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AÑO 5 NUM. 15 / PUBLICACIÓN CUATRIMESTRAL DE LA COMISIÓN PARA LA PASTORAL LITÚRGICA. PROVINCIA DE SAN LUIS POTOSÍ / JUNIO - SEPTIEMBRE 2017


2 Presentación................................................................... 3 Editorial........................................................................... 4 El ministerio del canto en la santa misa........................ 5 El equipo litúrgico........................................................... 7 Espiritualidad del tiempo ordinario ................................ 9 “Celebremos la fiesta”....................................................11 Elementos de piedad popular en este tiempo............... 21 Teología del Evangeliario................................................22 Sugerencias pastorales para la ambientación litúrgica en el tiempo ordinario......................................24 La Catedral y su significado Litúrgico ......................... 26 Esquema de Hora Santa............................................... 28 El Tiempo Ordinario........................................................30 ¿Qué tipo de celebrante es Usted?............................... 36 SOMELIT..........................................................................39

Imagen de Portada Recorrido Litúrgico del Cristiano (siglo XI), comentario al cantar de los cantares, bibl. 22. F. 4V, Staatsbibliothek, Bamberg.

Directorio DIRECTOR Sr. Arz. D. Jesús Carlos Cabrero Romero COMISIÓN PARA LA PASTORAL LITÚRGICA DIMENSIÓN DE PASTORAL LITÚRGICA

DIMENSIÓN DE SANTUARIOS Y PIEDAD POPULAR

DISEÑO E IMPRESIÓN María Eugenia Salazar Campillo

DIMENSIÓN DE CONGRESOS EUCARÍSTICOS

Semanario La Red

RESPONSABLE DE REVISTA Pbro. Lic. Pedro Mexquitic Arredondo

DIMENSIÓN DE MÚSICA LITÚRGICA DIMENSIÓN DE ARTE LITÚRGICO

ADMINISTRACIÓN Y DISTRIBUCIÓN Pbro. Rubén Omar Villegas Hernández

DIMENSIÓN DE BIENES CULTURALES DE LA IGLESIA

EDICIÓN Equipo SOMELIT San Luis Potosí

editorial

PUEDES ADQUIRIRLA EN: Templo Expiatorio del Espíritu Santo y de Ntra. Sra. de la Salud Mariano Escobedo #436, Zona Centro, Tel: 1001355


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San Luis Potosí, S.L.P. a 12 de Mayo de 2017 Presentación de Mons. Jesús Carlos Cabrero Romero Arzobispo de San Luis Potosí Estimados hermanos, reciban un cordial saludo en la alegría del Señor. Hemos concluido este tiempo hermoso de la Pascua, hemos renovado nuestra identidad cristiana gracias al Don del Espíritu. Ahora, en este Tiempo Ordinario, celebremos día a día los misterios de nuestra salvación. Presento con mucha alegría y esperanza este nuevo número de la Revista Celebrar, que deseo que llegue a todos los sacerdotes de nuestra Provincia de San Luis Potosí, y ustedes a su vez la hagan llegar a tantos laicos deseosos de conocer y hacer vida los misterios que celebramos en los sacramentos. Este número se centra en el Tiempo Ordinario, que aunque no es un tiempo fuerte como Adviento-Navidad o Cuaresma-Pascua, no deja de tener su importancia en la celebración de nuestro encuentro con el Señor Resucitado. Los temas en torno al Tiempo Ordinario serán: Qué es el Tiempo Ordinario, su espiritualidad. La Revista también nos hablara de la Catedral y su significado litúrgico; ofrece una guía pastoral para la digna y provechosa celebración de la fiesta patronal; además la Teología del Evangeliario. Temas más prácticos tenemos, el ministerio del canto en la misa; elementos de piedad popular en este tiempo y se ofrecerá un esquema de Hora Santa. Quiera Dios que este material que ofrecemos sea de provecho en todas nuestras parroquias, y sobre todo que en la Liturgia, bien celebrada, nuestro pueblo encuentre su alimento espiritual, que brota del Misterio de Cristo Muerto y Resucitado. Su hermano en el Señor Buen Pastor,

JESÚS CARLOS CABRERO ROMERO Arzobispo de San Luis Potosí

Madero 300, Centro, C.P. 78000, San Luis Potosí, S.L.P., México

Tel. (444) 812 45 55 comisionliturgicaslp@hotmail.com


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Editorial

stamos viviendo, en el caminar de nuestra Iglesia, la segunda parte del tiempo ordinario, que se retoma en la décima semana (de este tiempo), después de haber concluido los cincuenta días de la Pascua, con la Solemnidad de Pentecostés. Es por ello que centramos nuestra mirada en toda la espiritualidad que envuelve este tiempo ordinario, como un tiempo que no tiene por objeto alguna celebración en particular de un misterio específico de la vida de Cristo, sino que se centra en la totalidad de su actuar precisando los aspectos de su vida pública en cada comunidad, sanando enfermos, comiendo con pecadores, acercando a cada hombre con Dios. Por eso, esta vivencia espiritual debe hacernos caer en la cuenta de que Dios está presente en lo cotidiano de nuestras vidas; es Él mismo, el que nos acompaña en cada acontecimiento que vivimos, desde lo simple hasta lo extraordinario, para recordarnos que es un Padre que cuida de cada uno de sus hijos. En esto radica la esencia del Santo Tiempo Ordinario. Además, el caminar de la Iglesia, como lo narran los Hechos de los Apóstoles, es una vivencia comunitaria, que tiene como proyecto, una participación plena y activa de todo el pueblo santo de Dios, en las mismas celebraciones litúrgicas, particularmente en la Eucaristía; para ello es necesario, además de la iglesia espiritual, el templo como casa de Dios, lugar propicio para el culto y la acción sacramental. Por este motivo, abordaremos también el aporte teológico que tiene la Catedral como “Domus Ecclesiae”, o casa de la iglesia, así como su importancia y significado litúrgico dentro de una Diócesis. Con esto, seremos capaces de comprender el sentido pleno de la acción de Dios como buen Pastor que cuida y dirige a su rebaño hacia verdes campos, entendiendo la labor del Obispo como ordinario del lugar y su identidad plena con su iglesia particular. Entendemos como fiesta patronal o fiesta mayor, el conjunto de actos y signos litúrgico-celebrativos que la comunidad ofrece y conmemora para resaltar su devoción hacia el santo patrono del lugar, titular de la Parroquia o comunidad. Es un momento propicio para unir el amor de Dios manifestado a su pueblo, y la necesidad que éste tiene de su Creador, motivando el actuar de cada persona por el testimonio de aquel santo o santa, que ha sabido abrirse a la Gracia de Dios. Es así que, este volumen de nuestra revista Celebrar, tiene como eje central, el conocimiento y la reflexión de estos tres grandes signos y vivencias en el misterio divino de la Iglesia de Dios, como camino ordinario; la celebración de la fiesta patronal que año con año se vive con profunda fe y devoción por parte de los feligreses, la presencia de la Catedral como Iglesia primera y fundamental dentro de la diócesis, guiada por el único Pastor, encomendada a su obispo, así como la espiritualidad que envuelve al tiempo ordinario, como parte del ciclo litúrgico cuya centralidad es la persona misma deJesucristo, y que llena de plenitud nuestra vida de fe. Esperamos que el material que a continuación se nos presenta y se nos ofrece, sea instrumento propicio que nos oriente a una relación más profunda e íntima con Dios, e ilumine nuestra fe, que es manifestada en nuestra vivencia sacramental y nuestra relación con el prójimo.


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El ministerio del canto en la santa misa

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Pbro. José Abdías Martínez Martínez Arquidiócesis de San Luis Potosí

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continuación presentamos, amables lectores, algunos criterios fundamentales que los miembros de los coros parroquiales y todos los que prestan su servicio a través del canto deben conocer y aceptar para realizar un buen ministerio: • Hay que tener en cuenta que en la Liturgia existen oraciones y lecturas establecidas para todos los días del año, en las que debemos captar el mensaje que ofrece la Iglesia al pueblo para su alimento espiritual (Primera y Segunda Lectura, Salmo, Evangelio, Oraciones Colecta, sobre las Ofrendas, Post Comunión, Prefacios, etc.). • El canto es un medio de apoyo muy valioso dentro de la celebración litúrgica. • La liturgia tiene textos fijos universales que no se pueden alterar, de cuya ejecución deben preocuparse quienes participan del Ministerio del canto (Por ejemplo los textos del Kyrie, Gloria, Santo, Padre Nuestro, Cordero de Dios, etc.).

También hay que tomar en cuenta los criterios fundamentales al momento de escoger el esquema de cantos: El texto, la funcionalidad y la música. En cada parte de la Misa encontramos elementos que reclaman, en mayor o menor medida, el canto. Algunos son variables, pero otros forman parte de la estructura de la Misa y no se pueden alterar. Así pues, encontramos que existen cantos ordinarios o invariables como los son el Señor ten piedad (Kyrie), Gloria, Santo, Padre Nuestro y Cordero que en todo Tiempo del año Litúrgico hemos de cantar tal vez con diferentes arreglos musicales, pero sin alterar los textos. Existen otros cantos que sí son variables, y que generalmente son utilizados para acompañar una procesión y que incluso su duración dependerá del tiempo que dure la misma. Éstos son el canto de Entrada, de Presentación de los dones y Comunión. También la Liturgia de la Palabra reclama el canto, sobre todo en la celebración de las fiestas y solemnidades. No solamente se puede cantar el Canto interleccional (o salmo responsorial), sino también las lecturas y el Santo Evangelio; de igual forma en las aclamaciones (Amén, Aleluya, Versículo antes del Evangelio, Antífonas de Entrada y Comunión, Embolismo). La Institución General del Misal Romano (IGMR) en el número 40 nos pide que cuidemos que en las celebraciones

dominicales y de precepto “no falte el canto de los ministros y del pueblo” dando especial preferencia a “aquellas en las cuales el pueblo responde al canto del sacerdote, del diácono o del lector, y aquellas en las que el sacerdote y el pueblo cantan al unísono”. No olvidemos que en la celebración litúrgica el principal agente del canto es toda la Asamblea. El Coro o Ministerio de Música son una parte muy selecta dentro de la Asamblea y su tarea será hacer participar con el canto al Pueblo de Dios reunido para celebrar los misterios del Señor. A continuación les dejo algunas recomendaciones generales para los miembros de los coros parroquiales: • Disponibilidad para ensayos y la preparación necesaria de los cantos. • Puntualidad (y hasta anticipación) a la hora de prestar el servicio religioso. • Arreglo previo del lugar, de los instrumentos musicales y del sonido. Se requiere que estén colocados en un lugar específico. • Comportamiento edificante. Es desagradable ver a los miembros del coro que conversan, utilizan el celular o se mueven de su lugar. Algunas advertencias: • Convendrá que los integrantes de coros e instrumentistas tengan en


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Diócesis de Valles

05 de Junio

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cuenta que han de procurar ayudar a la oración y no a la distracción. El estar situados a la vista de todos pone en nuestras manos la posibilidad de edificar o destruir. Hay que evitar afinar los instrumentos en lugar y tiempo inoportuno. La actitud externa puede llegar a evangelizar más que las mismas voces y los instrumentos. Conviene que cada Coro tenga un responsable y que éste tenga la última palabra al momento de elegir lo que se canta, lo cual no impide a los otros ofrecer sugerencias. En caso de inconformidad con el canto y el tono, toda corrección habrá que hacerla en momentos fuera de la celebración, teniendo caridad al hacerse y evitar toda muestra de división. El grupo que ejerce el Ministerio de música tiene que ser fijo y permanente. No hay que aceptar nuevos elemento al momento de la ejecución o aquellos a quienes quieren actuar solos. Hay que cuidar la desproporción entre voz y acompañamiento. No es bueno multiplicar instrumentos si el grupo o la asamblea son pequeños. Hay que cuidar que los panderos, claves, triángulos y todo instrumento de percusión no apaguen el canto. No olviden que nos toca CANTAR LA MISA, que no es lo mismo que cantar en Misa. El Coro siempre tendrá el papel de encontrar siempre nuevas vías y formas, como ha ocurrido siempre en la vida de la Iglesia: ¡Prohibido ser conformistas! “Canten a Señor un canto Nuevo” (Salmo 96,1)

Mons. Roberto Balmori Cintá celebra su XV aniversario Episcopal en la diócesis de Ciudad Valles.


El equipo litúrgico

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Pbro. Lic. Oliverio Juárez López Diócesis de Cuidad Valles

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l equipo de animación litúrgica está al servicio de la asamblea para promover la participación activa, consciente y fructuosa; para hacer que la celebración sea dinámica, bella y digna1. El Concilio Vaticano II, promueve la participación litúrgica y la considera parte integrante y constitutiva de la misma acción litúrgica: “Mucho desea la Madre Iglesia que se lleve a todos los fieles a aquella participación plena, consciente y activa en las celebraciones litúrgicas, que exige la naturaleza de la liturgia misma y a la cual tiene derecho y obligación, en virtud del Bautismo, el pueblo cristiano, linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido” (Sacrosanctum Concilium, n. 14). El texto del Concilio invita a los fieles, en virtud del Bautismo, a tomar parte en la liturgia para ejercer el culto de Cristo mismo. Sin embargo, las acciones litúrgicas deben prepararse, así lo dice la Ordenación General del Misal Romano: “La efectiva preparación de cada celebración litúrgica hágase con ánimo concorde entre todos aquellos a quienes atañe, tanto en lo que toca al rito, como al aspecto pastoral y musical, bajo la dirección del rector de la iglesia, y oído también el parecer de los fieles en lo que a ellos directamente los atañe”2. Aquí es donde entra el equipo de animación litúrgica. Quienes lo integran han de tener espíritu de colaboración y no querer monopolizar los ministerios o servicio de la asamblea; por el contrario,

han de preocuparse de que el pueblo participe y conozca mejor el sentido de la liturgia; han de escuchar la voz e inquietudes de la asamblea3. Ser miembro de un equipo requiere constancia y capacidad, reuniones periódicas y un programa de formación. El equipo de animación litúrgica entra dentro de una dinámica, ya que, la liturgia está compuesta de acciones, mismas que se convierten en lenguaje: verbal o no verbal. Por eso, cuando en la liturgia apenas se balbucean las oraciones que los fieles deben dialogar, falla el sonido y no se oye, no se dice ni siquiera el Amén de las oraciones, los textos son rápidos y pobres…, se pierde el sentido de la celebración. Si lo que se ve no produce armonía, belleza, decoro, dignidad, entonces la liturgia no se aprovecha4. Todo esto requiere de un equipo atento a la animación litúrgica, que prepare antes, durante y después la celebración y tome en cuenta que la liturgia es algo dinámico. El equipo ha de tener presente que la estructura de la celebración depende de una dinámica con varios elementos: lecturas, cantos, oraciones, signos y silencios. La estructura de la liturgia es muy rica en alimento, no basta con acciones, ni basta con palabras, su lenguaje es mucho más rico. Por eso, el equipo de animación ha de tener en cuenta lo siguiente:

• Favorecer la comunicación y participación activa de todos • Elegir en el Misal los textos adecuados para la celebración, tomando en cuenta el tiempo litúrgico y los ciclos (A, B, C). • Formar lectores conscientes de sus ministerios, capacitados técnicamente. • Preparar las moniciones breves y convenientes. • Dar uso adecuado al ambón. • Procurar contrastes que activen la celebración: con sonidos, silencios, palabras, con los instrumentos y el canto, con los movimientos. • Otorgar la importancia debida al silencio para procurar la interiorización. • Apreciar el gesto corporal. • Ambientar el lugar de la celebración. Hacer bella la Iglesia. Arreglo adecuado de flores, luz… • Verificar el buen uso y funcionamiento del sonido; cuidar que el micrófono esté encendido al utilizarse, colocarlo a buena altura. • Respetar las funciones de los diferentes ministerios. Es necesario tener claros los ministerios o servicios en la asamblea y las funciones de cada uno. La del presidente, del diácono, acólito, lector, monitor o comentador, el salmista, el servicio de acogida y de orden, el coro, entre otros servicios. • Procurar la música y el canto. La misa es una fiesta, un “sacrificio de alabanza”.


Diócesis de Zacatecas

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05 de Julio de 2012 Conclusión La liturgia ha de propiciar una celebración digna, para lo cual se necesita trabajo, poner cuidado, esmero y usar una buena dosis de creatividad. La liturgia no ha de ser rígida, ni convertirse en mero ritualismo. Hay cristianos que se oponen a la creatividad. Esta actitud, basada en la inadecuada formación litúrgica, hace del rito “lo más importante”. No se trata de irse al extremo e intentar cambiar todo, lo cual también es malo. La liturgia se compone de dos partes, una inmutable de origen divino y una mutable sujeta a cambios, y por lo mismo necesaria de adaptaciones. O como suelo decir: “circunstancias pastorales”. En toda celebración, hay signos litúrgicos fijos y otros pueden variar. La creatividad es necesaria para encarnar mejor la fe y la adoración de Dios en la fuente de la vida sacramental del pueblo. Concluyendo. Una liturgia bien comprendida nos evoca constantemente que, para actuar, es necesario acudir siempre a Cristo, en él está la fuente para experimentar el impulso que compromete a transformar el mundo. “La liturgia es la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza” (SC 10). Bibliografía Cfr. Sacrosanctum Concilium, nn. 11;14. OGMR 111,73. 3 Cfr. La celebración de la Iglesia, Arquidiócesis de México, PPC, México 2013, 105. 4 Cfr. La celebración de la Iglesia, 106. 1 2

Mons. Sigifredo Noriega Barceló fue nombrado el 15° Obispo de Zacatecas, oremos por el 4° aniversario de su nombramiento como Pastor de nuestra hermana Diócesis de Zacatecas.

Diócesis de Matehuala

29 de Julio Diócesis de Matehuala es sede del encuentro de Provincia de Tarsicios e Inesitas en la Santa Iglesia Catedral, participando en la peregrinación, vigilia y convivio de los niños y niñas adoradores.

31 de Julio de 1997 Diócesis de Matehuala celebra su vigésimo aniversario de la consumación de la bula Officium apostolicum de santidad Juan Pablo II.


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spiritualidad del tiempo ordinario

Hna. Lic. María Guadalupe Puente Cuevas Misionera de Jesús Hostia La espiritualidad de cada tiempo litúrgico tiene una tonalidad propia, siempre partiendo de la unicidad celebrativa de la Pascua, buscando la totalidad en la simplicidad del misterio, es decir el «todo en el fragmento»: Adviento: una espiritualidad escatológica; Navidad: una espiritualidad esponsal; Epifanía: una espiritualidad real; Cuaresma: una espiritualidad de la conversión y de la penitencia; Triduo Pascual: imitar sacramentalmente el misterio pascual de Cristo; Pascua: una espiritualidad pneumatológica y el tiempo Ordinario: el ritmo sosegado del año litúrgico.

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l tiempo ordinario son 33 ó 34 semanas que se sitúan después de la fiesta del Bautismo del Señor y siguen a la solemnidad de Pentecostés. No tiene como objeto la celebración particular de un misterio preciso de la vida de Cristo, sino la totalidad del misterio visto más en su conjunto que en algún misterio particular. El Prefacio IV del Tiempo Ordinario lo expresa muy claramente: “Porque naciendo (Cristo), restauró nuestra naturaleza caída; padeciendo en la cruz borró nuestros pecados; resucitando de entre los muertos, nos proporcionó el acceso a la vida eterna, y ascendiendo hasta ti, Padre, nos abrió las puertas del Reino de los cielos”. En el tiempo ordinario, celebramos el misterio de Cristo en su plenitud.

Las grandes pautas de la espiritualidad del tiempo ordinario están marcadas por el doble leccionario ferial: el leccionario de la Eucaristía y el leccionario bíblico bienal del oficio de lecturas al que se añade otro leccionario bíblico patrístico. Las ferias del tiempo ordinario tienen una distribución propia de lecturas en un ciclo de dos años, pero el Evangelio es siempre el mismo, por lo que es la primera lectura la que ofrece un ciclo distinto para cada año. Los evangelios diarios están divididos de esta forma: 1. El evangelio de Marcos, desde la semana I a la IX 2. El evangelio de Mateo, desde la semana X a la XXI 3. El evangelio de Lucas desde la semana XXII a la XXXIV El evangelio de Juan, se lee durante el tiempo pascual. Así pues, en la Palabra de Dios vemos a Jesús ya maduro, responsable ante la misión que le ha encomendado su Padre. Le vemos ir y venir, anunciar y

predicar, sanar y salvar, denunciar y exigir, acoger y enseñar, orar y buscar el silencio, bendecir y perdonar. Le vemos cumplir con gozo la voluntad del Padre. El “tiempo ordinario” es el tiempo para crecer. El que no crece, se estanca, se enferma y muere. Es el tiempo para crecer en nuestra vida cotidiana: como hijos, como compañeros y amigos, como estudiantes y trabajadores, como padres, como esposos, como abuelos, como sacerdotes y consagrados. Crecer en nuestras relaciones interpersonales desde nuestra fe y desde la vida de Jesús. Crecer también desde nuestros fracasos, desde nuestros dolores y sufrimientos. Es el tiempo de ejercer las virtudes que ayudan a nuestra vida. Es la oportunidad para encontrar a Dios en los acontecimientos de cada día guiados por la palabra y la vida de Jesús. Es tiempo de salvación, tiempo de gracia, tiempo propicio para el encuentro con Dios y la presencia de Dios en nuestra vida cotidiana. Es


10 caminar de la mano y a la luz de Jesús de Nazaret, de su vida y de su mensaje, de sus dichos y de sus hechos. La oración, la lectura de la Palabra, la reflexión, nos van a ir mostrando, señalando y fortaleciendo en nuestro cotidiano caminar. Desde la vida de Jesús iluminamos nuestra propia vida y le damos sentido, orientación y plenitud. Las parábolas, las comparaciones, las metáforas, son recursos que Jesús utiliza para mostrarnos el sentido de su anuncio: “Conviértanse, está cerca el Reino de Dios”. Y le acompañan los signos de salvación y liberación para que el ser humano recupere su dignidad de Hijo de Dios y hermano de los hombres. Ver a Jesús. Mirarle. Contemplarle. Escucharle. Seguirle. Es la luz del mundo, el camino, la verdad y la vida, es el verbo hecho carne, la Palabra que salta a la vida eterna. Nos dice la verdad sobre Dios y la verdad sobre el hombre. Mirarle, escucharle, seguirle. Es la respuesta a nuestras preguntas e interrogantes. La respuesta de Dios. El espíritu del “tiempo ordinario” queda

descrito magistralmente en el prefacio VI dominical de la misa: “en ti vivimos, nos movemos y existimos y todavía peregrinos en este mundo no sólo experimentamos las pruebas cotidianas de tu amor, sino que poseemos ya en prenda la vida futura, pues esperamos gozar de la Pascua eterna, porque tenemos las primicias del Espíritu por el que resucitaste a Jesús de entre los muertos”. Así, el tiempo ordinario, vivido como tiempo de gracia, en el ritmo de santificación y culto de la liturgia, da a toda la vida de la Iglesia esta oportunidad de ser una celebración del misterio de Jesús en su vida ordinaria, tanto en su misteriosa vida oculta como en su vida pública, que constituyen el principio del culto nuevo; y ser a la vez una mistagogía, experiencia espiritual de la Iglesia, que valoriza su vida cotidiana. La Virgen María es modelo de la perseverancia de la Iglesia, de la valoración del cotidiano en una tensión espiritual que se renueva. La experiencia de la Virgen en el misterio de Cristo no es sólo la de los grandes momentos de su protagonismo (Anunciación, Visitación, Navidad, Crucifixión, Pentecostés), sino la de los momentos ordinarios que han precedido a estos acontecimientos o los han seguido, desde la preparación del misterio de la Encarnación, hasta la larga jornada de Nazaret durante los años de la vida oculta, a la misteriosa participación en los meses de la vida pública de Jesús, el largo período de vida con la comunidad primitiva de Jerusalén, de la cual no tenemos testimonio explícito.

Vivamos con gran intensidad la espiritualidad propia del tiempo ordinario, alimentemos nuestra vida cristiana sobre todo con la Palabra de Dios y la Eucaristía, hagamos nuestro el prefacio X del tiempo ordinario: “Hoy, tu familia, reunida en la escucha de tu Palabra, y en la Comunión del Pan único y partido, celebra el memorial del Señor resucitado, anhelando el domingo sin ocaso en el que la humanidad entera entrará en tu descanso. Entonces podremos contemplar tu rostro y alabaremos por siempre tu misericordia.


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“Celebremos la fiesta” Sr. Obispo Dn. Mario De Gasperín Gasperín Obispo Emérito de Querétaro

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Guía Pastoral para la digna y provechosa celebración de las fiestas patronales

. INTRODUCCIÓN

1. Las fiestas patronales son acontecimientos que marcan en lo hondo y por mucho tiempo la vida religiosa de una parroquia, de una comunidad católica y de cada uno de los participantes. Casi podemos decir que, apenas termina una fiesta, ya se inicia la preparación de la siguiente. La fiesta patronal afecta, de distintas maneras, a todos los miembros de la comunidad, aún a los no creyentes; posee, como dice el documento de Puebla, la capacidad para congregar multitudes (No. 449). Es un hecho socio-religioso que se impone a todos y que es necesario atender con solicitud pastoral. 2. Dentro de esta compleja realidad, es natural que a quien atañe de manera particular es al sacerdote, en especial al párroco o al rector del templo, y a todo el personal que colabora

con él preparando, celebrando y recogiendo los frutos y consecuencias de la celebración. Por su origen religioso y por su alto valor cultural y festivo, la fiesta patronal debe ser un acontecimiento evangelizador. Jesús anunció la salvación de Dios como un banquete de bodas o como una fiesta del Padre por haber recobrado al hijo perdido. Él mismo iba cada año con sus padres a Jerusalén a la fiesta (cf Lc. 2, 41), participaba activamente en las celebraciones religiosas de su pueblo y hacía de cada una de ellas un acontecimiento revelador del misterio de su salvación; esto llegó a tal grado que su ausencia se convertía en motivo de expectación:¿Qué les parece?¿ Vendrá a la fiesta? (Jn 11, 56), se preguntaban sus paisanos. La presencia de Jesús es indispensable para celebrar la fiesta cristiana. 3. Las presente Guía Pastoral quiere ser una ayuda práctica para los hermanos presbíteros, que tienen la responsabilidad de celebrar dignamente los misterios de la vida del Señor Jesucristo juntamente con el pueblo de Dios encomendado a su cuidado pastoral, e ir logrando, a través de este acontecimiento evangelizador, que el mismo Señor sea conocido, amado y celebrado con todo el esplendor que su santa Esposa, la Iglesia, desea honrarlo. En estas celebraciones de piedad popular nuestro pueblo creyente busca respuestas, desde su fe, a las grandes interrogantes de la existencia (cf Puebla, 448). Esta es parte de la sabiduría cristiana

que recibe gracias a su fe, y que lo hace descubrir y experimentar la presencia salvadora de Dios mediante la santa Iglesia, la Virgen Santísima y sus Santos. Esto lo hace con un lenguaje total que supera los racionalismos (No. 454), y que debemos de saber leer e interpretar para darle respuesta con sabiduría pastoral. 4. Muchas son también las deficiencias que hay que corregir y los límites que hay que superar. Una fe no suficientemente ilustrada degenera con facilidad en vana credulidad, en actitudes fetichistas y hasta en expresiones idolátricas, acompañadas de sectarismos y manipulaciones religiosas y sociales. En este contexto de ignorancia y de inercia religiosa es muy difícil, casi imposible, lograr que las expresiones religiosas se transformen en una vida digna, en relaciones comunitarias sanas que propicien el equilibrio y el progreso social. 5. En este complejo y fascinante universo, los señores sacerdotes sabrán hacerse acompañar y ayudar de los fieles laicos, que generosamente suelen colaborar para la realización de las fiestas parroquiales; por esta razón algunas indicaciones también se refieren a ellos y, por medio de ellos, se harán llegar, de la mejor manera posible, a todos los actores externos a la organización propiamente eclesial


12 de la fiesta, pero cuya actitud llega a afectarla de manera importante tanto para bien como para mal. Cada fiesta patronal debe ser un nuevo impulso desde la fe para reforzar la convivencia fraterna, incrementar la solidaridad y lograr condiciones de vida más humanas y más cristianas. II. NATURALEZA DE LA FIESTA PATRONAL 6. Celebrar todo el misterio de Cristo, desde la encarnación y la Navidad hasta la Ascensión, Pentecostés y la expectativa de la dichosa esperanza y venida del Señor (SC 102), incluyéndola especial veneración de la Virgen María y el recuerdo e intercesión de los Santos (Ibid. 103104), es un sagrado deber de la Iglesia y, en particular, de cada parroquia y de toda comunidad cristiana. 7. Las celebraciones de la Virgen Santísima y de los Santos no deben opacar, sino hacer resaltar la fuerza salvífica del misterio pascual de Cristo, que se actualiza y celebra de manera singular el domingo, día del Señor, día de la asamblea eucarística, día de descanso, día de la caridad y octavo día, que anticipa hoy y celebra la venida gloriosa del Señor Jesucristo. (Cf. SC 106). El domingo debe conservar su primacía como pascua semanal. 8. La cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde dimana toda su fuerza (SC 10) es la sagrada Liturgia; pero ella no abarca toda la vida espiritual(Ibid. 12), sino que ésta se alimenta también de los ejercicios piadosos del pueblo cristiano, los cuales deben organizarse de modo que vayan de acuerdo con la sagrada liturgia, en cierto modo deriven de ella y a ella conduzcan al pueblo, ya que la liturgia, por su naturaleza, está muy por encima de ellos (Ibid. 13). 9. Las fiestas patronales de las parroquias y de las comunidades cristianas se enmarcan en esta dinámica celebrativa, y deben regirse

por estos sabios principios del magisterio eclesiástico, como afirma el Papa Juan Pablo II: La piedad popular no debe ser ignorada ni tratada con indiferencia o desprecio, porque es rica en valores, y ya de por sí expresa una actitud religiosa ante Dios; pero tiene necesidad de ser continuamente evangelizada, para que la fe que expresa, llegue a ser un acto cada vez más maduro y auténtico. Tanto los ejercicios de piedad del pueblo cristiano, como otras formas de devoción, son acogidas y recomendadas, siempre

la asistencia y participación de toda la comunidad. Los textos litúrgicos deben tomarse de la fiesta del Santo Patrono y hacerse tres lecturas en todas las misas. 11. En resumen: a. Las fiestas patronales expresan la riqueza de la piedad popular; b. En las fiestas patronales la primacía corresponde a las celebraciones litúrgicas, y éstas no deben mezclarse con actos de piedad popular. c. Las expresiones de la piedad popular deben cultivarse e irse purificando, de modo que expresen cada vez con mayor madurez y autenticidad la fe de la Iglesia; d. La auténtica piedad popular es un vehículo precioso de evangelización y facilita la inculturación de la Liturgia. e. La fiesta patronal es la celebración del misterio pascual de Cristo cumplido en sus miembros. III. SENTIDO TEOLÓGICO DE LA FIESTA CRISTIANA

que no substituyan y no se mezclen con las celebraciones litúrgicas. Una auténtica pastoral litúrgica sabrá apoyarse en las riquezas de la piedad popular, purificarla y orientarla a la Liturgia, como una ofrenda de los pueblos (Vicesimus Quintus annus, No. 18). 10. Desde el punto de vista litúrgico, la fiesta patronal tiene el grado de Solemnidad y, por tanto, debe celebrarse con el mayor esplendor posible. Es, en realidad, la Pascua del Pueblo, es decir, el misterio pascual de Cristo cumplido en sus miembros, los Santos. El párroco debe hacer hincapié en este sentido pascual y procurar

12. La finalidad pastoral del culto a los Santos es la glorificación de Dios, Uno y Trino, admirable en sus Santos, y el compromiso de llevar una vida conforme a la enseñanza y ejemplo de Cristo, de cuyo cuerpo místico los Santos son miembros eminentes (Directorio sobre la Piedad Popular y la Liturgia, No. 231). Es necesario, para esto, que se presente en su justa dimensión la vida del Santo, evitando los elementos legendarios o atribuyendo ciertas especialidades a determinado Santo, como sería el encontrar objetos perdidos, conseguir pareja o librarse de la maledicencia. 13. El Directorio sobre la Piedad popular y la Liturgia describe acertadamente el sentido de la fiesta patronal, cuando dice: El día del Santo tiene un gran valor antropológico: es día de fiesta. Y la fiesta, como es sabido, responde a una necesidad vital del hombre, hunde sus raíces en la aspiración vital a la trascendencia. A través de las manifestaciones de alegría y de júbilo, la fiesta es una afirmación del valor


13 de la vida y de la creación. En cuanto interrumpe la monotonía de lo cotidiano, de las formas convencionales, del sometimiento a la necesidad de la ganancia, la fiesta es la expresión de libertad integral, de tensión hacia la felicidad plena, de exaltación de la pura gratuidad. En cuanto testimonio cultural, destaca el genio cultural de un pueblo, sus valores característicos, las expresiones más auténticas de su folklore. En cuanto momento de socialización, la fiesta es una ocasión de acrecentar las relaciones familiares y de abrirse a nuevas relaciones comunitarias” (No. 232). 14. De esta descripción podemos colegir la riqueza del significado de la fiesta cristiana y el papel fundamental que desempeña en la educación de un pueblo y, en particular, en la inculturación de la fe. Debe dársele una especial atención pastoral, pues, cuando la fiesta se desvirtúa porque un individuo o un grupo se desvían de su verdadero sentido antropológico y religioso, entonces de convierte en ocasión propicia de supersticiones, de explotación o de manipulación. La fiesta, ante todo, dice el Directorio, es la participación del hombre en el dominio de Dios sobre la creación y sobre su reposo activo, no ocio estéril; es manifestación de una alegría sencilla y comunicativa, no sed desmesurada de placer egoísta; es expresión de verdadera libertad, no búsqueda de formas de diversión ambiguas, que dan lugar a nuevas y sutiles formas de esclavitud. Se puede afirmar con seguridad: la trasgresión de la norma ética no sólo contradice la ley del Señor, sino que daña la base antropológica de la fiesta (No. 233). 15. Característica y elemento esencial de la fiesta es la interacción y la participación de las personas, de modo que se establecen relaciones sociales, amistosas y fraternas con el saludo personal y el contacto familiar. Todos tienen la posibilidad de ser actores y no meros espectadores, y así se crean y se refuerzan los lazos de la sociabilidad. La diferencia y el contraste

con los llamados espectáculos es notable. En el espectáculo todos miran y quizá admiran un objeto, el balón o el toro por ejemplo, o a un actor, el boxeador, o quizá a un grupo de actores; éstos son los protagonistas y siempre serán unos pocos, incluidas las bestias. El pueblo no participa sino que es espectador, y fácilmente se convierte en masa. Se limita a mirar y a expresar sus sentimientos y pasiones de manera muchas veces compulsiva y hasta violenta. El resultado es la diversión, no la sociabilidad; el sentimiento de superioridad o de derrota y, no pocas veces, el enfrentamiento. La fiesta es re-creación, es decir, reanima y revitaliza al hombre, mientras que el espectáculo es di-versión, dispersa y disipa a la persona. IV. LOS PRINCIPALES ACTORES DE LAS FIESTAS PATRONALES l) Actores eclesiales 16. El párroco. El señor cura o, en su caso, el rector del templo, es el responsable primero y principal de la fiesta patronal; lo hace personalmente o por medio del padre vicario parroquial. A él se le debe tomar en cuenta para todas las decisiones que tengan que ver con las celebraciones litúrgicas, con los actos de piedad popular y con la administración de los bienes de la comunidad. En el plan pastoral de la parroquia deben calendarizarse las fiestas patronales, con sus tiempos de preparación adecuados: triduos, novenas, pláticas pre-sacramentales, semanas bíblicas y confesiones, de modo que puedan celebrarse con tranquilidad y provecho espiritual para todos. Tenga presente el párroco que los encargados o las autoridades civiles contratan con mucha anticipación a

los castilleros, músicos y galleros para llegar con ellos oportunamente a un acuerdo y evitar abusos. 17. El consejo parroquial. Los miembros del consejo parroquial, además de cumplir con su cometido principal de aconsejar al párroco, deben brindarle su apoyo en lo que se refiere a las relaciones con las autoridades civiles, con los organizadores de la fiesta profana y con los mayordomos, para hacerles entender el significado religioso de la celebración y cuidar que ésta no degenere en fiesta pagana. El párroco y el consejo de pastoral, conscientes de que la fiesta es vértice y fuente de vida para los fieles de la parroquia, deben de cuidar con esmero su preparación, su realización, evaluar los resultados y proyectar los logros para crecimiento espiritual de todos. La evaluación es siempre necesaria, pues sin ella, se cae fácilmente en la rutina, se repiten los errores y no se aprovechan los logros. 18. Pastoral profética y catequistas. Al equipo de catequistas corresponde, bajo la guía del párroco, preparar con tiempo a las personas que van a recibir los sacramentos del bautizo, de la confirmación, de la primera comunión o del matrimonio. Para una provechosa celebración es necesario cuidar el orden, el uso correcto de


14 los símbolos religiosos: vela, libro o rosario y la participación ordenada de la comunidad. En las primeras comuniones se reservará para los niños un lugar cómodo y un espacio apropiado para los padrinos a fin de que puedan cumplir con su función. La presencia de las hermanas Religiosas es muy apreciada, pues suelen contribuir de manera significativa a la preparación y a la celebración de la fiesta. Una fiesta patronal sin una catequesis amplia y profunda corre el riesgo de perder su fruto espiritual. 19. Pastoral litúrgica. Al equipo de liturgia le corresponde preparar todo lo referente a la celebración: acólitos, altar, ajuar litúrgico, flores y adornos. Todos deben ensayar con anticipación sus movimientos. Deben cuidar que los lectores escojan y preparen bien las lecturas de la misa, que los ministros extraordinarios de la comunión estén disponibles y correctamente vestidos, que los ornamentos y manteles se encuentren limpios y bien colocados. Si la misa se celebra en el atrio, no se permitirá la presencia de vendedores y deberá cuidarse que el acceso al altar sea seguro, que los floreros y las imágenes (no debe faltar el crucifijo y el Santo patrono) estén fijos y que el entorno sea de respeto y favorezca la devoción. Nunca debe faltar el incienso y el altar debe quedar libre para la incensación a su alrededor. Cuando se celebra un sacramento después de

misa, por ejemplo las confirmaciones, deben cuidar el orden y hacer callar la música y los cohetes mientras dure la celebración. 20. El coro. Los cantores desempeñan un ministerio litúrgico: no sólo cantan en la misa sino que cantan la misa. No van de adorno para lucirse, sino para prestar un servicio a fin de que la asamblea alabe al Señor. Deben, pues, escoger los cantos apropiados a la celebración litúrgica, es decir, que su letra exprese el misterio que se celebra y evitar, lo más posible, los cantos sentimentales (El puente, el pescador, eres muy especial etcétera). Siempre es necesario el ensayo con la comunidad, para que ésta participe. El salmista es distinto del lector, debe ensayar con el pueblo el verso responsorial, marcar en su lugar correcto la pausa del verso y la terminación de la estrofa, para que la comunidad pueda responder con el estribillo. No debe decir en cada estrofa: ¡canten todos!, porque es molesto, entorpece la respuesta y quita seguridad a la comunidad. Deben comportarse con orden y dignidad. 21. Pastoral social y cáritas. A la pastoral social y a su equipo de cáritas, le corresponde organizar, dentro del novenario, la Eucaristía y el Sacramento de la Unción de los Enfermos. No debería de faltar, en esta ocasión, también alguna ayuda específica para los enfermos: medicinas, consulta médica, despensa o algún otro signo de caridad fraterna, para que también ellos participen del gozo de la comunidad. 22. Los sacerdotes. Siempre es agradable la presencia de los presbíteros del decanato en las fiestas de los vecinos y amigos. Es un testimonio de fraternidad sacerdotal que el pueblo aprecia y agradece, sobre todo si ofrecen su servicio en las

confesiones. Los presbíteros debemos de ser conscientes que una ayuda de un hermano es siempre bienvenida y difícilmente sustituible. 23. El señor obispo. Si asiste el señor obispo, debe hacerse un recibimiento sencillo, con cantos apropiados y con orden. Es conveniente que el párroco encabece la recepción; así enseñará a los fieles el respeto debido a su pastor y evitará que grupos particulares lo detengan donde a cada uno le parece bien. Debe tenerse en cuenta que la presencia del señor obispo no es decorativa. El significado de su persona y de su ministerio es ser centro y signo de comunión eclesial; hace presente a la Iglesia apostólica y, por su comunión con el Papa, visibiliza la dimensión universal y católica de la Iglesia. El pueblo gusta de este recibimiento y de la entrada con música, aclamaciones y cantos, pero se evitarán las entradas triunfales, las caminatas largas y se cuidará el tipo de personas que lo acompañan de cerca. Si asisten las autoridades civiles, deberán ser presentadas por su nombre y cargo al señor obispo, para que las salude como corresponde a su papel en la comunidad. Puede también ser ocasión propicia para el arreglo y aseo del pueblo, e invitar a tomar conciencia de la necesidad de tener un pueblo limpio y ordenado, pues lo ordinario es que se viva en la insalubridad. 2) Los Actores religiosos externos 24. Los organizadores. Siempre hay un grupo de personas: comité, mayordomos, fiscales, encargados etcétera, que organizan y promueven todo lo referente a los festejos populares: permisos, cooperación económica, banda, conjunto musical, puestos, juegos mecánicos, castillo, cohetes, reinas, baile, jaripeo, venta de cerveza y licores etcétera. Es éste un mundo complejo y ambiguo, desde el punto de vista de la fe cristiana, que necesita atención, especialmente catequesis y purificación. Es preciso que el señor cura establezca con tiempo con todos esos grupos


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una relación estrecha, para señalar límites y competencias, y que separe cuidadosamente lo religioso de lo profano y muchas veces hasta de lo escandaloso. 25. Las autoridades civiles. Detrás de todos los organizadores está la autoridad civil que da permisos, aprueba, promueve, cobra impuestos y obtiene ganancias. Habrá que cuidar que no se pierda el carácter religioso de la celebración, que no se invada el atrio, que es parte integrante del templo y, por tanto, lugar sagrado. El atrio no se puede profanar con bailes y locales comerciales, fritangas y licoreras. Es necesario exigir el respeto debido a los lugares sagrados para que la fiesta sea verdaderamente un tiempo de recreación y de esparcimiento sano para las familias; las personas vienen buscando acercarse a Dios para implorar su bendición, y para encontrarse con sus parientes y amigos y disfrutar de su compañía. Habrá que advertir a las autoridades civiles su deber de facilitar este encuentro, de preservar la moral pública y el orden social, y de defender a los incautos de comerciantes voraces, de estafadores profesionales y de ladronzuelos, y no permitir la extorsión que algunas veces proviene de los mismos guardianes del orden. El párroco debe advertir y, en su caso, denunciar estos abusos y hacerse ayudar por los miembros del consejo pastoral y por los encargados de los movimientos y asociaciones parroquiales, así como de los católicos sinceros para encontrar el remedio. Los abusos no sólo no deben permitirse, sino que es obligación pastoral el prevenirlos e irlos eliminando con prudencia pero con firmeza. Nunca una fiesta religiosa cristiana puede convertirse en ocasión de explotación y de vicio. La autoridad civil tiene el grave deber de promover todo lo que es honesto, conveniente y justo para

una convivencia serena y ordenada del pueblo. Si esto no fuera posible, quizá convendría ir pensando en otro lugar y fecha de la celebración propiamente religiosa, previa la advertencia y la catequesis. Debe también la autoridad vigilar que las celebraciones litúrgicas y religiosas no sean interrumpidas y obstruidas por la música, los anuncios comerciales o por desórdenes callejeros. 26. Los danzantes: concheros, matlachines y tenanches. Es muy frecuente que grupos de danzantes se hagan presentes en las celebraciones religiosas con un fervor y una perseverancia a veces difícil de comprender. Sabemos por las crónicas de los misioneros que el danzar era para los indígenas una forma privilegiada y excelsa de adorar a Dios, la oración total, que se iniciaba con un ligero levantamiento de la rodilla, indicando el primer paso para el encuentro con la divinidad y seguía el movimiento de todo el cuerpo. Algunas veces las danzas fueron permitidas, otras toleradas y otras prohibidas, según las épocas y su significado o su interpretación. Muchas ciertamente fueron bautizadas e inculturadas, como la de moros y cristianos. Este es un tema de suma importancia y que algunos quieren ver, al menos insinuado, en la misma imagen de la Virgen de Guadalupe. Habría, pues, que atender cuidadosamente a este sentido profundamente religioso de las danzas indígenas, para incorporarlas debidamente a la fiesta religiosa cristiana, comenzando por el aseo y por el correcto y digno vestuario de los danzantes. Los llamados schitales, aunque ciertamente de origen indígena, no parecen tener este sentido religioso sino más bien festivo, picaresco y a veces francamente grosero, pues va desde divertir y asustar a los niños hasta hacer fechorías. Otras danzas

son de origen guerrero o venatorio y de más difícil incorporación a la celebración propiamente religiosa, pero que merecen la atención para evitar posibles desmanes. 27. Los alberos y comisarios. Habrá que brindar especial atención a los alberos, cuyo cometido principal es promover y organizar las peregrinaciones y obtener fondos económicos o pólvora para la fiesta. Son como los portavoces o pregoneros del Santo y lo deben de ser del párroco, al cual deberán rendir cuentas de su administración, y recibir también el debido reconocimiento durante la celebración. No es raro que pasen meses enteros de pueblo en pueblo, viviendo de lo que reciben de las familias visitadas a quienes comprometen para la fiesta, con distintos géneros de presiones, no faltando a veces las amenazas de parte del Santo. De promotores de la devoción pueden degenerar en instrumentos de explotación. Recordemos que, para llevar imágenes y promover su fiesta patronal en otras parroquias, se requiere el permiso escrito del párroco propio y la aceptación del visitado. 28. Los colectores. Es necesario separar el aspecto profano y lucrativo de la fiesta de su aspecto sagrado, pero no puede olvidarse su origen y carácter religioso. Es, en último término, la Iglesia, es decir, la comunidad creyente la que hace la fiesta y debe también beneficiarse de las ayudas de los fieles para mejorar sus servicios. El párroco debe de estar enterado del manejo de los dineros y nunca ser considerado como funcionario, a


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quien simplemente se le retribuyen sus servicios. Esto es un abuso que no se debe tolerar. Con esa participación económica deben mejorarse el templo, las instalaciones parroquiales y el ajuar litúrgico: cálices, ornamentos, misal, sonido etcétera, y procurar que quede algo significativo para la catequesis y para el sostenimiento del Seminario. La colecta de las celebraciones litúrgicas es la ofrenda de los fieles para el sacrificio, y su administración corresponde exclusivamente al sacerdote. 3) Los Actores no Religiosos 29. Juegos mecánicos y comerciantes. Los juegos mecánicos y comerciantes nunca faltan en las fiestas y contribuyen de alguna manera a la alegría e intercambio de la comunidad. Es lamentable que, por los abusos, se conviertan con frecuencia en grave problema social a causa del ruido, de la invasión de los espacios públicos y de la manipulación de las personas. Lo conveniente sería que fueran ubicados en zonas apropiadas, donde no interfirieran con el libre tránsito de las personas –éstas son siempre las más importantes- y no perturbaran las celebraciones litúrgicas. Habrá que hablar con los responsables, señalarles los horarios de las misas y exigir respeto. Es lamentable que

esas personas raramente participan del sentido religioso y espiritual de la fiesta, y sólo se dedican a comerciar y negociar. Sería conveniente tener con ellos algún encuentro y hacerles alguna invitación a participar también como creyentes. Las condiciones morales e higiénicas en que operan son muchas veces lamentables y dejan al pueblo convertido en un basurero. 30. Otros personajes. A las festividades patronales suelen asistir personas que no viven en la comunidad, pero que gustan de participar en la fiesta para reconocer sus orígenes y saludar a sus familiares, conocidos y amigos. Estos visitantes o participantes ocasionales son bienvenidos. Entre ellos se cuentan los migrantes, gente de la política para apadrinar un ahijado o para ser vistos y algunos benefactores de la comunidad, que suelen contribuir para la celebración con flores, cohetes, música o donativos económicos. Habrá que dar a todos un buen trato, cuidando que no acaparen demasiado la atención por su influencia social o económica. A los migrantes se les debe dar una acogida calurosa, y cuando vienen a celebrar algún acto religioso familiar: bautizo, primera comunión o matrimonio, el párroco debe prevenirse para ofrecerles la preparación conveniente para dichos sacramentos. Algunas veces la presencia de los migrantes suele ser ruidosa (arrancones, bocinazos y hasta balazos) o aparatosa (lucir la chamarra, las botas, los anillos o los aretes). Esta conducta desproporcionada es fruto de experiencias antisociales que han vivido, y debe buscarse la manera de educar su comportamiento social. Las reinas y princesas son jovencitas que contribuyen de buena voluntad a la prestancia de la fiesta y trabajan para recabar fondos. Generalmente van a recibir al señor Obispo, asisten a misa

y participan en la comida de honor. Habrá que brindarles el lugar y respeto que merecen, y cuidar su participación discreta y digna en la liturgia y en la fiesta. 4) Los Actores menos gratos 31. Personajes menos gratos. Hacen su aparición en las fiestas patronales otros personajes menos deseados por el desorden que propician en la comunidad. A este grupo pertenecen, entre otros, los cerveceros, cantineros, galleros y jugadores de juegos de azar. Estas personas se convierten en una verdadera calamidad social por el daño que provocan: pleitos, despilfarros, prostitución y todo tipo de desmanes. Los promotores de estos desórdenes suelen ser personajes influyentes a causa del dinero que manejan o de las propinas que ofrecen para poder operar libremente. Compran, por ejemplo, el palenque y las autoridades les dejan las manos libres para actuar. Esto es un abuso. Durante la fiesta no debe descuidarse el respeto a la creación, a la conservación del medio ambiente y el no maltrato a los animales, lo mismo que la salud pública y la higiene. Los actos de crueldad contra los animales (peleas de gallos, descabezamiento de aves, lidia de toros etcétera) revelan un espíritu contrario al sentir cristiano de respeto por la obra de Dios, y deben ir desapareciendo de entre los católicos. Las autoridades civiles responsables de la fiesta, deben saber que hacen un mal muy grande a las familias y a la comunidad al no cumplir con su deber de propiciar el orden, la moral pública y el sano esparcimiento comunitario y familiar: La trasgresión de la norma ética no sólo contradice la ley del Señor, sino que daña la base antropológica de la fiesta, dice el Directorio (No. 233). Si la autoridad civil no sólo no corrige sino que hasta propicia estos desmanes, al incumplimiento de su deber añade su contribución al deterioro moral o social del pueblo. En último término la autoridad civil es la responsable de la violencia que se genera en la fiesta por falta de precaución y de disciplina.


17 32. El baile. El baile es un acontecimiento socio-cultural de importancia en la comunidad, que difícilmente se perdona. Los bailes de los pueblos y comunidades rurales poco o nada conservan del cortejo antiguo y remarcan mucho lo erótico con ritmos violentos y sonido ensordecedor. Deben considerarse como un momento desinhibidor de tensiones y pasiones que se aprovecha para conquistas amorosas, ajuste de cuentas o lucimiento de la indumentaria o del vehículo. Implica generalmente grandes sacrificios para asistir y se gastan sumas considerables en orquestas, bebidas y apuestas. Es, en resumen, un acontecimiento ambiguo, que fácilmente degenera en violencia, incompatible con el espíritu de la fiesta cristiana. Los locales donde se tienen suelen llamarse “auditorios”, verdaderas salas de tormento para los vecinos que necesitan descansar. ¿De dónde piensa la autoridad que tiene facultades para extender permisos que violentan el derecho ajeno, el derecho al descanso? La autoridad civil debe cuidar el respeto al derecho ajeno para lograr la paz social.

V. LOS SIGNOS DE LA FIESTA 33. Signos de la Fiesta. Somos un pueblo que ama los signos y los símbolos y que gusta de los ritos; el lenguaje ritual y la expresión gestual es algo que facilita la comunicación y que solemos apreciar. El mensaje guadalupano nos fue trasmitido con flores y cantos y así se hizo cultura nacional. Es, pues, cosa de mucho atender todo lo que se refiere a los signos de la fiesta, sobre todo los litúrgicos. Enumeraremos algunos signos muy apreciados por el pueblo cristiano: 33. l. Signos naturales: 1. Las flores expresan no sólo la belleza, sino la verdad del corazón, lo agradable y lo que nos asemeja a Dios, la gratitud; manifiestan también lo que perdura, a pesar de lo efímero de la existencia, es decir, la vida trascendente y duradera. Por eso, las flores son un elemento esencial a la expresión religiosa popular. Si bien es aconsejable no caer en el despilfarro, debemos entender y respetar este significado profundo que tienen las flores para nuestro pueblo creyente; deberá, eso sí, cuidarse la estética del altar, evitar el amontonamiento de flores y, por supuesto, eliminar las flores de plástico, expresión de una cultura utilitaria y ajena. Las flores de plástico no tienen cabida en el altar. 2. La música, al igual que las flores, significa la belleza trascendente y el don total, acompañada a veces con el baile sagrado. Es particularmente apreciada la música de viento y, desde luego, preferible a los conjuntos ruidosos y altaneros con ritmos agresivos de la época actual. Mientras que las bandas de viento podrían tolerarse en el atrio, siempre y cuando no interrumpan las celebraciones religiosas, los conjuntos musicales modernos no deben nunca permitirse en los espacios sagrados, mucho menos si se continúa con el baile. La pastoral de la cultura debe promover en las parroquias y en las comunidades la formación de bandas musicales y coros, dada la aptitud

y gusto de nuestro pueblo por este noble arte. No debemos olvidar que fue la Iglesia la que enseñó este arte y el canto al pueblo mexicano. 3. Los cohetes y el castillo son grandemente apreciados por el pueblo, y aunque suelen ser fuente de conflictos tanto por su peligrosidad como por el costo económico que significan, son elementos indispensables en toda fiesta popular. Para comprender su significado quizá haya que recurrir al subconsciente colectivo reprimido que aflora y busca desahogarse, como han hecho algunos analistas de la personalidad del mexicano; aunque, desde el punto de vista religioso, quizá tengamos que insistir en la expresión desbordante de la gratuidad, de lo efímero y de lo trascendente: Se elevan hacia Dios, estallan como el trueno que anuncia la lluvia, bendición del Señor. En todo caso, habrá que cuidar su manejo y su empleo moderado. Es lucha inútil y quizá indebida pugnar por su supresión. Son las leyes civiles las encargadas y responsables de reglamentar su uso. Ciertamente constituye un abuso su estallido durante toda la noche, sobre todo en las ciudades donde el horario de trabajo es más exigente que en el campo. 4. La luz. El simbolismo de la luz está unida al día, al sol y a Dios: Dios es luz, dice san Juan. Por tanto dice referencia al bien, a las buenas obras y a la salvación: la luz eterna. Expresión privilegiada es la cera que se usa en forma de cirio como ofrenda, labrada como adorno, como vela en los sacramentos y para los difuntos, o como humilde veladora para las mandas y en el hogar. Debe, por tanto, dársele en el templo un lugar y uso apropiado dentro de las celebraciones litúrgicas y en las manifestaciones populares de fe. Desde luego que es indispensable que el templo esté profusamente iluminado durante la celebración de la misa del Santo Patrono, y aquí expresamos nuestro malestar porque muchas veces los comerciantes, al colgarse del alumbrado público, dejan sin luz y sin


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sonido al templo parroquial. Este es un abuso y, a veces, un desfalco a la nación que no se debe tolerar. 33.2. Signos religiosos: 5. Imágenes y estandartes. Las cofradías o asociaciones piadosas suelen tener y llevar en procesión sus imágenes y estandartes, así como los fieles usar cruces, escapularios y medallas en honor de Jesucristo, de la Virgen y de los Santos. Todos estos objetos religiosos sirven para rememorar el amor de Dios y para aumentar la confianza en la Virgen María con la exigencia de un testimonio coherente de vida(Directorio 206). Las imágenes y estandartes suelen traerse en procesión, la cual a veces se entiende como visita del Santo peregrino al Santo de la fiesta, visita que luego deberá ser correspondida. Este es un sencillo pero hermoso signo de comunión y fraternidad, que debe cuidarse y resaltarse dada la propensión de los pueblos a vivir no sólo separados sino enfrentados para salvaguardar su identidad. A los peregrinos y a sus insignias habrá que darles un lugar especial en la celebración litúrgica, comenzando por una recepción calurosa y bendiciendo posteriormente las imágenes, medallas, escapularios y rosarios. Es

recomendable que los fieles lleven y conserven en su hogar algún signo externo, un recuerdo de su participación en la fiesta, y que el párroco ejerza una activa vigilancia sobre la venta de imágenes y novenas, pues existen muchas incompatibles con la fe y el sentir cristiano. 6. L a s procesiones. La procesión con el Santo Patrono y la procesión con el Santísimo Sacramento, especialmente en la solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo, son muy apreciadas por el pueblo cristiano y deben promoverse, cuidando el ambiente religioso y ordenado, que invite a la piedad y a la oración. La procesión es un signo de la condición de la Iglesia, pueblo de Dios en camino que, con Cristo y detrás de Cristo, consciente de no tener en este mundo morada permanente (cfr. Heb 13,14), marcha por los caminos de la ciudad terrena hacia la Jerusalén celestial; es también signo del testimonio de fe que la comunidad cristiana debe dar de su Señor, en medio de la sociedad civ; es signo, finalmente, de la tarea misionera de la Iglesia, que desde sus comienzos, según el mandato del Señor (cfr. Mt 28, 19-20), está en marcha para anunciar por las calles del mundo el Evangelio de la salvación, nos enseña el Directorio (No. 247). Sus peligros suelen ser los siguientes: el que prevalezcan sobre las celebraciones litúrgicas o que aparezcan como el momento culminante de la fiesta; la carencia de disposiciones internas de los participantes y el que se lleguen a considerar como

simples manifestaciones culturales y hasta folklóricas. Por otra parte, son un instrumento valioso de evangelización y de testimonio público de la fe, siempre y cuando se conserve y viva su verdadero sentido teológico y su relación adecuada con la liturgia. 7. La exposición solemne del santísimo Sacramento, antes llamada de las Cuarenta Horas. Suele celebrarse con frecuencia en muchas parroquias dentro de la novena o triduo preparatorio a la fiesta patronal. Habrá que tener en cuenta las normas y sugerencias que existen en la legislación actual de la Iglesia, de manera que tanto la comunidad como los grupos y las familias puedan aprovechar esta práctica de tanto provecho espiritual y ganar también la indulgencia plenaria que ofrece la Iglesia. 8. El santo rosario. El rezo del rosario es una devoción cristológica, pues concentra en sí la profundidad de todo el mensaje evangélico. Con él, el pueblo cristiano aprende de María a contemplar el rostro de Cristo y a experimentar la profundidad de su amor, nos dice el Papa Juan Pablo II en su carta apostólica Rosarium Virginis Mariae (No. 1) (16 Oct.,2002). Nada impide que se rece, con las precisiones que nos hace el santo Padre, durante la exposición del Santísimo Sacramento y en la Hora Santa, sobre todo si se


19 añaden los Misterios Luminosos. El Santo Padre nos hace un vehemente llamado a renovar su práctica en las parroquias y en las familias, pues constituye una significativa oportunidad catequética que los Pastores deben saber aprovechar. La Virgen del Rosario continúa también de este modo su obra de anunciar a Cristo (No. 17). Goza también de indulgencia plenaria cuando se reza en comunidad, con las condiciones debidas. 9. Las ofrendas. La piedad popular no se entiende sin la ofrenda. Ofrecer es imitar la gratuidad y generosidad de Dios, que abre su mano y nos colma de bienes (Salmo), y así el fiel entra, en cierto modo, en el ritmo de la creación. Se asemeja a Dios y le es grato. Las ofrendas son muy variadas, como la generosidad de Dios: flores, frutas, pan, semillas, dinero, alimentos, ceras, mandas etcétera. Deberán, desde luego, tener un lugar privilegiado en la celebración eucarística de modo que por Cristo y en Cristo por la acción del Espíritu lleguen al Padre. Debe organizarse con esmero la procesión con las ofrendas, ver que haya personas que las reciban y se coloquen un lugar conveniente en el altar para ser incensadas y algunas destinadas para los pobres y para el sostenimiento del seminario. 10. La velación. La víspera de la fiesta suele tenerse la velación de la imagen del Santo patrono o de la santa Cruz. Esta costumbre tiene el sentido de una preparación espiritual para la celebración así como de estrechar los lazos familiares y de amistad con la presencia del Santo. Debe recobrar el sentido profundamente cristiano de la vigilancia y del estar en vela, esperando la venida del Señor. Es muy penoso que este sentido profundamente cristiano se desvirtúe y se profane algunas veces con borracheras y desórdenes, cuando la virtud del vigilante es la sobriedad. 11. Las Medallas. El Directorio nos señala certeramente el valor y el significado de estos signos, cuando afirma: La medalla milagrosa, como

el resto de las medallas de la Virgen y otros objetos de culto, no son un talismán ni deben conducir a una vana credulidad. La promesa de la Virgen, según la cual los que la lleven recibirán grandes gracias, exige de los fieles una adhesión humilde y tenaz al mensaje cristiano, una oración perseverante y confiada, una conducta coherente (No. 206). Hay que evitar el absurdo que se presenta a veces cuando la ignorancia o el fanatismo ponen a competir y llegan a contraponer imágenes contra imágenes y devociones contra devociones enfrentando a los devotos. Conviene recomendar la costumbre cristiana de bendecir y portar al cuello las medallas, y evitar así la moda pagana actual de colgarse signos del zodiaco y amuletos de todo género, como dientes de coyote, patas de conejo y ojos de venado. 12. El teatro religioso. Las representaciones teatrales de la vida de los Santos, de los misterios de la vida de la Virgen y, sobre todo, de la vida del Señor, en particular de su pasión y muerte, están muy arraigadas en nuestro pueblo y gozan de su estimación. Sabemos que el teatro religioso fue muy socorrido durante la época colonial y utilizado como método evangelizador. El Directorio trata todo lo referente al culto a la Pasión del Señor del número 124 al 153, que deben ser tomados muy en cuenta. Se acostumbran estas escenificaciones durante la semana santa y, a veces, se realizan de manera precipitada, sin la debida preparación artística y espiritual, prestándose a la manipulación del sentimiento religioso y al desorden. Con facilidad se pasa de la representación al espectáculo, se sacrifica la convicción profunda a la conmoción sentimental y la reflexión seria al entretenimiento pasajero. Los actores muchas veces no llevan una vida cristiana en consonancia con el papel que desempeñan y ni siquiera tienen una cultura teatral indispensable para una mediana

actuación. Es nuestro deber cuidar que estos actos no suplan ni suplanten a las celebraciones litúrgicas, que se desarrollen en un contexto religioso, que la actuación y el vestuario sean decorosos y que los actores lleven una vida cristiana digna. En estas representaciones muchas veces más tienen que ver las autoridades civiles, los promotores turísticos y los negociantes que el mismo sacerdote. Habrá que volver a hacer de ellas un verdadero instrumento educativo y evangelizador. VI. LA RAÍZ DE LOS ABUSOS. 34. Los abusos que suelen cometerse en las manifestaciones de la piedad popular, en especial en las fiestas patronales, se deben a su inadecuada relación con la Liturgia, propiciada por la desinformación y por la ignorancia. El Directorio señala certeramente las causas principales, que deben tenerse muy en cuenta si queremos remediar de raíz la situación:


20 1. Escasa conciencia o disminución del sentido de la Pascua y del lugar central que ocupa la historia de la salvación, de la cual la liturgia cristiana es actualización; donde esto sucede los fieles orientan su piedad, casi de manera inevitable, sin tener cuenta de la jerarquía de las verdades, hacia otros episodios salvíficos de la vida de Cristo y hacia la Virgen Santísima, los Ángeles y los Santos; 2. Pérdida del sentido del sacerdocio universal en virtud del cual los fieles están habilitados para ofrecer sacrificios agradables a Dios, por medio de Jesucristo (1 Pe 2,5; Rm 12,1) y participar plenamente, según su condición, en el culto de la Iglesia; este debilitamiento, acompañado con frecuencia por el fenómeno de una liturgia llevada por clérigos, incluso en las partes que no son propias de los ministros sagrados, da lugar a que a veces los fieles se orienten hacia la práctica de los ejercicios de piedad, en los cuales se consideran participantes activos; 3. El desconocimiento del lenguaje propio de la Liturgia (el lenguaje de los

signos, los símbolos, los gestos rituales…), por los cuales los fieles pierden en gran medida el sentido de la celebración. Esto puede producir en ellos el sentirse extraños a la celebración litúrgica; de este modo tienden fácilmente a preferir los actos de piedad, cuyo lenguaje es más conforme a su formación cultural, o las devociones particulares, que responden más a las exigencias y situaciones concretas de la vida cotidiana (Directorio, No. 48). VII. CONCLUSIÓN 35. Firmeza y esperanza. Estos señalamientos teológicos están en la raíz de todas las inadecuadas y hasta desviadas manifestaciones religiosas del pueblo creyente en las fiestas patronales. No es fácil descubrir, en ciertos casos al menos, las raíces antropológicas y psicológicas de algunas tradiciones y costumbres populares contrapuestas a la pureza del Evangelio. El pueblo mexicano tiene raíces culturales y convicciones religiosas profundas, que son parte de su riqueza pero también del lastre ancestral que le impide una vida cristiana más diáfana, más libre y más comprometida con el sano progreso social. El peso de la tradición –el costumbre- y de sus expresiones religiosas es muy grande entre nosotros, llegando a considerarse como lo único que tiene valor. Se necesita de una constancia y sabiduría poco comunes, para lograr que el Evangelio se haga cultura, es decir, un estilo de vida capaz de transformar y mejorar la realidad, pues una cultura que se estanca termina por fenecer. Estos errores y deficiencias se deben corregir mediante una inteligente y perseverante acción catequética y pastoral (Directorio, No. 49), sabedores que la Palabra de Dios es viva y eficaz, como espada de doble filo (Hb 4, 12), que penetra y transforma toda la

cultura y todas las culturas, porque su origen y su fuerza está en el Espíritu, quien es capaz de renovar la faz de la tierra. Él es quien sostiene a la Iglesia en su tarea evangelizadora hasta el fin del mundo, hasta cuando le queden sometidas (a Cristo) todas las cosas y entonces el mismo Hijo se someterá a quien a Él todo se lo sometió, y Dios lo será todo en todas las cosas (1 Cor 15,28).


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lementos de piedad popular en este tiempo Pbro. José Luis Pescina Pérez Diócesis de Matehuala

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evoción a santo Rosario, ofrecimiento de flores a María en el mes de Mayo, ofrecimiento de flores al sagrado corazón de Jesús en el mes de Junio, en Julio celebramos el aniversario número veinte de la diócesis de Matehuala, vigilias de Espigas de agosto en adelante, para agradecer a Dios por todos beneficios que recibieron durante el año en el campo y en la vida, participación en las fiestas patronales de cada comunidad, presentación al templo de niñas y niños, a la edad de tres años, celebración de acción de gracias por los quince años de las jovencitas, novenarios de difuntos. La piedad popular es diferente del culto litúrgico, que es “el culto oficial prestado por la Iglesia Católica con Cristo y por Cristo a Dios”. Sin embargo, a pesar de esa diferencia, “ha sucedido a lo largo de los siglos que ciertas expresiones de la piedad popular pasaran a la liturgia (fiestas de Navidad, del Sagrado Corazón de Jesús, del Inmaculado Corazón de María, etc.)”. Sin embargo, la piedad popular no es contradictoria con la liturgia, siendo aceptada e incluso, en muchos casos, recomendada por la Iglesia. Sin embargo, hay que destacar que ella no puede sustituir a la liturgia, debe recordar siempre que todo el culto católico es en última instancia, dirigido a la Santísima Trinidad. En otras palabras, la liturgia es el criterio, el culto oficial, la forma de vida de la Iglesia en su conjunto alimentada directamente por el Evangelio.

La piedad popular significa que la fe se arraiga en los corazones de los diversos pueblos, para entrar en el mundo de la vida cotidiana. La piedad popular es la primera y fundamental forma de «inculturación» de la fe, que continuamente debe dejarse guiar por las indicaciones de la liturgia, pero que, a su vez, la fecunda a partir del corazón. Debido al riesgo potencial de “desviarse a formas supersticiosas”, la piedad popular “debe estar siempre bajo la lúcida vigilancia” de la jerarquía eclesiástica. Más específicamente, los sacerdotes “deben corregir y valorizar” las distintas expresiones de la piedad popular, “buscando que ellas se inspiren en las Escrituras, estén en sintonía con la liturgia y respeten la ortodoxia doctrinal, aunque teniendo en cuenta las tradiciones y las formas auténticas de sentir y vivir del pueblo o del grupo social”. Aunque este tipo de culto cristiano sea “de cierto modo facultativo”, es muy importante. A modo de ejemplo, a lo largo de la historia de la Iglesia Católica, “a él se debe en gran parte el mantenimiento y crecimiento de la fe del pueblo cristiano, especialmente en períodos de escaso impacto de la liturgia, de los laicos en general. Otra razón de estima por la piedad popular resulta del hecho de que ella es especialmente una ayuda para la inculturación de la fe, permitiendo al pueblo expresar su fe de forma más espontánea”. Las diferentes expresiones de la piedad popular tienen el nombre de

“ejercicios de piedad”, que puede ser inspirados, bajo la recomendación y autorización de la Santa Sede y de los Obispos, de la liturgia o también a partir de la “devoción o aspectos formales.” Entre otras cosas, la devoción puede ser expresada en “fórmulas de oración” a Dios, a Jesús, a la Virgen María y a los santos (novenas, trecena, Santo Rosario...)”, en peregrinaciones a los lugares sagrados”, en la veneración de medallas, estatuas, reliquias e imágenes sagradas y benditas, en procesión, y otras “costumbres populares”. En el ámbito de sus muchos ejercicios de piedad, hay esencialmente dos tipos de religiosidad popular: • El culto privado de la veneración, que está orientado a los santos (se llama dulía), siendo especial la veneración a la Virgen María llamada hiperdulía. • El culto privado de adoración o latría, que es el único dirigido y entregado a la Santísima Trinidad (Dios). Cabe señalar que la piedad popular, más concretamente, las diferentes expresiones de devoción, no es igual a la idolatría, que es el culto de adoración que se presta a una criatura, grabándole la honra que es debida solo a Dios. A pesar de que la Iglesia Católica insista en diferenciar la adoración y la veneración, varios grupos religiosos, incluidos los protestantes, acusan al culto de veneración y devoción como un acto de idolatría.


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Teología del Evangeliario Pbro. Lic. Pedro Mexquitic Arredondo Arquidiócesis de San Luis Potosí

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a presencia de Cristo en la Palabra, como recuerda la Sacrosanctum Concilium (SC 7), es honrada en el rito con los honores hechos al Evangeliario, con semejante respeto hecho al pan consagrado; ambos son colocados sobre el altar del Señor. Como lo afirmaba el Papa Juan Pablo II: “La centralidad de Cristo en la economía de la salvación, funda y determina la preeminencia misma que la Iglesia reserva al Evangelio, durante la celebración eucarística, poniéndolo al vértice de la liturgia de la Palabra”1. Tal centralidad en la gestación de los libros litúrgicos, ha conducido al origen desde el siglo IV de un solo libro de los Evangelios, en la forma de “cuádruple Evangelio”. En efecto, en la revisión de los libros litúrgicos realizada por el Papa Pablo VI, el Consilium (Comisión) instituido, trabajando también en el Leccionario precisó que: “siendo siempre el anuncio evangélico la cima de la liturgia de la palabra, las dos tradiciones litúrgicas, la occidental y la

oriental, han mantenido una diferencia entre el Evangelio y las demás lecturas. En efecto, el libro de los Evangelios era elaborado con gran cuidado, se adornaba y se veneraba más que cualquier otro leccionario. Así pues, es muy conveniente que también en nuestros días, en las catedrales y en las parroquias e iglesias más grandes y más concurridas, se tenga un Evangeliario, hermosamente adornado y diferente del libro de las demás lecturas. Éste es el libro que es entregado al diácono en su ordenación, y en la ordenación episcopal es colocado y sostenido sobre la cabeza del elegido”2. El libro de los evangelios es icono de la divina Palabra; en él está materialmente contenida la palabra escrita de Dios. Toda la historia de la Iglesia, en Oriente y en Occidente, da testimonio de personas que han sacrificado la vida por defender este libro. De ahí que la abundancia de los testimonios artísticos muestra cual ha sido el cuidado con el cuál se ha hecho materialmente precioso el libro de la palabra de Dios, sea del uso privado, sea de uso litúrgico. En modo unánime, la ininterrumpida tradición de las Iglesias de Oriente y de Occidente no han abandonado la veneración del libro de los evangelios, y la ha manifestado siempre con solemnidad en las diversas tradiciones litúrgicas. El Concilio Vaticano II ha reafirmado con fuerza la atención y la veneración del libro litúrgico de la Palabra. Así lo declara el Ordenación General del Misal Romano en el número 60: “La proclamación del Evangelio constituye la culminación de la liturgia de la palabra. La misma liturgia

enseña que se le debe tributar suma veneración, ya que la distingue por encima de las otras lecturas con especiales muestras de honor, sea por razón del ministro encargado de anunciarlo y por la bendición u oración con que se dispone a hacerlo, sea por parte de los fieles, que con sus aclamaciones reconocen y profesan la presencia de Cristo que les habla, y escuchan la lectura puestos en pie; sea finalmente, por las mismas muestras de veneración que se tributan al Evangeliario”. El libro litúrgico, considerado en su materialidad, es el signo externo y visible de aquello que contiene; al libro va dado el mismo respeto y la misma veneración que la Iglesia nutre hacia la Palabra de Dios. El Evangeliario es venerado como la Palabra de Dios. La liturgia misma lo enseña, cuando circunda al libro de los Evangelios con varios signos de veneración: incensación, beso, elevación, entronización sobre el altar y sobre el ambón. La colocación del Evangeliario sobre el altar es el primer acto litúrgico que los padres conciliares han llamado: “la Iglesia se nutre del pan de vida tomándolo de la mesa sea de la palabra de Dios sea del cuerpo de Cristo” (Dei Verbum 21). Son los movimientos procesionales – las procesiones de entrada y la del


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ambón, inseparablemente unidas a las aclamaciones con las cuales se honra a Cristo presente en su Palabra, memoria del profeta de Nazaret que ha venido en el mundo a “llevar a los pobres el alegre anuncio” (Lc 4,18), del Cristo presente en medio de su Iglesia y en camino con ella (Lc 24,15). No es sin significado que la acción litúrgica involucra tal reciprocidad de dialogo entre Evangeliario – signo de la presencia de Cristo – el altar – símbolo de Cristo, mesa del convite pascual y figura del trono de la cruz – el ambón – monumento pascual del Resucitado e icono de la tumba vacía. Por lo tanto la función presidencial del libro de los evangelios es propia a cada contexto de asamblea litúrgica reunida: “El Evangeliario muestra en modo visible la presidencia de Cristo en la asamblea. Así, la Palabra puede plantar su tienda en la fragilidad de las palabras humanas. La liturgia de la Palabra, no siendo introducción al misterio, es misterio en sí misma. Por eso tiene necesidad de un lugar propio para su celebración: el

ambón verdadera presencia simbólica pascual, solemne, elocuente, capaz de hacer resonar la Palabra también cuando no es proclamada. El ambón, lejos de ser un simple atril aunque cubierto de cualquier paño solemne, tiene la tarea de dar lugar a la celebración de la Palabra, por eso debe ser el lugar preminente de la voz y del sonido, dando evidencia a la persona que proclama, pero también dando soporte-evidencia al libro del cual se proclama. El ambón, que se pone en diálogo con el otro lugar litúrgico del altar y da evidencia a las acciones del proclamar, venerar, aclamar, opera para dar extensión e intensidad al resonar de la voz y al símbolo del Evangeliario y del Leccionario. La experiencia viva de la liturgia de la Palabra asume cuanto Jesús hace en la sinagoga de Nazaret en el día sábado, leyendo y comentando la Escritura (Lc 4, 16-21). Aquello que sucede en la liturgia sinagogal de Nazaret es la institución de la liturgia cristiana de la Palabra, es el tipos, a mismo e idéntico modo en el cuál aquello que sucede en la última habitación de arriba en Jerusalén, en el curso de la última cena, es la institución de la celebración eucarística cristiana. Así, la lectura cristiana de las Escrituras y la eucaristía han sido instituidas por él de igual manera. Mirando bien, la exhortación “les he dado un ejemplo para qué también ustedes hagan como yo lo he hecho” (Jn 13,15) concierne no solo al lavatorio de los pies hecho por Jesús a los doce, sino también la lectura y la interpretación de las Escrituras que Jesús resucitado ha cumplido para sus discípulos cuando

“comenzando por Moisés y por todos los profetas, les explicó las Escrituras aquello que se refería a él” (Lc 24,27). En Nazaret la Palabra ha leído las Escrituras, y de aquél día, de aquél “hoy” (Lc 4,21), la lectura hecha por Jesús se ha convertido la manera con la cual los cristianos han leído las Escrituras. Sólo ateniéndose al ejemplo que Cristo ha dado leyendo el pasaje de Isaías en la liturgia sinagogal narrada por Lucas, la Iglesia puede confesar – como ha hecho en el Concilio Vaticano II – que “es él [Cristo] que habla cuando en la Iglesia se lee la sagrada Escritura”3. Es sólo en los Evangelios que se encuentra cuanto “Jesús hace y enseñó desde los inicios hasta el día en el cuál fue elevado a los cielo, después de haber dado disposiciones a los apóstoles que los había elegido por medio del Espíritu Santo (Hech 1, 1.2).

Bibliografía JUAN PABLO II, Discurso en ocasión de la presentación del evangeliario por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, en Osservatore Romano, 16 diciembre 200, 1. 2 ORDENAMIENTO DE LAS LECTURAS DE LA MISA (OLM), n. 36 3 Cfr. G. BOSELLI, Il senso spirituale della liturgia, Edizioni Qiqajon, Magnano (Bi) 2011, 59-60. Traducción personal 1


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pastorales para la ambientación Sugerencias litúrgica en el tiempo ordinario Pbro. Lic. Sergio Molina Rivera Diócesis de Ciudad Valles 1. Introducción En nuestra experiencia cristiana, hemos muchas veces experimentado la diferencia de los llamados tiempos fuertes en el correr del año litúrgico. Han llamado nuestra atención los tiempos del Adviento, que nos prepara al nacimiento de Jesús, y con ello la Navidad; hemos tenido muy presente el tiempo de la Cuaresma, que es penitencial y que nos prepara para la Pascua y su cincuentena. En esta experiencia hemos vivido el tiempo ordinario pero quizá no lo hemos comprendido del todo. ¿Qué podemos entender de este tiempo litúrgico? ¿Qué acontece durante todo su desarrollo? ¿Cuál es su finalidad? Y ¿Cómo expresarlo en la ambientación de nuestros espacios litúrgicos?

No se trata de dar una exhaustiva cátedra de información, solo trataré de retomar la vértebra que nos ayudará a comprender lo necesario para poner en práctica una adecuada ambientación litúrgica. 2. Hacia una comprensión del tiempo ordinario Para comenzar a entender el tiempo ordinario es importante tener presente lo siguiente: “Además de los tiempos que tienen un carácter propio, quedan treinta y tres o treinta y cuatro semanas en el transcurso del año, en las que no se celebra ningún aspecto particular del misterio de Cristo; más bien este misterio se vive en toda su plenitud, particularmente los domingos. Este periodo de tiempo recibe el nombre de «per annum» («de durante el año», o «Tiempo Ordinario del año»).”1 De este texto podemos entender que el misterio de Cristo se desarrolla en plenitud en lo cotidiano, es decir que cada día de este tiempo lo desarrolla y profundiza, la pascua del Señor se hace presente en el recorrido de este tiempo. Los discípulos lo comprendían de tal modo que no era solo el domingo el día de celebrar la pascua, sino en la experiencia de la vida, en lo cotidiano. Con ello se puede inducir que la presencia del Señor es un elemento característico de este tiempo, de ahí que el Señor es quien se presenta en la vida y nos inserta también en su vida. Es el Señor quien por medio de su sacrificio, se manifiesta presente a toda una asamblea, por ello la experiencia del Señor es cotidiana.

El tiempo Ordinario “constituye un tiempo ideal de celebración de las palabras y acciones de Cristo en el evangelio, de la vida cristiana según las exhortaciones de los apóstoles y una lectura de la historia de la salvación en el Antiguo Testamento a la luz de la novedad de Cristo.”2 Esto nos da ciertas pautas para descubrir como Cristo con todo su misterio es celebrado en lo cotidiano, las lecturas semicontinuas que se proclaman son un verdadero elemento para introducirnos en este misterio salvífico. No obstante la celebración de la eucaristía diariamente dentro de este tiempo, se coloca como eje central en donde la vida cristiana confluye con todo su acontecer y desde donde se nutre para lograr el testimonio de esa presencia salvadora del Señor. 3. Tiempo ordinario y jubileo de la Misericordia Es importante no olvidar que en este tiempo la Iglesia celebra un año especial de gracia, el jubileo de la Misericordia nos ha puesto en una gran reflexión sobre este apartado divino. El tiempo ordinario no está alejado de esta reflexión y celebración de la misericordia del Padre. La Iglesia teniendo en cuenta la gran experiencia de este año jubilar, no debe perder de vista que: “la misericordia es la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia. Todo en su acción pastoral debería estar revestido por la ternura con la que se dirige a los creyentes; nada en su anuncio y en su testimonio


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hacia el mundo puede carecer de misericordia”.3 No podemos dejar de tener presente las palabras del santo padre, pues todo ello nos ayudará a caminar en una fuerte armonía eclesial, para que en todo tiempo ese sentido misericordioso que todos estamos llamados a vivir, se manifieste en una Iglesia convertida y comprometida con el Señor. 4. Sugerencias y conclusión Todo lo anterior nos da por lo tanto grandes pautas para poder ambientar nuestros espacios litúrgicos durante el tiempo ordinario: I. No se trata de recargar nuestros templos que de suyo cuentan ya con un estilo o bien clásico o bien moderno. Se trata en primer lugar de armonizar todos los elementos a realizar con el mismo estilo. II. Hay elementos que de suyo se deberían de mantener, es el caso de las flores; sin embargo hay que tener muy presente su sentido y acomodo. “El empleo de las flores como adorno para el altar ha de ser siempre moderado y se colocarán, más que sobre la mesa del altar, en torno a él”.4 Las flores son un elemento que nos ayuda a asociar la creación con la alabanza, estas pueden ser colocadas en algunos espacios dentro del presbiterio, pero recordando que más que adornar, ellas tienen la tarea de subrayar el espacio y de meterlo en relieve.5

III. Encontramos también quienes colocan algunos medallones, paneles o pancartas que llevan o bien alguna cita bíblica, bien alguna estrofa motivacional sea de algunos escritos de santos, o bien de documentos de la Iglesia. Ante ello “es indispensable sobre todo que estos objetos tengan una real cualidad artística. Y tampoco es necesario que estén en el presbiterio, ya que este es hecho con un estilo artístico característico y requiere de obras de arte. Es preferible por ello colocarlos sobre alguna columna o en la entrada de la iglesia, para evitar sobrecargar de signos”.6

del Señor de la Misericordia, por ello debemos tomar en cuenta que en la iglesia: “se deben colocar de tal manera que conduzcan fácilmente a los fieles hacia los misterios que ahí se celebran”.8

IV. Ciertamente que con motivo del año jubilar de la Misericordia, se han extendido las imágenes que nos ayudan a conmemorar dicho jubileo. Las imágenes, “manifiestan la presencia misma de Cristo y de los santos en el corazón de la asamblea, uniendo la liturgia terrestre a la liturgia celeste”.7 Quizás veremos más pronunciadamente aquella imagen

Estos elementos y signos no se pueden perder en una ambientación en los espacios litúrgicos, al contrario deben de propiciar en la feligresía a vivir un ambiente de misericordia, de seguimiento, de escuela discipular en Cristo y sobre todo de avanzar como Iglesia en un solo llamado, en el amor de Dios.

Así mismo, hay que tener el absoluto cuidado de que al colocar nuestras imágenes, no solo sean visibles, sino que resguarden el orden adecuado para no provocar distracciones de los fieles en la celebración y que su ornamentación y disposición, sea fomento de piedad para la asamblea, y dignidad y belleza de la imagen.9

Bibliografía Normas universales sobre el año litúrgico y sobre el calendario. n. 43 2 Castellano, Jesús. El año litúrgico. Memorial de Cristo y mistagogía de la Iglesia. Barcelona, Centre de Pastoral Litúrgica, 2005. 3 Cf. Misericordiae Vultus n. 10 4 Institución general del Misal Romano, n. 305 5 Cf. AAVV. Ars celebrandi. Guida pastorale per un’arte del celebrare. París, Centro di pastorale litúrgica francese, edizioni qiqajon, 2003. pag. 112 6 Cf. Ibid, pag. 113 7 Cf. Ibid 8 Cf. Institución general del Misal Romano, n. 318 9 cf. Ibid 1


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La Catedral y su significado Litúrgico Cango. Dr. Ricardo Valenzuela Arquidiócesis de México

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ablar de la Catedral es hacer mención de un lugar lleno de significado y, por su importancia en la diócesis, es un lugar simbólico.

material a la espiritual y eclesiológica: del templo a la Iglesia.

En lo referente al significado la catedral hace referencia directa al obispo y a la comunidad diocesana; se trata de un referente inmediato pues en ella se concentra la “identidad” de la Iglesia que se congrega para actualizar el misterio. Cuando digo que es un lugar simbólico entiendo que en ella se encuentran muchos “signos”: el altar, la sede, el ambón, el presbiterio, el ábside o retablo, la nave central como lugar de la asamblea congregada entre otros signos. Todos ellos conforman una “unidad celebrativa” o un conjunto de elementos que, bien identificados y vividos comunitariamente inciden en la vida del cristiano que participa en la celebración.

“Por eso, conviene que todos tengan en gran aprecio la vida litúrgica de la diócesis en torno al Obispo, sobre todo en la iglesia catedral, persuadidos de que la principal manifestación de la Iglesia se realiza en la participación plena y activa de todo el pueblo santo de Dios en las mismas celebraciones litúrgicas, particularmente en la misma Eucaristía, en una misma oración, junto al único altar donde preside el Obispo, rodeado de su presbiterio y ministros” .

Para poder profundizar un poco sobre este tema de capital importancia será menester hacer algunas precisiones y desarrollarlas a fin de que podamos pasar de la concepción meramente

Sede del Obispo

Esta expresión del Concilio Vaticano II llena de profundo contenido nos sitúa en un contexto propio, es decir, la Catedral expresa un significado litúrgico pleno, ya que “la vida litúrgica de la diócesis [se verifica] en torno al obispo”. Como es bien sabido en la antigüedad no teníamos iglesias catedrales. En la época de las diez persecuciones contra la comunidad cristiana no había templos o iglesias para celebra el misterio, la comunidad se reunía en la “Domus Ecclesiæ” o casa de la iglesia, sin embargo, la presencia del obispo era de vital importancia para la comunidad. Como sucesor de los apóstoles congrega a la comunidad, la preside en la caridad, es el pastor que “apacienta el rebaño” y animaba la vida

espiritual de los cristianos para imitar a Cristo incluso hasta llegar a la cruz con él por el martirio. Esa etapa fue extraordinariamente rica en la respuesta de fe y de amor al misterio celebrado. Más tarde, las celebraciones se realizaron en los espacios otorgados por el emperador a la Iglesia. La presencia del obispo siguió siendo decisiva en la conformación de lo que conocemos como “diócesis” (diœcēsis, διοίκησις = ‘administración’) como lugares de administración pastoral y jurídica de una porción del pueblo de Dios. En este sentido las Catedrales eran iglesias o templos sin especial importancia arquitectónica o de dimensiones, tendremos que llegar hasta el siglo XI para notar las diferencias. Será el momento en el que se desarrollará especialemente la idea de una gran iglesia que concentre con una peculiar expresión artística los elementos que realcen la figura teológica y jurídica del obispo. La riqueza arquitectónica, pictórica, escultórica, de orfebrería, etc. harán ver la catedral como la iglesia más importante por ser la sede del obispo. Iglesia Madre Otro elemento a destacar en este sucinto recorrido es la siguente expresión de la Constitución Litúrgica: “persuadidos de que la principal manifestación de la Iglesia se realiza en la participación plena y activa de todo el pueblo santo de Dios en las mismas. El obispo en su catedral celebrando el misterio “manifiesta a la Iglesia” de


27 modo que se convierte en un signo pletórico por lo que más adelante se afirma cuando se habla de la participación plena y activa del pueblo. Así que toda celebración presidida por el obispo en su catedral es un elocuente y hermoso signo de la Iglesia que acoge, que celebra, que santifica, que auxilia, que ora. Me parece que este es uno de los puntos que pone en especial relieve la imagen de la “Iglesia Madre de todas las iglesias de la diócesis”. En la Catedral la referencia concreta a la liturgia, a la caridad y a la profecía se enlazan profundamente desde el “munus sanctificandi, munus docendi, munus regendi” del obispo. La Catedral es el signo externo de la caridad del obispo, de la celebración que se realiza con decoro y cuidado, del anuncio de la salvación mientras el obispo enseña, predica y conduce al pueblo de Dios. Desde hace mucho tiempo la Catedral es el lugar al que asisten los peregrinos, al que acuden los menesterosos, donde el obispo atiende a los fieles, donde se celebran los sacramentos en nombre del obispo como signo eficaz de la solicitud pastoral. De manera particular, en la Catedral hay un penitenciario que recibe del obispo

facultades especiales para perdonar pecados reservados al obispo. Así la Catedral se convierte en signo de la misericordia de Dios. En la misa Crismal se bendicen y consagran, respectivamente, los óleos que servirán para dinamizar y significar la gracia que Dios opera en su pueblo. No hay otra iglesia en la que se realice esta celebración tan especial donde los sacerdotes renovamos nuestras promesas sacerdotales; no hay otra iglesia que manifiesta tan profusamente la riqueza de la gracia pues los presbíteros, unidos a su pastor, participan en la consagración del pan y del vino así como del Santo Crisma: la gracia se difunde a la Iglesia local desde la Catedral. La vida litúrgica de la Catedral La Iglesia se manifiesta en las “celebraciones litúrgicas […] en una misma oración, junto al único altar donde preside el Obispo, rodeado de su presbiterio y ministros”; ello hace que la Catedral se convierta en un “lugar teofánico” muy especial, pues por medio de los sacramentos Dios se hace presente en medio de su pueblo para santificarlo mientras el pueblo glorifica a Dios. Este dinamismo ascendente y descendente se verifica de modo peculiar por el ministerio del obispo a quien fue encargada la conducción de la grey hacia la patria eterna. La grave responsabilidad ministerial del obispo se expresa en torno al “único altar”, por ello que los presbíteros no debemos olvidar que el ministerio del obispo se extiende a través del nuestro, por ello somos sus colaboradores inmediatos, empero, nuestro eje ministerial el “único altar” al que estamos unidos. El altar de la Catedral se convierte en el signo de unidad como si ejerciera una dinámica centrípeta, unidos a Cristo significa estar unidos al obispo.

Conclusión Dicho lo anterior, puedo decir que la Catedral es un espacio teofánico en el que se ponen de manifiesto muchas realidades salvíficas, por esta razón que han de cuidarse especialmente los elementos celebrativos de modo que manifiesten con claridad la misericordia de Dios hacia su pueblo. El altar, el ambón, los ornamentos, la sede, la música, los ministros, el ambiente, la limpieza, el decoro y todo el cuidado que se ha de tener deben manifestar con amplitud la caridad del pastor a favor de su pueblo. Cabe decir que las celebraciones en toda Catedral han de ser modélicas y casi como altavoces del amor de Dios que difunde su gracia constantemente a lo largo del año litúrgico. Que el Señor nos permita vivir y celebrar cada vez más enamorados del misterio celebrado por medio “ritos y preces”. Bibliografía SC 42. CIC 369: “La diócesis es una porción del pueblo de Dios, cuyo cuidado pastoral se encomienda al Obispo con la cooperación del presbiterio, de manera que, unida a su pastor y congregada por él en el Espíritu Santo mediante el Evangelio y la Eucaristía, constituya una Iglesia particular, en la cual verdaderamente está presente y actúa la Iglesia de Cristo una santa, católica y apostólica”. 1 2


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Esquema de Hora Santa

Pbro. Lic. Pedro Mexquitic Arredondo Arquidiócesis de San Luis Potosí

“Yo soy el pan de vida”

Ritos iniciales Canto de apertura Saludo e introducción P. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo T. Amén P. Bendigamos a Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, el cual nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales en Cristo Jesús nuestro Señor. T. Sea bendito Dios, ahora y por siempre. Amén Hermanos y hermanas, Jesús se ha presentado a sí mismo y su mensaje, como nos refiera San Juan en su evangelio, con la imagen de “pan vivo” que alimenta en nosotros la vida eterna. En la Eucaristía Jesús mismo ha querido darse a nosotros a través del pan y el vino, para ayudarnos a comprender que él es la fuente y el alimento de la vida divina en nosotros: aquélla vida a la cual él llama a todos los hombres. En este momento de adoración queremos orar y reflexionar sobre este significado de la presencia de Jesús en nuestra vida a través de la eucaristía. (Sigue un breve momento de silencio) Escucha de la Palabra Primera Lectura C. El alimento es esencial para la vida, es la energía que permite el camino. Quedarse sin alimento significa morir: lo experimentan tantas personas en el mundo. Es el miedo que expresa también la mujer que el profeta Elías

encuentra en su camino, según la lectura que ahora escucharemos. El episodio tiene un valor profético: prefigura el don del pan para la vida que Dios nos ofrece a través de Jesús.

L. Palabra de Dios. T. Demos gracias a Dios.

L. Lectura del Primer libro de los Reyes (1 Re17, 8-16)

C. El salmo 147 canta los beneficios con los cuales Dios ha bendecido a su pueblo. Le eucaristía, en la cual Cristo se hace pan para nuestra vida, recuerda y resume todas las cosas maravillosas que Dios ha cumplido por nosotros en la historia de la salvación.

Entonces la palabra del Señor llegó a Elías en estos términos: “Ve a Sarepta, que pertenece a Sidón, y establécete allí; ahí yo he ordenado a una viuda que te provea de alimento”. Él partió y se fue a Sarepta. Al llegar a la entrada de la ciudad, vio a una viuda que estaba juntando leña. La llamó y le dijo: “Por favor, tráeme en un jarro un poco de agua para beber”. Mientras ella lo iba a buscar, la llamó y le dijo: “Tráeme también en la mano un pedazo de pan”. Pero ella respondió: “¡Por la vida del Señor, tu Dios! No tengo pan cocido, sino sólo un puñado de harina en el tarro y un poco de aceite en el frasco. Apenas recoja un manojo de leña, entraré a preparar un pan para mí y para mi hijo; lo comeremos, y luego moriremos”. Elías le dijo: “No temas. Ve a hacer lo que has dicho, pero antes prepárame con eso una pequeña galleta y tráemela; para ti y para tu hijo lo harás después. Porque así habla el Señor, el Dios de Israel: El tarro de harina no se agotará ni el frasco de aceite se vaciará, hasta el día en que el Señor haga llover sobre la superficie del suelo”. Ella se fue e hizo lo que le había dicho Elías, y comieron ella, él y su hijo, durante un tiempo. El tarro de harina no se agotó ni se vació el frasco de aceite, conforme a la palabra que había pronunciado el Señor por medio de Elías.

Salmo Responsorial (Sal 147, 12-13. 14-15. 19-20)

Rit. El Señor nos nutre con el pan del cielo Glorifica al Señor, Jerusalén; alaba a tu Dios, Sión: que ha reforzado los cerrojos de tus puertas, y ha bendecido a tus hijos dentro de ti. R. Ha puesto paz en tus fronteras, te sacia con flor de harina. Él envía su mensaje a la tierra, y su palabra corre veloz. R. Anuncia su palabra a Jacob, sus decretos y mandatos a Israel; con ninguna nación obró así, ni les dio a conocer sus mandatos. R. Evangelio C. El milagro del pan partido y compartido, del cual escucharemos en el evangelio, no es un acto de magia, sino un gesto salvífico: Jesús nos revela


29 también a nosotros, con este signo, el rostro misericordioso del Padre, que nos es cercano en el camino de la vida para guiarnos a él, para darnos apoyo y fuerza sobre todo en la dificultad. P. Del Evangelio según San Juan (Jn 6, 3-5.7-15) “Subió Jesús al monte y se sentó allí en compañía de sus discípulos. Estaba próxima la Pascua, la fiesta de los judíos. Al levantar Jesús los ojos y ver que venía hacia él mucha gente, dice a Felipe: «¿Dónde vamos a comprar panes para que coman éstos?» “Felipe le contestó: «Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno tome un poco.» Le dice uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro: «Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero ¿qué es eso para tantos?» Dijo Jesús: «Hagan que se recueste la gente.» Había en el lugar mucha hierba. Se recostaron, pues, los hombres en número de unos cinco mil. Tomó entonces Jesús los panes y, después de dar gracias, los repartió entre los que estaban recostados y lo mismo los peces, todo lo que quisieron. Cuando se saciaron, dice a sus discípulos: «Recojan los trozos sobrantes para que nada se pierda.» Los recogieron, pues, y llenaron doce canastos con los trozos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido. Al ver la gente la señal que había realizado, decía: «Este es verdaderamente el profeta que iba a venir al mundo.» Dándose cuenta Jesús de que intentaban venir a tomarle por la fuerza para hacerle rey, huyó de nuevo al monte él solo. P. Palabra del Señor. R. Gloria y honor a ti Señor Jesús. Reflexión En la experiencia cotidiana del alimento todos experimentamos que no tenemos en nosotros mismos la fuente de nuestra vida, depender necesariamente de otros, de tantas

cosas, de tener necesidad de personas y medios para vivir, actuar y ser nosotros mismos. Esta experiencia de necesidad de relaciones significativas con personas y cosas esta entre las más fundamentales del ser humano. También la experiencia de Dios, de la necesidad de Dios, está en la Biblia, a menudo se expresa a través del alimento. En un contexto de carestía, en un momento difícil para su vida, el profeta Elías hace la experiencia de Dios que lo nutre, que toma cuidado de su vida. En el pan que se multiplica podemos aquí tomar el símbolo: el hombre depende de Dios, no puede vivir sin él. La necesidad del alimento como signo el amor de Dios por el hombre. Jesús se refiere específicamente a este lenguaje simbólico: él se presenta como el enviado de Dios que responde a la necesidad del hombre, que sacia en abundancia su hambre. No podemos vivir como “hombre nuevos”, no podemos llegar a la plenitud de nuestra humanidad sin él. Sin él no nace el “mundo nuevo” como Dios lo ha pensado y creado. (Después de la reflexión, se hace un breve momento de silencio para la meditación personal) Oración personal y comunitaria Para la oración personal En la eucaristía Jesús repite para nosotros el gesto de amor con el cual ha saciado la gente de palestina: toma el pan, da gracias con la plegaria de bendición y nos lo da diciendo: “Tomen y coman todos de él: este es mi cuerpo que se entrega por ustedes”. Adoremos en silencio el misterio de Jesús que se hace alimento por nosotros y damos gracias a Dios Padre por habernos mostrado a través de Jesús su amor misericordioso. Para la oración comunitaria P. Oremos ahora al Señor Jesús para qué sostenga en nosotros la vida divina, a la cual nos ha llamado con el

pan eucarístico que recibimos. Repitamos juntos: T. Danos el pan de vida L. Para saciar nuestra hambre de Dios L. Para que crezcamos en tu amor L. Para que demos frutos de obras buenas L. Para que no nos desanimemos en las dificultades L. Para que sepamos amarnos como hermanos L. Para que la eucaristía nos conduzca a la gloria del cielo P. Como conclusión de este momento de adoración eucarística digamos juntos la oración que resume todo el evangelio de Cristo Señor: Padre nuestro… Se canta un canto eucarístico y el que preside dice la siguiente oración: P. Mira, oh Padre, a tu pueblo que profesa su fe en Jesucristo nacido de María virgen, crucificado y resucitado, presente en este sacramento, y haz que obtenga de esta fuente de toda gracia frutos de salvación. Por Cristo nuestro Señor. T. Amén La celebración se concluye con la bendición eucarística. La asamblea viene despedida en el modo acostumbrado.


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Celebrar

ElTiempo Ordinario Pbro. Lic. Omar De la Torre Reyes Arquidiócesis de Durango Introducción Ordinario no significa de poca importancia, anodino, insulso, incoloro. Sencillamente, con este nombre se le quiere distinguir de los “tiempos fuertes”, que son el ciclo de Pascua y el de Navidad con su preparación y su prolongación. Es el tiempo más antiguo de la organización del año cristiano. Y además, ocupa la mayor parte del año: 33 ó 34 semanas, de las 52 que hay. Si los otros tiempos son llamados “tiempos fuertes”, el tiempo ordinario no se puede llamar ni tampoco ser considerado un tiempo “débil”. Cada día litúrgico tiene lecturas propias, lo cual está indicando su importancia. En este tiempo se sitúan la mayoría de las memorias o fiestas de los santos, además de algunas fiestas y solemnidades del Señor en día fijo o variable. Todas ellas reciben luz de la Pascua de Cristo. La Iglesia, “por una tradición

apostólica que trae su origen del día mismo de la Resurrección de Cristo, celebra el misterio pascual el primer día de cada semana, llamado el día del Señor, o domingo” (SC 106). Así pues, “el domingo ha de ser considerado como el día festivo primordial” (NUAL 4). Puesto que el día del Señor es el núcleo y el fundamento del año litúrgico, por medio del cual la Iglesia despliega todo el misterio de Cristo, “solamente cede su celebración a las solemnidades y a las fiestas del Señor, inscritas en el calendario general” (NUAL 5). Cuídese de presentar debidamente a los fieles el domingo y de inculcarlo a su piedad “como el día festivo primordial, de tal manera que sea también día de alegría y de liberación del trabajo” (SC 106). En las ferias del tiempo ordinario o en las memorias libres, se puede celebrar cualquier formulario de Misa y emplear cualquier clase de oración por motivos diversos, exceptuando las misas rituales. Se puede escoger libremente el formulario de cualquiera de los 34 domingos, “o de cualquier santo del calendario, o del Martirologio, o de diversas necesidades, o votivas o de difuntos, pero éstas con tal que realmente se apliquen por los difuntos” (OGMR, 316, 334-337). En las Misas de las memorias se dice la oración colecta propia o del común; en cambio,

la oración sobre las ofrendas y la de después de la comunión, si no son propias, se pueden tomar del común o de la feria del tiempo correspondiente. Se dice gloria los domingos, en las solemnidades y en las fiestas, y en algunas peculiares celebraciones más solemnes. Se dice credo los domingos y en las solemnidades; puede también decirse en peculiares celebraciones más solemnes. Se omiten el gloria y el credo en las ferias y memorias. En los domingos se dice un prefacio dominical; en las ferias un prefacio común. En las solemnidades y fiestas el prefacio es propio del santo o del misterio que se celebra. En las memorias el prefacio puede tomarse del común o del santo correspondiente (apóstol, mártir, pastor, virgen, santo...). En las celebraciones de los santos no se omitirán sin motivo suficiente las lecturas asignadas para cada día en el leccionario ferial, a no ser que las lecturas propias traten de la misma persona o del misterio que se celebra, o un motivo pastoral aconseje lecturas apropiadas (indicadas entre paréntesis), que pongan de relieve algún aspecto peculiar de la vida espiritual o actividad del santo. Si alguna vez la lectura continua se interrumpe dentro de la semana por alguna fiesta o celebración particular, le está permitido al sacerdote, teniendo presente el orden de lecturas de toda la semana, o juntar con las otras lecturas la que corresponde omitir, o determinar qué textos han de tener la preferencia.


31 Constitución Sacrosanctum Concilium

TEOLOGIA DEL TIEMPO ORDINARIO Primeros pasos Los estudios sistemáticos sobre este campo litúrgico son de época contemporánea, por ello, no es fácil, ni posiblemente del todo exacto, hablar de la teología del año litúrgico. Acabamos de indicar que los estudios doctrinales sobre esta cuestión son bastante recientes y, por tanto, se mueven en el terreno de las aproximaciones. El año litúrgico celebra los acontecimientos históricos de Cristo no como tales, es decir, no en su materialidad histórica, sino en cuanto signos eficaces de salvación, en la cual, por la acción de Cristo, puede participar el hombre. Las acciones salvíficas del Cristo histórico forman parte de ese plan de Dios en virtud del cual se revelan en el tiempo de los hombres, santificándolos y haciéndolos entrar en el valor permanente de este acontecimiento que trasciende el tiempo.

Fue redactada por el Concilio Vaticano II, dedicando un completo capítulo V al año litúrgico. Constituye un tratado sencillo, con el acento puesto en los criterios que deben orientar la futura reforma litúrgica. Por esta razón se presentan los principios teológicos que deben fundamentar dicha reforma, sobre todo en los números 102 y 106, que se refieren al domingo. El n. 2 afirma claramente una cierta presencia del misterio de Cristo. La Iglesia celebra con un recuerdo sagrado la obra salvadora. La salvación se hace, pues, presente por una sacra recordatio; no es una memoria puramente subjetiva, sino que supone el poder sacramental de la liturgia. Esto queda todavía más claramente afirmado en el n. 106, al hablar del domingo. El misterio que la Iglesia celebra sobre todo una vez a la semana, y de forma más total una vez al año, es el misterio de la muerte y la glorificación del Señor. Quizá nunca se había afirmado con tanto vigor la presencia absoluta del misterio pascual en el culto cristiano. La celebración semanal y anual de la Pascua era la única celebración durante los primeros siglos. Sin embargo, la redención realizada por

Cristo comienza en su nacimiento y no llega a plenitud hasta que se alcance el tiempo del retorno glorioso del Señor. Por ello, a partir del s. IV, como dice bellamente la constitución, la Iglesia en el círculo del año desarrolla todo el misterio de Cristo; la misma constitución, en este texto, nos indica que el Adviento, citado en último lugar, se refiere más directamente a la parusia que a la Navidad del Señor. Debemos recalcar que esta totalidad del misterio de Cristo no es algo que se proponga primariamente a la contemplación, sino el actuar de Cristo para ponerse en relación directa y personal con los fieles, puesto que se trata de llenarlos de la gracia de la salvación, lo cual se hace posible gracias a que el misterio de Cristo, en cierto modo, se hace presente en todo tiempo. El texto habla claramente de la presencia objetiva del misterio, ya que se trata de ponerse en contacto con él. Por último, debemos tener presente que en todo este texto juega un papel importante la doctrina teológica sobre el concepto de memorial, el cual supone recuerdo del pasado, presencia y espera. Sea como sea, el misterio que celebramos es siempre el misterio de Cristo, el cual se hace presente sobre todo en la eucaristía, en el marco ritual y simbólico constituido por el binomio palabraacción de la fiesta que se celebra. El misterio de Cristo en el tiempo El año litúrgico no es otra cosa que el momento en el cual la totalidad de la historia de la salvación, es decir, la obra de Cristo en sus diversas proyecciones temporales de pasado, presente y futuro, entra en el tiempo concreto de un determinado grupo humano, en el espacio de un año. Con ello, el año litúrgico no hace otra cosa que subrayar el valor natural de síntesis propio de la línea


32 temporal de la historia de la salvación celebrada en el tiempo de la iglesia peregrina, en el interior de la unidad natural del factor tiempo (el año), que se hace presente de una manera ritual según la naturaleza propia de la liturgia. La cooperación lineal de la historia de la salvación, propia de la tradición bíblica, parece chocar con la dificultad de la estructura del año litúrgico, que se presenta más bien en forma circular, con su retorno anual, de acuerdo con la concepción griega del tiempo. En este aspecto, el retorno de un nuevo año, en relación con el precedente, es más bien un punto en la línea recta temporal de la historia de la salvación. La forma circular del año no crea un círculo cerrado, sino un círculo en forma de espiral que, por esto mismo, está siempre abierto. El ciclo del año, al celebrar la totalidad del misterio de Cristo en este espacio de tiempo, coincide en su final con el mismo contenido de celebración del final del año anterior, pero lo reencuentra en un plano superior y, por tanto, más avanzado que el año precedente. Se acostumbra a decir que

el final de un año litúrgico desemboca en el propio comienzo para volver a iniciar la misma celebración; pero esto no es exactamente así, porque se trata de una línea abierta y no de un círculo cerrado. Teniendo en cuenta, como hemos indicado, que el reencuentro se produce en el nivel superior de un nuevo año, es más propio hablar de una línea continua temporal, como una especie de horizontal recta, tendida siempre hacia nuevas actualizaciones en el futuro, porque es una historia que continúa. En efecto, la venida histórica de Cristo es el momento central de la salvación manifestada al mundo, pero la historia de la salvación continúa en el sentido de que Cristo es el principio de la nueva alianza (la nueva historia) que él anticipa, pero que el hombre no ha alcanzado todavía totalmente. El misterio de Cristo celebrado en la liturgia Entramos ahora en otro aspecto de primer orden para la teología del año litúrgico. No es suficiente tener claro el sentido del tiempo de los cristianos, en el cual se realiza progresivamente la salvación de Dios; debemos ver también de qué manera esta salvación se hace presente en ese tiempo. La respuesta es a través del sacramento de la fe. Por lo cual se debe recurrir a la teología de los sacramentos para poder avanzar en este campo. Nos limitaremos, pues, aquí a remitir a este tipo de estudios, sin dejar de mencionar los aspectos que más afectan a nuestro tema. Por su misma naturaleza, los sacramentos deben tender a desplegar toda su capacidad de significación. Sólo así son signos de la fe capaces de actualizar el misterio. De este modo, el simbolismo no es un adorno accesorio del misterio ni una

pedagogía provisional, sino el recurso coesencial de su comunicación. Tal es la profundidad de inserción teológica y ontológica del rito, del simbolismo ritual, en el misterio. Tal es el vínculo entre el misterio y el símbolo. Es justamente el símbolo concreto, en acto, que es el rito. Es el simbolismo el que sostiene, alimenta, vivifica, en el contexto de palabras y de acciones, al mismo rito, recreándolo. En este contexto es donde la unión entre rito y tiempo de salvación aparece como necesaria. El rito que prescindiera del significado concreto histórico de salvación propio del tiempo litúrgico sería menos rito, vería disminuida su naturaleza de ser cosa significante y, a la larga, se degradaría y perdería eficacia. El simbolismo es el medio de expresión del misterio histórico en la continuidad del tiempo. No se trata de un alargamiento artificial. El tiempo entra efectivamente en el contexto del misterio, y la acción simbólicoritual es el medio de su expresión. El sacramento es, pues, el intermediario entre el misterio y la historia.


33 Una vez glorificado, Jesucristo escapa a nuestras posibilidades normales de visión. A partir de ese momento, ¿cuál es la manera de entrar en contacto con el Señor que queda para los que están sujetos al tiempo de la historia? Sin duda, la fe. Pero ¿es esto suficiente? No, ya que si así fuese habríamos perdido parte de la dimensión que inaugura la encarnación del Señor. Si Dios se ha encarnado (se ha hecho carne), es para que el hombre pueda encontrarlo de nuevo humanamente a través de los signos visibles. En la representación simbólica del misterio realizado una vez para siempre Dios ofrece al hombre la posibilidad de este contacto más íntimo. De hecho, en esto consiste el misterio cultual de la Iglesia que él fundó. Gracias a los sacramentos de la iglesia encontramos de nuevo al Señor glorificado, y no sólo espiritualmente, sino de un modo corporal, a través de toda la economía de signos humanos que prolongan para nosotros la humanidad de Cristo. El tiempo de la Iglesia es la continuación de la historia sagrada, y los sacramentos prolongan las maravillas de Dios en favor de los hombres. Los sacramentos, pues, como acontecimientos característicos

del tiempo de la Iglesia, no son simples acontecimientos que se inscriben cronológicamente después del gran acontecimiento de la Pascua para conservar su memoria. No tienen sentido si no dan entrada al misterio en su fase transhistórica, anticipando desde el hoy de la historia humana los últimos tiempos. Para comprender mejor esta eficacia sacramental es conveniente que no se olvide la triple dimensión del sacramento en relación con el tiempo: todo sacramento comporta una referencia al pasado (Pascua histórica), al presente (comunicada a los hombres históricos) y al futuro (anticipación de la realización pascual en la Iglesia). Es en la eucaristía, como centro de la vida sacramental, donde se concentra en grado eminente todo el misterio de Cristo, hasta el punto de que toda misa es Pascua, Adviento, Epifanía... La eucaristía, por tanto, se relaciona íntimamente con la fiesta y contiene sintéticamente todo aquello que la fiesta amplía con una mayor riqueza de signos. El año litúrgico celebra las grandes acciones de Cristo, en las cuales la voluntad salvífica de Dios se manifiesta y se realiza. Pero no son las acciones humanas de Cristo en su aspecto humano de lugar y

de tiempo, sino en su aspecto de acciones salvadoras del Verbo que se expresa en su humanidad de Cristo, trasciende el lugar y el espacio y alcanza la totalidad de su cuerpo, que es la Iglesia. El año litúrgico, en el curso del tiempo mensurable, es la figura de toda la salvación de Cristo, cumplida en sí mismo, pero que va realizándose hasta que llegue la plenitud del reino. Celebremos el tiempo ordinario Crecer. Crecer. Crecer. El que no crece, se estanca, se enferma y muere. Debemos crecer en nuestras tareas ordinarias: matrimonio, en la vida espiritual, en la vida profesional, en el trabajo, en el estudio, en las relaciones humanas. Debemos crecer también en medio de nuestros sufrimientos, éxitos, fracasos. ¡Cuántas virtudes podemos ejercitar en todo esto! El Tiempo Ordinario se convierte así en un gimnasio auténtico para encontrar a Dios en los acontecimientos diarios, ejercitarnos en virtudes, crecer en santidad…y todo se convierte en tiempo de salvación, en tiempo de gracia de Dios. ¡Todo es gracia para quien está atento y tiene fe y amor! El espíritu del Tiempo Ordinario queda bien descrito en el prefacio VI dominical de la misa: “En ti vivimos, nos movemos y existimos; y todavía peregrinos en este mundo, no sólo experimentamos las pruebas cotidianas de tu amor, sino que poseemos ya en prenda la vida futura, pues esperamos gozar de la Pascua eterna, porque tenemos las primicias del Espíritu por el que resucitaste a Jesús de entre los muertos”. Este Tiempo Ordinario se divide como en dos “tandas”. Una primera, desde después de la Epifanía y el bautismo del Señor hasta el comienzo de la Cuaresma. Y la segunda, desde después de Pentecostés hasta el Adviento.


34 Les invito a aprovechar este Tiempo Ordinario con gran fervor, con esperanza, creciendo en las virtudes teologales. Es tiempo de gracia y salvación. Encontraremos a Dios en cada rincón de nuestro día. Basta tener ojos de fe para descubrirlo, no vivir miopes y encerrados en nuestro egoísmo y problemas. Dios va a pasar por nuestro camino. Y durante este tiempo miremos a ese Cristo apóstol, que desde temprano ora a su Padre, y después durante el día se desvive llevando la salvación a todos, terminando el día rendido a los pies de su Padre, que le consuela y le llena de su infinito amor, de ese amor que al día siguiente nos comunicará a raudales. Si no nos entusiasmamos con el Cristo apóstol, lleno de fuerza, de amor y vigor…¿con quién nos entusiasmaremos? Cristo, déjanos acompañarte durante este Tiempo Ordinario, para que aprendamos de ti a cómo comportarnos con tu Padre, con los demás, con los acontecimientos prósperos o adversos de la vida. Vamos contigo, ¿a quién temeremos? Queremos ser santos para santificar y elevar a nuestro mundo.


Arquidiócesis de San Luis Potosí

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21 de Junio

Mons. Arturo Antonio Szymanski Ramírez, Arz. Emérito, celebra su quincuagésimo séptimo aniversario episcopal.

21 de Junio Mons. Luis Morales Reyes, Arz. emérito de San Luis Potosí, celebra su cumpleaños. Muchas felicidades


36 Celebrar

ÂżQuĂŠ tipo de celebrante es Usted?


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BibliografĂ­a Capucillas LitĂşrgicas. Editorial Montecarmelo


SOCIEDAD MEXICANA DE LITURGISTAS, A. C. ARQUIDIÓCESIS DE SAN LUIS POTOSÍ

TIENE COMO MISIÓN PROFUNDIZAR EN LA CIENCIA LITÚRGICA Y PROMOVER LA FORMACIÓN TEOLÓGICA, ANTROPOLÓGICA Y PASTORAL DE SUS DESTINATARIOS

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Comisión para la Pastoral Litúrgica / Provincia de San Luis Potosí

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Junio - Septiembre 2017

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