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Ignoradas ignominias en la historia de Chile

Historia de nuestra constituciĂłn y nuestra poĂŠtica un collage necesario

Gustavo FrĂ­as


10 x 10 Ignoradas ignominias en la historia de Chile Historia de nuestra constitución y nuestra poética un collage necesario

Como en todo cumpleaños, cuando celebramos un nuevo centenario nacional, parece natural echar una mirada al aniversario anterior. A fines del siglo XIX tuvo lugar un hecho que, al decir de Germán Gamonal, remeció “hasta los cimientos de la sociedad chilena... la revolución de 1891, que pretendió cambiar el sistema político sin lograrlo, a pesar de los diez mil muertos...” Para mencionar otra poética y criminal similitud entre los comienzos de aquel siglo con los de éste, recuerde el lector que nuestros años comenzaron con la revolución de Pinochet, involución para algunos. Pero fue una revolución, de derecha si el lector quiere, pero revolución al fin y al cabo. Volvamos a Gamonal, y con él al pasado: “Hasta 1891”, dice, “gobernó en Chile la oligarquía. Después de la revolución continuó en el poder la misma clase. El cambio del régimen presidencial por el parlamentario 'a la chilena' no resolvió el problema político... los derrotados en los campos de Concón y Placilla volvieron al gobierno precisamente con quienes los había vencido”. Alberto Edwards definió el período como “crepúsculo del Estado portaliano”, y Mario Góngora, a quien, las condiciones políticas le parecen más bien la negación del Estado portaliano, resulta más taxativo aún. Después de la Revolución del ‘91 asumió la presidencia el almirante Jorge Montt, comandante de las fuerzas que derrotaron a los “leales”. El nuevo mandatario dictó las leyes necesarias para afianzar una política parlamentaria copiada el sistema británico de gobierno, la Ley de Comuna Autónoma, la Ley de Sistema Electoral y la que permitía la Autoconvocatoria del Congreso, todas ellas muy alabadas, pero, al parecer, el mismo presidente Montt fue quien impuso la idea de que la administración pública no era afectada por la rotativa ministerial. De hecho, durante su mandato realizó ocho cambios totales de gabinete y once parciales. Unos cinco años antes, bajo el signo de Libra, había nacido un poeta, Pedro Prado, en la chacra de su padre, Santa Laura de Barrancas, sobre la calle Mapocho, número 1335, esquina Lourdes, el 8 de octubre de 1886. El recién nacido era hijo de


Luis Absalón Prado Marín, un médico que compartía sus tareas de pequeño agricultor con las exigencias de la dirección del Hospital de San Vicente de Paul. Su madre fue Laura Calvo Mackenna. Dos años después, ella moría, probablemente en el mismo Hospital dirigido por su esposo, y precisamente talvez, en la habitación número 13 del Pensionado. Entonces, por un tiempo que se prolongó hasta que tuvo seis años, el niño quedó a cargo de su abuela, doña Clorinda Mackenna. Podrán criticar diciendo que sólo recuerdo lo negativo, lo malo, perverso, talvez estúpido, y que recurro a Prado y Los Diez porque su gran grupo de acción de arte miró sonriendo tanta barbaridad. Como si ellos mismos fueran “fantasmas observando un país inexistente”, se burlaban de lo malo, lo negativo, talvez lo estúpido. A modo de justificación, se me ocurre que al igual que nosotros, los individuos, las personas, la conciencia cultural de los pueblos puede olvidar lo que le desagrada, pero su subconciencia, incluso su inconciencia, conserva esos recuerdos, esas experiencias, y tiende muchas veces a reaccionar de acuerdo a sucesos y traumas que la historia oficial no recoge… Y tal como sucede con los individuos, me parece que, en la medida en que la sociedad haga concientes sus recuerdos, desaparecerán también sus reacciones inconcientes. Conciente o inconcientemente, eso fue lo que hicieron Los Diez y, en particular, Pedro Prado. Chile era por entonces un país rico, pero, al igual que ahora, solo unos pocos poseían dicha riqueza, y “viajaban por años a Europa mientras en el país construían mansiones que apenas habitaban”. Verdaderos palacios importados de Dauville, Trouville, Brighton, uno para la ciudad, otro para el fundo, otro cerca del mar o de las aguas termales, donde, además, comenzaban tímidamente a desnudarse. El dirigente popular Alejandro Escobar Carballo, afirma en sus memorias que, por entonces, la situación de los pobres había empeorado. Antes, la situación general del país había sido ‘relativamente próspera’, los salarios eran mínimos pero, en las ciudades, el costo de la vida era ‘sumamente bajo’. Solo que, al finalizar el siglo XIX, el cuadro económico y social se había modificado tan negativamente como sucede un siglo después, cuando la situación real de la población obliga a los pocos economistas que tiñen sus números con alguna sensibilidad humana, a considerar la existencia de dos índices de precios distintos, uno para los ricos, el otro para los pobres, siendo mucho más alto el IPC, Índice de Precios del Consumidor, que afecta a los pobres.


A todo esto, mientras se agotaban las administraciones públicas, nuestro niño poeta crecía año a año hasta cumplir los cinco a seis, cuando regresó a vivir con su padre, a quién los ojos de su imaginación veían como “un gigantón capaz de llegar hasta el sol”, dice Alejandro Baeza en su serie de Repiques, publicados en 1916 bajo el seudónimo de Fray Apenta. Su padre era “un doctor de esos chapados a la antigua... Diariamente se levantaba a las cuatro y a caballito se iba a trabajar a la chacra. A las ocho, (se trasladaba) tranquilamente al hospital a ver a sus enfermos. Y a las nueve de la noche estaba ya en una cama vecina a la de su hijo, que dormía en la misma pieza. Después de apagada la luz, platicaban”. “- Así, a oscuras”, - confesó el poeta al cronista, - “no se le ve a uno enrojecer, se siente más confianza, más deseo de intimar. Yo, allí, de cama a cama, a mi padre le contaba todo... Intimidades con los amigos, tentaciones, curiosidades, deseos... Y a cada cosa puso su atajo, a veces con una franqueza verdaderamente brutal para mi edad. Fue un médico del cuerpo y del alma a la vez”. Entre los recuerdos infantiles más caros y particulares el niño poeta, contó a Baeza que, trepando “en el ancho alfeizar con una mesita y una silla, aprendí desde muy pequeño a soñar largo. Porque soñar puede cualquiera, pero soñar largo, larguísimo, es comenzar a soñar de verdad. Poco a poco comienza uno a advertir un contorno propio, que se va revelando y que se asemeja con el resto del mundo entero y con la imagen de Dios… Todo esto es un muy largo, vago, sutil, pero cuando se inicia esta revelación, no se detiene ya más… Del mismo modo como se termina por salir del espacio se concluye también por salir del tiempo, y cuando ya se está fuera de ambos en este medio que tiende al infinito, el soñador comienza a conocer sus últimos rasgos que tienden a bosquejar perfiles de la divinidad, que sin saber alienta fuera y dentro de él”. Si yo creyese en la reencarnación, que a ratos lo hago, diría que el alma de Prado fue la de un hindú que murió muy viejo, después de haber alcanzado en sus meditaciones un alto nivel de conciencia. Más o menos por esos años, exactamente en 1894, nació Carlos Díaz Loyola en Licantén, más tarde sería nacionalmente conocido como Pablo de Rokha. Y también por esos días, el inolvidable Alberto Edwards llamaba Fronda Aristocrática a las familias que controlaban la nación desde 1810. Una fronda que, según el cronista, logró que su autoridad subsistiera, “sin control, por más de treinta años”. Y Gamonal agrega: “Como la historia es una repetición... ocurrió exactamente lo mismo que se aprecia hoy,


cuando forman coalición de gobierno... los mismos grupos políticos que”, hace pocas décadas, “luchaban ferozmente”. Edwards define el período: “… por más de un cuarto de siglo”, dice, “todo iba a parecer inmutable… dominan la inercia y la hipocresía colectiva… una anarquía de salón, (donde los políticos parecen) discretos, prudentes, juiciosos… Una política veneciana, con suaves luchas de salón entre magnates del mismo rango, no divididos ni por ideas ni por intereses, y amigos o parientes en sociedad, diletantes en política, que distraían los ocios de la opulencia en el juego de los partidos y de las crisis ministeriales”. Muchos comenzaban a expresar sus temores, entre ellos Francisco Puelma, que no vaciló al confesar que temía infinitamente más a “la dictadura de los Irarrázabal y los Martínez” que a la de Balmaceda. Y Francisco Valdés Vergara, citado también por Góngora, que afirma: Es “duro confesarlo, pero los hombres que hicimos la revolución con la mejor de las intenciones, hemos causado daños mayores que los bienes prometidos”. Casi simultáneamente, Enrique MacIver describe el abatimiento de la clase dirigente: “Ni de espíritu de empresa ni de energía para el trabajo carecemos nosotros, descendientes de rudos pero esforzados montañeses del norte de España. ¿Adónde no fuimos? Proveíamos de nuestros productos las costas americanas del Pacífico y las islas de la Oceanía del hemisferio sur, buscábamos oro en California, la plata en Bolivia, los salitres del Perú, el cacao del Ecuador, el café de Centroamérica, fundábamos bancos en La Paz y Sucre, en Mendoza y en San Juan, nuestra bandera corría todos los mares y empresas nuestras y manos nuestras bajaban hasta el fondo de los mares en persecución de la codiciada perla”. “Desde las guerras de 1837 y 1879 con Perú y Bolivia”, cuenta Vitale, el puerto de Valparaíso “vivía un boom económico y un período de expansión de las obras de infraestructura, nuevas viviendas y edificios monumentales al estilo francés y británico, algunos de los cuáles aún se conservan…” Así, Valparaíso era la ciudad con mayor crecimiento del país, permitiendo que, para cambio del siglo, el buen resultado periodístico de El Mercurio, fundado en el puerto en 1827, consiga extenderse a la capital, donde comenzó a circular a partir del 1º de junio. Y permítame agregar un detalle personal. Hace cien años, las farmacias se llamaban también droguerías y, sin problema alguno, se podía adquirir en ellas morfina para calmar dolores; para los nervios, láudano, que era opio líquido; inhaladores de bencedrina para despejar las fosas nasales; éter para sumirse en sueños paradisíacos y


cocaína para levantar el ánimo. De hecho, uno de mis tíos abuelo, Luis, adicto a la cocaína, murió hospitalizado en una clínica a causa de los médicos. Según sus hijos, el médico tratante lo había asesinado al suprimirle de golpe la cocaína. Anduvieron buscando por semanas al galeno para ajustar cuentas. Y yo mismo, siendo un adolescente atraído por la mirada alerta y el andar elevado que me prestaba, compré varias veces inhaladores de bencedrina. Pero volviendo a la historia colectiva, tanta ineficiencia política y boato privado solo es posible en un país rico. Chile lo era, pero a costa de una inmensa mayoría de pobres que se alimentaban a medias y no tardarían mucho en reaccionar. La primera huelga general tuvo lugar en 1890, cuando el país era gobernado por Balmaceda. Al movimiento social le cupo la particularidad de ser la primera huelga nacional latinoamericana, y, también por primera vez, su origen reconocía la clara influencia del socialismo europeo y del pensamiento anárquico, a los que se sumaban los sueños utópicos y las ideas sindicalistas. En alguna medida, tanto las ideas socialistas como las anárquicas fueron reanimadas por la primera encíclica social, Rerum Novarum, emitida por León XIII en mayo de 1891, en medio de la crisis sociopolítica que vivía el país. El documento papal contenía una defensa irrestricta de la propiedad privada, pero también condenaba al “capitalismo como causa de la pobreza y la degradación de muchos trabajadores”. La penetración de estas ideas despertó la esperanza de obreros y pobres en general, quienes, al decir de Simon Schama, “habían descubierto que los votos no se comen…”, y agrega: “Si se pone la esperanza y la desesperación juntas, ¿qué se obtiene? Una mezcla tan explosiva como la nitroglicerina”. A esa primera gran huelga siguieron otras, cada vez más violentas, hasta que alcanzaron su clímax durante el gobierno de Germán Riesco Errázuriz, un abogado de prestigio, primo hermano de un presidente anterior, Federico Errázuriz. Así, sobrevino la Rebelión Porteña de 1903, en la que la población se tomó el puerto de Valparaíso, y, en 1905, la Semana Roja de Santiago, llamada así porque fue comparada con el movimiento antizarista que había tenido lugar poco antes en Rusia. Sin embargo, la convocatoria intelectual de estos movimientos revolucionarios había dejado de ser una copia europea. La Escuela Republicana, creada por esos años, había desarrollado un seminario llamado El Precursor, donde se publicaron tres textos de vasta repercusión en el mundo obrero: La Leyenda del Trabajo, de Antonio Santibáñez, Los Tesoros del Trabajo, de Manuel Hidalgo padre, y una Historia de las


Sociedades Obreras de Chile, firmada por Francisco Prado. Dada la coincidencia de apellidos, esta última publicación debe haber tenido alguna influencia en el desarrollo del entonces adolescente Pedro Prado. Como hemos visto, el muchacho se había acostumbrado a ‘soñar largo’. Dice Luis Vitale que, desde la revolución de 1851, la clase trabajadora porteña había dado pruebas de combatividad, por ejemplo cuando, con el franciscano José María Pascual a la cabeza, se apoderó por una semana de los cerros por donde trepan las construcciones. En la siguiente revolución, 1859, los fleteros, jornaleros y artesanos, liderados por Horacio Manterola y Bartolomé Riobó se apoderaron por un día de la Aduana y prendieron fuego a la Intendencia. Luego, durante la huelga de 1888, los obreros del puerto mostraron de nuevo su fuerza al doblarle la mano a El Mercurio y, más aún, en la huelga general nacional de 1890… Aunque ya se había afianzado el Partido Demócrata… “donde nació y formó como obrero tipógrafo Luis Emilio Recabarren, quién fue Secretario General de ese partido en Valparaíso a los 21 años, y director de su periódico Democracia de 1899 a 1901”… y desde 1873 existía la Sociedad Republicana Francisco Bilbao y el movimiento mutualista, cuyo orientador, Fermín Vivaceta, había publicado en Valparaíso varios folletos, entre ellos Unión y Fraternidad de los Trabajadores, de 1877, donde estimulaba la organización de nuevas organizaciones sociales y políticas la “práctica social de huelgas y asonadas era más espontánea que convocada, más desordenada que organizada”. En mayo del año 1903, el mismo Partido Demócrata donde militaba Recabarren, “obtuvo en las elecciones municipales una de las más altas mayorías”, pero su triunfo fue desconocido por el Tribunal Calificador de elecciones. La suma de estos factores se tradujo, según Vitale, en “una lucha coyuntural por el aumento de los salarios y otras reivindicaciones que terminaron por provocar la rebelión de 1903, en la cual cerca de 10.000 trabajadores enfrentaron a los militares y policías en las calles”. El cronograma de lo sucedido es explosivo: e1 5 de abril los estibadores y chateros de la Compañía Inglesa de Vapores “presentaron un pliego exigiendo aumentos salariales y reducción de la jornada de trabajo… ‘Lo que ganamos trabajando de 6 am. a 6 pm. son tres pesos veinte por descarga de mercaderías, y por descarga de carbón cuatro pesos cincuenta, salario este último que hace tiempo ganan otros’… El gerente de la compañía… amenazó a los trabajadores con el despido si persistían en sus demandas. La situación provocó un movimiento solidario que se extendió a todo el


puerto. Los gremios de estibadores y lancheros se adhirieron con reivindicaciones propias… y a medida que los barcos arribaban al puerto, sus tripulantes se sumaban a las movilizaciones”. El 1º de mayo se programó un mitin seguido por una marcha de obreros que culminó con enfrentamientos con la policía. Seis días después, el 7 de mayo, la Cía. Inglesa y la Sudamericana de Vapores pidieron protección policial a la Gobernación Marítima para que sus operarios pudieran trabajar. El 11 de mayo se realizó otro mitin, harto combativo, pero no se llegó a nada y, al día siguiente, el movimiento se transformó en una huelga general de trabajadores porteños. “Esa mañana… se produjo el primer hecho de sangre: un jefe de policía hirió de muerte, de un balazo en la cabeza, a un huelguista y, como respuesta a la represión gubernamental, se desencadenó un amotinamiento popular que culminó con el incendio del edificio de la Compañía Sudamericana de Vapores…” Joaquín Edwards Bello recuerda que “una multitud diferente de la de todos los días, bajó de los cerros a la Plaza Sotomayor…: Sonaron vidrios rotos, gritos y tiros. Murieron dos individuos, una mujer y uno de esos policiales de entonces, llamados pacos. Tiendas y casas cerraron puertas y ventanas… Entre los días 12 y 13 de mayo ardieron montones de mercaderías en los muelles… Los muertos desconocidos eran llevados a la Morgue. En la noche hubo saqueos y nuevos incendios y muertos. Al día siguiente, la ciudad era un campamento. En medio de las ruinas y las humaredas se veían las carpas y armas de los soldados que habían llegado de Santiago y de Limache”. “El ejército y la marina reprimieron ferozmente a los manifestantes matando a cerca de 50 trabajadores e hiriendo a varios centenares. Asimismo se disparó del edificio de El Mercurio ultimando a más de 10 obreros. La fuerza represiva tuvo más de cuarenta heridos, lo que da una idea aproximada de la respuesta popular”. “Un periódico obrero de la época denunciaba el significado es estos acontecimientos: ‘Desde la Revolución de 1891, ningún suceso de carácter puramente social ha producido una conmoción más honda en el país que el movimiento obrero de Valparaíso… Y ha sucedido lo de siempre… ha sido necesario contar cien o más muertos, cerca de mil heridos, un malecón y un palacio incendiado, más medio centenar de casas saqueadas, mitines ardientes y toda una conmoción nacional para que la voz de la clase social que más sufre con el régimen del desgobierno y de favoritismo que nos rige, se haya hecho escuchar por el país y sus gobernantes”. Hasta aquí la historia que recupera Luis Vitale.


Alejandro Venegas escribe, bajo el seudónimo de Julio Valdés Cange, sus Cartas al Presidente,: “La impresión más viva que recibe el viajero al estudiar nuestra organización social, es la que produce el contraste entre la gente adinerada y la clase trabajadora; porque en Chile hay solo dos clases sociales, ricos y pobres, esto es, explotadores y explotados, no existe la clase media: los que no somos ricos ni menesterosos y aparentemente formamos el estado llano, somos gente de tránsito”. La situación parecía más injusta aún tratándose de ser aquellos años tiempos de riqueza. Chile, si bien presa de un desordenado parlamentarismo, era un país rico gracias a los altos réditos que devengaban principalmente de la explotación del salitre. Pero tampoco dicha explotación tuvo origen muy transparente, ni tampoco eran limpias sus prácticas laborales y explotadoras. Respecto de su origen, Juan Luis Mery, creador de los diarios La Opinión de Iquique, Tocopilla, Santiago y Valparaíso, sostuvo textualmente en una entrevista con Wilfredo Mayorga que “las propiedades salitreras tenían raíces de piratería… En 1865, cuando Chile no tenía dominio sobre Tarapacá y Antofagasta, en la Notaría Vallejos de Taltal, se otorgaban pertenencias salitreras por 'estacas'. Cada 'estaca' equivalía a un millón de metros cuadrados. Más tarde, a principios de siglo, cuando comenzó el auge del salitre, los capitalistas europeos quisieron tener intereses en esta industria”. “Entonces, la oligarquía y los políticos venales realizaron el más gigantesco fraude conocido. Compraron los títulos otorgados en Taltal, les cambiaron las fechas y los lugares, y los vendieron como ubicados en Tarapacá y Antofagasta a los inversionistas norteamericanos y europeos. Estos compradores fueron engañados, pues adquirieron títulos falsos”. “Yo había fundado La Nación, en Antofagasta, y denuncié estos hechos “, sigue J.L. Mery. “No sé cómo estoy vivo aún. El escándalo fue mayúsculo... El presidente Barros Luco se vio obligado a solicitar un ministro en visita... Pero muy luego los políticos y la oligarquía comprometida se acercaron al Presidente y le pidieron que hiciera archivar los papeles del proceso de las salitreras, porque de seguir aquello adelante, todos los inversionistas engañados perderían sus dineros. Así se hizo y los documentos más peligrosos y comprometedores desaparecieron misteriosamente”. Demás está decir que aún conservamos esta costumbre gobiernícola, sólo que hoy no desaparecen papeles, simplemente se roban los computadores. Si sus títulos no eran legales, el tratamiento que las empresas explotadoras del salitre imponían a sus obreros era sencillamente inhumano. “La vida de los mineros del


norte era un infierno. En las calderas los obreros caían a los 'cachuchos' hirviendo y a las chancadoras”, contó Manuel Hidalgo al mismo Wilfredo Mayorga. Por varios años los obreros pidieron a las compañías explotadoras del oro blanco el pago de jornales al tipo de cambio de 18 peniques. También exigían el ingreso libre a los campamentos mineros de los vendedores externos, porque la mayoría de ellos debía hasta el alma a la pulpería de la mina. Además, para evitar las inevitables quemaduras y accidentes de mayores proporciones, pedían rejas de fierro como protección de las calderas... En un año murieron más de cuatro mil obreros por accidentes en sus trabajos. (Casi) la mitad de las bajas que tuvo la guerra civil contra Balmaceda”, agrega Manuel Hidalgo. Todos estos hechos condujeron a las populares Sociedades en Resistencia y a las Mancomunales a darse una estructura nacional en la Convención de Mayo de 1904. Vitale considera que este antecedente resulta “clave para comprender la envergadura de aquellos movimientos coordinados y organizados a lo largo del país”. Fue entonces cuando tuvo lugar la llamada Semana Roja que, por ocurrir en la capital del país, provocó gran impacto nacional. Dice Luis Vitale que la rebelión popular santiaguina “coincidió, por esos azares de la historia, con la revolución rusa antizarista (22 de enero de 1905), de gran repercusión mundial… “… como el Pope ruso Jorge Gapon… surgió (en Santiago) la figura de un singular personaje: el Pope Julio, Juan José Julio Elizalde. Estimulado por la Encíclica Rerum Novarum… empezó a publicar folletos en los que criticaba a los ricos, reivindicando la imagen de ‘Cristo Pobre’… Este pedagogo, filósofo, poeta y orador prestó durante treinta años importantes servicios a la Curia, donde gozaba de reconocido prestigio por su talento. En febrero de 1905 fue suspendido de sus tareas sacerdotales por el Arzobispo de Santiago; desde hacía tiempo ‘se esmeraba en una prédica novedosa interpretando los evangelios, misterios y sacramentos de la Iglesia en un sentido popular. Sostenía que la adoración de los santos debía entenderse como amor a la Humanidad, especialmente a las clases humildes que no recibían la debida protección del clero y de los aristócratas feligreses”. Fernando Pinto Lagarrigue agrega que los argumentos del Pope Julio, “basados en la filosofía de Augusto Comte, de la cual se constituyó en propagandista, empezaron a difundirse en volantes que imprimía mediante colecta entre los obreros”. Vitale cita una de sus proclamas, publicada por El Ferrocarril: “Tengo la honra de invitar a esta conferencia a todas las clases sociales y en especial a los hijos del pueblo… haré


revelaciones sensacionales que por primera vez serán oídas y las cuáles producirán en los oyentes un saludable asombro, porque tendrán la fuerza que encierra la verdad”. “A esta conferencia efectuada en el Teatro Lírico, Moneda entre Teatinos y Amunátegui, asistieron más de cuatro mil personas que repletaron el lugar. Una de las galerías se hundió y en la desesperación en busca de la salida murieron aplastadas doce personas”. El viernes 21 de abril, día en que se celebraba la procesión del Santo Sepulcro, los adeptos del Pope Julio se concentraron por millares, intentando “destruir las andas de la procesión, lo que ocasionó una represión violenta de las fuerzas policiales”. Pocos meses después se produjo en Santiago el combativo movimiento que ha pasado a la historia con el nombre de la ‘Semana Roja’. Luis Vitale lo describe así: “Las organizaciones obreras convocaron a un gran mitin el domingo 22 de octubre en la Alameda de las Delicias para protestar por el encarecimiento de la vida y exigir al gobierno de Germán Riesco que derogara el impuesto establecido sobre el ganado argentino, que hacía inaccesible (el precio de la) carne para el consumo popular; de ahí el nombre ‘Huelga de la Carne’… El Mercurio reconoció que podía calcularse “entre 25 y 30 mil el total de personas congregadas en el momento de ponerse en marcha la columna”. El presidente Riesco realizó entonces uno de los dieciséis cambios ministeriales que sufrió su gobierno, pero se negó a recibir una comisión organizada por los huelguistas. Cuenta Vicuña Fuentes que “el pueblo se enfureció y pretendió ingresar al Palacio de la Moneda por la fuerza.” Al no conseguirlo, “se desparramó iracundo por las calles, rompiendo faroles y vidrios y gritando desaforadamente. La policía cargó varias veces contra los manifestantes, que respondieron a pedradas. La sangre de los heridos empezó a correr en uno y otro bando… La policía escasea (y resulta) impotente: el pueblo destrozaba los escaños de los paseos, los vidrios de los edificios públicos y los focos y faroles del alumbrado. Hacia la noche la Alameda presentaba un aspecto fantástico: los grandes mecheros de gas habían sido rotos en sus bases e incendiados allí… El día 23 por la mañana la exasperación popular seguía a pesar de la fatiga”. Vitale recurre a los recuerdos de Domingo Amunátegui Solar: 20 mil hombres, “armados de palas y barras de hierro, algunos con revólver, recorrían la avenida de Las Delicias de un extremo a otro… Fueron saqueados muchos almacenes de las calles San Diego, Arturo Prat y Maestranza. La Botica del Indio, situada en la esquina que


comunica la antigua Alameda con la calle Ahumada, cayó en poder de las turbas que vaciaron sus anaqueles”, y asegura que los huelguistas lograron apoderarse de la ciudad durante 48 horas. “Desfilaron desde sus barriadas hacia el centro… amenazando con entrar a La Moneda y la Tesorería Fiscal. El gobierno, viendo que la policía no era capaz de doblegar la combatividad de los trabajadores, llamó con urgencia a varios regimientos que estaban de maniobras en Quechereguas, a 200 kilómetros de la capital. Llegaron al mediodía del martes 24, comenzando de inmediato la matanza, que alcanzó según algunos a doscientas personas y, según otros, a quinientas… En la masacre participó activamente un numeroso grupo de jóvenes armados de la burguesía. Estas guardias blancas, que habían empezado a organizarse en varias ciudades y centros mineros, actuaron con presteza en defensa de sus intereses de clase”. El día 24, El Mercurio comentaba: “La noticia del levantamiento popular trascendió rápidamente a todos los hogares de Santiago, cuya juventud, inspirada en generosos propósitos de orden, se dio cita inmediatamente en el local del Club de la Unión donde se procedió a organizar la guardia formada por esa misma juventud para secundar la vigilancia de la policía de seguridad…” Desde el punto de vista opuesto, el periódico El Alba señalaba: “El pueblo ha sido asesinado con toda saña y alevosía por la horda joven de la burguesía. Han sido asesinados cobarde y vilmente más de 500 ciudadanos y más de 1500 fueron heridos. El obrero pedía alimentación barata: se le contestó con la metralla y el sable; pidió después justicia y castigo de las matanzas, se le contestó con la bala que la burguesía, armada con las mismas armas que el pueblo le costeó para defensa de la patria, disparaba a mansalva”. Mientras, Pedro Prado crecía lentamente, aislado en las enormes casas y bodegas de adobe y teja de la calle Mapocho número 1335. El joven ya sumaba dieciséis años y estudiaba en el Instituto Nacional, donde era compañero de Julio Bertrand Vidal, quien ya soñaba con ser arquitecto, y fotógrafo en sus ratos libres. Para la mayoría en cambio, a 1906 “le viene bien aquello de cuando el año está de piojos, hasta del cielo caen”, como dijo Manuel Hidalgo cuando resumió sus recuerdos ante Wilfredo Mayorga. Como reflejo personal de tanta tragedia, Prado sufrió la muerte de su padre, el doctor Prado. El mismo contaría (en 1949, cuando le fue concedido el Premio Nacional de Literatura) que después del fallecimiento de su progenitor, creyó enloquecer. “Como un desatentado fui al norte y me robaron; y fui al sur, sin rumbo, atravesé varias veces las cordilleras australes hasta volver, por fin, a


Neuquén, como si despertara de una pesadilla, convertido en un simple e infeliz arriero”. Los “viejos arrieros llegaron a reconocerlo como experimentado baqueano, tantas fueron las veces que se aventuró en formidables desfiladeros e insondables quebradas cordilleranas, donde fuertes vientos emitían tenebrosos ruidos”. Como el fallecimiento del doctor Prado ocurrió en 1906, los comentaristas suponen que estos viajes deben haber coincidido con la creación de Flores de Cardo, cuya publicación tuvo lugar en 1908, coincidiendo con la muerte del primer gran poeta nacional, Carlos Pezoa Véliz, cuyo ideal literario fue cantar la vida del pueblo chileno con tonos de Rubén Darío. Pero fue Flores de Cardo la obra que produjo la primera gran revolución de la poesía chilena, “el quiebre del verso libre”, resume otro gran poeta, Jorge Teillier. Fue por esos días cuando apareció por primera vez El Peneca, una publicación extraordinaria, que por varias décadas acompañó a la infancia y la adolescencia de los chilenos. Mientras, haciendo gala de su tradicional conservadurismo, tejido con hilos nepóticos, el país había elegido presidente a Pedro Montt, hijo del presidente Manuel Montt y pariente de Jorge Montt. El nuevo mandatario era abogado y hacía gala de una gran cultura que demostraba hablando de corrido latín, griego y varios idiomas europeos. Como fue habitual en el período parlamentario, la autoridad máxima se vio en la obligación de modificar la constitución de su Gabinete de gobierno en ocho oportunidades, asunto que, en las repetitivas palabras de los gobiernos parlamentarios, no afectaba mayormente el desarrollo de las políticas públicas. El 16 de agosto tuvo lugar el terremoto de Valparaíso. Devastador como corresponde a un gran terremoto, el movimiento destruyó pueblos y ciudades desde Quillota hasta la Costa Central, particularmente Valparaíso, que por entonces, casi una década antes de la inauguración del Canal de Panamá, era el puerto principal del Pacífico Sur, tal como San Francisco, en California, lo era de Norteamérica. Después de la destrucción provocada por la huelga de 1903, el Puerto se había convertido en la ciudad mejor construida, hermosa y moderna del país. Las principales empresas navieras del mundo mantenían oficinas permanentes, que aparte de ser fuente importante de ingresos nacionales, promovieron el desarrollo urbanístico y arquitectónico de la ciudad que casi un siglo más tarde la convirtiera en Patrimonio de la Humanidad. Como si la ira de la naturaleza hubiese sido poco, acto seguido el propio presidente se encargó de provocar un terremoto financiero que, para los más pobres,


significó la desvalorización del peso fuerte, como era popularmente conocida la moneda nacional. En palabras de Hidalgo, se produjo “un cordón de miseria desde Antofagasta hasta Magallanes”. A todo esto, Luis Emilio Recabarren se había trasladado al norte, donde continuaba militando en el Partido Democrático. Fue diputado electo por Tocopilla, pero no pudo asumir el cargo en propiedad porque se negó a jurar por Dios ante la Cámara. El hecho resultó tan escandaloso como cuando en 1903, el Tribunal Calificador negó el triunfo de dicho partido. Incluso El Mercurio, tradicional decano de la prensa nacional, repudió el hecho: “Era el único asiento limpio y sin cohecho que había en la elección”, comentó en una editorial. Pero el escándalo no pasó de ahí. Era una siesta, pero el país se agitaba inquieto en su sueño. Hay cifras del año 1884, que señalan que el 60% de los nacidos fallecía antes de cumplir los siete años, y, a comienzos del siglo XX, el 30% moría a poco de haber llegado a este mundo. Simultáneamente, el campo comenzó a vaciarse por la emigración a las ciudades en demanda del trabajo industrial. En eso estalló en México la primera revolución socialista de la historia, con toda la sangre, los muertos y esqueletos de Posada. Si bien no tuvo incidencia alguna en la política chilena, se sumó a los acontecimientos de la Commune francesa para que, poco a poco, la fe en las doctrinas eclesiásticas fuera cediendo espacio a la fe en las ideologías. Reflejo de ello fue la ideología del Partido Radical, donde la cuestión social adquirió su mayor relieve, en particular gracias a Valentín Letelier. Góngora cuenta que Letelier había escrito “un artículo, Los pobres, donde demuestra que la forma como se planteó en ese tiempo la lucha de clases, había resultado fatal para la existencia del principio de igualdad”. Letelier sostenía que el derecho burgués moderno sólo creaba situaciones jurídicas perfectas cuando las partes estaban en igualdad de condiciones, pero en caso contrario, “la libertad es una irrisión para los débiles, porque no hay desigualdad mayor que aplicar un mismo derecho a los que de hecho son desiguales…”, termina diciendo antes de atacar de frente las doctrinas del libre cambio y del individualismo. El anarquismo había ingresado al país poco antes, pero se había limitado a difundir “toda una literatura revolucionaria importante… en que destaca la producción del príncipe Kroporkin”, los anarco-sindicalistas por su parte, difundían la “célebre doctrina de la acción directa por la huelga total” de Sorel. En diciembre de ese año ocurrieron hechos de tanto dolor y tragedia que, a pesar de la irresponsabilidad congénita de sus autores, solo se pueden calificar de


crímenes contra la humanidad. Más de 10 mil trabajadores de las salitreras, particularmente las explotadas por capitales ingleses, después de haber solicitado por años las mismas reivindicaciones sociales, salariales y de seguridad, marcharon hasta Iquique en largas columnas. El Presidente Montt envió a la zona a Carlos Eastman y al general Silva Renard con instrucciones taxativas: poner fin al conflicto. La trágica sucesión de hechos ha sido recogida por varias obras de arte. Luis Advis, nativo de Iquique, compuso la extraordinaria Cantata de Santa María, que fuera interpretada en su estreno por el conjunto Quilapayún y en la actualidad por Chancho en Piedra. Y Hernán Rivera Letelier, el notable novelista nortino, narra en Santa María de las flores negras el viaje de los mineros y sus familias de las salitreras a la ciudad, su llegada y la forma como los militares hicieron calle, obligándolos a encerrarse en los patios de una escuela pública. Así llegó el 21 de diciembre… y en frases de Rivera Letelier, “era la una y cuarenta y cinco minutos de la tarde cuando el pleno de las fuerzas militares disponibles –de tierra y de mar- comenzó a formar filas en la plaza Prat. El Comandante en Jefe, general de Brigada Roberto Silva Renard, llevaba en un bolsillo de su guerrera el decreto firmado por el Intendente en el que ‘en bien del orden y la salubridad pública’, se acordaba y se mandaba trasladar al local del Club de Sports a los huelguistas concentrados en la escuela Santa María y en la plaza aledaña…” “Soldados de los regimientos O’Higgins, Rancagua y Carampangue, junto a las tropas de la Artillería de Costa, más toda la marinería de los cruceros, formaban la infantería de su ejército en movimiento. Las ametralladoras del crucero Esmeralda, flamantes y aún sin estrenar, constituían la artillería pesada. La caballería la conformaban las temibles tropas del Regimiento Granaderos y la dotación completa de policías del puerto que en su polvoroso trayecto por las calles de la población, armados de lanzas, fue obligando a todos los pampinos que traficaban por ellas, y a cualquier persona que se les cruzara en el camino, a marchar hacia el lugar de concentración…” “Acto seguido (el general) comisionó al coronel Sinforoso Ledesma para que se acercara al Comité que presidía el movimiento y le comunicara la orden estampada en el decreto gubernamental...” Los trabajadores fueron representados en dicha reunión por Olea, Briggs y Aguirre.


“Los integrantes del Comité tras un rápido conciábulo con la gente más cercana... respondieron al coronel diciendo que la actitud de la gente era tranquila, que no había ni habría violencia...” “A las dos cuarenta minutos de la tarde, cuando el general, al ver fracasados los intentos de sus colaboradores, decidió ir él mismo a parlamentar con el enemigo”... obtuvo similares resultados.” “A las tres de la tarde, el calor en la plaza era ya de caldera. Y la muchedumbre, parada a pleno sol, lo soportaba estoicamente... Eran las tres y veinte (cuando) convencido el general de que ya no era posible persistir por más tiempo – ‘sin comprometer su prestigio y la honra de las autoridades y de la fuerza pública, y penetrado de la necesidad de dominar la rebelión antes que terminara el día’, como escribiría en su informe -, se decidió a tomar la resolución final, Erguido en su cabalgadura, con el sol prendido en sus arreos militares, tras persignarse levemente, levantó la mano para dar la orden de fuego... Eran las tres cuarenta y ocho minutos de la tarde de sábado 21 de diciembre... cuando bajó el brazo dando la orden...” Según el parte oficial, aceptado por el gobierno, hubo 130 muertos e igual cantidad de heridos, pero las cifras extraoficiales hablaron de 3.600 obreros, mujeres y niños asesinados. Cálculos menos caldeados suponen que se trató de un millar y medio de víctimas. Según Juan Radrigán la reacción del gobierno fue al menos dudosa: “El general Silva Renard recibió el apoyo de la prensa, se le hicieron homenajes públicos, y fue promovido a un grado superior en la jerarquía militar”… Incluso se bautizó una calle con su nombre. “La experiencia de lucha, de organización, y el fuerte sentido y contenido de clase de la acción proletaria pampina, entrarán a condicionar e influir fuertemente en el desarrollo de la toma de conciencia de la masa trabajadora”. Enrique Reyes Navarro. Aunque Luis Galdames, apoyado en los planteamientos de Hanna Arendt y Jacques Rancière, sostenga que “la represión de 1907 expresa un acto de represión social, de policía, pero no de política…”, mi impresión es exactamente la contraria. La masacre había sido institucionalizada como una forma de acción política. Hubo masacres en 1890, 1903, 1905, 1906 en Antofagasta, y, pronto veremos que, después de 1907 la represión sangrienta se seguiría utilizando como política. La inercia de los gobiernos, las leyes y la justicia oficial ante los crímenes de Santa María de Iquique, provocó una venganza personal, y Silva Renard fue apuñalado en pleno Parque Cousiño.


Al año siguiente, Nicolás Palacios dictó una conferencia, La decadencia del espíritu de nacionalidad, cuyos últimos párrafos Mario Góngora considera proféticos: “En la atmósfera moral de Chile flota a la fecha un vago presentimiento de males futuros, de intranquilidad por el porvenir, de presagios siniestros, algo como la conciencia de un mal interno indefinido, que royera sordamente los centros mismos de la vida nacional. Esta alarma general de los ánimos ha traspasado ya los límites de la inquietante duda y el pueblo chileno empieza a perder la antigua fe en sus destinos. El lazo que une los mil motivos de descontento es, pues, el sentimiento de nacionalidad, el instinto magníficamente desarrollado de patria…” Jaime Valdivieso recuerda que Bauer cita respecto de la sociedad reinante en Chile por aquellos años, una descripción firmada por el economista Paul S. Reinsch en 1909: “Esta sociedad constituye la única aristocracia el mundo que todavía tiene completo y reconocido control sobre las fuerzas económicas, políticas y sociales del Estado en que vive”. Ejemplo de ello era la Ley Tizziano. Su inspirador fue un capitán del Ejército, Hernán Tizziano, oficial distinguido en la Guerra del Pacífico que había sido comisionado por el gobierno para organizar un Cuerpo de Gendarmes de las Colonias. Con el pretexto de “molestar lo menos posible a los jueces”, Tizziano ejecutaba a los criminales en el mismo lugar donde eran capturados. Hernán Millas recuerda que, al igual que hoy, la crueldad de los asaltantes no se contentaba con robar a sus víctimas, con frecuencia violaban a las mujeres jóvenes y asesinaban familias completas. El expedito procedimiento de “la ley Tizziano” fue criticado en Santiago, pero en Temuco la opinión pública lo aplaudió. Y con razón, a lo largo de todo un mes no se registraran fechorías. A raíz del éxito obtenido, el gobierno decidió fundir el Cuerpo de Gendarmes de las Colonias con los Gendarmes del Ejército en un solo Regimiento de Carabineros, el mismo que, veinte años después, el general Ibáñez fusionaría con la Dirección General de Policías, para darle su forma definitiva. La policía civil, llamados “pesquisas”, que así los diferenciaban de los “pacos”, tuvieron un desarrollo más lento y hubo que esperar el segundo gobierno de Arturo Alessandri para que, en 1933, se creara la Dirección Nacional de Investigaciones. Al filo del 1910, Recabarren realizó un balance de los primeros 100 años de vida republicana. El cuadro social que describe es harto pobre: “La clase capitalista o burguesa, como la llamamos, ha hecho evidentes progresos a partir de los últimos 50 años, pero muy notablemente después de la guerra de conquista de 1879 en que la clase gobernante de Chile se anexó la región salitrera… (La clase media) ha ganado poco en


su aspecto social y es la que vive más esclavizada al qué dirán, a la vanidad y con fervientes aspiraciones a las grandezas superfluas y al brillo falso… ha hecho progresos en sus comodidades y vestuario, ha mejorado sus hábitos sociales, pero a costa de mil sacrificios...” Y “la última clase, como puede considerarse en la escala social, a los gañanes, jornaleros, peones de los campos, carretoneros, etc., vive hoy como vivió en 1810… En cuanto a su situación moral, podríamos afirmar que en los campos permanece estacionaria y que en las ciudades se ha desmoralizado más”. Era cierto, al revés del espíritu de optimismo que parece imperar en este Bicentenario a pesar de los terremotos, maremotos, mineros atrapados por derrumbes y huelgas de hambre de los indígenas, hace cien años y a pesar de las inauguraciones de la Estación Mapocho de Ferrocarriles, del Palacio de Bellas Artes y de cantidad de monumentos donados por naciones amigas, la sociedad parecía temerosa. En eso, el Presidente Pedro Montt cayó gravemente enfermo y tuvo que viajar a Europa, para ponerse en manos de los mejores médicos. Finalmente murió en Bremen, en agosto del año del Centenario. El vicepresidente, Elías Fernández Albano, que debía asumir el cargo en propiedad, falleció poco después, en septiembre. Muchos hablaron de una maldición, la gente bien de ‘getta’, los otros de ‘funa’, culpando de tanta desgracia a las miasmas pestilentes contenidas en la cola del cometa Halley que por las noches decoraba los cielos del planeta, cubriendo más de una cuarta parte de firmamento. Interinamente, tomó la presidencia de este período, que Alberto Edwards llama “crepúsculo del estado portaliano”, el ministro más antiguo, Emiliano Figueroa Larraín, a quién correspondió encabezar las Celebraciones del Centenario, fiesta nacional a la que el Estado chileno había asignado más importancia que a las del cambio de siglo. Pero tantas vicisitudes habían entibiado el interés nacional. Recién en diciembre de 1910, el Congreso Pleno proclamó presidente a Ramón Barros Luco. Don Ramón era una personalidad anecdótica. En su calidad de presidente de la Cámara de Diputados, había participado directamente en la Revolución del 91, donde, ofició como uno de los líderes “constitucionalistas”, como se decían los congresistas opositores al gobierno de Balmaceda. A comienzos del conflicto, Barros Luco se embarcó en el Blanco Encalada, un acorazado de la armada. La intención era viajar de Quintero a Huasco para reunirse con las fuerzas rebeldes, políticas y militares. El 23 de abril de ese año, una noche de luna llena, el Blanco se encontró, a la cuadra de Caldera, con dos torpederas leales al


gobierno, la Condell y la Lynch. Las pequeñas lanchas torpedearon al acorazado. Fue la primera vez en el mundo en que se utilizaron en combate torpedos con cabeza explosiva, que en este caso dieron contra la sala de máquinas. El poderoso Blanco Encalada se hundió en cinco minutos. Barros se salvó del naufragio aferrado al rabo de una de las vacas que llevaban a bordo para ser faenadas en el camino. Conocedor de que los vacunos se ahogan por el culo, por donde les penetra agua hasta el estómago, sobrepeso que termina por hundirlos, el futuro mandatario no dudó en introducir su brazo hasta el codo para taponear el ano del animal. Hasta hubo coplas populares cantando el acontecimiento. Pero el humor resultaba grato a don Ramón, de quien se contaban numerosas anécdotas, se decía, por ejemplo, que el nuevo presidente había inventado un emparedado. Cortaba en dos una marraqueta, o pan francés como también se llama hasta hoy la notable invención de los hermanos Marraquet en su amasandería de Valparaíso, luego la rellenaba con un bistec de filete de res y una rebanada de queso chanco frito en la misma sartén que la carne. El resultado fue tan sabroso que el sandwich se popularizó con el nombre de su creador, Barros Luco. Pero el ingenio del nuevo Presidente no se limitaba a la gastronomía, como que, para una elección dominada por el cohecho, donde “votaron hasta a los muertos”, reemplazó su frase sacramental, “no soy una amenaza para nadie”, por “soy una garantía para todos”. De hecho, por los días de su elección se había hecho común pensar, dice Góngora, que “la intervención electoral de antes de 1891 era superior como método de selección a la ‘libertad electoral’ posterior”. Venegas agrega: “Antes (durante el imperio de la Constitución portaliana de 1833) teníamos, es cierto, una parodia de república democrática, porque el pueblo no elegía a sus representantes; pero éstos eran impuestos por una autoridad ilustrada y responsable, que sabía, por lo común, elegirlos entre los mejores, mientras que, en la actualidad, subsistiendo la parodia, y más ridícula que antes, los miembros del congreso son elegidos sin responsabilidad alguna, y triunfan casi siempre los más audaces, los más codiciosos, los más desvergonzados, los más pervertidos”. A pesar de este sentir, la sociedad nacional se divertía haciendo comidillo de las nuevas anécdotas del primer mandatario. Se decía que al ser informado de la dolosa desaparición de una gran cantidad de fondos en una repartición pública, sólo dijo “echen al portero”, anticipando así una verdadera tradición nacional en el manejo del


castigo por las innumerables pérdidas de dineros públicos. Fenómeno que, como consta al lector, persiste hasta hoy con la misma vitalidad del emparedado. Algunas de estas anécdotas fueron objeto de payas y coplas populares, pero los cuentos de don Ramón no resultaban graciosos para todos. “En 1905 éramos más felices que hoy”, escribió Alberto Edwards en 1912, “entonces creíamos en un hombre, ahora ya no creemos en ninguno”. Don Ramón parecía una especie de versión criolla de Turgot, el famoso ministro francés, creador del fisiocratismo, “laissez faire, laisser passer, le monde va de lui-meme”. - Los problemas que pueden arreglarse -, traducía el mandatario, - se arreglan solos. Los otros, no tienen solución. Mientras, si en Iquique los crímenes de Santa María no lograban ser olvidados, menos podían quedar totalmente impunes. En 1912, Luis Emilio Recabarren fundó el Partido Socialista Obrero, a esa altura de reconocida inspiración marxista, y no fue un simple accidente que el movimiento concentrara en las salitreras su mayor cantidad de afiliados e influencia. Además, comenzaba a despertar en el país la conciencia indígena. La Comisión Parlamentaria de Colonización reunió en las Actas del Congreso Nacional, cartas y memorias de los Protectores de Indígenas de las Provincias del Sur. Para hacernos una idea del estilo administrativo de los gobiernos de este período, reproduzco una anécdota que recuerda Mario Góngora. Manuel Rivas Vicuña, “gran virtuoso de las combinaciones partidistas y parlamentarias”, fue designado ministro de Hacienda. En calidad de tal, le correspondía preparar el presupuesto para el año 1913. Con este objeto llamó al Director de Contabilidad para pedirle los datos necesarios. El Director, o sea un alto funcionario público, le preguntó: - ¿Cómo lo quiere su señoría? ¿Con déficit o sin déficit? “Paradógicamente”, señala Góngora, “el momento en que esta aristocracia plutocratizada logra el poder total... ya no puede decidir”. Es que después de veinte años de gobierno, la coalición de partidos y prohombres que se turnaban alternando en ministerios y sillones parlamentarios, se habían llegado a sentir dueños del Fisco… y de sus arcas. Anotado sea de paso, se trataba de los mismos políticos que hicieron gala de culpable ignorancia y notable inhumanidad, ante el exterminio indiscriminado de nativos llevado a cabo por esos mismos años, en Tierra del Fuego, en manos de los “orejeros”. Los Diez, que habían sido bautizados en 1915, recibieron la confirmación de su nombre al año siguiente. Como consecuencia de la polvareda levantada por la


publicación de Los Diez, el libro de Prado, El Mercurio ofreció al grupo realizar una exposición en pleno centro de Santiago, calle por medio del Congreso Nacional. La inauguración tuvo lugar en los salones del diario, Bandera esquina Compañía, el 19 de junio de 1916. Poco antes se había conocido el resultado del censo poblacional: Chile tenía 3 millones 700 mil habitantes, de los cuales medio millón vivía en la capital. La muestra contó con más de cien pinturas, aguafuertes, dibujos y esculturas de Alberto Ried, Pedro Prado, Manuel Magallanes Moure, y resultó bien criticada por los especialistas y acogida por el público. El Chivo se llamó el comentario que Jenaro Prieto publicó en El Diario Ilustrado: “La exposición de Magallanes, Prado y Ried, es una prueba irrecusable de que no se precisan escuelas de bellas artes para que nazcan, como en este caso, Leonardos de Vinci de bolsillo...” Tan buenos comentarios se tradujeron en una buena venta. Manuel Magallanes, al recibir una considerable suma de dinero producto de la venta de casi todos sus cuadros, exclamó: “- ¡Pero, hombre por Dios! ¿Qué voy a hacer con tanta plata?” Tanto repercutió la exposición, que el 2 de julio del mismo año Los Diez organizaron una multitudinaria velada en la Biblioteca Nacional. En la ocasión se ejecutaron composiciones musicales de Alfonso Leng, Humberto Allende y Carlos Lavín. Entre interpretación e interpretación, Magallanes leyó algunos poemas y Pedro Prado un texto que nadie esperaba: Somera Iniciación al Jelsé, escrito fundacional y mensaje original de Los Diez. “Hay una continuidad, una constante y una finalidad en el pensamiento de Pedro Prado. La continuidad es considerar la belleza y la estética como máxima forma de vida, la constante, una búsqueda permanente de lo nacional, y la finalidad, descubrir una identidad capaz de definir hasta los opuestos que coexisten en el alma chilena”, dicen Arrugada y Goldsack. El Jelsé afirma que “Los Diez no forman ni una secta, ni una institución, ni una sociedad. Carecen de disposiciones establecidas y no pretenden otra cosa que cultivar el arte con una libertad natural… requisito indispensable para pertenecer a Los Diez (es) estar convencidos de que nosotros no encarnamos la esperanza del mundo; pero al mismo tiempo debemos observar con prolijidad todo nuevo ser que se cruce en nuestro camino, por si él encarnase esa esperanza”. Y respecto del líder del grupo, asegura que “Los Diez deben obedecer ciegamente al Hermano Mayor. Lo que él diga, se hará, pero no hay temor que diga cosa alguna, porque nadie sabe cuál es el Hermano Mayor”.


Así, la Somera Iniciación al Jelsé expresa también la faceta humorística del grupo, que se manifestaba también en “ritos iniciáticos solemnes pero jocosos, compuestos de ceremonias pavorosas, rituales imitados de la masonería, etc.” Recordemos que el Jelsé reconoce además la existencia de un Hermano Errante, que es de cuerpo pequeño y enjuto, enormes y desgreñadas barbas grises. Orgulloso hasta la petulancia, vagabundo que así baja a las chozas como sube a los palacios… y ríe clavando espinas en quienes lo escuchan. Si con su exposición en los salones de El Mercurio, Los Diez pasaron del anonimato al interés público, gracias a la conferencia de la Biblioteca Nacional se convirtieron en tan importante referente cultural, que muchos se acercaron al grupo, tantos que Segura Castro habla de “los innumerables hermanos del círculo artístico Los Diez”. El miércoles 22 de agosto de 1916, “una comisión compuesta de los señores Julio Bertrand, Juan Francisco González, Pedro Prado, Alfonso Leng y Alberto Ried, fueron al cercano balneario de Playa Blanca, Las Cruces de Cartagena, a elegir los terrenos ofrecidos a Los Diez por la Sociedad Población de Playa Blanca”, informa fríamente una crónica de la época. Recordemos que para ese entonces todavía estaba vigente el sueño circular de su arquitecto, Josué Smith Solar, de crear un balneario americanista, gracias a este adjetivo, el lugar parecía un destino natural para Los Diez. Es probable que ese 22 de agosto (según otros textos fue el viernes 24 del mismo mes) Juan Francisco González no haya viajado con sus hermanos decimales. El pintor estaba casado con una de las propietarias del lugar, y se trasladaba frecuentemente a Las Cruces. No se necesita gran habilidad para suponer que fue precisamente el pintor quien convenció del viaje a sus decimales, y previamente a la familia de su esposa, de hacer donación al grupo de dos terrenos en la proyectada urbanización. Sería una forma de indentificar el lugar asociándolo con el estudio y la creación del arte, tal como ya se lo asociaba con la sanidad del cuerpo, la elevación del espíritu y el retiro cristiano. Si el tren llegaba a las 11 de la mañana a San Antonio y de seguro con algún retraso, supongo que los viajeros deben haber alcanzado Playa Amarilla de Las Cruces, cerca de las dos de la tarde. El mismo día de su arribo, y “después de una opípara comida, los visitantes recorrieron a caballo el borde costero hasta llegar a los roqueríos conocidos en la zona como Punta del Lacho, y fue allí, enfrentando el Océano Pacífico y cerca del mirador que había proyectado Josué Smith” en su plano regulador de Las


Cruces, donde Los Diez soñaron con construir, sobre una roca que se elevaba unos diecisiete metros por encima de la marea, una torre roja, que sirviera de hogar colectivo a los hermanos decimales. La construcción llegaría a medir la “altura cabalística” de 33 metros, que sumados a la altura del peñasco, permitiría a un vigía situado en la almenada terraza, ver el contorno desde la punta de Santo Domingo hasta la de Tralca, y más allá aún si se disponía de un par de binoculares. “Junto al estrépito de las olas, en el sitio elegido para levantar nuestra atalaya”, recuerda Ried, “Ángel Cruchaga púsose a recitar su maravilloso poema El Canto de los Mares Solos: “Somos la remembranza de la tierra vencida necesitaba Dios nuestro vaivén profundo que era ritmo en sus versos y en su carne florida la invencible y eterna melodía del mundo. Como un collar perdido de piedras fabulosas las estrellas nos hieren en nuestro sueño esquivo Somos la sangre turbia de las difuntas cosas el grito gutural del hombre primitivo. “Juan Francisco se conmovió y, aproximándose a Prado, le dijo al oído: “- ¿No habrá copiado los versos el joven?” Probablemente caía el atardecer, ya que por aquellos años el sol se ponía cuarenta y tantos minutos antes de nuestro actual horario de invierno, y sin más espectadores que la privilegiada familia Marín Mujica, nada de lo que sucedía esa tarde frente a las olas incesantes había sido planificado, sin embargo, en la improvisada Acción de Arte, nada dejó de tener un sentido profundo y trascendente. Bertrand dibujaba, ignoro si en su imaginación o directamente en el papel, una torre que Hernán Rodríguez describe “altísima, de cinco pisos en los que se ubicaban respectivamente la entrada, el comedor, la basílica, las habitaciones y, en el último piso techado, la biblioteca. Sobre la Torre se encontraba el mirador, el campanario y un faro para guiar a los viajeros”. Silva Vildósola comentó el diseño de Bertrand: “La Torre parece un dibujo de Víctor Hugo, uno de esos castillos ideales, con mucha luz en las almenas y los cimientos hundidos en las sombras”. Lo cierto es que el dibujo no esconde sus reminiscencias románicas y góticas.


Para ver mejor la escena que se desplegaba frente a él, Prado debe haber cerrado los ojos. Mientras a Ried lo imagino anotando mentalmente, o talvez por escrito en la libreta de apuntes que siempre llevaba consigo, los detalles de la inesperada ceremonia. Cerca suyo debe haber estado Manuel Magallanes, y supongo en la mente musical de Alfonso Leng deben haber resonado los primeros compases de la Fantasía para Piano y Orquesta, que estrenara dos décadas después inmortalizando las dos horas que vivieron Los Diez ese atardecer. Y, agrega Roberto Zegers de la Fuente en Juan Francisco González. Maestro de la pintura chilena, que acto seguido, con los pantalones remangados y el agua a la rodilla, el artista pintó “al aguarrás una tela de pequeño formato, que eran sus preferidas, y gran simplicidad, pero con tal maestría y vigor que la torna insuperable”. Según Zegers, el cuadro en cuestión se encuentra hoy en el Palacio de Presidencia de Cerro Castillo, en Viña del Mar. Los Diez esperaban comenzar los trabajos de construcción apenas estuvieran terminados los cálculos de ingeniería y resistencia. Sin embargo, la construcción quedó sólo en los dibujos de Bertrand y el sueño de Los Diez. “Indudablemente la región se ha presentado muy apropiada para la cría del ganado. Aunque ofrece como único inconveniente la manifiesta necesidad de exterminar a los fueguinos”. The Daily News. 1872. Citado por The South American Missionary Magazine. XVI, 237. Londres, 1882. Francisco Coloane. Rostros del Guanaco Blanco. Una década después que los aborígenes australes del país fueran expuestos como antropófagos en París, sin que los chilenos abriéramos la boca para negar esta condición, los colonos descubrieron que la gran isla al sur del Estrecho de Magallanes, considerada como un desierto inútil, apto sólo para las subsistencia de fueguinos y patagones, era propicia para la crianza del ganado ovino. Pero los primeros rebaños fueron diezmados por los nativos, que no sólo se alimentaban con su carne, además las pieles curtidas les servían de ropa y abrigo. Se cuenta que fue entonces cuando los ovejeros de Tierra del Fuego comenzaron a pagar criminales por cada oreja de aborígenes asesinados que les llevaran. Lo que sigue puede ser leyenda, pero así fue como me la contaron alguna vez, debajo del indio de bronce de la Plaza de Punta Arenas y después de besarle el brillante pulgar de su pié con el afán de volver alguna vez, deseo que aún no realizo.


Preocupados por la situación, los curas salesianos se propusieron rescatar la población indígena sobreviviente, para lo cual, después de numerosas redadas, consiguieron reunir poco más de un centenar de individuos que trasladaron a una isla donde estarían a salvo. Al poco tiempo, los sacerdotes observaron que los hombres abandonaban el campamento durante el día. Intrigados, los siguieron para saber en qué estaban y fue así como descubrieron que su afán era construir una gran canoa, con capacidad suficiente para embarcar a todos los indios del campamento. Los curas mantuvieron en silencio su descubrimiento, con la idea de sabotear la embarcación y atribuir el naufragio a la voluntad divina. Una mañana los indios abandonaron en masa el poblado, se embarcaron y sucedió lo proyectado por los salesianos, la canoa hizo agua y se hundió a pocos metros de la costa. La leyenda termina contando que, resignados a permanecer en el poblado, desde ese momento los aborígenes dejaron de procrear. La isla en cuestión sería la misma Dawson donde, con posterioridad al Golpe del ’73, fueron encarcelados los presos políticos que habían tenido relevancia en el gobierno del presidente Allende. Sólo que esta parte del cuento, que escuché en la Plaza de Armas de Punta Arenas, la puse en duda cuando hace pocos días, conversando aquí en Las Cruces con Luis Merino, me enterara que la isla de los salesianos se llamaba Santa Elena. Bueno, no será ésta la única vez que deba decir ‘si non e vero, e ben trovato’. En 1914, el Crimen de Sarajevo originó la Gran Guerra europea, pero poca conciencia hubo en Chile de la gravedad del conflicto, los niveles que alcanzaría y la trascendencia de la revolución rusa. A cambio, el país fue testigo de dos revoluciones poéticas que cambiarían nuestra sensibilidad artística. Pablo de Rokha publico en 1816 Versos de Infancia, donde propone el uso del lenguaje popular en la poesía, recogiendo palabras antipoéticas tradicionalmente despreciadas por los escritores anteriores. Muchos lo acusaron de destrozar el lenguaje, lo que para sus críticos equivalía a perder el ser nacional. Y Vicente Huidobro publica El Espejo de Agua, donde “el mundo se transforma por la imagen”, y la palabra significa más por su sonido que por su sentido. Pedro Prado en cambio no publicó poesías, sino una novela donde relata una historia de la Isla de Pascua que escribió sobre la base de relatos, mapas, grabados y descripciones. A pesar de no haber viajado nunca a la isla, al decir de los conocedores, se trata del “mejor libro… y el más auténtico reflejo de vida pascuense”. En las primeras líneas el autor escribe: “Se ha dicho que Chile es una isla y yo creo que hay


pocas islas tan islas como nuestro territorio. En realidad solo poseemos una extensa playa. La cordillera nos empuja al mar, y si la contemplamos a la distancia, azul y empenachada de nieve, nos parece una ola gigante floreciendo su espuma; y si trepamos por ella vemos, en los días claros, un océano inmenso”. Iniciado el relato, Prado cuenta que “un aire de muerte vagaba por la isla… Los misioneros”, que habían suprimido la poligamia y la libertad sexual que antes se practicaba con toda naturalidad, “estaban entristeciendo a los alegres isleños”. - “Reverendos padres: Ustedes son unas buenas personas; pero severas y tristes en exceso”, explica el protagonista, un tal M. Bornier, a los curas. “Enturbian la alegre inconsciencia de los isleños con excesivos deberes y anuncios espeluznantes. Esto está mal, muy mal. Si hay un Dios, les castigará… porque, ¿a qué viene el llenar de trabas y temores la vida sencilla e inocente de estos hombres buenos y primitivos?” El protagonista escogido por el poeta fue un personaje real, el ciudadano francés Dutrou Bornier que llegó de Tahití a Rapa Nui y fue una figura muy querida por los pascuenses. En 1878 murió asesinado en la misma isla, aparentemente por los mismos nativos. En ese momento Bornier encabezaba una revuelta que pretendía impedir que se diera a conocer la religión católica a los habitantes de la isla. En octubre de 1915, la revista Zigzag publicó una entrevista a Manuel Domínguez Cerda, por esos años propietario del Teatro Unión Central. El empresario se proponía realizar un film, “Santiago Antiguo”, para cuya “confección había organizado una sociedad bajo el nombre The Chile Film Co”. Si bien no tenemos registro de la película anunciada, la empresa Chile Films existe hasta hoy y en sus estudios se filmaron durante los años cuarenta y siguientes numerosos films, y en la actualidad muchos programas que transmite la televisión abierta. En las elecciones de aquel año resultó electo Juan Luis Sanfuentes por 174 votos contra los 173 que obtuvo Figueroa. “La serenidad es algo muy parecido a la mediocridad. Los bueyes son serenos”. Vicente Huidobro. ZigZag, 1932. En el análisis de Mario Góngora, Sanfuentes fue un “corredor de comercio, sin ideas propias en ningún campo… paradigma del caciquismo de la época, en escala nacional”, dice y para probar sus aseveraciones, cita a Vicuña Fuentes: “la amabilidad campechana y cordial, la acogida democrática y sonriente, aún a los más humildes, la simpatía penetrante que florece en los hombres privados de orgullo… estrechaba la


mano de cada uno, se interesaba por todos, y”… colocaba a sus partidarios en cuanto cargo podía. En resumidas cuentas, si no el prototipo, Sanfuentes parece retrato del cacique, un biotipo político que con gran frecuencia ha controlado el poder en las naciones latinoamericanos. Su gobierno tuvo 17 cambios de ministerio. A comienzos del período presidencial del nuevo mandatario, Tancredo Pinochet Lebrun decidió hacer un estudio sobre la forma y condiciones de vida del inquilino chileno en las grandes haciendas. Al revés del afuerino, trabajador esporádico, contratado para las cosechas o casos de excepción, el inquilino era empleado permanentemente en los fundos, vivía en casitas proporcionadas por el propietario del lugar, usufructuaba de un cuarto de hectárea, a veces un poco más, poseía alguna vaca y uno o dos caballitos, y recibía diariamente la ‘galleta’, unos panes que le regalaba el patrón, amasados con un poco de harina blanca, mitad de harina integral y afrecho agregado para abundar la masa. “¿Y a dónde ir?”, se pregunta nuestro investigador en sus memorias. Finalmente el lugar escogido fue “Camarico, vuestra hacienda, Excelencia, atravesada por la línea férrea central… casi al lado de Talca…” La aventura de Pinochet resultó tan sabrosa y sus comentarios tan notables que resulta imposible dejar de reproducirla, al menos en parte: “Deberíamos disfrazarnos de inquilinos… Yo pude en el momento en que me vestía, al cubrir mi cuerpo con esos harapos de paria, sentir toda la miseria, toda la denigrante condición de subhombres que lleva el medio millón de nuestros inquilinos, mis compatriotas y los vuestros”. “En las calles de Talca, en la Estación de Talca, a nadie llamé la atención… Un primo mío, el abogado Armando Vergara, que me vio en la estación, no me reconoció. Mi traje habría llamado la atención en Londres, en Berlín, en Chicago, en cualquier aldea, cualquier campiña de Europa o de los Estados Unidos. Pero allí no llamé la atención; el subhombre es una entidad social en Chile, una entidad social tan común que no llamé la atención de nadie”. El investigador viajó en tercera clase hasta Camarico y comenta en su obra: “Vuestra hacienda es grande, Excelencia, tiene mil setecientas cuadras”, más de cinco mil hectáreas, “muchas de ellas tristemente abandonadas…” “Las casas de las familias de inquilinos…”, agrega algunas páginas después, “tienen un exterior agradable… (pero se componen sólo) de un dormitorio, donde duerme en promiscuidad toda la familia, y otra pieza que es una especie de bodega,


donde se revuelven en confuso montón monturas, frenos, ollas. Las piezas no están entabladas ni en el piso, ni en el cielo; las murallas no están ni pintadas, ni empapeladas, ni siquiera enlucidas. El dormitorio es oscuro, sin ventilación, de mal olor. La gente come en el suelo; los chiquillitos, semidesnudos, pululan como animalitos domésticos…” “Sin embargo, ésta era una impresión ligera… (luego) salimos de la casucha… y nos encontramos con un grupo de hombres que volvían del trabajo y se dirigían a casa del mayordomo a buscar su ración…” “Se trabaja en vuestra hacienda de sol a sol. Se come un pan de desayuno, sin café ni té, sin agua caliente; un plato de porotos a mediodía, sin pan; y otro pan al concluir el día. Después de esto, la bestia humana de vuestro campo (se refiere al afuerino) no va a un dormitorio a desnudarse; se tira en un montón de paja a toda intemperie, y al día siguiente se levanta, sin lavarse, desperezándose y principiando de nuevo a trabajar de sol a sol y comer una ‘galleta’… Pero… esto no es ni con mucho lo más grave que ocurre en vuestra hacienda”. El sueldo de un afuerino era de un peso diario y el del inquilino, apenas de 70 centavos. “Ya habéis visto, Excelencia, que nada pueden esperar vuestros inquilinos para su avance, del jornal misérrimo y en eterna decadencia, que se les paga en la ventanilla, con reja de fierro, de vuestro administrador”. “La raza vacuna, Excelencia, la raza caballar, la raza ovejuna, progresan en los campos de Chile, algo se han preocupado por ellas los hacendados; pero la raza humana, la bestia humana del campo chileno, no progresa, Excelentísimo Señor”. “Para darme cuenta de las avenidas intelectuales que habéis abierto para vuestros inquilinos, era justo que yo fuera a la escuela de vuestra hacienda… La Escuela de Camarico no es como las escuelas del campo en los Estados Unidos. Es un rancho, Excelencia, indigno de vuestra hacienda e indigno del templo de la educación… Llamé a su puerta para pedir un vaso de agua… La maestra es una mujer joven, casada, morena… Nos dio agua que fue a buscar ella personalmente”. “- ¿Muchos niños aquí en la escuela, señorita?” “- Ahora no, porque trabajan hasta los más chicos… Un día vinieron varios inquilinos a pedirme que les hiciera clases de noche… Me ofrecieron pagarme dos pesos al mes cada uno… Pero tuve que cerrar esa escuela porque el visitador, después de hablar con el administrador de la hacienda, no le gustó la idea… A mí me sobraba voluntad y a los inquilinos también, pero no se podía”.


“Después de presentaros esta queja dolorida… solicité de Vos, Excelencia, una entrevista para escuchar lo que tenéis que contestar a los subhombres que pueblan nuestros campos… Era el secretario de una multitud, el periodista, el que deseaba hablaros, y Vos os negasteis a escucharlo, como os habéis negado a que concurran a una escuela nocturna en vuestra propia hacienda, vuestros propios inquilinos”. A todo esto, a las oleadas de campesinos que huían de las paupérrimas condiciones del inquilinaje trasladándose a las ciudades, se unieron “oleadas de mineros cesantes” que emigraban por la sucesiva paralización de las salitreras. “Llegaban en verdaderos cargamentos, con mujeres y niños, trayendo en un saco sus escasas pertenencias, hambrientos, con el alma indignada y rebelde”. Para resolver el problema habitacional, comenzó a desarrollarse en Santiago la política de los conventillos, que consistía en la construcción de pasajes estrechos con pequeñas viviendas, de muy poco frente, a ambos lados. La conmoción social no sólo se manifestaba en los organizados trabajadores del salitre y los individualistas campesinos. Una tras otra se sucedían las huelgas en los más diferentes centros productivos, un día en las explotaciones carboníferas de Lota y al siguiente las minas de cobre, los tranvías de Santiago, los estudiantes… e incluso los sepultureros. Para Luis Vitale, los sucesos acaecidos en Puerto Natales a partir de enero de 1919, merecen especial atención por haber sido los únicos lograron un control organizado del poder local por algunos días. El movimiento comenzó con una huelga de los trabajadores del Frigorífico de la Sociedad Explotadora de Tierra del Fuego. Vicuña Fuentes afirma que “pronto hubo diez mil obreros en huelga que se enfrentaron a la policía a raíz del homicidio del subdelegado de la Federación. Los administradores abandonaron el establecimiento, cerraron la pulpería y los obreros se vieron amenazados por el hambre. Espontáneamente se sublevaron y cometieron algunos desmanes”. Los huelguistas recibieron refuerzos del vecino puerto de Bories, pero la policía y los carabineros los recibieron a balazos. “Esta vez los obreros contestaron el fuego y como su superioridad numérica era aplastante, pues toda la población es allí proletaria, carabineros y policías huyeron despavoridos a refugiarse a sus cuarteles. Los obreros los sitiaron y lograron tomarse el de la policía. El de carabineros… resistió denodadamente, reducido a la impotencia, pero sin entregar las armas. Los obreros quedaron dueños de la población. Como tenían numerosas bajas y serios problemas por delante… decidieron organizar una administración provisional. La Federación Obrera


se hizo cargo de esta difícil función. Varios días después”, sigue Vitale, “las tropas llegadas de Punta Arenas, masacraron al pueblo y se ensañaron con los trabajadores”. El 23 de enero de 1919 lograron controlar la situación, “luego de una represión que dejó un saldo de 6 muertos y más de 20 heridos”. El 24 de mayo del ese año, Baldomero Lillo escribió en San Bernardo una carta dirigida a Pedro Prado que hasta hoy permanece inédita: “Mi estimado amigo”, dice, “una necesidad imperiosa me obliga a solicitar de usted un préstamo en dinero para saldar una deuda de mil pesos que hace tres años pesa sobre mí. Mucho he meditado antes de dar este paso que me llena de vergüenza pero la certidumbre de que no me queda otro medio para salir de una situación angustiosa, me ha decidido. Lo que más temo es que Ud. me considere un sablista vulgar que apela a la amistad para explotarla a su favor. No quiero afligirlo haciéndole una pintura de la situación en que me colocó mi jubilación (125$ mensuales) pero le aseguro que ella es insoportable. He querido ganar algo con la pluma pero me (he) estrellado con la mezquindad de los directores de revistas que como el de ZigZag me da 30$ por un cuento que me ha costado quince días de trabajo. El Pacífico Magazine me paga un poco mejor, pero sólo publica un trabajo mío cada dos o tres meses. He escrito bastante últimamente más ningún fruto logro sacar de la literatura que es lo único que puedo hacer, pues mi enfermedad pulmonar me impide una labor continuada en otros campos. Samuel, mi hermano, me dice que no puede hacer nada, pues lo que ha hecho por mí excede su capacidad económica. Si no fuera por mis pequeños, créame que no habría escrito esta carta. Ellos son los que me hacen cobarde y me impulsan a dar este paso tan penoso para mí. Pagada esa deuda yo podría trabajar tranquilo por algún tiempo y dar los últimos toques a esa tan anunciada novela que ahora estoy empezando a sacar en limpio”. “Aunque usted no pueda hacerme el servicio que le pido escríbame dos líneas porque su silencio me haría creer que los temores que más arriba expreso se han realizado”. “Su afmo (?). Baldomero Lillo”. Me parece que esta carta expresa por sí misma la insensibilidad de un Estado que se decía protector. Así las cosas, la situación política del país comenzó su crisis final cuando, en 1920, fue nominado Arturo Alessandri Palma como candidato de radicales, liberales y demócratas, mientras la convención liberal y nacional, nominó a Luis Barros Borgoño, el mismo abogado, financista, profesor y hombre público que, quince años atrás, iniciara las tertulias políticas. Al momento de ser nominado, don


Luis era presidente del Club de la Unión, sede de la oligarquía chilena, y de la Caja de Crédito Hipotecario. “Frente a él”, dice Alejandro Magnet, “Alessandri ya había recorrido el país predicando una especie de evangelio de redención obrera que, en lo substancial, es perfectamente cristiano”, pero “aparecía como una amenaza para la Iglesia”. “Luego vino la agitada campaña por don Luis Barros Borgoño, su proclamación en el Teatro Arturo Prat, dos semanas antes de la elección, el combate a las famosas Ligas anticohecho, la Alameda llena de gente del pueblo montando guardia enfervorizada frente a la casa de Alessandri, arrancando el estuco milagroso, cantando el Cielito Lindo bajo el pálido cielo invernal”. Mayorga recogió estos recuerdos de uno de los protagonistas de la campaña, Héctor Arancibia Laso: “Comenzaron los discursos, las giras y la lucha”, el candidato opositor, Luis Barros Borgoño “tenía tanta plata y toda la administración pública... el correo y el telégrafo estaban en sus manos... (mientras nosotros) nos batíamos a pura garganta. Los discursos de Alessandri electrizaban... Caramba que hay que ser primer actor para dominar a cien mil espectadores”. El pegajoso sonsonete del Cielito lindo, “prendió por todas partes. “Ay, ay, ay, ay, Barros Borgoño, “que don Arturo Alessandri, “te baja el moño”. “Claro es que nos contestaban con aires de valses”, agrega Arancibia: “Aunque el león sea muy ducho, “se lo va a comer don Lucho”. Mientras, “en el mes de marzo de 1920”, recuerda Manuel Hidalgo Plaza también en una entrevista concedida a Wilfredo Mayorga, “estalló la huelga del carbón en Lota... Alessandri andaba por esas tierras en campaña electoral y visitó a los obreros. Regaló cinco mil pesos de muchos peniques, al Comité de Huelga... sabía que no obtendría votos de esos desconfiados obreros, pero su actitud conquistaría profundas simpatías... frecuentaba los centros obreros, donde bailaba con las obreras... (y) derrochaba calor humano...” Alessandri sostenía que “el progreso económico de los pueblos está basado en el capital, representado por el patrón, y en el músculo, representado por el obrero. El bienestar de un pueblo y la tranquilidad social exigen armonía entre el capital y el trabajo, y es deber del gobierno proteger y amparar al proletario, que es el débil, sin


herir fundamentalmente los derechos del patrón, porque así lo exigen la riqueza pública y la tranquilidad social”. Repitamos una vez más que, con posterioridad a la caída de Balmaceda en la Revolución del 91, la gente bien, por esencia tradicional y respetuosa, torció la nariz de la autárquica constitución portaliana de 1833, instaurando un sistema parlamentario, copiado del orden británico, pero que en Chile se transformó en una broma que afectaba gravemente la gobernabilidad del país. Las elecciones tuvieron lugar el 25 de junio con un gigantesco cohecho por un lado y ligas contra el cohecho por el otro, además de bandas de garroteros, “que marcaban con tiza en la espalda a los que salían de las secretarías barristas, para ajustarles cuentas a la primera oportunidad”. Alessandri obtuvo 801 votos y Barros Borgoño, 742. La fuerza de la oligarquía política había sido vencida al fin por el caudillismo político de Arturo Alessandri. “El hombre mediocre es el hombre sin destino”, dijo Huidobro en la entrevista de Carlos Vattier que ya hemos citado. “Lo mismo que el país mediocre es el que no tiene destino o ignora cual es su destino”. “Cuando los políticos viven sólo preocupados de conservar el poder y no de construir, todo se empequeñece en torno de ellos. Todo es inútil, todo es vacuo. Todo se deshace”… Un país que “no se construye, se destruye. Si no está creándose, está cayendo en ruinas. Si no está creciendo, está decreciendo. Un país que no está naciendo todos los días, está muriendo todos los días”. Cuenta Alejandro Magnet que el candidato elegido aún no asumía su cargo cuando, “en el mes de julio y bajo la mañosa inspiración del Ministro de Guerra don Ladislao Errázuriz, el gobierno de Sanfuentes dio un golpe de efecto… Había que detener a Alessandri, a quién la tremenda presión del pueblo alzado y la dudosa lealtad al Gobierno de los regimientos de Santiago, daban un impulso irresistible... Así surgió, como se sabe, la guerra de don Ladislao”, que junto con desviar la tensión popular, permitió sacar de Santiago a los regimientos sospechosos de alessandrismo. Una presunta alianza militar entre el gobierno peruano de Leguía con su símil boliviano, fue el rumor que, “hábilmente explotado... provocó una explosión de patriotismo”, alimentada por los continuos enfrentamientos que se producían en Tacna entre ambos pueblos… particularmente desde que nuestro Salvador Allende gobernó la ciudad tomada. “El gobierno decretó la movilización y los reservistas comenzaron a acudir a los cuarteles... Bajo los paraguas relucientes, los santiaguinos aclamaban al Buin y al


Pudeto que desfilaban marciales y mojados hacia la Estación Mapocho para embarcarse al norte… Más tarde advertirían los militares que la movilización fue un fracaso y se descubriría el pastel político que ella tapaba, pero entretanto el entusiasmo hacía vibrar la atmósfera de la capital”. Además, se reveló el pingüe negocio de don Ladislao, que abastecía al ejército con porotos, como llamamos en Chile a los frijoles, para alimentar a las tropas durante el viaje y los primeros meses del supuesto enfrentamiento. El domingo 18 de julio la Federación de Estudiantes sostuvo “con gran moderación”, según el mismo cronista, que “la situación internacional no hacía pensar en la posibilidad real de un conflicto armado” y “pedía al Gobierno que manifestara las razones consideradas para decretar la movilización”. “Tres días después, hablando desde un balcón de La Moneda, el senador Zañartu”, recordó a la multitud reunida para despedir a los efectivos militares enviados al norte, que “había allí cerca unos traidores, pagados por el oro peruano, que se refugiaban en la Federación de Estudiantes”. Eduardo Labarca, en su célebre Biografía Sentimental de Salvador Allende, alude a estos hechos: “El 21 de julio de 1920 el local de la FECH, en calle Ahumada 73”, dice, “es asaltado a mediodía por una muchedumbre enardecida: la ‘canalla dorada’. En la placa de la FECH alguien escribe: ‘Se vende esta casa: tratar en Lima’. Los dirigentes de la FECH son perseguidos y uno de ellos, el poeta Domingo Gómez Rojas, muere en la cárcel. Su funeral, el 1º de octubre de 1920, se convierte en una inmensa manifestación”. Oreste Plath recuerda así los acontecimientos: “Elegantes patriotas asaltaron en pleno día, a la una de la tarde, la Federaci6n de Estudiantes de Chile, saquearon el local y quemaron en la calle, pleno centro de Santiago, su biblioteca”. Según la lista de Vicuña Fuentes, que defendió como abogado a los estudiantes federados, los libros que obraban en la biblioteca eran de contenido harto ecléctico, pocos eran subversivos o, al menos, avanzados: Lenin, Trotzky, Kropotkin, Bakunin, Marx, pero la mayoría se trataba de obras literarias, aunque rusas algunas de ellas, como textos de Gorki y Ulianov. El resto eran clásicas lecturas universitarias, donde no faltaba la Biblia, el Quijote y las Novelas Ejemplares, las Odas de Horacio, obras de Platón, Esquilo, Sófocles, Homero y comedias de Aristófanes. También fueron quemados libros de grandes autores contemporáneos: Romain Rolland, Anatole France, Verlaine, Leconte de l’Isle, Sully Prudhomme, Francis Jammes, Mallarmé. Entre los íberoamericanos se encontraban libros de Juana de Ibarbourou, Alfonsina Storni, Rubén Darío,


Vasconcelos; y de los compatriotas, la lista incluye a Andrés Bello, Barros Arana, Lastarria, Amunátegui y Gabriela Mistral. Plath cuenta que fue entonces cuando detuvieron al “poeta José Domingo Gómez Rojas (Daniel Vásquez), que, en 1913, había entregado un libro de poesías libertarias: Rebeldías Líricas. Andando 1os años sería el de las arengas en 1os mitines obreros y en 1os mitines relámpagos que tanto dieron que hacer a la policía. Finalmente, en la Convención Estudiantil del año 20, tuvo una actuación descollante. “G6mez Rojas fue tomado preso el 25 de julio de 1920 y se le mantuvo diez días incomunicado, dos de ellos con grillos, por no querer declarar que pertenecía a la IWW (International World Workers) y que esta institución recibía dinero del Perú” para atacar la movilización militar de Ladislao Errázuriz.... “El 5 de agosto fue trasladado a la penitenciaria y el 29 del mismo mes, el ministro sumariante, José Astorquiza Líbano, ordenó que se le incomunicara y que se le pusiera esposas durante cuarenta y ocho horas, porque se presentó fumando delante de él”. Entonces “empezaron a maltratarlo, privándole la comida durante varios días y encerrándolo desnudo en un calabozo. Como era débil, perdió luego la razón; se estrellaba contra la pared y daba grandes gritos. El 20 de septiembre hubo de ser llevado a la Casa de Orates, donde murió el 29 del mismo mes, a las 11:10 horas”. “El ataúd envuelto en un trapo rojo se mostró frente a la casa de gobierno. El Presidente había hecho colocar ametralladoras creyendo que el pueblo iba a hacer justicia vengando el asesinato del poeta… Durante 1os funerales aparecieron algunos reos prófugos, entre ellos, Santiago Labarca, que habló detrás de unas grandes barbas postizas. Junto a Gómez Rojas, como en un grupo fotográfico antiguo, vemos a poetas y escritores plenos de rebeldías”. Gómez Rojas no fue el único muerto. Como si de justicia divina se tratara, ambos bandos quedaron uno a uno, y lo cierto fue que el primer estudiante asesinado era de tendencia conservadora. Magnet afirma que Alberto Hurtado, conservador en su juventud, no estuvo entre los que asaltaron el local de la Federación de Estudiantes, “pero sí se contaba entre los que esa misma noche improvisaron un desfile que recorrió el centro de la ciudad tras una gran bandera que habían obsequiado a los manifestantes en el Club Militar… Cuando el bullicioso grupo llegaba a la esquina del Portal Mac Clure se escucharon varios disparos y el estudiante Julio Covarrubias Freire, que iba en primera fila, a dos o tres pasos de Alberto Hurtado, cayó muerto... en el tumulto que siguió a los disparos”, el futuro santo “se precipitó contra uno de los


contramanifestantes y lo sujetó fuertemente, más tuvo que soltarlo de inmediato porque recibió un garrotazo que le partió la cabeza… El garrotazo, felizmente, no tuvo mayores consecuencias y al día subsiguiente Alberto estaba entre los alumnos de la Universidad Católica que arrastraba el carro mortuorio en los grandiosos funerales que le hicieron a Julio Covarrubias”. Mientras, en Puerto Natales, los empresarios de la Sociedad Explotadora de Tierra del Fuego, enardecidos con el clima bélico creado por el gobierno de Sanfuentes con su Guerra de don Ladislao, habían organizado una Liga Patriótica con el fin de aplastar de una vez por todas a la Federación Obrera de la zona. El 27 de agosto entraron en acción los militares y las Guardias Blancas de la Liga. Luis Vitale cita la versión “más fidedigna de los hechos”, dice él, que habría sido proporcionada Gregorio Iriarte, redactor de El Magallanes. Iriarte informó por escrito al diputado Guillermo Bañados: “El 27, el pueblo fue despertado por un nutrido fuego de fusilería y tiros de pistola y revólver, que duró cerca de tres cuartos de hora, terminando las descargas con el incendio de la Federación Obrera… los obreros se defendieron y se generalizó el tiroteo”. Los cálculos indican que se dispararon alrededor de 2 mil tiros. No hay cifras muy exactas de las víctimas, y Vitale agrega: “Muertos parte de los defensores… los asaltantes prendieron fuego a la casa. De entre los escombros se extrajeron cuatro cadáveres carbonizados, dos cadáveres más se recogieron en la calle… Se habla de que algunos cadáveres, que corresponden a individuos de tropa del piquete de carabineros, han sido sepultados secretamente”. Y agrega el cronista que “las bajas de la policía demuestran que los obreros se defendieron heroicamente ante la represión y pasaron al contraataque en algunos momentos… El responsable directo de la represión fue el gobernador Alfonso Bulnes, quien debió renunciar en agosto de 1920”. Vitale alude al “grado de organización y conciencia de clase que había alcanzado el proletariado de la zona”, atribuyéndolo a una serie de instituciones que venían estructurándose desde 1897. Resumo sus ideas señalando que el proceso se había iniciado en 1911 con la creación de la Federación Obrera, FOCH, de Punta Arenas, que en 1911 logró firmar el primer contrato colectivo del país. Entrado ya 1912 se declaró la primera huelga de trabajadores agrícolas en lograr sus objetivos tras quince días de duración. Y los movimientos sociales en el extremo sur del país no terminaron ahí, el año 13 y el 15 se produjeron paros en un frigorífico y otras empresas de Puerto Sara, en 1916 hubo una prolongada huelga de trabajadores del campo, y en


1918 de jornaleros de mar y de playa, además de los carpinteros de Punta Arenas. Casi simultáneamente la Federación Obrera de Puerto Natales exigió a la casa Braun y Blanchard una jornada de ocho horas y la rebaja de los productos alimenticios. Según este análisis, el nivel político había comenzado a consolidarse en la zona a partir de la organización del Partido Socialista, que tuvo lugar a fines del siglo XIX. Su órgano de difusión era el periódico El Socialista, a cuya influencia habría que sumar las continuas visitas de Luis Emilio Recabarren y su famosa conferencia La Mujer y el Socialismo que, en 1916, “sirvió para consolidar la conciencia política de clase y de género”. Una cantidad asombrosa de periódicos contribuyeron en este proceso: El Obrero en 1896, El 1º. de Mayo en 1905, Adelante de 1909, El Trabajo en 1911, El Cantaclaro del mismo año, Rebelión del año siguiente, El Dolor Proletario de 1912, El Faro del mismo año, El Socialista de 1913, La Idea en el año 1916, y La Voz del Marino, La Razón Obrera y El Heraldo de Natales, todos de 1917. Además, recuerda Vitale, “en las bibliotecas de las organizaciones obreras era corriente encontrar libros de Bakunin, Kropotkin, Marx y otros pensadores socialistas y anarquistas, mientras los marinos extranjeros que recalaban en Punta Arenas contaban a los obreros chilenos los combates de sus hermanos rusos contra la opresión secular de los zares y las hazañas de Zapata y Pancho Villa. Los diarios extranjeros, sobre todo los españoles, y las historias orales de los marineros de tránsito fueron creando un ambiente que, junto con los otros factores que hemos enumerado, constituyen el contexto global que facilitó la instauración de un embrión de poder popular en esa etapa heroica…” Los Diez trataron de separarse del descalabro político y sumarse a los movimientos obreros reuniendo a los artistas en una fuerza gremial de peso. Para lograrlo, Juan Francisco González creó la Sociedad Nacional de Bellas Artes, de la cual todos los decimales que se encontraban en el país fueron Miembros Fundadores. Pero con esa delicada esquizofrenia entre lo público y lo secreto que caracterizó al grupo, para fines de ese año, muchas de sus reuniones privadas dejaron de ser diurnas y en pleno centro de Santiago, para trasladarse a la casa de Prado en la calle Mapocho 3775. Prado invitó por escrito a sus decimales a la inauguración: “Hoy 20 de noviembre de 1918, inauguro mi torre, la torre de uno de Los Diez y de los nueve restantes. La inauguro con toda solemnidad y con todos los requisitos que señala aquel pequeño gran libro de los Cinco Tratados, de páginas en blanco, cerradas y en olvido innecesario desde que nada dicen. He aquí por qué las recuerdo”.


En la medida en que su trabajo de arquitecto le reportó tranquilidad económica, el poeta había comenzado a arreglar y agrandar las construcciones de su antigua heredad. Prado, que tuvo nueve hijos con doña Adriana Jaramillo, se había propuesto que cada uno de ellos dispusiera de su propio espacio, y él mismo, de “un amplio escritorio; amplias bodegas donde realizar sus extrañas ceremonias, las que no tenían más objeto que reírse a costa de ellos mismos y de algunos en especial; y una torre construida especialmente para aislarse y dar rienda suelta a las divagaciones. Era un taller de trabajo donde se reunía con sus amigos. Se podría afirmar que en esa torre surgió el grupo”. Hacia fines de la segunda década del siglo pasado, afirma Vitale, el proletariado se había estructurado “como clase, surgiendo también los primeros embriones de la conciencia de clase y de la conciencia política de clase…” La conciencia de clase había comenzado a desarrollarse a fines del siglo XIX, y “de manera inequívoca con la primera huelga general, en 1890, pero, fundamentalmente, durante las primeras décadas del siglo XX con las luchas de las Sociedades en Resistencia y las Mancomunadas, las rebeliones de 1903 en Valparaíso y de 1905 en Santiago, la huelga y movilización popular de Iquique en 1907 y los sucesivos movimientos de protesta hasta la toma de Puerto Natales en 1919”. “En la consolidación de esta conciencia primaria de clase, que también podría denominarse conciencia sindicalista, jugaron un papel determinante los ‘federados’ de la FOCH (Federación Obrera de Chile) y, sobre todo, los anarquistas a través de las Sociedades en Resistencia y la IWW (International World Workers)”. Hay una coincidencia curiosa que talvez no sea una simple coincidencia. Mientras los Diez proponían al país una carta de ciudadanía artística, una definición del ser de Chile y una posibilidad real de identidad común para todos los habitantes del país, los trabajadores dependientes adquirían su conciencia de clase. A mediados de enero de 1921, la firma Gibbs y Cía. solicitó a la Presidencia de la República resolver sus problemas laborales en la Oficina San Gregorio del cantón de Aguas Blancas. Arturo Alessandri respondió “recomendando” al Intendente de la Región emplear las “fuerzas morales del razonamiento y convicción”. El documento oficial agrega que “si la resistencia obrera a abandonar oficinas salitreras continúa, procure ir personalmente”. El resultado de la participación gobiernícola fue de 65 obreros muertos y 34 heridos, de los cuales tres murieron antes de llegar a los servicios asistenciales de Antofagasta. Otra cifra la postulan Julio César Jobet y Hernán Ramírez


Necochea, 500 obreros muertos, pero no coincide con las informaciones de la propia prensa obrera. El Socialista de Antofagasta del 5 de febrero, afirma que después de cuatro descargas, más de cien obreros, quedaron tendidos en la pampa, y más adelante puntualiza que los muertos fueron setenta. Al parecer nunca conoceremos realmente la cifra. Las fuentes ‘oficiales’, basadas en declaraciones de los militares involucrados y partidas de defunción del Registro Civil, sólo hablan de 30 a 39 muertos. El Estado chileno consideró culpables a los obreros y, en agosto de 1922, la Corte de Apelaciones de Iquique pronunció sentencia definitiva condenando a tres dirigentes a la pena de muerte por el delito de robo con homicidio y, al resto, a 10 años de presidio por el delito de robo con fuerza. Pero los condenados a muerte nunca fueron ejecutados, ya que la Federación de Obreros realizaba periódicamente concentraciones, tanto en Antofagasta como en los pueblos del interior, exigiendo la libertad de los reos. Estos ejemplos de conciencia de clase se producían simultáneamente entre los estudiantes. En octubre de dicho año, comenzaron a publicar la revista Claridad, directamente asociada a las actividades de la Federación de Estudiantes. El impreso se definía a sí mismo como un “periódico semanal de Sociología, Arte y Actualidades”. Otro reflejo de esta conciencia sociocultural la produce Pedro León Loyola al fundar, sin pretensión de entregar grados, la Universidad Popular Lastarria, donde dictaron clases Santiago Labarca, Alfredo Lagarrigue, Eugenio González, Guillermo y Amanda Labarca, Carlos Vicuña Fuentes, Julio Montebruno, Manuel Rivas Vicuña y otros connotados intelectuales. “A este grupo, perfectamente representativo de los ideales de la Federación de Estudiantes, FECH, se unieron tanto los tolstoianos como Los Diez”. Ese año, 1922, Pablo de Rokha edita Los Gemidos, transformando en estilo la revolución que había insinuado en sus publicaciones anteriores. Los Gemidos reúnen “en una prosa poética desenfrenada, los elementos más dispares, acarreando todo el material considerado hasta entonces antipoético”. “Irrumpen juntos el barro y las rosas”, aplaude el joven Neruda, pero la mayoría repite los mismos comentarios críticos que recibieron sus publicaciones anteriores. A todo esto, la crisis del salitre se vio agravada por la brusca caída de la demanda de cobre, cuya producción había aumentado desde que, en 1915, comenzara la explotación Chuquicamata. Antofagasta se convirtió en una ciudad de cesantes mientras, en las pocas oficinas salitreras que seguían trabajando, los empresarios recurrían a despidos y rebajas de salarios, además de negarse a pagar desahucio a los trabajadores despedidos. Luis Emilio Recabarren y otros dirigentes de la Federación


Obrera de Chile recorrían la pampa organizando a los trabajadores, predicando la resistencia y el no abandono de las oficinas mientras no cancelaran lo adeudado. En medio de tanta miseria, cuando los primeros aires primaverales soplaron entibiando el ambiente cordillerano del invierno capitalino, la Cámara de Diputados tuvo la mala idea de aprobar un ingreso adicional de 2 mil pesos mensuales para los congresistas, es decir para ellos mismos, “a título de indemnización o de gastos de representación”, ‘dieta’ era el eufemismo con que la llamaban. Como el lector puede ver, los señores políticos conservan hasta hoy esa costumbre. El Senado puso en tabla el proyecto para cumplir con el segundo trámite legislativo, pero los oficiales jóvenes de la guarnición de Santiago, que no recibían su propio sueldo desde hacía algunos meses, hicieron acto de presencia en las tribunas del hemiciclo haciendo sonar ruidosamente sus sables. Tanto fue, que ‘ruido de sables’ se convirtió en sinónimo de ‘riesgo de golpe militar’. La mesa del Senado los amenazó con todas las penas del infierno. Pero inútilmente, porque al día siguiente, 3 de septiembre, los militares acudieron en mayor número aún. Esa misma tarde, algunos de Los Diez se habían reunido en la Torre de Prado en Barrancas. Aunque ninguno de ellos pertenecía a partido político alguno, el tema de conversación no fueron sus obras, sueños ni realizaciones, sino las vicisitudes que agitaban al país. Poco antes de retirarse, Prado les pidió que esperaran y, por unos minutos, se tomaran todos de las manos. “- Nadie ignora el poder que nosotros tenemos”, habría dicho. “– Tómense todos de las manos y repitan conmigo: ¡Que caiga Sansón con todos sus filisteos!” “- Que caiga Sansón con todos sus filisteos -, habrían repetido los demás”. Aunque no había revoluciones ni golpes militares desde 1891, al día siguiente los militares se habían transformado en la fuerza política más poderosa del país. El día 4, los tenientes invitaron a sus jefes al Club Militar para analizar la situación. Allí decidieron formar una Junta de Oficiales que, en representación de sus colegas, exigiera al gobierno vetar la ley de la Dieta y, al Congreso, el inmediato despacho de diversas leyes administrativas y sociales. Entre ellas el pago y aumento de los sueldos del ejército y la armada. Cuando Alessandri expresó su acuerdo con la Junta de Oficiales, los ministros en ejercicio presentaron sus renuncias y el presidente solicitó al general Luis Altamirano, inspector general del ejército, que formara un nuevo gabinete.


A Oscar Fenner, abogado además de oficial del ejército familiar, amistosamente relacionado con Juan Francisco González y visita frecuente de la casa de los Marín Mujica en Las Cruces, le correspondió jugar, “aunque escrito con tinta invisible”, un papel de privilegio en los hechos. La relación del militar con Los Diez, bastante más próxima y de confianza de lo que parece, salta a la vista. Así las cosas, “el 6 de septiembre cayó el gabinete que encabezaba don Pedro Aguirre Cerda y se designó ministro del Interior al general Altamirano”, contó en la entrevista registrada por Mayorga. “Al día siguiente, el 7 de septiembre... (el nuevo ministro) hizo aprobar por las dos cámaras y en el mismo día, dieciséis proyectos, muchos de los cuáles, como las leyes que favorecían a los obreros y empleados, dormían en el Congreso desde hacía varios años”. La aprobación legislativa de las leyes que regulaban los contratos de trabajo, el seguro obrero, los accidentes del trabajo, la situación y derechos de los empleados particulares, de los sindicatos industriales, la personalidad jurídica de las sociedades corporativas y el aumento de los sueldos en el ejército y la armada, fue inmediata. Y la notable expedición política que demostraron las fuerzas militares impresionó gratamente a la opinión pública, que no escatimó elogios y aplausos. Arturo Alessandri exigió luego la disolución de la Junta de Oficiales, pero estos se negaron, oficializando la existencia de otra Junta de Oficiales. El presidente entonces presentó su renuncia al Congreso y después de confusos dimes y diretes, terminó asilándose en la Embajada de Estados Unidos, frente al Parque Forestal, precisamente el palacio que Bertrand planificara para satisfacer las necesidades y deseos de la familia Bruna, y que Prado terminara de construir. Así las cosas, el 9 de septiembre, el general Altamirano asumió el poder ejecutivo autonombrándose Vicepresidente de la República. Al día siguiente, a las siete de la tarde, Alessandri abandonó el país. Aparte de la Primera Torre soñada en Las Cruces de El Tabo y de la segunda, construida en Mapocho como parte de la casa de Prado, Los Diez tuvieron a su disposición una tercera Torre. Al parecer fue Fernando Tupper, arquitecto y hombre de fortuna personal, quien puso a disposición del grupo una casa en la calle Santa Rosa 179, esquina Tarapacá, a cortos pasos del centro de Santiago. Es curioso lo que sucede en este país con los antecedentes históricos, y más aún con los literarios. Tupper, ¿se llamaba Fernando o Raúl? El nombre del mecenas en cuestión depende del autor que el


lector consulte. Para la mayoría, este Tupper, gestor y propietario de la Tercera Torre de Los Diez, habría sido Fernando. Según Silva Castro, en cambio, era Raúl. El mar trajo mi sangre, libro autobiográfica de Alberto Ried, cuenta que ese año, 1924, fue requerido junto a Julio Ortiz de Zárate, para decorar la casa que su propietario destinaba a servir de “falansterio a los hermanos de Los Diez”. La mansión de estilo colonial, actualmente pintada de rojo, luce en la entrada un soberbio alquitrave de granito. “Julio, con un tesón faraónico o azteca, se propuso con sus propias manos y a cincel y mazo, el pórtico, la verja forjada en hierro y la puerta de cedro, que todavía se mantienen como entrada de una mansión que pudo haber sido, según las ideas del entonces Ministro de Educación, el hermano decimal Eduardo Barrios, el mejor museo de arte chileno”. Silva Castro agrega que, “de los dos artistas, Ried se reservó la decoración de los capiteles de las ocho columnas románicas del patio principal, labor que le llevó un año entero de esfuerzo. La intención del escultor fue poner en esos capiteles, que efectivamente existen, referencias a Julio Bertrand, Pedro Prado, Ernesto A. Guzmán, Armando Donoso, Acario Cotapos, Alfonso Leng, Eduardo Barrios (‘ilustré su Hermano Asno, expresado en diversas figuras monásticas’, dice Ried), en fin, en el último semicapitel, hasta ahora inconcluso, aparece la silueta de Manuel Magallanes Moure, simplemente con una flor en la mano. Como los capiteles eran ocho y los hermanos harto más numerosos, en alguno de aquellos se juntaron varios nombres”. “Este caserón, o mentada casa de Los Diez”, termina Ried, “posee en su interior una alta torre, también inconclusa, que fue dibujada por el arquitecto alemán Rodolfo Brünning, amigo de nuestro grupo”, concluye Ried. En la actualidad puede apreciarse desde lejos, por sobre los tejados de la casa, la Torre que hizo levantar Tupper en el patio, donde sesionaron los decimales en numerosas oportunidades y donde, en 1925, es probable que el grupo haya apoyado las bases constitucionales que les presentó Prado como ideas fuerza para gobernar decentemente el país. En lo personal, ignoro qué sucede hoy día con el contenido del vetusto caserón. Respecto de la construcción misma, hace poco, creo que a mediados del año de mis desgracias personales, 2007, supe que había un proyecto para echarlo abajo y ampliar las calles aledañas con la idea de agilizar el tránsito. Todos sabemos que tamaño desacato no sería raro para nuestra terremoteada formación cultural. Me pregunto, ¿por qué no hacemos lo de otros países más respetuosos de su historia y trasladamos la casa


en cuestión, piedra por piedra, para reconstruirla en algún lugar donde pueda ser apreciado y utilizado con los fines culturales que soñaron sus creadores? Alessandri abandonó el país por esos días, dejando al ejército con una idea muy clara del poder que podían ejercer. El día 11 de septiembre, la Junta de Oficiales “autorizó al general Altamirano para completar la Junta de Gobierno con otros dos jefes de las fuerzas armadas. Ellos fueron el general Juan Bennett y el almirante Francisco Nef”. Acto seguido la Junta de Gobierno declaró disuelto el Congreso y, al día siguiente, aceptó públicamente la renuncia del presidente Arturo Alessandri. Víctor Contreras, en su Bitácora de la Dictadura, recuerda que por esos “azares de la historia el manifiesto del 11 de septiembre de 1924 fue apoyado por el teniente Germán Pinochet. Dicen que el capitán Sócrates Aguirre, que era su jefe inmediato, le dijo: - Vas a ser histórico, ñato. Ya sabís. Pero fue Oscar Fenner quien tuvo en sus manos los hilos del tinglado: “No hemos asumido el poder para conservarlo”, escribió de puño y letra en el manifiesto que lanzó al país la Junta Militar el mismo 11 de septiembre de 1924. “No hemos alzado ni alzaremos un caudillo, porque nuestra obra debe ser de todos y para todos”. Un testigo anota que “en ocho revolucionarios días cayeron dos Gabinetes, se expatrió al jefe de Estado y se disolvió el Parlamento sin que se escuchara un solo disparo y sin coartar libertad personal alguna”. La noche del 24 de septiembre los oficiales jóvenes de los regimientos de Santiago se juntaron en el Club Militar, ubicado por aquel tiempo en la calle Agustinas frente al Teatro Municipal. “- No menos de trescientos nos reunimos allí”, - recuerda Fenner, - “y deliberamos toda la noche. A las 10 de la mañana siguiente quedó formada una junta de oficiales de 36 miembros…” “Nos han criticado tanto y puedo asegurarle que este movimiento militar”, agregó en la entrevista de Mayorga, “en su nacimiento, por su pureza y su desinterés, no se parece a ninguno en el mundo y menos a los indignos cuartelazos de América. Había civismo dentro de una estricta disciplina militar. Casi me atrevo a decir que fue una revolución por conducto regular, por orden jerárquico. El fundamente ideológico lo planteamos los tenientes y los capitanes. Pero cuando el Presidente de la República insistió en alejarse del país (con permiso constitucional)… dimos paso jerárquico a los jefes de las fuerzas armadas para que asumieran el poder que nos pertenecía por idealismo y por acción. Allí estuvo nuestro error. Error de militares disciplinados...


ignorábamos que nuestros jefes... eran mentalmente solidarios con las ideas de los políticos enemigos del régimen, y muchos de estos jefes fueron estimulados en los salones de la oligarquía enemiga del señor Alessandri, que solo buscaba su salida de la presidencia…” “Íbamos constantemente a insistir en el cumplimiento de los principios de la revolución y que debían traducirse en leyes... entre ellas la reforma de la Constitución. Pero los ministros elegidos por la Junta salieron de lo más reaccionario que había entre los enemigos del señor Alessandri… Así, comprobamos que hubo dos revoluciones, una de la oficialidad joven, desinteresada, idealista, y otra la de los generales, que entroncados con la reacción desde los salones de las niñas bien, sólo buscaron el alejamiento del Presidente...” Creo que debe haber sido por esos días, cuando Fenner pidió a Los Diez, un proyecto constitucional que definiera las condiciones políticas del país que habían soñado juntos en numerosas conversaciones. Fue así como el grupo presentó un documento que, en primera instancia, el régimen militar quiso hacer suyo, pero Los Diez se negaron. Los comentaristas agregan que, siendo “un hecho que muchos ignoran… el gobierno del general Altamirano resultó ser una dictadura con censura de prensa y clausura de diarios opositores. Tanto que Ladislao Errázuriz, candidato a la presidencia, renunció a su postulación: “El país está sometido a un régimen de fuerza”, dijo. Fue talvez por esta condición dictatorial que Los Diez, y concretamente Pedro Prado, que parece haber sido el principal redactor del texto de su proyecto constitucional, prefirieron publicarlo como libro en la Editorial Nascimento. Por la estructura conceptual de este relato, dejaré para más adelante su resumen y análisis. Mientras Vicente Huidobro, que había regresado al país, fundó en mayo del año ’25, el periódico Acción, “un diario de purificación nacional”, “una bandera bajo la cual vengan a cobijarse todos los hombres sanos del país”. Entonces, los estudiantes progresistas, agrupados en la Asamblea de la Juventud, propusieron la candidatura de Huidobro a la Presidencia de la República: “El único que ha demostrado amar al pueblo, no con palabras sino con hechos, hasta exponer su vida”. “El poeta planteó un programa de gobierno que es precursor del mayo francés”, afirma The Clinic en su edición del 29 de mayo, 2008. Huidobro prefería comparar su movimiento al de Mustafá Kemal, Ataturk, quién a partir de 1923 había transformado la monarquía imperial turca en una democracia liberal al imponer medidas como el


voto femenino, el uso del calendario gregoriano, y prohibiciones tan contrarias a las acendradas costumbres turcas como la que impedía la poligamia. “No queremos gobernantes mayores de 40 años ni admitiremos entre nosotros a ningún hombre que haya pronunciado en su vida más de cinco veces la palabra política”, decían sus partidarios. El gran mensaje huidobriano fue publicado por la revista Acción, el 8 de agosto de 1925. Aunque por esos días fue leído como una Biblia por los estudiantes, hoy sería imposible de recuperar de no contar con el meticuloso estudio del profesor Mario Góngora. Desde sus primeras palabras el texto resulta claramente crítico de nuestro carácter y condición nacional, pero su autor se justifica: “Decir la verdad significa amar a su pueblo y creer que aún puede levantársele y yo amo a Chile, amo a mi patria desesperadamente, como se ama a una madre que agoniza”. Cito en desorden: “Vengan los cuervos. Chile es un gran panizo. A la chuña, señores, corred todos, que todavía quedan migajas sobre la mesa… Y así vienen, así se dejan caer sobre nosotros; las inmensas riquezas de nuestro suelo son disputadas a pedazos por las casas extranjeras y ellos, viendo la indolencia y la imbecilidad troglodita de los pobladores del país, se sienten amos y les tratan como a lacayos, cuando no como a bestias. Ellos fijan los precios de nuestros productos, ellos fijan los precios de nuestra materia prima al salir del país y luego nos fijan otra vez los precios de esa misma materia prima al volver al país elaborada. Y como si esto fuera poco, ellos fijan el valor cotidiano de nuestra moneda… Y no es culpa del extranjero que viene a negocios en nuestra tierra. Se compra lo que se vende; y en un país donde se venden conciencias, se compran conciencias. La vergüenza es para el país. El oprobio es para el vendido, no para el comprador… Un país que se muere de senectud y todavía (está) en pañales es algo absurdo, es un contrasentido, algo así como un niño atacado de arterioesclerosis a los once años… El sesenta por ciento de la raza, sifilítica. El noventa por ciento, heredo-alcohólicos (son datos estadísticos precisos), el resto insulsos y miserables, sin entusiasmo, sin fe, sin esperanzas… La justicia de Chile haría reír, si no hiciera llorar… Dura e inflexible para los de abajo, blanda y sonriente con los de arriba… Un Congreso que es la feria sin pudicia de la imbecilidad… Un municipio del cual sólo podemos decir que a veces poco ha faltado para que un municipal se llevara en la noche la puerta de la Municipalidad y la cambiase por la puerta de su casa”. “¿Hasta cuándo, señores? ¿Hasta cuándo?”


“Cuando se necesita una política realista y de acción, esos señores siguen nadando sobre las olas de sus verbosidades… Por eso, es que toda nuestra insignificancia se resuelve en una sola palabra: Falta de alma”. “¡Crisis de hombres! ¡Crisis de hombres! ¡Crisis de hombres!... Necesitamos lo que nunca hemos tenido, un alma. Basta repasar nuestra historia. Necesitamos un alma y un ariete, diré, parafraseando al poeta íbero… Un ariete para destruir y un alma para construir”. El mismo 8 de agosto Huidobro sufrió un atentado a la entrada de su casa. Se dice que poco antes el antipoeta y mago había denunciado “en su diario Acción, los fraudes de los gobernantes y la corrupción democrática. Los deshonestos a quienes denunció al país atentaron contra su vida atacándolo a cachiporrazos una noche. Huidobro estuvo en peligro de muerte durante varios días por uno de esos golpes que recibió en el cráneo”. En una entrevista del diario La Patria de Concepción, publicada el 20 de septiembre del mismo año, el antipoeta declara que “los que pretendieron ultimarme han servido enormemente a nuestra causa, pues desde ese día nuestro diario Acción se convirtió en una bandera para todos los hombres honrados del país, ahítos ya de gangrena, de simulaciones torpes, de especulaciones vergonzosas y de gobiernos de compra-venta o al semanal”. La publicación dejó de existir tres meses después de su aparición. “El político es un animal multiforme, pero de rostro impreciso, muy hábil, giratorio, piruetero, buen equilibrista”, diría más tarde Huidobro en una revista Hoy de 1941, y en otro documento agrega que “en general, los políticos son bastante estúpidos, mentes vulgares sin cultura; están llenos de ambiciones pequeñas y obsesionados por el éxito inmediato, son resbaladizos, tramposos”. Y, talvez haciendo referencia a las experiencias de Pedro Prado como juez rural, recuerdos que Nascimento publicó en 1924, Huidobro agrega que “un juez que en el momento de la sentencia no se está riendo interiormente de sí mismo y de la sociedad es un perfecto imbécil”. “No hay mas partidos políticos (que) viejos y jóvenes. La tropa de sinvergüenzas que ha demostrado su inepcia y la falange de jóvenes sinceros e idealistas. Frente al Club de la Unión, la Universidad. He ahí el símbolo. Borrarlo todo y empezar de nuevo”, concluye otro de los afiches publicitarios de la campaña estudiantil.


“Pero al igual que a los estudiantes de mayo del 68, a Huidobro le fue pésimo en las elecciones”. Mientras, Los Diez no dejaban de moverse, cada uno a su manera. Alberto Reid embarcó con destino a Europa, justo detrás del presidente Alessandri. Y otros sin moverse de su silla o de su torre, que se acababa de sumergir en la creación de una nueva obra, Androvar. “Un poema es una partida de ajedrez jugada contra el infinito” Vicente Huidobro. La idea de creativa de Prado estaba totalmente alejada de las vicisitudes políticas que enfrentaba el país. Su intención era desarrollar un poema dramático, de temática metafísica y clara inspiración bíblica, que intentaba responder la pregunta que se convertiría en el tema vital de la metafísica del siglo XX:: “El hombre no puede conquistar todo lo que desea, desde el momento que la conquista de una cosa implica, necesariamente, la privación de otra, en especial sus antitéticas. En otros términos, descubre que somos esclavos de la elección, y que elección y libertad son antinomias irreductibles”, resumen Arrugada y Goldsack. Prado intentaba responder desde la literatura antes que desde la filosofía, desde la poesía antes que desde la especulación intelectual, desde la síntesis antes que desde el análisis, y, como todos los que se niegan a responder desde la visión de la fe, se estrelló contra el misterio. “Juzgar si la vida vale o no vale la pena ser vivida es responder el problema fundamental de la filosofía”, escribe Camus en El Mito de Sísifo, más de veinte años después. “El único problema real es el suicidio”. No es aventurado suponer que fue talvez a raíz de la amistad de Fenner con Juan Francisco González y muy probablemente con el resto de Los Diez, que hasta entonces no habían manifestado mayor interés por la cosa pública, presentaran un documento conjunto. Aunque los comentaristas aseguran que su redactor exclusivo fue Pedro Prado, personalmente, me resulta imposible pensar que el poeta no haya consultado el texto con sus hermanos decimales, reunidos probablemente en la Torre de Barrancas. Si Prado no quiso agregar su nombre al de Julio Bertrand como arquitecto del Palacio Bruna, y tampoco en las casas, edificios, templos, comercios y oficinas que proyectó con posterioridad, menos iba a imponer a los otros, sin su conocimiento, la autoría del


documento. El folleto, que en la actualidad parece haber desaparecido incluso de las saqueadas colecciones de nuestra Biblioteca Nacional, esbozaba las ideas básicas para una nueva Constitución. El mejor resumen del mismo lo he encontrado en el estudio de Arrugada y Goldsack. A fines de 1924, bajo el sello Nascimento, Los Diez publicaron un folleto de 30 páginas, “intitulado Bases para un Nuevo Gobierno y un Nuevo Parlamento, en el que propiciaban la reestructura de nuestro régimen democrático, perfeccionándolo mediante la aplicación de los principios de la doctrina funcional”. Su análisis comenzaba por la base política de los poderes políticos públicos en uso en el país, es decir, el legislativo y el ejecutivo, concluyendo que ambos descansaban en un sufragio que sólo era universal en el nombre. La clientela electoral de los partidos políticos, que eran casi los únicos que ejercían el sufragio, resultaba ínfima en relación a la masa ciudadana que debería participar en las contiendas electorales. En otras palabras, la inmensa mayoría del elemento activo del país sufría los acontecimientos políticos, permaneciendo indiferente ante unas elecciones en cuyas planillas de candidatos se repetían una y otra vez los mismos nombres, los mismos personeros dudosos de siempre, preocupados de su situación personal y de las interesadas y muchas veces irreflexivas decisiones partidarias. Digamos que en Chile por lo menos, los partidos políticos basan su unidad en la uniformidad, sin respetar, hasta el día de hoy, la diferencia, y, guardando respeto por las distancias, está de más que repita al lector la semejanza entre aquellas dos primeras décadas del siglo pasado y los tiempos que vivimos a comienzos de este nuevo siglo. Las calles de las grandes ciudades aparecen como la reunión de las diferencias, sólo que pasan una al lado de la otra sin tocarse. En realidad sin siquiera verse. Muy distinto sería, pensaban Los Diez, si las organizaciones generadoras de los poderes públicos no estuviesen animadas por ideológicas políticas, sino que representasen los verdaderos intereses de las fuerzas vivas, es decir, de los empresarios, los técnicos, los profesionales, los trabajadores. Así, “enfrentados al problema de la organización de una democracia ideal”, dicen Arrugada y Goldsack, “el proyecto de Los Diez propiciaba la creación de dos cámaras: una funcional y otra política, idea que expresaban en los siguientes términos: “Ofrecían, a este respecto, un cuadro de las diversas actividades ‘funcionales’. Las dividían en Intereses Particulares, Intereses Colectivos, Capacidades y


Aspiraciones. Entre los Intereses Particulares, por ejemplo, incluían las industrias, el comercio, los bancos, los transportes particulares y la Marina Mercante. “Entre los Intereses Colectivos, sumaban a los servicios estatales o semiestatales, las empresas de comunicaciones, las obras públicas, los grandes servicios urbanos, como el agua potable, el alcantarillado, la pavimentación, etc., la estadística, la hacienda pública, la asistencia social, la justicia, la defensa nacional y la colonización entre otras. En Capacidades, anotaban todas las profesiones relativas a la Educación, la Medicina, la Ingeniería, la Arquitectura, la Agronomía, la Administración Pública y los más diversos oficios. Incluían también a los grandes gremios obreros. Finalmente, en la categoría de las Aspiraciones figuraban las actividades deportivas, estudiantiles, científicas, literarias, artísticas, sacerdotales y políticas. Cada gran colectividad elegiría su mejor representante técnico, considerando, en especial, su capacidad profesional. A ellos se sumarían los delegados de los servicios públicos para constituir la cámara funcional que tendría sólo una acción reguladora, pero no decisiva. Simultáneamente, los miembros de cada colectividad elegirían su representante político en una votación libre y popular, independiente del gremio. Los elegidos formarían la cámara política. Como la primera estaría privada de resolver, esta capacidad sería privilegio exclusivo de la cámara política. El proyecto constitucional de Los Diez resuelve la generación del Poder Ejecutivo con la siguiente fórmula: “Un miembro del Ejecutivo sería elegido por la cámara de representantes funcionales; el otro, por la cámara política, y el tercero, que llevaría el título de Presidente de la República, sería elegido por las dos cámaras reunidas”. La idea de Los Diez era aprovechar los beneficios parciales de los dos sistemas, el parlamentario y el presidencial, liberando al país de los males que acarrea cada uno de ellos individualmente. Por último, se mostraban partidarios entusiastas de una efectiva descentralización administrativa y de la autonomía general de los diversos servicios técnicos, a los que querían poner al margen de las eventualidades y contingencias político partidistas que sufren los sistemas estatales. “Para valorar como se merece este notable trabajo de Los Diez, es necesario atender a las condiciones políticas y sociales del año 24”, agregan nuestros estudiosos. “Una sangrienta revolución, la de 1891, había instaurado en Chile el régimen parlamentario. A la vuelta de 33 años, el país había descubierto que aquella fórmula,


que favorecía aparentemente los intereses de la democracia, no había hecho otra cosa que robustecer los intereses de la plutocracia salitrera, alentar el caudillaje político, desbaratar todo intento de continuidad en los grandes planes gubernativos y diluir la responsabilidad de los gobernantes… en la irresponsabilidad y la voracidad de un aparato ejecutivo y un parlamento todopoderoso y venal”. Por aquellos días, la esperanza de los políticos profesionales se aferraba a la vieja fórmula de la Constitución de 1833, vale decir, al presidencialismo portaliano. A pesar de su número, las huestes obreras de Luis Emilio Recabarren no ejercían mayor gravitación sobre la conciencia política pública. Así, en 1924, no se habían encontrado remedios eficaces para conjurar la terrible crisis a que se veía abocado el país. Sólo con posterioridad al derrocamiento de Ibáñez la conciencia nacional pensó que su salvación sería conciliar la socialización de los más importantes medios de producción con el ejercicio de una democracia más amplia y perfeccionada. Considerando estos antecedentes, “el aporte de Los Diez tiene una significación realmente trascendente, por lo menos en un plano teórico. En una época de máxima ceguera y desorientación, en que el país olvidaba sus magníficas tradiciones cívicas para confiarse a los dudosos resultados de una aventura militar, los décimos tuvieron el extraordinario mérito de proponer una solución elevada y científica, aunque difícilmente realizable. Con una notable intuición de las tendencias sociales y políticas modernas, demostraron que el problema de fondo no era tanto político como económico, y advirtieron al pueblo chileno que no podría disponer de una democracia ejemplar y eficiente si no incorporaba a la política activa a todos los sectores de la producción y el trabajo”. Este último párrafo, que también pertenece a Arrugada y Goldsack, me parece teñido del dogma izquierdista nacional que aun controla la conciencia política del país y del cual yo mismo fui víctima por largos años. Además, creo que este síndrome tiene por causa la avidez demostrada por la derecha cada vez que ha conseguido el gobierno. Al respecto, se me viene a la memoria el artefacto de mi vecino Parra, el antipoeta: “Izquierda y derecha unidas, jamás serán vencidas”. Agregan los estudiosos que nos han guiado a través de la expresión literaria de Los Diez, que “no es difícil advertir, en la redacción de este trabajo… el estilo característico de Pedro Prado”, y para probarlo, citan un párrafo que se refiere a la prioridad de los intereses económicos sobre los programáticos: “… los hechos son los


hechos y es para la realidad, desagradable o no, para quién debe legislarse. Que los ideales nos inspiren, que los grandes hombres puros remuevan las fibras de nuestro desinterés, que nos abran los ojos a una vida más alta. Nada hay más deseable; pero por puros y grandes que sean nuestros propósitos, fatalmente se estrellarán allí donde limiten la capacidad de nuestras fuerzas, aun cuando vayan movidas por el ansia liberatriz. Deseo, quiero, me domina el vértigo de un anhelo inextinguible (‘nos parece escuchar la lectura de los cantos de Alsino’, comentan nuestros mentores) que mueve mi cuerpo, mi cuerpo grosero y limitado, y el vuelo de emancipación se reduce a un simple salto, a un salto enorme, si queréis, prodigioso y desconocido para mí; pero no más que un salto al fin de cuentas”. Casi todos los estudiosos que he estudiado están de acuerdo en considerar el proyecto presentado por Los Diez como un antecedente teórico de la forma como operó en sus orígenes la Corporación de Fomento de la Producción, CORFO, creada por el tío Pedro Aguirre cuando asumió la presidencia del país en 1939, quince años después de la publicación referida. Aunque el proyecto provocó variados movimientos de opinión e incluso la Junta Militar quiso declararse coautora. Los Diez en general y Prado en particular, se negaron ‘a tratar con un gobierno de facto’. ¿Ignoraremos per secula seculorum como sería este Chile soñado por los poetas? Con la irresponsable ingenuidad que ha caracterizado mi carácter la vida entera, me pregunto si acaso no deberíamos entregar la jefatura de gobierno a un triunvirato de poetas que, a nivel planetario, es lo más grande que ha dado nuestra raza mestiza a la humana especie. A esa altura, dice Oscar Fenner, “comprendimos que nuestros jefes nos habían engañado y decidimos cambiarlos. Ya era… diciembre de 1924”. La oposición no ideológica decide crear un Congreso Constituyente de Asalariados e Intelectuales, al que se suma en marzo, de 1925, la Federación de Estudiantes de Chile, FECH, donde propone nada menos que la supresión del ejército permanente. Por supuesto que la idea no pasó de ser una simple proposición. Poco antes, en febrero, pero en París, concretamente el día 19, consta la asistencia de Arturo Alessandri a una conferencia dada por Huidobro en la Universidad de la Sorbonne. A principios de 1925, una nueva junta militar de gobierno señaló su afán por unir las diversidad política, amnistiando mediante un decreto a todos los reos de la Matanza de San Gregorio. Las verdaderas víctimas salieron en libertad el 30 de


enero de dicho año. La medida tuvo la virtud de calmar por unos días las continuas insurrecciones de la FOCH, Federación de Obreros de Chile. “Hasta esa fecha (Carlos) Ibáñez y (Marmaduque) Grove no aparecían como factores ejecutivos del movimiento militar... Ibáñez se había destacado como hombre de izquierda... y todas nuestras cábalas se realizaban en la Escuela de Caballería, donde Ibáñez era director... Grove era subdirector de la Escuela Militar... y lo que son las cosas, cuando dimos el golpe en 23 de enero de 1925, fueron ellos quienes entraron a La Moneda a la cabeza de los conjurados y apresaron a los miembros de la Junta de Gobierno”. Y fueron Ibáñez y Grove quienes propiciaron el regreso del presidente Alessandri. Este agradeció y aceptó Poco después, Alessandri regresó a Chile y el 20 de marzo y, en medio de una recepción espectacular, reasumió la presidencia para imponer una nueva carta fundamental, la Constitución de 1925. Algunos antiguos congresistas postularon reunir nuevamente al congreso disuelto por los militares, pero Marmaduque Grove reaccionó amenazante: - “Unos están para plantar horcas en el San Cristóbal. Al resto lo embarcaremos en un destróyer para que vayan a sesionar en la isla de Rapa Nui”. Carlos Ibáñez fue más temible aún al limitarse a decir: - “A veces se puede perder la paciencia”. Para conseguir la aprobación de su proyecto constitucional, donde impera la fuerza del poder ejecutivo por sobre el parlamento, Alessandri dictamina realizar las elecciones mediante una votación directa y promete renunciar a la presidencia si los congresistas aprobaban la nueva Constitución. El documento fue promulgado el 18 de septiembre de 1925. El 4 de octubre Alessandri dictó un decreto designando Vicepresidente a Luis Barros Borgoño, con la explícita misión de llamar a elecciones presidenciales bajo las normas de la nueva constitución y el día 10, se retiró de la Casa de Moneda como un simple vecino, lo que hizo exclamar en pleno hemiciclo a un senador que el señor Alessandri era “un ciudadano que ejercía la Presidencia con ciertas intermitencias…” Para evitar sumergirnos en el anárquico período que siguió y escapa a nuestra intención original, deberíamos terminar aquí nuestra historia, pero resulta inevitable mencionar una última ignominia, sucedida más de una década después, cuando las posiciones políticas fuertemente marcadas por ideologías asimiladas del hemisferio norte, Nuevamente uno de sus protagonistas fue Carlos Ibáñez, que ejercía como


Ministro de Guerra. Cuenta Gamonal que, al aproximarse las elecciones, “Ibáñez empezó a buscar en sucesivas reuniones con políticos de todos los partidos, un nombre unitario para asumir la Presidencia y señaló ante los jefes políticos que si él era un obstáculo, estaba dispuesto a renunciar al ministerio”. Los políticos rechazaron su ofrecimiento y, entre todos, acordaron nominar como candidato a Emiliano Figueroa Larraín. Un mes después, el 15 de abril, se celebró una convención del Frente Popular que sumaba al Partido Radical, al Comunista, al Socialista, al Democrático y a la Confederación de Trabajadores de Chile, que, persiguiendo un programa de audaces metas sociales y económicas, eligieron candidato un candidato radical, Pedro Aguirre. El 23 del mismo mes, una convención de la derecha, integrada por los partidos Liberal y Conservador, a los que se sumaba el Partido Agrario formado por terratenientes de Cautín, eligió como candidato a Gustavo Ross. “Pero también se había organizado la Alianza Popular Libertadora con los más fieles partidarios de Ibáñez”, recuerdan las Memorias. Testimonio de un soldado, de Carlos Prats González, “y por otra parte”, agrega, “adquiriría auge el fanático Movimiento Nacional Socialista, organizado por Jorge González von Marees, bajo la influencia del nazismo hitleriano… Estas dos últimas fuerzas proclaman la candidatura de Carlos Ibáñez del Campo…” El fundador y primer líder nazi en Chile fue Jorge González von Marées, para esa fecha, hombre de 38 años, pero volvamos a los recuerdos de Gamonal, el 4 de septiembre “se efectuó una demostración masiva de la potencia de la candidatura del ex presidente Carlos Ibáñez del Campo. Fue una gigantesca marcha en Santiago, según la describe en sus Memorias el Presidente Gabriel González Videla que, por esos días, era jefe del Comando Ejecutivo del Frente Popular. Aquella noche, dirigentes de la postulación de Pedro Aguirre Cerda impactados por la fuerza del ibañismo decidieron buscar algún acuerdo…” “Pero el día 5”, siguen los recuerdos de Carlos Prats, “los oficiales terminábamos de almorzar en el casino, cuando se nos anunció que elementos rebeldes estaban atacando La Moneda y se habían apoderado de la universidad. La confusión fue enorme, porque carecíamos de información sobre quienes eran los atacantes, cuántos y cómo maniobraban”. “Recibimos la orden escueta de concurrir a La Moneda a defender el gobierno. Rápidamente se atalajó el ganado, engancharon las piezas de artillería y dos baterías se


aprestaron a salir bajo las órdenes del comandante Arístides Vásquez Ravinet, quien me designó para que me adelantara a recoger información en el terreno mismo”. “Salí a caballo con diez conscriptos armados, a trote largo por calle San Isidro, cruzamos la Alameda Bernardo O’Higgins y seguimos al poniente por Moneda. A medida que nos acercábamos a Morandé, escuché un tiroteo cada vez más intenso. Mi preocupación era formarme un cuadro de la situación, para evitar que las baterías del grupo cayeran en una celada”. “Me aproximé cautelosamente por la vereda norte de Moneda hasta la esquina de Morandé. Desde lo alto del edificio del Seguro Obligatorio, disparaban nutridamente contra las oficinas de la Presidencia, desde donde respondían el fuego. Divisé al general Humberto Arriagada, General Director de Carabineros, quien provisto de un fusilametralladora disparaba desde un balcón de la esquina noreste de La Moneda. Le grité que éramos fuerzas leales y necesitábamos instrucciones. En medio del tiroteo, logré entenderle que fuerzas nazis ocupaban los últimos pisos del Seguro Obligatorio. En ese momento, desde lo alto de este edificio, me lanzaron una máquina de escribir, que pasó rozándome el borrén trasero de la silla y se destrozó con tal estruendo, que la yegua se encabritó y rodamos juntos por el pavimento. Logré montar de nuevo y regresé al galope para desviar las baterías, que se aproximaban a la calle Estado. Alcancé a orientar al comandante Vásquez, quien ordenó continuar por Estado y Huérfanos para bajar por Teatinos, hasta la esquina del Hotel Carrera, donde los viejos cañones Krupp se emplazaron en espera de órdenes, listos para abrir fuego”. “Acompañé al comandante Vásquez hasta La Moneda, donde penetramos a salvo bajo un nutrido tiroteo de armas menores. Allí, el comandante nos informó que dos grupos de jóvenes del Movimiento Nacional Socialista se habían alzado en armas y ocupaban unos la Universidad, y otros el edificio del Seguro Obligatorio…” El relato lo continúa Gamonal: “Cerca del mediodía, los universitarios fueron alertados por la fuerzas que debían rendirse, pero no acataron esas voces. Entonces se ordenó a la artillería del Tacna disparar contra la puerta de la Universidad. Un teniente dio la orden y el primer cañonazo destruyó la sólida puerta. Luego los universitarios fueron tomados presos… (y en) una acción de pocos minutos… obligados a ponerse en fila para trasladarlos al Cuartel de Investigaciones”. “Soy testigo del desfile, manos en alto, de la columna de muchachos nazis”, reconoce Prats en sus memorias, “custodiados por carabineros, por la calzada norte de la avenida Bernardo O’Higgins, hasta la esquina de Morandé, donde dicha columna se


detuvo un momento, mientras el oficial de carabineros a cargo daba cuenta al general Bari”. “Oigo a éste decirle: - Condúzcalos a Investigaciones”. “El oficial respondió: - A su orden, mi general”. “Y la columna continuó por Morandé al norte”. “Más tarde me impuse de lo ocurrido en el edificio del Seguro Obrero…” Gamonal continúa así el relato: “El Presidente de la República, algunos ministros y jefes policiales observaban a los presos desde el Palacio de La Moneda. El paso de los jóvenes rodeados por fuerzas policiales provocaba diversas reacciones de la gente. De repente, desde la fila de muchachos, uno de ellos disparó contra un carabinero de apellido Salazar, que cayó muerto. Esto provocó nerviosismo entre los muchachos y también en las fuerzas policiales. De repente alguien dio la orden a la fila de presos de devolverse y fueron obligados a entrar también al edificio del Seguro. Hasta allí llegaron más fuerzas policiales que entraron tras los muchachos que se reencontraban con sus compañeros. Los pasillos y escalas del edificio olían a pólvora, cuando de repente corrió una voz entre los uniformados ‘esto hay que solucionarlo de inmediato’, y alguien gritó:” “- Mátenlos a todos”. “Se oyeron descargas de fusilería y luego el llanto reprimido, los quejidos y la sombra de la muerte… El centro de Santiago quedó desolado mientras pasaban los minutos y empezaban a llegar cantidad de ambulancias y algunos personeros políticos, (como) el diputado de gobierno Raúl Marín Balmaceda, quien pudo… proteger a varios muchachos heridos, que lograron salvarse gracias a que se fingieron muertos… En total los muertos llegaron a los 66…”, que según las Memorias de Prats fueron solo 63. Por años el edificio del Seguro Obrero quedó cerrado, vacío y el máximo líder nazi, Jorge González von Marées, detenido y condenado. Lo indultó el gobierno siguiente, de Aguirre Cerda. Las consecuencias políticas del crimen no se hicieron esperar. “El candidato presidencial Carlos Ibáñez, a quien se sindicó como jefe del putsch nazi se dirigió de inmediato a la Escuela de Caballería de San Bernardo, donde se entregó, ante ‘camaradas de armas’. Por su parte, el jefe del partido nazi se declaró responsable de los hechos y presentó a la justicia…” “El hecho provocó indignación no sólo en Santiago, sino que en todo el país… Las iras de la oposición afectaron al presidente Alessandri, de quien se dijo que habría


dado la orden, lo que fue desmentido. Se culpó por años al general Humberto Arriagada y por mucho tiempo hubo una polémica en los medios de comunicación por buscar responsables. El general Arriagada se defendió hasta su muerte y González Videla dice en sus Memorias: Alessandri, haciendo honor a la tradición de los presidentes de Chile, asumió toda la responsabilidad de los hechos”. Acto seguido el pueblo lo perdonó, al menos en apariencia periodística, porque cuando poco después el mandatario acudió a inaugurar, en Ñuñoa, el Estadio Nacional, recibió un rechazo popular de proporciones inolvidables. Los Diez ya eran un grupo mítico cuando, en 1949, Prado, que por entonces vivía en Viña del Mar, fue nominado para recibir el Premio Nacional de Literatura. “Los detractores de Prado”, dicen Arrugada y Goldsack, “han hablado en muchas ocasiones, y particularmente a raíz del fallo del Jurado del Premio Nacional de Literatura, de cierta supuesta insensibilidad social y política del poeta frente a los hechos fundamentales de su tiempo. La verdad es que estas personas eran típicos representantes de esa mala memoria que es como una institución nacional en Chile, pues, al formular tan categórica afirmación, olvidaban el vivo interés con que Los Diez asistieron al derrumbe del régimen parlamentario, en septiembre de 1924, y su valiosa contribución al esclarecimiento de los agudos problemas ideológicos que tanto preocuparon al país en aquellos días”. Hasta los comentaristas citados olvidan en este punto la redacción del proyecto constitucional atribuido a Prado. En un siglo plagado de ideologías recalcitrantes, Los X en general, y Pedro Prado en particular, que no adscribieron a ninguna de las fe políticas en boga. De hecho ni siquiera se molestaron en predicar la ideología propìa que consignan en su proyecto constitucional, fueron acusados por falta de compromiso. Antes de cerrar estas líneas mencionaré algunos factores que se deducen de estas líneas y que vale la pena meditar. Uno de ellos es nuestra dependencia cultural del modelo y del aplauso extranjero. En 1891 se impone en el país un sistema parlamentario copiado del que funciona en Inglaterra y, a raíz de su fracaso, se impone una variante presidencialista, copiada por Alessandri de las constituciones francesas. Debe tratarse de la misma dependencia que logra que sólo aquellos poetas que han logrado ser reconocidos en el hemisferio norte, como lo fueron Huidobro gracias a su fortuna personal, la Mistral gracias al apoyo de gobiernos mexicanos y chilenos, y Neruda gracias a su militancia política, consiguen ser considerados en Chile, pero aquellos que insistieron en permanecer en el país, y peor aún en la provincia, como


Pablo De Rokha que recorría Chile con un costillar de cerdo bajo el brazo y un baúl de libros autoeditados, que iba vendiendo o regalando por el camino, y Pedro Prado que conservó para siempre su casa en Barrancas, aunque Barrancas era apenas un caserío agrícola, escribió en Las Cruces cuando el balneario estaba apenas habitado y vivió hasta el fin de sus días en la provincia viñamarina, han sido prácticamente borrados de nuestra memoria colectiva. De paso diré que Prado dejó en herencia al Estado su casa familiar, en la mencionada Barrancas, con la Torre de Los Diez que construyó para aislarse y jugar con sus amigos. Sin que los burrócratas hayan sabido que hacer con ella, la convirtieron en escuela pública por unos años y luego dejaron que la edad la consumiera. Y todavía me queda volando La Torre, una torre símbolo talvez de la inexcusable distancia que se ha abierto entre nuestra cultura y nuestra sociedad que continúa copiando, ahora a través de la televisión, modelos y contenidos del otro hemisferio. Gustavo Frías. En Las Cruces de El Tabo. Septiembre de 2010. Bibliografía fundamental: Esta ayudamemoria reconoce tres fuentes principales: Primero, la Biblioteca de Fidel Contreras en San Antonio; segundo, la investigación realizada por Luis Merino Zambrano, autopublicada en treinta ejemplares numerados, en Las Cruces, 2006, bajo el nombre “Las Cruces. Barrio Vaticano. Arquitectura patrimonial”. Existe una edición rústica. Y tercero, el libro “Los Diez en el arte chileno del siglo XX”, que reúne los textos de una serie de conferencias auspiciadas por el Instituto Cultural de Providencia y El Mercurio S.A., publicadas con posterioridad por la Editorial Universitaria en 1976. Sus expositores fueron Adolfo Ibáñez Santa María, quien hizo la “Reseña histórica”, Fernando Durán, “Los Diez en la literatura chilena”, Gaspar Galaz, “Los pintores en el grupo de Los Diez”, Samuel Claro Valdés, “La tertulia musical como antecedente de los compositores decimales”, Hernán Rodríguez Villegas, “Los Diez y la arquitectura”, y Jorge Elizalde Prado con Valeria Maino Prado, “Algunas notas y anécdotas sobre Los Diez”. Además reproduce el texto de “La Torre de los Diez”, escrito por Pedro Prado. En la misma publicación, Jorge Elizalde Prado y Valeria Maino Prado recuperan de diferentes archivos personales inéditos, algunas “Notas y anécdotas sobre Los Diez” de notable valor narrativo. La edición del libro en cuestión estuvo al cuidado de Valeria Maino Prado, Jorge Elizalde y Adolfo Ibáñez. Las demás referencias literarias, memorias y biografías que recuerde, están reconocidas en el texto y su referencia en la bibliografía final. Y no puedo dejar de mencionar las leyendas que circulan entre la gente del pueblo, así como recuerdos personales y lecturas confusas, distraídas, en parte olvidadas. A causa de la campesina flojera que me enorgullece heredar, varias veces he citado textos de memoria, de modo que pueden pecar de incorrectos, pero así fue como los comprendí. En otras oportunidades me he permitido modernizar algunas ortografías antiguas, como la ‘i’ latina propia de la gramática de Andrés Bello, por la ‘y’ griega, además de giros verbales como ‘habíanles’ por ‘les habían’, que suena mejor. También he modificado algunos tiempos verbales de las citas para facilitar la comprensión de su lectura. Y mi agradecimiento a los siguientes textos que me proporcionaron antecedentes, algunos de los cuáles he citado prolongadamente: “La Reina de Rapa Nui”. Pedro Prado. Programa de Comunicación e Informática. Facultad de Ciencias Sociales. Universidad de Chile. Colección de Libros Electrónicos según la edición de 1914. Ortografía modernizada, 1977. “Pedro Prado. Un clásico de América”. Julio Arrugada Augier, Hugo Goldsack. Ediciones Revista Ateneo, Universidad de Concepción. 1952.


“Se llamaba Pedro Prado”. Pedro Prado Llona. Anuario del Instituto de Conmemoración Histórica de Chile. Número VI. Santiago, 2001. “Gabriela Mistral, Premio Nobel de Literatura 1945. Antología. Selección de la autora”. Prólogo de Alone. Zigzag, Santiago de Chile. 1940. “Vicente Huidobro a la intemperie. Entrevistas 1915-1946”. Cecilia García-Huidobro McA. Editorial Sudamericana, 2000. “Una loca historia de Chile. Una emotiva, sonriente visión del pasado y de nuestros personajes más singulares”. Hernán Millas. Editorial Planeta. 1ª. edición, junio 2008. “El Santiago que se fue. Apuntes de la memoria”. Oreste Plath. Grijalbo. Grupo Grijalbo-Montadori. 1997. “Memorias. Testimonio de un soldado”. Carlos Prats González. Editorial Pehuén, 4ª edición. Mayo. 1996. “Gabriel Valdés, sueños y memorias. Pasado y presente de una vida más”. Editorial Taurus. 2009. “El carácter chileno”. Estudio preliminar y selección de Hernán Godoy Urzúa. 2ª. Edición. Editorial Universitaria, 1981. “Los Conchales de Las Cruces. Nuevos materiales para el estudio del hombre prehistórico en Chile”. José Toribio Madina. La Revista de Chile. Volumen 1, número 1. 15 de mayo de 1898. “La Nueva Comuna. El Tabo – Las Cruces”. Periódico semanal, con formato de diario, que circuló en la Comuna ocho números, a partir del 16 de febrero de 1963. Dirección: Eusebio Larraín. “Formación de la Propiedad en el Litoral Central. Antecedentes históricos de fundos, estancias, fundos y balnearios”. Carlos Célis Atria. A partir de la página 295 del “Boletín de la Academia Chilena de la Historia”. Año LVII, número 101. Santiago de Chile, 1990. “Ferrocarril de Cartagena a Playa Blanca (Las Cruces)”. Patricio Ross Leiva. Verano 2005. Edición en fotocopia. “El carácter chileno. Estudio preliminar y selección de ensayos”. Hernán Godoy. Editorial Universitaria, 1976. Santiago de Chile. 2ª. edición, enero 1981. “Ensayo histórico sobre la noción de Estado en Chile en los siglos XIX y XX”. Mario Góngora. 4ª. Edición. Editorial Universitaria, 1992. “Historia de la Elecciones en Chile. 1920-2005”. Germán Gamonal. Edición especial de la revista Ercilla. Santiago, 2005-2006. “Interpretación Marxista de la Historia de Chile. De la República Parlamentaria a la República Socialista (18911932). De la dependencia inglesa a la norteamericana”. Luis Vitale. Tomo V, consultado en Internet, donde el texto carece de créditos editoriales. “La matanza de San Gregorio”. René Balaf. http://www.puntofinal.cl/560/sangregorio.htm “La extinción selkman, ¿una masacre evitable?”. Gonzalo Flores Montero. Boletín de Historia y Geografía, número 8. Instituto de Estudios Superiores Blas Cañas. Santiago, 1991. “Los Onas. Vida y muerte en Tierra del Fuego”. Documental cinematográfico producido por el Comité Argentino del Film Antropológico. Dirección, Ana Montes de González. Asesoría científica y narración, Anne Chapman. 97 minutos. Buenos Aires, 1977 “La comunidad indígena en América y en Chile”. Alejandro Lipschutz. Editorial Universitaria. Santiago, 1956. “Inquilinos en el fundo de Su Excelencia”. Tancredo Pinochet. Santiago, 1915. “El pensamiento de la FECH en los años 20”. Eduardo Valenzuela, José Weinstein. Resumen de documentos mimeografiados. Santiago, 1920. “Salvador Allende. Biografía sentimental”. Eduardo Labarca. Editorial Catalonia. 2007. “Juan Francisco González. Maestro de la pintura chilena”. Roberto Zegers de la Fuente. “Mi amigo el Cardenal. Segunda Parte”. Reinaldo Sapag Chain. Prólogo de Monseñor Jorge Hourton. Ediciones Copygraph, Santiago, Chile. 2007. “El mar trajo mi sangre”. Alberto Ried. No recuerdo su pie de imprenta, pero me parece que se trataba de una autoedición. “La historia que falta”. Wilfredo Mayorga. Ediciones Ercilla. “Los X en la Quinta Vergara”. Valeria Maino y Mireya Rebolledo.


“En las alas del cóndor”. Eduardo Iturriaga. Editorial Maye. 2009. “The power of art. David”. Documental. Simon Schama. BBC. 2008. “Gabriela de Elqui. Mistral del mundo”. Documental. Guión, producción y dirección de Luis Vera. 2008 Diversos medios periodísticos actuales y de la época, citados en el texto.


Ignoradas ignominias en la historia de Chile. Gustavo Frías