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NÚMERO 8 SEGUNDA ÉPOCA MARZO-ABRIL 2014

Número 8, Segunda Época

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Presentación

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uadalajara ha sido cantada por poetas y músicos. La melodía de sus vocales provoca un ritmo prolongado, como si en cada vocal se columpiara una campana festiva. La tradición de festejar su aniversario, el día 14 de febrero, se ha ido aposentando en el calendario. En esa fecha, salen a relucir los ingenieros y los arquitectos que la han conformado, los benefactores que la han protegido, los sabores y los olores que la sostienen en sitio de privilegio. La Corresponsalía Guadalajara ha contribuido al realce de estas fiestas desde la cátedra y la investigación. En este número 8, Antonio Venzor despliega ante los ojos del lector el mapa de las obras debidas al ingeniero Jorge Matute Remus, habitante de la Rotonda de los Jaliscienses Ilustres, quien fue uno de los personajes determinantes para la conformación de nuestra Corresponsalía, tanto en la promoción de las actividades primarias, como en la habilitación de la primera sede, donde obsequió de su caudal el mobiliario de oficina. Alberto Gómez Barbosa hace uso de sus dotes de entrevistador para lograr un bien documentado texto en torno a los mejores sitios para comer dos de los platillos clave de la ciudad: la Torta ahogada y el Pollo a la Valentina. De la remembranza de cocineros, comerciantes y clientes, Barbosa logra un material de primera mano, que contribuye sin lugar a dudas a la historiografía de la gastronomía jalisciense, con sus vericuetos, andanzas y anécdotas. Juan M. Toscano García de Quevedo aborda a la persona y los trabajos realizados por el obispo don Juan Cruz Ruiz de Cabañas, gran benefactor de la clase humilde y necesitada de auxilios físico-espirituales, cuya personalidad eclipsa a todo aquel que se acerca a su biografía, llena de inventiva y humildad. En próximos números, se darán a conocer las próximas entregas de la Historia de la Corresponsalía.

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AHUEHUETE Revista de la Corresponsalía Guadalajara del Seminario de Cultura Mexicana Mesa directiva de la Corresponsalía Guadalajara del Seminario de Cultura Mexicana para el período 2012-2014 PRESIDENTE Ignacio Bonilla Arroyo VICEPRESIDENTE Guillermo Ramírez Godoy SECRETARIA GENERAL Sofía Valencia Abundis TESORERO Carlos Sandoval Linares COMISARIO Gorgonio Ponce Rodríguez PRESIDENTA HONORARIA VITALICIA Paulina Carvajal de Barragán COMUNICACIÓN SOCIAL Antonio Venzor COMISIÓN EDITORIAL Carlos Eduardo Gutiérrez Arce COMISIÓN DE ADMISIÓN DE SOCIOS Alberto Gómez Barbosa VOCALES Martha Cerda González Cléver Alfonso Chávez Marín J. Jesús Gómez Fregoso Marcela Orozco de la Torre Otto Schöndube Baumbach

Índice Presentación......................................................................

Jorge Matute Remus. Un ingeniero para Guadalajara Antonio Venzor Castañeda................................................. 3 La Torta Ahogada y el Pollo a la Valentina, dos delicias tapatías Alberto Gómez Barbosa..................................................... 9 El obispo don Juan Cruz Ruiz de Cabañas Juan M. Toscano García de Quevedo................................ 19 Actividades........................................................................ 24

AHUEHUETE Silvia Quezada Directora General Salvador Encarnación Coordinador Editorial Paco de la Peña Director de Arte Pedro Valderrama Corrección de texto DISEÑO en Prometeo Editores por Daniel Martín López Gallegos PRODUCCIÓN Prometeo Editores SA de CV Libertad No. 1457, Col. Americana C.P. 44160, Guadalajara, Jalisco. Tel: 3826-2726 y 82 www.prometeoeditores.com

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Fotografía de portada: La custodia Autor: Aidé Partida Técnica: Fotografía.


Jorge Matute Remus, un ingeniero para Guadalajara1 Por: Antonio Venzor Castañeda

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orge Matute Remus es una figura imprescindible si queremos entender la historia moderna de la ciudad de Guadalajara y de las grandes realizaciones que en ella han funcionado con acierto y utilidad para la ciudad, para la ingeniería y para ejemplificar lo que es el sentido real del ejercicio honesto y eficaz de la responsabilidad pública. Por ello, cuando el presidente de la Corresponsalía Guadalajara del Seminario de Cultura Mexicana, el Lic. Ignacio Bonilla Arroyo nos convocó para colaborar con un ciclo de conferencias sobre temas y personajes de Guadalajara, tuve la idea de dedicar esta charla al Ing. Jorge Matute Remus, porque como vamos a definir en el transcurso de esta plática, él hizo grandes cosas por Guadalajara, demostró con obras su amor y su devoción por Guadalajara, pero no sólo para vivir en ella, sino para mejorarla, para prepararla para el futuro. Para construir este retrato escrito, he tomado muchos testimonios ya elaborados, escritos y orales, principalmente de su hija Esmeralda Matute Villaseñor, quien amablemente ha accedido en varias ocasiones a hablar de su padre. También he leído con detenimiento el libro de Gustavo Martínez Fuentes, quien escribió un significativo opúsculo con el título de Jorge Matute Remus, apuntes de su vida y obra, publicado por el Centro Universitario de Ciencias Exactas e Ingenierías de la UdeG. También he leído algunos discursos lauda-

torios que se le han dedicado en vida y post mortem y textos aparecidos en periódicos. Empezaré este esbozo diciendo que don Jorge –según los testimonios que he recabado‒ asumía sus compromisos con toda seriedad y les dedicaba el tiempo y la energía necesarios para llevarlos hasta su buen término; cada responsabilidad que aceptaba la estudiaba detenidamente y meditaba cuidadosamente sus decisiones. Era una persona metódica y para hacer honor a sus deberes anotaba en una tarjeta las citas, las actividades que debía realizar, esas tarjetitas las guardaba celosamente como un registro de sus acciones, de sus visitas, de sus entrevistas. Ello le permitía hacer una planeación a largo plazo pero además, tener antecedentes certeros de lo que había hecho. Para hacer frente a las reflexiones que la trascendencia de su actuar le imponía, las primeras personas con quienes platicaba acerca de sus planes y decisiones, eran los miembros de su familia, con ellos compartía sus proyectos más importantes, daba detalles y recibía comentarios.

1. Charla pronunciada en el ciclo de conferencias “Personajes y temas de la historia tapatía”. Viernes 28 de febrero de 2014, 20:00 hrs. Museo del Periodismo y las Artes Gráficas del H. Ayuntamiento de Guadalajara.

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Era muy dado a apoyarse en las estadísticas ya sea que las elaborara él mismo, por ejemplo como lo hizo con el consumo de refrescos en Guadalajara, o que las consultara en fuentes idóneas. Se levantaba muy temprano, antes de las seis de la mañana, a revisar todo lo que tenía qué hacer, hacía ejercicio, y luego organizaba su agenda. Se acostaba tarde, era de periodos cortos de sueño, porque le era muy difícil estar inactivo; uno de sus principales problemas, lo comentaba con frecuencia a sus allegados, era permanecer impasible, quieto, por ejemplo en un presidium. Entre los de su generación hizo muchos amigos igualmente encontró gran cariño y amistad entrañable entre sus alumnos, quienes se cuentan por cientos. Entre sus amistades se encontraban otros grandes hombres de Jalisco como el botánico, geólogo y médico Enrique Estrada Faudón; el astrónomo e intelectual crítico Enrique Flores Tritschler; el ingeniero Juan Palomar y Arias, el médico Juan I. Menchaca, el botánico Luis Puga, los médicos Horacio Padilla y Delfino Gallo, así como del arquitecto Luis Barragán, el otro arquitecto tapatío Ignacio Díaz Morales, Humberto Ponce Adame y muchos más. Tuvo una destacada trayectoria en nuestra institución universitaria. Fue uno de los más sobresalientes egresados de ingeniería de la Universidad de Guadalajara, y se distinguió por haber hecho la carrera, que se cursaba normalmente en cinco años, y la culminó en cuatro, presentando exámenes “a título de suficiencia”, para terminar antes sus estudios. A él le debemos la fundación del Instituto Tecnológico, convertido ahora en el Centro Universitario de Ciencias Exactas e Ingenierías

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donde se asentaron las escuelas Politécnica, de Ingeniería y Ciencias Químicas. Fue uno de los más importantes gestores de las mejoras que convirtieron a Guadalajara en una ciudad moderna en los años cincuenta, fue creador de gran parte de la infraestructura urbana que vino a beneficiar la vida de los ciudadanos. Apoyó con bombas al cuerpo de bomberos, contribuyó a la pavimentación del centro de la ciudad. Se encargó de traer el agua de Chapala para abastecer a Guadalajara, una proeza porque no fue una labor simple, pues no lo hizo como un proyecto sobre las rodillas, sino con toda la preparación posible, pues se debía recabar la autorización del gobierno federal para la extracción del agua y justificarlo, para lo cual debió hacer estudios y argumentaciones que persuadieron al Estado mexicano. Este gran proyecto no quedó ahí, se encargó de mejorar la conducción del agua y el alcantarillado y creó después el Patronato del Agua, que después se convirtió en el Sistema Intermunicipal de Agua y Alcantarillado, que fue una de las primeras instituciones intermunicipales que conjuntaron las voluntades de varios municipios que ya formaban parte de la Zona Metropolitana en ciernes. Promovió las plantas de tratamiento de las aguas. Fue pues un profesional que sabía dar soluciones completas, de ciclo redondo, en este caso, al problema del agua. Sin embargo, el Ing. Matute estaba convencido de que no había que confiarse en la fuente que significaba Chapala, sino que su propuesta era que había que encontrar soluciones alternativas para el abasto del vital líquido. Hasta ahora nadie ha sabido crear otra alternativa viable para abastecer de agua a Guadalajara. Realizó la gran proeza, una de las acciones más espectaculares que haya realizado un


ingeniero tapatío, la remoción del edificio de la Telefónica en la avenida Juárez y Donato Guerra; no sólo hizo que el edificio se deslizara 12 metros hacia el norte, sino que lo hizo girar unos cuantos grados para que quedara alineado con el trazo de la calle Juárez, que estaba siendo ampliada. Convenció autoridades y movió voluntades para que la Universidad fuera dotada con el gran predio donde se construiría el Instituto Tecnológico de Guadalajara que albergaría a la Escuela Politécnica, las facultades de Ingeniería y de Ciencias Químicas, así como la Escuela Vocacional; conviven en ese mismo predio las áreas deportivas universitarias. Esta realización está muy ligada a la gran trayectoria educativa del Ingeniero Matute, pues además de ser profesor ingeniero de la Politécnica y de Ingeniería, fue director de ambas dependencias, fue director de la Escuela Politécnica y del propio Instituto Tecnológico, el que dejó para ser Rector de nuestra Casa de Estudios. Su trabajo en el aula no se agotaba con su papel de docente, ya que acostumbraba llevar a sus alumnos de gira por otras partes de la República, a otros países, sobre todo a América del Sur, para aprender cosas distintas, de otras maneras; fue un precursor de la creación de innovadores ambientes de aprendizaje y de acciones que promovían verdaderos proyectos de internacionalización institucional. Usaba un proyector de cine para dar a conocer filmaciones de obras de ingeniería y de aparatos y máquinas para que los alumnos estuvieran en contacto más vivo con la tecnología y las grandes realizaciones de la ingeniería. Apoyado por la UNESCO, visitó varios países de Europa, con el objetivo de conocer centros de enseñanza técnica, esta experiencia

fue esencial para fundar, en 1966 en Guadalajara, el Centro de Enseñanza Regional Técnico Industrial (CERETI) hoy CETI, que inicia su funcionamiento el 2 de septiembre de 1968. Es pues el mayor impulsor de la educación tecnológica en nuestro Estado, sentó las bases de un sistema articulado de educación para quienes deseaban ejercer como profesionales técnicos, y con ello, vino a solucionar el gran problema de demanda de especialistas para la industria y el trabajo calificado en una época en que despuntaban muchas empresas, y el desarrollo de México requería del empuje que los egresados de estos planteles podían darle. Ésa fue una demostración de la visión a futuro del Ingeniero Matute Remus, de sus habilidades para la planeación a largo plazo. Constituyen inmejorables logros en su trayectoria como educador, su dedicada labor como maestro, su incomparable gestión como Rector de la Universidad de Guadalajara y el haber participado en la fundación de la Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior (ANUIES). Como rector, fue el impulsor de la Escuela de Arquitectura y por ello, emulando la experiencia que él mismo había tenido cuando viajó a Europa a reclutar profesores para la Escuela de Ingeniería, comisionó al Arq. Díaz Morales para que fuera al viejo continente a contratar maestros para arquitectura, entre los que estaban Horst Hartung Franz, Silvio Alberti, Bruno Cadore, Erick Coufal y Mathias Goeritz. También como rector cambió las reglas del juego primero instituyendo el examen de admisión para lograr que los mejores estudiantes fueran los que ingresaran y abrió las puertas a todos los estudiantes del Estado de Jalisco, que antes sólo admitían a los habitantes de Guadalajara y municipios aledaños.

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Fue un acucioso conocedor de las entrañas de Guadalajara, la conocía por arriba y por debajo, podía trabajar en ella con perfección quirúrgica, se encargó de mejorar los colectores de la ciudad, del gran colector de la Calzada Independencia y del colector y del trazo de la Avenida de los Maestros. Fue asesor del gobierno en múltiples ocasiones, reparó la cúpula del Hospicio Cabañas cuyo desplome nos hubiera hecho perder las grandes obras de Clemente Orozco; participó en la construcción de Plaza del Sol, trazó la zona industrial y la calzada Las Torres, desde la carretera a Chapala hasta la avenida Vallarta, con una gran franja de árboles a ambos lados de la avenida, que permitieran contener los vientos o la polución que generaría la zona industrial del lado sur de esa vía; esa arboleda ya no existe ahora, la incuria predial y el lucro desmedido de los bienes raíces acabaron con ella. Como presidente municipal de Guadalajara creó el primer plan regulador del crecimiento de la ciudad con su Plan de Desarrollo. Era un hombre que aunque profesional de las ciencias exactas, tenía un gran gusto por el arte, sobre todo la música; ayudó mucho a la Orquesta Sinfónica de Guadalajara y simpatizó con los esfuerzos que hacía la agrupación Conciertos Guadalajara, que tenía al frente a Tere Casillas, la legendaria gestora cultural. Tuvo además una gran preocupación ‒que nos habla de su humanismo‒ la de la pobreza, la parquedad del salario mínimo, los precios de la canasta básica, la falta de educación nutricional y el gran consumo de refrescos. Para el transporte fue muy acucioso, en lo que se refiere al equipamiento del transporte subterráneo que hoy es la línea uno del tren

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ligero. Originalmente él trazó el eje Mariano de la Bárcena-Ocho de Julio, pero el gobierno del Estado lo movió dos cuadras más hacia el poniente, se afectaron las Calles Moro y Escobedo, se usaron trolebuses, se estudiaron por su iniciativa los vehículos, los volantes de 90 grados, los articulados, sus amortiguadores y los asientos, eran los detalles que él tenía en cuenta cuando visitaba grandes ciudades europeas y de Estados Unidos para implantar en Guadalajara esos adelantos. Hizo en la década los ochenta el Plan Ortogonal de Transporte de Pasajeros de la Zona Metropolitana, que por distintas razones no fue aplicado en su totalidad, pero no porque no tuviera sus bondades, sino porque vino a lastimar intereses contrarios al beneficio colectivo. Fundó junto con otros importantes ciudadanos el grupo ForoJal, ámbito donde se discutían los problemas de la ciudad y se entrevistó con el Director de El Informador, don Jorge Álvarez del Castillo, para pedirle que les concediera un espacio en el cual dar a conocer sus reflexiones, que le fue concedido. Tuvo otra gran preocupación los aljibes destapados, en los cuales era frecuente se ahogaran los niños, propugnó por hacer una campaña que impidiera esos accidentes. Para el Lago de Chapala hizo experimentos con el lirio lacustre; propuso crear playas para el turismo; en la Laguna de Sayula propuso extraer la sal. El ingeniero Jorge Matute Remus formó parte desde 1947 y durante toda su vida, de la Comisión General de Planeación Urbanística de Jalisco y participó en innumerables proyectos gubernamentales y privados.


Durante el trienio 1953-1955, el ingeniero Matute presidió la alcaldía de Guadalajara, con dos problemas de fondo: la falta de credibilidad de la población en sus autoridades y el endémico abastecimiento escaso de agua y su respectivo desalojo por falta de una red de drenaje apropiada. Su estilo de gobierno municipal fue como él mismo: honrado, efectivo, directo y atento, y fue así como recuperó la confianza de la sociedad tapatía. Entre las obras que realizó en beneficio de la ciudad, que crecía rápidamente surgiendo asentamientos irregulares, figura la promoción de la Ley Estatal de Fraccionamientos, promulgada a fines de 1953. Durante su gobierno hubo también mejoras en diversos servicios, como el agua, el aseo y la seguridad. En Guadalajara, la obra del ingeniero Matute fue siempre sorprendente, pues construyó en su tiempo el primer edificio de siete niveles, en las calles de Juárez y Pavo; posteriormente, en 1956, realizó otra vez la estructura más alta de la ciudad en concreto reforzado: el Hospital Escuela, hoy Nuevo Hospital Civil. Dentro de las diversas distinciones nacionales e internacionales que recibió, en el año de 1999 el Centro Universitario de Ciencias Exactas e Ingenierías le hizo el más alto reconocimiento que puede recibir un miembro de la comunidad universitaria: creó la cátedra magistral ingeniero Jorge Matute Remus. Trabajó en la ampliación y apertura de nuevas calles, proyectó y realizó nuevas plazas y jardines; impulsó la construcción de la antigua Central Camionera, que sorprendió a todos los urbanistas de México, incluso a los de la Capital de la República; previó la saturación de nuestros cementerios ante el crecimiento de la ciudad, y propició la construcción del Panteón Guadalajara y la remodelación de la Presidencia Municipal de esta misma ciudad.

Durante su gestión apoyó la construcción del Aeropuerto de Guadalajara, así como puentes y carreteras. Un dato curioso que les comparto es el siguiente: se sabe que un antepasado suyo cambió el cauce del Río Santiago, y se cree que de ahí nació su idea de mover hasta los edificios. Y otro más: dicen que al Ingeniero Matute Remus no se le podía recibir en casa ajena y decirle, “esta es su casa”, porque era el único mexicano capaz de llevársela. Era portentoso su conocimiento de la ingeniería y el urbanismo, sin embargo, el ejercicio de esta facultad suya no fue del todo aprovechada por los urbanistas, por los gobernantes. Su honestidad y su autoridad profesional y académica, su ejercicio impoluto de la gestión pública, su labor docente le han merecido una gran estimación de parte de sus compañeros, de sus amigos, de sus alumnos, de sus colaboradores es una figura respetada y respetable, cuya opinión era valorada en gran medida. Tengo la certeza de que Guadalajara tendría ahora mejores condiciones para vivir si se le hubiera hecho caso a sus opiniones, a su asesoría, a sus directrices; tendríamos una mejor ciudad, más armónica y mejor planeada. Además de constructor y urbanista, ingeniero y maestro, es necesario destacar otro aspecto de su personalidad, su preocupación y participación activa en el ámbito social, junto con la maestra Irene Robledo, trabajó en la fundación de la Escuela de Trabajo Social de nuestra Universidad. El ingeniero Matute Remus, también fue Presidente de la Sociedad de Ingenieros y Arquitectos de Guadalajara, en cuatro ocasiones, caso único, con lo que se demuestra el gran Número 8, Segunda Época

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aprecio que tenían sus colegas por la figura de don Jorge, cuyas pláticas informales eran consideradas como toda una cátedra. Una vida tan rica y plena en los aspectos profesional, educativo y del servicio público, no podía quedar sin reconocimientos, y el Ing. Matute Remus los recibió frecuentemente, entre ellos podemos contar las Palmas Académicas del Gobierno de Francia; las Llaves de la Ciudad de San Juan de Puerto Rico; el Premio Jalisco en 1956; reconocimiento de la UNESCO por su labor educativa; el Premio Nacional de Ingeniería en 1972; reconocimiento de la ANUIES como rector fundador; el nombramiento de Maestro Emérito de la Universidad de Guadalajara y el importante reconocimiento que le otorgó el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología por la excelencia académica y científica de su carrera. Una trayectoria tan destacada como la de Don Jorge Matute Remus constituye para los habitantes de nuestra zona metropolitana y para la ciudadanía jalisciense, una memoria de grandes realizaciones que forman parte del patrimonio histórico, de un legado moral e intelectual, que nos permite explicarnos a nosotros mismos como habitantes de una urbe, que nos hace posible valorar la generosidad, la honestidad y la importancia de quien buscó durante toda su vida, en todas sus acciones, poner al servicio de los demás los portentosos dones de inteligencia, de bondad y de aguda visión que lo distinguieron en vida y que nos hace soñar lo que puede llegar

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a ser una mejor historia de la humanidad, y cómo es posible construir no sólo edificios y proyectos benéficos socialmente, sino también un futuro para una vida mejor, con la educación, con obras útiles, con participación decidida. Por fortuna se le ha reconocido como Benemérito de Jalisco y se le ha erigido una estatura en la Rotonda de los Jaliscienses Ilustres y sus restos fueron ingresados en ese recinto el pasado 17 de febrero. Su herencia está viva en las mejores realizaciones de nuestra ciudad, en las aportaciones de sus alumnos, en sus enseñanzas, pero pronto tendremos la oportunidad de hurgar con mayor conocimiento en su vida, pues dejó un valioso archivo que su familia ha organizado eficientemente y será entregado a la Biblioteca Pública del Estado “Juan José Arreola” de la Universidad de Guadalajara, para que lo consultemos y abordemos a profundidad y ampliamente alguna de sus facetas y la demos a conocer a la sociedad jalisciense que le debe más reconocimiento y gratitud. Agradezco al Ayuntamiento de Guadalajara, a su Secretaría de Cultura y al Seminario de Cultura que hayan propiciado este ciclo de conferencias sobre realizaciones y personajes de Guadalajara, que espero sean más frecuentes, pues nuestra ciudad tiene de ello para dar y regalar, para presumir y enorgullecerse.


La Torta Ahogada y el Pollo a la Valentina.

Dos delicias tapatías Por: Alberto Gómez Barbosa

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in duda, soy una persona muy fácil de convencer o será que el Lic. Ignacio Bonilla es muy convincente, a lo mejor “pago por que me alquilen”, no lo sé, me justifico pensando que en tratándose de mi querida Guadalajara no he aprendido a decir no. Me invitó Nacho a participar en esta serie de charlas motivadas por el cumpleaños de mi ciudad, me indicó el tema: El Pollo a la Valentina y le propuse: también La Torta Ahogada pensando en que son, entre las muchas aportaciones de mi tierra tapatía a la reconocida gastronomía mexicana, de las más nombradas. Ciertamente la lista de las delicias tapatías es muy extensa, el pozole, las tostadas, los sopes y enchiladas, las tortas compuestas, las pacholas, la birria y por supuesto las jericallas tienen acta de nacimiento tapatía o jalisciense ‒que a fin de cuentas, lo mismo da‒ pero el Pollo a la Valentina y las Tortas Ahogadas, sobre todo estas últimas que se han multiplicado y popularizado de manera sorprendente, superan con mucho la fama de nuestras otras delicias culinarias y se han convertido en verdaderos símbolos de identidad tapatía. Además de Guadalajara, en muchas poblaciones de México y de los Estados Unidos, existen negocios dedicados a servir “Tortas Ahogadas estilo Guadalajara” que son remedos, más o menos logrados de las auténticas. Es obvio que acepté la invitación, pero cuando tuve un momento de lucidez y reflexión, que no los tengo, con mucha frecuencia, caí en pánico ‒si fuera foxista, hubiera usado el espantoso neologismo “me apaniqué”‒ y reflexioné acerca de la audacia que me había abocado a charlar delante de un grupo dilecto, sobre ¡cuestiones

culinarias!, yo, que quemo el agua cuando intento hacerme un café y que no he logrado preparar unos huevos revueltos que me resulten aceptables. Vencido el pánico, aquí estoy, rogando a ustedes, amigos todos por fortuna, comprensión y benevolencia. Mi acercamiento a todo lo alimenticio, sobre todo a los antojitos, es el del consumidor o gustador como ustedes quieran llamarlo, y ese será mi punto de vista. No vayan a pensar que lo que cuente pueda servirles de guía para sus propias degustaciones, pero a lo mejor, esta charla les impulsa a realizar una gira por algunos de los muchos locales o puestos callejeros que preparan, con gran aceptación, las tortas ahogadas, y a aventurarse a realizar la preparación del pollo a la Valentina como platillo dominguero o para algún festejo familiar. No he olvidado mi primer contacto con las tortas ahogadas. Fue muy al principio de los años cincuenta del pasado siglo. Desempeñaba mi primer trabajo formal, fui a los catorce años vendedor de mostrador de los almacenes “El Nuevo Mundo” que ocupaban el edificio que actualmente aloja a la Tesorería del Estado, en Pedro Moreno y Corona. En lo que sospecho fue una especie de ceremonia iniciática, algunos compañeros, desde luego mayores en edad, me convencieron de ir a Número 8, Segunda Época

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comer afuera de “La Alemana” unas tortas ahogadas. Y ya estando frente a la canasta con impecable mantel blanco en la que el conocido Güero ataviado de pies a cabeza del color de la pureza, tenía los ingredientes para preparar sus ya afamadas tortas, fui convencido de probar aquella supuesta delicia “toda ahogada” y no quedarme en esa primera experiencia en la “media ahogada” que el comprensivo tortero me ofrecía. Ni les cuento el regocijo del grupo de enemigos que me llevó a esa experiencia. Una sola mordida, eso sí de buen tamaño, di a la torta. Sentir el intenso picor y empezar a sufrir una serie de sensaciones desconocidas para mí, fue cosa de fracciones de segundo. Sensaciones horribles, desde luego. Mi lengua se inflamó de tal suerte que sentía no poder contenerla en la boca, mis oídos pitaban con una especie de aullido ensordecedor, mis lágrimas brotaban incontenibles, como nunca, ni antes ni después, ni en las mayores penas han repetido el caudal y mi nariz era un torrente para el cual no sirvió de mucho el enorme paliacate que siempre he portado.

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tapatío, tuve, primero, titubeantes y luego decididos acercamientos al deleite que nos ocupa. Las tortas ahogadas de “La Alemana” y la indispensable cerveza de barril como acompañante fueron pretexto para charlas, muy sabrosas también, con amigos y con mis hijos. Pero ya es tiempo de entrar en materia: La torta ahogada es un platillo en apariencia sencillo de preparar, que consta de cuatro elementos: birote salado, muy importante que sea de buena factura, una generosa porción de carnitas para rellenar el birote ‒maciza es la carne tradicional‒ y dos clases de salsa una dulce y la otra enchilosa. Esta es la receta que podría denominarse la básica, la tradicional, como la preparaba don Luis Alatorre, el Güero, verdadero divulgador de ese manjar.

Esa única mordida a una torta ahogada de las que preparaba el Güero fue mi primero y trágico contacto con esa delicia para masoquistas. Con la lengua en carne viva, ingresé junto con mis verdugos a “La Alemana” donde unos tarros de fría cerveza de barril aliviaron mi tortura. No estaba para prestar atención a los valses que ejecutaban, en el sentido más literal del término, el trío de filarmónicos que tocaban con los ojos entornados, casi en éxtasis, y un tanto desafinados, lo que les valió el apodo de “Los elefantes modorros de La Alemana”.

Pero vamos a la historia. El padre de don Luis, cuyo nombre no he podido averiguar, vendía tortas en un carrito por las calles del barrio de San Francisco desde los años treinta del pasado siglo, tortas que llevaban una salsa sabrosa y picante. Después, el joven Luis, siguiendo los pasos de su padre, recorría la zona de la antigua estación del ferrocarril expendiendo esas tortas. Coinciden Ignacio y Carlos Saldaña en afirmar que en una ocasión un cliente le pidió poner más salsa a su torta pero al hacerlo, la torta cayó hasta el fondo de la olla de la salsa. El parroquiano exclamó: ¡Ya ahogó la torta! Expresión que gustó a don Luis Alatorre quien empezó a llamar así a sus preparaciones y a realizar la maniobra de sumergirlas en la salsa, pues al cliente provocador del accidente, le gustó mucho la torta bien bañada en el picante.

Tiempo después, superado ese trauma que muchos esfuerzos costó a mi psicóloga de cabecera, y gozando de la amistad de Manuel Núñez quien me asesoró en el manejo de las salsas que, bien dosificadas, hacen una delicia del manjar

Por el año de 1949 se asentó el Güero de las ahogadas en un puesto pequeño ubicado al costado del templo de San Francisco sobre la acera de 16 de Septiembre. A los pocos meses, las autoridades municipales le obligaron a moverse de

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la transitada acera y dejar la sombra de sus enormes laureles, cercanos a la conocida tienda “La Ciudad de Colima” y a la Estación del Ferrocarril. El Güero se instaló entonces a las puertas de “La Alemana” cantina y restaurante muy famoso que formó parte del Hotel Bohnstedt, ubicado en Miguel Blanco entre Colón y 16 de Septiembre. El propietario fue muy generoso, permitiendo al Güero expender sus quemantes tortas entre los parroquianos del restaurante pues ligaban muy bien con la cerveza de barril que en “La Alemana” se expendía y eran muy solicitadas. Trabajaban entonces ayudando al Güero dos o tres miembros de una familia Saldaña, a quienes ya mencioné: el mayor Ignacio, Carlos el segundo y el tercero Miguel. Cuenta don Ignacio que el Güero Alatorre vivía en esos años en Medrano 874, adonde llegaban ellos muy temprano para ayudar en la habilitación del canasto que era montado en una “cabrilla” afuera de “La Alemana” con un mantel muy blanco, con los birotes, carnitas y salsas para la confección de las tortas que preparaba don Luis impecablemente ataviado, como antes dije, con gorrito y mandil blancos, tortas que entregaba en un trozo de papel de envoltura. Terminados los preparativos mañaneros en la casa de Medrano, donde Ignacio Saldaña molía los chiles y otros ingredientes pero no preparaba la salsa, pues doña Soledad, la esposa del Güero era la encargada de hacerlo manteniendo así el secreto de la misma, salían hacia el centro, llegando primero a comer menudo en las Nueve Esquinas y una vez bien nutridos, continuaban hasta Miguel Blanco a instalar la vendimia. Don Carlos Saldaña me contó que en los muchos años que trabajó para Luis Alatorre, fue su “brazo derecho”. Iba yo, me dijo, a recoger el birote salado que le fabricaba especialmente un panadero que tenía su negocio por Ocampo o Galea-

na, ‒no pudo recordar con precisión‒ pero era en las Nueve Esquinas; compraba las carnitas en un obrador que se encontraba por la calle de Obregón enfrente del cine del mismo nombre, iba a Yahualica a comprar chiles, era, afirmó con cierto orgullo, ayudante y mandadero de confianza. Fue muy conocido el mal genio del “Güero de las ahogadas”. Bastan dos botones de muestra. Cuenta don Carlos Saldaña que en una ocasión que fue con urgencia a adquirir carnitas pues la venta estaba en grande, al regreso del obrador se ponchó una llanta de su bicicleta. Hacer el camino a pie, jalando la “bici” le tomó mucho tiempo, cuando llegó, el Güero estaba hecho un basilisco. Tenía muchos clientes esperando a ser atendidos. No valió el desperfecto del vehículo para justificar la tardanza. En medio de improperios entre los que hubo menciones de la señora progenitora de don Carlos, quien desde luego no tenía nada que ver en el asunto, fue despedido el ayudante con las consecuencias que adelante contaré. Otro incidente lo tuvo el Güero con don Luis Jiménez Partida, quien había comprado “La Alemana” a Máximo Bohnstedt. Se molestaba el Güero Alatorre porque sus clientes pedían tortas ahogadas pero iban a consumirlas en el restaurante, donde además podían disfrutar de una amplia carta de platillos ya muy reconocidos como el mole negro, riñones al Jerez y sesos a la mantequilla, entre otros y cerveza de barril de la firma tapatía “La Estrella” y de la Cervecería “Cuauhtémoc” de Orizaba, Veracruz, esta última llegaba por ferrocarril en barriles de madera. Se cansó el nuevo propietario de “La Alemana” de las diatribas e impidió la instalación de la canasta del Güero afuera de su negocio; para fortuna del tortero, se desocupó un local contiguo y así en Miguel Blanco # 9 estuvo instalado el negocio del Güero varios años. En el interior del local fue colocado un cuadro que representaNúmero 8, Segunda Época

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ba a un ranchero grandulón comiendo una torta bañado en lágrimas, y un letrero que decía en grandes caracteres: “Aquí lloran los valientes”. Cuando el gobernador González Gallo ordenó la ampliación de la calle 16 de Septiembre y luego el gobernador Agustín Yáñez la de la cuadra de Miguel Blanco, entre las calles de Colón y 16 de Septiembre, desaparecieron los locales de poco fondo de ese tramo, entre ellos el de las tortas ahogadas y apenas quedó lo que era el salón pequeño de “La Alemana”, donde se construyó el local actual del restaurante. Afirma Manuel Núñez que el restaurante ocupa solo la quinta parte de la superficie original de la afamada fonda del Hotel Bohnstedt. Cambió el Güero Alatorre su negocio a un local ubicado en Colón y Madero. A la muerte de don Luis acaecida a mediados de los años sesenta, Doña Soledad y Luis, hijo adoptivo de la pareja, se instalaron enfrente de la Arena Coliseo en Medrano y 20 de Noviembre. Duró poco ese negocio. Quizá el joven Luis no le puso las ganas suficientes. Debido a esos incidentes el tronco original de las Tortas Ahogadas se bifurcó, por una parte en el restaurante “La Alemana” se empiezan a preparar las tortas y tienen mucha aceptación, a la fecha es el lugar donde cómodamente se pueden disfrutar muy buenas “ahogadas” con una “Chabela” de cerveza al canto. Por otra parte, el despido de los jóvenes Saldaña tuvo también consecuencias. Cuenta don Carlos ‒quien entonces tenía 18 años‒ que de inmediato pensó en preparar las tortas cuya factura bien conocía y expenderlas por su cuenta. Habló con el proveedor de birote quien en principio se negó a surtirle, pero logró convencerlo e hizo lo mismo con el proveedor de las carnitas. Las salsas las preparaba su mamá.

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En un carrito colocaba los insumos y se dio a recorrer la Calzada del Monumento a la Independencia al del General Corona, zona entonces poblada por talleres y refaccionarias automotrices. Le iba muy bien; trabajando para Luis Alatorre ganaba $10.00 diarios y por su cuenta recorriendo calles obtenía ganancias de $ 70.00 diarios. Asegura que fue feliz como vendedor callejero pues se sentía muy libre, trataba a mucha gente y no pagaba ni renta, ni luz, ni impuestos. Vendió en la calle de los años 1950 a 1954 cuando encontró un local en Madero y Gral. Villagómez, debajo de una escalera, donde se estableció con sus hermanos, Miguel ya fallecido e Ignacio. Muchos clientes lo conocían desde su etapa de trabajo con el Güero y empezaron a llamarlo El Güerito. Fue natural que a su local le dieran ese nombre. En 1958 dejó un local en Madero y Huerto un restaurante de mariscos y allí se trasladaron los hermanos Saldaña. Sigue siendo el local de Tortas El Güerito que actualmente administra Ignacio Saldaña con 4 de sus hijos y algunos de sus nietos. Mantienen la receta original y expenden cerveza. Es uno de los lugares famosos de venta de tortas ahogadas en Guadalajara. Su fama ha cundido al grado que en Los Ángeles, California, existe un negocio que se ostenta como “Tortas Ahogadas del Güerito de Madero 13 en Guadalajara”. Afirma Don Ignacio Saldaña que nadie de la familia sabe quién es el propietario, que se ostenta como miembro de la misma, pero que ninguno de los Saldaña lo conoce. Carlos Saldaña se separó de sus hermanos alrededor del año 1960 para establecerse en 5 de Febrero 180, frente a la entonces bulliciosa Central Camionera, la que mandó construir el gobernador Agustín Yáñez. Ese negocio lo conserva uno de sus hijos apodado El Azulito porque es partidario del equipo Cruz Azul. Con su hermana Victoria puso don Carlos otra tortería en Pino


Suárez 279 A, que actualmente atiende con mucha amabilidad una hija de don Carlos, Sarita, quién mantiene la tradición sirviendo unas ahogadas deliciosas. Recientemente abrió don Carlos con Carlos Francisco, otro de sus hijos, una sucursal en Lomas de Polanco, a la salida de la estación Isla Raza del tren ligero. Hombre sabio, Carlos Saldaña se dedica a descansar y gozar la vida luego de muchos años de trabajo intenso y de madrugadas diarias, que es la forma de vida de las personas que nos proporcionan placeres gastronómicos. Todos los celosos guardianes de la tradición tapatía de la torta ahogada afirman que se levantan a diario alrededor de las cinco de la mañana. Podría decirse que es una constante que la familia inicie a esas horas los últimos toques de la preparación de las salsas, arregle los demás ingredientes y alguien salga a recoger los birotes que panaderos muy especializados y también muy madrugadores les entregan día con día; porque el pan de las tortas ahogadas debe ser nuevo para que se encuentre crujiente, tronador, sabroso. Permítanme ustedes un pequeño paréntesis para hablar del birote salado de Guadalajara. Merece un estudio aparte esta delicia de la panadería. Quizá lo intente en el futuro, pues habría que investigar de dónde viene su denominación y muchas otras cosas, ahora solamente señalaré, de pasadita, que en la charla con don Carlos Saldaña, cuando mencionó al panadero que surtía a Luis Alatorre, recordó que ese señor le dijo alguna vez que para la masa de 200 birotes, se utilizaban 25 huevos, que la masa se batía muy bien ya mezclada con levadura especial, no de las levaduras de marca, sino levadura natural que cada “panadero francesero” sabía preparar ‒y en eso debe consistir la singularidad de ese pan delicioso y crujiente‒ además que se deja muchas horas a fermentar lentamente y hasta que ha crecido lo suficiente la masa, se empie-

zan a cortar las porciones, a moldear las piezas y a pasarlas al horno. Hasta ahora no ha sido posible a muchos que lo han intentado, producir birote salado de calidad, fuera de Guadalajara. Mucho se ha experimentado en ciudades como México, Monterrey, Los Ángeles, Chicago, por mencionar unas cuantas y han sido muchos los panaderos contratados, entre los experimentados, para hacer birote salado fuera de Guadalajara, sin conseguirlo. Unos afirman que el secreto es el agua, yo no lo creo, porque es muy distinta el agua que se surte en la actualidad a Guadalajara, mayormente del Lago de Chapala, tratada, clorada, a la que se entregaba hace años a la ciudad que venía mayormente de manantiales, muy pura; dicen que la temperatura ambiente, que la altura de la ciudad, yo creo que tienen más importancia la levadura, el tiempo de fermentación de la masa y quizá algún o algunos ingredientes que celosamente guardan los cofrades de un sindicato, cuyo nombre me llamaba mucho la atención cuando de niño presenciaba el desfile obrero del Primero de Mayo, pues marchaban tras una enorme lona que los determinaba como “Unión de Panaderos Franceseros”. Los tapatíos de antes, incluida mi abuelita le llamaban al birote “pan francés”. Es muy importante la calidad del pan en la torta ahogada. Todos los entrevistados revelaron que cuentan con su panadero ‒cuya identidad no revelan‒ que les hornea birote especial, muy bien hecho, pues si no es así, aparte de que no tiene el suave sabor agridulce que complementa el de la torta, el pan se desbarata al hundirlo en las salsas para ahogarlo. Volvamos a las tortas. Cuando dejaron los jóvenes Saldaña de trabajar con Luis Alatorre, este tuvo varios ayudantes, pero ninguno, que se sepa, fundó su propio negocio de “ahogadas”, quizá por lo sacrificado de los horarios, vaya usNúmero 8, Segunda Época

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ted a saber. En 1958 empezó a trabajar con el Güero un joven alteño, de Tepatitlán, güero también, delgadito, llamado José Muñoz Ramírez, quien había venido en 1957 a radicarse en Guadalajara buscando mejores horizontes. Luego de un año de trabajar para un coterráneo que vendía espinazos de res en San Juan de Dios ‒en el mercado viejo, por supuesto‒ tuvo la oportunidad de trabajar con el Güero de las ahogadas y fue su ayudante por 8 años. Aprendió el oficio, la receta que le confió doña Chole, la esposa de Luis Alatorre y trabajó con ellos hasta 1966 en que se separó y puso su puestecito en el Mercado de Medrano. A la fecha, don Pepe atiende un negocio muy acreditado en Pensador Mexicano # 1759 A, casi esquina con la calle 56 del Sector Reforma. Tortas Ahogadas don Pepe, es otro negocio que surge de la que podríamos llamar “la escuela del Güero Alatorre”. Para atenderlo, don José se levanta todos los días a las 4 de la mañana, pues radica en Tateposco y procura tomar el primer camión. Primero atiende el negocio que originalmente fue suyo y que traspasó a familiares, ubicado en la calle de Aldama y luego abre el propio. Utiliza birote que le prepara especialmente, un panadero de su confianza; rellena sus tortas con carnitas de buena calidad, sólo sirve carnita y costillas, agrega las salsas preparadas con la receta que le confió doña Chole. ¡Esa es la auténtica Torta Ahogada! afirma con pasión, “actualmente hay quienes le ponen frijoles, cebolla desflemada, lechuga o col, bueno, dijo un tanto molesto, las tortas ahogadas actuales parecen lonches”. Un lugar muy visitado por quienes gustan de la torta “delicia de masoquistas” es la esquina de Mexicaltzingo y la Calzada Independencia, donde expende don José, conocido como “el de la bicicleta” tortas ahogadas. Trabajó don José

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un tiempo en el negocio del Güerito Ignacio Saldaña, ahí aprendió la preparación de las salsas y luego decidió trabajar por su cuenta. A bordo de una bicicleta, se dio a recorrer la Calzada Independencia en los primeros años de la década de los sesenta del pasado siglo. Como a varios de sus antecesores, la flebitis o las reumas en las piernas le aconsejaron dejar de andar caminado en busca de clientes, y fijó su bicicleta en la esquina donde actualmente atiende, afuera de una pequeña casa que le sirve de bodega. Con muy buen tino, la bicicleta hoy famosa, aparece cada día a la puerta del local, como anuncio de la reconocida tortería y como mostrador donde el mero don José sigue atendiendo personalmente a su clientela, apoyado por hijos y nietos. Siendo las de don José tortas ahogadas de la línea tradicional, son desde luego, preparadas con buen birote salado, utilizando, carnitas, buche, lengua y pierna ‒lo que las hace diferentes‒ la salsa dulce es preparada con jitomate crudo ‒detalle que, por cierto, también ofrece Sarita, a petición del cliente, en el local de Pino Suarez del que ya hablé‒, don José agrega a sus tortas cebolla morada en crudo. Hasta aquí llegamos con la rama que desciende del creador y principal divulgador de la Torta Ahogada, Luis Alatorre. Actualmente podemos disfrutar de este antojito en su forma original en “La Alemana”, restaurante muy conocido ubicado en la calle de Miguel Blanco entre 16 de Septiembre y Colón; en “Tortas Ahogadas El Güerito en Madero 13, a una cuadra de la Calzada Independencia; en “Tortas Ahogadas don Pepe” en su pequeño local de Pensador Mexicano 1759 A, casi esquina con la calle 56; en tres locales de don Carlos Saldaña: 5 de Febrero # 180, Pino Suárez 279 A, y en Lomas de Polanco a la salida de la estación Isla Raza, así como en la banqueta


del local de don José, el de la bicicleta, en la calle de Mexicaltzingo, casi esquina con la Calzada Independencia. En los últimos años se ha puesto muy de moda la Torta Ahogada Tapatía, aquí mismo en Guadalajara y en otros lugares de la República Mexicana y de los Estados Unidos; no hay visitante, sobre todo del mundo de la cultura que venga a la antes llamada Perla Tapatía, que no pida a sus amigos o anfitriones que lo lleven a comer ese platillo. La proliferación de negocios que las ofrecen, permite complacer ese deseo con facilidad, pero no todos los lugares que preparan “ahogadas” ofrecen la verdadera, con la fórmula de las salsas que la han hecho famosa y con ingredientes bien escogidos y de máxima calidad. Además de los lugares que antes he mencionado como seguidores de la “Escuela del Güero Alatorre”, he escogido, arbitrariamente, un grupo de los nuevos torteros que han alcanzado fama con sus preparaciones, algunas no muy ortodoxas, pero eso sí, muy sabrosas. Son famosas y muy fáciles de encontrar pues cuenta con muchos establecimientos, “Tortas El Rika”, que en puestos muy bien diseñados, con excelente presentación y mucha limpieza es, sin duda, el negocio de Tortas Ahogadas más próspero de Guadalajara. don Aurelio Pérez Gutiérrez lo inició con un puesto afuera del Estadio Jalisco, luego instaló el puesto que se ubica en Pedro Moreno, casi esquina con Chapultepec, después el de la calle Marsella y cubrieron esa área del poniente de la ciudad con el puesto de Duque de Rivas casi esquina con Av. Vallarta. Bien podría ser el lema del Rika: “Los ricos también lloran”. Tortas “El Rika” es toda una empresa, aunque conserva el perfil familiar. Un activo negociante de 46 años de edad, Ricardo Pérez Hernández lo dirige. A mi pregunta, no pudo precisar el núme-

ro de locales con que cuentan en la actualidad; pero me aseguró que la preparación de las salsas sigue en manos de su señora madre quien actualmente cuenta 70 años de edad. Utilizan carnita de maciza, buche y lengua que es lo que les da un toque muy especial, lo demás, salsas, buen birote, siguen la tradición. Hace más de veinticinco años, Aurelio Pérez Gutiérrez, a quien he mencionado como el creador de Tortas Ahogadas “El Rika”, cedió la licencia municipal de un puesto ubicado en Justo Sierra y Alfredo R. Placencia, contra esquina del Sanatorio Guadalajara, a un joven que regresaba de la aventura por los Estados Unidos, con muchos deseos de abrirse camino en esta ciudad. Me refiero a Daniel Pimentel Sandoval quien desde entonces ofrece las famosas tortas en su puesto “Tortas Dany”. Abre este negocio a las 9.00 de la mañana y para las 2.00 de la tarde ya no hay tortas y están cerrando, hay que acudir temprano; a eso de las 11.00 de la mañana el sitio está en plena faena. El birote salado de un solo proveedor, pues no cambia a su panadero don Daniel, birote recién horneado que él mismo muy de madrugada recoge y que llega crujiente al puesto, carnitas muy limpias sin gordos y el cilantro agregado a la salsa picante son detalles que distinguen a esta conocida tortería. La clientela es muy asidua y fiel, me contó don Daniel Pimentel quien refiere de una señora que llegó cuando estaban recién instalados, hace 24 años, a comer unas tortas, atravesó luego al Sanatorio Guadalajara donde dio a luz una nenita. Tanto la señora originaria de Puerto Vallarta como la hijita, siguen visitando a Dany con frecuencia para saborear sus famosas tortas. Jesús Torres Arana instaló junto con Lupita, en el año de 1986, dos mesitas de metal afuera del Templo de Nuestra Señora del Sagrado Corazón, donde empezaron a expender tortas ahogaNúmero 8, Segunda Época

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das. Cobraron fama como las tortas de Colomos, ahí permanecieron 5 años y luego se instalaron en un amplio local, que actualmente ocupan, en la calle de José María Vigil, a media cuadra de Av. de las Américas. Son, como todos los serios expendedores de tortas ahogadas, fieles a su fabricante de birote, conservan su mismo proveedor de carne y preparan con la misma receta las salsas que les han dado fama. Ofrecen también tacos duros ‒casi todos lo hacen‒ y ponen cebolla desflemada en limón a disposición del cliente. Por el rumbo del Parque de la Revolución, ese parque construido por los hermanos Barragán, Luis y Juan José, a media cuadra de la avenida Juárez por la calle de Camarena, en la cochera de una casa, se instaló Enrique Orozco Hernández apodado El Viejo. Había empezado hace 50 años vendiendo botana en algunas de las cantinas de la zona de Las Nueve Esquinas, especialmente afuera del Salón Cué, donde le daban oportunidad de servir sus botanas a los parroquianos. Vendía don Enrique trocitos o rebanadas de hígado, corazón, riñones y pulmón, aderezados con una salsa picante y sabrosa que preparaba según receta familiar de la población de Sahuayo, de donde era originario. A petición de sus clientes empezó a llevar birote salado para presentar sus botanas y luego tacos dorados y después tortillas para hacer tacos blandos. Se instaló tiempo después, en la puerta de la Oficina Federal de Hacienda que entonces estaba ubicada frente al Hotel del Parque, en la esquina de Juárez y Camarena. Ahí estuvo un tiempo hasta que fue removido junto con otros vendedores que habían abarrotado la banqueta de la Oficina Federal. Encontró local muy cercano, en Camarena # 76, donde se instaló hace 25 años y donde sigue su hijo Enrique atendiendo con apoyo de hijos y nietos el concurrido local.

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Enrique Orozco sigue sirviendo sus tortas ahogadas y tacos blandos y duros de buche, cachete, corazón, hígado y riñón, bañados con la salsa especial de este lugar, originaria de Sahuayo, Michoacán. Desde los años cincuenta del pasado siglo, ocupa la esquina de Epigmenio González y Manzano, a espaldas de la tienda Sears, un puesto que expende “ahogadas” que son famosas. Lo fundó José Hernández Macías, quien años después lo cedió a su sobrino Manuel Vázquez Hernández, padre de los dos jóvenes simpáticos y serviciales, los hermanos Vázquez Ortega quienes actualmente lo atienden bajo la estricta supervisión de su señora madre a quienes ellos llaman “La Patrona” que no se separa de la caja registradora. ¡Sabia Mujer! Les surte don Berna, su panadero de hace años el birote salado y les distingue que presentan sus “ahogadas” con cebolla desflemada en jugo de limón y encima de cada torta ponen una buena “embarrada” de frijoles machacados. Afirman que entre sus clientes se encuentran la esposa del cantante Vicente Fernández y los presidentes municipales de Guadalajara Alfonso Petersen y Ramiro Hernández. En lo personal recuerdo que hace muchos años me invitó a las Ahogadas de la Sears un joven muy inquieto, enamorado del cine, estudiante de la carrera y comentarista del llamado séptimo arte en programas que un servidor conducía en Radio Metrópoli; me refiero al hoy internacionalmente reconocido cineasta Guillermo del Toro, seguramente nos acompañó Rigo Mora, su gran amigo, ya fallecido, a quien yo llamaba “el fiel escudero de Guillermo”. Todo evoluciona, no cabe duda, aunque hay quienes somos por naturaleza conservadores y quisiéramos que la evolución en usos y cos-


tumbres fuera menos acelerada, otros viven muy conformes en este mundo que parece mutar más rápido que nunca. Respeto a estos últimos, y respeto el derecho que les asiste de gozar con todo lo novedoso aunque se trate generalmente de evoluciones muy discutibles. Hay lugares en que se expenden “ahogadas” de camarón, otras con aguacate agregado, con lechuga o col y un etcétera muy largo. Bien por los que gustan de esos cambios, yo me quedo con el sabor, textura y picor de la “tradicional” y espero que no veamos pronto tortas ahogadas de Sushi o peor aún ahogadas “de tamal” como las tortas con que se atragantan todas las mañanas muchísimos chilangos. Del Pollo a la Valentina, delicia casi olvidada, hay poco de qué hablar. La edad me permite contar a ustedes que de niño, mi padre nos llevaba a toda la familia a cenar, algunos domingos por la noche, en la cenaduría de Valentina ubicada entonces, en los años 40 del pasado siglo, en la esquina de Liceo y Herrera y Cairo en el Mercado Alcalde, el antiguo mercado, al que todavía algunas personas como mi abuelita le llamaban “la plaza de toros” pues a un costado, existió hasta el siglo XIX un coso taurino bautizado por el pueblo como “La Colorada” donde llegaron a torear Juan Silveti, Luis Mazzantini y Marcial Lalanda entre otras figuras de la época. Recuerdo bien a doña Valentina Santos Oropeza frente a un gran comal dando instrucciones al personal que, desde luego, incluía a su hija Rosita, su brazo derecho y a Valente, su mesero estrella, muy popular y hasta mimado, pues de él dependía la rapidez con que cada cliente fuera atendido. Adusto, seco, recorría de mesa en mesa pasando en voz alta los pedidos de los comensales quienes trataban de hacerse atender llamándole: “Valente, Valente, yo quiero una orden de sopes, yo de enchiladas, yo de pollo”, él

iba pasando las órdenes y luego sirviéndolas a su arbitrio, eso le daba gran importancia. A la demolición del mercado Alcalde, ya fallecida Valentina, Rosita con la ayuda de una de sus hijas, mudó la cenaduría a un local enfrente del jardín del Santuario donde tapatíos y visitantes seguimos disfrutando varios años los antojitos que preparaban: sopes, enchiladas y desde luego el delicioso pollo frito, bañado con una salsa benigna, dulzona, pero enriquecida con muchas especias. Antes de freír las piezas de pollo, estas eran marinadas en una salsa especial y una vez fritas, se cubrían abundantemente con la salsa que podríamos llamar dulce, confeccionada básicamente con jitomate y eran servidas en platones ovalados con papas alrededor, hojas de lechugas “orejonas” y chiles jalapeños en vinagre. Por supuesto se acompañaban con birote salado. Valentina Santos Oropeza nació en el año de 1876 en Nochistlán, Zacatecas. Fue traída a la ciudad de Guadalajara a la edad de 9 años. Muy joven, empezó a vender comida en el antiguo mercado de San Diego en bancas y mesas de madera, después se cambió a espaldas del Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe y luego a la esquina de Liceo y Herrera y Cairo en el mercado Alcalde, lugar donde, como antes dije, llegué a saborear sus delicias siendo niño. Valentina falleció en Guadalajara el 9 de septiembre de 1948. En aquellos años era muy común que las amas de casa sirvieran a la familia e invitados, de vez en cuando, el “Pollo a la Valentina” dispuesto con recetas similares a la que preparaban Valentina y Rosita, pero el platillo, hasta donde mis recuerdos me llevan, no fue nunca igualado en esos comelitones familiares, pues era secreto muy bien guardado, como es de suponer, la preparación de esa delicia que quedó en manos de la familia Santos Oropeza cuando decidieron cerrar el negocio. Una única pista que he podiNúmero 8, Segunda Época

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do recoger es la aparecida en un blog el 28 de febrero de 2008. Una persona que se comunicó de manera anónima dejó en el blog al que me refiero: (textual) “Hola, yo soy tataranieta de Valentina que siguiendo la tradición familiar me llamo Valentina, es una receta familiar de Valentina Santos Oropeza y como dato, la receta original sólo se hace para la familia…… jajaja, pero esta receta es parecida”. Se refería a la receta que publicó “Cocinando con todos los sentidos” blog que apareció en el año de 2007. Sería muy interesante que la familia de Valentina sacara a la luz la receta de ese pollo delicioso. Quizá lo más práctico sería que alguno de los descendientes instalara de nuevo la Fonda de Valentina, con las recetas originales, creo que podría ser un excelente negocio y reviviría una tradición tapatía que nos dio fama. Todo Guadalajara, decía mi padre, ha cenado con Valentina. No era exageración, empezando por los vecinos del Santuario y del centro de la ciudad quienes eran parroquianos frecuentes debido a la cercanía de sus casas con el local de la famosa cenaduría, los licenciados Agustín Yáñez y Jesús González Gallo, ambos gobernadores de Jalisco eran visitantes frecuentes, se dice que Pancho Villa saboreó el pollo preparado por Valentina, así como el presidente Manuel Ávila Camacho, y que André Breton y León Trosky y Diego Rivera y José Clemente Orozco figuran entre las muchas celebridades que lo disfrutaron. En la cenaduría de Valentina no se respetaban las normas de la etiqueta de Carreño, se consumían las viandas con economía de cubiertos y desde luego, por prácticas, se usaban servilletas de papel, por ello, era “comidilla” tapatía muy divulgada que las gemelas señoritas García Sancho, llevaban sus cubiertos y servilletas de tela cuando iban a la fonda a degustar el famoso pollo frito y los demás antojitos.

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Muchos fuereños distinguidos ‒como antes dije‒ visitaron la fonda de Valentina, algunos la tenían como lugar obligado de peregrinaje cuando visitaban Guadalajara. Testimonio de esto nos dejó el irrespetuoso cuanto erudito Salvador Novo, reconocido glotón, quien en diatriba muy conocida pero injusta, dedicada a la revista “Bandera de Provincias” y a sus editores, escribió aquellos versos en que citaba a Valentina y por ello los traigo a colación: “Plegad vuestra Bandera provinciana, Imprimidla en papel de clase fina, Que pueda aprovecharse en la letrina En premio a vuestra musa soberana. Yáñez, Ulloa, Franco, Vidrio, Arana, Polluelos de parvada clandestina, Id a que condimente Valentina Vuestra cresta prolífica y temprana. Salid, pero salid en quince días, Gaceta literil; váyanse lejos Vuestras inteligencias tapatías”. Y hasta ahí dejo el verso. El terceto final, bien conocido, está plagado de palabrotas, sólo recordaré a ustedes, por si hiciera falta que termina con “reflejos de reflejos de reflejos” que rima a la perfección con el adjetivo que impone Novo a las provincianas banderas, muy injustamente, por su supuesta torpeza. Una vez mi mamá me lavó la boca con jabón porque dije una palabra mucho menos grosera que la que usó don Salvador. Quedé muy escaldado y no vaya a ser, no la repito, pero sirva este despropósito para apoyar la idea de que Valentina y su pollo fueron de fama no sólo en Guadalajara sino en todo el país.

Guadalajara, Jal. 18 de febrero de 2014


El obispo don Juan Cruz Ruiz de Cabañas Por: Juan M. Toscano García de Quevedo Introducción Personaje de especial relevancia para el occidente del país, el obispo Cabañas, le toca en suerte vivir plenamente uno de los momentos más importantes, más trascendentes de la historia nacional. Mucho se ha discutido sobre la actitud tomada por Cabañas durante los once años de la Guerra de Independencia, y aún para muchos no queda claro el porqué de su posición en los primeros diez años de ella y sus excomuniones para los participantes en la lucha. Para tratar de entender esto, en el presente estudio analizaremos en tres partes esta circunstancia. Primero, una panorámica de su vida: Segundo, su postura inicial, a través de sus textos sobre la guerra de Independencia y Tercero, su postura final. Primera Parte: La biografía Don Juan Cruz nació en la Villa de Espronceda en el Reino de Navarra cuando gobernaba al imperio español el monarca borbón Carlos III. Fiel hijo de esta tierra, heredó el temperamento fuerte y emprendedor característico de los habitantes de estas regiones del vasto imperio español. Un 3 de mayo de 1752 vio la luz en el seno de una familia acomodada y bien relacionada con los mandos religiosos españoles. Sus padres fueron don Tomás Ruiz de Cabañas y Hernández y doña Manuela Crespo y de Desoxo y fue bautizado el 8 de mayo de 1752. Estudia Juan Cruz, primero en las ciudades de Viana y Pamplona, inclinándose desde su adolescencia al estado sacerdotal y recibiendo una esmerada educación que le permite obtener “la primera tonsura” muy joven aún. Luego y por oposición formal se le designa “beneficiado de San Sol y del Busto”, Iglesias que se encontraban en los reinos navarros y que desde

antiguo habían sido patrocinadas por su familia. Conviene aclarar que el joven Juan Cruz recibe estos beneficios por oposición, es decir, presentó exámenes frente a otros interesados y los obtuvo en buena lid. Protegido por un tío materno, don Nicolás Crespo, Provisor y Canónigo de la Catedral de Cuenca, que gozaba fama de hombre virtuoso y sabio jurisconsulto continúa Juan Cruz su educación eclesial, ingresando a la renombrada Universidad de Alcalá, en donde permanece como estudiante por algún tiempo y donde concluye y obtiene sus grados académicos menores y mayores en Sagrada Teología, que lo dejan ya a un paso, de recibir el Orden Mayor del Sacerdocio. Concluida su preparación académica general y sacerdotal, ingresa a la memorable y selecta Universidad de Salamanca. Durante su estadía recibe el orden sacerdotal y luego se presenta Número 8, Segunda Época

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a oposiciones para obtener una beca de las que otorgaba El Colegio Mayor, llamado “el viejo de San Bartolomé”. Eran estos Colegios Mayores, instituciones culturales que nacían a la sombra de las universidades y que servían para el alojamiento de los más brillantes estudiantes; se les miraba con el mayor aprecio y consideración y a donde no se ingresaba si no se contaban con grados académicos y luego de pasar la prueba rigurosa de una oposición que debería ser desempañada con lustre y brillantez según establecían las reglas que regían a estos institutos, de donde generalmente salían luego los mitrados, togados y ministros del Imperio Español. Fue durante su estadía en Salamanca que Juan Cruz, adoptó la gran devoción que tuvo durante toda su vida y que trasladó a esta Diócesis, por San Juan de Sahagún, que había sido antiguo colegial, como él, del “viejo de San Bartolomé". Aquí en Guadalajara, el Obispo Cabañas estableció capilla en la Iglesia del entonces Convento del Carmen y solemne función religiosa que año con año celebraba a sus expensas en la Iglesia Catedral. Regresando a la vida de don Juan Cruz, allá en España, el joven sacerdote buscó un puesto dónde desarrollar su ministerio sacerdotal y conforme a las normas del Derecho Canónico, se presentó a concurso para la obtención de canonjías en diversas catedrales como la de Palencia, Valladolid, Jaen, Cuenca y Badajoz. Todas ellas fueron testigos de su brillante elocuencia, pero sería la Catedral de Burgos, la que con su prelado y cabildo, previa “oposición” le confiriese la calidad de Canónigo Magistral, integrándose así a ese venerable coro y recibiendo además “la dignidad de Abad de la Insigne Iglesia Colegial de Cerbatos”.

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A su paso por Salamanca, Juan Cruz Ruiz de Cabañas trató y frecuentó a importantes personajes de la Corte Real, siendo designado “Consultor de Cámara” del excelentísimo señor doctor don Agustín Rubín de Ceballos, quien era uno de los hombres que manejaban y establecían la política española. Pronto su trabajo como Canónigo Magistral en la Iglesia Catedral de Burgos lo hizo acceder a puestos importantes, convirtiéndose en la mano derecha del Arzobispo Dr. Don José Rodríguez de Arellano. El Arzobispo Rodríguez de Arellano que conoció la capacidad del Canónigo Cabañas, lo designó para Rector y reorganizador del Seminario Conciliar, donde adquirió gran experiencia que luego reflejaría en la reorganización que hizo del Seminario de San José en esta ciudad, así como la fundación del Colegio Clerical aquí en Guadalajara como un elemento de formación y actualización de los sacerdotes. Durante su estancia en Burgos se da la expulsión de los jesuitas del Imperio español y fue precisamente el Arzobispo Burgalés Rodríguez de Arellano, uno de los más antiguos promotores de dicha expulsión. Al fallecimiento del prelado de Burgos, el Canónigo Magistral Juan Cruz Ruiz de Cabañas es designado Visitador Apostólico de dicho Arzobispado, iniciando con prontitud la reorganización de éste con un celo y eficacia pastoral que fueran magnífica escuela para el futuro prelado. Habiendo estallado la Revolución francesa, Cabañas fue uno de los eclesiásticos españoles que más socorrieron a los sacerdotes franceses que se vieron obligados a abandonar el país. Finalmente por sus méritos fue preconizado en el año de 1794 para ocupar la Sede y Mitra


del Obispado de León de Nicaragua, entonces perteneciente al reino de Guatemala. Luego de que fue enterado, con su característica responsabilidad, designó Procurador para hacerse cargo de inmediato de su Obispado, a quien dirigió una carta pastoral, única pues luego partió a la Corte, abandonando Burgos para ultimar preparativos y precisamente durante su estancia en Madrid, se cambió su destino a la Diócesis vacante de la Nueva Galicia, entonces con gran fama debido a la importante obra pastoral, espiritual y material del Obispo Fray Antonio Alcalde; y así el que pudo ser preclaro Obispo de León de Nicaragua, se convirtió en uno de los más insignes y amados pastores de los novogalaicos. Ocupa el vigésimo cuarto lugar en la relación de los obispos de esta diócesis. Los preparativos realizados cambiaron de rumbo, y el barco se dirigió no a las costas centroamericanas sino al Puerto de Veracruz. Duro y penoso viaje fue cruzar el Atlántico, ya que sufrió fuertes tempestades y a punto estuvo de zozobrar frente al puerto mexicano. Luego de desembarcar ofreció una misa de acción de gracias y encaminó sus pasos a la Ciudad de México donde permaneció el resto del año ultimando detalles. Para emprender el viaje hacia Guadalajara, visitó Puebla, Aguascalientes y entró a su Obispado. Su ruta le permitió palpar los problemas de México y también los de su nueva grey, seguramente el Obispo Cabañas recordaría su época de visitador apostólico en Burgos. La solemne y majestuosa entrada del esperado prelado a Guadalajara se verificó una fría mañana de diciembre de 1796. Era el día 3, cuando el Cabildo en pleno, las órdenes religiosas, las

autoridades civiles, y el pueblo todo salieron a aclamarlo y a ofrecerle el calor de su cariño que nunca perdería. Pronto, su nueva grey conoció de su actividad apostólica, pues luego de enterarse del estado que guardaban los negocios de la Diócesis y los diferentes organismos que existían, tales como: el Seminario y las casas de recogidas, el Hospital Real y hasta la Universidad, aplicó sus conocimientos y cuidados a mejorarlos. Al Seminario Conciliar le modificó y aumentó el número de sus cátedras, reorganizó el trabajo de los sacerdotes e inició prontamente la primera de sus visitas pastorales, que realizaría con regular frecuencia para enterarse de los problemas que tenían las distintas parroquias de su dilatado Obispado. Cabañas como lo mencionamos ya, de su experiencia en Burgos, decidió crear un Colegio Clerical, donde los sacerdotes y clérigos con órdenes mayores, pudiesen periódicamente retirarse para continuar sus estudios, realizar ejercicios espirituales y mantener así un nivel de vida acorde a su estado. Este Colegio lo construyó en donde se ubicaron tiempo atrás los religiosos oblatos y que para esa fecha ya no estaban en Guadalajara. El edificio se erigió en lo que es hoy la manzana, donde está la Rotonda de los Jaliscienses Ilustres, anexándolo a la iglesia de La Soledad. Ambos edificios existieron en ese sitio hasta 1950 en que fueron derruidos. Continuó además con el proyecto de su antecesor, Fray Antonio Alcalde, de construir para la ciudad un templo que ejerciera como Sagrario Metropolitano y parroquia principal de Guadalajara, pues hasta esa fecha continuaba la capilla que se encontraba en la base de la torre Número 8, Segunda Época

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norte de la Iglesia Catedral, realizando funciones parroquiales. El proyecto se hizo realidad al colocar y bendecir la primera piedra el 19 de abril de 1808. Para esas fechas había preparado otro magno proyecto que lo consagraría para la eternidad. Existía en España y por ende en América, la orden real de asistir en sitios especiales a los desvalidos y enfermos y especialmente a los huérfanos, surgidos estos últimos de las guerras que asolaban a Europa. Así los reyes borbones habían ordenado se establecieran casas de misericordia, nombre con el que eran conocidos estos asilos. El Obispo planeó la construcción de una gran Casa de Caridad y Misericordia para la Ciudad de Guadalajara y empezó a organizarla desde el año de 1802. Hablen sus obras: La Casa de Misericordia (hoy sede del Instituto Cultural Cabañas, pero por más de cien años, Hospicio Cabañas); La reforma académica, espiritual y física del Seminario Conciliar de San José; El desaparecido Colegio Clerical, centro de formación de sacerdotes; la iglesia del Sagrario Metropolitano que fuera proyecto del Obispo Alcalde y que el Obispo Cabañas hiciera realidad; la parroquia de la Capilla de Jesús, entonces extramuros de Guadalajara; la iglesia de La Santa Cruz en Cocula, el templo de San Bartolomé en Mezcala; la parroquia de Unión de San Antonio; la parroquia de Zapopan, todos estos en lo que es el territorio del Estado de Jalisco; el Santuario de Nuestra Señora de la Soledad y la Casa de Misericordia en Jerez, Zacatecas; el templo de Nuestra Señora de Guadalupe en Asientos de Ibarra y la Casa de Misericordia en Aguascalientes. El Hospital de Tepic en Nayarit y finalmente por sólo mencionar a algunos, otra casa de Misericordia en Sayula, Jalisco.

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Entre las obras que ya existían, conocieron de sus ayudas, desvelos y caridades El Apostólico Colegio de Propaganda Fide de Nuestra Señora de Guadalupe en Zacatecas; El Hospital de San Miguel de Belén, que recibió todo su apoyo y pudo así continuarse la labor de su predecesor Alcalde; El Hospital de San Juan de Dios. Pero también Cabañas apoyó obras materiales de utilidad pública en las que su fuerte cooperación económica y de prestigio, permitieron concluirlas, por ejemplo el empedrado del primer cuadro de Guadalajara que se inició justamente el 1 de enero de 1797; la apertura en su caso, en otros continuación o conclusión de los caminos carreteros que saliendo de Guadalajara conectaban a ésta con Zacatecas, Autlán, Cuautitlán, La Barra de Navidad, el puerto de Santiago, Colima y desde luego el importante centro militar y comercial en la costa, San Blas. No podemos dejar de lado la importante labor que en el campo de la salud pública realizó este prohombre de Jalisco. De su dinero trajo desde México la vacuna contra la viruela que extendió por todo el obispado. El anciano prelado murió cuando regresaba de realizar su última visita pastoral. Un pequeño caserío conocido como Estancia de los Delgadillo, muy cerca a Nochistlán, en Zacatecas, fue el sitio donde entregó su alma al Creador la noche del 28 de noviembre de 1824. Contaba con 73 años de edad y 29 de fructífero y ejemplar pontificado. Los venerables restos mortuorios arribaron a Guadalajara el primero de diciembre y se instaló la capilla para velarlo, en una de las salas del Palacio Episcopal. El día cinco, a las siete de la mañana, inició la última parte de la ceremonia de los funerales con la larga liturgia del Oficio de Difuntos. Se


había establecido un programa detallado para la celebración. El lúgubre canto del Oficio lo entonó primeramente la comunidad religiosa de La Merced, siguiéndole, los Carmelitas, Agustinos, Franciscanos y Dominicos, órdenes religiosas de varones, establecida en la ciudad, concluyendo el canto de dicho himno litúrgico el Venerable Cabildo catedralicio. Terminada esta parte en el Palacio Episcopal fue conducido el cadáver, en silente procesión precedida de “cruz y ciriales”, integrada por todas comunidades religiosas citadas, así como las parroquias y cofradías y autoridades civiles y militares a la Iglesia Catedral para la solemne misa de cuerpo presente y terminada ésta fue inhumado en la cripta de los obispos debajo del altar mayor. Con esta amplia visión de la vida de este ejemplar pastor novogalaico, podemos verificar tres puntos fundamentales para entender lo que sigue: primero Cabañas es un hombre profundamente religioso, que vive para su fe, su religión y su ministerio. Segundo, es también un hombre profundamente leal a la Corona española, bajo la que creció, se educó y trabajó. Tercero: es un pastor profundamente enamorado e identificado con su grey, su gente, su obispado y Nueva Galicia. La participación del Señor. Cabañas durante los años del movimiento Independentista ha sido ya ampliamente comentada, estudiada y no siempre bien entendida, basta sólo decir que reprobó el primer estallido, el de Hidalgo; comprendió el segundo, de Morelos; y colaboró amplísimamente con el tercero, el de Iturbide, colaboración que fue más allá del simple apoyo entusiasta, aportando fuertes sumas de dinero tomadas de su personal fortuna.

Concluida la Independencia se entusiasma con la idea de un Imperio mexicano y es escogido para consagrar a Agustín de Iturbide, Primer Emperador, del que además es gran amigo tanto en lo personal como en lo epistolar. Más inteligente y práctico el Real Consejo, deseando tener a un hombre tan especial como uno de sus consejeros, lo propuso para ocupar la importantísima, rica y antigua arquidiócesis de Santiago de Compostela, honrosísimo cargo que el Señor Cabañas al tener noticia de él, rechazó diciendo que no deseaba abandonar su diócesis novogalaica ni a su rebaño, “ni por un capelo Cardenalicio”. Amigo de todos y enemigo de nadie, Iturbide y Victoria, son los mejores ejemplos de su ecuanimidad. El primer Presidente, enemigo acérrimo de Iturbide, a raíz de la muerte del Obispo, en carta del 8 de diciembre de 1824 dirigida al V. Cabildo Jalisciense, lamenta “la pérdida de su digno amigo y Venerable Obispo” y luego continúa diciendo “que deja en pos de sí, ejemplos muy ilustres y memoria de toda bendición”. Finalmente y para cerrar este segundo y último artículo sobre tan ilustre Pastor, quiero reproducir por más las palabras que el Excelentísimo Sr. Pablo Lallave, Ministro de Justicia y Negocios Eclesiásticos, bajo la presidencia de Guadalupe Victoria, señaló en la Memoria que presentó a las Cámaras los días 5 y 7 de enero de 1825 al hablar de la muerte del Obispo Ruiz Cabañas, “… la conducta de este Prelado, nacido en la Península… reclama nuestra gratitud y le dan derecho a ocupar un lugar muy distinguido en la memoria y estimación de los mexicanos…”.

Número 8, Segunda Época

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Actividades

De diablos y sirenas, colección de Yolanda Zamora y Pancho Madrigal, Museo de las Artes Populares de Jalisco. 30 de enero 2014.

I Simposium “Mujeres, poder y equidad de género”, Paraninfo de la Universidad de Guadalajara. 25-27 febrero 2014.

Presentación del libro Estudios Militares Mexicanos. Las luchas por la Independencia y Revolución mexicana, volumen 6, a cargo de la Dra. Angélica Peregrina y su autor Clever Chávez Marín. 3 marzo 2014.

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Revista Ahuehuete

La crónica como custodia de la memoria histórica, conferencia por María de los Ángeles González Gamio, Museo de la Ciudad. 31 de marzo 2014.

Incendios de Dolores. Tradición jalisciense viva, conferencia impartida por José Hernández, Museo de la Ciudad. 7 abril 2014.

Presentación de la nueva edición de la novela de Martha Cerda, Museo de la Ciudad. 28 abril 2014.


La Corresponsalía Guadalajara del Seminario de Cultura Mexicana felicita a

Andrés Fábregas Puig e Ignacio Bonilla Arroyo por los reconocimientos que les entregó la Universidad de Guadalajara, en la sede del Centro Universitario del Norte en Colotlán, los días 18 y 19 de marzo respectivamente, en el marco del IX Encuentro de Especialistas de la Región Norte de Jalisco y Sur de Zacatecas Premio Tenamaztle Andrés Fábregas Puig

Premio Personaje Distinguido de la Región Ignacio Bonilla Arroyo

Distribución gratuita de la revista en el Museo de la Ciudad y en la librería Mariano Azuela


Ahuehuete No. 8, segunda época, marzo-abril 2014  

Revista de la Corresponsalía Guadalajara del Seminario de Cultura Mexicana.