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Senado de la República • LXII Legislatura


Fidel en el imaginario mexicano

Senado de la República LXII Legislatura México 2015


Senado de la República LXII Legislatura

Sen. Miguel Barbosa Huerta Presidente de la Mesa Directiva Senado de la República Sen. Dolores Padierna Luna Vicecoordinadora del grupo parlamentario del PRD

Fidel en el imaginario mexicano

Agradecimientos:

© Primera edición. Senado de la República Av. Paseo de la Reforma 135, Colonia Tabacalera, Delegación Cuauhtémoc, Ciudad de México C.P 06030.

Embajada de Cuba en México Excmo. Sr. Dagoberto Rodríguez Barrera Embajador Extraordinario y Plenipotenciario

www.senado.gob.mx consejoeditorial@senado.gob.mx

Sr. Héctor Fraginals de la Torre Consejero Político

Las fotografías que aparecen en esta obra se publican bajo la autorización de Editora Política de Cuba.

Sr. Fidel Orta Pérez Consejero Cultural

D.R. Fotografias, Editora Política de Cuba D.R. Textos, Senado de la República

Editora Política de Cuba Santiago Dórquez Pérez Fidel Aguirre Gamboa

Impreso en México 2015 Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra, por cualquier medio o procedimiento, sin la autorización previa del Senado de la República, a través del Consejo Editorial.

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Senado de la República LXII Legislatura

Mesa Directiva Sen. Miguel Barbosa Huerta Presidente

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Junta de Coordinación Política

Sen. José Rosas Aispuro Torres Vicepresidente

Sen. Emilio Gamboa Patrón Coordinador del Grupo Parlamentario del PRI Presidente

Sen. Arturo Zamora Jiménez Vicepresidente

Sen. Fernando Herrera Ávila Coordinador del Grupo Parlamentario del PAN

Sen. Luis Sánchez Jiménez Vicepresidente

Sen. Miguel Barbosa Huerta Coordinador del Grupo Parlamentario del PRD

Sen. Lilia Guadalupe Merodio Reza Secretaria

Sen. Carlos Alberto Puente Salas Coordinador del Grupo Parlamentario del PVEM

Sen. Rosa Adriana Díaz Lizama Secretaria

Sen. Manuel Bartlett Díaz Coordinador del Grupo Parlamentario del PT

Sen. María Lucero Saldaña Pérez Secretaria

Sen. Manuel Romo Medina Grupo Parlamentario del PRI

Sen. María Elena Barrera Tapia Secretaria

Sen. Blanca María del Socorro Alcalá Ruíz Grupo Parlamentario del PRI

Sen. Martha Palafox Gutiérrez Secretaria

Sen. Fernando Yunes Márquez Grupo Parlamentario del PRI

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Índice

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Fidel

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Presentación

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Prólogo

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XL Aniversario del asalto al Cuartel Moncada

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CRISTINA AGUIRRE BELTRÁN

Fidel en el corazón

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JULIO MOGUEL

Fidel

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FEDERICO ÁLVAREZ

Nadie podrá

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PORFIRIO MUÑOZ LEDO

Fidel Castro

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CUAUHTÉMOC AMEZCUA DROMUNDO

Carta abierta post mortem de Benito Juárez a Fidel Castro

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GABINO PALOMARES

Como semillas de trigo

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JOAQUÍN BERRUECOS

Y en eso... ¡llegó Fidel!

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YEIDCKOL POLEVNSKY GURWITZ

Fidel Castro, el hombre que cambió la historia de Nuestra América

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MARCELA BRIZ GARIZURIETA

Fidel y Raúl Castro y los azares de mi vida

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ELENA PONIATOWSKA

Tres luchadores mexicanos

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FERNANDO BUEN ABAD DOMÍNGUEZ

Fidel y la comunicación

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RODOLFO REYES CORTÉS

El Comandante en Jefe, Fidel Castro Ruz

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VIRGILIO CABALLERO

Con Cuba, con Fidel, desde la adolescencia

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MARÍA ROJO

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ANTONIO DEL CONDE “EL CUATE”

Fidel Castro, El Yate Granma

Palabras pronunciadas en el Acto de Conmemoración del Grito de Dolores en el Teatro Karl Marx, en la Habana, Cuba, el 16 de septiembre de 2002

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ALEJANDRO ENCINAS RODRÍGUEZ

Fidel

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ADALBERTO SANTANA HERNÁNDEZ

Fidel Castro en la memoria

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ARTURO GARCÍA BUSTOS

Mi reconocimiento al pueblo cubano

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ENRIQUE SEMO

La mirada de Fidel

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LAMBERTO GARCÍA ZAPATA

Fidel Castro

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GERARDO UNZUETA

Encuentros con Fidel Castro

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ALFONSO HERRERA FRANYUTTI

Una imborrable página de la historia

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FERNANDO VALADEZ

Freud y Fidel

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NAYAR LÓPEZ CASTELLANOS

Fidel, coloso de mil batallas

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RAFAEL VALDEZ AGUILAR

Becas para jóvenes latinoamericanos

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MARTHA EUGENIA LÓPEZ VILLEDA

Por qué creemos en Fidel

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CARLOS VÉJAR PÉREZ-RUBIO

La tienda de lalita

80

ADRIANA LUNA PARRA

Fidel Castro en mi vida

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BERTA ZAPATA VELA

Testimonio con motivo del IX aniversario del Asalto al Moncada

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IFIGENIA MARTÍNEZ Y HERNÁNDEZ

Fidel Castro, líder de Cuba y de América Latina

en el imaginario mexicano

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Presentación ↓ La solidaridad del pueblo de México se hizo patente desde aquel mitin de apoyo en el Zócalo, encabezado por Lázaro Cárdenas, en repudio a la invasión de Bahía de Cochinos.

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l presente libro es fruto principalmente de la solidaridad, la calidad humana y la buena voluntad de todas y todos los que colaboraron para hacerlo realidad. No hubiera sido posible sin la contribución desinteresada de quienes aportaron textos y fotos de su autoría, y sin el trabajo serio y constante de quienes dedicaron tiempo y esfuerzo para su edición e impresión. Estamos consciente de la importancia de un testimonio como este, que honra al Comandante Fidel Castro Ruz, al pueblo cubano y a quienes estamos convencidos de la trascendencia de su legado. Fidel en el imaginario mexicano es un documento didáctico. Será una forma de ver parte de la historia contemporánea de América Latina. Se trata de un libro que combina arte en su diseño, testimonio invaluable en su escritura; sentimiento, concepto y valoración en su contenido. Sirva el presente libro como un testimonio histórico de un proyecto revolucionario, una realidad en América Latina, y la apuesta de todo un pueblo por una sociedad digna, plena y en armónica convivencia con el resto de las naciones.

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Sen. Miguel Barbosa Huerta Presidente de la Mesa Directiva del Senado de la República

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Prólogo ← Fidel, seguro y a tiempo.

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esde hace muchos, muchos años, el pensamiento y obra de Fidel Castro, estadista y líder de un proyecto emancipador y de justicia social, ha nutrido e inspirado a generaciones. Ha sido objeto también de detracciones y elogios. En lo personal, me ha acompañado en mis propias luchas por un México más incluyente, democrático, humano. Esta obra que hoy tenemos en las manos, nos muestra, de manera directa y singular, un Fidel visto con los ojos y sentimientos de mexicanas y mexicanos. Las anécdotas, interpretaciones, enfoques y valoraciones que aquí aparecen se conjugan para integrar una necesaria, aunque breve recopilación, o como bien se señala, un Fidel Castro en el imaginario mexicano. Fidel en nuestra impronta, Fidel palpable, Fidel cercano, Fidel en los demás; Fidel. Y junto a los textos, la fuerza y testimonio de las imágenes. Fotos, algunas inéditas, todas admirables, que refuerzan el trabajo artístico implícito en este libro. Así, con una mirada amplia que no se detiene necesariamente solo en acontecimientos políticos, sino que analiza, interroga y resume —con la franqueza y la penetración particulares de cada quien—, se logró este, por así decirlo, collage gráfico. Se sustenta en las más variadas lecturas de un Líder imprescindible a la hora de entender los acontecimientos globales del pasado siglo. Cuando en el año 2013 decidimos por unanimidad, en el pleno de la Comisión Permanente del H. Congreso de la Unión, entregar un reconocimiento oficial al Comandante Fidel Castro Ruz por su trayectoria, supimos que era necesario también que mexicanas y mexicanos, de un amplio espectro de la sociedad, le hablaran, le platicaran, le dejaran constancia de cómo lo vemos. Con realismo y con idealismo. Con pragmatismo también. Pero sin imposiciones como condición a priori a la hora de hacer el libro.

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Para ello, pedimos a varias personalidades de diferentes ámbitos de nuestra vida nacional, su contribución. El fruto de esas aportaciones está recogido en estas páginas. Lo mismo sucedió con el impresionante material fotográfico que, más que acompañar, es también protagonista de este testimonio. Y hay que decirlo: el desinterés y la ayuda, la calidez y la calidad humana de autores y artistas del lente involucrados, marcan esta publicación. Cierto que un trabajo así siempre será incompleto. Este es solo un modesto esfuerzo. Faltarían miles de testimonios y opiniones. Nuestra intención siempre fue poder ofrecerle al pueblo mexicano, al cubano y al mundo, la forma en que concebimos la huella y presencia de un hombre excepcional. Alabamos desde ahora que nuevas formas de acercarnos y acercar a Fidel, surjan y se concreten. Nuestra memoria, nuestros recuerdos, hacen tangible la historia de nuestras convicciones. Al menos, nuestro propio devenir histórico nos nutre, nos reinventa y reafirma. En el espacio común de las experiencias, somos capaces de recrear ese imaginario colectivo. Y lo que es mejor, compartirlo. Es responsabilidad de quienes en México estamos comprometidos en la búsqueda y construcción de un mundo mejor y más justo, dar a conocer; sembrar voluntad de cambio; legar a los que nos precedan constancias y vivencias. Esta obra también se hace para ello. Poco queda por decir acerca del Líder Histórico de la Revolución Cubana. Mucho hace falta para seguir difundiéndolo en el pensar, en el saber de la sociedad mexicana. Cualquier proyecto o esfuerzo en este sentido, nunca será en vano.

Sen. Dolores Padierna Luna México, DF, julio de 2015

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VERSIÓN ESTENOGRÁFICA DE LA INTERVENCIÓN EN TRIBUNA DE LA VICECOORDINADORA DEL GRUPO PARLAMENTARIO DEL PRD EN EL SENADO, DOLORES PADIERNA LUNA, POR EL LX ANIVERSARIO DEL ASALTO AL CUARTEL MONCADA

↑ El 26 de julio de 2013, el Senado de la República extendió este reconocimiento al Comandante Fidel Castro.

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Sen. Dolores Padierna Luna: Agradezco a los grupos parlamentarios del PAN, del PRI, del Partido del Trabajo, al Movimiento Ciudadano y el Partido Verde que hayan aceptado tener hoy esta intervención. En 1961, cuando un ejército financiado y entrenado por Estados Unidos invadió Bahía de Cochinos, en Cuba, el general Lázaro Cárdenas del Río quiso tomar un vuelo a La Habana; no lo consiguió pues su avioneta había sido encadenada por órdenes del Presidente López Mateos. Sin embargo, la historia registra que el 18 de abril de ese año, Cárdenas, subido en el toldo de un automóvil, en el Zócalo de nuestra capital, encabezó un acto en el que miles de mexicanos rechazaron la pretensión imperial de someter a una pequeña nación que no aspiraba más que a ser libre e independiente. Las crónicas de la época relatan que la multitud guardó un total y respetuoso silencio cuando Cárdenas tomó la palabra desde el improvisado escenario, para decir: «En nuestra América, Cuba está siendo agredida y es necesario que los pueblos todos de Latinoamérica manifiesten su solidaridad». Muchos años han pasado, pero el cerco y las agresiones continúan. A pesar de los cambios ocurridos en el escenario geopolítico mundial y regional, Estados Unidos mantiene una criminal política del embargo económico y de cuando en cuando recicla la amenaza de una intervención militar directa en el hermano país del Caribe. A tono con esa política de agresión permanente, recientemente, Estados Unidos volvió a incluir a Cuba en su lista de países terroristas. Arrogante y sordo cuando se trata de defender sus intereses, Estados Unidos ha hecho caso omiso, una y otra vez, de las resoluciones de un gran número de organismos multilaterales que han condenado las políticas contra la Isla, incluido el voto de México. Salvo algunos periodos vergonzosos, nuestro país ha mantenido, con respecto a nuestra nación hermana, los principios de no intervención y de libre autodeterminación.

La relación entre México y Cuba rebasa con mucho los linderos de la diplomacia. Tiene profundas raíces históricas y culturales, y está fincada en gran medida en el encuentro de dos revoluciones que han dado identidad a los pueblos de América Latina. Las revoluciones mexicana y cubana, ciertamente, han sido fuente de inspiración y guía para los pueblos del continente que luchan por mantener su independencia y que buscan la justicia y la libertad. En la relación entre nuestras naciones y nuestros pueblos, Fidel Castro Ruz ha sido sin duda una figura central. Para millones en México y en toda América Latina, la Revolución Cubana fue un acontecimiento de la mayor importancia. En Cuba comenzó a hacerse realidad el sueño de hacer de nuestra gran patria latinoamericana, una tierra libre de yugos imperiales, soberana y justa. En esa historia, México tiene un lugar de privilegio. Cuando se acercaba el fin de la dictadura de Fulgencio Batista, el 17 de marzo de 1958, Fidel Castro envió una carta al pueblo mexicano. En ese documento, el comandante cubano reconocía la gesta de las primeras décadas del siglo XX y la relación profunda existente entre ambos países. Escribió Fidel: «¡Revolución mexicana, la Revolución de Cuba te saluda, evoca tu obra, se inspira en tus triunfos y emula tu ejemplo!». Meses después, en julio de 1959, el general Lázaro Cárdenas —sin duda el presidente que los mexicanos recordamos con más admiración y cariño—, estuvo en La Habana, al lado de Fidel Castro y los líderes de la Revolución Cubana, para conmemorar el inicio de la gesta que puso fin a la dictadura de Batista. No fue casualidad que el Presidente que nacionalizó el petróleo asistiera, en julio de 1959, al acto de conmemoración del Asalto al Cuartel Moncada, ocurrido seis años atrás en 1953. Al hablar en la multitudinaria concentración, Lázaro Cárdenas expresó palabras que, vistos los hechos de las siguientes décadas, no han perdido

actualidad. Dijo el general Cárdenas: «De haber sido la Revolución Cubana un simple cambio de hombres, no habría sido tan combatida como lo está siendo por los intereses oligárquicos extranjeros que han creado la leyenda negra de esta Revolución. Esos mismos intereses crearon la leyenda negra de la Revolución Mexicana en sus campañas contra las reformas sociales emprendidas en nuestro país. La Revolución Mexicana, que dio jerarquía constitucional a la Reforma Agraria, recibió los más candentes denuestos de los intereses extranjeros». La relación entre uno de los más grandes estadistas mexicanos y el comandante Castro resume la existente relación entre nuestros dos países y ejemplifica como ninguna la profundidad de nuestros lazos y nuestros sueños de libertad e independencia. Más tarde, los buenos oficios del general Cárdenas permitieron la liberación de Castro y otros integrantes del Movimiento 26 de Julio. Gracias a ello fue que Fidel, Raúl, El Che Guevara y muchos otros pudieron zarpar de nuestras costas y, tras un penoso viaje, regresar a la Isla que los había visto partir al exilio. La relación entre México y Cuba, entre ambas revoluciones y entre dos pueblos que aspiran a la libertad, se ha mantenido pese a las tremendas presiones del imperio, pese al asilamiento en que se ha tratado de mantener a la Isla y muy a pesar de los diferendos diplomáticos. El 26 de julio no puede olvidarse que fue Martí el inspirador del puñado de jóvenes patriotas cubanos que decidieron poner fin a esta dictadura. Al igual que Fidel, el apóstol de la Independencia Cubana, José Martí, pasó por tierras mexicanas. En ambos casos, ese tránsito fue fundamental en la formación y en la mirada única que construyeron sobre nuestra América. Apenas hace unos años, en 2003, don Pablo González Casanova, ex rector de la Universidad Nacional, recibió el Premio Internacional José Martí que otorga la Unesco. En su discurso de aceptación, recordó que la conducta de Martí «ensambla estilo, pensamiento y política con valores éticos incomparables, hoy compartidos por varios millones de cubanos».

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Fidel en el corazón ← Con los pobres de la tierra...

Cristina Aguirre Beltrán

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idel en el corazón de cuantos le admiran y respetan, en el de los que saben de su inteligencia y memoria prodigiosas y de su inflexible voluntad de hierro; Fidel en el corazón de una Revolución triunfante de Cuba y los cubanos, que no cedió ni cede ápice alguno frente al más poderoso de los enemigos, el imperialismo yanqui. Fidel en el corazón del ataque al Moncada, en el corazón de los jóvenes masacrados, en el de su juvenil inexperiencia en la estrategia y tácticas guerrilleras de ese entonces. Fidel en el corazón del proceso penal y de su autodefensa, en el del genial alegato en que afirma en forma contundente: la historia me absolverá y en el de su destierro. Fidel en el corazón del desembarco del Granma con 82 hombres a bordo y su fracaso; en el dolor por la muerte de tantos compañeros; Fidel en el corazón de la Sierra Maestra, en el de la reorganización de la guerrilla, y en el de la tenaz y dura lucha en contra de la dictadura de Fulgencio Batista, la que era urgente derrocar. Fidel en el corazón del triunfo de la Revolución en enero de 1959 y en el de todos sus camaradas; Fidel en el corazón del Che Guevara, en el de Camilo Cienfuegos, reconocidos en Cuba como "Los Tres Pilares de la Revolución". Fidel en el corazón herido del ejército regular de aquel cruel dictador, en la derrota infringida por los guerrilleros en Sierra Maestra. Fidel en el corazón de los 800 hombres que conformaron ocho frentes guerrilleros con 22 columnas y que sitiaron los más importantes cuarteles del país; Fidel

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en el corazón de las últimas batallas en contra de la tropa batistiana, de más setenta mil hombres, vencidos por los revolucionarios. Fidel en el corazón lastimado de alianzas y traiciones como la de Cantillo, quien el 1° de enero de 1959 anunció el triunfo de la Revolución, adjudicándose estar al mando de una Junta Militar inexistente y al que Fidel replicó rotundo: «Esta larga y difícil lucha no tendrá otro final que el triunfo de la Revolución. …Hay que evitar la huida de los asesinos. … Exigimos la inmediata libertad de los presos políticos. …No aceptamos ninguna Junta Militar. … Nada ni nadie impedirán el triunfo de la Revolución. …La Revolución no podrá ser escamoteada. … Ahora es más fuerte que nunca». Y dijo más, mucho más, y lo ha cumplido. Fidel en el corazón de la erradicación del analfabetismo en Cuba, en el de la total cobertura de salud para la población de ese país, en el de las brigadas de médicos voluntarios en los países del mundo que los necesitan. Fidel en el corazón de la larga y difícil reconstrucción de Cuba. Fidel en el corazón de los múltiples atentados en contra de su vida y que son vanagloria de los matones; Fidel en el corazón de un pueblo que lo ama y que es fiel a la Revolución; Fidel en el corazón magullado de los desleales que han hecho lo indecible por destruir la Revolución; Fidel en el corazón podrido de los apátridas como Huber Matos, aliado Tony Varona, Carlos Prío y Manuel Artime en los planes para una contrarrevolución organizada por la cia. Fidel en el corazón malherido de la Invasión en Bahía de Cochinos, y en el de la derrota de los mercenarios en Playa Girón. Fidel en el corazón del convenio que comprometía a Washington

a pagar, en un término de seis meses, los 62 millones 300 mil dólares en medicinas y alimentos para niños, entre otras indemnizaciones, mientras que Cuba dejaría en libertad a los prisioneros que saldrían con presteza para Estados Unidos. Fidel en el corazón tocado de las Naciones Unidas, en la Asamblea General del año 1979, en el que se conoce como su mejor discurso: «¿Por qué unos pueblos han de andar descalzos, para que otros viajen en lujosos automóviles? ¿Por qué unos han de vivir 35 años, para que otros vivan 70? ¿Por qué unos han de ser míseramente pobres, para que otros sean inmensamente ricos? Hablo en nombre de los niños que en el mundo no tienen un pedazo de pan, hablo en nombre de los enfermos que no tienen medicinas, hablo en nombre de aquellos a los que se les ha negado el derecho a la vida y a la dignidad humana. … Sé que en muchos países pobres hay también explotadores y explotados. Me dirijo a las naciones ricas para que contribuyan. Me dirijo a los países pobres para que distribuyan. ¡Basta ya de palabras! Hacen falta hechos. ¡Basta ya de abstracciones! Hacen falta acciones concretas. ¡Basta ya de hablar de un nuevo orden económico internacional especulativo que nadie entiende! Hay que hablar de un orden real y objetivo que todos comprendan… Hemos venido a hablar de paz y colaboración entre los pueblos. Y hemos venido a advertir que si no resolvemos pacífica y sabiamente las injusticias y desigualdades actuales, el futuro será apocalíptico…». Y en el holocausto morirán también los ricos, que son los que más tienen que perder en este mundo. Han pasado 35 años y todo sigue igual o peor en este mundo, y va en marcha imparable el entonces

llamado nuevo orden económico internacional especulativo, el que nadie entendió ni entiende. Hoy hay más hambre, más muertos, más guerras, más de todo lo malo de que habló Fidel, así como de lo que entonces no mencionó. ¿Será que el imperio actual del narcotráfico nos conducirá a lo apocalíptico? ¿Será que los Estados Unidos con la reanudación de la llamada Guerra Fría está encausando al mundo al holocausto? Fidel en el corazón malvado del imperio yanqui en contra del plan implacable, criminal, terco e inhumano bloqueo económico; Fidel en el corazón de las más grandes calumnias; Fidel en el corazón malsano de los poderes fácticos del mundo, aliados todos a los gobiernos norteamericanos, en el de la lucha en contra de la corrupción de la burocracia y de la población cubana que patrocina el enemigo de mil formas y maneras. Fidel en el corazón de la Crisis de los Misiles y en la penosa desintegración de la Unión Soviética. Fidel en el corazón del llamado periodo especial que requirió de grandes sacrificios del heroico pueblo cubano. Fidel en el corazón de una nación, que a diferencia de todos los países latinoamericanos, en ella que no existe la desnutrición a pesar de todos los pesares a que la tienen sometida; Fidel en el corazón de la más larga revolución en contra de los inconmensurables poderes económicos del mundo. Fidel en mi corazón, que por más de cincuenta años, lo reconoce como el Hombre del Siglo XX, que sabe que le ha dicho su verdad al imperio y al mundo, porque Fidel Castro Ruz vio realizado el sueño de que su amada patria sea el Primer Territorio Libre de América; porque después de más de medio siglo, cunde el ejemplo de la Revolución Cubana en los países del sur de América Latina.

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Nadie podrá Federico Álvarez

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adie podrá ya nunca borrar el nombre de Fidel Castro de la historia grande de América Latina. La Revolución Cubana podrá renovarse o transitar hacia el socialismo por caminos todavía inéditos, pero siempre será Fidel Castro quien, ante el asombro del mundo, la hizo posible cuando se dejó crecer las barbas en la Sierra Maestra.

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↓ Con la gente y para la gente.

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Carta abierta post mortem de Benito Juárez a Fidel Castro Cuauhtémoc Amezcua Dromundo Comandante Fidel Castro Ruz, Jefe de Estado y de Gobierno de la República de Cuba: Excelentísimo señor: Esta es una carta post mortem, no podría ser de otra manera. Nuestros tiempos sobre la faz de la Tierra no coincidieron. Puedo sin embargo dirigirme a usted porque aunque mi corazón dejó de latir hace muchos años, las ideas perviven como perviven también los anhelos de los pueblos. Las ideas que yo enarbolé forman parte del patrimonio común del pueblo de México que se fraguó a lo largo de la Historia. Su raíz data de Cuauhtémoc, de su ejemplo de férrea lucha sin tregua contra el invasor por poderoso que fuera. Luego, este patrimonio se nutrió con el pensamiento de Hidalgo, el Padre de la Patria mexicana, y de Morelos, el más avanzado de su época. El sacrificio de los Niños Héroes y de tantos compatriotas que dieron sangre y vida frente a la invasión del ejército de Estados Unidos le dio mayor temple y fortaleza. Yo me esforcé por servir de manera fiel a la misma causa. La defensa de la soberanía y de la autodeterminación. La defensa del derecho de todos los pueblos de construir su presente y su porvenir por sí mismos. El rechazo a toda pretensión injerencista. Tal y como usted lo hace, señor Comandante Castro. No soy yo físicamente quien le escribe, eso sería imposible. Sin embargo, son mis ideas, son mis ideales los que se dirigen a usted con todo respeto. El propósito de esta misiva es brindarle mi plena solidaridad. Le ha tocado a usted una etapa terrible. La mayor potencia imperialista de su

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tiempo está obsesionada por la ambición. Quiere privar a Cuba, su Patria, de la libertad, de la soberanía y de la autodeterminación que su pueblo ha conquistado. Para ello pone en juego todos sus recursos. Nada la detiene, ningún escrúpulo. A mí también me tocaron tiempos difíciles. México, mi país, tuvo que enfrentar ambiciones semejantes de las grandes potencias de entonces. Gran Bretaña, España y sobre todo Francia, la Francia de Napoleón iii, que acabó invadiendo el suelo de mi Patria. Querían imponer a mi pueblo una forma de gobierno a su gusto. Decían que los mexicanos éramos incultos y que carecíamos de la capacidad para gobernarnos solos. Incluso tuve que enfrentar las ambiciones expansionistas de Estados Unidos, que se manifestaban insidiosas […]. (…) Sé que los principios de mi tiempo seguirán vigentes en su tiempo y que las potencias imperialistas seguirán tratando de ignorarlos y pasar por encima de ellos. Sé que su lucha, comandante Castro, se asemeja tanto a la que me tocó librar, como se asemejan nuestros pueblos. En su lucha contra la injerencia de Estados Unidos en los asuntos internos de Cuba, por la soberanía y la autodeterminación de su pueblo —del que por cierto me tocó ser huésped cuando un gobierno espurio me expulsó de mi país— usted merece todo el reconocimiento y la solidaridad que, por mi parte, le brindo sin reservas, como estoy seguro que se lo seguirá brindando mi pueblo, por encima de las posibles actitudes cobardes, oportunistas o convenencieras de circunstanciales gobernantes. Esté usted seguro que el pueblo de México siempre estará al lado del pueblo de Cuba, con la mayor firmeza.

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Y en eso... ¡llegó Fidel! ← Como siempre, al bat...

Joaquín Berruecos

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uando me invitaron a participar en esta recopilación de memorias y textos sobre el Comandante, me puse a hurgar en mi cabeza para tratar de encontrar ahí todo lo posible que me conectara con el gran personaje y su inseparable entorno. Ello me remontó a la época cuando, mientras él recorría la Sierra Maestra, yo caminaba de la mano de mi madre por malecón de La Habana. La fidel-idad de mi memoria A mediados de los años cincuenta mis padres iniciaron una importante misión médica por Latinoamérica que comenzó en Venezuela. Ahí fundarían una institución similar a la que años atrás habían creado en México. Su empeño estaba centrado en la inclusión de los sordos al mundo de los oyentes y, al comenzar esa ejemplar y masiva dispersión de conocimiento, decidieron llevar hasta esas lejanas latitudes a toda nuestra familia. Una escala obligada era, por supuesto, La Habana. Fue entonces cuando, por primera vez, tuve contacto con la inigualable hospitalidad de  su gente especializada en narrar historias, hacer amigos y sobre todo en construir su imaginario tropical que, a la manera de Castoriadis, se crea para «relativizar la influencia que tiene lo material sobre la vida social». Mientras esperábamos abordar El Virginia de Churruca, navío que nos llevaría hasta La Guaira, comencé a escuchar cantidad de cuestiones políticas sobre lo que estaba sucediendo

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en la agitada ciudad. Años después,  fotografiando al Granma, pude reconstruir en mi mente la hazaña que simultáneamente se estaba suscitando: mientras nuestro barco español se preparaba para hacer el recorrido caribeño, en esas mismas aguas el histórico navío acababa de terminar su complicado periplo. Ahora lucía ahí, tranquilo, anclado en un parque dentro de su caja de cristal. Esos primeros pasos que di por la ciudad se convirtieron en el referente de las otras muchas veces que regresé para caminar por las mismas calles. A cinco décadas de distancia resulta muy acogedor, nostálgico y sorprendente volver a vivir de nuevo, y por donde quiera que sea, la cantidad de historias que brotan por todas las esquinas de esa ciudad: ahí, cerca de la universidad, están las mismas pintas históricas; aún se conserva operando el mismo hotel donde entonces nos hospedamos; nos transportan esos  automóviles de colección que continúan funcionando a la perfección; se respira aquel aire fresco que trae a la memoria el recuerdo del pasado; se pueden escuchar las melodías típicas que, a través de sus voceros contemporáneos, aún suenan por las calles disintiendo por su viveza y dinamismo, con la atmósfera de lo que quedó detenido en el tiempo.  Con la Declaración de La Habana se inició una interminable cadena de publicidad negativa que, naturalmente, también nos llegó a México. Recuerdo cómo, en boca de alguien cercano a mi familia, oí por primera vez hablar de Fidel. Con lujo de detalles nos contaba cómo  había leído en el Selecciones del Reader’s

Digest la espeluznante historia del Comandante que, mientras se reía, apagaba su puro en la espalda de un disidente. Nuestro informante afirmaba con certeza que lo que contaba estaba bien documentado, ya que su verdad había sido escrita en esa revista de “enorme prestigio”. Mi asombro me llevó a platicar del tema con mi padre, quien pronto me explicó cómo detrás de tantas letras impresas, estaba la mano del Imperio. Él me acercó a otras verdades que me decía, tenía que conocer y por eso, me aproximó a las agradables conversaciones de dos grandes personajes de la medicina mexicana. Por años ellos me dotaron de elementos que terminarían por conformar parte de mi actual y personal imaginario. Ellos eran el psiquiatra Alfonso Millán, a quien afectuosamente llamábamos tío, y el neurólogo Juan Carrasco Zanini, que luego se convertiría en mi cuñado. Su visión sobre la cuestión cubana resultó ser muy diferente a lo que, por entonces y aún ahora, se escucha comúnmente en los medios masivos. Juan fue uno de los tantos que, en cuanto huyó Batista, se planteó la necesidad real de trabajar por el ideal de esa Revolución y lo hizo ahí mismo, “en vivo” y “de cuerpo entero”. Para cuando regresó, cargado de profundas experiencias, poco a poco me fue vinculando y me familiarizó con lo que había sido aquella “epopeya de la tenacidad”. Llegados los setentas, mi gusto por interpretar la música latinoamericana me acercó a la Nueva Trova Cubana. Conocer de cerca a sus protagonistas y sus variopintas historias, sentir tan próximo lo contagioso de sus ritmos y hacer amistad con ellos, me sirvió para

compenetrarme con lo que estaba sucediendo en la Isla. Pronto incluimos en el repertorio de nuestro grupo La Peña Móvil muchas de aquellas canciones que siempre estuvieron pensadas para comunicar. Queríamos compartir su afán por cantar todo lo que sucedía y por transmitir aquellas historias que rápidamente se habían popularizado por toda América latina. Fue así que llevamos a muchos países aquello de Quién sabe más del surco y de la azada de Amaury Pérez, los contagiosas temas de Benny Moré y las denuncias de Carlos Puebla.  Cuando de cantar se trata, ellos se pintan solos, especialmente para hablar de su Comandante, de Camilo o del Che. Los jóvenes músicos de la Revolución fueron disciplinados cuando se pusieron a trabajar en las películas del icaic, y aún más trascendentemente, al convertirse en los embajadores de sus creencias. Un día, el grupo Los Folkloristas organizó con muchos de ellos un gran encuentro musical en su Peña y nos invitaron para intercambiar experiencias y amistad. Esa noche fue un placer escuchar a Sara González, quien nos cantó lo que les significó su primera victoria en Playa Girón. Pudimos saber en voz de Noel Nicola cómo con «las letras se hacen la luz». Me refiero, claro, a la gran hazaña que se logró cuando decenas de miles de jóvenes alcanzaron con su pueblo lo que nuestra Revolución Mexicana nunca resolvió: terminar con el analfabetismo. Fue instructivo y pedagógico escuchar a Pablo cantar sobre y para Martí, y razonar con Silvio cuando guajiramente nos describía, entre

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↓ Una ofrenda a los caídos en la lucha.

otras muchas verdades, cómo es que cada espera, nuestro anfitrión, mientras me daba una palmada en la espalda, con una voz impoquien tiene su Moncada.  Un día en una escuela del sur de California nente me explicó: «Lo que vale la pena al ir por mientras interpretábamos Y en eso llegó Fidel,   un mantecao, chico, es convivir». En Cuba, pues, la directora del plantel nos pidió que matizá- se comparte todo el tiempo la amistad, la alegría ramos nuestra narración sobre aquello de que, y, sobre todo, esa seguridad que se respira al caantes La Habana “era una cuna de yankis la- minar por donde sea y a la hora que sea… qué drones”.  Ante la imposibilidad de hacer una envidia para nosotros los mexicanos. crónica más didáctica, simplemente nos pusi- Hace ya casi cuatro décadas conocí indirecmos a cantar otras piezas aún más explícitas y tamente a varios de los más interesantes prota“peligrosas”, pero creo que no entendieron el gonistas de Cuba. Esto fue a través de una gran mensaje. Hoy para cualquier turista que visite experiencia que marcó mi quehacer profesional. Cuba, si lo busca, le resultará sencillo descu- Me refiero a la producción de la proscrita película brir cómo son sus habitantes, por qué ellos po- de Alfonso Arau, Caribe Estrella y Águila, esa imporseen una alegre capacidad de expresarse sobre tante obra testimonial/documental considerada lo que sea, pero, sobre todo, y se diga lo que por Echeverría "en contra de México". Se trata de se diga, cómo es que lo pueden hacer con total una estupenda obra creada por una efímera eslibertad. Esa peculiaridad tan real que poseen, cuela documental en nuestro país, al enfocar un permite en minutos hacer amigos para siem- modo de recopilar las mejores circunstancias de pre. Recuerdo cómo un representante del cdr la vida cotidiana. Fue un trabajo de búsqueda en me describía con claridad en qué consistía su el que se sentían las neuronas del notable econolabor; no olvido al médico del barrio que me mista Sergio de la Peña, del gran actor Héctor Orresolvió en su propia casa un problema de sa- tega y de uno de los mejores editores, Julio Pliego, lud; aún escucho en el Sevilla a Rubén Gonzá- entre otros participantes. Este innovador experilez, cuando nos interpretaba hasta el amanecer mento permitió a los pocos que vivimos su génelo mejor de Lecuona y Leo Brouwer; de pronto sis, entender cómo Cuba está plagada de actores me río al recordar  los chistes de Pío Leyva; en- naturales. En casi dos horas se narra, a través trecierro los ojos y veo danzar a las monumen- de su pueblo y con asombrosa claridad, las fortales bailarinas del Tropicana. mas de organización, los retos, el gusto por vivir, Un día me pareció simpático descubrir que, la manera de enfrentar los inevitables problemas, aunque llevábamos un buen rato de cola para el canto y la diversión. Pero sobre todo, se expone comprar unos helados en el Copelia, ahí al lado cómo es que los cubanos poseen una conciense ofrecían los mismos productos en un mo- cia de colectividad, tristemente ya tan escasa en desto carrito. Al preguntarles por qué la larga otras sociedades. El contraste de todo eso con lo

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limitado de nuestro pensamiento social mexicano, en efecto, produjo un documento que para la clase política de nuestro país resultó ser un “acto subversivo”. Alfonso me permitió asistir al complicado proceso de creación y así, involuntariamente, esa maravillosa experiencia se convirtió en la primera escuela donde aprendí el oficio de lo que ahora hago. Ese trabajo que por primera vez en México se elaboró con la novedosa y versátil herramienta del video, pudo ser para los documentalistas mexicanos un parte-aguas, pero, tristemente, el material se quedó enlatado. Afortunadamente para mí, ver las 90 horas de registro, oír entre otros muchos a Guillén y, desde luego, al mismísimo Fidel, resultó un ejercicio de motivación profunda y vocacionalmente orientador. Por décadas seguí sumando a mi imaginario personal cantidad de experiencias cubanas cuando allá se cimentaron los trabajos científicos de mis padres; ganamos un par de premios durante los festivales de cine y video latinoamericano; pude entender su visión de futuro concretada en el inigualable Palacio Central de Pioneros; visité sus centros psiquiátricos, sus escuelas, sus fábricas, museos y cantinas; al bucear en sus mares, filmé sus tupidos y enormes bosques de coral negro y, claro está, cuando brevemente pude platicar con el Comandante. Cinco veces vi a Fidel. Una calurosa mañana en la escuela primaria del Centro Histórico todos sabían que el Comandante llegaría. Poco a poco la gente se reunía detrás de una discreta valla y, como dice la canción que ya en “La Peña

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↓ El compromiso colectivo...

Móvil” nos habíamos apropiado, en eso, llegó Fidel. Al aparecer, igual que cuando se acercó a ver salir aquellas embarcaciones rumbo a Miami, todos le gritaban a coro: «Esta calle es de Fidel... esta calle es de Fidel», y así, mientras detenidamente se puso a platicar y saludar de mano a muchos, pensé que aquello que los de la revista Life aseguraban era cierto: Fidel era uno de los hombres más ricos del mundo. Mi único y fugaz encuentro cercano con él fue al finalizar el X Festival de Cine Latinoamericano. Los delegados habíamos sido invitados al Palacio de la Revolución. Al entrar formamos la tradicional cola, ahí avanzábamos rodeados de un impresionante bosque de  helechos arborescentes. Atrás de mí venía un hombre mayor, al avanzar nos platicaba que había asistido a la presentación de una película sobre su hijo. De pronto, después de pasar la última curva del sinuoso camino, apareció Fidel. Para cuando me llegó el momento del saludo, vi ante mi asombro que todas las luces y cámaras se encendían, y no pude entender lo que sucedía hasta que me percaté que, justo detrás de mí, el hombre que me seguía en la cola era el padre del Che. Ya en pleno convivio, con la presencia de Mercedes Sosa, entre tantos otros, y flanqueados por los enormes portocarreros del palacio, Fidel  con su jocosa e inherente naturalidad dirigió sus palabras a quienes lo rodeábamos. Ver a Fidel en el Zócalo de la Ciudad de México, y en un mitin de La Habana me resultó muy  interesante, sobre todo por el ambiente que

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siempre genera. En otra ocasión, en el teatro Carlos Marx, inició su plática diciendo: «Voy a ser breve», y así, por varias horas, sin leer texto alguno, disertó con precisión acerca de la enorme trascendencia que tendría para el futuro y el desarrollo de las luchas de los pueblos latinoamericanos, el empleo de, la por entonces moderna, herramienta del video. Muchas veces he regresado a los mismos sitios que comencé a hacer míos al lado de mi familia tantos años atrás, incluida una blanca playa de verde mar en Varadero, donde estuvo a punto de ahogarse mi hermano Francisco. En esos lugares de entrañable memoria donde pareciera que el tiempo no pasa, fui adquiriendo y construyendo uno a uno mis mejores argumentos sobre lo que pienso que sucede y ha sucedido en la ejemplar isla.  Y ahora, por más que continúe el bombardeo mediático, también ya proveniente de los que antes fueron “amigos de la Revolución”, nunca olvidaré lo que significó para mí poder participar en esas inolvidables reuniones donde escuché tan contundentes argumentos en voz de mis queridos amigos, Alfonso Millán, Moisés Lasca, Jaime Bali, Alfonso Arau, Juan Carrasco, entre tantos otros. Ellos se fueron a pelear armados solo con sus neuronas, querían compartir lo que sabían hacer, no esperaban recibir nada a cambio, más allá de la vivencia misma. Pienso que lo que uno hace suyo de las otras experiencias escuchadas, crea en el imaginario particular y propio, algo más que una sola moda

o afición; y, claro está, siempre todo se puede reforzar con solo aceptar la amistad de ese gran pueblo tan hospitalario, ahora a punto de vivir nuevos cambios. Hoy, pese a las décadas de bloqueo, resulta evidente que no les ha sido fácil hacer historia, y estoy seguro que por ello,  ahí en las calles,  aún está vivo un gran ideal; por eso los cubanos, al lado de su anciano líder, no dejan de pelear por su dignidad y siguen enfrentando con alegría y valentía las consecuencias de las crisis globales, de sus naturales errores y de haber vivido lo que verdaderamente significa “tocar fondo”, para pronto y de inmediato tratar de subir de nuevo a la superficie. Quizá por todo esto, a mí en particular, no me resultó difícil el  reencuadrar aquella primera visión infantil que en su momento tanto me impresionó, me refiero al terrible “apagón del puro”.  Es evidente que lo que Fidel, junto con tantos otros, construyó para y con su gente será siempre un poderoso ejemplo en toda América Latina. Y así, al menos yo, en medio del desencanto político que nos rodea, seguiré de cerca a ese querido pueblo con su legendario comandante, viéndolo como un buen modelo de empeño que logró con hechos, después de recorrer difíciles caminos, infundir en muchos imaginarios particulares aquello que hoy nos resulta tan necesario: saber que no es imposible construir una sociedad como la que soñaron los valientes que un día en México abordaron el Granma.

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Fidel y Raúl Castro y los azares de mi vida → El privilegio de escuchar...

Marcela Briz Garizurieta

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or razones azarosas, Fidel Castro siempre ha estado presente en la vida de mi familia y en la mía. Y a pesar de que nunca he tenido la oportunidad de estrechar su mano y de sostener con él una conversación, en la que seguramente surgirían muchos nombres de personas apreciadas y una serie de hechos y situaciones muy cercanas a ambos, en estas líneas puedo hablar de él como se habla de una persona conocida y querida. Desde muy pequeña, escuchando las conversaciones de mis padres, me enteré de que César Garizurieta, “el Tlacuache”, hermano de mi abuelo, había conocido a Fidel cuando este llegó exiliado a México, y que le había brindado su apoyo tanto a él como al Che Guevara cuando buscaban un lugar dónde vivir. Yo no conocía, sin embargo, ningún detalle de esa relación, hasta que leí un interesante artículo escrito por Miguel Alemán Velasco titulado Cuando Fidel zarpó, y entonces confirmé mis recuerdos de la niñez. En dicho artículo, Alemán Velasco narra cómo conoció a Fidel y al Che, quienes habían sido contratados como fotógrafos por la revista Voz, fundada por el mismo Alemán, y cómo César Garizurieta intervino para conseguir la casa de la Ciudad de México en que vivieron por

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un tiempo Fidel y sus hermanos Raúl, Lidia, Emma y Agustina. César Garizurieta Ehrenzweig fue un convencido de la Revolución Cubana. Incluso su muerte pudo tener alguna relación con ella. Siendo embajador de Honduras y en medio de una de las disputas más intensas de la historia contemporánea a causa de la Guerra Fría, apoyó públicamente las medidas tomadas por Fidel en la Isla, y con motivo del aniversario del asalto al Cuartel Moncada, «bajo su patrocinio los izquierdistas hondureños celebraron […] una semana de solidaridad con la Revolución Cubana». Ello le valió la inmediata censura del presidente hondureño Ramón Villada Morales y su remoción del cargo, solicitada por este al presidente López Mateos. Poco después de esos hechos, el 3 de abril de 1961, César Garizurieta fue hallado muerto, con un balazo en la sien, en el hotel en que se hospedaba junto con su esposa y su pequeño hijo en la Ciudad de México. Pareció ser un suicidio, pero en realidad nunca se supo hasta qué punto tuvo algo qué ver en ese suceso la mano de la cia. Tuxpan, Veracruz, lugar de origen de mi familia materna, es también punto de encuentro con Fidel, ya que mi abuela, después de enviudar de su segundo esposo, un comerciante cubano de origen español, estableció una casa de huéspedes en la que generalmente recibía a personas que llegaban al puerto a trabajar

por algún tiempo. La espera de Fidel para salir rumbo a Cuba en el Granma ocurrió ahí, contaba mi madre. Lamentablemente no tengo mayor información sobre ese pasaje. La casa ya no existe, pero yo la conocí antes de que fuera derribada. Ello me permite imaginar a Fidel en esas noches tibias del puerto, parado en el pórtico de madera de la casa y recargado en la balaustrada, en la angustiosa preparación de la partida del Granma. La vida también me permitió conocer de cerca a una parte de la familia de Fidel, especialmente a su hermano Raúl, a sus hijos, a sus nietos y, en menor medida porque murió muy poco después de que yo conocí a la familia, a su esposa Vilma. En mi contacto con los Castro Espín tuve algunos encuentros con la familia directa de Fidel, especialmente con el hijo mayor del mismo nombre y su hijo Fidelito, un joven encantador con firmes principios y gran admiración por su abuelo. Conocí a esa familia a través de doña Amalia Solórzano de Cárdenas y de su hermana Coty, a quienes quise entrañablemente. Raúl y su esposa Vilma, así como el mismo Fidel, siempre tuvieron un gran respeto y atenciones con ellas. Los Castro Espín forman una familia excepcional. Desde que los conocí me impresionó su sencillez, su austera forma de vivir y su permanente interés por los problemas del país. Todos estudiaron una profesión y cada uno de ellos

contribuye dentro de su especialidad a resolver diversos problemas de relevancia nacional. Tal es el caso de Mariela Castro Espín –cuyo nombre, por cierto, es uno de los que su madre usó durante la clandestinidad–, quien ha desarrollado una gran labor en favor de los homosexuales, en un país en el que, a pesar de ser socialista, el machismo ha estado muy presente durante los últimos años; ahora ella se desempeña como diputada. También el de Alejandro, quien optó por la carrera militar y participó en acciones internacionales, como la que emprendió Cuba en Angola, en donde sufrió un accidente por el cual estuvo a punto de perder un ojo. En fin, puedo decir que es una familia de trabajo y con principios. Mi apreciación de la familia Castro coincide con lo que escribe Ignacio Ramonet. De su libro Cien horas con Fidel puedo recoger un párrafo, el cual suscribo sin ninguna duda, que refiere la forma de vivir del dirigente cubano: «Es un dirigente que vive, por lo que pude apreciar, de manera modesta, casi espartana. Lujo inexistente, mobiliario austero, comida sana y frugal. Hábitos de monje-soldado. Incluso sus enemigos admiten que figura entre los pocos jefes de estado que no se ha aprovechado de sus funciones para enriquecerse». Mi azaroza vida me ha permitido atestiguar que los Castro han sido consecuentes en su forma de vivir con las ideas que profesan.

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Fidel y la Comunicación ← Trato jovial y cercano.

Fernando Buen Abad Domínguez

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uando madura una situación revolucionaria hacia el socialismo, todo cambia su sentido… nada es lo mismo. Con la dinámica y la dialéctica de la revolución, por ejemplo, cambia el sentido de la ciencia, de las artes, de la cultura y de la comunicación misma. Principalmente cambia el sentido que le ha dado a la vida la ideología de la clase dominante. La producción de sentido tiene otro sentido que es el de la revolución y que, esta vez, da su sentido a la transformación radical del mundo. Comunicar el origen y el desarrollo de las luchas en situación revolucionaria es un deber político, una intervención de análisis y divulgación de programa necesarios para contribuir a darle fuerza a la organización de las fuerzas que derrotarán, en los hechos, al capitalismo. No se comunica para que quede “bonito”… se comunica en combate lo necesario, la verdad, lo importante… para contribuir a transformar al mundo. Y eso exige, incluso, otra estética comunicacional con otro sentido. Desde el primer contacto que uno tiene con cualquiera de las estrategias comunicacionales de Fidel Castro, se percibe el huracán filosófico de un hombre que tomó en sus manos el desafío de hacerse entender para movilizar la organización, para combatir al capitalismo y sus estragos mundiales. Un huracán inteligente que suelta sus ráfagas argumentales bajo la consigna de afirmar la dirección de las ideas en concordancia con la práctica que moviliza la razón y los argumentos rebeldes. Ese huracán sigue joven y poderoso, agitando cabezas y corazones en pleno combate.

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«En esos días, [durante el Congreso de la upec] repito, discutimos las enormes posibilidades de los medios de comunicación en una revolución y en un Estado socialista revolucionario. Pero en esa ocasión tomamos más conciencia que nunca de que la batalla no era nuestra batalla, de que los menos importantes en la misma éramos nosotros, y que ya la lucha de nuestro país y la lucha de nuestros comunicadores se convertía en una batalla por el mundo. Eso fue, créanmelo, algo que estimuló extraordinariamente»1. En la tarea comunicacional de Fidel Castro se hace visible un talento que jamás se ha despegado de las luchas sociales ni se ha enclaustrado en “torres de marfil”. Es una militancia forjada en el yunque de la lucha diaria como herramienta revolucionaria y praxis de una revolución, comunicacional también, en plena profundización y dedicada a perfeccionar las ideas y la acción necesarias a estas horas. Por eso, comunicar para educar es una de sus primeras iniciativas junto a la creación del Instituto Nacional de Reforma Agraria (inra) y la creación de instituciones comunicacionales como la Imprenta Nacional de Cuba y el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (icaic) entre otras. «Si las ideas son claras, justas, objetivas, existen las condiciones ideales en el mundo de hoy para que se propaguen. No nos podemos dejar aplastar por el inmenso poderío de medios de comunicación masiva de que disponen los actuales dueños del mundo»2. Inspirada en Martí, la militancia comunicacional de Fidel afirma su sentido más hondo, su semiótica, en la lucha pedagógico-revolucionaria permanente para asegurar la dirigencia de la

clase obrera y campesina; para el ascenso irrefrenable de la conciencia social en todo el mundo. También influido por Marx, Fidel Castro maduró su concepción táctica y estratégica sobre la comunicación internacionalista de la Revolución. Con el desarrollo de su experiencia comunicacional, en cada milímetro de lo objetivo y de lo subjetivo, reconoció la importancia de la comunicación revolucionaria para contribuir decisivamente a que las masas comprendieran que el objetivo supremo de la Revolución no puede reducirse a derrocar tiranías sino que, fundamentalmente, se trata de completar la lucha anti-capitalista y anti-imperialista para llegar al socialismo científico que la Revolución ha de construir de forma ininterrumpida. «Las nuevas tecnologías de las comunicaciones han dividido al mundo entre los conectados y los no conectados a las redes globales»… «Conectarnos al conocimiento y participar en una verdadera globalización de la información que signifique compartir y no excluir, que acabe con la extendida práctica del robo de cerebros, es un imperativo estratégico para la supervivencia de nuestras identidades culturales de cara al próximo siglo»3. Obviamente el talento comunicacional de Fidel disgusta mucho a la burguesía de todo el orbe. Les disgusta su estilo, su tono y sus énfasis. Detestan su claridad y su profundidad, su sinceridad y su verdad. Y eso es un buen indicador, del odio burgués se puede, a veces, extraer alguna noción de nuestros avances. Esa tara burguesa que se muerde la cola repitiéndose hasta la náusea que los “medios de comunicación” en Cuba

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↓ Los días de la Sierra Maestra.

son sometidos a una “censura” férrea porque hay una “dictadura”, esos medios —siempre perfectibles— son uno de los mayores garantes para la supervivencia de la lucha revolucionaria y para romper el bloqueo mediático que con su hermetismo silencia toda información verdadera sobre lo que realmente acontece en el florecimiento de una Revolución. Fidel vio venir esto. La militancia comunicacional de Fidel Castro no tiene fronteras porque su aporte de claridad, en el pensar y el actuar revolucionario, bajo cualquier circunstancia esgrime mundialmente sus armas contra la miseria y la barbarie. Es combate moral internacionalista para la moral revolucionaria que hace presente la inteligencia los pueblos en lucha que, además, se comunican inspirados, por ejemplo, en la lección de Marx y Engels a la hora del rigor científico, inspirados en Lenin a la hora del debate urgente para la organización revolucionaria. «También en nuestro mundo se ha perdido mucho el hábito de leer y hay otros medios importantes de divulgación de ideas valiosos; digamos, primero la radio y después la televisión. Pero la radio y la televisión se han globalizado igualmente. Existen grandes cadenas que son las que trasmiten su mensaje por todos los rincones del mundo, medios audiovisuales de gran influencia, y esos medios audiovisuales están en manos de nuestros vecinos del Norte, en su inmensa mayoría. Son poseedores de la mayor parte de los medios masivos y de las vías de comunicación, de casi todos los satélites que un día van a oscurecer el Sol; son dueños de la más poderosa industria

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de producción cinematográfica; dueños de la más poderosa industria de producción de seriales para la televisión y para los videocasetes»4. Fidel no comunica solo por comunicar porque entendió en combate que se comunica para intervenir y comprometerse con la praxis revolucionaria que no se agota, o se resuelve, solo con la comunicación. No es propósito de Fidel ser un comunicador “connotado” porque sus motores están conectados con la lucha de clases donde se agitan las banderas de un proceso revolucionario mundial que necesita librar —triunfante— la “Batalla de las Ideas”. Su trabajo no es comunicología para las bibliotecas escolásticas ni palabrería de ocasión para el anecdotario diplomático. No es prestidigitación léxica para ensalivar reformismos o vanaglorias sectarias. Su lucha comunicacional es el trabajo de un revolucionario con la necesidad de la intervención, teórico-práctica, en las cabezas y en las acciones… donde hay necesidad de transformar el mundo de las ideas para abrirle paso a la acción socialista, a punta de razonamiento organizativo nutrido con el método de Marx y cultivar la praxis de la revolución en plena lucha de clases. Fidel ensaya las técnicas y el arte de la comunicación para proponer herramientas de combate socialista y uno tiene el deber de saberlo, acompañarlo o discutirlo, siempre con el compromiso de avanzar juntos. No para leerlo como si fuese un santo o un iluminado. Ese es el mejor y único homenaje que puede y debe hacerse al trabajo que ofrece, también por escrito, un revolucionario ejemplar que ofrenda su vida y

su obra para hacer triunfar al Socialismo Científico en el pensamiento, la palabra y la acción. «¿Por qué no se utilizan los fabulosos medios de divulgación para informar y educar sobre estas realidades, en vez de promover engaños, que cada persona en su sano juicio debe conocer?»5. En la praxis comunicacional de Fidel la “Batalla de las Ideas” juega un papel central y eso nos compete continentalmente porque no se trata solo de “ideas” sino de la praxis que se inspira en contribuir a la acción crítica y transformadora. Quede claro. No es una decisión ingenua, es un proyecto dinámico que entiende los rasgos y los ritmos de una forma de hacer comunicación en combate sobre las luchas de los pueblos sus avances y sus desafíos. Todo lo contrario al estruendo políticomediático. Todo lo contrario a los razonamientos intelectualoides en público. La tarea revolucionaria de la comunicación ha de mantenerse cerca de la vida, es decir, de los problemas de la vida y de las conquistas pequeñas o grandes. Poner atención minuciosa al pensar y al batallar de la clase trabajadora, obrera y campesina, donde habitan las ideas emancipadoras y su fermento en pie de lucha. Hay que cuidar nuestra comunicación hacerla baluarte de honradez y talento incluso para su distribución en cada rincón de cada barrio determinado. Cultivar la frescura, la sinceridad, la verdad misma con entusiasmo, energía, fraternidad y humor inteligente… es una obligación primordial de todos nosotros. En un tiempo en el que han sido secuestradas las herramientas de la comunicación, país por país, nada fácil es ser un comunicador socialista empeñado en la integración latinoamericana

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↓ Con el Che y Raúl.

y caribeña, es decir, la integración también comunicacional como usina informativa que revoluciona lo social al mismo tiempo que revoluciona las formas de la comunicación. El propio liderazgo comunicacional de Fidel se convirtió en bandera de la rebeldía informativa y también en gran escuela hacia la formación de los relatos informativos nuestros como una vanguardia responsable de hacer visibles a los protagonistas revolucionarios. En suma, habita en Fidel un semillero temático y guerrero que hace y se hace con una Filosofía de la Comunicación de intervención política, sobre la realidad, por la vía de la información liberada de la dictadura de la mercancía. Contra toda maquinaria de mentiras burguesas, contra la deformación “noticiosa” de las conciencias, contra la vorágine de los aparatos para la desestabilización, los magnicidios y los golpes de estado... la comunicación que Fidel forja es una batalla lucha semiótica, estética y dialéctica que mira futuro y siembra libertad socialista con los vientos de la revolución. Para todos nosotros es fundamental estudiar y asimilar lo qué representa Fidel Castro en el proceso de construir una experiencia nueva comunicación y es imperativo darnos cuenta de que con Fidel tenemos una invitación magnífica capaz de hacernos triunfar en la “Batalla de las Ideas” que se libra incesantemente en las coordenadas objetivas y subjetivas de la comunicación y de sus medios. No hay “medias tintas”. El esfuerzo de Fidel que dedica atención no solo a la agitación política, se reserva siempre lugar para la presentación y la reproducción de multitud de hechos que dan testimonio de la

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situación interior de las fábricas en una sociedad que está pasando al socialismo... para sostener la lucha de clases, con una comunicación verdaderamente revolucionaria y educación de masas con ejemplos y modelos vivos y concretos, tomados de todos los dominios de la vida. Presta toda su atención a la vida cotidiana donde lo nuevo crece, donde hace falta concentrar la mayor atención, desarrollar la comunicación, criticar defectos y asimilar buenos ejemplos. Contra la enajenación de los pueblos acosados por los poderes mediáticos acostumbrados a mentir es fundamental el liderazgo político, latinoamericano y mundial, de Fidel Castro que se convirtió en líder comunicacional capaz de hacer visibles y audibles las luchas de quienes protagonizan la lucha contra las tiranías, contra la explotación, contra la depredación del planeta… Fidel insiste siempre en la renovación del caudal comunicacional de los pueblos, en sus problemas estéticos, en la claridad meridiana y en la calidad suprema para lo que comunica la realidad y sus cambios en manos de la clase trabajadora. «Pudiéramos llamarla de una forma más sencilla, la batalla de la verdad contra la mentira; la batalla del humanismo contra la deshumanización; la batalla de la hermandad y la fraternidad contra el más grosero egoísmo; la batalla de la libertad contra la tiranía; la de la cultura contra la ignorancia; la batalla de la igualdad contra la más infame desigualdad; la de la justicia contra la más brutal injusticia; la batalla por nuestro pueblo y por otros pueblos, porque si vamos a su esencia, es la batalla de nuestro heroico pueblo por la humanidad»6.

Comunicación cultivada durante muchos años en la forja de escenarios emancipadores planetarios. Paciencia invencible. Disciplina a toda prueba. La fuerza de una inteligencia que no se contenta con “decir”, con “denunciar” o con “informar”… sin análisis y sin plan de lucha la comunicación puede quedarse en el plano declarativo o decorativo. Hasta hoy muchos se han dedicado a comunicar las calamidades que surgen en todo el mundo pero de lo que se trata es de transformarlo. «Hasta el presente, se creía que la formación de los mitos cristianos bajo el Imperio Romano había sido solo porque la imprenta aún no estaba inventada. Es todo lo contrario. La prensa diaria y el telégrafo que difunden sus invenciones por todo el universo en un abrir y cerrar de ojos, fabrican más mitos en un día (que el tropel de burgueses los acepta y los difunde) que antes en un siglo» (Karl Marx. Carta a Kugelmann). Discurso pronunciado en la clausura del VIII Congreso de la Federación Latinoamericana de Periodistas (FELAP), Aula Magna, Universidad de La Habana, 12 de noviembre de 1999.

1

Discurso pronunciado al recibir la medalla “José Bonifacio”, en el Grado de Gran Oficial, Universidad Estadual de Río de Janeiro, Brasil, 30 de junio de 1999.

2

Mensaje a los participantes en la reunión ministerial del Grupo de los 77. La Habana, 19 de septiembre de 1999. 3

Discurso pronunciado al recibir la medalla “José Bonifacio”, en el Grado de Gran Oficial, Universidad Estadual de Río de Janeiro, Brasil, 30 de junio de 1999.

4

Mensaje de Fidel Castro al presidente Nicolás Maduro, el 17 marzo de 2015

5

6 Fidel Castro: http://www.cuba.cu/gobierno/ discursos/2001/esp/f090701e.html

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Con Cuba, con Fidel, desde la adolescencia Virgilio Caballero

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n bien mayor de mi vida, junto al amor de mis padres, fue contar con el aprecio y el cariño de varios grandes maestros: Mercedes Vargas Bravo, que me enseñó a leer y escribir, y guió toda mi Primaria con su enérgico y tierno carácter de mulata mexicana, guapa, además y digna a cada instante. Pero al lado de Agustín Cué Cánovas, historiador y maestro de genio e inspiración intelectiva, y de inmenso constructor de vocaciones profesorales en la Escuela Nacional de Maestros, iba a su lado (¡incluso porque eran amigos los tres!), José Carrillo García, cubano hasta el último sus decires, sabio como sus amigos, y como ellos, autor de libros de historia, de ensayos literarios, de poesía, de México, de América Latina, de Cuba. Mulato de corpulencia ancha y alta, de pelo negro y rollizo, africanado, de ojos de verde intenso que de pronto detenían su parpadear mientras hablaba, y se quedaban quietos frente a uno —o quizá dentro de sí mismo—, como si estuvieran dirimiendo la siguiente frase o escrutando algo más atrás de su propio vivir, “el maestro Carrillo”, como le decíamos en el cercano círculo que lo esperaba a clase, lo seguía por los pasillos conversando, lo acompañaba a tomar el camión a la acera de enfrente de la Prepa, un día nos invitó a sumar nuestro apoyo político juvenil a la lucha armada que Fidel Castro encabezaba en la Sierra Maestra de Cuba. Él era “uno de ellos”, nos dijo en una plática callejera; sabía qué hacíamos esos cinco

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o seis chavos con nuestra acción política en la Prepa 4 —entonces en el edificio que hoy es el Museo de San Carlos, en avenida Puente de Alvarado—, que impulsábamos a nuestra escuela a apoyar todo los movimientos de protesta de la época, y que podíamos por tanto entender la lucha revolucionaria de Cuba contra la dictadura batistiana… y apoyarla… No nos sorprendió para nada la invitación. Apenas natural. Nos hizo sonreir con gusto enorme. La invitación era a divulgar la causa con el buen pretexto de vender bonos de cinco pesos en las calles, en la escuela, donde pudiéramos, bonos correctamente impresos con un par de frases explicativas del levantamiento popular en Cuba, que nos daban pretexto para echar breves discursos y conseguir un dinero que el maestro Carrillo hacía llegar a Cuba. Cuando platicamos él y yo en La Habana, unos tres años después, en su oficina de Vicecanciller para las Relaciones con América Latina, me confió que también había participado en algún trasiego de armas que se hacían llegar clandestinamente desde México hasta la Sierra Maestra. Mi admiración por él creció aún más, los dos en ese entonces en Cuba. Tenía 18 años cuando la Escuela Nacional de Maestros me envió a Cuba como representante al Primer Festival de las Juventudes de América Latina. Había egresado ya como maestro, apenas poco más de un año antes, pero el alumnado me invitó a representarlo en aquel acontecimiento que a miles nos entusiasmaba. Me uní feliz al grupo, sin conocer, por cierto,

lo que ocurriría en el par de días previos al encuentro oficial. Nuestra llegada a La Habana, aquel 25 julio de 1961, no pasó del aereopuerto. Allí mismo los anfitriones organizaron a un grupo de jóvenes de muchos países al que subieron de inmediato a un autobús que cruzó Cuba toda la noche para hacernos amanecer en Granma y, al medio día, en Sierra Maestra. Fidel había convocado a recordar el Aniversario del Levantamiento del 26 de Julio en la región misma de la resistencia y el avance armados de la Revolución. Medio atolondrados, desvelados por el largo viaje, abiertos a ver y escuchar todo, y a hablar con todo el mundo, nos sentaron en el podio inmenso en que Fidel hablaría; el pueblo estaba ya enardecido por sí mismo, gritando incansablemente lemas, propósitos y exigencias de la Revolución. Eran como las once de aquella mañana. Entre fantástico e increíble, los gritos de entusiasmo revolucionario no paraban un solo minuto; decenas de miles de personas (luego supe que varios cientos de miles) habían llegado de todo Cuba a expresar su apoyo indudable, incondicional, absoluto, de patria o muerte al nuevo régimen y su líder. Me mantuve emocionado y observador, platicando aquí y allá, abierto a toda referencia a lo que ocupaba todas las almas de Cuba, durante esas horas, las que precedieron la llegada de Fidel, que fue una especie de locura colectiva que me llevó a vacunarme contra ella en una especie de acción defensiva y

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protectora de la parte crítica de mi individualidad. Me propuse afianzar mi visión crítica de las cosas, apenas adolescente, para tantear, observar fríamente, mirar sin dejarme arrastrar por el delirio, conservar mi capacidad de pensar. El saludo de Fidel, a mano estrecha, uno tras otro a los jóvenes sentados en el podio, nos sacudió a todos. A mí me estremeció. Lo ví acercarse y subir al podio como si algo inasible, incluso incomprensible ocurriera. Me defendía interiormente como quien lucha contra sí mismo en su interior. No me entregaba, y no lo hice, a la emoción colectiva y personal que también estremecía al mundo, el del poder y el de los desposeídos. Yo lo sabía. Sabía que hablaba horas y horas desde la tribuna, explicando los porqués y los contras de la Revolución, de la reacción implacable del poder hegemónico en el mundo. Estaba dispuesto a observar y discernir, criticar, atender y valorar al maestro, como pensé que lo había hecho siempre. No había agregado, era imposible, la fabulosa avalancha de un pueblo puesto en pie, con plena dignidad, conciente, organizado, sabedor de lo que anhelaba y exige. Ello se me vino encima, ya decía yo que desde antes que Fidel llegara a la tribuna y nos saludara, esto se convirtió en un delirio humano de libertad y alegría de ser libre. Cuando Fidel ascendió al podio, aquello tardó más de una hora en acallarse. Gritaban

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«Fidel» como quién reclamaba un encuentro con él: «Fidel, Fidel, quién puede con él», era como algo que uno mismo hacía propio hasta los interiores del alma agraviada. El reclamo y la esperanza de ese clamor fueron interminables. Aún los escucho. Fidel dijo lo que dijo, que no era otra cosa magnífica que corresponder a ese mutuo amor, nunca antes visto, en la historia de América Latina. Regresé a México sabiendo que todo es posible, si el pueblo o sus mayorías lo hacen propio. Hacia principios de los años noventa (quién habría de decirlo: la vida es un hallazgo), la onu me invitó a asesorar la creación de la primera televisión regional de Cuba, nada menos que en Sierra Maestra, donde toda esta emoción ha seguido ocurriendo dentro de mí. Lo hice: me tocó incluso capacitar al personal inicial de la Televisión Serrana en el Estado Granma. Iba periódicamente, atravesando Cuba. Dirigía también la Radio Televisión de Oaxaca, que transmitía en las dieciséis lenguas que allí se hablan, más el español, por necesidad cultural, “por piedad”, como decían algunos de mis compañeros inolvidables. Amando a Cuba, partidario a muerte de su Revolución, ese medio día allá me propuse observar serenamente todo, todo... y particularmente el entusiasmo previo y durante la presencia de Fidel. Había visto en películas la locura incontenible que su sola llegada al podio provocaba.Así, aún mayor que cualquier referencia visual o de relato, ocurrió cuando el

líder subió al podio. La locura entusiasmada de indignación y reivindicación propia frente a la vida que cambiaba es indescriptible, hoy aún. Fidel, plantado silencioso, dejaba correr el delirio, como quien espera que alguien, algunos, ciertos enemigos que aplastaron a Cuba, escuchen a un pueblo levantado. Fidel nos había saludado uno a uno a los jóvenes en el podio. Disfruté el apretón de su mano como un hermoso hecho a narrar un día. También me atreví a conservar, casi en el mismo instante, mi decisión de no dejarme llevar por el entusiasmo colectivo interminable, no aplaudir, no gritar, ver, oir, observar. Antes de empezar a hablar el entusiasmo y el amor por el líder gritaba y gritaba en coros unificados incansables durante casi una hora: ¡Fidel,Fidel, Fi-del, Fi-del! Yo sabía, en la posible serenidad de mis diecinueve años, que gritaba toda América Latina desafiando el poder del imperio, nunca antes en entredicho. Mi garganta se detenía, frenada por el imperativo de razonar, de comprender el delirio mismo y sus razones… No pude. Como una hora y media después de esa relación silenciosa, predeterminada, "disque" racional e intelectual ante el entusiasmo revolucionario del pueblo cubano, yo era uno más, sin la menor resistencia. Lo recuerdo con tanta alegría en mi corazón, que me hizo feliz, como lo fui siempre, después…

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Fidel Castro, El Yate Granma ↓ En la pelota con su gente...

Antonio del Conde “el Cuate”

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ndudablemente en los casi sesenta años de conocer al Comandante Fidel Castro —somos de la misma edad— es poco el espacio que se me brinda para hablar de él, sin embargo agradezco la oportunidad que me dan. Conocí a un joven seguro de sí mismo, convencido de sus ideas de justicia y dispuesto a sacrificarse por su pueblo —en 1956 seré héroe o mártir. Llegó a la Ciudad de México en 1955, trayendo como equipaje su inquebrantable idea de libertad para el pueblo de Cuba, una manifiesta honradez, un abrigo y un libro; claro, sin conocer a nadie, pero tenía como única referencia Amparen 49, la casa de María Antonia y su hermano Raúl, asilado político en la Ciudad de México. Aclaro, era otra esta bella Ciudad de los Palacios. Hospitalaria por necesidad, habitable por segura y sobre todo, cálida. Entones llega este joven ya revolucionario; había iniciado la lucha armada el 26 de julio de 1953, atacando el Cuartel Moncada en la provincia de Oriente, decidido a realizar sus planes; y México revolucionario también, le abrió los brazos, no obstante los espías infiltrados pagados por la dictadura en el poder en Cuba. En el año y medio que estuvo en nuestro país, con una fe absoluta, un esfuerzo inimaginable, un trabajo sin descanso y una meta

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claramente delineada —descabezar la tiranía que gobernaba su país—, no descansó hasta cumplir sus planes. Tuve el privilegio de ser partícipe en una mínima parte en los trabajos ese año y medio. Primero, en el suministro de armas para el entrenamiento del grupo de expedicionarios (así se llamó al grupo de personas que embarcaron el yate Granma el 25 de noviembre de 1956 rumbo a Cuba). Luego, en el avituallamiento en general, diversos tipos de armamento con sus respectivas municiones, uniformes, equipo de campaña en general y lo imprescindible para la travesía. Poco a poco llegué a formar parte del grupo, así lo decidió Fidel después de ver mi desempeño y así fue como a petición de él, le entregué mi yate Granma y bajo su dirección lo acondicioné para la travesía. Fue un año y medio durante el cual conocí a Fidel y pude sentir, igual que él, la seguridad que tenía en llevar a cabo sus planes, pero una seguridad basada en una adecuada preparación, una seguridad estudiada, meditada y sin duda reflexionada, perfectamente calculada y respetuosa a la vez. Todo esto, ayudado por una memoria increíble y conocimientos sin límite. Lo anterior lo digo a título personal y como dicen en mi pueblo, “no hay semejanza”, el Comandante Fidel Castro es un ejemplo para América y el Mundo.

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↓ Dos relojes, una estrategia...

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Fidel → Escuchar y reflexionar.

Alejandro Encinas Rodríguez

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idel, Fidel; que tiene Fidel, que los americanos no pueden con él» Coreaban este estribillo, una y otra vez, miles de voces, hombres y mujeres, en su mayoría jóvenes al lado de dirigentes emanados de las luchas populares de los años cincuenta y sesenta, en tanto avanzaban las marchas que desafiando al régimen responsable de las masacres a estudiantes en la plaza de las Tres Culturas en Tlateloco; del “halconazo” del jueves de Corpus Christi el 10 de junio de 1971, y de la Guerra sucia contra los movimientos armados, demandaban la libertad de presos políticos, la presentación de los desaparecidos; suelo para vivienda; precios de garantía para los productos del campo; escala móvil de salarios, libertad sindical y el registro de los sindicatos universitarios; la moratoria del pago de la deuda externa, o la erradicación del “porrismo” en la unam y el Poli, entre muchas otras reivindicaciones. Transcurrían los años setenta y ochenta. La asfixia provocada por la cerrazón gubernamental, la persecución a toda manifestación política y cultural ajena al oficialismo y la ausencia de espacios de participación democrática habían lanzado a miles de jóvenes a la guerrilla, a la construcción de nuevas formas de participación política o a impulsar un movimiento contracultural en la música —Avándaro, el rock—, la pintura de Toledo, la literatura “de la onda”, que permitió romper con el pensamiento totalitario sostenido por el Estado, sus cuerpos represivos; la escuela y la familia nuclear dominada por la figura paterna.

«

Cuba, su Revolución, Fidel, el Che, Haydée, Camilo, Melba, Celia, Raúl, los hombres y mujeres que derrocaron la dictadura de Fulgencio Batista y mantuvieron a raya al imperio yanqui, fueron un referente de éxito que dio identidad a las aspiraciones libertarias de esos jóvenes manifestantes en México y América Latina. Si Fidel es comunista, que me apunten en la lista La Revolución Cubana se erigió en un paradigma generacional en medio de la guerra fría; la lucha anticolonialista y los movimientos de liberación nacional y, especialmente, contra la guerra en Vietnam

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y la intervención norteamericana en el sudeste asiático, que condujo a esa rebeldía a construir nuevos horizontes, a la lucha armada, la militancia partidaria, a las luchas sociales en todo el continente; las revoluciones en Nicaragua y en El Salvador y a una disidencia silenciosa que minaron las dictaduras latinoamericanas y al presidencialismo autoritario en México; abriendo paso a la lucha por la democracia, a la Unidad Popular y al triunfo de Salvador Allende, en Chile. En México, Valentín Campa, quien fuera dirigente ferrocarrilero, preso político, comunista irredento; compitió como candidato independiente a la presidencia de la República, ante la frivolidad de José López Portillo, candidato único del PRI, en unas elecciones carentes de legitimidad, en las que el curtido líder comunista obtuvo cerca de ocho cientos mil votos. Lo que, junto con los movimientos sociales que le precedieron, obligó a una reforma política que permitió el reconocimiento legal de la izquierda partidaria, entre esta al Partido Comunista Mexicano, el que una década más tarde cediera su registro para la formación del Partido de la Revolución Democrática, el principal partido opositor, hoy convertido en una caricatura de lo que fueron las grandes luchas de las izquierdas en México. Cuba sí, yanquis no La consigna se repetía una y otra vez ante la presencia de los delegados del Partido Comunista de Cuba en los Congresos de los partidos de izquierda. En los festivales de Oposición, órgano periodístico del pcm, y posteriormente en los festivales del Partido Socialista Unificado de México, con la participación de Silvio, de Pablo, de Elena Burke o la Orquesta Aragón. La Revolución Cubana se mimetizó con el espíritu antinorteamericano arraigado en el México nacionalista, agraviado y despojado por el imperio yanqui, que hoy se pretende desvanecer desde el oficialismo neoliberal. Un Fidel que vibra en la montaña Hablar sobre Fidel con cualquier mexicano despierta emociones y pasiones encontradas, simpatías las más, en las que hasta sus críticos y adversarios más conspicuos, quienes discrepan profundamente con él, reconocen su dimensión histórica.

El líder revolucionario del siglo xx; quien doblegó a los yanquis en Playa Girón y enfrentó al gobierno de John F. Kennedy, durante los tensos días de octubre de 1962 en la crisis de los misiles. El dirigente carismático y consecuente, que pese al bloqueo económico y los periodos especiales, no modificó el rumbo, y que a cincuenta y seis años del triunfo de la Revolución; a sus ochenta y nueve años de edad; pese a la caída del muro de Berlín y del socialismo real, del encono del capitalismo global y después de numerosos intentos por asesinarlo, mantiene vigente el proyecto socialista en la Isla; atestigua la libertad de los cinco héroes cubanos; hace sentir su presencia en las negociaciones con el gobierno de Obama para restablecer relaciones diplomáticas con los Estados Unidos y en la incorporación de Cuba a la Cumbre de la Américas en Panamá, vuelve a recorrer, enfundado en una gorra de beisbol, las calles de La Habana, saludando a su gente, al igual que el 26 de julio de 1953, durante el asalto al cuartel Moncada; en el desembarco del Granma en Las Coloradas, el 2 de diciembre de 1956, o en la entrada triunfante a La Habana, el 8 de enero de 1959. Un rubí, cinco franjas y una estrella Son innumerables las anécdotas acerca de Fidel y sus correligionarios en su paso por la Ciudad de México, Veracruz o el Estado de México. Los relatos sobre su personalidad, su vida privada y la infinidad de amistades cultivadas. Los cafés que frecuentaba, los empleos que desempeñó para sobrevivir, los campos donde los revolucionarios cubanos realizaron sus entrenamientos en la región de Chalco al oriente del Estado de México; sus polémicas relaciones políticas con Fernando Gutiérrez Barrios, emblemático policía político del Estado mexicano, quien acompañó la salida del Granma y de los milicianos cubanos del puerto de Tuxpan, Veracruz. Sin embargo, sea cual fuere el referente ideológico o el nivel de compenetración política, para las mexicanas y mexicanos de la segunda mitad del siglo xx y de los umbrales del nuevo siglo, Fidel Alejandro Castro Ruz, este polémico hombre de mil batallas. Alabado y vituperado. Agudo orador y lector incansable, ha marcado una indeleble huella transgeneracional en un mundo carente hoy de liderazgos de la talla política de este hombre al que la historia ha absuelto.

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↑ Ecos del Moncada.

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Mi reconocimiento al pueblo cubano

← Sin descanso...

Arturo García Bustos

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nteresado en las luchas de liberación de nuestra América Latina, a pocas semanas del triunfo de la Revolución Cubana, tuve la oportunidad de visitar la isla como miembro del Movimiento Mexicano por la Paz, para presenciar con mis propios ojos ese momento histórico. Fui testigo de ese extraordinario logro que con heroísmo y audacia llevaba a cabo un grupo de jóvenes combatientes en la Sierra Maestra, encabezados por el Comandante Fidel Castro. El asistir al Cuartel de la Cabaña, me dio oportunidad de presenciar los juicios a los criminales del régimen de Batista, escenas que me motivaron a realizar una serie de estampas con la técnica del aguafuerte, sobre algunos de estos acontecimientos históricos. En ese tiempo recibí del Comandante Che Guevara la invitación a exponer mi obra gráfica en el Cuartel de la Cabaña. La exposición de grabados Testimonios de Guatemala, fue inaugurada por el embajador de México en Cuba, Gilberto Bosques. En esa exhibición, trascendente y muy visitada por los revolucionarios que ahí se encontraban, hablé de la experiencia de la Revolución Guatemalteca que había sido fundamental para el triunfo de la Revolución Cubana. Recuerdo que la gente se me acercaba y me preguntaba: «Chico, ¿tú eres del 26 de Julio o del Primero de Enero?».

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Yo era del Primero de Enero, aunque había colaborado con el 26 de Julio, desde México, haciendo carteles, como el grabado que denunciaba la actitud represiva del gobierno de Fulgencio Batista que se imprimió y difundió en la Ciudad de México. En otra visita a Cuba, el 13 de marzo de 1959, me encontraba con el pueblo sentado en el suelo muy cerca del presídium, en una plaza de La Habana donde Fidel Castro, al lado del Che Guevara, Raúl Castro, Camilo Cienfuegos y otros dirigentes, pronunció un discurso emotivo que inició con las palabras: «¡Raza humana!», la maravillosa descripción del desarrollo de la humanidad. Se refirió no solo al proletariado de Cuba sino de todo el mundo, convocó a la defensa de la soberanía y de los anhelos populares, a la lucha por cristalizar los principios que inspiraba la Revolución Cubana. Era el momento de un pueblo sediento de libertad, de justicia y de conocimiento; ya podían los negros atravesar los parques de los blancos y sentarse a comer todos juntos. Yo dibujaba con avidez y entusiasmo los rostros de los combatientes, registrando todo lo que sentía y miraba. De esos hice una serie de grabados que mucho le gustaron a Fidel Castro; conservo una carta de agradecimiento de él, cuando años más tarde conoció la obra gráfica que realicé de estos sucesos históricos, en ella me dice:

Estimado compañero García Bustos: Reciba usted mi saludo y la expresión de mi más sincera gratitud por el magnífico cuaderno de sus grabados que tuvo la amabilidad de enviarme, y por la fraternal dedicatoria con que lo acompaña. Precisamente ahora acabo de regresar de su México, tan querido y tan próximo al corazón de cada cubano, y vuelvo con las impresiones de la simpatía y solidaridad con que nos recibió el pueblo a cada paso. En horas como las que acabamos de vivir es cuando puede apreciarse el esfuerzo de tantos mexicanos que, como usted, han sido durante estos veinte últimos años fieles e invariables abanderados de la amistad hacia la Revolución Cubana. Cordialmente Fidel Castro Ruz 1° de junio de 1979 Al participar en este libro-homenaje, hago patente mi reconocimiento al valeroso pueblo cubano y a sus dirigentes que con dignidad y heroísmo supieron resistir el inhumano bloqueo de que fueron víctimas durante tantos años. Ahora Cuba tiene la fuerza y la solidez para defender su soberanía. «¡Hasta la victoria siempre!».

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� El pueblo con Fidel en la Plaza, grabado de Arturo García Bustos.

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Fidel Castro ← En el cañaveral: arriba, abajo y de un solo tajo.

Lamberto García Zapata

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urante los cuarenta y siete años en que con el apoyo de su pueblo, Fidel gobernó Cuba, sus enemigos lo acusaban de oponerse a la democracia y a la libertad en su país; de que su régimen violaba derechos humanos y de que torturaba a sus opositores. Nada de eso es verdad. En Cuba la democracia es muy superior a la del capitalismo, pues mientras esta es representativa, la de Cuba es participativa y directa, donde el pueblo discute las leyes importantes antes de ser aprobadas por los órganos del Estado, tiene amplia participación en los asuntos públicos; sus procesos electorales son más aseados que los del capitalismo, y se practica la revocación de mandato para cesar de sus cargos a los funcionarios que no sirvan al pueblo. En Estados Unidos, además de lo escaso de la democracia, que casi se limita a lo electoral y a una amplia, aunque no total libertad de prensa, sus ciudadanos viven la ausencia real de libertad, debido a la enajenación tan brutal que el capitalismo les arraiga, haciéndolos ajenos a sí mismos y matándolos en vida. Eso explica que siendo este país el más rico y poderoso del planeta, sea de los primeros lugares en suicidios, consumo de drogas, enfermedades mentales, asesinatos seriados, soledad existencial, individualismo, consumismo incontrolable; y otras de las expresiones más lastimosas de la descomposición y el sufrimiento del hombre. En contraposición, Cuba es vanguardia en la dignificación de lo humano. Es el único país

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donde se contempla actualmente la construcción del "Hombre Nuevo" —al que se refería insistentemente el Che Guevara—, mediante el cual, la humanidad, de acuerdo con Carlos Marx, entrará a su propia historia. Cuando ello suceda y hayan desaparecido la propiedad privada (no confundir con propiedad personal o propiedad particular), la explotación y las desigualdades sociales, el hombre será de verdad, el “hermano del hombre” y las sociedades se convertirán en el escenario propicio para su felicidad. Se le critica al gobierno cubano el haber impuesto algunas restricciones para el ejercicio de algunos derechos civiles y políticos. Pero tales restricciones han sido imprescindibles para blindar a la Revolución de las agresiones de eua y evitar su derrocamiento. Sin esas restricciones, muy probablemente el destino de la Revolución Cubana habría sido similar al de las revoluciones abortadas de México en 1910, de Guatemala en 1954 y de Chile en 1973, donde los gobiernos revolucionarios fueron derrocados por fuerzas golpistas ayudadas por eua, que establecieron férreas dictaduras militares, que durante años realizaron genocidios contra sus pueblos y abatieron su libertad. En Cuba, gracias a esas restricciones, la Revolución Cubana se mantiene y luego de cincuenta y cinco años, continua beneficiando a los cubanos y a otros pueblos del mundo, no ha realizado genocidios, ni ha abatido la libertad. Como dijera el revolucionario mexicano Luis Cabrera: «la revolución es la revolución»; y la historia enseña que para consolidar un proceso

de esa índole se requiere, como lo hizo Fidel, no darles tregua a sus enemigos e impulsar la auténtica democracia popular. Por lo que respecta a la acusación a Fidel de ordenar torturas, es la calumnia más monstruosa contra el líder, formulada sin ninguna base. Desde que era un rebelde y luego como jefe de Estado, siempre prohibió torturar a sus enemigos y disparar contra hombres desarmados. A los soldados de Batista detenidos por los rebeldes en el Moncada y en Sierra Maestra; a los esquiroles capturados en Playa Girón, a los terroristas detenidos en suelo cubano, y a los delincuentes encarcelados a lo largo de los años de la Revolución en el Poder, se les han respetado siempre sus derechos humanos, nunca se les ha sancionado más allá de lo estableció por las leyes, no se les ha torturado ni se ha realizado contra ellos ningún tipo de acciones antihumana: se les ha alimentado, brindado atención médica, tratado con respeto y en muchos casos, pensionado a sus familiares. Como dijera Fidel en 2005, Cuba «es uno de los pocos países de este hemisferio donde jamás en cuarenta y cinco años hubo una sola tortura». Se podrían ofrecer diversos argumentos para mostrar la verdad de esta afirmación y lo falso de las acusaciones de los enemigos de Fidel, de que ordenaba torturas. Bástenos preguntarnos simplemente: ¿A quién creerle?, ¿a la mafia contrarrevolucionaria de Miami, que encarna la comunidad moralmente más descompuesta del orbe y que sin pruebas ni evidencias afirma la existencia de esas torturas o a Fidel y a los dirigentes de la Revolución Cubana

que las niegan y cuya ética y sentido humano son proverbiales? A la par de las campañas imperialistas contra la figura de Fidel, los pueblos lo homenajeaban y apoyaban. En primer lugar, el propio pueblo cubano; también los pueblos del mundo, que cuando los visitaba, lo aclamaban, muchas veces con delirio, como no sucedía con ningún otro visitante. De igual manera, muy destacados personajes con prestigio internacional, han consignado sus virtudes humanas y sus cualidades políticas. Entre otros, para Ignacio Ramonet, director de Le Monde Diplomatique, de Francia, lo que mueve a Fidel es su generosidad, su amor al género humano; para el periodista norteamericano Lee Loockwood, no hay nadie más, en ninguna parte, como Fidel Castro. Para el filósofo de Sri Lanka, Dayan Jayatilleka, Fidel es nada menos que lo más semejante que tenemos a lo que Nietzsche llamó el hombre superior. Hubert Matthews lo calificaba como uno de los hombres más extraordinarios de nuestra época. Para García Márquez, en Fidel, «esa preocupación por los problemas de sus semejantes, unida a su voluntad inquebrantable, parecen constituir la esencia de su personalidad». Y para el mismo escritor, Fidel es el hombre más tierno que ha conocido. Para Tomás Borge se trata del dirigente más atractivo y elocuente de la época contemporánea; mientras que para su biógrafa, Claudia Furiati, ningún líder ha ejercido tanta fascinación sobre multitud de jóvenes esperanzados como Fidel; y para Wilfredo Lam, pretender medir la dimensión de Fidel es imposible.

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Una imborrable página de la historia

Alfonso Herrera Franyutti

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uando el 26 de julio de 1953 se desarrollaron los hechos del cuartel Moncada, en Santiago de Cuba, y los acontecimientos que ocurrieron posteriormente hasta la prisión y liberación de Fidel, nadie podía suponer que México se convertiría en el segundo acto de aquel drama. En efecto, México y Cuba han sido dos pueblos unidos por la historia. Desde José María Heredia, Juan Clemente Zenea, Esteban Morales, Rafael de Zayas y Pedro Santacilia, en el siglo xix, hasta José Antonio Mella, además de tantos otros que fueron llegando a través de los años en diferentes épocas.     Ahora tocaba su turno a los heroicos luchadores del 26 de julio. Fue así que Fidel, junto a otros luchadores de aquella gesta heroica, arribó a tierras mexicanas. Llegó desterrado, pero no vencido, siempre con la idea indestructible de su causa y el sueño de preparar una expedición para retornar a la amada Isla y derrocar el gobierno de Fulgencio Batista, que empapaba en sangre la tierra cubana. Pero México, además del asilo, le permitió organizar la lucha. Aquí encontró amigos

y muchas dificultades, además de una real posibilidad de organizar el movimiento armado que lo llevaría, primero, a la liberación de su patria, y después a mover a todo un continente. Fidel entonces se consagra por entero a la idea de organizar lo que había quedado trunco en Santiago de Cuba. Convence, aglutina, forja la unidad, ordena la compra de armas, alojamientos seguros, entrenamiento, disciplina y muy especialmente fidelidad a una causa superior. Pero no todo es clandestinidad, pues todavía se recuerda aquel emotivo discurso de homenaje a México, pronunciado en el Bosque Chapultepec el 10 de octubre de 1955, ante el monumento a los Niños Héroes, donde con voz de revolucionario agradecido dijo: «Un día vendremos aquí con un pueblo libre». Fueron meses de duro sacrificio, hasta que el 25 de noviembre de 1956 zarpó de Tuxpan, Veracruz, en el yate Granma, llevando a bordo los ochenta y dos temerarios combatientes revolucionarios que representaban la dignidad de Cuba y América Latina.  La estancia de Fidel en México, y la organización de su expedición, quedan como una imborrable página en la historia de nuestros dos países.

↑ Junto a la Gran Muralla.

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↑ Recibiendo al amigo.

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Fidel, coloso de mil batallas

Nayar López Castellanos

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idel ocupa un lugar único en la historia de la Patria Grande. Siempre ha sido un creador de ideas de cambio y revolución y un descubridor de caminos para llevarlas a la práctica, en los contextos más adversos y complejos. Es un constructor al servicio de la humanidad, a contracorriente de rutinas y esquemas de pensamiento y acción. Fidel sintetiza en su persona al revolucionario con una indoblegable voluntad de lucha, al estadista guiado por la lealtad a la causa del pueblo y el socialismo, y al dirigente capaz de ejercer su liderazgo, manteniendo congruencia ética y apego a los principios. Su obra intelectual es inmensa, al igual que su contribución conceptual y política en torno a la revolución, el socialismo, la independencia y el derecho de autodeterminación de los pueblos, con una extraordinaria capacidad de combinar teoría y práctica y de transmitir sus ideas pedagógicamente. De igual forma, destacan su estatura moral y su visión política para enfrentar al imperialismo estadounidense, como líder de la revolución cubana, como estadista y como estratega militar, distinguiéndose en la historia moderna por haber resistido todo tipo de agresiones durante más de cinco décadas.

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Fidel es ese ejemplo de revolucionario que, como sostuviera el Che, ha sabido sentir en lo más hondo cualquier injusticia, cometida contra cualquiera, en cualquier parte del mundo. Ello se refleja en la importancia que siempre le ha dado al internacionalismo, más allá de lo discursivo, en la práctica concreta, una auténtica solidaridad fraterna y humana que ha llevado a miles de cubanos a múltiples escenarios del orbe, muchos de ellos incluso ofrendando sus vida. Los pueblos de África y América Latina, y el propio pueblo de Estados Unidos, han sido beneficiarios de esta práctica. Forjador de generaciones de revolucionarios dentro y fuera de Cuba, Fidel es arquetipo de entrega y compromiso. Como símbolo de rebeldía frente a la injusticia y la explotación, hoy siguen sus pasos nuevos liderazgos en la revolución cubana, igual que millones de hombres y mujeres en el mundo que, desde diferentes trincheras de lucha y trabajo, dedican sus esfuerzos a la construcción de sociedades más justas. Un ejemplo destacable de la escuela de Fidel, sin duda, es el Comandante Hugo Chávez, quien forjó los cimientos para una nueva Venezuela, libre, justa, socialista y soberana. Fidel es símbolo de la lucha por una sociedad de mujeres y hombres nuevos. Fidel, coloso de mil batallas.

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Por qué creemos en Fidel ← Celia, Fidel, Raúl y Vilma.

Martha Eugenia López Villeda

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regunta cuya respuesta parece obvia tras más de medio siglo de tener el privilegio de vivir y participar muy de cerca, en el proceso revolucionario que cambió la perspectiva de vida en Cuba, de nuestra América y del enfoque de los grandes problemas que aquejan a la humanidad en la actualidad. De esa vorágine de actividad fidelista rescato algunas vivencias personales relacionadas con Fidel y que a través del tiempo se han hecho entrañables al mostrarme que la capacidad de dirección de este inmenso líder de luces de carretera no es ajena a las pequeñas cosas de la vida. Soy mexicana y Fidel escogió mi terruño, por lazos ya añejos de pueblos hermanos y por la cercanía que representaba esta para los planes del Movimiento 26 de Julio (M-267). En México se conformó la expedición que partió en el yate Granma. Fidel aprueba mi incorporación al M-26-7 para formar parte de la expedición; sin embargo al final no existieron las condiciones de espacio en el yate para la participación de mujeres. Durante mi entrenamiento, varias veces coincidí con Fidel en el campo de tiro. Mis resultados no eran tan malos, recuerdo una vez que al tirar con rifle de mira telescópica a una distancia de 300 metros sobre el blanco que era un guajolote, le atiné al pescuezo. Fidel, que tiró después, le dio en la cabeza. En reuniones o en visitas que él hizo a la casa campamento donde yo vivía, preguntaba atento cómo me sentía. En una de ellas asistió junto con los

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integrantes de la Federación Estudiantil Universitaria de Cuba que firmarían la llamada Carta de México. Viví las angustias cuando Fidel fue apresado por la Policía Federal en México junto a otros veintisiete compañeros, en junio de 1956. Estuve escondida en el grupo que encabezaba Raúl Castro, quien efectuó las gestiones para la liberación, acudiendo al general Lázaro Cárdenas. Después de la salida del Granma me mantuve activa en México en el M-26-7. Lidia, su hermana, me regaló un gastado traje de Fidel, al parecer con el que llegó a México, para que me hiciera un traje para mí, lo cual logré, lo usé mucho y después lo guardé. Años después, le mandé un pedazo de tela en su cumpleaños ochenta y tres. Después del triunfo de la Revolución fui a La Habana el 8 de enero de 1959. El día 13, mi compañero Héctor Aldama y yo vimos a Fidel, hablamos brevemente con él y nos orientó sobre la incorporación en el Ejército Rebelde. Me impresionó mucho verlo tan activo y al mismo tiempo agotado. Fidel se crece con las dificultades. A los pocos meses de estar en La Habana, estuvo una noche en la casa, solo lo saludé, conversó horas con Héctor Aldama. Me dio gusto observar al día siguiente que se había comido unos frijoles que cociné para la cena. Lo veía esporádicamente. En dos oportunidades me dio mensajes para Héctor. En una actividad en la Federación de Mujeres Cubanas casualmente llevaba puesto el vestido que hice de su traje. En tres oportunidades

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→ Con Camilo a su llegada a La Habana en enero de 1959.

me encontré con él en casa de su hermana Lidia, a quien siempre la visitábamos para felicitarla en su cumpleaños. Posteriormente solo lo veía de lejos en eventos o reuniones. Cuando Fidel fue a México a la toma del presidente Ernesto Zedillo, lo vi en la embajada de Cuba en México, además de saludarlo, solo atiné a responderle lo que estaba haciendo y le encargué a mi hija Omara Aldama, quien en ese tiempo era especialista en informática de su Equipo de Coordinación y Apoyo. Pude conversar con él, un poco más, en la entrega de la Medalla Benito Juárez, distinción entregada anteriormente a Nelson Mandela, y otras personalidades luchadoras de izquierda. Fui la vicepresidenta de la organización del este evento encabezada por Berta Zapata. Un grupo de ciento cincuenta mexicanos participaron; entre ellos varios diputados e intelectuales, así como miembros del Movimiento de Solidaridad con Cuba. Al terminar el acto, mis hijos y yo tuvimos la oportunidad de conversar con él. En agosto de 2013 cumplí ochenta años y tuve la inmensa alegría de recibir un ramo de flores que él me envió. He visto y vivido el proceso de más de medio siglo que Fidel dirigió y en el cual he tomado parte con distintas responsabilidades. Ser parte ha sido un privilegio de aprendizaje constante. Lleva al pueblo a tomar conciencia de su papel, y capacidad, por lo que lo reconocemos como Comandante en Jefe. Iniciamos una capacitación política general, masiva y sistemática por la vía de sus palabras. Es la obra osada,

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inconcebible y humana de un pueblo pequeño que Fidel ha llevado de la mano para hacer acciones extraordinarias en defensa de su independencia, soberanía y a obtener grandes logros para los cubanos y otros pueblos, como los programas de educación y salud, un plan con luz larga y efectivo, con un altruismo único. La guerra no declarada de Estados Unidos de América contra Cuba se inicia desde que triunfa la Revolución, el primero de enero de 1959. Siempre ha tratado de derrocar el gobierno revolucionario y matar a Fidel. Los planes agresivos, terroristas, se irían incrementando, con afectaciones que todos sentíamos y nos preparábamos para enfrentar. Viví los tensos momentos de una posible guerra nuclear en 1962. Ya Fidel había declarado el carácter socialista de la Revolución —16 de abril de 1961— inolvidable momento en el impulso de lograr una sociedad de trabajadores. Como dirigente de la Federación de Mujeres Cubanas y del Movimiento Sindical he presenciado y participado en las dos reconstrucciones económicas que Cuba ha tenido que ejecutar, en 1960 y 1990. Para ello, Fidel ha guiado a los trabajadores y unido a ellos todas las fuerzas internas. Las limitaciones materiales y espirituales que sufrió el pueblo cubano, y yo con él, han sido lacerantes. Pero ha predominado el esfuerzo, el sacrificio y heroicidades en medio de un ferviente entusiasmo por avanzar: logrando salir adelante. En 1990, en medio de una gran desmoralización hacia el sistema socialista en el mundo,

Fidel llevó al pueblo a mantenerse erguido. Se instauró el Periodo Especial. En decenas de conferencias que impartí en México en 1990, aseguraba que Fidel no orientaría seguir el camino de los países socialistas. No me equivoqué. Fidel siempre ha planteado y trabajado por la unidad de los cubanos y de los pueblos. Ahora aprecia el avance de la unidad de los pueblos de la región, uno de sus sueños y esfuerzo se hacen realidad. En las tribunas internacionales lo he escuchado exponer problemas de importancia: como la deuda impagable por parte de los países subdesarrollados, el cuidado de la tierra y medio ambiente y el peligro de una guerra nuclear, entre otros. La valoración del proceso revolucionario y la posibilidad de mi participación activa en el mismo, me llevó a quedarme en Cuba, consideré que mis raíces no las perdía, la lucha no solo era por Cuba, sino también por el bienestar de otros pueblos, resultando un proceso histórico de alcance internacional. Con gran satisfacción aprecié cómo el gobierno mexicano no aprobó la expulsión de Cuba de la oea en 1962 y los lazos entre los pueblos de México y Cuba siguen siendo fuertes. En junio de 2006, recibimos con gran dolor la noticia de la enfermedad de Fidel, el gobierno de los Estados Unidos y los contrarrevolucionarios cubanos creyeron que el proceso no podría continuar. Se equivocaron, Raúl Castro tomó el mando y sigue la construcción de una sociedad socialista, sobre las bases que Fidel implementó.

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↑ La visión de futuro.

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↑ Para convencer...

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Fidel Castro en mi vida ← En la escalinata universitaria.

Adriana Luna Parra

E

s un gran honor para mí aportar el sencillo testimonio de una mujer que en 1953 tenía apenas siete años y, a partir de lo personal a lo político, participar en el reflejo de la trascendencia de Fidel Castro en el imaginario mexicano. Esto me ha llevado a reflexionar en retrospectiva sobre desde cuándo, cómo y porqué ha sido tan importante en mi ser como mujer de izquierda. El joven abogado, encarcelado en 1953 por el asalto al Cuartel Moncada, se autodefendió en el juicio convencido que «La historia me absolverá», como llamó a su alegato con el que se transformó de acusado en acusador de la criminal dictadura de Fulgencio Batista, expresó: «…solo quien haya sido herido tan hondo y haya visto tan desamparada la Patria y envilecida la justicia puede hablar en una ocasión como esta con palabras que sean sangre del corazón y entrañas de la verdad». Narrar mi vivencia con Fidel es rencontrar la semilla revolucionaria que su arrojo y dignidad sembró en mi corazón y se ha regado a lo largo de mi vida militante con gotas de sabiduría, reflexión, compromiso y ejemplo de lucha. Al decir Fidel pienso en el Che y el grupo de valientes que lo acompañaron en la liberación de Cuba inspirados en José Martí. Al compartir mi testimonio, pretendo ejemplificar la trascendencia histórica de Fidel en la juventud de entonces, abriendo las puertas

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a un cambio en la visión del mundo. Soy una de millones que despertamos y nos levantamos al grito de «¡Patria o Muerte, Venceremos!» El proceso de la Revolución Cubana vibró más allá de la Isla, la estrella en el verde olivo nos iluminó las manos combatientes sosteniendo como armas los fusiles y los libros; su mirada profunda que mira al dolor de los demás, su sonrisa ante la determinación por llevar justicia y felicidad al pueblo y su enorme corazón donde late la fraternidad y la esperanza. Sus botas enfundaron pasos que marcaron fuertes huellas que señalaron ruta en el camino de la defensa de la Patria humana y amorosa, y ensancharon la ruta a la libertad de los pueblos con una renovada visión de la convivencia y la paz en el mundo. En mi muy temprana adolescencia, Fidel tocó la puerta de mi consciencia; a pesar del control, se escuchó que un grupo de hombres soñadores y valientes encabezados por Fidel luchaban armados por liberar al pueblo de la infame dictadura entregada y protegida por el gigante imperio yanqui. Qué orgullo me da saber que en México, “Alejandro” (nombre que usaba Fidel) encontró solidaridad, amistad y compatriotas que lo apoyaron en reunir armas, uniformes y bastimento para embarcarse en el yate Granma a cumplir su promesa de ser “Héroe o Mártir en 1956”, como cuenta “El Cuate” en sus memorias. Con una gran admiración me preguntaba de muy joven: ¿Quiénes son esos hombres?

¿Cómo se forman esos valientes? Yo quería ser como ellos… Anhelaba seguir sus huellas, supe que buscaría el sendero. Soñaba en conocerlos algún día. Al andar por la vida, el espíritu de Fidel, el Che y con ellos Jose Martí, me movió a saber más allá de mi estrecha vida, vigorizó el anhelo de justicia, la construcción de mi rebeldía ante la desigualdad y el compromiso de caminar superando cualquier obstáculo. Su frase: «Un paso atrás ni para tomar impulso» fue motor en el atreverme a romper con los amarres del tradicional conformismo. Su enseñanza, más allá de la razón, ha sido guía y fuerza en mis decisiones. Así fui creciendo animada por su espíritu y el del pueblo cubano que desataron otras luchas revolucionarias. Fidel es Comandante de los corazones revolucionarios del siglo xx, gran maestro que enseñó a luchar no solo con las armas, sino con inteligencia y arte impregnando al mundo de utopía, rebeldía y valor de la amistad de los pueblos a través del retumbar de bongos, las cuerdas de guitarra; el canto y la gráfica que nos narran los triunfos de la Revolución y nos pintan el colorido caribeño animando a la defensa de la Patria, la verdad y el amor. Un Fidel que vibra en las montañas, un rubí, cinco franjas y una estrella. El Comandante vibró mas allá de montañas y fronteras, despertó y unió el espíritu revolucionario de millones que, como yo, buscábamos el camino a la verdad, la libertad y la justicia en

México, Latino América y el mundo entero. Por esa ruta hice camino al andar. Mi sueño se fue concretando: hace más de 30 años fui a Cuba por primera vez acompañando un grupo de niños a un campamento de pioneros en Varadero; sentí a Fidel en la mirada de cada pionerit@ y de jóvenes artistas cubanos que promoví, algunos de ellos ahora son famosos, como mi gran amigo y pintor “El Choco”, cuya vida es expresión del triunfo de la Revolución. Años más tarde, ya siendo una militante de izquierda, he tenido el honor de saludarlo en algunas ocasiones formales, pero la que recuerdo con más entusiasmo fue cuando Bertha Zapata nos invitó a un grupo de mexicanos a entregarle al Comandante el Premio Internacional Benito Juárez. Fuimos Ifigenia Martínez, Rosa María Márquez, Xadeni Méndez y yo. Con la intención de acercarnos a Fidel más allá de la formalidad del evento, apostamos a que él se acercaría a nosotras si vestíamos lindos trajes mexicanos. Así fue, el Comandante, al término de sus palabras, se bajó del pódium a saludarnos y platicar con las orgullosas mexicanas. No quiero dejar de expresar mi dolor porque México, nuestra Patria, está herida y el pueblo desamparado ante tanta pobreza y la entrega de nuestros recursos sacrificando soberanía, puñaladas dadas por el presidente y avaladas por la derecha de este mismo Congreso. La historia absolvió a Fidel. No creo que absuelva a quienes entregan a México.

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Fidel Castro, líder de Cuba y de América Latina

Ifigenia Martínez y Hernández

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omo integrante de la delegación de México a la Conferencia de Mujeres Latinoamericanas convocada por el gobierno de Cuba en 1976, tuve la oportunidad de conocer personalmente al Comandante Fidel Castro. Posteriormente pude conversar con él y otras y otros dirigentes con motivo de la Conferencia Internacional de la Mujer, realizada en La Habana en 1990. Tiene un gran significado para América Latina el éxito de Cuba, por haber consolidado su pueblo y sus dirigentes un régimen político capaz de forjar y seguir su propia historia fuera del dominio y al margen del gobierno de los Estados Unidos. Ha prevalecido la voluntad de construir un régimen propio que a pesar de la enemistad de las potencias imperiales fortalece el sentimiento de soberanía e identidad de todos los pueblos de América Latina y contribuye a fortalecer la independencia y unidad de países que alguna vez y en alguna época fueron colonias de imperios extranjeros. Los logros que Cuba ha alcanzado en materia de cultura, educación, empleo y salud para toda su población demuestran plenamente que es posible la convivencia solidaria; y también, aprovechar el conocimiento y las técnicas disponibles en este siglo en un sistema en el cual el capital, representado por el conocimiento y la propiedad de los medios de producción, puede rebasar el concepto de propiedad personal y corporativa del capital en favor de la prevalencia de los intereses de todos los habitantes de un país. Indudablemente, el liderazgo de Fidel Castro en los países de menor grado de industrialización del anteriormente llamado "tercer mundo" motiva el reconocimiento, orgullo y afecto de todos los pueblos del mundo.

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← Diálogo franco.

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Fidel ← En la plaza, el pueblo y la voz.

Julio Moguel

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ebe ser muy cómodo llamarse Fidel, a menos que los apellidos que sigan a estas cinco letras sean, consecutivamente, Castro y Ruz. Porque cargarlo, como lo carga el de la Isla, debe generar una especie de vértigo sobrehumano. ¿Cómo verse en el espejo e identificarse con esa imagen que todo mundo ha visto y reconoce, en sus variadas formas por el correr del tiempo, desde hace alrededor de sesenta años? (el asalto al cuartel Moncada se llevó a cabo el 26 de julio de 1953). ¿Cómo despertar una y otra vez, cada día desde los sesenta y dos años transcurridos a partir de ese asalto aventurero, ya con más de ochenta años a cuestas, diciéndose, sin que para ello sea necesario pronunciar una sola palabra: «Yo soy Fidel Castro Ruz»? El nombre —este específico nombre— se separa de su dueño y se convierte en signo, símbolo, marca. Poder autonomizado que ya no le pertenece a quien lo porta, sino a muchos. ¿Muchos? Para ser más precisos: a millones, y de diferentes épocas, que viven o han vivido dentro y fuera de Cuba. Pero en este caso no solo el nombre. También la imagen. Porque, ¿quién no reconoce de un solo golpe de ojo, en foto, afiche, pintura, dibujo, video, televisión o cine al magnífico barbudo? Seguramente hay algunas áreas del mundo en las que la imagen referida no alcance a reconocerse o a identificarse

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de inmediato, pero podemos apostar que estas áreas son apenas unos cuantos lunares en el monstruoso cuerpo planetario. Grave problema entonces debe ser llamarse y tener la imagen inimitable de Fidel Castro Ruz. Y no, por supuesto, para el mundo que lo mira, sino para quien, portando imagen y nombre, se observa en el espejo y dice (seguramente sin decirlo o sin hablarlo): «Yo soy él: el del cuartel Moncada; el que se remontó a la Sierra Maestra para hacer una revolución social y derrocar a Batista; el primer jefe de Estado de América Latina que habló y delineó una perspectiva de gobierno socialista; el que retó a muchos poderosos de la Tierra e incendió varios llanos y sierras con las armas guerreras de su pueblo; el que confrontó durante décadas al terrible imperio mayor de Norteamérica (marcando sus dominios a solo unos cuántos kilómetros del monstruo); el que…», etcéteras y más etcéteras, en una lista de circunstancias y de eventos en los que no solo privan las líneas de su heroicidad —y las heroicidades de su pueblo—, sino también las de grandes y pequeños tropiezos y fracasos, menores y mayores, que cualquier persona informada puede en su momento revisar y ponderar. Enorme o más bien dicho gigantesca carga es entonces la que tiene quien porta el nombre y la imagen de Fidel Castro Ruz. Con un agregado que vale la pena establecer: él ha decidido llevarla consecuentemente a cuestas, alargando

en sus máximas posibilidades de duración la vida: su vida, pues limita ya en su biografía temporal con los noventa años de edad (el 13 de agosto de 2016 cierra el círculo de esa década). No tuve el honor de conocer a Fidel en forma personal, pero estuve a punto de hacerlo en un par de ocasiones. Pero no me hizo falta para identificar algunas de las claves de su fuerza, imantación, longevidad. Porque sí conocí —y me he reunido con él en algunas ocasiones— al comandante Ramiro Valdés (participante en la Revolución desde la odisea del Granma), quien sigue a pie juntillas, sin dudarlo, las enseñanzas de aquél (¿o será que ambos se completan y complementan?). Vivacidad sin límites; capacidad de escucha; rechazo implacable al ocio improductivo; entrega total a “la causa”; fidelidad estricta. Pero más aún, y es eso lo que quiero resaltar: cuando uno está frente a él da la impresión de que solo tiene que extender el brazo para bajar una estrella. Sin que ello marque ningún rasgo de prepotencia o de altivez. Queriendo colmar mis ansias de novillero pedí un día al comandante Valdés que me permitiera escribir su historia o parte de ella. Acaso una biografía. Pero él me miró desde esos ojos activos de marinero y rápidamente me dijo, palabras más palabras menos, con suma caballerosidad: «Julio, no es este el momento; mi luz, si tengo, corre en el flujo de luz que ahora y siempre proyecta nuestro Comandante Fidel». No tuve más que decir.

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Fidel Castro Porfirio Muñoz Ledo

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obre la prolongada y decisiva trayectoria política de Fidel Castro, casi todo se ha escrito y se seguirá escribiendo en el porvenir. Intentar un breve retrato que compendiase el significado de su obra y diera cuenta de su excepcional personalidad, sería una empresa difícil y redundante. He preferido aportar el testimonio de los encuentros y conversaciones que he sostenido con él a lo largo de los años. Conocí a Fidel antes de que iniciara su hazaña revolucionaria. Era, si mal no recuerdo, el año de 1955 cuando él acababa de llegar a México y yo estaba a punto de dejar el liderazgo estudiantil. Fue en un departamento en el edificio que se encuentra frente al Cine Metropolitan, habitado por una familia cubana. Lo recuerdo alto y pausado, sentado en el extremo de una estancia mientras conversaba, uno a uno, con varios de sus compatriotas, como en un confesionario. En algún momento de la reunión, pudimos conversar brevemente sobre América Latina y mis compañeros mexicanos lo invitaron a un homenaje universitario en honor a José Martí. Por mi parte, le dije que viajaría pronto a Cuba para asistir a un curso de derecho internacional. Me dio las señales de algunos jóvenes dirigentes para que los contactara, lo que hice con el mayor provecho, estableciendo relaciones que se prolongaron a lo largo de los años. Volví a conversar con él a mi regreso, y luego de que se embarcara en el Granma y yo viajará a Europa para continuar mis estudios, dejamos de vernos por mucho tiempo. Durante los primeros

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años de la Revolución Cubana, las relaciones de esta con el Gobierno de México eran en general cuidadosas, pero casi siempre tensas. No encontré razones suficientes para que el joven funcionario que era entonces, viajara a Cuba. Fue hasta mi llegada a las Naciones Unidas cuando se reanudaron nuestras relaciones bajo distintas formas. Fidel Castro, en su calidad de presidente de los no alineados, pronunció un discurso demoledor en donde señalaba ya el proceso de recolonización como consecuencia de la inmensa carga de la deuda externa. Además del lanzamiento de las negociaciones económicas mundiales, propuesto por el grupo de los 77, el líder cubano presentó un plan para una transferencia masiva de recursos monetarios a los países del Tercer Mundo. Fui instruido por la cancillería mexicana para apoyar la candidatura cubana en su intención de ingresar como miembro no permanente al Consejo de Seguridad. A pesar de los enormes esfuerzos diplomáticos que se hicieron, después de innumerables votaciones y casi por terminar el año, Cuba no alcanzaba la mayoría calificada necesaria. La situación era grave, ya que de no integrarse con quince miembros, el organismo no podía estatutariamente funcionar; era indispensable encontrar otro candidato. La invasión de Afganistán precipitó los acontecimientos y el gobierno cubano decidió proponer la candidatura mexicana, que me fue ofrecida personalmente por el Ministro de Relaciones Exteriores, Isidoro Malmierca. El otro contendiente —Colombia— lo aceptó, y después de hacerse las consultas procedentes,

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México ocupó un lugar en el Consejo los primeros días del año siguiente. Las circunstancias determinaron que las relaciones entre la delegación cubana y la mexicana se volviesen muy estrechas y que en varias ocasiones haya tenido que trasladarme a Cuba, en las que siempre me recibió el Presidente Castro. Recuerdo una conversación extraordinariamente delicada, cuando Cuba fue excluida de la Conferencia de Cancún de octubre de 1981, en la que líderes de países del norte y del sur discutirían la situación económica internacional. Habida cuenta del liderazgo cubano en el movimiento no alineado que encabezaba y de la propuesta que había planteado a la Asamblea General, la ausencia del país caribeño parecía inexplicable y, para los cubanos, una ofensa. La única razón era que los Estados Unidos habían condicionado su presencia a la marginación de la Isla. En ninguna otra oportunidad pude conocer de modo tan completo la visión estratégica que Fidel Castro tenía de la situación mundial y la claridad con la que observaba un giro a la derecha de las potencias capitalistas, que terminaría a la postre con la imposición del neoliberalismo. Sus predicciones se cumplieron, pero el agravio no fue reparado sino compensado por una visita del dirigente cubano a México, con el propósito expreso de fortalecer las relaciones bilaterales. En otra ocasión, invitado a un coloquio sobre la situación mundial —que presidió el propio Fidel—, se planteó el fracaso de las negociaciones económicas en las que habíamos laborado arduamente. El dirigente invitó a personalidades destacadas —recuerdo a Lula da Silva y a Daniel Ortega, entre

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otros— para discutir en un prolongado almuerzo la posición en que se había colocado a los países en desarrollo, con lo que consideraba la cancelación definitiva del diálogo norte-sur y el anuncio de una nueva hegemonía internacional. Era un tiempo en que el gobierno mexicano comenzaba a plegarse ostensiblemente a las exigencias de los Estados Unidos, como prólogo a lo que sería más tarde el tratado norteamericano de libre comercio. En 1985, de regreso a México, comenzamos a organizar la Corriente Democrática, que después desembocaría en el Frente Democrático Nacional. Mantuve relaciones con los enviados del líder cubano y llegué a pensar que simpatizaban con nuestras propuestas; en realidad abrigaban preocupaciones respecto de las consecuencias que un movimiento como el nuestro, engrosado por la corriente cardenista, pudiera tener sobre sus relaciones con el gobierno mexicano. Las conversaciones más complejas que sostuve con él, tuvieron lugar —en la ciudad de Quito— días después del fraude electoral de 1988, con motivo de la toma de posesión del Presidente Rodrigo Borja. Traté de explicar los hechos a diversos jefes de Estado y de Gobierno que se encontraban ahí para ver si podíamos detener el reconocimiento internacional. En dos conversaciones sucesivas, Fidel me inquirió sobre la situación en la que se encontraba el país y, sobre todo, de las decisiones que pensábamos tomar. Le expliqué que nuestra causa no era un movimiento armado, sino que apostábamos a la vía pacífica y a la movilización popular, que daríamos nuestra lucha a fondo.

La diplomacia mexicana hizo su tarea y finalmente todos los líderes mundiales —salvo Mario Soares— dieron su aval al gobierno de Carlos Salinas. Fidel Castro, junto con otros mandatarios, asistió a la toma de posesión y cuando abandonábamos el recinto del Congreso, los diputados y senadores de izquierda, lo miramos intensamente con el brazo en alto haciendo la “V” de la victoria. Durante la I Cumbre Iberoamericana en 1991 —a la que acudí en representación de la oposición en el Senado— pude tener conversaciones incidentales pero cordiales con el líder de la Revolución. Sin embargo, la relación formal del Partido de la Revolución Democrática con las autoridades cubanas y con el propio dirigente, estaba prácticamente suspendida. Recibimos poco después una invitación para que una delegación de alto nivel visitara La Habana. El Comité Ejecutivo Nacional deliberó y aceptó la convocatoria. Fidel Castro nos recibió efusivamente y estableció un largo diálogo en el que prevalecieron sus explicaciones sobre la sobrevivencia del Movimiento Revolucionario y las operaciones políticas a las que había estado obligado su gobierno frente a la hostilidad del imperialismo. Durante mi desempeño como representante de México ante la Unión Europea, reanudé el diálogo personal y diplomático, particularmente en los preparativos de la Cumbre entre América Latina y Europa celebrada en Guadalajara, en 2004. No obstante, ha quedado en suspenso el proyecto de una larga entrevista en la que podría desplegarse el potencial dialéctico del pensamiento de Fidel y su visión sobre los avatares de la globalización y las vías de liberación de Latinoamérica.

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Como semillas de trigo (Fidel Castro en México)

Letra y música:

Gabino Palomares

Tras el Moncada y la cárcel, tras la presión popular, tras tu alegato de historia llegaste al “país ideal”.

Muchas pobrezas pasaron para poder sostener a los valientes soldados de esos que saben vencer.

Nadando cruzas Río Grande para comprar unas armas las que llevas para Tuxpan a continuar la jornada.

Julio del cincuenta y cinco México te vio llegar, traías un libro en la mano y un sueño por realizar.

Comandante Fidel Castro…

El bar “Palacio” y “La Troya” en el puerto de Tampico te ven planeando la historia para acabar con los ricos.

Comandante Fidel Castro México te dio el abrigo y tus ideales se quedan como semillas de trigo, como semillas de trigo para darnos de comer la verdad de tus principios hasta morir o vencer. La CIA y Batista te espiaban para buscarte el descuido y así te tienden la trampa unos chacales vendidos. Cárdenas sale a tu encuentro porque sabe que a los hombres que son amigos del pueblo hay que limpiarles el nombre.

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Hacienda de Santa Rosa, bondades de los amigos, donde se forjan los héroes el Che, Raúl y Camilo. Dicen que ponías la bala donde apuntabas la vista y si mirabas a Cuba le apuntabas a Batista. Pero el amor se contagia cuando aparece Isabel y aunque el Che no esté de acuerdo tú la rescatas a ley.

Comandante Fidel Castro… En el Hotel Inglaterra te reuniste con “El Tata” para ultimar los detalles, se acerca la gran batalla.

Veinticinco de noviembre del año cincuenta y seis la madrugada lluviosa te vio cumplir tu deber.

Comandante Fidel Castro… Vas a parar a Mac Allen y un antiguo presidente te entrega los dolaritos para que el barco presentes.

Ochenta y cuatro valientes se embarcaron en el Granma iban cantando a la patria, a la nación liberada.

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Fidel Castro, el hombre que cambió la historia de Nuestra América

→ Por el privilegio de estar ahí...

Yeidckol Polevnsky Gurwitz

A

sumir las enseñanzas de Fidel es el mayor desafío para cualquier ser humano que se ponga en contacto con la grandeza de su excepcional figura y su actuar congruente. Mi punto de partida para esta intervención —privilegio que mucho me honra— es la admiración y respeto que siento por la presencia del líder histórico de la Revolución Cubana, en el imaginario mexicano. La ética, como principio rector de su actuar, encuentra en Fidel la más absoluta correspondencia entre el decir y el hacer, en la honestidad como norma de conducta cotidiana y en la toma de partido por los desposeídos a escala mundial. Martiano por excelencia, lo que presupone su convicción de que «Patria es Humanidad», insta con su ejemplo personal a interiorizar, como fundamento ético de las luchas por un mundo mejor, la necesidad de una acción política, económica y social comprometida «Con todos y para el bien de todos». El mérito de los grandes forjadores de la historia como Fidel es haber logrado encauzar los más hondos anhelos de justicia social de su pueblo. De ahí que las reivindicaciones planteadas en «La Historia me Absolverá», hayan sido el programa básico de la Revolución Cubana. La estadía en México de Fidel y los expedicionarios del Granma, su encuentro con el Che Guevara y los vínculos que como representantes del pueblo cubano establecieron en nuestro país, tributan al torrente de nexos esenciales entre dos naciones hermanas, que tienen soporte histórico

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en la intensa relación de Martí con México, que al igual que la de Fidel, trasciende ampliamente el periodo de sus presencias físicas en nuestro país, para insertarse en la permanente relación de cariño y admiración entre mexicanos y cubanos. Las luchas seculares del pueblo mexicano frente a los Estados Unidos de América, la impronta juarista y el segmento más legítimo de la Revolución Mexicana, residen en la singular capacidad de síntesis histórica del pensamiento y la acción de Fidel. Lo cual nos honra como Nación. La fragua de la gesta del Granma es, al mismo tiempo, parte de la historia de Cuba y de México. Para distinguir la dimensión del genio político de Fidel, cabe señalar que como estadista revolucionario se erige en paradigma de la conducción de una profunda transformación social, que sintetiza las demandas de justicia emanadas de la historia de Cuba y de «Nuestra América», que se inserta hacia la universalidad con una impronta emancipadora y antiimperialista propia, que cambió la historia de nuestro continente. Su obra es el cimiento del cambio de época que hoy se reconoce en procesos progresistas que modifican el mapa político y social de nuestra región. Sin la obra y los principios políticos abonados por Fidel, sería imposible comprender la América Latina del siglo xxi y el avance de los gobiernos progresistas encabezados por Hugo Chávez, Lula da Silva, Rafael Correa, Evo Morales, José Mujica, Néstor y Cristina Kirchner y otros destacados estadistas de la región. En su actuar, Fidel ha transformado en realidad el sueño de Bolívar y Martí de una América

Latina unida, dueña de su destino y lugar en el mundo, realidad creciente que a pesar de encontrarse inacabada y enfrentada a peligros, no se explicaría sin su aporte. Hechos concretos, como el surgimiento de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (alba) y la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (celac), no pueden ser concebidos sin su lucha por la soberanía e integración. La heroica resistencia del pueblo de Cuba, que le acompaña en la defensa de una patria libre y soberana a la que ha consagrado su vida en la construcción de una sociedad igualitaria, próspera y sostenible frente a la cruel e inhumana oposición de los Estados Unidos de América será recogida por la historia como el símbolo por excelencia de la dignidad de los pueblos. La historia de África, así como de los países no alineados, que aún no termina de escribirse, consignará en un lugar privilegiado el nombre de Fidel Castro y del pueblo de Cuba, quienes con un enorme sacrificio contribuyeron decisivamente a la independencia de los países colonizados en aquel tiempo en ese continente, al fin del Apartheid en Sudáfrica y a la libertad de los pueblos sojuzgados, lo que cambió el rumbo de una parte significativa de la humanidad. Figura de talla universal, poseedor de elevados valores y principios, estadista de altos quilates, promotor y líder del internacionalismo y la solidaridad como actitud de responsabilidad universal. Su capacidad de prever y adelantarse a su tiempo le permitió estudiar, alertar y promover acciones para mitigar los vertiginosos embates por el cambio climático que

amenazan la existencia de la humanidad, siendo el primer estadista en abrazar la causa de la supervivencia humana en términos civilizatorios. Acompaña su liderazgo, compromiso, entrega y sensibilidad con una vasta cultura que le singulariza como lector insaciable, orador insuperable y apasionado conversador. Su humanismo desbordante es el sustrato de sus conductas cotidianas, palpables en el ejercicio del poder, conversaciones con amigos y el intercambio con su pueblo en las más disímiles coyunturas. Hablo de la grandeza y trascendencia de la figura de Fidel Castro desde mi profunda admiración. Con la inmensidad del amor del que habló José Martí: «La única fuerza y la única verdad que hay en esta vida es el amor. El patriotismo no es más que amor, la amistad no es más que amor». Percibo el imaginario de los pueblos, entre ellos el mexicano, como una síntesis sabia de acontecimientos y valoraciones que fraguan lecciones históricas y culturales para todos los tiempos. Agradezco la oportunidad de contribuir con una pequeña intervención sobre la vida y personalidad de Fidel y en la más modesta de las posibilidades, a que su universalidad y magnitud continental se inserten desde el análisis en el imaginario del pueblo mexicano, patrimonio colectivo que nos enorgullece y nos compromete con un futuro mejor. Abordar el privilegio de haberle conocido personalmente, queda como una asignatura pendiente. Lo que me gustaría transmitir es la profunda convicción de que su ejemplo, congruencia y amor infinito a la humanidad, me han hecho abrazar el compromiso indeclinable de «Luchar Siempre» segura de que «Un mundo mejor es posible».

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Tres luchadores mexicanos ↓ Junto al Comandante.

Elena Poniatowska Tres luchadores mexicanos contribuyeron con sus horrorísimas llaves a noquear al horrorismo dictador Fulgencio Batista y albergaron a Fidel Castro en su imprenta, que fue la de José Guadalupe Posada.

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in duda alguna, el editor de José Guadalupe Posada, Antonio Vanegas Arroyo, se revolvería en su tumba al ver que sus nietos Arsacio y Blas han canjeado la imprenta por la lucha libre y prefieren las “llaves” y “trucos” del “Blue Demon”, del “Cavernario Galindo” y de “El Santo” a imprimir los grabados de Manila y Posada. Al ilustre apellido de Vanegas Arroyo, los muchachos han añadido los sobrenombres de “Kid Vanegas”, “Chaparrito de Oro” y “El Látigo Azteca”, así como “Ray Vanegas” o “Wilulfo el Bello”. Sin embargo, sus apodos conservan el sabor de uno de esos volantes populares editados por Vanegas Arroyo: “Las espantosísimas correrías por el ring de Wilulfo el Bello”, o “Las horrorosísimas llaves del horrorosísimo Látigo Azteca que noqueó a su horrorosísimo hermano.” El viejo Vanegas Arroyo, uno de los tipógrafos mexicanos más nobles del siglo xix, no saldría de su asombro al saber que la Revolución Cubana halló acogida y respaldo en su imprenta y que de su prensa —ya de por sí revolucionaria— volvieron a salir volantes, folletos, boletines, gacetas y periódicos a favor de una causa justa, la del derrocamiento de un horrible dictador Fulgencio Batista.

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De nuevo se usaron los grabados que el “viejito” le había encargado a Posada y el dibujo que antes cobijara al General Antonio Maceo, que luchó en contra del dominio español, amparó a Fidel Castro y al gran movimiento 26 de Julio. ¿Cómo se convirtió el taller de Vanegas Arroyo en farol y centro de entrenamiento de revolucionarios? Arsacio Vanegas Arroyo, en sus andanzas de luchador por tantos pueblos y ciudades del norte y del sur, y aún del extranjero, llegó a ser entrenador de los revolucionarios: Raúl Castro, Fidel, el Che Guevara, Calixto García, Jesús Montañé Oropeza y muchos otros, en un aparentemente pacífico y callado taller tipográfico. En ningún lugar se sentían tan seguros los cubanos como en medio de los cientos de clichés de Posada que llenan los polvosos anaqueles; con la “Calavera Catrina”, “Los cuatro fusilados Zapatistas” y “Los crímenes de la Bejarano”. ¡Cualquier crimen de la Bejarano era mejor que las torturas que imponía el régimen de Batista! «Fidel quería llevarse la imprenta al Museo de Cuba —nos dice Arsacio—, pero yo no lo dejé. Esta prensa se queda en México». En ella se han impreso las miles de hojas que forjaron a varias generaciones, a fines del siglo xix y a principios del xx. Las formas fueron muy diversas y solo su enumeración da una idea de la riqueza del repertorio. ¡Gracias a Dios y a la Divina Providencia, los hermanos Arsacio y Blas, han conservado todos los papeles de su ilustre abuelo, entremezclados naturalmente con fotografías de Fidel y programas de lucha libre! Las paredes de la

casa están llenas de letreros: «¡Vivan, vivan los cubanos —dicen en lo general— porque al fin somos hermanos y amamos la libertad!», y junto a grabados únicos e irremplazables de Posada, hay máximas: «Los hombres nacen para morir. Mientras existan las dictaduras, los hombres deben de luchar, hasta vencer o morir» y «Es preferible morir de pie que vivir de rodillas». Una fotografía de Arsacio, en trusa de luchador, sostenido por dos enanitos le hace compañía a varias “poses” de Blas “Wilulfo el Bello”, que sube al ring con una gran capa de satén rosa, avienta claveles a los aficionados y va siempre acompañado de su valet que lo perfuma de pies a cabeza antes de la primera llamada. «¿Y cómo encontró usted a los muchachos revolucionarios?» —le pregunto al entrenador y luchador Arsacio Vanegas Arroyo. «Aquí tengo un reporte de los que le entregaba semanalmente a Fidel Castro: 'En general, todos los elementos se encuentran en perfectas condiciones físicas y morales y están capacitados para desarrollar cualquier empresa que se les encomiende, no así Calixto Morales y el “Muza”'. «¿Por qué no Calixto Morales y el “Muza”?» «Eran muy flojos —reponde— no querían caminar y yo tenía que darle a Fidel una relación semanal de asistencia y de condición física de Guevara, Celaya, Bello, Almeida, Collado y otros muchachos que ahora han muerto como Calixto García. Los hacía yo caminar y subir en dos horas al cerro de Guadalupe. Ellos me decían: “El Indio Potumayo”. También los entrenaba en el Gimnasio Bucareli, de Raúl Romero».

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«Este taller de imprenta era el punto de encuentro de los revolucionarios cubanos...». «Pues sí —responde. Este muchachito (señala uno de sus sobrinos) es ahijado de Raúl Castro, el hermano de Fidel, que hace poco se casó con Vilma. Un día, en 1955, supimos que había llegado Fidel, pero para mí era otro cubano más. Nunca pensé que llegaría a ser lo que es. Fidel era muy exigente». «¿Y cómo era Fidel en México?» «¡Uy, no salía de aquí! —exclama. Hicimos mucha amistad con él. (Elvira, la mujer de Arsacio extrae de una caja un montón de fotografías de Fidel abrazando a “los gordos” como llamaban cariñosamente los cubanos a Arsacio y a su esposa). ¡Hasta vivió con nosotros! Le gustaba mucho lo mexicano: los tacos de gusano de maguey, el pulque curado de limón, de melón. Era muy alto, muy nervioso. No se quedaba ni un instante quieto. De tres zancos cruzaba toda la habitación. Lo llamábamos “El Siete Leguas”». «Era más exigente que nada (tercia Elvira). Una vez me fue a sacar del Salón de Belleza para que le fuera a comprar mucha leche Nestlé». Arsacio continúa: «Todavía tengo la lista del equipo para la Sierra Maestra que Fidel me mandó comprar: sartenes, cantimploras, cinturones. Miren ustedes, aquí tengo un recibo: 'Recibí $6,250. Me deben $173.80'. Fidel jamás me pedía cuentas». «Pero ¿a qué horas le pidió a usted que entrenara a sus soldados?» A lo que responde: «Un día me dijo: 'Sabes hermano, necesito tus conocimientos de defensa personal, para mí y para setenta muchachos'».

«¿Y la práctica de tiro?» «La práctica de tiro la hicieron con un cubano: “El Coreano”, que Fidel conoció en Miami y que después traicionó al movimiento». «¿Nunca descansaban ustedes?» «Sí. Los domingos íbamos todos a los toros porque ellos eran grandes aficionados. Allá colgado en la pared, está todavía el estoque de Raúl Castro». «Ustedes han vivido verdaderas vidas revolucionarias». «Era yo achichincle de Fidel. Pero hasta ahora lo digo porque en México la policía Batista —Buró de Investigación Federal— actuaba con mucha impunidad. Yo serví de intermediario. Presencié la preparación de los guerrilleros. Fidel les impuso una tremenda disciplina. Además del entrenamiento físico y de la práctica militar, tomaban clases de civismo, de religión». Elvira se irrita e interrumpe a Arsacio: «¡Me da tanto coraje ver esos periódicos que hablan mal de Fidel! Nosotros estábamos enterados de los sufrimientos, la injusticia, la ignominia del régimen de Batista. Fidel ha hecho bien al ordenar todos esos fusilamientos. Además él era un hombre radicalmente bueno y sencillo. Antes de estar con nosotros vivió en una casa del Pedregal de San Ángel. Sin embargo, él decía que prefería este pedregal que tenemos aquí (señala un montón de piedras arrinconadas en el patio). Y aunque los cubanos ya se hayan marchado, nosotros los seguimos de cerca. Miren, aquí está una frase de Martí, que los guerrilleros se llevaron a la Sierra: “La victoria no está solo en la justicia, sino en el momento y modo de pedirla; no en la suma de armas en la mano, sino en el número de

estrellas en la frente”». De repente, Arsacio se emociona, y así como lo hubiera hecho su abuelo, Vanegas Arroyo, saca un corrido que bien podría ilustrarse con un grabado de Posada, tan admirable por su vigencia: Señores, voy a cantar porque me pega la gana, el triunfo de Fidel Castro allá en la tierra cubana. Yo como buen mexicano no tolero a los tiranos y a aquellos que los derrumban los estimo como hermanos. Apuntes de La Habana Para mí, La Habana había sido —¿sueño o realidad?— una curiosa mezcla de residencias, clubes de velas, una magnífica tienda “El Encanto”, la patria de amigas Teresita Mendoza y Mirta Fernández, en el convento del Sagrado Corazón, en Filadelfia “Eden Hall”, la de exóticas como Ninón Sevilla, danzas en honor de Changó, bailarines profesionales que enseñaban el cha cha chá y el mambo a las turistas de caderas planas y pies grandes. Las “niñas bien” con quienes estudié en El Sagrado Corazón, me contaban del Club de Yates y del Biltmore, nunca de Julio Antonio Mella; comentaban las planas de “sociales”; en las que por encima de todo aparecían empresarios con su esposa, hijos y más que nada, nueras; ¡cuántas nueras! Sus hermanos se educaban en West Point, en fin, la vida entera de los ricos cubanos transcurría en inglés con títulos en español. ↑ La solidaridad del Gral. Lázaro Cardenas con Cuba.

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No sabía yo nada de política (¿sé ahora más que antes?) pero siempre me pareció que en Cuba no había campesinos y obreros, porque la ciudad los eliminaba por completo. Al “paraíso del Caribe” se iba a descansar, a dormir, a hacer el amor, a todo, menos a pensar. Y un país que pensaba tan poco en sí mismo, ¿por qué “pué” iban a preocuparse los demás en ponderar su futuro? No era un pueblo “pensante” ni “pensado”, porque todos vivían entregados a una sensual irresponsabilidad. Había “orden”, y los habitantes obedecían a sus autoridades, que a su vez, eran corteses, previsoras, alegres y cariñosas. Eso era en la superficie, claro; una fachada para uso y disfrute de turistas que solo venían a pasarla bien, una máscara de perpetuo carnaval que engañaba a todos… menos a los cubanos. De pronto, los periódicos del mundo dieron la noticia: en Cuba sucedían cosas graves. La verdad hacía explosión. De golpe irrumpieron en la calle miles de hombres, niños, mujeres que levantaron la cabeza, denunciando una profunda y larga injusticia. ¡Esta era la verdad de Cuba! No los casinos, ni las maracas, ni las “noches de luna” a veinte dólares la hora, ni los “Havana by night”. Salgo a la terraza del piso diecisiete del Hotel Habana Hilton. Afuera, techos naranja, ocres, amarillos —todos los matices del sol— que a la derecha se extienden hasta el mar. Desde la calle sube un rumor de fiesta, piso por piso, hasta culminar en lo alto de los edificios. Las azoteas planas como campos de cultivo aguardan listos para cosechar los rayos del sol.

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A las seis de la mañana, La Habana se despereza y comienzan los murmullos, el chachareo de las conversaciones madrugadoras. No hay mucha gente en la calle porque todos se han acostado tarde, pero las pocas sombras que se perciben son sonoras y bullangueras, no se están quietan ni un segundo, y poco a poco arrastran a los demás en un tumulto creciente. Comienzan los pregones y los gritos de los tomadores de café. La Habana sabe a tabaco y a esas minúsculas tazas de café concentrado que por tres centavos de dólar toma uno de pie, en plena acera. Huele a tabaco; un olor persistente y cálido, tan persuasivo como la voz del propio Fidel. “Fume, ‘Partagás’, ‘Corona’, ‘Julio Piedra’, ‘H.Uppman' y ‘Romeo y Julieta’” (a propósito de esta última marca, Federico García Lorca escribió un poema sobre Romeo y Julieta que se hacen el amor en una caja de puros). Son muchos los que quieren “trabajar en el tabaco” porque ganan mejores sueldos. Una obrera que maneja la máquina de cigarrillos recibe quinientos dólares al mes. Por el malecón pasean las negras y las mulatas vestidas de solferino, de naranja, de amarillo y de verde perico y como dice el cineasta Manolo Barbachano, aquí ninguna parte del cuerpo es vergonzosa. Las cubanas muestran “escotes sublimes”, anchísimas caderas y un vientre victorioso. Vientres enormes, redondos, hacen navegar a las cubanas proa al viento y las convierten en pesadas embarcaciones. Sonríen despreocupadas, un abanico de cartón en una mano, la otra jalando a veces un par de

niños con la piel brillante, lisa y restirada como un traje bien hecho… Afirma el general Cárdenas que «en Veracruz ‘las gentes’ son igualmente extrovertidas y alegres; que el agua cambia la fisonomía de las ciudades». ¡Pero no! Creo que son los negros los que dan la alegría con sus sonrisas llenas de dientes, su andar elástico y descoyuntado, sus pasos que resuenan listos para estallar en baile en cualquier momento. Ellos lo acosan a uno: «¿Oye tú, bombón?» Ellos saben dónde está la “piquera” (sitio de taxis), pueden enseñar, si uno lo desea, todos los pasos del merecumbé entre la cumbia y el merengue, tocan el bongó y su jubiloso vaivén resulta contagioso. Caminamos por el malecón y los automóviles pasan veloces, pita y pita, cláxons que tocaron durante toda la noche del 25 de julio. Vimos mujeres con sombreritos estrafalarios que comen plátanos y frituras. Los cubanos viven hacia afuera. No hay intimidad. Tampoco hay complejos ni inhibiciones. Las casas se vuelcan a la calle; puertas y ventanas abiertas. La gente lo interroga a uno: «¿La Reforma Agraria, va? La Reforma Agraria… ¡va!». Al caer la tarde, ya cansados, buscamos una “guagua” para ir al “Floridita”, el bar de Hemingway, quien ahora no solo no está en La Habana sino que piensa instalarse definitivamente en París. Como no encontramos nada, un vendedor de helados nos señaló: «Miren ¡allá está! ¡allá a la izquierda!» (apuntaba a una callecita oscura. Al darle las gracias, el vendedor inquirió:) «¿Son ustedes de México? ¡Ah, bueno, pué que viva Méjico!»

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Un inmenso jardín tropical se alza bajo una bóveda negra alta. Al finalizar la variedad, en la que se contonean apenas vestidas las mujeres más guapas del mundo, los turistas y visitantes se levantan a bailar. Enardecidos por el show menean la cintura, al son del más feroz cha cha chá. ¡Y son una de desfiguros! Las mesas vacías, las copas de daikiri en las que ya nada más flota el hielo, miran lastimeramente el espectáculo. No es para menos. Un elefante blanco vestido de smoking hace retumbar el suelo. Una señora chimpancé visita la estratósfera impulsada por un robusto enanito. Aprendices de hombre y de mujer, con o sin cámara fotográfica, viajan en medio de esa selva domesticada, como si lo más natural del mundo fuera dar de saltos entre meseros que solo hablan inglés. Es el paraíso de los nuevos ricos. Pero hubo un día en que los campesinos lo ennoblecieron todo con su ingenuidad recia y salvaje. Lo tomaron, como quien dice, por asalto. No sabían si sentarse o no; de cualquier modo, ya no había lugar para ellos en las mesas cubiertas de botellas importadas. Los meseros los veían como diciendo: «Esta no es la clientela regular». Los guajiros acabaron por apelotonarse en los pasillos, en los huecos que dejaban las mesas, en cualquier espacio utilizable. Pero, claro, no dejaban ver el show y les llamaron la atención. Ellos no comprendían. Venían de la sierra en donde el único show es el del paisaje, hombres que trabajaban, cañas que maduran, sudor, tierra y más sudor. Un torpe uniformado les pidió que se fueran. A través del micrófono, nada menos. Pero ¿era

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esto posible? ¡Sí, ese día La Habana era de los guajiros! De todas partes del mundo habían llegado gentes para verlos a ellos, no al show. Celia Cruz, la cantante gritaba: «¡Que viva Castro, viva Fidel y todos los que lucharon con él!» Los guajiros miraban con los ojos cada vez más grandes y cada vez más blancos en la oscuridad. Estalló la gritería: «¡Que se queden! ¡Que se queden! ¡Nada!» Se oían los chiflidos, el golpe de los pies contra el suelo, las malas palabras. En el fondo latía un sordo rumor de machetes listos para desenvainarse. Una corista salvó la situación. Espontáneamente cogió el micrófono y dijo con su acento cubano: «Hermanoj Campejinoj, nosotro’ aquí lo queremoj bien, y este cho e para ustede’…» (Más tarde, la misma corista participó en un sketch en que le propinaban una nalgada y uno de los campesinos sacó su machete para defenderla). No había mala voluntad de nadie. Los campesinos podían y debían quedarse: y como muestra de que todo estaba arreglado, el segundo espectáculo no se hizo en el escenario, sino a ras de tierra, entre los campesinos. Recitaron poemas, cantaron, bailaron, pero de todos modos nadie les ofreció ni una sola cerveza “Hatuey” “freque jita”. Nunca pensó el Tropicana vivir una noche así; colmada de vida “de a de veras”, una noche alta y blanca. Los poemas y las canciones de los campesinos le dieron el mejor show de su historia. A la una de la mañana visitamos el diario Revolución, órgano del Movimiento 26 de Julio que originalmente se imprimía en la clandestinidad. En manos de Carlos Franqui (treinta y dos años de edad; buen poeta, encargado

de la prensa revolucionaria de Fidel, Franqui fue torturado por Batista, con choques eléctricos, baños helados y demás atrocidades. Es también el creador en La Habana de un teatro popular, en la que se representaban clásicos españoles y autores cubanos). Entre otras cosas, Franqui nos dijo: «¡A nosotros nos haría falta un Vasconcelos! ¡Vaya, un Vasconcelos que no se hubiera traicionado a sí mismo!». Más tarde, preguntó por Octavio Paz: «Nos hubiera gustado invitarlo a todo esto»; y por Cardoza y Aragón: «¿Por qué no vino? Nosotros le mandamos varios telegramas». En el despacho de Franqui cada uno entra y sale "como Pedro por su casa". Me asomo a la redacción y veo muchos jóvenes. «¡Pero si los reporteros parecen estudiantes!» Franqui ríe ante mi sorpresa. «¡Puros muchachos hacen el periódico!» Fidel Castro —que es uno de los colaboradores—, se detiene de vez en cuando frente a uno de ellos: «Tiene’j que escribir bien claro, chico, para que la gente comprenda… ¡Bien claro!». A la una de la mañana son muchos los que esperan ver la “primera”. Allí están Jesse Fernández —que ha sido fotógrafo de Life—, Guillermo Cabrera Infante, que tiene a su cargo el suplemento cultural y dedica mucho de su tiempo a una novela que lo tiene muy emocionado: Tres tristes tigres, José Álvarez Barragaño, también poeta, Walterio Carbonell, y otros periodistas: el subdirector Euclides Vásquez Candela, el director artístico Ithiel León; Emilio Guede, Ángel Guiña Fernández, Orestes Martínez, Carlos Irigoyen, Oscar Pino Santos y el administrador, Vicente Báez. Todos ellos trabajan febrilmente,

→ La sangre nueva...

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→ Una y otra vez con los trabajadores...

dentro de una atmósfera de locomotora a toda marcha, como si tuvieran un horno adentro para que su temperatura permanezca al rojo vivo. Los veo candentes, con una pasión que no ha menguado en este mes de triunfo. Su entusiasmo y su interés son iguales a los del día en que las tropas de Fidel irrumpieron victoriosas en La Habana. «¡Pero si todos los dirigentes de Cuba son unos muchachos!» —me dicen los mexicanos con un gesto de escepticismo. Francamente, no creo que la juventud sea un obstáculo. Como declaró el General Cárdenas: «A veces los viejos están cansados». En México, por ejemplo, conocí a un joven cubano llamado Alfredo Guevara. Dulce me saludaba sonriendo, con esa inigualable afabilidad cubana, comiéndose mansamente las “eses”. Ahora, Guevara es director del Instituto de Cine Cubano, y uno de los hombres “clave” del régimen. Por poco no lo reconozco. Encontré a un “puño de hierro”, decidido a todo, con una fortaleza exacerbada que me era desconocida. Más pálido, los ojos muy negros, Guevara trabaja veintidós horas de cada veinticuatro. No hay lugar a dudas, que la responsabilidad hace crecer a los hombres. ¡Cómo ha madurado Guevara! Quizá sea esta una de las mejores lecciones que me ha dado la Revolución Cubana. Cuando a una persona se le da la oportunidad de demostrar lo que vale, crece al diez mil por ciento. Se dijo en México que ningún diario cubano quería ya publicar los extensos discursos de Fidel, que llenan un periódico completo. ¡Mentira! Todo se publica, y además todo mundo

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escucha a Fidel y lo ve por televisión hasta las cuatro o cinco de la mañana, si es preciso. El sueño se queda para después. Fidel les habla en su lenguaje. Muchos recuerdan cómo en uno de sus primeros discursos televisados, Fidel le preguntaba a Camilo Cienfuegos, de pie junto a él: «¿Voy bien, Camilo?» (además del Che Guevara, franceses y aún argelinos, del f.l.n, estuvieron en la Sierra peleando al lado de Fidel. El ejército nunca fue muy grande, pero ellos vinieron a compartir su suerte hasta el final). Carlos Franqui nos llevó a ver salir el periódico; como pan caliente de la rotograbadora. Todavía estaba la tinta fresca —los titulares se imprimen en rojo— cuando me tendió un ejemplar, el encabezado parecía un puñetazo: «Ha sido cumplida la voluntad del pueblo. La reforma agraria… ¡Va!». «Estamos presenciando un momento singular de nuestra historia. Ni nuestros antepasados ni las generaciones que nos precedieron y es posible que ni aun las generaciones venideras lleguen a contemplar un momento tan formidable como el que está viviendo el pueblo de Cuba en estos instantes. Es posible que nunca más se vuelvan a producir estas manifestaciones de entusiasmo y de fe», dijo Fidel. ¡Medio millón de guajiros tienen los ojos fijos en su héroe, listos para blandir sus machetes, aprobar sus palabras, con un centellante aplauso de fierros entrechocados. Es como si de repente los rayos, el granizo, el trueno, se hubieran concentrado sobre estas cabezas de sombreros de palma! «La Reforma Agraria… ¡Va!». Los machetes levantados en la

oscuridad de la noche chocan entre sí y su sonido recuerda a una forja. Cuba nace de nuevo, Cuba es niña. Allí están todos para corroborarlo con su emoción que no decrece jamás. En el cielo vuelan palomas y globos. Ellos lo miran todo, atónitos. ¡Es la verdadera Cuba la que se manifiesta de golpe, una explosión instantánea y que sin embargo parece durar siglos! Ayer esclavizados, ocultos, en la sombra, hoy representan la Revolución misma, esta se apoya sobre sus hombros, habla a través de sus balbuceos y de sus gritos. En los hoteles de lujo los campesinos muestran una timidez digna de nuestros rancheros. Rascan el suelo como becerros antes de contestar las preguntas. Pero aquí están todos juntos. Saben que de ellos depende el porvenir. «Son pueblo y pueblo activo», decidido, entregado a la lucha constante que no se detendrá hasta consumarse la victoria. Al día siguiente, el órgano oficial de la Revolución proclama: «El machete, símbolo de la Revolución Cubana». ¡Qué bien comprendo estas palabras con la memoria todavía fresca del gran espectáculo que fue la concentración del 10 de julio! Agosto de 1959.

P.D. En 1959, tuve el privilegio de viajar a La Habana, Cuba, en el mismo avión que el general Cárdenas que desde el primer momento brindó todo su apoyo al comandante Fidel Castro y a la Revolución Cubana. Fue una experiencia aleccionadora y muy importante. Viajaron asimismo Carlos Fuentes, Fernando

Benítez, Vicente Rojo, Manolo Barbachano y Carlos Loret de Mola Mediz. Todavía permanecía en La Habana, el embajador de Estados Unidos, Philip Bonsal, quien habría de publicar: Cuba, Castro y los Estados Unidos y en los anaqueles iluminados del Hotel Habana Hilton refulgían perfumes y bolsas de Hermès y Cartier. Carlos Fuentes me dijo una noche: «Dame veinte dólares y te traigo cien, Poni», y al día siguiente subió del casino con un billete de cien dólares: «Para que te compres un perfume si se te antoja». Julio Scherer García no dormía por perseguir a Castro a todas horas porque el Comandante le había advertido que la entrevista podría tener lugar a las tres de la mañana; y una noche al tomar el elevador, me topé de frente con Fidel Castro y mi estupor no me permitió hacerle una sola pregunta. Recuerdo una larga entrevista con Alejo Carpentier y otra con un fotógrafo que le tomó una excelente fotografía a Roberto Fernández Retamar, “El Chino” López. También recuerdo que Adelaida y Roberto Fernández Retamar me llevaron a un estadio y cantaron, con una multitud de espectadores, La Internacional y Fernández Retamar se ofuscó cuando le dije: «Yo no me sé esa canción». Supongo que soy una pésima revolucionaria. De regreso, en el mismo avión que el general, tuve un segundo privilegio memorable, sentarme a su lado. Compartí su entusiasmo pero cuando le pidió a la azafata una Coca-Cola, inquirí: «¿Una coca, general, después de lo que hemos visto?» Solo me sonrió, aguantó mi impertinencia y yo pedí otra para hacerle compañía.

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El Comandante en Jefe, Fidel Castro Ruz Rodolfo Reyes Cortés

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ías antes de iniciar la gira del Ballet Nacional de México  a La Habana, invitado como bailarín huésped del Nuevo Teatro de la Danza que dirigía Xavier Francis,  para asistir al Segundo Aniversario del Triunfo de La Revolución, fuimos visitados  en la Escuela  La Esmeralda —donde estudiaba escultura—  por el escritor mexicano José Revueltas: «Han tomado preso al maestro David Alfaro Siqueiros en la ciudad de  Aguascalientes, en su lucha por los derechos de los Ferrocarrileros, los convoco a asistir el día de mañana a la Escuela de  San Carlos, donde se tomarán medidas para liberarlo». Intelectuales y artistas asistieron a la reunión.«Los que estén de acuerdo en tomar las medidas necesarias para liberarlo, que levanten la mano», decenas de puños y manos se levantaron  y se inició una huelga de hambre.   Al día siguiente, al inicio de la huelga, la directora del Ballet Nacional, hablaba con  Pepe Revueltas, en la puerta de San Carlos: «Rodolfo debe dejar la huelga a la brevedad —le dijo—, en unos días iniciamos una gira a Cuba. Dile por favor que salga». «No puedo pedirle a nadie que rompa la huelga», contestó Pepe. Días después, Siqueiros fue liberado, y dejamos la huelga de hambre. De inmediato corrí al salón de ensayos, dos días y ya estábamos en el aeropuerto, y en la tarde en La Habana. Ventiscas y tenues lluvias cubrían el aeropuerto habanero. Habíamos finalmente llegado a las tierras de Martí,  Fidel, Camilo, Raúl, el Che y cientos de miles de hombres y mujeres

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combatientes. Enormes letreros cubrían las avenidas que rodeaban la terminal aérea. Por doquier las imágenes nos hablaban del futuro, no obstante fuertes rumores se dejaba escuchar en los espacios cercanos a los hoteles donde nos hospedaron y en las cercanías a las plazas públicas. Miles de ciudadanos y ciudadanas dejarían su país, los Estados Unidos abrían sus puertas a los disidentes.  Al día siguiente asistimos al Monumento de la Revolución, José Martí. Enfrente el Teatro Nacional, al lado la Gran Biblioteca, el Palacio de las Comunicaciones y el Correo.  Los puños en alto se levantaban  protestando. La Contrarrevolución golpeaba los logros de las luchas populares. Hombres, mujeres, niños  y  adolescentes gritaban: «Patria o Muerte Venceremos». Fidel de pie en el estrado iniciaba la historia de su patria.  En la tarde  asistimos a un enorme palacio detrás del Monumento a Martí. Allí estaba el Comandante en Jefe, alto como una columna, vestido de verde olivo. Amable extendió la mano a cada uno de nosotros: «Bienvenidos a Cuba compañeros mexicanos —nos dijo. Esta es su Patria, igual a la que ustedes nos dieron cuando vivimos en México». Al día siguiente, el Ballet Nacional de México inició su gira por toda Cuba y conocimos por primera vez el país que había ofrecido la vida de  miles de hombres y mujeres para lograr su  libertad. Desde ese momento sentí esa Revolución como mía, los puños que levantamos en la Escuela de  San Carlos para liberar a Siqueiros, eran solo una muestra de los que en Cuba por millares estábamos viviendo.

Desde La Habana a Santiago de Cuba al centro del país y luego a Santa Clara, Matanzas, Caibarien, Isla de Pinos, se presentó nuestra compañía,los aplausos inundaban los teatros y las plazas públicas donde se dieron las funciones. La Gran Cultura Afroide que nunca habíamos visto, se nos presentó desde que llegamos,  en toda su magnitud: yorubas, carabalís, congos, iyesas, abakuas, entre otros. De inmediato nos invitaron a participar en sus ceremonias religiosas, ahí comprendí el extraordinario desarrollo danzario y musical que nos habían aportado siglos atrás. La extraordinaria belleza de las mujeres, su mezcla étnica, su particular sensualidad y desenfado, nos estremecieron, negras, mulatas, jabas, blancas, rubias, gallegas y más. Así como la particular prestancia  de los varones que exhibían su virilidad cotidiana. Estábamos en un universo increíble, en que los puños levantados de la Revolución, la alegría y el desenfado de lo cotidiano, el misterio de las religiones, la fuerza y coraje de los hombres y mujeres por crear un mundo nuevo se nos presentaban día a día. Cuba ha levantado las banderas de la dignidad, el coraje y la valentía de sus hombres y mujeres. Fuera de Cuba, millones de cubanos con niveles económicos medios y altos, luchan por restaurar el país que la Revolución les arrebató, olvidan los atropellos de que fueron objeto sus padres o sus familiares cuando vivían en la Isla, miles han muerto, otros seguirán esperando que los héroes revolucionarios terminen sus ciclos vitales para regresar, a fin de iniciar la vía del capital y el consumo de las sociedades contemporáneas.

→ En la cosedora de sacos, junto a los obreros azucareros.

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Palabras pronunciadas en el Acto de Conmemoración del Grito de Dolores en el Teatro Karl Marx, en la Habana, Cuba, el 16 de septiembre de 2002

María Rojo

Comandante Fidel Castro: Señoras y señores, amigos de Cuba y México que nos acompañan: Participo en este significativo acto, con un cúmulo de emociones mixtas, intesas, y también, por qué no decirlo: encontradas. Celebrar aquí, en La Habana, con ustedes, el aniversario del inicio de nuestra lucha por la Independencia, es no solo un raro placer, sino también un privilegio. Privilegio, sí, porque me permite expresarles el enorme cariño que incontables mexicanos sentimos por su gente y por su patria, cariño que nace de la afinidad, de la inmensa simpatía, de la seducción al grado de hechizo que existe entre nuestros pueblos consanguíneos; que tiene sus raíces en una historia colonial común, en el embeleso mutuo, en la similitud de las culturas, en la semejanza de nuestras gestas libertarias. Unos y otros, tal parece, tuvimos que expresar nuestras ansias de libertad, democracia e independencia, a gritos: allá en el batey de la Demajagua ustedes, con el de Yara; con el de Dolores nosotros, en nuestra tierra. Esos gritos libertarios y redentores fueron seguidos y apuntalados por el derramamiento,

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abundante y generoso, de la sangre de nuestros héroes; mambises o insurgentes, patriotas ilustres todos ellos. De Céspedes y Maceo, Allende, doña Josefa Ortiz, La Corregidora, Máximo Gómez e Hidalgo, Morelos y Martí se funden, al final, en uno solo. Son los héroes que nos dieron patria, que sentaron los fundamentos de una Cuba y de un México modernos, si bien para llegar a esa etapa hubo que librar, aún, numerosas y encarnizadas batallas en contra de las más sanguinarias y crueles tiranías de que se tenga memoria, arraigadas en nuestras sufridas tierras; en contra de abyectas intervenciones y de espurios intereses extranjeros; hubo que sacudirse, acá, la oprobiosa Enmieda Platt, y apurar nosotros el trago amargo y desastroso de la pérdida de más de la mitad de nuestro territorio. Semejante identidad de sentimientos, de emociones, de historia, no se borra por decreto; no se puede, es sencillamente imposible, anular de un solo plumazo el latido común de nuestra gente. Pienso en nuestro millares de compatriotas en todo el mundo, como aquellos que se ganan penosamente el sustento de cada día en el corazón mismo del imperio, sin dejar de tener presente un solo instante a la patria, a la suave patria tan cercana y tan lejana; aquellos a quienes se ha despojado hasta de ese pequeño gran consuelo que supone la celebración de los festejos patrios en tierras extranjeras. Por razones de presupuesto, nos señalan. Por mezquinas vendettas personales, afirmamos otros.

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Pues bien, eso no lo aceptamos. Si hoy estoy aquí, es porque casi antes de nacer, diría, he estado en desacuerdo con las prácticas imperialistas, que desde los inicios de nuestra vida como naciones independientes han pretendido imponernos sus políticas, su modo de pensar, de sentir y de vestir, su forma de gobierno, sus costumbres, creencias y cultura, su dieta y hasta manera de hacer el amor. Esta mentalidad imperial se ha exacerbado hasta límites inconcebibles, inaceptables, a raíz de los trágicos, desde todo el punto de vista condenables actos de terror del 11 de septiembre. Dichos atentados, lamentables e inhumanos, han servido sin embargo de pretexto para desatar una cruel guerra de venganza y exterminio contra un pueblo lejano, en la práctica inerme, y a todas luces ajeno a los hechos. Han servido de excusa para pretender imponer, con la sola razón de la sinrazón, con la de la fuerza, la total hegemonía del país más poderoso del mundo sobre la faz de la Tierra. El miedo y el falso patriotismo desatado por lo atentados, ya nos lo dijo Chomsky, han sido explotados para avasallar al mundo. Con esa misma justificación tramposa se prepara ahora la guerra, confrontando incluso la mejor opinión de sus propios aliados, en contra de una nación soberana a la cual le ha sido endilgado el sambenito de villano global, de malhechor de tiempo completo. La absurda división del mundo entre buenos y malos, el inaudito concepto de un eje del mal, en la mejor tradición del peor cine de Hollywood, nos ubica a todos al borde del abismo.

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Con nosotros, o en contra nuestra: la falaz y amañada disyuntiva es inadmisible. Sin embargo, no todo es irracionalidad. Abundan las voces, aun en las entrañas mismas del monstruo —permítaseme esta pequeña licencia— que llaman a la cordura y al entendimiento. Afortunadamente, como siempre, también está la voz de Cuba, que nos ha suministrado pasaporte de dignidad a todos los latinoamericanos; este entrañable caimancito asentado en pleno Caribe, inamovible y desafiante, a solo noventa millas del poderoso imperio, que no desperdicia oportunidad de hacerse oír en todos los foros, abogando por la legalidad, por el derecho de los pueblos, y en contra de las políticas depredadoras que pretenden subyugar a las naciones débiles, sojuzgar a los países emergentes, cuyo único pecado es pretender el bienestar de los ciudadanos. La dignidad, Comandante Fidel Castro, como usted bien nos lo ha demostrado, ni se compra ni se vende. Es el arma que nos queda reservada a los pobres de la tierra para hacer valer nuestros derechos; es por ello que estamos en deuda con usted y con su valeroso pueblo, que han sabido mantener en alto los valores primordiales de humanidad y humanismo en estos tiempos del —y de la— cólera, a la hora de los hornos. Le debemos, Comandante, tantas otras enseñanzas: en materia de política, de economía, o en la del sutil manejo de la diplomacia. Recordemos, por citar tan solo un ejemplo, cuánto tiempo ha que declaró usted

de manera tajante, contundente, que la deuda externa —eterna— de los países tercermundistas, era simple y llanamente impagable. Hoy, contemplamos atónitos e impotentes cómo el Cono Sur se debate en medio de la más tremenda crisis económica, y nos dan ganas de gritar junto con Mafalda: «¡Paren el mundo, que quiero bajarme!», pues bien sabemos que esto es apenas el comienzo. ¡Cómo no vamos a llorar por ti, Argentina! Cuba no es solo de los cubanos, como no lo es México solo de los mexicanos. América toda, la continental y la insular, la del Siglo de la Luces, la que dio paso «…al cuarto día en el primer capítulo del Génesis», dimensionando nuevos continentes, mares y océanos, esa, nos pertenece a todos. Una América donde forzosamente ocuparán su legítimo espacio nuestros vejados pueblos indios, donde el derecho predomine sobre la fuerza, y donde Libertad y Justicia siempre se escriban con mayúscula. En los tiempos por venir, hemos de sustituir el nefasto enunciado del Destino Manifiesto por acariciado Sueño Bolivariano. Les agradezco su atención y paciencia, y no me queda más que concluir con un reconocimiento sincero por su amistad y por su cálida hospitalidad de siempre.

¡Viva Cuba! ¡Viva México! La Habana, Cuba, a 16 de septiembre de 2002.

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Fidel Castro en la memoria ← Todo un camino por andar...

Adalberto Santana Hernández

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n algunas ocasiones, he tenido la oportunidad de reunirme con el Comandante Fidel Castro. La más significativa fue durante una cena que nos ofreció en sus oficinas de trabajo. Fue exactamente después de la ceremonia en que se le otorgó, en febrero de 2001,el Doctorado Honoris Causa por la Universidad de Autónoma de Zacatecas y otros reconocimientos del gobierno zacatecano que tuvieron como marco el Palacio de Congresos de La Habana. El convivio que tuvimos un grupo de académicos, políticos, empresarios y periodistas de México así como algunos ministros del gabinete del Presidente Fidel Castro, se prolongó por más de diez horas, concluyendo al filo de las siete y media de la mañana. Para esas horas ya únicamente quedábamos un reducido número de invitados. Cuando nos despidió a la entrada del ascensor, fue el momento que aproveché para hacerle una serie de preguntas que se referían a sus predilecciones. La idea que le sugerí es que sus respuestas fueran cortas e inmediatas. A todas ellas respondió con su siempre jocosa amabilidad y lucidez.En aquella ocasión se confirmaba lo que de Fidel había dicho nuestro gran escritor latinoamericano

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Gabriel García Márquez: «Jamás ha rehusado contestar ninguna pregunta, por provocadora que sea, ni ha perdido nunca la paciencia». Señalo esa anécdota que me tocó compartir con él, para también traer a la memoria que el Comandante Fidel Castro ha sido una personalidad medular en la historia de los pueblos de América Latina y del mundo. Fidel, junto con su hermano Raúl y otros cubanos revolucionarios, vivieron un fecundo exilio en México tras la amnistía que le permitió salir de la prisión en 1955. El primer punto a donde arribó el joven dirigente cubano fue Mérida, Yucatán, era el mes de julio de 1955. Desde ahí se trasladó a vivir a la Ciudad de México, donde comenzó a organizar durante varios meses la que llegaría a ser la histórica expedición del Granma que partió del puerto de Tuxpan, Veracruz, la madrugada del 25 de noviembre de 1956. Ese histórico acontecimiento generó lo que hasta nuestros días conocemos como la Revolución Cubana. Durante el exilio en México, Fidel conoció a Ernesto Guevara de la Serna, un joven médico argentino que procedía de Guatemala tras el golpe militar que se realizó en ese país centroamericano en 1954. Cerca del centro de la Ciudad de México, Fidel y el Che sellaron su amistad y su compromiso

político que generó desde aquellos años hasta nuestros días un referente histórico y emblemático de la lucha revolucionaria en el mundo. Tras el desembarco del Granma y mediante la prolongación de una guerra de guerrillas finalmente triunfó la lucha emprendida y dirigida esencialmente por Fidel y Raúl Castro, la madrugada del primero de enero de 1959. Hace unos años, el Comandante Fidel Castro se retiró de la presidencia de Cuba. La estafeta fue depositada en su hermano Raúl, en virtud de haber sido el primer vicepresidente, tal como lo estipula el orden jurídico del país caribeño. En la misma Cuba y en el resto del mundo, ha existido una legítima y sentida preocupación por el desarrollo de su bienestar así como una mesurada expectación por los acontecimientos que se han generado tras su retiro voluntario. Su alejamiento de la presidencia demostró que la Revolución Cubana salió fortalecida y se desarrolló conforme la dialéctica del propio proceso revolucionario. Las palabras que el joven Fidel Castro escribió en su memorable alegato de defensa cuando fue llevado a juicio después del asalto al cuartel Moncada del 26 de julio de 1953, a pesar de los años siguen teniendo una renovada vigencia ética. Decía Fidel: «La primera condición de la sinceridad y de la buena fe en un propósito, es hacer precisamente lo que nadie hace, es decir, hablar con entera claridad y sin miedo. Los demagogos

y políticos de profesión quieren obrar el milagro de estar bien en todo y con todos, engañando necesariamente a todos en todo. Los revolucionarios han de proclamar sus ideas valientemente, definir sus principios y expresar sus intenciones para que nadie se engañe, ni amigos ni enemigos». Por todo ello, pensemos que el legado de la Revolución Cubana tiene una gran fuerza moral como pueblo y como nación heredada por el pensamiento tanto de José Martí como de Fidel Castro. El valor de mantener la dignidad es algo que no tiene precio, por el contrario tiene un gran costo el mantener la independencia política frente a los designios de los poderes imperiales como el de Washington. Cuestión en la que Cuba hoy ya no se encuentra tan aislada como en otros tiempos. El escenario político latinoamericano ha sido modificado por nuevas fuerzas emergentes que hoy figuran en los gobiernos de Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Ecuador, El Salvador, Nicaragua, Uruguay y Venezuela. Generando con ello, un paisaje político mucho más progresista en la región que apunta al fortalecimiento del socialismo cubano del siglo xxi. Sin duda, la obra emprendida por los principales dirigentes de la Revolución Cubana, seguirá vigente y se prolongará por muchos años más. Es una rica enseñanza y un gran aporte de Fidel Castro para otros pueblos de nuestra América que han retomado sus enseñanzas y que hoy dan pasos firmes y seguros en ese arduo camino de la liberación latinoamericana.

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La mirada de Fidel ↓ Las manos fraternas...

Enrique Semo

C

uba se yergue hoy con su soberanía íntegra, efectiva y digna, en un mundo en que la soberanía cambia de forma pero no de contenido; en que sigue significando el derecho y la capacidad de un pueblo de decidir su destino, en medio del poder creciente del gran capital y relaciones internacionales nuevas. Esta defensa de la soberanía, que es un modelo para toda América Latina, esta personificada en un hombre, Fidel Castro, que supo guiar a una nación pequeña pero inmensamente valerosa, en medio de trampas y obstáculos sin fin a la defensa victoriosa de su soberanía. Pero una soberanía que no se dejó enclaustrar en sí misma. Que siempre supo que la soberanía de su pueblo depende de la de los demás, que la libertad del cubano solo se realiza en la libertad del hombre. Esto es el primer gran reconocimiento que los pueblos del Tercer Mundo debemos a un hombre, Fidel Castro. Ha sido portador del gran ideal de la igualdad humana, es decir, del derecho de los hijos y las hijas del pueblo que en América Latina viven en condiciones de desigualdad extrema, quizá la más elevada del mundo. Este derecho se expresa en la igualdad en la alimentación básica, la salud y la educación; la igualdad para la mujer y el anciano y la dignidad para todos. Ese principio fue defendido en los momentos económicos más penosos impuestos por el embargo norteamericano. Así, hubo en Cuba, momentos de pobreza, pero nunca hubo miserables: gente que nadaba en la opulencia y gente a quien le faltaba lo imprescindible de la vida. Fidel Castro ha sabido conservar la confianza en su pueblo durante los momentos de la Revolución en que todo parecía perdido. Ha demostrado, en su larga trayectoria, que incluso en los tiempos de desánimo, de indiferencia, el pueblo mantiene reservas de valor y de integridad;

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de resistencia y firmeza; que pueden ser despertados, interpelados, cultivados para impedir las derrotas aparentemente irremediables. Por eso Fidel Castro se identificará siempre con una Revolución histórica que supo conservar sus ideales esenciales a lo largo de medio siglo hasta el día de hoy. Una Revolución victoriosa. Fidel Castro supo comprender que el capitalismo es un sistema que cambia constantemente, que plantea nuevos retos día tras día, que sin abandonar sus rasgos nefastos y destructivos, es capaz de renovar la ciencia, la tecnología, algunas relaciones sociales secundarias y sobre todo, las apariencias engañosas que sus medios renuevan constantemente; y que por lo tanto una revolución no puede sobrevivir si no sabe cambiar también, aferrándose a dogmas, formas de lucha y culturas ya superadas. Que una revolución solo puede seguir viva mientras sepa mantener su esencia anticapitalista, enfrentando retos nuevos con estrategias nuevas, reconociendo constantemente los errores, las ilusiones, las actitudes pueriles, los inmovilismos de la revolución misma. No hay revoluciones sin errores, lo grave es que no se sepa corregirlos a tiempo. No hay dos revoluciones iguales y esto es sobre todo cierto para el futuro, pero todas tienen de común la búsqueda consecuente de un mundo mejor. Y para quienes se identifican con esa visión, Fidel seguirá siendo un compañero ejemplar. Hay en la historia de América Latina estadistas que han sabido ver más allá del presente y el futuro inmediato; que han sabido elevar a los latinoamericanos a la vanguardia de la humanidad en sus momentos decisivos, hombres como Simón Bolívar, José María Morelos, José Martí, Benito Juárez y Che Guevara. Fidel Castro pertenece a esa estirpe, que supo defender no solo el presente de sus pueblos sino también su futuro, en circunstancias extraordinariamente difíciles.

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Encuentros con Fidel Castro

← En contingencias, se le vio siempre en el ojo del huracán.

Gerardo Unzueta

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l primero fue en 1959, durante las jornadas con que el pueblo cubano celebró el primer 26 de julio en libertad, yo había logrado ya la entrevista con Camilo Cienfuegos en el Avión Sierra Maestra; se encontraba programado el encuentro con Ernesto Che Guevara con el mismo propósito, y había conseguido la publicación de mi primer reportaje en la revista Siempre! de la Ciudad de México. Pero mi más ambicioso proyecto apenas lo había platicado con el doctor Carlos Rafael Rodríguez, a la sazón ministro del Gobierno Cubano y muy querido amigo mío desde los años de la emigración revolucionaria en México. Nos acercaba el trabajo solidario que un grupo de mexicanos hicimos en la Sociedad Amigos de Cuba, brindando útil apoyo. Ahora, en Cuba, me refugié, primero, en la autorización del “Güero” Pagés para enviar colaboraciones al órgano que él dirigía. Y, segundo, en el prestigio que yo había logrado como corresponsal del diario habanero Hoy. ¿En qué consistía ese proyecto? Como era conocido, todo importante periodista mexicano o de otro país, apenas llegado a Cuba, pedía una entrevista con Fidel Castro; algunos, pocos, la lograban. Yo aspiraba a mucho más. La personalidad de Fidel Castro había traspuesto los límites de la Isla, como me dijo el Che en la entrevista; yo aspiré, de inmediato, a captar uno de esos aspectos: el del hombre

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infatigable, que recorría Cuba horas y horas, bebiendo la realidad de su pueblo; ya ante mí había surgido la imagen del revolucionador de la realidad. Soñaba con un libro. Y ¿cómo lograr la asimilación de esas imágenes? Yo no era ya un revolucionario joven. Había recabado experiencias de luchadores de los más diversos campos en México, todos ellos en plena acción de lucha por sus derechos, sin meditar mucho posibles represiones. Decidí desplegar una iniciativa no planteada hasta el momento ante el comandante, valiéndome de mi amistad con Carlos Rafael, pedí incorporarme al más inmediato viaje de Fidel Castro al interior del país, para presenciar todo cuanto el presenciara, conociera las decisiones que adoptara durante una semana y, publicara todo. Mi emisario —crr— fue muy eficaz. Una semana despúes ya tenía respuesta positiva, la que me hizo llegar al despacho de Hoy: «Preséntate a la oficina de la Presidencia. Allí entrevístate con el compañero Ramón Valdez, muéstrale tu pasaporte y él se encargará de tu contacto con Fidel Castro. Todo irá bien». «Compañero: está usted de suerte. Hoy por la noche habrá Consejo de Ministros. El Comandante en Jefe llegará al Palacio a las 19:30 horas, porque la cita es a las 20. Yo lo conduciré hasta la sala del protocolo y usted pasará al antesuelo, donde esperará al Comandante». Para mi asombro, a las 19:40 arribó un pequeño grupo, todos con uniforme militar. Al frente de ellos Fidel Castro. Sin ceremonial de por medio, este me tendió la mano.

«Usted es el periodista mexicano ¿verdad? Me han hablado de usted Raúl y Carlos Rafael. Ya tiene usted amplio auditorio en la Revolución Cubana. Para no hacerle perder tiempo le sugiero que se retire y nos encontremos el lunes a las 9 en Reforma Agraria. Preséntese usted con Lolita, mi secretaria». Fidel parecía despedirse de mí, mas se volvió y me dijo: «Mejor, mire, suba conmigo en el elevador y allí ultimaremos detalles». Llegamos al piso superior, y sin salir de aparato, mientras los demás lo hacían, resolvió: «Mire, mejor espéreme usted; yo no debo permanecer todo el tiempo; quizá una hora. Cuando le avise el capitán que lo atendió mientras yo llegaba, aproxímese al auto en que viajo. Y allí todo quedará listo». Y así fue. El capitán al que se refería Fidel Castro, era un oficial que me auxilió cuando un subteniente se quiso pasar de listo y expulsarme del lugar; lo asombroso es que el Comandante se hubiera enterado del pequeño sainete y me hubiera establecido guardia “por si acaso”. A las 21:30, el capitán me alertó sobre el descenso de Fidel Castro, y nos dirigimos ambos hacia el auto. «Por supuesto usted no tiene vehículo. Daré instrucciones para que un auto pase por usted y lo conduzca a Reforma Agraria y allí usted se presentará con Lolita». Por desgracia ese proyecto no se realizó. El sábado por la mañana recibí un cable en las oficinas de Hoy, que había habilitado como mi dirección cablegráfica, en el que se me

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comunicaba: «Mamá sumamente grave. Urge tu presencia. Dolores Lorenzana». Mostré el cable a Carlos Rafael, quien casualmente se hallaba en el periódico. «Ni modo compañero, desaprovecharemos una magnífica oportunidad, nosotros por perder la difusión que pudiera hacerse de una panorámica de la Revolución. Tú, porque ese material te permitiría volver a las primeras filas del periodismo. Yo me haré cargo de explicarle a Fidel». Pasaron catorce años después de la invasión de las tropas del Pacto de Varsovia a Checoslovaquia, la deposición de su gobierno socialista y el encarcelamiento de Alexander Dubchek, su presidente, y de todo el gobierno checo. Por suerte, me hallaba en Budapest con motivo de una reunión de la Revista Internacional; una indisposición gástrica me obligó a hospitalizarme una semana. «Lo busca una persona; él espera en la sala», comunicó el médico que me había atendido. Caminé hacia la sala de espera, pero me indicaron que debía acudir a un lugar reservado para militares. «¡Manolo!», exclamé con satisfacción al saludar a la persona que me buscaba. Ya solos en una pequeña habitación, Manolo me explicó. Desde ese momento yo era un invitado del Partido Comunista de Cuba, en concreto del Buró Político. Él acudía como encargado de mi traslado a La Habana. «¿A qué me invitan?, y ¿por qué tú eres el emisario?» «Todo está en orden. Ya ha sido consultada la Comisión Política de México y está

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completamente de acuerdo. Y yo feliz de ser el emisario. Ya nos encontraremos en Cuba. Tienes una agenda extraordinaria». Así comenzó el segundo encuentro cordial con Fidel Castro. Era febrero de 1973. Estuvo a recibirme otro querido amigo, actor en México durante la emigración, Ladislao Carbajal, embajador ahora, según tenía entendido, en la República Popular China. Me hizo conocer el carácter la invitación que se me hacía. Yo acudía como representante del Partido Comunista Mexicano para examinar con el Buró Político del Partido Comunista de Cuba la reanudación de relaciones entre dos entidades del movimiento comunista internacional. «Desde mañana tendrás encuentros con todas las instancias del pcc», me dijeron. Expresé a Ladislao mi extrañeza por la agenda que me comunicaba. «Queremos que las relaciones que establezcamos ahora obedezcan a nuestra vecindad y a nuestra historia. No hemos olvidado que los comunistas mexicanos partciparon en la fundación del partido cubano; tampoco olvidamos el mexicanismo de Martí». Era miércoles, a cada una de las organizaciones les fue asignado un día; previamente recibí folletos explicativos de lo que no conocía, por ejemplo las sociedades negras, sus ritos, sus estructuras, sus dirigentes históricos. Las juventudes comunistas, la organización de las mujeres. Un día completo lo dedicamos a central obrera, la ctc, que ha sido el baluarte del partido (antes Socialista Popular, ahora de nuevo

Partido Comunista de Cuba). De la casa que me había asignado el pcc, nos trasladamos a un activo de la organización de un barrio obrero de La Habana. Sin yo saberlo, se había preparado un acto en el que se leyeron mis corresponsalías y la carta de protesta que organicé en México con motivo del asesinato de Aracelio Iglesas, dirigente fabril azucarero, y se me otorgó un reconocimiento. Otro día se dedicó a una comida con los dirigentes cubanos con quienes había trabado relación durante su estancia en México: Lázaro Peña, Ladislao Carbajal, Manolo López, en fin un conjunto de más de diez hombres y mujeres, de cuyos nombre me he olvidado. Fue Lázaro quien produjo una intervención en la que su elogio al Partido Comunista Mexicano, destacó la fraternal relación «que ningún alejamiento podrá alterar». En sus palabras subrayó la decisión de Fidel Castro de corregir el grave error que llevó a menospreciar la acción conjunta de los comunistas mexicanos y cubanos. Yo me ocupé de valorar el momento en que nos disponíamos a reponer las deficiencias en nuestro trabajo colectivo que dañó la ruptura de 1968 entre los comunistas cubanos y mexicanos. Allí recibí la noticia de que mi viaje a México se había programado para el jueves, es decir con un día de por medio. Más tarde, ya de vuelta en casa, la persona que conducía el auto en que acudía las citas y reuniones, me comunicó: «Mañana tenemos reunión con el Buró Político. Esté usted listo a las 9 horas, por favor».

← Un saludo desde el Granma en el Museo de la Revolución.

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Por instrucción de mi conductor, debí portar el único traje de mi guardarropa para asistir a la reunión con el Buró Político. Cerca de las 10 horas entramos al edificio del Comité Central en la Plaza de la Revolución. Casi de inmediato, ya sin mi conductor, me hicieron pasar a las piezas interiores. Me sorprendió la entrada del responsable de organización y de quien ocupaba la cartera de Asuntos Internacionales, el funcionario que era conocido como Barba Roja. Otros dos funcionarios del Buró Político estaban presentes, aunque no retuve sus nombres. El cuadro se completaba con dos mujeres miembros del Comité Central. Breves palabras de presentación y preguntas acerca de mi estancia en La Habana, dieron entrada a la intervención fundamental. Esta consistió en una amplia argumentación de la política que se aplicó en 1968 por el pcc ante la posición del Comité Central del Partido Comunista de Checoslovaquia, que internacionalmente fue conocida como “el socialismo con rostro humano”. La posición del pc de Checoslovaquia fue presentada en esta reunión como un abandono de los principios del Marxismo-Leninismo, de apertura a las posiciones revisionistas y de fragmentación del campo socialista. Aunque en las palabras del camarada cubano no se hizo una apología de la intervención armada de los ejércitos del Pacto de Varsovia, fue evidente su justificación. Tras hora y media de discurso, el camarada me dio oportunidad de exponer la posición de los comunistas mexicanos.

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Consideré indispensable exponer nuestra posición de principio en contra de la intervención armada del Pacto de Varsovia contra un partido y un Estado que, manifestando sus discrepancias, aun siendo profundas, no habían renegado del socialismo sino reclamaban la discusión de sus posiciones. Expuse que habiendo pasado catorce años, los problemas del futuro desarrollo del socialismo exigían todavía profundización científica. El clima en que se había desarrollado mi visita y el propósito de restablecer las relaciones normales entre nuestros dos partidos, eran prueba de ello. Seguramente la dirección del pcc avanzaría más por ese rumbo bajo la dirección del camarada Fidel Castro. ¿Qué pasó después? Que las cuestiones agudas planteadas por el camarada secretario de organización ya no fueron tocadas sino de manera superficial. Se me hicieron preguntas sobre la situación nacional, sobre la política del gobierno. Comimos y charlamos, hasta que al propio orador le pareció oportuno decir: «Bueno ya es hora de la reunión con el camarada Fidel Castro». Sorprendido, repuse: «Bien, les agradezco su compañía; saluden al camarada Fidel Castro y agradézcanle tan grata invitación». Me interrumpió y agregó: «Pero qué dice, si la reunión del camarada Fidel es con usted». Ahora la sorpresa fue mucho más agradable. Ya entonces me dejé llevar hasta el quinto piso, donde esperaba el revolucionador de pueblos. Los demás camaradas se retiraron discretamente. Fidel y yo caminamos lentamente uno al lado del

otro, en cordial encuentro. Nos detuvimos frente a una ventana con grueso cristal, apropiada para discretas conversaciones, ¿De qué hablamos? Cuarenta años son muchos años para recordar con precisión una plática, pero algo sí. Al camarada Castro le importaban los rumbos de la política del gobierno de México. Le preocupa la situación del movimiento guerrillero, la muerte de Genaro Vázquez, el papel de Lucio Cabañas, el terror que se desenvuelve en el campo. Me pregunta nuestra opinión sobre la posición del gobierno cubano frente al gobierno mexicano. Sobre todas las cuestiones le doy opiniones que deben considerarse personales, pero siempre como las de un dirigente del partido. En relación con la posición de Cuba frente al gobierno mexicano le expliqué que para nosotros era claro que la política del Estado cubano tiene que contemplar las relaciones interestatales y no solamente el papel de una clase, la que representa el partido. Le afirmé que no era igual nuestra opinión sobre Lucio que en relación con Genaro; que Lucio es gente muy cercana a nosotros, en tanto que Genaro se movía por otras relaciones políticas. Algo que me impresionó fue un recuerdo suyo: «Usted y yo tenemos una cuenta pendiente. Hubiera sido muy fructuoso que realizara su proyecto. Pero ya no será posible…» Ante mi asombro, replicó: «Ya lo hizo Hemingway». Regresé a México. Creo haber logrado una experiencia extraordinaria. Fue hace cuarenta años. Yo no lo olvido, espero que mis camaradas tampoco.

→ Con el don de la palabra.

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Freud y Fidel ↓ Escuchando las necesidades y los sueños...

Fernando Valadez

V

i el proceso de la Revolución Cubana en la televisión blanco y negro, me llamaron la atención los barbones desde que aparecieron en la Sierra Maestra hasta que entraron triunfalmente en La Habana, tenía 12 años. Luego reapareció Cuba en mi vida, ya en la universidad, recuerdo que en el movimiento médico de 1965 se gritaban consignas de: «¡Cuba sí, yankees no!» Me confundía un poco, pues aquí usamos más la palabra gringos y sabía que los yankees era un equipo de beisbol. En el movimiento estudiantil de 1968, ya los gritos eran con comprensión plena. En el imaginario mexicano de un sector de la población, Fidel Castro era el gran revolucionario, el gran líder que se les enfrentaba a los gringos, cumplía el deseo de muchas personas de poderle decir a los Estados Unidos sus verdades. En 1969 estuve en Madrid, donde realicé mi internado de medicina, todavía bajo la dictadura de Franco, “conspirábamos” colegas y amigos, leyendo poemas de Miguel Hernández, escuchando a Serrat, hablábamos de la Revolución Cubana y de la guerrilla venezolana de Douglas Bravo. Recuerdo que un amigo llegó muy contento a decirme que la dictadura había permitido las obras completas de Freud, autor que conocía por las clases de Psicología Médica y porque había leído La separación de los amantes de Igor Caruso. Escuché a Fidel con atención en los Altos de Chiapas en un pequeño pueblo llamado Chanal, ahí en un radio de onda corta, escuchaba diario

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Radio Habana Cuba y La Voz de los Estados Unidos, me di cuenta de las dos posiciones radicalmente diferentes. Ya traía un sentimiento anti imperialista, pues desde muy pequeño mi padre me decía: «Los gringos nos robaron la mitad del territorio, Alta California, Nuevo México, Texas y más…». Era el año de 1970, en mi imaginario apareció el ser guerrillero, como Fidel, como el Che, además estaba muy cerca la guerrilla guatemalteca que encabezaba John Sosa. De hecho, muchos compañeros después del genocidio de Tlatelolco, decidieron irse a formar o a integrarse a grupos guerrilleros, en el imaginario de muchos de ellos estaban Fidel y el Che. Ya para entonces Fidel y la Revolución Cubana, fueron una influencia definitiva en mi vida. Era claro que en el imaginario mexicano, sobre todo de la izquierda, estaba Fidel como una figura emblemática y un ejemplo a seguir. Regresé a la Ciudad de México y en la manifestación del 10 de junio de 1971 estuve preso por conducir heridos de bala víctimas de los “Halcones”. En la cárcel me acordé de Fidel cuando estuvo preso y como se defendió solo, ya había leído «La historia me absolverá». En ese mismo año entré a psicoanálisis grupal con el doctor José Luis González Chagoyán, fundador del psicoanálisis en México. Toda esta parte de mi vida acompañado de la música de protesta latinoamericana, con tantas mujeres y hombres que entonaban la Revolución y las injusticias, desde luego la nueva trova cubana Silvio Rodríguez y Pablo Milanés destacaban. En 1974, José Luis nos anunció que llegaría al grupo psicoanalítico un “héroe de la Revolución Cubana” y así conocí a Octavio “Cuco” Basilio,

medalla xxiii aniversario, con él tuvimos unos colegas y yo un seminario de marxismo-leninismo que duró tres años. “Cuco” nos hablaba con mucha familiaridad del Fidel y del Che, el primero nos lo presentaba como más rígido y el segundo como más flexible. Fidel le ofreció a Cuco que llevara a su hijo Rubén, que padecía psicosis, a cualquier parte del mundo que él escogiera, se decidió por México. En 1977 fui por primera vez a Cuba, asistí al ix Congreso de la Asociación Psiquiátrica de América Latina (apal), antes Cuco me pidió que hiciera un escrito, para decir quién era quién de los mexicanos que asistirían al congreso; lo hice y sentí que ya colaboraba plenamente con la Revolución. Sabíamos que la psiquiatría cubana era muy organicista y preparamos, Cuco y yo, dos trabajos para el congreso: “Psicoanálisis al servicio del marxismo” y “Ensayo de psicoterapia de grupo en dos instituciones carcelarias mexicanas”. Este último en coautoría con Rosa Doring y Octavio Márquez, colegas de la Asociación de Psicoterapia Analítica de Grupo (ampag), en la que estábamos en formación. Trabajaba en los Centros de Integración Juvenil (cij), donde junto con otros colegas que también asistieron al congreso, hacíamos salud mental comunitaria, diversas innovaciones en psicología, psicoterapia, psiquiatría y psicoanálisis, muchos de estos trabajos luego fueron considerados “subversivos” y fuimos despedidos de los cij y fundamos el Sindicato Independiente de Trabajadores

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→ En defensa de la Revolución, todos los argumentos.

de Salud Mental (sitrasam cij), primero en Latinoamérica de su tipo. Los trabajos fueron aceptados por los psiquiatras cubanos pues, con la asesoría de Cuco, eran impecables desde el punto de vista marxista. En Cuba había mucho rechazo al psicoanálisis debido a la influencia soviética y a los estereotipos de que el psicoanálisis era una teoría burguesa y que técnicamente estaba al servicio de la burguesía. Fue muy importante el trabajo que habían hecho los psicoanalistas argentinos en especial Marie Languer, antes, durante y después de la dictadura argentina, para la aceptación. Hubo una reunión de diferentes colegas mexicanos, argentinos y cubanos para discutir el caso de Rubén, el hijo de Cuco, estuvieron Marco Antonio Dupont, Jorge Margolis, Juan Carlos Volnovich Pérez Villar, yo y otros. Se aprovechó la ocasión para escuchar a las psicólogas y psicólogos cubanos que como en el capitalismo sufrían cierta opresión del poder médico, del poder psiquiátrico. Las obras completas de Freud, aunque no estaban prohibidas, no se conseguían en Cuba, a partir de ese momento fue más fácil conseguirlas. Hubo más apertura a la terapia familiar, a la psicoterapia y al psicoanálisis. Todas las noches se decía que iría Fidel a conversar con un grupo reducido de los asistentes al congreso. Después de las largas jornadas, de conocer La Habana, de bailar y beber hasta la madrugada, el cansancio se iba presentando; el último día, como los anteriores, me volvieron a decir: «Hoy si viene

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Fidel». No les creí. Esa noche estuvo el Comandante y platicó con algunos colegas, pues al día siguiente se inauguraba un congreso de la geplacea. Se me fue mi oportunidad, sin embargo, no pierdo las esperanzas de conocerlo, por ahí tengo un par de amigos, uno cubano que cuando supo que trabajaba con sobrevivientes de tortura, me dijo que eso le interesaría sobremanera a Fidel. El otro me lo guardo, por aquello del pensamiento mágico. Fue hasta 1984, año en que muere Julio Cortázar, que el psicoanálisis entra de lleno a Cuba, pues Marie “Mimi” Languer es nombrada consejera de la Casa de las Américas en substitución del gran escritor argentino. El día de la toma de posesión Mimi es presentada con el Comandante Fidel Castro y se lleva a cabo el siguiente diálogo: Fidel: Doctora, usted es de origen austríaco ¿verdad? Mimi: Sí Comandante. Fidel: ¿Y qué tal le sale el strudel? Mimi: Bueno Comandante creo que hoy no venimos a hablar de strudel. Yo le quiero plantear que se permita el psicoanálisis en Cuba, pues creo que sería de gran beneficio para la Revolución. Fidel: ¿Cómo? ¿No tenemos psicoanálisis en Cuba? Pero si yo leí a Freud cuando estuve en la cárcel. Precisamente ahora acabo de regresar de su México, tan querido y tan próximo al corazón de cada cubano, y vuelvo con las impresiones de la simpatía y

solidaridad con que nos recibió el pueblo a cada paso. En horas como las que acabamos de vivir es cuando puede apreciarse el esfuerzo de tantos mexicanos que, como usted, han sido durante estos veinte últimos años fieles e invariables abanderados de la amistad hacia la Revolución Cubana. De inmediato mandó llamar al ministro de Salud y le dijo que se le dieran todas las facilidades a la doctora Languer para impulsar el psicoanálisis en Cuba. En breve se llevaron a cabo reuniones tituladas primero: “Psicoanálisis y marxismo”, posteriormente “Psicoanálisis y psicología marxista”, sin embargo, poco a poco se fueron extinguiendo en parte debido a la oposición de los psiquiatras organicistas. Hoy sigo pensando que el psicoanálisis es una teoría revolucionaria superestructural, que el marxismo es más vigente que nunca y que los desarrollos contemporáneos de estas y otras teorías, de estas y otras praxis, tienen muchas cosas que decir y hacer en la lucha revolucionaria, en la liberación de los pueblos de las cadenas de la opresión y la explotación, pero también de las cadenas internas que impiden tener una predominancia de goce sobre el sufrimiento, de una sexualidad plena sobre la represión, de tener más consciente lo inconsciente. Por eso a mi admiración por Fidel como revolucionario, agrego que conoció a Freud en la cárcel y que trató de impulsar su conocimiento en Cuba.

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Becas para jóvenes latinoamericanos

↓ La pasión por los proyectos...

Rafael Valdez Aguilar

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n 1961 se produjo en el Continente Americano un acontecimiento inusitado: el gobierno cubano encabezado por el Comandante Fidel Castro Ruz, ofreció mil becas para jóvenes latinoamericanos que quisieran estudiar una carrera universitaria en Cuba, sin distingos de ningún tipo. El hecho causó conmoción. Nunca antes en la historia de la cultura universal había ocurrido un acontecimiento similar, máxime cuando el ofrecimiento provenía de un pequeño país latinoamericano pobre, que recién había terminado con una cruel y despiadada dictadura sostenida por el gobierno norteamericano, realizando una revolución social y política a solo noventa millas de los Estados Unidos. Cuba, el pueblo cubano acababa de derrotar y aplastar en Playa Girón y Bahía de Cochinos, una invasión contra revolucionaria organizada, entrenada y armada y transportada —con apoyo naval y aéreo norteamericano—, que había partido desde Puerto Cabezas, Nicaragua. Los Estados Unidos de América habían sufrido su primera derrota militar en el continente. El gobierno norteamericano impuso un bloqueo económico férreo y arbitrario —hasta antes, alrededor de noventa y cinco porciento del comercio tanto en las exportaciones como en las importaciones. Estados Unidos y presionó para que otros países dejaran de comerciar con Cuba. Esta pequeña Isla, a instancias del Imperio, fue expulsada de

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la Organización de Estados Americanos (oea) con el voto de todos los gobiernos latinoamericanos, con la honrosa excepción de México, rompieron relaciones diplomáticas con Cuba. El gobierno norteamericano sacó al mercado

sus reservas de azúcar para desplomar los precios de la misma y ahogar económicamente a la Isla, cuyo principal —y casi único— producto de exportación era el azúcar. Por si fuera poco, el gobierno yanqui provocó, mediante

recursos de todo tipo —desde ideológicos y políticos—, el éxodo de gran número de profesionistas y de técnicos. Basta señalar que la mitad de los médicos y ochenta por ciento de los profesores universitarios lo hicieron hacia los Estados Unidos.

El gobierno revolucionario cubano se vio obligado a promover con ayuda internacionalista de muchos intelectuales y científicos de todo el mundo —México incluido—, la formación de nuevos profesores a universitarios y un plan de becas para que todo joven cubano que quisiera estudiar una carrera técnica, artística o universitaria, pudiera hacerlo. En este contexto se dio el programa de mil becas para jóvenes latinoamericanos. El gobierno norteamericano a través de la cia, con la colaboración lacayuna de todos los gobiernos —México excluido— hicieron todo lo posible para impedir que los jóvenes del continente viajaran a Cuba. La cia, con la colaboración de agentes de la policía federal de seguridad de México, se instaló en el Aeropuerto Benito Juárez para fotografiar, fichar e intimidar a todos los viajeros que iban a Cuba. Hubo presiones de todo tipo: represión directa, secuestros, negación de pasaportes, encarcelamientos e incluso el asesinato. Pese a todo, a Cuba llegaron 350 jóvenes que vencieron todos los obstáculos, dando la vuelta al mundo para llegar. La mayoría provenía de países como Bolivia, Perú, Colombia, Ecuador, Honduras, pero llegaron de todos los países, incluido México —siendo yo el único becario de medicina en este país. Los becarios latinoamericanos tenían los mismos derechos, prerrogativas, obligaciones y deberes que sus pares cubanos: estudio (promedio mínimo de ocho para promoverse de curso), trabajo voluntario en la industria, campos agrícolas, empresas de todo tipo y la defensa del país (actividades militares).

Recién iniciadas las actividades escolares para los jóvenes latinoamericanos, tuvo lugar la crisis de los misiles (Crisis de Octubre) y los estudiantes latinoamericanos en su totalidad dieron un paso adelante y se incorporaron a las distintas unidades militares. De los trescientos cincuenta estudiantes latinoamericanos que comenzamos los estudios en las diversas carreras, terminamos unos doscientos setenta; algunos no pudieron con el ritmo de estudios que era muy fuerte o implicaba mucho tiempo y esfuerzo; algunos se enrolaron en el movimiento guerrillero y murieron, o bien, los que sobrevivieron ya no se dedicaron a la labor profesional, sino más bien a la actividad política.Todos los estudiantes latinoamericanos graduados, con excepción de un compañero peruano, regresamos a nuestros respectivos países; el retorno no fue nada fácil para la gran mayoría; en muchos lugares no les revalidaron los estudios, en otros países fueron encarcelados; algunos fueron torturados y asesinados; otros jugaron papeles protagónicos en los diversos movimientos guerrilleros —con el Che en Bolivia, murieron tres y dos sobrevivieron a duras penas. Algunos a pesar de todas las dificultades y obstáculos, se hicieron buenos profesionistas, científicos, artistas e intelectuales. Ha pasado más de medio siglo y para todos los que vivimos esta hermosa experiencia —que rebaza con mucho los aspectos académicos—, incluso quienes defeccionaron de la Revolución, quedó marcado en nuestra conciencia y cambió nuestra vida.

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← Fidel y Raúl al salir de la Prisión Modelo, en Isla de Pinos, el 15 de mayo de 1955.

La tienda de Lalita Carlos Véjar Pérez-Rubio

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as campanadas del tranvía Primavera en la avenida Cuauhtémoc, al doblar para la avenida Baja California, fueron el aviso. El atardecer. Había que ir por los refrescos, la palomilla estaba sedienta. Enfrente teníamos el llano, esa enorme extensión de terreno sembrada con las estructuras de fierro de lo que en unos años habría de ser el Centro Médico Nacional. Y del otro lado, la colonia Buenos Aires, suerte de Corte de los Milagros de aquel tiempo, de donde venían sus bandas de chavos a retarnos en el fut o en el tochito. Nuestra calle era Huatabampo, bordeada por el jardín Ramón López Velarde, el recién inaugurado Multifamiliar Benito Juárez y las canchas deportivas del Club Hacienda. Con frecuencia llegaban a nuestros oídos los rugidos de la multitud de aficionados al beisbol que congestionaban el Parque Delta, unas cuadras más allá, fanáticos la mayoría de los Diablos Rojos del México. La tienda de Lalita estaba justo en la esquina de Huatabampo y la avenida Cuauhtémoc, frente a la parada del tranvía. Era propiamente de abarrotes, pero en realidad vendía todo tipo de comestibles y bebidas, o casi todo. La señora, de mediana edad, nos caía muy bien a todos, nos trataba con afecto e incluso a veces hasta nos fiaba. Siempre nos había llamado la atención su acento, que nos decían que era cubano, aunque ella vivía en

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México desde hacía tiempo, según se decía. Lalita era además muy simpática, le encantaba "guasear" con sus clientes, con los que armaba grandes alborotos sobre cualquier tema. «Así somos los cubanos», nos decía. Esa tarde nos tocó a Fernando y a mí ir por los refrescos para todos. Lalita tendría que prestarnos un morral para cargarlos, porque éramos doce los que estábamos en el prado del jardín, terminando de jugar a las canicas. Cuando llegamos a la tienda nos llamó la atención verla trenzada en una alegre charla con tres jóvenes veinteañeros, que tenían su mismo acento y repetían palabras raras para nosotros, como “congrí”, “mojitos”, “quimbombó”, “yuca”, “malanga”, “ñame”, “asere”, “mi socio”… El más alto y fornido, de bigote, al que los otros nombraban Fidel, hablaba entusiastamente de moros con cristianos, lo que a nosotros nos desconcertó. Como buenos adolescentes de barrio, de la colonia Roma Sur, no entendíamos nada. Moros con cristianos... ¿en la comida? A la tienda Fidel le decía bodega, y bromeaba con Lalita refiriéndose a la letra del famoso cha cha chá, El bodeguero, de la Orquesta Aragón. Por supuesto —pronto nos dimos cuenta—, los tres amigos eran cubanos; al más bajito le llamaban Raúl y al otro Ramiro. Corrían los últimos meses de 1955. No hacía mucho que la avenida Cuauhtémoc había sido rebautizada con el nombre del prócer azteca, dejando en el pasado el de Calzada de la Piedad.

Esos encuentros con los cubanos se repitieron muchas tardes, cuando mi primo Fernando y yo teníamos que ir a la tienda por los mandados que nos encargaban en las casas. Lalita les servía café, mientras ellos se acodaban en el mostrador, conversando y discutiendo.Frecuentemente les acompañaban otros amigos, entre ellos uno que tenía otro acento, al que todos le decían Che. Era argentino, médico, y según nos enteramos trabajaba en el Hospital General, situado al otro extremo del jardín. Fidel lo provocaba con la taza de café en la mano diciéndole con una sonrisa que lo que no podía servirle Lalita era “mate”, así que se conformara con el criollito, a lo que el Che contestaba con una mueca y un «ni hablar comandante, qué le vamos a hacer». Nosotros disfrutábamos del ambiente con el resto de la palomilla, que pasaba también ocasionalmente por la tienda. Al oír hablar de Cuba, todos pensábamos de inmediato en las rumberas que salían en las películas que veíamos en las matinés los domingos: Ninón Sevilla, Rosa Carmina, María Antonieta Pons, Meche Barba, Amalia Aguilar… unos cueros. Cuando le contamos al tío Octavio de estos encuentros, nos dijo, con su larga experiencia de abogado y profesor universitario, que la situación en Cuba era muy delicada, que había una dictadura muy cruel y sanguinaria, encabezada por un tal Fulgencio Batista, y que por ello muchos cubanos habían tenido que venirse exiliados a México. Tal vez era el caso de los de la tienda de Lalita. Habría que ver. No todo era música, baile y cine. México

—nos explicó— tiene una larga tradición en ese sentido; aquí estuvieron exiliados el prócer cubano, José Martí, el siglo pasado, y unas décadas más tarde el dirigente comunista, también cubano, Julio Antonio Mella, quien cayó asesinado por los esbirros del dictador Gerardo Machado en una de nuestras calles, cuando caminaba con la fotógrafa italiana Tina Modotti. Y hay que recordar que nuestro país, gobernado entonces por el general Lázaro Cárdenas, les abrió las puertas a los refugiados republicanos españoles en 1939, después de su derrota en la Guerra Civil. Además, México nunca ha reconocido al régimen fascista del general Francisco Franco. «Apréndanse eso, muchachos», terminó. Como suele suceder, el tiempo voló y nos trajo cosas nuevas. Las tardes en la tienda de la esquina se llenaron de pronto con la ausencia del grupo de cubanos, lo cual provocó nuestra extrañeza y desencanto. Estábamos a mediados de 1956. Cuando le preguntamos a Lalita por ellos, nos contó que habían tenido un problemita con el gobierno, pero que no nos preocupáramos, que seguramente lo resolverían pronto y volverían a aparecer en cualquier momento, incluido el Che. Lo cual no sucedió. La madrugada del domingo 25 de noviembre de 1956, Fidel y Raúl Castro, Ramiro Valdés, Ernesto Che Guevara y setenta y ocho hombres más del Movimiento 26 de Julio zarparon en el yate Granma desde Tuxpan, Veracruz, con destino a Cuba, para cambiar la historia. Los mexicanos estamos orgullosos de ello.

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Testimonio con motivo del IX aniversario del Asalto al Moncada

← En el juicio del Moncada: «Condenadme, no importa, la historia me absolverá».

Berta Zapata Vela

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ecuerdo con gran emoción que hace catorce años, el día 26 de julio de 2000, justo en fecha reconocida como inicio de la Revolución Cubana, tuve uno de los más grandes honores y privilegios de mi vida al entregar al Comandante Fidel Castro Ruz la medalla del Premio Internacional “Benito Juárez”, fundado en Arusha Tanzanía, en la celebración del 50 aniversario del Congreso Nacional Africano en 1987; esta presea también se le entregó a Nelson Mandela, Hugo Chávez, los cinco héroes cubanos y otras distinguidas personalidades. Todas las medallas de reconocimiento otorgadas por nuestro Comité Internacional han sido producto de un gran esfuerzo solidario de trabajadores, intelectuales, artistas, estudiantes y el pueblo en general gracias, a los cuales se han podido realizar los reconocimientos. Este premio fue creado para reconocer a los más destacados luchadores por la autodeterminación y defensa de la soberanías nacionales, así como la solución pacífica de los conflictos, o sea por el cabal cumplimiento de los derechos humanos y la paz. En este inolvidable 26 de julio, en solemne ceremonia que se efectuó en el Palacio de las Convenciones de La Habana, se le entregó al Comandante Fidel Castro Ruz la Medalla del Premio Internacional Benito Juárez, se tocaron los himnos de Cuba y de México.

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Nuestra delegación acompañante fue de doscientas treinta organizaciones no gubernamentales; asistieron también intelectuales, periodistas, artistas, estudiantes, sindicalistas y Radio Educación, también representantes de la Universidad Autónoma de México, de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, de la Universidad Autónoma Metropolitana y de la Universidad de Chapingo. Se contó con nutrida concurrencia de dirigentes cubanos e internacionales, el premio fue suscrito por innumerables firmas apoyando el pronunciamiento. Como fundadora y presidenta del premio, me correspondió dar lectura al pronunciamiento que expone los hechos históricos de reconocimiento al Comandante. Después habló Fidel, que inició sus palabras con voz suave casi imperceptible, y en múltiples ocasiones me dijo: «Me abruma compañera, me abruma». A todos nos impactó, porque es un elocuente improvisador y que paulatinamente fue capturando a la audiencia con gran erudición y simpatía, modestamente dijo «que él solo ha sido un casual accidente biológico», después charló con gran parte de la delegación, porque Fidel tiene la capacidad de comunicarse a cualquier nivel sociocultural con todo mundo. Por la tarde, entusiasmados, asistimos con los delegados junto al combativo pueblo cubano, al desfile multitudinario en conmemoración de este día tan significativo.

Debo señalar que el trato recibido por el Comandante fue de una magnífica hospitalidad y junto con la delegación mexicana permanecimos una semana en la Isla entrevistándonos con altos diligentes; visitamos los comités en Defensa de la Revolución, la Federación de Mujeres Cubanas, la Casa de las Américas, sindicatos y otros organismos, en todos lados recibimos cálidas atenciones, fueron inolvidables días, pues los cubanos son magníficos anfitriones. En el pronunciamiento sobre la premiación se destacan múltiples razones por las cuales se decidió este reconocimiento, deseo nombrar solo algunas de ellas; en primer término, resumiendo la enorme trayectoria de Fidel, se enumera que desde El Moncada, Sierra Maestra, Playa Girón, la Cruzada de Alfabetización, la defensa de la Revolución, los grandes avances y logros en medicina, educación, salud, deportes, música, biotecnología, literatura, artes y en todos los otros campos de la cultura han sido impulsados por Fidel; lo consideramos como uno de los máximos líderes políticos del siglo xx y del actual, entre otros muchos motivos porque desde los movimientos independentistas de nuestra América hasta la fecha, es una de las figuras más sobresalientes a favor de los pueblos de África, Asia y América Latina, en la lucha inclaudicable por los oprimidos enfrentándose al más grande imperio de todos los tiempos.

Asimismo, lo consideramos infatigable defensor internacional de la globalización de la esperanza en la batalla por la dignidad y autodeterminación, siempre apoyando a los No Alineados. También con admiración, por asumir, tenazmente, la proeza del heroico pueblo cubano en la resistencia de su soberanía y dignidad. Señalamos la persistente lucha de Fidel por la integración de un mundo mejor como un conjunto de Naciones Soberanas. Destacamos la sabiduría de Fidel que le han inspirado aquellos predecesores del pensamiento libertario; Simón Bolívar, San Martín, Artigas, Benito Juárez, Francisco Morazán y desde luego José Martí, entre otros muchos, pues Fidel tiene una vasta cultura. El Comandante advierte siempre de los grandes riesgos que corre nuestra América pues si nuestros pueblos pierden su independencia y soberanía, serían anexados por los Estados Unidos. Su lucha a nivel mundial obra en favor de la dignidad humana, también ha sido colosal inquebrantable y persistente. Como decía Martí: «El hábito de ceder, embota la capacidad de osar». Y como decía el Che: «Fidel desprende una fuerza telúrica», difícil de describir. Fidel enseña a todos que el valor de la dignidad humana no tiene precio. Fidel vigente y como siempre Comandante de la esperanza. Fidel visionario de todos los tiempos.

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Colaboradores

CRISTINA AGUIRRE BELTRÁN (Puebla,l 21 de julio de 1945). Licenciada en Economía, maestra en Letras Iberoamericanas y experta en gestión y catalogación de Libro Antiguo. Ha dedicado parte de su vida al estudio y conservación de la Biblioteca "José María Lafragua" de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (1981-2012).

ANTONIO DEL CONDE (EL CUATE) (Manhattan, Nueva York, enero de 1926). De nacionalidad mexicana. Comerciante, armero, asesor técnico industrial, militar en el ejército mexicano, Piloto civil, editor. Dueño del yate Granma y activo participante en las gestas de la Revolución Cubana.

FEDERICO ÁLVAREZ De origen vasco (19 de febrero de 1927). Ensayista, editor, crítico literario, investigador, periodista, profesor y traductor. Tiene Maestría y Doctorado por la unam. Vivió en Cuba de 1965 a 1971. Reside actualmente en México. Profesor de crítica literaria y semiótica; coordinador de publicaciones periódicas del inba. Cuenta con una amplia obra publicada.

ALEJANDRO ENCINAS RODRÍGUEZ (Ciudad de México; mayo de 1954). Político y articulista. Fue Diputado Federal y Jefe de Gobierno del Distrito Federal. Es Senador de la República por el Estado de México en la lxii Legislatura.

CUAHTÉMOC AMEZCUA DROMUNDO (México, DF, 4 de julio, 1938). Licenciado en Ciencias de la Comunicación y Maestro en Ciencia Política por la Universidad Nacional Autónoma de México. Político y articulista. Ha sido Diputado Federal en tres ocasiones. JOAQUÍN BERRUECOS Químico mexicano egresado de la Universidad Nacional Autónoma de México con experiancia en desarrollo de proyectos de enseñanza apoyados con medios audiovisuales. MARCELA BRIZ GURIZAURIETA Académica. Socióloga, articulista, investigadora y luchadora social. FERNANDO BUEN ABAD DOMÍNGUEZ (Ciudad de México, 1956). Doctor en Filosofía, Master en Filosofía Política. Director de Cine egresado de New York University. Colaborador de diversas revistas científicas de Latinoamérica y Europa. Escritor y Rector-Fundador de la Facultad de Filosofía. VIRGILIO CABALLERO (Tamaulipas, 1942). Profesor normalista, maestro en Ciencias de la Comunicación, antropólogo y periodista mexicano. Asesor de la unesco en temas de radio y televisión en América Latina. Dirige y conduce series culturales televisivas.

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ARTURO GARCÍA BUSTOS (Ciudad de México, agosto de 1926). Pintor, grabador, profesor y activista social. Discípulo de Frida Khalo. Miembro de la Academia de Artes desde 1973, del Consejo Mundial de la Paz y del Salón de la Plástica Mexicana (1974). LAMBERTO GARCÍA ZAPATA Abogado, articulista y luchador social. ALFONSO HERRERA FRANYUTTI (Veracruz, 1930). Médico cirujano. Escritor. Especialista en la vida y obra de José Martí. Merecedor en 1995 de la Distinción por la Cultura Nacional que otorga la República de Cuba. NAYAR LÓPEZ CASTELLANOS Doctor en Ciencias Políticas. Politólogo mexicano, latinoamericanista, profesor investigador de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (uacm) y profesor de asignatura de la Universidad Nacional Autónoma de México (unam). MARTHA EUGENIA LÓPEZ VILLEDA Mexicana (6 agosto de 1933). Se hizo miembro del Movimiento 26 de Julio en 1955, en México, y apoyó a los expedicionarios para su salida hacia Cuba en el yate Granma. Es Licenciada en Ciencias Políticas, Master en Trabajo Social y Técnico medio de Economía del Trabajo. Ha sido docente de Economía Política en la Universidad de La Habana, en la Facultad de Derecho.

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Colaboradores

ADRIANA LUNA PARRA Política, psicóloga y luchadora social. Ha sido Profesora, Diputada Federal y Directora del Bosque de Chapultepec. Dirige la Universidad de Vida.

MARÍA ROJO INCHÁUSTEGUI (Ciudad de México, agosto de 1943). Primera actriz de cine, teatro y televisión mexicana. Ha sido Jefa Delegacional del Distrito Federal, Diputada local, federal y Senadora de 2006 a 2012.

IFIGENIA MARTHA MARTÍNEZ Y HERNÁNDEZ (Ciudad de México, junio de 1930). Economista, política, académica y diplomática Consejera para la Reforma Política del Distrito Federal. Ha sido Diputada federal, Senadora y Embajadora de México en Nueva York ante la Organización de las Naciones Unidas. Es editorialista del periódico El Universal.

ADALBERTO SANTANA HERNÁNDEZ Profesor, escritor y articulista. Es coordinador general de la Federación Internacional de Estudios sobre América Latina y El Caribe. Director del Centro de Investigaciones sobre América Latina y el Caribe (cialc).

JULIO MOGUEL Académico, profesor y economista. Activista social. Traductor y ensayista. PORFIRIO MUÑOZ LEDO (Ciudad de México, 23 de julio, 1933). Político, académico y diplomático mexicano. Autor de artículos, libros, ensayos y publicaciones. Ha sido Diputado, Senador, Secretario de Educación y del Trabajo de México, Representante permanente ante la onu, Candidato a la Presidencia de la República y Presidente Nacional del pri y el prd. GABINO PALOMARES (Comonfort, Guanajuato, 26 de mayo, 1950). Cantante, compositor y luchador social mexicano. YEIDCKOL POLEVNSKY GURWITZ (Ciudad de México; enero, 1958). Empresaria y política mexicana. Ha ocupado diversos cargos representativos en empresas y el sector público. Fue Presidenta de canacintra. Senadora de la República.

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ENRIQUE SEMO (Bulgaria, 1930). Científico social, ensayista, historiador y político mexicano. Doctor en Historia Económica ha sido fundador de varias instituciones académicas. Premio Nacional de Ciencias y Artes. GERARDO UNZUETA LORENZANA (Tampico, Tamaulipas, 1925). Periodista, ensayista y novelista político. Estudió derecho y artes plásticas. Fue diputado federal por el Partido Comunista Mexicano y la Coalición de Izquierda, y por el Partido Socialista Unificado de México. Columnista de El Universal desde 1985. FERNANDO VALADEZ Médico por la Universidad Nacional Autónoma de México (unam), Psiquiatra por el Hospital Militar, Psicoanalista de grupos e Instituciones por la Asociación Mexicana de Psicoterapia Analítica de Grupo (ampag). RAFAEL VALDEZ AGUILAR Médico. Profesor e investigador. Autor de numerosos estudios y libros de medicina y merecedor de varias distinciones internacionales.

ELENA PONIATOWSKA AMOR (París, Francia; mayo de 1932). Escritora, activista y periodista mexicana. Su obra literaria ha sido reconocida, traducida y premiada a nivel nacional e internacional. Premio Cervantes 2013.

CARLOS VÉJAR PÉREZ-RUBIO Nacido en Veracruz, México. Arquitecto, escritor, maestro en Historia del Arte y Doctor en Estudios Latinoamericanos por la unam. Es Director de Archipiélago: Revista Cultural de Nuestra América. Autor de numerosas publicaciones que abarcan diferentes campos en lo social, lo económico y lo político.

RODOLFO REYES CORTÉS Coreógrafo, bailarín y escultor mexicano. Promotor e investigador de las culturas tradicionales. Fundador del Conjunto Folklórico Nacional de Cuba y del Ballet folklórico Nacional de Chile bafona.

BERTA ZAPATA VELA Antropóloga y luchadora social. Investigadora y catedrática de posgrado en el Centro de Estudios Económicos y Sociales del Tercer Mundo, Fundadora del Premio Internacional Benito Juárez.

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Producción editorial Xadeni Méndez Coordinadora general Jaime Bali Coordinador editorial Rodrigo Castillo Bonner Dirección de arte Edición Prun Santos Manuel Rodríguez Asistencia editorial María Concepción Cuevas Ana Paulina García Treviño Diseño Roberto Chile Fotografías páginas: 8, 12, 116, 118, 120, 122, 124, 126, 128, 130, 132, 134, 136, 138, 140 Grabados páginas: 58 - Arturo García Bustos 104 - José Guadalupe Posada 105, 108, 109 - Alberto Beltrán

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Fidel en el imaginario mexicano se terminรณ de imprimir en el mes de octubre de 2015 en los talleres ArtGraph. Para su composiciรณn se usaron los tipos: Mrs Eaves XL Serif y NeubauGrotesk.

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Senado de la RepĂşblica LXII Legislatura


Senado de la República • LXII Legislatura

Fidel en el imaginario mexicano  

FIDEL

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