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La liberación de los objetos. El mundo tiene sentido para nosotros los humanos si llegamos a él para ser personas, en el sentido etimológico del término “per sonare” es decir para sonar, para ser nosotros mismos y hacer en él nuestra aportación. Hoy, desgraciadamente corren vientos desfavorables para conseguirlo. Cada día el ciudadano se ve más expulsado de sus capacidades de decir y hacer, de ser partícipe en la construcción del mundo. Sólo los “triunfadores”, perverso concepto aquilatado dentro de las fronteras del imperio, tienen algo que decir; los demás son tenidos como masa prescindible. Esta convicción neodarwinista elaborada en las entrañas del neoliberalismo nos reduce a masa silenciosa, sólo “escuchada” en los comicios electorales o por su condición de consumidora, pero sin cara, sin individualidad, como rebaño. Hoy, para “sonar”, para ser, tienes que hablar, que hacerte oír, y no de cualquier forma sino adecuándote a las formas en que escucha el mundo. Tenemos la suerte de que la sociedad no tiene tiempo para leer, para informarse, la sociedad “escucha” imágenes y a través de ellas será posible ir soplando el fino polvo que acabe desgastando la maquinaria infernal de la deshumanización. Al fin y al cabo nosotros somos solventes en el manejo de las imágenes y enseñar a los demás nuestro oficio es hacerlos personas, porque serán el altavoz que permita que sus ideas sean oídas, y por la capacidad de seducción de la imagen, escuchadas. El arte puede ser el gran liberador, el redentor del individuo, el único consuelo y la única esperanza que le queda al hombre; por ello no puede ser un arte complaciente en sintonía con el poder, sea este fáctico o no, sino un arte comprometido, portador de pensamiento crítico y capacidad de cambio. Desde estos presupuestos comienza a tener importancia no tanto la perfección técnica de la obra, que también, si no la brillantez conceptual de la misma. Somos ladrones que nos hemos adueñado de esas otras vidas que tienen los objetos más allá de su uso funcional. Somos predicadores de la desobediencia incitando a que se rebelen contra su función, contra la subordinación al papel para el que fueron creados, tanto cuando están solos


y descontextualizados como cuando son deformados, o se asocian a otros y cambian, muriendo para la función y naciendo para la significación, porque las cosas no son lo que son sino lo que significan, como aproximaba Barthes. Juan Rosco

Tengo la inmensa fortuna de tener un amigo que se llama Juan Rosco. Profesor de Ciencias Sociales, arqueólogo apasionado, ex jefazo político en un gobierno autonó-mico que se bajó en marcha del coche oficial cuando comprendió que no servía para reírle las gracias al jefe de la monada… y volvió, otra vez a pie, día tras día a su escuela, con su sueldo escueto y la dignidad sin mella. Alguna vez he pensado que podría ganarse la vida yendo de feria en feria, como la mujer barbuda, exhibiéndose en actitud hierática sobre una peana con un letrero que dijera: PASEN Y VEAN, UN EXPOLÍTICO QUE DIMITIÓ POR HONESTIDAD Y COHERENCIA DEMOCRÁTICAS… Como poeta visual es un alquimista de la palabra y de la imagen que ha sido capaz de darme la única lección de química que he entendido en mi


vida: “Me gusta comparar la poesía visual y, más concretamente, el poema objeto con una reacción química, pues en ella los compuestos no se suman ni se mezclan, sino que se combinan, dando con ello lugar a sustancias nuevas con propiedades físicas y químicas diferentes. Los objetos se comportan de manera análoga, ya que cuando los asociamos no se mezclan sino que se combinan, dando lugar a significaciones nuevas, diferentes de las funciones para la que fueron creados…” Yo suelo usar esa explicación con la única fórmula que conozco, la del agua. Pero, en el caso de Juan Rosco

H2 + O = Au oro conceptual de 21 kilates con el que, a partir de una aguda intervención de orfebrería intelectual, consigue formulaciones increíbles del tipo

rosario + garbanzos = posguerra El primer fogonazo que se produce en nuestro cerebro cuando contemplamos cualquiera de sus obras es el de la sorpresa –imprescindible para mí en poesía visual-; el segundo, el de la cómplice aquiescencia con el mensaje que nos enuncia; el tercero, el de gratitud, por elevar a pensamiento excelso la más mísera materia. Lo considero el poeta visual más machadiano de todos. El virtuoso de la difícil sencillez que transmite sentimientos, emociones, ideas profundas desprovistas de retóricas huecas. Su obra llega al corazón porque es sincera, y mueve el intelecto porque es comprometida con el ser humano y con la sociedad en la que vive. ¿Qué más puede pedirse a un artista? Por todo lo que me has enseñado, por acercar tu poesía hasta nosotros aquí a Córdoba, gracias, amigo.



La liberacion de los objetos