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En la foto, el King Millenium atracado en el puerto de Padang. En la foto inferior, ciudad de Padang.

Pero intentaron hacer lo posible por no desembarcar, ya que había peligro de contraer la malaria y ellos no estaban vacunados. Además, por la noche el barco estaba rodeado de serpientes, cuyo veneno, según dicen, te puede matar en unos pocos minutos. La vida a bordo era dura; estuvieron 15 días sin apenas salir del King Millenium y las primeras jornadas lo pasaron mal, porque, además de ser pequeño, había marejada. Además, sólo se alimentaban de los peces que los indonesios pescaban y de diferentes frutas exóticas. Nos explicó el peligro que existe en acercar el barco a los arrecifes y quedar encallado. Es por este motivo que tenían que fondear lejos de estos y un bote les llevaba hasta las olas.

Tomaron varias precauciones, entre ellas, comprar un botiquín con antibióticos, ya que, si se hacían una herida con el coral vivo, se les podía infectar rápidamente debido a que este posee diversos microorganismos. El agua estaba a unos 30 grados y había una humedad relativa del 90 por ciento, por lo que el barco poseía dos grandes tanques de agua, de los que bebían para no deshidratarse. Tras contarnos sus impresiones sobre los lugares visitados y las rutinas cotidianas, optó por narrarnos tres curiosas anécdotas: - “Estábamos los seis cerca de una isla, surfeando al atardecer, en un momento dado salió del agua todo el mundo, subieron a la lancha y yo me quedé solo con otros dos. De repente, nos empezaron a hacer señas para que volviéramos al bote. Cuando decidimos volver, delante de mí, a unos 5 metros, apareció un tiburón enorme. Empezaron a hacernos señas todos los indonesios para que nos fuéramos hacia el arrecife, porque ya no nos daba tiempo a llegar al bote; empezamos a remar hacia las olas, yo cogí una de estas, me agarré a la tabla tumbado y fui surfeando por todo el arrecife hasta la isla. La tabla quedó destrozada , no sirvió ya para nada, pero conseguí llegar a la isla, que estaba a 700 metros de donde rompían las olas. Los otros dos surfistas, para proteger la tabla, utilizaron los brazos y los pies y, por supuesto, se destrozaron los brazos y los pies al rozarse contra el coral durante mucho tiempo y por ese motivo no pudieron surfear más.” 21

LOS ECOS DEL FORA 7  

REVISTA DEL IES FORAMONTANOS DE CABEZÓN DE LA SAL, CANTABRIA

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