vieja saga del despojo. Según esto, aunque las nuevas tecnologías hayan hecho posible la generación de nuevos productos y prácticas, digamos culturales, siempre la mitología de la expropiación pide que un 16


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productor originario sea desposeído, como ocurrió siglos atrás, para que el capital tienda sus redes de generación y circulación. Es decir, se descarta la capacidad capitalista de establecer un modo técnico más que para acomodar los procesos de producción ya existentes. Dice Bolaño (2000:230) que el capital sólo puede apropiarse de la fuerza de trabajo del productor cultural (artista, periodista, técnico) expropiándolo de los medios de acceso a los públicos, lo que fue posible a partir del desarrollo de las tecnologías de la comunicación y su imposición como forma hegemónica de difusión de los productos culturales. En la parte que toca al artista como productor cultural, diversos pasajes y frases ingeniosas, como “economía a la inversa” o “pérdida de la escasez”, de Las reglas del arte, de Bourdieu (1997), podrían ser invocados para acotar la noción de la expropiación. Según el pasaje que sigue, existe un tipo de artistas (cuya importancia en la constitución del campo del arte obliga a ver esta excepción al modo de producción sin la arrogancia con la que suele desestimarse la coexistencia de diversas formas de producir) que son artistas porque imponen su propia lógica a la producción y circulación de sus obras: Estos campos [de producción cultural] son la sede de la coexistencia antagónica de dos modos de producción y de circulación que obedecen a lógicas inversas. En un polo, la economía anti-“económica” del arte puro que, basada en el reconocimiento obligado de los valores del desinterés y en el rechazo de la “economía” (de lo “comercial”) y del beneficio “económico” (a corto plazo), prima la producción y sus exigencias específicas, fruto de una historia autónoma; esta producción, que no puede reconocer más demanda que la que es capaz de producir ella misma, pero sólo a largo plazo, está orientada hacia la acumulación de capital simbólico, en tanto que capital “económico” negado, reconocido, por lo tanto legítimo, auténtico crédito, capaz de proporcionar , en determinadas condiciones y a largo plazo, beneficios “económicos” [...] (Bourdieu, 1997:214).

Por otra parte, respecto a la expropiación del periodista, el técnico y similares, debe decirse que cuando un MP como el capi17


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talista se ha instalado a plenitud, ha echado a funcionar su lógica mediante la organización técnica que asegura su reproducción. Y si bien se mantienen aquellas condiciones relacionales que permitían declarar por lo menos una subsunción formal, las reglas imperantes muerden con tal fuerza las prácticas sociales que poco margen habrá para que aquellos procesos culturales ahora industrializados tengan incluso la oportunidad de generar formas libres a las cuales expropiar. Periodistas, técnicos y similares, en su finitud, sólo cuentan con la oportunidad de experimentar el ejercicio precapitalista en tanto historiadores de sus propias prácticas. Dar cabida a la idea de una expropiación continuada sólo resulta posible, pues, desde el plano abstracto: es la especie cultural la que es expropiada en su comparecencia en el mercado; los sujetos concretos, como especímenes finitos y ciudadanos de su tiempo, aparecen a estas alturas subsumidos desde el principio en una lógica cultural que impone patrones de percepción y gusto, aun cuando sólo sea para romper con ellos. Lo que esta lectura del sometimiento como expropiación homóloga de la clase y de los individuos pierde de vista es la apropiación, en la cual consiste un intento de subsunción final. La subsunción simbólica Para postular la segunda lectura sobre el concepto de subsunción, ahora con el afán de constituir de paso una teoría comunicológica, habrá que volver al pensamiento marxista en el que se origina. Repasemos proponiendo que en el primer momento, llamado de “subsunción formal”, el productor directo es separado de sus posibilidades de reproducción como resultado de un conjunto de procesos sociales que socavan con distintos grados de violencia la lógica del modo de producción precedente. En términos sociales, se trata de la extinción de unas clases vía tres pérdidas: de la legitimidad en lo político, de la rentabilidad en lo económico y de la visibilidad en lo simbólico. Esto produce la emergencia de una 18


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nueva clase. Sin necesidad de ser materialmente expropiado de sus medios de producción, el reciente proletario es esquilmado a través de la mecánica de un mercado renovado que, al imponer tasas de pertinencia política, productividad económica y convertibilidad simbólica, establece un nuevo modo de reproducirse (Castillo y García, 2001), una especie de abstracción que se concretará en configuraciones y prácticas específicas. La clase que queda fuera del mercado reingresa en él, según Marx, para vender como mercancía el único bien que conserva: su capacidad de trabajo, compuesta por su fuerza, por su saber artesanal y, agregamos, por su “irracional pero bienvenida” voluntad de ser. Hasta entonces, hemos dicho que el sometimiento es sólo por la vía formal; es decir, se sustenta en una mera lógica de cambio de títulos sobre un mismo entramado social. Llega el tiempo en que el trabajo intelectual pagado por el capital fructifica en la técnica necesaria para reorganizar el proceso productivo en torno al nuevo saber hacer, y así se consuma la dominación hacia el trabajo, con la aparición de un modo técnico propio del modo social de relacionarse para producir (Figueroa, 1986:21). En adelante, con la subsunción real, el trabajador pierde la posesión socialmente válida del saber productivo, que se vuelve en sí mismo mercancía. Es la toma de la verdadera plaza de la economía y el orden por el capital. En principio, parecería ser este recuento el mínimo suficiente para caracterizar un modo de producción cuando la mirada se articula fundamentalmente desde la economía. Sin embargo, si hemos de hablar de la cultura que le es propia al modelo de reproducción social, tendremos que reconocer que a éste le falta por lo menos otro énfasis: algo debe dar cuenta de los procesos de apropiación del sentido por donde esta lógica de clases definidas en torno a su papel en los procesos de trabajo encuentre su acomodo. Postulemos, a manera de hipótesis, un Modo de Apropiación Social (MAS) donde la cultura sea un bien sujeto a las leyes generales de fetichización, circulación y consumo, acaso una mercancía en sí misma. 19


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La petición del MAS supone la instauración lógica e histórica, en primer lugar, de un mercado ad hoc de bienes y prácticas simbólicos de producción y consumo, y en segundo lugar, de un proceso de subsunción simbólica que debe completar por fin el ciclo de reproducción del capital. Como mercado de lo simbólico, una doble condición que debe establecer es, en lo formal, la operatividad de un sistema de habilitación de relaciones de ausencia en vínculos entre concretos (es decir, cada mercancía vale no sólo por lo que promete sino por lo que pudo haber sido: el valor como relatividad); luego, ya en el plano material, la suficiencia dimensional para el desarrollo del comercio de los sentidos en gran escala. Todo ello alude, por supuesto, a la generación de una cultura de masas al lado de una producción masiva de bienes de consumo. En vecindad con las fábricas y los consumidores, el proyecto social se completa con la reformulación propia de las instituciones y sus públicos. Junto a las moles de la economía y la política, la sociedad moderna erige en sus mismas escalas descomunales las moles de la razón, la moral y la memoria, en dispositivos como las constituciones, las enciclopedias y las jurisprudencias, siempre con la función de circular y dar fl uidez. Desde ahí, el ejercicio del mundo como producción del mismo es una ilusión de mercado y el triunfo de la razón quedará sometido a los dogmas del mercado. La comunicación como modo de apropiación El despliegue histórico de los procesos referidos supone la existencia de una gramática de facto que vuelva legibles las culturas y permita su comunicación. Al igual que resulta válido llamar “mercados” a las economías por sus posibilidades de conversión, circulación e intercambio, tal gramática de las representaciones como sistema de combinatorias faculta el pensamiento de las culturas como mercados, cuyas transacciones se despliegan en modos de 20


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articulación. Cada producto cultural es conjugado principalmente en el acto del consumo, respecto a otros productos a los cuales se opone con algún grado de firmeza o concesión y con algún grado de resonancia permanente o efímera. Al final, llamamos “prácticas culturales” a un conjunto de intercambios sancionados por un código de equivalencias del que derivan su circulabilidad y del que desprenden su sentido. Técnicamente hablando, la apropiación como proceso cultural puede definirse como la subsunción del valor de cambio general de los objetos en un valor de uso específico de un sujeto o su grupo históricamente situados. La cultura, que establece las condiciones de convertibilidad simbólica, queda así sujeta a las conversiones de sus propias tasas y, al final, definida por las prácticas que tratan de derrocarla. El subsumir las dimensiones de la economía y la política en la dimensión de lo simbólico, como quiere la absorción del concepto Modo de Producción Social (MPS) en el de su subjetivación-colectivización, o MAS, debe satisfacer la doble condición de servir para explicar desde lo simbólico el ejercicio de la producción, la circulación y el consumo al que la categoría económico-política denomina, y además dar cuenta de aquello que ésta deja de lado a pesar de construirse desde lo abstracto: el universo del sentido, que es el espacio que reclama postular al sujeto como individuado y culturalizado a la vez. A fin de preparar el recuento mínimo de las posibilidades de descripción y explicación que la anteposición de lo simbólico ofrece al estudio de lo material, habrá que sembrar con algunas preguntas, después de postular que la apropiación, en tanto movimiento lógicamente impuesto e históricamente colocado, relaciona por su naturaleza abstracta lo colectivo y por la concreta lo individual. Las preguntas son éstas: • ¿Puede entenderse el conjunto de los procesos que han llevado a las transformaciones históricas, más que como una necesidad de redefinición de las formas de producir, como el resultado de una voluntad de apropiarse? 21


Culturales

• ¿Puede entenderse el conjunto de los procesos que han llevado a cada modo de producción a afirmarse y evolucionar para mantenerse, más que como un mecanismo ciego de las formas de producir, como una apropiación vía consumo por los sujetos del ideario del modelo para incorporarse a la cultura del mismo? • ¿Pueden explicarse las perversiones y desacatos a sus propias reglas de los modos de producción –como la fase actual del capitalismo nominativo y especulativo antes que productivo–, más que como simples desvíos refuncionalizables en la lógica del sistema de producción, como muestras fehacientes de que no es en el fondo la producción lo que prima en la reproducción social, sino el modo de apropiársela, de donde resulta que es éste el sentido último de la producción? • ¿Es posible y útil, en última instancia, ensayar la reperiodización de la historia, no a partir de la categoría MPS, sino de una categoría lógica de mayor ubicuidad, MAS, que, siendo síntesis de procesos materiales y simbólicos, antecede, acompaña y finiquita cada etapa que la primera categoría quiere recortar? Si las anteriores preguntas admiten provisionalmente y en algún sentido una respuesta afirmativa, dejan su constatación a la revisión de los procesos que las prácticas historiográficas han recogido y hecho hablar desde un discurso normalizado. En otras palabras, reclaman el cierre del circuito dialéctico con un dispositivo de pensamiento: una categoría de análisis que, como MAS, producción lógica para el análisis histórico, inscriba la lectura de la concreción material en un sistema legal. Al efecto, se impone una pausa para tener en cuenta que la categoría de contrapartida y complemento que algunos marxistas han propuesto a la ley del MPS es la Formación Social (FS). A tono con lo que hemos apuntado, si la primera categoría emerge del paso concreto-abstracto para inducir la lógica que gobierna 22


La subsunción simbólica

los procesos concretos, la segunda queda establecida, no como generalidad, sino como despliegue y concreción de aquélla. Ir de lo abstracto a lo concreto es lo que permite leer la historia como sucesiones hilvanadas de sentido, si bien, desde el materialismo, tal sentido (término inusual en él) no es otra cosa que el sistema de determinaciones concreto-concreto que sólo se ve “desde arriba”. No en balde, al ser toda determinación una relación, tiene por dominio el orden de lo abstracto. Una vez introducida la categoría materialista histórica FS, puede plantearse que, correspondientemente, los modos sociales de apropiación son generalizaciones de prácticas relativas efectuadas por sujetos concretos para apropiarse del mundo, en tanto individuos y en tanto clases o grupos. Este despliegue de aspiraciones, gustos, repulsas o fobias detrás de las prácticas, aun en su inmaterialidad, no dejan de ser concreción de un modo de relacionarse y producir sentido. Este nivel de operacionalización que exige la teoría de los modos podemos denominarlo como Configuración Simbólica (CS), enfatizando con el término el tipo de naturaleza y relaciones de contingencia que interesa anteponer a MPS/FS y asociar como pareja a MAS. Así, la categoría CS queda apuntada como par eminentemente histórico del pensamiento social en términos de MAS en cuanto categoría eminentemente lógica. A la CS correspondería el análisis y explicación de las prácticas concretas en cuanto dotadas de sentidos propios (o sinsentidos sociales) y ubicadas en contextos históricos; algo como el ejercicio de una fenomenología al corriente con la terceridad peirceana. El giro del término “producción” hacia el de “apropiación” y el paso de lo material a lo simbólico obedecen a que, al final, la sola propuesta de una cultura de masas entre los procesos de reproducción social alude a la dimensión comparativamente menos tangible de lo representacional entre los firmes de los intercambios económicos y los contratos políticos. A propósito de esta cultura, cabe una última serie de refl exiones: si bien es posible datar la formación de las masas como grupos grandes, 23


Culturales

anónimos y heterogéneos, a las expulsiones de contingentes humanos de los talleres a las factorías, del campo y las villas a las ciudades, de la autosuficiencia y el autoconsumo al empleo laboral y el consumo productivo, de los modos y ritmos libres de la producción a la racionalidad ingenieril, ¿acaso son entendibles estos procesos como otra cosa que una reconfiguración de modos de ser, como sucesiones de continuidades y rupturas de proyectos donde el apetito por la ganancia se enfrenta permanentemente a la voluntad de ser, de manera que su historia es la búsqueda por redefinirse el uno y la otra? ¿Es la cultura otra cosa que una voluntad colectiva de definirse, de apropiarse? ¿No existe acaso una homología entre el dogma de la libre circulación para la extinción de los dogmas, y el dogma de la sociedad como comunicación cuando aquélla propende a la cohesión de la violencia y el ejercicio de la última se debate entre la reafirmación del individuo y la claudicación del sujeto? Asistimos, con esto, al primer modo de producción que es también un modo de comunicación en sentido pleno. Lo que a partir de las formas propias de producir, circular y consumir sentido se da es una época histórica con una identidad específica, y que suele llamarse “posmodernidad”, explicada por Fredric Jameson (1995) como lógica cultural del capitalismo avanzado. Un segundo argumento para dar centralidad al espacio simbólico en la construcción del Modo Capitalista como modo comunicacional puede intentarse a partir de las cuentas económicas de Marx en El capital, donde especifica como regla de mercado en la lucha intercapitalista la del trabajo socialmente necesario, mecanismo de competencia entre los productores. Ahora se presenta una etapa mejor asentada del capitalismo, paradójicamente, porque descansa en lo abstracto: se ha procurado, después de un modo técnico para la producción, un mercado de bienes simbólicos con su modo de apetecerlos. La emergencia histórica de un consumo socialmente necesario supone un mecanismo de competencia (en la acepción que la lingüística generativa da al término) que produce una cultura de consumo y una estética que le es propia. 24


La subsunción simbólica

Pero, aun consistiendo la subsunción simbólica en una posible etapa final del capitalismo, no supone la llegada del plazo último para establecer las posiciones en el confl icto social, o la dominación definitiva de una clase por otra: es, precisamente, la apropiación el acto objetivo de subjetivación lo que mejor define el tipo de luchas que ahora se libran, especialmente con los usos personalizables de las tecnologías. Lo que la CS presente arroja como característica, no son sólo las luchas por apropiarse, sino las luchas por definir el sentido de las apropiaciones de los otros; en breve, las sutilezas que ahora definen el confl icto relacional consisten en apropiarse de las prácticas de apropiación de los otros. Corresponde a otro esfuerzo construir como categoría el objeto comunicación (Becerra, 2004) a fin de instrumentar desde ella la reperiodización no sólo del modo lógico histórico presente, sino de aquellos que lo precedieron y los que habrán de sucederlo. Ello seguramente habrá de explicar la aparición de los modos técnicos, al subsumirlos al sentido que tienen para sus usuarios en sus afanes de apropiación material y simbólica. Tras el énfasis concedido en el presente ensayo a esta última dimensión, y a fin de procurar un contrapeso de cierre, sólo queda consignar que el análisis de la producción y la reproducción simbólica implicadas en la propuesta comunico-lógica debe conciliar e incluso beneficiarse de un sano pensamiento materialista, que hasta ahora se ha asumido como contraparte para ser atacada en bloque o, en el mejor de los casos, ignorada. Referencias BECERRA VILLEGAS, JESÚS, “La comunicación: de objeto a categoría”, Estudios sobre las Culturas Contemporáneas, época II, vol. X, núm. 19, pp. 53-65, Colima, Universidad de Colima, junio de 2004. BOLAÑO, CÉSAR, Indústria cultural, informaçâo e capitalismo, Hucitec-Polis, São Paulo, 2000. 25


Culturales

BORGES, JORGE LUIS, Obras completas II, 14ª reimpr., Emecé, Buenos Aires, 2004. BOURDIEU, PIERRE, Las reglas del arte. Génesis y estructura del campo literario, 2a ed., trad. de Thomas Kauf, Anagrama, Barcelona, 1997. CASTILLO MENDOZA, CARLOS ALBERTO, y JORGE GARCÍA LÓPEZ, “Marx, entre el trabajo y el empleo”, 2001. Disponible en http://www. ucm.es/BUCM/cee/doc/01-23/0123.pdf. FIGUEROA, VÍCTOR, Reinterpretando el subdesarrollo, Siglo XXI, México, 1986. JAMESON, FREDRIC, El posmodernismo o la lógica cultural del capitalismo avanzado, 1a reimpr., trad. de José Luis Pardo Torío, Paidós, Barcelona, 1995. MARX, KARL, El capital. Libro I, capítulo VI (inédito), 9a ed. en español, trad. de Pedro Scaron, Siglo XXI, México, 2001. –––, El capital. Libro I, 14a ed. en español, trad. de Pedro Scaron, Siglo XXI, México, 1984.

Fecha de recepción: 3 de mayo de 2007 Fecha de aceptación: 19 de junio de 2007

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La triple marginalidad de los estudios sobre comunicación en México: una revisión actual Raúl Fuentes Navarro Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente

Resumen. En este trabajo se presentan y discuten algunos datos referidos al crecimiento y el fortalecimiento del campo de la investigación académica de la comunicación en México, que son contextualizados e interpretados en función de varios marcos de refl exión crítica: la renovada pregunta por la relevancia social de los estudios de comunicación en diversas latitudes, la situación estructural de la ciencia y las políticas científicas en México, y las propuestas de renovación e historización de las ciencias sociales, para señalar algunas vías concretas de discusión y de acción colectivas. Palabras clave: 1. investigación de la comunicación, 2. ciencia social, 3. políticas de comunicación, 4. investigadores, 5. México.

Abstract. This paper presents some data concerning the growth and strengthening of the field in communication research across Mexico. This data is contextualized and analyzed in regard the following critical perspectives: the social relevance of communication studies across the globe, the structural elements of science production and its related policies, and finally, matters regarding the renewal and historization of social sciences. Lines of discussion and collective actions are also suggested. Keywords: 1. communication research, 2. social science, 3. communication policies, 4. researchers, 5. Mexico.

culturales VOL. III, NÚM. 6, JULIO-DICIEMBRE DE 2007 ISSN 1870-1191

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Culturales La investigación inevitablemente llega a un fin. El fin del proceso de investigación es el inicio de otras prácticas sociales. Al mantenerse consciente de sus orígenes, sus usos y sus potenciales consecuencias no anticipadas, la investigación de los medios y de la comunicación puede finalmente reclamar el estatus de un campo de estudio científicamente maduro y socialmente relevante. Jensen, 2002:293

LA REFLEXIÓN COLECTIVA SOBRE LAS “TRANSICIONES y desafíos en el campo académico de la comunicación”, como la convocada por el CIC-Museo de la Universidad Autónoma de Baja California en el marco de su Cuarto Seminario en Estudios Culturales: Comunicación y Cultura en la Era Global,1 es una tarea especialmente pertinente para la discusión y el reconocimiento plural de las condiciones en que este campo académico se encuentra en México, donde las “transiciones y desafíos” del entorno sociocultural (y económico-político) le exigen una articulación más sistemática con otras prácticas y sistemas sociales. Como investigador mexicano de la comunicación, comprometido con el análisis de las diversas dimensiones de la constitución del propio campo académico, estoy convencido de que nuestra especialidad puede hoy enfrentar los retos de su estructuración y consolidación con mejores recursos y condiciones que en otros tiempos. Y quizá, también, que en otros lugares. Pero no se trata de exponer ingenua o demagógicamente una representación “optimista” o voluntarista del campo, sino de interpretar, desde una postura histórica y crítica, ciertos indicios empíricos construidos como evidencias de algunos cambios en y ante el entorno, que pueden documentar la discusión (y la acción consecuente). La investigación como práctica sociocultural En su Oficio de cartógrafo (2002), Jesús Martín Barbero sintetizó en pocas páginas, bajo el subtítulo “Itinerarios de la Investigación”, su particular y muy infl uyente versión sobre el pasado y el futuro de la investigación de la comunicación en América Latina, 1 Celebrado en Mexicali el 17 y 18 de octubre de 2006, donde se presentó una primera versión de este trabajo.

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La triple marginalidad de los estudios sobre comunicación

construida en interlocución múltiple (y “desterritorializada”) durante más de dos décadas. Su proyecto explícito es: poder pasar del problema de la legitimidad teórica del campo de la comunicación a una cuestión distinta: la de su legitimidad intelectual, esto es, la posibilidad de que la comunicación sea un lugar estratégico desde el que pensar la sociedad y de que el comunicador asuma el rol intelectual. Es ahí adonde apunta en último término la perspectiva abierta por el paradigma de la mediación y el análisis cultural, al peso social de nuestros estudios y nuestras investigaciones, a la exigencia de repensar las relaciones comunicación/sociedad y de redefinir el papel mismo de los comunicadores. De no ser así, la expansión de los estudios de comunicación e incluso su crecimiento y cualificación teórica pueden estársenos convirtiendo hoy en una verdadera coartada: aquella que nos permite esconder tras el espesor y la densidad de los discursos logrados nuestra incapacidad para acompañar los procesos y nuestra dimisión moral (Martín Barbero, 2002:211).

Su argumentación pasa por el reconocimiento de las apropiaciones de que está hecha la investigación latinoamericana, “más que por recurrencias temáticas o préstamos metodológicos” (2002:226), en una trama emergente de transdisciplinariedad: Transdisciplinariedad en el estudio de la comunicación no significa la disolución de sus objetos en los de las disciplinas sociales, sino la construcción de las articulaciones –mediaciones e intertextualidades– que hacen su especificidad. Esa que hoy ni la teoría de la información ni la semiótica, aun siendo disciplinas “fundantes”, pueden construir ya. Como las investigaciones de punta en Europa y en Estados Unidos, también las latinoamericanas presentan una convergencia cada día mayor con los estudios culturales, en su capacidad de analizar las industrias comunicacionales y culturales como matriz de desorganización y reorganización de la experiencia social en el cruce de las desterritorializaciones que acarrean la globalización y las migraciones con las fragmentaciones y relocalizaciones de la vida urbana (Martín Barbero, 2002:217-218).

Pero aunque “la inscripción de la comunicación en la cultura ha dejado de ser un mero asunto cultural, pues son tanto la eco29


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nomía como la política las concernidas directamente en lo que ahí se produce”, en el “suelo de la escena tardomoderna” quedan planteadas dos “desconcertantes preguntas” (2002:22): ¿Cómo hemos podido pasar tanto tiempo intentando comprender el sentido de los cambios en la comunicación, incluidos los que pasan por los medios, sin referirlos a las transformaciones del tejido colectivo, a la reorganización de las formas del habitar, del trabajar y del jugar? Y ¿cómo podríamos transformar el “sistema de comunicación” sin asumir su espesor cultural y sin que las políticas busquen activar la competencia comunicativa y la experiencia creativa de las gentes, esto es, su reconocimiento como sujetos sociales? (Martín Barbero, 2002:224).

Martín Barbero aborda también, consecuentemente, “la institucionalización del campo y sus contradictorias consecuencias”, donde aborda las “nuevas tensiones” que están emergiendo en él, como “la que plantean los diferentes modos de entender y efectuar la relación entre investigación y mercado” (2002:242) o los debates internos y externos para calificar y descalificar la transdisciplinariedad como “catalizador de malestares y sospechas” (2002:243). En otras latitudes están proliferando cuestionamientos similares, muchos de los cuales están ya incorporando en la discusión los aportes críticos latinoamericanos; por ejemplo, varios de los artículos contenidos en el libro Media and Cultural Theory, recientemente editado por James Curran y David Morley (2006) en la Gran Bretaña, o en Salvemos la comunicación, del francés Dominique Wolton (2006). Curiosamente, con un referente en apariencia centrado principalmente en Estados Unidos, también en el discurso presidencial (de la International Communication Association –ICA–) de 2005, del alemán Wolfgang Donsbach, sobre “la identidad de la investigación en comunicación”. Generalmente, los presidentes de la ICA en estas alocuciones exponen ante los miembros de la asociación sus interpretaciones del estado actual del campo y sus propuestas de orientación futura, a veces críticamente, a veces no tanto. Donsbach organizó su discurso en tres tesis, cada una con su respectiva “contratesis”. La 30


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enunciación de estos seis postulados me parece suficientemente clara como para no requerir citas más extensas: Tesis 1: Durante los últimos treinta años, la comunicación como campo de investigación ha visto el mayor crecimiento probablemente de todos los campos académicos. Contratesis 1: A la comunicación aún le falta, e incluso pierde, identidad. Tesis 2: Hemos acumulado muchísima buena evidencia empírica sobre el proceso de la comunicación. Contratesis 2: El campo sufre cada vez más erosión epistemológica. Tesis 3: Tenemos conocimiento preciso y sólido en muchas áreas, pero: Contratesis 3: tendemos a sostener una orientación normativa débil en la investigación empírica (Donsbach, 2006:437-448). Los tres desafíos que implica Donsbach en sus “contratesis”: la pérdida de identidad, la erosión epistemológica y la falta de relevancia social de la investigación, que a eso se refiere en la tercera, lo llevan a una conclusión que quizá podríamos suscribir: La investigación de la comunicación tiene el potencial y el deber de enfocarse en agendas de investigación que puedan ayudar a las sociedades y a la gente a “comunicarse mejor”, esto es, a tomar decisiones sobre cualquier asunto a partir de una sólida base de evidencias, y con la menor infl uencia posible de otras personas o instituciones, sean éstos los “grandes persuasores” en la comunicación personal, los medios noticiosos, o los poderes políticos o económicos, tanto en el contexto nacional como en el global (Donsbach, 2006:447).

En la coyuntura política mexicana de los últimos meses, que aún no acaba de resolverse, no ha quedado duda de la gran relevancia que múltiples agentes sociales le han otorgado al uso social de los 31


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recursos de la comunicación. Pero tampoco queda duda de la gran carencia de una “sólida base de evidencias” o de “conocimiento preciso y sólido” sobre los factores comunicacionales y sus articulaciones políticas, económicas y culturales en las decisiones personales e institucionales, especialmente en las institucionales, al respecto. Tendría que ser objeto de amplia discusión el significado, en el dictamen final del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación sobre las elecciones presidenciales de 2006, del reconocimiento de la infl uencia ejercida a través de las campañas mediáticas por agentes del poder, pero también la insuficiencia de las evidencias empíricas y los marcos conceptuales disponibles para los jueces para, sobre esa base, considerar “jurídicamente inválida la elección”. Independientemente de que, en apariencia, el tribunal no solicitó ser asesorado en esta materia, persiste la duda sobre la capacidad de quien tenía que hacer valer los argumentos científicos o académicos ante la instancia jurídica del máximo nivel en el país. Ya meses antes había quedado claro que esos argumentos, aun convocados por el Senado de la República, habían sido incapaces de hacer cambiar “una sola coma” en la minuta que modificó en el Congreso las leyes federales de radio y televisión y de telecomunicaciones. El caso es que, en comparación con distintos periodos del pasado, la investigación de la comunicación, y muy especialmente la académica, no ha conseguido prácticamente avance alguno en cuanto a legitimidad, en cuanto a reconocimiento social, en cuanto a infl uencia, al menos en la definición de los términos de discusión o de explicación de las decisiones sobre “la comunicación” en el país. Desde este punto de vista, sin duda, a la investigación de la comunicación en México le falta definición de una identidad reconocible como legítima y relevante. La triple marginalidad re-visada Pero esta situación no es nueva. Después de haberle dedicado algunos años al análisis de las condiciones y a la producción de 32


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investigación de la comunicación en México, Enrique Sánchez Ruiz y Raúl Fuentes Navarro elaboramos un modelo y una fórmula que muchos han empleado desde que los publicamos, en 1989, en un cuaderno titulado precisamente Algunas condiciones para la investigación científica de la comunicación en México, además de una versión en inglés. Se trata de la caracterización de esta actividad como sujeta a una “triple marginalidad”. Decíamos entonces, y hay que sostener todavía hoy, que “La investigación de la comunicación es marginal dentro de las ciencias sociales, éstas dentro de la investigación científica en general, y ésta última a su vez entre las prioridades del desarrollo nacional” (Fuentes y Sánchez, 1989:12). De que la actividad científica es crecientemente marginal entre las prioridades del desarrollo nacional en México da cuenta el indicador más extensamente empleado internacionalmente: el porcentaje del producto interno bruto que se invierte en ciencia y tecnología, o en “investigación y desarrollo”. En 1992, ese porcentaje era de 0.32; subió hasta 0.46 en 1998 y volvió a bajar para mantenerse entre 0.42 en el 2000 y 0.37 en este año. Nunca, al menos en los últimos 30 años, ha llegado al 0.5 por ciento, cuando la recomendación es que alcance al menos el 1 por Gráfica 1. Gasto en ciencia y tecnología como proporción del producto interno bruto (PIB), 1992-2003.

Porcentaje

Gasto como proporción del PIB

Fuente: Conacyt, 2004.

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ciento en un país como el nuestro, propósito que incluso quedó plasmado hace no mucho en la ley del sector. Sobra decir, comparativamente, que países como Suecia, Japón, Estados Unidos, Corea, Alemania y Francia invierten entre el 2 y el 5 por ciento de sus respectivos PIB en este rubro (Conacyt, 2004). Pero el tamaño de la planta científica es quizás un indicador todavía más elocuente de esta marginalidad de la ciencia. En un país con más de cien millones de habitantes, el Sistema Nacional de Investigadores (SNI) incluye poco más de 12 mil miembros, el doble que hace diez años y cuatro veces más que hace 20, pero ese número equivale a un científico por cada 8 300 habitantes. Cuadro 1. Personal dedicado a IDE por ocupación, 1996-2002.e Número de personas en equivalente a tiempo completo. 1996

1997

1998e

1999e

2001

2002

Investigadores 19 895 Técnicos 6 493 Personal auxiliar 7 532 Total 33 920

21 418 7 611 7 851 36 880

22 190 9 943 8 387 40 520

21 879 9 161 8 696 39 736

25 751 9 803 8 531 44 085

27 626 9 881 8 586 46 092

Ocupación

e

Datos estimados. Dato preliminar. Fuente: INEGI-Conacyt, Encuestas sobre Investigación y Desarrollo Experimental y Encuesta sobre Investigación y Desarrollo Tecnológico, 2002. p

El crecimiento del número de graduados de los programas nacionales de doctorado es más alto aún, pero no rebasa los dos mil por año en todas las áreas. Además, está el problema de crear plazas laborales de investigador a ese mismo ritmo, lo cual ni remotamente ocurre. En síntesis, por más que crezca el sector científico, su posición relativa es cada vez más precaria. Con frecuencia se citan los casos de Corea, España o Brasil, que hace 20 años tenían un nivel de desarrollo parecido al mexicano, pero que gracias a políticas científicas exitosas y sostenidas ahora tienen una posición incomparablemente mejor que la nuestra. 34


La triple marginalidad de los estudios sobre comunicación

Graduados

Gráfica 2. Graduados de programas de doctorado por millón de habitantes, 1992-2003.

Fuente: Conacyt, 2004.

Dentro del Sistema Nacional de Investigadores se consideran siete áreas, una de las cuales, la V, agrupa a los practicantes de las ciencias sociales. En los últimos diez años esta área pasó de tener el 11 por ciento al 13 por ciento de los miembros del sistema.2 Gráfica 3. Investigadores por área, Conacyt, SNI, evaluación 2005.

Fuente: SNI, 2006. 2 Todos los datos que siguen han sido tomados de, o reelaborados con base en, documentos del Sistema Nacional de Investigadores.

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Fue, junto con las áreas de biotecnología y ciencias agropecuarias (VI), y de ingenierías (VII), las que más crecieron en esta década, en menoscabo de las de físico-matemáticas y ciencias de la tierra (I) y biología y química (II), que sin embargo, junto a la de humanidades y ciencias de la conducta (IV), son todavía las que cuentan con el mayor número de miembros. El área restante, de medicina y ciencias de la salud (III), sigue siendo la menor y la de crecimiento más estable de las siete áreas. El 70 por ciento de los investigadores del área de ciencias sociales tiene las categorías de candidato o nivel I, y 493, el 30 por ciento restante, niveles II y III, que indican trayectorias consolidadas y alta productividad, según los criterios de evaluación. Las áreas de físico-matemáticas y ciencias de la tierra, biología y química, y humanidades y ciencias de la conducta tienen un porcentaje mayor de niveles II y III que la de ciencias sociales, pero el promedio del sistema en su conjunto es de 28 por ciento. Gráfica 4. Investigadores vigentes por área y nivel, Conacyt, SNI, evaluación 2005.

Fuente: SNI, 2006.

Ya hay, desde 1998, más miembros del SNI trabajando fuera de la ciudad de México que en ella, el 56 por ciento, aunque sólo el 41 por 36


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ciento de los niveles II y III. Y un dato adicional: el 40 por ciento del total de los investigadores tienen 50 años o más de edad, mientras que en el área de ciencias sociales este porcentaje es de 50.4 por ciento, el segundo más alto después del de humanidades y ciencias de la conducta, que es de 59.6 por ciento. Está claro que en estas dos áreas, donde nos ubicamos los investigadores de la comunicación, es en las que se avanza hacia la “madurez” científica con mayor lentitud. O quizá, simplemente, en las que se obtiene el doctorado a una edad más avanzada. Aunque en todo el sistema solamente el 23 por ciento de los investigadores son menores de 40 años, en el área de ciencias sociales el porcentaje es de 12.6 por ciento. Gráfica 5. Investigadores por ubicación de 1993 a 2005, Conacyt, SNI, evaluación 2005.

Fuente: SNI, 2006.

En cuanto a las “disciplinas” representadas en el área de ciencias sociales, la sociología (445), las ciencias económicas (425) y las ciencias políticas (423) tienen cada una poco más del 25 por ciento de los 1 609 investigadores con nombramiento vigente. Ciencias jurídicas y derecho (182), demografía (77) y geografía (65), en conjunto, aportan el 20 por ciento restante. Aunque en las categorías de clasificación del sistema “comunicación social” sigue siendo una subdisciplina de la sociología, hay ya 87 investigadores clasificados ahí, o en la subdisciplina “opinión pública”, correspondiente 37


Culturales

a ciencias políticas, además de otros cuatro en ciencias jurídicas, para un total de 91, es decir, el 5.6 por ciento del área. Este número de investigadores de la comunicación provocó que, apenas en 2006, se reservara por primera vez una plaza para el campo en la Comisión Dictaminadora de Ciencias Sociales, que tiene 14 miembros, lo cual no deja de ser un reconocimiento. Pero en el área “vecina”, la de humanidades y ciencias de la conducta, hay otros 22 investigadores que serían reconocibles como “de la comunicación”, aunque estén registrados como antropólogos, historiadores, lingüistas o pedagogos. Si los sumáramos, quizá contra la voluntad de varios de ellos (porque cada quien elige cómo clasificarse, es decir, por quiénes ser evaluado), nuestro campo académico contaría ya con 113 investigadores nacionales. Ese número no es irrelevante, pues se acerca al 1 por ciento de los miembros actuales de todo el sistema, además de que, comparado con los 42 que había en el 2000 o con los siete de 1990, indica un crecimiento muy notable. Cuadro 2. Miembros del SNI en 2006, por nivel, que hacen investigación de la comunicación. Candidatos Nombre Arribas Urrutia, Amaya Bañuelos Capistrán, Jacob I. Gutiérrez Leyton, Alma Elena Lerma Noriega, Claudia Alicia Luna Pla, Issa Magallanes Blanco, Claudia Meza Lueza, Jesús Negrete Yankelevich, Aquiles Olachea Pérez, Rubén Rocha Silva, Alejandra Suárez de Garay, Ma. Eugenia Nivel I: Nombre Aceves González, Francisco J. Ahumada Barajas, Rafael Almada Alatorre, Rossana Amador Bech, Julio Alberto Ayala Blanco, Jorge

Adscripción ITESM CEM ITESM CCM ITESM Mty ITESM Mty UNAM IIJ UDLA-P ITESM CCM ITESM UABCS UCol UdeG

Residencia ZM Ciudad de México ZM Ciudad de México Nuevo León Nuevo León ZM Ciudad de México Puebla ZM Ciudad de México

Adscripción UdeG UNAM ENEP Aragón UABCS UNAM FCPyS UNAM

Residencia Jalisco

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Baja California Sur Colima Jalisco

ZM Ciudad de México Baja California Sur ZM Ciudad de México ZM Ciudad de México


La triple marginalidad de los estudios sobre comunicación Baena Paz, Guillermina Baptista Lucio, Pilar Bartolucci Incico, Jorge Ernesto Becerra Villegas, Jesús Berrueco García, Adriana Caballero Hoyos, José Ramiro Carabaza González, Julieta I. Castellanos Cerda, Vicente Castells Tallens, Antoni Castillo Álvarez, Alicia Castillo Ochoa, Emilia Cervantes Barba, Cecilia Chan Núñez, María Elena Chávez Méndez, Guadalupe Chihu Amparán, Aquiles Cid Jurado, Alfredo Tenoch Cisneros Espinosa, José Corral Corral, Manuel de J. Covarrubias Cuéllar, Karla Y. Del Palacio Montiel, Celia Elizondo Martínez, Jesús O. Escobedo Delgado, Juan F. Esteinou Madrid, F. Javier Galindo Cáceres, L. Jesús García Calderón, Carola García Silberman, Sarah Gómez Mont Araiza, Carmen Gutiérrez Cham, Gerardo Gutiérrez Rohan, Daniel Carlos Gutiérrez Vidrio, Silvia Hernández Lomelí, Francisco Hinojosa Córdova, Lucila Ibarra López, Armando Martín Iglesias Prieto, Norma V. Islas Carmona, José Octavio Karam Cárdenas, Tanius Lara Mireles, Ma. Concepción Maass Moreno, Margarita Martínez Mendoza, Sarelly Miquel Rendón, Ángel F. Murillo Licea, Miguel Navarro Zamora, Lizy Ortega Ramírez, C. Patricia Peppino Barale, Ana María E. Peredo Castro, Francisco M. Pérez Vejo, Tomás Portillo Sánchez, Maricela Prieto Stanbaugh, Antonio Ramos Rodríguez, J. Manuel Rebeil Corella, Ma. Antonieta Renero Quintanar, Ma. Martha Rizo García, Marta Rodríguez Morales, Zeyda I. Romero Álvarez, Ma. Lourdes

UNAM FCPyS U. Anáhuac UNAM CEU UAZ UNAM IIJ IMSS UAC UAM-C UDLA-P UNAM IE Unison ITESO UdeG UCol UAM-X ITESM CCM UDLA-P UNAM CCH UCol UdeG UIA UIA UAM-X UCol UNAM FCPyS IMP UNAM UdeG Unison UAM-X UdeG UANL UdeG El Colef ITESM CEM UACM UASLP UNAM UACH UNAM IMTA UASLP UAM-X UAM-A UNAM ENAH UACM ColMich UDLA-P U. Anáhuac UdeG UACM UdeG UNAM FCPyS

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ZM Ciudad de México ZM Ciudad de México ZM Ciudad de México Zacatecas ZM Ciudad de México Jalisco Coahuila ZM Ciudad de México Puebla ZM Ciudad de México Sonora Jalisco Jalisco Colima ZM Ciudad de México ZM Ciudad de México Puebla ZM Ciudad de México Colima Jalisco ZM Ciudad de México ZM Ciudad de México ZM Ciudad de México Colima ZM Ciudad de México ZM Ciudad de México ZM Ciudad de México Jalisco Sonora ZM Ciudad de México Jalisco Nuevo León Jalisco Baja California ZM Ciudad de México ZM Ciudad de México San Luis Potosí ZM Ciudad de México Chiapas ZM Ciudad de México ZM Ciudad de México San Luis Potosí ZM Ciudad de México ZM Ciudad de México ZM Ciudad de México ZM Ciudad de México ZM Ciudad de México Michoacán Puebla ZM Ciudad de México Jalisco ZM Ciudad de México Jalisco ZM Ciudad de México


Culturales Sagástegui Rodríguez, Diana Sánchez Garay, Elizabeth Sánchez Gudiño, Hugo Luis Aragón Torres Sanmartín, Patricia Toussaint Alcaraz, Florence V. Uribe Alvarado, Ana Bertha Valdez Zepeda, Andrés Valles Ruiz, Rosa María Vega Montiel, M. Aimée Winocur Iparraguirre, Rosalía Zacarías Castillo, Armando Zermeño Flores, Ana Isabel

UdeG Jalisco UAZ Zacatecas UNAM ENEP ZM Ciudad de México UdeG Jalisco UNAM FCPyS ZM Ciudad de México UCol Colima UdeG Jalisco UAEH Hidalgo UNAM FCPyS ZM Ciudad de México UAM-X ZM Ciudad de México UdeG Jalisco UCol Colima

Nivel II Nombre Burkle Bonecchi, Martha M. Casas Pérez, María de la Luz Cornejo Portugal, Inés Corona Berkin, Sarah Crovi Druetta, Delia Ma. De la Peza Casares, Carmen De la Torre Castellanos, Renée De la Vega Alfaro, Eduardo Erreguerena Albateiro, Josefa Goutman Bender, Ana Adela Guinsberg Blank, J. Enrique Hirsh Adler, Anita Cecilia Lizarazo Arias, Diego López Ayllón, Sergio Lozano Rendón, José Carlos McPhail Fanger, Elsie Mier Garza, Raymundo Molina y Vedia del C., Silvia I. Paoli Bolio, José Antonio Reguillo Cruz, Rossana Salgado Andrade, Eva Sandoval Forero, E. Andrés Trejo Delarbre, Raúl Villanueva Villanueva, Ernesto Zires Roldán, Rosa Margarita

Adscripción ITESM Gdl ITESM Mor UIA UdeG UNAM FCPyS UAM-X CIESAS-O UdeG UAM-X UNAM FCPyS UAM-X UNAM CEU UAM-X UNAM IIJ ITESM Mty UAM-X UAM-X UNAM FCPyS UAM-X ITESO CIESAS UAEM UNAM IIS UNAM IIJ UAM-X

Estado de México ZM Ciudad de México ZM Ciudad de México ZM Ciudad de México

Nivel III Nombre De los Reyes G.R., Aurelio Fuentes Navarro, Raúl García Canclini, Néstor R. González Sánchez, Jorge A. Orozco Gómez, Guillermo

Adscripción UNAM IIE ITESO UAM-I UNAM UdeG

Residencia ZM Ciudad de México Jalisco ZM Ciudad de México ZM Ciudad de México Jalisco

Sánchez Ruiz, Enrique E.

UdeG

Jalisco

Residencia Jalisco Morelos ZM Ciudad de México Jalisco ZM Ciudad de México ZM Ciudad de México Jalisco Jalisco ZM Ciudad de México ZM Ciudad de México ZM Ciudad de México ZM Ciudad de México ZM Ciudad de México ZM Ciudad de México Nuevo León ZM Ciudad de México ZM Ciudad de México ZM Ciudad de México ZM Ciudad de México Jalisco

Pero quizá lo más notable sea la distribución por niveles de los 113 investigadores de la comunicación: hay 11 candidatos, 71 en el nivel 40


La triple marginalidad de los estudios sobre comunicación I, 25 en el nivel II y seis en el nivel III; es decir, un 72.5 por ciento de investigadores en etapas tempranas de su carrera académica casi todos, por un 27.5 por ciento de investigadores consolidados. Por fin, hay evidencias de una sana e indispensable renovación generacional en el campo de la investigación académica de la comunicación. Y lo que es todavía mejor es que una proporción creciente, aunque todavía no mayoritaria, de los investigadores candidatos o de nivel I han cursado su doctorado en el país. También, que casi la mitad del total, 52 investigadores, estamos adscritos a instituciones ubicadas fuera de la ciudad de México. Por género, hay 59 mujeres y 54 hombres, proporción casi perfecta, considerando que en el sistema en su conjunto, todavía hay un 69 por ciento de varones.

Gráfica 6. Investigadores por género de 1991 a 2005, Conacyt, SNI, evaluación 2005.

Fuente: SNI, 2006.

En suma, usando estos datos del Sistema Nacional de Investigadores como indicadores representativos, podemos decir que la marginalidad más inmediata de la investigación de la comunicación, la referida al campo de las ciencias sociales, se reduce paulatinamente. Incluso, cualitativa y metodológicamente, hay muchísimas más ocasiones y posibilidades de diálogo, intercambio y colaboración entre practicantes de las disciplinas sociales más establecidas e investigadores de la comunicación, en términos más respetuosos y paritarios, que hace una década o dos. Lo mismo puede decirse con respecto a la marginalidad 41


Culturales

de las ciencias sociales con respecto a las ciencias naturales, exactas o aplicadas, aunque quizá en esta escala esta marginalidad se haya reducido sobre todo cuantitativa y no tanto cualitativamente. Otro indicador es el número de programas de posgrado acreditados por el Conacyt y la SEP en el Padrón Nacional de Posgrado (PNP). Entre los 131 programas del área de ciencias sociales,3 se incluyen cinco maestrías en comunicación y seis doctorados en donde hay un área de concentración dedicada a la comunicación. Aunque no son muchos los estudiantes inscritos, hay buenas bases para la formación, en el país, de nuevos investigadores. Cuadro 3. Programas de posgrado en el PNP (Conacyt-SEP), 2006, con formación de investigadores de la comunicación. Maestrías Programa Maestría en Comunicación Maestría en Comunicación Maestría en Comunicación Maestría en Comunicación Maestría en Comunicación de la Ciencia y la Cultura Doctorados Programa Doctorado en Ciencias Sociales (Competente a Nivel Internacional) Doctorado en Ciencias Políticas y Sociales Doctorado en Ciencias Sociales Doctorado en Educación Doctorado en Estudios Científico-sociales Doctorado en Estudios Humanísticos

Institución UIA UNAM FCPyS ITESM Mty UdeG

Sede ZM Cd. de México ZM Cd. de México Nuevo León Jalisco

ITESO

Jalisco

Institución

Sede

Universidad de Guadalajara UNAM FCPyS UAM-X Universidad de Guadalajara ITESO ITESM Mty y Cd. de México

Jalisco ZM Cd. de México ZM Cd. de México Jalisco Jalisco Nuevo León y ZM Cd. de México

No todo es satisfactorio, por supuesto. Podemos afirmar que hay ciertas tendencias, sobre todo cuantitativas, que indican que se va remontando paulatinamente algún grado de marginalidad de nuestro campo, pero el esquema general sigue siendo válido. Y es obvio que 3 Si bien la maestría de la UdeG y el doctorado del ITESM están clasificados como de humanidades.

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La triple marginalidad de los estudios sobre comunicación

no basta el crecimiento de algunos indicadores de la institucionalización del campo para enfrentar los desafíos de la calidad académica y de la relevancia social de la investigación. Seguiremos rezagados, todavía por mucho tiempo, en cuanto a la solvencia metodológica y la consistencia epistemológica, así como en cuanto a la legitimidad social y la identidad científica de la investigación de la comunicación. Tenemos muchísimo trabajo por delante en México, pero al menos el que ya hemos invertido colectivamente, en los últimos 30 o 40 años, no parece haber sido en vano. Historizar para generar alternativas4 La creciente atención a los sistemas y procesos “de comunicación” en los debates públicos y de interés general ha implicado un simultáneo “desdibujamiento” conceptual e ideológico en los marcos desde los cuales los agentes sociales especializados en la operación, y en la investigación científica, de la “multidimensional operación social de los medios de difusión masiva” intervienen en ella. Al predominio de los usos más reduccionistas e instrumentales de los mecanismos de la difusión masiva se ha sumado la adopción indiscriminada de las representaciones correspondientes por parte de todos los agentes institucionales, incluyendo a los representantes de los poderes constitucionales: la lucha por los presupuestos de gasto público y de empleo de recursos nacionales para fortalecer la “comunicación social”, no sólo ha incrementado las ganancias económicas de los consorcios mediáticos, sino que también ha desatado su poder propiamente político.5 4

Esta sección fue preparada originalmente como parte de la ponencia presentada en el XII Encuentro Latinoamericano de Facultades de Comunicación Social, realizado en Bogotá, Colombia, en septiembre de 2006 (Fuentes, 2006). 5 Cálculos bastante simples permiten deducir que durante el primer semestre de 2006 la comercialización de las transmisiones del Mundial de Futbol atrajo para los medios, especialmente para Televisa, unas ganancias extraordinarias. Sin embargo, la venta de espacios a los partidos políticos y al gobierno, durante la campaña electoral, representó un negocio todavía mayor.

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Culturales

La tensión constitutiva de los estudios sobre la comunicación, aquella que opone desde sus orígenes sus usos instrumentales y su comprensión crítica, sigue vigente en el fondo, y muchas veces también en la superficie, de las evaluaciones sobre la investigación académica. Generar conocimiento socialmente útil y pertinente es una tarea que acepta múltiples interpretaciones: algunas privilegian el conocimiento de “aplicabilidad” inmediata; otras, la profundización del análisis en marcos sociohistóricos de escala mayor. En el campo académico mexicano esta tensión, que no se puede resolver sólo discursiva o autoritariamente, puede ser una clave central de debate y de acuerdo colectivo, intra y extraacadémicos, para evaluar y reorientar las acciones de un grupo profesional que, como la mayor parte de los científicos en México, no está satisfecho con la estructura institucional en la que trabaja ni con los resultados hasta ahora obtenidos. Aquí conviene revisar algunos de los aportes de Immanuel Wallerstein, ese ilustre sociólogo estadunidense prestigiado por sus contribuciones al estudio de los sistemas-mundo, así como por sus refl exiones y campañas emprendidas hace poco más de diez años, desde la presidencia de la Asociación Internacional de Sociología, para la reconstrucción de las ciencias sociales, que han sido ampliamente difundidas en México y América Latina y que pueden ser de gran utilidad para clarificar lo que puede ser el estudio científico de la comunicación. Hay que partir de la distinción básica entre “sociología” y “ciencia social”, en singular o en plural. La sociología es una disciplina joven pero relativamente bien establecida y consolidada en los ámbitos académicos mundiales a lo largo del último siglo. Ciencia social, o, si se quiere, “ciencias sociales”, es todavía una denominación imprecisa para un campo de desarrollo intelectual muy amplio y difuso. Wallerstein ha clarificado históricamente su origen y las condiciones de su proyecto (Wallerstein et al., 1996), utilizando el modelo de los campos del saber como culturas y ubicando el surgimiento de las ciencias sociales en medio de la oposición entre los proyectos intelectuales de las ciencias naturales y las humanidades, en el contexto de la modernidad. 44


La triple marginalidad de los estudios sobre comunicación Lo que vino a llamarse ciencia social fue desde su origen un desgarramiento de la encarnizada lucha entre lo que sería lo nomotético (es decir, científico o cientificista) y lo que sería lo idiográfico (esto es, hermenéutico o humanístico)... Conforme se institucionalizaron las dos culturas en el renovado sistema universitario que data del siglo XIX y es todavía el modelo predominante, las ciencias sociales se dividieron en una serie de así llamadas disciplinas, algunas de las cuales (la economía, la ciencia política y la sociología) se identificaron principalmente con el bando nomotético, mientras que otras (la historia, la antropología, los estudios orientales) lo hicieron con el idiográfico, aunque prácticamente ninguna de estas disciplinas estaba exenta de desacuerdos internos (Wallerstein, 2000).

Pero desde hace unos 30 años, según Wallerstein, la división entre las dos culturas y la consecuente constitución de las disciplinas de las ciencias sociales han sido radicalmente cuestionadas por la emergencia, desde el campo de las ciencias naturales y las matemáticas, de las llamadas ciencias de la complejidad, y desde el campo de las humanidades y los estudios literarios, de los estudios culturales. Mientras que las ciencias de la complejidad ponen en cuestión el modelo fundamental de la ciencia moderna (determinista, reduccionista y lineal) al enfatizar la “fl echa del tiempo” y el “fin de las certidumbres”, los estudios culturales cuestionan la vigencia de los “cánones estéticos” como criterio central, buscando historizar y relativizar los estudios de la “cultura”. El mundo del conocimiento está siendo transformado de un modelo centrífugo a un modelo centrípeto. Desde mediados del siglo XIX hasta aproximadamente 1970, en el sistema universitario mundial hubo facultades separadas para las ciencias naturales y para las humanidades, que jalaban epistemológicamente en direcciones opuestas, con las ciencias sociales atrapadas en medio y desgarradas por esas dos poderosas fuerzas. Hoy tenemos científicos de la complejidad que usan un lenguaje más consonante con el discurso de la ciencia social (la fl echa del tiempo) y representantes de los estudios culturales que hacen lo mismo (el anclaje social de los valores y los juicios estéticos), y ambos grupos están ganando fuerza. El modelo se está haciendo centrípeto en el

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Culturales sentido de que los dos extremos (la ciencia y las humanidades) se están moviendo en la dirección del polo central intermedio (la ciencia social) y en alguna medida en los términos de ese centro (Wallerstein, 2000).

Las “ciencias de la comunicación”, como las ciencias sociales en su conjunto, están desde su origen sujetas a esas tensiones y movimientos del “mundo del conocimiento”, y además referidas a uno de los aspectos centrales y más cambiantes del mundo social. Por ello es indispensable reconocer y explorar las implicaciones, no sólo de la emergencia de la “idea de comunicación” (Mattelart, 1995; Peters, 1999), sino las complejas circunstancias en que esta “idea” o ideas han sido “transmitidas” en el tiempo y el espacio a otras sociedades distintas a aquellas donde se originaron y donde necesariamente hay que recontextualizarlas (Martín Barbero, 2002). El danés Klaus Bruhn Jensen, siguiendo a Habermas en cuanto a la determinación de los “intereses del conocimiento” subyacentes en los proyectos científicos, encuentra en el campo de estudios de la comunicación o de los medios ejemplos de los tres tipos ideales principales: el control mediante la predicción, típico de las ciencias naturales, como en las encuestas cuantitativas para predecir las preferencias de audiencias determinadas; la comprensión contemplativa, típica de las humanidades, como en los análisis textuales cualitativos que exploran representaciones mediáticas de la realidad social, y la emancipación mediante la crítica, típico de la ciencia social, como en los modelos participativos de comunicación (Jensen, 2002). Con este planteamiento queda abierta la cuestión de la práctica de investigación como práctica social orientada por determinados proyectos, y como tal, susceptible de ser fundada y evaluada éticamente. Para Jensen, en la triada formada por el investigador, sus sujetos de estudio y la comunidad de sus colegas, “el confl icto intelectual con implicaciones sociales es parte del negocio en proceso de la investigación de la comunicación”, porque hay que reconocer que “la orientación hacia la acción social es algo que la investigación comparte con la comunicación. Tanto la investigación de los medios como la comunicación mediada tienen fines, sean implícitos o explícitos”, y “es la 46


La triple marginalidad de los estudios sobre comunicación

conclusión de la comunicación mediada y su transformación regulada en acción social concertada lo que es distintivo de la democracia, no un interminable proceso de comunicación” (Jensen, 2002:292-293). Finalmente, y siguiendo el argumento de Wallerstein de que el escenario más deseable para la “reunificación y redivisión” de las ciencias sociales implica la revisión de las estructuras disciplinarias y la constitución central de un proyecto histórico, en que las “ciencias de la comunicación” pueden contribuir en la medida en que enfaticen sus aportes inter o transdisciplinarios sobre sus tendencias hacia la disciplinarización, que no hacia la especialización, el sentido del término “historia” puede quedar mejor formulado: ...todos estamos emprendiendo una tarea singular, que yo llamo ciencia social histórica, para subrayar que debe estar basada en el supuesto epistemológico de que todas las descripciones útiles de la realidad social son necesariamente al mismo tiempo ‘históricas’ (esto es, que toman en cuenta no sólo la especificidad de una situación sino los continuos e interminables cambios tanto en las estructuras bajo estudio como en las estructuras de sus entornos) y ‘científico-sociales’ (es decir, que buscan explicaciones estructurales de la larga duración, explicaciones que, sin embargo, ni son ni pueden ser eternas). En síntesis, los procesos deben estar en el centro de la metodología. En una ciencia social así reunificada (y eventualmente redividida), no sería posible asumir una separación significativa entre los aspectos políticos, económicos y socioculturales. (...) Los científicos sociales históricos tienen que incorporar la tensión universal-particular en el centro de su trabajo, y sujetar a todas las zonas, todos los grupos, todos los estratos, al mismo tipo de análisis crítico (Wallerstein, 2000:34).

Referencias CONSEJO NACIONAL DE CIENCIA Y TECNOLOGÍA (CONACYT), Indicadores de actividades científicas y tecnológicas, Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, México, 2004. CURRAN, JAMES, y DAVID MORLEY (eds.), Media and Cultural Theory, Routledge, Londres y Nueva York, 2006. 47


Culturales

DONSBACH, WOLFGANG, “The identity of Communication Research”, Journal of Communication, vol. 56, núm. 3, pp. 437-448, septiembre de 2006. FUENTES NAVARRO, RAÚL, “Investigación de la comunicación, incertidumbre y poder”, ponencia en el XII Encuentro Latinoamericano de Facultades de Comunicación Social (Mesa: Pensar el Campo, Pensar la Comunicación), Bogotá, Colombia, 2006. –––, Y ENRIQUE E. SÁNCHEZ RUIZ, Algunas condiciones para la investigación científica de la comunicación en México, ITESO (Huella, Cuadernos de Divulgación Académica, núm. 17), Guadalajara, 1989. JENSEN, KLAUS BRUHN, “The Social Origins and Uses of Media and Communication Research”, A Handbook of Media and Communication Research. Qualitative and Quantitative Methodologies, Routledge, Londres y Nueva York, 2002, pp. 273-293. MARTÍN BARBERO, JESÚS, “Itinerarios de la investigación”, Oficio de cartógrafo. Travesías latinoamericanas de la comunicación en la cultura, FCE, Santiago de Chile, 2002, pp. 207-255. MATTELART, ARMAND, La invención de la comunicación, Siglo XXI, México, 1995. PETERS, JOHN DURHAM, Speaking into the Air. A History of the Idea of Communication, The University of Chicago Press, Chicago y Londres, 1999. SNOW, C. P., Las dos culturas, Nueva Visión, Buenos Aires, 2000. WALLERSTEIN, IMMANUEL, “From Sociology to Historical Social Science: Prospects and Obstacles”, British Journal of Sociology, vol. 51, núm. 1, pp. 25-35, enero-marzo de 2000. ––– et al., Abrir las ciencias sociales, Siglo XXI/CIICH-UNAM, México, 1996. WOLTON, DOMINIQUE, Salvemos la comunicación. Aldea global y cultura. Una defensa de los ideales democráticos y la cohabitación mundial, Gedisa, Barcelona, 2006. Fecha de recepción: 8 de febrero de 2007 Fecha de aceptación: 23 de julio de 2007

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El centro sagrado del poder: París y los funerales de Estado republicanos Avner Ben-Amos Tel-Aviv University

Resumen. Una de las formas mediante las cuales la Tercera República francesa legitimó su gobierno fue mediante el uso simbólico del espacio urbano. Utilizando las teorías de Clifford Geertz de la dimensión cultural del poder y de Maurice Halbwachs de la memoria colectiva, este artículo analiza los itinerarios de los principales funerales parisinos de Estado organizados por el régimen para sus héroes políticos, militares y culturales. Las procesiones funerarias usualmente pasaban frente a los lugares principales del poder político del régimen, así como frente a los cuatro principales monumentos sagrados de la nación francesa: el Pantheón, los Invalides, el Arco del Triunfo y la catedral de Notre Dame. Así se conectaba simbólicamente el nuevo régimen republicano al pasado glorioso de Francia, y podía presentarse como continuador de esta tradición. Palabras clave: 1. París, 2. funerales de Estado, 3. Tercera República, 4. Clifford Geertz, 5. Maurice Halbwachs.

Abstract. One of the ways by which the French Third Republic legitimized its rule was the symbolic use of urban space. Using Clifford Geertz’ theory of the cultural dimension of power, and Maurice Halbwachs’ theory of collective memory, this article analyses the itineraries of the major Parisian state funerals that were organized by the regime for its political, military and cultural heroes. The funerary processions usually passed by the main sites of political power of the regime, as well as by the four main sacred monuments of the French nation: the Pantheon, the Invalides, the Arc de Triomphe and Notre Dame Cathedral. The new republican regime was, thus, symbolically connected to the glorious past of France, and was able to present itself as continuing this tradition. Keywords: 1. Paris, 2. state funerals, 3. Third Republic, 4. Clifford Geertz, 5. Maurice Halbwachs.

culturales VOL. III, NÚM. 6, JULIO-DICIEMBRE DE 2007 ISSN 1870-1191

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Culturales

AL LLEGAR AL PODER EN FRANCIA en 1879, después de una lucha larga y ardua, los republicanos enfrentaron un país fragmentado por una multiplicidad de tradiciones locales, inseguro de sí mismo tras su derrota ante Prusia y políticamente dividido. El régimen tuvo que confrontar a la derecha católica y monárquica, que tenía un pasado largo y glorioso y consideraba falso el discurso de soberanía; a su izquierda se encontraba la oposición socialista, que cuestionaba su liberalismo económico y demandaba reformas sociales de gran alcance.* Para sobrevivir, los republicanos intentaron unificar el país alrededor de su gobierno y presentarse como los únicos representantes verdaderos del pueblo. El éxito de este intento dependía de identificar la impugnada nueva República con la nación respetada, que encarnaba a la Francia eterna, su pueblo y su historia.1 La versión republicana del pasado nacional, según se enseñaba en las escuelas republicanas, enfatizaba la emergencia del Estado-nación a través de la guerra, la adquisición territorial y una política de unificación –un proceso que culminó en la Revolución Francesa y la creación de una república, la cual, como la patrie, se convirtió en “una e indivisible”–. Este artículo explora una esfera desaprovechada del esfuerzo del régimen republicano por autolegitimarse: la dimensión espacial de la vida social en su relación con el pasado. Los historiadores que han estudiado la enseñanza de la historia francesa en las escuelas republicanas han notado el uso republicano del pasado nacional para consolidar el régimen.2 Sin embargo, los esfuerzos pedagó* Versión en español de Servando Ortoll de “The Sacred Center of Power: Paris and Republican State Funerals”, texto de Avner Ben-Amos aparecido en Journal of Interdisciplinary History, núm. 22, 1991, pp. 27-48. Se publica con el permiso de los editores de The Journal of Interdisciplinary History y de MIT Press, Cambridge, Massachusetts: © 1990 por el Massachusetts Institute of Technology y The Journal of Interdisciplinary History, Inc. 1 Véase Alphonse Dupront, “Du sentiment national”, en François Michel (coordinador), La France et les français, Gallimard, París, 1972, pp. 1423-1474. 2 Véase Pierre Nora, “Lavisse, instituteur national”, en Pierre Nora (coordinador), Les lieux de mémoire. La République, I, Gallimard, París, 1984, pp. 247-289; François Furet, “La naissance de l’histoire”, H-Histoire, núm. 1, marzo de 1979, pp. 11-44; Claude Billard y Pierre Guibert, “L’age mythologique”, H-Histoire, núm. 1, marzo de 1979, pp. 81-98, y Christian Amalvi, Les héros de l’histoire de France (París, 1979).

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El centro sagrado del poder

gicos republicanos no se confinaron a esta forma sedentaria de educación. Otra parte de las reformas educacionales republicanas, y no menos importante, fue la creación de un sistema de festivales cívicos cuyo propósito era movilizar a los ciudadanos en nombre de los valores encarnados en el nuevo régimen. La utilización ritualista del espacio público y urbano fue más evidente en los funerales de Estado. Estos festivales cívicos de gran importancia, que se celebraron desde el principio hasta el final del régimen, honraban a los nuevos héroes republicanos –los grandes hombres–. La relación entre la República y el pasado nacional fue especialmente subrayada por las procesiones funerarias que seguían, una y otra vez, las principales rutas que ya habían adquirido connotaciones históricas. Este artículo analiza los itinerarios y las procesiones de los funerales de Estado más importantes que se celebraron en París durante la Tercera República. Geertz reconoció la importancia del uso simbólico del espacio para la consolidación del poder político en su fundamental “Centers, Kings and Charisma: Refl ections on the Symbolics of Power”. En este ensayo, Geertz aceptó la hipótesis de Shils de que a cada sociedad la gobierna una zona de valores y creencias central. Las autoridades gobernantes ejercitan su poder en el nombre de estas ideas destacadas, que están también asociadas con las instituciones principales y sus actividades. El sistema de valores central supremo e irreducible es sagrado, y también lo son las personas e instituciones relacionadas con éste. Shils afirmó que su visión del centro no tenía “nada que ver con geometría y poco con geografía”. Su concepto de centro era metafórico; connotaba el más importante “reino de acción” dentro de una sociedad –y ese reino era la fuente de la autoridad legítima–.3 Geertz dio un paso más allá, ya que su objetivo era investigar la representación de la autoridad en la sociedad. Él estudió los “boatos 3 Clifford Geertz, “Centers, Kings and Charisma: Refl ections on the Symbolics of Power”, en Clifford Geertz (coord.), Local Knowledge: Further Essays in Interpretive Anthropology, pp. 121-146 (Nueva York, 1983); Edward Shils, “Center and Periphery”, en Edward Shils, Center and Periphery: Essays in Macrosociology (Chicago, 1975), p. 3..

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Culturales

del reinado” en tres reinos diferentes –Java del siglo catorce, Inglaterra del siglo dieciséis y Marruecos del siglo diecinueve–. Geertz se enfocó principalmente en el simbolismo del poder manifestado en las procesiones reales y su relación con la ideología dominante, pero sus estudios de caso tenían un valor implícito agregado. Éstos demostraron que no es fácil separar las dimensiones espaciales e ideológicas del poder –que el centro de Shils debía ser entendido no sólo metafórica sino también literalmente–. Tal como lo muestra un análisis de las procesiones reales, estos fenómenos móviles estaban siempre relacionados con un centro inmóvil del cual partían y al cual retornaban. Este centro era generalmente la sede del gobierno y se consideraba el centro del reino. Aunque no necesariamente el punto medio del territorio, esta sede era usualmente el centro geográfico y, todavía más importante, simbólico. Estos centros inmóviles son simplemente tres ejemplos de un fenómeno más general conocido como “espacio sagrado”: un lugar en donde los valores sagrados de una comunidad son enfocados y se vuelven tangibles a través de un conjunto de símbolos y rituales, y donde ocurre la comunicación de la sociedad con estos valores sagrados.4 Pero, como Geertz nos recordó, no deberíamos tomar lo sagrado del poder soberano como un dado. Éste es construido por gobernantes que “justifican su existencia y ordenan sus acciones en términos de una colección de historias, ceremonias, insignias, formalidades y accesorios que o bien han heredado o, en situaciones más revolucionarias, inventado”.5 Estos boatos de poder no eran característicos solamente de monarquías exóticas o distantes. Se encontraban también en la Tercera República francesa, con su hábil uso del espacio sagrado. La República y el centro sagrado. Para transmitir su unificadora visión histórica en términos de espacio, la Tercera República tuvo 4 Joel Brereton, “Sacred Space”, en Mircea Eliade (coord.), The Encyclopedia of Religion, XII, pp. 526-535 (Nueva York, 1987). Véase también Joel Brereton, Le sacré et le profane (París, 1965). 5 Clifford Geertz, “Centers...”, p. 124. Véase también Steven Lukes, “Political Ritual and Social Integration”, Sociology, 1 (1975), pp. 289-308.

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que ocupar el centro sagrado del reino e integrar a él su propia imaginería. Además, para que su gobierno no pareciera un accidente pasajero, tenía que demostrar regularmente su control del poder. El régimen buscó atenuar la sacudida del cambio político al enfatizar su continuidad simbólica con regímenes anteriores.6 La necesidad republicana de utilizar el espacio parisino provenía del hecho de que la imagen de la ciudad como centro tenía varias facetas. No sólo Francia creció gradualmente mediante adquisiciones sucesivas de los dominios reales en la Île de France, sino que el país unificado estuvo siempre gobernado desde su centro. París era también la capital social y cultural del reino, el lugar donde las tradiciones locales cedían el paso a una perspectiva nacional, convirtiéndolo en el único sitio en Francia que podía afirmar que era verdaderamente nacional. Desde un punto de vista geográfico, el centralismo de la capital estaba simbólicamente confirmado por una placa de bronce, colocada en el atrio de la catedral de Notre Dame, que marcaba el punto desde donde comenzaban los caminos nacionales. París era más que el centro de Francia; era su sinécdoque. El espacio urbano, como Halbwachs observó, es más estable que la población que lo habita. Pese a que las ciudades constantemente cambian a través de la construcción y la demolición, poseen una imagen de permanencia puesto que cambian a un ritmo más lento que los propios moradores de la ciudad. Las ciudades, por lo tanto, son sitios importantes de memoria colectiva, dado que la sociedad crea un espacio que corresponde a los aspectos diferentes de su estructura y forma de vida.7 La relación entre sociedad y espacio es recíproca: después de que la sociedad ha cambiado, el espacio, que es más durable y refl eja hábitos más viejos, continúa siendo su principio formativo. El intervalo así creado entre la sociedad 6 David Kertzer, “The Role of Ritual in Political Change”, en Myron Aronoff (coord.), Culture and Political Change (New Brunswick, Nueva Jersey, 1983), pp. 53-73. 7 Maurice Halbwachs, “Space and the Collective Memory”, en Maurice Halbwachs, The Collective Memory (Nueva York, 1980), 128-157. Sobre la noción de sitios de memoria, véase Pierre Nora, “Entre mémoire et histoire”, en Pierre Nora (coord.), Les lieux de mémoire. La République, I, pp. xvii-xlii.

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y su medio urbano puede ser una fuente de confl icto. Pero los republicanos, haciendo uso de las diferentes facetas de la ciudad, la convirtieron en una fuente de poder. Sin embargo, no eran libres para utilizar la ciudad enteramente como querían. La historia particular del espacio urbano parisino –los bulevares, las plazas, las estatuas y las fachadas– a veces permitía a la ciudad resistir los intentos republicanos de imponer en ella nuevos significados y ofrecer diferentes lecturas oficiosas de las ceremonias. París sufrió una transformación mayúscula durante el Segundo Imperio (1852-1870). Ésta fue inspirada por la tendencia reformatoria de Napoleón III y ejecutada por Georges Haussmann, un poderoso prefecto del departamento del Siena. Los cambios consistieron principalmente en derribar barrios viejos y densamente poblados en el centro de la ciudad y abrir nuevas arterias para facilitar el paso rápido de grandes cantidades de tropas, mercancía y personas que recorrían diariamente grandes distancias para llegar a su trabajo, y para mejorar las condiciones sanitarias. Sin embargo, Haussmann dejó intacto el centro sagrado de la ciudad. Los edificios y los monumentos que tenían una importancia política y simbólica mayor permanecieron como estaban; más aún, la renovación separó a estos edificios de su entorno miserable, los volvió más visibles y facilitó el fl ujo de tráfico entre ellos. Al regresar las instituciones políticas principales de Versalles a París, en 1879, los republicanos ocuparon edificios que eran sitios tradicionales de poder y se encontraban situados en el centro geográfico de la ciudad: Palais Bourbon (la Cámara de Diputados), Palais du Luxembourg (el Senado), Palais de l’Elysée (la Presidencia). Sin embargo, el trabajo político rutinario que se realizaba en estos edificios no podía en sí transmitir al pueblo lo sagrado del nuevo régimen. Este aspecto del poder fue mejor manifestado a través de ceremonias públicas que creaban un tiempo especial, sagrado, en el cual todas las actividades mundanas se suspendían. Así, el régimen podía enfatizar el aspecto simbólico de estos edificios y conectarlos a otros monumentos parisinos que también formaban parte del centro sagrado. 54


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Festivales y monumentos. Uno de los objetivos de los festivales cívicos que se celebraban regularmente durante la Tercera República fue conectar simbólicamente al régimen con el centro sagrado. La mayoría de los festivales enfatizaban los valores centrales de la República sin estar conectados con el centro espacial de la nación. La celebración del 14 de julio, por ejemplo, conmemoraba anualmente los orígenes del régimen y asociaba a la Tercera República con los ideales de la Revolución de 1789. Pero esta festividad tenía lugar simultáneamente en muchos sitios diferentes, y sólo ocasionalmente se conectaba con uno de los edificios sacros de París.8 En contraste, los funerales de Estado eran ceremonias que tomaban lugar regularmente en el centro sagrado de la capital, dentro de sus edificios principales, y en las plazas y calles a su alrededor. Los funerales de Estado tenían un lugar único entre las festividades cívicas de la Tercera República. En un régimen que había abolido el poder personal de la monarquía, un funeral de Estado era el único rito de paso personal que también era un festival cívico.9 Consecuentemente, era un evento entristecedor así como la apoteosis tanto de los difuntos como de la República. Esa dualidad le daba a la ceremonia su poder duradero: por una parte, su forma era la de un funeral, con su atmósfera emocional, llena de tensión; por la otra, su contenido refl ejaba inquietudes cívicas cambiantes, manifestadas por las actividades del finado, que se identificaban con las distintas facetas del régimen. La selección de la figura que habría de ser honrada y la forma de la celebración convertían a los funerales de Estado en una ceremonia particularmente republicana. La persona cuya memoria era celebrada pertenecía a una nueva 8 Sobre la celebración del 14 de julio, véase Rosemond Sanson, Les 14 Juillet. Fête et conscience nationale, 1789-1975 (París, 1976), y Christian Amalvi, “Le 14 Juillet”, en Pierre Nora (coord.), Les lieux..., I, pp. 421-472. 9 Sobre la ceremonia de funerales de Estado y su lugar en la cultura política de la Tercera República, véase Avner Ben-Amos, “The Other World of Memory: State Funerals of the French Third Republic as Rites of Commemoration”, History and Memory, 1 (1989), pp. 85-108.

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categoría de héroes republicanos –los grandes hombres–.10 El concepto de un gran hombre era parte integral de la Ilustración, que lo usó como un contramodelo al rey y la nobleza. A diferencia de estos pilares del viejo régimen, los grandes hombres no heredaban sus títulos ni se los daba Dios; ellos los merecían con base en sus talentos, que se empleaban en el servicio de la humanidad. Los grandes hombres eran usualmente “intelectuales” –científicos, philosophes o artistas–, pero los legisladores u oradores podían también unirse a sus filas, bajo condición de que sus actos contribuyeran al progreso de la humanidad. La Tercera República carecía de una ley general que determinara quién tenía el derecho a un funeral de Estado, pero el régimen continuamente confería este honor a individuos que juzgaba eran grandes hombres. La categoría fue ampliada para incluir a líderes militares y políticos que habían contribuido de manera sustancial a la República, y –en contraste con los regímenes no republicanos de la Francia decimonónica– a los hombres de letras se les otorgaba un lugar prominente. Así, la personificación de un gran hombre republicano durante los años tempranos del régimen fue Victor Hugo, cuyo espléndido funeral de Estado (1885) se convirtió en modelo para ceremonias subsecuentes.11 Hugo no solamente era un poeta y novelista principal, sino también un ardiente partidario de la República, habiendo salido al exilio en su nombre durante el Segundo Imperio. Tras su retorno a Francia en 1870, fue electo a la Cámara de Diputados y posteriormente al Senado; sus escritos fueron incorporados al plan de estudios de las escuelas y él se convirtió en el abuelo venerado de la joven República. A través del funeral de Estado un gran hombre era convertido en una figura ejemplar que debía ser emulada por los ciudadanos. El mensaje pedagógico de los funerales se articulaba con más claridad 10

Sobre el concepto de gran hombre, véase Mona Ozouf, “Le Panthéon”, en Pierre Nora (coord.), Les lieux..., I, pp. 139-166; Jean-Claude Bonnet, “Naissance du Panthéon”, Poétique, 33 (1978), pp. 46-65. 11 Sobre el funeral de Estado de Victor Hugo, véase Avner Ben-Amos, “Les funérailles de Victor Hugo: Apothéose de l’événement spectacle”, en Pierre Nora (coord.), Les lieux..., I, pp. 473-522.

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en su conclusión, en la oración. Ya fueran religiosas o laicas, las oraciones funerarias usualmente volvían significativa la vida del difunto en el contexto de un marco de referencia más amplio, y las oraciones republicanas no eran la excepción. El orador era siempre un funcionario importante asociado con el régimen. Él describía los paralelos entre los logros del gran hombre y los de la República, incluyendo todos los obstáculos que tuvo que sortear pese a sus adversarios. La oración era un discurso anticipatorio y teleológico, en el cual las semillas del futuro inevitable eran percibidas en el pasado. La oración no se ocupaba con los rasgos individuales del gran hombre o cualesquier controversia que lo rodeara. En vez de esto, subrayaba su carrera pública, especialmente en la medida en que ejemplificaba los valores republicanos y se entrelazaba con la historia del régimen. Por ejemplo, en la oración fúnebre de Maurice Barrès (1923) dada por Leon Bérard, el ministro de Educación, se enfatizaron los escritos patrióticos maduros del gran hombre; sus juveniles actividades antirrepublicanas fueron pasadas por alto. Entre 1878 y 1940 el régimen republicano financió y organizó 82 entierros oficiales. En su mayoría estas ceremonias interesaban tan sólo a un auditorio restringido, pero 12 de ellos se convirtieron en eventos nacionales mayúsculos.12 El gobierno, el Senado y la Cámara de Diputados discutían y a veces debatían acaloradamente si un individuo era digno del honor o no. Los funerales principales atraían gigantescas multitudes a las calles de París, los cubría ampliamente la prensa nacional y provincial, y permanecían en el centro de la atención pública durante semanas, tanto antes como después del evento. Su uso del centro sacro de la ciudad encontró un eco no sólo en París, sino también en el país en general. Los funerales de Estado, como cualquier otro rito de paso, se desarrollaban en tres etapas principales: separación, en la cual el cuerpo del gran hombre yacía en capilla ardiente; transición, 12 Los principales funerales de Estado de la Tercera República francesa fueron: Léon Gambetta (1883), Victor Hugo (1885), Sadi Carnot (1894), Louis Pasteur (1895), Félix Fauré (1899), Emile Zola (1908), Rouget de Lisle (1915), el Soldado Desconocido (1920), Jean Jaurès (1924), mariscal Ferdinand Foch (1929), mariscal Joseph Joffre (1931) y Raymond Poincaré (1934).

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durante la cual el cadáver era llevado por las calles en una procesión, e incorporación, en la cual el cadáver era enterrado y el gran hombre se unía a los otros antepasados respetables del régimen.13 La parte más importante de la ceremonia, la procesión, era, por su propia característica lineal, un fenómeno jerárquico. La ceremonia consistía en cuatro componentes: unidades del ejército desplegadas al inicio y al final; la carroza fúnebre y la familia; funcionarios del Estado, del ejército y de la Iglesia, y delegaciones de varias sociedades y organizaciones populares asociadas con el finado. El rango de organizaciones que enviaban tales delegaciones era grande y refl ejaba las formas diversas de sociabilidad republicana que conformaban la columna vertebral del régimen. En el funeral del presidente Félix Fauré (1899), por ejemplo, hubo delegaciones de asociaciones de obreros; sociedades artísticas y científicas; logias francmasónicas; escuelas, universidades e instituciones educativas; sociedades gimnásticas y cinegéticas; asociaciones militares y patrióticas, y comunas de las provincias. Estos elementos, compuestos de varios segmentos que se movían linealmente a través del espacio, creaban una compleja narrativa para los espectadores. Detallaba el “relato” de la estructura formal del Estado, tal como lo expresaba el orden de los participantes y la relativa cercanía de cada segmento a la carroza. El ataúd, conducido con gran pompa sobre una carroza y aislado de los otros elementos, constituía el corazón de la procesión. Funcionaba como un centro móvil que transmitía lo sacro del régimen. Los itinerarios de los funerales de Estado principales eran determinados principalmente por dos focos: el lugar donde el cuerpo yacía y el sitio del entierro. La ruta que se extendía entre ambos era también importante, dado que pasaba frente a otros edificios sacros y simbólicamente los conectaba a todos, creando una relación entre edificios que no necesariamente tenían algo en común. Además de los tres lugares principales de poder –el Palais Bourbon, el Palais du Luxembourg y el Palais de l’Elysée–, la ciudad 13

Para un análisis de la naturaleza y estructura de los ritos de paso, véase Arnold van Gennep, Les rites de passage (París, 1908), y Victor Turner, The Ritual Process: Structure and Anti-Structure (Ithaca, 1977).

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incluía cuatro monumentos sacros –el Panthéon, los Invalides, el Arc de Triomphe y la catedral de Notre Dame– que eran símbolos importantes del centro. Los principales funerales de Estado siempre utilizaban uno o más de estos siete edificios. Péguy describió los segundos monumentos como las “grandes expresiones devotas de la gloria de París” que ejemplificaban “la memoria monumental francesa”. Ellos eran “monumentos monárquicos y al mismo tiempo monumentos profundamente populares; viejos monumentos y perpetuamente nuevos; monumentos monárquicos y perpetuamente democráticos, y hoy apropiadamente republicanos y mañana cualquier cosa que uno quiera, porque [...] nunca morirán [...] ellos son eternamente monumentales”.14 La esencia francesa que Péguy percibió en estos monumentos, más allá de su abigarrada historia, era su dimensión patriótica, que el régimen republicano enfatizaba a través de los funerales de Estado. Pese a esto, los republicanos no podían borrar fácilmente la historia particular y la forma inconfundible de cada monumento, que lo identificaba con cierta corriente política. Sin embargo, tal identificación nunca era estática, y durante la Tercera República el significado de cada monumento fue modificado continuamente. Luis XV originalmente destinó el más republicano de estos monumentos, el Panthéon, para que fuera una iglesia. Fue construido, pese a esto, en el estilo neoclásico del siglo dieciocho y, con sus columnas corintias, un frontispicio triangular y un interior bien iluminado, se asemejaba a un templo griego más que a una sombría iglesia gótica. La construcción de la iglesia apenas estaba terminada cuando comenzó la Revolución Francesa. Sus líderes, con su afición por la antigüedad, lo convirtieron en un templo cívico dedicado al culto de la patria y de los grandes hombres enterrados en la cripta.15 El Panthéon se convirtió en un símbolo tan importante que durante el siglo 14 Charles Péguy, “Notre patrie”, en Charles Péguy, Oeuvres en Prose, 18981908 (París, 1959), I, p. 813. 15 Sobre los orígenes del Panhéon, véase Mona Ozouf, “Le Panthéon”, en Pierre Nora (coord.), Les lieux..., I, pp. 139-166.

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diecinueve cada régimen político cambió su función: en 1816, la reaccionaria restauración borbónica lo entregó a la Iglesia; en 1830, la monarquía liberal de julio lo convirtió de nuevo en un templo cívico, y en 1852 el Segundo Imperio la convirtió una vez más en una iglesia por última vez. La Tercera República esperó hasta 1885 cuando, con el motivo de la muerte de Victor Hugo, transformó el monumento religioso en un templo para los grandes hombres. Hasta la Primera Guerra Mundial, el Panthéon fue el sitio principal de las ceremonias de la Tercera República, en donde se enterraban solemnemente los grandes hombres del régimen y se celebraban varios aniversarios. El traslado de los cuerpos de Émile Zola (1908) y Jean Jaurès (1924) marcaron al Panthéon como un edificio que se identificaba únicamente con la izquierda, y por tanto, era incapaz de representar a la nación entera. Durante el periodo de entreguerras disminuyó su importancia, y lo eclipsaron los Invalides y el Arc de Triomphe. Los Invalides fue también producto del absolutismo francés, pero su imagen era militarista. Lo construyó Luis XIV en 1676 para recibir soldados viejos, inválidos y heridos, y siempre ha funcionado como un hospital militar y un hogar para los pensionados. Como el Panthéon, está situado en la ribera izquierda del Siena. Su impresionante iglesia de San Luis, construida de igual manera en estilo neoclásico, junto con sus vastos patios interior y exterior, lo convirtieron en un edificio adecuado para grandes celebraciones. Napoleón Bonaparte trasladó allí el cuerpo de Henri de la Tour Turenne, un renombrado general de Luis XIV, y lo convirtió en el templo de la gloria militar francesa, que él mismo había personificado. El traslado del cuerpo de Napoleón (en 1840) acentuó la imagen bonapartista de los Invalides, y durante el Segundo Imperio se convirtió en el sitio ceremonial principal del régimen. La Tercera República continuó el acostumbrado entierro de oficiales de alto rango del ejército en los Invalides, pero tal acto adquirió importancia nacional sólo después de la Primera Guerra Mundial, cuando se transfirieron al edificio los cuerpos de comandantes victoriosos, tales como el mariscal Ferdinand Foch (1929). 60


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La edificación del Arc de Triomphe, sobre la ribera derecha, la inició Napoleón, quien quería conmemorar las victorias del ejército imperial con un monumento estilo romano. Su construcción la continuó la restauración borbónica y la completó la monarquía de julio, que lo inauguró en 1836. Para entonces, el Arc de Triomphe se había convertido en un símbolo general de victorias galas, pero su asociación con tres regímenes monárquicos disminuyó su valor para la oposición republicana. Al elegirlo como el sitio donde reposó el cuerpo de Victor Hugo y organizar allí una ceremonia funeraria enormemente exitosa, la Tercera República lo convirtió en un símbolo patriótico con el cual todos los franceses se podían identificar. La importancia del Arc de Triomphe aumentó después de la Primera Guerra Mundial, cuando la Cámara de Diputados lo prefirió sobre el Panthéon como el sitio de entierro del Soldado Desconocido. Durante el periodo de entreguerras se convirtió en el centro simbólico del culto a los soldados caídos y, como tal, en el más notable monumento nacional. La catedral gótica de Notre Dame puede parecer excepcional entre los monumentos sagrados de una república anticlerical, que oficialmente separó a la Iglesia del Estado; sin embargo, la catedral desempeñó un papel central en las ceremonias funerarias del régimen. Como uno de los edificios religiosos más importantes de la nación, estaba también asociado con la monarquía francesa a través de, por ejemplo, los funerales de los reyes absolutistas y la coronación de Napoleón Bonaparte. La Tercera República celebró en Notre Dame los funerales religiosos de Estado de varios de sus presidentes (Sadi Carnot y Fauré) y mariscales (Foch y Joffre), añadiendo así a la ceremonia patriótica una dimensión religiosa. Mientras que tal ceremonia contribuyó a la identificación de la República con la nación, también atenuó el anticlericalismo del régimen, dado que los republicanos tuvieron que admitir que patriotismo y catolicismo no necesariamente se contradecían uno al otro. Aunque diferían en su historia, función y forma, todos estos monumentos se caracterizaban por su asociación con la muerte y el duelo. Todos tenían tumbas incorporadas en su estructura, y en los 61


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casos de los Invalides y el Arc de Triomphe sus nuevas y prestigiosas tumbas incrementaron su importancia. Más aún, el Panthéon fue inicialmente destinado a recibir los cuerpos de grandes hombres, mientras Notre Dame se volvió parte de las ceremonias republicanas sólo en ocasiones plañideras. De esta manera las tumbas, los monumentos y los funerales de Estado realzaban la importancia unos de otros. El cuerpo del Soldado Desconocido, por ejemplo, convirtió al Arc de Triomphe en un monumento nacional, mismo que, a su vez, santificó el cuerpo de Foch cuando permaneció tendido allí. Que se sitúe el lugar trascendente de héroes muertos y se celebren ceremonias sombrías en el centro sacro de una república optimista y progresista puede parecer sorprendente; pero puede explicarse mediante la importancia del pasado como fuente de legitimación para un régimen joven que se presentaba como el heredero de la historia nacional. Más aún, los sepulcros de los antepasados son sitios sagrados en la mayoría de las sociedades humanas. Los sepulcros son lugares en donde las comunidades se reúnen para comunicarse con sus padres fundadores y para celebrar sus valores compartidos.16 Los cuatro monumentos sagrados constituían los cuatro puntos de un cuadrángulo imaginario que cubría el corazón geográfico de París. Este cuadrángulo aproximado contenía los centros de poder nacionales y municipales más importantes: el Palais Bourbon, el Palais du Luxembourg y el Palais de l’Elysée (los tres sitios principales de poder), el Palais Royal (el Consejo de Estado), el Hôtel de Ville (el Ayuntamiento), la oficina central de la policía y el Concejo de Justicia. Así, los centros geográfico, político y simbólico de la nación ocupaban el mismo espacio, cada un reforzando al otro. En el funeral de Raymond Poincaré (1934) se enfatizó particularmente la identidad entre los diferentes centros y el papel central de la ceremonia. El féretro del ex presidente de la república fue colocado en la Place du Parvis Notre Dame sobre la placa que marcaba el simbólico centro geográfico de la nación. 16

Sobre la función unificadora de rituales mortuorios, véase Maurice Bloch y Jonathan Parry (coords.), Death and the Regeneration of Life (Cambridge, 1982).

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El centro sagrado del poder Figura 1. Los Cuatro Monumentos y los elementos principales del sistema vial parisiense.

Fuente: Norma Evenson, A Century of Change, 1878-1978 (New Haven, 1979), 17.

Las arterias que usualmente se utilizaban para las procesiones y que conectaban a los edificios sacros las creó Haussmann. Dichas arterias incluían, sobre el eje este-oeste, la Rue de Rivoli y, sobre el eje norte-sur, el Boulevard Sébastopol y su continuación, el Boulevard Saint-Michel. Todas estas arterias cruzaban el centro de la ciudad. Otra arteria utilizada con frecuencia era el nuevo Boulevard SaintGermain, de la clase alta, que conectaba el Palais Bourbon con el Boulevard Saint-Michel y el Panthéon. Los funerales de Estado evitaban así la vieja arteria principal de los Grandes Bulevares a favor del centro modernizado.17 Las nuevas arterias eran especialmente 17

El funeral de Adolphe Thiers (1877) fue el último funeral importante que utilizó la ruta de los Grandes Bulevares (Grands Boulevards). Los organizadores del funeral de Gambetta, favoreciendo un itinerario más popular, eligieron la ruta de la Rue de Rivoli y el Boulevard Sébastopol. Los organizadores de los festivales cívicos de la Revolución Francesa preferían, en contraste, evitar el viejo centro de la ciudad, que estaba asociado con el Viejo Régimen. Véase Mona Ozouf, “Le cortége et la ville: les itinéraires parisiens des fêtes révolutionnaires”, Annales, 5 (1971), pp. 889-916.

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adecuadas para propósitos ceremoniales, dado que, para Haussmann, las calles tenían prioridad sobre las casas. Las arterias construidas bajo sus instrucciones eran amplias y anchas, no sólo por razones prácticas sino también estéticas. Dado su gusto neoclásico y ceremonioso, él insistió que las nuevas arterias principales condujeran a monumentos tales como el Arc de Triomphe, que podría ser visto desde lejos, debido a un campo de visión largo y sin interrupciones. Estas arterias estaban regularmente alineadas con casas que tenían alturas idénticas y fachadas uniformes, creando una escena imponente que magnificaba el esplendor de la procesión. Enmarcando el centro sagrado. Además de ser el centro sagrado de la nación, esta parte de París era un área urbana ordinaria, que utilizaban los habitantes de la ciudad diariamente. Un itinerario simbólico tenía, por lo tanto, que ser enmarcado temporalmente de tal manera que connotara su carácter sacro. Más aún, a los republicanos los inspiraban nociones de la Ilustración tocante al potencial educativo de la visión, y la ciudad era un importante espacio didáctico para ellos.18 El decoro urbano –incluidas las estatuas, las fuentes, los monumentos y las fachadas de los edificios públicos– fue diseñado para inculcar en los ciudadanos los valores cívicos del régimen. Pero tales elementos decorativos estaban usualmente incrustados en la textura de la ciudad y tenían que ser especialmente subrayados para que se volvieran infl uyentes. Los funerales de Estado proveyeron una de las ocasiones en las que se magnificó este aspecto educacional del centro. El enmarcamiento del centro sagrado fue logrado a través de los esfuerzos tanto de individuos privados como de funcionarios públicos. Los elementos decorativos proveían una cualidad teatral que transformaba espacios conocidos en un medio extraordinario que los distinguía de las otras partes de la ciudad. 18

Sobre el concepto de enmarcamiento (“framing”), véase Erving Goffman, Frame Analysis: An Essay on the Organization of Experience (Nueva York, 1974). Sobre el aspecto educativo del espacio de la ciudad en el siglo diecinueve, véase Maurice Agulhon, “Imagerie civique et décor urbain dans la France du XIXe siècle”, Ethnologie française, 5 (1975), pp. 33-56.

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Las decoraciones privadas consistían en banderas tricolores con franjas negras que colgaban de balcones y ventanas. Tales banderas aparecían por toda la ciudad como símbolo de duelo en cuanto llegaba a saberse de la muerte de un gran hombre popular, y su densidad daba una idea aproximada de las clases más afectadas por su fallecimiento. Así, después de la muerte de Victor Hugo, las banderas fueron especialmente numerosas en los barrios populares al oriente de la ciudad, mientras que tras la muerte de Foch se divisaron las banderas particularmente en los barrios occidentales de la clase alta. Pero más comúnmente estas banderas se encontraban a lo largo de un itinerario, lo cual le daba el aire de un acongojado 14 de julio.19 A través de los esfuerzos públicos, las lámparas, a lo largo de la ruta de una procesión, eran encendidas y cubiertas con papel de China negro; además, se izaban las banderas de luto a media asta frente a los edificios públicos. Otro elemento que enmarcaba una ruta era una valla humana, creada a ambos lados de una calle por soldados colocados a intervalos regulares a lo largo del camino. Su tarea era contener a la multitud y mantener el orden, pero sus uniformes coloridos también los convertían en un elemento decorativo. El objetivo principal de los decoradores era cambiar la vista de los monumentos que habrían de ser utilizados durante la ceremonia. Ellos usualmente cubrían sus fachadas con una combinación de cortinas negras y banderas tricolores, lo cual animaba su exterior sombrío. En el funeral de Sadi Carnot, por ejemplo, todo el frente del Panthéon desapareció detrás de cortinas negras con ornamentos plateados, banderas tricolores agrupadas como si fueran ramos de fl ores, y las iniciales de la República y del difunto presidente. Las cortinas parecían una cortina de teatro que separaba a los espectadores –que permanecieron en la calle– de la escena en donde tuvo lugar la ceremonia oficial: el interior del Panthéon. El funeral fue representado tanto frente a la cortina, para el público general, como detrás de ésta, para los pocos privilegiados. 19

Sobre el uso de las banderas tricolores el 14 de julio, véase Rosemond Sanson, Les 14 juillet, pp. 82-84.

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El estilo artístico predominante utilizado para decorar los monumentos y la procesión era neobarroca, como en los funerales de la clase alta del periodo. El mensaje republicano fue así envuelto en ropas aristocráticas, las únicas consideradas adecuadamente impresionantes para tal ocasión. Sin embargo, los elementos neoclásicos, tales como las estatuas alegóricas, también se utilizaron. Estas estatuas, que, o bien se colocaban a lo largo de la ruta o, si ya estaban erigidas, eran especialmente destacadas, se adaptaban al papel educativo del evento. Las figuras que aparecían en estas estatuas representaban virtudes abstractas –tales como libertad, patriotismo y republicanismo– asociadas con el gran hombre que pasaba frente a ellas en su viaje a convertirse un antepasado venerado. Durante el funeral de Estado de Léon Gambetta (1883), por ejemplo, el féretro del popular estadista republicano, que encabezó la lucha contra Prusia después de la caída del Segundo Imperio, desfiló frente a la estatua alegórica de la ciudad de Estrasburgo cubierta con un velo negro, de luto, un símbolo tanto de la derrota francesa como de la esperanza de venganza. Todos los elementos decorativos –las cortinas, las estatuas, el catafalco y las coronas– eran enormes, para engrandecer al gran hombre y hacer su entrada a la memoria nacional tan impresionante como posible. Esta inclinación por las dimensiones colosales, manifestada también en el símbolo de la Exhibición Internacional de 1889, la Torre Eiffel, era típica de la confianza del régimen en sí mismo. Pese a sus dificultades políticas, el régimen confiaba en su capacidad de utilizar ciencia y educación para asegurar el progreso de los franceses y de la humanidad. La escala gigante de las decoraciones era con frecuencia también señal de un deseo por convertirse, o de convertir a alguien más, en inmortal –es decir, por eternizar un recuerdo–. Paradójicamente, la transformación era tan efímera como grande. Las decoraciones tenían que ser armadas y desarmadas rápidamente. Hechas de tela, madera, yeso y cartón, ellas asemejaban una escenografía, y esto reforzaba la teatralidad del evento. El énfasis conspicuo en el tamaño y esplendor, tan típico del periodo anterior a 1914, se suspendió después de la Primera 66


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Guerra Mundial. La “panteonización” de Jaurès en 1924 estaba todavía inspirada por el “gigantismo” de la preguerra, pero el estilo era diferente: el catafalco y la carroza estaban diseñados en líneas simples, rectas, y el gris era el color dominante. Más aún, la escala de estas ceremonias funerarias era excepcional durante el periodo de entreguerras. El gusto de los organizadores, y del público, había cambiado claramente, en la medida en que el “modo operístico cedió el paso al modo prosaico”.20 La ornamentación aristocrática, que parecía falsa y superfl ua, fue reemplazada por un diseño sobrio, simple, a pequeña escala, que se ajustaba mejor al humor del país en los momentos en que se evocaban las numerosas bajas de guerra. Los hombres ordinarios, simbolizados por la figura del Soldado Desconocido, se volvieron no menos heroicos que los grandes hombres, y las viejas convenciones dejaron de ser adecuadas para expresar un duelo tan extendido. El nuevo estilo práctico no agradaba a todos. Cuando, por ejemplo, el ataúd de Foch yacía en un simple armón de artillería en el desadornado Arc de Triomphe, la prensa derechista protestó de que representaba una visión poco estimulante comparada con el catafalco majestuoso de Victor Hugo, que había estado en el mismo punto. “El monumento se veía como siempre”, escribió L’Action Française, y acusó al gobierno de intentar disminuir la magnitud del funeral de un héroe cristiano.21 Pese a la crítica, la oposición derechista no puso en tela de juicio la visión básica del régimen del centro sagrado. La ausencia de tal desafío no revelaba que los republicanos hubieran logrado identificarse con la nación; en vez de esto, significaba solamente que habían conseguido apropiarse del viejo centro sagrado, con el que también se identificaba el ala derecha. La oposición izquierdista, sin embargo, trató de subvertir el uso oficial del espacio parisino, ya a través de ofrecer otra lectura del centro 20

Eric Hobsbawm, “Mass-Producing Traditions: Europe, 1870-1914”, en Eric Hobsbawm y Terence Ranger (coords.), The Invention of Tradition (Cambridge, 1983). 21 L’Action Française, 25 de marzo de 1929; La Croix, 26 de marzo de 1929.

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republicano o, con más frecuencia, mediante el establecimiento de un centro alternativo. La imposibilidad de imponer una interpretación histórica única del espacio parisino fue demostrada por el Partido Comunista en la ocasión de la panteonización de Jaurès. Los comunistas, quienes aseguraban ser los verdaderos herederos de Jaurès, resintieron su “anexión” por parte del Cartel des gauches (la coalición de radicales de izquierda y socialistas que gobernó Francia entre 1924 y 1926) y participaron oficiosamente en su cortejo fúnebre, siguiendo la misma ruta: de la Place de la Concorde al Panthéon. Ellos consideraron la marcha detrás del ataúd como un “peregrinaje revolucionario” que llevaba de la Place de la Révolution (el nombre de la plaza durante la Revolución Francesa) al monumento que era uno de los últimos bastiones de la Comuna de 1871.22 Los comunistas usualmente evitaban el centro oficial y preferían usar las arterias principales del París oriental para sus procesiones. Esta parte de la ciudad era un área de la clase obrera que incluía sitios considerados sagrados, tales como el Muro de los Federales, en el cementerio de Père-Lachaise, y la Place de la Bastille.23 Itinerarios ampliados. Pese a que algunos de los funerales de Estado más notables estuvieron confinados al centro sagrado de la capital, la ruta de otros se extendió más allá del centro. El funeral de Estado del presidente Carnot (1894), por ejemplo, pertenecía al primero de los grupos. Su primera etapa tuvo lugar en el Palais de l’Elysée, una morada majestuosa usualmente cerrada al público. Allí yació el cuerpo durante cuatro días, atrayendo multitudes de varios miles de personas, que quedaron boquiabiertas ante el escenario de aspecto majestuoso. La ceremonia, que tuvo lugar en un domingo para permitir que asistieran tantos franceses como fuera posible, comenzó en el patio del Palais de l’Elysée, donde 22

L’Humanité, 23 de noviembre de 1924. Véase Madeleine Reberioux, “Le mur des Fédérés”, en Pierre Nora (coord.), Les lieux..., I, pp. 619-649. 23

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se colocó el ataúd sobre una carroza monumental. El magnífico cortejo avanzó a través de la Avenue des Champs Elysées, de la Place de la Concorde y de la Rue de Rivoli, hasta llegar a su primera estación, la maravillosamente decorada catedral de Notre Dame, en donde se celebró un oficio religioso. Después, el cortejo continuó a través del Boulevard Saint-Michel a su segunda y última estación: el Panthéon. El clero permaneció a la zaga, pues hubiera sido un acto sacrílego acompañar al cuerpo hasta la iglesia desacralizada. La ceremonia del sepelio en el Panthéon fue enteramente civil, y consistió en cuatro discursos, un desfile militar y una inhumación íntima en la cripta. A través del uso ritual del espacio y la decoración, el funeral de Carnot logró combinar elementos reales, religiosos y civiles, todos lado a lado bajo los auspicios de la República. El funeral de Estado en 1899 del presidente Félix Fauré, el sucesor de Carnot, también comenzó con una capilla ardiente en el Palais de l’Elysée y continuó con un servicio religioso en Notre Dame. El entierro, sin embargo, tuvo lugar en el cementerio de Père Lachaise, lejos del centro. Esta parte de París también era socialmente periférica: era un área de la clase obrera, y sus habitantes, expulsados del centro por Haussmann, usualmente no visitaban los más prósperos barrios del centro y y el oeste. El prolongamiento de la procesión a Père Lachaise conectó el centro sagrado con el barrio de los trabajadores, y la calurosa bienvenida de la multitud permitió al régimen ostentarse como verdaderamente popular. Además, los oradores en el cementerio enfatizaron el que Fauré comenzara su carrera como aprendiz de curtidor y que fuera, por lo tanto, “un hijo del pueblo”.24 El hombre que se trasladó simbólicamente de la periferia al centro más profundo regresó tras su muerte a descansar entre su gente. El movimiento del centro a la periferia caracterizó no sólo a los funerales de Estado que culminaban en cementerios parisinos, 24 Journal Officiel de la République Française, Chambre des Députés, Débats, 24 de febrero de 1899, p. 1273.

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sino también a aquellos que terminaban en las provincias. De hecho, pese a que la gran mayoría de los funerales tuvo lugar en París, más de un tercio de los entierros (31 de 82) tuvo lugar en las provincias. La proporción de funerales de Estado que acababan en las provincias era más pequeña (3 a 12), pero un funeral de Estado que era un evento menor en París usualmente se convertía en una ocasión importante en una ciudad o pueblo provincial. En estos funerales, París en conjunto se convertía en el centro sagrado que se conectaba con la periferia mediante el viaje de un féretro. El trayecto era en sí un acto ceremonial: se transportaba el ataúd en un tren o en un vagón especial distinguido por decoraciones funerarias interiores y exteriores, y lo acompañaban la familia, amigos, funcionarios de Estado y una guardia militar honoraria. En su ruta, el tren se detenía en varias ciudades para celebrar cortas ceremonias oficiales, dirigidas por el alcalde o el prefecto. El tren especial que transportaba el ataúd de Gambetta paró en su camino a Niza en Tonnerre, Dijon, Macon, Lyon, Valence, Avignon, Marseille y Toulon. Multitudes inmensas lo esperaban en cada estación del ferrocarril. Fue la única manera para que la gente homenajeara a un líder popular republicano. Al igual que la procesión en la ciudad, el viaje del tren no era meramente un medio para transportar a un gran hombre de un punto al otro; tenía el valor intrínseco de una fase de transición, durante la cual el finado era transformado de héroe nacional en héroe local. Mientras que los funerales en París eran ceremonias de Estado y tenían el status oficial de eventos nacionales, los funerales en las provincias eran eventos locales, organizados y conducidos por las autoridades de la localidad. La estructura de los funerales provinciales era similar a la de los funerales parisinos, salvo por el punto de partida, que era una estación local de ferrocarril. En la fase de separación, el cuerpo yacía en capilla ardiente usualmente en la alcaldía o en una iglesia; durante la fase de transición, el cuerpo era conducido al cementerio en una procesión solemne, y la fase de incorporación consistía en la ceremonia en el cementerio. 70


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La comunidad local entendía este segundo tipo de funeral como un acto supremo de retorno. Un hijo fiel de la región, que había forjado un nombre para sí en la alejada metrópoli, regresaba a casa para ser enterrado junto a su padre y ancestros. La muerte ocasionaba un retorno dual: a la “madre tierra” y al lugar donde el gran hombre pasó su juventud recibiendo poder de su familia y de sus raíces regionales. Pero pese al énfasis en la procesión y a las oraciones sobre la tradición y los valores locales, no había un sentimiento de animosidad hacia, o alienación de, el poder central. Al contrario, las autoridades locales, una y otra vez, expresaban su orgullo en la contribución que la región había hecho a la nación –una contribución que había acrecentado la reputación de su pequeño rincón del mundo–. Además, el viaje por tren del ataúd, que permitía a las provincias formar parte de la apoteosis póstuma del gran hombre, hacía que la conexión entre el centro y la periferia se volviera más tangible. Los funerales duales reforzaban la unidad de la nación sin disminuir la identidad provincial. Tales funerales correspondían a la visión de los padres fundadores de la Tercera República, quienes no veían contradicción entre el centralismo político de la República y cierto grado de autonomía local.25 El poder del régimen se basaba, según esta visión, en la proliferación de centros republicanos de poder, que crearían conjuntamente una nación unida sin suprimir su diversidad interior. Los viajes en dirección opuesta –de la periferia al centro– con frecuencia ocurrían cuando importantes colonizadores morían en una colonia. En estos casos, la Francia metropolitana en conjunto funcionaba como el centro sagrado hacia el cual se trasladaba el ataúd, con el barco deteniéndose para celebrar ceremonias funerarias locales en las colonias francesas. Tales viajes indicaban la posición inferior de las colonias: los individuos podían pasar gran parte de su vida allí, pero se les enterraba en Francia. 25 Mona Ozouf, “Jules Ferry et l’unité nationale”, en Mona Ozouf, L’école de la France: Essais sur la Revolution, l’utopie et l’enseignement (París, 1984), pp. 400-415.

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El movimiento de féretros a través del globo ayudaba a solidificar los lazos entre la madre patria y sus colonias. Las estaciones camino a Francia marcaban las fronteras del imperio colonial, y los reportes detallados de la prensa convertían la línea abstracta trazada en el mapa en puntos concretos que, como una gota de agua que tiene todos los ingredientes de un océano entero, representaba a la sociedad y la cultura francesas lejos de la madre patria. Por ejemplo, el cuerpo del almirante Amédée Courbet, un comandante de las fuerzas francesas en el sureste de Asia que murió en Tonkín en 1885, fue enviado a bordo de un buque insignia a Francia. El largo viaje marítimo y las ceremonias funerarias sostenidas en puertos exóticos fueron extensamente cubiertas por la prensa, como lo fue el funeral de Estado celebrado en los Invalides y el que tuvo lugar en Abbeville, la ciudad natal del almirante. La conexión creada entre los funerales de Estado y el centro sagrado de la nación ayudaba a apuntalar el régimen pero tenía una desventaja: confinar la parte principal de las ceremonias al centro de París significaba que el resto del país quedaba excluido de los eventos. Cuando mucho, la gente en las provincias podía presenciar las ceremonias indirectamente, a través de reportes periodísticos y descripciones de testigos. Para superar esta limitación espacial, algunos de los funerales de Estado celebrados en el periodo de entreguerras fueron transmitidas en vivo por radio. Por ejemplo, en los funerales de Jaurès, Foch y Poincaré, la parte musical de la ceremonia y los discursos fueron transmitidos en las estaciones del Estado, que suspendieron su transmisión regular. El uso de transmisiones en vivo creó un segundo espacio imaginario que, teóricamente, no tenía fronteras. Dos centros sagrados figuraban en este espacio: el centro parisino, desde donde se transmitía el programa, y cada lugar en donde las familias y los vecinos se reunían para escuchar la ceremonia. Las transmisiones en vivo borraban así la distinción entre lo público y lo privado, y lo privado y lo sagrado, en la medida en que el evento sagrado y público cruzaba el espacio privado y familiar. 72


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El funeral de Estado se convirtió en un evento de los medios de comunicación y su “lugar” fue también el nuevo medio electrónico.26 Ésta era la satisfacción retrasada de las visiones de los líderes de la Revolución Francesa, quienes, inspirados por los escritos de Jean-Jacques Rousseau, concibieron un sistema de festivales cívicos en los cuales la comunidad entera interviniera. El elemento de participación total y directa estaba ausente de las ceremonias funerarias, pero las transmisiones en vivo permitieron elementos de inmediatez y simultaneidad que eran importantes para unificar a la nación. Los funerales de Estado de la Tercera República francesa eran eventos en los cuales tres factores sagrados interactuaban: los valores republicanos centrales, el centro inmóvil de París y el ataúd móvil de un gran hombre, que era el centro del cortejo. El espacio urbano y el féretro se convirtieron en señales tangibles de la nación republicanizada y su interacción acentuaba su calidad de sacro a través de un proceso de amplificación mutua. Tal amplificación ocurría porque los funerales creaban la combinación única de espacio y tiempo que Bakhtin ha llamado un “cronotopio” (“chronotope”). En una unidad tal, “el tiempo, por así decirlo, se espesa, se encarna, se vuelve artísticamente visible; igualmente, el espacio se vuelve cargado y receptivo a los movimientos de tiempo, trama e historia”.27 Bakhtin aplicó el concepto de cronotopio solamente a textos literarios, pero es igualmente adaptable al estudio de fenómenos sociales tales como las ceremonias y sus escenarios. Los funerales de Estado, como la culminación del duelo público por la muerte de un gran hombre, formaban un segmento especial de tiempo, y 26

El número de receptores de radio en Francia en ese tiempo era pequeño –unos 500 mil en 1930–; de ahí la suposición de que los radios funcionaban como centros locales familiares. Véase Claude Bellanger et al. (coords.), Histoire générale de la presse française (París, 1969), III, p. 472. Sobre eventos de los medios de comunicación y su relación con las ceremonias públicas, véase Elihu Katz y Daniel Dayan, “Media Events: On the Experience of Not Being There”, Religion, 15 (1985), pp. 305-314. 27 Mikhail Bakhtin, “Forms of Time and of the Chronotope in the Novel”, en Michael Holquist (coord.), The Dialogic Imagination (Austin, 1981), p. 84.

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así tenían el poder de cargar el espacio urbano parisino con un significado especial. El cronotopio de estas ceremonias reunía el pasado nacional (incrustado en los monumentos sagrados), el pasado individual del finado y el presente republicano, según se manifestaba a través de las decoraciones funerarias y las figuras oficiales que marchaban detrás del ataúd. Para entender enteramente el proceso de amplificación no es suficiente examinar un único cronotopio. En vez de esto, es necesario estudiar una serie de cronotopios y considerar su efecto acumulativo en la memoria colectiva. Por ejemplo, no se puede explicar el tremendo impacto del yacer en capilla de Foch, que atrajo una muchedumbre de más de un millón de personas al Arc de Triomphe, sin considerar varios factores: la imagen napoleónica del monumento; el precedente de su uso para el yacer de Victor Hugo; el desfile de la victoria del 14 de julio de 1919, que comenzó allí y en el que Foch participó, y la tumba del Soldado Desconocido, que también transformó el sitio en un monumento a la guerra. El lugar, el hombre y el régimen dependían unos de otros y en el poder del tiempo para estar a la altura de la santidad.

Fecha de recepción: 21 de marzo de 2007 Fecha de aceptación: 21 de mayo de 2007

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Transformaciones de las estructuras de conocimiento La sociología de la cultura en los estudios sobre comunicación en México Héctor Gómez Vargas Universidad Iberoamericana León

Resumen. Ante las transformaciones a las estructuras de conocimiento en las ciencias sociales y los estudios de la cultura y de la comunicación que se han suscitado a partir de la década de los noventa debido a la presencia creciente de contextos globalizados, se considera pertinente y necesaria una revisión de la manera como se han trabajado algunos enfoques de estudio de la cultura y de la comunicación. Es por ello que en este trabajo se hace una breve revisión de la sociología de la cultura como uno de las principales fuentes de estudio de la comunicación en México y de América Latina en las últimas décadas. Palabras clave: 1. cultura, 2. sociología de la cultura, 3. medios de comunicación, 4. modernidad, 5. globalización. Abstract. In the light of the transformation of knowledge structures in social sciences and the growing globalizing inertia, the studies of culture and communication during the 1990s have acknowledged the need to rethink some approaches to the study of both culture and communication. This work presents a brief revision of the sociology of culture, same which constitutes one of the main sources of communication studies in Mexico and Latin America in the past decades. Keywords: 1. culture, 2. sociology of culture, 3. mass media, 4. modernity, 5. globalization.

culturales VOL. III, NÚM. 6, JULIO-DICIEMBRE DE 2007 ISSN 1870-1191

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Culturales I. Introducción. Tiempos mutantes

EN UNO DE SUS ÚLTIMOS LIBROS, Renato Ortiz (2005) hace la observación de que lo que ha venido aconteciendo en el mundo en las últimas décadas es similar a lo que se dio a finales del siglo dieciocho y principios del diecinueve: una serie de transformaciones, acontecimientos, que fueron una ruptura profunda y decisiva respecto a los siglos anteriores. Esta observación se puede remitir a las que han realizado otros autores en el sentido de que el Moderno Sistema Mundo, que se fraguó a finales del siglo dieciocho, se ha terminado o ha sufrido una bifurcación en el siglo veinte (Wallerstein, 2005) y ha comenzado a aparecer algo nuevo. Esto es importante por dos razones: la ruptura que se dio a finales del siglo dieciocho implicó una amplia transformación de la estructura de conocimiento y de sentimiento, es decir, las formas para conocer y dar cuenta del mundo, de la sociedad, del hombre, y las formas de experimentarlo en la vida social y en lo cotidiano (Hobsbawm, 1971). Las transformaciones llevaron a la creación de una serie de estructuras de conocimiento que permitieran entender y reorganizar los cambios en la vida social, y uno de los resultados fue la emergencia de las ideologías, que estarían presentes en el siglo diecinueve, y de las ciencias sociales (Wallerstein, 1998:21). Si de un tiempo a la fecha estamos viviendo algo parecido a lo experimentado a finales del siglo dieciocho, es necesario reconocer que no podemos dar cabal respuesta a estas preguntas porque aún falta mucho por recorrer para poder tener cierta claridad de lo que hoy estamos viviendo, pues todo indica que este proceso está en formación, en un metabolismo que puede durar décadas; pero sí podemos pensar algunos elementos del nuevo contexto general en el que nos encontramos, lo global. A partir de la globalización se puede percibir que ha cambiado no sólo la manera de producir y consumir bienes materiales, sino también la experiencia misma de las personas en la vida social y cotidiana, y que esto implica en sí mismo una nueva afrenta 76


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a las epistemes de las ciencias sociales y de las humanidades (Ianni, 1996). Así como las ciencias sociales fueron una creación histórica, pareciera que tendrá que emerger una nueva estructura de conocimiento para el siglo veintiuno y las improntas de las nuevas estructuras de conocimiento bien pueden ser muy diferentes a las que se tuvieron desde el siglo diecinueve. Para ello, la constelación de las ciencias sociales y las humanidades han de incluir en sus refl exiones a un área de estudio que ha sido ignorada o vista en una posición periférica: los estudios de la comunicación, no sólo porque los medios masivos de información han sido factores fundamentales para la transformación de la vida, de la estructura del sentimiento a lo largo del siglo veinte, sino que en el veintiuno, junto con las tecnologías de información, son un elemento central del mundo global. Es decir, así como en el siglo diecinueve apareció el estudio de la sociedad y la cultura como elementos clave para entender la vida social de los hombres, ahora, a inicios del siglo veintiuno, la comunicación, lo comunicacional, se abre como uno de los espacios sociales para poder tener elementos para pensar lo que vendrá a lo largo del siglo. Pero esto implica dos cosas: por un lado, los estudios de la comunicación tienen una presencia ya considerable en el tiempo, una historia corta, pero compleja; por otro lado, está el reconocimiento de que en la actualidad los estudios de la comunicación parecen estar desorientados para dónde y cómo mirar hacia adelante. Es decir, tenemos que las ciencias sociales comienzan a girar hacia la comunicación desconociendo en gran parte lo que se ha pensado de ella, y que, por tanto, los estudios de la comunicación están desconcertados. Es por ello que la propuesta de nuestro trabajo, junto con la de otros autores que vienen realizando algo en paralelo, es regresar a la historia y ver la manera como los estudios de la comunicación se conformaron, se desarrollaron y han llegado hasta donde están en la actualidad. Esto puede propiciar una mirada que permita abrir dos bisagras: generar una mirada del panorama actual de los 77


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estudios de la comunicación, organizar lo construido y evaluar los puntos por donde se pueden abrir o construir nuevas miradas, no sólo de la comunicación, sino del mundo contemporáneo. Por el momento, nuestro interés en este documento recae únicamente en tomar una pequeña historia dentro de esa historia: la manera como la sociología de la cultura se constituyó desde la década de los ochenta en una de las principales fuentes científicas para los estudios de la comunicación en México. II. Rupturas, renovaciones. Los estudios

de la comunicación y la sociología de la cultura Una sociología propiamente cultural apareció más nítidamente a partir de la década de los sesenta del siglo veinte. Esa década fue una zona de intensa refl exividad, de revisión, cuestionamiento, diálogo y combate entre diferentes posturas y disciplinas de lo social y lo humano, y fermentó enfoques para dar cuenta de las transformaciones que se habían gestado desde el final de la Segunda Guerra Mundial (Storey, 2001) y que para esa década eran ya una realidad generalizada (Fossaert, 1994). Eric Maigret (2005:23-24) sintetiza lo que representaron estos cambios para los estudios de la comunicación, y habla de lo que sucedía igualmente en otras áreas de estudio: En Europa, el desarrollo de una verdadera ciencia social de la comunicación se realiza en el curso de los años 1960-1980, por fuera del paradigma de los efectos, tan poco productivo. Se fundamenta en una relativización de los objetos en beneficio de una valorización de las lógicas de acción... La comunicación no es tanto un dato (el de la naturaleza) ni un fl ujo de datos (el de la información en sentido matemático), sino una relación permanente de sentido y de poder cuyas cristalizaciones son los contenidos y las formas de los medios.

Habría que recordar que en esos momentos fue cuando se hizo una revisión importante a la lógica de las ciencias socia78


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les, y cuando la hermenéutica fue una fuente importante del diálogo y la revisión, de las que emergieron lo que Giddens (1993) llamó las “sociologías interpretativas”, para las que el significado, la comunicación y la acción en la vida social fueron los programas de análisis y los retos por encarar para las ciencias sociales. Antes del cambio hacia la sociología cultural hubo dos corrientes sociológicas que fueron importantes para la conformación de lo que se llegó a conocer como las corrientes fundadoras o paradigmas dominantes de los estudios de la comunicación: la sociología funcional-estructuralista y la sociología crítica. Ambas sociologías fueron sumamente infl uyentes en la mayoría de los países del mundo, pero la primera fue la más difundida y presente, incluyendo en la misma Europa, y no fue sino hasta la década de los sesenta cuando en muchos lugares más allá de los Estados Unidos comenzó una renovación de los estudios de la comunicación, e incluso la investigación de la comunicación se realizó de una manera formal y sistemática. Estos procesos de cambio se pueden observar en algunas áreas de estudio de lo social, donde se hacen fuertes cuestionamientos a la manera como las ciencias sociales y las humanidades se habían conformado en la primera mitad del siglo veinte (Alexander, 1989). Wallerstein (2005) da cuenta de la forma en que los estudios de economía y de historia fueron fuertemente cuestionados en los cincuenta, críticas que llevarían a la propuesta de los estudios del sistema mundo. Clifford Geertz (1995) hace lo propio en la antropología y abre el panorama de las sociologías comprensivas o interpretativas. Peter Burke (2006) menciona los cambios en los estudios de historia que llevarían a la propuesta de la historia de las mentalidades y posteriormente a la historia cultural. La década de los sesenta fue un momento de construcción de nuevas perspectivas para pensar y estudiar lo social, que se vio refl ejado con el paso de la atención de las estructuras a la de las 79


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prácticas sociales, la dimensión actancial (Chartier, 1996). Es por ello que en los estudios de la comunicación el panorama en los sesenta estuvo cruzado por diferentes acercamientos hacia el tema de los medios de comunicación y las teorías sociales y culturales. Un ejemplo de ello lo podemos encontrar en el libro Sociedad y comunicación de masas, una antología publicada en 1977 por James Curran, Michael Gurevitch y Janet Woollacot, quienes casi al final de la introducción expresan sobre los textos que conforman el libro: Es muy esclarecedor, dentro de este contexto, el que las más interesantes investigaciones contemporáneas hayan surgido de tradiciones teóricas muy distintas, hasta ahora no representadas en la investigación de las comunicaciones masivas: el marxismo, los estudios culturales y el análisis sociológico de la disidencia. The manufacture of news... fue una temprana manifestación de este campo en rápida expansión. Aunque apegado al paradigma lasswelliano (reformulado como “selección, presentación y efectos”), como armazón teórica, el libro incluye, no obstante, unas investigaciones que se apartan radicalmente de la concepción tradicional del proceso de comunicación (1981:14).

Libros, argumentos y referentes como los anteriores fueron parte de las versiones que se comenzaban a generar sobre los estudios de la comunicación, diferentes a la sociología funcional-estructuralista, y más cercanos a la sociología crítica, pero con diferencias y nuevas alternativas sociológicas. Igualmente, esta visión refl eja la emergencia de otra versión de los estudios de la comunicación de corte más sociocultural, el paso que va de la sociología crítica a la sociología cultural. Para la década de los noventa los estudios de la comunicación se ubicaron en dos escenarios: la modernidad y la identidad nacional (Martín Barbero, 1997: 15-16). Los dos escenarios están en relación con una serie de cambios que se venían desarrollando desde fi nales de la década de los ochenta y que fueron una realidad generalizada en los noventa. 80


Transformaciones de las estructuras de conocimiento III. Despertares y coincidencias. La sociología

cultural y la comunicación en América Latina A principios de la década de los noventa, Raúl Fuentes Navarro (1992) publicó un libro, Un campo cargado de futuro. El estudio de la comunicación en América Latina, para la Federación Latinoamericana de Facultades de Comunicación Social (Felafacs), en el que intentó dar un panorama de los estudios de la comunicación en esos momentos. En la primera parte del libro va mostrando que un elemento clave de los estudios de comunicación en América Latina ha sido la tendencia a su articulación con la cultura, que esta articulación era más evidente a partir de la década de los ochenta y que se manifestaba en diversos ámbitos: en los temas más tratados en revistas latinoamericanas, en los principales proyectos de investigación, en los textos empleados en las universidades, en los principales debates teóricos e intelectuales, en las temáticas de congresos, seminarios, coloquios... Además de reconocer que no ha sido el único enfoque ni temática, igualmente habría que reconocer que la articulación entre comunicación y cultura no ha sido la misma, sino que ha tenido diversas tendencias y propuestas desde la década de los sesenta, como lo manifiesta el mismo Fuentes Navarro, y que lo acontecido lo podríamos sintetizar como el paso de la visión de la sociología crítica a la sociología cultural. Esta transición no fue simple ni lineal, ni implicó la desaparición de lo primero por lo segundo. América Latina amanece en la década de los sesenta con la infl uencia del paradigma norteamericano, principalmente aquel que emanó como parte de la teoría de la modernización (Sánchez Ruiz, 1986) y que conformó el objetivo de la CEPAL para contribuir al desarrollo de los países del Tercer Mundo, con lo cual se comenzó a investigar el papel de los medios de comunicación, en particular la radio y la televisión, en el proceso de modernización latinoamericano, que se desarrollaría a través del Centro Internacional de Estudios Superiores de Periodismo para América Latina (CIESPAL). 81


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Diez años después de los primeros trabajos de la CIESPAL para la modernización de América Latina, sus esfuerzos eran cuestionados y el paradigma norteamericano aplicado en diferentes países latinoamericanos fue mostrando sus deficiencias y fisuras. Algunos latinoamericanos, que habían participado en trabajos de investigación y en los diagnósticos sobre los medios de comunicación en América Latina impulsados por la CIESPAL, comenzaron a difundir la crítica al paradigma norteamericano y la necesidad de crear un pensamiento comunicacional propio. Entre ellos estuvieron Luis Ramiro Beltrán y Juan Díaz Bordenave, como antes lo había hecho el venezolano Antonio Pascuali en un libro publicado en 1963, Comunicación y cultura de masas. En los setenta, muchos estudiosos de América Latina se abocaron a trabajar desde la plataforma de la teoría de la dependencia y bajo las premisas de la sociología crítica y los estudios ideológicos, y comenzaron a publicar algunos libros bajo la rúbrica que llegaría a conocerse como el “imperialismo cultural” o los estudios de la “dominación ideológica”, que se sustentaban en las propuestas de la Escuela de Frankfurt, el marxismo estructural, el estructuralismo de vertiente psicológica, antropológica y filosófica, y la semiótica, cuyo elemento para organizar el abordaje teórico era dar cuenta de dimensiones estructurales, en algunos casos de una economía que buscaba basarse en el sistema de propiedad y control de los medios para llegar, a través del discurso, a lo ideológico. A finales de los setenta se llevó a cabo una revisión de la sociología crítica y del discurso ideológico, pues se sentía que eran insuficientes para abordar los cambios sociales, políticos, económicos, culturales y comunicacionales que se estaban gestando en América Latina. A finales de los setenta y a principios de los ochenta, en algunas revistas latinoamericanas se percibe una zona de transición hacia otras rutas, otras perspectivas, de lo cultural en la comunicación. Por ejemplo, la revista Comunicación y Cultura, que comenzó a ser publicada en 1974 en Argentina y a partir de 1979 se publicó en México, en su número 6, en 1978, publicó algunas de las po82


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nencias que se presentaron en la Conferencia Internacional sobre Imperialismo Cultural y Resistencia Cultural, que se realizó en 1977 en Argel. Algunas de esos textos fueron: de Armand Mattelart, “Notas al margen del imperialismo cultural”; de José VidalBeneyto, “La dependencia de las categorías conceptuales en las ciencias sociales”; de Dominique Perrot, “Refl exiones para una lectura de la dominación a partir de los objetos”; de Luis Nieves Falcón, “Imperialismo cultural y resistencia cultural en Puerto Rico”; de Michéle Mattelart, “Creación popular y resistencia al sistema de los medios de comunicación”, y de Ariel Dorfman, “La cultura como resistencia democrática en Chile hoy”. En el número 9, de 1983, se publicaron artículos como “Veinticinco años de satélites artificiales”, de Héctor Schmucler; “El cambio tecnológico en las comunicaciones. En torno a la computación”, de Judith Sutz; “Comunicación y movimientos populares. El papel de la comunicación y los procesos populares”, de Ana María Nethol, y “Radiofonías: cómo escuchar la radio”, de Raymundo Mier, entre otros, pero destaca el texto de Jesús Martín Barbero, “Retos a la investigación de comunicación en América Latina”, con el cual revisaba la situación de la investigación de la comunicación en Latinoamérica y sintetizaba las tendencias que debía tener tal disciplina latinoamericana, en un momento en el que se hacían presentes las nuevas tecnologías (en particular los satélites), los fl ujos de información a nivel internacional, las alteraciones de la cultura popular y la búsqueda de procesos de comunicación alternativos y comunicativos, como se puede ver en los artículos que conformaron ese número y que hablaban de las inquietudes de refl exión que se establecían y rondaban en esa época. Pero en el número 10, publicado igualmente en 1983, la revista abordaba más frontalmente el tema de la cultura popular, aunque igualmente se manifestaban las inquietudes por la televisión y la tecnología, temas en los que coincidían los enfoques de la sociología crítica y de la emergente sociología de la cultura. Algunos de los artículos publicados fueron: de Jorge González, “Cultura (s) popular (es) hoy”; de Alberto Cirese, “Cultura popular, cultura 83


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obrera y lo ‘elementalmente humano’”; de Jesús Martín Barbero, “Memoria narrativa e industria cultural”; de Antonio Paoli, “Hegemonía, sentido común y lenguaje”; de Silvano Rosales, “Bibliohemerografía”, una lista interesante e importante sobre libros y textos de la cultura; de Armand Mattelart, “Tecnología, comunicación y cultura”; de Margarita Zires, “El discurso de la televisión y los juegos infantiles, y de Carmen de la Peza, “La inscripción de los poderes en el juego infantil”. En este número de la revista Comunicación y Cultura, además de colocar en el centro la temática de la cultura popular, se hacen evidentes las líneas de tensión de las refl exiones culturales para dar cuenta de las transformaciones del pensamiento de lo popular que se habían hecho en años anteriores, y se manifiestan algunas de las tendencias que se darían en los años posteriores. La sociología crítica apareció pensando la televisión y la tecnología, y la sociología cultural comenzó a refl exionar más bien en lo popular. La presencia del neogramsciano Alberto Cirese es emblemática de la atención que se puso en la obra de Gramsci, y en la forma misma de pensar lo popular. Pero Jorge González y Jesús Martín Barbero igualmente son importantes porque son parte del laboratorio de pensamiento que se estaba realizando sobre lo popular, lo que se puede ver en los cambios de sus trabajos del momento respecto a sus primeras obras. Esa transición se puede observar comparando la tesis de licenciatura de 1978 de Jorge González, que desarrolló junto con Laura Sánchez Menchero, y el libro que resultó de esa tesis: Dominación cultural. Expresión artística, promoción popular (1980), con el texto que publicó en 1981 en los Cuadernos del Ticom, en el número 11, Sociología de las culturas subalternas, que ya manifestaba cambios importantes pero que se refl ejarían aún más en el texto publicado en Comunicación y Cultura, y que después sería un capítulo de su libro Cultura (s), publicado en 1986. El artículo publicado de Jesús Martín Barbero daba cuenta de las rupturas de su libro Comunicación masiva: discurso y poder (1978) con los estudios que realizaría después acerca de las matrices cultu84


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rales, que lo llevarán más adelante a las propuestas que haría en De los Medios a las mediaciones (1987) y en su investigación sobre las telenovelas en Colombia. Igualmente es interesante la presencia de Antonio Paoli, con su texto sobre la hegemonía, el sentido y el lenguaje, que lo desarrollaría más ampliamente en un libro de 1984, La lingüística en Gramsci. Teoría de la comunicación política, donde hacía evidente la manera como la obra de Gramsci no sólo atraía la atención, sino que se empleó como un recurso para pensar la comunicación y los medios de comunicación ante las experiencias populares. Otro ejemplo es la revista Christus, que en 1978 dedicó el número 517 a la comunicación popular, y que en números anteriores había tratado temas como la dominación ideológica y cultural, el imperialismo cultural, la comunicación alternativa y la promoción cultural. En el número 517 aparecen dos artículos muy importantes de Gilberto Giménez y Jorge González: “Notas para una teoría de la comunicación popular”, del primero, y “El teatro popular: un instrumento de comunicación”, del segundo. De la cantidad de temas y agendas de estudio, eran tres las que se destacaban a principios de los ochenta: la cultura popular, la comunicación alternativa y las nuevas tecnologías de información. Un ejemplo de estos intereses pueden ser algunas de las temáticas abordadas por la revista Chasqui a partir de 1983 y hasta 1985: • Núm. 6, enero-junio de 1983: nuevas tecnologías de comunicación. • Núm. 7, julio-septiembre de 1983: democracia y comunicación. • Núm. 8, octubre-diciembre de 1983: comunicación popular. • Núm. 9, enero-marzo de 1984: la televisión en Latinoamérica. • Núm. 10, abril-junio de 1984: la radio educativa. • Núm. 11, julio-septiembre de 1984: 25 años del CIESPAL. • Núm. 12, octubre-diciembre de 1984: cine latinoamericano. 85


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• Núm. 13, enero-marzo de 1985: comunicaciones en el año 2000. • Núm. 14, abril-junio de 1985: investigación y planificación de la comunicación. • Núm. 15, julio-septiembre de 1985: lectura crítica de mensajes. • Núm. 16, octubre-diciembre de 1985: comunicación y niños. En ese contexto de cambios de escenarios, de intereses, de prioridades, de tensiones y disputas teóricas, intelectuales e ideológicas, el tema de la cultura popular fue lo que introdujo una serie de modificaciones importantes en el enfoque de los estudios de la comunicación y de la cultura en América Latina, no sólo porque recibió una mayor atención, sino porque permitió formalizar a mediados de los ochenta algunos modelos teóricos y metodológicos para el estudio de la comunicación bajo la perspectiva de la sociología cultural, algo que poco o nada se había realizado anteriormente y que posibilitaría que se convirtiera en una de las principales fuentes científicas de los estudios de la comunicación, aun en tiempos donde lo popular se disolvía para dar cabida a otras temáticas, como sería el caso de la globalización. Tres investigadores fueron claves para el giro hacia la sociología cultural y de gran infl uencia para los estudios de la comunicación en América Latina: Néstor García Canclini, Jesús Martín Barbero y Jorge González. Las obras de García Canclini, Martín Barbero y González de los ochenta eran parte de las tendencias que se estaban dando en América Latina y que se pueden observar en otros autores que a la postre serían identificados como los principales estudiosos de la comunicación, y que andando el tiempo serían reconocidos a nivel internacional por sus contribuciones al análisis de la cultura y a los estudios de la comunicación, como se puede ver en el texto de James Lull, Hybrids, Fronts, Borders. The Challenge of Cultural Analysis in Mexico (1998). 86


Transformaciones de las estructuras de conocimiento

Néstor García Canclini publicó en 1977 Arte popular y sociedad en América Latina, y en 1982, Las culturas populares en el capitalismo, donde abordaba el tema de las culturas populares y los procesos de urbanización y transnacionalización, lo que le permitió proponer el estudio de los elementos que rompían con la visión tradicional de las culturas populares y que después lo llevaron a proponer otros enfoques para el estudio de la comunicación, como los basados en el consumo cultural (1993) y en las culturas híbridas (1990). Jesús Martín Barbero, después de Comunicación masiva: discurso y poder, propuso un giro importante en las formas de entender a la comunicación a través del enfoque de la cultura en De los medios a las mediaciones (1987) y de Procesos de comunicación y matrices de cultura (1989). Estos libros de Martín Barbero representaron un viraje de los estudios de la comunicación, al pasar del estudio de los medios al de las mediaciones, tomando como eje de estudio la cultura y proponiendo un “mapa nocturno” para el estudio de la comunicación. Jorge González propuso el modelo de los frentes culturales como perspectiva de estudio de las culturas populares contemporáneas en México en su libro Cultura (s) (1986), que fue resultado de investigaciones en libros como Dominación cultural. Expresión artística, promoción popular (1981) y Sociología de las culturas subalternas (1981). También podemos decir que la introducción de la sociología de la cultura propició la aparición de una serie de tendencias importantes para el estudio de la comunicación en América Latina, las cuales serían reconocidas como los aportes más importantes de Latinoamerica al estudio de los medios de comunicación, las que infl uirían en mucho a la investigación de la comunicación en la década de los noventa. Entre esos enfoques estuvieron los estudios del consumo cultural de García Canclini, los frentes culturales de Jorge González, los usos sociales de los medios de Martín Barbero, la recepción activa de Valerio Fuenzalida y el modelo de las multimediaciones de la recepción de Guillermo Orozco (Jacks, 1996; Jacks y Ecosteguy, 2005). 87


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En la década de los noventa, los cambios en el mundo propiciaron que los temas que estaban en discusión a nivel mundial fueran igualmente abordados en América Latina, con un cambio importante: introducir a la cultura como la dimensión de análisis de la comunicación. La dimensión cultural se convirtió en la mirada para observar procesos más amplios, reconocr la dimensión comunicacional y analizar la infl uencia de los medios de comunicación en la construcción de identidades, ciudadanías y políticas culturales. En la década de los ochenta, del pensamiento de las culturas populares como parte del proceso de una modernidad tardía se pasó, hasta mediados de los noventa, a pensar la posmodernidad, y de ahí en adelante devino lo global. Es interesante observar que, en la tercera sistematización de los documentos de la investigación de la comunicación en México del periodo de 1995 a 2001, Raúl Fuentes Navarro (2003) no incluye ninguna entrada para “Popular” o “Cultura popular”, y aunque aparece el de cultura urbana, es muy reducida, frente a entradas como consumo, globalización, identidad, identidad cultural, internet, modernidad, multiculturalidad, televisión, por señalar sólo algunas. Pareciera que el tema de lo popular en los noventa decae y gira hacia otros ámbitos de lo cultural. Los autores que impulsaron los cambios de perspectivas de estudio de la cultura, y de la comunicación fueron igualmente importantes y representativos, y su obra un síntoma del pensar y, también, los dominios cognitivos a los que muchos acuden para pensar e investigar la comunicación. La figura de Jesús Martín Barbero se diversificó a través de artículos divulgados en revistas y libros colectivos, así como en algunos libros en colaboración, como Televisión y melodrama, Proyectar la comunicación (1997) y Los ejercicios de ver (1999). Por su parte, Néstor García Canclini presentó su pensamiento en libros personales y colectivos. En 1991 publicó Públicos de arte y política cultural; en 1993, El consumo cultural en México; en 1994, Públicos de arte y política cultural y Los nuevos espectadores: cine, televisión y video en México; en 1995, Consumidores y ciudadanos. 88


Transformaciones de las estructuras de conocimiento

Conflictos multiculturales de la globalización y Cultura y pospolítica. El debate sobre la modernidad en América Latina; en 1997, Imaginarios urbanos; en 1998, Cultura y comunicación en la ciudad de México. Primera Parte. Modernidad y multiculturalidad: la ciudad de México a fin de siglo; en 1999, La globalización imaginada; en 2002, Cultura y comunicación en la ciudad de México. Modernidad y multiculturalidad: la ciudad de México a fin de siglo, y en 2005, Diferentes, desiguales y desconectados. Un punto importante en Martín Barbero y García Canclini fue la preocupación por el establecimiento de políticas con base en un pensamiento latinoamericano, en las cuales participarían diversos investigadores y pensadores de toda América Latina, lo que se puede ver en Iberoamerica 2002. Diagnóstico y propuestas para el desarrollo cultural (2002) y en El espacio cultural latinoamericano. Bases para una política cultural de integración (2003). Pero a partir de la década de los noventa surgieron más obras de varios autores latinoamericanos. En Brasil, Renato Ortiz publicó en 1988 La tradición moderna en Brasil, en 1991 Mundialización y cultura, en 1996 Otro territorio. Ensayos sobre el mundo contemporáneo, en 2003 Lo próximo y lo distante: Japón y la modernidad-mundo, y Mundialización: saberes y creencias en 2005; también Muniz Sodré, que en los ochenta publicó La comunicación de lo grotesco. Un ensayo sobre la cultura de masas en Brasil, en los noventa se hizo presente con libros como Reinventando la cultura. La comunicación y sus productos (1998) y después publicó Sociedad, cultura y violencia (2001). En Venezuela, Daniel Mato realizó investigaciones sobre la globalización, la producción transnacional y las representaciones sociales. En Chile destaca José Joaquín Brunner, quien en 1992 dio a la luz América Latina: cultura y modernidad; en 1999, Globalización cultural y posmodernidad, y en 2003, Educación e internet. ¿La próxima revolución? En Chile , Martín Hopenhayn publicó en 1994 Ni apocalípticos ni integrados. Aventuras de la modernidad en América Latina, y en Argentina, Aníbal Ford 89


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sacó Navegaciones. Comunicación, cultura y crisis (1996) y La marca de la bestia. Identificación, desigualdades e infoentretenimiento en la sociedad contemporánea (1999). IV. Giros y encuentros. Los estudios de la cultura

y de la comunicación en México En 1987 Raúl Fuentes Navarro publicó el primer libro de sistematización documental de lo investigado en México de 1956 a 1986. Entre las categorías de entrada que incluyó para la búsqueda de documentos no aparece el tema de la cultura popular, pero sí el tema de lo popular. En la entrada respectiva se ubican 41 documentos, con los cuales se congregan aquellas visiones que desde los setenta se venían gestando acerca del tópico. Los 41 documentos los podemos ubicar en distintos énfasis de lo popular, de acuerdo con la siguiente clasificación: Cuadro 1. Subcategorías de la entrada “Popular”. Subtemáticas

Cantidad de documentos

Teoría de lo popular Promoción popular Comunicación participativa Comunicación rural Grupos marginales Arte popular Comunicación de masas y culturas subalternas Educación popular Religiosidad popular Política y cultura popular Total

16 5 4 3 3 3 2 2 1 1 41

Fuente: Fuentes Navarro, 1987.

Otro dato importante de estos documentos es el año en que fueron publicados, como se puede ver a continuación: 90


Transformaciones de las estructuras de conocimiento Cuadro 2. Año de publicación, documentos de la entrada “Popular”. Año de publicación

Número de documentos

1973 1974 1975 1976 1977 1978 1979 1980 1981 1982 1983 1984 1985 1986

1 1 1 1 2 2 2 3 4 6 13 3 0 2

Fuente: Fuentes Navarro, 1987.

El tema de lo popular, de acuerdo con lo registrado en el libro de Fuentes Navarro (1987), tiene una presencia muy marginal de 1973 a 1979, cuando se refiere principalmente a la promoción popular, arte popular, comunicación rural, pero a partir de 1980 comienza a ser sensible su crecimiento hasta 1983, el año en que se publican más documentos al respecto, para después declinar. En los ochenta lo popular se relaciona con la comunicación participativa y con la educación, aunque siguen apareciendo trabajos sobre grupos marginados y comunicación rural. Un punto que se debe destacar es que de 1981 a 1986 los trabajos teóricos crecen sustancialmente, con autores como Jorge González, Néstor García Canclini, Alberto Aziz Nassif y Daniel Prieto. Otro elemento más son los tipos de difusión o publicación de los documentos, ya que 14 son artículos de revistas, 12 ponencias, 10 cuadernos, dos libros y un documento de trabajo. De las revistas, las que más publicaron textos sobre lo popular son los Cuadernos de Comunicación, fundada en 1975, con cinco documentos, y Comunicación y Cultura, editada en México desde 1979, con 91


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tres. De los cuadernos, los que más destacan son los Cuadernos del Ticom, de la Universidad Autónoma Metropolitana, que comenzaron a publicarse en 1979, con tres cuadernos, e igualmente los cuadernos conocidos como Publicación ITESI Ciencias de la Comunicación, con tres cuadernos. Finalmente, están las ponencias presentadas en diferentes espacios: en 1981, en el Foro Interamericano La Cultura Popular y la Educación Superior; en 1982, en el Encuentro Nacional Sociedad y Culturas Populares; en 1983, en la I Reunión de Investigadores de la AMIC, el II Encuentro Nacional Coneicc y el Seminario Internacional La Comunicación Popular Educativa: Balance y Perspectiva; en 1984, en el III Seminario Latinoamericano de Investigación Participativa. En la segunda sistematización de documentos de la investigación de la comunicación en México, que abarca de 1986 a 1994, Fuentes Navarro (1996) realizó algunas modificaciones a las entradas de los documentos. En el caso que nos ocupa, la entrada “Popular” dejó de aparecer pero apareció la de “Cultura popular”, al igual que “Cultura urbana”. En la entrada “Cultura popular” Fuentes Navarro ubica 22 documentos, de los cuales 14 fueron artículos en revistas, cuatro capítulos de libros, tres tesis de maestría, un cuaderno y un libro. La distribución de libros por años es la siguiente: Cuadro 3. Año de publicación, entrada “Culturas populares”. Año de publicación

Número de documentos

1987 1988 1989 1990 1991 1992 1993 1994 Total

5 4 5 5 0 1 1 2 22

Fuente: Fuentes Navarro, 1996.

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Los objetos de estudio que se reportan incluyen varias temáticas en ocasiones, pero los principales fueron: cultura popular, cultura popular urbana, culturas juveniles, cultura religiosa popular, cultura política, radio popular, producción de significados, música popular y telenovelas, y los principales autores de este rubro son Néstor García Canclini, Gilberto Giménez, Jesús Galindo y Carlos Monsiváis. Así como las revistas fueron los espacios más importantes para publicar sobre lo popular en el periodo anterior, en la etapa que comentamos aparecieron revistas como Estudios Sobre las Culturas Contemporáneas, del Programa Cultura de la Universidad de Colima, cuya presencia a lo largo de los años es un buen indicador para revisar la evolución de los enfoques sobre la cultura y la comunicación. Lo que hace evidente las diferencias de lo popular en ambas sistematizaciones es algo que se produjo en esos periodos: la atención hacia lo popular como un espacio importante y necesario para pensar las transformaciones sociales; el cambio de perspectivas de lo popular, de una atención tradicional a una moderna, que incluía la articulación de lo popular con lo urbano, el mercado y los medios de comunicación; la necesidad de formalizar una perspectiva teórica de la cultura y la comunicación de acuerdo con los entornos latinoamericanos o mexicanos; la introducción de la perspectiva de la sociología de la cultura, o sociocultural, que posteriormente sería la base para otras temáticas y objetos de estudio, y a finales de la década de los setenta se dio una etapa de transición para ubicarse más claramente a partir de mediados de los años ochenta. Un punto importante es que este giro aconteció en otras áreas de estudio, como la antropología (Krotz, 2003), lo que en mucho se debió a la circulación de la obra de Gramsci y permitió limpiar las asperezas del debate teórico y político-ideológico, además de hacer a un lado la connotación negativa de cultura que se tenía por una importante infl uencia del marxismo en la antropología mexicana, y también favoreció “numerosas combinaciones teóricas y conceptuales que anteriormente se habrían rechazado por 93


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eclécticas” (Krotz, 2003: 87). Giménez (2003:59), igualmente, menciona la infl uencia de Gramsci y de los neogramscianos. Dentro de la tradición académica habría que agregar el caso de los estudios de la comunicación, pues si bien se contaba con el antecedente de la escuela de periodismo en los cuarenta, no fue sino hasta los sesenta cuando apareció la primera escuela de comunicación en México, como un intento de ofrecer al mercado profesionales para las en ese entonces modernas industrias de los medios de difusión. A finales de los setenta y principios de los ochenta fue cuando algunos investigadores giraron hacia las corrientes teóricas sobre la cultura popular, en las cuales encontraron los elementos necesarios para insertar los estudios de la comunicación en aquello que consideraron las bases para producir, difundir y consumir la comunicación: los procesos simbólicos y las luchas por el sentido que se realizaban mediante prácticas, objetos y relaciones comunicativas. Con la mirada hacia las culturas populares se pretendió, por un lado, ver el espesor histórico y simbólico de las relaciones sociales cotidianas y, por el otro, la manera como esto se realiza en momentos donde los medios de comunicación son las formas más acabadas y globales de producir y difundir cultura a través de bienes y formas simbólicas mediadas, y con ello se abordó de modo distinto la modernidad del país. Un antecedente importante en México de las nuevas formas de pensar la cultura popular fue Cultura popular y religión en el Anáhuac (1980), de Gilberto Giménez. De hecho, la obra de Giménez ha sido clave en los estudios culturales en México, principalmente por sus colaboración en diferentes revistas internacionales y en libros colectivos donde refl exiona sobre las culturas contemporáneas, su lugar dentro de las ciencias sociales y los diversas modos de analizarla, así como por sus trabajos sobre las identidades. A la par de ese libro aparecen algunos cuadernos de Jorge González (1980 y 1981), Néstor García Canclini (1981) y Alberto Aziz Nassif (1980), y en 1987 Gilberto Giménez publicó una importante antología de textos de diversos autores, La teoría y 94


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el análisis de la cultura, en cuya introducción, “La problemática de la cultura en las ciencias sociales”, generó una perspectiva global para pensar y estudiar la cultura, y que tuvo un antecedente en una ponencia que presentó en el Encuentro Nacional Sociedad y Culturas Populares en 1982, cuyo título era “Para una concepción semiótica de la cultura”. Otro antecedente es la publicación de algunos libros colectivos en los ochenta. En 1983, el Centro de Estudios Educativos publicó Política cultural mexicana, con textos de varios estudiosos que analizan diferentes manifestaciones de la cultura, como la cultura popular por parte de Carlos Monsiváis, la literatura con José Joaquín Blanco, la plástica con Oliver Debroise y la televisión con Raúl Cremoux. El Instituto Nacional de Bellas Artes publicó en 1987 Cultura y sociedad en México y América Latina, con trabajos de Alberto Cirese, Lombardi Satriani, Néstor García Canclini, Ralph Linton, Roger Bartra, Guillermo Bonfil y Carlos Monsiváis. Jorge González fue fundamental para los estudios de la cultura en México, como lo señalamos, y su obra de los ochenta manifiesto una tendencia de refl exión y estudio sobre las culturas populares en los procesos de modernización de las ciudades y en los entornos mediáticos. Esa tendencia se manifestó en la década de los noventa a través de libros personales y colectivos, donde igualmente intenta refl exionar sobre la cultura desde el pensamiento complejo y la emergencia de las ciberculturas. Entre los personales se pueden citar dos: Más (+) cultura (s) (1994) y Cultura (s) y ciber_cultur@... (s). Inclusiones no lineales entre complejidad y comunicación (2003), y entre los colectivos, en 1994 publicó con Jesús Galindo Metodología y cultura, en 1996 México en la cultura I. Cifras clave, con Guadalupe Chávez, y en 1998 la compilación La cofradía de las emociones (in)terminables. Miradas sobre telenovelas en México. También fue importante la obra de Jesús Galindo, de la Universidad de Colima, que entre los diversos temas que abordó destaca para nuestro caso un libro personal y uno colectivo: el personal es de 1994, Cultura mexicana en los ochenta. Apuntes de metodología 95


Culturales

y análisis, y el colectivo es el que publicó junto con José Lameiras en 1994: Medios y mediaciones. Los cambiantes sentidos de la dominación. El primero contiene algunos resultados de una investigación sobre la cultura política y la cultura nacional que realizó en la Universidad de Colima y en el segundo se hace evidente la manera como el diálogo entre antropología y comunicación se estaba realizando a través de algunas investigaciones hechas en México. Igualmente, habría que decir que, en paralelo al trabajo realizado en la Universidad de Colima, estaba la obra llevada a cabo en la Universidad Autónoma Metropolitana por García Canclini, quien, con un grupo de investigadores y alumnos, generó una de las más importantes corrientes de estudio de la cultura en México y Latinoamérica, con propuestas importantes sobre las culturas en tiempos de la posmodernidad y con libros clave para entender lo latinoamericano desde la perspectiva sociocultural, como sería su propuesta sobre las culturas híbridas y lo global (García Canclini, 1999 y 2002). En los noventa destaca la presencia de Rossana Reguillo y José Manuel Valenzuela. Ambos comenzaron con estudios sobre las culturas juveniles y lentamente fueron ampliando sus miradas y refl exiones hasta llegar a pensar la modernidad y las identidades culturales. Su obra es importante porque a los estudios de la cultura en México agregaron la perspectiva de las culturas juveniles, un tema fundamental porque lo juvenil posibilitaría dar cuenta tanto de la complejidad de los cambios sociales, del impacto cultural de la globalización en México y de las transformaciones en las identidades culturales. Además de las obras individuales, habría que considerar algunos libros colectivos que publicaron, y que han sido fundamentales para la difusión de la sociología de la cultura y para el diálogo con otras disciplinas, entre ellas los estudios de la comunicación. Del Programa Cultura de la Universidad de Colima, podemos encontrar libros como Metodología y cultura (1994); Medios y mediaciones (1994), coordinado por Jesús Galindo y José Lameiras, y México en la cultura. I. Cifras clave; La cofradía de 96


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las emociones interminables (1998). De Néstor García Canclini y su grupo encontramos El consumo cultural en México (1993), Los nuevos espectadores (1994), Política y pospolítica (1995) y Cultura y comunicación en la ciudad de México (1998). A estos libros colectivos habría que agregar los que publicó el Consejo Nacional para las Culturas y las Artes en su colección Pensar la Cultura, coordinados por Guillermo Bonfil Batalla, Esteban Krotz y Florence Toussaint, entre otros. Reguillo y Valenzuela han coordinado una serie de libros que han sido importantes para los estudios de la cultura en México y Latinoamérica. De la primera podemos mencionar los siguientes: “Viviendo a toda”. Jóvenes, territorios culturales y nuevas sensibilidades (1998), Mapas nocturnos. Diálogos con la obra de Jesús Martín Barbero (1998), Pensar las ciencias sociales hoy. Reflexiones desde la cultura (1999) y El laberinto, el conjuro y la ventana. Itinerarios para mirar la ciudad (2001). Por su parte, Valenzuela ha coordinado libros como Procesos culturales de fin de siglo (1998), Decadencia y auge de las identidades. Cultura nacional, identidad cultural y modernización (2000) y Los estudios culturales en México (2003). De hecho, este último libro es donde por primera vez se realiza un panorama de lo que han sido los estudios culturales en México, que puede ser visto como una continuidad de Metodología y cultura (1994), de Jorge González y Jesús Galindo, donde se hace una evaluación de la manera como distintas disciplinas de lo social analizan la cultura, y de Pensar las ciencias sociales (1999), de Rossana Reguillo y Raúl Fuentes, que abordan nuevamente el tema del estudio de la cultura en la etapa de lo global. Además del texto de Giménez que hace una evaluación general de lo que se ha estudiado, hay textos que abordan lo que al parecer ha sido lo más representativo: las relaciones interétnicas, las culturas populares, las culturas urbanas, el género, los jóvenes, la comunicación y los medios de difusión. En esta obra colectiva contribuyen investigadores que impulsaron la renovación de los estudios de la cultura en México, como García Canclini, 97


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González y Giménez, entre los que se han convertido en los más representativos desde mediados de los noventa, además de Reguillo y Valenzuela. También están autores clave de la antropología, como Esteban Krotz; de la comunicación, como Raúl Fuentes; del género, como Marta Lamas, y el imprescindible de la cultura mexicana, Carlos Monsiváis, entre otros. Otro libro que ofrece un panorama de lo que han sido los estudios culturales en México en los tiempos recientes es La antropología urbana en México (2005), que coordinó García Canclini, donde investigadores que han trabajado de cerca con él en los últimos años tratan diversos temas que relacionan a la antropología con la ciudad: la fragmentación de la ciudad, el patrimonio histórico, las periferias urbanas, el consumo cultural, los medios de comunicación, los jóvenes, los riesgos urbanos, las ciudades fronterizas, las fiestas, etcétera. Los libros de Valenzuela (2003) y de García Canclini (2005) hacen evidente que lo que comenzó en la década de los ochenta como una nueva perspectiva de los estudios de la cultura en México ahora es una dimensión de estudio que se ha ido generalizando en algunas áreas de las ciencias sociales, que está conformada e identificada por una comunidad específica de estudios, que es una zona abierta para encarar las transformaciones que se siguen dando, pero que ha de enfrentar los nuevos retos para su consolidación tanto en su trabajo de estudio como en la perspectiva de estudio de la cultura en México. V. Circunstancias. La sociología de la cultura y el campo académico de la comunicación en México La historia de los estudios de la comunicación en México es reciente, aunque nada simple y más bien cargada de múltiples ambigüedades y complejidades. Pero en esa breve historia, en la que se pueden observar algunas etapas con sus propias tendencias, ha surgido una tendencia importante: en los ochenta, la etapa 98


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en que parece institucionalizarse lo que se ha venido llamando el campo académico de la comunicación en México (CACM) coincide con la emergencia de los estudios socioculturales. Esto es palpable en la manera como algunos investigadores de la comunicación en México han organizado la breve historia del CACM. Si colocamos las propuestas de Fuentes Navarro (1991; 1997) y de Galindo (2005) al respecto, y le añadimos el tipo de medio de comunicación dominante o emergente en cada periodo al que se le presta atención, así como el tipo de teoría con la que se trabajaba en México, tendremos el desarrollo del CACM como se muestra en el cuadro 4: Cuadro 4. CACM, medio de comunicación y enfoque teórico. Etapa

RFN

JG

Medio

Teorías

1949-1960

Antecedentes Emergencia de las escuelas de comunicación y establecimiento de sus bases

Prensa y televisión Medios masivos

No hay

1960-1975

Escuelas de periodismo Escuelas de comunicación

1975-1985

Institucionalización Tensiones y desencuentros Crisis Crisis Legitimación de los estudios de la comunicación Legitimación

Organización del campo de estudios de la comunicación Programas y centros de investigación

Industria de la cultura

Nuevas tecnologías de información

Redes académicas

Ciberculturas Nuevos medios

1985-1995

1995-2005

Sociología funcionalista Sociología crítica Economía política Lingüística y semiología Sociología crítica Sociología cultural Economía política Sociología crítica Sociología cultural Economía política Lingüística y semiología Sociología funcionalista Sociología crítica Sociología cultural Lingüística y semiología

Fuentes: Fuentes Navarro (1991; 1997) y Galindo (2005).

Se puede observar que en el tercer periodo, 1975-1985, en momentos del crecimiento de la industria de la cultura, el CACM está centrado en organizar el campo, y en gran parte los programas de investigación del siguiente periodo, 1985-1995, fueron los que lo posibilitarían, los que renovarían la mirada sobre los 99


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medios de comunicación, no sólo al integrarlos a sistemas tecnológicos, económicos y sociales más amplios, sino porque fueron las perspectivas que hicieron posible una propuesta teórica con modelos que se generaron en un diálogo con la realidad del país y, en algunos casos, con la latinoamericana, a diferencia de las perspectivas teóricas que llegaban del exterior y se aplicaban al estudio de los medios de comunicación en el país. También es importante observar que los enfoques teóricos predominantes de esos periodos fueron la sociología crítica, la sociología cultural y la economía política. Pero a esto tocaría hacer dos aclaraciones: primero, que han sido las áreas de estudio de los programas de investigación de los grupos de la Universidad de Colima y de la Universidad de Guadalajara, y que ambos grupos fueron importantes porque renovaron la perspectiva de los enfoques teóricos, algo que se realizó junto con investigadores de otras universidades, como Guillermo Orozco en la Universidad Iberoamericana, con el Programa Institucional de Investigación en Comunicación y Prácticas Sociales (PIICPS). La acción de estos programas de investigación propició en parte que el enfoque de estudio de la comunicación se moviera hacia la dimensión de la cultura, bajo un enfoque sociocultural, junto con dos cambios estructurales sensibles en el CACM a mediados de los noventa: el creciente número de trabajos que empleaban el enfoque sociocultural y el surgimiento de nuevos polos de investigación en el país, en particular Colima y Guadalajara, pues la ciudad de México ha dominado desde sus inicios. Lo anterior puede ser observado en la sistematización de los estudios de la comunicación en México de 1986 a 1994 que realizó Fuentes Navarro (1996), quien encuentra una serie de rasgos que le permiten señalar un cambio estructural en la investigación de la comunicación a mediados de la década de los noventa. En primer lugar, señaló que de 1986 a 1994 se publicó el 84 por ciento del material sistematizado y sólo el 16 por ciento fue publicado antes de esos años, por lo que para él, en esos momentos, “la investigación de la comunicación es una actividad que se encuentra en 100


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plena fase de expansión, iniciada hace quince años en México, y que a mediano plazo se puede esperar que siga creciendo” (1996: 9). También señalaba que desde su primera sistematización, que abarcaba hasta el año de 1986, “los investigadores, los objetos y métodos de estudio, y el campo mismo de la comunicación han cambiado desde 1986” (1996:8), y algunos de los cambios fueron el paso del esfuerzo aislado a la institucionalización y profesionalización de la práctica investigadora en las universidades mexicanas; también, que los esfuerzos de investigación iban más allá de los medios de comunicación, al considerar los aspectos políticos, económicos, ideológicos, tecnológicos, laborales, así como los factores contextuales; la tendencia de abandonar a la prensa como principal objeto de estudio y de refl exión para orientarse a los medios audiovisuales, dejando la generalidad y buscando la especificidad, con lo cual Fuentes Navarro percibía que se dio un proceso de pasar de los medios a las mediaciones, pero igualmente de pasar de las mediaciones a los medios, con lo que gran parte de los estudios de la comunicación en México tendieron hacia la vertiente de la cultura, “se culturizaron”, en los centros de investigación de las universidades de Colima, de Guadalajara e Iberoamericana. Este autor dice al respecto: Estos programas, así sea en términos muy generales, han definido las líneas temáticas y teórico-metodológicas de todos o al menos de su más importantes y productivos proyectos concretos de investigación. Las culturas contemporáneas, las mediaciones histórico-estructurales de los medios de difusión y las prácticas sociales de comunicación, desde la recepción de mensajes, se han convertido así en los núcleos más fuertes de impulso a ciertos enfoques que no por coincidencia se centran en los trabajos de los investigadores individualmente más reconocidos nacional e internacionalmente (1996:20-21).

Si bien el panorama en los ochenta fue complejo en el CACM, en los noventa lo fue más aún, pues en lo que concierne a la dimensión de la investigación hubo un crecimiento altamente significativo tanto en su producción como en la diversidad de enfoques y temá101


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ticas, como indica Fuentes Navarro (2003) en su sistematización sobre la investigación de la comunicación en el periodo de 1995 a 2001. El autor señala que en los años noventa se produjo el 58.6 por ciento de lo producido históricamente, por lo que considera que en ese periodo la investigación sigue en “despegue”, pero respecto a las tendencias temáticas y perspectivas de estudio señala que “cada vez es más difícil delimitar las fronteras de la investigación con otras áreas temáticas y metodológicas de las ciencias sociales y las humanidades” (2003:22), debido la búsqueda de la interdisciplinariedad ante las transformaciones diversas en México y en el mundo, y que se puede apreciar en “una diversificación temática muy amplia, que apunta al mismo tiempo hacia muchos ámbitos y dimensiones sociales y hacia muy diversos campos disciplinares”. Temáticas como la misma institucionalización del CACM, los entornos socioeconómicos de los sistemas y prácticas de la comunicación, las esferas simbólicas de la existencia social, la comunicación masiva (en particular la televisión) y la emergencia del tema de las telecomunicaciones, las computadoras y el internet. Dice Fuentes Navarro: La división clásica de los estudios sociales en dimensiones económicas, políticas y culturales sigue siendo relativamente útil, si bien es indispensable reconocer que los objetos de investigación de la comunicación, en particular los referidos a los medios, suelen cruzar las tres esferas, lo cual no impide que los análisis particulares enfaticen los factores correspondientes a algunas de ellas. Pero dada la clasificación aquí presentada, no puede decirse que en los años más recientes prevalezca en la investigación mexicana de la comunicación una tendencia a “economizarla”, “politizarla” o “culturizarla”, sino que hay desarrollos que se proyectan sobre las tres esferas (2003:25).

Es decir, para este periodo se puede decir que la sociología de la cultura se movió de ser una fuente de estudio alternativa de la comunicación a ser parte de las miradas de su estudio, junto con otras fuentes de estudio que han estado presentes desde la década de los setenta y que permiten una diversidad de enfoques ante la 102


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pluralidad de realidades emergentes en la vida social, política, económica y comunicacional que se fue abriendo en México a partir de los noventa y hasta el presente. VI. Resonancias. Ejes de pensamiento,

estructuras de pensamiento Si en la década de los ochenta del siglo veinte los estudios de la comunicación en México y en América Latina dieron un giro importante hacia la sociología de la cultura, que los llevó a formalizar una serie de propuestas y modelos teóricos y metodológicos para el estudio de la comunicación con la cultura como el espacio para el análisis, en los noventa el panorama pareció girar hacia otras direcciones. No es sólo que el mundo y la experiencia social estaban siendo modificados, sino que las diferentes áreas de pensamiento se vieron enfrentadas a pensar y avanzar de otra manera, considerando los entornos globales (Pozas Horcasitas, 2002). Si bien el pensamiento de entornos internacionales y globales se puede rastrear desde el pensamiento de los pensadores clásicos de lo social (Beck, 1998), e igualmente en una literatura creciente desde los años sesenta del siglo veinte, es a partir de los noventa cuando el panorama es obligado para la mayoría de los pensadores de lo social y de lo humano. Las obras de muchos investigadores se convierten en intentos por pensar la modernidad y la globalización. Un ejemplo de ello es Arjun Appadurai (2001:19) y su libro La modernidad desbordada. Dimensiones culturales de la globalización, publicado en 1996 como parte de una constelación de visiones sobre las transformaciones en el mundo global y de la presencia de la cultura en sus entornos y dinámicas. Hay otras propuestas y perspectivas que nos dan una imagen de las travesías de sentido que se han ido desarrollando para pensar los cambios y los giros del pensamiento social, y uno de esos sentidos es el lugar y el papel de la cultura y los retos que encara para pensarla y analizarla desde lo global (Giménez, 2002). 103


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Sin embargo, no todo es simple. Mónica Lacarrieu y Marcelo Álvarez (2002:9) señalan parte de la complejidad de lo cultural en los tiempos que corren cuando hablan de la gestión y las políticas culturales: Los principios clave que han regido las estructuras discursivas de las políticas culturales por los últimos treinta o cuarenta años (identidad, pluralismo, creatividad, participación) parecen naufragar frente a los confl ictos del presente. Como ejemplo: cuando la promoción de la comprensión y la convivencia con la heterogeneidad, con la diferencia, se instala como parte de la propuesta del desarrollo cultural, hay que recordar que estas intenciones, que ya fueron exploradas en otros momentos académicos bajo los rótulos de “pluralismo” y “diversidad”, han retornado en los noventa con la consigna del multiculturalismo, encaminando reivindicaciones y luchas de grupos organizados en torno a diferentes identidades socioculturales por obtener reformas constitucionales y modificaciones en las políticas sociales, educativas, culturales, comunicacionales, migratorias, etc.

La afirmación de Lacarrieu y Álvarez puede tener varios sentidos importantes: remite a una historia para hacerle frente a la manera de implementar políticas culturales y de gestionar la cultura a partir de una serie de nociones y conceptos que ya han sido visitados y que en los tiempos recientes se renuevan con otros conceptos e intenciones, en medio de un contexto político y económico que demanda determinada atención a lo cultural. Esto nos lleva a considerar dos cosas: primero, las maneras cómo el pensamiento que emana de la sociología de la cultura ha intentado abordar a la sociedad a partir de los entornos globales, pues, como expresaría recientemente Renato Ortiz (2005:11), “ya no es suficiente constatar la existencia del proceso; el momento es otro, es preciso clasificarlo”. No es gratuito que Jesús Martín Barbero (1997) señalara casi a finales de la década de los noventa que los estudios de la comunicación hayan girado del retorno del sujeto y de la mediación tecnológica, que fueron el principal foco de atención 104


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de los ochenta, a los temas de la crisis de la modernidad y de la identidad cultural, cuando esta última, si bien se comenzó a refl exionar en décadas anteriores, es a partir de la globalización que se activa de una manera importante y generalizada como una forma de entender la forma en que las transformaciones sociales y culturales son experimentadas por los sujetos y grupos sociales, lo cual implica que su entrada en las refl exiones sobre la cultura y la comunicación en los entornos globales se ha dado desplazando otros conceptos que habían sido los ejes para pensarlas (Hall y Du Gay, 2003). Esa transición se puede ver en el momento en que los mismos estudios de la comunicación se desprendieron de la sociología crítica para adentrarse en la sociología cultural colocando la atención en la cultura y la comunicación popular. En un número de la revista Chasqui de 1983 Luis Gonzaga Motta le hizo una entrevista a Martín Barbero sobre los estudios de la comunicación popular, y este último no sólo sintetizó su postura, sino que hizo evidentes una tendencia más generalizada de América Latina y asimismo el laboratorio de pensar la comunicación de esos momentos. Cuando Gonzaga Motta le pregunta el contexto en el que aparecen los estudios de la comunicación popular, Martín Barbero concluye con esta respuesta: Así, la comunicación popular aparece, entonces, como un espacio para pensar, no únicamente en la comunicación pequeña de ese grupo, sino en el reto que suponen los nuevos procesos de destrucción, de deformación, de transnacionalización de las culturas y de los modos de vivir en América Latina.

Es decir, los estudios de la comunicación, que avanzaron explorando la cultura o comunicación popular, no sólo tenían como objetivo deslindarse de los modelos comunicacionales reduccionistas, lineales, descontextualizados de lo histórico, lo social y lo cultural, y proponer otro modelo de corte más horizontal, más cercano a la experiencia social, encaminado a la movilización social y a la apertura democrática, sino 105


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también servir como un medio para entender las transformaciones más amplias de lo social y cultural con una renovada economía sustentada en las tecnologías de la comunicación e información que comenzaban a llegar en la década de los ochenta. Es por ello que a la pregunta que le hace Gonzaga Motta a Martín Barbero sobre las direcciones del avance teórico-conceptual de la comunicación popular, el segundo responde en los siguientes términos: La reubicación de la problemática de la comunicación al interior de la problemática socio-antropológica de los modelos de comportamiento y de los códigos de percepción. La valoración nueva de la actividad del receptor, que nos lleva a ver que los usos de la comunicación no son meras reacciones al efecto del emisor, sino modos nuevos, diferentes, de decodificar, de leer, de vivir los procesos de comunicación. Pluralidad y diversidad generadas por las diferencias nacionales, regionales, étnicas, religiosas, etc. Tercero, recuperación del proceso histórico para poner en relación los modelos de comunicación y los modelos de desarrollo, el surgimiento de lo nacional popular, el surgimiento de los proyectos nacionales, y la manera como esos modelos de desarrollo ocultaron, no permitieron ver esa pluralidad y esa actividad de las clases populares.

Interesante es que en el momento en que habla Martín Barbero se ha ido gestando un proceso de trabajo teórico que en mucho fue la base de buena parte del pensamiento latinoamericano de la comunicación en el resto de la década de los ochenta y parte de los noventa. Es decir, en esa época se ha dado una transición que es importante recuperar histórica y teóricamente. Esta recuperación requiere un trabajo más amplio, pues implica un proceso nada simple, y aquí sólo haremos unos breves apuntes. La travesía de los estudios de la comunicación en México y América Latina la podemos ver, de manera sintética, en el siguiente cuadro: 106


Transformaciones de las estructuras de conocimiento Cuadro 5. Transiciones por décadas de los estudios de la comunicación en México y América Latina. Sesenta: Tendencia

Dimensión temporal Fuente teórica y concepto básico Dimensiones de la comunicación Dimensión de estudio:

Importación de paradigma dominante, crítica al mismo Modernización: visión a histórica Sociología funcionalista: efectos y estructura Emisor-mensaje: prensa, radio, cine Medios, cultura de masas

Setenta: Crítica cultural y comunicacional

Ochenta: Espesor histórico y análisis desde desde la cultura

Dependencia y deModernidad sarrollo: impetardía rialismo cultural Sociología crítica Sociología y semiótica: cultural: dominación mediaciones, ideológica usos, consumo Emisor-mensaje: Receptor-mensaje: TV, medios TV, medios, NTIC Industria cultural

Cultura popular

Noventa Lo global y lo local: su borrosidad Posmodernidad en lo global Pluralismo teórico: identidad cultural global Emisor-mensajereceptor: + mediación tecnológica Cultura mediada

Punto importante para nuestro estudio es la transición de la década de los setenta a los años ochenta, el paso de la crítica cultural y comunicacional, cuyas principales fuentes teóricas eran la sociología crítica y la semiótica estructural, a aquella que busca el espesor de la historia, las matrices de la cultura, a través de la conformación de una sociología de la cultura como fuente teórica. En la transición de esas fuentes teóricas la atención se colocó en el concepto de ideología. Un texto importante para rastrear cómo se trabaja ese concepto y se integra a los estudios de la cultura y la comunicación popular es Apuntes para una sociología de las ideologías, de Gilberto Giménez (1978), quien inserta a la ideología en la obra de Marx y reconoce que la principal discusión y renovación teórica sobre la ideología en esos momentos procedía de Louis Althusser con su propuesta de los aparatos ideológicos de Estado, y con ello se daba un abordaje de la ideología desde una perspectiva estructural, algo que se vincularía con una visión semiótica para analizar los discursos mediante los cuales se buscaba dar cuenta de la producción discursiva y la realidad histórica, y con ello observar de qué manera la ideología se materializa y cumple determinadas funciones en los procesos 107


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de dominación en la vida social. Esta visión tenía la intención, no sólo de ver la parte de la producción de ideología, sino la parte de la recepción, y con ello se tendía a buscar el nexo entre las estructuras y las prácticas sociales (Piccini, 1983). También estaba la obra de Gramsci, en la cual se observan dos cosas importantes: la tendencia a ver la ideología como parte de la visión de un grupo específico como producto de un proceso histórico, autónomo, y en relación con las ideologías de otros grupos, mediante los cuales se tejen los procesos de dominación hegemónicos; la visión de que lo popular no sólo es algo residual, sino un elemento actuante y determinante en los procesos hegemónicos, y que su manifestación cumple diversas funciones en los tejidos de la conformación de las visiones del mundo de diversos actores, y que son claves esas visiones para entender sus prácticas sociales y las negociaciones de sentido. En las referencias teóricas citadas en las bibliografías se encuentran algunos de los teóricos italianos que se llegarían a conocer como los neogramscianos, Alberto Cirese y Lombardi Satriani. Es interesante revisar la obra de estos autores para observar cómo realizaron una revisión de las diferentes escuelas antropológicas y sociológicas en lo concerniente a sus enfoques sobre el folklore y lo popular, y a partir de ello dar una categoría de estudio a lo popular en los procesos culturales y sociales, con una visión más amplia de los procesos de conformación y de las experiencias de las diferentes culturas históricamente situadas, y en relación unas con otras (Satriani, 1975). Algo similar realizaron algunos investigadores latinoamericanos a finales de los setenta. Es por ello que en varios trabajos teóricos de finales de los setenta y principios de los ochenta hay un primer tejido teórico donde se encuentra la obra de Marx, Althusser, Gramsci, junto con Greimas, Pecheux, Fossaert, Gilberto Giménez, varios teóricos marxistas y teóricos de Gramsci, y algunas obras de neogramscianos como Cirese y Satriani. Hay cuatro obras de los primeros años de los ochenta donde estos elementos pueden ser observados: de Jorge González, Dominación 108


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cultural. Expresión artística, promoción cultural (1980) y Sociología de las culturas subalternas (1981); de Néstor García Canclini, Cultura y sociedad: una introducción (1981), y de Alberto Aziz Nassif, La cultura subalterna en México. Una aproximación teórica (1980), en las cuales es posible ver que procedieron a partir de una revisión de las diferentes escuelas teóricas, principalmente de la antropología y la sociología, de su visión de la cultura, con las cuales dieron un orden a las diferentes perspectivas de estudio de la cultura en el momento, y posteriormente González y Aziz Nassif llevaron a cabo una crítica a los estudios tradicionales de la comunicación y propusieron un acercamiento con base en los procesos comunicativos de lo popular. Un punto que llama la atención es que en estas primeras obras aparece la obra de Pierre Bourdieu, pero de una manera más marginal. Esto es importante porque la obra de Bourdieu fue más infl uyente en las obras de los siguientes años de García Canclini, González y Aziz Nassif, mientras que Marx, Althusser y Gramsci dejaron de tener la fuerza y presencia que tuvieron en un primer momento. Esto se puede observar en Las culturas populares en el capitalismo (1982), de García Canclini; en Cultura (s) (1986), de Jorge González, y en uno de los artículos que publicó Aziz Nassif antes de abandonar los estudios de la comunicación para realizar estudios de política, “Cultura de masas, medios de difusión y culturas subalternas”, publicado en el primer número de la revista Estudios Sobre las Culturas Contemporáneas, del Programa Cultura de la Universidad de Colima, y que constituyó un síntoma de lo que se estaba fraguando en esos años, cuando se hacía una revisión a la cultura de masas, de comunicación de masas, de los procesos de dominación ideológica, para entenderla más desde las prácticas culturales, y en ese sentido la obra de Bourdieu fue clave, pues permitió entender a la cultura como parte de un sistema cultural más amplio, inserto en un contexto histórico y cultural donde las relaciones sociales tienen su dimensión subjetiva y objetiva que genera procesos de diferenciación 109


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(Cuche, 2002:85), y donde la cultura implica una jerarquía de valores y de prácticas culturales (Bonnewitz, 2003). Como sucedía en otros ámbitos, en México se gestaba el cambio de perspectivas que implicaba la revisión de la cultura de masas, el interés de la semiótica que se dirigía a la parte de la pragmática social, para pasar a la actancia social a través del estudio de las prácticas culturales (Maigret, 2005), en el que las obras de autores como Pierre Bourdieu y de Michel de Certeau fueron sumamente importantes. En el número tres de la revista Estudios Sobre las Culturas Contemporáneas podemos ver dos textos, de Jorge González y de Jesús Martín Barbero, que después se convirtieron en libros: Cultura (s) y De los medios a las mediaciones, donde se puede observar la manera como formalizan una visión teórica de la cultura y una metodología de estudio a través de los frentes culturales, en el primer caso, y de los usos sociales, en el segundo. En estas obras, como en las de García Canclini, el concepto de habitus y la teoría de los campos de Bourdieu fueron importante para su formalización teórica, y a partir de ello se elaboran propuestas para pensar la cultura y la comunicación mediante nociones como lo cotidiano, el consumo, las ofertas y públicos culturales, la experiencia social, en busca de procesos de consumo, negociación, apropiación, creación y recepción. También se percibe la infl uencia de autores de los estudios culturales británicos; esto daría pie a dialogar con los estudios de la recepción que se daban en esos momentos, lo que puede ser claro en el libro de García Canclini (1993) sobre el consumo cultural en México. La obra de Bourdieu fue infl uyente de diferente manera y con diversos niveles en investigadores mexicanos, y en gran parte, junto con otros autores más, permitió acceder a una concepción sociosimbólica de la cultura. Pero a finales de los ochenta igualmente se puede observar que algunos investigadores empezaron a distanciarse críticamente de la obra de Bourdieu, por lo menos, por dos razones: primero, debido a que con la obra de Bourdieu no se podía refl exionar sobre algunos rasgos de las matrices históricas, sociales y culturales de América Latina; segundo, porque la llegada 110


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del entorno de lo global propició el giro hacia otros lados y apareció la necesidad de mirar otras cosas. Hubo dos libros importantes que comenzaron este proceso de desligamiento: Culturas híbridas (1990) y De ciudadanos a consumidores (1995), ambos de Néstor García Canclini, y que señalan una tercera fase de la sociología de la cultura que se desarrolló a partir de los noventa para comenzar a pensar los entornos globales, y ahora el desplazamiento fue en gran parte hacia las identidades culturales. Girar hacia lo global, la posmodernidad, la cultura mediática, implicó que la cultura y la comunicación popular dejaran de ser los ejes del estudio de la comunicación. En la sistematización de documentos de investigación de la comunicación de 1995 al 2001, Fuentes Navarro (2003:25) hace ver que, en los documentos que trabajan los entornos socioculturales, las principales temáticas fueron las identidades culturales, así como la ciudad y la cultura urbana. Igualmente, implicó girar hacia otras visiones de la cultura y la comunicación, y en este sentido los libros de García Canclini antes mencionados son un indicador de lo que se comenzó a trabajar, más allá del “mapa nocturno” que había propuesto Martín Barbero a mediados de los ochenta para proponer ahora la figura del “archipiélago” (Martín Barbero, 2002:12), de las diásporas y descentramientos culturales, para girar hacia las políticas culturales, las ciudades multiculturales, la pospolítica y las nuevas formas de ciudadanía, la atención a lo tecnológico y a las culturas juveniles, como los lugares y los sujetos donde se pueden observar las transformaciones que se gestan a partir de lo global. Las identidades populares fueron vistas ahora como identidades populares internacionales, aunque más bien se habló de identidades culturales. Retornar nuevamente a la revista Estudios Sobre las Culturas Contemporáneas es interesante, pues en el número 5 de la segunda época, en junio de 1997, se publicaron ponencias de Néstor García Canclini, Jesús Martín Barbero, Renato Ortiz, Luiz Roberto Alves y Jorge González que se presentaron en el seminario “Fronteras Culturales: Identidad y Comunicación en América Latina”, en la Universidad de Stirling, Escocia, en octubre de 1996, y organizado por la World Association for 111


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Christian Communication (WACC), y que era el primer seminario internacional que una asociación no latinoamericana organizaba para dialogar con investigadores latinoamericanos. Los temas eran la modernidad y la cultura, las identidades, las culturas híbridas. En la presentación del número se expresaba: La nueva cultura de la información y de comunicación a través del internet da otras y distintas posibilidades de relación con el mundo. Como vemos, la distancia es abismal en relación con otros estadios anteriores de la cultura. Por este gran contexto macro y micro y por la compleja diversidad cultural de hoy en día, este número de la revista presenta varios textos en torno al estudio de las identidades culturales, cada uno de ellos aborda desde diversas perspectivas sus diferentes enfoques (fronteras culturales, comunidad virtual, territorialidad, nación, hibridación cultural, redes culturales, etc.) y acepciones. Todos juntos configuran valiosas y útiles refl exiones para entender la multiculturalidad.

Otra manera de observar los cambios es a través de uno de los investigadores que más han calado en el pensamiento comunicacional desde los ochenta a la fecha, en cuya forma de expresión no sólo refl eja su pensamiento sino a una comunidad de pensamiento ya constituida, reconocida y asumida como tal. Jesús Martín Barbero lo sintetiza de la siguiente manera: Lo que estamos intentando pensar, entonces, es, de un lado, la hegemonía comunicacional del mercado en la sociedad: la comunicación convertida en el más eficaz motor del desenganche e inserción de las culturas –étnicas, nacionales o locales– en el espacio/tiempo del mercado y las tecnología globales... Y de otro lado, el nuevo lugar de la cultura en la sociedad, cuando la mediación tecnológica de la comunicación deja de ser puramente instrumental para espesarse, densificarse y convertirse en estructural, pues la tecnología remite hoy, no a nuevas máquinas o aparatos, sino a nuevos modos de percepción y de lenguaje, a nuevas sensibilidades y escrituras (2002:32).

Y señala más adelante: “Oteando desde ahí el campo de la comunicación se presenta hoy primordialmente configurado por 112


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tres dimensiones: el espacio del mundo, el territorio de la ciudad y el tiempo de los jóvenes” (2002:33). Los tiempos para la investigación son otros y se reconoce el papel de lo cultural y de lo comunicacional, que se enfocan en mucho en los factores que estructuran la nueva morfogénesis de lo social. Interesante es que en los tiempos de lo global se ha propuesto que en aquella sugerencia de pasar “de los medios a las mediaciones” se señale la importancia de volver a los medios, es decir, de las mediaciones a los medios, e igualmente de pasar de la comunicación a la filosofía, pues en lo comunicacional se encuentran gran parte de las preguntas profundas de la experiencia social. V. Ecos y circunstancias. Conclusiones

Es probable que muchos sientan que lo que hemos denominado “sociología de la cultura” no es lo que representa lo que ha acontecido en América Latina y México y que varios autores aquí trabajados no se reconozcan o no sean reconocidos bajo esa denominación. Más bien se sentirán más cercanos a otros términos, como “estudios culturales latinoamericanos” o “estudios socioculturales”. En sí, el término ya representa un serio problema, que no abordamos en este trabajo. La relación de la sociología de la cultura con los estudios de la comunicación desde los ochenta es una historia corta de poco más de 20 años, con demasiada intensidad y transformaciones varias, y por el momento quizá no se pueda apreciar la magnitud de su impacto, sus ecos en la actualidad, pero sí es posible observar algunas cosas, de las que no se pueden dejar de apreciar una serie de logros y ambigüedades. No deja de ser evidente el impacto campal en México, como lo hemos visto, y esto implicó varias cosas. A la par que le permite generar una perspectiva teórica “local” mediante la formalización de varios procedimientos de análisis y estudio, éstos tendieron a quedarse en un nivel eminentemente descriptivo (Giménez, 2003). Esto es impor113


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tante porque campalmente las principales perspectivas de estudio la realizaron principalmente algunos investigadores que tuvieron una serie de recursos importantes, como centros de investigación, espacios de divulgación y publicación, espacios académicos de enseñanza y refl exión, y las posturas y programas de investigación que predominaban eran alrededor de la sociología de la cultura, y las agendas de investigación que proponían al campo estaban relacionados con esa perspectiva, propiciando nuevas alternativas de estudio, así como dejando a un lado otras, y gran parte de los nuevos miembros que se insertaron al CACM retomaron esas agendas y procedimientos formales de estudio. El campo ya maduro se diversificó, pero también pareció moverse en círculos concéntricos; mientras las realidades cambiaban, el pensamiento de los intelectuales campales igualmente lo hizo. Las realidades se movieron en la década de los noventa, y el pensamiento de varios autores igualmente se movió. Esto propicio una serie de aspectos importantes: los autores se han movido rápido para pensar los cambios, y en ocasiones esto imposibilita la consolidación de los modelos formales de estudio, aunque periódicamente los revisan, y para muchos de los miembros del cambio parecen continuar vigentes, casi sin cambios, sólo añadiendo más elementos, sin trabajar los mecanismos que propiciaron el cambio y la manera como se movieron las nuevas propuestas teóricas. Punto importante es que a finales de los años noventa apareció una reacción contra los estudios de la cultura, y en específico contra los estudios culturales, no sólo en Europa y Estados Unidos, sino en América Latina (Reynoso, 2000; Follari, 2002). El tema de los estudios culturales fue puesto en la mesa para su discusión y de ambos lados se han esbozado puntos importantes, que parecen trabajos intelectuales de toma y daca, pero en el fondo lo que queda pendiente no es sólo el futuro de los mismos estudios de la cultura, sino por dónde avanzar en los estudios de la comunicación. A cierta distancia, los estudios de la comunicación basados en la sociología de la cultura han tenido una presencia y un papel decisivos, pero vistos de una manera más crítica y cercana, pareciera que en su empleo campal pueden ser considerados como el 114


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empleo acrítico de sus recursos teóricos y metodológicos, el coqueteo continuo de nuevas aproximaciones y propuestas teóricas, una fuerte atracción hacia la sucesión de modas y tendencias. En las discusiones sobre el papel que ha jugado y que juega la perspectiva sociocultural, la sociología de la cultura es fundamental, tanto por lo que ha posibilitado como por las ranuras que está dejando de observar. Recordamos que en 1996 Raúl Fuentes expresaba que los estudios de la comunicación se habían “culturizado”. Más recientemente, José Carlos Lozano (2006:115), al revisar las tendencias de la investigación de la comunicación en México, observa que las “únicas dos líneas de investigación que se trabajan de manera consistente, con profundidad teórica y con un cierto número de investigadores son las relacionadas con la economía política crítica y con los estudios culturales”, pero igualmente apunta que la mayoría de la producción “es de carácter conceptual, principalmente en el caso de los líderes de ellas, pero se requiere contrastación empírica y validación, corrección o desarrollo de matices en las afirmaciones y juicios de valor” (2006:116). Las posturas, tanto a favor como en contra, tienen algo de cierto, algo que ocultan al insistir en una visión y procedimiento particular, así como las diversas paradojas y ambigüedades con las que se ha tejido en los estudios de la comunicación, y desde las cuales hay que reestructurarlo, pues si, como dice Renato Ortiz, estamos en momentos de cambios de magnitudes enormes, los estudios de la comunicación y de la cultura en México y América Latina han de crear las sendas que son necesarias para avanzar, y la revisión histórica tanto de lo que se ha estudiado de la comunicación como de la manera como se ha realizado puede constituirse en escalones no visibles pero que nos sostengan y nos orienten. Bibliografía ALEXANDER, JEFFREY, Las teorías sociológicas desde la Segunda Guerra Mundial. Análisis multidimensional, Gedisa, Barcelona, 1989. 115


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Representaciones mediáticas del agua, el clima y la energía eléctrica en zonas áridas: el caso de Mexicali, B.C. Hugo Méndez Fierros Universidad Autónoma de Baja California

Resumen. En este ensayo se analizan las representaciones mediáticas de la inte-

racción entre seres humanos y entorno natural. Fueron evaluados tres elementos fundamentales en la historia de la ocupación del territorio árido, que devino la ciudad de Mexicali: agua, clima y energía eléctrica. Para tal efecto, se realizó un análisis de contenido de 618 notas periodísticas en tres diarios locales: La Voz de la Frontera, Novedades y La Crónica de Baja California, en distintos momentos que cubren el periodo entre 1967 y 2006. Palabras clave: 1. representaciones mediáticas, 2. agua, 3. clima, 4. energía eléctrica, 5. zonas áridas. Abstract. This essay analyzes the media representations of the interaction between human beings and their natural environment. Media representations were evaluated around three fundamental elements in the history of the settlement of the arid territory that became the city of Mexicali: water, climate and electricity. 618 press releases, published in three Mexicali newspapers (La voz de la frontera, Novedades and La crónica de Baja California) at different moments between 1967 and 2006, have been content-analyzed. Keywords: 1. media representations, 2. water, 3. weather, 4. electric energy, 5. arid zones.

culturales VOL. III, NÚM. 6, JULIO-DICIEMBRE DE 2007 ISSN 1870-1191

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AL SER AGUA, CLIMA Y ENERGÍA eléctrica tres elementos centrales en la historia de la ocupación social del territorio en el que hace poco más de cien años (1903) grupos de inmigrantes fundaron la ciudad de Mexicali, su importancia en la elaboración de representaciones mediáticas ha quedado manifiesta en la construcción de la realidad efectuada diariamente por los medios de comunicación en esta zona árida del noroeste de México.* Las visiones particulares que estas instituciones mediadoras han transmitido durante varias décadas acerca de la relación hombre-ecosistema árido han sido elaboradas tomando en cuenta tres tipos generales de sucesos, que involucran múltiples prácticas culturales específicas: a) adaptación de los pobladores al clima extremo, b) el uso social del agua y c) el consumo de energía eléctrica. Los hombres y mujeres que vinieron a poblar masivamente esta ciudad, asentada en el gran desierto americano en el albor del siglo veinte, trajeron consigo un fardo de anhelos, esperanzas, hábitos, usos, costumbres, habilidades y destrezas técnicas; en suma, un repertorio simbólico que posibilitó su adaptación al espacio natural que hoy transitan, respiran y viven. Y esta relación histórica entre hombre y naturaleza se encuentra retratada en el trabajo mediático realizado en esta región. En el caso de Mexicali, un ejemplo de la impronta cultural que se ha generado y desarrollado a partir de la “adaptación” al desierto es el reconocimiento de una suerte de heroicidad, de un carácter especial de los hombres y mujeres que han forjado esta ciudad al no sucumbir en un territorio inhóspito y de clima extremo. Aun cuando esta perspectiva se mantiene –por obvias razones– más arraigada en las generaciones de los propios pioneros y en la segunda generación de inmigrantes (hijos directos de * El análisis de contenido que aquí se presenta fue realizado en conjunto con Carmina Ortiz Márquez, Cristal Palencia Santana y Ana Navarro Miranda, estudiantes de Ciencias de la Comunicación en la Facultad de Ciencias Humanas de la UABC.

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padres inmigrantes), todavía quedan en las nuevas generaciones (hijos directos de padres nacidos en Mexicali) resabios de esta forma de percibir el proceso de habitar como un triunfo cotidiano, producto de una lucha diaria entre los hombres y el desierto, la cual es alimentada en la discursividad producida diariamente por los medios de comunicación, como anotaremos más adelante (Méndez y Padilla, 2006). En el presente ensayo se expone un estudio de caso que partió de una pregunta central: ¿Cuáles son los sucesos vinculados al agua, clima y energía eléctrica que han sido representados mediáticamente en distintos momentos del trayecto histórico 1967-2006 por los medios impresos de Mexicali? Se pretende así aportar conocimiento a la investigación de la ocupación social de territorios áridos desde la perspectiva de la comunicación y la cultura. Para aproximarse a lo anterior se ha tomado como sustento, en el nivel teórico-conceptual, la teoría de la producción de comunicación social, de Manuel Martín Serrano, en lo que a la construcción de propuestas de visiones del mundo de las instituciones mediadoras se refiere, y la teoría de la agenda setting, de Maxwell Mc Combs, en cuanto a la determinación de la agenda temática relacionada con las categorías de trabajo. Y en el nivel metódico-técnico se ha recurrido al análisis de contenido de notas periodísticas publicadas en La Voz de la Frontera, Novedades y La Crónica de Baja California en los meses de julio y agosto de 1967, 1976, 1986, 1996 y 2006. El texto se ha dividido en tres apartados. En el primero se presentan algunos referentes teórico-conceptuales con la intención de acercar al lector a la mirada particular que se ensaya sobre las representaciones mediáticas como actividad de mediación entre lo que acontece y lo que se conoce en y sobre el contexto medioambiental árido; posteriormente, se esboza un breve marco referencial en el que se caracteriza la interrelación de hombres y mujeres con el ecosistema árido de Mexicali. Para finalizar, se explica la metodología seguida y se presentan algunos refe123


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rentes hallados durante la investigación empírica realizada en los diarios mexicalenses La Voz de la Frontera, Novedades y La Crónica de Baja California durante los julios y agostos de 1967, 1976, 1986, 1996 y 2006. Asimismo, se ensayan algunas consideraciones con las que, más que concluir, se pretende abrir una serie de interrogantes para exploraciones ulteriores. Producción y tematización de representaciones mediáticas La teoría de la producción de comunicación social. La teoría de la producción de comunicación social desarrollada por Manuel Martín Serrano (1986, 1989) parte de la existencia de interdependencias entre la transformación de la comunicación pública y el cambio de la sociedad, y para desarrollar esta idea se debe partir del estudio de la producción de comunicación social. Asimismo, esta teoría tiene como modelo general para enfrentarse al objeto de estudio un paradigma que el estudioso ha denominado “de la mediación”. La mediación pretende ofrecer un paradigma adecuado para estudiar todas aquellas prácticas, sean o no comunicativas, en las que la conciencia, las conductas y los bienes entran en procesos de interdependencia. El investigador no puede recurrir en estos casos a modelos meramente cognitivos, exclusivamente de comportamiento o solamente de producción. La necesidad de un enfoque basado en el análisis de la mediación se hace sentir cuando el manejo de la información, de los actos, de las materias, se manifiesta como una actividad que no puede ser disociada ni analizada por partes. La producción de información destinada a la comunicación pública es una de esas actividades. Así entonces, podemos entender que el paradigma de la mediación es un modelo que trabaja con intercambios entre entidades materiales, inmateriales y accio-

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Representaciones mediáticas en zonas áridas nales. Esta especificidad explica que recurra a análisis lógicos, y que cuando se aplica a procesos históricos, se apoye en una lógica dialéctica y genere modelos dialécticos” (Serrano, 1986:22-23).

La relevancia del papel que desarrollan los hacedores de representaciones mediáticas en la sociedad reside en su papel de mediadores en el proceso de la construcción social de la realidad. La conformación de la opinión pública; más allá, la construcción de representaciones sociales acerca de los distintos fenómenos del entorno en las sociedades contemporáneas pasa obligadamente por los medios de comunicación. Como explica Serrano: La participación de los Medios de Comunicación de Masas (MCM ) en la elaboración de una representación de lo que sucede en el mundo se inicia cuando la institución mediadora, u otros agentes sociales (Agencia de noticias, Consejo de redacción, Censores, etc.), seleccionan determinados aconteceres para hacerlos públicos. La tarea específicamente comunicativa comienza cuando los Emisores (con la aceptación de la institución mediadora) eligen, en el marco de ese acontecer público, determinados objetos de referencia. Los Emisores ofrecen a sus audiencias un producto comunicativo que incluye un repertorio de datos de referencia a propósito de esos objetos. Los datos se relacionan conceptualmente entre sí de una manera determinada; desde este punto de vista los productos comunicativos suelen denominarse “relatos”. Además, los datos se expresan de una u otra forma en un soporte material. Desde este punto de vista, son objetos. Estas tareas comunicativas de los MCM son operaciones de mediación (1986:143).

Se puede entender a la producción de representaciones mediáticas como un proceso en el que participa el reportero como agente mediador inserto en una empresa informativa (institución mediadora), proceso que implica la selección 125


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de acontecimientos de lo real social actual; recolección de información y construcción de narraciones acerca de estos hechos, las cuales son redactadas, grabadas, editadas, jerarquizadas y, finalmente, ofertadas al público como información-mercancía. Bajo la idea anterior, los trabajadores de los medios de comunicación (reporteros, fotógrafos, jefes de información y/o redacción, directivos) desarrollan su tarea mediadora de construcción de la realidad, en un primer plano, a partir de su propia interpretación de los hechos; interpretación que está determinada por su bagaje cultural, ideología, formación profesional e intereses individuales, e idealmente, por su concepción del deber profesional, es decir, la ética periodística, entendida ésta como el cúmulo de criterios éticos adoptados voluntariamente por quienes ejercen el oficio periodístico, por razones de integridad, de profesionalismo y de responsabilidad social. Cuadro 1.

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A esta mediación cognitiva realizada por el reportero en un orden individual se une durante la producción noticiosa la mediación estructural, que está determinada por las características de los soportes tecnológicos utilizados, sus recursos tecnológicos, las rutinas productivas y otros factores que muestra el cuadro 1; es, concretamente, una especie de molde o el sello institucional del producto comunicativo elaborado por los reporteros en concordancia con la empresa para la que laboran. La realidad mutante se “congela”, es “atrapada” por los modelos de comunicación preestablecidos por cada empresa periodística. Los intereses económicos y su mandato autoritario constituyen una camisa de fuerza para la aplicación de la ética periodística, encarnada en un compromiso de responsabilidad social. La mediación estructural opera sobre los soportes de los medios ofreciendo a las audiencias modelos de producción de comunicación... (y como) toda labor ritual, ofrece seguridad por el recurso a la repetición de las formas estables del relato; vía por la cual la comunicación es labor de institucionalización de los mediadores... (Por lo tanto) la mediación estructural... consiste en dar noticia de lo que acontece respetando los modelos de producción de comunicación propios de cada medio (Serrano, 1986:131, 132, 138).

De esta manera, observamos que la producción de representaciones mediáticas está determinada en una primera instancia por la mediación cognitiva que realiza el reportero en orden individual; es una construcción social de su parte; es la traducción de los sucesos que operan en el plano de lo real actual en códigos sociales (datos). La teoría de la agenda setting.- La teoría de la agenda setting es una derivación del complejo teórico llamado de los efectos de los medios de comunicación sobre las audiencias 127


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y plantea que los primeros seleccionan los temas sobre los que se habla y se debate en el devenir de la vida cotidiana entre los miembros de las audiencias, así como su importancia, su orden y la manera de transmitirlos. Maxwell McCombs es reconocido como el principal fundador e investigador de esta teoría, la cual estudia básicamente la forma en que los medios infl uyen en las audiencias a través de los temas que conforman la agenda elaborada diariamente por éstos, la cual es transferida a las audiencias. Su nombre metafórico proviene de la noción de que los mass media son capaces de transferir la relevancia de una noticia en su agenda a la sociedad. A través de su práctica diaria de estructuración de la realidad social y política, los medios informativos infl uyen en la agenda-setting de los asuntos sociales (...) (Maxwell McCombs, 1996).

En el caso que nos ocupa, se puede plantear que la agenda de temas respecto a los sucesos sociales vinculados al agua, clima y energía eléctrica que se debaten en la comunidad mexicalense podría estar modelada en cierta medida por la agenda de los medios de comunicación. El enfoque de agenda Setting trata sobre lo que pensamos, pero también se refiere a las opiniones y sentimientos sobre determinados temas. Esta visión marca un hito en el estudio sobre los efectos indirectos de los medios. De esta forma, la teoría no se limita a la enumeración de una lista de temas sino que, en un segundo nivel, la agenda incluye imágenes y perspectivas. Esta dimensión (segundo nivel de agenda) tiene que ver con el modo en que se produce la transferencia de la prominencia sobre un tema (cómo pensar acerca de); no sólo la prominencia de los asuntos, sino también la de los aspectos de esos temas. (McCombs, 1996). Asimismo, la teoría plantea que no solamente existe la agenda mediática, sino que hay tres agendas que se relacionan estrechamente en el proceso comunicativo; además 128


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de la mencionada, hay una agenda pública, constituida por los temas de interés para los públicos o audiencias, y una agenda política, que está integrada por las acciones de respuesta que ofrecen los grupos políticos y las instituciones sociales a distintos temas de interés. Las temáticas tratadas en los primeros estudios empíricos de agenda setting eran político-electorales y los métodos empleados cuantitativos, se utilizaba la técnica de análisis de contenido, ya fuera en radio, televisión o medios impresos, para la obtención de los datos. Hoy día existe un sinfín de temáticas en donde se aplica esta teoría (salud, ambiente, política, deporte) y las técnicas más utilizadas son análisis de contenido y encuestas. En conjunción con los efectos de tradición en la investigación de la comunicación de masas, los estudios iniciales para el establecimiento de un agenda-setting indagaron en el impacto del agenda-setting informativo sobre el agenda-setting público. Más recientemente, el agenda-setting informativo se ha desplazado de su variable independiente hacia una variable dependiente. La cuestión central de investigación que anteriormente se preguntaba quién establecía el agenda-setting público ha cambiado para preguntarse ahora quién establece el agenda-setting informativo (McCombs, 1996:31).

El mismo estudioso concluye que la respuesta a la interrogante anterior es que la agenda-setting de los medios de comunicación se establece de forma compartida, pero que definitivamente los medios ejercen una infl uencia dominante en la conformación de las distintas agendas. Hasta aquí se ha intentado tejer una explicación teóricoconceptual de la producción comunicacional y la agenda de temáticas que proponen los medios diariamente, con el objeto de acercarnos a la comprensión de las representaciones mediáticas acerca de la adaptación de los pobladores al clima extremo, el uso social del agua y el consumo de energía 129


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eléctrica en Mexicali; ahora se caracterizará la interrelación entre hombres y mujeres con el ecosistema árido. Contexto local: hombres y mujeres en la aridez Los desiertos del mundo están compuestos por grandes extensiones de tierra catalogadas como zonas semiáridas, áridas e hiperáridas a partir de las características del suelo, las temperaturas ambientales y las precipitaciones pluviales que privan en ellas, las cuales de entrada connotan adversidad para la vida humana; no obstante, actualmente unos 500 millones de seres humanos viven en desiertos y márgenes de desiertos: el 8 por ciento de la población mundial (UNEP, 2006). Las condiciones antes mencionadas obligan a los seres que habitan las zonas que componen los desiertos a crear distintas soluciones culturales para poderse adaptar a las condiciones adversas que se presentan en tales ecosistemas. Los recursos naturales que confl uyen en un hábitat representan para el hombre diversas posibilidades para su establecimiento y desarrollo. Este hábitat constituye un conjunto de elementos, como suelo, clima, fauna y fl ora, que el ser humano valora y convierte en su habitar, es decir, transforma esos elementos en un problema o en recursos potenciales. De esta forma, el uso de las capacidades, imaginación, ingenio, razonamientos y emociones específicas del hombre como soluciones latentes y el aprovechamiento de las posibilidades geográficas y espaciales del hábitat hacen del fenómeno humano una forma de habitar que es específica para cada ambiente, construyendo un conjunto de soluciones culturales que le permiten adaptarse a las condiciones del entorno, de tal manera que lo que llamamos naturaleza es una parte de la condición humana cuando ejercita el proceso de habitar (Salas, 2004).

En México, una tercera parte del territorio de la zona norte está constituida por territorios áridos y semiáridos en lo que se conoce como el Gran Desierto Americano, mientras que hacia el sur, en la península de Baja California, se ubica el Desierto Vizcaíno. 130


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La frontera entre los estados de Baja California y Sonora, en México, y Arizona y California, en Estados Unidos, constituye una zona árida irrigada, caracterizada por la presencia del sistema hídrico del río Colorado. Fue en esta región, conocida como Valle de Mexicali, donde hace poco más de cien años nació la capital de Baja California: Mexicali, que hoy representa un emporio agrícola e industrial con poco más de un millón de habitantes. “Es así que recordando la historia es necesario recapacitar y darse cuenta [de] que los habitantes y en especial la generación joven de esta ciudad han olvidado, al estar rodeados de toda una infraestructura urbana que brinda comodidades, que ¡vivimos en el desierto!” (Schorr, 2004). Debido a que una gran parte de la región (transfronteriza entre Valle de Mexicali y Valle Imperial, E.U.A.) se localiza bajo el nivel del mar y las montañas al oeste evitan que la humedad penetre al área, el promedio anual de lluvia es de 70 milímetros aproximadamente (2.8 pulgadas) (INEGI, 1996:7). A pesar de ello, esta zona se cuenta entre las regiones agrícolas más productivas tanto en los Estados Unidos como en México (Collins, 2005).

Mexicali ha vivido un crecimiento poblacional intenso. En 1930 tenía 29 895 habitantes y en 1950 ya contaba con 124 362 pobladores. Este rápido incremento experimentado en Mexicali desde la primera mitad del siglo XX refle ja el infl ujo de personas de todas partes de México para buscar mejores oportunidades de trabajo –y por ende, de sobrevivencia– en la agricultura y en la entonces incipiente industria maquiladora. Es importante destacar que Mexicali tiene un proyecto de crecimiento para las siguientes décadas que iría de los 764 602 habitantes que tenía en el 2000 hasta casi dos millones en 2040 (Oficina del Censo de los Estados Unidos e INEGI en Collins, 2005). Lo anterior generará un enorme impacto en el uso social del agua, en las necesidades de consumo eléctrico y, por consiguiente, en la adaptación a las variaciones que se suscitarán en el clima extremo de la región. Entre más crece una ciudad, las expresiones culturales pueden resultar diversas si recibe inmigrantes de diversas latitudes, si 131


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bien es cierto que el medio ambiente natural también marca condicionamientos de vida (Gárate, 2005). Es por eso que hoy no podríamos entender la “cultura fronteriza” de esta región, por un lado, sin el aporte de grandes grupos de jaliscienses y michoacanos, de chinos, rusos y japoneses; pero sobre todo de personas provenientes de Sonora y Sinaloa. Por otro lado, tampoco se entendería la cultura de esta zona sin la incorporación al imaginario colectivo del clima (sobre todo, el “calorón termonuclear”), el agua (con los oasis en forma de canales de riego) y la energía eléctrica (elemento vital de connotaciones superheroicas en la lucha contra el extremo clima) como personajes míticos. La llegada de los inmigrantes significó una aventura sociocultural, que en buena medida fue medioambiental. Casi ninguno de ellos había sentido el desierto, tampoco su clima, sus plantas, y desconocía su fauna. Una forma de responder a ese desconocimiento fue pasar de la añoranza de la conciencia a la toma de decisiones y con ello a la acción. No hay otra forma de explicar cómo, de pronto, esta ciudad empezó a tener en sus patios extendidos una fl ora que jamás fue parte del desierto. Con bajos niveles educativos y con una identidad cultural modelada por las cuestiones de territorialidad, fue naciendo un ecosistema urbano infl uenciado en su aspecto macro por una mezcla de la arquitectura californiana pero con patios al estilo de las construcciones del centro y del occidente mexicano. (Gárate, 2005).

Para lograr la adaptación a un ecosistema –el árido en el caso que nos ocupa– se requiere una serie de instrumentos técnicos, simbólicos y sociales que hombres y mujeres comportan como parte de su cultura, que ponen en juego en la vida cotidiana para reinventar su forma de habitar, tal como lo hicieron los primeros pobladores de Mexicali, los fundadores o pioneros como se les reconoce en los discursos institucionales, canciones populares, páginas web turísticas, o en algunos nombres de comercios haciendo referencia recurrentemente a los forjadores o héroes que, ante la adversidad, anclaron sus sueños y esperanzas en las áridas tierras y con empeño, sudor y valentía fincaron los 132


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cimientos de esta urbe fronteriza, que de 1903 a 2007 ha crecido exponencialmente (Méndez y Padilla, 2006). Se debe subrayar que “la adaptación ecosistémica de la población humana se vuelve más compleja cuando los desiertos comienzan a ser atravesados por fronteras administrativas. Sujeto a estas circunstancias, el problema ecológico se transforma en social, económico y político” (Salas, 2004). Mexicali constituye precisamente una frontera desértica en la que pobladores establecidos y sujetos que integran la población fl otante en búsqueda del american way of life enfrentan distintas problemáticas vinculadas al agua, clima y energía, que de ser netamente ecológicas han pasado a los planos político, económico y social. La historia de Mexicali es la síntesis de una hibridación cultural construida en un entorno desértico con la impronta de cada una de las etnicidades y los recursos antes mencionados. En ese entorno el espacio natural y los repertorios simbólicos que componen la cultura han tejido las posibilidades de una ocupación social que a la distancia y aún después de 104 años de haberse fundado la ciudad sigue antojándose como un reto cotidiano y en ocasiones hasta imposible. Las grandes concentraciones poblacionales, con ritmos acelerados de consumo y elevadas demandas de confort, por ende, exigen enormes volúmenes de agua y energía; políticas económicas basadas en vocaciones productivas que, por un lado, representan importantes fuentes de riqueza, pero por otro constituyen prácticas de degradación ambiental, con elevados riesgos para los habitantes de grupos vulnerables, sobre todo los de escasos recursos, los infantes y las personas de la tercera edad, y políticas públicas educativas, culturales, ambientales y de protección civil, que representan algunas de las problemáticas más importantes para las comunidades asentadas en zonas áridas. En la complejidad del contexto medioambiental árido, definido por su adversidad y el calidoscopio cultural propio de una región transfronteriza de enorme dinamismo, se producen múltiples representaciones mediáticas locales de la relación hombre-ecosistema árido. 133


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Agua, clima y energía en la agenda mediática Este estudio de caso es el primero en su tipo que se realiza en la región árida del noroeste en México, y entrelaza en su cuerpo conceptos, teorías y métodos de análisis de la tradición de los estudios comunicacionales frente a un objeto de estudio que hace converger factores ambientales y culturales, el cual aún está en fase de construcción y ambiciona incorporar conocimientos en torno a la interacción hombre-ecosistema árido, con el objeto de aportar insumos informativos a los tomadores de decisiones en políticas públicas y en esa medida contribuir al desarrollo sustentable de la región árida fronteriza del noroeste de México. Por lo anterior, este trabajo constituye un primer acercamiento, sin más pretensiones que dar respuesta a interrogantes básicas. Por ejemplo: ¿Cuáles son los sucesos vinculados al agua, clima y energía eléctrica que han sido representados mediáticamente en distintos momentos del trayecto histórico 1967-2006 en los medios impresos de Mexicali? ¿Cuáles son los principales sub-temas tratados en las representaciones mediáticas que sobre las categorías agua, clima y energía eléctrica han producido los medios impresos de Mexicali? ¿Con qué frecuencia se han generado las representaciones mediáticas de cada categoría temática? Para dar respuesta a estas interrogantes se recurrió al análisis de contenido, que “es una técnica cuantitativa de investigación útil para el estudio sistemático de los mensajes comunicacionales (...) y cumple los requisitos de sistematicidad y confiabilidad” (Lozano, en Carabaza, 2004). Se analizaron los periódicos La Voz de la Frontera, Novedades y La Crónica de Baja California, durante los julios y agostos de 1967, 1976, 1986 y 1996. De este análisis se obtuvieron datos acerca de las distintas representaciones mediáticas sobre la relación que han ido construyendo en la ruta histórica hombres y mujeres de Mexicali con los elementos medioambientales agua, clima y energía, así como las distintas problemáticas sociales vinculadas a estos factores. Antes de presentar la distribución de publicaciones por periódico, es importante mencionar que durante los dos primeros 134


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años del análisis, 1967 y 1976, solamente existía el diario La Voz de la Frontera, perteneciente a Organización Editorial Mexicana (OEM) y que fue fundado en septiembre de 1964. El diario Novedades de Baja California fue publicado por primera vez el 8 de marzo de 1982 y perteneció a un grupo de empresarios de Mexicali, pero fue vendido en 1990 al Grupo Healy, de Hermosillo, Sonora, y así nació en noviembre del mismo año La Crónica de Baja California, que hasta la fecha se mantiene, al lado de La Voz de la Frontera, como uno de los únicos dos diarios de Mexicali (Trujillo, 2000). La distribución por periódico de noticias relacionadas con el agua, el clima y la energía eléctrica se presentó como lo indica el cuadro 2. La Voz de la Frontera, que era el único diario que existía en el periodo 1967-1976, publicó 54 y 31, respectivamente. Ya en el año 1986, en el diario Novedades se registraron 88 unidades y en La Voz 105. Para 1996 los registros indican un crecimiento importante en las unidades publicadas tanto por La Voz como por La Crónica; el primero publicó 105 informaciones y el segundo 88 unidades. Finalmente, en 2006 las representaciones mediáticas en torno a agua, clima y energía eléctrica llegaron a su punto más elevado, al registrarse 101 en La Voz y 121 en La Crónica. Cuadro 2. Año de publicación (julio y agosto)

1967 1976 1986 1996 2006 1967, 1976, 1986, 1996, 2006

La Voz de la Frontera

54 31 50 105 101 341 (55%)

Novedades y La Crónica Total de unide Baja California dades publicadas por año 68 88 121 277 (45%)

54 (9%) 31 (5%) 118 (19%) 193 (31%) 222 (36%) 618 (100%)

En total fueron analizadas 618 unidades, que salieron publicadas en el orden siguiente: en julio y agosto de 1967 se difundieron 54 unidades sobre agua, clima y energía eléctrica, que represen135


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tan el 9 por ciento de la información analizada, de las cuales 41 correspondieron a las relacionadas con el agua, 13 a las de clima y ninguna para la energía eléctrica. En el mismo periodo pero en 1976, las publicaciones decrecieron a 31, equivalentes al 5 por ciento, y aquí se atestigua un mantenimiento de la información relativa al clima en 13 y la relacionada con el agua se reiteró en el nivel más elevado, pero solamente con 16, y en el rubro de energía eléctrica se recabaron solamente tres unidades. No obstante, en contraste con los datos anteriores, en 1986 la información sobre agua, clima y energía se disparó para llegar a 118 unidades; es decir, se registró el 19 por ciento de la información total analizada. Aquí a diferencia de 1967 y 1976, fue la energía eléctrica el rubro sobre el que se generó más información, con un total de 78 menciones; el agua tuvo 34 y las representaciones sobre el clima decrecieron a solamente seis. En julio y agosto de 1996 las unidades de información sobre los ejes fundamentales en la ocupación social del espacio natural llegaron a 193, lo que representa un 31 por ciento. De éstas, 99 correspondieron a la energía eléctrica, 75 al agua y 19 al clima. Finalmente, en los mismos meses de 2006 el número de informaciones alcanzó su mayor nivel, con 222 representaciones, equivalentes al 36 por ciento del total de las unidades analizadas; sin embargo, aquí el clima obtuvo la mayor parte, con 149 unidades, 60 fueron para la energía eléctrica y sólo 13 para el rubro del agua (gráfica 1). Gráfica 1. Total de notas por categoría.

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Representaciones mediáticas en zonas áridas

El clima en los medios El tópico que ha ocupado mayormente las páginas de las publicaciones referidas es el clima, con 256 unidades de análisis registradas, que en conjunto representan el 41 por ciento del total. Obviamente, estas apariciones en la agenda mediática no se dieron solamente al nivel de información del pronóstico del tiempo; en un medio ambiente árido desértico como el que caracteriza a Mexicali y su valle agrícola, que con un clima cálido-seco mantiene una temperatura anual promedio de entre 20 y 22 °C y donde los registros de temperaturas máximas llegan a los 50 °C durante los meses de julio y agosto, es de esperarse que las muertes relacionadas con el calor, las deshidrataciones masivas, los riesgos para los emigrantes al cruzar la frontera y para la población en su vida cotidiana al exponerse a las altas temperaturas, o bien los operativos de emergencia en sectores marginados, cobren en términos de espacio y frecuencia un significado especial en los medios de comunicación, lo que, como se explicará más adelante, ha llegado incluso a representar una situación de tensión política entre funcionarios de diferentes áreas y niveles de gobierno, así como entre éstos y los representantes de distintas organizaciones de la sociedad civil. En este rubro del clima se aprecia una consistencia en las temáticas tratadas en los diferentes años observados en el análisis. En 1967 las noticias referentes al clima hablaban de muertes, sequías y deshidrataciones, de la misma forma que se dio en 1976, 1986, 1996 y 2006; quizá la diferencia más importante es en términos cuantitativos, pues mientras en 1967 se publicaron 13 informaciones, en 2006 fueron 149 las unidades contabilizadas en este campo temático, como muestra la gráfica 2. No obstante, es importante no olvidar que entre 1967 y 1976 solamente se publicaba La Voz de la Frontera. 137


Culturales Gráfica 2. Notas de clima.

Entre los subtemas en el rubro del clima se aprecia que el denominado “Calor: riesgo climatológico” es el que obtuvo una mayor representación en términos de frecuencia de apariciones, y éstas se dieron en claro orden creciente, de una y dos apariciones entre 1967 y 1986, llegó a 27 en 1996 y subió hasta 44 en 2006. No obstante, es importante hacer notar que los subtemas “Muertes” y “Deshidrataciones” también mantuvieron una presencia elevada a lo largo de los distintos periodos analizados. En cuanto al primero, se observa que de 10 reportes de muertes por el clima se pasó a 16 en 1996 y a 28 en 2006. En lo que se refiere a las noticias sobre deshidrataciones, éstos fueron los números recabados: una en 1967, seis en 1967, dos en 1986, 17 en 1996 y, finalmente, en 2006 fueron publicadas 27. La energía eléctrica en los medios En un segundo escalón se ubican las temáticas asociadas a la energía eléctrica, con 239 unidades, que en términos de porcentaje corresponde al 39 por ciento de la muestra analizada. Sin duda, estos datos son un resultado importante, ya que en la ocupación social de la zona árida estudiada este recurso ha jugado un papel muy importante, pues las demandas de confort, sobre todo en la “artificialización” del clima, y las vocaciones 138


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productivas de la región: sectores industrial y agrícola, generan un enorme consumo del fl uido eléctrico. A pesar de que “la infraestructura eléctrica de Baja California tiene dos grandes instalaciones de generación de electricidad (alrededor de 1,326 megawatts termales y 720 megawatts geotérmicos), varias plantas generadoras más pequeñas y las correspondientes de transmisión” (Quintero y Sweedler, 2005:292), los reclamos de la población para conseguir “tarifas eléctricas más justas” han sido recurrentes a lo largo de más de casi cuatro décadas; por ello se explica que en este renglón de la energía eléctrica se ubica la lucha como el tema más representado en las páginas periodísticas, con 161 unidades, seguido del subtema “Demandas de suministro de energía eléctrica” con 30, “Cobros indebidos por parte de la CFE” que registró 27, y “Cortes del suministro por falta de pago”, con 21 informaciones publicadas, como se puede apreciar en la gráfica 3. La lucha por tarifas más justas registró sus momentos más elevados en 1996, con 77 unidades, y con 62 durante 1986, mientras que en 2006 solamente se registraron 22 informaciones al respecto. Lo anterior habla de la debilidad de una lucha (en cuanto su cobertura periodística) que ha sido contrarrestada con subsidios gubernamentales y con un enorme caudal de declaraciones de funcionarios de gobierno y miembros de partidos políticos, pero que aún no ha sido solucionada. Por otra parte, las “Demandas de suministro de energía eléctrica” se ubican con 8, 13 y 9 unidades publicadas en 1986, 1996 y 2006, respectivamente. En lo que respecta a informaciones publicadas sobre “Cobros indebidos por parte de la CFE”, éstas fueron in crescendo de manera sustancial, pues de 2, 5 y 4 notas publicadas en 1976, 1986 y 1996, se pasó a 16 en 2006. Asimismo, las unidades publicadas en el subtema de “Cortes de energía eléctrica a usuarios por falta de pago en los veranos”, las cifras fueron de 3 y 5 en 1986 y 1996, respectivamente, para llegar en 2006 a 13 informaciones sobre el mismo tópico. 139


Culturales Gráfica 3. Notas de energía eléctrica.

El agua en los medios El agua es una de las más antiguas y más importantes preocupaciones del hombre y algunos expertos insisten en que esa inquietud decidió la localización de las primeras civilizaciones. Se supone que los cambios climáticos y la sequía obligaron al hombre a abandonar las praderas de África y emigrar hacia los valles fl uviales del Nilo, el Éufrates, el Indo y el Hoangho, donde se establecieron las más antiguas civilizaciones registradas (Hundley, 2000:39).

El mismo recurso hídrico fue la motivación para el asentamiento de los primeros pobladores en la región árida donde se fundó Mexicali, y hasta hoy sigue siendo una de las más antiguas e importantes preocupaciones –parafraseando a Norris Hundley Jr.– de los pobladores de esta zona transfronteriza. Este elemento natural fue representado en 123 unidades, lo que significa un 20 por ciento del total de los registros analizados. En el periodo estudiado correspondiente a 1967 se contabilizaron 41 informaciones y hacia 1976 se pasó a 16, en 1986 se publicaron 34 unidades, en 1996 decreció el número a 19 y en 2006 volvió a caer la información relativa al agua en los medios impresos de mayor circulación en Mexicali, registrándose solamente 13 notas. Estos datos de la gráfica 4 refl ejan una situación paradójica que genera interés, porque si bien es cierto que la zona árida mexicalense es irrigada por el río Colorado, también lo es que los niveles 140


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de consumo se han incrementado en las últimas décadas con la explosión demográfica y las obsoletas técnicas usadas en una buena parte del sector agropecuario del valle de Mexicali. La información sobre agua fue subdividida en las problemáticas del “Agua en la ciudad” y de “Agua en el valle”. Como muestra la gráfica 4, durante 1967 y 1976 fue mayor la cobertura periodística sobre problemas referentes al “Agua en el valle”, pues en los dos periodos anuales se publicaron 34 unidades, frente a 23 notas sobre el “Agua en la ciudad”. Entre los subtemas destacaron los altos contenidos de salinidad en el agua que provenía de Estados Unidos y que afectaba en gran medida a las tierras del valle de Mexicali, problema originado por el bombeo de las aguas fósiles extraídas en el valle de Welton Mohawk; los elevados niveles en el déficit de agua para el cultivo; la rezonificación de tierras cultivables para aprovechar la poca agua, y la generación de alternativas para captación de agua en zonas marginadas, como las llamadas “ollas de agua”, que consistieron en aljibes recubiertos con material plástico para guardar el líquido producto de las escasas lluvias. Por un lado, a mitad de los años ochenta la “fiebre algodonera” (época de auge económico regional por la producción de algodón) había sido aniquilada por los problemas de salinidad antes mencionados, aunados a la introducción de fibras sintéticas al mercado textil mundial, y por otro, la zona libre había logrado generar un incremento del sector comercial y un importante número de maquiladoras se habían asentado en Mexicali. En este contexto, los ufl jos de inmigrantes de esa década llegaron para quedarse en la zona urbana, y aun cuando el sector agrícola continúa teniendo una fuerza económica importante, es desde entonces que el sector industrial se convierte en la punta de lanza de las vocaciones productivas de la región. En estas condiciones, la cobertura mediática también ensayó una nueva mirada y se enfocó en la ciudad. Como resultado de esto, a partir de 1986 la información sobre el agua se concentró mayoritariamente en las problemáticas de la zona urbana. En ese año se publicaron 26 informaciones de “Agua en la ciudad” contra 8 de “Agua en el valle”, y durante 1996 y 2006 esta 141


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tendencia se mantuvo, pues las publicaciones en estos años sumaron 24 unidades para el subtema “Agua en la ciudad”, mientras que “Agua en el valle” registró solamente ocho en el mismo lapso. Gráfica 4. Notas referentes al agua.

Consideraciones finales Para finalizar y con el objeto de dar respuesta a la interrogante general de este estudio de caso: ¿Cuáles son los sucesos vinculados al agua, clima y energía eléctrica que han sido representados mediáticamente en distintos momentos del trayecto histórico 1967-2006 por los medios impresos de Mexicali?, se ensayarán algunas consideraciones a partir de los datos obtenidos. El análisis de las informaciones relacionadas con agua, clima y energía eléctrica permite inferir que han pasado la frontera de la temática ambiental y se han posicionado como representaciones mediáticas de riesgo permanente en la nota roja y en el debate político regional, lo mismo que de discusión política internacional, debido a la condición fronteriza de Mexicali. La centralidad del papel del agua, el clima y la energía eléctrica en la historia de la ocupación social del territorio árido mexicalense ha llevado a los medios de comunicación a incorporar de manera recurrente –pero asistemática– en su agenda los temas relacionados con estos tres recursos básicos para la vida humana 142


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en las sociedades rurales y urbanizadas asentadas en zonas áridas. Lo anterior ha dejado su impronta en el imaginario colectivo y ha devenido en un ciclo reproductivo de la identidad cultural de los pobladores de Mexicali, ligada al clima (sobre todo al calor), al agua y a la energía eléctrica. El clima es el eje que obtuvo un mayor número de unidades; esto se explica porque la muestra se limitó a los veranos, pero también porque en el tratamiento periodístico las informaciones están relacionadas con riesgos, muertes, deshidrataciones, cuadros diarreicos y otras enfermedades en amplios grupos de personas. A su vez, es tema de discusión política, por la descoordinación entre los distintos niveles de gobierno y la ausencia de planes, programas y políticas públicas en el tema de la protección de los habitantes ante el clima extremo. Aquí es importante conectar el factor climático con agua y energía eléctrica, porque son los miembros de comunidades marginadas quienes son actores de las noticias de muerte por golpe de calor, amiba libre y deshidrataciones, porque precisamente no cuentan con los recursos de agua y energía eléctrica, ni con los servicios médicos, ni con el capital informativo y cultural para hacer frente a las condiciones adversas del territorio árido. Las problemáticas vinculadas con la energía eléctrica tratadas en el conjunto de las informaciones analizadas refl ejan la “politización” del sempiterno reclamo de la población de obtener tarifas de energía eléctrica ad hoc a las condiciones económicas de los usuarios y a las características del clima en el entorno árido de Mexicali. A este tema se han sumado las reiteradas informaciones acerca de cobros indebidos, es decir, cobros excesivos e ilegales a usuarios, y por otra parte, las informaciones relacionadas con cortes del suministro de energía que pueden llegar a ocasionar serios daños a la salud, por las condiciones climáticas ya anotadas. Esto proyecta una telaraña de problemas en torno al consumo de energía eléctrica que adquiere mayor relevancia en una región árida definida por una vocación productiva que la ancla de manera especial a este recurso energético. 143


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Los riesgos ambientales son por antonomasia riesgos sociales, y en el contexto actual también son riesgos transnacionales de alto impacto económico y político; así, el agua es ya un factor de tensión global. Y en el espacio local, por la zona árida transfronteriza en que se ubica Mexicali, la información analizada refl eja distintos sucesos de tensión política internacional relacionados con el agua. Entre ellos: a finales de los sesenta y en los setenta la discusión binacional por los altos contenidos de salinidad del agua proveniente de Estados Unidos, y a principios del siglo XXI, la problemática por el revestimiento del Canal Todo Americano, que ha generado una amplia cobertura periodística, sobre todo por los intereses económicos que están en juego, más allá del daño ambiental, según lo relatan las notas analizadas. Por otra parte, los problemas relacionados con el agua en la urbe mexicalense, retratados por los medios impresos, son en su mayoría de abasto en las colonias populares. Tras la revisión efectuada se aprecia una cobertura informativa en torno al agua, clima y energía desestructurada y asistemática. No existe una sola sección donde se pueda conjuntar esta información; el género mayormente utilizado en la producción de representaciones mediáticas es la nota informativa, con declaraciones de fuentes predominantemente del sector gubernamental y de instituciones políticas. En suma, las representaciones mediáticas de agua, clima y energía eléctrica parecen posicionarse como tres factores de riesgo permanente, y ello obliga la necesidad de estudiar a profundidad la relación del hombre con cada uno de estos tres factores, que han sido centrales en la historia de la ocupación social del territorio árido sobre el que se erige Mexicali. Desde los estudios de la comunicación y la cultura, es posible pensar el pensamiento con el que nos hemos relacionado hombres y mujeres con un ecosistema árido, adverso en más de un sentido, pero lleno de vida. Por lo pronto, lo que toca es profundizar en los resultados cuantitativos y trabajar la dimensión cualitativa de dicha relación. Ésa es la vereda que se habrá de transitar. 144


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Fecha de recepción: 10 de abril de 2007 Fecha de aceptación: 31 de julio de 2007

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CULTURALES 2007 VOL III NUM 6 JULIO DICIEMBRE  

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