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FEBRERO 2010

Fernando del Paso Sobre Albert Camus Juan Ramón de la Fuente El Estado laico del siglo XXI REVISTA DE LA UNIVERSIDAD DE MÉXICO

Emmanuel Carballo Éste era (creo) mi padre Adolfo Gilly Amalia Solórzano de Cárdenas Christopher Domínguez Michael Brandes, el danés errante Guillermo Sheridan Construir dulcineas Sara Sefchovich Pacheco el sabio Hernán Lara Zavala Cuba y Yucatán Gloria Villegas Aquiles Serdán, héroe tutelar

FEBRERO 2010

Adolfo Castañón Saludo a José Luis Rivas Fabienne Bradu Sobre Graciela Iturbide

José Woldenberg Voces y ecos del 68

Reportaje gráfico Graciela Iturbide

Arnoldo Kraus Bioética: filosofía del siglo XXI

UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO

$40.00 • ISSN 0185-1330


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José Narro Robles Rector Ignacio Solares Director Mauricio Molina Editor Geney Beltrán Jefe de redacción

CONSEJO EDITORIAL Sealtiel Alatriste Roger Bartra Rosa Beltrán Carlos Fuentes Hernán Lara Zavala Álvaro Matute Ruy Pérez Tamayo

NUEVA ÉPOCA NÚM. 72 FEBRERO 2010

EDICIÓN Y PRODUCCIÓN Coordinación general: Carmen Uriarte y Francisco Noriega Relaciones públicas: Silvia Mora Redacción: Sandra Heiras y Edgar Esquivel Edición gráfica: Rafael Olvera Albavera Corrección: Helena Díaz Page y Guillermo Vega Edición y producción: Anturios Ediciones, S.A. de C.V. Impresión: Grupo Gráfico Editorial, S.A. de C.V. Portada: Graciela Iturbide

Teléfonos: 5550 5792 y 5550 5794 Fax: 5550 5800 ext. 119 Suscripciones: 5550 5801 ext. 216 Correo electrónico: reunimex@unam.mx www.revistadelauniversidad.unam.mx La responsabilidad de los artículos publicados en la REVISTA DE LA UNIVERSIDAD DE MÉXICO recae, de manera exclusiva, en sus autores, y su contenido no refleja necesariamente el criterio de la institución; no se devolverán originales no solicitados ni se entablará correspondencia al respecto. Certificado de licitud de título núm. 2801 y certificado de licitud de contenido núm. 1797. La REVISTA DE LA UNIVERSIDAD DE MÉXICO es nombre registrado en la Dirección General de Derechos de Autor con el número de reserva 112-86.

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CONTENIDO

EDITORIAL

ALBERT CAMUS. LOS INMENSOS PECADOS DE FRANCIA Fernando del Paso

EL ESTADO LAICO DEL SIGLO XXI Juan Ramón de la Fuente

CONSTRUIR DULCINEAS Guillermo Sheridan



LA DISCRETA SEÑORA DE LA CALLE ANDES Adolfo Gilly



PACHECO EL SABIO Sara Sefchovich



SALUDO A JOSÉ LUIS RIVAS Adolfo Castañón



ÉSTE ERA (CREO) MI PADRE Emmanuel Carballo



CUBA Y YUCATÁN Hernán Lara Zavala



AQUILES SERDÁN, HÉROE TUTELAR Gloria Villegas



BIOÉTICA: FILOSOFÍA DEL SIGLO XXI Arnoldo Kraus



OJOS PARA SOÑAR Fabienne Bradu



REPORTAJE GRÁFICO Graciela Iturbide



BRANDES, EL DANÉS ERRANTE Christopher Domínguez Michael



RESEÑAS Y NOTAS



VOCES Y ECOS DEL 68 José Woldenberg



TODAS LAS VIDAS POSIBLES Claudia Guillén



PAUL AUSTER: INVISIBLE Leda Rendón



JAIME SALINAS Y LA CENSURA Vicente Leñero

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RUTINAS GASTRONÓMICAS Hugo Hiriart



EN LA SELVA DE ESPEJOS David Huerta



LA JETÉE Mauricio Molina



UN HOMBRE POR EL CAMINO José de la Colina

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¿QUÉ ES HISTORIAR LA MÚSICA? Pablo Espinosa

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MANDALAS DIGITALES José Gordon

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EDITORIAL

La figura de Albert Camus, fallecido prematuramente en un accidente automovilístico a los cuarenta y siete años hace ya medio siglo, ha convocado a múltiples personalidades a reflexionar acerca de las luces y sombras de su obra. Fernando del Paso comenta críticamente la actitud del escritor francés acerca de la independencia de Argelia. En este año del Bicentenario conviene citar las palabras del autor de Noticias del Imperio: “Los pueblos se independizan cuando ya han comenzado a existir”. El laicismo conforma nuestra identidad histórica y nacional. Juan Ramón de la Fuente establece una defensa del Estado laico en nuestro país a partir de la figura fundacional de Benito Juárez. Adolfo Gilly nos ofrece una estampa de doña Amalia Solórzano, la esposa del presidente Lázaro Cárdenas. Guillermo Sheridan, en el ámbito de la literatura, explora las raíces simbólicas, mitológicas y religiosas de la Dulcinea del Quijote a partir del resurgimiento del paganismo en el Renacimiento y del culto mariano, al tiempo que Sara Sefchovich hace un recorrido por la obra múltiple y diversa de José Emilio Pacheco. Adolfo Castañón explora la obra del poeta veracruzano José Luis Rivas quien recibiera, junto con Carlos Montemayor y Hugo Hiriart, el Premio Nacional de Ciencias y Artes y, al mismo tiempo, Ana María Jaramillo recoge algunos apuntes autobiográficos del poeta. Emmanuel Carballo recuerda la figura de su padre en un texto entrañable, pleno de melancolía ante su ausencia. Las estrechas relaciones y complicidades entre Cuba y Yucatán sirven a Hernán Lara Zavala para recordarnos la profunda hermandad entre los pueblos mexicano y cubano, y retoma las figuras emblemáticas de José Martí, Felipe Carrillo Puerto y Fidel Castro. La bioética es la ética del futuro. La defensa del medio ambiente, la necesidad de ahondar aún más en el conocimiento científico de la naturaleza son algunos de sus temas fundamentales. Arnoldo Kraus nos recuerda, con razón, que la ética en el siglo XXI sólo puede ir de la mano de la ciencia. Graciela Iturbide es una de las fotógrafas más importantes de nuestro país. Fabienne Bradu comenta su obra para abrir paso al reportaje gráfico de la presente entrega de nuestra revista. Christopher Domínguez Michael recorre la obra del escritor danés Georg Brandes, gran difusor del pensamiento de Nietzsche y considerado uno de los críticos literarios más aclamados de su tiempo. Gloria Villegas, directora de la Facultad de Filosofía y Letras, se adentra en una de las figuras claves de la historia contemporánea de México, Aquiles Serdán, a través de sendos discursos reivindicativos. Por su parte, José Woldenberg, en un pequeño ensayo con formato de reseña, comenta los textos del libro Voces y ecos del 68 compilado por Salvador Martínez Della Rocca. Vicente Leñero recuerda los estragos de la censura a su obra Los albañiles durante la dictadura franquista. Completan la presente entrega los textos de Hugo Hiriart, David Huerta, Claudia Guillén, Leda Rendón, Mauricio Molina, José de la Colina, Pablo Espinosa y José Gordon.

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Albert Camus

Los inmensos pecados de Francia Fernando del Paso

A cincuenta años de su muerte Albert Camus sigue dando de qué hablar. Fernando del Paso se aproxima en este breve texto a una zona oscura del gran escritor francés: su actitud políticamente ambigua hacia la independencia de Argelia. En la época de mi educación sentimental y literaria, Camus fue uno de mis ídolos y El Extranjero y La Peste, libros de cabecera. Gocé también mucho sus obras teatrales como las inolvidables Calígula y Los Justos. Nunca he dejado de admirarlo y de considerarlo como uno de mis primeros maestros. Sin embargo, muchos años más tarde, descubrí un aspecto de su personalidad que no era, por decirlo de alguna manera, digno de elogio: su postura ante la independencia de Argelia. Quiero creer que su gran calidad humana, su genio y su sabiduría hubieran contribuido, con el tiempo, a matizar o incluso a cambiar sus convicciones a ese respecto, de no haber muerto a una edad tan temprana. La guerra por la independencia de Argelia llegó al territorio francés durante la noche del 25 de agosto de 1958, al ocurrir en Marsella y París una ola de atentados espectaculares. No existía ya para entonces la asociación ENA, “Estrella Norafricana”. Nacida en 1926, y disuelta en 1929, había vuelto a la vida en 1933, bajo el liderazgo del carismático Messali Hadj y nuevamen-

te desapareció en vísperas de la Segunda Guerra Mundial por decreto del gobierno de Édouard Daladier. Messali Hadj se rehusó a colaborar con el régimen de Vichy, y en los años cincuenta sirvió como factor de unidad para los argelinos de Francia, cuyo número se calculaba entonces en doscientos mil. Fue la década en que la policía francesa comenzó a reprimir con brutalidad toda manifestación a favor de los movimientos nacionalistas argelinos. Se multiplicaron en Francia los campos de internamiento o concentración para los argelinos revoltosos y el prefecto de la policía, que era entonces Maurice Papon, otorgó a las fuerzas policiales a su cargo “permiso para matar”. La tragedia culminó con la matanza, por parte de la policía, de más de cien manifestantes que marcharon por las calles de París. A esta acción siguió, pocos meses más tarde, otra carga de la policía contra una nueva manifestación. En la estación del Metro Charonne de París, hubo ocho muertos, entre los que se contaba un muchacho de quince años.

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Albert Camus en una fotografía de Henri Cartier-Bresson, París, 1945

Los argelinos de Francia no estuvieron solos: los acompañaron numerosos franceses, y entre ellos un grupo de los más distinguidos personajes del mundo de la cultura: un año antes de la matanza de lo que alguien calificó como el “pogrom oficial”, el 6 de septiembre de 1960, ciento veintiún académicos, escritores, intelectuales y artistas habían publicado en la revista Les Temps Modernes un manifiesto titulado “Declaración sobre el derecho a la insumisión en la guerra de Argelia”. A esta declaración respondió otro manifiesto, firmado por ciento ochenta y cinco franceses, entre ellos varios militares, que dejaba en claro que todo acto de apoyo al Frente de Liberación Nacional argelino “era un acto de traición”. Entre los signatarios de la primera declaración se encontraban personajes de la talla de JeanPaul Sartre, Simone de Beauvoir, Alain Resnais, Pierre Vidal-Naquet, François Maspero y André Breton. Pero no toda la élite de la intelectualidad compartió esa posición. En enero del mismo año, 1960, de la después llamada “Manifestación de los Ciento Veintiuno” falleció en un accidente automovilístico uno de los hombres de letras francesas más grande del siglo: Albert Camus. No tuvo, así, oportunidad de negarse a firmar el “Manifiesto de los Ciento Veintiuno”. ¿Y por qué habría de negarse? La antología de los artículos de Albert Camus publicada por la editorial Gallimard bajo el título de Chroniques algériennes, 1939, 1958 —Crónicas argelinas,

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1939, 1958—, lo muestra como un hombre ilustrado y sensible, que percibe en toda su plenitud la miseria y la explotación que sufrían en su época los indígenas de esa posesión francesa del norte de África, y los califica como “los inmensos pecados de la Francia colonizadora”. Es a Kabylia a la que está dedicada la primera parte de sus escritos. La segunda, a Argelia. Argelia cayó en poder de Francia en 1830. Como símbolo de la amenaza cristiana en la región, la Gran Mezquita de Argel fue transformada en Catedral de San Felipe, y en su minarete fueron colocadas una cruz y la bandera francesa. Kabylia, una región entonces adyacente, fue dominada cuarenta años más tarde. Ambas conquistas se distinguieron por su inmisericordia y su ferocidad. Para darnos una idea de la crueldad desplegada por las tropas invasoras basta una pequeña dégustation: el historiador M. Baudricour, en La guerre et le gouvernement de l’Algérie —La guerra y el gobierno de Argelia, París, 1853— cuenta que era costumbre ponerle a las niñas argelinas desde muy pequeñas, pulseras y ajorcas. Al crecer los huesos en la adolescencia, estas joyas no podían ya ser removidas, pero eso no fue obstáculo para algunos soldados quienes, para quitárselas, les cortaban las manos o los pies, dejándolas morir desangradas. La relación de esos y otros horrores rebasa los propósitos de ese breve artículo, y lo mismo la historia de la célebre Legión Extranjera, la cual desempeñó un papel de primera importancia en las infa-


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LOS INMENSOS PECADOS DE FRANCIA

En París en 1957

mias cometidas, y cuyo primer cuartel general se instaló precisamente en ese país, Argelia, en Sidi bel Abbés. Pero vale la pena, al menos, mencionar algo excepcional: en 1961, un regimiento de la Legión Extranjera combatió al lado de los insurgentes argelinos contra el gobierno de Francia. Camus, quien vivió en los años en los cuales el llamado “Code de l’Indigénat” —“Código del Indigenismo”— les negaba toda ciudadanía a los argelinos, denuncia lo que llama la explotación intolerable de la desdicha humana, califica como insultantes los salarios de los indígenas, aboga por “una política visionaria y generosa” y se refiere a Kabylia como un pueblo de “profunda grandeza”. Sin embargo, es en la segunda parte del libro, titulada L’Algérie déchirée —Argelia desgarrada—, donde nos damos cuenta de que Camus contempla la tragedia de los aborígenes como sólo la pudo contemplar un francés “de Argelia”, que jamás fue, ni se sintió, ni nunca tuvo la intención de ser argelino. Deseoso, como otros franceses, y así nos lo dice, de la creación de “una estructura francesa que realizara el verdadero Commonwealth francés”, declara: “soy francés de nacimiento y, desde 1940, por elección, lo seguiré siendo”. Camus era un pied-noir, un pie negro, por haber sido hijo de franceses nacido en África. Pero es evidente, no obstante, que desde los pies hasta la punta de los cabellos fue un blanco, blanco francés y blanco europeo de mentalidad colonialista.

Camus escribe estos artículos entre 1956 —a dos años de distancia del nacimiento del FLN— y 1958. En el 56, Nasser había asumido la presidencia de Egipto y nacionalizado el Canal de Suez. En el 58, Egipto, Siria y Yemen se habían unido para establecer la efímera República Árabe Unida. Camus le atribuyó al nacionalismo nasseriano el nacimiento del ímpetu independentista argelino, reclamó “el derecho a la existencia, y la existencia dentro de su patria”, del millón doscientos mil franceses autóctonos —es decir, de los franceses nacidos en Argelia— y exigió que Francia se rehusara a “servir al imperio árabe a sus propias expensas, a expensas de la población europea de Argelia y, finalmente, a expensas de la paz mundial…”. “La independencia nacional [de Argelia] —dijo también— es una fórmula totalmente pasional, nunca ha existido una nación argelina —Il n’y a jamais eu encore de nation algérienne” (Camus 202, 205, 206). El ilustre escritor pensaba que los pueblos comienzan a existir cuando se independizan, y no se dio cuenta de que los pueblos se independizan cuando ya han comenzado a existir. Los tintes imperialistas de su actitud no pasaron desapercibidos para los historiadores franceses. En la Historia del Islam y de los musulmanes en Francia, Salah Stétié dice: “[A] Camus, que era una gran conciencia y un hombre lúcido, nunca le fue posible ver que en Argelia había argelinos”.

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El Estado laico del siglo XXI Juan Ramón de la Fuente

El laicismo forma parte de la identidad nacional a partir de los preceptos constitucionales de 1857 y 1917. En este texto, Juan Ramón de la Fuente recorre algunos de los puntos nodales del Estado laico, una de las grandes conquistas del México moderno. Me enaltece la distinción que representa recibir este reconocimiento; la oportunidad que me da compartirlo con quienes lo han merecido en el pasado, con aquellos que habrán de recibirlo en el futuro y con quienes me han acompañado en mis funciones públicas y en mi vida privada. Lo entiendo asimismo como una expresión solidaria y comprometida con la institución que me formó y a la cual me debo: la Universidad Nacional Autónoma de México. El nombre del reconocimiento que se me concede —y que mucho aprecio— hace propicia la ocasión para recordar a quien, como ningún otro, supo promover y defender los principios que han animado lo mejor de la vida pública de la nación mexicana. Porque no hay mexicano genuinamente preocupado por la dignidad de las personas, por el respeto al suelo donde vive y por lo que significa el servicio público, que no retorne, con fecunda periodicidad, al legado del presidente Benito Juárez García. A quienes hoy se empeñan en sepultar nuestra historia, y muchas veces lo mejor de nuestra historia, convendría recordarles, como dijera el gran Andrés Henestrosa, que los verdaderos héroes no reposan hasta que está satisfecha su obra; que a los grandes estadistas no se les mide solamente por lo que realizan en su tiempo, sino por lo que vislumbran del futuro, por lo que sueñan para sus pueblos. Juárez conformó un Estado civil moderno, inspirado en un liberalismo auténticamente mexicano: laico,

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racional, dinámico y progresista. De ahí que su convocatoria siga vigente. Su único dogma fue la Constitución y la legalidad que de ella emana. Juárez conocía bien el poder de las ideas que defendía y por ello acertó al considerar a la libertad como un anhelo indestructible, y a la ley como la única garantía de una paz duradera. Juárez, demócrata, asimiló sin regateos que el poder tiene el límite que le imponen las leyes, pero también que éstas no deben perseguir otro fin que el de la justicia. Juárez, educador, postuló que la instrucción es la base de la prosperidad de un pueblo y, en consecuencia, estableció el Ministerio de Justicia e Instrucción Pública que le encargó a Ignacio Ramírez y, más adelante, expidió la Ley Orgánica de Instrucción Pública en la que se destaca el carácter laico y gratuito de la educación pública y la obligatoriedad del Estado de proveerla. El interés de Juárez por la educación surge de su propia biografía y se expresa a plenitud en esa frase prodigiosa, de enorme dimensión dialéctica, llena de voluntad y energía, dedicada a sus hijos: “se despertó en mí —les dice en sus Apuntes— un deseo vehemente de aprender”. Él mismo experimentó los beneficios de la lectura y de la cultura en la formación libre y responsable de los individuos. Cuando el joven Juárez entró en contacto con autores como Rousseau y Voltaire, se percató de la posibilidad de construir nuevas realidades y de que la for-


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EL ESTADO LAICO DEL SIGLO XXI

taleza de un país depende, en gran medida, del conocimiento que éste tenga sobre sí mismo. La República restaurada habría sido inconcebible sin la creación de dos grandes proyectos que fueron los ejes de su Reforma Educativa: la Biblioteca Nacional, dirigida por José María Lafragua, y la Escuela Nacional Preparatoria, encomendada a Gabino Barreda. En buena hora ambas se incorporaron a nuestra Universidad, que ha sabido custodiarlas, crecerlas y enriquecerlas. Juárez dedicó los mejores años de su vida a crear y transformar instituciones públicas, a incrementar la conciencia ciudadana y a fortalecer el ejercicio de los derechos cívicos. Al restablecer la República sentó las bases, con una visión de largo aliento, para consolidar al Estado Mexicano y, junto con ello, proponer una ética rigurosa en la función pública. Recordar a Juárez es, pues, recordarnos que no existe cambio perdurable si no es a través de la ley, que no se puede gobernar desde la intolerancia y que la verdad en la política es fundamental para tener y mantener credibilidad ante la sociedad. Juárez fue también un hombre pragmático que, sin la cultura de Ocampo, ni la inspiración de Ramírez, ni la memoria de Zarco, tuvo la visión y la capacidad para unir los talentos de sus contemporáneos en una sola y poderosa voluntad, para construir el edificio social donde la imaginación y la realidad se fundieron en una nueva forma de concebir a México. De los múltiples legados juaristas que hoy conviene recordar destaca, sin duda, el derecho que él consideraba el más sagrado: el derecho a pensar con libertad. Por ello es que sostengo que mucho bien nos hace recordar las enseñanzas de Juárez y actualizarlas conforme a las circunstancias de los tiempos que corren. Me preocupa, al igual que a muchos mexicanos y mexicanas, la vulnerabilidad en la que ha caído una de las mejores herencias del dramático recorrido de México en busca de la libertad y el derecho. Me refiero al laicismo. La convivencia mexicana, después de aquel airado grito reaccionario de “fueros y religión” se volvió indisociable del laicismo. La laicidad posee, en el patrimonio cultural y político de nuestro país, una dimensión fundamental que debemos defender y fortalecer. No es posible aspirar a vivir en un Estado de Derecho sin convivencia; y no puede haberla sin libertad de conciencia, sin libertad de creencias. De ahí que la laicidad sea inseparable de la convivencia, de la tolerancia, de la coexistencia armoniosa y respetuosa. Es sencillo decirlo, pero el reconocimiento público de la laicidad y, por tanto de la tolerancia, ha sido resultado de la lucha de muchas generaciones para establecer esa forma superior de convivencia. Vivir en una sociedad laica significa, entre otras, que a nadie se le puede

José Escudero y Espronceda, Benito Juárez

impedir practicar una religión, pero también que a nadie se le puede imponer alguna. Las recientes iniciativas que, desde diversas entidades federativas han dado forma de ley a dogmas religiosos, constituyen un serio embate al Estado laico. Se trata, a mi juicio, de reformas apresuradas, por decir lo menos. El Estado laico no puede asumir una interpretación única del mundo. Por ello, resulta imposible aceptar el mandato de parto o cárcel para las mujeres embarazadas, como si ésa fuera la única disyuntiva. Imposible resulta también aceptar la conversión automática de una creencia religiosa en regla de Derecho. El Estado de Derecho no puede imponer a todos las creencias de unos. Lo que hay que entender es que el Estado laico representa, precisamente, la mejor garantía jurídica de la que disponemos para garantizar la libertad de cultos, la libertad de creencias, la libertad de conciencia. Lo que hay que comprender, a mi juicio, es que la evolución del liberalismo mexicano permitió, con el paso de los años, la construcción de un proyecto esencial para la vida nacional, para su ordenamiento jurídico y político, al igual que ha ocurrido en otras democracias occidentales.

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El laicismo no es, pues, una lucha contra la Iglesia, es una lucha por la tolerancia, por la libertad, por los derechos civiles. Es un mecanismo de inclusión, porque todos somos ciudadanos pero no todos somos feligreses de algún culto. El laicismo es la mejor forma de respetar las creencias de los otros. No fue casual que tres días antes de la proclamación de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, la Asamblea Francesa, en 1789, proclamara la libertad de todas las opiniones religiosas y, simultáneamente, la plena libertad de prensa. Entre ambas hay, a todas luces, una inobjetable analogía. El laicismo es un centro de gravedad de la convivencia racional, y es natural que sea objeto de debate. Es un asunto que tiene que ver con las libertades tradicionales, pero también con nuevos derechos que las sociedades democráticas han ido reconociendo. El libre ejercicio de culto y la libertad de prensa son, en ese contexto, dos expresiones del mismo principio democrático, como lo son el derecho a la educación, al sufragio, al trabajo; el derecho de la pareja a decidir el número de hijos que quieran procrear o el derecho a morir con dignidad; el derecho a la salud y el derecho a proteger el medio ambiente en el que vivimos, por mencionar algunos. Un Estado democrático debe garantizar los derechos de todos, incluidos por supuesto, los de las minorías. Igualdad de derechos sin importar el género, la raza, la ideología o la preferencia sexual.

Juan de la Mata y Pacheco, Triunfo de la ciencia y el trabajo sobre la envidia y la ignorancia, 1874

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Imponer políticas públicas a partir de creencias personales genera polaridades, revive confrontaciones —muchas de ellas ya superadas—, caldea los ánimos, propicia el fundamentalismo y enciende pasiones en un contexto social de suyo sensible y complejo, como el que hoy predomina. Laicidad y tolerancia son, pues, dos de los grandes temas de ese liberalismo mexicano que hoy exige, a las fuerzas progresistas del país, una nueva articulación capaz de retomar el camino de la convivencia, que es el mejor camino para la República en el siglo XXI. En una sociedad plural como la nuestra es conveniente que la Iglesia se mantenga separada del Estado, y que la sociedad tenga más autonomía de ambos. Al César lo que es del César, a Dios lo que es de Dios, y a la sociedad civil lo que no es de Dios ni del César, dice con ironía, pero con sobrada razón, Giovanni Sartori. Este nuevo tiempo mexicano debe ser el tiempo de la sociedad; y para que la sociedad mexicana, multiétnica, culturalmente diversa, pueda seguir madurando y expresarse con libertad, se requiere de un Estado laico moderno, capaz de garantizar el interés público, es decir, el interés de todos, expresado sin ambivalencia a través del respeto a sus derechos.

Fragmentos del discurso pronunciado al recibir el premio al Mérito Ciudadano Benito Juárez, otorgado por el partido Convergencia, en México, D.F., el 26 de noviembre de 2009.

V. Jiménez, Alegoría del escudo nacional, 1878


Revista de la Universidad  

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