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Luces de la ciudad (1931) Charles Chaplin

Luces de la ciudad ofrece la caracterización más completa de Charlot, el vagabundo creado por Charles Chaplin en la década de 1910 y que se ha convertido en uno de los iconos más representativos del arte de nuestro tiempo: en efecto, bastan los zapatos, el bombín y su famoso bastón para que nos venga a la memoria su imagen. Sin familia, sin amigos, solitario, extraño en un mundo hostil, sin un lugar donde vivir, Charlot, inocente como un niño, vive al margen del mundo, a veces intentando entrar pero sin importarle la marginalidad. La primera escena nos lo presenta durmiendo en el regazo de una estatua en el momento de su inauguración. Su presencia y su descenso de la efigie deslucen el acto, pero inaugura la catarata de escenas cómicas: por ejemplo, el pantalón de Charlot se engancha en la espada de la estatua; aún así, busca mantener el equilibrio cuando suena el himno norteamericano. La presentación del personaje se completa en la escena siguiente: un muchacho que hace burlas a Charlot se queda con un dedo del guante desgastado y roto del vagabundo. Es preciso indicar que Luces de la ciudad es una película muda (las ediciones actuales incorporan una banda sonora, del mismo modo que las proyecciones de la época se acompañaban de música en directo), y ello a pesar de que hacía tres años que se había introducido el sonido en el cine. Chaplin, sin embargo, renuncia al cine sonoro: ha creado un personaje específico para el cine mudo, cuya narrativa es puramente visual y cuyo lenguaje es exclusivamente corporal. El diálogo no lo identifica, sino su inconfundible caminar oscilante, la forma en que mueve el bastón o se coloca el sombrero; cuando sea preciso, un plano corto de su rostro será suficientemente expresivo. Charlot no desea hablar, prefiere observar y actuar. Conviene detenerse también en la presentación del personaje femenino, la florista: vemos un primer plano de unas flores, seguido de otro de la joven y un plano entero de ella sentada, con la mirada perdida. El vagabundo llega sorteando obstáculos y no tarda en advertir que la joven es ciega. Ella le coloca una flor y él le da una moneda (ambos elementos volverán a ser narrativamente relevantes en la conclusión del relato). Cuando escucha el cierre de la puerta de un coche, la joven cree que su comprador se ha marchado sin esperar el cambio. La presentación de la joven se completa con una breve escena de su modesta casa: vive con su abuela, a la que entrega el escaso dinero que obtiene con la venta de flores.


Presentados los personajes, la narración avanza: en el muelle un hombre adinerado intenta suicidarse y Charlot lo evita. Reaparecen los gags visuales: caídas al agua, la piedra atada al cuello del vagabundo. El suicida se reconoce curado y lo agradece. El plano es fijo: todo sucede dentro del cuadro, no hay apenas movimientos de cámara. Antes de irse, Charlot no olvida recoger la flor que le dio la joven ciega. El hombre adinerado es el personaje secundario más importante, y su relación con el vagabundo se desarrolla en varias escenas, siempre con la misma dinámica: es amigo de Charlot cuando está ebrio y no lo reconoce cuando está sobrio (el alcohol ilumina la mente: permite crear lazos de amistad y solidaridad imposibles en condiciones de normalidad; es preciso recurrir al alcohol para vencer la lógica imperante en la sociedad). Las escenas se desarrollan en la lujosa casa del millonario (que ha sido abandonado por su esposa) y en un club nocturno; en ambos sitios los gags se suceden, singularmente en el segundo: la bebida que se derrama en el pantalón del vagabundo, sus resbalones en la pista de baile, el puro que Charlot arroja, los espaguetis y la serpentina. Durante la coreografía reaparece el aspecto quijotesco del vagabundo (D. Quijote también es un vagabundo), que ya ha mostrado con anterioridad (por ejemplo, al salvar al millonario): Charlot, que no distingue la coreografía de la realidad, se enfrenta al bailarín que ha tirado al suelo a su compañera de baile. La música se detiene; cuando se reanuda, vuelve la comicidad: contagiado del ritmo de la música, Charlot se lanza a bailar en cuanto ve una mujer sola. Acabará bailando con el camarero. De nuevo en la mansión, el borracho millonario regala su coche a Charlot y le da dinero para la violetera ciega, de vuelta en su puesto. El coche servirá al vagabundo para llevar a la joven a su casa, donde le besa la mano y le pide poder visitarla. Un primer plano de la joven muestra su rostro transformado: intensamente iluminado, con la mirada al infinito, fuera de cámara. Después la joven, extasiada, contará lo sucedido a su abuela, que no ha visto al vagabundo y supone que será rico; “sí, pero es mucho más que eso”, añade la nieta. En un nuevo encuentro con el excéntrico millonario tiene lugar el espléndido gag del silbato que se traga Charlot. La acción se detiene ahora en los apuros de la joven ciega y su abuela, apremiadas a satisfacer el pago del alquiler de la vivienda. Ante este giro dramático, el quijotesco vagabundo se apresta a ayudarles. Para ello busca empleo, primero recogiendo basura (gag del jabón), y después como boxeador (soberbia escena que conjuga la comicidad con el dramatismo –el combate acaba siendo un baile, donde Charlot hace de árbitro y éste de boxeador; Chaplin, además, aprovecha otros recursos para crear la comicidad, como la soga de la campana o la cuenta del árbitro-, acompañado de las ensoñaciones de Charlot -mediante un encadenado el vagabundo cree que es la joven ciega quien lo acaricia-), para acabar en un nuevo encuentro con el millonario borracho (ha regresado tras un viaje a Europa). Éste le entrega dinero para la chica (1000$) al tiempo que la casa es asaltada por unos ladrones que


escapan dejando al vagabundo como sospechoso de intento de robo (y con mucho dinero en el bolsillo). Charlot logra huir y entrega el dinero a la ciega, para el alquiler y para que se opere de los ojos. Se despide “por una temporada”. Siguen la detención y el encarcelamiento del vagabundo. Con la llegada del otoño vemos de nuevo a la joven: ha recuperado la vista y ya no está en la esquina donde la encontró Charlot, y adonde volverá a buscarla. Ahora trabaja en una elegante tienda floristería. El vagabundo reaparece más andrajoso que nunca, aunque deseoso de hallar a la joven, y es objeto de las burlas de los muchachos que venden periódicos. Las reacciones de Charlot hacen reír a la florista, atenta a sus gestos. Sin embargo, Charlot ha reparado en una flor tirada en la calle; mientras se suena y guarda un paupérrimo pañuelo (lo que despierta otra vez la risa de la joven), un plano encuadra a ambos de espaldas, ignorantes cada uno de quién es el otro. El vagabundo se da la vuelta y su mirada se encuentra con la de ella (su rostro grave se ilumina, sonríe, todavía con la flor en la mano). Se ha producido el primer reconocimiento. Ella, sin embargo, no sabe a quién tiene delante y lo toma como una conquista, y ofrece al vagabundo una flor y una moneda (como en el primer encuentro entre ambos), pero él se aleja. Cuando ella se acerca y toma la mano del vagabundo para entregárselas, se produce el segundo reconocimiento, mostrado en un plano corto de ambos, aunque ahora vemos el rostro de ella. Sigue un plano significativo: las manos de ambos (también de la ropa), que no solo hacen referencia a sus sentimientos, sino a que han sido las manos lo que ha permitido que la joven sepa quién es realmente el vagabundo que tiene delante. Nuevos planos cortos del rostro iluminado de ambos cierran el relato. Charlot es un personaje que aúna rasgos quijotescos con otros propios de la picaresca (en una figura gesticulante y paródica, al igual que otros conocidos personajes cinematográficos como Cantinflas, aunque éste, que también vive en la marginalidad, plenamente adaptado al cine sonoro, utiliza el lenguaje como uno de sus recursos picarescos). Ahora bien, en Luces de la ciudad encontramos simultáneamente comicidad y melancolía, humor y dramatismo, ingenio y caricatura social. La gracia y la parodia de lo cotidiano están al servicio de la sátira social, de la burla de la sociedad, de sus prejuicios y valores, a los que el vagabundo observa desde fuera. Y todo ello expresado con una sonrisa amable o con el más amable de los sarcasmos.


Luces de la ciudad